lunes, 27 de febrero de 2017

La derrota del neoliberalismo progresista



Cristian Campos

¿Pero de qué os quejáis? Donald Trump es vuestra criatura. Vosotros le allanasteis el camino cuando dividisteis a los ciudadanos en hombres y mujeres. A los hombres y mujeres, en heterosexuales y LGBT. A los LGBT en lesbianas, gays, bisexuales y trans. A los trans, en travestis, transexuales e intersexuales. A todos ellos en cuñados, fachas y gente. A la gente, en imperialista y colonizada. A la colonizada, en machirulos y feministas. A los feministas, en blancos y oprimidos. A los oprimidos, en carnívoros, vegetarianos, veganos, crudiveganos, flexiterianos y omnívoros. A los omnívoros, en privilegiados y minorizados.

Y ahora que habéis convertido al ciudadano en una suma amorfa de identidades microscópicas, en un niñato rencoroso, acobardado y gimoteante definido por alguna estúpida característica irrelevante que le arrincona, le aliena y le aleja del resto de los ciudadanos… ¿os vais a quejar de un tipo de color naranja que apela a los instintos más rencorosos, cobardes y gimoteantes de los blancos heterosexuales cristianos anglosajones de derechas?

¿Vosotros, que aplaudíais a Obama cuando se negaba a mencionar la palabra “islam” en la misma frase que la palabra “terrorismo”, os vais a quejar de un tipo que ha ganado las elecciones por el sorprendente método de llamar terrorismo islámico al terrorismo islámico?

¿Vosotros, que cuando teníais a vuestro alcance la izquierda ilustrada de Christopher Hitchens preferisteis esa mala copia adolescente llamada Owen Jones? ¿Que cuando tuvisteis a vuestro alcance los libros de Owen Jones preferisteis encender la TV y embobaros con ese sucedáneo cañí de una mala copia adolescente de Hitchens llamado Errejón? ¿Que teniendo a Errejón y su “socialdemocracia asumible” habéis preferido la irrelevancia del matonismo esperpéntico de Iglesias? ¿Y vosotros os quejáis de Steve Bannon, Milo Yiannopoulos y Mike Pence? ¡Pero si son genios políticos comparados con Sanders, Corbyn y Hamon!

¿Vosotros, los del leño y los numeritos ridículos en el Congreso, llamáis payaso a Trump? ¿Vosotros, que sólo aparecéis en la prensa para hablar de vosotros, llamáis egocéntrico a Trump? ¿Vosotros, a los que no se os conoce otra actividad que el acuchillamiento de los compañeros de partido, llamáis sectario a Trump?

¿Vosotros, que os manifestáis en Facebook en contra del TTIP, os vais a quejar ahora de quien ha decidido aniquilar el TTIP en la vida real? ¿Los que aplaudís a la comunista alemana Sarah Wagenknecht por sus críticas a la OTAN os vais a quejar ahora de quien pretende desmantelar la OTAN? ¿Los que consideráis Europa como una cárcel capitalista y a Rusia como la gran esperanza blanca os vais a quejar de quien pretende entregar Europa a Rusia?

¿Vosotros, que abogabais por el aislacionismo del brexit, os vais a quejar del cierre de fronteras y los muros de Trump? Ni todos los muros se construyen con ladrillos ni todos los ladrillos sirven para construir muros: algunos los lleváis encima de los hombros.

Vosotros, que habéis defendido mentiras como la de los tres millones de niños españoles hambrientos. O la de las miles de muertes supuestamente provocadas por la “pobreza energética”. O esa visión catastrofista de un país en el que vosotros (siempre hay excepciones a la regla) vivís como auténticos burgueses privilegiados de derechas. ¿Vosotros os vais a quejar de la imagen apocalíptica que da de su país Donald Trump? ¿De los “hechos alternativos” de Kellyanne Conway? ¡Pero si sois los inventores de las noticias falsas!

¿Vosotros, a los que os ha faltado tiempo para colocar en las administraciones a vuestros amantes en cuanto habéis tocado poder, os vais a quejar de los conflictos de intereses de Trump? ¿Vosotros, que le habéis dado la alcaldía a Colau, os vais a quejar del amateurismo de la administración Trump? ¿De su improvisación? ¿De su odio? Se nota que no venís mucho por Barcelona.

¿Los que lleváis décadas lloriqueando vuestro antiamericanismo por los rincones de vuestro dormitorio vais ahora a quejaros del antieuropeísmo de Trump? ¿Vosotros, los nazis de izquierdas con pañuelo palestino al cuello, los tontos útiles de Hamás y el ISIS, os vais a quejar del antisemitismo de Trump?

Amos anda. Nada más feo que un padre que reniega de su hijo. Ponedle a Donald vuestro apellido de una vez, pagad la puta pensión alimenticia y dejad de disimular, que el niño ha salido clavado a vosotros.

Porque de Trump me puedo quejar yo. Vosotros no deberíais ni asomar por la ventana.

Fuente: http://www.elespanol.com/opinion/columnas/20170131/190360964_13.html



El colapso de la hegemonía globalista

Nancy Fraser

La elección de Donald Trump es una más de una serie de insubordinaciones políticas espectaculares que, en conjunto, apuntan a un colapso de la hegemonía neoliberal. Entre esas insubordinaciones, podemos mencionar, entre otras, el voto del Brexit en el Reino Unido, el rechazo de las reformas de Renzi en Italia, la campaña de Bernie Sanders para la nominación demócrata en los EE.UU. y el apoyo creciente cosechado por el Frente Nacional en Francia. Aun cuando difieren en ideología y objetivos, esos motines electorales comparten un blanco común: rechazan la globalización gran-empresarial, el neoliberalismo y al establishment político que los ha promovido. En todos los casos, los votantes dicen ¡No! a la letal combinación de austeridad, libre comercio, deuda predatoria y trabajo precario y mal pagado que resulta característica del actual capitalismo financiarizado. Sus votos son una respuesta a la crisis estructural de esta forma de capitalismo, crisis que saltó por primera vez a la vista de todos con la casi fusión del orden financiero global en 2008.

EL NEOLIBERALISMO PROGRESISTA ES UNA ALIANZA DE LAS CORRIENTES PRINCIPALES DE LOS NUEVOS MOVIMIENTOS SOCIALES Y SECTORES DE NEGOCIOS DE ALTA GAMA “SIMBÓLICA” Y DE SERVICIOS

Sin embargo, hasta hace poco, la respuesta más común a esta crisis era la protesta social: espectacular y vívida, desde luego, pero de carácter harto efímero. Los sistemas políticos, en cambio, parecían relativamente inmunes, todavía controlados por funcionarios de partido y elites del establishment, al menos en los Estados capitalistas poderosos como los EE.UU., el Reino Unido y Alemania. Pero ahora las ondas electorales de choque reverberan por todo el planeta, incluidas las ciudadelas de las finanzas globales. Quienes votaron por Trump, como quienes votaron por el Brexit o contra las reformas italianas, se han levantado contra sus amos políticos. Burlándose de las direcciones de los partidos, han repudiado el sistema que ha erosionado sus condiciones de vida en los últimos treinta años. Los sorprendente no es que lo hayan hecho, sino que hayan tardado tanto.

No obstante, la victoria de Trump no es solamente una revuelta contra las finanzas globales. Lo que sus votantes rechazaron no fue el neoliberalismo sin más, sino el neoliberalismo progresista. Esto puede sonar como un oxímoron, pero se trata de un alineamiento, aunque perverso, muy real: es la clave para entender los resultados electorales en los EE.UU. y acaso también para comprender la evolución de los acontecimientos en otras partes. En la forma que ha cobrado en los EE.UU., el neoliberalismo progresista es una alianza de las corrientes principales de los nuevos movimientos sociales (feminismo, antirracismo, multiculturalismo y derechos de los LGBTQ), por un lado, y, por el otro, sectores de negocios de alta gama “simbólica” y sectores de servicios (Wall Street, Silicon Valley y Hollywood). En esta alianza, las fuerzas progresistas se han unido efectivamente con las fuerzas del capitalismo cognitivo, especialmente la financiarización. Aunque maldita sea la gracia, lo cierto es que las primeras prestan su carisma a este último. Ideales como la diversidad y el “empoderamiento”, que en principio podrían servir a diferentes propósitos, ahora dan lustre a políticas que han resultado devastadoras para la industria manufacturera y para las vidas de lo que otrora era la clase media.

El neoliberalismo progresista se desarrolló en los EE.UU. durante estas tres últimas décadas y fue ratificado por el triunfo electoral de Bill Clinton en 1992. Clinton fue el principal ingeniero y portaestandarte de los Nuevos Demócratas, el equivalente estadounidense del Nuevo Laborismo de Tony Blair. En vez de la coalición del New Deal entre obreros industriales sindicalizados, afroamericanos y clases medias urbanas, Clinton forjó una nueva alianza de empresarios, suburbanitas, nuevos movimientos sociales y juventud: todos proclamando orgullosos su bona fides moderna y progresista, amante de la diversidad, el multiculturalismo y los derechos de las mujeres. Aun cuando la Administración Clinton hizo suyas esas ideas progresistas, cortejó a Wall Street. Pasando el mando de la economía a Goldman Sachs, desreguló el sistema bancario y negoció tratados de libre comercio que aceleraron la desindustrialización. Lo que se perdió por el camino fue el Cinturón del Óxido, otrora bastión de la democracia social del New Deal y ahora la región que ha entregado el Colegio Electoral a Donald Trump. Esa región, junto con nuevos centros industriales en el sur, recibió un duro revés cuando la financiarización más desatada campó a sus anchas en el curso de las pasadas dos décadas. Continuadas por sus sucesores, incluido Barack Obama, las políticas de Clinton degradaron las condiciones de vida de todo el pueblo trabajador, pero especialmente de los empleados en la producción industrial. Para decirlo sumariamente: Clinton tiene una pesada responsabilidad en el debilitamiento de las uniones sindicales, en el declive de los salarios reales, en el aumento de la precariedad laboral y en el auge de las familias con dos ingresos que vino a sustituir al difunto salario familiar.

DURANTE LOS AÑOS EN LOS QUE SE ABRÍA UN CRÁTER TRAS OTRO EN SU INDUSTRIA MANUFACTURERA, EL PAÍS SE ENTRETENÍA CON UNA FARAMALLA DE “DIVERSIDAD”, “EMPODERAMIENTO” Y “NO-DISCRIMINACIÓN”

Como sugiere esto último, al asalto a la seguridad social le dio un barniz de carisma emancipatorio prestado por los nuevos movimientos sociales. Durante todos los años en los que se abría un cráter tras otro en su industria manufacturera, el país estaba animado y entretenido por una faramalla de “diversidad”, “empoderamiento” y “no-discriminación”. Identificando “progreso” con meritocracia en vez de igualdad, con esos términos se equiparaba la “emancipación” con el ascenso de una pequeña élite de mujeres “talentosas”, minorías y gais en la jerarquía empresarial del quien-gana-se-queda-con-todo, en vez de con la abolición de esta última. Esa comprensión liberal-individualista del “progreso” vino gradualmente a reemplazar a la comprensión anticapitalista –más abarcadora, antijerárquica, igualitaria y sensible a la clase social— de la emancipación que había florecido en los años 60 y 70. Cuando la Nueva Izquierda menguó, su crítica estructural de la sociedad capitalista se marchitó, y el esquema mental liberal-individualista tradicional del país se reafirmó a sí mismo al tiempo que se contraían las aspiraciones de los “progresistas” y de los sedicentes izquierdistas. Pero lo que selló el acuerdo fue la coincidencia de esta evolución con el auge del neoliberalismo. Un partido inclinado a liberalizar la economía capitalista encontró su compañero perfecto en un feminismo empresarial centrado en la “voluntad de dirigir” del leaning in o en “romper el techo de cristal”.

