miércoles, 15 de noviembre de 2017

La Leyenda Negra española y la imagen de España en el exterior


              

Extraído de: https://historiasbizarrasybizantinas.wordpress.com/2017/08/16/resena-del-libro-imperiofobia-y-leyenda-negra-de-maria-elvira-roca-barea/

En efecto, María Elvira Roca Barea nos cuenta que el fenómeno de los imperios ha acompañado siempre al ser humano. Muchos han sido los intentos y muy pocos los imperios que han llegado a consolidarse. Como ejemplo de imperios fallidos podemos mencionar los de Francia, potencia que fracasa cuando los ingleses la expulsan de América del Norte y de la India en la Guerra de los siete años y durante el fugaz Imperio napoleónico, el de Alejandro Magno (que se disgregó apenas muerto el conquistador en Babilonia) o el I Imperio británico, que sucumbe con la secesión de las Trece Colonias, núcleo fundacional de los Estados Unidos de América. Por el contrario, los Imperios que logran consolidarse forman gigantes estructuras políticas que desafían las enormes distancias y los problemas inherentes a la mezcla de gentes muy diversas. Los Imperios tienen varias fases vitales que, a lo largo de la Historia, observamos que siempre se repiten. Una primera fase es la de la expansión, en la que surge una figura excepcional, un gran jefe militar que lanza a la conquista a su pueblo. Luego viene un período crítico en el que muchos aspirantes a imperios fracasan: la fase de la consolidación. Muy contrariamente a lo que solemos pensar, un Imperio se consolida sólo si es capaz de ofrecerle a los recién conquistados más de lo que su conquista, que siempre es traumática, les ha quitado. Curiosamente, frente a nuestra universal creencia de que todos los imperios son malos, la gente suele vivir mucho mejor dentro del Imperio que en los márgenes del mismo, no digamos ya si vive en contra.

Lamentablemente, al ser el Imperio un constructo orgánico sujeto a cambios, tarde o temprano llega la decadencia, un período en el que el Imperio se pudre hacia dentro. Porque este es uno de los pensamientos en los que más hincapié hace María Elvira Roca Barea: los imperios no caen frente a un enemigo exterior, los imperios se pudren hacia dentro y, en el momento del fin, el Imperio colapsa de dentro hacia fuera. Llegados a este punto, la autora acuña el término que le da título a su libro: imperiofobia. La imperiofobia es un racismo tolerado según el cual las gentes que forman o han formado un Imperio tienen la catalogación de ser moralmente inferiores a aquellos que luchan o lucharon contra el Imperio. Expone la autora numerosos ejemplos de ello: los griegos que habitaban en el Imperio romano siempre despreciaron a estos ya que los consideraban bárbaros y de muy oscuros orígenes, soslayando que si Grecia subsistió a la caída del helenismo fue por, precisamente, por el paraguas protector que durante siglos le brindó generosamente Roma. Y todo esto pese a que Grecia siempre estuvo en el subconsciente romano y, así, cuando un emperador era un conquistador, su modelo era el de Alejando Magno. Es, por tanto, la imperiofobia una suerte de envidia ante la pujanza de un pueblo distinto al que uno pertenece, que trata de aliviar la mala conciencia del conquistado. De esta manera, un italiano del siglo XVI podría pensar que, pese a que la presencia de tropas españolas permitió la no conquista de Italia por el Imperio turco, los españoles eran barbaros, fanfarrones, ridículamente ceremoniosos y malos cristianos ya que eran descendientes de godos, árabes, norteafricanos y judíos. Por tanto, su pureza de fe era más que discutible. De esta manera, ese italiano aliviaba su conciencia ante el hecho de que su tierra, pese a prosperar de manera evidente bajo dominación española, era una provincia más de aquél Imperio que, merced a la conquista de nuevas tierras inexploradas, amenazaba con tragarse el mundo. El arma con la que contaron siempre todos aquellos que quisieron combatir a los imperios fue la propaganda, esto nos lleva al segundo término vital en el libro de María Elvira Roca Barea: la leyenda negra.



La leyenda negra es el arma propagandística que trata de conseguir lo que no se puede lograr económicamente y, usualmente, en el campo de batalla. Sirve para esparcir un manto siniestro sobre los imperiales al que todo el mundo se suma. Su respuesta por parte de los Imperios es siempre la misma: cuando están en el cenit de su poder, menosprecian la influencia de la misma y, andando el tiempo, cuando están en decadencia o ya ha cesado de existir el Imperio, asumen los postulados de su leyenda negra, por inverosímiles que sean, como si de dogmas de fe se trataran. Como ejemplos de herramientas en una leyenda negra podemos citar el Imperio inconsciente y la ley del silencio. Por Imperio inconsciente María Elvira Roca Barea entiende la coartada que intenta explicar el auge irrefrenable de un pueblo como una serie de carambolas históricas, un ejemplo sería la creencia de que el Imperio español se debió al azar en forma de herencias afortunadas cuando, por el contrario, la política de sucesión de los Reyes Católicos fue un completo desastre y la muerte se dio mucha maña en que todo les saliera a la inversa de cómo lo planearon. Así, los pueblos sometidos a la autoridad de la Monarquía hispánica, especialmente aquellos que habían abrazado el protestantismo, podían creer que ellos no eran inferiores a los españoles al estar sometidos a los mismos, sino que los españoles simplemente habían tenido “suerte”. Mientras que por la ley del silencio, la profesora Roca Barea entiende ese afán de censurar los desastres propios, mientras magnificamos hasta el absurdo nuestras virtudes y victorias, sean reales o, generalmente, inventadas.

Analiza la autora en su Imperiofobia y leyenda negra varios casos evidentes de Imperios vivos y ya fallecidos que sufrieron los ataques pasados y presentes de pueblos sometidos o enemigos. Entre los Imperios fallecidos destacan el de Roma y el español. Y entre los imperios vivos el de los Estados Unidos de a Elvira Roca Barea, un arma definitiva y desgraciadamente muy exitosa: el ructuosamente consolidar un Imperio donde fuese: ado,América y el de Rusia. El conocimiento de la Historia está sujeto a modas, durante el Renacimiento todo lo que tuviese que ver con el Mundo Antiguo greco-romano era aceptado y tenido en consideración. Del mismo modo, en el siglo XIX, en el que son las naciones de origen germánico y protestante, las que despliegan sus imperios en el tapete del mundo, Roma era un Imperio latino y sureño, muy degenerado, del que sólo se tenía en consideración su decadencia y corrupción de costumbres porque la moda era reivindicar a los pueblos germánicos que colapsaron el Imperio romano del Occidente, soslayando que el de Oriente duró un milenio más. Esto ha cambiado recientemente y de manera afortunada con el auge de las novelas y de las series pretendidamente históricas y Roma vuelve, poco a poco, al lugar que se merece y del que las élites intelectuales norteñas y protestantes nunca debieron sacarla.


Es curioso comprobar el hecho de que las leyendas negras de los Estados Unidos de América y de Rusia surgen en el mismo país, Francia. La misma Francia que gran parte de su historia ha intentado infructuosamente consolidar un Imperio donde fuese: América del Norte, la India o la propia Europa con la aventura napoleónica, fugaz y desastrosa. Es por ello que Francia mira de reojo y con lógico escozor cómo Rusia se expande vertiginosamente por Asia y que las posesiones españolas de ambas Américas poseen una riqueza con la que la avanzada, tolerante y culta Francia apenas puede soñar. Por ello, crea, en palabras de María Elvira Roca Barea, un arma definitiva y desgraciadamente muy exitosa: el intelectual subvencionado, o intelectual con peluca. Éste es el encargado de deformar la realidad para demostrar que lo que es un éxito rotundo, la expansión de Rusia o la riqueza de América, pase de puntillas por la nueva realidad que saldrá de su docta peluca: América es un continente degenerado y Rusia un país muy atrasado. De esta económica manera, los pobres franceses pueden seguir sintiéndose superiores en algo a falta de un auténtico, duradero y próspero Imperio que llevarse a la boca. Centrándonos ya en el Imperio español, serán los franceses los que tendrán a bien añadir una de las páginas más ilustres, tal vez deberíamos decir ilustradas, al extenso e inconcluso volumen de la leyenda negra española.

Expone María Elvira Roca Barea que la leyenda negra de nuestro Imperio está tan extendida que ni siquiera debemos añadirle el adjetivo de española para saber que una leyenda negra a secas, obviamente, se refiere a España. La leyenda negra nació en el primer territorio ultramarino que tuvimos aún antes de que naciera la propia España, Italia. Los avanzados y muy prósperos italianos de finales del siglo XV motejaban a los españoles con el cariñoso apelativo de marrani, que venía a ser algo así como descendiente de judíos. Exponían los intelectuales italianos del Renacimiento, movimiento cultural que se experimentó en pleno Imperio español, que éramos un país medieval ya que la rica sangre romana se había degenerado por el contacto con otros pueblos. Esta fue la primera y más benevolente página de nuestra leyenda negra. Debemos avanzar unas cuantas décadas en el tiempo para encontrarnos con la segunda, que se escribió (tal vez deberíamos decir que se imprimió) por el nacionalismo alemán. En efecto, durante el reinado de Carlos V Alemania estaba a demasiados siglos de distancia de su hegemónico presente. De hecho, ni siquiera existía como entidad política, estando su territorio repartido entre un sinfín de gobernadores locales que, a su vez, eran electores del descentralizado Sacro Imperio, al que precisamente en esta época se le añadió el epíteto de Germánico. Hete aquí que Carlos V es nombrado emperador gracias al dinero de la monarquía más pujante del momento: España, y que, además, tiene Carlos la ambición de unificar Europa merced a la unidad en una única fe, el catolicismo o, lo que es lo mismo, la Universitas Christiana.

De repente, los poderes locales de Alemania se sienten amenazados pues Carlos V posee las riquezas de las Indias y el bravo empuje de los tercios. Estos poderes regionales temen diluir su influencia e importancia en la nueva Europa unificada que se augura por primera vez en muchos siglos desde la caída de Roma. Para contrarrestar el poder de Carlos V atacan el navío de la Universitas Christiana en su línea de flotación y crean una nueva religión, el protestantismo, merced a un nuevo profeta, Lutero, que rompa con la unidad que se quiere imponer. Lógicamente, la coartada moral para escindirse de Roma son los vicios y el oscurantismo a que somete el poder de los papas. Mientras que la nueva religión trae de la mano la tolerancia, la prosperidad y el progreso. Para ello se toma prestado una institución que estaba representada en todas las monarquías de la época y se le atribuye en exclusiva a los españoles: la Inquisición. Poco importa que la Inquisición española, comparada con otras como la francesa, matase muchas menos personas, o que el furor protestante en países como Inglaterra, la futura Holanda y los territorios alemanes a la hora de reprimir y asesinar a los oscurantistas papistas fuese inmensamente mayor. Discípulos aventajados de los alemanes fueron los holandeses que lucharon largamente por secesionarse del Imperio. La visión del español cruel, cobarde, fanático e ignorante se debe en no escasa medida a la propaganda que Guillermo de Orange mandó imprimir en forma de estupendos gravados en los que los españoles son representados como cerdos que violan la hacendosa y tolerante Holanda.


La de la leyenda negra es una historia que muta y no deja nunca de crecer, en los siglos de la Ilustración, Francia volcará toneladas de propaganda antiespañola en las venas de Europa. Con la perdida del Imperio en las primeras décadas del siglo XIX y de los restos del naufragio en 1898, los propios españoles, incapaces de asumir y hacer frente a la muerte de su Imperio, asumirán la leyenda negra como parte indivisible de su ser. Y, de esta manera, si el Imperio acabó, tras largos siglos de paz y prosperidad jamás tenidos en cuenta, fue por culpa de sus creadores que eran fanáticos, ignorantes y crueles. Como observará el lector, es un mecanismo que exime de responsabilidad a las sufridas generaciones que les tocó encajar el duro golpe de la extinción imperial. Precisamente con la guerra hispano-estadounidense de 1898, la leyenda negra se vuelve a avivar y los viejos tópicos se exponen otra vez en la palestra europea y americana. Las repúblicas americanas, que surgen como consecuencia del desmembramiento del Imperio español, encuentran en la opresión, ignorancia y fanatismo del mismo un oportuno comodín al que acogerse que les libra de asumir su fracaso económico y político durante dos siglos. Mientras que el nuevo Imperio estadounidense, en tantas cosas sucesor del español, es tenido como la afortunada consecuencia de unos nobles orígenes: antigua colonia inglesa, tolerante en materia de religión, emprendedor, culto, protestante, etc. Que las dos últimas grandes superpotencias hegemónicas fuesen anglosajonas no le ha hecho bien a España ni a Hispanoamérica. Lógicamente ambas realidades no se pueden comparar ya que, de la misma manera que Europa occidental necesitó siglos para recuperarse de la caída de Roma, Hispanoamérica necesitará siglos para recuperarse de la caída de España. Mientras que sus vecinos norteños, anglosajones y protestantes, los Estados Unidos de América, no tenían que recuperarse de la caída de ningún Imperio y pudieron, poco antes de morir España, empezar a construir el suyo. Algún día, esperemos que no lejano, Hispanoamérica volverá a tener un peso clave en el concierto internacional, cosa que, lamentablemente, no podemos decir de la aún supérstite España europea.



El éxito del libro «Imperiofobia y leyenda negra» (Siruela), que ya va por su quinta edición, ha sorprendido a su autora, María Elvira Roca Barea, sin una razón para explicarlo. ¿Está España en uno de sus momentos más bajos de autoestima? ¿Son los ataques a su historia lo que reclaman urgentemente este tipo de lecturas? «No creo que estemos peor que hace cuatro años, por ejemplo. La autoestima española está por los suelos desde hace siglos. Eso ya es una constante».

Autoestima, propaganda y leyenda negra son términos íntimamente relacionados. El Diccionario de la RAE define leyenda negra como aquella «opinión contra lo español difundida a partir del siglo XVI» y como «opinión desfavorable y generalizada sobre alguien o algo». Frente a otros libros recientes que han analizado este fenómeno como algo ya superado, Roca Barea denuncia su fuerte penetración en corrientes culturales fundamentales en Europa. Del Humanismo a la Ilustración; del nacionalismo germánico al italiano... «Es difícil que la gente acepte una historia diferente de la que se escribió en el siglo XIX. En ese momento toda la propaganda protestante contra España se convirtió en historia normalizada», explica.

Los primeros cimientos de esta guerra de mentiras y medias verdades surgieron en la Italia del siglo XVI, aquella que frente a la superioridad militar de los aragoneses y los castellanos respondió al principio con ironía: «Dios s’era fatto Spagnolo» (Dios estaba de parte de los españoles). Del sarcasmo y la burla se pasó pronto al antisemitismo a través de la proclamación de que los españoles tenían sangre de «marranos», esto es, que se mezclaban con los judíos. Pero fue en su salto al Norte de Europa cuando el asunto adquirió realmente dimensiones racistas. «En el caso del nacionalismo alemán hay un antisemitismo muy violento y una inquina contra lo latino ya en el siglo XV. Es complicado encontrar el origen de tanto odio», sintentiza la autora de «Imperiofobia y leyenda negra».

