miércoles, 6 de julio de 2016

Juan Manuel de Prada y la Decadencia occidental


Decadencia

Afirmábamos hace un par de semanas que progreso material y civilización son conceptos que nada tienen que ver entre sí; y que a veces, incluso, pueden resultar conceptos antípodas, si el progreso material no se subordina a las necesidades de orden moral y espiritual que fundan y sostienen una civilización. Cuando ocurre lo contrario (cuando el progreso se antepone a las necesidades morales y espirituales, llegando a sepultarlas, o manteniéndolas a modo de perifollos retóricos), la decadencia de esa civilización ya ha comenzado. He aquí una verdad infalible que, misteriosamente, los hombres de todas las épocas se obstinan en ignorar, pretendiendo que la civilización que los cobija está inmunizada contra el mal que a otras anteriores las corrompió, hasta aniquilarlas. Se trata, sin duda, del engaño más trágico y reiterado de cuantos recorren, a modo de estribillo aciago, la historia de la Humanidad.

A este engaño contribuye, en gran medida, otro hecho paradójico. Con frecuencia, las civilizaciones que han iniciado su decadencia muestran un aspecto falsamente saludable, como el del comensal que sonríe ahíto un segundo antes de que lo fulmine el infarto. En efecto, casi todas las civilizaciones que han sucumbido lo han hecho en un momento que, aparentemente, era el de su mayor esplendor; un esplendor con pies de barro, sostenido sobre un progreso puramente material, pero muy resultón y aparente, tan resultón y aparente que provoca engreimiento en quien lo padece. Hemos escrito «padece» porque tal esplendor aparente es la enfermedad más nociva de cuantas pueden aquejar a una colectividad humana: a veces se reviste de prosperidad económica, a veces de avances científicos y técnicos, a veces de formas políticas primorosas, a veces de todos estos oropeles juntos, en apoteosis esplendorosa que preludia un aparatoso derrumbamiento. A estas civilizaciones revestidas de esplendores de pacotilla les sucede como a las momias, cuyo aire hierático se puede confundir con un aire mayestático, cuyo aspecto amojamado se puede confundir con sobriedad y nobleza, cuya mirada fija y taladrante nos impide determinar si son jóvenes o viejas (aunque determinar tal cosa carece de importancia, pues ante todo están fiambres).

El progreso material, cuando no está animado por un impulso espiritual, arrastra a la decadencia. Y es una decadencia que nace del hastío, del cansancio, de un malestar sin forma, una gangrena que se va apoderando imperceptible, casi voluptuosamente, de personas e instituciones, un agostamiento paulatino e indoloro que las va enfermando de escepticismo y desesperanza. La etiología de esta enfermedad es muy sencilla, pues es la misma que la de la planta que ha sido arrancada del suelo que le daba sustento. Las civilizaciones siempre se agostan y pudren cuando son arrancadas de la fuente de su alegría y vigor, que en último extremo es religiosa; pero, absurdamente, piensan que podrán suplir esa fuente de alegría y vigor mediante ídolos diversos. El ídolo sucedáneo más socorrido a lo largo de los siglos ha sido el Dinero; en esta fase de la Historia, el Dinero se amalgama con una serie de fetiches políticos muy rimbombantes, todos ellos presentados con traje cívico y solidario, aunque en realidad inventados para satisfacer egoísmos particulares. Pero tales ídolos son alimentos que no nutren, medicinas que no curan, bendiciones que no bendicen; son placebos que, tarde o temprano, revelan su inoperancia ante las necesidades más sinceras y duraderas del ser humano, que son de índole espiritual. Entonces las sociedades, mientras avanza la gangrena del cansancio en sus organismos, se percatan de que tales ídolos son placebos inanes; pero como la fuente de la alegría les ha sido arrebatada, sólo pueden consolarse buscando otro placebo más 'intenso' y 'estimulante' (más destructivo, en realidad). Decía Chesterton que los hombres, una vez que han pecado, buscan siempre pecados más complejos que estimulen sus hastiados sentidos. El pornógrafo hastiado de contemplar imágenes sórdidas protagonizadas por adultos buscará imágenes sórdidas protagonizadas por niños; el drogadicto hastiado de los paraísos artificiales de la marihuana buscará los paraísos artificiales de la heroína; el hombre hastiado de los subsidios rácanos y entretenimientos plebeyos suministrados por la democracia buscará los subsidios más rumbosos del latrocinio y los entretenimientos más excitantes de la anarquía.

La decadencia siempre surge del hastío provocado por un progreso material desembridado de exigencias morales. Ha ocurrido en todos los crepúsculos de la Historia; está ocurriendo también en este, aunque nos neguemos a aceptarlo.

Fuente: http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/juan-manuel-de-prada/20150830/decadencia-8793.html


El mito del progreso

Tal vez no exista quimera más falaz, maligna y destructiva que el mito del Progreso, levadura de todas las ideologías modernas. Según dicha quimera, la Humanidad avanza hacia un porvenir siempre mejor, en alas de avances científicos cada vez más refinados y de logros políticos cada vez más estimulantes; y tales avances y logros irán produciendo, a su vez, un perfeccionamiento de la propia Humanidad, que merced a la conquista de sucesivos derechos podrá entronizarse a sí misma como un dios (resulta, en verdad, desternillante que las masas se resistan a creer en un Dios trino y no tengan problemas en creer en la Humanidad, un dios mogollónico a modo de hidra de infinitas cabezas). En realidad, el progresismo no es más que un grotesco determinismo eufórico que confía (en contra de las evidencias que nos proporciona la observación empírica) que la vocación natural de la naturaleza humana es ascender por sí misma, ignorando que el hecho más cierto e irrefutable de la historia humana es la Caída, de la que el hombre sólo puede levantarse con Dios y ayuda.

Reflexionaba yo sobre estos asuntos hace unas semanas, mientras contemplaba en el cine una película absolutamente mema, séptima de una saga automovilística y adrenalínica, que se ha convertido en una de las más exitosas de la historia del cine. Muy rápida y furiosa, la película estaba llena de estruendos y pirotecnias apabullantes, pero carecía de sentido, de conflicto dramático, de personajes con encarnadura, de pasiones nobles o plebeyas, de sentimientos dignos de tal nombre, del más mínimo atisbo de raciocinio. Mientras contemplaba con hastío y perplejidad semejante bodrio me pregunté si estaba dirigido a seres humanos, o más bien a alguna especie animal fruto de una involución que necesitase para su supervivencia de entretenimientos botarates que no la expongan al riesgo de pensar. Aquí alguien podría objetar que a una película cuyo fin primordial es pastorear multitudes no debe exigírsele conflicto dramático, ni personajes consistentes, ni parecidas exquisiteces; pero lo cierto es que en otras épocas -sin salirnos del negociado cinematográfico- las películas taquilleras que desempeñaban igual labor se titulaban Lo que el viento se llevó o Ben-Hur, que a la vez que pastoreaban multitudes proporcionaban un entretenimiento que no insultaba la inteligencia. Viendo aquella película rápida y furiosa llegue a la conclusión de que era el producto natural de una época en la que el progreso técnico (muy visible en el bodrio) encubre un retroceso espiritual, moral, en definitiva humano.

La quimera del progresismo se ampara en un espejismo de gran eficacia persuasiva, según el cual el desarrollo alcanzado por la ciencia o la técnica es la muestra más evidente del esplendor de una civilización. En realidad, desarrollo científico y civilización son conceptos que nada tienen que ver entre sí; pues uno se refiere a un ámbito puramente material y el otro a un ámbito espiritual. Que una sociedad disponga de remedios para sanar enfermedades o comunicarse a distancia no significa que sea una sociedad que haya avanzado en la consecución del bien, la verdad o la belleza; incluso podría significar exactamente lo contrario. Lamartine, en su poema La caída del ángel, imaginaba una sociedad en la que florecían de forma prodigiosa todos los refinamientos científicos concebibles; pero esa sociedad, a un intenso progreso científico, unía un manifiesto espíritu de barbarie. Por prejuicio progresista, Lamartine situaba esa sociedad en la prehistoria, aceptando el tópico progresista que pretende que los hombres hemos evolucionado desde la barbarie hasta el refinamiento espiritual. Las llamadas 'distopías', por su parte, juegan a imaginar futuros regidos por la barbarie; pero tal barbarie suele producirse en mundos en los que el progreso científico se ha detenido, o bien en coyunturas políticas dictatoriales. Muy raramente aceptamos la posibilidad de un mundo progresado científicamente, sólidamente democrático, en el que los hombres hayan retrocedido espiritualmente, caminando hacia la barbarie; y la razón por la que no lo aceptamos es porque ese mundo se parece demasiado al nuestro, porque ese mundo tal vez sea ya el nuestro, un mundo rápido y furioso en el que la gente, inmunizada contra la nefasta manía de pensar, ya ni siquiera es capaz de hacer juicios éticos (lo que, según Aristóteles, es el rasgo distintivo del ser humano).

Afirmaba Gracián que «todo móvil instable tiene aumento y declinación». Tal vez los antiguos pecasen de un cierto determinismo aciago; pero si hay algo más equivocado que el determinismo aciago es el determinismo eufórico.

Fuente: http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/por-juan-manuel-de-prada/20150816/mito-progreso-8763.html


El hombre posmoderno

Resulta admirable que alguien como José Miguel Ortí Bordás, quien llegara a ocupar puestos de altísima responsabilidad durante la llamada Transición, haya tenido el arrojo intelectual de escribir libros como Oligarquía y sumisión o, más recientemente, Desafección, posdemocracia, antipolítica (Ediciones Encuentro), en los que se atreve a denunciar las múltiples lacras que se han ido adueñando de la democracia. La lectura de Desafección, posdemocracia, antipolítica se torna en la presente coyuntura necesaria y dilucidadora por su rigor crítico, su impulso regenerador y su patriotismo.
Especialmente brillante se nos antoja el capítulo en el que Ortí Bordás analiza la emergencia de lo que demoniza «posdemocracia», forma política degenerada que no es sino el fruto predilecto de la ponzoñosa posmodernidad. Todas las enseñanzas de la tradición que la modernidad ya se había ocupado de cuestionar, hostigar y alancear se han desmoronado en la posmodernidad, arrojándonos a una orfandad que sólo podemos combatir con una suerte de frivolidad lúdica. Inmersos en el caos y el desconcierto (pero un caos apacible y un desconcierto amuermado), después de renegar de cualquier guía o autoridad (y convencidos de que cada quisque puede constituirse en autoridad de sí mismo), los hombres posmodernos nos hemos amorrado a los mass media, hemos cedido a los reclamos publicitarios, nos hemos dejado halagar por los entretenimientos más fútiles y nos hemos ensimismado en la contemplación de nuestro propio ombligo, mendigos de una juventud que queremos alargar grotescamente en el quirófano o mediante el cultivo de aficiones patéticas. Y, por supuesto, celebramos como grandes conquistas humanas la fragmentación de las ideas, la cultura entendida como mero consumo de baratijas perecederas, el pluralismo de las subculturas, la sumisión a las modas, la celebración idiotizante de cualquier novedad y la exaltación de la propia voluntad, pues el hombre posmoderno, cual chiquilín emberrinchado, se siente autorizado para hacer cualquier cosa con tal de satisfacer sus caprichos y apetencias.

Entretanto, el mundo se ha empequeñecido y a la vez homogeneizado, gracias a los avances tecnológicos y la conversión de los pueblos en masas alienadas (lo que más finamente se denomina «ciudadanía»): todos aspiramos a las mismas cosas, al mismo estilo de vida, a los mismos placebos que mitiguen nuestro sinsentido vital, con el mayor placer y el mínimo esfuerzo. Cualquier aspaviento ideológico o estético, cualquier moda adventicia se convierte en religión de temporada: hoy es un partido populista constituido con saldos y retales de las tertulietas televisivas más casposas, mañana un escritorcillo sin fuste alguno que escribe una crónica de sus excesos juveniles, pasado mañana tal o cual tendencia metrosexual o hipster, según impongan los gurús, porque ya sólo somos zascandiles arrastrados por corrientes globales.

Así florece la posdemocracia. Ortí Bordás la define como una ficción política, una parodia o caricatura, «una situación política supuesta y nominalmente democrática de la que ha sido extraditado el pueblo»; y también como «la gran coartada de la oligarquía». En esta posdemocracia, los poderes oligárquicos pueden hacer lo que libérrimamente desean sin estar sometidos a más voluntad que la suya propia, sabedores de que los nuevos núcleos representativos que surgen del pueblo reducido a masa alienada son informales y efímeros, narcisistas y de fuerzas que se disipan con la rapidez del champán o del trending topic. El hombre posmoderno se ha convertido en un hombre de vidrio, escrutado y fiscalizado por el poder que, para mayor inri, se siente indefenso y desvalido cuando le falta esa fiscalización. Son las ventajas de tratar citamos a Ortí Bordás con «un individuo enamorado de sí mismo, medularmente materialista, anclado en el presente y sin más horizonte vital que el disfrute del bienestar y el ejercicio de lo que considera sus derechos inalienables e ilimitados». Allá donde las raíces son negadas, donde los vínculos se consideran un estorbo y la sociedad desarticulada y hedonista se configura como una suma de egoísmos irresponsables que rechazan la búsqueda del bien común, la posdemocracia halla su caldo de cultivo óptimo. Porque nada es más fácil para el poder que halagar necios intereses particulares, para domesticación de masas incapaces para cualquier compromiso fuerte y común.

«Es muy probable acaba afirmando Ortí Bordás que la posdemocracia sea una dictadura dulce, o una autocracia con urnas». Recomiendo muy encarecidamente la lectura de Desafección, posdemocracia, antipolítica.


Tradición y confianza

En una presentación de mi última novela, un amable asistente me preguntó (aunque yo apenas había tocado este asunto) si existían pruebas que demostrasen que las visiones místicas de Santa Teresa fueron verídicas y no fingidas. La pregunta, al principio, me pareció meramente retórica (pues resulta evidente que no existen 'pruebas' de tal cosa en el sentido material de la palabra), dictada por cierto escepticismo cínico o socarrón; pero el señor que me la había formulado lo había hecho con sincera curiosidad, por lo que me esforcé en darle una respuesta convincente, que ahora trataré de exponer aquí. Por supuesto, mi respuesta entonces (como ahora este artículo) no versaba tan sólo sobre las visiones místicas de Santa Teresa, sino sobre algo mucho más vasto en lo que- pese a su magnitud e importancia- no solemos reparar.

