jueves, 14 de marzo de 2013

Todo para la clase media

13-11-2005

Francisco Umpiérrez Sánchez
Rebelión

“La clase media es la fuente de gran parte de los idealismos y extremismos de este mundo”
La clase media como medio para evitar las revoluciones. Es una idea muy vieja, de Aristóteles, que la existencia de una extensa clase media permite a los Estados evitar las revoluciones. Actúa como un colchón, como un amortiguador, entre la extrema pobreza y la extrema riqueza. Esta idea ha penetrado tanto en la conciencia ordinaria, que la mayoría de la gente cree que un país va bien cuando hay una extensa clase media y que va mal cuando ésta no se ha formado o ha mermado. En esta concepción va implícito que entre la riqueza y la pobreza no deben haber diferencias abismales, pero también va implícito que la existencia de ricos y pobres es inevitable. En esta concepción el pobre no es redimido, no se contempla su pérdida de condición de pobre, sino su mejora en su condición de pobre mediante la caridad pública. Dicho de otra forma: en esta concepción va implícita la idea de que siempre habrá ricos y pobres. Sucede además que la clase media, tanto en su ser social como en su mentalidad, está presente de forma mayoritaria en todos los campos de la vida social. Este estado de cosas, la existencia de una extensa clase media con carácter omnipresente, es un rasgo esencial de las sociedades capitalistas avanzadas. Circunstancia que nos permite concluir que el freno a la revolución, a los cambios radicales, se manifiesta en todos los campos de la vida y en todas las formas de la práctica social.
La lucha ideológica de la izquierda radical contra la clase media. De lo dicho en la idea precedente podemos obtener otra conclusión: no es cierto que la clase obrera haya dejado de ser revolucionaria, sino que el predominio de la clase media impide que la clase obrera adopte un papel revolucionario. Si la existencia de una extensa clase media impide que se puedan producir revoluciones, lo impide tanto en el terreno de la práctica como en el terreno de las ideas. De ahí la necesidad que tiene la izquierda radical de luchar ideológicamente contra la clase media. La necesidad de esta lucha no es nueva. La clase media equivale a lo que los marxistas siempre han identificado como pequeña burguesía. Y quien lea detenidamente los textos de Marx y de Ilích Ulianov, observará que una gran parte de la crítica ideológica contenida en esos textos está dirigida contra la pequeña burguesía.

La clase media como fuente de los extremismos. Aunque la clase media niegue la revolución y esté en contra de la visión radical del mundo, no obstante, de ella proviene gran parte de los extremismos presentes en la lucha de clases, tanto el de derecha como el de izquierda. Por un lado, la clase media tiene un miedo atroz a perder sus cómodas condiciones de vida y se asusta de cualquier movimiento social que pretenda un cambio radical de las relaciones económicas. De ahí proviene su tendencia extremista de derecha. Por otro lado, la clase media se llena de desesperación cuando no se producen los cambios sociales que le hagan mejorar su situación en la vida, se ciega, ve en todos a un enemigo y dispara en todas direcciones. De ahí proviene su tendencia extremista de izquierda. Miedo y desesperación son dos rasgos psicológicos extremos de la pequeña burguesía. Y la historia de los partidos comunistas y de la construcción del socialismo está plagada de errores de izquierda, esto es, de errores de la clase media.

La alianza de la clase obrera con la clase media. El llamado centro sociológico, sector que representa el censo electoral más numeroso y que si disputan los partidos de la derecha y los de la izquierda reformista, está constituido por la clase media. Y creo que un partido de la izquierda radical debería igualmente ganarse a la clase media si quiere conquistar la hegemonía. No debe verse como una contradicción proponer abrir un frente ideológico de lucha contra la clase media y al tiempo proponer que la izquierda radical se gane la confianza de la clase media. Es necesario tener claro el futuro y la izquierda radical supuestamente lo tiene: no se pueden conciliar la extrema pobreza con la extrema riqueza y para acabar con la extrema pobreza hay que acabar con la extrema riqueza. Pero para llegar a ese futuro es necesario contar con la clase media.

