miércoles, 31 de julio de 2013

La Guerra Fría en Afganistán

En las casas de té y puestos callejeros de Kabul, a veces se ve el retrato de un hombre severo, de cara redonda, con pelo oscuro y bigote. Es el rostro de Muhammad Najibullah, el último presidente comunista de Afganistán. Najibullah se afilió al Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA) a finales de 1960, dirigió la muy efectiva policía secreta de Afganistán, el KHAD, y se convirtió en presidente del país en 1986. Después de la retirada soviética de Afganistán, Najibullah se mantuvo en el poder otros tres años. Los talibanes finalmente lo mataron en 1996.


Cuando he preguntado a los afganos en Kabul sobre los carteles y tarjetas postales de Najibullah, sus respuestas han ido desde "era un presidente fuerte, entonces teníamos un ejército fuerte" hasta "en aquella época todo funcionaba bien y Kabul estaba limpio." El propietario de una casa de té, utilizando la forma familiar del nombre, declaró simplemente que "Najib luchó contra Pakistán." En otras palabras, es recordado no tanto como un socialista, un término vago para muchos en Afganistán, sino como un modernizador y un patriota.

Para entender el estatus de icono de Najibullah es útil conocer algo acerca de la experiencia soviética en Afganistán: la estrategia y la táctica, el terror y el sufrimiento, y los ideales y objetivos que motivaron a los comunistas afganos y sus aliados soviéticos. Rodric Braithwaite es una autoridad en la materia. Antiguo embajador británico en Moscú durante el colapso de la Unión Soviética, es un veterano de la diplomacia de la Guerra Fría. Ha publicado recientemente una excelente y comprensiva historia de la invasión y ocupación rusa de Afganistán. Afgantsy, que toma su título del apodo en ruso de los veteranos de guerra de Afganistán, es un antídoto sobrio y equilibrado a la propaganda y el engaño que Braithwaite tuvo que practicar como diplomático británico destinado en la URSS. Algo que reconoce indirectamente en el libro, pero a lo que se ha referido de manera más directa en entrevistas. Para escribir Afgantsy, Braithwaite ha tenido acceso a los archivos gubernamentales en Rusia, a los principales actores de la guerra afgano-soviética y viajó a Kabul para llegar hasta el fondo de esta historia.

Jonathan Steele, un antiguo corresponsal de The Guardian ha abordado la misma historia en Ghosts of Afghanistan. Steele ha visitado Afganistán en muchas ocasiones a lo largo de los últimos treinta años para informar sobre la intervención soviética, la era Najibullah, el mal gobierno de los muyahidines, la guerra civil, el surgimiento de los talibanes y la ocupación estadounidense. Como Braithwaite, Steele habla ruso con fluidez. Fue también parte del equipo de The Guardian que editó los cables de Wikileaks. Su comprensión de Afganistán es sutil e integral, combinando una perspectiva periodística de los detalles y el contexto con una visión a largo plazo académica. El relato de Steele del fenómeno taliban y la situación actual es sólido, pero su libro es especialmente impresionante cuando analiza la historia olvidada del comunismo en Afganistán y la ocupación soviética.

Los soviéticos combatieron a los rebeldes musulmanes en sus zonas fronterizas de Asia Central durante la guerra civil a comienzos de la década de 1920 y de nuevo en la década de 1930, cuando finalmente lograron aplastar a los llamados basmaci (bandidos) con la ayuda del ejército real afgano. La estabilidad en Afganistán era considerada la clave de la seguridad en Asia Central soviética. A partir de la década de 1950, Afganistán fue uno de los cuatro principales receptores de la ayuda soviética. Moscú envió ingenieros a Afganistán e invitó a miles de estudiantes afganos, técnicos y oficiales militares a Rusia para su formación.

A finales de la década de 1950, los Estados Unidos también comenzaron a invertir en Afganistán, lo que desató una competencia entre las superpotencias basada en la ayuda. La Autoridad del Valle de Helmand, una mini-TVA (1) creada para embalsar el río Helmand, y proporcionar energía hidroeléctrica y riego a las regiones desérticas del sur, fue un proyecto de Estados Unidos. El túnel de Salang Pass, uno de los mayores del mundo, que une el norte y el sur de Afganistán, fue un proyecto de la URSS. Ambas superpotencias construyeron partes de la red de carreteras. La infraestructura del aeropuerto de Kabul fue rusa, la electrónica, las comunicaciones y el radar estadounidenses. Contra todo pronóstico, algunos oficiales militares formados en la URSS fueron los primeros líderes de los muyahidines: uno de ellos fue Ismael Khan, que inició una rebelión en Herat en 1979. Algunos de los intelectuales formados en Estados Unidos se convirtieron en comunistas y funcionarios del gobierno, como el primer ministro Hafizullah Amin.

El golpe de Estado comunista de 1978 fue el resultado indirecto de un golpe anterior que había sido provocado por una hambruna. A partir de 1969, Afganistán sufrió varios años de terrible sequía y hambre. En 1973, cuando la gente se moría de hambre en la provincia de Ghor, en el centro de Afganistán, el general Mohamed Daud dio un golpe de estado contra su primo, el Rey Mohammed Zahir Shah, abolió la monarquía y estableció un gobierno republicano, del que fue presidente. El rey había marginado al una vez poderoso Daud y no hizo nada ante la hambruna. Una vez en el poder, Daud aplicó lo que entonces era el paquete habitual de políticas económicas, utilizando la planificación estatal y la inversión pública para desarrollar la industria privada y los mercados internos. Manejó a sus antagónicos enemigos políticos, tanto islamistas como comunistas, combinando represión y cooptación. Sin embargo, la creciente represión empujaron a un exilio armado en Pakistán a islamistas como el tayiko Ahmed Shah Massoud y el pastún Gulbuddin Hekmatyar.

La represión también fue la causa del sangriento golpe comunista de 1978. Como señala Steele, fue "muy improvisado", provocado por el asesinato de alto funcionario del partido, muy estimado, de nombre Mir Akbar Khyber. La protesta masiva de militantes del PDPA acabó en una redada policial. Temiendo su eliminación física masiva, los militantes comunistas en el ejército atacaron el palacio presidencial, asesinaron a Daud y tomaron el poder.

Los funcionarios soviéticos, incluyendo la estación de la KGB en Kabul, fueron pillados por sorpresa y se mostraron "claramente incómodos con lo que había sucedido", escribe Braithwaite. En su opinión, Afganistán no estaba preparada para el socialismo, ni el PDPA preparado para gobernar. Fundamentalmente, el PDPA estaba compuesto por dos facciones opuestas radicalmente entre si. La mayor y la más radical, el Khalq (que significa "nación"), había organizado el golpe de Estado. Consiguió el apoyo de la población pastún, que había emigrado recientemente a las ciudades en busca de trabajo y educación. La facción más pequeña y moderada, el Parcham ("bandera"), se apoyó en las antiguas clases medías urbanas de habla darí.
Inicialmente, el gobierno Khalq fue sangriento. Cuarenta de los generales y aliados políticos de Daud, entre ellos dos ex primeros ministros, fueron ejecutados sumariamente. Entre los muertos, encarcelados o desaparecidos hubo por igual islamistas, maoístas e incluso miembros de la facción Parcham del PDPA. La violencia crecía y los soviéticos comenzaron a estar cada vez más preocupados. El gobierno Khalq, sin embargo, promulgó todo un conjunto de leyes y puso en marcha una serie de programas progresistas: prohibió por ley el matrimonio infantil, bajó el precio de la dote, canceló las hipotecas rurales, lanzó campañas de alfabetización para hombres y mujeres (aunque cada grupo por separado) y comenzó la reforma agraria. A pesar de sus buenas intenciones, muchos de estos esfuerzos fueron mal dirigidos, y se produjo rápidamente una reacción contraria.

Un viejo cuadro comunista, Muhammad Saleh Zeary, a quien Steele localizó en un bloque de pisos de protección social cerca del aeropuerto londinense de Heathrow, explicaba la resistencia así: "Los campesinos eran felices al principio, pero cuando se enteraron que éramos comunistas, cambiaron. El mundo entero estaba en contra nuestra. Nos acusaron de no creer en el Islam, y no se equivocaban. Veían que no rezábamos. Liberamos a las mujeres del pago de la dote y creían que defendíamos el amor libre". Zeary permaneció en Kabul hasta la llegada al poder de los muyahidines en 1992. Finalmente huyó cuando los llamados "soldados de Dios" asesinaron a su esposa y dos de sus hijos. Otro ex militante del PDPA refugiado en Londres le dijo a Steele: "[los líderes del partido] en el poder querían erradicar el analfabetismo en cinco años. Era ridículo. La reforma agraria fue impopular. Promulgaban los llamados decretos revolucionarios, pero había que ponerlos en práctica a la fuerza. La sociedad no estaba preparada. No se consultaba a la gente". Steele señala que estos viejos veteranos del PDPA, a pesar de tener acceso a grandes sumas de dinero público durante años, no parecían haber robado ni mucho ni poco.

Las reformas diseñadas a toda prisa por el PDPA fueron víctimas de una vieja división rural-urbana en la sociedad afgana. Los jóvenes urbanos, educados e idealistas no entendía el mundo rural que querían rehacer, y el mundo de las aldeas con paredes de adobe no entendía que pretendía la burocracia urbana. No es sorprendente que las implicaciones sociales y culturales de las reformas amenazasen los privilegios de los mulás tradicionales, de los maliks (líderes de aldea) y de los grandes terratenientes. Pero los aspectos económicos progresistas del programa también fueron ampliamente rechazados por los campesinos, profundamente religiosos. Afganistán, aunque pobre y desigual, no se ha caracterizado por la desigualdad extrema en el reparto de la tierra, típica del México o la China pre-revolucionarios. Como explica Steele, los campesinos estaban en muchos casos "vinculados con sus terratenientes por lazos de religión, clan y familia y no estaban preparados para cuestionar su autoridad." La sociedad rural, siempre un poco autónoma de Kabul, al sentirse amenazada en sus raíces por las reformas, recurrió cada vez más a la resistencia armada, estableciendo lazos con los partidos islamistas que había huido a Pakistán durante la represión de Daud.

La situación del PDPA empeoró como consecuencia de ciertos errores técnicos. En sus prisas, los comunistas urbanos de Kabul redistribuyeron la tierra, pero se olvidaron de los derechos de uso del agua, un error que puso de manifiesto su ignorancia sobre la agricultura local. Abolieron el opresor sistema de préstamos de dinero usureros del bazar, pero fueron incapaces de desarrollar un programa de crédito alternativo para ayudar a los agricultores pobres en la temporada de siembra. (The Tragedy of Afghanistan, de Raja Anwar es otra valiosa fuente de información sobre las reformas de la revolución y sus errores). Los soviéticos, por su parte, aconsejaron repetidamente a las autoridades de Kabul abandonar o posponer las reformas más radicales.

Los comunistas no fueron los primeros modernizadores afganos que se enfrentaron a una reacción violenta del campo. El llamado "Príncipe Rojo", Amanullah Khan, que expulsó a los británicos en 1919, fue destronado diez años más tarde por una rebelión tribal que se oponía a sus proyectos de modernización inspirados en Turquía. Había iniciado una mínima reforma agraria, dado el voto a las mujeres y creado colegios para niñas. Las élites rurales estaban dispuesta a aceptar carreteras transitables, pero no a pagar impuestos para financiarlas; las masas rurales acogían satisfechas las mejoras agrícolas y la educación, pero no un cuestionamiento del patriarcado. Cincuenta años más tarde, el PDPA se enfrentó al mismo tipo de rebelión teocrática. Y para sofocarla, los funcionarios comunistas del gobierno comenzaron a hacer demostraciones públicas de piedad, rezando y asistiendo a las mezquitas. Pero era demasiado poco y demasiado tarde. La crisis se hizo incontrolable en marzo de1979 cuando estalló un motín militar liderado por oficiales islamistas en Herat, una ciudad importante en la frontera con Iraní. La voluntad de rebelarse de los funcionarios islamistas se había reforzado con los acontecimientos que tenían lugar al otro lado de la frontera: el Sha había huido de Irán y Jomeini regresó a Teherán sólo un mes después.
La investigación de Braithwaite demuestra que el ejército afgano contó con la ayuda de pilotos soviéticos a la hora de reprimir la revuelta, pero esta no fue tan sangrienta como a menudo se rumorea: "aunque la prensa occidental y algunos historiadores occidentales siguen sosteniendo que cerca de un centenar de ciudadanos soviéticos fueron masacrados, el número total de bajas soviéticas en Herat parece no haber sido superior a tres". La ciudad de Herat tampoco fue bombardeada ni hubo miles de víctimas afganas.

