domingo, 30 de junio de 2013

Experiencias socialistas en África

Por: Shubi Lugemalila Ishemo

Actualmente no hay un solo país con orientación socialista en África. Los proyectos socialistas concluyeron en los ochenta. Este artículo examina dos casos: La versión “tradicional”, ejemplificada por el proyecto Tanzaniano Ujamaa, y la prolongada lucha de liberación de Mozambique y Guinea-Bissau. Se argumenta que el fracaso se debió, mayormente, al abandono del campesinado, una clase social cuya fuerza numérica habría creado condiciones materiales para la transformación socialista. Otros factores son considerados: la ascensión y monopolización del poder por la pequeña burguesía, la influencia desestabilizadora de los regímenes racistas de Sudáfrica y Rhodesia, y los “ajustes estructurales” impuestos por Occidente.

Introducción

Amilcar Cabral y Agostinho Neto manifestaron las esperanzas de la población africana durante la lucha de liberación nacional anti-colonial y el período posterior a la independencia. Sus observaciones son más válidas hoy en día porque después de más de cuarenta años de independencia, aquellas aspiraciones no han sido satisfechas. La paradoja es que África, siendo un continente que cuenta con gran cantidad de recursos naturales, éstos no hayan sido utilizados para el mejoramiento de las vidas de sus pobladores, sino que son explotados por corporaciones transnacionales. África todavía permanece como una neo-colonia. Este problema histórico ha estado en el centro de varias formas de lucha social y en casi todas las políticas de Estado.

Desde los años cincuenta hasta principios de los noventa algunos Estados africanos, así como ciertos
partidos políticos, se consideraban a sí mismos “socialistas” o defensores de algún tipo de socialismo. Comenzando con Egipto en los años cincuenta, Ghana, Guinea-Conakry, Mali, Tanzania, Congo-Brazaville, Benin y Somalia en los años sesenta, Etiopia y Malagasy en los años setenta, y finalmente los países recientemente liberados de Guinea-Bissau, Angola, Mozambique, Cabo Verde y Zimbabwe en los años setenta y ochenta, todos proclamaron el socialismo como objeto de desarrollo e intentaron en diferentes escalas, obtener el control de sus recursos nacionales e iniciar programaseconómicos y sociales dirigidos a su población.

Pero desde finales de los años ochenta esto se acabó. Muchas figuras políticas que se habían destacado en la construcción socialista se convirtieron en hombres de negocios adinerados bajo el pretexto de que, como lo establece Mosse (2005: 32), “Era urgente crear una burguesía nacional y esto se hizo con fondos públicos”. Según lo establecen Pitcher (2006: 88-89) y Askew (2006: 15-43), el proyecto socialista y las máscaras “socialistas” fueron lanzadas en lo que se ha llamado “olvido organizado” desde arriba1. Jorge Rebelo (1995, junio 25) socialista veterano puntualizó: “No podemos evitar escandalizarnos por la distancia entre lo que era nuestro objetivo y lo que es la realidad actual”. El continente entero está hoy bajo el puño de un régimen neoliberal cuyos efectos devastadores en lahumanidad son ya bien conocidos.

1.- El problema de la ruta no-capitalista al socialismo en África 

Comenzando con el debate entre Marx, Engels y los Narodniks rusos en el siglo diecinueve y seguido por aquellos en el Segundo Congreso de la Internacional Comunista en 1920, el debate subsecuente sobre la transición al socialismo es histórico y global. Históricamente se ha debatido sobre las maneras en las cuales las estructuras sociales capitalistas subdesarrolladas y pre-capitalistas pueden ser transformadas. El socialismo científico ha sido considerado como ideología de una clase social (el proletariado), que echa abajo al capitalismo para construir una sociedad socialista. Bajo el socialismo, los medios de producción son propiedad social y el trabajo es aplicado a satisfacer necesidades sociales. El bienestar social tiene prioridad sobre las ganancias económicas privadas. Todos los miembros de la sociedad no están excluidos de los medios de producción y la participación popular en la toma de decisiones es un factor integral de la democracia socialista. Mientras el marxismo clásico postula fuerzas productivas altamente desarrolladas como condición de lucha para construir el socialismo, el subdesarrollo de las fuerzas productivas de la burguesía y proletariado en África ha afirmado problemas analíticos que han impactado en la práctica.