Al valerse Carlos I de España y V de Alemania del oro y la infantería española para hacerse con el cetro imperial, los príncipes alemanes temieron que un emperador con poder real pudiera amenazar su independencia. «La religión solo fue una excusa. Había habido muchos luteros antes de Lutero, él solo fue el vendedor de una mercancía que necesitaban los nobles para fastidiar al emperador», sostiene Roca Barea.

El Imperio español sufrió un constante choque de trenes contra los nacionalismos emergentes del siglo XVI, del que acabó naciendo el protestantismo y la propaganda moderna. Al igual que su padre, Felipe II reaccionó con torpeza ante una rebelión en los Países Bajos instigada por la nobleza local y camuflada de guerra religiosa. «En ideologías como la protestante es necesario construir un enemigo común y colocarle todas las cualidades del mal. La contrapropaganda española fracasó estrepitosamente porque los pueblos católicos no han sabido manejarla. Felipe II pensaba que la verdad se terminaría imponiendo y eso pocas veces ocurre».

–Nada más empezar el libro presentas tus cartas ideológicas y tus convicciones religiosas, ¿es algo imprescindible para hablar de estos temas?

–Era necesaria la presentación de mis cartas ideológicas porque al final este es un libro de opinión sobre la Historia. Pero no hay que ser de derechas o de izquierda para defender que ha existido una leyenda negra. Ha habido pocos españoles más allá de Julián Juderías y Loyot que hayan explicado realmente la envergadura de esta leyenda negra tan bien como Salvador de Madariaga. Y no se puede decir que Madariaga fuera ideológicamente de derechas.

–Hay quien directamente dice que no existe esta leyenda negra o que ya no está en vigor.

–Eso es porque han asumido un paquete ideológico donde la leyenda negra está presente. Hay que tener en cuenta que no existe el vacío: si se quita la leyenda negra del argumentario de muchas ideologías habría que relatar otra historia de Europa a modo de sustitución. Y es difícil que la gente acepte una historia diferente de la que se escribió en el siglo XIX, cuando toda la propaganda protestante contra españa se convirtió en historia normalizada y oficial.

–En el libro lo primero que explicas es que la imperiofobia es algo que han sufrido prácticamente todos los imperios.

–La imperiofobia es muy habitual. Está muy arraigada en el ser humano como protesta al poder hegemónico. Los italianos vivían en una Europa dominada por los españoles y cuando se cabreaban decían que pareciera que eran los primogénitos de Dios. No obstante, cabe señalar que una cosa es este resquemor (algo inconsciente) y otra el proceso de construcción consciente que dio lugar a la leyenda negra. No es algo difuso, en el libro expongo que es una actividad muy bien organizada, donde ciertas oligarquías tienen un fuertísimo vínculo con los intelectuales y un control sobre los mecanismos con los que se escribe la historia.

–¿Cómo es posible que algunos imperios hayan esquivado esta imagen tan negativa sobre ellos, como es el caso del Imperio británico?

–El Imperio romano sufrió también su particular leyenda negra, pero hay procesos de reconciliación y rehabilitación que son efectivos a lo largo de los siglos. En el caso del Imperio británico, directamente no creo que fuera un imperio, porque el Colonialismo es un fenómeno diferente. Los imperios son fenómenos de expansión con integración por replicación, esto es, emplean grandes herramientas de integración de pueblos distintos. Por el contrario, el Colonialismo no genera mestizaje, ni cultural ni racial. Para los ingleses una cosa era la metrópoli y otra las colonias.

–Es hasta cierto punto lógico que los enemigos de estos imperios inventen mentiras, pero en qué punto consiguen que los propios países calumniados asuman estas leyendas como ciertas.

–Los imperios necesitan mantener viva la autocrítica para poder mejorar y aprender de los errores. En el caso español, la autocrítica ayudó a desarrollar el Derecho internacional en la Universidad de Salamanca y las leyes en defensa de los indígenas. Sin embargo, otra cosa es que esta crítica, ya negativa, sea asumida cuando los imperios ya ni siquiera existen. Lo sorprendente de España es su resistencia, su tenacidad y su capacidad de soportar todas estas mentiras. En el mundo británica la crítica está totalmente prohibida. Si alguien critica su historia desaparece de la visibilidad. Todavía no me he topado en mi vida con un solo inglés que supiera que Shakespeare era católico. Cuando se lo dices se quedan a cuadros y lo niegan.

–EE.UU. es el actual imperio y quien recibe el aluvión de críticas, ¿las está gestionando mejor que España?

–No sé si está teniendo más éxito. Los estudiosos norteamericanos de la leyenda negra española han entendido al momento lo que ocurrió con España y las similitudes con el caso de EE.UU. No hay un solo estudioso americano que haya negado en la actualidad la leyenda negra, mientras que algunos británicos como Henry Kamen han rebajado su importancia o han dicho que no tienen vigencia.

–Al final la conclusión a la que llega la leyenda negra es que los anglosajones son superiores a los latinos.

–Ese es el hilo sobre el que se ha extendido la idea generalizada hoy de que el norte es trabajador, virtuoso, cumplidor y los inventores del todo lo bueno de Occidente. Eso a pesar de que es manifiestamente falso. El primer avance hacia el lujo en el estilo de vida se produjo en la Italia renacentista, que cultivaba la elegancia y el bienestar.

–¿Entonces en la prima de riesgo también hay rastro de la leyenda negra?

–Ocurre siempre que hay problemas. En 2008, el norte con toda su propaganda volvió a excitar a la opinión pública en la idea que la culpa de la crisis la tenía el sur y su atraso crónico. La prima de riesgo ha subido en los países del sur y bajado en el norte, a pesar de que Alemania es quien más problemas de pago tuvo en el siglo XX y de que Gran Bretaña tuvo una crisis enorme en 1976. España, en cambio, lleva pagando todas sus letras sin fallar en sus obligaciones desde 1898. Te has preguntado alguna vez ¿qué une a todos los PIGS (Portugal, Italia, Irlanda, Grecia y España)? Pues que ninguno es protestante.

–Los europeos de su tiempo decían de los españoles que tenían su sangre contaminada por mezclarse con los judíos, pero luego uno de los puntales de la leyenda negra es el supuesto fanatismo español contra los hebreos. ¿Cómo es esto compatible?

–Ha habido un montón de expulsiones de judíos en Europa y todas más terribles que en España, porque aquí no hubo un decreto de expulsión sino de conversión; y sin embargo solo se recuerda la de 1492 en el imaginario. Esto es porque en el origen del Sionismo los sefarditas magnificaron su importancia social en la Península ibérica y así justificaron la caída del Imperio español por las consecuencias de esta expulsión. Pero eso es imposible si precisamente un siglo después del decreto España se había convertido en el país más poderoso de Europa. Un relato exagerado de la importancia de los judíos en la España de los Reyes Católicos que además sirve a los protestantes para decir que los españoles tenían la sangre contaminada.

–La Inquisición española es presentada muchas veces como el máximo exponente de la intolerancia religiosa en la historia.

–El contexto en el que se desarrolla la Inquisición era de una intolerancia religiosa generalizada en Europa. Todo el mundo lo era, pero la diferencia estaba en cómo se gestiona esta intolerancia en cada territorio. Se podía hacer como en el centro de Europa con la persecución bárbara contra brujas o las quemas que hizo Calvino de los católicos; o bien como en España con el tribunal de mayores garantías procesales de su tiempo: la Inquisición. En este sentido, el primer autor que niega las cifras de la inquisición es un inglés estudioso del derecho del XIX que, comparando el derecho anglosajón con el derecho romano, llega a la conclusión que el Santo Oficio no pudo provocar tantos muertos con un proceso legal tan complejo.

–A lo mejor el problema de la Inquisición para que perdure en la memoria no está en las crifras, sino en que se alargó mucho en el tiempo. Hasta 1834 no se abolió definitivamente.

–Lo de alargarse en el tiempo no es buen referente, porque la Inquisición española terminó mucho antes de que fuera legal enterrar a un católico en Inglaterra. Tampoco es cierto que la Inquisición ejerciera una represión cultural realmente efectiva. Los memoriales de los arbitristas que elevaban a los Reyes Habsburgo o los textos de muchos clérigos eran altamente críticos con la Monarquía y a esa gente no le pasaba nada. Hay cosas que se escribían entonces que no se permitirían ni siquiera hoy. Esto generó un enorme espacio de libertad de expresión que el país aprovechó. Imagínate que el ataque de Francis Drake a Cádiz provocó un choteo increíble, lo que demuestra que nunca hemos tenido problemas a la hora de hablar de las derrotas como sí les ha pasado a los ingleses.

–En la América hispánica también parecen haber calado profundamente estas cuestiones.

–Políticos hispanoamericanos de derecha y de izquierda han acudido con frecuencia a píldoras de la leyenda negra para justificar el fracaso económico de Sudamérica. Aunque luego te encuentras con hechos irrefutables como es que la América hispánica en 1812 era mucho más rica que el norte. Mejores ciudades, más infraestructura, correos más rápidos que en Europa. Los americanos deberían reflexionar sobre qué ocurrió para que se produjera el empobrecimiento que de sus ciudades, la caída del poder adquisitivo de su población y, en el caso mexicano, la pérdida sustancial de territorio.

–El genocidio provocado por los españoles en la población también resulta recurrente, ¿existen datos que justifiquen esta idea?

–Es una palabra muy ofensiva y demasiado fácil de pronunciar. Ni siquiera tenemos datos de cuánta población había antes de la llegada de Cristóbal Colón. Si sabemos que la gente estaba muriendo es porque los funcionarios de la Corona y los clérigos fueron informando y tomando medidas como la creación de hospitales y medidas de cuarentena.

Los españoles eran muy pocos y necesitaban a la población local para levantar un imperio de esa magnitud. Si hubieran hecho como los ingleses en el norte, que estaban aislados y solo crecieron tras la independencia a base de la llegada de europeos, hubieran tenido un problema demográfico.

–¿El mestizaje de los españoles demuestra que ellos no eran tan racistas?

–Los españoles también eran racistas, pero nunca tanto como para entorpecer el desarrollo biológico. Hernán Cortés era racista pero tenía un hijo mestizo («los latidos de mi corazón») que adoraba más que a los legítimos; mientras que dos siglos después el presidente de los EE.UU. Thomas Jefferson vendió a los hijos que tuvo con una esclava negra. Esta incapacidad de los pueblos germánicos para mezclar su sangre es algo incomprensible ya desde tiempos de los romanos, que se asombraban de que sus soldados germanos pudieran estar años sin tener relaciones sexuales por no mezclarse con otras poblaciones.

Fuente: http://www.abc.es/cultura/libros/abci-maria-elvira-roca-barea-hernan-cortes-tenia-hijo-indio-adoraba-mientras-jefferson-vendio-hijos-mestizos-201703010122_noticia.html


Pregunta.- Así que el clásico autoodio del español está vinculado con la leyenda negra.
Respuesta.- Sin duda. Al asumir los tópicos de la hispanofobia, se da por supuesto que todo lo español es malo, que lo que hay de español en nosotros es la peor parte de nuestro ser.

P.- ¿Está viviendo un repunte ese autoodio o nunca se fue?
R.- Nunca se fue. Van ya para tres siglos de hispanofobia asumida. Pero en determinadas ocasiones, en épocas de crisis y de incertidumbre, hay una recidiva. Ahora los nacionalismos periféricos que nacieron en el XIX y que son por definición hispanófobos se han aliado con la izquierda antisistema, cada vez más fuerte, y esto naturalmente tenía que producir un rebrote.

P.- ¿Cómo sería la cronología de las ideologías asociadas a la leyenda negra? ¿Va del protestantismo a la izquierda?
R.- En efecto. Aunque la primera manifestación de la leyenda negra surge con el humanismo italiano, y ya es visible en el siglo XV. Desde el primer momento muy vinculada al antisemitismo. El español es malo porque es medio judío. Con el protestantismo, los españoles además de ser marranos, ignorantes, son hijos del Demonio. Esta imperiofobia feroz la encaja como un guante la Ilustración francesa, porque conviene a los intereses de su país, naturalmente. Pero con el cambio de dinastía, en el siglo XVIII, la hispanofobia se hace española. Nuestras elites imitan lo que viene de París, porque para ser moderno había que parecer francés, había que pensar que era cierta la barbarie española en América, que la Inquisición era una atrocidad, que la historia de España es pura intolerancia, que este país era atrasado y bárbaro... Más tarde el liberalismo y el nacionalismo rampante en el siglo XIX hicieron lo que faltaba para que la hispanofobia se asumiera en España.

P.- ¿Entonces la hispanofobia es previa al descubrimiento de América? 
R.- Es anterior. Muy anterior. La idea de que España es un país medieval y caballeresco, lo que hará viajar a los románticos a España con tanta ilusión, es una idea del humanismo. Seis siglos repitiendo la misma tontería, desde Paulo Jovio a Curtius. Lo de América se incorpora tarde al palmarés de la leyenda negra. Es Guillermo de Orange, y las traducciones promovidas por él del texto de Bartolomé de las Casas, con los famosos grabados de De Bry, quien convierte América en un nuevo tópico hispanófobo. A los franceses que habían fracasado estrepitosamente en Canadá esto les vino de perlas. Y los ilustrados lo repitieron hasta aburrir. Porque la ilustración francesa siempre ha estado al servicio de su país, como debe de ser. Esto les honra.

P.- Usted niega rotundamente que de Bartolomé de las Casas dijera, siquiera, una verdad aproximada.
R.- Es asombroso que estemos todavía dándole vueltas a esto. Fray Bartolomé está totalmente desprestigiado como fuente fidedigna. La Brevísima relación de la destrucción de las Indias pertenece a un género literario, el de la polémica religiosa, que incluye en su poética la hipérbole. Fray Bartolomé exagera para producir polémica. Luego fue usado profusamente por los enemigos del imperio. Por otro lado, Fray Bartolomé no fue capaz de soportar la diócesis de Chiapas y el tiempo que estuvo en ella no se interesó por los indios ni aprendió una palabra de una lengua indígena, ni era capaz, como dice fray Toribio de Motolinía con amargura, de distinguir un indio de otro. Él quería vivir en el centro del poder, alrededor de la corte.

P.- ¿Se trató mejor a los indios de Sudamérica que a los de América del Norte?
R.- En Norteamérica no se trató a los indios de ninguna manera. Se les fue expulsando de los territorios conforme se avanzaba hacia el oeste y fueron paulatinamente desintegrándose y desapareciendo en las reservas. El mundo indígena y mestizo que hay en América es hispano. Esto no necesita demostración. Solo hay que abrir los ojos. Los españoles crearon un imperio en América mezclándose con los indios.

