martes, 25 de octubre de 2016

Sobre las elecciones presidenciales en EEUU. Analizando a Trump y Clinton

De lo que no se informa y/o se conoce sobre las elecciones en EEUU

Vicenç Navarro
Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra

Está claro que las grandes instituciones representativas del Estado federal de EEUU y los mayores medios de información de aquel país (lo que se llama el establishment político-mediático estadounidense) no entienden lo que está pasando en EEUU. La aparición de las candidaturas de Donald Trump en el Partido Republicano y de Bernie Sanders en el Partido Demócrata ha cogido por sorpresa a tal establishment. El candidato Trump ha alcanzado en algunos momentos de la campaña electoral unos niveles de popularidad cercanos a los de la candidata demócrata Hillary Clinton, y el candidato Sanders casi venció en las primarias del Partido Demócrata (ganó en 22 de los 50 Estados), y ello a pesar de la clara y documentada hostilidad del aparato del Partido Demócrata, que utilizó todas las malas artes en la campaña para derrotarlo.

Y uno de los elementos de lo que está ocurriendo que ha sorprendido más al establishment político-mediático ha sido el apoyo a tales candidatos, Trump y Sanders, por parte de la clase trabajadora (de raza blanca), un sector de la población que tales establishments creían que ya no existía en aquel país, pues su percepción de la estructura social del país había sustituido incluso el término de “clase trabajadora” por el de “clase media”, definiendo como tal a toda la población  que ni es rica ni es pobre. Según la percepción generalizada que tiene el establishment político-mediático de la realidad estadounidense, las categorías de clase social prácticamente han desaparecido, pues la mayoría de la población es y se siente  de clase media. En esta visión de Estados Unidos, la clase trabajadora o bien ha desaparecido, o se ha convertido en clase media (por extraño que parezca, esta percepción de la estructura social de los países capitalistas desarrollados también está generalizada en el establishment político-mediático español).



Las limitaciones de centrarse solo en las medidas antidiscriminatorias a favor de las minorías (negros y latinos) y de la mayoría de la población (las mujeres)

Dentro de este esquema, se considera que la igualdad de oportunidades (que se asume existe en EEUU) ha actuado como un ascensor social vertical, permitiendo a los ciudadanos alcanzar los niveles que su mérito y esfuerzo permiten. Se reconoce que el racismo y el machismo prevalentes en la sociedad (y la consecuente discriminación fuerte que determinan) dificulta para tales grupos –los afroamericanos, los hispanos (procedentes de Latinoamérica) y las mujeres- el ascensor social. De ahí que lo que en EEUU se presenta como el partido de centro-izquierda (el Partido Demócrata) acentúe, como punto central de su programa, las políticas antidiscriminatorias a favor de los afroamericanos, de los latinos y de las mujeres. Su objetivo es la integración de estos sectores en el sueño americano que les permita ser miembros de la clase media y alcanzar las metas personales que se propongan. La victoria electoral de un ciudadano de raza negra en las últimas elecciones presidenciales, encarnada en la figura del Presidente Obama, era un hito esencial de esta estrategia de integración. Y la posible victoria de la Sra. Clinton significaría otra gran victoria de esta estrategia de integración de los discriminados (mujeres, en su caso) en el sistema político-económico del país.

El Partido Demócrata y la insuficiencia de las políticas identitarias integradoras

 El Partido Demócrata es el partido postmodernista que ha estado enfatizando los temas de identidad como centrales de su estrategia, orientada a conseguir el apoyo electoral de las minorías –los negros y los latinos- y de las mayorías -las mujeres-. La clase social no juega un papel esencial en dicha estrategia, excepto en el énfasis de mantener el nivel de vida de las clases medias, que asume constituyen la mayoría de la población. Hasta aquí la visión del establishment político-mediático del país y sus consecuencias para la estrategia electoral del Partido Demócrata.

El problema con tal visión es que es profundamente limitada e insuficiente. Y lo que está pasando en EEUU es un indicador de ello. Estas estrategias basadas en la identidad han tenido escaso efecto en cambiar las condiciones de vida de la mayoría de las clases populares, que incluyen la mayoría de minorías negras y latinas y la mayoría de mujeres. La clase trabajadora de raza negra ha visto su nivel de vida continuar descendiendo durante el mandado del Presidente Obama, que es una persona perteneciente a tal raza. En realidad, el fenómeno más llamativo que ha ocurrido en EEUU es el espectacular deterioro del bienestar y calidad de vida de la clase trabajadora y de sus diferentes componentes, incluyendo la clase trabajadora de raza negra.



La clase social es una de las variables más importantes para explicar la dinámica política y electoral de aquel país (y que apenas aparece en el análisis de la realidad estadounidense)

En contra de lo que asume aquella visión del establishment político-mediático del país, las clases sociales continúan existiendo en aquel país (tal como también continúan existiendo en los países europeos, incluyendo España). En realidad, las cifras del censo estadounidense muestran claramente que la estructura social de EEUU es bastante semejante a la existente en la mayoría de países de la Unión Europea (UE). Existe, en primer lugar, lo que solía llamarse la clase capitalista, y que ahora se llama el 1% (el sector de la población que posee o gestiona las grandes empresas del país). En EEUU, el término más utilizado para definir esta clase (los super-ricos) es el de Corporate Class, la clase corporativa (que la componen los propietarios y gestores de las grandes empresas transnacionales basadas en EEUU).

Le sigue la pequeña burguesía, la clase media y la clase trabajadora, la cual, en contra de lo que se cree y presenta en los mayores medios de información y persuasión, constituye la mayoría de la población estadounidense (el 52%). Esta clase trabajadora es muy variada, tanto en su composición racial como en su nivel de cualificación. La clase trabajadora de raza blanca es la mejor pagada dentro de tal clase, y está sobrerepresentada (es decir, ocupa un porcentaje superior al que representa en el conjunto de la población) en el sector laboral mejor pagado (predominantemente en la manufactura), mientras que los trabajadores afroamericanos e hispanos (los que proceden de América Latina) están sobrerepresentados en los sectores peor pagados.

Esta división por raza dentro de la clase trabajadora juega un papel muy importante en la división de tal clase en EEUU. Tradicionalmente, las derechas y el mundo empresarial han utilizado el racismo para dividir y debilitar a la clase trabajadora. Fue nada menos que Martin Luther King, quien subrayó, semanas antes de que fuera asesinado, que el conflicto mayor que existía en EEUU era el conflicto de clases, siendo el racismo la ideología promovida por la clase dominante para perpetuarse en el poder, dividiendo a la clase trabajadora. De ahí que su discípulo, Jesse Jackson Senior, estableciera la Rainbow Coalition (la Coalición Arcoíris), que intentó establecer una amplia alianza de todas las razas existentes dentro de las clases populares, frente al establishment político-mediático del país.

El gran descenso del nivel de vida de la clase trabajadora en EEUU

La clase trabajadora de raza blanca ha visto su nivel de vida reducido muy seriamente como consecuencia de que los sectores donde trabajaba, como el metalúrgico (donde los sueldos son más elevados), han sido los más afectados negativamente por los Tratados de Libre Comercio. El Tratado de Libre Comercio entre EEUU, Canadá y México (NAFTA), por ejemplo, tuvo un impacto devastador en los puestos de trabajo de las grandes empresas localizadas en EEUU y que se desplazaron a México. Un tanto semejante ha ocurrido con los Tratados entre EEUU y China. En consecuencia, en los últimos veinte años, EEUU ha perdido seis millones de puestos de trabajo en el sector manufacturero. Pero el impacto negativo es incluso mayor que el que presentan estos datos, pues la exportación de puestos de trabajo debilita a los sindicatos estadounidenses, con lo cual, los salarios de los puestos de trabajo de la manufactura que permanecen en EEUU han bajado significativamente. En los últimos quince años, tales salarios han bajado un 10%. Y ello como resultado del enorme debilitamiento de los sindicatos. Tal descenso de los ingresos al mundo del trabajo ha creado la ampliamente generalizada percepción que existe en EEUU de que “los hijos vivirán peor que sus padres”.

Es lógico y previsible que hoy tales sectores de la clase trabajadora, como los que pertenecen a la raza blanca, que ha sufrido un enorme bajón en su nivel de vida y en su bienestar (es el único grupo poblacional que ha visto descender su esperanza de vida), estén enfurecidos con el establisment financiero-político estadounidense, y muy en particular con el gobierno federal, al cual responsabilizan por haber facilitado, mediante sus políticas, tal exportación de puestos de trabajo (lo cual es cierto, debido a la gran influencia del 1% de la población, la más pudiente, sobre el Estado federal).

Pero parte del enfado de este sector de la población blanca hacia el Estado federal se debe también a muchas de las políticas antidiscriminatorias del Estado federal, las cuales discriminan positivamente a favor de los negros, de los latinos y de las mujeres, situación (para corregir la discriminación histórica que tales grupos han recibido) que es resentida por los blancos, incrementando las tensiones interraciales y entre género. El hecho de que las políticas sociales en EEUU no sean universales (es decir, que no beneficien a todo ciudadano y/o residente por igual), sino benéficas asistenciales (que benefician, por ejemplo, solo a los pobres) hacen que los programas antipobreza (financiados con impuestos de toda la clase trabajadora) no sean muy populares. Ni que decir tiene que esta percepción de que el gobierno federal está transfiriendo fondos públicos a través de sus programas antipobreza a los negros, por ejemplo, olvida que la mayoría de los pobres en EEUU son blancos, no son negros. Pero la percepción que se promueve es que la mayoría de pobres son negros (que son los más pobres entre los pobres).



Las políticas identitarias olvidan que hay clases dentro de las minorías y dentro de las mujeres

Los programas antidiscriminación (que tienen lugar individualmente, persona por persona) han beneficiado primordialmente a sectores minoritarios de las minorías negras y latinas, y de las mujeres, sectores pertenecientes en su mayoría a la clase de renta media y media-alta (dentro de cada grupo discriminado). Ahora bien, la mayoría de los negros, latinos y mujeres (que pertenecen a las clases trabajadoras) no se han beneficiado, por lo general (tal como indiqué anteriormente) de estas medidas antidiscriminatorias, debido a que tales políticas antidiscriminatorias no están orientadas hacia la clase trabajadora. De ahí que, aun cuando hoy en EEUU haya más miembros de minorías que estén en posiciones de mayor nivel social y mayor poder (y lo mismo en cuanto a las mujeres), ello no quiere decir que la mayoría de las minorías y mujeres se hayan beneficiado de tales políticas antidiscriminatorias. La clase trabajadora de raza negra ha visto también como se reducía su nivel de vida durante el mandato del gobierno Obama. De ahí que la mayoría de jóvenes, incluyendo trabajadores negros y la mayoría de mujeres jóvenes por debajo de 40 años, apoyaran en las primarias del Partido Demócrata a Bernie Sanders (que enfatizó clase social) y no a Hillary Clinton (que enfatizó políticas de integración de las minorías). Clinton contó con el apoyo de las asociaciones a favor de las minorías y de las mujeres, asociaciones lideradas, en su mayoría, por personas de clase media alta, integradas en el aparato del Partido Demócrata. Pero la candidatura de Sanders tuvo su mayor apoyo entre la clase trabajadora y entre los jóvenes, incluyendo jóvenes negros, jóvenes latinos y mujeres jóvenes. Y su fortaleza forzó que el programa electoral del Partido Demócrata incorporara elementos importantes claramente progresistas que, de implementarse, mejorarían el bienestar de las clases populares, que constituyen la mayoría de la población estadounidense.

Las dos estrategias electorales que han seguido los candidatos

En definitiva, lo que hemos visto en EEUU durante la campaña electoral ha sido el conflicto de estrategias electorales que reflejan dos visiones distintas de la estructura social de EEUU. La Sra. Clinton (una figura que representa claramente el establishment político-mediático del país) ha enfatizado las políticas identitarias (de carácter anti-discriminatorio, encaminadas a favorecer la integración de las minorías y de las mujeres en el “sueño americano”). Y la otra estrategia ha sido la de movilizar a las clases populares (centradas en la clase trabajadora) frente al establishment político-mediático.

Dentro de esta última estrategia, ha habido una gran diferencia entre Bernie Sanders y Donald Trump. El primero Bernie Sanders, presentó que la movilización popular debía ser contra el 1% que controla los mayores centros del poder financiero y económico, así como al Estado y a los medios de información y persuasión. Su estrategia (la de Sanders) incluía un discurso de clase (las clases populares frente a la Corporate Class), presentando a Clinton como agente e instrumento de la clase corporativa. Trump, por el contrario, acentuó su animosidad hacia el Estado federal, sin nunca citar a la Corporate Class (de la cual es miembro prominente). En este aspecto, Trump representaba una sensibilidad política semejante a la ultraderecha francesa liderada por Le Pen, que tiene puntos en común con el nazismo y el fascismo, que hay que recordar, se definieron a sí mismos como nacional-socialismo el primero, y nacional-sindicalismo el segundo. En España, el partido fascista, la Falange, se definió y continúa definiéndose como un partido de izquierdas, y sus colores (rojo y negro) eran y son los colores del anarquismo.

La desaparición de Sanders, sin embargo, ha limitado el conflicto electoral entre el candidato Trump y la candidata Clinton. El descenso en el atractivo electoral de Trump, en parte debido a la movilización mediática en contra de sus grandes excesos que le hacen sumamente vulnerable, ha dado un alivio al establishment político-mediático del país. Ahora bien, la posible derrota de Trump dejará intacto el enorme problema que existe hoy en EEUU y del que el establishment político-mediático parece no ser consciente. 



Clinton y Trump: ¿Nuclearizados o lobotomizados?

James Petras
Rebelión

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo


Introducción

Más de la mitad del electorado estadounidense contempla con horror y desdén a los dos principales candidatos para las elecciones presidenciales de este año.