Sobre la veracidad de las visiones místicas de Santa Teresa no tenemos más 'prueba' que su propio testimonio (recogido en sus libros) y el testimonio de sus colaboradores más estrechos, que a veces presenciaron sus arrobos y los contaron de palabra o por escrito. Por lo tanto, para 'creer' que tales visiones fueron reales, hemos de conceder crédito a dichos testimonios. Aquí el incrédulo sonreirá con irónica suficiencia, antes de advertir que casi todo lo que sabe (o 'cree' saber), casi todos los conocimientos que atesora, se fundan en la misma 'prueba'. Casi nadie ha podido verificar con 'pruebas' que existan otros planetas en el universo, o que el nuestro gire en derredor del sol, pero confiamos en el profesor que -allá en la remota infancia- nos lo enseñó, que seguramente tampoco pudo verificarlo personalmente (pero entendemos que se basó en las afirmaciones de astrónomos veraces). Casi nadie ha podido verificar con 'pruebas' que la naranja tenga vitamina C (y ni siquiera que la vitamina C exista), pero concedemos crédito al médico que nos recomienda tomar un zumo de naranja, porque creemos que su recomendación se funda en estudios de laboratorio que nuestro médico no ha realizado personalmente, sino tan sólo aceptado como fidedignos, porque fueron realizados por científicos que merecen su confianza (y nuestro médico, a su vez, merece la nuestra). Pero ni siquiera hace falta apelar a cuestiones que exijan potentes telescopios o microscopios para la obtención de 'pruebas'; también en nuestra vida cotidiana nos servimos de multitud de conocimientos de los que no tenemos otra 'prueba' que el testimonio de personas merecedoras de nuestra confianza. Así, por ejemplo, la mayoría de nosotros no ha sufrido jamás la picadura de una abeja; pero desde que nuestro padre o abuelo nos dijeron que procurásemos no enfadar a las abejas porque podían picarnos, nos cuidamos mucho de hacerlo, y seguimos haciéndolo hoy igualmente, por la sencilla razón de que reconocíamos y seguimos reconociendo en nuestro padre o abuelo una fuente de autoridad digna de toda confianza (aunque, muy probablemente, tampoco ellos hubiesen sufrido jamás una picadura de abeja).

Casi todo nuestro conocimiento está fundado en la confianza que nos merecen quienes nos lo transmiten; y a esta trama de confianza que entreteje generaciones la llamamos tradición. Es la posesión más preciosa de la que dispone el ser humano; es una posesión que merece nuestra admiración y gratitud, una posesión que debe ser transmitida a quienes nos suceden. Sin esta posesión, no existe posibilidad de conocimiento, ni siquiera de civilización propiamente humana. Mantenerla viva y perpetuamente renovada, cuidarla con mimo es una empresa admirable, tal vez la más admirable de cuantas empresas podemos acometer; y, cuando digo cuidarla con mimo no estoy diciendo mantenerla conservada en formol, sino velar por su crecimiento, regándola con nuestra curiosidad, podándola de adherencias postizas, para poder entregarla a la generación venidera más hermosa aún de lo que nosotros la recibimos. Naturalmente, uno elige a quienes merecen su confianza; pero la vida fundada en la desconfianza es la vida menos civilizada que uno imaginarse pueda, y a la postre una vida raquítica, enferma de solipsismo y paranoias. Si hoy abundan las visiones conspiranoicas de la Historia, el friquismo, las supersticiones estrafalarias, es porque hemos adoptado la desconfianza como instrumento para aproximarnos al mundo; y el mundo sin la empresa común de la tradición, el mundo contemplado sin confianza, acaba tornándose ininteligible, pues las 'pruebas' de las cosas que en él se contienen no suelen estar a nuestro alcance, muy alejadas en el tiempo o en el espacio o, por el contrario, demasiado próximas para verlas con perspectiva.

Fuente: http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/por-juan-manuel-de-prada/20160619/tradicion-confianza-9874.html


Opinión Pública

Recientemente, en su programa televisivo nocturno, al humorista Jimmy Fallon se le ocurrió una broma sumamente aleccionadora e inquietante. Consistía en enviar a la calle a un reportero con un micrófono que, en un tono exultante, se acercaba a los transeúntes, informándoles de que Corea del Norte acababa de realizar una prueba atómica e invitándoles a que celebrasen tal éxito, como si celebrasen el descubrimiento de la penicilina. Y, en efecto, muchos panolis abordados en la calle, ante las muestras de júbilo del reportero, se sumaban como zombis risueños a la celebración y mostraban su dicha ante el acontecimiento. El bromazo de Jimmy Fallon servía, en fin, para demostrarnos cómo se puede inducir en las masas cretinizadas el comportamiento que el manipulador desee; cómo se les puede hacer repetir como loritos las ocurrencias más lastimosas y aberrantes; y cómo, además, se puede lograr que crean orgullosamente que sus acciones y pensamientos inducidos son distintivos, cómo se les puede infundir la creencia irrisoria de que piensan y actúan 'por libre', de que todas las majaderías que salen de su caletre son opiniones libres, cuando en realidad no son más que el regüeldo patético de opiniones preconcebidas que otros les han implantado, a modo de chips.

Y el caso es que a este regüeldo patético es a lo que pomposamente denominamos 'opinión pública', que no es sino sumisión de las masas a las manipulaciones del mundialismo. Naturalmente, para lograr que la llamada sarcásticamente 'opinión pública' exprese las aberraciones que interesan al mundialismo conviene crear previamente lo que Marcuse llamaba «una dimensión única de pensamiento», imponiendo en los cerebros arrasados aquellos criterios que las encuestas nos aseguran que son mayoritarios. Y como las masas (que previamente han sido desarraigadas de los asideros familiares y sociales que antaño les prestaban cobijo en su desvalimiento) tienen auténtico pavor a desafiar el criterio de la mayoría los acatan con entusiasmo, como los panolis del programa de Jimmy Fallon accedían a felicitar alborozados al dictador coreano por el éxito de sus pruebas atómicas. Por supuesto, si el sistema se tropieza con excesivas resistencias en la imposición de la 'opinión pública' que le conviene, de inmediato diseñará 'campañas de concienciación' y otras virguerías de la ingeniería social para erradicar definitivamente de la sociedad 'conductas indeseables', que se presentarán como subsistencias desfasadas de un tiempo felizmente superado. Y es que el engendro de la 'opinión pública' exige incondicional obediencia; pues sólo quien comulga con las ruedas de molino impuestas por la 'opinión pública' se convierte en un ciudadano respetable.

Este empeño en modelar el sentido común popular hasta formar una 'opinión pública' es un producto del despotismo ilustrado del siglo XVIII. Rousseau, en su celebérrimo Contrato social, se refiere sin empacho a la necesidad de conformar la 'opinión pública' de forma inducida: «¿Cómo una multitud ciega, que con frecuencia no sabe lo que quiere porque raramente sabe lo que es bueno para ella, ejecutaría por sí misma una empresa tan grande, tan difícil como un sistema de legislación? La voluntad es siempre recta pero el juicio que la guía no siempre es esclarecido. Hay que hacerle ver los objetos tal cual son... Todos tienen igualmente necesidad de guías: hay que obligar a unos a conformar sus voluntades a su razón; hay que enseñar a otros a reconocer lo que quieren». Al lector avisado no le habrá pasado inadvertido el monstruoso paternalismo del pasaje, el desprecio que Rousseau profesa al pueblo, al que considera una masa amorfa y manipulable a la que se puede cambiar a capricho con tan sólo cambiar lo que piensa. Esta misma idea la reitera en otro pasaje especialmente abyecto del mismo libro: «Así como la declaración de la voluntad general se hace por ley, la declaración de juicio público se hace por la censura; la opinión pública es la especie de ley de la que el censor es el ministro, y que él no hace mas que aplicar a los casos particulares a ejemplo del príncipe. (...) Corregid las opiniones de los hombres y sus costumbres se depurarán por sí mismas».

La llamada 'opinión pública', como nos enseña Rousseau, no es más que un hábil y refinado engranaje de censuras urdido para legitimar las ingenierías sociales más ominosas. Y al servicio de esta 'opinión pública' están los políticos cipayos, a los que el mundialismo sabe cómo recompensar los servicios prestados. Que suele ser a costa de nuestra sangre y de nuestra alma.

Fuente: http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/por-juan-manuel-de-prada/20160124/opinion-publica-9410.html


Cambio

Cualquier persona con una mínima capacidad de análisis de la Historia descubrirá que el rasgo más característico (constitutivo, en realidad) de nuestra época es el afán de 'cambio'; y también que se trata de un 'cambio' que actúa siempre en la misma dirección. Bastaría analizar, por ejemplo, la evolución política de los treinta o cuarenta últimos años para descubrir, por ejemplo, que los llamados 'conservadores' han hecho propias y defienden con orgullo tesis que hace unas pocas décadas los 'progresistas' apenas se atrevían a defender vergonzantemente. Este fenómeno nos confirma que los conservadores son tan sólo quienes se encargan de conservar y consolidar los 'avances' progresistas; y nos revela un designio muy profundo que, por miedo, no acertamos a explicar; o que explicamos ingenuamente como un «signo de los tiempos» -que repetimos como loritos- exigen «renovarse o morir», adecuarnos a nuevas ideas como quien se adecua a nuevas modas indumentarias.

Pero lo cierto es que lo propio del ser humano no es andar cambiando de ideas a cada poco, o sometiéndolas a un constante proceso evolutivo, más allá de los cambios de percepción que nos procura la experiencia de la vida y la acumulación de sabiduría (y estos cambios de percepción, para la mentalidad moderna, son de naturaleza más bien 'involutiva'). Escribía San Agustín en sus Confesiones que el alma no halla descanso en las cosas que no son firmes; y, sin embargo, el alma del hombre de nuestra época está siendo constantemente hostigada para que abandone las convicciones firmes y se entregue al desasosiego de los pareceres voltarios, como si la ley del pensamiento no fuese la verdad, sino la opinión fluctuante. Aquel «todo fluye» que enunció Heráclito, para referirse a los cambios biológicos y naturales, se ha convertido en un «devenir» que afecta también al pensamiento, sometido a un constante proceso de mutación. Todavía el sentido común le dicta a las gentes sencillas que quien anda cambiando constantemente de ideas, o amoldándolas a la coyuntura, es un 'chaquetero'; pero entre las llamadas 'élites' (que son las oligarquías encargadas de matar el sentido común de las gentes sencillas) este cambio constante es mostrado como la forma suprema de sabiduría y la prueba máxima de «inteligencia emocional». Quien, por el contrario, se mantiene leal a sus convicciones es mostrado como un retrógrado peligroso, un inmovilista al que conviene dejar aparcado en la cuneta, para que no actúe a modo de lastre en los procesos de cambio que se siguen produciendo sin cesar.

Por supuesto, todo cambio tiene una dirección, un 'hacia dónde'; pero nuestra época esconde tal elemento, que en todo caso disfrazará con los oropeles del 'progreso'. Pues lo que a nuestra época le interesa es, ante todo, que las masas avancen en pos de 'nuevos horizontes', sin saber cuál es la meta, sin plantearse siquiera si tal meta es en realidad un precipicio o un vertedero, un cementerio o un patíbulo. Como si una fuerza ciega y mecánica nos estuviese dirigiendo constantemente hacia una suerte de tierra prometida (¿por quién?) donde disfrutaremos de una vida más plena, coronada por el disfrute de nuevos 'derechos'. Por supuesto, tal tierra prometida nunca se alcanza, como ocurría con la tortuga en la paradoja de Zenón de Elea; pero su persecución quimérica permite que los hombres no se adhieran a ninguna convicción definitiva, y así puedan extraviarse más fácilmente.

En cierta ocasión, Chesterton se refirió a un progresismo nefasto que consiste en «alterar el alma humana para que se adapte a sus condiciones, en lugar de alterar las condiciones para que se adapten al alma humana»; y que, en su desalmada labor, siempre se apoya en el mecanismo del precedente: «Como nos hemos metido en un lío, tenemos que meternos en otro aún mayor para adaptarnos; como hemos dado un giro equivocado hace algún tiempo, tenemos que ir hacia delante y no hacia atrás; como hemos extraviado el camino, debemos también extraviar el mapa; y, como no hemos realizado nuestro ideal, debemos olvidarlo». Todo menos arrepentirnos y retroceder, que es una herejía que nuestra época no admite; pues, al arrepentirnos y retroceder, descubriríamos que hay certezas inamovibles, verdades inmutables y palabras perennes. ¡Y hasta podríamos pararnos a escuchar al que dijo: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán»! Y esto es lo que el afán de cambio no puede permitir en modo alguno; pues, al fin y a la postre, toda esta maquinaria que hemos descrito fue concebida para combatir a quien pronunció esas insultantes palabras.

Fuente: http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/por-juan-manuel-de-prada/20160103/cambio-9342.html



La esperanza rusa

Escribía Chesterton que la ortodoxia es la única forma de heterodoxia que nuestra época no admite. Y tenía razón. Durante los ya más de veinte años que llevo polemizando en periódicos he comprobado que el enjambre de disidencias que el mundo cobija y propicia son, en realidad, cebos (¡y placebos!) que se arrojan a las masas para alimentar la demogresca. Liberales y socialdemócratas, conservadores y progresistas, mantienen un rifirrafe banal, una disensión meramente 'procedimental' que encubre un acuerdo en lo fundamental; pues, a la postre, todos ellos postulan un mundo sustentado sobre los mismos cimientos y sostenido por las mismas estructuras, aunque disputen histriónicamente sobre los adornos de la fachada. La única disidencia fundamental que nuestra época no admite es la postulación de un orden cristiano, pues como afirmaba también Chesterton hay en él una dinamita capaz de renovar el mundo en cualquier época. Quien se atreve a postular ese orden cristiano (quien se atreve a ejercer la única disidencia radical que nuestra época no tolera) se tropieza de inmediato con los vituperios mancomunados de liberales, socialdemócratas, conservadores y progresistas, que sirven todos al mismo amo. Algunos ya hemos criado callo (y espolones), de tanto recibir vituperios; y en la tribulación nos consolamos con aquella formidable promesa que se nos lanzó desde una montaña: «Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos».

En efecto, todas las trifulcas que las ideologías en liza escenifican son aspavientos que el sistema necesita para mantener distraídas a las masas; y la gasolina que alimenta todas las ideologías (de forma más o menos solapada o explícita) es el odio teológico contra el orden cristiano. Siempre que mis artículos sobre cuestiones políticas han provocado reacciones furibundas he descubierto entre las babas y espumarajos odio teológico, tal vez porque como señalaba Donoso Cortés en toda cuestión política subyace siempre una cuestión teológica. Confesaré, sin embargo, que hubo una ocasión en que creí ingenuamente que esta regla de oro se quebraba. Fue cuando empecé a defender la posición de Rusia en el concierto mundial, cuando empecé a ponderar los esfuerzos restauradores de una nación que había padecido la experiencia abismal del comunismo, cuando empecé a aplaudir que Rusia se erigiese como una muralla contra las pretensiones mundialistas, cuando empecé a mirar con aprecio el esfuerzo ruso por oponerse a la decadencia occidental. Sorprendentemente, los denuestos me llegaban tanto del negociado de derechas como del negociado de izquierdas; aunque he de confesar que los más alucinados procedían de ámbitos neocones, desde los cuales se me acusaba de estar a sueldo de los rusos (¡cree el ladrón que todos son de su condición!), o de concebir el paraíso como un inmenso gulag con un pope confesor del KGB en cada barracón y misa militarizada. Recuerdo que fueron estos improperios tan delirantes los que me pusieron en guardia. «Sin duda pensé entonces, aquí también se respira el perfume azufroso del odio teológico».