Tras Herat se amotinaron otras guarniciones, y los soviéticos, además de enviar más asesores a Afganistán, comenzaron a hacer planes de contingencia para la utilización a gran escala de fuerzas terrestres. Aquel verano los Estados Unidos comenzaron a proveer de dinero y armas a los rebeldes muyahidines que llevaban a cabo ataques desde Pakistán contra las fuerzas del gobierno y las infraestructuras públicas. Mientras tanto, el conflicto interno en el empeoraba, con diferencias ideológicas y personales que provocaban enfrentamientos Khalq-Parcham e incluso episodios de violencia Khalq-Khalq. En septiembre de 1979 el presidente Noor Muhammad Taraki fue atado a una cama y asfixiado con una almohada: la orden de asesinato provino de su rival y compañero de Khalq, el primer ministro Hafizullah Amin. Los dirigentes soviéticos creían que Taraki era el más flexible de los dos y su asesinato les indignó. La paranoia estaba en su mejor momento en el Kremlin. Durante la década de 1960 Amin había cursado estudios de doctorado en la Universidad de Columbia, donde fue dirigente del sindicato de estudiantes afganos y se rumoreaba que estaba en connivencia con la CIA. Steele señala que Amin reconocía haber recibido dinero de la CIA antes de la revolución. Braithwaite señala que incluso el embajador de EE UU Adolph Dubs, después de varias reuniones con Amin, preguntó a la CIA si estaba en su nómina. Lo más probable es que Amin hiciese lo que habían hecho todos los líderes afganos: gestionar un Estado tapón y navegar como podía entre las grandes potencias.

Durante el año de la crisis, en 1979, el gobierno comunista afgano hizo trece solicitudes de intervención militar soviética. Moscú, a su vez, respondió con todo tipo de argumentos correctos sobre porque no quería hacerlo. Como explicó un funcionario soviético: "hemos estudiado cuidadosamente todos los aspectos de esta operación y hemos llegado a la conclusión de que si nuestras tropas se desplegaran en el país, la situación en Afganistán no sólo no mejoraría sino que empeoraría seriamente". Pero el asesinato de Taraki al parecer hizo cambiar de opinión a los soviéticos.

El 40º Ejército fue enviado al sur y, cuando finalmente llegó con toda su capacidad operativa a Afganistán a finales de diciembre de 1979, su misión no era ayudar a Amin, sino asesinarlo. Las fuerzas especiales soviéticas atacaron el palacio presidencial, y en una batalla larga y sangrienta habitación por habitación, el presidente fue finalmente acorralado y asesinado. Los soviéticos habían elegido para remplazarle a Babrak Karmal, dirigente del ala moderada Parcham del PDPA. Pero Karmal era temperamental, errático y paranoide, y el consumo excesivo de alcohol no ayudaba a remediar su incompetencia. (Si Karmal recuerda a Hamid Karzai, de quien se rumorea que utiliza estupefacientes, efectivamente es sólo uno de los muchos paralelismos que el lector encontrará en el libro de Braithwaite.) Al principio, tanto Moscú como Washington pensaba que la intervención soviética no duraría mas de seis meses, y la población afgana, o por lo menos su parte urbanizada, dio la bienvenida a los rusos y al fin de la locura de Amin.

Con los soldados, los soviéticos enviaron una multitud de idealistas asesores y técnicos civiles. Pero Karmal demostró ser incapaz de ganar la lealtad de los musulmanes del campo, por lo que la capacidad de actuación del Estado afgano siguió siendo limitada. Para empeorar las cosas, desde julio de 1979 Estados Unidos había armado a los siete partidos de los muyahidines. La considerable ayuda militar encubierta proporcionada por Estados Unidos fue iniciada por la CIA, generosamente financiado por el gobierno de Arabia Saudi y celosamente administrada por los cada vez más poderosos servicios de inteligencia de Pakistán. En poco tiempo, los rusos se vieron empantanados en una guerra que duraría nueve.

Muchos soldados soviéticos creyeron sinceramente en su "misión internacionalista", de la misma manera que los militares voluntarios estadounidenses creen hoy que su participación en la guerra de Afganistán es una manera de ayudar a un país atrasado a hacer frente a una amenaza terrorista real. Y al igual que sus homólogos estadounidenses de hoy, los soldados soviéticos en Afganistán, tenían sus raíces en la clase obrera, el campesinado y los pueblos pequeños. Los hombres (y algunas mujeres) de las clases profesionales y las familias con conexiones en el Partido de las grandes ciudades de la Rusia occidental se repartieron entre la fuerza aérea, la KGB y las unidades médicas, pero rara vez estaban entre los reclutas que corrían el riesgo de recibir un disparo participando en los convoyes de suministro o en los puestos de vigilancia a lo largo de crestas desnudas. La mayoría de los combates corrieron a cargo de hijos de campesinos o de pequeñas ciudades industriales.

El verdadero objetivo del 40º Ejército era ganar "los corazones y las mentes" de los afganos. Pero no fue así. Cuando las fuerzas de infantería soviéticas y afganas eran inmovilizadas en tierra, se llamaba en su apoyo a la aviación y la artillería, y si los muhayidines disparaban desde las aldeas estas eran bombardeadas y destruidas. Braithwaite rechaza todos los bulos típicos de la guerra fría de que los rusos utilizaban juguetes como trampas explosivas o que utilizaran armas químicas. Contrariamente a los informes de prensa occidentales de la década de 1980, la brutalidad soviética hacia la población civil no era un objetivo político, sino un efecto secundario previsible e inexcusable. Sin embargo, la irracionalidad y las contradicciones de la contrainsurgencia fueron más que reales. Los soviéticos juzgaron a cientos de sus soldados por crímenes de guerra que iban desde la violación y el asesinato hasta el uso de drogas, pasando por pequeños hurtos y acosos (un problema persistente en el ejército ruso, desde los tiempos zaristas hasta hoy). Sin embargo, no pudieron o no quisieron controlar los abusos cometidos por el KHAD: unos 8.000 afganos fueron ejecutados por el gobierno del PDPA y muchos miles más encarcelados y maltratados.

Según Braithwaite, los afganos tienden en general a considerar a los rusos mejores soldados que los estadounidenses, aunque solo fuera porque eran menos cautelosos, iban menos protegidos y en muchos aspectos estaban culturalmente más cerca de las costumbres campesinas centro asiáticas de los afganos. De los Afgantsy que volvieron a casa, algunos se adaptaron bastante bien, pero otros, incapaces de escapar de sus fantasmas, acabaron en las drogas y el alcoholismo, y los mutilados físicos se vieron envueltos en peleas interminables con las grandes burocracias médicas. Los veteranos también se encontraron con que muchos ciudadanos en la retaguardia seguían cada vez más aburridos las noticias de una guerra aparentemente sin sentido.
Cuando Gorbachov llegó al poder en 1985, los dirigentes soviéticos querían retirarse cuanto antes de Afganistán. A través de las cartas a sus familias de los soldados, los veteranos e incluso algunos oficiales en activo tenía lugar una campaña silenciosa, pero persistente, contra de la guerra que acabó por ayudar a Moscú a decidirse a aceptar con lo que era inevitable. La perestroika y la glasnost estaban en el aire, y en Afganistán, el recién nombrado Najibullah se apartaba cada vez más del marxismo-leninismo a favor de un nacionalismo pragmático. En 1988, Najibullah cambió el nombre del PDPA por el de Watan, o "Patria", y al final de su mandato llegó a considerar la posibilidad de ofrecer el Ministerio de Defensa al comandante muhayidin Ahmed Shah Massoud.

Estos movimientos, comenzando con la partida de Karmal y el ascenso de Najibullah, formaban parte de una política formal de reconciliación nacional. Un relato excelente de los aspectos diplomáticos de estos últimos intentos de estabilización es ofrecido por Kalinovsky Artemy en su libro Un largo adiós. "De 1985 a 1987", señala Kalinovsky, "la política afgana de Moscú se caracterizó por el esfuerzo para poner fin a la guerra sin sufrir una derrota... Gorbachov estaba casi tan preocupado como sus predecesores por el daño que podría causar al prestigio soviético una retirada apresurada, particularmente entre sus socios del Tercer Mundo. Sin embargo, Gorbachov se había comprometido también a poner fin a la guerra, y contaba para ello con el apoyo mayoritario del Buró Político. Lo que implicaba buscar nuevos enfoques para el desarrollo de un régimen viable en Kabul que pudiese durar más que la presencia de las tropas soviéticas.

Para ser efectiva, la política de reconciliación nacional exigía la cooperación de Estados Unidos, el principal patrón de los muyahidines. Kalinovsky dedica un capítulo entero a las negociaciones entre Estados Unidos y la Unión Soviética sobre Afganistán. Por desgracia para Afganistán y los soviéticos, el gobierno de Reagan se dividió entre "sangradores" y "negociadores". El Secretario de Estado, George Shultz, fue, en un momento dado, uno de los "negociadores" principales y abogó por alcanzar un acuerdo con los soviéticos a mitad de camino: si el Ejército Rojo se retiraba de Afganistán, Estados Unidos debería hacer concesiones y cortar la ayuda a los muyahidines. Por otro lado, los "sangradores", fuertemente representados en la CIA y el "lobby afgano" del Congreso, querían más sangre e insistían que la ayuda a los muyahidines sólo debía terminar cuando los soviéticos hiciesen lo mismo con el gobierno de Najibullah. Al final, ganaron los "sangradores". Visto desde Moscú y Kabul, la posición del gobierno de Reagan era de una falta de cooperación total".

En febrero de 1989, el último tanque soviético cruzo el Puente de la Amistad sobre el río Amu Darya. Sin embargo, Moscú continuó los suministros a Najibullah, y el gobierno afgano desafió todas las expectativas. En marzo de 1989 las tropas afganas, que ahora peleaban solas, fueron capaces de romper el sitio de Jalalabad, en el este de Nangarhar, cerca de la frontera con Pakistán. Si los insurgentes tomaban esa ciudad, Kabul sería su próximo objetivo. Desde entonces, el frente de los siete partidos muhayidines quedó fragmentado y carente de coherencia estratégica a pesar de su excelente capacidad táctica de combate.

Braithwaite relata que Eduard Shevardnadze, que no quería ser el primer ministro soviético de Relaciones Exteriores que presidiese una derrota, fue el principal aliado de Najibullah, e insistió que con un flujo constante de combustible y armas, los afganos podrían luchar de forma indefinida. De hecho, Najibullah se mantuvo tres años más. Sin embargo, cuando Yeltsin hizo a un lado a Gorbachov y deshizo la Unión Soviética, cortó la cuerda de seguridad de Afganistán.

La derrota soviética en Afganistán no se tradujo en el colapso de la URSS, como a menudo se supone. Fue al revés. Como explicó recientemente la revista The Economist, "el sistema soviético se derrumbó cuando los altos funcionarios decidieron 'monetizar' sus privilegios y convertirlos en propiedad." Cuando ocurrió y Yeltsin tomó el poder, el régimen de Najibullah se derrumbo. Braithwaite cuenta que Yeltsin, cuando aún solo era el dirigente de Rusia, antes de la caída de Gorbachov y la Unión Soviética, había abierto canales secretos con los muyahidines. Tan pronto como los suministros rusos fueron cortados, uno de los generales clave de Najibullah, Rashid Dostum, se paso a los rebeldes. En abril de 1992 Najibullah fue finalmente derrocado. Varias bandas de guerreros islamistas y fanáticos etno-nacionalistas cayeron sobre Kabul. Después de un experimento muy corto de gestión conjunta, las distintas facciones se pelearon entre ellas, mientras que los últimos militantes del PDPA huyeron del país o pasaron a la clandestinidad.

Najibullah trató de escapar, pero los hombres de Dostum le impidieron llegar al aeropuerto. Durante cuatro años Kabul cayó en la barbarie, mientras las distintas facciones guerreras de muyahidines imponían la oscuridad, real y metafórica: las farolas y las líneas de alta tensión de los tranvías fueron saqueadas, los servicios públicos cerrados, la lucha faccional arrasó la mitad de la ciudad, y se estima que 100.000 personas ,la mayoría civiles, murieron. Durante todo ese tiempo, Najibullah se refugió en un recinto de las Naciones Unidas. Cuando los talibanes tomaron finalmente la ciudad, en 1996, secuestraron al ex presidente, lo golpearon, lo torturaron y lo castraron antes de matarlo de un disparó. Su cadáver fue arrastrado por las calles y colgados de un poste de luz.

Hoy, las fuerzas de la OTAN ocupan Afganistán. Sin embargo, algunas fotos de Najibullah todavía cuelgan en Kabul. ¿Por qué? Entonces, como ahora, la guerra en Afganistán no era simplemente un enfrentamiento entre invasores y afganos. También fue un conflicto civil afgano: entre las poblaciones de las ciudades que apoyaban la modernización, incluso una modernización impuesta, y la gente del campo que se oponía violentamente a cualquier cambio social. Y cada fuerza buscó alianzas con poderosos apoyos externos. Durante la guerra fría, los soviéticos apoyaron a Kabul, y Estados Unidos y Pakistán a los rebeldes. Hoy, por una serie de razones perversas, Estados Unidos apoya a quienes aspiran a reconstruir el estado en Kabul (muchos de los cuales son las mismas personas que sirvieron con Najibullah), mientras que Pakistán, aliado nominal de Estados Unidos y vasallo bien financiado, sigue apoyando a los rebeldes islamistas y tradicionalistas.