Por el contrario, la totalidad de las grandes corporaciones de medios de comunicación, en EE.UU. y en el extranjero, repiten alabanzas a las grandes virtudes de Hillary Clinton y acusaciones viscerales a Donald Trump.

Los analistas de los medios y las élites financieras, académicas y empresariales describen la posible presidencia de Clinton como una de responsabilidad, seguridad nacional, prosperidad empresarial y normalidad política.

Por el contrario, pintan al candidato republicano Donald Trump como una terrible amenaza que podría destruir el orden económico y militar global, polarizar la sociedad estadounidense y conducir a unos Estados Unidos aislados y proteccionistas hacia una profunda recesión.

Esa retórica enrarecida, que exagera las virtudes de un candidato y los vicios del otro, ignora las consecuencias trascendentales de la elección de uno u otro candidato. Hay una fuerte probabilidad de que la elección de la ultramilitarista Hillary Clinton conduzca al mundo a una catastrófica guerra nuclear global.

Por otro lado, el ascenso de Trump a la presidencia posiblemente provocaría una oposición económica global sin precedentes por parte del establishment empresarial, que llevaría la economía de EE.UU. a una profunda depresión.

No se trata de afirmaciones ociosas. Las consecuencias destructivas de la presidencia de uno u otro candidato deben analizarse mediante un análisis sistemático de la política exterior del pasado y del presente de la Sra. Clinton y de la convicción del Sr. Trump de ser capaz de transformar EE.UU. de un imperio en una república.



Clinton en la senda a la guerra nuclear

Durante el último cuarto de siglo, Hillary Clinton ha promovido las guerras más salvajes y destructivas de nuestro tiempo. Es más: cuanto mayor ha sido su implicación en la elaboración de políticas imperiales y en la implementación la política exterior, más cerca hemos estado de la guerra nuclear.

Para identificar la senda de Hillary Clinton hacia la guerra global es necesario analizar tres momentos cruciales. El inicio de la historia sangrienta de Hillary puede datarse en la de facto presidencia conjunta con su marido Bill Clinton (1993-2001).

Fase I: La presidencia conyugal militarista (1993-2001)

Durante la presidencia conjunta de Hillary con William Clinton (el Régimen Billary), la Primera Dama promovió activamente una toma del poder militarizada agresiva de Europa del este, los Balcanes, Oriente Próximo y África del Este, a menudo invocando su doctrina mesiánica favorita de “intervención humanitaria y cambio de régimen”.

Esto justificó el implacable bombardeo de Irak, que destruyó sus infraestructuras y aisló a su población para matarla de hambre mientras se preparaba la división del territorio siguiendo líneas étnicas y religiosas. Más de 500.000 niños iraníes fueron asesinados, tal y como justificó orgullosamente la entonces secretaria de Estado Madeleine Albright (1997-2001) y elogiaron los Clinton.

De la misma manera, Yugoslavia sufrió más de 1.000 bombardeos a cargo de las fuerzas aéreas de la coalición humanitaria de EE.UU. y con misiles de crucero desde el 24 de marzo al 11 de junio de 23009, en el proceso de subdividir el país en 5 mini-estados subdesarrollados “étnicamente limpios”. Miles de fábricas, edificios públicos, puentes, trenes de pasajeros, emisoras de radio, embajadas, complejos de apartamentos y hospitales fueron devastados; más de 1 millón de víctimas se convirtieron en refugiados y cientos de miles fueron heridos o muertos.

La “presidencia conyugal” consiguió realizar la guerra de agresión más sangrienta en Europa desde la invasión nazi en la Segunda Guerra Mundial, con el fin de subdividir una federación étnicamente diversa e industrialmente avanzada cuya política exterior independiente había hecho enojar al imperio empresarial occidental.

Los Clinton lanzaron la invasión militar de Somalia (en África del Este) para imponer un régimen vasallo, que provocó la muerte de muchos miles y una guerra regional imperial. Ante la resistencia desesperada popular de los somalíes, los Clinton se vieron forzados a retirar las tropas estadounidenses y sustituirlas por miles de mercenarios del África subsahariana y Etiopía, cuyas muertes pasarían desapercibidas para el electorado de EE.UU.

Desde 1992 hasta 2001, la maquinaria bélica de los Clinton contribuyó a instaurar el Estado vasallo cleptocrático de Yeltsin en Rusia, facilitando el mayor saqueo de recursos estatales en tiempos de paz de la historia mundial.

En la era de fragmentación postsoviética, los gánsteres estadounidenses y británicos aliados con los sionistas, las autoridades y “académicos” afiliados a los Clinton y los banqueros de Wall Street se apoderaron de más de 1 billón de dólares en activos públicos. Bajo el vasallaje de Clinton, la totalidad del sistema sanitario de la Unión Soviética fue eliminado y la Rusia de Yeltsin sufrió una disminución de población de 4,3 millones de ciudadanos, principalmente a causa de las enfermedades, el alcohol y las drogas, suicidios, malnutrición, desempleo, pérdida de salarios y pensiones y una epidemia sin precedentes de tuberculosis y enfermedades infecciosas que se creían erradicadas, como la sífilis y la difteria.

Senadora Hillary Clinton: Crímenes de guerra por asociación: 3 de enero, 2201-21 de enero, 2009

Durante el régimen dinástico de Bush hijo, la senadora Clinton apoyó la maquinaria de guerra estadounidense “que sembró muerte y destrucción por las cuatro esquinas del planeta” (en palabras de Bush hijo). Millones de personas en Irak y Afganistán murieron o huyeron aterrorizadas. Bush se limitó a profundizar y ampliar el caos iniciado por la presidencia conyugal de los Clinton una década antes.

La senadora Clinton promovió la invasión estadounidense directa y no provocada de Irak y la guerra en Afganistán. Así mismo respaldó las sanciones económicas contra Irán y dio su bendición al ataque israelí contra los palestinos en la Franja de Gaza y Cisjordania y las matanzas israelíes en el Líbano.

La senadora Clinton respaldó el abortado golpe de Estado de Bush hijo contra el presidente electo de Venezuela, Hugo Chávez (2002), un preludio de los intentos golpistas en países latinoamericanos que posteriormente dirigiría como secretaria de Estado.

El tiempo en que ejerció como senadora sirvió de transición entre el periodo de guerras de conquista de la presidencia conyugal y el siguiente periodo. Como secretaria de Estado con el presidente Obama, promovió agresivamente la supremacía militar global.

Secretaria de Estado Hillary Clinton: el militarismo puro y duro (2009-2014)

Cualesquiera que fueran las limitaciones a las que tuvo que enfrentarse la Sra. Clinton como senadora se disolvieron cuando pudo campar a sus anchas como secretaria de Estado. A lo largo de Europa, África, Latinoamérica y Oriente Próximo, Hillary Clinton bombardeó, masacró y desposeyó a millones de familias, destrozando sociedades enteras y desmantelando las instituciones de la sociedad civil de decenas de millones de personas. Nunca retrocedió ante la perspectiva de etnocidio e incluso bromeó con que la OTAN podría convertirse en “la fuerza aérea de Al-Qaeda”, cuando presionó para lograr una “zona de exclusión aérea” sobre Siria.

Una carcajada siniestra resonó por los pasillos de mármol cuando el Foggy Bottom1 se convirtió en pabellón psiquiátrico.

La secretaria de Estado promovió las brigadas mercenarias terroristas que invadieron Siria en un intento de “cambiar el régimen” del gobierno laico de Al Assad, empujando al exilio a varios millones de sirios. Comunidades cristianas sirias fueron barridas del mapa por completo gracias a este “cambio de régimen”.

Igualmente, dirigió los bombardeos y misiles de las fuerzas aéreas estadounidense para apuntalar la iniciativa de la despótica monarquía saudí por arrasar Yemen.

Clinton desató el bombardeó más salvaje sobre Libia destruyendo el país y provocando la limpieza étnica de un millón y medio de trabajadores subsaharianos y libios negros de ascendencia subsahariana.

Bajo la protección de señores de la guerra y jefes tribales yihadistas asesinos, la Sra. Clinton bromeó sobre la tortura y muerte del presidente Gadafi, prisionero y herido, cuyo asesinato nauseabundo y casi pornográfico por empalamiento anal fue documentado como una especia de snuff movie del “cambio de régimen”. Menos conocido es el previo asesinato al estilo del viejo testamento de varios de los hijos de Gadafi y de cinco de sus nietos mediante un ataque deliberado con misiles destinado a “enseñar al dictador” que ni siquiera sus nietos más pequeños podían esconderse.

La Sra. Clinton, que alardea de que su modelo bíblico favorito es la etnocida reina Ester, ha declarado su apoyo incondicional a los crímenes de guerra israelíes contra Palestina en Gaza y Cisjordania, así como en la diáspora. Hillary respaldó y defendió la tortura y los campos de prisioneros para niños, ancianos e indigentes.

Asimismo, siendo secretaria de Estado envió a su criminal subsecretaria Victoria Nuland (una neocon no reformada remanente de la administración Bush) a organizar el golpe de Estado violento en Ucrania. Millones de personas pertenecientes a la enorme población étnica rusa de Ucrania fueron expulsados de la región del Dombás. La Sra. Clinton pretendía convertir las instalaciones militares estratégicas rusas en Crimea en bases de la OTAN para su uso contra Moscú, lo que provocó el rechazo de los residentes de Crimea al golpe y su voto a favor de la reunificación con Rusia.

La intervención forzada del presidente ruso Vladimir Putin evitó que la limpieza étnica promovida por la Clinton en Crimea y el Dombás cuajara. Estados Unidos se vengó presionando hasta conseguir importantes sanciones económicas de la UE contra Rusia.

En consistencia con su modelo bíblico inmisericorde, la Clinton amenazó abiertamente con arrasar Irán mediante una guerra nuclear e incinerar a 76 millones de iraquíes para complacer a su tío Netanyahu, un proceso demencial que envenenaría a cien millones de árabes y quizás a unos cuantos millones de israelíes. ¡Ni siquiera los israelíes llegaron a soñar que la demencial “Opción Sansón” fuera ordenada desde Washington, DC!

Durante su ejercicio de la secretaría de Estado, la Clinton bloqueó activamente cualquier opción diplomática para conseguir un acuerdo EE.UU.-Irán sobre tecnología nuclear, limitándose a repetir como un loro la solución militarista israelí contra sus rivales en la región.

La Sra. Clinton se ha mantenido como una contumaz enemiga de los gobiernos independientes latinoamericanos emergentes. En su búsqueda de estados vasallos, la Clinton promovió los golpes de estado que triunfaron en Honduras y Paraguay, aunque fuera derrotado en Venezuela. Entre sus éxitos en política exterior, promocionó con orgullo el régimen de escuadrones de la muerte en Honduras.

Asimismo, apoyó los escuadrones de la muerte de los narco-regímenes de Colombia y México, que causaron la muerte de más de cien mil civiles.

En su senda hacia la guerra global, la Sra. militarista ha hecho lo posible por cercar a Rusia, situando armas nucleares en los Balcanes y en Polonia. Prometió colocar misiles también en Europa meridional central y en Ucrania. Justificó su órdago nuclear afirmando de forma histérica que el presidente electo Putin era “peor que el Estado Islámico”… “peor que Hitler”.

El hecho de haber amenazado repetidamente con la guerra global y participado activamente en guerras regionales de agresión debería haber incapacitado a Hillary Clinton para la presidencia de los Estados Unidos. Es política, intelectual y emocionalmente incapaz de relacionarse de forma realista con una Rusia independiente y con otras potencias independientes, incluyendo China e Irán. Su monomanía son los “cambios de régimen”, y es incapaz de evaluar cualquiera de las catástrofes que sus políticas ya han producido de hecho.

Hillary Clinton fue la orgullosa autora y directora del programa llamado “giro hacia Asia” (Pivot to Asia) de Estados Unidos, que ha supuesto un aumento descomunal de las fuerzas aéreas y navales de EE.UU. alrededor de las rutas marítimas que unen a China con sus mercados globales y sus principales fuentes de materias primas.

El militarismo exacerbado de la Clinton ha expandido las zonas de guerra de EE.UU. hasta cubrir Australia, Japón y Filipinas, incrementando en gran medida la tensión y aumentando la posibilidad de una provocación militar que conduzca a una guerra nuclear con China.

Ningún candidato presidencial de EE.UU., en el pasado o en el presente, ha participado en más guerras ofensivas en un periodo menor de tiempo ni proferido mayores amenazas nucleares que Hillary Clinton. El hecho de que todavía no haya activado el holocausto nuclear probablemente se debe a las restricciones impuestas por el presidente Obama, menos sediento de sangre que su secretaria de Estado. Estas limitaciones acabarán si la Clinton es elegida presidente de EE.UU. en un proceso amañado para conseguir dicho resultado, algo de lo que el electorado es cada vez más consciente.



Donald Trump: el camino pacífico hacia la recesión

En agudo contraste con la militarista Sra. Clinton, el “empresario” Donald Trump ha adoptado un enfoque relativamente pacífico de la política internacional para un candidato presidencial estadounidense de los tiempos actuales.

El “empresario” Trump pretende tener negociaciones productivas con el presidente Putin. Usando el genio para los negocios del que alardea sin ambages para beneficiar a EE.UU., Trump predice éxitos diplomáticos y económicos con Rusia, China y otras grandes potencias.

Molesto por décadas de generosidad del Tesoro estadounidense con sus aliados militares, Trump promete, si llega a la presidencia, cerrar bases militares en Asia y Europa y exigir que los aliados extranjeros “apoquinen” con su propia defensa.

El empresario se propone reconstruir Estados Unidos destinando el coste del mantenimiento de las misiones y las bases militares en el extranjero a proyectos de infraestructuras y creación de empleos “reales” en el propio país, algo que los belicistas que predican desde los medios de comunicación, las instituciones académicas y la burocracia de Washington desdeñan como “aislacionismo de Trump”.