El resultado fue un “neoliberalismo progresista”, amalgama de truncados ideales de emancipación y formas letales de financiarización. Fue esa amalgama la que desecharon in toto los votantes de Trump. Prominentes entre los dejados atrás en este bravo mundo cosmopolita eran los obreros industriales, desde luego, pero también ejecutivos, pequeños empresarios y todos quienes dependían de la industria en el Cinturón Oxidado y en el sur, así como las poblaciones rurales devastadas por el desempleo y la droga. Para esas poblaciones, al daño de la desindustrialización se añadió el insulto del moralismo progresista, que se acostumbró a considerarlos culturalmente atrasados. Rechazando la globalización, los votantes de Trump repudiaban también el liberalismo cosmopolita identificado con ella. Algunos –no, desde luego, todos, ni mucho menos— quedaron a un paso muy corto de culpar del empeoramiento de sus condiciones de vida a la corrección política, a las gentes de color, a los inmigrantes y los musulmanes. A sus ojos, las feministas y Wall Street eran aves de un mismo plumaje, perfectamente unidas en la persona de Hillary Clinton.



Lo que hizo posible esa combinación fue la ausencia de cualquier izquierda genuina. A pesar de arrebatos periódicos como Occupy Wall Street, que se rebeló efímero, no ha habido una presencia sostenida de la izquierda en los EEUU desde hace varias décadas. Ni se ha dado aquí una narrativa abarcadora de izquierda que pudiera vincular los legítimos agravios de los votantes de Trump con una crítica efectiva de la financiarización, por un lado, y con la visión antirracista, antisexista y antijerárquica de la emancipación, por el otro. Igualmente devastador resultó que se dejaran languidecer los potenciales vínculos entre el mundo del trabajo y los nuevos movimientos sociales. Divorciados el uno del otro, estos indispensables polos de cualquier izquierda viable se alejaron indefinidamente hasta llegar a parecer antitéticos.

Al menos hasta la notable campaña de Bernie Sanders en las primarias, que bregó por unirlos luego del relativo pinchazo de la consigna “Las Vidas Negras Cuentan”. Haciendo estallar el sentido común neoliberal reinante, la revuelta de Sanders fue, en el lado demócrata, el paralelo de Trump. Así como Trump logró dar el vuelco al establishment republicano, Sanders estuvo a un pelo de derrotar a la sucesora ungida por Obama, cuyos apparatchiks controlaban todos y cada uno de los resortes del poder en el Partido Demócrata. Entre ambos, Sanders y Trump, galvanizaron una enorme mayoría del voto norteamericano. Pero sólo el populismo reaccionario de Trump sobrevivió. Mientras que él consiguió deshacerse fácilmente de sus rivales republicanos, incluidos los predilectos de los grandes donantes de campaña y de los jefes del partido, la insurrección de Sanders  fue frenada eficazmente por un Partido Demócrata mucho menos democrático. En el momento de la elección general, la alternativa de izquierda ya había sido suprimida. La opción que quedaba era un tómalo o déjalo entre el populismo reaccionario y el neoliberalismo progresista: elijan el color que quieran, mientras sea negro. Cuando la sedicente izquierda cerró filas con Hillary, la suerte estaba echada.

Sin embargo, y desde ahora más, este es un dilema que la izquierda debería rechazar. En vez de aceptar los términos en que las clases políticas nos presentan el dilema que opone emancipación a protección social, lo que deberíamos hacer es trabajar para redefinir esos términos partiendo del vasto y creciente fondo de revulsión social contra el presente orden. En vez de ponernos del lado de la financiarización-cum-emancipación contra la protección social, lo que deberíamos hacer es construir una nueva alianza de emancipación y protección social contra la finaciarización. En ese proyecto, que construiría sobre terreno preparado por Sanders, emancipación no significa diversificar la jerarquía empresarial, sino abolirla. Y prosperidad no significa incrementar el valor de las acciones o el beneficio empresarial, sino la base de partida de una buena vida para todos. Esa combinación sigue siendo la única respuesta de principios y ganadora en la presente coyuntura.

En lo que a mí respecta, no derramé ninguna lágrima por la derrota del neoliberalismo progresista. Es verdad: hay mucho que temer de una Administración Trump racista, antiinmigrante y antiecológica. Pero no deberíamos lamentar ni la implosión de la hegemonía neoliberal ni la demolición del clintonismo y su tenaza de hierro sobre el Partido Demócrata. La victoria de Trump significa una derrota de la alianza entre emancipación y financiarización. Pero esta presidencia no ofrece solución alguna a la presente crisis, no trae consigo la promesa de un nuevo régimen ni de una hegemonía segura. A lo que nos enfrentamos más bien es a un interregno, a una situación abierta e inestable en la que los corazones y las mentes están en juego. En esta situación, no sólo hay peligros, también oportunidades: la posibilidad de construir una nueva Nueva Izquierda.

Mucho dependerá en parte de que los progresistas que apoyaron la campaña de Hillary sean capaces de hacer un serio examen de conciencia. Necesitarán librarse del mito, confortable pero falso, de que perdieron contra una “panda deplorable” (racistas, misóginos, islamófobos y homófobos) auxiliados por Vladimir Putin y el FBI. Necesitarán reconocer su propia parte de culpa al sacrificar la protección social, el bienestar material y la dignidad de la clase obrera a una falsa interpretación de la emancipación entendida en términos de meritocracia, diversidad y empoderamiento. Necesitarán pensar a fondo en cómo podemos transformar la economía política del capitalismo financiarizado reviviendo el lema de campaña de Sanders –“Socialismo democrático”— e imaginando qué podría ese lema significar en el siglo XXI. Necesitarán, sobre todo, llegar a la masa de votantes de Trump que no son racistas ni próximos a la ultraderecha, sino víctimas de un “sistema fraudulento” que pueden y deben ser reclutadas para el proyecto antineoliberal de una izquierda rejuvenecida.

Eso no quiere decir olvidarse de preocupaciones acuciantes sobre el racismo y el sexismo. Pero significa molestarse en mostrar de qué modo esas inveteradas opresiones históricas hallan nuevas expresiones y nuevos fundamentos en el capitalismo financiarizado de nuestros días. Rechazando la idea falsa, de suma cero, que dominó la campaña electoral, deberíamos vincular los daños sufridos por las mujeres y las gentes de color con los experimentados por los muchos que votaron a Trump. Por esa senda, una izquierda revitalizada podría sentar los fundamentos de una nueva y potente coalición comprometida a luchar por todos.

Fuente: http://ctxt.es/es/20170125/Firmas/10572/Neoliberalismo-progresista-democratas-Hillary-Clinton-Nancy-Fraser.htm




La moralina de la izquierda

Esteban Hernández

Era previsible que la llegada de Trump a la presidencia generase hostilidad en buena parte de la población mundial, y especialmente entre la estadounidense, pero no lo era tanto que la resistencia que se está fraguando consiguiera reafirmarle entre sus votantes mucho más que minarle. Un buen ejemplo fueron las manifestaciones que se organizaron 'espontáneamente' para protestar contra su política migratoria en los aeropuertos de varias ciudades de EEUU. Los medios las cubrieron ampliamente, señalándolas como una muestra clara de la falta de aceptación de Trump entre su propio pueblo.

Sin embargo, esta resistencia televisada produce el efecto contrario del pretendido, ya que aumenta las simpatías del votante de Trump por su líder. El trabajador del cinturón industrial piensa de modo automático que dónde estaban esos pijos de ciudad cuando a él le despidieron, que por qué no van a manifestarse a la puerta de la hamburguesería en la que trabaja su hijo por un salario escaso o por qué no presionan para que haya más empleo, o que dónde están cuando cae enfermo y no puede pagar la atención sanitaria. Les percibe como quienes se indignan cuando se ataca a los inmigrantes, pero que no estuvieron al lado de la gente común cuando se les necesitó; son esa misma gente que les tilda de racistas, paletos y retrógrados, pero a los que les da igual que lo estén pasando económicamente mal.
Cómo sacar provecho de tus enemigos

Este es el tipo de sentimientos que Trump ha movilizado, y lo cierto es que una mayoría de demócratas, activistas y medios de comunicación han contribuido a que el nuevo presidente sacara provecho de ellos. No es extraño: se trata de personas que han salido perdiendo con los cambios sociales, productivos y económicos, han visto cómo sus posibilidades de subsistencia se reducían, cómo su futuro se ha esfumado, y cómo sus descendientes tienen todas las papeletas para vivir peor que ellos.

Son la fuerza política por excelencia del presente, y han decidido cambiar el sentido de su voto. Ha ocurrido con el Brexit y con Trump, y Francia es el siguiente paso: está cambiando el rumbo de Occidente. Y hay un malentendido habitual sobre ella, que tiene que ver con identificar estas tensiones culturales y materiales en EEUU como el simple producto del choque entre el mundo urbano y el rural o como una clara cuestión generacional. Por supuesto, son componentes que juegan un papel importante, pero la realidad va más allá de esos factores.

La revuelta electoral

En Francia es obvio, donde hay elementos ligados a la situación material y a la profesión que son decisivos: los votos no vienen solo del interior del país y de su población envejecida, sino de todos los espacios en los que la gente se siente desprotegida y cree que está soportando el peso de la nación sin obtener nada a cambio: ellos son los que se están revolviendo electoralmente. En consecuencia, los barrios obreros, la clase media empobrecida, los autónomos y algunas partes del funcionariado, sectores en que los demócratas en EEUU y la izquierda en Europa conseguían buena parte de sus votos, hoy están depositando su confianza en la derecha populista.

Este cambio es producto de una significativa transformación cultural, a la que la derecha ha sabido adaptarse mucho mejor. El discurso que ha empleado cuenta con una doble dirección, que ha ido cambiando a través de las décadas. En 1960, el populismo de derechas de George Wallace identificaba a las élites con Washington, esto es, con los políticos que les sangraban a impuestos y despilfarraban el dinero recaudado para favorecer a las minorías raciales, a los colectivos progres, y a los 'hippies' que odiaban a su propio país. Reagan lo continuó, pero poniendo más énfasis en que los estadounidenses recuperasen su identidad a través de la liberación de un Estado gigantesco que mantenía con sus impuestos exagerados a un montón de vagos improductivos que querían vivir de los subsidios.