La especificidad de las formaciones sociales africanas con su principal característica de ser una interacción compleja de modos de producción capitalistas y pre-capitalistas y su lugar en la división de trabajo capitalista internacional originó, para algunos analistas, problemas operacionales relacionados con la construcción las relaciones socialistas de producción. La falta de una clase trabajadora estable de buen tamaño originó dudas en cuanto al potencial revolucionario de fuerzas de clase distintas, especialmente del campesinado y la pequeña burguesía. Se argumenta que en ese contexto, los modelos de construcción socialistas que fueron obtenidos en otros lugares e incluso la noción de una sola clase vanguardista eran inapropiados. En consecuencia, esto informó sobre las diferentes aproximaciones hacia “la ruta o las rutas no-capitalistas al socialismo”. Una condición predominante fue “la revolución democrática nacional”, la cual había sido sugerida por Lenín en 19202 (1965:244) y que Clive Thomas haconsiderado como:

 una transición, porque no existe la necesidad ni para el establecimiento de un capitalismo indígena a priori (antes que una sociedad socialista pueda ser construida), ni para que el capitalismo sea el resultado inevitable de desarrollos dentro de la “democracia nacional”. 

Preguntas inherentes en la tesis de la ruta no-capitalista incluyen el contenido social y de clase del Estado democrático-nacional, la posición de la clase trabajadora naciente o embrionaria, además de otros elementos de clase, el significado de las “alianzas” revolucionarias y la relación entre los Estados en la ruta no-capitalista y el capitalismo mundial.

Históricamente, podemos identificar tres rutas al socialismo en África. Éstas fueron, primero, la ruta reformista “pacífica”, la ruta militar radical que estaba asociada con golpes militares, y la tercera, fue la lucha de liberación nacional prolongada. Aunque hubo características similares en las tres rutas, consideraremos la primera y la tercera como casos de estudio.

La transición pacífica fue asociada con la primera ola de independencia durante los años cincuenta y sesenta. Sus proponentes, tales como Julios Nyerere de Tanzania, Kwame Nkrumah de Ghana, Sekoku Toure de Guinea (Conakry), Modibo Feita de Mali y otros, le dieron el nombre de “socialismo africano”. Ujamaa (que significa familia en Kiswahili), era la versión Tanzaniana no basada en “ideologías importadas” sino en la tradición africana de la igualdad, según argumentaba Julios Nyerere (1969:10-12,28). Él enfatizaba:

nosotros deliberadamente hemos decidido crecer como sociedad, desde nuestras propias raíces pero en una dirección particular y hacia un tipo de objetivo particular. Lo estamos haciendo enfatizando ciertas características de nuestra organización tradicional, extendiéndolas para que puedan abarcar las posibilidades de la tecnología moderna y que nos permitan satisfacer el reto de la vida en el mundo del siglo veinte. 

Esta interpretación del “Socialismo Africano” fue compartida por otros líderes tales como Tom Mboya

(1963:17) de Kenya, quien consideraba el socialismo científico como “una ideología extranjera que provoca gran violencia al concepto africano de la hermandad”. Para él, el socialismo africano era “una actitud de mente” y “aquellos códigos de conducta comprobados que, a través de los años, han conferido dignidad a nuestra gente y le han proporcionado seguridad en la vida”.