La política de “America First” (Primero Estados Unidos) de Trump, que él sintetiza en el eslogan “Make America Great Again” (Volvamos a hacer grande a Estados Unidos) no prevea guerras de conquista contra países musulmanes, especialmente desde que han provocado la llegada de importantes flujos migratorios que amenazan el comercio y la estabilidad y Trump se opone a la entrada de más refugiados musulmanes en EE.UU. La política exterior de Trump, basada en limitar los objetivos militares y la guerra, es diametralmente opuesta a la estrategia de guerra total de Clinton. Trump, a quien sus enemigos ridiculizan por “sus manos pequeñas”, no parece tener el gatillo fácil que caracteriza a Hilllary.

Trump suelta afirmaciones económicas contradictorias, especialmente en su propuesta para “reconstruir Estados Unidos”, a la vez que actúa en el marco de un sistema imperial. Como presidente de EE.UU., sus políticas proteccionistas se enfrentarían directamente con el “capitalismo financiero y monopolista” estadounidense y global y probablemente llevarían a desinversiones sistemáticas y a un desastroso colapso económico o más bien a una capitulación del presidente-empresario ante el statu quo.

El problema no son sus promesas de subir los impuestos a los ricos (como alguna vez ha dicho), o de aumentar la Seguridad Social (como afirma), sino su incapacidad para admitir que dichas políticas provocarían un éxodo masivo de la élite capitalista para evitar los impuestos. La mayor amenaza estriba en que, de persistir con dichas políticas, se producirá una resistencia masiva del capital y una revuelta de los congresistas de ambos partidos políticos, dominados por el mundo financiero, que paralizaría cualquier esperanza de llevar adelante su agenda económica.

Sin independencia política para desarrollar sus programas económicos internos, Trump tendría que hacer frente a una rebelión significativa de inversiones y préstamos de los capitalistas y los banqueros, que estarían encantados de conducir la frágil economía a una gran recesión, amenazando con una especie de “sabotaje económico interno”.

Ni el Partido Republicano de Trump (ni por supuesto el Demócrata) apoyarían jamás un programa que forzara al capital multinacional a sacrificar su dependencia de la mano de obra barata del extranjero y sus cuantiosos beneficios con el fin de crear empleo interno y emplear a trabajadores estadounidenses con salarios dignos.

Como presidente, nunca conseguiría asegurar los votos necesarios en el Congreso para incrementar los impuestos a los plutócratas que le permitirían financiar las obras públicas a gran escala y los proyectos de infraestructuras y creación de empleo.

El presidente empresario se enfrentaría a toda la furia del poderoso complejo militar-industrial y de alta tecnología cuando pretendiera retirar las fuerzas militares estadounidenses de Europa, Asia, Oriente Próximo y África.

La ascensión histórica de Trump al protagonismo de la política nacional tiene sus raíces en las ideas y los valores de la mayoría de la población trabajadora, marginada por los magnates mediáticos y la gentuza de Wall Street. En la actualidad, las ideas y los objetivos de Trump concuerdan con los de la mayoría de los votantes.

En sus discursos y entrevistas predominan varias ideas generales.

En primer lugar, Trump rechaza la “globalización” (el termino descafeinado para sustituir el “imperialismo”) y el “libre comercio” (un eufemismo para hablar de la transferencia de beneficios extraídos a los trabajadores estadounidenses para invertir en negocios en el exterior). El discurso de Trump se hace eco de los recientes movimientos (“Occupy Wall Street”) que se oponen al poder del 0,1% de supermillonarios frente a la inmensa mayoría.

En segundo lugar, Trump adopta el nacionalismo económico con su eslogan “Make America Great Again”. Existen demasiados trabajadores estadounidenses (y sus familias) resentidos por haber sido explotados, mutilados y masacrados al servir en numerosas guerras en Oriente Próximo, Asia y Europa generadas por el interés de los señores de la guerra, banqueros, sionistas y otras realezas imperiales estadounidenses. Trump sostiene que todo el sistema de seguridad y de beneficios empresariales sobredimensionado ha provocado una espiral de pagos de deuda insostenible.

El tercer tema que seduce a millones votantes es su idea de que EE.UU. debería oponerse a la política de “cambios de régimen” en serie. No deberíamos iniciar o participar en guerras perpetuas en el extranjero contra países musulmanes como medida para evitar los atentados terroristas en el país. Durante uno de los primeros debates sobre política exterior, Trump conmocionó al establisment político al acusar a la administración Bush de haber mentido deliberadamente al país para conducirle a la desastrosa invasión de Irak. Esta “revelación de la verdad” provocó un fuerte aplauso en la masa electoral republicana.

El objetivo de Trump es fortalecer la civilización estadounidense e intentar no provocar más “choques de civilizaciones”…

El cuarto mensaje es probablemente el que resulta más atractivo para la mayor parte de la población estadounidense: el elocuente ataque de Trump contra las élites de Washington y de Wall Street y sus apologistas intelectuales y de los medios de comunicación. Hay millones de estadounidenses indignados con los Bush, Clintons y Obamas, así como con los Morgans, Goldman Sachs y Paulsons, cuyas políticas han exacerbado las desigualdades de clase mediante múltiples estafas bancarias y caídas financieras, todas ellas “rescatadas” con el dinero de los contribuyentes estadounidenses.

En quinto lugar, la denuncia ruidosa y descarada que Trump realiza de las mentiras y la propaganda vertidas por los medios de comunicación de masas ha sintonizado con la profunda desconfianza que siente el público hacia los mismos. Su talento para dirigirse directamente y sin rodeos a la audiencia en vivo y por internet ha contribuido a su enorme atractivo. No participa en la “conspiración”, pero reconoce que las revelaciones de Edward Snowden han desenmascarado las mentiras del gobierno y su programa de espionaje contra la gente, destruyendo las bases del discurso democrático.

Trump podría ganar las elecciones basado en sus “cinco verdades” y su compromiso a “volver a hacer grande a Estados Unidos”, pero es más probable que pierda porque ha ofendido al establishment tradicional, a los latinos, los afroamericanos, las feministas, los burócratas de los sindicatos y sus seguidores de ambos partidos. Si triunfara en las urnas, su programa político provocaría una gran crisis económica ya que necesitaría a las élites republicanas de Washington y Wall Street, el Pentágono y el “sistema de seguridad internacional” para llevarlo adelante. Si, para bloquear la agenda nacional de Trump, la élite necesita crear una crisis financiera que defienda la “globalización”, las guerras en serie y los beneficios del 0,1%,¡vayan apretándose los cinturones!

El próximo noviembre, Estados Unidos tendrá que tomar la desapacible decisión de elegir entre votar a una belicista nuclear demostrada o a un prisionero de Wall Street. Intentaré mantenerme calentito, asar castañas y evitar pensar en el hongo atómico amenazante de la Sra. Presidenta.

[1] Forma coloquial de denominar al Departamento de Estado (el equivalente al ministerio de asuntos exteriores de EE.UU., que dirige el secretario de Estado) , cuyas oficinas se encuentra en el barrio residencial de Washington de dicho nombre, cercano a la Casa Blanca.  

(2) La Opción de Sansón es un término empleado para describir la estrategia israelí de disuasión consistente en represalias masivas con armas nucleares contra las naciones cuyos ataques militares amenazan su existencia, y posiblemente contra otros objetivos

Fuente: https://www.rebelion.org/noticia.php?id=212626





Por qué Hillary Clinton es mucho peor que Trump


Angel Ferrero


Diana Johnstone es quizá una de las comentaristas de la política europea y estadounidense más reputadas en la izquierda. Colaboradora, entre otros, de Counterpunch, Johnstone, que se hizo conocida en Europa por sus críticas a la política occidental durante las guerras en los Balcanes, acaba de sacar un libro sobre Hillary Clinton titulado La reina del caos. Ángel Ferrero la entrevistó para lamarea.com

Angel Ferrero: Los medios estadounidenses han centrado su atención estas primarias en Donald Trump. Pero en su opinión, Hillary Clinton también debería ser motivo de preocupación. La ha descrito como ‘la reina del caos’. ¿Por qué?

Diana Johnstone: Trump consigue titulares porque es una novedad, un showman que dice cosas chocantes. Es visto como un intruso en un espectáculo electoral diseñado para transformar a Clinton en la “primera mujer presidenta de América”. ¿Por qué la llamo reina del caos? En primer lugar, por Libia. Hillary Cinton fue en gran medida responsable de la guerra que hundió a Libia en el caos, un caos que se extiende hacia el resto de África e incluso Europa. Ha defendido más guerra al Oriente Medio.

Mi opinión no es que Hillary Clinton “también debería” ser motivo de preocupación. Ella es el principal motivo de preocupación. Clinton promete apoyar más a Israel contra los palestinos. Está totalmente comprometida con la alianza de facto entre Arabia Saudí e Israel que tiene como objetivo derrocar a Assad, fragmentar Siria y destruir la alianza chií entre Irán, Assad y Hezbolá. Esto aumenta el riesgo de confrontación militar con Rusia y Oriente Medio. Al mismo tiempo, Hillary Clinton defiende una política beligerante hacia Rusia en su frontera con Ucrania. Los medios de comunicación de masas en Occidente se niegan a darse que cuenta que muchos observadores serios, como por ejemplo John Pilger y Ralph Nader, temen que Hillary Clinton nos conduzca, sin advertirlo, a la Tercera Guerra Mundial.

Trump no se ajusta a ese molde. Con sus comentarios groseros, Trump se desvía radicalmente del patrón de lugares comunes que oímos de los políticos estadounidenses. Pero los medios de comunicación establecidos han sido lentos en reconocer que el pueblo estadounidense está completamente cansado de políticos que se ajustan al patrón. Ese patrón está personificado por Hillary Clinton. Los medios de comunicación europeos han presentado en su mayoría a Hillary Clinton como la alternativa sensata y moderada al bárbaro de Trump. Sin embargo, Trump, el “bárbaro”, está a favor de reconstruir la infraestructura del país en vez de gastar el dinero en guerras en el extranjero. Es un empresario, no un ideólogo.

Trump ha afirmado claramente su intención de poner fin a la peligrosa demonización de Putin para desarrollar relaciones comerciales con Rusia, lo que sería positivo para Estados Unidos, para Europa y para la paz mundial. Extrañamente, antes de decidir presentarse como republicano, para consternación de los líderes del Partido Republicano, Trump era conocido como demócrata, y estaba a favor de políticas sociales relativamente progresistas, a la izquierda de los actuales republicanos o incluso Hillary Clinton.

Trump es impredecible. Su reciente discurso en AIPAC, el principal lobby pro-israelí, fue excesivamente hostil hacia Irán, y en 2011 cayó en la propaganda que condujo a la guerra contra Libia, incluso si ahora, retrospectivamente, la critica. Es un lobo solitario y nadie sabe quiénes son sus asesores políticos, pero hay esperanza de que arroje fuera de la política a los neoconservadores e intervencionistas liberales que han dominado la política exterior estadounidense los últimos quince años.

AF: Los asesores de Clinton destacan su experiencia, en particular como secretaria de Estado. Muchos se ha escrito sobre esta experiencia y no siempre de manera positiva. ¿Cuál fue su papel en Libia, Siria u Honduras?

DJ: Hay dos cosas que decir sobre la famosa experiencia de Hillary Clinton. La primera es observar que su experiencia no es el motivo de su candidatura, sino, más bien, la candidatura es el motivo de su experiencia. En otras palabras, Hillary no es candidata debido a que su maravillosa experiencia haya inspirado a la gente a escogerla como aspirante a la presidencia. Es más correcto decir que ha acumulado ese currículo justamente para cualificarse como presidente.

Durante unos veinte años, la máquina clintonita que domina el Partido Demócrata ha planeado que Hillary se convierta en “la primera mujer presidenta de EEUU” y su carrera se ha diseñado con ese fin: primero senadora de Nueva York, después secretaria de Estado.

Lo segundo concierne al contenido y la calidad de esa famosa experiencia. Se ha empecinado en demostrar que es dura, que tiene potencial para ser presidenta. En el Senado votó a favor de la guerra de Irak. Desarrolló una relación muy cercana con el intervencionista más agresivo de sus colegas, el senador republicano por Arizona John McCain. Se unió a los chovinistas religiosos republicanos para apoyar medidas como hacer que quemar la bandera estadounidense fuese un crimen federal. Como secretaria de Estado, trabajó con “neoconservadores” y esencialmente adoptó una política neoconservadora utilizando el poder de Estados Unidos para rediseñar el mundo.

Respecto a Honduras, su primera importante tarea como secretaria de Estado fue proporcionar cobertura diplomática para el golpe militar de derechas que derrocó al presidente Manuel Zelaya. Desde entonces Honduras se ha convertido en la capital con más asesinatos del mundo. En cuanto a Libia, persuadió al presidente Obama para derrocar el régimen de Gaddafi utilizando la doctrina de “responsabilidad para proteger” (R2P) como pretexto, basándose en falsas informaciones. Bloqueó activamente los esfuerzos de gobiernos latinoamericanos y africanos para mediar, e incluso previno los esfuerzos de la inteligencia militar estadounidense para negociar un compromiso que permitiese a Gaddafi ceder el poder pacíficamente.

Continuó esa misma línea agresiva con Siria, presionando al presidente Obama para que incrementase el apoyo a los rebeldes anti-Assad e incluso para imponer una “zona de exclusión aérea” basada en el modelo libio, arriesgándose a una guerra con Rusia. Si se examina atentamente, su “experiencia” más que cualificarla para el puesto de presidente, la descalifica.

AF: Como secretaria de Estado, Clinton anunció en 2012 un “pivote” a Asia oriental en la política exterior estadounidense. ¿Qué tipo de política podríamos esperar de Clinton hacia China?