P.- ¿Qué papel juega el enfrentamiento entre católicos y protestantes en el asentamiento de la leyenda negra española?
R.- El protestantismo fue un problema político que se manifestó a través de la religión. En el caso alemán es desde luego la primera manifestación del nacionalismo germánico, ya entonces muy agresivo e intolerante. El protestantismo es el resultado del choque de trenes del Imperio español con los nacionalismos emergentes. Lo que el protestantismo hace es crear iglesias nacionales, y esto tenía que colisionar con la visión universalista de lo humano propia del catolicismo. La Iglesia Romana no es de ninguna nación. Pero la iglesia anglicana es de Inglaterra, los príncipes alemanes se declararon jefes de sus propias iglesias territoriales. El protestantismo busca la destrucción de la Iglesia católica porque este era el vínculo común. Naturalmente ese alejamiento, esa ruptura se tenía que justificar y esto sólo podía hacerse convirtiendo a la Iglesia de Roma en la Ramera de Babilonia. Cuando los niños protestantes hacen su catequesis estudian cómo nació su iglesia y cuánto tuvieron que luchar contra Roma y contra la monstruosa y demoniaca España, brazo armado del catolicismo, para poder existir y alejarse moralmente del Anticristo. ¿Cómo quiere usted que desaparezca la leyenda negra?

P.- Isabel I es, con Shakespeare, el personaje que más espacio tiene en el diccionario biográfico de Oxford. ¿Hay falta de autocrítica en ciertas historiografías como la británica, o hay un exceso de autocrítica en la española? 
R.- Toda nuestra relación con la historia de España está desquiciada por la propaganda. La historia de Gran Bretaña que conocemos se escribió en el siglo XIX, momento álgido de la expansión victoriana. Hubo ahí una operación de borrado y maquillaje realmente espectacular. Naturalmente en ella el demonio español tenía un lugar de honor. El fracaso inglés en América se trasforma en un éxito, a pesar de que se pasaron casi dos siglos empantanados; el periodo de hambre, guerras civiles y feroz represión de la época de Isabel I también se metamorfosea en una época estupenda; y Shakespeare triunfa y se pasea por los salones isabelinos, cuando lo cierto es que pasó gran parte de su vida en la semiclandestinidad, y por supuesto, jamás se menciona que era católico. La Armada de Felipe II, que no significó nada para nadie, ni siquiera en aquella guerra, pasa a ser el momento en que Inglaterra le disputa el dominio de los mares a España y se lo arrebata... Lo que hay debajo de la historia oficial que se escribe en el siglo XIX de esos países es falta de libertad, fundamentalmente de expresión, hasta unos niveles que los católicos no podemos ni imaginar.

P.- Los españoles no fueron los primeros en expulsar a los judíos. ¿Pero se fue más tolerante con ellos cuando vivieron aquí de lo que fueron otros países como Francia o Inglaterra?
R.- La situación de los judíos ha sido difícil siempre y en todas partes. Pero en la historia de Israel sólo hay una Sefarad. Durante siglos, los españoles fueron malos cristianos, porque estaban contaminados por los judíos. Esto se usó tanto para explicar su inferioridad moral (idea común a todas las imperiofobias) como su inferioridad racial y la idea duró hasta el siglo XIX. Voltaire la repite hasta aburrir. Pero en esas fechas este tópico hispanófobo gira sobre sí mismo y los judíos se transforman en artillería para demostrar la intolerancia española, como si las expulsiones y persecuciones de judíos no hubieran sido el pan nuestro de cada día en Europa, pero solo la española es popular.

P.- Con la crisis de deuda se volvieron a agitar esos fantasmas contra España, pero también se aplicaron ciertos tópicos -los de los países atrasados del sur- a Grecia y a Italia. ¿Se puede explicar esto también por la vía de la imperiofobia?
R.- En el caso de España, de manera clarísima. No era difícil agitar los tópicos hispanófobos que siguen vivos en la mentalidad europea. Nuestra prima de riesgo ha subido y sigue por encima de las demás. ¿Por qué? Como lobos, ha vuelto la prensa en lengua inglesa a agitar los viejos fantasmas. Hacerlo es fácil y rentable. Ya aparecemos representados como cerdos (PIG'S) en grabados del siglo XVI. Los españoles no se defienden. Al paso que vamos estaremos pagando la misma factura eternamente. ¿Por qué nuestras élites políticas e intelectuales no le explican esto a la gente?

P.- Equipara la imperiofobia al racismo. ¿Qué los une?
R.- Todo. Es condena moral vinculada a la estirpe. Eres malo porque has nacido en un grupo humano que es malo por su sangre, moralmente inferior por el genus al que pertenece. La hispanofobia no puede desaparecer porque está escrita en el ADN de las iglesias protestantes, de dos de las corrientes culturales más importantes que ha tenido el continente, el humanismo y la ilustración; y de las ideologías triunfantes en el siglo XIX, como el liberalismo. Por no hablar de la colisión del Imperio español con casi todos los nacionalismos europeos: los emergentes en el siglo XVI en Gran Bretaña, Países Bajos, y los territorios germánicos, y finalmente triunfantes durante el siglo XIX. El problema es que ni nuestros historiadores ni nuestros intelectuales se han puesto nunca a reescribir la historia, sino a comentar la que escribían los ingleses o los alemanes y luego llegaba a España en francés. Así se fue ahondando más ese fenómeno del extrañamiento de los españoles con sus elites, asunto que tanto inquietó a Ortega. Porque en España para ser un intelectual de prestigio, hay que ser antiespañol. Así que cuando aprieta el zapato, este pueblo se ve solo ante el peligro, así se vio cuando la invasión francesa y así lleva aguantando mucho tiempo. Es verdaderamente un milagro que España siga existiendo.


¿La leyenda negra española es cronológicamente la primera operación de publicidad negativa de un imperio o hubo algo parecido con anterioridad? Estoy pensando en la pésima visión que los griegos dieron al mundo del imperio persa.

En absoluto es la primera. Lo que sucede es que nuestro conocimiento depende de las fuentes escritas que conservemos. Pero sabemos lo suficiente como para poder afirmar que la intelectualidad griega fabricó una parte destacada de la leyenda negra de los romanos y desde luego de los persas, pero en este segundo caso disponemos de muy poco material. Para demostrar que la leyenda negra no es un fenómeno histórico excepcional he comenzado en mi libro a estudiar el fenómeno en Roma.

¿Quién acuñó el término?

La expresión «leyenda negra» comenzó a utilizarse en torno a 1898 para aplicarse a las deformaciones de la propaganda antiespañola. Es probablemente Emilia Pardo Bazán quien la pone de moda en la prensa, pero es desde luego Julián Juderías quien convierte el sintagma en una realidad histórica concreta y referida a España y quien comienza a estudiarla de manera organizada y sistemática. Sin su obra publicada en 1914 no estaríamos hablando de esto ahora o estaríamos usando otros términos. Se le debe mucho a Juderías, mucho. Demostró un coraje extraordinario y una capacidad poco común para penetrar en los prejuicios y las mentiras de la propaganda que los intelectuales españoles, incluidos los historiadores, habían asumido como verdades incuestionables.

¿Se puede fijar su nacimiento por algún acontecimiento concreto o más bien hablamos de un cúmulo de hechos?

La leyenda negra española no es un fenómeno excepcional. Uno de los propósitos principales de mi trabajo ha sido demostrar que esa idea del excepcionalismo español, en ninguna de sus facetas, es cierta. Nuestra leyenda negra no es más que un caso particular de imperiofobia y esta es un fenómeno universal que se genera siempre que se dan una serie de condiciones: un imperio en expansión y poderes locales que se resisten a ser absorbidos o arrinconados por esos imperios. Si esos poderes locales disponen de una clase intelectual lo suficientemente sólida, comenzará inmediatamente a manifestarse este prejuicio, que tiene siempre un componente racista. La hispanofobia comienza a ser visible en Italia, porque la expansión de los españoles comienza ahí. Y son los humanistas italianos los responsables. Durante varios siglos, el humanismo italiano esparcirá insistentemente la idea de que los españoles son marranos, término que acabará siendo sinónimo de español en la Italia del siglo XVI, por haberse mezclados con los judíos y con los moros. Por lo tanto además son malos cristianos, esto es, moralmente inferiores. Y fíjese si estas visiones arquetípicas están ancladas en el subsuelo de la mentalidad europea, que mucho siglos después vinieron los románticos a España buscando una Edad Media milagrosamente conservada. Luego el protestantismo ampliará esta visión deformada de los españoles igualándolos con el Anticristo y a toda forma de depravación moral. Más tarde la Ilustración remozará los tópicos de la hispanofobia añadiendo la ignorancia y el retraso cultural. Y finalmente el liberalismo vendrá a darle a todo esto el lustre de la modernidad.

Con respecto a la acción de los españoles en las Indias, algunos historiadores dan por bueno el testimonio de Bartolomé de las Casas en su Brevísima relación mientras que otros consideran que el dominico exageró. ¿Qué opina?

Hace ya tiempo que nadie medianamente informado se toma en serio las afirmaciones de fray Bartolomé. Si los datos de fray Bartolomé son ciertos, cada español, incluidos mujeres y niños, que puso el pie en América desde 1492 tuvo que matar catorce indios diariamente hasta las independencias en el siglo XIX. Fue Philip Wayne Powell el que hizo el cálculo en su estupendo libro El árbol del odio. Esto es inverosímil, claro está. Lo que hay que preguntarse es por qué se hizo famoso fray Bartolomé y por qué lo conocemos. Su obra clave y mil veces citada, la Brevísima relación de la destrucción de las Indias llevaba décadas editada sin que nadie le hiciera mucho caso. Y, de pronto, se convierte en un best-seller y se traduce a varios idiomas. ¿Por qué? Porque sirvió de argumento principal a una de las campañas de propaganda orangista destinada a animar el alicaído secesionismo neerlandés. Era como decir «así tratan los españoles a los habitantes de su imperio; si hasta ellos mismos lo dicen; ¿pero no veis lo que os va a pasar?». Le costó a Orange mucho promover una nueva rebelión y solo pudo hacerlo con ayuda de Francia e Inglaterra.


¿Hubo grandes excesos a lo largo de toda la conquista española de América o solo en los inicios, como defienden algunos?

La conquista de América se hizo con los pueblos indígenas y hubo luchas pero hubo pactos, muchos pactos y duraron siglos. De eso nació el Derecho de Indias, una rama peculiar del derecho español.

¿Qué le parece la opinión de algunos políticos españoles que cada Día de la Hispanidad denuncian que hubo genocidio contra los pueblos indígenas durante la conquista?

Los europeos, incluidos nuestros políticos del buen rollito, dicen «indígenas» y se quedan tan panchos. Hacen gala de un desconocimiento edénico sobre lo que nombran, pero se sienten con derecho a opinar, como todo europeo cree que lo tiene. Así que dicen «indígenas» y se creen que todos son uno, que todos los indios son el mismo indio, que solo nosotros tenemos individualidades y diferencias. De esta convicción profunda y nunca expresada vino a nacer el disparate del buen salvaje de Rousseau. Mire: había muchos indios, muchas clases de indios, con muchas lenguas y profundas diferencias culturales entre sí y los españoles del siglo XVI, que tenían la cabeza mucho más despejada de prejuicios que los de ahora, supieron verlas y supieron relacionarse exitosamente con esa realidad complejísima. Los españoles lucharon contra algunos indios, pero se aliaron con muchos más y supieron hacer de esta mezcla un imperio formidable que ofreció casi tres siglos de paz, prosperidad y mestizaje productivo a una parte grande de la humanidad.

Con respecto a la Inquisición, ¿la leyenda negra exageró el número de muertes? ¿Fue una institución atípica en Europa durante su larga existencia?

No solo exageró, sino que exageró hasta lo increíble, pero eso está ya muy investigado. Otra cosa es que esas conclusiones realistas hayan llegado, no ya al común de la gente, sino incluso al mundo académico. Acabo de leer dos libros, uno de 2011 y otro de 2014, escritos por dos profesores universitarios, en los que vuelve a decirse que la Inquisición fue responsable de decenas de miles de muertos. En la década de los 70, Jaime Contreras y Gustav Henningsen hicieron lo que había que hacer, esto es, estudiar documentos y datos y no repetir las afirmaciones de la propaganda. En su investigación sobre las 44.676 causas abiertas por la Inquisición entre 1540 y 1700 demostraron que había habido 1.346 condenas a muerte. Claro, para hacer esto había que dejarse las pestañas en los archivos. Aquí hay que tener en cuenta además que la Inquisición entendía de delitos que lo son todavía hoy: la falsificación de moneda, documentos, las ediciones ilegales, el proxenetismo, la violencia sexual, etcétera. En un periodo de 20 años Calvino quemó a más de 500 personas en Ginebra por herejía. En una ciudad que tenía unos 10.000 habitantes. Haga números y verá la diferencia desproporcionada que hay entre la persecución por disidencia religiosa en las zonas católicas y las protestantes. Pero insisto: las condenas a muerte de la Inquisición que acabo de mentar no fueron solo por disidencia religiosa. Uno de los propósitos de mi trabajo ha sido mostrar lo que la historia oficial de Europa no quiere enseñar. Como las leyes de discriminación religiosa que estuvieron vigentes en países como Holanda o Inglaterra hasta mediados del siglo XIX o los pogromos contra los católicos en la Alemania de Bismarck, la Kulturkampf.

En los Países Bajos mentar al Duque de Alba es casi como nombrar al diablo. ¿Tan cruel fue el enviado de Felipe II?

Pues no más que otros. O más bien menos que otros. Lo interesante del conflicto en los Países Bajos no es que Alba fuese transformado en un monstruo. Esto Orange sabía cómo hacerlo y lo hizo con éxito varias veces, con Felipe II, con su segunda esposa Ana de Sajonia€Lo fascinante es cómo el nacionalismo orangista ha conseguido hacer invisible la verdad de aquel conflicto y transformar lo que fue una guerra civil de neerlandeses contra neerlandeses en una guerra de liberación nacional entre opresores españoles y oprimidos holandeses. Esta parte ha sido la más interesante: investigar y comprobar que hubo más holandeses luchando con Alba que contra él y que la mayor parte de las tropas orangistas estaban compuestas por mercenarios extranjeros pagados por Inglaterra, Francia y los príncipes luteranos alemanes.

En su libro estudia la imperiofobia en Roma, Estados Unidos y Rusia. ¿Qué aporta este punto de vista a la leyenda negra española, su falta de excepcionalidad? ¿Encuentra muchas diferencias en el grado de aversión a estos imperios?