La clase media y el tope máximo al ingreso personal. Es una idea que expresa la mentalidad de la clase media aquella que denuncia que los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. La izquierda radical debe llevar esta idea a sus consecuencias últimas: la solución no está en hacer más extensa la clase media, sino en liquidar los dos extremos de la relación: la extrema riqueza y la extrema pobreza. La inquietud y la preocupación que vive la clase media ante la posibilidad de que los extremos de la riqueza y de la pobreza se polaricen y se enfrenten en sangrienta lucha, como empieza a ponerlo de manifiesto la inmigración en los países de Europa occidental, sólo se disiparía si se pone un tope máximo al enriquecimiento personal. Pienso que una gran parte de la clase media sería partidaria de ponerle un tope máximo al ingreso personal. Todos reconocen los excesos y despilfarros de los grandes ricos. Y todos serían partidarios de poner frenos a esa indignante inhumanidad.

Revolucionarios y extremistas. A los revolucionarios hay que restarles determinados predicados, como los de destrucción, guerra, encarcelamiento y muerte. Estos predicados deben aplicársele a los extremistas. Se confunde al revolucionario con el extremista. El revolucionario quiere cambiar de raíz las relaciones económicos sociales, pero sabe que para lograr ese objetivo debe existir un partido de vanguardia que conquiste la confianza de las mayorías sociales. Mientras que un extremista quiere lograr los objetivos revolucionarios por medio del sectarismo y del terror, mecanismos de lucha que alcanzan no sólo los “enemigos de clase” sino a sus propios aliados. Como el extremista es incapaz de conquistar la confianza de las mayorías sociales, porque habla ignorando los intereses de dichas mayorías sociales, las cataloga de contrarrevolucionarias. Y así se aisla aún más de las masas y ahonda en su desesperación. Pero pongamos un ejemplo concreto. Dado que la televisión es un poderoso medio de educación de masas, debe estar en manos públicas. Es necesario acabar con la televisión privada. Pero para acabar con la televisión privada debe existir un partido político que haga suya esta meta. Y este partido debe ganar alianzas para lograr este objetivo. Un aliado podría ser la Iglesia Católica. Sin duda que muchos postulados éticos de una izquierda radical coinciden con postulados de la Iglesia Católica. Aquí la radicalidad de objetivos se manifiesta en la liquidación de la propiedad privada en un determinado ámbito de la vida, y la moderación en los medios empleados se pone de manifiesto en el objetivo de ganarse la confianza de las mayorías sociales y en la alianza con la Iglesia Católica.

La unidad idealista del bien y del mal. La clase media quiere vivir feliz, sin grandes preocupaciones, haciendo una vida cómoda. Sabe que hay graves problemas en el mundo que hay que resolver, pero piensa que no es su culpa y que bastante hace. No quiere que la responsabilidad sobre los grandes problemas de este mundo, como el de la infinita pobreza, recaiga sobre sus espaldas. Quiere vivir ligera, sin grandes cargas que le agobien, para así disfrutar de los grandes placeres de este mundo. Por eso quiere una televisión superficial, banal, de puro entretenimiento, que no vaya al fondo de los problemas. No niega que a los pobres hay que ayudarlos, pero no hasta el punto que la entristezca y le impida ser feliz. El postulado ético de ayudar a los pobres no debe impedirle el postulado ético de ser feliz. Y la clase media ha hallado el modo de combinar lo triste y lo feliz, el sufrimiento con el divertimento: para ayudar a los pobres del mundo celebra festivales musicales. Toda una unidad idealista del bien y del mal.

miércoles, 13 de marzo de 2013

«El sistema está preparado para evitar el estallido social». Entrevista

Josep Fontana                              10/03/13

Más desigualdad, menos derechos y más represión para que nadie lo cuestione. Este es el ‘extraño’ futuro que el maestro Josep Fontana augura a no ser que los movimientos de contestación social lleguen a poner el miedo en el cuerpo al sistema. De la desigualdad a las crisis, de las crisis a la privatización de los servicios públicos, de la pérdida de derechos ciudadanos a la represión para mantener este nuevo estado de las cosas. Un proceso que empezó en los años 70, que Josep Fontana apuntaba en las conclusiones de su monumental Por el bien del imperio (2011) pero al que ahora dedica un breve y amargo volumen, El futuro es un país extraño. Una reflexión sobre la crisis social de principios del siglo XXI(Ed. Pasado & Presente). La entrevista la realizó Ernest Alòs.