Por aquellas mismas fechas andaba yo releyendo Los hermanos Karamazov, la obra maestra de Dostoievski. Y me tropecé entonces con una aseveración que el autor pone en boca de uno de sus personajes, el asceta Paisius: «Ciertas teorías afirman que la Iglesia debe convertirse, regenerándose, en Estado, dejándose absorber por él, después de haber cedido a la ciencia, al espíritu de la época, a la civilización. Si se niega a esto, la Iglesia sólo tendrá un papel insignificante y fiscalizado dentro del Estado, que es lo que ocurre en la Europa de nuestros días. Por el contrario, según las esperanzas rusas, no es la Iglesia la que debe transformarse en Estado, sino que es el Estado el que debe mostrarse digno de ser únicamente una Iglesia y nada más que una Iglesia». Hasta aquel momento, había creído ingenuamente que los denuestos que recibía por defender las posiciones de Rusia me los propinaban por la aversión que Putin provoca tanto en el negociado progre (por sus leyes contra la propaganda homosexualista) como en el negociado neocón (por su oposición al imperialismo yanqui). Pero aquellas palabras de Dostoievski cambiaron por completo mi percepción: entendí, de repente, que la aversión que profesaban a Putin desde los negociados de izquierdas y derechas era una cortina de humo que escondía un odio más profundo. Y ese odio, en su raíz última, era como siempre ocurre de naturaleza religiosa.

Fuente: http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/juan-manuel-de-prada/20151115/esperanza-rusa-9050.html


La libertad de interné

Hace unas semanas, desde una plataforma de interné creada para imbuir en las masas cretinizadas la delirante impresión de que sus peticiones son escuchadas por los poderosos y desatan cambios políticos sustanciales, se solicitaba que una plaza madrileña dedicada al tribuno y filósofo Vázquez de Mella adoptase el nombre de un señor con orgasmos democráticos recientemente fallecido. En unos pocos días, tal solicitud había alcanzado (¡oh sorpresa!) gran repercusión mediática, así como la adhesión de diversas banderías partitocráticas, hermanadas todas en la canonización laica del difunto. Cuando ya el sistema se había pronunciado magnánimamente a favor de esta solicitud, a un particular aguafiestas se le ocurrió proponer, a través de la misma plataforma de interné, que la plaza dedicada a Vázquez de Mella no cambiase de nombre. Por supuesto, tal petición fue de inmediato borrada.

Así funciona la 'libertad' que promueve interné, que no es otra sino el cauce que el sistema brinda a las masas para que se adhieran a sus designios, haciéndoles creer que tales designios son (risum teneatis) iniciativas 'ciudadanas' que se tornan multitudinarias merced a un espontáneo entramado de solidaridades surgidas al calor de las redes sociales. Naturalmente, cuando a algún aguafiestas que aún no ha sido devorado por el cretinismo ambiental se le ocurre impulsar desde interné cualquier iniciativa que no convenga al sistema, su voz será de inmediato acallada, por lo común sofocada por las voces de las masas lacayas que jalean lo que el sistema dispone; y, en algún caso extremo, cuando muy raramente la voz del aguafiestas corre el riesgo de hacerse oír, el sistema se encarga de yugularla por las bravas.

Circula por ahí una idea demente que afirma que interné favorece a los oprimidos frente al opresor; cuando la tozuda realidad nos demuestra implacable que interné fue creado exactamente para lo contrario. Esta idea demente comenzó a divulgarse en 2009, durante un amago revolucionario que floreció en Irán, y en los procesos conocidos cínicamente como 'primavera árabe'. Los medios de cretinización de masas presentaron aquellas operaciones diseñadas por el anglosionismo internacional como estallidos de rebeldía popular que se canalizaban a través de las redes sociales. Pero lo cierto era que, en los días en que estallaron las revueltas en Irán, apenas había sesenta cuentas activas de Twitter en Teherán; y en El Cairo (por citar el país donde florecieron los venenosos almendros de la 'primavera árabe', germen del Estado Islámico), donde a la sazón el sesenta por ciento de la población carecía de luz eléctrica, el número era aún más exiguo. Naturalmente, tanto el amago revolucionario en Irán como las algaradas egipcias eran sórdidas injerencias extranjeras, manejadas por agentes de la CIA y el Mossad; y todo el revuelo que provocaron en las redes sociales era azuzado desde Langley y el Pentágono.

Interné es, hoy por hoy, el principal instrumento del sistema para apacentar a las masas cretinizadas, haciéndoles creer ilusoriamente que fomenta la participación democrática y que fortalece la vida comunitaria, cuando en realidad fue creado para que la herida irrestañable que la destrucción de la vida comunitaria deja en el corazón humano sea anestesiada por un espejismo virtual que no hace sino fomentar la disolución de los vínculos naturales, creando individuos absortos y prendidos de una pantalla, como Narciso estaba absorto y prendido de su fuente, hasta perecer por inanición. Y todo este proceso se logra, además, hipnotizando a las masas con la creencia ilusoria de que interné las hace poderosas (aunque sean más irrelevantes que nunca), inspirándoles una falsa seguridad en sí mismas con tan sólo dejarles retuitear sandeces o consignas sistémicas. Pues el análisis de los llamados trending topics de Twitter nos demuestra que son de dos tipos: o bien memeces y frikadas con que las masas cretinizadas desahogan su infantilismo; o bien cuestiones que al sistema interesa poner sobre el tapete, haciendo creer a las masas que son floraciones incontenibles del anhelo popular.

Así se logra configurar un rebaño que comulga con las ruedas de molino que el Pentágono, la Fundación Rockefeller o cualquier lobby mundialista han decidido colgar de nuestros cuellos, para ahogarnos más fácilmente, mientras repetimos sus consignas como papagayos. Sólo que el rebaño, para más inri, piensa que tales ruedas de molino son medallas que conmemoran su independencia insobornable; y los flotadores que los salvarán, cuando arrecie la tormenta. ¡Cuitados!

Fuente: http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/juan-manuel-de-prada/20150719/libertad-interne-8680.html


La manía juvelinista

Allá en los comienzos de mi carrera literaria, recibí muchos desdenes por no allanarme a las corrientes literarias entonces en boga, que a los escritores en edad juvenil demandaban «lenguaje descarnado» (o sea, un léxico párvulo, entre Tarzán y un indio sioux) y «realismo sucio», que es como misteriosamente dio en llamarse al costumbrismo de discoteca. Como yo era escritor barroco y no frecuentaba antros nocturnos, dieron en decir de mí que «nunca había sido joven», también que mi «visión del mundo era propia de un anciano», que «escribía de forma anacrónica» y no sé cuántas majaderías más, por supuesto siempre rociadas con los mismos epítetos archisabidos: que si pedante, que si desfasado, que si antiguo, que si patatín, que si patatán. Pero la dura realidad es que casi todos aquellos modernos tan tremendos que hace veinte años se burlaban de mi estilo viejuno y mis temas apolillados yacen arrumbados en la chatarrería de las modas periclitadas; y los pocos que aún se mantienen en el machito es a costa de hacer literatura sistémica, atufada por toda la morralla ideológica que el sistema exige a sus plumíferos lacayos: feminismo de garrafón, antifranquismo de charanga y pandereta, desmemoria histórica, etcétera.

Es incontable la gente desnortada que se obsesiona con mantener una fachada juvenil, con imitar las modas juveniles, con pretender a toda costa retener una juventud fiambre. A veces esta manía juvenilista desemboca en auténticas tragedias; aunque mucho más frecuente es que depare episodios de un patetismo sonrojante. Da mucha penica esa gente que pierde el decoro en el atuendo por aparentar juventud; o que adopta aficiones impostadas (generalmente gilipollescas) y se adhiere a "tendencias" en boga, temerosa de delatar su verdadera edad si las repudia; o que no sale del quirófano, en su vano afán por «vestir el gusano de confite», que diría Quevedo. Yo he llegado a conocer, incluso, a empresarios (esto es muy frecuente en el mundo editorial) que, en su anhelo desquiciado de complacer a una fantasmagórica clientela juvenil, diseñan estrategias publicitarias o adaptan sus contenidos hasta hacerlos irreconocibles, logrando tan sólo espantar a su clientela real. Y esta manía juvenilista se ha acentuado mucho últimamente, con la apoteosis de las llamadas «nuevas tecnologías» (más viejas, en realidad, que Carracuca), que fuerzan a quienes no quieren quedarse «fuera de juego» a zascandilear mucho en las redes sociales, para ver si a fuerza de aprenderse todos los trending topics de la semana logran aparentar que son unos tíos à la page.

Podríamos pensar que esta manía juvenilista es una tendencia natural en los seres humanos, o al menos en el sector más botarate de los seres humanos, que tiene miedo a envejecer y cree que imitando deplorablemente la conducta juvenil exorciza la muerte; y, sin duda, este miedo actúa en sociedades desnortadas como la nuestra, que han dejado de creer en un infierno ultraterreno para traer el infierno a la Tierra. Pero esta tendencia inevitable en personalidades débiles no basta para explicar la manía juvenilista que se ha extendido a modo de epidemia en nuestra época; que, por lo demás, no se distingue por favorecer demasiado a los jóvenes (aunque los halague de las formas más indecentes y empalagosas), como demuestran las estadísticas del paro. Inevitablemente, hemos de preguntarnos si esta manía juvenilista no será una tendencia inducida por el sistema. Pues está probado que la edad juvenil, bajo su aureola de rebeldía, es la más gregaria de las edades humanas (y no hay más que reparar en el mimetismo con que los jóvenes se adhieren a las modas musicales o indumentarias); o, si se prefiere, la edad humana en la que el ambiente más contribuye a moldear la personalidad, que sin embargo se cree ilusoriamente dueña de sí. Y al sistema le interesa que las masas cretinizadas vivan en este espejismo paradójico: creyéndose por un lado libres hasta la exaltación del capricho, como chiquilines emberrinchados; pero por otro lado dúctiles y fáciles de pastorear, dispuestas a tragarse todos los anzuelos y a asimilar todos los injertos emocionales y clichés ideológicos que el sistema introduzca en sus cerebros (que además confundirán fatuamente con ideas propias e irrenunciables). Pues una sociedad juvenilizada es el paraíso de la ingeniería social; y en ella cualquier disidencia se juzgará de inmediato muy molestamente anacrónica.

Nosotros prometemos mantenernos siempre fieles a nuestro estilo viejuno y a nuestros temas apolillados, que abrigan mucho en invierno. Son las ventajas de no haber sido nunca jóvenes; quiero decir, los jóvenes que al sistema le interesa que seamos.

Fuente: http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/por-juan-manuel-de-prada/20160117/mania-juvenilista-9388.html


Civilización

En una alocución ante el parlamento francés tras los viles atentados yihadistas de París, el presidente François Hollande afirmó: «Francia no está participando en una guerra de civilizaciones, pues estos asesinos no representan a ninguna civilización». La frase fue reproducida en titulares de prensa, glosada enfáticamente en las tertulias de encefalograma plano y suministrada como alfalfa a las masas; pero nadie se atrevió a señalar que se trataba de una falacia lógica de libro, pues emplea una premisa cierta para desembocar en una explicación falsa con la secreta intención de ocultar que la certeza de la premisa se funda en razones muy distintas a las que se enuncian.

Francia, en efecto, no está participando en una guerra de civilizaciones, porque para que se produzca una guerra de este tipo tiene que haber dos civilizaciones en liza; pero la dura verdad es que los asesinos que atentaron en París sí representan una civilización, extremo que no puede afirmarse de Francia. La falacia lógica de Hollande jugaba con la credulidad del oyente, tomando la palabra 'civilización' en el sentido que se ha extendido en Occidente, como sinónimo de 'progreso' democrático. Pero una 'civilización' nada tiene que ver con este concepto de fantasía, inventado con el propósito de engañar a las masas, que de este modo piensan que existe una 'civilización occidental', como existió una 'civilización cristiana'. Pero una civilización es «un conjunto de creencias y valores compartidos que conforman una comunidad»: de ahí que todas las civilizaciones que en el mundo han sido, son y serán hayan sido fundadas por religiones; de ahí que todas las civilizaciones, cuando las religiones que las fundaron se debilitan y oscurecen, se desintegren paulatinamente, hasta claudicar. No es posible conformar una comunidad sin una religión compartida, por la sencilla razón de que cuando no se reconoce una paternidad común, toda unión humana se torna imposible. En la mal llamada 'civilización occidental', que no está fundada sobre una religión sino sobre una apostasía y una posterior idolatría (la del progreso democrático), las uniones son en el mejor de los casos quebradizas, pues se basan en lo que Unamuno llamaba «la liga aparente de los intereses»; y, como los intereses suelen ser egoístas y cambiantes, la demogresca campea por doquier.

Sólo puede haber civilización allá donde hay una religión compartida; y cuando se esfuma el fundente religioso, o cuando tal fundente se hace añicos, la civilización desaparece lentamente, hasta ser sustituida por otra. Así ocurrió, por ejemplo, con Roma, que al perder la fe en sus dioses dejó de cultivar las virtudes que la habían hecho fuerte, para luego entregarse en su decrepitud a un hormiguero de sectas asiáticas devoradoras, del que la salvó el cristianismo. Pero que no haya posibilidad de civilización sin religión no quiere decir que toda forma de civilización sea buena o digna de consideración: ahí tenemos en la Antigüedad a los cartagineses, que fundaron una civilización aberrante e infanticida, venturosamente aniquilada por los romanos; y tenemos, como un turbio río de sombra recorriendo la Historia, la civilización islámica, que desde sus mismos orígenes, se expandió a través de la violencia, lanzando una formidable ofensiva contra una Cristiandad pululante de herejías que detuvo Carlos Martel en Poitiers, para que luego Pelayo iniciara una difícil reconquista de la Hispania visigótica. Y esta civilización islámica siguió dando muestras de su carácter expansivo y violentísimo con los turcos, que tomaron con masacres Constantinopla para ser luego frenados primero en Lepanto y después a las puertas de Viena. Esta civilización islámica es la que ahora vuelve a atacar (después de que la avaricia democrática haya jugado insensatamente a deponer dictadores que la contenían); sólo que enfrente ya no tiene una civilización cristiana dispuesta a hacerle frente, unida en torno a una fe común que actúa a modo de antídoto y reconstituyente, sino que sólo tiene a una multitud apóstata, feble y amorfa de gentes incapacitadas para el sacrificio que piensan ilusamente que defecando cuatro bombitas por control remoto van a conjurar el peligro.