Los proponentes del “socialismo africano” buscaban legitimidad histórica del idílico pasado africano, el cual ellos caracterizaban como “sin clases”. El socialismo científico como expresión de lucha de clases se consideró “extranjero”. Para ellos, repetimos, el socialismo era una “actitud de mente”, una interpretación a la que Marx (1977:21) atacaba persuasivamente: “No es la conciencia del hombre la que determina su existencia sino su existencia social la que determina su conciencia”. Su concepción del pasado africano era esencialista y exento de análisis históricos críticos de sociedades pre-coloniales y los cambios socioeconómicos resultantes del orden capitalista colonial. Las implicaciones de este enfoque en relación a los intentos de transformar sociedades africanas se examinará más adelante. Amílcar Cabral (1969:75) ofreció una crítica de los errores teóricos y operacionales de la escuela de “socialismo africano” y suplicó un riguroso enfoque histórico:

La deficiencia ideológica, por no decir la falta de ideología, dentro de los movimientos de liberación nacional -debido básicamente a la ignorancia de la realidad histórica que estos movimientos aseguran transformar- constituye una de las más grandes debilidades 

2.- Ujamaa, la experiencia tanzaniana 

En un documento histórico, la Declaración de Arusha en 1967, el entonces partido de gobierno, Tanganyika African National Union, Unión Nacional África de Tangañica (más tarde llamado Chamna Cha Mapiduzi o CCM), declaró su política de trabajar hacia una Tanzania socialista y autosuficiente. Primero, es importante notar que las políticas fueron exitosas al desarrollar uno de los más innovadores sistemas de cuidado de salud de los países del Sur. Segundo, inició un sistema de educación universal gratuito que incluía un programa para erradicar la falta de instrucción en adultos y el uso creativo de los medios para ayudar a fomentar el aprendizaje de la lectura y la salud. La provisión de la educación fue nacionalizada y expandida. Estos fueron grandes avances sociales que partieron del injusto sistema heredado del colonialismo.

Al igual que todos los países con orientación socialista, Tanzania se opuso activamente a la agresión colonialista e imperialista y apoyó en forma política y material a los movimientos de liberación nacional. Tanzania participó en el movimiento de los No- alineados. Esas fueron manifestaciones positivas de las políticas Ujamaa.

Las industrias manufactureras propiedad de extranjeros, las grandes haciendas capitalistas, los bancos y compañías de seguros fueron nacionalizadas y el Estado estableció corporaciones para vigilar los programas de “desarrollo”, la importación y venta de bienes de consumo, etc. La importancia social de éstas será examinada más adelante. Sin embargo, la piedra angular de la nueva política era el plan de poner en marcha y acelerar un proceso de transformación rural, el cual fue diseñado para agrupar a los campesinos para la producción cooperativa. El presidente Julios Nyerere explicó que no se podía esperar que el desarrollo viniera de afuera, la propia gente debía iniciarlo. Las nuevas aldeas Ujamaa serían “voluntarias”, creadas y mantenidas por la gente misma, el pueblo mismo y con sus propios recursos, o sea, sin la inversión de recursos por parte del Estado.

El subsecuente documento de seguimiento a la Declaración Arusha fue el Mwongozo (1971) o Reglas de Liderazgo, las cuales prohibían que tanto los líderes políticos y como los funcionarios de Estado ganasen salarios adicionales. El Mwongozo enfatizaba el principio de la planificación por el mismo pueblo. Tal y como lo decía sucintamente, “no era correcto que los líderes y expertos usurparan el derecho del pueblo a decidir sobre un tema solamente porque ellos tienen la pericia”. Puesto que la producción agrícola era el sector principal de la economía nacional, se asumía que los cooperativistas campesinos debían producir para el mercado doméstico lo suficiente para alimentar a la creciente población urbana, proveer la materia prima para la industria manufacturera al igual que para la exportación. En la práctica, según el trabajo de Philip Raikes (1975:33-55) y Andrew Coulson (1975:53-58), no hubo una estrategia concertada para una transformación económica sustentable. No hubo eslabones que unieran la producción agrícola y la industrialización.