La tesis ya estaba en su anterior libro. ¿El nuevo es una actualización, un epílogo, un resumen?
Lo que ha pasado es más bien lo siguiente: cuando acabé aquel libro la crisis siguió avanzando y tuve más claras algunas cosas. Que hay una inflexión muy importante, que posiblemente había intuido pero de la que no había acabado de ver la trascendencia. Acabé aquel libro cuando la crisis teóricamente aún parecía una crisis. Pero es un proceso de mucho más alcance, iniciado en los años 70 y que aquí ha tomado fuerza después del 2008, y por el que se ha aprovechado el tinglado de la recesión para ir a un proceso de destrucción del Estado del bienestar; no solo los costes de la sanidad pública, la educación pública o el sistema de pensiones, sino un cambio en las reglas del juego que vino claramente mostrado con la reforma laboral. La naturaleza de este proceso es de una gravedad y una profundidad que nadie preveía. La esperanza de que pudiese haber algún tipo de cambio de trayectoria no era una esperanza que hubiese desaparecido. En estos momentos, la profundidad del desastre y la evidencia de que se trata de un cambio de larguísima duración, que puede continuar y tener unas consecuencias catastróficas, es una evidencia muy clara.

Un proceso que empezó en Estados Unidos pero que acaba llegando a Europa, sostiene.
Quería explicar los procesos por los que esto ha ido avanzando, la ocupación de la política por los intereses económicos, que es cada vez más visible. Solo hace falta ver cuál ha sido la reacción de los estados europeos ante la crisis bancaria. Excepto en Islandia, se ha optado por preservar todo lo posible el sistema. Está claro que aquí no había ningún problema de deuda pública hasta que no han asumido la deuda bancaria. El siguiente paso es la privatización del Estado mismo, el proceso de vender a los ciudadanos, y el establecimiento de un sistema represivo eficaz. Debemos darnos cuenta de que esta no es una situación temporal de la que se saldrá. A lo mejor habrá ciertos elementos de crisis que se paren, aunque de momento los síntomas, por ejemplo en Inglaterra, no son estos. Pero incluso si saliéramos de la crisis, el mundo en el que usted vivirá no será el mundo en el que habrá vivido antes de ella, sino que habrá cambiado profundamente.

Empieza diciendo que en ningún lugar está escrito que las cosas tengan que ir mejor. Pero acaba citando a dos autores que mantienen que la única oportunidad es que el sistema no resista que las cosas vayan aún peor.

–Para mí, la reflexión como historiador va más lejos. Fuimos educados en la idea de que la historia era una narración de progreso continuado, pero comienzas a ver que esta historia no era verdad, que hay progresos y descensos y que todo está vinculado básicamente a la capacidad de lucha que hay en cada momento determinado para exigir unos derechos sociales. Que las cosas vayan a peor no es imposible. La única cosa que podría dinamitar esto es que se llegara a un momento en el que se tuviera miedo a que un estallido social profundo pudiera poner en peligro las reglas del juego, como en los años 70 y 80 desempeñó el papel de la amenaza de la URSS a la hora de hacer posible la subversión del sistema. Lo que pasa es que este está bien preparado para evitarlo. Tiene unos recursos crecientes de información y capacidad para atacar y desmontar el tipo de protesta que se puede producir.