El punto de vista de la excepcionalidad encubre en realidad un alivio muy socorrido. Y no solo no es cierto, sino que es dañino. Como todo lo que nos pasa es raro y diferente, ¿para qué vamos a esforzarnos en enderezar las cosas? Demasiado bien estamos con la historia que hemos tenido€ luego a echarle la culpa a otro y a no hacer nada. Y suma y sigue. A eso he dedicado la parte última de mi trabajo. A combatir la idea de que podemos desentendernos de la historia impunemente. Podemos desentendernos, pero impunemente no.


¿Qué tan profunda es en España la lesión de la relación individuo-historia?

Hay una reacción generalizada en todo Occidente de olvido de la historia que se ha acentuado. Dentro de ese fenómeno, está la situación particular de los españoles, que han querido olvidar la historia de su imperio. Y con españoles me refiero a todos, incluyendo a  los pueblos que hoy son naciones y fueron hijos de ese imperio. Ese olvido ha ocurrido también en otras estructuras de imperio, por ejemplo los romanos: la necesidad de olvidar glorias pasadas. Porque han quedado atrás y su evocación no ayuda al presente.

Desmitifica la versión de la leyenda negra de la conquista y de la España imperial. ¿Cuál es la ideología asociada a la construcción de esa leyenda?

Muchas. La prueba es la perdurabilidad que ha tenido la leyenda negra a lo largo del tiempo. Se ha convertido en parte del aparato de auto justificaciones de ideologías muy distintas en Europa. Es lo que yo llamo la hispanofobia. Tuvo un primer momento en Italia, como una reacción del humanismo. En ese entonces Italia no estaba sometida al imperio, formaba parte de él. Sin embargo, con el paso del tiempo, las elites italianas comenzaron a sentirse molestas y a desarrollar la hispanofobia, que es un proceso que se reafirma en esta idea de que los españoles eran atrasados, muy brutos y de que además tenían su sangre contaminada por los judíos, y por ese motivo se les llamaba marranos. Allí comenzó esa larga serie de tópicos según los cuales España era un país atrasado y que permanece cinco siglos después, con los románticos viniendo a una España que consideran medieval y que ellos realmente aprecian como medieval. La creación cultural es tan extraordinaria que llegarán a ver lo que no existe.

Allí comenzó esa larga serie de tópicos según los cuales España era un país atrasado y que permanece cinco siglos después"

¿No me estará diciendo usted que la baja autoestima o los conflictos de la identidad española van a ser culpa de los italianos?

Comienza ahí el asunto, pero es que después vienen las guerras de religión. Comienza el anti catolicismo, que pasa a formar parte de todas las iglesias protestantes, que señalaban a la Iglesia católica como oscura y corrupta. España había sido hasta entonces la gran defensora del catolicismo, por tanto, esa condena moral a la religión cae también sobre España. Y eso perdura hasta nuestros días. Esa concepción se expresa en los nacionalismos asociados a la retórica del protestantismo y que luego en el siglo XIX obró un efecto negativo a un lado y otro del Atlántico a España. Los alemanes, para la reunificación, necesitaban de un enemigo. La hispanofobia está en el disco duro de las religiones y los nacionalismos en Europa.

¿Hasta qué punto ha interferido eso en la relación que tiene España con su propia identidad?

No ha interferido. La ha construido. En el siglo XVIII, los españoles de un lado y del otro del charco, que es lo que quiero resaltar, asumen como ciertos esos presupuestos: que la disolución de su imperio se debe a la barbarie, la intolerancia y el resto de los tópicos sobre los que se ha construido la leyenda negra. No son capaces de analizar la situación de su presente, sino regresando constantemente a ese pasado. Para entender por qué nuestras naciones se han deteriorado, pasando de estar en el furgón de cabeza al de cola, hay que saber y entender algunas cosas. En el siglo XIX empieza una nueva escenificación de la leyenda negra, que es el aparato de auto justificaciones que usaron distintas repúblicas nacidas del desmembramiento del imperio español. En América y España asumieron como propios los argumentos de los enemigos del imperio, quienes decidieron minar la confianza. De ella carecemos los españoles, mexicanos, colombianos. Así es imposible salir de las tendencias disgregadoras que padecemos en España, o del atraso económico.

En el siglo XIX empieza una nueva escenificación de la leyenda negra, que es el aparato de auto justificaciones que usaron distintas repúblicas nacidas del desmembramiento del imperio español"

¿Cuál es la versión actualizada de la hispanofobia?

La versión contemporánea de la hispanofobia se constituye en el argumentario de todas las tendencias disgregadoras, tanto ideológica y políticamente como desde el punto de vista del territorio. Todas las tendencias disgregadoras asumen los tópicos de la leyenda negra. Es destructivo para unos y para otros. Hasta que los españoles e hispanos no seamos capaces de tener una relación sana con ese imperio que fue y ya no existe, hasta que nos seamos capaces de mirarlo como parte de nosotros mismos y como una fuente de inspiración y aprendizaje, del furgón de cola no nos sacará nadie. Eso nos hunde en el auto-rencor.

Asegura que la conquista española no fue tan violenta y desacredita a Fray Bartolomé de las Casas como fuente fiable.

Eso no lo digo yo. Lo han dicho muchos trabajos e investigaciones. Alguien con sentido común sabe que el pobre Fray Bartolomé de las Casas está desautorizado. Los suyos eran textos de polémica religiosa. No pretendía hacer historia. Sus cifras son absolutamente demenciales. Para cumplir esas cifras que él dice tendría que haber 14 muertos diarios por cada español desde Cristóbal Colón hasta las independencias.

¿Cuáles han sido los errores e incorrecciones esenciales en la construcción de ese relato histórico de Leyenda Negra?

Lo que ha ocurrido con Fray Bartolomé de las Casas era muy corriente. Los curas a lo largo del tiempo han escrito textos para provocar polémica. Forma parte de su educación, se escribía contra alguien que defendía otro argumento. Lo que Bartolomé hace con la Brevísima es un género, con una tradición específica y que incluye todo esto. Fray Bartolomé publica la Brevísima y durante 25 años nadie le hace caso en Europa. La convierte en un bestseller el hecho de que fue traducida para convertirla en un nuevo elemento que animara el espíritu secesionista en Holanda, que estaba un poco alicaído, y para decir: “Estos son los horrores que hicieron los españoles. Hay que salir corriendo de este imperio porque mirad los que nos va a  pasar”. ¡25 años después de publicarse la Brevísima en Sevilla!

A cada uno interesó que el demonio español fuera el peor de todos, porque así defendían sus intereses. A partir del XIX, cuando el imperio se viene abajo. Ya no hay ánimo ni tampoco elites intelectuales capaces de enfrentarse valientemente a esa versión"

¿De quién es la responsabilidad de eso?

Habría que escribir otro libro para aclarar esas responsabilidades. Comenzando por el aparato propagandístico que se puso en marcha desde el siglo XVI hasta el repunte en el XIX. A cada uno le interesó que el demonio español fuera el peor de todos, porque así defendían sus intereses. A partir del XIX, cuando el imperio se viene abajo. Ya no hay ánimo ni tampoco elites intelectuales capaces de enfrentarse valientemente a esa versión de la historia de Occidente y se ha asumido sin más y que podría pasar, por ejemplo, por la comprobación de cómo las leyes de represión de la Iglesia protestante eran más duras y más humillantes que las del lado católico. Ayer vi un reportaje de National Geographic sobre la Inquisición donde repetían uno a uno todos los tópicos que documentalmente se han demostrado que son falsos. ¿Por qué se siguen repitiendo? Porque siguen generando confort a toda la ideología disgregadora que se siente mejor encontrado un enemigo al cual echarle la culpa de todo.

Que España tenga una relación conflictiva con su pasado imperial llega a ser lógico. Pero que eso ocurra con el siglo XX, por ejemplo, con la Transición... Eso sobrepasa la hispanofobia.

La sobrepasa, pero nace en ella. El hecho de haber dado carta de naturaleza a todos esos puntos de vista disgregadores se debe al hecho de que asumimos el discurso sobre nuestra propia maldad y de nuestra propia barbarie. Los españoles en el siglo XVIII y XIX dimos carta a todas las ideas generadas por los enemigos de ese imperio para demostrar nuestra propia inferioridad. A partir de ese momento todas esas ideas han vivido y convivido con nosotros y afectan a todo. Todo lo nuevo que pueda existir será automáticamente cuestionado y producirá frentes de división y discusión, y eso pasa tanto aquí como al otro lado del Atlántico. No hemos sabido unificar nuestro discurso histórico de forma que se constituya como una base de crecimiento cultural y a partir de ahí los problemas que hay son los que ya existían y hay poca esperanza de que dejen de existir.


Hay un reproche directo a las elites españolas en lo que dice.

Voltaire murió exiliado en Francia por sus Obras prohibidas, y jamás escribió una palabra en contra de su país. Es parte de ese discurso único de Francia, que no tocan ni los de la derecha ni los de la izquierda, porque hacerlo implica condenarse al ostracismo. Hay determinados puntos de costuras que los franceses e ingleses no tocan, porque de ellos depende la cohesión social que garantiza su supervivencia. Esa actitud de Voltaire es la que los ilustrados comprendieron que tenían que tener con su país, porque en el XVIII pasaba por enormes dificultades y no podía salir adelante de otra forma. Nuestros intelectuales asumieron toda la hispanofobia que venía con la Ilustración y a los franceses les interesaba que así fuese. Desde entonces hemos tenido este problema, que Ortega lo notó y lo trabajó, sobre el extrañamiento de los españoles respecto a sus clases intelectuales, que no contribuyen al mejoramiento de su país y que se pasan la vida argumentando y dando razones a todas esas ideas que fueron creadas por gentes que eran enemigos de España. Desde entonces eso ha variado, porque cada generación hereda a la anterior. De todos los problemas, ese es el nudo de todo este asunto. Que no hayamos sido capaces de imponer, de hacer que nuestras elites intelectuales y políticas trabajen en provecho de su propio país y no en provecho de sí mismos. Eso sí que es un buen problema.


Pregunta. Para un tema de estas características, su ensayo se está vendiendo bastante bien. ¿A qué se debe?

Respuesta. He sido la primera sorprendida. Es un libro amargo, pero supongo que se debe a que levanta la autoestima. Arcadi Espada, autor del prólogo, dice que en realidad esto es un libro de autoayuda para españoles.

P. ¿Falta autoestima?

R. Los españoles tenemos un problema de autoestima desde hace siglos. Comienza en el XVIII con los Borbones. Desde entonces se aceptan como verdades los tópicos de la leyenda negra, que no son más que propaganda antiespañola creada por el mundo protestante y asumida por la Ilustración francesa. Los intelectuales españoles han tenido que ser hispanófobos para tener prestigio.

P. ¿Esa leyenda negra sigue viva?

R. Sí. Hay que acabar con la absurda idea de que la leyenda negra y sus consecuencias son cosa del pasado. Dos de las grandes corrientes culturales europeas, el humanismo y la Ilustración, siempre han sido hispanófobas. Los españoles aparecieron en el escenario europeo convertidos en gente con sangre impura. “Marranos” fue el primer epíteto. Era un pueblo atrasado, medieval, racialmente impuro y mal cristiano por mezclarse con los judíos.

P. Pero España expulsó a los judíos.

R. El tópico de los españoles de sangre impura fue muy útil en una época en la que ser antisemita era lo normal. Después, en el siglo XIX, con el imperio hundiéndose y el surgimiento de un sionismo deseoso de buscar culpables, aparece la idea de que España fue especialmente terrible con los judíos. Pero en España solo hubo una expulsión y se ofreció la conversión. En el resto de Europa las hubo por docenas. En Inglaterra, el rey Eduardo acabó con todos los judíos. Hasta la época de Crom­well no hay ningún documento que mencione la presencia de un solo judío. Pese a todo, se empezó a decir que los españoles perdieron el imperio por la expulsión de los judíos, los únicos que tenían talento y capacidad financiera. Ese es el mecanismo de la leyenda negra: un hecho se magnifica hasta convertirlo en un suceso único de proporciones gigantescas. Es muy sutil.

P. Sostiene en su ensayo que la Inquisición no fue para tanto.

R. Hay que juzgar las cosas en su contexto. No se pueden aplicar los criterios morales de 2017 a hace 5 o 10 siglos. La tolerancia religiosa, digna de tal nombre, en Europa no llegó hasta el XIX. Desde 1560 hasta 1700 hubo 1.300 condenas a muerte por la Inquisición, y no eran todas por disidencia religiosa. La mayoría castigaban delitos comunes. En 20 años, Calvino quemó a 500 personas por herejía.

P. La conquista de América ha sido descrita como un genocidio.

R. Nadie sabe en realidad cuánta gente había, por lo que nadie sabe cuánta desapareció. Hubo epidemias demoledoras y esa fue la principal razón. Pero el imperio tomó medidas, como el establecimiento de cuarentenas, y se levantaron muchos hospitales. Los españoles eran pocos y el imperio estaba lleno de gente. La imposición generalizada por la fuerza parece poco creíble y no hubiera perdurado. Se pactó con los pueblos indígenas.

P. Pero el imperio español tuvo sus miserias

R. Absolutamente. Pero hay una percepción engañosa. Los imperios perduran si son capaces de integrar a la gente. Si no, se resquebrajan rápidamente, como pasó con el imperio británico, el de Alejandro Magno o el de Napoleón. En cambio, el imperio español fue un milagro: 300 años de paz en un territorio de 20 millones de kilómetros cuadrados con gente diversa. Eso sí, aquí todos pensando en los indios que murieron en América mientras nadie se acuerda de los horrores de la época de Leopoldo II en Congo, la presencia de los ingleses en China o a la responsabilidad del imperio británico en la hambruna irlandesa… Por encima de eso hemos pasado de puntillas.

P. ¿Cómo se han protegido esas naciones de sus leyendas negras?

R. No tienen leyenda negra porque nadie la ha creado. Hay un choque entre dos cosmovisiones en Europa. Una es la del mundo católico. Tendemos a culparnos, por aquello de la responsabilidad que la moral católica exige al individuo. El resto de las mentalidades europeas son duales, el bien y el mal, la luz y las tinieblas: uno es bueno porque existe un malo, que es el católico. Lo asombroso es que la Europa católica, que se ha visto perjudicada sistemáticamente por esa versión de la historia, la acepte como verdad sin serlo.

P. ¿Levantar la autoestima de los españoles es una forma de enfrentarse a las aspiraciones independentistas actuales?

R. En España hay un problema interno. Creo que si se dividiera en trozos, a las distintas partes les iba a ir peor. Pero que los países del sur de Europa estén divididos beneficia al norte. ¿Qué nos habría pasado en la crisis de deuda si el país hubiese estado dividido? Nos habríamos convertido en un protectorado de Alemania. Los ingleses se han ido para evitar la hegemonía alemana. Lo políticamente correcto ahora es decir que les va a ir mal. Pero eso está por demostrar. Estoy a favor de la UE, pero no de cualquier modo. Lo que debilita al sur es un mal negocio para nosotros.