DJ: Básicamente este “pivote” significa un desplazamiento del poder militar estadounidense, en particular naval, desde Europa y Oriente medio al Pacífico occidental. Supuestamente, porque debido a su creciente poder económico China ha de ser una “amenaza” potencial en términos militares. El “pivote” implica la creación de alianzas antichinas entre otros Estados de la región, lo que con toda probablidad incrementará las tensiones, y rodeando a China con una política militar agresiva se la empuja efectivamente a una carrera armamentística. Hillary Clinton apuesta por esta política y si llegase a la presidencia la intensificaría.

AF: Clinton dijo en 2008 que Vladímir Putin no “tiene alma”. Robert Kagan y otros “intervencionistas liberales” que jugaron un papel destacado en la crisis en Ucrania la apoyan. ¿Su política hacia Rusia sería de una mayor confrontación que la del resto de candidatos?

DJ: Su política sería claramente de una mayor confrontación hacia Rusia que las de Donald Trump. El contrincante republicano de Trump, Ted Cruz, es un fanático evangélico de extrema derecha que sería tan malo como Clinton, o quizá peor. Comparte la misma creencia semirreligiosa de Clinton en el rol “excepcional” de Estados Unidos para modelar el mundo a su imagen. Por otra parte, Bernie Sanders se opuso a la guerra de Iraq. No ha hablado demasiado de política internacional, pero su carácter razonable sugiere que sería más juicioso que cualquiera de los demás.

AF: Los asesores de Clinton tratan de destacar su intento de reformar el sistema sanitario estadounidense. ¿Fue ese intento de reforma realmente un avance y tan importante como dicen que fue?

DJ: En enero de 1993, pocos días después de asumir la presidencia, Bill Clinton mostró su intención de promocionar la carrera política de su esposa nombrándola presidenta de una comisión especial para la reforma del sistema nacional de sanidad. El objetivo era llevar a cabo un plan de cobertura sanitaria basado en lo que se denominó “competitividad gestionada” entre compañías privadas. El director de esa comisión, Ira Magaziner, un asesor muy próximo a Clinton, fue quien diseñó el plan. El papel de Hillary era vender políticamente el plan, especialmente al Congreso. Y en eso fracasó por completo. El “plan Clinton”, de unas 1.342 páginas, fue considerado demasiado complicado de entender y a mediados de 1994 perdió prácticamente todo el apoyo político. Finalmente se extinguió en el Congreso.

Respondiendo a la pregunta, el plan básicamente no era suyo, sino de Ira Magaziner. Como había de depender de las aseguradoras privadas, orientadas al beneficio, como ocurre con el Obama Care, ciertamente no era un avance, como sí que lo es el sistema universal que defiende Bernie Sanders.

AF: La campaña de Clinton ha recibido notoriamente dinero de varios hedge funds. ¿Cómo cree que podría determinar su política económica si consigue llegar a la presidencia?

DJ: Cuando los Clinton abandonaron la Casa Blanca en enero de 2001, Hillary Clinton lamentó estar “no sólo sin plata, sino en deuda”. Eso cambió muy pronto. Hablando figuradamente, los Clinton se trasladaron de la Casa Blanca a Wall Street, de la presidencia al mundo de las finanzas. Los banqueros de Wall Street compraron una segunda mansión para los Clinton en el Estado de Nueva York (que se sumó a la que tienen en Washington DC) prestándoles primero el dinero y luego pagándoles millones de dólares por ofrecer conferencias.

Sus amistades en el sector bancario les permitieron crear una fundación familiar ahora valorada en dos mil millones de dólares. Los fondos de la campaña proceden de fondos de inversión amigos que colaboran de buen grado. Su hija, Chelsea, trabajó para un fondo de inversión antes de casarse con Marc Mezvinsky, quien creó su propio fondo de inversión después de trabajar para Goldman Sachs.

En pocas palabras, los Clinton se sumergieron por completo en el mundo de las finanzas, que se convirtió en parte de su familia. Es difícil imaginar que Hillary se mostrase tan desagradecida como para llevar a cabo políticas contrarias a los intereses de su familia adoptiva.

AF: Se dice que la política de identidad es otro de los pilares de su campaña. Quienes apoyan a Clinton afirman que votándola se romperá el techo de cristal y que por primera vez en la historia una mujer entrará en la Casa Blanca. Desde varios medios has protestado contra esta interpretación.

DJ: Una razón fundamental para que se diese la alianza de Wall Street con los Clinton es que los autoproclamados “nuevos demócratas” encabezados por Bill Clinton lograron cambiar la ideología del Partido Demócrata de la igualdad social a la igualdad de oportunidades.

En vez de luchar por las políticas tradicionales del New Deal que tenían como objetivo incrementar los estándares de vida de la mayoría, los Clinton luchan por los derechos de las mujeres y las minorías a “tener éxito” individualmente, a “romper techos de cristal”, avanzar en sus carreras y enriquecerse. Esta “política de la identidad” quebró la solidaridad de la clase trabajadora haciendo que la gente se centrase en la identidad étnica, racial o sexual. Es una forma de política del “divide y vencerás”.

Hillary Clinton busca persuadir a las mujeres de que su ambición es la de todas ellas, y que votándola están votando por ellas mismas y su éxito futuro. Este argumento parece funcionar mejor entre las mujeres de su generación, que se identificaron con Hillary y simpatizaron con el apoyo leal a su marido, a pesar de sus flirteos. Sin embargo, la mayoría de las jóvenes estadounidenses no se han dejado llevar por este argumento y buscan motivos más sólidos a la hora de votar. Las mujeres deberían trabajar juntas por las causas de las mujeres, como el mismo salario por el mismo trabajo, o la disponibilidad de centros infantiles para las mujeres trabajadoras. Pero Hillary es una persona, no una causa.

No hay ninguna prueba de que las mujeres en general se hayan beneficiado en el pasado de tener a una reina o una presidenta. Es más, aunque la elección de Barack Obama hizo felices a los afroamericanos por motivos simbólicos, la situación de la población afroamericana ha ido empeorando.

Mujeres jóvenes, como Tulsi Gabbard o Rosario Dawson, consideran que poner fin a un régimen de guerras y cambios de régimen y proporcionar a todo el mundo una buena educación y sanidad son criterios mucho más significativos a la hora de escoger un candidato.

AF: ¿Por qué las minorías siguen apoyando a Clinton en vez de a Sanders?

DJ: Está cambiando. Hillary Clinton ganó el voto negro en las primarias demócratas en los Estados del sur profundo. Fue a comienzos de la campaña, antes de que Bernie fuese conocido. En el sur profundo, muchos afroamericanos estaban desencantados porque muchos de ellos estaban en prisión o habían estado en prisión, y la mayoría de votantes son mujeres mayores que asisten regularmente a la iglesia, donde escuchan a los predicadores pro-Clinton, no lo que se dice en Internet.

En el norte las cosas son diferentes, y el mensaje de Sanders está consiguiendo extenderse. Lo apoyan la mayor parte de intelectuales afroamericanos y de afromericanos del mundo del entretenimiento. Ésta es la primera elección presidencial donde Internet juega un papel clave. Especialmente la gente joven, que no confía en los medios de comunicación establecidos. Es suficiente leer los comentarios de los lectores estadounidenses en Internet para darse cuenta de que Hillary Clinton está considerada ampliamente como una mentirosa, una hipócrita, una belicista y un instrumento de Wall Street.

AF: ¿Cómo ves la campaña de Bernie Sanders? Es visto como la esperanza de la izquierda, pero tras la presidencia de Obama también hay cierto escepticismo. Algunos comentaristas han señalado su apoyo a intervenciones militares estadounidenses en el pasado.

DJ: A diferencia de Obama, quien prometió un “cambio” vago, Bernie Sanders es muy concreto a la hora de hablar de los cambios que se tienen que hacer en política doméstica. E insiste en que él solo no puede hacerlo. Su insistencia en que se precisa una revolución política para conseguir sus metas está realmente inspirando el movimiento de masas que necesitaría. Es lo suficientemente experimentado y tozudo como para evitar que el partido le secuestre, como ocurrió con Obama.

En cuanto a la política exterior, Sanders se opuso firmemente y de manera razonada a la guerra de 2003 en Irak, pero como la mayor parte de la izquierda, se dejó llevar por los argumentos en favor de las “guerras humanitarias”, como la desastrosa destrucción de Libia.

Pero este tipo de desastres han comenzado a educar a la gente, y puede que hayan servido de lección al propio Sanders. La gente puede aprender. Puede oír, entre quienes le apoyan, a antibelicistas como la congresista Tulsi Gabbard de Hawai, que presentó su dimisión en el Comité Nacional Demócrata para apoyar a Sanders. Hay una contradicción obvia entre el gasto militar y el programa de Sanders para reconstruir EEUU. Sanders ofrece una mayor esperanza porque viene con un movimiento nuevo, joven y entusiasta, mientras que Hillary viene con el complejo militar-industrial y Trump viene consigo mismo.

AF: Actualmente Ud. vive en Francia. ¿Cómo ve la situación en el país? ¿Qué explica el ascenso del Frente Nacional, en paralelo a otras fuerzas de la nueva derecha (o nacional-conservadoras)?

DJ: Los partidos establecidos siguen las mismas políticas impopulares en Europa y en EEUU y eso, naturalmente, lleva a la gente a buscar algo diferente. El control local de los servicios sociales se sacrifica a la necesidad de “atraer inversores”, en otras palabras, a dar al capital financiero la libertad de modelar sociedades dependiendo de sus opciones de inversión. La excusa es que, atrayendo inversores, se crearán empleos, pero esto no ocurre. Puesto que la clave de estas políticas es romper las barreras nacionales para permitir al capital financiero ganar acceso, es normal que la gente acuda a los llamados partidos “nacionalistas” que aseguran querer restaurar la soberanía nacional. Como en Europa sobreviven los fantasmas del nazismo, “soberanía nacional” se confunde con “nacionalismo”, y “nacionalismo” se equipara con guerra. Estas suposiciones hacen que el debate en la izquierda sea imposible y termine favoreciendo a los partidos de derecha, que no sufren de este odio al Estado nacional.

En vez de actuar con horror a la derecha, la izquierda necesita ver las cuestiones que afectan realmente a la gente con claridad.

AF: En el pasado ha criticado a la izquierda (o a una parte considerable de ella) por apoyar las llamadas “intervenciones humanitarias”. ¿Qué opina de la ‘nueva izquierda’ o ‘nueva nueva izquierda’ en países como Grecia o España?

DJ: La propaganda neoliberal dominante justifica la intervención militar por motivos humanitarios, para “proteger” a la gente de “dictadores”. Esta propaganda ha tenido mucho éxito, especialmente en la izquierda, donde con frecuencia se acepta como una versión contemporánea del “internacionalismo” de la vieja izquierda, cuando en realidad es todo lo opuesto: no se trata de las Brigadas Internacionales y su idealismo, combatiendo por una causa progresista, sino del Ejército estadounidense bombardeando países en nombre de alguna minoría que puede acabar demostrándose como un grupo mafioso o terroristas islámicos.

Shine On - The Porters


miércoles, 6 de julio de 2016

Juan Manuel de Prada y la Decadencia occidental


Decadencia

Afirmábamos hace un par de semanas que progreso material y civilización son conceptos que nada tienen que ver entre sí; y que a veces, incluso, pueden resultar conceptos antípodas, si el progreso material no se subordina a las necesidades de orden moral y espiritual que fundan y sostienen una civilización. Cuando ocurre lo contrario (cuando el progreso se antepone a las necesidades morales y espirituales, llegando a sepultarlas, o manteniéndolas a modo de perifollos retóricos), la decadencia de esa civilización ya ha comenzado. He aquí una verdad infalible que, misteriosamente, los hombres de todas las épocas se obstinan en ignorar, pretendiendo que la civilización que los cobija está inmunizada contra el mal que a otras anteriores las corrompió, hasta aniquilarlas. Se trata, sin duda, del engaño más trágico y reiterado de cuantos recorren, a modo de estribillo aciago, la historia de la Humanidad.

A este engaño contribuye, en gran medida, otro hecho paradójico. Con frecuencia, las civilizaciones que han iniciado su decadencia muestran un aspecto falsamente saludable, como el del comensal que sonríe ahíto un segundo antes de que lo fulmine el infarto. En efecto, casi todas las civilizaciones que han sucumbido lo han hecho en un momento que, aparentemente, era el de su mayor esplendor; un esplendor con pies de barro, sostenido sobre un progreso puramente material, pero muy resultón y aparente, tan resultón y aparente que provoca engreimiento en quien lo padece. Hemos escrito «padece» porque tal esplendor aparente es la enfermedad más nociva de cuantas pueden aquejar a una colectividad humana: a veces se reviste de prosperidad económica, a veces de avances científicos y técnicos, a veces de formas políticas primorosas, a veces de todos estos oropeles juntos, en apoteosis esplendorosa que preludia un aparatoso derrumbamiento. A estas civilizaciones revestidas de esplendores de pacotilla les sucede como a las momias, cuyo aire hierático se puede confundir con un aire mayestático, cuyo aspecto amojamado se puede confundir con sobriedad y nobleza, cuya mirada fija y taladrante nos impide determinar si son jóvenes o viejas (aunque determinar tal cosa carece de importancia, pues ante todo están fiambres).