Para una clase de afganos urbanos la cuestión política central ha sido siempre: ¿qué ideología trae la electricidad? Son personas que han tratado de extender la influencia de Kabul en el campo y, desde la década de 1920, se han enfrentado con una oposición violenta. Hubo una vez que su instrumento fue la monarquía constitucional. Después una república presidencialista, a continuación el socialismo de estilo soviético, y finalmente el nacionalismo de último recurso de Najibullah. Ahora es la democracia liberal, experimental y poco efectiva, impuesta por la OTAN. No es sorprendente que los ex comunistas sean aun modernizadores y se les pueda encontrar en los sectores más competentes de lo que nominalmente se conoce como el gobierno afgano.

Uno de esos tecnócratas es Muhammad Hanif Atmar. De 2002 a 2010, el muy respetado Atmar gestionó una serie de carteras ministeriales en el gobierno de Karzai, desde el Ministerio de Desarrollo Rural hasta el de Educación y, finalmente, el Ministerio del Interior. En su juventud Atmar fue miembro de las fuerzas especiales de KHAD (como la KGB, la policía secreta afgana tenía un ala militar). Perdió una pierna defendiendo Jalalabad contra el cerco muyahidin. Cuando el gobierno de Najibullah cayó, se fue a estudiar a Gran Bretaña. Después de la invasión de EE UU, regresó a Kabul y pronto se ganó una reputación de administrador competente y honesto, de "alguien con el que Occidente puede trabajar". La Dirección Nacional de Seguridad, la agencia sucesora de KHAD, tiene en sus filas tantos ex cuadros Parcham que muchas personas lo llaman simplemente el KHAD. Otro de esos tecnócratas ex PDPA es Zahir Tanin. En la actualidad es el representante permanente de Afganistán ante las Naciones Unidas pero en la década de 1980 era miembro del comité central del PDPA.

En pocas palabras, esa es la razón por la que todavía cuelgan imágenes de Najib en Kabul: porque, a pesar de todos sus errores, su visión del mundo traía la electricidad. Pero, por desgracia, la electricidad no puede distribuirse a tiros.

Dr. Najib, Mohammad Najibullah 

Al Dr Najib en 1996 los correligionarios de Ben Laden lo castraron, lo arrastraron con un coche, le pegaron un tiro en la cabeza, no sé si exactamente por este orden, da lo mismo, y lo colgaron; a su hermano más o menos igual. Llenaron sus bocas y bolsillos de billetes y cigarrillos: por corruptos. 

Ahora bien. ¿Quién creo a Ben Laden? ¿Quién fomentó el integrismo desde el 79? Los USA crearon el monstruo, lo alimentaron, lo satanizaron y lo han matado en un show oculto, son como el Juan Palomo de la teratología política. Vino bien para atacar al comunismo, pero no calibraron, lo que los salafistas rechazaban era a Occidente, y para esos efectos lo mismo eran la URSS que los USA. Cuando la URSS se fue por el desagüe de la historia, ahí quedó el Gran Satán americano.

Por cierto, si cambiamos la cruz por la media luna, los discursos integristas cristianos de Bush e islamistas de Ben Laden son la misma chorrada irracionalista. 

La culpa de Occidente está en haber despreciado a los musulmanes, y a tantos otros. Los musulmanes lo primero que hicieron al ser descolonizados fue intentar hacerse laicos y desarrollarse, pero a Occidente lo único que interesaba era que no nos dieran la lata en nuestro turismo y nuestros negocios. Si una mujer era asfixiada tras un niqab o lapidada, tanto daba, eso no ha sido problema hasta hace bien poco y por motivos espurios. 

Dr. Najib fue de hecho el último presidente comunista de la República Democrática de Afganistán y último secretario del marxista leninista PDPA.




Holy Mountains - System of a down:


sábado, 27 de julio de 2013

Gonzalo Guerrero, héroe andaluz de la resistencia maya

Esta tierra que mira al oriente
cuna fue del primer mestizaje
que nació del amor sin ultraje
de Gonzalo Guerrero y Za'asil.

Los conquistadores españoles ya habían colonizado el oeste andaluz desde hacía varios siglos, únicamente sobrevivía Granada, en el este andaluz, como país gobernado por nativos musulmanes y por lo tanto libre. Los conquistadores españoles, extranjeros provenientes del norte peninsular, obligan a los andaluces ya cristianizados del Reino de Sevilla a luchar en el ejército. Es entonces cuando Gonzalo Guerrero es instruido como soldado y llevado como arcabucero a la conquista de Granada, para luchar contra su propio pueblo. Posteriormente, una expedición comandada por Pedro de Valdivia le llevó a tierras mexicanas, si bien el barco en el que viajaban los integrantes de esta expedición naufragó y, tras varios días, los que sobrevivieron al naufragio llegaron a un lugar conocido como Ekab, dominado por descendientes de los primeros pobladores de Yucatán. Allí, fueron tomados como prisioneros, aunque al cabo de un tiempo Guerrero consiguió escapar, pero fue nuevamente capturado. Ya en esta ocasión no fue encarcelado, sino que se le dio tratamiento de esclavo. Trabajaba el campo y la cantera, pero también fue utilizado como soldado contra los pueblos enemigos.

Tras adiestrar a los ejércitos, Guerrero, que terminó sus días luchando al lado de los mayas y murió a manos de los salvajes españoles en el año 1536, fue obteniendo la confianza del jefe del pueblo y, tras salvar a un militar de alto rango del ataque de un caimán, fue nombrado jefe de guerreros.

Como guerrero y hombre libre de su tribu, participa con gran éxito en varias expediciones guerreras. Se transculturiza, dejándose hacer mutilaciones y tatuajes rituales que eran propios a su rango. Sus victorias se suceden y asciende hasta Nacom al casarse con la princesa Zazil Há, también llamada Ix Chel Can, hija de Na Chan Can. Consiente que a sus propios hijos les aplanen la frente con una tablilla, de la cual pendía una bolita que se colocaba entre los ojos de los niños para que los cruzaran y acabaran siendo bizcos, lo cual era un signo de belleza para los mayas. También sufre los rituales de mutilación, por los cuales los guerreros demuestran su desprecio al dolor y la muerte. Su aculturación e integración en el pueblo que lo había adoptado fue tan grande que, incluso, su primogénita, Ixmo, fue sacrificada en Chichén Itzá, para acabar con una plaga de langostas.

Rechaza regresar con varias expediciones cristianas, y apoya la expulsión de Grijalva, Francisco Hernández de Córdoba (1517) y Cortés (1518). Durante los años siguientes, los invasores españoles estimaron que Guerrero se dedicó a entrenar a los mayas para defender su territorio, pues cuando Francisco de Montejo, en mayo de 1527, cruza el Atlántico con 380 soldados en cuatro navíos, encontró serias dificultades para conquistar Yucatán. Combate a los conquistadores Montejo (padre e hijo) y a su capitán Dávila. Instruye a sus guerreros para que no teman a los caballos y armas de fuego, aconsejando siempre no dar tregua ni fiarse de los blancos, intentando salvar ese paraíso, hoy Parque Natural, de Champotón.

En julio de 1531, el capitán Dávila partió con una fuerza hacia el sitio que hoy es Chetumal, donde suponían que vivía el andaluz Guerrero y existían minas de oro; sin embargo encontró un lugar en abandono y pese a que más adelante toma a algunos mayas prisioneros, lo engañan diciéndole que Gonzalo Guerrero había muerto de forma natural, por lo que Dávila remite informes a Montejo en Campeche sobre el supuesto fallecimiento. En realidad, muere en 1536 cuando se enfrentaba a las tropas del capitán Lorenzo de Godoy para ayudar, con cincuenta canoas, a Çiçumba, cacique de Ticamaya (Honduras), en el valle inferior del Río Ulúa. Su agonía no fue muy prolongada. Una flecha de ballesta se clavó justo en su ombligo y le atravesó hasta el costado. Luego, ironías de la vida, un disparo de arcabuz remató al que fuera arcabucero. Sus hombres le sacaron del campo de batalla y le escondieron detrás de unas palmeras. Todos sabían que había llegado su hora, así que ninguno intentó extraerle la flecha por no aumentar su sufrimiento o acelerar su fin. Sólo pidió a sus más allegados que cuidaran de sus hijos y, al resto de sus hombres, más de un millar, que siguieran combatiendo. Pero el combate fue encarnizado. Tuvieron que replegarse y el cadáver de Guerrero quedó en campo enemigo. Algunos españoles afirmaron luego haberlo visto: tatuado y vestido como un indio. Durante la noche, algunos de sus hombres rescataron su cuerpo y como postrero homenaje, lo lanzaron al río Ulúa, para que la corriente le llevara hasta el Océano de donde vino.


Gonzalo Guerrero fue durante siglos un personaje maldito, un traidor, un renegado, un apóstata, para los
españoles. El hombre que combatió contra la salvaje España y, lo que era en la época muchísimo peor, abjuró de su fe y negó a Cristo. Entre una nebulosa mítica o legendaria, los cronistas, informados por Jerónimo de Aguilar, lo presentan como un ser extraño, raro e inquietante. No olvidemos que Aguilar, probablemente subdiácono, ya establece en sus relatos una comparación de su proceder contrario al de Guerrero. Él se mantuvo, con gran esfuerzo, casto y fiel a su rey y a su Dios, en cambio Gonzalo Guerrero había caído en la tentación de tomar mujer, formar una familia, mezclar su sangre con la de sus captores. Fue eso lo que, según Aguilar, le perdió, llevándole, poco a poco, a abrazar la cultura y los dioses de su nueva familia. Tal vez de su única familia, o de la única familia que recordaba y amaba, después de tantos años de guerras y desventuras por medio mundo.

Guerrero forma parte de esa larga lista de personajes andaluces molestos y silenciados por la salvaje e inhumana maquinaria propagandística del Nacionalismo Español, que pretende negar la realidad de un pueblo, el andaluz, que luchó siempre contra el invasor europeo, como demuestra la historia de Gonzalo Guerrero.

El estado español es consciente de que su existencia descansa sobre un abultado historial de genocidios, que empezó con la invasión de Andalucía y terminó en la de América. Salvajes asesinatos, violaciones y saqueos, destruyeron la libertad de demasiadas vidas humanas y pueblos hermanos.

Fuente: http://kaosenlared.net/territorios/t/andalucia/item/25229-gonzalo-guerrero-un-andaluz-padre-del-mestizaje.html

Killing in the name - Rage against the machine:


El mito de Tiananmen

La represión armada del movimiento cívico chino de junio de 1989, sigue siendo tragedia y tabú en China. Año tras año, su conmemoración repite tópicos que no se sostienen a la luz de los nuevos documentos desclasificados. Es el mito de Tianamen.

Dieciséis años después, lo que se conoce como la ¿masacre de estudiantes de la Plaza Tiananmen¿, reúne todos los elementos del mito periodístico más vulgar. Se sabe que la violencia no fue resultado de una voluntad manifiesta de las autoridades chinas por derramar sangre, que la gran mayoría de las víctimas no fueron estudiantes, y que en la propia plaza no murió nadie.

Según los documentos de la Agencia Nacional de Seguridad de EE.UU. (NSA), los enfrentamientos comenzaron el 2 de junio con el incendio de coches gubernamentales y la multitud arrojando, piedras botellas y cócteles Molotov contra destacamentos del ejército inicialmente desarmados.

Siguieron enfrentamientos caóticos el día 3, cuando el ejército intentaba acercarse al centro de la ciudad. Los documentos de la embajada americana en Pekín, hoy desclasificados por el Departamento de Estado y accesibles, al igual que los testimonios de testigos presenciales, dejan claro que no hubo muertos en la Plaza Tiananmen, y que casi todos los estudiantes que se habían manifestado allí durante semanas abandonaron el lugar en la madrugada del 4 de junio.

El ejército Popular de Liberación, no disparó directamente a los estudiantes concentrados alrededor del monumento a los mártires, del centro de la plaza, dice un documento. Las violencias del día 4, explica, se registraron, cuando grandes multitudes se enfrascaron en batallas (sic) con las fuerzas armadas y las columnas blindadas en las grandes intersecciones de las avenidas Fuxing y Changan. Los documentos citan también, batallas entre tropa y ciudadanos al sur de la Plaza Tiananmen. Esos enfrentamientos, continúa, fueron los que provocaron gran numero de bajas al disparar las tropas directa e indiscriminadamente contra la ciudadanía.

Puede llamar como quiera a todo esto; una revuelta, una mini guerra civil en la que las tropas se imponen sobre insurgentes desarmados, pero no es una masacre deliberada de estudiantes inocentes, dice Gregory Clark, un veterano orientalista y ex diplomático australiano, según el cual el imputar a los gobiernos chinos cosas que no hicieron, o presentar lo que hicieron de la forma mas adversa para su reputación, tiene una larga tradición.