La doble amenaza

Ese es también el terreno en el que se mueven Trump y los populismos de derecha actuales: las élites pasan a estar representadas por los políticos de Washington, en el caso estadounidense, y por la burocracia de Bruselas, en el europeo; al mismo tiempo, el viejo odio hacia las minorías improductivas que vivían del erario público se traslada hacia los inmigrantes, quienes reciben los recursos institucionales en detrimento de los ciudadanos nacionales. Esa doble amenaza, interpretada en clave patriótica, tiene una gran capacidad de llegada hoy, en gran medida por las dificultades materiales existentes, en parte por el repliegue en la seguridad laboral que teóricamente supone el impulso proteccionista.

"En lugar de entender qué pasa para que el FN logre el 25% de los votos, la izquierda prefiere ponerse como la punta de lanza y adoptar un lenguaje moral"

Frente a este discurso, la izquierda ha hecho algo improductivo y absurdo: se ha convertido en el guardián moral. Como bien señala Guillermo Fernández, investigador de la Universidad Complutense de Madrid, especializado en comunicación política, y cuya tesis en curso versa sobre la elaboración de la nueva identidad política en el Frente Nacional francés, “en lugar de tratar de entender qué es lo que está pasando para que el FN lograra casi el 25% de los votos, la izquierda prefiere ponerse como la punta de lanza de un (cuasi) inexistente Frente Republicano y adoptar un lenguaje moral: 'No podemos aceptar que venga la barbarie'. Y parece que entonces han cumplido su papel. Nos hemos manifestado, hemos reaccionado. Con qué poquito nos alegramos”.

Reinventaos, cutres

Las revueltas en las calles estadounidenses forman parte de una suerte de avergonzamiento público del monstruo Trump (o de la fiera Le Pen), tan reconfortantes para quienes asisten como contraproducentes para sus propósitos. En el fondo, los votantes entienden mejor el mensaje de la derecha populista, porque se dirige al corazón de sus problemas, aunque sea por un camino torcido.

En Europa, es muy evidente: los progresistas de los partidos socialdemócratas tradicionales les dicen que estos son tiempos de innovación, que hay que prepararse para los nuevos tiempos, que deben reinventarse para aprovechar las enormes posibilidades de la globalización, que han de ser proactivos y pensar en positivo y que así todo les irá bien; al mismo tiempo, cuando gobiernan, aplican políticas de austeridad que les llevan a que su nivel de vida descienda, y que su horizonte vital sea mucho más estrecho.

Los progresistas de los nuevos partidos y la izquierda en general les hablan de horizontalidad, municipalismo, democracia participativa, bicicletas, afectos y cuidados; al mismo tiempo, se vuelcan en la defensa de los emigrantes, los colectivos LGTB, la gente en situación de emergencia energética y las cabalgatas políticamente correctas. Ni unos ni otros puedan alcanzar así ni el corazón ni la cabeza de sus votantes.

Por eso, cuando salen a las calles a protestar contra las políticas de la derecha populista, el posible votante mira a líderes como Trump o Le Pen y piensa que sus oponentes no son más que un montón de modernillos, hijos de clase media alta, que juegan a hacer moralina. Pero que cuando necesitan que estén a su lado, y que les solucionen problemas prácticos, desaparecen. Y, en cierta medida, tienen razón: la izquierda se ha especializado en visualizar los problemas, en utilizar las armas morales, pero mucho menos en llevar a cabo acciones prácticas, reales y efectivas que ayuden a esta gente. No es que los populistas de derechas vayan a hacer mucho más, pero al menos sienten que les comprenden al mismo tiempo que les prometen seguridad. En la Europa de 2017, este elemento va a ser esencial, y la izquierda, incluida su opción populista, no ha terminado de entenderlo. Francia, próxima parada.


Toxicity - System of a Down:


jueves, 29 de diciembre de 2016

La corrección política en el siglo XXI. Funcionamiento y consecuencias



Javier Benegas/Juan M. Blanco

Contaba Camille Paglia un suceso que, aunque parezca extraído de una hilarante comedia televisiva, sucedió en la vida real. Fue en 1991, en la Universidad Estatal de Pensilvania. Una profesora de Cultura inglesa y Estudios de la Mujer se escandalizó por la presencia en el aula del retrato de Francisco de Goya: La maja desnuda. Profundamente indignada, protestó  airadamente porque la presencia de la pintura constituía “acoso sexual” e infringía las leyes federales orientadas a evitar la "hostilidad en los lugares de trabajo”.

La universidad le ofreció primero impartir sus clases en un aula distinta: dijo que no. Después mover el cuadro a un lugar menos visible del aula, incluso cubrirlo cuando ella impartiera sus clases. Tampoco, su postura era inflexible: las imágenes de mujeres desnudas no podían exhibirse, estuviera ella presente o no. Que la pintura fuera un hito de la historia del arte no disculpaba la ofensa de exhibir a una mujer desnuda.

Finalmente, se acordó una solución de compromiso que permitía a la universidad disimular una capitulación bochornosa: se trasladó el cuadro a una sala de usos generales… no sin antes colocar en la entrada un cartel advirtiendo la presencia del ofensivo cuadro; cualquier cosa con tal de salvaguardar a los espíritus sensibles. A pesar de lo rocambolesco del episodio, que mereció la sátira de cierta parte de la prensa, la respuesta del mundo académico fue increíblemente comprensiva con la profesora.

Fuera del mundo universitario, Anthony Browne fue censurado en 2002 por publicar un artículo en el que cuestionaba la causa del fuerte incremento del SIDA en Gran Bretaña. Según Browne, no se debía a la creciente promiscuidad de los jóvenes, tal como sostenían las autoridades, sino a la inmigración de países africanos donde la enfermedad tenía una elevada prevalencia. Pero el gobierno decidió ocultar este hecho porque poner el foco en los inmigrantes podía acarrear una acusación de racismo. Lamentablemente, cerrar los ojos ante la realidad impedía aplicar la política sanitaria correcta. Muchas personas podían morir pero, al menos, lo harían en silencio, sin importunar al gobierno.   

España tampoco se libra de curiosos ejemplos como el de un profesor universitario que, ante la irrupción de un grupo de jabalíes correteando por el campus, bromeó con sus colegas en un chat privado proponiéndoles organizar unas jornadas de caza. El comentario se filtró y ciertas organizaciones estudiantiles exigieron que fuera sancionado por incitar a la violencia contra los animales.

Por último, qué decir del caso de Joan Higgins, de 75 años de edad, propietaria de una modesta tienda de animales que, según la nueva Ley de Bienestar Animal británica, resultó condenada a pagar una multa de 1.000 libras y a un arresto domiciliario de siete semanas por tener una cacatúa estresada y vender un pez de colores a un menor sin instruirle convenientemente sobre cómo cuidarlo.

Estos casos, y otros muchos, muestran que la sociedad occidental ha sido infectada por un terrible virus de puritanismo, intolerancia y censura. Una nueva ideología, la corrección política, se ha impuesto de forma silenciosa pero implacable. Pero ¿qué es exactamente y cuál es su objetivo?

Grupos frente a personas

La corrección política es una ideología que clasifica a la humanidad en colectivos bien diferenciados. Unos serían víctimas (“grupos débiles”) y, por tanto, buenos, siempre en posesión de la razón. Otros, por el contrario, verdugos, (“grupos fuertes”) y, por ello, malvados y mentirosos. Sin embargo, que un acto esté justificado, o no, no depende de su propia naturaleza, sino del colectivo al que pertenezca quien lo cometa. La corrección pretende eliminar cualquier expresión que pudiera ofender, aunque sea de forma no intencionada, a algún grupo calificado como débil... pero permite insultar y ofender a quien forma parte de los malos, de un grupo fuerte.

Resulta muy ilustrativa la experiencia de Star Parker, una activista americana de raza negra que, en su juventud, fue detenida por robar. Su tutor escolar, un profesor de raza blanca, lejos de reprenderla, la eximió: “no debes preocuparse, tú no eres más que una víctima del racismo”. Para la corrección política, los delincuentes son víctimas de la sociedad… si pertenecen a los llamados “grupos débiles”. Como era mujer, negra y pobre, Parker podía cometer cualquier tropelía: siempre estaría justificada.

Sin embargo, más adelante, Star comenzó a cuestionar estos argumentos. Entendió que el victimismo, la queja constante, la transferencia de la responsabilidad a otros creaban un círculo vicioso que debía romper. Así,  decidió abandonar las drogas y reconducir su vida siguiendo el consejo de otra persona: “deja de vivir de ayudas sociales, busca trabajo, esfuérzate y asume tu responsabilidad”. Al principio tuvo que aceptar empleos mal remunerados pero no desistió. Hoy es una figura destacada en la opinión americana, una activista que denuncia la corrección política, y el exceso de ayudas sociales, como principales problemas de la comunidad negra: muchos caen en la trampa de un entorno paternalista que les impide tomar las riendas de su vida. 

Antidemocracia

La ideología de la corrección política es contraria a la racionalidad porque no define las verdades por la calidad de los argumentos, o por su objetividad, sino por criterios meramente subjetivos como el colectivo al que favorecen. Debe, para ello, establecer verdades incuestionables conectadas a la emoción, tabúes que no pueden romperse sin un castigo. Por no mencionar el criterio absolutamente arbitrario con el que divide a la sociedad en víctimas y verdugos, en grupos débiles y grupos fuertes.

Hay quienes frivolizan con el fenómeno de la corrección política, argumentando que advertir del peligro es exagerado: ¿cómo puede llamarse inquisición a algo que no ejecuta en la plaza pública?

Pero también es incompatible con la democracia, con la sociedad abierta, porque niega la libertad de pensamiento, expresión y debate, imponiendo un conjunto de prohibiciones, códigos y tabúes lingüísticos. Su excusa es que sólo prohíbe lo que pudiera resultar ofensivo para las "víctimas". Pero la ofensa suele ser subjetiva, no se encuentra en el emisor sino en el receptor. Por ello, la frontera entre lo permitido y lo prohibido es arbitraria y, demasiadas veces, interesada.

Hay quienes frivolizan con el fenómeno de la corrección política, argumentando que advertir del peligro es exagerado: ¿cómo puede llamarse inquisición a algo que no ejecuta en la plaza pública? Y ¿qué hay de malo en evitar las agresiones verbales o ideológicas? Pero esta ideología no tiene nada que ver con la buena educación, con ese acertado consejo que nos daban nuestros mayores de ser respetuosos con los demás. De hecho, es antagónica al respeto porque anima a denigrar, a denostar, a linchar a quienes no se pliegan a sus dictados. Y, al mismo tiempo, muestra una exquisitez tan extrema y exagerada con otros, que prohíbe muchas expresiones que ni por asomo tienen ánimo de injuriar. ¿Acaso Goya tenía intención de ofender cuando pintó la Maja Desnuda?