El progreso material, cuando no está animado por un impulso espiritual, arrastra a la decadencia. Y es una decadencia que nace del hastío, del cansancio, de un malestar sin forma, una gangrena que se va apoderando imperceptible, casi voluptuosamente, de personas e instituciones, un agostamiento paulatino e indoloro que las va enfermando de escepticismo y desesperanza. La etiología de esta enfermedad es muy sencilla, pues es la misma que la de la planta que ha sido arrancada del suelo que le daba sustento. Las civilizaciones siempre se agostan y pudren cuando son arrancadas de la fuente de su alegría y vigor, que en último extremo es religiosa; pero, absurdamente, piensan que podrán suplir esa fuente de alegría y vigor mediante ídolos diversos. El ídolo sucedáneo más socorrido a lo largo de los siglos ha sido el Dinero; en esta fase de la Historia, el Dinero se amalgama con una serie de fetiches políticos muy rimbombantes, todos ellos presentados con traje cívico y solidario, aunque en realidad inventados para satisfacer egoísmos particulares. Pero tales ídolos son alimentos que no nutren, medicinas que no curan, bendiciones que no bendicen; son placebos que, tarde o temprano, revelan su inoperancia ante las necesidades más sinceras y duraderas del ser humano, que son de índole espiritual. Entonces las sociedades, mientras avanza la gangrena del cansancio en sus organismos, se percatan de que tales ídolos son placebos inanes; pero como la fuente de la alegría les ha sido arrebatada, sólo pueden consolarse buscando otro placebo más 'intenso' y 'estimulante' (más destructivo, en realidad). Decía Chesterton que los hombres, una vez que han pecado, buscan siempre pecados más complejos que estimulen sus hastiados sentidos. El pornógrafo hastiado de contemplar imágenes sórdidas protagonizadas por adultos buscará imágenes sórdidas protagonizadas por niños; el drogadicto hastiado de los paraísos artificiales de la marihuana buscará los paraísos artificiales de la heroína; el hombre hastiado de los subsidios rácanos y entretenimientos plebeyos suministrados por la democracia buscará los subsidios más rumbosos del latrocinio y los entretenimientos más excitantes de la anarquía.

La decadencia siempre surge del hastío provocado por un progreso material desembridado de exigencias morales. Ha ocurrido en todos los crepúsculos de la Historia; está ocurriendo también en este, aunque nos neguemos a aceptarlo.

Fuente: http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/juan-manuel-de-prada/20150830/decadencia-8793.html


El mito del progreso

Tal vez no exista quimera más falaz, maligna y destructiva que el mito del Progreso, levadura de todas las ideologías modernas. Según dicha quimera, la Humanidad avanza hacia un porvenir siempre mejor, en alas de avances científicos cada vez más refinados y de logros políticos cada vez más estimulantes; y tales avances y logros irán produciendo, a su vez, un perfeccionamiento de la propia Humanidad, que merced a la conquista de sucesivos derechos podrá entronizarse a sí misma como un dios (resulta, en verdad, desternillante que las masas se resistan a creer en un Dios trino y no tengan problemas en creer en la Humanidad, un dios mogollónico a modo de hidra de infinitas cabezas). En realidad, el progresismo no es más que un grotesco determinismo eufórico que confía (en contra de las evidencias que nos proporciona la observación empírica) que la vocación natural de la naturaleza humana es ascender por sí misma, ignorando que el hecho más cierto e irrefutable de la historia humana es la Caída, de la que el hombre sólo puede levantarse con Dios y ayuda.

Reflexionaba yo sobre estos asuntos hace unas semanas, mientras contemplaba en el cine una película absolutamente mema, séptima de una saga automovilística y adrenalínica, que se ha convertido en una de las más exitosas de la historia del cine. Muy rápida y furiosa, la película estaba llena de estruendos y pirotecnias apabullantes, pero carecía de sentido, de conflicto dramático, de personajes con encarnadura, de pasiones nobles o plebeyas, de sentimientos dignos de tal nombre, del más mínimo atisbo de raciocinio. Mientras contemplaba con hastío y perplejidad semejante bodrio me pregunté si estaba dirigido a seres humanos, o más bien a alguna especie animal fruto de una involución que necesitase para su supervivencia de entretenimientos botarates que no la expongan al riesgo de pensar. Aquí alguien podría objetar que a una película cuyo fin primordial es pastorear multitudes no debe exigírsele conflicto dramático, ni personajes consistentes, ni parecidas exquisiteces; pero lo cierto es que en otras épocas -sin salirnos del negociado cinematográfico- las películas taquilleras que desempeñaban igual labor se titulaban Lo que el viento se llevó o Ben-Hur, que a la vez que pastoreaban multitudes proporcionaban un entretenimiento que no insultaba la inteligencia. Viendo aquella película rápida y furiosa llegue a la conclusión de que era el producto natural de una época en la que el progreso técnico (muy visible en el bodrio) encubre un retroceso espiritual, moral, en definitiva humano.

La quimera del progresismo se ampara en un espejismo de gran eficacia persuasiva, según el cual el desarrollo alcanzado por la ciencia o la técnica es la muestra más evidente del esplendor de una civilización. En realidad, desarrollo científico y civilización son conceptos que nada tienen que ver entre sí; pues uno se refiere a un ámbito puramente material y el otro a un ámbito espiritual. Que una sociedad disponga de remedios para sanar enfermedades o comunicarse a distancia no significa que sea una sociedad que haya avanzado en la consecución del bien, la verdad o la belleza; incluso podría significar exactamente lo contrario. Lamartine, en su poema La caída del ángel, imaginaba una sociedad en la que florecían de forma prodigiosa todos los refinamientos científicos concebibles; pero esa sociedad, a un intenso progreso científico, unía un manifiesto espíritu de barbarie. Por prejuicio progresista, Lamartine situaba esa sociedad en la prehistoria, aceptando el tópico progresista que pretende que los hombres hemos evolucionado desde la barbarie hasta el refinamiento espiritual. Las llamadas 'distopías', por su parte, juegan a imaginar futuros regidos por la barbarie; pero tal barbarie suele producirse en mundos en los que el progreso científico se ha detenido, o bien en coyunturas políticas dictatoriales. Muy raramente aceptamos la posibilidad de un mundo progresado científicamente, sólidamente democrático, en el que los hombres hayan retrocedido espiritualmente, caminando hacia la barbarie; y la razón por la que no lo aceptamos es porque ese mundo se parece demasiado al nuestro, porque ese mundo tal vez sea ya el nuestro, un mundo rápido y furioso en el que la gente, inmunizada contra la nefasta manía de pensar, ya ni siquiera es capaz de hacer juicios éticos (lo que, según Aristóteles, es el rasgo distintivo del ser humano).

Afirmaba Gracián que «todo móvil instable tiene aumento y declinación». Tal vez los antiguos pecasen de un cierto determinismo aciago; pero si hay algo más equivocado que el determinismo aciago es el determinismo eufórico.

Fuente: http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/por-juan-manuel-de-prada/20150816/mito-progreso-8763.html


El hombre posmoderno

Resulta admirable que alguien como José Miguel Ortí Bordás, quien llegara a ocupar puestos de altísima responsabilidad durante la llamada Transición, haya tenido el arrojo intelectual de escribir libros como Oligarquía y sumisión o, más recientemente, Desafección, posdemocracia, antipolítica (Ediciones Encuentro), en los que se atreve a denunciar las múltiples lacras que se han ido adueñando de la democracia. La lectura de Desafección, posdemocracia, antipolítica se torna en la presente coyuntura necesaria y dilucidadora por su rigor crítico, su impulso regenerador y su patriotismo.
Especialmente brillante se nos antoja el capítulo en el que Ortí Bordás analiza la emergencia de lo que demoniza «posdemocracia», forma política degenerada que no es sino el fruto predilecto de la ponzoñosa posmodernidad. Todas las enseñanzas de la tradición que la modernidad ya se había ocupado de cuestionar, hostigar y alancear se han desmoronado en la posmodernidad, arrojándonos a una orfandad que sólo podemos combatir con una suerte de frivolidad lúdica. Inmersos en el caos y el desconcierto (pero un caos apacible y un desconcierto amuermado), después de renegar de cualquier guía o autoridad (y convencidos de que cada quisque puede constituirse en autoridad de sí mismo), los hombres posmodernos nos hemos amorrado a los mass media, hemos cedido a los reclamos publicitarios, nos hemos dejado halagar por los entretenimientos más fútiles y nos hemos ensimismado en la contemplación de nuestro propio ombligo, mendigos de una juventud que queremos alargar grotescamente en el quirófano o mediante el cultivo de aficiones patéticas. Y, por supuesto, celebramos como grandes conquistas humanas la fragmentación de las ideas, la cultura entendida como mero consumo de baratijas perecederas, el pluralismo de las subculturas, la sumisión a las modas, la celebración idiotizante de cualquier novedad y la exaltación de la propia voluntad, pues el hombre posmoderno, cual chiquilín emberrinchado, se siente autorizado para hacer cualquier cosa con tal de satisfacer sus caprichos y apetencias.

Entretanto, el mundo se ha empequeñecido y a la vez homogeneizado, gracias a los avances tecnológicos y la conversión de los pueblos en masas alienadas (lo que más finamente se denomina «ciudadanía»): todos aspiramos a las mismas cosas, al mismo estilo de vida, a los mismos placebos que mitiguen nuestro sinsentido vital, con el mayor placer y el mínimo esfuerzo. Cualquier aspaviento ideológico o estético, cualquier moda adventicia se convierte en religión de temporada: hoy es un partido populista constituido con saldos y retales de las tertulietas televisivas más casposas, mañana un escritorcillo sin fuste alguno que escribe una crónica de sus excesos juveniles, pasado mañana tal o cual tendencia metrosexual o hipster, según impongan los gurús, porque ya sólo somos zascandiles arrastrados por corrientes globales.

Así florece la posdemocracia. Ortí Bordás la define como una ficción política, una parodia o caricatura, «una situación política supuesta y nominalmente democrática de la que ha sido extraditado el pueblo»; y también como «la gran coartada de la oligarquía». En esta posdemocracia, los poderes oligárquicos pueden hacer lo que libérrimamente desean sin estar sometidos a más voluntad que la suya propia, sabedores de que los nuevos núcleos representativos que surgen del pueblo reducido a masa alienada son informales y efímeros, narcisistas y de fuerzas que se disipan con la rapidez del champán o del trending topic. El hombre posmoderno se ha convertido en un hombre de vidrio, escrutado y fiscalizado por el poder que, para mayor inri, se siente indefenso y desvalido cuando le falta esa fiscalización. Son las ventajas de tratar citamos a Ortí Bordás con «un individuo enamorado de sí mismo, medularmente materialista, anclado en el presente y sin más horizonte vital que el disfrute del bienestar y el ejercicio de lo que considera sus derechos inalienables e ilimitados». Allá donde las raíces son negadas, donde los vínculos se consideran un estorbo y la sociedad desarticulada y hedonista se configura como una suma de egoísmos irresponsables que rechazan la búsqueda del bien común, la posdemocracia halla su caldo de cultivo óptimo. Porque nada es más fácil para el poder que halagar necios intereses particulares, para domesticación de masas incapaces para cualquier compromiso fuerte y común.

«Es muy probable acaba afirmando Ortí Bordás que la posdemocracia sea una dictadura dulce, o una autocracia con urnas». Recomiendo muy encarecidamente la lectura de Desafección, posdemocracia, antipolítica.


Tradición y confianza

En una presentación de mi última novela, un amable asistente me preguntó (aunque yo apenas había tocado este asunto) si existían pruebas que demostrasen que las visiones místicas de Santa Teresa fueron verídicas y no fingidas. La pregunta, al principio, me pareció meramente retórica (pues resulta evidente que no existen 'pruebas' de tal cosa en el sentido material de la palabra), dictada por cierto escepticismo cínico o socarrón; pero el señor que me la había formulado lo había hecho con sincera curiosidad, por lo que me esforcé en darle una respuesta convincente, que ahora trataré de exponer aquí. Por supuesto, mi respuesta entonces (como ahora este artículo) no versaba tan sólo sobre las visiones místicas de Santa Teresa, sino sobre algo mucho más vasto en lo que- pese a su magnitud e importancia- no solemos reparar.

Sobre la veracidad de las visiones místicas de Santa Teresa no tenemos más 'prueba' que su propio testimonio (recogido en sus libros) y el testimonio de sus colaboradores más estrechos, que a veces presenciaron sus arrobos y los contaron de palabra o por escrito. Por lo tanto, para 'creer' que tales visiones fueron reales, hemos de conceder crédito a dichos testimonios. Aquí el incrédulo sonreirá con irónica suficiencia, antes de advertir que casi todo lo que sabe (o 'cree' saber), casi todos los conocimientos que atesora, se fundan en la misma 'prueba'. Casi nadie ha podido verificar con 'pruebas' que existan otros planetas en el universo, o que el nuestro gire en derredor del sol, pero confiamos en el profesor que -allá en la remota infancia- nos lo enseñó, que seguramente tampoco pudo verificarlo personalmente (pero entendemos que se basó en las afirmaciones de astrónomos veraces). Casi nadie ha podido verificar con 'pruebas' que la naranja tenga vitamina C (y ni siquiera que la vitamina C exista), pero concedemos crédito al médico que nos recomienda tomar un zumo de naranja, porque creemos que su recomendación se funda en estudios de laboratorio que nuestro médico no ha realizado personalmente, sino tan sólo aceptado como fidedignos, porque fueron realizados por científicos que merecen su confianza (y nuestro médico, a su vez, merece la nuestra). Pero ni siquiera hace falta apelar a cuestiones que exijan potentes telescopios o microscopios para la obtención de 'pruebas'; también en nuestra vida cotidiana nos servimos de multitud de conocimientos de los que no tenemos otra 'prueba' que el testimonio de personas merecedoras de nuestra confianza. Así, por ejemplo, la mayoría de nosotros no ha sufrido jamás la picadura de una abeja; pero desde que nuestro padre o abuelo nos dijeron que procurásemos no enfadar a las abejas porque podían picarnos, nos cuidamos mucho de hacerlo, y seguimos haciéndolo hoy igualmente, por la sencilla razón de que reconocíamos y seguimos reconociendo en nuestro padre o abuelo una fuente de autoridad digna de toda confianza (aunque, muy probablemente, tampoco ellos hubiesen sufrido jamás una picadura de abeja).