Ingrediente fundamental de la crisis fue la ausencia de medios antidisturbios, el instrumento para estas situaciones en las sociedades modernas, que fue suplido, primero por militares desarmados, y luego, cuando estos resultaron impotentes, por divisiones acorazadas con fuego real disparando contra todo lo que se movía.

En los regímenes comunistas, desde la revuelta de Berlin Este de junio de 1953, la ausencia de este tipo de recursos convirtió en matanzas simples operaciones de desalojo. El mismo año de los sucesos de Pekín, en la Urss ocurrieron cosas parecidas en la capital de Georgia, Tbilisi, en abril de 1989, y nueve meses después en la de Azerbaidján, Bakú.

Para Clark, si el régimen chino puede ser criticado, es, sobre todo, por el ¿trasfondo general de la violencia¿ vinculado a la historia de China de los años sesenta y setenta; los años de la demencial Revolución Cultural y de opresión política, que crearon un empobrecido y sórdido subproletariado a la espera de cualquier excusa para lanzarse a una violencia antirégimen. ¿El intento de suprimir la protesta dio la excusa a ese colectivo¿, dice, este observador.

Respecto al numero de muertos, el portavoz chino, Yuan Mu citó unos 300¿ en una conferencia de prensa celebrada el 7 de junio de 1989. El día anterior, el número dos del partido, Li Peng, había citado ante el Politburó la siguiente cuenta; 223 muertos (36 de ellos estudiantes, 23 soldados y policías), 200 soldados desaparecidos y 7000 heridos, de ellos 5000 soldados y 2000 ciudadanos. Los documentos americanos estiman, probablemente sobre el millar, lo que no impide que todavía hoy se hable de miles y decenas de miles en los medios de comunicación, sin la menor evidencia.

La presencia de un movimiento que no solo pedía democracia a la occidental, sino que protestaba por gran parte de las consecuencias de la reforma de mercado; desde la creciente corrupción, hasta la desigualdad y la perdida de capacidad adquisitiva para la mayoría de los habitantes urbanos (entonces la prosperidad se localizaba, sobre todo, en el campo, todo lo contrario de hoy), se ha perdido de vista por completo, aunque ese es, seguramente, el escenario con más futuro en la China actual. El movimiento social, fue el gran tema que la mayoría de nosotros perdimos de vista o subvaloramos, y es difícil encontrar a un periodista que no contribuyera a esa distorsión, dice Jay Mathews, entonces jefe de la oficina de The Washington Post en Pekín.

La masacre de estudiantes, tampoco fue en defensa del comunismo, entendido como ideología de reparto y nivelación social. En realidad sus consecuencias se parecieron más a un golpe neoliberal, a juzgar por la amplia reforma de mercado a la que la violencia abrió paso, y que hoy convierte a China en un país de grandes desigualdades, explica el historiador Wang Hui, que entonces era un estudiante implicado en el movimiento y hoy su mejor analista.

Verdaderas masacres de estudiantes, las hubo en Ciudad de México, en 1968, en Tailandia, en septiembre de 1973, y de nuevo en octubre de 1976, o en la ciudad surcoreana de Gwangju en mayo de 1980. Todas esas operaciones estuvieron diseñadas desde el principio para aplastar directamente una rebelión. No hubo intento previo de dialogo, negociación ni titubeos: los estudiantes fueron rodeados y masacrados a centenares, sin más, pero los gobiernos de esos tres países continuaron gozando de apoyo occidental, a diferencia de China, que recibe sanciones y condenas dieciséis años después de los hechos.

En China hubo una situación mucho más matizada que en aquellos países. Su gobierno practicó un diálogo con los dirigentes estudiantiles, en algunos casos con humillación de las autoridades, propuso concesiones, el Partido Comunista se dividió ante el dilema de qué hacer, y cuando la decisión de reprimir se tomó, la instrucción del Politburó fue evitar la sangre a toda costa. Todos estos aspectos, que un proceso penal serían claros atenuantes, han sido ignorados durante 16 años. No cambian el fracaso y el desastre que aquella situación representó, pero sí su calificación.

Fuente: http://www.lavanguardia.com/internacional/20050603/51262809878/dieciseis-anos-despues-la-realidad-toma-el-relevo-al-mito-en-tiananmen.html

viernes, 26 de julio de 2013

Rafael Poch sobre Alemania, China, Corea del Norte y Rusia


La información internacional sufre dos grandes males. El más de lo mismo y el a ver quién la dice más gorda. Durante muchos años, Rafael Poch-de-Feliu (Barcelona, 1956), corresponsal internacional de La Vanguardia, ha destacado por trabajar en una línea opuesta a estos dos vicios. En sus crónicas, al menos, siempre hemos encontrado otro punto de vista. No el contrario a la propaganda, sencillamente una visión singular, distinta. Poch considera que el periodista no debe leer solo periódicos, sino que tiene que seguir publicaciones más académicas y libros. Se queja de que cada vez conoce más periodistas jóvenes que no leen. Él apuesta por complementar la información con fuentes alternativas de calidad, como profesores de universidad o sociólogos, dada la tendencia a la mentira y el engaño de las fuentes institucionales. El resultado de esta forma de trabajar está en las hemerotecas, pero también en sus libros sobre la URSS (Tres días de agosto, Tres preguntas sobre Rusia y La gran transición, que ha sido traducido al ruso y al chino), China (La actualidad de China, un mundo en crisis, una sociedad en gestación) y Alemania (La quinta Alemania, que aparecerá en mayo editado por Icaria). Obras didácticas, llenas de matices. Versiones de los hechos históricos, de la sociedad de estos países, nutridas con fuentes diversas que pueden ir del político al campesino, del periodista al activista. Ha sido corresponsal en Europa del Este, Moscú, Pekín y Berlín. En todos estos destinos fue y es testigo de las grandes transformaciones del mundo contemporáneo. Repasamos con él su trayectoria para que ofrezca una explicación de todo lo que ha investigado y narrado para sus lectores.

Cuando estuviste de corresponsal en la URSS, describiste la vida así: “dura y poco confortable, pero al mismo tiempo bastante relajada; todo gira a pocas revoluciones y se desconoce el estrés laboral o la inseguridad por el futuro”. Luego pasaste a China y comentaste: “Pese a las dificultades, los chinos nunca habían sido tan libres y prósperos, lo que explica el optimismo que, en general, desprende la sociedad”. Cuenta cómo encontraste Berlín a tu regreso de China hace cinco años y, particularmente, cómo has visto España estos días.

Regresar a la vieja Europa fue reencontrarme con algo que describiría como “un gran bostezo social”. Aunque precisamente después de 2008, con todos los movimientos sociales que están surgiendo, mi visión está siendo matizada. Pero sí, en Berlín, en Europa occidental, encontré un gran bostezo. Y en España, treinta años de conformismo, apatía y abulia social. La generación que siguió a la nuestra de la Transición se durmió y se desencantó con la realidad que le tocó vivir. Se acomodó a ella. Era una realidad relativamente fácil. Además, cuando mi generación llegó al poder, hubo un desencanto porque dio una imagen muy poco ejemplarizante.

Este es el panorama europeo en general. Alemania creo que es un país bastante deprimido. Ocho millones de trabajadores precarios han transformado completamente un país que cuando yo lo conocí a principios de los 80 era ejemplar. En aquella época un redactor de una agencia de prensa ganaba 3000 marcos, el equivalente actual de 4000 euros, y ahora tiene un sueldo de 1200 euros sin seguridad laboral, te pueden echar cuando les dé la gana. El mileurismo ha llegado a Alemania y lo ha transformado todo. La inseguridad, la desigualdad, la injusticia. Todo este tipo de problemas, Alemania los despachaba antes gracias a su relativa nivelación social. Ahora que la ha perdido aparecen problemas psicológicos en la población, hay estudios que lo demuestran, y por supuesto consecuencias económicas. La moral del trabajo en Alemania no es la misma que era hace 30 años. Como sigan así lograrán trabajar tan mal como los españoles. Es verdad que aún en la gran industria las relaciones laborales están basadas en el modelo anterior, pero también hay trabajadores precarios en las cadenas de montaje de Mercedes. Están cambiando la gallina de los huevos de oro, el gran modelo alemán, con la exclusa de ser competitivos. El Mercedes no compite con el coche de Japón o China, se compra por la calidad. Una calidad que se consigue con buenas relaciones laborales y no con lo que están haciendo.

Por otro lado, en España ya ves lo que tenemos. Un movimiento social incipiente que no sabemos hasta dónde va a llegar. Visto desde fuera me ha parecido en algunos momentos muy exhibicionista, con mucha propuestaonline y poco contenido ideológico transformador. Sin embargo, todo va cambiando poco a poco, esperemos que evolucione. La vida les empujará, y si no evoluciona y en Europa no logramos crear grandes movimientos sociales, como dice Fontana, tendremos lo que nos merecemos. Volveremos a un nivel de relaciones sociolaborales anterior a la Segunda Guerra Mundial, es decir, espantoso.

Por eso la generación que está ahora entre los 20 y 30 años, que simplemente no tiene futuro, tiene que ponerse las pilas. Si hablamos a nivel macroeuropeo, tenemos dos escenarios. El de 1848, el de la Primavera de los Pueblos, con distintas revoluciones y revueltas cívicas en los países —porque desengañémonos, los movimientos transformadores son nacionales, igual algún día sí se pueden coaligar para una transformación en la UE—, y el otro escenario es el de 1930, el previo a la Europa parda, intransigente y xenófoba. Es cuestión de apuestas, de con cuál te quedas tú. Yo veo indicios de lo uno y de lo otro, ya veremos qué sale de todo esto, pero de lo que surja, dependerá nuestro futuro y el de nuestros hijos.

En tus crónicas desde Berlín has destacado que el momento clave fueron las reformas de Gerhard Schröder.

Sí, marcan un punto de inflexión, pero la película empieza en la Reunificación. La primera idea es que Alemania, en este proceso que ha sido calificado por Fontana o Krugman como el de la Gran Desigualdad, estaba retrasada. En Europa, desde los años 70, asistimos a una gran ofensiva del capital que se come las conquistas sociales del consenso de posguerra, tanto en Europa occidental como en Estados Unidos. Empezó con Carter y siguió conReagan y Thatcher en Inglaterra. Pero Kohl no pudo hacer esto porque estaban en la primera frontera de la guerra fría. Tenían enfrente una república democrática alternativa, cuya imagen de marca era el estado social. Esto obligó a la RFA a adoptar un capitalismo, que llamaban renano, marcadamente social. Todo esto se acaba con la Reunificación, en cuanto deja de existir la alternativa, el establishment occidental empieza a tener la libertad de hacer lo de Reagan, Thatcher e incluso Mitterand y los suecos.

Entonces, como llegan con retraso, llegan también con ansiedad. En ese contexto, se comen los tremendos costes de la Reunificación, que costó muchísimo dinero. Se habla de dos billones de euros, eso corresponde al 8% del PIB a lo largo de 25 años. Son gastos enormes que explican la obsesión alemana por la austeridad. Además, surge tras 1990 la gran reunificación mundial. Es la nueva oportunidad de marcar un modelo de relaciones laborales diferente. Se incorporó al mercado de trabajo todo el bloque del Este, más China e India. Todo eso dobló el número global de trabajadores. Añadió 1400 millones más de obreros, lo cual alteró la correlación de fuerzas entre capital y trabajo en beneficio del primero.

En Alemania el Este se utilizó como polígono de pruebas, con salarios bajos y precariedad. Esto repercutió
en Alemania Occidental. Si los sindicatos decían que no a algo, se llevaban la fábrica al Este. Entre el año 90 y 2003 las reformas no fueron todavía posibles porque estuvieron muy ocupados en digerir toda la reunificación. Fue a partir del año 2000 cuando se crea el consenso de Lisboa en Europa, lo de la competitividad y todo esto, cuando Alemania comienza a desarrollar con mucho retraso la agenda neoliberal.

Kohl ya había empezado, pero no pudo por razones obvias. Entonces, quién mejor que una coalición de izquierdas para hacer el trabajo sucio. Ahí estuvo el señor Schröder con su Agenda 2010, que impuso el programa de recortes más importantes de la historia de la posguerra alemana. Y en eso estamos. Entre 2003 y 2006 todo son reformas laborales y sociales, que tienen un resultado ambiguo. Porque en Alemania se dice, sobre todo al exterior, que tienen éxito porque han hecho las reformas, mientras que los científicos sostienen que en realidad lo que hubo fue una mejora de la coyuntura general que disparó sus exportaciones. No obstante, ahí está la trampa ideológica de hacer ver que este éxito exportador tiene que ver con los salarios más bajos, cosa que no es verdad, y está trayendo muchísimos problemas.

Escribiste que en los últimos años de Merkel las reformas han ido en sentido contrario, que Alemania se aplica a sí misma medidas opuestas a las que pide que se apliquen los demás.