¿Y ese miedo no existe ya hoy? 
Se ha acabado una época, la de la vieja política más o menos socialdemócrata, en la que las cosas se negociaban. Es difícil darse cuenta de hasta qué punto durante 200 años ha habido efectivamente unos miedos que han justificado que quienes tenían los recursos en sus manos se aviniesen a negociar. Eran unos miedos irracionales. Pero eran miedos. Ahora, la exigencia a la gente para que se baje los sueldos se está convirtiendo en una cosa sistemática. Se ha acabado negociar. Han decido que las cosas tienen que cambiar y que vamos a un proceso de crecimiento de la desigualdad.

¿Y los movimientos de protesta? 
Pero no hay alternativas. Que salgan en manifestación chiquillos no importa a nadie. Mientras vayan a la Puerta del Sol o la plaza de Catalunya y sus padres voten al PP o a CiU, no hay nada que hacer. ¿De dónde tendría que venir este estallido social? El movimiento que parecía que iba a ser el futuro, el de Occupy y los indignados, sigue funcionando pero está completamente controlado, en el sentido de que está disgregado. Se están haciendo cosas pequeñas, aisladas, frente a unos medios para controlarlas que son cada vez más eficaces. Y eso que en Europa tienen mucho que aprender de EEUU, seguramente porque tienen pocas amenazas de las que preocuparse. Los movimientos de protesta y de queja son aún de naturaleza muy puntual. Representan solo intereses sectoriales y no consiguen movilizar nada en una gran escala. Movilizarse contra las hipotecas para conseguir la dación en pago es poner una cataplasma. Pueden dormir tranquilos por este lado, y evidentemente duermen tranquilos. Aunque de momento, desde el Ministerio de Justicia se empieza, por un lado, a penalizar la protesta de manera que te pueden llevar a la cárcel por cualquier cosa, y por el otro a dificultar los medios de acceso a cualquier tipo de reclamación.

En su último artículo en EL PERIÓDICO decía que los sobres a los políticos eran la calderilla. 
Lo importante es qué han dado las empresas para lograr contratos y concesiones. Las contrapartidas. El problema es una política comprada por los intereses económicos dominantes y contra la cual nuestra capacidad de reacción es nula, a excepción de la posibilidad de arrancarle alguna concesión mordiendo por aquí o por allá. Se ha pasado del juego de condicionar la política a privatizar el Estado mismo, a convertir esto en un sistema en que serás, fundamentalmente, un individuo que paga por cualquier servicio que necesites.

¿Entonces podremos hablar de ciudadanía o de servidumbre? 
Sí, en un sentido prácticamente medieval. Examinar lo que sucede en EEUU es bueno porque ves que son reglas de funcionamiento que tardarán un poco más en llegar, porque el colchón de la protección social es más grande, pero que llegarán. En EEUU les dicen que el nivel de educación es fundamental para lograr un puesto de trabajo bien remunerado, que la educación es cara y que es necesario que pidan préstamos. Y el drama que en EEUU significa la deuda que los estudiantes no pueden devolver es parecido al de aquí con los desahucios. Este es el grado de perversión de las reglas sociales, mientras el sistema tiene una capacidad increíble para seguir engañando y distrayendo a la gente. El retorno a un sistema feudal es gravísimo. Por eso hablo de crisis social, no económica. Démonos cuenta de que la historia ha dado un giro global, importante, que lleva hacia donde lleva, y que es necesaria una toma de conciencia.

El debate de la independencia, al lado de todo de lo que hemos estado hablando... 
Evidentemente representa una explosión de malestar e indignación que buena parte de la gente canaliza contra un mal gobierno, y como el Gobierno es de Madrid, piensa: «Separémonos, que no iremos tan mal». Es el más grande reconocimiento a ese malestar y a que la gente tiene el derecho a decidir. Lo que es penoso e inmoral es que haya políticos que para conseguir sus fines engañen a la gente cuando realmente saben que este camino es inviable y no lo pueden seguir. Suponga usted que, efectivamente, hacemos un referendo y que da mayoría. Entonces, ¿qué hacemos? En un coloquio me contestaron «vayamos a Europa». Sí, donde hay una ventanilla que dice «demandas de creación de nuevos estados», y les llevamos el resultado del referendo... Normalmente ninguna independencia se consigue sin una guerra de la independencia. La separación de Chequia y Eslovaquia fue un hecho anormal que no tiene nada que ver. Las independencias de Yugoslavia se consiguieron con mucha sangre y con apoyo militar extranjero. Pensar que hay un plan viable y realizable que pasa por la celebración de un referendo y posteriormente negociar una separación, hoy día, es una fantasía chinesca.