Casi todo nuestro conocimiento está fundado en la confianza que nos merecen quienes nos lo transmiten; y a esta trama de confianza que entreteje generaciones la llamamos tradición. Es la posesión más preciosa de la que dispone el ser humano; es una posesión que merece nuestra admiración y gratitud, una posesión que debe ser transmitida a quienes nos suceden. Sin esta posesión, no existe posibilidad de conocimiento, ni siquiera de civilización propiamente humana. Mantenerla viva y perpetuamente renovada, cuidarla con mimo es una empresa admirable, tal vez la más admirable de cuantas empresas podemos acometer; y, cuando digo cuidarla con mimo no estoy diciendo mantenerla conservada en formol, sino velar por su crecimiento, regándola con nuestra curiosidad, podándola de adherencias postizas, para poder entregarla a la generación venidera más hermosa aún de lo que nosotros la recibimos. Naturalmente, uno elige a quienes merecen su confianza; pero la vida fundada en la desconfianza es la vida menos civilizada que uno imaginarse pueda, y a la postre una vida raquítica, enferma de solipsismo y paranoias. Si hoy abundan las visiones conspiranoicas de la Historia, el friquismo, las supersticiones estrafalarias, es porque hemos adoptado la desconfianza como instrumento para aproximarnos al mundo; y el mundo sin la empresa común de la tradición, el mundo contemplado sin confianza, acaba tornándose ininteligible, pues las 'pruebas' de las cosas que en él se contienen no suelen estar a nuestro alcance, muy alejadas en el tiempo o en el espacio o, por el contrario, demasiado próximas para verlas con perspectiva.

Fuente: http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/por-juan-manuel-de-prada/20160619/tradicion-confianza-9874.html


Opinión Pública

Recientemente, en su programa televisivo nocturno, al humorista Jimmy Fallon se le ocurrió una broma sumamente aleccionadora e inquietante. Consistía en enviar a la calle a un reportero con un micrófono que, en un tono exultante, se acercaba a los transeúntes, informándoles de que Corea del Norte acababa de realizar una prueba atómica e invitándoles a que celebrasen tal éxito, como si celebrasen el descubrimiento de la penicilina. Y, en efecto, muchos panolis abordados en la calle, ante las muestras de júbilo del reportero, se sumaban como zombis risueños a la celebración y mostraban su dicha ante el acontecimiento. El bromazo de Jimmy Fallon servía, en fin, para demostrarnos cómo se puede inducir en las masas cretinizadas el comportamiento que el manipulador desee; cómo se les puede hacer repetir como loritos las ocurrencias más lastimosas y aberrantes; y cómo, además, se puede lograr que crean orgullosamente que sus acciones y pensamientos inducidos son distintivos, cómo se les puede infundir la creencia irrisoria de que piensan y actúan 'por libre', de que todas las majaderías que salen de su caletre son opiniones libres, cuando en realidad no son más que el regüeldo patético de opiniones preconcebidas que otros les han implantado, a modo de chips.

Y el caso es que a este regüeldo patético es a lo que pomposamente denominamos 'opinión pública', que no es sino sumisión de las masas a las manipulaciones del mundialismo. Naturalmente, para lograr que la llamada sarcásticamente 'opinión pública' exprese las aberraciones que interesan al mundialismo conviene crear previamente lo que Marcuse llamaba «una dimensión única de pensamiento», imponiendo en los cerebros arrasados aquellos criterios que las encuestas nos aseguran que son mayoritarios. Y como las masas (que previamente han sido desarraigadas de los asideros familiares y sociales que antaño les prestaban cobijo en su desvalimiento) tienen auténtico pavor a desafiar el criterio de la mayoría los acatan con entusiasmo, como los panolis del programa de Jimmy Fallon accedían a felicitar alborozados al dictador coreano por el éxito de sus pruebas atómicas. Por supuesto, si el sistema se tropieza con excesivas resistencias en la imposición de la 'opinión pública' que le conviene, de inmediato diseñará 'campañas de concienciación' y otras virguerías de la ingeniería social para erradicar definitivamente de la sociedad 'conductas indeseables', que se presentarán como subsistencias desfasadas de un tiempo felizmente superado. Y es que el engendro de la 'opinión pública' exige incondicional obediencia; pues sólo quien comulga con las ruedas de molino impuestas por la 'opinión pública' se convierte en un ciudadano respetable.

Este empeño en modelar el sentido común popular hasta formar una 'opinión pública' es un producto del despotismo ilustrado del siglo XVIII. Rousseau, en su celebérrimo Contrato social, se refiere sin empacho a la necesidad de conformar la 'opinión pública' de forma inducida: «¿Cómo una multitud ciega, que con frecuencia no sabe lo que quiere porque raramente sabe lo que es bueno para ella, ejecutaría por sí misma una empresa tan grande, tan difícil como un sistema de legislación? La voluntad es siempre recta pero el juicio que la guía no siempre es esclarecido. Hay que hacerle ver los objetos tal cual son... Todos tienen igualmente necesidad de guías: hay que obligar a unos a conformar sus voluntades a su razón; hay que enseñar a otros a reconocer lo que quieren». Al lector avisado no le habrá pasado inadvertido el monstruoso paternalismo del pasaje, el desprecio que Rousseau profesa al pueblo, al que considera una masa amorfa y manipulable a la que se puede cambiar a capricho con tan sólo cambiar lo que piensa. Esta misma idea la reitera en otro pasaje especialmente abyecto del mismo libro: «Así como la declaración de la voluntad general se hace por ley, la declaración de juicio público se hace por la censura; la opinión pública es la especie de ley de la que el censor es el ministro, y que él no hace mas que aplicar a los casos particulares a ejemplo del príncipe. (...) Corregid las opiniones de los hombres y sus costumbres se depurarán por sí mismas».

La llamada 'opinión pública', como nos enseña Rousseau, no es más que un hábil y refinado engranaje de censuras urdido para legitimar las ingenierías sociales más ominosas. Y al servicio de esta 'opinión pública' están los políticos cipayos, a los que el mundialismo sabe cómo recompensar los servicios prestados. Que suele ser a costa de nuestra sangre y de nuestra alma.

Fuente: http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/por-juan-manuel-de-prada/20160124/opinion-publica-9410.html


Cambio

Cualquier persona con una mínima capacidad de análisis de la Historia descubrirá que el rasgo más característico (constitutivo, en realidad) de nuestra época es el afán de 'cambio'; y también que se trata de un 'cambio' que actúa siempre en la misma dirección. Bastaría analizar, por ejemplo, la evolución política de los treinta o cuarenta últimos años para descubrir, por ejemplo, que los llamados 'conservadores' han hecho propias y defienden con orgullo tesis que hace unas pocas décadas los 'progresistas' apenas se atrevían a defender vergonzantemente. Este fenómeno nos confirma que los conservadores son tan sólo quienes se encargan de conservar y consolidar los 'avances' progresistas; y nos revela un designio muy profundo que, por miedo, no acertamos a explicar; o que explicamos ingenuamente como un «signo de los tiempos» -que repetimos como loritos- exigen «renovarse o morir», adecuarnos a nuevas ideas como quien se adecua a nuevas modas indumentarias.

Pero lo cierto es que lo propio del ser humano no es andar cambiando de ideas a cada poco, o sometiéndolas a un constante proceso evolutivo, más allá de los cambios de percepción que nos procura la experiencia de la vida y la acumulación de sabiduría (y estos cambios de percepción, para la mentalidad moderna, son de naturaleza más bien 'involutiva'). Escribía San Agustín en sus Confesiones que el alma no halla descanso en las cosas que no son firmes; y, sin embargo, el alma del hombre de nuestra época está siendo constantemente hostigada para que abandone las convicciones firmes y se entregue al desasosiego de los pareceres voltarios, como si la ley del pensamiento no fuese la verdad, sino la opinión fluctuante. Aquel «todo fluye» que enunció Heráclito, para referirse a los cambios biológicos y naturales, se ha convertido en un «devenir» que afecta también al pensamiento, sometido a un constante proceso de mutación. Todavía el sentido común le dicta a las gentes sencillas que quien anda cambiando constantemente de ideas, o amoldándolas a la coyuntura, es un 'chaquetero'; pero entre las llamadas 'élites' (que son las oligarquías encargadas de matar el sentido común de las gentes sencillas) este cambio constante es mostrado como la forma suprema de sabiduría y la prueba máxima de «inteligencia emocional». Quien, por el contrario, se mantiene leal a sus convicciones es mostrado como un retrógrado peligroso, un inmovilista al que conviene dejar aparcado en la cuneta, para que no actúe a modo de lastre en los procesos de cambio que se siguen produciendo sin cesar.

Por supuesto, todo cambio tiene una dirección, un 'hacia dónde'; pero nuestra época esconde tal elemento, que en todo caso disfrazará con los oropeles del 'progreso'. Pues lo que a nuestra época le interesa es, ante todo, que las masas avancen en pos de 'nuevos horizontes', sin saber cuál es la meta, sin plantearse siquiera si tal meta es en realidad un precipicio o un vertedero, un cementerio o un patíbulo. Como si una fuerza ciega y mecánica nos estuviese dirigiendo constantemente hacia una suerte de tierra prometida (¿por quién?) donde disfrutaremos de una vida más plena, coronada por el disfrute de nuevos 'derechos'. Por supuesto, tal tierra prometida nunca se alcanza, como ocurría con la tortuga en la paradoja de Zenón de Elea; pero su persecución quimérica permite que los hombres no se adhieran a ninguna convicción definitiva, y así puedan extraviarse más fácilmente.

En cierta ocasión, Chesterton se refirió a un progresismo nefasto que consiste en «alterar el alma humana para que se adapte a sus condiciones, en lugar de alterar las condiciones para que se adapten al alma humana»; y que, en su desalmada labor, siempre se apoya en el mecanismo del precedente: «Como nos hemos metido en un lío, tenemos que meternos en otro aún mayor para adaptarnos; como hemos dado un giro equivocado hace algún tiempo, tenemos que ir hacia delante y no hacia atrás; como hemos extraviado el camino, debemos también extraviar el mapa; y, como no hemos realizado nuestro ideal, debemos olvidarlo». Todo menos arrepentirnos y retroceder, que es una herejía que nuestra época no admite; pues, al arrepentirnos y retroceder, descubriríamos que hay certezas inamovibles, verdades inmutables y palabras perennes. ¡Y hasta podríamos pararnos a escuchar al que dijo: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán»! Y esto es lo que el afán de cambio no puede permitir en modo alguno; pues, al fin y a la postre, toda esta maquinaria que hemos descrito fue concebida para combatir a quien pronunció esas insultantes palabras.

Fuente: http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/por-juan-manuel-de-prada/20160103/cambio-9342.html



La esperanza rusa

Escribía Chesterton que la ortodoxia es la única forma de heterodoxia que nuestra época no admite. Y tenía razón. Durante los ya más de veinte años que llevo polemizando en periódicos he comprobado que el enjambre de disidencias que el mundo cobija y propicia son, en realidad, cebos (¡y placebos!) que se arrojan a las masas para alimentar la demogresca. Liberales y socialdemócratas, conservadores y progresistas, mantienen un rifirrafe banal, una disensión meramente 'procedimental' que encubre un acuerdo en lo fundamental; pues, a la postre, todos ellos postulan un mundo sustentado sobre los mismos cimientos y sostenido por las mismas estructuras, aunque disputen histriónicamente sobre los adornos de la fachada. La única disidencia fundamental que nuestra época no admite es la postulación de un orden cristiano, pues como afirmaba también Chesterton hay en él una dinamita capaz de renovar el mundo en cualquier época. Quien se atreve a postular ese orden cristiano (quien se atreve a ejercer la única disidencia radical que nuestra época no tolera) se tropieza de inmediato con los vituperios mancomunados de liberales, socialdemócratas, conservadores y progresistas, que sirven todos al mismo amo. Algunos ya hemos criado callo (y espolones), de tanto recibir vituperios; y en la tribulación nos consolamos con aquella formidable promesa que se nos lanzó desde una montaña: «Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos».

En efecto, todas las trifulcas que las ideologías en liza escenifican son aspavientos que el sistema necesita para mantener distraídas a las masas; y la gasolina que alimenta todas las ideologías (de forma más o menos solapada o explícita) es el odio teológico contra el orden cristiano. Siempre que mis artículos sobre cuestiones políticas han provocado reacciones furibundas he descubierto entre las babas y espumarajos odio teológico, tal vez porque como señalaba Donoso Cortés en toda cuestión política subyace siempre una cuestión teológica. Confesaré, sin embargo, que hubo una ocasión en que creí ingenuamente que esta regla de oro se quebraba. Fue cuando empecé a defender la posición de Rusia en el concierto mundial, cuando empecé a ponderar los esfuerzos restauradores de una nación que había padecido la experiencia abismal del comunismo, cuando empecé a aplaudir que Rusia se erigiese como una muralla contra las pretensiones mundialistas, cuando empecé a mirar con aprecio el esfuerzo ruso por oponerse a la decadencia occidental. Sorprendentemente, los denuestos me llegaban tanto del negociado de derechas como del negociado de izquierdas; aunque he de confesar que los más alucinados procedían de ámbitos neocones, desde los cuales se me acusaba de estar a sueldo de los rusos (¡cree el ladrón que todos son de su condición!), o de concebir el paraíso como un inmenso gulag con un pope confesor del KGB en cada barracón y misa militarizada. Recuerdo que fueron estos improperios tan delirantes los que me pusieron en guardia. «Sin duda pensé entonces, aquí también se respira el perfume azufroso del odio teológico».