Pero los pueblos que han renegado de su civilización siempre pierden a la larga las guerras contra los pueblos que conservan la suya. Y acaban siendo sus esclavos, porque sus gobernantes sin fe siempre los traicionan, primero dejando que el enemigo se cuele en sus tierras cual caballo multicultural de Troya, después haciendo lo mismo que el cobarde obispo Oppas, cuando el emir Muza entró en Toledo: entregando una lista con las cabezas que hay que cortar.

Fuente: http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/juan-manuel-de-prada/20151129/civilizacion-9090.html


Hombres nuevos I

Si analizásemos los procesos históricos modernos desde la Revolución Francesa hasta nuestros días, descubriríamos una idea motriz común, presentada bajo diversos ropajes. Tal idea (por supuesto demencial, pero expuesta siempre con ardor desmelenado y fatua convicción) postula que se puede romper drástica y radicalmente con el pasado, fundando una nueva época que cristaliza en hombres nuevos, proyectados hacia un futuro esplendente a lomos del progreso. Esta idea, tan optimista como mentecata, de refundación de la Historia y regeneración humana está en la médula del espíritu revolucionario y se resume en la frase del genocida Jean-Baptiste Carrier, que después de encerrar a miles de antirrevolucionarios en barcos que hizo hundir exclamó exultante: «Convertiremos Francia en un cementerio si no podemos regenerarla a nuestro modo». Todos los movimientos políticos de los dos últimos siglos han hecho propio este desiderátum psicopático, cuyos orígenes debemos buscar en Descartes.

En su celebérrimo Discurso del método, Descartes propone una visión mecanicista de la naturaleza que, aplicada a la sociedad, inspiraría esta funesta idea de 'resetear' el mundo, empezando naturalmente por el hombre. Una vez que el mundo es concebido como una suerte de teorema matemático, resulta inevitable que tarde o temprano surja el deseo de fabricar un mundo más perfecto, habitado por hombres que se hayan despojado de las cargas y gravámenes antiguos (¡el odioso pecado original!), para convertirse en una raza de dioses que imponen su sacrosanta voluntad sobre la realidad, remodelándola, negándola, refutándola y, en caso de que tales técnicas se revelen estériles (como suele ocurrir, porque la realidad es muy tozuda), haciendo como si no existiese. Este voluntarismo vesánico (y a la vez irrisorio) daría lugar a una serie de deformaciones racionalistas que ahora no tenemos tiempo de analizar: revisionismos históricos, idealismos filosóficos y constructivismos antropológicos de toda índole, con frecuencia aberrantes y casi siempre desquiciados.

Naturalmente, al mecanicismo cartesiano se sumarían luego otras corrientes de pensamiento que contribuyeron a esta tarea de regeneración humana. El naturalismo de Rousseau propiciaría el advenimiento del primer 'hombre nuevo' con nombre propio, el 'ciudadano', que puede guiarse por su voluntad benéfica e infalible, autónoma y soberana. Las hipótesis de Darwin, por su parte, servirían para soñar con una raza de hombres mejor dotados, tanto en el carácter como en la constitución biológica, capaces de desarrollar un sentido ético (y étnico) superior. Al modernismo religioso, por su parte, no le bastó con que la Redención hubiese beneficiado espiritualmente al hombre caído, sino que imaginó al ser humano en un perenne estado de perfectibilidad que lo llevaría (según la alucinada escatología de Teilhard de Chardin) a fundirse con Dios, en un afrodisiaco punto G (perdón, quería decir punto Omega).

Este mito de la perfectibilidad humana es el motor (con carburante adulterado) de todas las utopías, que resucitaron el sueño de una Edad de Oro, despojada de la grandeza con que se revestía en las viejas mitologías paganas y acondicionada a la vulgaridad con olor a berza cocida y estufa mal purgada de las ideologías, que han ido evolucionando desde las orgullosas proclamas del racionalismo más infatuado al vómito balbuciente y sentimental de la razón hecha trizas (según aquel infalible principio mecánico y biológico que nos enseña que todo lo que sube baja). Sobre los quiméricos 'hombres nuevos' soñados por el comunismo, el fascismo o el nazismo nada diremos, pues ya han sido sobradamente diseccionados y hasta vulgarizados por el cine de Hollywood y los tertulianos más analfabetos. Mucho más interesante se nos antoja la figura del 'hombre nuevo' democrático, que en parte es el hombre-masa de Ortega (un hombre orgulloso de su vulgaridad, engolosinado en su bienestar, que sólo se guía por sus apetitos, mientras cree aseguradas la estabilidad política y la seguridad económica), en parte el hombre unidimensional de Marcuse (dedicado únicamente a producir y consumir e idiotizado por los mass media) y en parte el hombre programado de Skinner (un producto de la ingeniería social cuya conducta y pensamiento están inducidos, incluso determinados por el medioambiente, lo cual lo hace felicísimo).

Sobre este 'hombre nuevo' democrático, que creyéndose más libre que nunca ha llegado al extremo infrahumano de carecer de libre albedrío, hablaremos en nuestro próximo artículo.


Hombres nuevos III

En su obra Echar raíces, Simone Weil escribe: «El arraigo quizá sea la necesidad más importante e ignorada del alma humana. Un ser humano tiene raíces en virtud de su participación real, activa y natural en la existencia de una colectividad que conserva vivos ciertos tesoros del pasado y ciertos presentimientos del futuro. [...] El ser humano tiene necesidad de echar múltiples raíces, tiene la necesidad de recibir la totalidad de su vida moral, intelectual y espiritual de los medios de los que forma parte naturalmente». Para alcanzar la masificación de la que emerge el hombre nuevo democrático, es preciso desarraigar al ser humano, arrancar las raíces que lo nutren de una vida moral, intelectual y espiritual. Debe comenzarse, por supuesto, con el desarraigo espiritual, pues es en su enraizamiento con Dios donde el hombre encuentra explicaciones a su razón de ser en el mundo, a su procedencia y destino final. Una vez logrado este desarraigo espiritual, nada más sencillo que lograr su desarraigo existencial, pues una vida privada de causa y destino es inevitable que acabe pudriéndose, enmarañándose de angustia, entregándose al vacío existencial, flotando en el marasmo del tedio o de la búsqueda desnortada de analgésicos que mitiguen su pudrición, su angustia, su vacío y su tedio.

Este desarraigo existencial, que es ruptura de los lazos cordiales que nos vinculan a una realidad iluminada desde lo alto, acaba inevitablemente engendrando también desarraigo intelectual, porque la insatisfacción con un mundo que hemos dejado de entender nos obliga a concebir idealismos y utopías que nunca se realizan, agigantando nuestra conciencia de fracaso. Y, a la vez, se produce también el desarraigo moral: una vez rotas las raíces con los mandatos religiosos, el hombre desarraigado se ve obligado a suplirlos con su flaca voluntad; pero ya explicábamos en un artículo anterior que a los hombres nuevos democráticos se les ha dicho que su voluntad soberana se expresa mediante el ejercicio de sus impulsos vitales, por lo que resulta lógico que (salvo unos pocos espíritus privilegiados) se guíen por el interés propio y la satisfacción de sus deseos, apetitos y conveniencias.

Este desarraigo conlleva la progresiva destrucción de los vínculos humanos, empezando por la familia, y hace imposible una comunidad política concordante en los fundamentos que garantizan su supervivencia. Pues lo que caracteriza a los hombres desarraigados es su discordancia en lo fundamental (cada uno profesa un idealismo o utopía distintos), su individualismo orgulloso y egoísta, que los conduciría a la aniquilación (bien porque acabarían a la greña, bien porque se resignarían al aislamiento y la incomunicación), si no fuera porque el poder, muy taimadamente, les ofrece, como garantía última de supervivencia, esa «uniformidad» a la que se refería Tocqueville. Una vez destruida aquella «colectividad que conserva vivos ciertos tesoros del pasado y ciertos presentimientos del futuro» a la que se refería Weil, a estos hombres desarraigados no les queda otra salida sino resignarse a convertirse en masa, en una sociedad de hombres unidimensionales en la que según explicase muy atinadamente Herbert Marcuse todo está estandarizado, uniformizado, pasado por el tamiz del conformismo social; y donde las necesidades de los individuos desarraigados están inducidas por los intereses del poder, que puede obligarlos (¡sin necesidad de ejercer la violencia!) a comprarse un automóvil, o a embrutecerse viendo la televisión, o a aprender el manejo de tal o cual maquinita o programa informático porque, una vez despojado de aquellos vínculos naturales que permitían aflorar las personalidades fuertes, el hombre desarraigado ya no tiene otro medio de afirmar su autonomía (¡su soberana voluntad!) sino realizar vulgares acciones que, sin embargo, el muy memo cree expresión de su irrepetible individualidad, aunque sean las mismas acciones que hacen con levísimas variantes millones de hombres masificados.

 Para lograr que esa masa de hombres nuevos, a la vez que chapotean en su vulgaridad inducida, crean orgullosamente que sus acciones y pensamientos son distintivos, hay que infundirles la creencia irrisoria de que piensan y actúan 'por libre', de que todo lo que sale de su caletre es auténtico y originalísimo, cuando en realidad no es sino una morralla de prejuicios, lugares comunes y opiniones preconcebidas que otros les han implantado, a modo de chips. En un artículo próximo veremos cómo se consigue que ese hombre unidimensional se crea ilusoriamente lleno de ideas propias y originalísimas.


Hombres nuevos V

En la construcción del hombre nuevo democrático no basta con la deificación de los impulsos vitales (deseos y sentimientos). No basta tampoco con alcanzar ese estado de desarraigo que convierte a las personas y a los pueblos en masa amorfa y estandarizada, a la vez que exalta los individualismos más egoístas. Es preciso que el hombre nuevo democrático 'internalice' los paradigmas culturales que el sistema impone, hasta convertirse en un ser pasivo y gregario, sometido a consignas que confunde ilusoriamente con expresiones originales suyas. Para conseguir que la masa acepte como axiomas los sofismas más burdos, se requiere la imposición de métodos de 'control social' que hagan imposible toda oposición, muy semejantes a los anticipados por Aldous Huxley en Un mundo feliz. En esta novela, tal control se lograba mediante un mecanismo repetitivo que hablaba sin interrupción al subconsciente, durante las horas del sueño; en nuestra época se logra a través de la saturación mental lograda a través de los mass media, que llegan a convertir al hombre nuevo democrático en un auténtico jenízaro de las ideologías (negociados de izquierdas y derechas) que sostienen el sistema, de tal modo que abrace las calamidades y desgracias que poco a poco lo convierten en un felpudo como logros que lo elevan a una nueva dignidad.

Este proceso de alienación (que incluye la creación de un neolenguaje que codifica la realidad en unos parámetros 'políticamente correctos') ha sido sagazmente diseccionado por el pensador marxista Herbert Marcuse, quien sin embargo cree grotescamente así lo afirma en Eros y Civilización que «un desarrollo no represivo de la libido» conduciría a una civilización auténticamente libre; cuando lo cierto es que esta liberación de la libido ha sido junto con la entronización del consumismo el método esclavista que el sistema ha elegido para sumergir al hombre nuevo democrático en un marasmo de placentera irresponsabilidad que confunde con la felicidad. Y, en épocas de crisis, cuando los efectos afrodisiacos del consumismo sólo están al alcance de unos pocos, la liberación de la libido (lo que Chesterton llamaba la «religión que, a la vez que exalta la lujuria, prohíbe la fecundidad» y nosotros, menos finamente, derechos de bragueta) se convierte en el 'soma' con el que las masas curan sus penas y olvidan su vida desarraigada y sus sueldos misérrimos, hasta alcanzar ese estado de animalización colectiva que hogaño se denomina socarronamente 'felicidad'.

Para alcanzar este grado de animalización feliz que completa la fabricación del hombre nuevo democrático es fundamental erradicar el libre albedrío. B. F. Skinner, uno de los máximos exponentes del conductismo, llegó a desarrollar técnicas de «condicionamiento operante» (en realidad ingeniería social) que permiten «programar» al hombre, logrando que su conducta se adecue a lo que el «educador» determina a priori. Y hasta llegó a escribir una curiosa y escalofriante novela, Walden Dos, en la que se describe una sociedad utópica científicamente construida que funciona siguiendo al dedillo tales técnicas. El propósito de Skinner es mostrar las ventajas de esta sociedad idílica; pero, involuntariamente, nos ofrece un catálogo de horrores en donde el buenismo (pues Walden Dos es una sociedad de la que han desaparecido los comportamientos agresivos) y la disolución de la familia fundada en lazos de sangre dan paso a una sociedad tecnocrática donde la resolución de todos los problemas es confiada a la ciencia, mientras la educación se encarga de hacer felices a todos y cada uno de los miembros de tal sociedad, convirtiéndolos en individuos con «capacidad de autorregulación» de su conducta que reaccionan siempre de forma previsible, mediante la repetición idiotizante de conductas 'positivas' que exorcice el fantasma de la depresión.

En realidad, tales métodos educativos son los mismos que preconizan los manuales de autoayuda, las terapias de superación personal y demás morrallas euforizantes con las que el sistema trata de tapar las grietas del proceso de fabricación del hombre nuevo democrático, ese pobre y felicísimo pelele que ha sido despojado de su libre albedrío y su autonomía moral. Y todo ello sin violencia, tal como había anticipado Tocqueville: «Es así como cada día el poder convierte en menos útil y en más raro el empleo del libre arbitrio; es así como encierra la acción de la voluntad en un espacio menor. La igualdad prepara a todos los hombres para todas las cosas; los dispone a sufrirlas y a menudo, incluso, a mirarlas como un bien».

Disfrutemos como enanos de las conquistas del hombre nuevo democrático.