Las implicaciones de una política agraria basada en la “tradición” fueron profundamente deterioradas porque históricamente las formas pre-capitalistas dependían en gran parte de intercambios comunales y recíprocos de trabajo en las tierras de familias individuales. La esencia de esto fue la producción de subsistencia y consumo. El énfasis en la producción de mercadería para intercambio era antiético a este arreglo. Siempre y cuando la producción de mercadería diera como resultado la diferenciación social de los campesinos, serían los campesinos ricos quienes se beneficiarían del intercambio de trabajo. Para evitarlo, la educación política y la movilización serían necesarias. Esto no sucedió. Demasiado énfasis en la producción socavó la política de la confianza en sí mismo y mezcló la relación entre el campesinado y el Estado. La Ujamaa en las aldeas no era voluntaria, ni política, sino burocrática y obligatoria. La iniciativa de establecer las nuevas aldeas no surgió del campesinado sino de políticos y burócratas de Estado.

Algunos observadores han señalado que la política reforzó la hegemonía de lo que Shivji (1975,1985),
Mapolu (1985:106-131) y otros han llamado la burguesía burocrática estatal. En efecto, Lionel Cliffe (1978:41) argumenta: “el régimen tanzaniano montó una campaña que condujo a la sublevación de la mayoría de la población campesina pero que hizo mucho más para redefinir las relaciones burocrático-campesinas que para cambiar las relaciones de producción”.

En consecuencia, entre 1974 y 1977, la producción de los principales rubros de exportación tales como el algodón, las nueces de marañón (merey), etc., declinó. En 1975, cooperativas productoras que habían estado en existencia antes de la independencia (en 1961) fueron abolidas. Actividades culturales como tocar el ngoma (tambores) que están asociadas con la siembra y la recolección, al igual que con la pesca, también fueron abolidas con el pretexto de que constituían un obstáculo a la producción. El campesinado resistió quemando los cultivos y recurriendo a la agricultura de subsistencia. Entre 1978 y 1981, la producción de comida campesina para el mercado doméstico declinó y hubo escasez de comida en las áreas urbanas. Mapolu (1985:108) ha argumentado de manera convincente que la crisis en la producción agrícola no fue causada por la sequía sino por las políticas socio-económicas del Estado. En la raíz de la crisis estaba la destitución del conocimiento campesino, de la cultura del pueblo, de la visión que tenía el pueblo de sí mismo como portador de la modernidad. El pueblo fue influenciado por la ideología de “modernización” elitista característica del orden colonial. El difunto A.M. Babu (1982, abril 23) lo puso en estos términos:

La estrategia de Tanzania de organizar al campesinado en aldeas Ujamaa es básicamente correcta. El proyecto, sin embargo, fue llevado a cabo con demasiada rapidez e informalidad lo que en ocasiones llevó al uso de la fuerza. Como resultado dicha estrategia tuvo éxito solamente en destruir la economía de las aldeas que había sido establecida con mucha anterioridad, en la cual la iniciativa individual era superior e instituyó una economía en gran parte colectiva cuando la mayoría de los campesinos no estaba lista para ello. El resultado predecible fue que el país perdió el beneficio de la forma antigua al destruir las fuerzas productivas de las aldeas cuando la nueva forma aún no estaba lista para reemplazarla, mucho menos para sobreseerla. Esta situación ha llevado a interrupciones en la producción y a que los campesinos se retiren hacia la agricultura de subsistencia. 

He decidido insistir en las áreas rurales porque ellas constituyen la clave para la transformación exitosa de la economía y la sociedad. Sin embargo es preciso mencionar, así sea brevemente, el rol de la pequeña clase trabajadora. La relación entre trabajadores y burócratas de Estado y gerentes daba una impresión similar a la experiencia del campesinado. Sin embargo, contrario al campesinado, los miembros de la pequeña clase trabajadora confrontaban activamente a los propietarios y al Estado siempre que este último mostraba ser insensible a sus demandas. En las fábricas y en el sector turístico, esta clase trabajadora luchó contra los bajos salarios y las malas condiciones de trabajo, los injustificados privilegios materiales de los gerentes y contra las prácticas racistas. La clase trabajadora utilizó el documento Mwongozo del partido TANU como arma ideológica, tomó control de las fábricas y las manejó como cooperativas de trabajadores.