Merkel llega al poder en 2005 y desde ese año no ha hecho ningún ajuste. Ya le habían hecho el trabajo. No ha parado de decir: “¡Gracias, Schröder, gracias!”. Y eso que era su enemigo acérrimo. Es al revés, ahora está recomponiendo aspectos sociales, especialmente porque está en época preelectoral, con un par de medidas en esa dirección. Por eso es curioso que esta mujer diga a los demás que se aprieten el cinturón y no como ellos hicieron con la Agenda 2010, sino muchísimo más. Lo que ha hecho Grecia, lo que hace España, una devaluación interna del 20 o 30%, es mucho más fuerte que lo que sufrieron ellos.

Y ahora viene la demanda de 200.000 trabajadores cualificados del sur de Europa. Suena como un drenaje ¿nos convertimos en sus economías auxiliares?

A esto lo llaman “Falta de mano de obra cualificada”. Lo repiten como loritos. Viene de los think tankempresariales. Pero las preguntas aquí son: cómo es posible que en un país con 7% de paro falte mano de obra cualificada cuando no hay una presión salarial hacia arriba. Deberían pagar más a los pocos que hay para quedárselos, ¿no? Cómo es posible que haya falta de mano de obra cuando por cada oferta laboral hay ocho demandas de trabajo. Lo que veo es que hay una tendencia, un recurso empresarial, para mantener los salarios a la baja. No se contrata a la gente mayor porque piden sueldos demasiado altos. En cambio, se llama a un ingeniero español, o a un conductor de autobuses español, que se conforma con 1200 euros en Stuttgart —es un caso real, concreto, que conozco—. En algunas regiones alemanas, por ejemplo, Baden-Wurtemberg, donde hay prácticamente pleno empleo, sí hay falta de mano de obra en algunos sectores concretos de la industria, pero es muy anecdótico.

En cuanto a que nos vayamos a convertir en un satélite, creo que ya lo somos desde que entramos en el euro. Aunque, en gran parte, ya lo éramos desde antes. Yo me marché de España en el año 83 y éramos un país con mucha industria. España producía de todo, teníamos industria del calzado, metalurgia, teníamos construcción naval. Éramos un país más nivelado, mucho menos de servicios. La política europea ha conducido a que Alemania sea la fábrica productiva y exportadora y los demás hayan perdido terreno, incluso Francia. Esto es algo que hay que analizar y reconstruir para sacar las conclusiones pertinentes, tanto nosotros como la propia Alemania.

Sobre la Reunificación, has apuntado que fue una historia mucho más prosaica de lo que se reflejó en su momento y ha quedado grabado en la memoria colectiva. Para empezar, porque quienes  propiciaron desde el Este la caída del muro, los movimientos contestatarios de la RDA, lo que tenían en el horizonte era una tercera vía, ni marxismo-leninismo monolítico ni capitalismo.

Una de mis sorpresas al regresar a Alemania en 2008, después de unos años sin haber pisado Europa, fue comprobar que el tema de la Reunificación estaba por escribir. Se hablaba de una revolución pacífica, un cambio, un giro, y no había bibliografía sobre lo que había pasado en concreto. Los archivos estaban cerrados. Los célebres archivos de la Stasi eran inaccesibles en lo referido a la actuación del espionaje occidental durante la caída del muro. Husmeando un poco me di cuenta, y conmigo muchos alemanes, de que la película de la Reunificación es un tema interesante.

Tuvo tres movimientos. Primero, Gorbachov, el paradigma, el hacedor de la Reunificación alemana. Él permitió que el pequeño movimiento contestatario de la RDA se convirtiera en una marea humana. Estos movimientos eran socialistoides y verdes. ¡Wir sind das Volk! (“¡Somos el pueblo!”), decían. Y en el curso de pocos meses este eslogan se convirtió en ¡Wir sind ein Volk! (“¡Somos un pueblo!”). Se pasó de poner el acento en la rebeldía popular a ponerlo en la unificación.

Kohl, que era un viejo zorro, vio en la Reunificación la oportunidad de pasar a la historia como canciller. Con un poco de suerte, si lo manejaba bien, él que estaba de capa caída podía como político conseguir mantenerse en el poder electoralmente gracias a los votos del Este. Para eso tenía que seducirlos y su mensaje fue clarísimamente, a partir de marzo o abril del año 90, en víspera de las primeras elecciones libres en Alemania Oriental, “si me votáis a mí y no a un Gobierno que os repita las chorradas socialistoides, os garantizo que vais a tener Disneylandia, tíos”. Lo llamó “paisajes floridos”. Cita textual de Kohl. Y la gente en Alemania del Este, lo que era el movimiento social, la vanguardia, los escritores, los intelectuales, los activistas de la Iglesia protestante, eran gente idealista, visionarios. Querían socialismo, pero socialismo verde. No querían ser absorbidos por la RFA, querían su propia vía. ¿Pero la masa? La masa lo que quería era Disneylandia ya.

Entre marzo del 90, cuando los sondeos le daban un 10%, y las elecciones de mayo en las que ganaron sus satélites en el Este, hubo un vuelco. La clave está en esta Disneylandia que concretamente fue la promesa de la unión monetaria, que un marco del Este valiera lo mismo que uno del Oeste. Este era el truco. Si valían lo mismo, quería decir que si yo tenía 6000 marcos ahorrados en el Este, se convertían en 6000 deutsche Mark, el sueldo de dos meses de un periodista en el Oeste, pero en el Este suponía una auténtica fortuna. Sin embargo, cuando se hizo la paridad, se acabó toda la competitividad de la industria del Este. La RDA se fue a la porra, pero directamente. Se desindustrializó y generó cuatro millones de parados. Esto Kohl no lo dijo. Él vendió Disneylandia, no dijo “¡Tendréis desindustrialización!”. Ganó las elecciones y, una vez ganadas, convocó otras para el conjunto de Alemania y sobre esta dinámica o corriente volvió a ganar y se quedó en el poder ocho años más gracias a eso. Los socialdemócratas en la oposición decían: “Esto de la unión económica puede traer problemas”, pero no fueron capaces de explicarlo, solo Oskar Lafontaine lo apuntó, que dijo claramente que esto no iba a ser como lo pintaban.

Por supuesto, también estaba el deseo de la población oriental de comprar Disneylandia. Después de 40 años de estrecheces, era manifiesto que los del Oeste eran mucho más ricos. Esa fue la clave que dio a Kohl la Reunificación. Con ello consiguió una gran victoria política, los laureles de la Reunificación, pero también cosechó diez años de crisis económica en todo el país. A partir de ahí, Alemania fue considerada como el enfermo de Europa en el Economist, lo que dio fuerza para introducir la terapia de choque de la reforma de 2003. No se dijo que aquella “enfermedad” era consecuencia de una unificación realizada chapuceramente por razones políticas.

Lo mismo que esa Disneylandia era un espejismo, además sostienes que la propia caída del muro tampoco fue un cuento idílico.

La revolución pacífica que tira el muro tiene momentos oscuros. Hay un periodista húngaro, Andreas Oplatka, que ha publicado una investigación sobre todo lo que ocurrió estos días en su país, Hungría, que fue clave en la caída. Un trabajo muy bien hecho con los dirigentes húngaros de entonces, que como sabrás es el único grupo gobernante de países del Este que consiguió reciclarse y sobrevivir a la caída del muro.

En Hungría tenían una agenda oculta de apertura hacia el Oeste desde los años 80. Dentro de esta estrategia, Kohl les dio 1000 millones de marcos y fueron tolerados por la OTAN para seguir mandando en su país. Lo que ocurrió es que en el Lago Bálaton, que era como un Lloret de Mar para los alemanes orientales, de repente aparecieron llamadas, con octavillas, para cruzar la frontera por Austria, el día tal, por tal punto, a tal hora. Fue el picnic de Sopron, una especie de tanteo para ver cómo iba la cosa. Aquello salió muy bien y entonces se procedió a la apertura total de la frontera entre Hungría y Austria, por la que se colaron, huyeron, miles de turistas alemanes orientales. A cambio, los húngaros recibieron el aludido crédito y la promesa de una rápida integración en la UE.

Todo esto hay que verlo como lo vio el régimen de Alemania del Este; un régimen cuadriculado que había perdido por primera vez en su historia la referencia moscovita, donde ahora eran reformistas y les decían “haced lo que queráis”, y la gente se le iba del país en masa. Generó un gran nerviosismo. El régimen, que tenía la gran baza de abrir el muro, lo hizo de forma desordenada y ahí se desparramó toda la RDA, afortunadamente sin sangre. Pero cuidado, no quiero dar la impresión de que la caída del muro fue el resultado de conjuras de servicios secretos. Digo que, primero, fue Gorbachov el que tumbó el muro y fue el verdadero factor de la reunificación alemana. Pero segundo, en esa reunificación hubo mucho espontáneo, es cierto, pero también algo dirigido.

En resumen, para mí, es una revolución fallida. Especialmente desde el punto de vista de la propiedad. Todo esto condujo a que el patrimonio industrial de la RDA fuera absorbido por las empresas occidentales. Fue una desposesión enorme de los ciudadanos de la RDA, que eran propietarios colectivos de todo aquel pastel que habían generado tras 40 años de duro esfuerzo.



Durante tu corresponsalía en Pekín viajaste a Corea del Norte. ¿Cómo valoras la información que se está dando en los medios de la crisis actual?

Se presenta el conflicto nuclear restringido únicamente a que Corea del Norte tiene, o parece ser que tiene, una bomba atómica. El tema es mucho más complicado, como todo el mundo medianamente informado sabe. Desde los años 50, desde la guerra, Corea del Norte ha estado amenazada por el arma nuclear. Hasta los años 90, con la disolución de la URSS, esa amenaza estaba contrarrestada por el paraguas soviético. Cuando desapareció, los coreanos se plantearon hacerse con la bomba porque la amenaza se mantuvo en los mismos términos, hay armas nucleares en Corea del Sur, hay recursos nucleares en Guam a efectos de bombarderos estratégicos, de misiles preparados para ser utilizados. Por tanto, esto, sumado a lo que ha ocurrido en los últimos años, que una serie de naciones han sido atacadas por no tener bombas nucleares, Yugoslavia, Iraq, es lo que llevó a la dirección de Corea del Norte a la conclusión de sentido común de que había que hacerse con la bomba, que es supuestamente lo que han hecho.

Ahora en esta crisis ocurre lo de siempre. Se enfatiza la respuesta histérica de Corea del Norte, régimen absolutamente impresentable, pero se olvida que son reacciones a una serie de maniobras con el aumento de la capacidad misilística de Corea del Sur y aumento de la capacidad militar americana en la región. Por eso responden de esta manera.

Esta tensión militar, aumentada por el Sur y Estados Unidos, ¿es lo que impide el deshielo del régimen?

La dirección norcoreana tiene muy claro desde Kim Il Sung, desde el abuelo, que había que cambiar el sistema económico, que había que hacer reformas y abrirse. Pero también tienen muy claro que eso no sería posible mientras no hubiera un cambio en la situación geopolítica. Si no cesaba la amenaza nuclear estratégica contra ellos, no podían hacer la reforma económica. Y cómo conseguir que cambiase, pues con la bomba atómica como carta de negociación. Los líderes norcoreanos, los gobernantes asiáticos en general, suelen ser muy inteligentes. No son repúblicas bananeras, pueden ser tiranías tremendas, pero son gente que piensa las cosas. Han visto todo lo que ha ocurrido en Asia oriental, lo que ha pasado en China. Del mismo modo que los chinos vieron lo que pasaba en Hong Kong o Singapur; vieron cómo cambiaba la economía global y después de Mao hicieron lo que hicieron. Los norcoreanos no son diferentes en eso. Saben que deben cambiar y, de hecho, han llevado a cabo intentos, pero no pueden realizarlos mientras la situación geopolítica no cambie.

Fueron incluidos en el Eje del Mal de Bush Jr.

Cuando se acaba el paraguas soviético ya era muy claro que estaban expuestos. Y si luego el imperio adversario les incluye en una lista de posibles ataques preventivos, pues en Corea del Norte, como yo digo, el misterio de la bomba atómica es el menos misterioso.

¿Pero por qué particularmente Corea del Norte sufre ese asedio militar y no los vietnamitas?

Buena pregunta. La analogía es pertinente… Es un tema interesante para el que no tengo ahora mismo una respuesta. Habría que pensarlo.

En tu viaje a Corea del Norte encontraste norcoreanos ricos.

Hace muchos años que empezaron nuevos canales de comercio y de posibilidades de enriquecerse para la gente del régimen. No es muy diferente a lo ocurrido en China o en Rusia, de una forma más discreta a lo mejor. Pero para mí, la señal que lo evidenció fue que en una localidad fronteriza con Corea del Norte, en el hotel de la ciudad, había una tienda de Salvatore Ferragano. Le pregunté a la dependienta quién compraba ahí, quién podía, y me contestó que los coreanos del Norte, naturalmente. Ahí un traje podía costar 2000 euros. Porque estos tíos manejan mucho dinero. Hay mucha producción de Corea del Sur que se hace en el Norte y hay muchos ejecutivos y hombres de negocios norcoreanos que se encargan de la exportación industrial a China, donde hacen cambalaches en zonas grises… Es la típica configuración de negocios de Estado, de sectores de la nomenclatura que son los propietarios de ese Estado y lo gestionan. Una burguesía roja, como se ha dicho siempre. Otro aspecto es que también, en los años 90, hubo una cierta reforma, pero desde abajo. La gente sencilla se saltó a la torera toda una serie de normas y prohibiciones, como no cambiar de distrito, por ejemplo. Se creó un mercado que no se podía controlar y que el Estado no podía reprimir, nada más que aceptarlo. Eso transformó muchas cosas.