No hay que tomar la corrección política como una broma o exageración sino como un verdadero peligro para la libertad, la igualdad ante la ley y la responsabilidad individual. Una corriente que desnaturaliza el lenguaje, impide el pensamiento crítico, transforma a muchos en neuróticos tiranos y genera problemas de convivencia donde no los hay. 

Fe, emociones y, sobre todo, dinero

La corrección política surgió en las universidades de Estados Unidos pero se extendió como mancha de aceite al resto de los países occidentales. En nuestro país, el secular vacío intelectual permitió que se contagiara con rapidez, sin apenas oposición. De hecho, hemos adaptado reglas “made in USA” a nuestro propio ideario, como los llamados “micromachismos”, evidente traslación del término de lengua inglesa microaggression ideado en la década de 1970 y que hacía referencia a las conductas racistas o sexistas extremadamente sutiles, casi siempre inconscientes.


En España, la expansión fue primero consentida y después alentada por las élites porque políticos y burócratas cayeron en la cuenta de que podían utilizarla en su favor. Clasificar a la sociedad en rebaños dificulta el control sobre los gobernantes. Además, políticos y partidos podían suplir su mala gestión y ganar notoriedad sumándose a las nuevas “causas sociales”, incluso llegando a ser sus ideólogos. Y por último, la súbita eclosión de "discriminaciones" justificaba una ingeniería social que, como es lógico, lleva aparejada más poder y más gasto. Claro que... una cosa es resolver problemas y otra muy distinta favorecer a unos cuantos grupos de activistas bien organizados. Con demasiada frecuencia, las nuevas medidas no sólo agravan los problemas sino que crean otros nuevos. Y la solución, cómo no, es la creación de más organismos, más observatorios, más burocracia, más presupuesto…

Sea de un modo u otro, en EEUU y en Europa se ha instaurado un nuevo puritanismo que se escandaliza con un inocente retrato dieciochesco, una suerte de religión laica, obligatoria, que no busca soluciones; sólo culpables y víctimas, que supedita las cualidades y la conciencia de cada persona a la pertenencia a un grupo. Pero juzgar a los individuos por el colectivo al que pertenecen, y no por sus hechos y cualidades personales, desemboca finalmente en aquello que la corrección política dice combatir: la injusta discriminación.  

Miedos, traumas y realidad

Error sobre error, la ingeniería social no cambia la naturaleza humana, no puede erradicar la maldad, mucho menos construir un mundo feliz. Más bien suele conseguir lo contrario. De hecho, la corrección política, como herramienta de transformación social, se ha convertido en un factor determinante de la alarmante polarización política que hoy aflora en muchos países. Convierte a muchas personas en personajes dogmáticos, quejumbrosos y neuróticos, que en todas partes ven agresiones, conflictos, agravios contra su propio colectivo. A un martillo todo le parecen clavos.

Aun sin saberlo, podemos estar convirtiendo el mundo en un sufrido espejo de nuestros miedos y traumas personales. Quizá deberíamos tomar ejemplo de Star Parker, cuando decidió que su condición de mujer negra no iba a determinar su vida. Y recordar aquella frase que sintetiza el valor de la sociedad abierta: "Estoy en desacuerdo con tus ideas, pero defiendo tu sagrado derecho a expresarlas".




La censura y la izquierda liberal

Es muy probable que usted, querido lector, pertenezca a una familia de clase media, con más o menos posibles, en la que, desde la más tierna infancia, sus padres, abuelos y familiares le educaron en una serie de convenciones morales, algunas de ellas bastante elementales tales como que no se debía abusar de los demás, que estaba mal pegar o pelearse, menos aún hacerlo con personas manifiestamente más débiles. Incluso, tal vez le enseñaran que la violencia de cualquier tipo, no sólo física, sino también verbal, contrariamente a lo que un crío pueda creer, no te colocaba por encima de los demás sino justo lo contrario: te degradaba.

Era difícil siendo muy joven asumir por completo esas enseñanzas, sobre todo en el colegio, sin el amparo de la familia, rodeado de desafiantes competidores, de locos bajitos que buscaban destacar sobre los demás, erigirse en líderes dominantes o, simplemente, colocarse los primeros en la cadena alimenticia de una selva infantil. En ocasiones se fracasaba porque resultaba imposible reprimir el insulto ante una provocación o no recurrir al uso de la fuerza cuando algún chaval te arreaba un mamporro durante una discusión. Sin embargo, los mayores insistían. Así, perseverando, madurabas y desarrollabas un mayor autocontrol. Ya de adulto, eras tú quien transmitías esas mismas convenciones a tus hijos, que a su vez tenían que asumirlas e intentar salir indemnes de sus infantiles selvas particulares.

Evolución social

Sin embargo, pese a esas convenciones nobles, aquellos eran tiempos diferentes. Tiempos en los que hacer chistes sobre maricas, negros, mujeres, discapacitados físicos o mentales no estaba mal visto. Se admitían porque nos hacían reír y se descontaba que su coste moral no recaía sobre nosotros sino que corría a cuenta de minorías testimoniales. La “ofensa” era inocua, en tanto que afectaba a grupos supuestamente residuales o que no manifestaban de forma contundente su indignación. Obviamente esta circunstancia no ennoblecía la costumbre. De hecho, antes de que aparecieran  grupos organizados que defendieran a las minorías, estas actitudes ya resultaban incómodas para quienes eran educados en contra del abuso, porque podían intuir cierta incoherencia entre esas elevadas convenciones transmitidas en el seno familiar y la trivialización del menosprecio, aunque fuera para pasar el rato. Así, aunque la actitud mayoritaria consistiera en mirar para otro lado, con el tiempo aquellas actitudes fueron cayendo en desuso.

Podríamos decir que el progreso social consiste en desarrollar reglas informales contrarias a cualquier práctica que atente o denigre a los demás. Unas reglas informales que tarde o temprano terminan convirtiéndose en reglas formales. Quizá no a la velocidad que muchos desean, pero la evolución se produce. Sin embargo, lo que hoy entendemos como corrección política (o políticamente correcto) es relativamente reciente. Un fenómeno no tanto surgido de forma espontánea, a través de reglas informales que dimanan de la sociedad, sino dirigido desde las instituciones a exigencia de organizaciones que, se supone, representan a grupos agraviados, discriminados o simplemente vituperados. Esta corrección política ha dado lugar no sólo a legislaciones polémicas, que, esgrimiendo la discriminación positiva, han chocado frontalmente contra el principio de igualdad ante la ley, sino al surgimiento de una policía del lenguaje.

La policía del lenguaje

Hoy, cualquiera con una mínima empatía sabe que no sólo la agresión física hace daño sino que también puede hacerlo la palabra. Por lo tanto, la corrección política, que afecta al uso del leguaje, ha progresado sin apenas resistencia, a una velocidad vertiginosa, demasiado vertiginosa como para no producir efectos adversos. Al fin y al cabo, ¿quién osará oponerse a prohibiciones que persiguen actitudes inmorales? Lamentablemente, las sociedades no son masas uniformes de millones de individuos, capaces todos de avanzar a igual velocidad en el complejo terreno de las convenciones. Hay quienes están encantados con que la progresión sea vertiginosa y quienes necesitan más tiempo para asumir situaciones completamente nuevas que, en no pocos casos, les obligan no ya a luchar contra la costumbre, el hábito, sino a girar 180 grados sobre sí mismos.

Hoy, cualquiera puede meterse en un buen lío por el simple hecho de tener un desliz y usar una expresión inconveniente, quizá anacrónica, aunque sólo sea una frase hecha dentro de una conversación mucho más amplia y, desde luego, sin intención de ofender. Peor aún, se puede sacar de contexto una expresión y que algún desdichado termine siendo linchado socialmente, sin que la turba atienda a razones. De hecho, resulta alarmante la facilidad con la que hoy se adjudican etiquetas como “intolerante”, “machista”, “racista”, “xenófobo”, “homófobo” a cualquiera que, no ya utilice expresiones incorrectas, sino manifieste su desacuerdo o disienta de determinadas iniciativas, leyes o medidas que supuestamente tienen como fin revertir algún tipo de discriminación.

Autocensura y silencio

Así, hemos llegado a un punto en el que cada vez son más las personas que prefieren autocensurarse, eludir la discusión, el debate o, simplemente, no manifestar su parecer ante el riesgo de ser señaladas con el dedo y que su reputación se vea comprometida. En vez de propiciar el acuerdo, el intercambio de ideas y pareceres, se incentiva el silencio, la falta de comunicación y el distanciamiento entre las personas.

Los políticos llevan demasiado tiempo jugando al peligroso juega de la polarización, a dividir a la sociedad en facciones, en grupos de intereses de los que se valen para alcanzar el poder

Para que una sociedad evolucione de forma equilibrada es necesario un clima que favorezca el diálogo, donde las personas puedan expresar libremente sus preocupaciones, inquietudes, dudas y, por qué no, desacuerdos. Una sociedad sana tiene que poder debatir sobre cualquier asunto, abiertamente, sin tabúes, desde todas las perspectivas y dentro de un clima de confianza. Pero si la policía de la corrección política anda al acecho, atenta al menor indicio de disidencia, dispuesta a arrojar a la hoguera a cualquier sospechoso de herejía, ese clima es imposible. Así, lejos de lograr la integración, lo que se perpetúa es la exclusión. Si hay un síntoma de la crisis de la política es la incapacidad de los partidos para sumar, para ser realmente inclusivos. Muy al contrario, los políticos llevan demasiado tiempo jugando al peligroso juega de la polarización, a dividir a la sociedad en facciones, en grupos de intereses de los que se valen para alcanzar el poder. Y están determinados a perseverar en el error.

Como muestra, valga un botón. Tras la victoria de Trump, el partido Demócrata se plantea buscar un candidato que movilice el voto afroamericano y latino, porque ahí ha estado la clave del fracaso de Hillary Clinton. Pero lo que puede parecer un acierto en el corto plazo, es un error a largo plazo. En realidad, el fracaso no ha estado en no movilizar a minorías decisivas sino plantear la política como un juego de desequilibrios, en vez de como un gran proyecto, donde todos los ciudadanos, independientemente de su raza, sexo, religión o preferencias, estén y se sientan debidamente representados.




Hacia una sociedad infantilizada

En la genial novela de de Philip Roth, La mancha humana, la vida del decano universitario Coleman Silk se desmorona tras interesarse por dos estudiantes que han faltado a todas sus clases, “¿Conoce alguien a estos alumnos? ¿Tienen existencia sólida o se han desvanecido como negro humo?” pregunta en el aula. Desgraciadamente para Coleman, uno de los aludidos resulta ser afroamericano y, cuando llega a sus oídos la pregunta, la interpreta como un ataque racista. Aunque no había ánimo ofensivo en sus palabras, puesto que jamás había visto al estudiante, Silk es acusado de racista, cesado como decano y despedido. Sin otra universidad dispuesta a contratarlo, su economía familiar se deteriora rápidamente. Padece el rechazo de la comunidad, el repudio de amigos y conocidos y, en el colmo de la desdicha, su esposa sufre una apoplejía a causa del estrés y fallece.