Josep Fontana,  miembro del Consejo Editorial de SinPermiso, es catedrático emérito de Historia y  dirige el Instituto Universitario de Historia Jaume Vicens i Vives de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona.

El Periódico de Catalunya, 5 marzo 2013

viernes, 8 de marzo de 2013

Armas silenciosas para guerras tranquilas: Decálogo de las "Estrategias de manipulación"


Por Noam Chomsky:











John Perkins, confesiones de un sicario económico

Este vídeo nos muestra a través de un antiguo "chacal" de la CIA, como EEUU a lo largo de toda la Guerra Fría (y actualidad) ha ido controlando a los países que se oponían al capitalismo o a los gobiernos de éstos que apostaban por políticas sociales que no beneficiaban la explotación de las multinacionales norteamericanas. Un país que apuesta por una única libertad, la suya.

Filosofía imperialista estadounidense:

1. El mundo debe ser organizado para que no haya desorden (refiriéndose al comunismo y políticas de izquierdas)

2. Solo EEUU tiene la capacidad de mantener ese orden

3. EEUU debe fijar esos principios que definan ese orden, unos principios norteamericanos (proesclavistas, racistas, xenófobos, imperialistas, oportunistas, religiosos, violentos...) predicados como de validez universal.




Fallece Chávez

Atilio A. Boron. Kaosenlared.net 

Cuesta muchísimo asimilar la dolorosa noticia del fallecimiento de Hugo Chávez Frías. No puede uno dejar de maldecir el infortunio que priva a Nuestra América de uno de los pocos “imprescindibles”, al decir de Bertolt Brecht, en la inconclusa lucha por nuestra segunda y definitiva independencia 

La historia dará su veredicto sobre la tarea cumplida por Chávez, aunque no dudamos que será muy positivo. Más allá de cualquier discusión que legítimamente puede darse al interior del campo antiimperialista –no siempre lo suficientemente sabio como para distinguir con claridad amigos y enemigos- hay que partir reconociendo que el líder bolivariano dio vuelta una página en la historia venezolana y, ¿por qué no?, latinoamericana.

Desde hoy se hablará de una Venezuela y Latinoamérica anterior y de otra posterior a Chávez, y no sería temerario conjeturar que los cambios que impulsó y protagonizó como muy pocos en nuestra historia llevan el sello de la irreversibilidad. Los resultados de las recientes elecciones venezolanas –reflejos de la maduración de la conciencia política de un pueblo- otorgan sustento a este pronóstico.

Se puede desandar el camino de las nacionalizaciones y privatizar a las empresas públicas, pero es infinitamente más difícil lograr que un pueblo que adquirió conciencia de su libertad retroceda hasta instalarse nuevamente en la sumisión. En su dimensión continental, Chávez fue el protagonista principal de la derrota del más ambicioso proyecto del imperio para América Latina: el ALCA. Esto bastaría para instalarlo en la galería de los grandes patriotas de Nuestra América. Pero hizo mucho más.

Este líder popular, representante genuino de su pueblo con quien se comunicaba como nunca ningún gobernante antes lo había hecho, sentía ya de joven un visceral repudio por la oligarquía y el imperialismo. Ese sentimiento fue luego evolucionando hasta plasmarse en un proyecto racional: el socialismo bolivariano, o del siglo veintiuno.