Fuente: http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/juan-manuel-prada/index.html




Light of the Seven



jueves, 30 de junio de 2016

El origen de la crisis ucraniana (1991-2014). Perspectiva política y diplomática de la situación pre-guerra

Crisis de Ucrania: los origenes del caos


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Extraído de: http://www.jotdown.es/2015/03/crisis-de-ucrania-los-origenes-del-caos/


El laberinto ucraniano
«Si crees que has entendido la mecánica cuántica, es que realmente no entiendes la mecánica cuántica».
Con toda probabilidad, esta frase del premio Nobel de Física Richard Feynman le vendrá a la mente más de una vez si intenta informarse sobre los motivos de la debacle ucraniana que ha estado apareciendo constantemente en las noticias. Es casi como atravesar un laberinto: cuanto más se adentre usted en el asunto, más complejo se le aparecerá. Nuestros medios de comunicación occidentales (y algunos rusos a los que también tenemos acceso) se han dedicado a analizar profusamente la cuestión, pero salvo raras excepciones suelen ofrecer versiones simplistas que dependiendo de la tendencia política o las simpatías de cada cual, sitúa las culpas en un bando o en otro. Así pues, resulta verdaderamente difícil separar la paja del grano. Al final, como sucede no pocas veces, la realidad es más bien como un mosaico en el que existen villanos y víctimas en ambos lados del conflicto, no solamente en uno.
Otro aspecto que salta a la vista es que la crisis podría haberse resuelto de manera más pacífica, al menos sobre el papel. Hubo momentos en que pudieron evitarse conflictos mayores. ¿Qué lo ha impedido? Un cúmulo de factores, desde la ineptitud y radicalismo de las figuras políticas ucranianas o la corrupción generalizada hasta la escasa cultura democrática y el caos institucional. Pasando, claro está, por las presiones extranjeras que responden a intereses geoestratégicos e ideológicos contrapuestos. No hay nadie libre de pecado en este asunto: ni las facciones internas de Ucrania, ni Rusia, ni la Unión Europea, ni los Estados Unidos… cada agente que ha intervenido en la cuestión ha puesto de su parte —por acción u omisión y sobre todo por complicidades turbias— para que el país haya ido encaminándose al desastre. Los inocentes, como de costumbre, son una mayoría de ciudadanos que aspiraban a un futuro de modernización y progreso, y que independientemente de su origen étnico o lingüístico entendían muy bien que su bienestar dependía de la amistad a dos bandas con Rusia y con Occidente. Estos ciudadanos han visto sus sueños sepultados sin piedad y ahora se encuentran atrapados en un país balcanizado cuyo futuro es más que incierto.

¿Qué es Ucrania?
Como sabemos bien Ucrania es un país con dos ámbitos étnicos y lingüísticos diferentes. Como ha sucedido con otros territorios que pertenecieron y fueron tutelados por la URSS, estos dos ámbitos se han visto enclavados dentro de unas mismas fronteras por causa de meras decisiones políticas. Muy a grandes rasgos las dos mitades de Ucrania antes de iniciarse el conflicto podían describirse así:
—La parte oeste: Mayoritariamente rural, poblada por una mayoría étnica y lingüísticamente ucraniana, es la que podríamos llamar (con el afán de entendernos) la Ucrania tradicional. Aunque también incluye pequeños territorios polacos y moldavos asignados en su día por Stalin en una de las muchas modificaciones fronterizas a las que eran sometidas las repúblicas de la URSS. En esta parte del país, el nivel de renta es el más bajo y es la que hoy identificaríamos como la mitad más «pro-Occidente» del país, aunque como veremos más adelante, casi todo el país fue prooccidental en la realidad.
—La parte este/sur: Esta mitad del país tiene una economía más basada en la producción minera e industrial, y tiene también un mayor nivel de renta. Está conformada por territorios rusos que Moscú cedió a Ucrania cuando la URSS todavía existía (y nadie, claro, imaginaba que los ucranianos terminarían siendo independientes). Como la Pequeña Rusia, que los zares reconquistaron a los cosacos ucranianos, y la Nueva Rusia cedida por Lenin en 1920-22, donde la etnia rusa conforma aproximadamente la mitad de la población pero donde también hay muchos ciudadanos étnicamente ucranianos que tienen el ruso como lengua materna. Aunque quizá el territorio clave es la península de Crimea (asignada a Ucrania por Nikita Jrushov en 1954), tanto por su mayoría de población rusa (60%) como por su importancia estratégica como base de la flota rusa del Mar Negro, con la base naval de Sebastopol.
Esta división cultural era cierta y evidente pero no determinaba de por sí la actual situación. En principio, tras la independencia de la URSS la mayoría de la población albergaba aspiraciones comunes en ambas partes del país. Aspiraciones que podrían resumirse en el acercamiento a la Unión Europea sin renunciar a la amistad con Rusia. Esto puede parecer extraño, sobre todo si hacemos caso al enfoque maniqueísta que buena parte de la prensa occidental hace hoy en día, pero tiene perfecta lógica. Por un lado Rusia es muy importante para Ucrania porque es su principal proveedor de gas y además porque es su principal cliente, adquiriendo casi la totalidad de la producción industrial ucraniana. Al mismo tiempo, cabe decir, Ucrania es clave para Rusia porque por territorio ucraniano pasan los gaseoductos que permiten a los rusos exportar combustible al resto de Europa. Por otro lado la Unión Europea era vista también como otro socio deseable, un importante mercado al que abrirse, una posible fuente de inversiones y un referente para la democratización y normalización política del país.
La división demográfica o el difícil juego internacional a dos bandas no eran los únicos problemas de Ucrania. Desde su independencia los niveles de corrupción han sido tremebundos. Tras la disolución de la URSS las privatizaciones masivas crearon un estrato de oligarcas que han jugado un importantísimo papel en la política, ocupando incluso cargos como la presidencia o el primer ministerio. Y mientras unos se enriquecían, la economía se hundía y la renta per cápita caía hasta ser tres o cuatro veces menor que la de sus vecinos rusos. Este es un factor a considerar cuando observamos cómo en los territorios del sudeste (para abreviar lo llamaremos sencillamente el este) había muchos ciudadanos que empezaron a ver la posible reintegración en Rusia como la manera más fácil de optar a un mayor nivel de vida. Crimea, principalmente, mostró intenciones de separarse de Ucrania desde el mismo momento en que la URSS dejó de existir, pero no consiguió sus objetivos hasta muy recientemente.
Así pues, la crisis ucraniana no es un suceso mágico generado de la noche a la mañana sino que ha sido un proceso de cocción lenta.
Como decía, los análisis que tenemos a nuestra disposición en la prensa resultan casi siempre partidarios. Incluso asumiendo que la perfecta objetividad es tarea imposible —todos somos humanos y quien escribe estas líneas no lo es menos—, resulta chocante comprobar el escaso afán de neutralidad con el que los medios han abordado la cuestión ucraniana. Al final lo mejor que puede hacerse es una enumeración de los hechos que nos han llevado hasta la situación actual. Eso es lo que, a modo de guía (muy imperfecta), trataremos de hacer aquí. Las noticias de los últimos meses están frescas en la memoria de todos pero no pueden entenderse sin remontarnos atrás en el tiempo y buscar las raíces del problema. No será un viaje fácil. La historia política de Ucrania, particularmente desde su independencia de la URSS, es un galimatías y pocos periodos históricos nacionales de la era contemporánea resultan tan confusos. Sin embargo es solamente repasando esos hechos como podemos hacernos una idea muy aproximada del festival de despropósitos al que han asistido los ciudadanos de Ucrania y por qué un país que albergaba sueños comunes de vivir mejor ha terminado dividido, con algunas facciones pavorosamente radicales y sumido en un caos que los ha llevado a juguetear con la guerra civil total.
Crónica del caos político 1991-2014
Un relato más o menos novelado de los acontecimientos políticos en Ucrania es tarea harto difícil. No existe un hilo narrativo claro y quizá por ello mucha prensa occidental ha tendido a la simplificación. Los vaivenes políticos en Ucrania presentan esa cualidad incognoscible que Feynman atribuía a la física cuántica. Seguir los principales hechos políticos desde la independencia requiere un considerable esfuerzo de concentración mental pero también hace más fácil entender el hartazgo de los ciudadanos ante una situación que nunca daba señales de mejorar, así como el descrédito progresivo de las instituciones. Confío en que este repaso ayudará a que cada lector se forme una imagen propia del conflicto incluso por encima de las posibles subjetividades de quien escribe estas líneas. Retrocedamos pues a los momentos inmediatamente anteriores a la ruptura de la Unión Soviética, pues fue allí donde verdaderamente se inició este último capítulo de la historia ucraniana (aunque en realidad deberíamos remontarnos a todo el siglo XX e incluso antes para explicarlo, pero bueno). Repasaremos los hechos hasta el 2014, año en que se inician los combates bélicos propiamente dichos.

Episodio I: Independencia y separatismo en Crimea
1990, 16 de julio: La URSS todavía existe pero se halla en un proceso de reformas y creciente debilidad estructural. Siguiendo el ejemplo de la República Soviética de Rusia, que había hecho lo propio unos meses antes, la República Soviética de Ucrania aprovecha esa coyuntura para dar sus primeros pasos hacia una posible independencia. La Rada Suprema, el parlamento todavía soviético de Ucrania, aprueba una Declaración de Soberanía Estatal. Dicho de otro modo: establece los principios generales para una futura independencia.
1991, 20 de enero: Crimea celebra un referéndum donde la mayoría de la población local vota a favor de separarse de Ucrania y reintegrarse en Rusia, a la que había pertenecido hasta 1954. El referéndum, no obstante, carece de efecto legal.
1991, 19 de agosto: El sector duro del Kremlin da un golpe de Estado y depone al presidente soviético Mijaíl Gorbachov con la clara intención de detener la ola reformista y retomar el control de los territorios separatistas (que son prácticamente todos, Rusia incluida). Aunque el golpe fracasa a los tres días, el Parlamento ucraniano lo interpreta como un serio aviso de que el sector duro de la URSS no va a aflojar la mano fácilmente, así que apresura los preparativos para promulgar una declaración de independencia.
1991, 24 de agosto: Una semana después del golpe en Moscú, La Rada promulga una Declaración de Independencia. Aún no tiene carácter efectivo pero se anuncian un referéndum y unas elecciones presidenciales con las que terminar de concluir el proceso.
1991, 1 de diciembre: Se celebran en un mismo día el referéndum por la independencia (que arroja un resultado aplastante del 92%) y las primeras elecciones presidenciales libres desde 1918, que son ganadas ampliamente por el candidato independiente Leonid Kravchuk, antiguo miembro del Politburó.
1991, 12 de diciembre: Rusia, bajo la presidencia de Boris Yeltsin, anuncia su separación de la URSS. Mijaíl Gorbachov entiende que el proceso de disgregación es imparable, dimite y entrega el Kremlin a Yeltsin. El Soviet Supremo queda disuelto. Oficialmente la URSS deja de existir. Ucrania es definitivamente independiente.
1992, 5 de mayo: En mitad de la oleada reformista, el Parlamento regional de Crimea vota una Constitución en la que se declara independiente de Ucrania. La Rada Suprema ucraniana se niega a reconocer la decisión de un Parlamento provincial (aunque la propia Rada había empleado exactamente el mismo sistema para separarse de la URSS). Para apaciguar a Kiev, el Parlamento crimeo reforma el texto constitucional eliminando la parte que habla de independencia. Sin embargo esto no significa que renuncian completamente a sus planes separatistas, así que convocan un nuevo referéndum para que la población se pronuncie una vez más.
1992, 15 de mayo: La Rada vota que la nueva Constitución de Crimea es ilegal y da el plazo de una semana para que se desconvoque el referéndum. En Crimea entienden que Kiev no va a ceder. El día 19, el Parlamento regional acepta renunciar al referéndum a cambio de obtener, como República autónoma, un nivel de autogobierno mayor al que tienen otras provincias de Ucrania.
1994, 16 de febrero: Las tensiones separatistas vuelven a encenderse cuando el prorruso Yuri Meshkov es elegido presidente de la República de Crimea.
1994, 20 de mayo: El Parlamento de Crimea vota la restauración de su abortada Constitución de 1992, lo que equivale a una nueva declaración de independencia, la segunda desde que Ucrania se separó de la URSS. Y por segunda vez la Rada se niega a reconocerlo. Se producen declaraciones altisonantes como la del antiguo ministro de defensa Vitali Radetsky: «Crimea es parte integrante de Ucrania y quienes violen la integridad territorial de Ucrania serán severamente castigados. Nunca renunciaremos a Crimea».
1994, 26 de mayo: La intentona separatista de Crimea no encuentra respaldo exterior. Occidente apoya al gobierno de Kiev en contra de los separatistas. Por su parte, Boris Yeltsin se muestra cauto y en una ambigua declaración dice que la independencia de la península es «un asunto interno de Ucrania». Sin reconocimiento internacional, los líderes crimeos se sientan a negociar con Kiev y se someten nuevamente a la legalidad ucraniana, según la cual deben enviar su proyecto de Constitución a la Rada, donde saben que su aprobación será prácticamente imposible.
1994, 16 de junio: Ucrania firma un acuerdo de asociación con la Unión Europea. Sin embargo el acuerdo será mucho más limitado de lo que esperaban los ciudadanos por lo que un mayor acercamiento a Occidente tendrá que esperar.