Aunque el decano Silk sea un personaje de ficción, Philip Roth refleja las vivencias de infinidad de profesores norteamericanos censurados o expulsados de las universidades porque sus discursos, o siquiera sus apreciaciones, turbaban a un alumnado cada vez más sobreprotegido e infantilizado. Porque no se ajustaban a lo políticamente correcto.

¿Universidades o jardines de infancia?

Hace poco más de dos años, según realtó Judith Shulevitz, estudiantes de la Universidad de Brown organizaron un debate abierto sobre agresiones sexuales. Inmediatamente, otro grupo de alumnos, temeroso de que los intervinientes pudieran exponer ciertas ideas “negativas”, protestó ante la dirección argumentando que la universidad debía ser un “espacio seguro” donde nada avivara los traumas de las víctimas. Las autoridades académicas no cancelaron el acto, pero pusieron a disposición de los asistentes su propio "espacio seguro": una sala contigua donde cualquiera pudiera acudir para recuperarse de algún punto de vista turbador, y, si se sentía con fuerzas, regresar al debate. La estancia estaba equipada con cuadernos para colorear, juegos de plastilina, cojines, música relajante, mantas, galletas, chuches, incluso un video en el que aparecían perritos jugando. También contaba con personal cualificado para atender posibles traumas. Cuando el evento finalizó, dos docenas de personas habían pasado por esta sala, una de las cuales explicó: "me sentía bombardeada por unos  puntos de vista que van en contra de mis creencias más íntimas".

En otra ocasión, un profesor del Columbia College recomendó la visita a una interesante exposición de arte samurai japonés. Inmediatamente, uno de sus estudiantes protestó airadamente, tachando su sugerencia de políticamente incorrecta porque podía herir la sensibilidad de los alumnos chinos. Obviamente, la objeción era absurda; la invasión de China por el ejército imperial japonés había finalizado setenta años atrás. Sin embargo, para el estudiante el tiempo transcurrido era irrelevante. Siguiendo su lógica, el arte alemán ofendería en Francia, el francés en España por la invasión napoleónica, o el español en Flandes.

Otro caso llamativo es el del ex presidente de la Universidad de Harvard, el economista Larry Summers, que tuvo la desgraciada ocurrencia de defender teorías donde mostraba que el coeficiente de inteligencia de los hombres presenta una dispersión, una varianza mayor que el de las mujeres, planteando como hipótesis que este hecho podía influir en la asignación de puestos de trabajo en las escalas más altas y más bajas. Automáticamente fue acusado de machista y, tras una durísima campaña en su contra, Summers se vio obligado a dimitir en 2006.

Del oscurantismo a la ignorancia

El calvario de todos estos profesores ilustra la plaga de la corrección política, una moda que invade los campus universitarios del mundo desarrollado, constituyendo una asfixiante censura que, en no pocas ocasiones, provoca dramas absurdos perfectamente evitables. Lo peor, con todo, es que condena a la sociedad al oscurantismo, a la ignorancia. Al fin y al cabo, Summers sólo podría haberse ahorrado el calvario falseando las teorías, adaptándolas a la “realidad” de lo políticamente correcto o, sencillamente, renunciando a investigar. Por su parte, el profesor de Columbia debería pensárselo dos veces antes de recomendar exposiciones de arte a sus alumnos puesto que todas, de alguna manera, herirán la sensibilidad de alguien. En cuanto a los estudiantes de la Universidad de Brown, para evitar sobresaltos tendrían que renunciar a organizar debates abiertos.

"La universidad no puede ser un 'espacio seguro'. El que lo busque, que se vaya a casa y abrace a su osito de peluche"

El irresistible avance de la corrección política es una señal muy potente que nos advierte de la infantilización de la sociedad occidental, reflejada con pavorosa nitidez en su universidad, de donde precisamente proviene. Tanto despropósito llevó a Richard Dawkins, profesor de biología evolutiva de la Universidad de Cardiff a advertir a sus estudiantes, con indisimulada indignación: "La universidad no puede ser un 'espacio seguro'. El que lo busque, que se vaya a casa, abrace a su osito de peluche y se ponga el chupete hasta que se encuentre listo para volver. Los estudiantes que se ofenden por escuchar opiniones contraria a las suyas, quizá no estén preparados para venir a la universidad".

La corrección política es producto de ese pensamiento infantil que cree que el monstruo desaparecerá con solo cerrar los ojos. Pero la maduración personal consiste justo en lo contrario, en descubrir que el mundo no es siempre bello ni bueno, en la toma de conciencia de que el mal existe, en llegar a aceptar y encajar la contrariedad, el sufrimiento. Y, por supuesto, en aprender a rebatir los criterios opuestos. En su esfuerzo por hacer sentir a todos los estudiantes cómodos y seguros, a salvo de cualquier potencial shock, las universidades están sacrificando la credibilidad y el rigor del discurso intelectual, remplazando la lógica por la emoción y la razón por la ignorancia. En definitiva, están impidiendo que sus alumnos maduren.

La trampa del “espacio seguro”

Cuando se designa unos espacios universitarios como seguros, implícitamente se está marcando otros como inseguros y, por lo tanto, tarde o temprano habrá que “asegurarlos”, hasta que cualquier opinión desconcertante quede prohibida en todo el campus. Y, si esto es válido para la universidad, ¿por qué no trasladarlo a la sociedad en su conjunto? Así, la represión se extiende como mancha de aceite, prohibiendo palabras, términos, actitudes, estableciendo una siniestra policía del pensamiento.

En la práctica, es la autoridad quien acaba dictaminando lo que es políticamente correcto y lo que no. Y lo hace, naturalmente, a favor del 'establishment' y de los grupos de presión mejor organizados

Desde el punto de vista conceptual, la corrección política es incongruente, cae por su propio peso. Dado que no todo el mundo opina igual ni posee la misma sensibilidad, no es posible separar con rigor lo que es ofensivo de lo que no lo es, establecer una frontera objetiva entre lo políticamente correcto y lo incorrecto. Hay personas que no se ofenden nunca; otras, sin embargo, tienen la sensibilidad a flor de piel. La ofensa no está en el emisor sino en el receptor, Así, en la práctica, es la autoridad quien acaba dictaminando lo que es políticamente correcto y lo que no. Y lo hace, naturalmente, a favor del establishment y de los grupos de presión mejor organizados.

La corrección política es una forma de censura, un intento de suprimir cualquier oposición al sistema. Y es además ineficaz para afrontar las cuestiones que pretende resolver: la injusticia, la discriminación, la maldad. No es más que un recurso típico de mentes superficiales que, ante la dificultad de abordar los problemas, la fatiga que implica transformar el mundo, optan por cambiar simplemente las palabras, por sustituir el cambio real por el lingüístico. 

"Es un error juvenil confundir los nombres con las cosas. Las palabras son sólo signos convencionales para identificar objetos o hechos: son estos últimos los que cuentan"

Lo expresó de forma certera el defensor de los derechos civiles W. E. B. Du Bois en 1928. Tras ser recriminado por un joven exaltado por usar la palabra "negro", Du Bois respondió: "Es un error juvenil confundir los nombres con las cosas. Las palabras son sólo signos convencionales para identificar objetos o hechos: son estos últimos los que cuentan. Hay personas que nos desprecian por ser negros; pero no van a despreciarnos menos por hacernos llamar 'hombres de color' o 'afroamericanos'. No es el nombre... es el hecho". En efecto, ni la discriminación, ni el racismo, ni cualquier otro problema, se resuelven por cambiar los nombres. Como mucho, se logra tranquilizar la mala conciencia de algunos.    

Y el resultado es... Donald Trump

Hay mucha gente en el mundo, demasiada en España, que, al parecer, carece de la madurez emocional o de la capacidad intelectual para escuchar una opinión política que se aparte de sus convicciones sin considerarla un insulto personal. Al poner los sentimientos por encima de los hechos, de las razones, cualquier opinión válida puede ser desactivada tachándola de racista, sexista, discriminatoria. Puede que a estas personas la corrección política les haga sentirse más cómodos, pero a costa de instaurar la cultura del miedo en los demás. Clint Eastwood declaró: "Secretamente, todo el mundo se está hartando de la corrección política, del peloteo. Estamos en una generación de blandengues; todos se la cogen con papel de fumar". Aun así no era plenamente consciente del peligro que se avecinaba: tarde o temprano el virulento efecto péndulo invierte las magnitudes, la gente acaba hastiada de tanta censura, y como reacción... vota a Donald Trump.

Renunciar al libre discurso, al libre pensamiento, para evitar herir la sensibilidad de algunos es peor que estúpido: es peligroso porque pone en cuestión los principios de la democracia. Debemos ser respetuosos con todo el mundo, por supuesto. Pero también expresar con libertad nuestras ideas y argumentos. Si alguien se molesta, se rasga las vestiduras, es muy probable que esté mostrando su talante inmaduro, su carácter infantil e intolerante. Lo advirtió George Orwell en su novela 1984: "La libertad es el derecho de decir a la gente aquello que no quiere oír".




El ridículo de los progresistas

Por Jean Bricmont

Global Research, 13 de noviembre de 2016

CounterPunch, 11 de noviembre de 2016

Traducido por Mariola García Pedrajas

Hillary Clinton llamó a la mitad de los votantes de Trump “morralla”1. En todas las discusiones que he tenido con “liberales”2 estadounidenses, éstos me explicaron que los que apoyaban a Trump eran en su mayoría hombres blancos incultos.

Sin embargo, soy lo suficientemente viejo como para recordar una época en la que todos los partidos de izquierdas, socialistas o comunistas, e incluso el partido Demócrata estadounidense, tenían como base los trabajadores de la “clase trabajadora” o el “hombre corriente”. A nadie se le ocurría indagar si tenían títulos universitarios o investigar si sus opiniones eran o no políticamente correctas en temas de racismo, sexismo o homofobia.

Lo que definía a los trabajadores como sujetos progresistas era su condición de explotados económicamente y no algún tipo de ortodoxia ideológica o pureza moral.

A finales de los años 70 del pasado siglo un gran cambio tuvo lugar dentro de los partidos de izquierdas. Éstos fueron dominados cada vez más por miembros del mundo académico y su ideología cambio radicalmente de la de la izquierda clásica.

Muy lejos de tener como objetivo el establecer alguna forma de socialismo, o meramente de justicia social, la izquierda se convirtió en la campeona de la lucha por la igualdad de oportunidades, contra la discriminación y el prejuicio y – con el avance de la globalización – de la apertura de los mercados.

El más o menos mítico héroe de la izquierda ya no era el proletariado sino el marginal, el emigrante, el extranjero, el disidente o el rebelde – incluso si se trataba de fanáticos religiosos con los que ningún intelectual de izquierdas tendría nada que ver. Uno recuerda a Jean-Jacques Rousseau burlándose de aquellos que pretenden amar a los tártaros para evitar tener que amar a sus vecinos.