Fue Chávez quien, en medio de la noche neoliberal, reinstaló en el debate público latinoamericano -y en gran medida internacional- la actualidad del socialismo. Más que eso, la necesidad del socialismo como única alternativa real, no ilusoria, ante la inexorable descomposición del capitalismo, denunciando las falacias de las políticas que procuran solucionar su crisis integral y sistémica preservando los parámetros fundamentales de un orden económico-social históricamente desahuciado.

Como recordábamos más arriba, fue también Chávez el mariscal de campo que permitió propinarle al imperialismo la histórica derrota del ALCA en Mar del Plata, en Noviembre del 2005. Si Fidel fue el estratega general de esta larga batalla, la concreción de esta victoria habría sido imposible sin el protagonismo del líder bolivariano, cuya elocuencia persuasiva precipitó la adhesión del anfitrión de la Cumbre de Presidentes de las Américas, Néstor Kirchner; de Luiz Inacio “Lula” da Silva; y de la mayoría de los jefes de estado allí presentes, al principio poco propensos –cuando no abiertamente opuestos- a desairar al emperador en sus propias barbas.

¿Quién si no Chávez podría haber volcado aquella situación? El certero instinto de los imperialistas explica la implacable campaña que Washington lanzara en su contra desde los inicios de su gestión. Cruzada que, ratificando una deplorable constante histórica, contó con la colaboración del infantilismo ultraizquierdista que desde dentro y fuera de Venezuela se colocó objetivamente al servicio del imperio y la reacción.

Por eso su muerte deja un hueco difícil, si no imposible, de llenar. A su excepcional estatura como líder de masas se le unía la clarividencia de quien, como muy pocos, supo descifrar y actuar inteligentemente en el complejo entramado geopolítico del imperio que pretende perpetuar la subordinación de América Latina. Supeditación que sólo podía combatirse afianzando –en línea con las ideas de Bolívar, San Martín, Artigas, Alfaro, Morazán, Martí y, más recientemente, el Che y Fidel- la unión de los pueblos de América Latina y el Caribe.

Fuerza desatada de la naturaleza, Chávez “reformateó” la agenda de los gobiernos, partidos y movimientos sociales de la región con un interminable torrente de iniciativas y propuestas integracionistas: desde el ALBA hasta Telesur; desde Petrocaribe hasta el Banco del Sur; desde la UNASUR y el Consejo Sudamericano de Defensa hasta la CELAC. Iniciativas todas que comparten un indeleble código genético: su ferviente e inclaudicable antiimperialismo.

Chávez ya no estará entre nosotros, irradiando esa desbordante cordialidad; ese filoso y fulminante sentido del humor que desarmaba los acartonamientos del protocolo; esa generosidad y altruismo que lo hacían tan querible. Martiano hasta la médula, sabía que tal como lo dijera el Apóstol cubano, para ser libres había que ser cultos. Por eso su curiosidad intelectual no tenía límites. En una época en la que casi ningún jefe de estado lee nada -¿qué leían sus detractores Bush, Aznar, Berlusconi, Menem, Fox, Fujimori?- Chávez era el lector que todo autor querría para sus libros. Leía a todas horas, a pesar de las pesadas obligaciones que le imponían sus responsabilidades de gobierno. Y leía con pasión, pertrechado con sus lápices, bolígrafos y resaltadores de diversos colores con los que marcaba y anotaba los pasajes más interesantes, las citas más llamativas, los argumentos más profundos del libro que estaba leyendo.

Este hombre extraordinario, que me honró con su entrañable amistad, ha partido para siempre. Pero nos dejó un legado inmenso, imborrable, y los pueblos de Nuestra América inspirados por su ejemplo seguirán transitando por la senda que conduce hacia nuestra segunda y definitiva independencia.

Ocurrirá con él lo que con el Che: su muerte, lejos de borrarlo de la escena política agigantará su presencia y su gravitación en las luchas de nuestros pueblos. Por una de esas paradojas que la historia reserva sólo para los grandes, su muerte lo convierte en un personaje inmortal.

Parafraseando al himno nacional venezolano: ¡Gloria al bravo Chávez! ¡Hasta la victoria, siempre, Comandante!