Episodio II: La autoritaria presidencia de Leonid Kuchma
1994, 19 de julio: Elecciones presidenciales en Ucrania. Gana Leonid Kuchma, del Partido de las Regiones. Aunque su partido puede considerarse prorruso (o por lo menos defensor de la identidad de la población rusa) Kuchma ha sido el principal impulsor del ansiado acuerdo con la UE, lo cual le ha ayudado a obtener la victoria. Durante su presidencia seguirá una línea de equilibrio en política exterior, tratando de mantener amistad con la UE y Estados Unidos tanto como con Rusia. Esta es precisamente el tipo de política que desea la mayor parte de los ucranianos. Por otro lado, promoverá una discutida oleada de privatizaciones que no logrará detener la caída de la economía pero que enriquecerá a un puñado de nuevos oligarcas. Además su presidencia estará marcada por la intensa corrupción, el autoritarismo y los ataques a la libertad de prensa.
1995, 17 de marzo: Kuchma pretende finiquitar el asunto del separatismo crimeo. La Rada rechaza definitivamente la Constitución de Crimea de 1992. Se elimina el cargo de presidente de la República de Crimea y en los meses siguientes el propio Kuchma gobernará la provincia mediante decreto especial. Se trata de una medida de fuerza para que los parlamentarios crimeos renuncien de una vez por todas a sus pretensiones separatistas.
1995, 21 de octubre: El Parlamento de Crimea ha entendido el mensaje, se rinde y vota una nueva Constitución regional en la que mantiene el estatus de república autónoma alcanzado el 15 de mayo de 1992, renunciando —una vez más— a la independencia.
1997, 28 de junio: Fecha importante. Ucrania y Rusia firman un Tratado de Paz y Amistad. Kiev alquila a los rusos la base naval de Sebastopol en Crimea hasta el año 2017 a cambio de un pago anual. En el futuro, esta cesión jugará un papel clave en la actitud de Rusia en la crisis prebélica ucraniana.
1998, 26 de marzo: Ucrania celebra elecciones legislativas (exclusivamente parlamentarias, no confundir con las presidenciales) para decidir la composición de la Rada. Se confirma al Partido Comunista como el más representado de la cámara. Le siguen el Movimiento Popular (conservador y nacionalista ucraniano) y el Partido Socialista.
1999, 31 de octubre: Elecciones presidenciales. Leonid Kuchma es elegido para un segundo mandato venciendo por un claro margen al candidato comunista, el prorruso Petro Symonenko. Durante este segundo mandato las políticas de Kuchma continuarán en la misma onda. En el lado positivo la constante búsqueda del equilibrio entre Rusia y Occidente. La economía, que había alcanzado el punto más bajo desde la disolución de la URSS, comenzará a dar señales de recuperación (aunque al final del periodo 1999-2004 Ucrania se quedará con poco más de la mitad de renta que tenía cuando se integraba en la Unión Soviética). Pero también continúan la oleada de corrupción y el ascenso de los oligarcas. Y sobre todo, como vamos a ver, empeorarán las actitudes autoritarias del presidente hacia la prensa y la oposición.
1999, 22 de diciembre: En una jugada inesperada (y que vista hoy puede parecer sorprendente) Kuchma nombra como primer ministro al director del Banco Central, Víktor Yúshchenko, de corte más liberal. Sin embargo la convivencia entre presidente y primer ministro no será fácil y terminará en ruptura total en menos de dos años. Yúshchenko, por cierto, tendrá como vice primera ministra a la magnate del gas Yulia Timoshenko, también del sector más liberal.
2000, 16 de septiembre: Desaparece sin dejar rastro el periodista Georgi Gongadze, que había criticado con dureza la creciente y perniciosa presión del presidente Kuchma sobre los medios de comunicación. Además Gongadze denunciaba ser objeto de persecución por parte del servicio secreto, el SSU. Durante mes y medio nadie sabrá nada de él hasta que el 3 de noviembre aparecerá su cadáver, decapitado y desfigurado con dioxinas para intentar impedir su identificación.
2000, 28 de noviembre: Estalla el «Escándalo del Cassette» cuando un político opositor publica unas grabaciones realizadas tiempo atrás en las que el presidente Kuchma comenta lo molesto que le resultaba el asesinado Georgi Gongadze y la «necesidad de callarlo». La fuente que obtuvo las grabaciones resultó ser un guardaespaldas del presidente.
2000, 15 de diciembre: Se produce una manifestación en Kiev demandando una investigación en profundidad del asesinato de Gongadze. Será el inicio de una serie continuada de protestas a las que se conocerá como la UBK, «Ucrania sin Kuchma».
2001, 9 de marzo: En Kiev, cerca del palacio presidencial, tiene lugar una multitudinaria marcha de protesta que inicialmente debía ser pacífica pero que terminará con el violento enfrentamiento entre manifestantes y la Berkut (antidisturbios), produciendo decenas de heridos. Ambas partes se acusarán mutuamente de haber iniciado la violencia. Los manifestantes aseguran que entre sus filas había infiltrados policiales que se encargaron de provocar la carga de los antidisturbios. Por otra parte, fuentes policiales señalan la presencia de ultraderechistas militarizados que encabezaban los ataques. Finalmente se producen detenciones masivas y la popularidad del presidente cae a niveles cercanos al 10%. No obstante, las protestas de «Ucrania sin Kuchma» terminan remitiendo probablemente porque muchos manifestantes rehúyen esa violencia.
2001, 29 de mayo: La Rada, cuyas fuerzas parlamentarias están controladas por el presidente Kuchma, aprueba una moción de censura contra el primer ministro Víktor Yúshchenko. Tras abandonar el cargo, Yúshchenko fundará el partido Nuestra Ucrania y se convertirá en uno de los principales opositores.
2001, 7 de julio: El periodista Igor Alexandrov muere tras recibir una paliza a manos de desconocidos armados con bates de béisbol. Alexandrov, director del canal televisivo TOR de Donetsk, había sido inhabilitado y condenado por un tribunal en 1998 por manchar el honor de un diputado (quien por cierto retiró la demanda más tarde). Muy crítico con el Gobierno, se sospecha que su asesinato está relacionado con su programa Bez Retushi («Sin censura»), donde investigaba la corrupción gubernamental y mafiosa que asolaba el país. Las autoridades zanjarán la investigación del asesinato respaldando la teoría de que los atacantes le habían «confundido con otra persona», versión que no convence ni a los opositores ni a las agrupaciones de periodistas.
2002, 28 de enero: Tatyana Goriachova, editora del periódico opositor Berdyansk Delovoi, es atacada por unos desconocidos que le arrojan ácido en el rostro. Casualmente, once días antes su marido y coeditor había resultado herido en un accidente de coche que algunos tildaban de «sospechoso».
2002, 31 de marzo: Ucrania celebra elecciones parlamentarias para decidir nuevamente la composición de la Rada. Los tres partidos más votados serán Nuestra Ucrania (del ex primer ministro prooccidental Víktor Yúshchenko), Ucrania Unida (prorruso) y el Partido Comunista. Se producen ciertas denuncias de acoso tanto a candidatos como a voluntarios de los partidos, y algunos acusarán al Gobierno de haber promovido esos acosos. El mapa electoral mostrará la clara división del país en dos mitades.
2002, 16 de septiembre: La popularidad del presidente continúa por los suelos. Una manifestación en Kiev pide la dimisión y procesamiento de Kuchma por un «tribunal popular». La marcha está promovida tanto por los liberales de Yulia Timoshenko como por los partidos socialista y comunista. Un grupo de abogados recoge la petición de los manifestantes e interpone una demanda ante un tribunal. El día 15 un juez de Kiev acepta abrir un proceso criminal contra el presidente, aunque ese proceso será más tarde desestimado por el Tribunal Supremo.
2002, 21 de noviembre: Kuchma nombra a Víktor Yanukóvich como nuevo primer ministro. Yanukóvich es considerado prorruso pero se mostrará muy proclive a Occidente. No solamente trata de acercarse a la Unión Europea sino que, aunque no es favorable al ingreso de Ucrania en la OTAN, envía tropas ucranianas a Irak en apoyo a la invasión estadounidense.
2003, 28 de abril: A poco más de un año para las nuevas elecciones presidenciales, el presidente Kuchma aprueba una ley que prohíbe la censura periodística. Esto, no obstante, ayudará poco a mejorar una muy dañada imagen que sigue sin subir del 10% de aprobación en las encuestas.
2003, 24 de diciembre: En una tumultuosa sesión la Rada aprueba provisionalmente una enmienda constitucional por la que el cargo de presidente de Ucrania podrá ser elegido en el Parlamento y no mediante elecciones populares directas como hasta el momento. Es una jugada de Kuchma para intentar perpetuarse en el poder, ya que controla el Congreso pero sabe que perdería en unas elecciones presidenciales. Sin embargo la oposición impugna la enmienda y recurre al Tribunal Supremo. La enmienda se pondrá en práctica.
2003, 30 de diciembre: El Tribunal Constitucional afirma que Leonid Kuchma podrá presentarse a un tercer mandato presidencial, contrariamente a lo que dicta la Constitución. Lo justifican diciendo que la norma de limitación a dos mandatos data de 1996 mientras que el primer periodo presidencial de Kuchma había empezado en 1994 y por tanto no se le podía aplicar la limitación de modo retroactivo. Esto aumenta la ya elevada tensión política y daña todavía más la popularidad de Kuchma. Tanto, que con el tiempo él mismo terminará renunciando a la opción de presentarse por tercera vez. Cederá su lugar como candidato al primer ministro Víktor Yanukóvich.

Episodio III: La Revolución Naranja
2004, 10 de septiembre: En mitad de una bronca campaña electoral para las elecciones presidenciales, marcada por las acusaciones de que el Gobierno manipula los medios de comunicación, el principal candidato de la oposición, Víktor Yúshchenko, es ingresado a causa de un envenenamiento con dioxinas. Sobrevive pero queda seriamente desfigurado. La noticia tendrá repercusión mundial y hará que los ojos de muchos se giren con sorpresa y asombro hacia lo que está pasando en Ucrania.
2004, 31 de octubre: Se celebra la primera vuelta de las elecciones presidenciales pero ningún candidato supera el 50% de los votos así que será necesaria una segunda vuelta. Los dos candidatos más votados que pasarán a esa segunda ronda son el recientemente envenenado opositor Víktor Yúshchenko y el hasta entonces primer ministro Víktor Yanukóvich. La atención internacional hace que los poderes exteriores señalen claramente a sus favoritos: las potencias occidentales se decantan por Yúshchenko mientras que la Rusia de Putin prefiere a Yanukóvich. De repente, las elecciones ucranianas son un asunto de interés para los editorialistas extranjeros. Esto hará también que los medios exageren en torno a la naturaleza prorrusa de aquel Yanukóvich.
200421 de noviembre: Se celebra la segunda vuelta de las presidenciales. Yanukóvich gana y se proclama presidente. Pero las reacciones exteriores no se harán esperar. Mientras Rusia considera legítima su victoria, la Unión Europea y los Estados Unidos se niegan a reconocerla apoyándose en los informes de observadores internacionales que hablan de fraude electoral. Sea como fuere, el mapa electoral sigue mostrando claramente la división de Ucrania. La mitad oeste vota por el prooccidental Yúshchenko y la mitad este vota por el prorruso Yanukóvich (aunque como ya hemos visto, por entonces Yanukóvich no era tanto «prorruso» como partidario del equilibrio). Un esquema que se repetirá a menudo.
2004, 22 de noviembre: Se habla de la enorme disparidad entre el conteo electoral oficial y las encuestas a pie de urna que parecían dar ganador al opositor Yúshchenko. Las acusaciones de fraude disparan protestas multitudinarias, especialmente en Kiev. Es el inicio de la llamada «Revolución Naranja» encabezada por Yúshchenko y su entonces aliada Yulia Timoshenko.
2004, 23 de noviembre: Cerca de medio millón de personas se manifiestan ante la Rada portando ropas o insignias de color naranja. Las protestas son apoyadas por Occidente (desde donde también llega financiación). Además los concejos municipales de ciudades como Kiev o Leópolis muestran su rechazo a la legitimidad del resultado electoral. Pero la Revolución Naranja no será la única consecuencia de la crisis electoral. En el este, otros poderes locales empiezan a moverse en pro de la independencia de la mitad prorrusa del país.
20041 de diciembre: La Rada vota una moción de censura contra Yanukóvich y de paso aprovecha la sesión para condenar los incipientes movimientos separatistas que se están produciendo en el este. Al día siguiente, el Tribunal Supremo decreta la repetición de la segunda vuelta electoral.
2004, 8 de diciembre: En mitad de la crisis electoral y con la Revolución Naranja en las calles, la Rada aprueba una serie de enmiendas a la Constitución que recortan los poderes del cargo de presidente, propiciando una transición hacia una república parlamentaria menos presidencialista (probablemente tratando de evitar que surja un nuevo Kuchma). A partir de ese instante el primer ministro ya no será designado a dedo por el presidente sino elegido por los parlamentarios de la Rada. Esto separa con mucha más claridad al presidente de la República por un lado, y por otro lado al jefe de Gobierno y su gabinete de ministros. Estas reformas se englobarán en la importante ley 2222-IV, de la que volveremos a hablar más adelante.
2004, 26 de diciembre: Las elecciones presidenciales llegan finalmente a una inédita repetición de la segunda vuelta. Esta vez Yúshchenko gana. Aunque Yanukóvich afirma que su anterior victoria le ha sido «arrebatada», cede la presidencia «para evitar un baño de sangre». De todos modos, como era de esperar el mapa electoral queda idéntico y una vez más lo vemos claramente dividido en dos partes bien delimitadas.
Convertido en nuevo presidente, Yúshchenko se marca dos objetivos claros. Uno, perseguir el anhelado (e improbable) sueño del ingreso de Ucrania en la Unión Europa. Su otro gran objetivo es el de ingresar en la OTAN, aunque ahí el respaldo popular está más dividido ya que la mitad prorrusa del país no lo aprueba.
2005, 24 de enero: La Rada vota que Yulia Timoshenko se convierta en primera ministra. Así, tanto presidente como jefa del Gobierno pertenecen al sector liberal prooccidental, aunque la armonía entre ellos dos no durará demasiado tiempo.
2005, 8 de septiembre: Menos de un año después del nombramiento de Yúshchenko se produce un enfrentamiento abierto con el gabinete de Timoshenko, varios de cuyos miembros denuncian el alto grado de corrupción imperante. Como represalia, el presidente los depone a ellos y a la primera ministra Yulia Timoshenko. Tras su destitución, Timoshenko (a quien durante el verano la revista Forbes había señalado como una de las mujeres más poderosas del mundo) empezará a hacer campaña para su partido de cara a las elecciones legislativas con objeto de obtener una mayoría en la cámara que le permita retornar al puesto de primera ministra.