Poco a poco se forjó una nueva clase de alianza: el llamado uno por ciento, o de manera más realista el diez por ciento más rico que se beneficia de la globalización, se alía con la intelectualidad de clase media para vender la globalización en el nombre de la “apertura a los otros” y exhibe el espectro del racismo o el sexismo para atraer a minorías y a ciertas feministas (porque aunque las mujeres no son una minoría, ciertas reivindicaciones feministas son similares a las de las minorías).

Pero esta alianza era extremadamente antinatural en términos socioeconómicos, puesto que las principales víctimas de la globalización son los trabajadores menos cualificados, con frecuencia mujeres y miembros de las minorías.

El sesgo pro-globalización de la izquierda la llevó por mal camino paso a paso. Primero renunció a cualquier esfuerzo de regular la economía, contentándose con reclamar un reparto equitativo de los frutos del crecimiento asegurando la “igualdad de oportunidades”. Pero en el mundo real las desigualdades crecieron mucho más que la economía.

También imaginaron que se podían abolir las leyes internacionales y que una tal “comunidad internacional” – en la práctica los Estados Unidos y sus aliados – mantendría el orden mundial por medios militares. De nuevo, en el mundo real eso creo únicamente caos, refugiados y resistencia a ese orden estadounidense. De hecho, con el paso del tiempo, la propia población estadounidense fue víctima de un extraño desorden, “fatiga de guerra”. Excepto una minoría de ideólogos, apenas nadie en los Estados Unidos quiere soportar los costes de un imperio.

Había que lidiar con las protestas de las víctimas de la globalización. El truco fue usar la ideología de la tolerancia: cualquier objeción a la globalización se etiquetaba como racismo o xenofobia. Los intelectuales se involucraron en “la lucha contra el racismo” con entusiasmo, con un ojo puesto en la preservación de su propia posición social privilegiada, al abrigo de las tormentas económicas de las globalización.

En los Estados Unidos, era suficiente con estigmatizar las opiniones no deseables; en Europa, se las llevaba a los tribunales.

Todo eso tenía que explotar antes o después, lo mismo que el Muro de Berlín se vino abajo cuando la URSS colapsó, y por las mismas razones: una élite autocomplaciente pero bastante incompetente, aislada de las realidades sociales, que afirma hacer lo que es mejor para la gente pero sin consultarla, y la cual al final ni siquiera reparte los beneficios prometidos, acaba provocando una rebelión contra ella misma.

Primero el Brexit, después Trump. Sea lo que sea lo que uno piense de ese individuo, mientras peor sean las cosas que dijeron de él los “liberales” estadounidenses, más se pone de manifiesto la enormidad de la derrota de éstos. Después de años de corrección política y sermones sobre feminismo y antirracismo, ¿qué puede ser más humillante que la elección de alguien que ha sido demonizado por feministas y antirracistas como Trump?

Para los ardientes defensores de la Unión Europea, la globalización y las guerras humanitarias, la victoria de Trump tiene un efecto comparable al de las huelgas de los trabajadores polacos contra el Partido Comunista gobernante: sacaron a la luz el descontento incluso en el proletariado que teóricamente ejercía la dictadura. La elección de Trump muestra la revuelta de la población estadounidense en la ciudadela misma del libre mercado y el imperialismo.

Queda por ver si Trump llevará a cabo los aspectos progresistas de su programa; proteccionismo y paz con Rusia. Esos eran los aspectos que más enfurecieron a la oligarquía, mucho más que sus comentarios groseros y sus contradicciones. Esos son por lo tanto los aspectos que requerirán la mayor inteligencia y determinación para hacerse realidad.

Una izquierda que se atreva a examinar de cerca sus errores pasados debería hacer todo lo que pueda para empujar a Trump en esa dirección, más que alienar a la población aún más subiéndose una vez más a su caballo de superioridad moral y vendiendo su alma a los líderes del Partido Demócrata responsable de su propia derrota3.


Los partidos y políticos progresistas tienen una singular predilección por obcecarse en debatir temas secundarios totalmente periféricos al debate político

Fragmento del artículo....

Estas discusiones y proclamas serían más o menos inofensivas si el TTIP fuera la única obsesión quijotesca de la izquierda en España, pero no es el caso. Los partidos y políticos progresistas tienen una singular predilección por obcecarse en debatir temas secundarios totalmente periféricos al debate político o a las preocupaciones de los ciudadanos, y de hacerlo además abusando de una jerga inescrutable para los legos. Hablo de debates como el artículo 135 de la constitución, el canon digital, los CIE, la visita de Obama a España, las SICAV o la conspiración internacional contra Venezuela. Algunos de ellos son importantes (de esa lista, el canon digital y las SICAV lo son), otros no lo son tanto. Lo importante, sin embargo, es que cada vez que la izquierda dedica su tiempo, energía y entusiasmo a litigarlos electoralmente, muchos votantes dejan de prestarles atención.

El resultado es que tenemos políticos y partidos encantados de haberse conocido hablando entre ellos sobre cosas en las que están todos de acuerdo pero que apenas entiende nadie, mientras Mariano Rajoy hace campañas donde simplemente lee en voz alta la lista de las cinco principales preocupaciones del CIS en medio de un campo de lechugas y gana elecciones. La izquierda se empecina en hablar de temas que son más de identificación tribal propia que problemas ciudadanos concretos, y después se sorprende que nadie los acabe por tomar en serio.

Muchas de las obsesiones de la izquierda son temas importantes. Es necesario modernizar el absurdo sistema de propiedad intelectual en España. Es necesario eliminar agujeros fiscales. Debemos velar para que el TTIP no reduzca la capacidad europea de combatir el cambio climático o limite el uso de medicamentos genéricos. Lo que no es útil, y de forma más crucial, no sirve para ganar elecciones, es pasarse el día persiguiendo cosas brillantes, discutiendo qué significa ser de izquierdas y quejándose sobre la impureza del partido de al lado en su defensa del proletariado. Cuando el PSOE, Podemos e Izquierda Unida se dedican a hacer eso lo único que consiguen es que un señor con barbas les gane en las urnas diciendo cosas como que España tiene que ser un país serio.

Es hora de que la izquierda empiece a entender con qué armas va a la guerra. Todo lo que no sea hablar de las preocupaciones reales de los votantes es perder el tiempo.




"Doblepensar significa la facultad de sostener dos opiniones contradictorias simultáneamente, dos creencias contrarias albergadas a la vez en la mente...". Orwell



Los sorprendentes resultados los dio a conocer el Family Policy Institute of Washington en este vídeo (está en inglés, pero dispone de subtítulos en español: mira la barra inferior de vídeo si no los tienes activados).

La mayoría de los encuestados eran incapaces de afirmar lo evidente: que su interlocutor no era una mujer, ni era china ni medía 1,95 metros.

En las respuestas de los estudiantes salía a relucir hasta qué punto el relativismo y la corrección política están bloqueando su capacidad de afirmar la verdad, un bloqueo que tiene su origen en un cada vez más descarado adoctrinamiento ideológico en las escuelas.

Lo estamos viendo en el caso de España, donde un libro que precisamente denuncia ese adoctrinamiento está sufriendo un acoso inquisitorial.

Se está instalando el miedo a decir la verdad. Ese adoctrinamiento tiene un efecto perverso: quienes sostienen puntos de vista opuestos a los de la corrección política acaban teniendo miedo de manifestarlos por si son señalados y perseguidos.

Y todo ello por la progresiva imposición de una ideología de origen totalitario que sostiene la más que discutible tesis de que los roles de cada sexo son fruto simplemente de imposiciones culturales, y que cada uno puede elegir el sexo al que pertenece, definiéndolo como “género”, de modo que a un hombre le basta con decir que se siente mujer para que se obligue a todo el mundo a reconocerle como tal, incluso amenazando con sanciones al que lo discuta.

El problema de esta ideología es que se contradice a sí misma. Por ejemplo, en España hay una “Ley de Violencia de Género” que establece penas más severas para los hombres que para las mujeres. Basta con la palabra de una mujer, por ejemplo, para que un hombre sea detenido por maltrato.

Pero ¿y qué pasa si el maltratador se declara mujer? ¿Por qué la ley no contempla que todo aquel que afirme ser mujer quedará eximido del trato que la ley contempla para los varones?

¿Lo próximo será elegir raza, edad, estatura o especie?

Por otra parte, y como es lógico, si se puede elegir el sexo y obligar a los demás a afirmar una falsedad, ¿cuánto tardarán en hacer lo mismo con la raza, la edad, la nacionalidad, la estatura o incluso la especie?

Si a una persona le basta con negar su sexo biológico para que el Estado coaccione a toda la sociedad a fin de que nadie lo discuta, ¿qué argumentos racionales darán para negar esa elección a los que niegan su raza, su edad, su estatura, su complexión corporal o incluso su condición humana?

Si uno puede afirmar que es mujer a pesar de haber nacido hombre ¿qué impedirá que alguien diga que se siente un klingon y el Estado multe a todo aquel que lo niegue?

Si uno puede afirmar que es mujer a pesar de haber nacido hombre, y la ley nos obliga a negar lo evidente, ¿qué impedirá que el día de mañana alguien diga que se siente un klingon y el Estado multe a todo aquel que lo niegue?

Para rechazar tal posibilidad ni siquiera sería válido el argumento de que la raza klingon es una invención de una serie televisiva (Star Trek) de ficción. ¿No se basa también en una ficción la ideología de género?

Una sociedad en la que te persiguen por afirmar lo evidente

Los efectos pueden ser desastrosos cuando esta pendiente resbaladiza hacia el disparate pase del sexo a características como la edad o la estatura.

¿Por qué negar el alistamiento en las Fuerzas Armadas a una persona de menos estatura que la exigida, pero que diga sentirse muy alta?

¿Por qué negar el derecho a votar a un niño de 7 años que diga sentirse un adulto de 25?

Y en la misma línea, si un hombre de 70 años dice sentirse un niño de 6, ¿con qué argumentos le impedirán acudir a clases de Primaria junto a escolares de esa edad?

Cuando uno acepta disparates como los que sirven de base a la ideología de género, ha de ser consecuente y aceptar que si elegimos el sexo como quien elige el color de su ropa, ha de poder elegirse todo lo demás.

Y donde hoy hay leyes para obligar a la gente a mentir sobre el sexo de los demás, si seguimos así mañana tendremos leyes para obligarnos a suscribir otras mentiras.


Con la corrección política y con la imposición legal de la ideología de género no estamos logrando una sociedad más libre y tolerante y menos discriminatoria, sino una sociedad menos libre y menos tolerante a la verdad, en la que afirmar lo evidente se convierte en motivo de persecución.