En algunos casos sus acciones fueron apoyadas por el Estado, pero en otros fueron suprimidas cruelmente (Mihyo, 1975:62-84). Así pues, mientras existía algún mecanismo que permitía a los tomó control de las fábricas y las manejó como cooperativas de trabajadores. En algunos casos sus acciones fueron apoyadas por el Estado, pero en otros fueron suprimidas cruelmente (Mihyo, 1975:62-84). Así pues, mientras existía algún mecanismo que permitía a los trabajadores participar en el manejo de las fábricas y otras empresas, esto era muy combatido ya que muy a menudo el manejo de dichas empresas era manipulado por gerentes, burócratas de Estado, políticos y hasta líderes de sindicatos. El estudio del caso tanzaniano muestra que mientras la democracia era solamente retórica y mientras el poder continuaba en manos de los burócratas y gerentes de empresa excluyendo a los trabajadores y al campesinado, el prospecto de la transformación socialista era realmente dudoso.

El período después de 1978 se caracterizó por una combinación de baja producción agrícola con una importación creciente de arroz y maíz, baja producción industrial y bajas exportaciones. El Estado emprendió proyectos prestigiosos tales como la construcción de una nueva ciudad capital con un aeropuerto nuevo que hasta la fecha han permanecido como elefantes blancos. El Estado recurrió a préstamos externos mayores sin acompañarlos con crecimiento agrícola ni industrial. La subsecuente relación incómoda con el Fondo Monetario Internacional y otras instituciones imperialistas y la instalación de un régimen neoliberal terminó la experiencia Ujamaa.

Los líderes tanzanianos, es decir, aquéllos que se encontraban en el poder al igual que la burguesía burocrática para utilizar el término de Shivji, nunca enfrentaron seriamente el problema de la construcción socialista en una economía predominantemente campesina. Sus prioridades estaban equivocadas.

3.- La prolongada ruta de lucha por la liberación nacional

Esta ruta era característica de los países dominados por pobladores europeos, incluyendo las colonias portuguesas de Angola, Guinea-Bissau, Cabo Verde, Mozambique, Namibia, Zimbabwe y Sudáfrica. En este estudio se consideran los casos de Mozambique y Guinea-Bissau con algunas referencias a Angola. A diferencia de los poderes coloniales que adoptaron la opción reformista en el proceso de descolonización, Portugal mantuvo tenazmente sus garras en sus colonias y no admitió una opción reformista. Y es que a diferencia de otros poderes, como señaló Amílcar Cabral (1969:13; ver también Ishemo, 1995ª:246-277):

Portugal no fue un poder imperialista… no fue más que el a veces envidioso guardián de los recursos humanos y materiales de nuestros países, al servicio del imperialismo mundial. Esa es la verdadera razón de la supervivencia del colonialismo portugués en África y por el posible prolongamiento de nuestra lucha. La presencia de Portugal ha sido más longeva que la de otros poderes en África pero es dependiente de la presencia de esos otros poderes, principalmente de Inglaterra. 

Aquí se sugiere que la intransigencia del régimen fascista colonial, el apoyo que el imperialismo le dio y la sobre explotación de los colonizados determinaron la naturaleza específica de la lucha de liberación y le dieron forma al desarrollo de objetivos estratégicos de la lucha.

A diferencia de los movimientos reformistas anticoloniales, el liderazgo del movimiento de liberación estudió sus respectivas sociedades identificando el potencial revolucionario de los diferentes grupos sociales y sus características regionales. Las zonas liberadas se convirtieron en el laboratorio de lo que iba a influenciar la orientación política y social de los movimientos. Su orientación socialista se desarrolló a través de un entendimiento de la relación orgánica entre práctica y teoría. Como lo señala Samora Machel (1978, 2 de agosto; también ver Cabral, 1969:73-90): “fue en el proceso de la lucha que sintetizamos las lecciones de cada experiencia, forjando nuestra ideología, construyendo los instrumentos teóricos de nuestra lucha”. Otros líderes veteranos de los movimientos reforzaron el carácter revolucionario de la orientación política. El difunto Aquino Braganca escribió:

Las bases comunes que teníamos cuando formamos FRELIMO eran el odio al colonialismo y la creencia en la necesidad de destruir la estructura colonial y establecer una estructura social nueva. Nadie sabía, sin embargo, que tipo de estructura social ni que tipo de organización tendríamos. No, algunos sí sabían, algunos sí tenían idea, pero tenían nociones bastante retóricas que fueron transformadas en la lucha. (Citado en Saul, 2005: 309-310). 