Episodio IV: Juego de Tronos
2006, 25 de marzo: Elecciones legislativas en Ucrania. Los dos partidos más votados serán el prorruso Partido de las Regiones de Víktor Yanukóvich (el mismo que había perdido las anteriores presidenciales ante Yúshchenko después de que se denunciase fraude electoral) y el prooccidental Bloque de Yulia Timoshenko. El partido del presidente Yúshchenko, Nuestra Ucrania, quedará en tercer lugar. La disgregación del voto supondrá el inicio de un confuso juego de alianzas entre partidos en lo que será un periodo de enorme inestabilidad y confusión política.
2006, 7 de julio: Intentando volver a ser primera ministra, Yulia Timoshenko ha formado una Coalición de Fuerzas Democráticas con la también liberal Nuestra Ucrania y con el Partido Socialista, pero los nuevos socios pronto muestran diferencias acerca del posible reparto de cargos y poderes. La Coalición, además, es acusada por la otra gran coalición (la Alianza de Unidad Nacional, formada por el Partido de las Regiones prorruso y los comunistas) de dejarlos fuera de diversos puestos y comités clave. Miembros del Partido de las Regiones llegan a someter el congreso a un bloqueo físico. Finalmente, los socialistas abandonan la Coalición e inesperadamente ingresan en la Alianza de Unidad Nacional, con lo que las aspiraciones de Timoshenko de volver a ser jefa de Gobierno se desmoronan.
2006, 4 de agosto: Víktor Yanukóvich se convierte en primer ministro gracias a ese sorpresivo ingreso de los socialistas en la Alianza de Unidad Nacional, que a partir de ese momento controlará la Rada en oposición al presidente Yúshchenko.
2007, 2 de abril: Tras varios meses de luchas de poder entre el presidente Yúshchenko por un lado y el gabinete de Yanukóvich (y su mayoría parlamentaria) por otro, Yúshchenko decide disolver la Rada y convocar nuevas elecciones legislativas basándose en infracciones del procedimiento que supuestamente han cometido sus adversarios políticos en la conformación de esa Alianza de Unidad Nacional. En concreto señala que varios parlamentarios socialistas cambiaron de coalición a título personal cuando, según afirma, solamente pueden cambiar de coalición los bloques parlamentarios en conjunto. La oposición recurrirá esta disolución de la Rada ante el Tribunal Constitucional.
2007, 30 de abril: Un día antes de que el Tribunal Constitucional haga pública la sentencia sobre la legalidad de su decreto para disolver el Parlamento, el presidente Yúshchenko cesa a dos jueces de ese mismo tribunal. El 16 de mayo cesará a otros dos más, provocando de paso la dimisión del jefe del Constitucional.
2007, 24 de mayo: Se agrava el conflicto entre presidente y Gobierno hasta rozar casi el estado bélico cuando el presidente Yúshchenko depone al fiscal general del Estado Svyatoslav Piskun solamente un mes después de haberlo nombrado, por negarse a abandonar su escaño parlamentario para ejercer el nuevo puesto de fiscal general. Esta destitución provoca nuevas manifestaciones de protesta. Piskun se niega a dimitir sin que la Rada apruebe su destitución y se presenta en su despacho, donde le impiden la entrada miembros de la Guardia Estatal (fuerza gubernamental encargada de ofrecer protección a los cargos públicos y controlada por el presidente). El ministro del Interior del gabinete Yanukóvich, desoyendo las directrices del presidente Yúshchenko, responde ordenando el despliegue de la Berkut (antidisturbios) en torno al edificio. Como contrapartida, Yúshchenko le acusa de prevaricación y abuso de poder. El presidente firma un decreto por el que él, personalmente, se pone al mando de cuarenta mil soldados de diversas regiones que hasta entonces dependían del Ministerio del Interior.
2007, 27 de mayo: Las tropas que ahora actúan bajo decreto presidencial marchan hacia Kiev, aunque desprovistas de armamento letal y equipadas solamente con material antidisturbios. Su comandante militar afirma la intención de evitar un baño de sangre, pero eso tranquiliza poco a los observadores. Cuando las tropas presidenciales llegan a los límites de la ciudad, la Berkut y la policía de tráfico impiden la entrada de sus vehículos, obligándoles a seguir a pie. Ante la estrambótica y peligrosa escalada de despliegues de fuerzas en manos de instituciones estatales políticamente enfrentadas, algo que prácticamente bordea la chispa de la guerra, el presidente Yúshchenko y el primer ministro Yanukóvich se sientan finalmente para encontrar una solución pacífica. Después de varias horas de conversaciones acuerdan la celebración de elecciones legislativas anticipadas para el 30 de septiembre.
2007, 30 de septiembre: Elecciones legislativas. El prorruso Partido de las Regiones vuelve a obtener el primer puesto (32%). Segundo queda el liberal Bloque de Yulia Timoshenko (22%), seguido del liberal Nuestra Ucrania del presidente Yúshchenko (15%).
2007, 18 de diciembre: Olvidando pasados enfrentamientos, el Bloque de Timoshenko y la Nueva Ucrania de Yúshchenko forman una alianza parlamentaria que permite a Yulia Timoshenko volver a ser primera ministra.


Episodio V: La guerra del gas con Rusia

2009, 1 de enero: Comienza la llamada «guerra del gas», conflicto diplomático y comercial entre Ucrania y Rusia. Ante la falta de acuerdo para renovar el contrato de compraventa, los rusos interrumpen el suministro de gas a Ucrania. Sin embargo y dado que las exportaciones rusas al resto de Europa han de pasar necesariamente por los gaseoductos ucranianos, Rusia se ve forzada por su vecina a detener esas exportaciones. Para ambas partes resulta muy urgente llegar a un nuevo acuerdo.
2009, 20 de enero: Vladimir Putin y la primera ministra Yulia Timoshenko firman un nuevo contrato por el que Rusia suministrará gas durante diez años a un precio fijo a cambio de que Ucrania vuelva a abrir los gaseoductos. La cuota fija que teóricamente ha de proteger a Ucrania de las fluctuaciones de precio, terminará resultando inesperadamente dañina. Al agravarse la recesión económica mundial, los países compradores de gas ruso ven mermado su poder adquisitivo, por lo que Rusia abaratará las exportaciones de gas para todos sus compradores… excepto para Ucrania, atada a ese precio fijo que cada vez le resultará más difícil de pagar. El nuevo acuerdo termina siendo tan perjudicial que hasta el teóricamente prorruso Yanukóvich terminará convirtiéndose en uno de sus principales detractores, usándolo como arma arrojadiza contra Timoshenko.
2010, 17 de enero: La primera vuelta de las elecciones presidenciales muestra un vuelco. El prorruso —aunque detractor del acuerdo del gas con Putin— Víktor Yanukóvich (35%) y la liberal pro occidental —aunque responsable del acuerdo del gas con Putin— Yulia Timoshenko (25%) pasan a la segunda vuelta. Mientras tanto el hasta entonces presidente Yúshchenko recibe un severo varapalo con apenas el 5% de los votos. La segunda vuelta, celebrada el 7 de febrero, es ganada por Yanukóvich, que se convertirá en nuevo presidente pese al intento de impugnación (más tarde abandonado) por parte de Timoshenko. Yanukóvich se marcará tres grandes objetivos para su mandato: mantener la política de equilibrio exterior, abaratar el precio del gas y conseguir el ansiado acuerdo de asociación con la Unión Europea.
2010, 11 de marzo: Mykola Azarov es nombrado nuevo primer ministro. Así, el Partido de las Regiones controla tanto la presidencia como la jefatura de Gobierno.
2010, 21 de abril: Yanukóvich firma con Putin un nuevo trato en el que obtiene una sustancial rebaja del precio del gas a cambio de ampliar la cesión de la base naval de Sebastopol hasta el año 2042. Esto aliviará la economía.
2010, 12 de mayo: El fiscal general reabre un viejo caso judicial y acusa a la opositora Yulia Timoshenko de haber sobornado a jueces del Tribunal Supremo en el año 2004. A lo largo de los siguientes meses seguirán abriéndose causas judiciales en contra de Timoshenko: por malversación de fondos públicos, por evasión fiscal, por uso de vehículos médicos para su campaña electoral e incluso por la supuesta complicidad en el asesinato de un magnate competidor en el mundo del gas, donde ella hizo su fortuna. Sea como fuere, a efectos de este relato la acusación más relevante será la de prevaricación durante la negociación del gas con Rusia en 2009, la misma negociación que había denunciado Yanukóvich.
2010, 3 de junio: La Rada aprueba una ley que convierte a Ucrania en «país no alineado», lo que en la práctica constituye la renuncia activa a un posible ingreso en la OTAN. Aunque esto se interpreta como un guiño hacia Rusia, Ucrania mantiene un cierto nivel de colaboración con la Alianza Atlántica, de cuya esfera no desaparece completamente.
2011, 5 de agosto: Yulia Timoshenko es detenida y procesada por presunta prevaricación al negociar el acuerdo del gas con Putin.
2011, 11 de octubre: Yulia Timoshenko es declarada culpable de prevaricación y condenada a siete años de prisión. Dos semanas más tarde inicia una apelación y compara su encarcelamiento con el Gran Terror de la época estalinista.
2012, 20 de abril: Yulia Timoshenko denuncia haber sido maltratada por un funcionario de prisiones y hace públicas unas fotografías en las que se ven señales de golpes sobre su piel. Inicia una huelga de hambre. Empiezan a producirse represalias diplomáticas por la situación de Timoshenko: una conferencia internacional en Yalta es suspendida cuando la mayor parte de representantes extranjeros se ausentan como protesta. Cuando el 8 de junio comienza la Eurocopa de fútbol en Ucrania, diversos representantes políticos internacionales toman la decisión simbólica de no acudir a los partidos de sus respectivas selecciones para hacer el vacío al gobierno de Yanukóvich.
2012, 20 de junio: La Unión Europea, por medio de Durão Barroso, condiciona un posible tratado de asociación con Ucrania a que el Gobierno de Kiev detenga la persecución política de sus rivales, citando específicamente la necesidad de excarcelar a Yulia Timoshenko. En la práctica, con todo, esto equivale a una oferta de acuerdo y demuestra que la UE sigue dispuesta a acercar posiciones con Ucrania, dándole a Yanukóvich el plazo de año y medio para ejecutar las reformas electorales, judiciales y políticas que la Comisión Europea considera necesarias.
2012, 30 de septiembre: Tras una campaña promovida por el Partido de las Regiones y apoyada con entusiasmo por el presidente Yanukóvich, el Tribunal Constitucional deroga la ley 2222-IV, la misma que había sido promulgada durante la crisis electoral del 2004 para limitar los poderes del cargo de presidente. Así, ocho años después, Ucrania deja de ser una república fundamentalmente parlamentaria para retornar al estatus de república fundamentalmente presidencialista.
2012, 28 de octubre: Elecciones legislativas. Los dos partidos más votados son el prorruso Partido de las Regiones (30%) y Patria, el nuevo partido de Timoshenko (25%), que además de liberal tiene ahora tintes nacionalistas mucho más marcados.


Episodio VI: El Euromaidán
2013, 15 de febrero: Yanukóvich y Durão Barroso, presidente de la Comisión Europea, comparecen juntos en Bruselas. La UE continúa preocupada por la persecución política y el aparente recorte de libertades en Ucrania pero también parece respaldar los esfuerzos reformistas de Kiev, como demuestra el que finalmente se establezca el 29 de noviembre como fecha para la firma del ansiado acuerdo de asociación. Bruselas confía en que para entonces la Rada ucraniana habrá aprobado las leyes reformistas que considera condición sine qua non para la firma del acuerdo. Entre esas leyes una que permita excarcelar a Yulia Timoshenko, asunto que sigue pareciendo objeto del interés prioritario de las potencias occidentales.
2013, 15 de mayo: Yanukóvich se cita con Vladimir Putin en Moscú, en una de varias reuniones en el intento de no perder la amistad de Rusia mientras se negocia un posible acuerdo con la Unión Europea. Con o sin UE, los vínculos comerciales con Rusia siguen siendo fundamentales para la maltrecha economía ucraniana.
2013, 20 de noviembre: En la víspera de una sesión clave de la Rada y a solamente nueve días de la hipotética firma del acuerdo con la UE, representantes de la Comisión Europea siguen confiando en que las reformas que reclaman serán aprobadas por el Parlamento ucraniano al día siguiente. La mayor parte de la población ucraniana espera ansiosamente la buena noticia.
2013, 21 de noviembre: Salta la sorpresa. La Rada no aprueba las leyes requeridas por Bruselas, lo que supone renunciar al acuerdo de asociación que iba a ser firmado una semana después. Ucrania renuncia a cualquier sueño de acercamiento a la Unión Europea. El primer ministro Mykola Azarov afirma que Kiev ha actuado así pensando en «reforzar la seguridad nacional de Ucrania» y teniendo en cuenta los efectos que el nuevo acuerdo podría tener en sus relaciones comerciales con el socio clave, Rusia.
La prensa occidental habla de un chantaje ruso para boicotear el acuerdo entre Ucrania y la UE, dando eco a la expresión del presidente de Lituania, quien afirmaba: «Yanukóvich ha sacrificado las esperanzas y deseos de la mayoría de sus conciudadanos en el altar del dinero y los contratos rusos». Muchos sospechan que Putin ha presionado a Yanukóvich, probablemente amenazando con romper lazos comerciales si se asociaba con la UE. Efectivamente, Putin había advertido a Yanukóvich que de firmar el tratado con la UE, Rusia pondría aranceles a la producción industrial ucraniana de la que era casi el único cliente, lo cual hubiese mutilado la economía ucraniana hasta límites insostenibles
Por su parte, una Yulia Timoshenko de arresto domiciliario en una clínica llama a los opositores para que tomen la calle, sabiendo de la intensa oleada de decepción que experimentará buena parte de la población ucraniana al ver hecho trizas su modesto sueño europeo. Será el inicio de la rebelión opositora conocida como Euromaidán, llamada así porque se inicia en la plaza de la Independencia («Maidán» en ucraniano) de Kiev.
2013, 30 de noviembre: Los antidisturbios de la Berkut cargan contra los manifestantes en la plaza del Maidán. Dos días después los opositores responden asaltando el Ayuntamiento con excavadoras y cócteles Molotov. Las protestas y la represión policial están adquiriendo tintes violentos.
2013, 17 de diciembre: Yanukóvich firma un acuerdo con Putin. Rusia comprará bonos de Ucrania por valor de quince mil millones de dólares, justo el dinero que Kiev necesita para no entrar en default o bancarrota definitiva. Es la misma cantidad que el FMI había ofrecido a cambio de medidas de austeridad interna como recortes en las pensiones, etc. En cambio Moscú ofrece, además del dinero, una importante rebaja (30%) en el precio del gas. El acuerdo con Rusia, bastante más favorable y benigno que el propuesto por el FMI, hace que Yanukóvich espere que las protestas disminuyan, pero los opositores de la facción más prooccidental interpretan ese acuerdo benigno como el pago recibido por plegarse a Moscú y alejarse de la Unión Europea.
2014, 16 de enero: La Rada aprueba medidas más duras para la represión de las protestas generalizadas. El efecto es contraproducente, ya que las protestas se recrudecen al conocer esta decisión.
2014, 22 de enero: Se registran las primeras muertes en las manifestaciones (entre dos y cinco muertes según distintas fuentes). La violencia se incrementa y entre los manifestantes aparecen radicales de la ultraderecha que en algunos casos llevan armas de fuego. El número de víctimas se irá incrementando en los siguientes días. En el tenebroso horizonte parecen anticiparse ríos de sangre sobre las calles de Kiev.
2014, 20 de febrero: El Jueves Negro. Una batalla campal en el centro de la capital se salda con una cifra de entre setenta y cien muertos. Los opositores más radicales hacen prisioneros a más de sesenta policías. El ambiente es de preguerra civil.
2014, 28 de enero: Dimite el primer ministro Mykola Azarov, según sus palabras para «ayudar a encontrar una solución pacífica». Horas después sale del país probablemente porque teme represalias. La Rada invalida las medidas represivas contra la protesta que había aprobado el mes anterior y que solamente habían conseguido producir una respuesta más violenta de los sectores más radicales del Euromaidán.
2014, 21 de febrero: Ante la matanza que amenaza con extenderse en forma de guerra civil (unos días antes habían muerto veintiséis personas, entre ellos diez policías) varios ministros de Asuntos Exteriores de la Unión Europea acuden a Kiev para mediar entre Gobierno y oposición. Se firma un acuerdo que entre otras cosas incluye concesiones a los opositores como la celebración de elecciones anticipadas y la restitución de la Constitución de 2004, lo que quitará poderes al presidente y se los devolverá a las cámaras legislativas. Con esas concesiones Yanukóvich espera que la oposición reduzca la intensidad de la protesta. También espera que los opositores liberales se desmarquen de las facciones radicales como el partido neonazi Svoboda, facción de corte paramilitar que ha ido tomando protagonismo a lo largo de unas protestas cada vez más violentas. El acuerdo, sin embargo, durará menos de veinticuatro horas.
2014, 22 de febrero: Jornada clave. El presidente Yanukóvich parte hacia un acto institucional en Jártov. El hecho de que no comunique su ausencia a la Rada hace que la oposición lo acuse de dejación de funciones en plena crisis. Con enorme rapidez, trescientos veintiocho de los cuatrocientos cincuenta diputados aprueban la fulminante destitución del presidente mediante una especie de moción de censura o impeachment. Algunos de ellos, los favorables al Gobierno, denuncian amenazas durante la votación por parte de los opositores. También señalan que esa súbita moción de censura supone una ruptura del acuerdo firmado el día anterior tras la mediación de los enviados europeos. No solamente eso: denuncian que la destitución del presidente se ha producido sin comisión investigadora previa, tal y como dicta la Constitución. Por ello muchos partidarios de Yanukóvich hablan abiertamente de golpe de Estado.
Tras la discutida destitución, el liberal conservador (y aliado de Yulia Timoshenko) Oleksandr Turchínovasume la presidencia de la cámara, lo que en la práctica equivale a convertirlo en presidente de Ucrania en funciones. Además se hace con la comandancia suprema de las fuerzas armadas. Anuncia elecciones presidenciales para el 25 de mayo. Yulia Timoshenko es excarcelada ese mismo día y sentada en una silla de ruedas anuncia que se presentará a las elecciones. Mientras tanto, Yanukóvich está en paradero desconocido y se piensa que ante el repentino giro de los acontecimientos ha salido o está intentando salir del país. Pocos días después, la Rada acusará al desaparecido Yanukóvich de crímenes contra la humanidad por las muertes sucedidas durante el Euromaidán, aprobando una orden de búsqueda y captura internacional. También lo demandarán ante el Tribunal de La Haya. Entretanto Putin afirma que Víktor Yanukóvich es para él la única autoridad legítima en Ucrania y se niega a reconocer al nuevo Gobierno liberal. Las potencias occidentales hacen exactamente lo contrario.