Fuente: http://www.actuall.com/criterio/familia/hombre-blanco-mide-175-asegura-una-mujer-china-195-dirias/

Thirty Shop - Postmodern Jukebox:



martes, 27 de diciembre de 2016

Posverdad. La realidad fugaz y la verdad breve

La mentira política y la distorsión de la realidad

El diccionario Oxford describe la posverdad como “aquella circunstancia en la que los hechos objetivos cuentan menos que las percepciones”. La opinión respetable (tanto la americana como la nuestra) lamenta el triunfo de la posverdad porque Trump ha hecho circular informaciones falsas que sus votantes se ha tragado encantados de la vida. Pero esto hace muchos años que sucede en el bando de lo políticamente correcto y hasta ahora nadie parecía preocuparse. No son pocos los progres que, tanto aquí como en Estados Unidos, hacen oídos sordos a la realidad objetiva, mientras responden a creencias muy discutibles y a prejuicios completamente infundados. Ciertamente, hay extremistas de derecha que niegan, por ejemplo, el cambio climático (Trump entre ellos); pero los fanáticos del naturalismo hace años que propagan mitos sobre la comida, los animales o la salud. Por ejemplo, predican que nos estamos envenenando con la química que acompaña a los alimentos, siendo como es evidente que ahora los humanos vivimos más años que nunca.



Entre nosotros, el concepto posverdad ha suscitado muchas bromas. En esta parte del Mediterráneo, la especialidad es la bromita. Aunque nuestra policía de lo políticamente correcto es tan activa como en el mundo anglosajón, el hecho es que generalmente no tiene necesidad de actuar porque casi nadie se atreve a cuestionar los dogmas que impone. Por miedo a ser tachado de antifeminista o de homófobo, nadie se atreve a discutir la ideología de género. Por miedo a ser tachado de xenófobo, casi nadie se atreve a hablar de los costes de la multiculturalidad. Por miedo a ser descrito como un ricachón egoísta, casi nadie se atreve a defender la propiedad privada, lo que ha causado el predominio, incluso legal, de la filosofía okupa (como sabe bien aquella señora de Mataró que tiene que vivir en un sótano porque no puede vender su vieja fábrica okupada). Aquí sólo discutimos por la nación. Tienes identidad catalana o la tienes española (ni siquiera te dejan matizar el dilema): este es nuestro único campo de ideas.

Ciertamente, hay quien desafía el corsé de lo políticamente correcto. Los humoristas, por ejemplo. Pero generalmente buscan una provocación rentable. Procuran sacar punta de los aspectos más anecdóticos o grotescos de esta ideología, pero no cuestionan ningún aspecto esencial. Al contrario: la ironía omnipresente contribuye a afianzar los valores dominantes: el relativismo y el hedonismo. Si todo es igualmente tonto y trivial –vienen decir nuestros humoristas– al menos pasémoslo bien.
El discurso irónico, al convertirse en obligatorio, se ha convertido en una salsa anodina que hace que todo lo que se escribe o se escucha tenga el mismo sabor. “El sarcasmo, la parodia, el absurdo y la ironía son maneras geniales de quitar la máscara a las cosas para mostrar la realidad desagradable que llevan dentro”, dijo David Foster Wallace en una entrevista. Suicidado en el 2008, es el novelista americano más talentoso y elogiado de los últimos veinte años. El problema de la ironía, venía a decir Wallace, es que, una vez has desacreditado todas las ilusiones y has desencantado todas las posiciones, no te queda más remedio que seguir hablando en tono de broma.

En este contexto dominado por la salsa de una ironía, aparece el concepto posverdad a propósito de las malas artes electorales de Trump. Ciertamente, el presidente electo es un mentiroso compulsivo, ¿pero ahora resulta que la mentira política y las noticias falsas son novedad? ¡Si las ha habido siempre! Más aún: La cultura universitaria americana, tan progresista e influyente, es una abanderada del relativismo. No hay una verdad, sino interpretaciones, decían; pero ahora lamentan que los votantes de Trump se hayan aferrado a sus prejuicios en vez de aplaudir la multiculturalidad y la globalización cosmopolita.

Hace décadas que el academicismo liberal (en el sentido americano del término) ha conseguido imponer la idea de que no hay objetividad posible, ya que todo pasa a través de la percepción del sujeto. Se nos empuja constantemente a cuestionar nuestras creencias, identidades y supuestos. Se dice que no son reales ni verdaderos, que sólo son construcciones sociales. La ideología de género, por ejemplo, se fundamenta en el principio de que nada es natural, ya que todo es cultural, construido, y, por tanto, desconstruible. Hay tantas verdades como puntos de vista, se afirma solemnemente. Desde la escuela francesa, por ejemplo, se promueve la subversión de los valores e identidades tradicionales, considerados causa de todos los males: quien se opone a ello es expulsado del ágora y forzado a alinearse con la extrema derecha. Incluso el candidato Fillon es descrito entre nosotros como un radical por el mero hecho de ser católico. En nuestra televisión pública, se ha llegado a proclamar, en un reportaje informativo, que los niños no son niños aunque tengan pene porque lo que cuenta es la percepción que, antes de la pubertad, estos niños tienen de su identidad. ¿Y ahora resulta que nos escandaliza la posverdad?



La mentira política en la era Trump

“El súbdito ideal del reino totalitario”, escribía Hannah Arendt, “no es el nazi convencido ni el comunista convencido, sino el hombre para el que ya no existe la distinción entre hecho y ficción, ni entre verdadero y falso”. Es una magnífica definición del candidato Donald Trump, que el 9 de noviembre se convirtió en el 45º presidente de Estados Unidos. Nunca un hombre político había borrado hasta tal punto la frontera entre verdadero y falso, entre realidad y ficción. Para Donald Trump, que ha hecho campaña durante 16 meses multiplicando las mentiras, las habladurías y las calumnias, es la capacidad de producir adhesión, de seducir, de engañar lo que confiere validez a la palabra pública. Es el índice de audiencia lo que decide entre lo verdadero y lo falso, entre lo que es real y lo que es ficticio.

LA "TRUMPESFERA" ACTUABA COMO UN AGUJERO NEGRO QUE ABSORBÍA LAS CRÍTICAS Y LAS LLAMADAS AL ORDEN

“Ha mentido de forma estratégica”, ha declarado Tony Schwartz, el escritor en la sombra de Trump. “No le crea ningún escrúpulo de conciencia”. A muchas personas “la verdad se les queda estrecha”, y la indiferencia de Trump hacia la verdad “ha representado, sorprendentemente, una ventaja para él”. Por mucho que los medios de comunicación se esforzaran en contraponer la verificación de los hechos a sus mentiras, la realpolitik a sus quimeras aislacionistas, la moral a sus desvaríos sexistas y racistas, la Trumpesfera actuaba como un agujero negro que absorbía las críticas y las llamadas al orden. Ya pueden los medios de información tacharle de fascista, de neofascista, o compararle con el mismo Hitler, “a la gente le da  igual”, replica él con arrogancia. Una actitud típica de los fascistas. Y vuelve a alimentar con más fuerza la provocación con una nueva observación racista contra los musulmanes, los hispanos, las mujeres y los homosexuales, inflamando una vez más a los medios de comunicación escandalizados.

“En Donald Trump”, escribía Roger Cohen en The New York Times, “hay realmente un candidato fuera de cualquier esquema: es uno que miente en continuación, que insulta, que utiliza un lenguaje impensable hasta ahora. Si se dice: ‘Hay alguien que quiere ser presidente de Estados Unidos y miente constantemente’, y millones de personas dicen: ‘De acuerdo, sí, quizá es algo que no se debe hacer, pero en cualquier caso le voy a votar’, creo que es necesario hacer un análisis profundo”. 

Es evidente que podemos echarle la culpa a la credulidad de los votantes o a la complicidad de los canales televisivos todo noticias –Fox News, MSNBC y CNN-- que gracias a Trump han conseguido récords de audiencia e ingresos publicitarios estimados en varios miles de millones de dólares. ¿Pero cómo romper la espiral que vincula las provocaciones de Trump con los récords de audiencia de las televisiones, y estos récords con el consenso electoral? Las explicaciones no faltan.

EL MUNDO YA NO FUNCIONA ASÍ. NOSOTROS SOMOS AHORA UN IMPERIO Y CUANDO ACTUAMOS CREAMOS NUESTRA REALIDAD

En Estados Unidos se ha acuñado incluso un neologismo para designar esta nueva era de mentira política, la “política de la posverdad”. La confluencia entre movimientos populistas y  redes sociales habría creado un nuevo contexto y un nuevo régimen de verdad caracterizado por la aparición de burbujas informativas independientes entre ellas, torres de información inmunes a los pesos y contrapesos tradicionales que funcionaban como árbitros en el espacio público. Ahora las personas pueden elegir su fuente de información de acuerdo con sus propias opiniones y sus propios prejuicios, en una suerte de inviolabilidad ideológica que es también una forma de autismo informativo. Esto puede explicar una cierta fragmentación de las opiniones públicas, pero no la continua realimentación verbal, o el  histerismo alcanzado en el debate público que hemos constatado en esta campaña. 

En un artículo de The New York Times publicado algunos días antes de las elecciones presidenciales de 2004, Ron Suskind, editorialista de The Wall Street Journal de 1993 a 2000 y, posteriormente, autor de diversos sondeos sobre la comunicación de la Casa Blanca, reveló el contenido de una conversación que había mantenido en el verano de 2002 con un asesor de George W. Bush. 

Dicho asesor, molesto por un artículo que Suskind acababa de publicar en la revista Esquire sobre la exdirectora de comunicación de Bush, Karen Hughes, le agredió inesperadamente: “Me dijo que las personas como yo formaban parte ‘de lo que llamamos comunidad basada en la realidad (o reality-based community): vosotros creéis que las soluciones surgen de vuestro juicioso análisis de la realidad observable’. Yo asentí y murmuré algo sobre los principios de la Ilustración y del empirismo, pero él me interrumpió: “En realidad, el mundo ya no funciona así. Nosotros somos ahora un imperio y cuando actuamos creamos nuestra realidad. Y mientras vosotros estudiáis esa realidad, con la sensatez que tanto os gusta, nosotros volvemos a actuar y creamos otras realidades nuevas, que podréis estudiar a su vez, y es así como funcionan las cosas. Nosotros somos los actores de la historia. […] Y a vosotros, a todos vosotros, no os queda nada más que estudiar lo que nosotros hacemos”.

Estas declaraciones, pronunciadas por un responsable político estadounidense de alto nivel (quizá Karl Rove) pocos meses antes de la guerra en Irak, no son solo cínicas, dignas de un Maquiavelo comunicólogo, sino que parecen más propias de un escenario teatral que de un despacho de la Casa Blanca. Y no solo plantean un problema político o diplomático, sino que hacen patente una nueva concepción de la relación entre política y realidad: los mandatarios de la primera potencia mundial se alejan no solo de la realpolitik, sino también del simple realismo, para convertirse en creadores de su realidad, en dueños de las apariencias, reivindicando lo que podríamos definir como una realpolitik de la ficción.



El artículo de Suskind tuvo un gran impacto. Los editorialistas y los blogueros se adueñaron de la expresión “comunidad basada en la realidad”, que se difundió a través de la red.