Por aquellas mismas fechas andaba yo releyendo Los hermanos Karamazov, la obra maestra de Dostoievski. Y me tropecé entonces con una aseveración que el autor pone en boca de uno de sus personajes, el asceta Paisius: «Ciertas teorías afirman que la Iglesia debe convertirse, regenerándose, en Estado, dejándose absorber por él, después de haber cedido a la ciencia, al espíritu de la época, a la civilización. Si se niega a esto, la Iglesia sólo tendrá un papel insignificante y fiscalizado dentro del Estado, que es lo que ocurre en la Europa de nuestros días. Por el contrario, según las esperanzas rusas, no es la Iglesia la que debe transformarse en Estado, sino que es el Estado el que debe mostrarse digno de ser únicamente una Iglesia y nada más que una Iglesia». Hasta aquel momento, había creído ingenuamente que los denuestos que recibía por defender las posiciones de Rusia me los propinaban por la aversión que Putin provoca tanto en el negociado progre (por sus leyes contra la propaganda homosexualista) como en el negociado neocón (por su oposición al imperialismo yanqui). Pero aquellas palabras de Dostoievski cambiaron por completo mi percepción: entendí, de repente, que la aversión que profesaban a Putin desde los negociados de izquierdas y derechas era una cortina de humo que escondía un odio más profundo. Y ese odio, en su raíz última, era como siempre ocurre de naturaleza religiosa.

Fuente: http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/juan-manuel-de-prada/20151115/esperanza-rusa-9050.html


La libertad de interné

Hace unas semanas, desde una plataforma de interné creada para imbuir en las masas cretinizadas la delirante impresión de que sus peticiones son escuchadas por los poderosos y desatan cambios políticos sustanciales, se solicitaba que una plaza madrileña dedicada al tribuno y filósofo Vázquez de Mella adoptase el nombre de un señor con orgasmos democráticos recientemente fallecido. En unos pocos días, tal solicitud había alcanzado (¡oh sorpresa!) gran repercusión mediática, así como la adhesión de diversas banderías partitocráticas, hermanadas todas en la canonización laica del difunto. Cuando ya el sistema se había pronunciado magnánimamente a favor de esta solicitud, a un particular aguafiestas se le ocurrió proponer, a través de la misma plataforma de interné, que la plaza dedicada a Vázquez de Mella no cambiase de nombre. Por supuesto, tal petición fue de inmediato borrada.

Así funciona la 'libertad' que promueve interné, que no es otra sino el cauce que el sistema brinda a las masas para que se adhieran a sus designios, haciéndoles creer que tales designios son (risum teneatis) iniciativas 'ciudadanas' que se tornan multitudinarias merced a un espontáneo entramado de solidaridades surgidas al calor de las redes sociales. Naturalmente, cuando a algún aguafiestas que aún no ha sido devorado por el cretinismo ambiental se le ocurre impulsar desde interné cualquier iniciativa que no convenga al sistema, su voz será de inmediato acallada, por lo común sofocada por las voces de las masas lacayas que jalean lo que el sistema dispone; y, en algún caso extremo, cuando muy raramente la voz del aguafiestas corre el riesgo de hacerse oír, el sistema se encarga de yugularla por las bravas.

Circula por ahí una idea demente que afirma que interné favorece a los oprimidos frente al opresor; cuando la tozuda realidad nos demuestra implacable que interné fue creado exactamente para lo contrario. Esta idea demente comenzó a divulgarse en 2009, durante un amago revolucionario que floreció en Irán, y en los procesos conocidos cínicamente como 'primavera árabe'. Los medios de cretinización de masas presentaron aquellas operaciones diseñadas por el anglosionismo internacional como estallidos de rebeldía popular que se canalizaban a través de las redes sociales. Pero lo cierto era que, en los días en que estallaron las revueltas en Irán, apenas había sesenta cuentas activas de Twitter en Teherán; y en El Cairo (por citar el país donde florecieron los venenosos almendros de la 'primavera árabe', germen del Estado Islámico), donde a la sazón el sesenta por ciento de la población carecía de luz eléctrica, el número era aún más exiguo. Naturalmente, tanto el amago revolucionario en Irán como las algaradas egipcias eran sórdidas injerencias extranjeras, manejadas por agentes de la CIA y el Mossad; y todo el revuelo que provocaron en las redes sociales era azuzado desde Langley y el Pentágono.

Interné es, hoy por hoy, el principal instrumento del sistema para apacentar a las masas cretinizadas, haciéndoles creer ilusoriamente que fomenta la participación democrática y que fortalece la vida comunitaria, cuando en realidad fue creado para que la herida irrestañable que la destrucción de la vida comunitaria deja en el corazón humano sea anestesiada por un espejismo virtual que no hace sino fomentar la disolución de los vínculos naturales, creando individuos absortos y prendidos de una pantalla, como Narciso estaba absorto y prendido de su fuente, hasta perecer por inanición. Y todo este proceso se logra, además, hipnotizando a las masas con la creencia ilusoria de que interné las hace poderosas (aunque sean más irrelevantes que nunca), inspirándoles una falsa seguridad en sí mismas con tan sólo dejarles retuitear sandeces o consignas sistémicas. Pues el análisis de los llamados trending topics de Twitter nos demuestra que son de dos tipos: o bien memeces y frikadas con que las masas cretinizadas desahogan su infantilismo; o bien cuestiones que al sistema interesa poner sobre el tapete, haciendo creer a las masas que son floraciones incontenibles del anhelo popular.

Así se logra configurar un rebaño que comulga con las ruedas de molino que el Pentágono, la Fundación Rockefeller o cualquier lobby mundialista han decidido colgar de nuestros cuellos, para ahogarnos más fácilmente, mientras repetimos sus consignas como papagayos. Sólo que el rebaño, para más inri, piensa que tales ruedas de molino son medallas que conmemoran su independencia insobornable; y los flotadores que los salvarán, cuando arrecie la tormenta. ¡Cuitados!

Fuente: http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/juan-manuel-de-prada/20150719/libertad-interne-8680.html


La manía juvelinista

Allá en los comienzos de mi carrera literaria, recibí muchos desdenes por no allanarme a las corrientes literarias entonces en boga, que a los escritores en edad juvenil demandaban «lenguaje descarnado» (o sea, un léxico párvulo, entre Tarzán y un indio sioux) y «realismo sucio», que es como misteriosamente dio en llamarse al costumbrismo de discoteca. Como yo era escritor barroco y no frecuentaba antros nocturnos, dieron en decir de mí que «nunca había sido joven», también que mi «visión del mundo era propia de un anciano», que «escribía de forma anacrónica» y no sé cuántas majaderías más, por supuesto siempre rociadas con los mismos epítetos archisabidos: que si pedante, que si desfasado, que si antiguo, que si patatín, que si patatán. Pero la dura realidad es que casi todos aquellos modernos tan tremendos que hace veinte años se burlaban de mi estilo viejuno y mis temas apolillados yacen arrumbados en la chatarrería de las modas periclitadas; y los pocos que aún se mantienen en el machito es a costa de hacer literatura sistémica, atufada por toda la morralla ideológica que el sistema exige a sus plumíferos lacayos: feminismo de garrafón, antifranquismo de charanga y pandereta, desmemoria histórica, etcétera.

Es incontable la gente desnortada que se obsesiona con mantener una fachada juvenil, con imitar las modas juveniles, con pretender a toda costa retener una juventud fiambre. A veces esta manía juvenilista desemboca en auténticas tragedias; aunque mucho más frecuente es que depare episodios de un patetismo sonrojante. Da mucha penica esa gente que pierde el decoro en el atuendo por aparentar juventud; o que adopta aficiones impostadas (generalmente gilipollescas) y se adhiere a "tendencias" en boga, temerosa de delatar su verdadera edad si las repudia; o que no sale del quirófano, en su vano afán por «vestir el gusano de confite», que diría Quevedo. Yo he llegado a conocer, incluso, a empresarios (esto es muy frecuente en el mundo editorial) que, en su anhelo desquiciado de complacer a una fantasmagórica clientela juvenil, diseñan estrategias publicitarias o adaptan sus contenidos hasta hacerlos irreconocibles, logrando tan sólo espantar a su clientela real. Y esta manía juvenilista se ha acentuado mucho últimamente, con la apoteosis de las llamadas «nuevas tecnologías» (más viejas, en realidad, que Carracuca), que fuerzan a quienes no quieren quedarse «fuera de juego» a zascandilear mucho en las redes sociales, para ver si a fuerza de aprenderse todos los trending topics de la semana logran aparentar que son unos tíos à la page.

Podríamos pensar que esta manía juvenilista es una tendencia natural en los seres humanos, o al menos en el sector más botarate de los seres humanos, que tiene miedo a envejecer y cree que imitando deplorablemente la conducta juvenil exorciza la muerte; y, sin duda, este miedo actúa en sociedades desnortadas como la nuestra, que han dejado de creer en un infierno ultraterreno para traer el infierno a la Tierra. Pero esta tendencia inevitable en personalidades débiles no basta para explicar la manía juvenilista que se ha extendido a modo de epidemia en nuestra época; que, por lo demás, no se distingue por favorecer demasiado a los jóvenes (aunque los halague de las formas más indecentes y empalagosas), como demuestran las estadísticas del paro. Inevitablemente, hemos de preguntarnos si esta manía juvenilista no será una tendencia inducida por el sistema. Pues está probado que la edad juvenil, bajo su aureola de rebeldía, es la más gregaria de las edades humanas (y no hay más que reparar en el mimetismo con que los jóvenes se adhieren a las modas musicales o indumentarias); o, si se prefiere, la edad humana en la que el ambiente más contribuye a moldear la personalidad, que sin embargo se cree ilusoriamente dueña de sí. Y al sistema le interesa que las masas cretinizadas vivan en este espejismo paradójico: creyéndose por un lado libres hasta la exaltación del capricho, como chiquilines emberrinchados; pero por otro lado dúctiles y fáciles de pastorear, dispuestas a tragarse todos los anzuelos y a asimilar todos los injertos emocionales y clichés ideológicos que el sistema introduzca en sus cerebros (que además confundirán fatuamente con ideas propias e irrenunciables). Pues una sociedad juvenilizada es el paraíso de la ingeniería social; y en ella cualquier disidencia se juzgará de inmediato muy molestamente anacrónica.

Nosotros prometemos mantenernos siempre fieles a nuestro estilo viejuno y a nuestros temas apolillados, que abrigan mucho en invierno. Son las ventajas de no haber sido nunca jóvenes; quiero decir, los jóvenes que al sistema le interesa que seamos.

Fuente: http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/por-juan-manuel-de-prada/20160117/mania-juvenilista-9388.html


Civilización

En una alocución ante el parlamento francés tras los viles atentados yihadistas de París, el presidente François Hollande afirmó: «Francia no está participando en una guerra de civilizaciones, pues estos asesinos no representan a ninguna civilización». La frase fue reproducida en titulares de prensa, glosada enfáticamente en las tertulias de encefalograma plano y suministrada como alfalfa a las masas; pero nadie se atrevió a señalar que se trataba de una falacia lógica de libro, pues emplea una premisa cierta para desembocar en una explicación falsa con la secreta intención de ocultar que la certeza de la premisa se funda en razones muy distintas a las que se enuncian.

Francia, en efecto, no está participando en una guerra de civilizaciones, porque para que se produzca una guerra de este tipo tiene que haber dos civilizaciones en liza; pero la dura verdad es que los asesinos que atentaron en París sí representan una civilización, extremo que no puede afirmarse de Francia. La falacia lógica de Hollande jugaba con la credulidad del oyente, tomando la palabra 'civilización' en el sentido que se ha extendido en Occidente, como sinónimo de 'progreso' democrático. Pero una 'civilización' nada tiene que ver con este concepto de fantasía, inventado con el propósito de engañar a las masas, que de este modo piensan que existe una 'civilización occidental', como existió una 'civilización cristiana'. Pero una civilización es «un conjunto de creencias y valores compartidos que conforman una comunidad»: de ahí que todas las civilizaciones que en el mundo han sido, son y serán hayan sido fundadas por religiones; de ahí que todas las civilizaciones, cuando las religiones que las fundaron se debilitan y oscurecen, se desintegren paulatinamente, hasta claudicar. No es posible conformar una comunidad sin una religión compartida, por la sencilla razón de que cuando no se reconoce una paternidad común, toda unión humana se torna imposible. En la mal llamada 'civilización occidental', que no está fundada sobre una religión sino sobre una apostasía y una posterior idolatría (la del progreso democrático), las uniones son en el mejor de los casos quebradizas, pues se basan en lo que Unamuno llamaba «la liga aparente de los intereses»; y, como los intereses suelen ser egoístas y cambiantes, la demogresca campea por doquier.

Sólo puede haber civilización allá donde hay una religión compartida; y cuando se esfuma el fundente religioso, o cuando tal fundente se hace añicos, la civilización desaparece lentamente, hasta ser sustituida por otra. Así ocurrió, por ejemplo, con Roma, que al perder la fe en sus dioses dejó de cultivar las virtudes que la habían hecho fuerte, para luego entregarse en su decrepitud a un hormiguero de sectas asiáticas devoradoras, del que la salvó el cristianismo. Pero que no haya posibilidad de civilización sin religión no quiere decir que toda forma de civilización sea buena o digna de consideración: ahí tenemos en la Antigüedad a los cartagineses, que fundaron una civilización aberrante e infanticida, venturosamente aniquilada por los romanos; y tenemos, como un turbio río de sombra recorriendo la Historia, la civilización islámica, que desde sus mismos orígenes, se expandió a través de la violencia, lanzando una formidable ofensiva contra una Cristiandad pululante de herejías que detuvo Carlos Martel en Poitiers, para que luego Pelayo iniciara una difícil reconquista de la Hispania visigótica. Y esta civilización islámica siguió dando muestras de su carácter expansivo y violentísimo con los turcos, que tomaron con masacres Constantinopla para ser luego frenados primero en Lepanto y después a las puertas de Viena. Esta civilización islámica es la que ahora vuelve a atacar (después de que la avaricia democrática haya jugado insensatamente a deponer dictadores que la contenían); sólo que enfrente ya no tiene una civilización cristiana dispuesta a hacerle frente, unida en torno a una fe común que actúa a modo de antídoto y reconstituyente, sino que sólo tiene a una multitud apóstata, feble y amorfa de gentes incapacitadas para el sacrificio que piensan ilusamente que defecando cuatro bombitas por control remoto van a conjurar el peligro.