Episodio VII: Crimea vuelve a Rusia
2014, 23 de febrero: La Rada deroga la ley sobre minorías lingüísticas, lo que en la práctica equivale a retirar la condición de cooficial a toda lengua que no sea el ucraniano. Esto afecta a minorías como la húngara y la rumana, pero sobre todo es visto como un deliberado ataque a la población rusoparlante del este del país que además de rusos incluye a muchos ucranianos étnicos que tienen el ruso como lengua materna. Aunque la muy polémica derogación no llegará a hacerse efectiva ni siquiera en esos días de fervor nacionalista, el que se hubiese votado apenas veinticuatro horas después de la destitución exprés de Yanukóvich es buena muestra de la influencia que el nacionalismo ucraniano más extremo ha adquirido durante el Euromaidán.
2014, 25 de febrero: En el este del país empiezan a surgir las respuestas a esas primeras medidas ultranacionalistas del Euromaidán. En Crimea se producen manifestaciones independentistas prorrusas y el Parlamento regional destituye al primer ministro de la región autónoma para sustituírlo por uno separatista. Surgen milicias populares prorrusas en previsión de un posible avance de las milicias nacionalistas ucranianas. Crimea empieza a preparar un referéndum para aprobar su declaración de independencia.
2014, 26 de febrero: El Ministerio del Interior anuncia la disolución de los antidisturbios de la Berkut. En la práctica, esta sorprendente decisión deja las calles de Kiev y de algunos otros lugares en poder de las milicias nacionalistas que se apostan frente a los principales edificios institucionales. Varios antiguos antidisturbios de la Berkut son obligados por las milicias a ponerse de rodillas y pedir perdón ante las cámaras. Se registran ataques físicos a diputados del prorruso Partido de las Regiones. Más de cien diputados considerados prorrusos escapan de la capital siguiendo los pasos del expresidente Yanukóvich. También se inicia una oleada de agresiones callejeras, perpetradas fundamentalmente por los grupos neonazis que se han hecho fuertes a raíz del Euromaidán. Sus víctimas pueden ser cualquiera al que identifiquen como prorruso. En algunos lugares incluso se marcan con pintura, cuando no se atacan, los negocios regentados por prorrusos.
2014, 27 de febrero: En Crimea aparecen los «Hombrecillos Verdes», tropas uniformadas y muy bien armadas pero sin insignias. Son rápidamente señaladas como una avanzadilla militar encubierta de Rusia. Sin necesidad de pegar un solo tiro, los Hombrecillos Verdes ocupan diversos intereses rusos en la península, aseguran las bases militares que entraban dentro de la cesión firmada por contrato y de paso también rodean el Parlamento de Crimea. Además, su presencia parece disuadir a las milicias nacionalistas ucranianas del oeste ante cualquier tentación de entrar en la península.
2014, 1 de marzo: El Congreso ruso da permiso a Putin para llevar tropas rusas a suelo ucraniano, algo que según Putin hará solamente como respuesta al requerimiento del depuesto Yanúkovich, a quien sigue considerando presidente legítimo de Ucrania. En todo caso, la península de Crimea ya está ocupada por tropas rusas desde días antes: aunque Putin niega inicialmente que los Hombrecillos Verdes sean sus soldados,  terminará admitiendo que las fuerzas especiales de Rusia estaban involucradas en el asunto. Evidentemente el presidente ruso ha detectado una oportunidad histórica de que Crimea vuelva a Rusia y ha decidido aprovecharla. Entre tanto, Obama le pide a Putin que retire esas tropas, aunque lo pide con poco énfasis. Los Estados Unidos no van a enfrentarse a Rusia por una Crimea que siempre quiso volver a ser rusa.
2014, 11 de marzo: En Crimea se celebra el planeado referéndum. La mayor parte de la población vota en favor de la independencia y la reunificación con Rusia.
2014, 18 de marzo: Rusia se anexiona Crimea dándole estatus de territorio perteneciente a la Federación Rusa. A nadie se le escapa que esto responde a un antiguo anhelo de la mayoría de la población de la península, pero aun así muchos consideran intolerable la injerencia de Putin. La Unión Europea y Estados Unidos responden con algunas sanciones hacia Rusia, aunque nadie, ni en Europa ni fuera de ella, contempla mayores represalias. Lo cierto es que las potencias occidentales posiblemente esperaban una intervención mayor de los rusos en Ucrania. Putin ha acelerado la anexión de Crimea pero se ha abstenido de intervenir abiertamente en otras provincias de Ucrania como Járkov, Donetsk o Lugansk, donde también se han levantado milicias separatistas prorrusas. Allí la intervención rusa tenía menos fundamento, entre otras cosas por no tener concesiones legales que proteger, así que Putin no ha enviado a sus Hombrecillos Verdes.


Episodio VIII: Rebelión en el este
2004, 24 de marzo: La tensión sigue aumentando y también el radicalismo no solamente en las calles sino incluso entre los líderes. Se hace pública una conversación telefónica en la que se oye decir a Yulia Timoshenko «es la hora de matar a esos malditos rusos». Ante la pregunta de su interlocutor «¿Qué debemos hacer con los ocho millones de rusos que quedan en Ucrania? ¡Son unos parias!», ella responde «Deberíamos matarlos con armas nucleares». Más tarde, Timoshenko reconoció la autenticidad de la grabación, aunque insistiendo en que la parte sobre las armas nucleares estaba «editada».
2014, 7 de abril: Las milicias prorrusas de Járkov, Donetsk y Lugansk ocupan los edificios oficiales de sus respectivas provincias. Evidentemente quieren que sus territorios sigan los pasos de Crimea, independizándose y buscando la protección de Rusia (aunque Putin no parece tener intención de involucrarse más de la cuenta como sí hizo en Crimea).
2014, 8 de abril: En Járkov las milicias nacionalistas ucranianas consiguen contrarrestar a las milicias prorrusas y ahogan la rebelión separatista. Sin embargo, Donetsk y Lugansk seguirán bajo poder de los prorrusos, por lo que esas dos provincias continuarán en abierta rebelión hacia el Gobierno de Kiev. El primer ministro de Ucrania, probablemente queriendo calmar los ánimos, llega a insinuar la posibilidad de conceder un estatus de territorio autónomo para ambas provincias. Paradójicamente, mientras el primer ministro habla de paz la sesión de la Rada discurre entre incidentes violentos. Por ejemplo, cuando el comunista Petro Symonenko —natural de la ahora rebelde provincia de Donetsk— afirma que si han surgido milicias prorrusas en el este se debe a que las milicias nacionalistas y ultraderechistas del oeste habían sentado un precedente, algunos representantes del partido neonazi Svoboda le obligan por la fuerza a abandonar el estrado. Durante los días siguientes, algunos diputados aparecerán con moratones o pequeñas heridas de resultas de los incidentes parlamentarios.
2014, 14 de abril: El director de la CIA, John Brennan, se encuentra en secreto con el Gobierno en funciones de Kiev. Su visita será desvelada por la prensa unos días más tarde. No queda muy claro el motivo de ese encuentro, aunque no pocos atarán cabos con lo sucedido al día siguiente.
2014, 15 de abril: El presidente de Ucrania en funciones, Oleksandr Turchínov, anuncia una «operación antiterrorista» contra las milicias rebeldes en Donetsk y Lugansk, diciendo que «el suelo arderá bajo los pies de los separatistas». Después de haber hecho algunas ofertas contemporizadoras unos días antes, esto suena a declaración de guerra.
2014, 17 de abril: Se produce una infructuosa conferencia de paz en Ginebra con la presencia de intermediarios internacionales. Entre otras cosas se reclama que todos los grupos paramilitares del país se desarmen y se disuelvan, abandonando los edificios institucionales que mantienen ocupados. A cambio los rebeldes separatistas recibirían amnistía (excepto para los crímenes más graves) y el Gobierno de Kiev iniciaría una serie de consultas para conceder poderes constitucionales a las provincias en rebelión. El plan de paz propuesto nunca llegará a aplicarse por ninguna de las dos partes y la conferencia quedará en poco más que un acto teatral.
2014, 22 de abril: Tan solo unos días después de que el fallido plan de paz sea propuesto en Ginebra, el Gobierno de Kiev reanuda las operaciones «antiterroristas» contra los separatistas. Envía el ejército a las provincias rebeldes pero el resultado no será el que esperaba. Para empezar, las poblaciones locales, y no solamente las milicias, se resisten y bloquean los accesos para dificultar la entrada del ejército ucraniano. Además se produce una oleada de deserciones entre los soldados ucranianos naturales de las regiones separatistas o de otras zonas prorrusas, que abandonan las filas del ejército para unirse a los rebeldes. Para colmo, la policía de varias zonas rebeldes se disuelve espontáneamente y sus antiguos miembros también se unen a las milicias separatistas.
2014, 2 de mayo: En Odesa, al sur del país, una cincuentena de separatistas prorrusos son perseguidos por las milicias nacionalistas ucranianas de ultraderecha. Se refugian en una sede sindical pero las milicias prenden fuego al edificio quemando vivos a los prorrusos. Este suceso provocará que el proceso independentista en Donetsk y Lugansk se acelere, anunciándose un inminente referéndum por la independencia.
2014, 11 de mayo: Se celebra el referéndum en Donetsk y Lugansk. Con una participación del 75%, nueve de cada diez votantes de ambas provincias se decantan por independizarse de Ucrania.
2014, 25 de mayo: Elecciones presidenciales en Ucrania. El magnate Petró Poroshenko es elegido presidente ganando en todas las regiones excepto una (que significativamente es Járkov, donde la rebelión separatista ha sido ahogada y donde el más votado es Mykhailo Dobkin, del prorruso Partido de las Regiones). Otro detalle significativo: la participación electoral es muy alta en el oeste ucraniano (80%) pero muy baja en el este prorruso (40%). Las elecciones, lógicamente, no se celebran en las provincias rebeldes de Donetsk y Lugansk, ni tampoco en Crimea, ya de facto convertida en parte de Rusia.
2014, 26 de mayo: Doscientos milicianos prorrusos toman el aeropuerto de Donetsk para impedir el abastecimiento de las tropas ucranianas que realizan «operaciones antiterroristas» en la ciudad separatista de Sloviansk. Las tropas ucranianas responden con bombardeos y un asalto que consigue echar a los rebeldes del aeropuerto dos días después. Ambas partes reconocen la victoria gubernamental. Aun así, el 31 de mayo y ya finalizados los combates, seis rebeldes son abatidos a tiros dentro del aeropuerto cuando intentaban retirar los cadáveres de sus compañeros.
2014, 31 de agosto: Los rebeldes de Donetsk logran sitiar a las tropas ucranianas que todavía mantienen bajo su poder el aeropuerto de la ciudad. Después de una semana larga de combates, conquistan el aeropuerto.
2014, 26 de octubre: Elecciones legislativas en la Ucrania todavía controlada por el gobierno de Kiev. Los dos partidos más votados son el Bloque del nuevo presidente Petro Poroshenko y el Frente Popular, ambos prooccidentales.
2014, 23 de diciembre: Ucrania renuncia a su condición de país no alineado, que impedía su posible ingreso en la OTAN.
Hasta aquí el periodo 1991-2014, que fue así de tormentoso y confuso, y que nos llevó a los sucesos que están teniendo lugar en la actualidad. Hemos dejado fuera bastantes acontecimientos, explicaciones y matizaciones para no alargarnos hasta el infinito. Sin embargo espero al menos que el lector se haga una idea de la progresiva fractura política (más tarde social y finalmente incluso étnica) en que ha vivido el país desde el mismo momento de su independencia, del cómo y por qué han prosperado radicalismos, fanatismos y violencia en Ucrania. Resulta difícil extraer lecciones excepto la de que una clase dirigente corrupta y cainita en todas sus facciones ha arruinado lo que en su día fue el sueño de la inmensa mayoría de los ucranianos: vivir mejor.
Nota: Quiero expresar mi agradecimiento al capitán de fragata D. Francisco J. Ruiz González, doctor en Seguridad Internacional y miembro del Centro Superior de Estudios de la Defensa, por haberme dado acceso a material de sus conferencias para completar el texto e incluir algunos hechos que tuvieron poca repercusión en Occidente. El capitán Ruiz González es un experto en la cuestión ucraniana, de modo que si hubiera alguna inexactitud en el texto se deberá a error mío.

Dirty Deeds Done Dirt Cheaps - AC/DC