Tanto la población chinocoreana, que lleva en China desde antes de la guerra, como los propios chinos, tienen fuertes lazos con la población de Corea del Norte.

Hay una red de solidaridad muy grande y muy clara entre ambas poblaciones. La frontera está poco vigilada, es permeable, mucho más de lo que se piensa, y percibí la sensación de que los norcoreanos no temían sorpresas de parte de su frontera china: no tienen despliegue militar, todo lo tienen enfocado a la frontera con el Sur. Como la población de esa zona china es étnicamente coreana, hay mucho contacto y faltan mujeres, las toman de Corea del Norte para matrimonios amañados. Prostitución de las mujeres norcoreanas, no sé, supongo que un poco de todo. Pero en estas sociedades pobres y tradicionales ves cosas que te ofenden mucho, o te sorprenden, pero si lo piensas, en tu país eran moneda de cambio corriente hace unos años. A mí lo que me llamó la atención de aquella frontera era la estrecha complicidad que había entre ambos lados.

Dijiste que para los chinos “ser prepotentes con los norcoreanos sería como serlo con su propia biografía”.

La gente de China mayor de 50 años de edad, esa generación, recuerda la época de Mao, de la que fueron partícipes. Y cuando ven a Corea del Norte la perciben como su maoísmo. Como son parientes étnicos y parientes políticos, hay cierta propensión y condescendencia. Les ven y piensan que las están pasando canutas, pero en plan “como yo cuando era joven”, cuando aquella colectivización forzosa, aquellas penurias. Eso lo ven reflejado ahora en el otro lado.

Mira, a una orilla del río está Dandong, con las ruinas de un puente que los americanos bombardearon en la guerra de Corea. Como otras ciudades chinas de frontera, Dandong es un escaparate, con una silueta luminosa de edificios altos y modernos, un skyline lleno de luces, para ser contemplada desde el otro lado del río. En el paseo fluvial se organizan bailongos, gente mayor que baila alrededor de un aparato de música. Parece que lo hagan para ser vistos desde el otro lado. Pasa lo mismo en la frontera con Vietnam, hay un cierto exhibicionismo de la prosperidad china. Al otro lado, Sinuiju, la ciudad norcoreana es pobre y gris, está muy decaída, con grandes estrecheces, sin embargo es una ciudad privilegiada porque es puerta de salida y entrada de cierta actividad económica que deja dinero, el hecho de que sea fronteriza y gran parte de la exportación de materias primas pase por ahí le da grandes ventajas antes que a otras zonas de Corea del Norte que son paupérrimas.

Ahí visité unas zonas en circunstancias bastante extraordinarias, porque no dejaban ir a extranjeros, donde se veía el Estado socialista pobre que todavía construye casas y viviendas, pero que están muy mal. Las casas están vacías, son de un austero extraordinario, no hay prácticamente decoración, solo un televisor. Hay una penuria alimentaria importante. Recuerdo haber visto un camión que era alimentado con leña, tenía un remolque lleno de maderos y unos tíos echándolos en la caldera, eso era lo que movía el vehículo. Vi mucha gente pescando en los ríos, caminando por las vías del tren; vías férreas en las que no había circulación y la gente estaba caminando con toda naturalidad sobre ellas. También encontré a la población muy delgada, muy flaca, magros, que no les sobra ni un gramo de grasa. Los que escapan, cuando llegan a China, tienen diarreas, porque la sopa de gachas es la alimentación básica de esta gente.

Pero al mismo tiempo, encontré gente con, no sé cómo decirlo, cierta dignidad. Estaban muy preocupados por el ensayo nuclear, que se había sentido como un terremoto. Los norcoreanos no son esos autómatas que salen en los desfiles militares, siempre en imágenes de archivo de los telediarios, gritando de forma fanática la consigna a sus queridos dirigentes. Es gente como todo el mundo, normales, que quisiera vivir mejor. Que sufren la opresión, la falta de libertad. Han ganado libertad de movimientos, pero tienen una población reclusa importante, no tanto como la de Estados Unidos, por cierto (risas), pero importante. Y que tienen su corazoncito, gente normal. Con su familia y su vida cotidiana, que vive en un contexto de gran opresión y constantes servicios y deberes hacia el Estado, como las movilizaciones, los ejercicios colectivos, el trabajo comunitario, todo eso que debe ser enormemente engorroso y servil. Al mismo tiempo, hay algo muy digno en su ascética austeridad y pobreza. Las casas, incluso en el campo, están cuidadas, en zonas montañosas ves que se cultivan las laderas más inverosímiles, que se intenta aprovechar todo, todo eso exuda una voluntad muy asiática, contra la que siempre es difícil luchar y contra la que los occidentales suelen estrellarse militarmente, sea en Vietnam, Laos, en el Japón, que ofreció una resistencia numantina a los americanos en la guerra del Pacífico. He visto casos de agricultores que les construyen la casa a unos vecinos porque se les ha derrumbado la suya, algo habitual dentro de la cultura campesina, que encima dentro de su régimen es obligatorio. Luego Pyongyang me recordó a la Minsk de los años 80. En el sentido de grandes avenidas, sin coches, pero en general muy cuidadas, como suelen estar este tipo de ciudades de estos regímenes.

¿Hay un alcoholismo excesivo como en la URSS?

No creo que nada que signifique exceso esté al alcance de la población general por una cuestión de pobreza. Ahora, entre los cuadros dirigentes y tal, hay mucha gente que le da al alcohol, como ocurría en la URSS. Aunque yo le hice una entrevista en una ciudad de provincias a un cargo del partido, un dirigente local, que me pareció el típico tío honesto, preocupado por la gente. En China pasa lo mismo, hay tipos dirigentes absolutamente despreciables, que solo piensan en sí mismos, que se aprovechan de la corrupción y la falta de pluralismo, y luego, al menos yo he visto, gente completamente comprometida con la comunidad, honesta, y que realmente son los mejores.

Explica tu teoría de que Corea del Norte es un “canario global”.

Tiene que ver con la analogía de los submarinos nucleares soviéticos, que entre tantos indicadores y medidores, tenían un canario, y si la palmaba quería decir que estaba pasando algo malo ahí dentro. Esto tiene una lectura realmente universal en el caso de Corea del Norte, porque es un país que ha sufrido el hundimiento general de casi todo, de sus intercambios comerciales, ha sufrido la incapacidad de alimentarse y se ha tenido que replantear otro modelo económico después del hundimiento del bloque del Este. Ese ejercicio titánico podría ser el que la humanidad se vea forzada a realizar si realmente se hunden una serie de cosas, de intercambios, o condiciones, que hoy sostienen el desarrollo normal de nuestra economía. Me refiero a combustibles fósiles, a la red de intercambios que está ligada precisamente al uso desmesurado de estos combustibles. Y todo eso encima en unas condiciones geopolíticas sumamente difíciles donde el imperio más importante del mundo está ahí achuchando. Es un caso paradigmático desde ese punto de vista.

¿Por qué Corea del Norte se ha sentido siempre como la legítima Corea?

Hay una continuidad. A principios de siglo Japón invadió Corea y se hizo con una serie de colaboracionistas. Cuando acabó la guerra los americanos hicieron lo mismo que en Alemania con los exnazis, emplearon a esos colaboracionistas para reconstruir el nuevo Estado. Pusieron a una serie de señores en la dirección, como Park Chung Hee, que tenía incluso un nombre japonés, Masao Takagi. Durante ocupación estaba bien visto adoptar nombres japoneses. Esta gente fueron los encargados de garantizar el statu quo. De ahí la percepción que tenían los coreanos del Norte, como de que el Sur era un Estado de “mentirijillas”. A diferencia de ellos, que habían conquistado su soberanía con las armas y nunca habían tenido un papel tan subsidiario respecto a China y la Unión Soviética como el que el Sur había tenido con Estados Unidos y Japón.

Este régimen del Sur cometió masacres.

Antes de la guerra, en el Sur hubo tremendas masacres a cargo de este Gobierno; masacres contra movimientos que simplemente pedían transformación, que ni siquiera eran comunistas, eran simplemente movimientos sociales.

Entonces Kim Il Sung termina liando a la URSS y China en un juego diplomático para lanzarse a por el Sur, campaña que a Stalin no le hacía mucha gracia.

Creo que los dos regímenes, el del Norte y el del Sur, tenían ganas de zurrarse. Las grandes potencias no estaban en esa longitud de onda. Acabó en una dinámica de acontecimientos bastante confusa, todavía se discute quién y cuándo empezó la guerra. Hubo muchas escaramuzas previas, hubo multitud de incidentes fronterizos antes. No está del todo claro. La versión occidental ha puesto el énfasis en una ofensiva del Norte sobre el Sur, pero la cosa era más complicada. Las responsabilidades yo diría que están repartidas y las potencias fueron un poco el juguete.

En la guerra, el Norte terminó arrasado por los bombardeos, incluso con armas biológicas.

Esto también se desconoce, pero ayuda a comprender la situación actual. Era un país devastado. Todas las ciudades fueron asoladas a niveles del 70% u 80%, con una población que sufrió muchísimo. También fueron norma las crueldades sobre la población civil. Algunos estudios señalan que hubo más atrocidades en las fuerzas del Sur que en las del Norte, incluso los americanos tuvieron hechos conocidos de masacres de civiles. Esto en la iconografía de Corea del Norte, por supuesto, está sobredimensionado. Se pone el énfasis en los aspectos que a ellos les conviene, como es natural y como hace todo el mundo. Pero cualquiera que examine los hechos ve que fue un conflicto tremendo y que marcó a toda una generación que está todavía mandando en Corea del Norte. Y, curiosamente, también es importantísimo para comprender la situación que los hijos de los imperialistas japoneses están en el poder en Tokio. Textual, hijos y nietos de los mandamases de la etapa imperial. Como en Corea del Sur, donde gran parte de los descendientes de los colaboracionistas también son los que mandan. Hay un gran fenómeno biográfico.

Tras la guerra, en los 70, Corea del Norte llegó a tener un gran desarrollo industrial, con una renta per cápita mayor que la del Sur. Hasta era donante de ayuda al desarrollo.

Estaban ubicados en los intercambios comerciales del bloque del Este, y lo hicieron con cierto éxito porque son muy capaces, muy trabajadores. Así tuvieron un relativo equilibrio en los 70 con lo que sucedía en el Sur hasta que a partir de ahí la cosa se disparó. El Sur fue uno de los raros países del mundo que consiguió ascender de categoría, llegar a ser un país del primer mundo en pocos años, y el Norte se quedó muy atrás. Entonces, cuando todo este esquema de intercambios se hunde, ellos tienen que desarrollar la agricultura para poder comer. Una “reagrarización” para conseguir la autosuficiencia.

Hasta llegar a la hambruna.

En el 94 hubo una hambruna tremenda. Una mezcla de desastres estructurales, naturales y de errores políticos, claramente. También, del propio aislamiento del país, lo cual puede formar parte del error político. Porque si el precio de la autosuficiencia y la independencia es que tu población se muera, igual tienes que empezar a cambiar eso y vender un poco de tu soberanía a China, o a Rusia. Bueno, en los 90 Rusia estaba out. Quizá sí a China para tener un poco más de prosperidad, ¡un poco menos de mortandad al menos!

                                 

Esa resistencia delirante es en lo que consiste la filosofía del Amado Líder, el Juche.

Todos los Estados comunistas han establecido cierta continuidad dinástica con los padres fundadores del socialismo. Tenemos el ejemplo más claro en la Unión Soviética, con los carteles de Marx, Engels y luego Lenin, y después Stalin. China hizo lo mismo con Mao, el marxismo-leninismo pensamiento Mao Tse-tung. Todos enmendaron la ideología inspiradora. Pero los coreanos del Norte fueron más allá y crearon una ideología nueva, alternativa al marxismo, que se consideraba más importante y mejor. Eso fue el Juche, cuyo trasfondo no es poca cosa, la defensa de la soberanía nacional ante todo, el “nosotros somos los mejores”. Una ideología de autosuficiencia que viene inseparablemente unida al ejemplo del confucionismo, donde el padre de la nación, el padre fundador, es considerado un dios y sus hijos y nietos queridos dirigentes o amados líderes. Es un rasgo de sociedad tradicional y oriental, para las cuales la continuidad es muy importante. Esos señores que a nosotros nos parecen tan ridículos, sobre todo el hijo y el nieto, desde el punto de vista patrimonial del Estado dan cierta seguridad. Y luego en la Constitución tienen el lema de los tres mosqueteros, el todos para uno y uno para todos, por el colectivismo, etcétera.