Pero los pueblos que han renegado de su civilización siempre pierden a la larga las guerras contra los pueblos que conservan la suya. Y acaban siendo sus esclavos, porque sus gobernantes sin fe siempre los traicionan, primero dejando que el enemigo se cuele en sus tierras cual caballo multicultural de Troya, después haciendo lo mismo que el cobarde obispo Oppas, cuando el emir Muza entró en Toledo: entregando una lista con las cabezas que hay que cortar.

Fuente: http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/juan-manuel-de-prada/20151129/civilizacion-9090.html


Hombres nuevos I

Si analizásemos los procesos históricos modernos desde la Revolución Francesa hasta nuestros días, descubriríamos una idea motriz común, presentada bajo diversos ropajes. Tal idea (por supuesto demencial, pero expuesta siempre con ardor desmelenado y fatua convicción) postula que se puede romper drástica y radicalmente con el pasado, fundando una nueva época que cristaliza en hombres nuevos, proyectados hacia un futuro esplendente a lomos del progreso. Esta idea, tan optimista como mentecata, de refundación de la Historia y regeneración humana está en la médula del espíritu revolucionario y se resume en la frase del genocida Jean-Baptiste Carrier, que después de encerrar a miles de antirrevolucionarios en barcos que hizo hundir exclamó exultante: «Convertiremos Francia en un cementerio si no podemos regenerarla a nuestro modo». Todos los movimientos políticos de los dos últimos siglos han hecho propio este desiderátum psicopático, cuyos orígenes debemos buscar en Descartes.

En su celebérrimo Discurso del método, Descartes propone una visión mecanicista de la naturaleza que, aplicada a la sociedad, inspiraría esta funesta idea de 'resetear' el mundo, empezando naturalmente por el hombre. Una vez que el mundo es concebido como una suerte de teorema matemático, resulta inevitable que tarde o temprano surja el deseo de fabricar un mundo más perfecto, habitado por hombres que se hayan despojado de las cargas y gravámenes antiguos (¡el odioso pecado original!), para convertirse en una raza de dioses que imponen su sacrosanta voluntad sobre la realidad, remodelándola, negándola, refutándola y, en caso de que tales técnicas se revelen estériles (como suele ocurrir, porque la realidad es muy tozuda), haciendo como si no existiese. Este voluntarismo vesánico (y a la vez irrisorio) daría lugar a una serie de deformaciones racionalistas que ahora no tenemos tiempo de analizar: revisionismos históricos, idealismos filosóficos y constructivismos antropológicos de toda índole, con frecuencia aberrantes y casi siempre desquiciados.

Naturalmente, al mecanicismo cartesiano se sumarían luego otras corrientes de pensamiento que contribuyeron a esta tarea de regeneración humana. El naturalismo de Rousseau propiciaría el advenimiento del primer 'hombre nuevo' con nombre propio, el 'ciudadano', que puede guiarse por su voluntad benéfica e infalible, autónoma y soberana. Las hipótesis de Darwin, por su parte, servirían para soñar con una raza de hombres mejor dotados, tanto en el carácter como en la constitución biológica, capaces de desarrollar un sentido ético (y étnico) superior. Al modernismo religioso, por su parte, no le bastó con que la Redención hubiese beneficiado espiritualmente al hombre caído, sino que imaginó al ser humano en un perenne estado de perfectibilidad que lo llevaría (según la alucinada escatología de Teilhard de Chardin) a fundirse con Dios, en un afrodisiaco punto G (perdón, quería decir punto Omega).

Este mito de la perfectibilidad humana es el motor (con carburante adulterado) de todas las utopías, que resucitaron el sueño de una Edad de Oro, despojada de la grandeza con que se revestía en las viejas mitologías paganas y acondicionada a la vulgaridad con olor a berza cocida y estufa mal purgada de las ideologías, que han ido evolucionando desde las orgullosas proclamas del racionalismo más infatuado al vómito balbuciente y sentimental de la razón hecha trizas (según aquel infalible principio mecánico y biológico que nos enseña que todo lo que sube baja). Sobre los quiméricos 'hombres nuevos' soñados por el comunismo, el fascismo o el nazismo nada diremos, pues ya han sido sobradamente diseccionados y hasta vulgarizados por el cine de Hollywood y los tertulianos más analfabetos. Mucho más interesante se nos antoja la figura del 'hombre nuevo' democrático, que en parte es el hombre-masa de Ortega (un hombre orgulloso de su vulgaridad, engolosinado en su bienestar, que sólo se guía por sus apetitos, mientras cree aseguradas la estabilidad política y la seguridad económica), en parte el hombre unidimensional de Marcuse (dedicado únicamente a producir y consumir e idiotizado por los mass media) y en parte el hombre programado de Skinner (un producto de la ingeniería social cuya conducta y pensamiento están inducidos, incluso determinados por el medioambiente, lo cual lo hace felicísimo).

Sobre este 'hombre nuevo' democrático, que creyéndose más libre que nunca ha llegado al extremo infrahumano de carecer de libre albedrío, hablaremos en nuestro próximo artículo.


Hombres nuevos III

En su obra Echar raíces, Simone Weil escribe: «El arraigo quizá sea la necesidad más importante e ignorada del alma humana. Un ser humano tiene raíces en virtud de su participación real, activa y natural en la existencia de una colectividad que conserva vivos ciertos tesoros del pasado y ciertos presentimientos del futuro. [...] El ser humano tiene necesidad de echar múltiples raíces, tiene la necesidad de recibir la totalidad de su vida moral, intelectual y espiritual de los medios de los que forma parte naturalmente». Para alcanzar la masificación de la que emerge el hombre nuevo democrático, es preciso desarraigar al ser humano, arrancar las raíces que lo nutren de una vida moral, intelectual y espiritual. Debe comenzarse, por supuesto, con el desarraigo espiritual, pues es en su enraizamiento con Dios donde el hombre encuentra explicaciones a su razón de ser en el mundo, a su procedencia y destino final. Una vez logrado este desarraigo espiritual, nada más sencillo que lograr su desarraigo existencial, pues una vida privada de causa y destino es inevitable que acabe pudriéndose, enmarañándose de angustia, entregándose al vacío existencial, flotando en el marasmo del tedio o de la búsqueda desnortada de analgésicos que mitiguen su pudrición, su angustia, su vacío y su tedio.

Este desarraigo existencial, que es ruptura de los lazos cordiales que nos vinculan a una realidad iluminada desde lo alto, acaba inevitablemente engendrando también desarraigo intelectual, porque la insatisfacción con un mundo que hemos dejado de entender nos obliga a concebir idealismos y utopías que nunca se realizan, agigantando nuestra conciencia de fracaso. Y, a la vez, se produce también el desarraigo moral: una vez rotas las raíces con los mandatos religiosos, el hombre desarraigado se ve obligado a suplirlos con su flaca voluntad; pero ya explicábamos en un artículo anterior que a los hombres nuevos democráticos se les ha dicho que su voluntad soberana se expresa mediante el ejercicio de sus impulsos vitales, por lo que resulta lógico que (salvo unos pocos espíritus privilegiados) se guíen por el interés propio y la satisfacción de sus deseos, apetitos y conveniencias.

Este desarraigo conlleva la progresiva destrucción de los vínculos humanos, empezando por la familia, y hace imposible una comunidad política concordante en los fundamentos que garantizan su supervivencia. Pues lo que caracteriza a los hombres desarraigados es su discordancia en lo fundamental (cada uno profesa un idealismo o utopía distintos), su individualismo orgulloso y egoísta, que los conduciría a la aniquilación (bien porque acabarían a la greña, bien porque se resignarían al aislamiento y la incomunicación), si no fuera porque el poder, muy taimadamente, les ofrece, como garantía última de supervivencia, esa «uniformidad» a la que se refería Tocqueville. Una vez destruida aquella «colectividad que conserva vivos ciertos tesoros del pasado y ciertos presentimientos del futuro» a la que se refería Weil, a estos hombres desarraigados no les queda otra salida sino resignarse a convertirse en masa, en una sociedad de hombres unidimensionales en la que según explicase muy atinadamente Herbert Marcuse todo está estandarizado, uniformizado, pasado por el tamiz del conformismo social; y donde las necesidades de los individuos desarraigados están inducidas por los intereses del poder, que puede obligarlos (¡sin necesidad de ejercer la violencia!) a comprarse un automóvil, o a embrutecerse viendo la televisión, o a aprender el manejo de tal o cual maquinita o programa informático porque, una vez despojado de aquellos vínculos naturales que permitían aflorar las personalidades fuertes, el hombre desarraigado ya no tiene otro medio de afirmar su autonomía (¡su soberana voluntad!) sino realizar vulgares acciones que, sin embargo, el muy memo cree expresión de su irrepetible individualidad, aunque sean las mismas acciones que hacen con levísimas variantes millones de hombres masificados.

 Para lograr que esa masa de hombres nuevos, a la vez que chapotean en su vulgaridad inducida, crean orgullosamente que sus acciones y pensamientos son distintivos, hay que infundirles la creencia irrisoria de que piensan y actúan 'por libre', de que todo lo que sale de su caletre es auténtico y originalísimo, cuando en realidad no es sino una morralla de prejuicios, lugares comunes y opiniones preconcebidas que otros les han implantado, a modo de chips. En un artículo próximo veremos cómo se consigue que ese hombre unidimensional se crea ilusoriamente lleno de ideas propias y originalísimas.


Hombres nuevos V

En la construcción del hombre nuevo democrático no basta con la deificación de los impulsos vitales (deseos y sentimientos). No basta tampoco con alcanzar ese estado de desarraigo que convierte a las personas y a los pueblos en masa amorfa y estandarizada, a la vez que exalta los individualismos más egoístas. Es preciso que el hombre nuevo democrático 'internalice' los paradigmas culturales que el sistema impone, hasta convertirse en un ser pasivo y gregario, sometido a consignas que confunde ilusoriamente con expresiones originales suyas. Para conseguir que la masa acepte como axiomas los sofismas más burdos, se requiere la imposición de métodos de 'control social' que hagan imposible toda oposición, muy semejantes a los anticipados por Aldous Huxley en Un mundo feliz. En esta novela, tal control se lograba mediante un mecanismo repetitivo que hablaba sin interrupción al subconsciente, durante las horas del sueño; en nuestra época se logra a través de la saturación mental lograda a través de los mass media, que llegan a convertir al hombre nuevo democrático en un auténtico jenízaro de las ideologías (negociados de izquierdas y derechas) que sostienen el sistema, de tal modo que abrace las calamidades y desgracias que poco a poco lo convierten en un felpudo como logros que lo elevan a una nueva dignidad.

Este proceso de alienación (que incluye la creación de un neolenguaje que codifica la realidad en unos parámetros 'políticamente correctos') ha sido sagazmente diseccionado por el pensador marxista Herbert Marcuse, quien sin embargo cree grotescamente así lo afirma en Eros y Civilización que «un desarrollo no represivo de la libido» conduciría a una civilización auténticamente libre; cuando lo cierto es que esta liberación de la libido ha sido junto con la entronización del consumismo el método esclavista que el sistema ha elegido para sumergir al hombre nuevo democrático en un marasmo de placentera irresponsabilidad que confunde con la felicidad. Y, en épocas de crisis, cuando los efectos afrodisiacos del consumismo sólo están al alcance de unos pocos, la liberación de la libido (lo que Chesterton llamaba la «religión que, a la vez que exalta la lujuria, prohíbe la fecundidad» y nosotros, menos finamente, derechos de bragueta) se convierte en el 'soma' con el que las masas curan sus penas y olvidan su vida desarraigada y sus sueldos misérrimos, hasta alcanzar ese estado de animalización colectiva que hogaño se denomina socarronamente 'felicidad'.

Para alcanzar este grado de animalización feliz que completa la fabricación del hombre nuevo democrático es fundamental erradicar el libre albedrío. B. F. Skinner, uno de los máximos exponentes del conductismo, llegó a desarrollar técnicas de «condicionamiento operante» (en realidad ingeniería social) que permiten «programar» al hombre, logrando que su conducta se adecue a lo que el «educador» determina a priori. Y hasta llegó a escribir una curiosa y escalofriante novela, Walden Dos, en la que se describe una sociedad utópica científicamente construida que funciona siguiendo al dedillo tales técnicas. El propósito de Skinner es mostrar las ventajas de esta sociedad idílica; pero, involuntariamente, nos ofrece un catálogo de horrores en donde el buenismo (pues Walden Dos es una sociedad de la que han desaparecido los comportamientos agresivos) y la disolución de la familia fundada en lazos de sangre dan paso a una sociedad tecnocrática donde la resolución de todos los problemas es confiada a la ciencia, mientras la educación se encarga de hacer felices a todos y cada uno de los miembros de tal sociedad, convirtiéndolos en individuos con «capacidad de autorregulación» de su conducta que reaccionan siempre de forma previsible, mediante la repetición idiotizante de conductas 'positivas' que exorcice el fantasma de la depresión.

En realidad, tales métodos educativos son los mismos que preconizan los manuales de autoayuda, las terapias de superación personal y demás morrallas euforizantes con las que el sistema trata de tapar las grietas del proceso de fabricación del hombre nuevo democrático, ese pobre y felicísimo pelele que ha sido despojado de su libre albedrío y su autonomía moral. Y todo ello sin violencia, tal como había anticipado Tocqueville: «Es así como cada día el poder convierte en menos útil y en más raro el empleo del libre arbitrio; es así como encierra la acción de la voluntad en un espacio menor. La igualdad prepara a todos los hombres para todas las cosas; los dispone a sufrirlas y a menudo, incluso, a mirarlas como un bien».

Disfrutemos como enanos de las conquistas del hombre nuevo democrático.

Fuente: http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/juan-manuel-prada/index.html




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