La lucha se definió no solamente como la derrota al colonialismo y al imperialismo sino también como el triunfo sobre lo que Cabral definió como “nuestra propia debilidad” (Op. cit., p. 74):

Nuestra experiencia nos ha demostrado que en la estructura general de la lucha diaria esta batalla es contra nosotros mismos – sin importar que dificultades el enemigo pueda crear – es la más difícil de todas, ya sea por el presente o por el futuro de nuestros pueblos. 

Esta lucha era, continuó:

…una expresión de las contradicciones internas de la realidad en lo económico, social, cultural (y por lo tanto histórico) de cada uno de nuestros países. Estamos convencidos de que cualquier revolución nacional o social que no esté basada en el conocimiento de su realidad fundamental está condenada al fracaso. (ibíd, p.50). 

En esto vemos la evolución del proyecto de los movimientos de liberación, al enfocar la lucha, además de la liberación nacional, en la transformación de la sociedad; es decir, en la búsqueda de una revolución social y cultural, caracterizada por la lucha de clases. En las zonas liberadas, los movimientos crearon una base de poder alternativo separado del Estado colonial portugués, proveyeron la preparación ideológica para confrontar el aparato ideológico colonial racista y crearon estructuras democráticas instrumentales en la formación de cuadros de oficiales experimentados en la tarea de construcción socialista. También proveyeron cuidados de salud, educación para las masas y mecanismos legales y representativos a través de los cuales los campesinos fueron movilizados políticamente para confrontar desigualdades basadas en clase, género y raza. Aunque modestos, los logros en las zonas liberadas constituyeron señales para el futuro. La lucha armada prolongada mantuvo potencial para la transición socialista. Pero este potencial dependía del carácter de clase de la revolución democrática nacional, de las alianzas de clase incrustadas en ella, así como de factores externos.

Mientras los teóricos del movimiento de liberación nacional daban importancia al rol central del proletariado, ellos estaban conscientes de sus limitaciones numéricas en sociedades en las cuales los campesinos eran la mayoría. Según Cabral, los campesinos no eran una “fuerza revolucionaria” sino pura “fuerza física”. Sin embargo, ellos proveían una base, la fuerza física principal “que ganada para la causa de cambio es esencial para cualquier éxito”. Los campesinos eran espontáneos y requerían un ímpetu exterior, el cual venía de la pequeña burguesía y el semi-proletariado urbano, quien inicialmente formó el movimiento nacionalista. Ciertamente a lo largo del África, el rol de la pequeña burguesía fue crucial. Como argumentaba John Saul (1979: 9), el proceso de la transformación socialista necesitaría que trabajadores y campesinos se convirtieran en actores principales pero su “rol activo probablemente germinará de una dialéctica compleja establecida entre ellos mismos y la pequeña burguesía”. A su vez, esto provocaría graves luchas dentro de los rangos de esa clase. Las separaciones internas en los movimientos de liberación así como la relación entre la pequeña burguesía y la clase subordinada en el período después de la independencia, apoyan la observación de Saul, y sobre todo la caracterización de Cabral (1973: 45-47; ver también Ngugi, 1981) de que la pequeña burguesía era una clase vacilante, a menos que pasase por una “reafricanización” o una “reconversión de mentes”, y asimilara la mentalidad colonial.