P. Bueno, en España hemos ido de pelotazo en pelotazo y nos hemos endeudado más de lo aconsejable.

R. En Italia también, pero no les ha pasado tanta factura. En las mismas condiciones de endeudamiento, las primas de riesgo son mayores para España. Mientras, Alemania, que nunca ha pagado sus deudas, se convierte en el destino del dinero de todo el mundo. El pensamiento en el mundo financiero es que los países del norte son cumplidores, laboriosos y exigentes. Los del sur, en cambio, son corruptos, vagos, malos socios y malos pagadores. Son los PIGS: Portugal, Italia, Grecia y España. Fíjese qué armonía. Todos países no protestantes de Europa. Es pura y simplemente racismo.

P. Parece que los culpables de los problemas de España sean los demás.

R. No del todo, claro. Pero conviene saber que el cotarro internacional que crea y destruye opinión pública se maneja muy bien desde el mundo protestante. Los países que no lo son lo manejan fatal. Y eso influye. Todavía existe la idea de que en España no se trabaja y que nos echamos la siesta, pero luego las estadísticas muestran que es uno de los países que más horas trabaja.

P. La refutación de la leyenda negra fue utilizada por Primo de Rivera y Franco para defenderse de las críticas que venían desde el exterior.

R. No creo que la influencia del franquismo sea determinante en este tema. La construcción de la leyenda negra viene de mucho antes. Se ve perfectamente ya en todos los autores del XVIII.

P. Unamuno pasó de decir que España era “la nación más denostada de la historia” a asegurar que sufría “manía persecutoria”.

R. La generación del 98 está lastrada por unas circunstancias históricas que no supieron afrontar. Pero aquello fue una píldora muy amarga. Dejó una costra que hay que levantar.

Fuente: https://elpais.com/cultura/2017/02/27/actualidad/1488186245_628784.html



              

Senza un Perche - Nada

              

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Entrevistas a Pedro Insua: España, la izquierda y el nacionalismo. Filosofía

Pedro Insúa es una rara avis, en el sentido atractivo del término. Sus ideas imbrican con la genealogía de la teoría crítica, aquellas que buscan respuestas, aunque lo único que se encuentre en esa apartada orilla, sean preguntas.

Son preguntas que tratan de remover de su asiento al más puritano, que se creía contento con solo tener escuetas soluciones, y francamente, hay que desconfiar de aquellos que solo responden y no dudan.

Pedro retrotrae no solo en ciertas ideas que pueden estar más o menos cercanas, sino más bien en formas a otros pensadores españoles como Antonio Escohotado o Fernando Savater, aunque nuestro ilustre de hoy prefiera jugárselo todo al Materialismo Filosófico de Gustavo Bueno.

Sus sentencias lo hacen navegar en ese mundo que llevaba a Hannah Arendt a manifestar que se sentía extranjera en todos los frentes, ya que saber hacia donde uno va, es más importante que pararse a debatir con todos aquellos que no saben donde se encuentran.





¿Qué es la izquierda?

La Izquierda así, unívocamente dicha, es un mito, un mito de corte maniqueo utilizado tanto por sus partidarios (es la llamada irónicamente “gauche divine”), como por sus detractores (los descalificados como “rojos”). Un mito oscurantista que tiende a unificar movimientos o corrientes políticas, como pueda ser por ejemplo el anarquismo, la socialdemocracia, o el comunismo,… que en principio son diversas, e incluso opuestas (solo hay que leer, por ejemplo, las opiniones que le merecen Marx a Bakunin, y viceversa, claro). Ahora bien, si conjuramos este mito de la unidad (y Gustavo Bueno ha sido decisivo en esto), pues entonces podríamos definir a la izquierda histórica, por lo menos la que va de 1789 (año en el que aparece la idea en sentido político) hasta 1989 (con el colapso del sistema soviético), como un movimiento político que, a través de distintas generaciones de izquierda realmente existentes (desde el jacobinismo al maoísmo), ha actuado como un factor disolvente de la sociedad del Antiguo Régimen y terminar produciendo un nuevo tipo de orden social, el Nuevo régimen (Mundo contemporáneo), en el que los derechos de los individuos(“derechos del hombre”) son reconocidos al margen de la condición social en la que se encuentren (renta, religiosa, sexual, racial, etc). Así, frente a la Derecha, que buscará la restauración del Antiguo Régimen (absolutismo real, sociedad estamental), las izquierdas, a través de su acción política, terminan por disolver las instituciones del Antiguo Régimen (aboliendo privilegios y exenciones) para formar otras (las instituciones revolucionarias) que se asientan sobre esa igualdad de derechos. De este modo los individuos, cada individuo en tanto que parte del todo social (ciudadano), participan isonómica y directamente del poder político, esto es, de la soberanía nacional -este sería el ideal de las izquierdas-, sin tener ya en cuenta el estamento ni la condición social en la que se encuentra (que era como en el Antiguo Régimen se participaba del poder político). Creo que Robespierre, ya con la revolución en marcha, lo expresa muy bien : “La constitución establece que la soberanía reside en el pueblo, en todos los individuos del pueblo. Cada individuo tiene, pues, el derecho de contribuir a la ley por la cual él está obligado, y a la administración de la cosa pública, que es suya. Si no, no es verdad que los hombres son iguales en derechos, que todo hombre es ciudadano” (Discurso del 22 de Octubre de 1789 en la Asamblea Constituyente). Servicio doméstico, negros, judíos, protestantes, mujeres, etc, pasan a formar parte del cuerpo político, ya nacional (no estamental), siendo así que es ahora la Nación el sujeto investido del poder político (esto es, soberano) y no el rey, cuyo poder aparecerá subordinado a las decisiones de la Asamblea representativa de la Nación. A partir de ahí, y esto es un logro de las primeras generaciones de la izquierda (la izquierda jacobina fue particularmente beligerante), se contempla a todo individuo, no importa su condición social, como participando de pleno derecho en la vida política nacional. Como decían los judíos askenazís franceses tras el reconocimiento de sus derechos en la Asamblea Nacional en enero de 1790: “solo puede haber dos tipos de hombres en un Estado, ciudadanos y extranjeros, y demostrar que no somos extranjeros es demostrar que somos ciudadanos”.


¿Cómo catalogaría a los partidos de izquierdas en España?

Creo que un metro perfecto para medir la compatibilidad entre la izquierda actual, así autoproclamada, y la izquierda histórica (de la que acabamos de hablar) es la postura ante el llamado “derecho a decidir” que en España se supone ostentan determinados ciudadanos con la exclusión de otros. Precisamente la defensa de este “derecho” bebe de fuentes, las del nacionalismo fragmentario (catalanismo, galleguismo, nacionalismo vasco), alejadas de las fuentes que inspiran a las primeras generaciones de la izquierda. Unas fuentes las del nacionalismo regionalista que justifican el carácter “diferencial” de unos ciudadanos frente a otros (rompiendo esa isonomía nacional de la que hemos hablado) en función de criterios sociales completamente oblicuos a la política, como puedan ser la raza, el folclore, o las lenguas regionales (que precisamente en Francia, los revolucionarios se encargaron de “aniquilar” –literalmente- por ser los patois el asiento de la superstición, el prejuicio y el error). La complicidad de determinada izquierda con los defensores del “derecho a decidir” representa una verdadera traición a esa isonomía, a esa igualdad de derechos, que introduce la idea Nación contemporánea en el cuerpo político, filtrando de nuevo en él privilegios que terminan por fracturar y dividir ese todo nacional. La Nación es patrimonio de todos, es un patrimonio común con su integridad territorial (es lo más público que hay), y ese “derecho a decidir” es, en realidad, un “privilegio para excluir” a unos ciudadanos que, frente a otros, se les priva de poder participar de una decisión, relativa a la integridad del territorio nacional, que nos afecta a todos. Defender que unos, por su procedencia regional, tienen ese “derecho” y otros no lo tienen, es algo completamente incompatible con la izquierda histórica, y está más en la línea de la derecha histórica (no en vano los defensores del “derecho a decidir” apelan como fuentes de derecho a instituciones características del Antiguo Régimen, así los fueros, los usatges, la Generalidad –representativa de oligarquías locales desde el siglo XIV-, etc…). En definitiva, la izquierda va completamente a la deriva si pierde de vista ese sentido nacional surgido de la Gran Revolución, y se aviene a la defensa de los intereses alicortos de las oligarquías locales nacional-fragmentarias. Unas oligarquías que se han alimentado de una de las ideologías más reaccionarias, irracionales y peligrosas que ha dado de sí el siglo XIX, el supremacismo racial ario (así Prat de la Riba, Manuel Murguía y Sabino Arana), y en función de la cual se quiere actualmente, disfrazando el racismo bajo la vaga noción igualmente supremacista de “identidad cultural”, fracturar ese logro de la izquierda histórica que es la Nación (isonómica) española. Es una auténtica regresión al lema “¡¡vivan las caenas!!”, pero las cadenas ahora son las de la “identidad cultural” puestas al servicio de los poderes regionales (no en vano, la fórmula completa eran “¡¡Vivan las caenas, abajo la Nación!!”). Se está produciendo, se ha producido ya, un verdadero “asalto a la razón” (en palabras de Lukàcs) en cuanto que se ha filtrado esta ideología irracionalista del “hecho diferencial” en el ordenamiento jurídico e institucional del Estado, siendo cómplice de ello buena parte de la izquierda actual (llamada por ello con buen criterio “izquierda reaccionaria”, así por ejemplo lo hace Félix Ovejero).


Partido Socialista Obrero y ¿Español?

Pues sí, de esto es de los que hablamos. En el PSOE ha hecho presa, particularmente desde su refundación en Suresnes (aunque la cosa viene de antes), esta ideología nacional-fragmentaria, si bien reinterpretándola de un modo muy confuso (“nacionalidades”, “nación de naciones”, “comunidades diferenciadas”, etc). Se comporta el PSOE, como también el PCE sumergido ahora en Unidos Podemos, de un modo completamente esquizofrénico ante la idea de Nación (“discutible y discutida”, como dijo aquel) precisamente al querer compatibilizar (por razones espurias, electoralistas) la Nación digamos isonómica (de tradición izquierdista) con la Nación diferencial-fraccionaria (de tradición reaccionaria), lo que es imposible. Ello le está pasando factura al PSOE, que desde una posición hegemónica en los años 80 y principios de los 90 (mayorías absolutas) está pasando a una posición más secundaria, tras varias escisiones en él (formación de UPyD al salir Rosa Díez del PSOE, fractura actual con la rivalidad entre Susana Díaz y Pedro Sánchez a colación precisamente del tema nacional), en lo que parece un camino a la extinción (absorbido por el populismo podemita). Y todo por no saber conservar con cierta claridad (y dignidad) lo que esa “E” significa. El PSOE histórico, por ejemplo el representado por Juan Negrín, último presidente del gobierno de la ultima República española, sí puso el pie en pared ante los intentos de perder de vista esa “E”: “Aguirre [el lehendakari] no puede resistir que se hable de España. En Barcelona afectan no pronunciar siquiera su nombre [el de España]. Yo no he sido nunca lo que llaman españolista ni patriotero. Pero ante estas cosas, me indigno. Y si estas gentes van a descuartizar España, prefiero a Franco. Con Franco ya nos entenderíamos nosotros, o nuestros hijos, o quien fuera. Pero esos hombres son inaguantables. Acabarían por dar la razón a Franco. Y mientras venga a pedir dinero, y más dinero…” (Juan Negrín, julio de 1937, apud. Enrique Moradiellos, Negrín, ed Península, p. 284)


Después de dejar a un lado los desiderátums que imploraban más democracia participativa, emplear los criticados y manidos dedazos, así como soslayar la idea gramsciana de difuminar la ideología. ¿Se ha volatilizado Podemos en un partido con una estructura y unos designios eminentemente comunistas? 

No, Podemos nunca han sido, ni naturalmente lo son en la actualidad, comunistas (a pesar de las declaraciones de algunos de sus líderes en dicho sentido). Ni el “socialismo del siglo XXI” procedente del área de difusión hispanoamericana (Chávez se desmarcó en numerosas ocasiones del comunismo), ni buena parte de los llamados “movimientos sociales”, a pesar de su cercanía sociológica, se mueven en las coordenadas políticas del comunismo, si entendemos por comunismo el leninista, que tiene como canon revolucionario al bolchevismo. Jamás en el horizonte de Podemos se ha planeado algo así como un proceso de toma del poder político a través de asociaciones obreras o similares (cuando Miguel Urban dijo, el día que surgió Podemos, “todo el poder para los círculos”, aquello no era más que una caricatura de lo más pretenciosa que buscaba, sin lograrlo, asimilarse con la revolución de octubre del 17). Podemos es pura demagogia, cuyos planes fluctúan en función de los vientos electorales, con un programa y un discurso que varía en función de lo que ellos creen que “la gente” quiere oír en cada momento. Una gente, eso sí, la que presta oídos a Podemos, que se sitúa sociológicamente en la izquierda, con un punto de vista genéricamente “anticapitalista” (con el pack ideológico completo: hembrismo, anticlericalismo, antiamericanismo, maurofilia, ecologismo, etc) y que, en cualquier caso, tiene en la Declaración de Derechos Humanos la última palabra de lo que es la vida en sociedad, como si tal declaración fuera letra sagrada. Precisamente la tradición marxista, con la que se maquilla el podemismo, entendía, con Rosa Luxemburgo y Lenin a la cabeza, a los Derechos Humanos como el no va más de la ideología burguesa. En fin, Podemos defiende una “vía democrática” hacia el socialismo, nada de “dictadura del proletariado”, y también sostiene el federalismo como modo de vinculación entre los distintas partes regionales del Estado, cuando Lenin en Estado y Revolución se opone frontalmente al federalismo (ligado a la tradición anarquista, tanto bakunista como proudhoniana). Podemos es, en definitiva, una socialdemocracia pero con unas pretensiones revolucionarias absurdas (ni siquiera han leído a Bernstein): unos revolucionarios sin revolución, y es que no tienen unas herramientas de análisis suficientemente potentes como para, realmente, llevar a la práctica ningún tipo de transformación social de calado. La demagogia es un mecanismo que permite, a través de la adulación, adquirir cierto poder político, pero después ya no saben qué hacer con él, incapaces de sacar adelante un programa. Utilizan mucho la imaginación sensible (tipo maniqueo: “gente decente”/ “casta corrupta”), y poco el entendimiento (por utilizar los términos kantianos). Ahora bien, electoralmente, precisamente por este uso abusivo de la sensibilidad, tiene mucha fuerza, y la seguirá teniendo, y es que, como decía Cromwell, “nadie llega tan lejos como el que no sabe a dónde va”.