Del hijo, Kim Jong Il, leímos muchas caricaturas sobre sus excentricidades, pero también era un líder que llevó a cabo un reparto de poder y luego hay testimonios, como el de Madeleine Allbright, que le definían como alguien “sensato, resolutivo”.

Es una opinión generalizada entre la gente que le conoció. Luego se ha creado la leyenda de que si llevaba tacones, que si le gustaban las películas, que si los peinados. La caricatura se ha fomentado, pero la realidad era otra. Con respecto a las reformas que él hizo, como símbolo de un establishment —que son los excompañeros de su padre en la guerrilla—, para protegerse del hundimiento del Este, creó una configuración absolutamente atípica. Consideraban que la urgencia derivada de la amenaza estratégica era lo prioritario. Para eso cambiaron la estructura típica del comunismo y pusieron al ejército por delante del partido. En eso consistió el reparto de poder.

Durante tu estancia en China, enviaste una crónica en la que hablabas de que era una ventaja para este país no tener democracia porque se libraba de las políticas cortoplacistas derivadas de las legislaturas de cuatro o cinco años.

Aquí podríamos hablar de las ventajas de la dictadura, para formularlo en términos crudos. El concepto dictadura contiene realidades muy diversas y muchos matices. Hay dictaduras 100% nefastas, hay dictaduras que económicamente son eficaces y, muy pocas, políticamente menos impresentables. Hay muchos matices y en Occidente tendemos a obviarlos. En Oriente Medio el sistema iraní es superior considerablemente al catarí o el saudí. Hay mucha más libertad, mucho pluralismo, muchos más derechos para las mujeres, más respeto para las minorías, judíos incluidos. Pero esto lo desconoce el lector de diarios.

Por eso cuando hablamos de dictadura vale la pena enfocar de qué estamos hablando en un país concreto. Estoy de acuerdo en que la dictadura china, con todos sus inconvenientes —como la falta de pluralismo, que tiene repercusión en la corrupción, imposibilita el oxígeno a la sociedad civil, todo lo que ya sabemos—, tiene una cierta capacidad de programar y planificar. Con la crisis que estamos viviendo en Occidente, donde la política está siendo controlada por la economía, la financiera concretamente, en China la gran superioridad que tienen es que es la política la que sigue gobernando a la economía. Esto les da una capacidad de previsión y continuidad, en el sentido de que no tienen la esclavitud de las elecciones a cinco años vista. Piensan en generaciones. Los gobiernos continúan la labor del anterior, con las rectificaciones que el anterior ha apuntado. Esto es así.

También China es un país, dijiste, rodeado por un cerco militar, para el que el 11S fue una bendición porque la atención se apartó ligeramente de ellos, que ya habían recibido un misil en su embajada en Belgrado durante el bombardeo de Yugoslavia.

La relación de Estados Unidos con China es ambigua, ambivalente. Por un lado son socios económicos, cada vez más socios en el terreno internacional, porque no se pueden tomar muchas decisiones sin contar con China, y al mismo tiempo está el reflejo del imperio dominante, hegemónico, una de cuyas tareas principales es impedir que surjan competidores o potencias alternativas a su gobierno. Entre estos dos polos se mueve la política americana, por un lado coordina aspectos económicos, por otro está creando un cerco militar alrededor de China. Empezó con Bush, pero se ha recrudecido clarísimamente con Obama, que profundiza en la idea de que China está creciendo demasiado y hay que tener sus vías de comercio en un puño, y sus vías de aprovisionamiento energético lo más amarradas posible.

Ahí está la intervención en África que está creciendo. La crisis siria, la de Irán, que es el máximo suministrador de gas y crudo a China. Todo eso forma parte de la misma jugada. No digo que China justifique toda la política mundial, pero es inevitable relacionar todo lo que está ocurriendo en África con China. Su presencia allí es exitosa políticamente. En otros aspectos es restrictiva y agresiva con el medio ambiente, pero tremendamente benévola porque no exige condiciones a las dictaduras africanas, y también hace cierto trabajo o desarrollo positivo. Sobre todo su máxima bondad es que para los países africanos abre la posibilidad de vender sus minerales a unos o a otros. Antes tenían un solo comprador.

Este cerco militar es muy significativo. El conflicto de Corea del Norte está también dentro de este contexto. Y los conflictos con Japón, disputas territoriales en el Mar de China oriental, con Vietnam, con Filipinas. Todo esto sube de tono desde el momento en que está dentro de un corsé de alianzas militares americano.

No obstante, apuntas que la mayor amenaza que sufre China es la del cambio climático.

Esto es una amenaza para ellos y para todos. Lo que quiero decir es que China es el país que personifica la crisis de una forma más extrema por su relación entre población y recursos. Hablábamos antes del canario de Corea del Norte, eso es una analogía mundial también. En el sentido de que el desarrollo chino se basa en el consumo desmesurado de recursos fósiles, que se van a acabar, y hay que buscar una forma de desarrollo sostenible y ecuánime. Pero ese es el problema de la humanidad en el siglo XXI.

Aunque sí, los datos que manejé en mi libro relativos al cambio climático eran muy oscuros para Asia y para India porque la desecación y los glaciares del Himalaya menguantes son los que alimentan los grandes ríos de Asia, eso ya está estudiado en el plano de las previsiones. Menos agua es menos rendimiento agrícola. Se habla de un 30% de caída de los rendimientos agrícolas que tiene repercusión sobre centenares de millones de asiáticos. Es un fenómeno global que en Asia, por su concentración de población, puede ser complicado. Hablamos de Pakistán o Bangladesh, son países que pueden tener problemas muy serios. Y en un mundo interrelacionado, los problemas de esos países afectarán al humor del planeta.

¿Cuál es su relación entre población y recursos?

Es la proporción entre lo que ellos llaman mucha gente y poca tierra. China es un país superpoblado y tiene que dar de comer a mucha gente; un país que tiene recursos limitados y cuyo gran acierto ha sido regular la urbanización. No ha sido la barra libre por la que todos los excedentes del mundo agrario acudieran a las ciudades sin ton ni son. No ha sido como ocurriera en Nigeria o en India, o en Brasil, con los problemas de las megaurbes. China es el único país del mundo en desarrollo que no tiene los cinturones de miseria habituales en las ciudades de estos otros países. Ha sido así porque ha habido una regulación autoritaria del proceso de urbanización, que se basa en retener al campesino en la tierra. Con cupos. El resultado ha sido una organización general mucho más ordenada, compatible con un programa de construcción de viviendas y una situación en el campo mucho más desahogada que en India, por ejemplo.

Y la clave aquí es Mao. Su sistema de tenencia de tierra, que es colectivo, privado o una cosa mixta, en el que lo que está claro es que cada uno tiene el trozo de tierra que necesita para subsistir. Eso crea una retaguardia para todo ese proletariado nuevo que ha acudido a las ciudades, pues, en caso de crisis, gran parte de ellos tienen la posibilidad de volver al pueblo y no morirse de hambre. Yo creo que China, aunque suene muy fuerte, es de los países mejor gobernados del mundo. Si uno atiende a las enormes dificultades que tiene el gobierno de China, dificultades objetivas de recursos, de enorme población, desde ese punto de vista es un país bien gobernado, lo cual no quiere decir que no cometan errores.


Puedes abundar en la importancia de Mao.

Mao defendió una restauración de China. Era el país más poderoso del mundo y perdió su estatus por razones en las que no vamos a entrar. Se convirtió en una nación sometida, crucificada, violada por las potencias extranjeras que vinieron de ultramar, que eran muchísimo más poderosas y que evidenciaron su retraso. La última China imperial intentó hacer toda una serie de reformas como en la Rusia zarista para ponerse a tono, para no estar absolutamente apartados de la historia y no ser objeto de la rapiña de otros. Pero fracasaron las reformas en Rusia y fracasaron las de la última China imperial, que terminó con una guerra civil y una intervención extranjera.

Mao fue el hombre que al final resolvió esto. Unificó el país, unificó un desarrollo alternativo a todo aquello que no había funcionado en los últimos 150 años y puso a China en pie. Además, Mao tuvo una repercusión en los movimientos de liberación de todo el mundo. Mao fue un revolucionario, un Stalin y Lenin juntos, y al mismo tiempo fue también un déspota oriental, acabó siendo una especie de emperador.

También con él tuvieron la mayor hambruna del mundo en el Gran Salto Adelante. Se puede discutir cuánto tuvieron que ver las catástrofes naturales o el hecho político, pero es algo que está ahí. Tuvieron varias decenas de millones de muertos y hay que tener mucho cuidado. Pero con el balance general, si miramos con quién se puede comparar China, el país más acorde es India. Esos 40 o 50 millones de muertos del Gran Salto Adelante, en India se produjeron por pobreza y hambre. ¿Cuál ha tenido más éxito de los dos? Es un debate abierto. China está muy por delante en muchas cosas. India tiene pluralismo político, es un país complejísimo y tiene una democracia al mismo tiempo, pero eso no impide todo tipo de barbaridades, no noticiadas por cierto, del mundo agrario, que en China sí son noticia. La explicación oficial china es que Mao tuvo un 70% de influencia positiva y un 30% negativa. Yo no lo sé, es muy complejo. Pero un hecho es indiscutible: Mao está en el origen de la China de hoy, a la que se da como exitosa.

Dices que Mao optó por la economía planificada porque era el modelo más exitoso de crecimiento cuando él tomó el poder.

Esa es la pregunta sobre qué es el comunismo chino. En Occidente nos la solemos hacer en términos muy ideológicos, que nos llevan a esas combinaciones estrambóticas del capitalismo rojo. Si nos planteamos la cuestión desde el punto de vista de las sociedades en desarrollo, la argumentación es seguramente mucho más clara. En estos países tan retrasados el comunismo fue una solución al problema del desarrollo, de salir del hoyo.

En el caso de China, se inspiraron en lo que había en el mercado de las ofertas en desarrollo. Es decir, en los años 30 parecía que el estalinismo era una cosa que funcionaba muy bien. Tenía un tempo de desarrollo, y ahora hemos sabido que desigual y con muchas contradicciones, con una represión de narices, pero crecía más rápido que el resto. Y entonces los chinos compraron aquello. No digo que exentos de ideología, pero la preocupación fundamental del comunismo chino era salir del agujero. Y el agujero era: pobreza, intervención extranjera, sometimiento. En fin, eran cosas muy claras. Eso explica ese ansia, esa prioridad del desarrollo, de crear una nación rica y próspera. Ese era el contenido real del comunismo chino. Eso explica que ese imperativo justifique 30 o 40 años después una operación aparentemente inversa, comprar la economía de mercado. Pero el impulso a finales de los 70 era exactamente el mismo que en los años 30, desarrollar.

Desarrollo con explotación. En tu libro comentas que las leyes laborales son papel mojado por la pugna de las diferentes regiones por atraer inversión.

Es uno de los muchos problemas que hay en China. Porque este país es un mundo, hay un Gobierno central que más o menos gobierna, pero cuyos impulsos muchas veces se pierden en la enormidad del país, en sus múltiples Gobiernos locales. Cada provincia es un Estado. Sichuan tiene más habitantes que Alemania, más de 80 millones. Tiene sus propias lógicas y sus propios intereses de poder. Cada provincia tiene su estrategia.

600.000 muertos al año por estrés o extenuación en las fábricas.

La cifra ahora me pierdo un poco en ella. Pero China es la fábrica del mundo y hay mucha explotación. Es evidente. Así se construye el iPad y estas cosas. Exactamente lo mismo, o un poco peor, ocurre en Bangladesh, o en India o en todo el mundo en desarrollo. Lo que pasa es que otra vez no es noticia allá. En China sí, porque nuestra crítica a la explotación es muy selectiva y muy ideológica. Como China es vista como un país adversario, por la adscripción ideológica del comunismo, se tiende desde Occidente a denunciar lo que es norma del capitalismo en todos estos países e incluso en casa, en nuestra casa, y ahora cada vez más.

Ellos dicen que lo que oprime, lo que aprieta al trabajador chino, son los precios a la baja de los clientes extranjeros.

El capitalismo es explotador por definición, el chino también, no hay ninguna posibilidad de embellecerlo. Lo que pasa es que la manufactura china es muy subalterna, es decir, gran parte de lo que se produce en China son empresas occidentales establecidas allí. Creo que el 50% de la exportación china a Estados Unidos era de empresas estadounidenses que fabrican en China. Todo está muy interrelacionado. ¿Quién tira de las cuerdas de esa explotación? Creo que en primer lugar el capitalismo central y en segundo lugar el capitalismo periférico, donde está China, dentro de esta estructura.

En tu libro citas casos de huelgas que han llegado a buen fin, han mejorado las condiciones de los trabajadores. Pero, ¿qué proporción hay entre protestas con éxito y fracasos que se saldan con muertos y presos?

Es difícil de valorar, hay muchas revueltas que terminan en injusticias y fracasos para la comunidad. Pero el hecho de que a los dirigentes de provincias o distritos no les convenga el disturbio, determina que ellos intenten que las revueltas no se produzcan y que traten de cortarlos antes de que se gesten. Existe la lucha de clases, los de arriba que están robando y los de abajo que son robados. No hay vuelta de hoja. Pero sí hay huelgas que amortiguan las cosas.