Después de la independencia la construcción del socialismo dependía de la acción recíproca de varias fuerzas sociales. Dependía de qué clase ocupaba posiciones estratégicas en el Estado. Cabral (1969: 72) plantea el problema de la siguiente manera:

Tenemos que enfrentar la pregunta de si el socialismo puede ser establecido inmediatamente después de la liberación. Esto depende de los instrumentos utilizados para efectuar la transición al socialismo; el factor esencial es la naturaleza del Estado teniendo presente que después de la liberación habrá personas controlando la policía, las prisiones, el ejército, etc, y mucho depende de quiénes son estas personas y de lo qué traten de hacer con estos instrumentos. Así pues, retornamos al problema de qué clase es el agente de la historia y quiénes son los herederos del Estado colonial en nuestras condiciones específicas.

La apresurada salida de los pobladores portugueses de los tres países después de la independencia creó problemas para la economía. La respuesta de estos movimientos de liberación victoriosos fue crear estructuras populares en varios sectores -en la producción, el gobierno local, el comercio, la salud, la educación para las masas y la defensa-. Éstos fueron grandes logros porque como lo señala Marcelino dos Santos en Isaacman (1978: 38), líder de FRELIMO, “ellos crearon un sentimiento de confianza en las masas oprimidas y esto ayudó a convencerlas de tener la capacidad de transformar Mozambique… ésta es la esencia del poder popular”. Pero las estructuras populares también atrajeron elementos oportunistas de la pequeña burguesía urbana que había colaborado con el colonialismo y que en el caso de Mozambique creó estructuras rivales resultando en una gerencia hostil a los intereses de los trabajadores. Se debe enfatizar que en todas las ex colonias había necesidad de personal calificado. La PAIGC creó también estructuras populares exitosas en Cabo Verde y movilizó a la gente en cuanto a educación en masa, cuidado de salud, protección ambiental y programas de reforma agraria de largo alcance (Davidson, 1986:105-111).

La producción agrícola planteó un reto mayor y fue donde hubo que probar la relación entre el Estado y el campesinado. En Mozambique, Angola y Guinea-Bissau, la economía colonial había dependido del trabajo forzado en cultivos impuestos (Ishemo, 1995b: 162-165). Con la independencia, este régimen coercitivo se detuvo. Los eslabones comerciales entre el campo y los pueblos colapsaron. En Mozambique y Angola, la solución fue crear fincas del Estado y aldeas comunales campesinas, dándoseles prioridad a las primeras. Lejos de producir para el mercado doméstico, las aldeas comunales se limitaron al cultivo de subsistencia. Una escasez de bienes manufacturados llevó a la baja en la producción agrícola de bienes de consumo. Las ciudades sufrieron escasez de alimentos. En ambos países el problema se complicó aún más por los ataques terroristas patrocinados por la racista Sudáfrica y los poderes imperialistas del oeste. En 1984, el Cuarto Congreso de FRELIMO decidió dividir las fincas del Estado en unidades más pequeñas, entregó algunas a campesinos privados, y dio prioridad a la producción agrícola campesina (Raikes, 1984: 95-107; Roesch, 1988: 73-91). Pero era demasiado tarde. Ya la desestabilización impulsada por los regímenes racistas de Sudáfrica y Rhodesia se había diseminado por el país.

En 1967, Amilcar Cabral señaló un proyecto innovador para ser implementado después de la liberación. Él argumentaba que la cuestión agraria probaría la credibilidad del movimiento de liberación. Los intereses del campesinado recibirían prioridad sobre otros proyectos. La agricultura debía ser “lo primero”. Dijo textualmente:

El enfoque general que tenemos es que todas las decisiones estructurales deben estar basadas en las necesidades y condiciones del campesinado que es la vasta mayoría de nuestra gente. Nuestra nueva administración no tendrá esas cadenas de mando típicas de los tiempos coloniales: gobernadores de provincia, etc. No deseamos copiar estructuras de ningún tipo. Deseamos descentralizar al máximo. Por esa razón pensamos que Bissau no continuará siendo nuestra capital en sentido administrativo. De hecho estamos en contra de la idea de una capital. ¿Por qué no pueden estar dispersos los ministros?... ¿Por qué debemos tener un palacio presidencial, una concentración de ministros, las claras señales de una élite emergente que puede pronto convertirse en un grupo privilegiado? (Citado por Davidson, 1969: 136-137).