¿Romper la dicotomía del eje izquierda-derecha supone vaciar el lenguaje político en aras de los sentimientos y el populismo?

Pues en buena medida sí. Es justamente lo que estábamos diciendo. La llamada “nueva política”, se supone transversal a dicha distinción por desbordamiento de la misma (los de abajo/los de arriba en lugar de derecha/izquierda), termina reduciéndose a la promesa de no participar de la corrupción (se supone ilícita), y disolver la oligarquía (“la casta”) con ese plan genérico de “más democracia”. Pero esto no es ningún programa político, esto es algo que hay que presuponer en todo ordenamiento político: nadie va a justificar la corrupción porque nadie va a justificar el delito como tal. Si resulta que la “nueva política” se cifra en algo tan evidente como “nosotros no vamos a delinquir”, pues la tan cacareada nueva política resulta ser el ratón gestado tras el parto de los montes del 15M. Un programa político se articula fundamentalmente en tres ejes en relación al cuerpo del Estado: uno relativo a la política internacional, relaciones geopolíticas, que se define en función de las relaciones que, en este caso España, pueda tener con el resto de Estados (tratados internacionales, conflictos o contenciosos con otros países –Marruecos, Gibraltar, sistema de alianzas, etc); un segundo que tienen que ver con el ordenamiento interno institucional(educativo, administrativo, etc), de articulación de las partes (sociales, territoriales) para que estas se mantengan con cierto orden y estabilidad; y por último, un eje que tiene que ver con las fuentes de alimentación energética de ese cuerpo social que, en este caso, moviliza a 45 millones de individuos que, como decía Marx, comen todos los días. Pues bien, la “nueva política” pasa de puntillas por encima de estos temas y lo que ofrece para solventar todo problema político es “más democracia”, giro puramente verbal o flatus vocis que pareciera como si, con solo invocarlo, la sociedad política persistiera con orden y justicia.


La referencia a esos sentimientos, se destila claramente en los nacionalismos. ¿Qué papel han jugado el PP-gallego- en Galicia, PNV en el País Vasco y CIU en Cataluña en aras de un sentimiento diferenciador con el resto de España? 

Pues han jugado el papel de agentes responsables de la infiltración en las instituciones autonómicas españolas de ese verdadero parásito que es el separatismo, y ello a base de cultivar la idea de nación fragmentaria de la que hablábamos anteriormente. El caso quizás más llamativo, aún pareciendo más discreto, es el del galleguismo, que ha logrado que, en su caso, un partido de ámbito nacional haya sido el artífice de una política autonomista similar a la de CiU y el PNV en Cataluña y el País Vasco respectivamente. La administración autonómica gallega, catalana y vasca actúan como si dichas regiones fueran naciones canónicas, con sus parlamentos, gobiernos, y sus otras instituciones presuntamente representativas de sus “pueblos” correspondientes (himnos, banderas, “embajadas” en el extranjero, consejeros que simulan ministros, etc). Es más, han logrado ordenar una legislación, las leyes de “normalización” lingüística, que han hecho que el español, la única lengua nacional, reciba el (mal)trato de una lengua extraña, ajena (“impropia”) en dichas regiones, convirtiendo a las lenguas regionales en lenguas “propias” de cada región (como si la lengua común no fuera también propia). Es decir, han conseguido levantar unos muros lingüísticos utilizando las lenguas regionales como elemento de división y exclusión social, convirtiendo al gallego, al catalán y al euskera en lo que Unamuno llamaba “chiboletes”. En definitiva, han hecho de lo ideológico un factor de aceptación o de exclusión social: o tragas con el nacionalismo fragmentario, bien atado a “las caenas” del culto de lo “identitario”, o quedas fuera como un apestado. Esto en Galicia lo ha hecho el PP de Fraga (AP), no hizo falta un PNV o una CiU.




¿Tiene miedo la izquierda española a agarrar la bandera española?

Determinada izquierda, esa que hemos llamado “reaccionaria”, pues no es que tenga miedo, es que la asocia a la derecha, en este caso la derecha franquista. Una asociación, como asociación monopolística, completamente gratuita, porque la rojigualda es una bandera cuyo uso es bastante anterior al franquismo (de finales del XVIII cuando la Marina española la utiliza para marcar sus pabellones civil y militar, tomando como referencia, justamente, la bandera de barras de Aragón).

¿A qué se debe?

Para muchos, tras persistente labor de adoctrinamiento en todos los frentes(cultural, administrativo, educativo), la historia de España empieza y termina en el franquismo, y así, con la condena del franquismo se condena también la bandera que el franquismo utilizó. Sin embargo, esa fue la bandera de uso entre los liberales del XIX (doceañistas, cristinos, isabelinos), fue la bandera de la revolución del 68, fue la de la I República, etc.

  

¿Se produce por tanto una analogía entre Derecha –entiéndase o mal entiéndase como tal partidos de corte liberal económicos o demócrata cristianos- y nacionalismo?

Es que la Derecha tampoco es unívoca. Existe una derecha primaria, la que se enfrentó a los revolucionarios (jacobinos y liberales), procurando la restauración del Antiguo Régimen (De Maistre, Chateaubriand, etc), pero existe también una derecha liberal (los doctrinarios del XIX), una populista (la del Partido Radical de Lerroux, por ejemplo), pero también una derecha socialista (Marx y Engels en el Manifiesto Comunista distinguen tres tipos de socialismo, dos de ellos son reaccionarios). La derecha nacional fragmentaria se ha alimentado de todas ellas, como también se ha alimentado de las izquierdas, según le ha convenido (por ejemplo, ahí tenemos a la ETA-Bildu, nacida en un seminario, y adoptando un barniz marxista-leninista con funciones propagandísticas)



Otto Von Bismarck: “La Nación más fuerte del mundo es sin duda España. Siempre ha intentado autodestruirse y nunca lo ha conseguido. El día que dejen de intentarlo, volverán a ser la vanguardia del mundo.”

 Cualquier Nación, por poderosa que sea, si se la somete durante mucho tiempo a un proceso de fractura y divergencia interna, pues termina por fragmentarse, claro. España, como cualquier sociedad política, tiene un origen histórico, en este caso además con una trayectoria secular, y así, de la misma manera que surgió, puede fenecer. No es eterna, obviamente. Tampoco está escrito en ningún sitio que tenga que caer ya mismo. Dependerá de lo que hagamos los españoles. No hubo ningún tipo de causalidad extraordinaria, paranormal, para que surgiera, tampoco la hay para mantenerse, ni para caer (si es que cae).



¿Fue el siglo XIX (Fernando VII, Isabel II, Amadeo I, I República, Crisis del 98…) el mayor barro de nuestros lodos actuales?

Durante el siglo XIX España se constituye como Nación contemporánea, en este caso al aglutinarse contra el francés invasor (y el Rey Intruso). Una Nación que, de ocupar “ambos hemisferios” sobre la base del Imperio español (de casi 20 millones de kilómetros cuadrados, pasa a lo largo del siglo XIX, tras consumarse los procesos de emancipación de las naciones hispanoamericanas, a circunscribirse al medio millón de kilómetros cuadrados actuales (en el “hemisferio” peninsular). Transformar un Imperio secular e intercontinental en una Nación contemporánea no es poca cosa, y esto fue labor, para bien o para mal, de los políticos del XIX. A través de un duro proceso de guerra-civilismo casi constante (una guerra de Independencia contra el invasor francés, que tiene mucho de civil, las tres guerras carlistas, guerras de ultramar por la conservación de las provincias americanas, guerra de Marruecos, hasta culminar, al final del primer tercio del XX, en la Guerra Civil por antonomasia), la Nación española se va abriendo paso (reformas constitucionales que dan de si las nuevas instituciones nacionales frente al Antiguo Régimen: abolición de los señoríos, de la Inquisición, de la Mesta, desamortizaciones) y logra, sea como fuera, mantenerse actualmente como potencia, con un peso en el concierto internacional nada despreciable.

Es verdad que una de las herencias más persistentes de la España imperial es lo que Julián Juderías llamó “leyenda negra”, y que ha acompañado al Imperio en su auge pero también en su caída, y que se mantiene en la actualidad, aún con el Imperio ya fenecido. Esta leyenda negra antiespañola, que ha sido muy bien analizada por dos estudios recientes, uno de Iván Vélez Sobre la leyenda negra(ed. Encuentro, prologado por mi, modestamente), y otro de María Elvira Roca Barea, Imperiofobia y leyenda negra (ed. Siruela, con prólogo de Arcadi Espada), sigue sirviendo de papilla alimenticia (tergiversando y deformando la historia) para endosarle a España todo lo malo que una sociedad pueda representar (genocidio, expolio, tiranía) y utilizarla así de coartada para justificar aquellos movimientos que buscan el desistimiento, cuando no ya directamente la separación de España, al no querer hacerse cómplices de su presunta “negra identidad” . Es más, muchos, particularmente en el seno de esa “izquierda reaccionaria” de la que hemos hablado, entienden que España, la España histórica (congénitamente reaccionaria), es una sociedad incompatible con la democracia, y que si quiere “ponerse a la altura” de las democracias de nuestro entorno (europeas, esto es, modernas), tiene que, sencillamente, desaparecer para dejar atrás su “negro” pasado y refundarse de nuevas como sociedad (por ejemplo, reconociendo las “naciones” que mantuvo “oprimidas” en su seno, etc). En fin, la leyenda negra actúa así, por falsa que sea, como una poderosa fuerza centrifugadora y representa un verdadero problema, dada su beligerancia, propagación y persistencia social, para la cohesión y estabilidad social de España.


¿La vía de escape al maremágnum fragmentario español habría estado en una revolución al estilo jacobino francés? 

Pues seguramente, aunque la morfología política institucional de España, históricamente hablando, no es la de Francia, es verdad que, ahora mismo, dada la amenaza cierta de fragmentación, el jacobinismo (por llamar de algún modo a la centralización isonómica del poder político), es muy necesario en la España actual. Vamos, que es cuestión de vida o muerte.



¿Qué pensaría Rafael de Casanova de las alharacas del 11 de septiembre?

Pues pensaría que la Díada no iría con él. La guerra de Sucesión fue una guerra dinástica, no de liberación. Es más, había regiones en Cataluña, por ejemplo el Valle de Arán, que eran felipistas y no austracistas: hacer del 11 de septiembre una fiesta “nacional” de Cataluña es una imposición barcelonesa. Fue la austracista Barcelona, no Cataluña (que se dividía como el resto de España entre austracistas y felipistas), la que hizo frente a los ejércitos de Felipe de Anjou. Y es que en Barcelona fue nombrado el Archiduque Carlos rey de España (no “rey de Cataluña”), de una España austracista que se suponía iba a conservar las “libertades” (por las que luchaba Casanova) que ofrecía el sistema polisinodial de los Austrias. Pero venció el Borbón e implantó, a través de los Decretos de Nueva Planta, un sistema que, siguiendo un modelo francés, afectó a toda España, también a Castilla y a las Indias, no solo a Aragón y a Cataluña. El 11 de septiembre no se suspendió ninguna “soberanía catalana” que nunca existió, sino que se abolieron las libertades austracistas (y se abolieron en toda España, insisto, no solo en Cataluña), para implantar las libertades borbónicas.



¿Qué es el derecho a decidir? 

Es el privilegio a excluir, no es otra cosa (basado insisto en el supremacismo, primero racial, y ahora cultural identitario). Cataluña nunca fue una colonia como para aplicar el “derecho de autodeterminación” reconocido por la ONU, y por España en ella. Se suele olvidar que la reivindicación del “derecho de autodeterminación” es el primero de los 25 puntos del programa del partido nazi. Y es que, nazismo y catalanismo (como galleguismo y bizkaitarrismo) se alimentan de las mismas fuentes (Gobineau, Frobenius, la frenología) a través de las cuales se defiende que la unidad y cohesión etno-lingúistica del volk, del pueblo, tiene que tener su articulación estatal (política) correspondiente (una Cultura un Estado), para no verse mezclado con los intereses de otras culturas que, por su inferioridad, ahogan y oprimen al volk. Es la misma lógica la del nazismo que la del nacionalismo fragmentario, lo que pasa es que ese “derecho de autodeterminación” aplicado al pueblo alemán suponía expansionismo (el III Reich, porque tras la IGM el “pueblo alemán” había quedado diseminado en distintos estados –Austria, Checoslovaquia, Polonia, Rusia-), mientras que aplicado al “pueblo catalán”, al “pueblo gallego”, o al “pueblo vasco” supone, no expansión, sino reducción y fragmentación (de una nación ya constituida, pero no reconocida como tal por estos movimientos, que es la española). En definitiva, el “derecho a decidir” significa: “nosotros” (los vascos, los catalanes, los gallegos) somos mejores porque somos auténticos, y “vosotros” (el resto) solo representáis, unidos a nosotros, un auténtico lastre (España ens roba). El “derecho a decidir” significa querer soltar ese lastre y alcanzar un futuro de plena prosperidad en el que solo se consumen perdices. En este sentido, por ejemplo, un gallego no galleguista, o incluso antigalleguista (como lo soy yo), pues le rompe un poco los esquemas, y claro, tiene que buscar la vía de la “contaminación” y cosas parecidas. Eduardo Pondal, autor de la letra del actual himno gallego, decía que al gallego que se siente más español que gallego, había que segarlo de la tierra gallega como a la mala hierba. Esto es literal.



¿Dónde empieza y dónde termina este derecho en el caso de Cataluña: historia, geografía, etnografía…? 

Ese privilegio de exclusión empieza con el nacionalismo fragmentario y llega hasta donde le toleremos el resto.



Pedro Sánchez hace unos días dijo: “Tenemos un concepto no nacionalista del término nación”. ¿Cómo se conjuga ese oxímoron? 

Pues estoy de acuerdo con Sánchez en que se puede tener una idea no nacionalista de Nación, pero esta idea no es la que tiene Sánchez. Si el “ismo” del “nacional-ismo” significa ideología, esto es deformación partidista, tendenciosa, de la realidad, pues entonces, efectivamente, se puede tener una idea de Nación no nacionalista (es decir, no deformada, no ideológica). Yo, por ejemplo, no me considero “nacionalista” español, porque creo que una defensa razonada de la Nación española en la actualidad no implica deformación alguna de la realidad, ni de la histórica, ni de la política. Hace falta, sin embargo, fuertes dosis de irracionalismo (histórico y político) para hablar de la “nación catalana”, de la “vasca” o de la “gallega” en el sentido de naciones soberanas. Ni siquiera en sentido “cultural” se puede hablar de naciones diferenciadas, cuando a todos ellos, a vascos, a gallegos y a catalanes nos caracterizan unos rasgos comunes, los que nos definen como españoles, que no justifican esa presuntas “diferencias nacionales”. Catalanes, gallegos, vascos, representan maneras distintas de ser españoles, como la representan castellanos, canarios, andaluces o murcianos.