“Durante estos últimos tres años”, explica Jay Rosen, profesor de periodismo en la Universidad de Nueva York, “es más, desde el comienzo de la aventura en Irak, los estadounidenses han asistido a clamorosos fracasos de los servicios de inteligencia, a fiascos espectaculares en la prensa, a un descalabro asombroso de los dispositivos públicos de control de la acción del Gobierno, como la desaparición de la vigilancia sobre el Congreso y el cortocircuito del Consejo Nacional de Seguridad, que habían sido instituidos precisamente para evitar esas circunstancias. Al hablar de “derrota del empirismo”, Suskind evidencia la esencia de este proceso, consistente en restringir la deliberación, el control, la indagación de los hechos, la investigación sobre el terreno”.

Ron Suskind observaba que estas prácticas constituían una ruptura con una “larga y venerable tradición” de la prensa independiente y del periodismo de investigación. Denunciaba una campaña “poderosa y diversificada, coordinada a nivel nacional”, cuyo objetivo era el descrédito de la prensa. A un periodista que le preguntaba si pensaba que estos ataques estaban dirigidos a eliminar el periodismo de investigación, Suskind le respondió: ¡Claro que sí! Este es precisamente el objetivo, la desaparición de la comunidad de periodistas honrados en Estados Unidos, ya sean republicanos o demócratas, o miembros de grandes periódicos. […] De esta forma ya no nos quedará nada más que una cultura y un debate público basados en la afirmación en vez de en la verdad, en las opiniones en vez de en los hechos”. 
              
Roosevelt fue el primer presidente que utilizó la radio para comunicar con los norteamericanos. Kennedy inauguró la era de la televisión. Cuando Roosevelt pronunciaba un discurso en la radio, “la gente tenía tiempo suficiente para reflexionar, podía compaginar emoción y hechos”, explica el neurocientífico António Damásio. “Hoy, con Internet y la televisión por cable que difunden informaciones las 24 horas del día, estás inmerso en un contexto en el que ya no tienes tiempo para reflexionar. Los electores están guiados por sentimientos puros de simpatía o de aversión, de armonía o de desasosiego que les inspiran los candidatos a los que conocen a través de su relato”. En sociedades hipermediatizadas, atravesadas por flujos de información continuos, la capacidad de estructurar una visión política no con argumentos racionales sino mediante el relato de historias, se ha convertido en la clave de la conquista y del ejercicio del poder. Ya no es la pertinencia lo que da a la palabra pública su eficacia, sino la plausibilidad, la capacidad de movilizar a su favor grandes corrientes de público y de adhesión…

La elección de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos es el punto culminante de esta evolución. Con él, lo que entra en la Casa Blanca es el universo de los programas de telerrealidad (o reality). Más que de construir la realidad, se trata de producir una telerrealidad permanente, un universo disgregado en el que la libertad de expresión se manifiesta constantemente mediante la transgresión. La telerrealidad trumpista es un telecarnaval en el que se escenifica sin descanso la subversión de lo alto y lo bajo, de lo noble y lo trivial, de lo refinado y lo vulgar, así como el rechazo de las normas y de las jerarquías constituidas y la rabia contra la élite. Trump es una representación de la bazofia del lujo que triunfa bajo la enseña de lo vulgar,  lo escatológico y la mofa. Es el vencedor con la semblanza del perdedor. “He maquillado a un cerdo con una barra de labios”, según las palabras de su escritor en la sombra Tony Schwartz.

A los blancos desclasados, que han representado el meollo de su electorado, les propone una revancha simbólica, la restauración de una superioridad blanca turbada por el avance de las minorías en una sociedad cada vez más multicultural, espejo de los medios de comunicación y de los intelectuales. Es contra este espejo contra el que Trump ha encauzado la rabia hacia la élite, desacreditando a los unos para volver a dar crédito a los otros a costa de  decir todo tipo de mentiras. Y lo ha hecho utilizando las recetas de los programas de telerrealidad, que satisfacen esta necesidad de representación, muy conocida clínicamente, y que se nutre de la impotencia del vivir. Lo que Trump ha logrado captar y transformar en capital político es esta necesidad de representación. “Yo fomento las fantasías de la gente. […] La gente quiere creer que una determinada cosa es la más grande, la más excepcional, la más espectacular. Yo llamo a esto hipérbole real. Es una forma inocente de exageración y una forma eficacísima de promoción”. Palabras extraídas de su autobiografía Trump: el arte de la negociación. 





Posverdad y populismo

Un fantasma recorre el mundo: el fantasma de la confusión terminológica. Ya que si algo llama la atención del auge global del populismo, que ha llevado a Donald Trump a la Casa Blanca y tiene a Marine Le Pen enfilando el Elíseo, es la dificultad que encontramos para definirlo con precisión. Pero saber de qué estamos hablando cuando hablamos de populismo es importante; de otro modo, convertiremos en inútil una categoría decisiva para entender la crisis que atraviesan las democracias occidentales. ¡No sea que, aplicando los remedios inapropiados, terminemos por agravarla! Bien por recurrir habitualmente a mecanismos de decisión tan ineficaces como el referéndum, bien por asimilar —por contaminación atmosférica o estrategia deliberada— los elementos del discurso populista. Es así necesario preguntarse por qué tiene lugar este revival tan espectacular como inquietante.

Hay que empezar por aclarar que el populismo no es, como se ha puesto de moda afirmar, la oferta de soluciones sencillas para problemas complejos. Si así fuera, no hay partido político que pudiera sustraerse a semejante acusación. ¿Quién se presentaría a las elecciones prometiendo remedios abstrusos para problemas intratables? Más aún: ¿quién podría ganarlas anunciando subidas de impuestos o reformas dolorosas? En la medida en que la competición electoral requiere persuadir a un público más sentimental que racional, no hay discurso político que no propenda a la simplificación. O sea: a un grado variable de demagogia. Incluso el admirable Obama ganó sus primeras elecciones con un discurso de fuerte contenido afectivo: su Yes we can no podía ser menos impreciso ni más eficaz. Hay, claro, diferencias: no todos los actores políticos son demagógicos por igual. Pero no es ahí donde encontraremos la clave que nos permita distinguir al populismo de sus alternativas.

Digámoslo ya: es populista quien despliega un discurso antielitista en nombre del pueblo soberano. En otras palabras, quien sostiene que el pueblo virtuoso ha sido víctima de una élite corrupta que ha secuestrado la voluntad popular. Y lo es, en fin, quien se arroga la potestad de determinar quién pertenece a cada una de esas entidades: quién es gente, quién es casta. De ahí que el contenido de esos contenedores de indudable fuerza simbólica no se encuentre prefijado: entre los enemigos del pueblo pueden contarse empresarios, inmigrantes, periodistas; pero bien pueden ser pueblo, como a menudo sucede en el populismo latinoamericano, las minorías indígenas. De hecho, cualquiera puede transitar entre ambas, del pueblo a la élite y viceversa, si abraza el ideario populista. ¡No solo los significados son flotantes cuando hablamos de populismo! Ahí está el caso Espinar para demostrarlo: una conducta dudosa se transforma en “ética” cuando el implicado está en el lado bueno de la divisoria moral.

Pueblo contra élite: tal es el núcleo esencial del populismo, que podemos reconocer en sus principales manifestaciones de ahora mismo, de Podemos al Frente Nacional. Es norma también que la encarnación del movimiento corresponda a un líder carismático que, como ha explicado con brillantez José Luis Villacañas, es investido afectivamente por sus seguidores con cualidades redentoras. A ello hay que añadir rasgos de estilo que no son exclusivos del populismo, pero lo acompañan casi invariablemente: la provocación, la protesta, la polarización. Más que de una ideología en sentido propio, se trata de un estilo político que pueden adoptar por igual actores de izquierda y derecha. Y que se relaciona ambiguamente con una democracia a la que acompaña, como ha escrito Benjamin Arditi, como un espectro: invocar al pueblo en un régimen político que dice asentarse sobre el “gobierno del pueblo” no deja de tener sentido. Es tirando de este hilo como podemos encontrar razones que nos ayudan a explicar su auge contemporáneo.

Hay que reparar, sobre todo, en la creciente distancia que media entre el ciudadano y el gobierno de los asuntos colectivos: aunque elegimos representantes, sentimos que estos se encuentran muy lejos de nosotros. ¡Y es verdad! La tecnocratización del Gobierno responde a una creciente complejidad social que el ciudadano, por lo general poco sofisticado políticamente, apenas comprende o no se esfuerza en comprender: el 43% de los votantes norteamericanos pensaba que el índice de desempleo había subido durante los años de Obama, cuando en realidad ha descendido, y la mitad de los españoles no distingue el PIB del IPC. De manera que las democracias, para ser eficaces, no pueden sino reforzar su dimensión aristocrática en detrimento de la popular. Margaret Canovan lo explica muy bien: “La paradoja es que mientras la democracia, con su mensaje de inclusividad, necesita ser comprensible para las masas, la ideología que trata de salvar la brecha entre la gente y la política distorsiona (no puede sino distorsionar) el modo en que la política democrática, inevitablemente, funciona”. En una crisis, cuando el ciudadano siente que las élites le han fallado, se vuelve contra ellas y reclama —espoleado por el líder populista— recuperar su capacidad de decisión directa. ¡Que vote la gente!

La esfera pública se ha fragmentado en nichos emocionales donde la realidad cuenta poco

Se refuerza así la dimensión plebiscitaria de la democracia, que favorece al líder populista; no digamos si, como sucede con Trump, tratamos con un maestro de la telerrealidad. También contribuyen a ello la crisis de la mediación desencadenada por las nuevas tecnologías y la de los partidos tradicionales. Simultáneamente, las redes sociales intensifican el tribalismo moral y sirven como mecanismos afectivos que expresan identidades antes que razones. Por eso se habla de democracia posfactual: porque la esfera pública se ha fragmentado en nichos emocionales donde la realidad tiene poco que decir. Hasta que la realidad habla, como ha sucedido en Grecia o sucederá en EE UU si Trump aplica políticas proteccionistas. Es interesante constatar también cómo el prestigio cultural del rebelde —el outsider enfrentado al sistema canonizado en el cine, la publicidad y los medios de comunicación— contribuye también al éxito del populista, quien a fin de cuentas vende su producto como una insurrección contra el establishment. La reforma es conformista, la insubordinación es sexy.

¿Tiene futuro el fenómeno populista? No cabe dudarlo, a la vista de un pasado histórico aún no tan lejano. Se da aquí la paradoja de la eficacia: las democracias deben atajar las causas del descontento que hace reaparecer al espectro populista, pero para ello se requieren políticas que ese mismo descontento hace difícil aprobar. Y seguramente las propias democracias liberales hayan de desarrollar su propio repertorio afectivo, para así combatir mejor el de sus enemigos. Pero eso, claro, es más fácil decirlo que lograrlo.


Sunny Afternoon - The Kinks