Cabral y el PAIGC habían estado buscando evitar el surgimiento de la pequeña burguesía privilegiada en
otros países africanos. Él no vivió para ser testigo de lo que había advertido. Después de la independencia, el PAIGC y funcionarios del Estado traicionaron al campesinado.

En lugar de invertir para transformar la producción agrícola, ellos dependían de la “ayuda” extranjera. Las estructuras populares en los campos fueron abandonadas. Como hemos visto en el caso de Tanzania y Mozambique, el campesinado dejó de producir superávit. Hubo recortes crónicos de alimentos en las ciudades principales, y protestas que fueron cruelmente suprimidas (Davidson, 1986: 101-104; Rudebeck, 1988: 16-29). Como explica Rudebeck (ibid, p.22), así, el subsiguiente golpe de 1980 fue la expresión de la “crisis marcada por una creciente brecha económica y política entre, por un lado, el poder del Estado, dependiente de ayuda y créditos externos y liderado por la pequeña burguesía, y, por otro lado, los productores del campo, literalmente abandonados”. Para 1984, el PAIGC había dejado de ser un partido de vanguardia, un crítico del Estado y del gobierno, para convertirse en parte del aparato del Estado, subordinado al gobierno.

El proyecto socialista en África concluyó a finales de los años ochenta. En Mozambique y Angola, el “Marxismo-Leninismo” fue abandonado. En Tanzania, el Ujamaa fue igualmente abandonado. Los proyectos de Mozambique y Angola habían tenido lugar en un ambiente hostil. La intervención militar externa forzó a los gobiernos a desviar los recursos para la defensa. La desestabilización causó inmensas pérdidas materiales y humanas, que dejaron indiferente a Occidente. Como lo describe Samora Machel (1984), “los países occidentales presenciaron nuestra destrucción pasivamente, sin preocuparse por la violencia utilizada en contra de nuestra gente”.

A principios de los años setenta, las recesiones capitalistas globales, la desestabilización y la creciente deuda externa, hicieron que los países orientados al socialismo fueran vulnerables a la intervención imperialista a través del así llamado “ajuste estructural” o programas de “liberalización” (Nalón, 1984, 1991). Las condiciones materiales de los pobres empeoraron a medida que los programas sociales fueron abandonados. Sin embargo, el recuerdo de los modestos logros pasados aún permanece entre los pobres4. Solamente aquéllos que se han sumado al, y se han beneficiado del, “orden neoliberal” han decidido olvidar.

Notas 

1. En el caso de Mozambique, Pitcher (pp. 88-89) observa que “el olvido organizado” se refleja en “documentos gubernamentales oficiales, así como avisos corporativos dirigidos a una clase media emergente que han distorsionado o ignorado al período socialista para obscurecer el pasado y construir una nueva identidad nacional alrededor de las ideas del neoliberalismo (….) Esta estrategia está dirigida a la revisión de la orientación ideológica del país, a construir nuevas coaliciones entre inversores domésticos e internacionales y restaurar la legitimidad del partido vigente luego del abandono del socialismo”.

2. Lenin (p.244) respaldó la RUTA NO CAPITALISTA al socialismo en los países menos desarrollados: “los países atrasados pueden ir al sistema soviético y, a través de ciertas etapas de desarrollo, al comunismo, sinmtener que pasar por la etapa capitalista”. (The Second Congress of the Communist International, Collected Works, Vol. 31, p.244).

3. El autor del presente trabajo recuerda el legado colonial en la educación. De una población de nueve millones de habitantes, en 1963, él fue uno de los escasos 540 estudiantes que se graduaron de la escuela secundaria (liceo) antes de ingresar a la universidad. Esta cifra fue tres veces más alta que la del año 1961 cuando Tanzania se independizó.

4. Durante dos visitas a Mozambique en el 2001 y 2003, el autor presenció la popularidad y la extensa circulación en las áreas urbanas de los discursos del difunto presidente Samora Machel.

Fuente: http://www.saber.ula.ve/bitstream/123456789/24738/2/articulo8.pdf




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