¿La solución de España pasa por una nación de naciones con una refundación de las Comunidades Autónomas y el Senado? 

La fórmula “nación de naciones” (inventada por Anselmo Carretero) es un absurdo político si es que Nación significa soberanía (que es lo que significa, según ya hemos comentado, a partir de la Revolución francesa). Una soberanía de soberanías, como imperio de imperios, o rey de reyes, son fórmulas genitivas reduplicativas, que en el terreno político no tienen ningún sentido (aunque lo pueda tener en otros campos). Decir “nación de naciones” en el campo político es como si dijéramos “circunferencia de circunferencias” en el terreno geométrico, y una circunferencia de circunferencias no es, ni puede ser una circunferencia (que se compone de puntos, no de circunferencias). La Nación soberana no es un fractal compuesto a su vez de naciones soberanas: la soberanía no puede contemplar, por definición, otro poder soberano en su interior.

O sea, que no, no es la solución.



¿Hoy día es impensable una recapitulación de un modelo centralizado al estilo francés?

Pues no lo sé, pero creo que, en efecto, es la única solución. Aquí, hay muchos, y de nuevo en nombre de la izquierda (aunque traicionándola), que han sucumbido al chantaje y para neutralizar el independentismo están dispuestos a conceder la independencia. La (discreta) resistencia de algunos partidos (por ejemplo, el PP; más combativo se mostró UPyD), al independentismo se ha visto por parte, por ejemplo, del podemismo, como una “fabrica de hacer independentistas”. La solución del podemismo para evitar fabricar independentistas es concederles la independencia (el “derecho a decidir”). Y se quedan tan anchos.



¿Qué es lo primero que cambiaría de España? 

Cambiaría la ley electoral para implantar un sistema, como el portugués, que solo permita presentarse a las elecciones a partidos políticos que se presenten en todas las jurisdicciones, es decir, a partidos realmente nacionales, y no a pseudopartidos, como son los partidos nacional-fragmentarios en España, que pretenden (y así se les permite por ficción jurídica) ser representativos tan solo de una parte de la nación española. De este modo, con un PNV, por ejemplo, que se presentase en todas las jurisdicciones electorales españolas no aparecería en el Congreso sobredimensionado, como aparece en la actualidad, con un poder en diputados que no tiene en votos. Se evitaría de este modo, sin necesidad de prohibirlo, que un partido con 300.000 votos ponga en jaque a una sociedad de 45 millones de personas.



Muchos intelectuales de este país colocan a Zapatero como el peor gobernante desde Fernando VII, con lo que implica situarlo por detrás de otros como Isabel II o el mismísimo Franco. ¿Fue para tanto?

Fue bastante desastroso, sí. Fue el mayor representante en España de lo que Gustavo Bueno llamó “pensamiento Alicia”, esto es, pensaba Zapatero que los problemas políticos son un asunto que se resuelven con buena voluntad y “talante”. “Defender la alegría” le llamaron a la cosa, frente a, se supone, la “antipatía” de la derecha (representada por el PP) que obstaculizaba el bienestar social. En fin, de un infantilismo y futilidad brutales (con el gesto de la ceja y todo aquello). En buena medida, Podemos es su heredero (como reconoció Pablo Iglesias en cierta ocasión), heredero de este Pensamiento Alicia.


¿No cree usted que la labor de José María Aznar se ha mostrado con los años mucho más flagrante? 

Pues es verdad que la imagen que quedó de Aznar fue la que se ofreció desde el zapaterismo. La “derecha extrema”, hosquedad en el gesto, el bigotito… en fin, bobadas que no entran en el análisis (de nuevo la imaginación por encima del entendimiento). Efectivamente Aznar, como se ha dicho ya muchas veces, concedió al nacionalismo catalán (pacto del Majestic) más de lo concedido por Felipe González, pero también es verdad que el PP, tampoco el de Aznar, ha contemplado en su programa electoral ninguna manera de fragmentar España, mientras que el PSOE (de Unidos Podemos es mejor no hablar), sí ha hecho concesiones programáticas en este sentido (federalismo, nación de naciones, etc).

Fuente: http://diario16.com/pedro-insua-derecho-decidir-privilegio-excluir/



Pedro Insua (Vigo, 1973) es filósofo y, por si eso no fuera suficiente transgresión en la España de 2017, de izquierdas. De esa izquierda que él llama "definida" y que parece incompatible con la izquierda de Podemos y PSOE, románticamente irracionales, enamoradas de las identidades culturales particulares y calumniadoras de las comunes. Es decir derechizadas.

Preguntado por quién se ha movido hacia la derecha, Insua no lo duda: "Ellos". Insua tiene números para convertirse en el filósofo de izquierdas preferido de la derecha, al menos en su batalla contra los nacionalismos esencialistas, y en el más odiado por aquellos que han convertido la leyenda negra española en el motor de su discurso político.

¿Por qué ha desistido la izquierda de la idea de España?

Yo reformularía la pregunta para evitar caer en sustancialismos metafísicos. Sobre todo el maniqueísmo, tan en boga. La izquierda, así en singular, no existe. Existen las izquierdas: anarquismo, comunismo, socialdemocracia… Y dependiendo de qué izquierda hablemos, no creo que se haya desistido totalmente de la idea de España.

En el socialdemócrata PSOE hay resistencia, como se ha visto en la pugna por hacerse con el control del partido entre Susana Díaz (que no ha renunciado a la idea de España) y Pedro Sánchez (que sí ha variado de estrategia coqueteando con vagas nociones como la de "nación de naciones"). UPyD fue una escisión del PSOE precisamente porque Rosa Díez no quiso renunciar a tal idea. En el comunista PCE, muy diluido hoy en día, hay ciertas resistencias al desistimiento de España. Yo tengo amigos allí, como Juan Pablo Mateo Tomé, Carlos G. Penalva, Pablo Huerga o Santiago Gómez, que defienden la unidad de España frente al nacionalismo fragmentario.

Incluso en el seno del izquierdismo fundamentalista de Podemos se produjo una escisión a cuenta de la idea de España a partir de la cual nació, en Cataluña, el partido Unidos Sí, con Enric Martínez a la cabeza. Ahora ya se les oye menos, pero la izquierda maoísta de la UCE también era antinacionalista. Ahora bien, es verdad que las izquierdas han sido más proclives a incorporar en su bagaje ideológico la leyenda negra antiespañola.

¿Qué ganan con ello?

Su cultivo es rentable electoralmente. Las izquierdas han sucumbido a ello por cortoplacismo electoralista. Pero, claro, a riesgo de perder de vista el bien común. Sacrificar la nación en el altar de la victoria electoral es pura miopía. Una manera necia de ir al suicidio.

¿Damos por amortizada entonces la idea de España o sólo una cierta idea de España heredada del franquismo?

Es que cuando desde esos partidos se quiere arrojar el agua sucia del franquismo fuera de las instituciones españolas también arrojan al niño. Porque entienden que España se identifica tanto con el franquismo que para terminar con él hay que terminar con España. Así, llegar a la Arcadia de una verdadera democracia supone, según ellos, terminar con España porque España y la democracia son incompatibles. No tienen una idea de España. La única idea que tienen es la de su disolución.

¿Cree que la respuesta de Rajoy y del Gobierno español al proceso independentista está siendo correcta?

Es difícil de valorar. Rajoy calcula que yendo de frente contra ellos se debilitaría electoralmente. Y con de frente me refiero a dejar de cultivar determinadas complicidades. Se ha hecho con ellos lo que vulgarmente se conoce como patada hacia arriba. Es decir, elogiarles para apartarlos de en medio. Pero, claro, la cosa se ha quedado a medias. Se les ha elogiado gratuitamente, pero no se les ha apartado, sino que se han reforzado hasta el punto de haberse convertido en una amenaza cierta que pone en peligro la unidad nacional. Es el Efecto Pneumónido. Los pneumónidos son esas larvas de insecto, generalmente avispas, que se alimentan del cuerpo que parasitan hasta que lo matan. Eso es lo que hacen los partidos separatistas.

¿Cómo responder, entonces?

Esos partidos deberían ilegalizarse por no reconocer la soberanía nacional española. Como, por otra parte, sucede en Alemania o Portugal.

¿Cómo recuperamos a esas dos o tres generaciones de españoles que han sido educadas en el odio a su país?

Pues a través de la tercera ley de Newton, educándolas en sentido contrario. Pero para ello hay que revertir esa filtración de la ideología nacional-fragmentaria. Y a estas alturas es difícil. Después de estar adulando a esta gente, cualquiera les dice ahora que no son los más guapos.

¿Fue el Estado de las Autonomías un error de la Constitución del 78?

Totalmente. La no fijación del techo de la transferencia de competencias en el Título VIII; el tratamiento diferencial entre unas autonomías y otras; la propia noción de comunidad autónoma frente a la segundorepublicana región autónoma, mucho más prudente… El Estado de las Autonomías es, en sí mismo, una concesión a la disolución por fragmentación, como si cada parte fuera un todo que se rige por sí mismo. En un libro de Solé Tura se puede leer cómo fue redactado el artículo 2 de la Constitución, una auténtica chapuza de intercambio de papelitos, para acabar estableciendo una fórmula completamente ambigua que da cabida a lo de las nacionalidades en el seno de la nación española. O sea, la gallina.

¿Cómo justificamos desde un punto de vista de izquierdas los privilegios forales vascos?

De ninguna manera, no tiene justificación. El único partido que se opuso en sede parlamentaria a esta rémora de los cupos fue UPyD. Si utilizáramos solamente dicho criterio, el de la tributación, sería UPyD el único partido (de los que ocuparon asiento en las Cortes, insisto) coherentemente de izquierdas. Claro, hay otros criterios.

Dice el periodista David Rieff que al final de un conflicto hay que escoger entre paz o justicia porque se trata de opciones mutuamente excluyentes. ¿Cuál habría escogido usted en el caso del País Vasco?

Viene al pelo recordar aquí a Unamuno: “Primero la verdad que la paz”. Si el coste de la paz es ocultar la continuidad del conflicto y simular, en operación cosmética concertada por prácticamente todos los medios de comunicación, que ya hay paz en el País Vasco cuando se sigue hablando de “presos políticos”, cuando se homenajea impunemente a los asesinos etarras... En definitiva, si en aras de la paz hay que ocultar la verdad de la continuidad del conflicto, entonces no hay paz que valga, porque esa paz sería la paz de la victoria etarra-batasuna. En cualquier caso, y en rigor, tampoco vale hablar de paz, de paz en sentido político, porque aquí no hay una guerra. La guerra implica estados enfrentados y aquí no existe tal cosa. Esto es un conflicto producido por la amenaza de fragmentación de España. Y si para resolverlo hay que tragarse el sapo de que los etarra-batasunos campen por sus fueros en las instituciones autonómicas y municipales del País Vasco y Navarra, entonces estamos ante una falsa resolución. Es el fin de ETA, sí, pero claro, es una muerte producida por su éxito (no por su derrota).

Pero, ¿sigue siendo ETA un problema?

El problema principal no son ETA y sus cómplices. Al fin y al cabo si hay presos etarras es porque sus delitos se castigaban y todavía se castigan. El problema son las acciones sediciosas que no se castigan y cuyo máximo responsable es el PNV. Mientras se tolere la existencia de una partido como este, seguiremos viviendo en un absurdo político.

En España existió un partido de izquierdas no nacionalista, es decir, no derechista. Era UPyD. ¿Por qué fracasó?

Bueno, UPyD sigue existiendo, aunque ya no tiene representación parlamentaria. La crisis de UPyD vino de la mano del crecimiento de Ciudadanos como espejo frente a la irrupción de Podemos. Creo que la clave no está en cuestiones políticas sino sociológicas. Se vio en Rivera a un líder que podía hacer frente a Iglesias por una característica común: su juventud. Los aires, meramente propagandísticos, de “nueva política” frente al “rancio” bipartidismo hicieron que la juventud de los líderes se convirtiese en un valor que en sí mismo no significa nada, pero que quizá, en estas circunstancias, fuera lo que castigó a UPyD.

La diferencia entre el nacionalismo vasco y el catalán es que el primero ha matado a cientos de personas y el segundo no. Sin embargo, todos los estudios de opinión realizados al respecto muestran un mayor rechazo de los españoles hacia los catalanes que hacia los vascos, que suelen caer más simpáticos. ¿A qué cree que se debe esta distorsión cognitiva?

Bueno, el nacionalismo catalán también ha matado (Terra Lliure, etcétera). Pero ninguno de los dos tiene como fin matar. El terrorismo es un mecanismo para imponer la voluntad de un grupo sobre otro. Si esa voluntad se impone sin necesidad de ejercer el terrorismo, pues mejor para el grupo en cuestión porque no necesita delinquir. Si el catalanismo no practicó más el terrorismo armado (y existen otros tipos de terrorismo que no son armados: muchas veces no hacen falta armas para suscitar el terror) ha sido, en buena medida, porque no le hacía falta. Yo creo que esto es pura propaganda catalanista. Han tenido la petulancia y el engreimiento de presentarse como un nacionalismo más civilizado frente al vasco. Cosa que es falsa, por supuesto.

En España es difícil determinar las diferencias políticas relativas al empleo, la sanidad o la educación entre el programa del PSOE y el del PP.


Le he oído y leído definir muchas veces a la izquierda. Pero ¿qué es la derecha?

La derecha, en principio, tiene que ver con la conservación del Antiguo Régimen. Claro, el mismo concepto de Antiguo Régimen se define desde el nuevo régimen revolucionario durante la Revolución francesa. La derecha primaria es aquella corriente que busca la restauración de la sociedad estamental y el absolutismo real tras la primera oleada revolucionaria. Los llamados reaccionarios (frente a los progresistas) o serviles (frente a los liberales) se corresponden con la derecha primaria.

¿Sigue existiendo esa derecha en España?

Los únicos restos de esta derecha primaria que quedan en España (con cierta beligerancia electoral claro, porque los miembros del Partido Carlista caben actualmente en un taxi) se encuentran en los partidos nacional-fragmentarios, canónicamente representados por el PNV.

¿Y en la España de 2017?

En el ámbito de los partidos con visión nacional, establecer la distinción izquierda/derecha con fundamento político es mucho más difícil. Con la caída del Muro se ha producido lo que Bueno llama "ecualización" entre los partidos de derecha y de izquierda. En España, por ejemplo, es difícil determinar las diferencias políticas relativas al empleo, la sanidad, la educación y etcétera entre el programa del PSOE y el del PP. La única importante, muy importante es verdad, sería que en el programa del PP no hay complicidad con ningún tipo de ideario disolvente de la nación española, mientras que desde el PSOE se está coqueteando, de modo frívolo e imprudente, con dicha idea.

Se supone que la derecha defiende los privilegios derivados del origen social. Pero eso no es ya cierto en 2017. Lo que define hoy en día a la derecha es la defensa de los privilegios derivados de razones biológicas (inteligencia, capacidad de trabajo, iniciativa) y que la izquierda atribuye erróneamente a la influencia ambiental. ¿Está de acuerdo?

Estoy de acuerdo en parte. En efecto, en el PP, y en sintonía con los partidos de corte conservador de otros países, existe cierta ideología, diríamos darwinista social, de promoción de la competitividad, el talento, el emprendedor, el individualismo del hombre que se hace a sí mismo, etcétera, que contrastaría con las posiciones más igualitarias o igualitaristas, según se mire, de los partidos socialdemócratas. En parte, todo esto es propaganda de unos y de otros, aunque también creo que hay algo de verdad.

¿En qué punto se sitúa usted en este debate?

Yo me alineo con la socialdemocracia. Por decirlo de algún modo, soy más conductista que innatista, más de Skinner que de Herrnstein, más católico que protestante. Como decía Cervantes, la nobleza, la virtud, el mérito, si las hay, están en el hacer, no en el nacer. No están en la cuna, sino en el nicho -después de haber vivido-. Dicho esto, por supuesto, con los límites biopatológicos inevitables. Y también con los límites de que, claro, no se puede igualar lo que es en sí mismo diverso.

Se ha puesto de moda la etiqueta 'izquierda regresiva' para definir, entre otros, al populismo de izquierdas de Podemos. ¿Cree que la etiqueta es precisa?

Supongo que se opone a una izquierda progresiva que era la que, supuestamente, existía antes. Yo es que eso de mirar a la historia como una escalera, como si existiera algo así como un progreso histórico, me parece un error. Parece que ya se tiene a la vista el final de la historia. Y no creo que la historia tenga final. Quiero decir que las ideas presupuestas en los adjetivos de avanzada, madura, progresiva, ya están contando con que la sociedad justa, ideal, perfecta, está ahí, a la vuelta de la esquina, y que se sabe cuáles son los pasos que hay que dar para llegar a ella. Es totalmente absurdo.

El siglo XX fue posterior al XIX y en él se produjo el movimiento político más criminal que ha conocido la historia, el nazismo. Dicho esto, izquierda regresiva, izquierda feng shui, izquierda reaccionaria, son nombres que hacen referencia a una realidad: el sectarismo en que se han encastillado determinadas corrientes de izquierda que, tras la caída del Muro, han buscado referencias y las han encontrado en lo que Revel llamó “el antiamericanismo”. Frente a EE.UU., o lo que se creen ellos que representan los EE.UU., vale todo: el islam, el socialismo del siglo XXI, el abertzalismo racialista. Y, claro, caen en un maniqueísmo infantil de veleidades revolucionarias, pero sin revolución.

Ya lo decía Lenin con agudeza: “El pequeño-burgués enfurecido por los horrores del capitalismo es, como el anarquismo, un fenómeno social propio de todos los países capitalistas. Son del dominio público la inconstancia de estas veleidades revolucionarias, su esterilidad y la facilidad con que se transforman rápidamente en sumisión, en apatía, en fantasías, incluso en un entusiasmo furioso por tal o cual corriente burguesa de moda”.


Suele ser muy crítico con Podemos. ¿Lo considera un verdadero partido de izquierdas?

Desde el punto de vista sociológico, Podemos está en la izquierda, pero es una izquierda sociológica que, evacuada de contenidos políticos, es capaz de alinearse con casi cualquier causa reivindicativa, aún a riesgo de resultar incompatible con la izquierda política. Así, inocentemente, irresponsablemente, de modo infantil o adolescente, Podemos termina traicionando a la izquierda definida.

¿Cómo?

El caso más claro es su maurofilia, por la que convierten al musulmán en un "pobre del mundo" (solo hay que ver los hoteles de Dubai) y hacen causa común, no ya sólo con el islam, sino con el islamismo. Al que dibujan no como el resultado del proselitismo religioso, que es lo que es, con métodos además expeditivos y violentos en el caso del yihadismo, sino como una reivindicación de justicia social ante la opresión injusta sufrida por el islam por parte del Occidente capitalista y cristiano.

¿Qué define a Podemos?

El elemento ideológico que ahorma, que da forma doctrinal y práctica a ese partido, es su maniqueísmo. El capitalismo es el mal, el mal absoluto, con gentes malvadas a su servicio que forman grupos oligárquicos de poder, la famosa casta, y que dominan el mundo para su propio beneficio y totalmente de espaldas al pueblo, a la gente. Y Podemos, cuyos miembros son los puros, los inmaculados, los que sacrifican sus intereses personales al bien de la gente, surge como partido aglutinante de todas esas reivindicaciones del 15-M frente a la opresión de la casta, corrupta por definición.

De este modo completamente mitológico o zoroástrico, cualquier causa, por heterogénea que sea entre sí, desde la relativa a los desahucios hasta el aborto, la mujer, el Orgullo, pero también el islam o las naciones sin Estado, queda genéricamente recogida bajo la misma lucha entre el Bien universal de la gente y el Mal capitalista que quiere conservar el statuo quo oligárquico. Hasta el tema más prosaico y de alcance local, como puede ser -qué sé yo- construir un polideportivo, Podemos lo envuelve en esta metafísica y puede llegar a hacer de él una causa de lucha del Bien contra el Mal.

O conmigo o contra mí.

Por medio de esta manera maniquea de entender los conflictos sociales, Podemos somete a la sociedad a una disyuntiva radical: si no estás conmigo, que soy el abanderado de la causa del Bien (gente, izquierda, mujer, trabajadores, minorías religiosas), eres el Mal (casta, derecha, patriarcado, empresarios del Ibex, Vaticano). Un Mal absoluto con el que no cabe comercio ni negociación alguna. En España, este dualismo maniqueo tiene además una evidente lectura guerracivilista: la causa del Bien es la democracia, la del Mal el franquismo. Todo el que se opone a Podemos se opone a la democracia y, por tanto, es franquista.

Es una revolución sin objeto.

La clave del 15-M es ese fundamentalismo democrático, más incisivo en España por el franquismo previo. La democracia aparece en esa conciencia, primero indignada y después podemita, como deus ex machina, como la clave a partir de la cual se abre paso la solución de todos los problemas sociales. 

La llamada Spanish Revolution no salió a la calle para reivindicar una fiscalidad igualitaria, como fue el caso de la Revolución Francesa, ni tampoco para pedir "paz, pan y tierras", como fue el caso de la revolución bolchevique. La gente salió a la calle para pedir algo tan abstracto como "más democracia", como si por el hecho de ser democrática una decisión política fuera ya justa o adecuada. Esta ideología fundamentalista es muy atractiva y se propaga muy bien porque adula a una gente (y eso es la quintaesencia de la demagogia) que se ve representada como pura e inmaculada frente a aquella otra corrompida por la complicidad con la casta oligárquica.

La única manera de sacar a Podemos de su encasillamiento en la izquierda progresiva es con su desaparición

¿Cree que, con sus políticas actuales, Podemos podrá superar ese 20% que parece ser su techo electoral?

Las políticas de Podemos son volubles y espurias por definición porque lo que las define no son sus contenidos concretos (que pueden ser, insisto, casi cualquier cosa) sino la envoltura doctrinal maniquea y fundamentalista. Una doctrina que propagandísticamente funciona muy bien precisamente por su ligereza y frivolidad. Yo, en ese sentido, no le veo techo. Porque el gas de la adulación demagógica tiende a la expansión ocupando todos los espacios: edad, género, clase social.

Es verdad que al ser una ideología adolescente o infantil -en términos de Lenin- engrana mejor con una población más joven que aspira a ocupar los puestos de la población más madura. Es un "quítate tú para ponerme yo". Pero, bueno, como es sabido, hay adolescentes de ochenta años. Despreciar el calado electoral de Podemos es un error que el resto de partidos han cometido desde el principio.

¿Quién cree que podría salvar a Podemos de su encasillamiento en el pantano de la izquierda regresiva? ¿Errejón, Monedero, Kichi, Iglesias, Echenique, Montero?

La única manera de sacar a Podemos de ahí es con su desaparición. Nadie de los mentados puede hacer eso. Yo he estudiado en la facultad de Filosofía de la UCM y conozco el protopodemismo. Es decir, conocí con cierta profundidad la ideología podemita antes de su fundación. Fui alumno de Fernández Liria, uno de los padres espirituales de Podemos. Fui compañero de Germán Cano (íbamos juntos a los seminarios que organizaba Jacobo Muñoz, discípulo de Sacristán). Fui invitado a La Tuerka un par de veces. La segunda fue una auténtica encerrona, por cierto. En fin, creo saber de quiénes hablo. Un acervo conceptual marxista, sí, pero pasado por la posmodernidad, que hace que el marxismo se diluya como un azucarillo. El marxismo no es soluble en el agua bendita de la posmodernidad.

El maniqueísmo también funciona en sentido contrario…

Bueno, hemos hablado del maniqueísmo infantil podemita, pero existe un maniqueísmo, igualmente infantil, pero en el ámbito sociológico de la derecha: el antipodemismo maniqueo es tan estúpido como el podemita, si no más porque su recorrido electoral es mucho menor. Cuando se tacha a Pablo Iglesias de "rojo", "totalitario", "comunista" (pero como descalificación) y "perroflauta" se recae en la misma metafísica zoroástrica que he mencionado antes. Ahora bien, es verdad que este maniqueísmo de derechas es menos peligroso precisamente por eso, porque su ascendencia social es menor, y va perdiendo terreno. En el ámbito de la derecha sociológica se tiene que razonar más, se está obligado a justificar más y mejor sus posiciones, porque el Zeitgeist no le favorece. De esta manera la metafísica maniquea arraiga menos en la derecha sociológica, pero haberla hayla.

¿Es compatible el islam con la democracia y los derechos humanos?

El hecho de que en el islam no hubiera, ni haya, una separación entre el poder civil y el poder eclesiástico, y la pugna entre ambos, como sí la hay en el cristianismo, sobre todo en el católico, hace que se confundan más fácilmente autoridad civil y religiosa. Y eso propicia el integrismo. Sus códigos civiles y políticos están hechos a golpe de Corán, y ahí está la República Islámica de Irán, donde el Estado está completamente comprometido con la religión. Tanto es así que han dictado sus propios “Derechos Humanos”, en El Cairo, en 1990, con la sharia como fuente principal de derecho. O sea, que de “humanos”, en el sentido de “común a todos los hombres”, tienen poco.

Cualquier secta hipotética que surgiera en 2017 y que defendiera no ya todos, sino tan sólo unos cuantos de los dogmas de fe del islam, y especialmente aquellos que tienen que ver con los no creyentes, las mujeres y las minorías sexuales, sería inmediatamente prohibida y sus gurús encarcelados. ¿Por qué eso no ocurre con el islam?

Porque son 1.300 millones de fieles, creciendo, y con un porcentaje bastante alto de ellos muy fanatizado desde el punto de vista proselitista. Como decía Vitoria, la diversidad de religión no justifica una guerra, pero, además, una guerra al islam sería de una imprudencia monumental. Como decía Bueno, al islam hay que vencerlo con el arma del racionalismo.

¿'Welcome refugees'? ¿Todos?

Todos es imposible. Incluso ridículo sólo su planteamiento. No sabemos además cuántos son ese todos. Si no vienen con hostilidad, España, como cualquier otro país, se ve obligada por el derecho de gentes a recibir y acoger a cualquier persona que venga del exterior. Los límites, obviamente, los pone la capacidad institucional para canalizar ese flujo. Las condiciones, también es obvio, son el respeto al ordenamiento jurídico. Si un natural no respeta el ordenamiento jurídico te lo tienes que comer, pero a un extranjero lo puedes expulsar. Por lo demás, lo prudente para una mejor convivencia social sería evitar el gueto.

Dice Arcadi Espada que “la historia del progreso humano es inseparable de la desigualdad. No hay progreso en pelotón. El progreso siempre parte de uno que salta. De una mutación feliz”. ¿Está de acuerdo con él? 

Es la teoría evolutiva del saltacionismo o mutacionismo de Goldschmidt (“monstruo prometedor”), opuesta por cierto al gradualismo darwinista, pero aplicado al plano del desarrollo cultural y el progreso. Yo creo que se mezclan planos al hablar de igualdad en derechos, igualdad ante la ley, igualdad de oportunidades, etcétera. No estamos hablando de la igualdad de rebaño, de querer recortar al que destaca. El marxismo habló de “salto cualitativo” a partir de una “acumulación cuantitativa”. “Cambio de paradigma”, de Khun, “corte epistemológico” de Bachelard, son doctrinas que hablan de cierta trabajo de base para que tengan sentido esos presuntos “saltos”. Ese que salta, si va más lejos, es porque lo hace “a hombros de gigantes”. En fin, que no estoy de acuerdo.

¿Para qué sirve un filósofo en España?

Pues para lo mismo que en cualquier otro sitio, si bien este es un país muy interesante dada la cantidad de cuestiones que hay que tratar para hablar de él (y en él). Existen múltiples filosofías, claro, y si hablamos de una filosofía como la que desarrolló Gustavo Bueno, sirve para sospechar críticamente, pero no de modo espontáneo, sino con cierto bagaje y sistematicidad, de absolutamente todo aquello que se nos presenta como evidente e indiscutible.

Esos dogmas (científicos, religiosos, democráticos) que suelen cristalizar en forma fundamentalista cuando su mantenimiento viene dado, no por su propia consistencia, sino por la presión ideológica de unos grupos sociales frente a otros. La filosofía, por lo menos esa filosofía, tiene efectos liberadores en ese sentido. El mero hecho de conocer la falta de consistencia de tales fundamentalismos te libra de caer en creencias absurdas. Imbécil es etimológicamente el que dice cosas que no tienen un mínimo sostén. Si la filosofía sirve para hacernos menos imbéciles, pues ya es mucho.

La última pregunta es una afirmación que me gustaría que rebatiera si crees que es necesario. Religión, filosofía y ciencia son, en ese orden, tres fases de la evolución del conocimiento humano, de la más primitiva y abstracta a la más moderna y concreta. En este sentido, ni la religión ni la filosofía son ya necesarias. ¿Está de acuerdo?

No. Esa es exactamente la posición de Comte en su Discurso sobre el espíritu positivo. Pero se da el caso de que el positivismo (tanto el de Comte primero, como el de Wittgenstein y la Escuela de Viena después) se quiso deshacer de la filosofía a costa de, paradójicamente, inventar una. Es decir, el positivismo, que afirma que el saber se agota en las ciencias y que, por lo tanto, a la filosofía ya no le cabe ningún papel, es un tipo de filosofía. Cuanto más reniegue de la filosofía, más se reafirma en ella.

Fuente: https://www.elespanol.com/opinion/20170923/248975401_0.html



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