El Gobierno de China es un despotismo benevolente, digamos. No tiene pluralismo político, con realidades de espejismo muy crudas, y al mismo tiempo es un sistema abierto que se considera imperfecto. Todas las lacras que tú y yo podemos enumerar sobre el régimen chino, como tortura, falta de pluralismo, corrupción, toda la lista que podamos hacer, los gobernantes chinos las reconocen y las consideran un defecto a mejorar. Esta mentalidad, esta apertura, no es la solución a los problemas, pero cuando un Gobierno no se considera perfecto quiere decir que la posibilidad de resolverlos está como mínimo abierta. Aunque eso no significa que lo vayan a resolver. El problema del pluralismo es muy grave y genera mucha corrupción. Se insiste en que se necesita un poder judicial independiente que pueda juzgar a un político. Al final allí todo se resuelve con golpes de fuerza. Pero sí que hay un propósito de buen gobierno, eso que en otras dictaduras desarrollistas no se ve. Un esfuerzo de buen gobierno que viene en gran parte de la tradición confucionista de que al poder llegan los mejores, como en una gran selección.

Describes que su cultura de gobierno es la meritocracia, gobernar como forma de evitar conflictos junto con prudencia, experimentación y racionalidad propias de quien carece de prejuicios religiosos.

Son los rasgos generales, no es una receta para el éxito, pero evita muchos fracasos. Desde el año 98, el de la crisis asiática, en Pekín se dice: “Cuidado, que dependemos demasiado de las exportaciones, hemos de ir a un desarrollo más diversificado, aprovechar nuestro mercado interior, si hay un enfriamiento global nos vamos a quedar con el culo al aire”. Desde entonces, buscan la cohesión social, lo que significa desarrollar el mercado interno: tener una población capaz de consumir, una población pobre no es capaz de consumir, ¿no? tiene que haber un enriquecimiento más general. Obviamente la prosperidad general es el objetivo de cualquier Gobierno en teoría, pero del Gobierno chino en especial. En la práctica es evidente que hasta ahora lo que ha habido es el enriquecimiento de unos y muchas veces a costa de los otros.

                                     

Un dirigente, el primer ministro Wen Jiabao, dijo: “El desequilibrio entre el desarrollo económico y el social es como un hombre que camina con una pierna más larga que otra”. Dices en tu libro que mientras la prensa de Wall Street alertaba de que China tendría problemas por “malos créditos” o el “fardo de las empresas estatales”, los chinos vieron que su problema era de “falta de socialismo”, de “gasto público en asistencia primaria de la población”.

Esto lo dijo a raíz del brote de SARS (una neumonía atípica). La epidemia lo que demostró es que la estructura de seguridad social sanitaria china estaba en ruinas. En la época de Mao tenían un sistema sanitario precario, pero generalizado. Con la, digamos, privatización, con el desarrollo de mercado, todo esto se perdió y no se construyeron estructuras alternativas. El resultado ha sido que la mayoría de población no tenía cobertura sanitaria. El SARS evidenció la necesidad de construirlo. Y eso empalma con la necesidad de disponer de un mercado robusto, capaz de consumir y afirmar un desarrollo más sostenible. O sea, que todo está relacionado. Ahora, cuando ven que sus grandes mercados exportadores de Europa y Estados Unidos están tambaleándose, ellos son más conscientes que nunca de la necesidad de diversificar su apuesta, de no poner todos sus huevos en la exportación.

Actualmente, se proponen crear un sistema de seguridad social general para el año 2020. En la época en que estuve ahí, la sanidad se prestaba mediante un sistema mixto de cotizaciones de trabajadores, aportaciones del Estado, las regiones y las provincias. No sé en qué estado se encuentra ahora, pero me consta que la conciencia de dinamizar ese sector es muy amplia. Y se ha comprobado con la intención de aumentar salarios en la manufactura china.

Pasemos a tu corresponsalía en Moscú. Siempre hablaste maravillas de Gorbachov.

Es inevitable hablar bien de él. Lo primero, porque fue el hombre que acabó con la guerra fría. Esto era una mala relación, un mal. Situaba el peligro de una confrontación nuclear, no digo que este peligro no exista hoy, que en algunos aspectos está hasta más descontrolado, pero aquello era realmente una gran amenaza. Basta recordar la crisis de los misiles de Cuba, que estuvimos a un tris de una conflagración suicida.

Gorbachov quería un socialismo democrático. Un producto de los años 60 o 70, que se demostró que en los años 80 y 90 era inviable en estos países. Cuando intentó reformar, se hundió todo. ¿Fue responsable del derribo? Sí, porque un buen hombre de Estado lo tendría que haber previsto, pero eso es muy fácil de decir ahora. Profecías del pasado. Entonces, con el caos de la situación, era muy difícil.

En Gorbachov, desde el punto de vista de la historia rusa, hay un aspecto fundamental. Recibió el poder absoluto, era secretario general del PCUS, y fue el primer zar ruso que en lugar de acumular más poder, en buena lógica del poder moscovita, en la tradición milenaria moscovita, lo hizo al revés. Transfirió su poder a cámaras representativas. Eso supuso un cambio histórico en la lógica de poder rusa. Y supone un cambio de paradigma para la nación. Cambio que todavía no se ha comprendido del todo, el poder sigue la senda de la autocracia. Si bien el actual poder ruso no es el de la autocracia comunista, no es una autocracia plenipotenciaria como antes, sí que es un poco mejor. Al mismo tiempo, económicamente, han surgido muchas contradicciones y problemas nuevos que en parte invalidan lo ganado. Así es la historia, que no avanza lineal.

Diste la exclusiva mundial el día en que te colaste en el avión que fue a buscar a Gorbachov a Crimea tras el golpe de Estado de 1991.

Nos colamos varios periodistas en ese avión. Fue en el contexto del día 21 o 22 de agosto, en Moscú, que había una confusión total, con caos circulatorio, los tanques retirándose de las calles. Entonces salió un avión a Crimea para ir a buscar a Gorbachov. Yo tuve la “genial intuición” de ir a ese aeropuerto y subirme en ese avión. La escalerilla estaba rodeada de militares y periodistas y, por una serie de circunstancias extrañas, mágicas, me colé. No sé aún cómo. Pero eso me dio acceso a cubrir en directo el cautiverio y la liberación de Gorbachov, que llevaba tres días secuestrado por la pseudojunta que había tomado el poder en Moscú. Entonces fue una exclusiva mundial porque de los tres periodistas que fuimos, y ese fue el tercer milagro, solo yo tuve la suerte a las tres o las cuatro de la madrugada de poder llamar por teléfono desde el aeropuerto. El teléfono era internacional, cosa rarísima en la URSS, pero en el aeropuerto de autoridades los había. Pude llamar a La Vanguardia, decir que teníamos un notición. También tuve la suerte de tener a un redactor de guardia muy competente y la suerte de que la estructura de La Vanguardia daba de sí para cambiarlo todo y sacar otra portada. Los otros dos no pudieron hacerlo, uno era de France Press y otro del Guardian. Los rusos que había no contaban porque la prensa salía el día después, a otro ritmo. Pero fue todo un golpe de suerte, lo digo sin falsa modestia, es una cosa que a mí me pareció una cojonada. Luego tuvo gran repercusión, el gran éxito periodístico de Rafael Poch, pero esto a mí me parece completamente secundario. Fundamentalmente fue una cuestión de suerte.

La reforma de Yeltsin te pareció desastrosa.

La reforma rusa de Yeltsin fue un despropósito manifiesto que contaba con el consentimiento y el aplauso de toda la élite occidental. El Economist y el Financial Times estaban diciendo cada día qué bien lo estaba haciendo Rusia y qué mal lo estaba haciendo China (risas). Cuando los resultados eran escandalosos por discrepantes. Fue una sucesión de despropósitos desde el principio, liberalizar los precios cuando ni siquiera Rusia tenía el control del Banco Central… Cuando se disolvió la URSS hubo 16 centros emisores de rublos. Cada república soviética emitía rublos. Tú no puedes liberalizar en Rusia cuando al mismo tiempo tienes tipos en Kazajistán, por ejemplo, o en otras repúblicas que van imprimiendo billetes. Fue un error de primer año. Pero los Jeffrey Sachs, losRichard Layard, todos estos gurús del Reino Unido, de Estados Unidos, decían que estaba todo cojonudo. La privatización fue simplemente abrir un pastel económico muy suculento por las materias primas a toda una serie de tipejos, que se precipitaron sobre ellas. Muchos eran exfuncionarios, o vinculados a la nomenclatura, y simplemente se reciclaron socialmente. De ser una clase política administrativa, administradora de un patrimonio que no poseía, pasaron a ser una clase en el propio sentido capitalista del término, propietaria, plenipotenciaria. En 1936 hay una cita de Trotski sobre este fenómeno que es extraordinaria por lo profética: “El privilegio solo tiene la mitad del valor si no puede ser transmitido por herencia a los descendientes, es insuficiente ser director de un consorcio si no se es accionista”.

En 1993, te quejaste de una gran tergiversación en toda la prensa. Cuando Yeltsin bombardea el Parlamento, se dio a entender que esa cámara era “soviética”, comunista, de antiguo régimen, cuando en realidad había sido elegida democráticamente.

En el año 93, con Rusia ya sin la URSS, el país había heredado de Gorbachov el primer parlamento plenamente electo de la historia de Rusia. Subrayo lo de plenamente electo, porque así como el parlamento soviético creado por Gorbachov fue una mezcla de diputados elegidos y otros designados corporativamente —los sindicatos, las organizaciones de mujeres, el partido tenía un cupo de diputados establecidos— en las elecciones rusas, que no soviéticas, del año 90, fue todo plenamente electo por la población por primera vez en la historia de Rusia. Pero se presentó la pelea que hubo entre el ejecutivo, la presidencia de Yeltsin y este parlamento como una pelea entre un presidente democrático y un parlamento comunistoide que no había sido elegido por procedimientos homologables. Esto era una mentira objetiva repetida en todos los medios de comunicación de una forma escandalosa. ¿Por qué Yeltsin era más democrático? Era exmiembro del comité central, del PCUS, ¿era más democrático que el presidente del parlamento ruso, Ruslan Jazbulatov? Fue todo una cuestión de geopolítica, de apoyar a nuestro hombre en Rusia. Occidente entendió con buenos motivos que Yeltsin era su hombre y demonizó a aquel parlamento en el que había fuertes impulsos de corregir la política económica, controlar la privatización y regresar a un estatismo ruso, una economía más planificada, etcétera. Fue una manipulación muy clara y muy lógica. Y no me quejo solo en el caso de Rusia, en general la información de nuestro mundo funciona muy mal por razones en las que no voy a entrar.

Luego, en las elecciones de 1996, hubo fraudes para que no ganaran los comunistas.

Sí, esas elecciones probablemente las ganaron los comunistas. Hubo pucherazo, como siempre, con el beneplácito de los medios de comunicación occidentales, que presentaban a esos comunistas en una línea como la del año 93, como el viejo régimen. En realidad este partido defendía más estadismo, más cuidado a la dimensión social de los cambios y en política exterior romper con la línea de ser lacayos de EE. UU., que es lo que Yeltsin apuntaba. Al mismo tiempo, los comunistas rusos que sobrevivieron a la reforma de Gorbachov eran y son un partido que yo lo definiría en un 80% nacionalista y en un 20% social. Como alternativa de poder eran poca cosa. En cambio, como espantajo eran muy buenos (risas). Porque la gran jugada de Yeltsin era aparecer como: “Yo, que soy un impresentable, que acabo de hacer esta reforma que ha dejado completamente empobrecidos a los jubilados y tal, soy malo pero soy la alternativa a estos, que son unos pasados de moda, nostálgicos de la URSS”. Entonces el gran público ruso, con ayuda del bombardeo de los medios de comunicación en manos de tan solo una de las opciones, que tenían un monopolio escandaloso de la campaña electoral, pensaba que a Yeltsin no había por donde cogerlo, que les estaba haciendo las cosas bastante difíciles, pero que tanto como volver a la URSS, pues no. Encima, con las técnicas estas de cocinar a la opinión pública ni siquiera se ganaban (risas), había que hacer un pucherazo.

¿Qué representa Putin años después?

Fue nombrado por Yeltsin. Era un agente del KGB, pero no de la inteligencia o del espionaje, sino un funcionario muy pedestre en Dresde. Aunque era un hombre con cierto espíritu de cuerpo, con cierta rectitud y amoldado a los tiempos. Trabajaba para el alcalde de San Petesburgo, un neoliberal extremo, y Yeltsin se fijó en él en ese contexto. Por un lado, un guardia civil, por otro, el machaca de un neoliberal. Yeltsin era consciente de que tenía que haber hecho lo que hizo, destruir el viejo sistema, esa era su mentalidad, pero también era consciente de que había sido un desastre considerable y había que poner cierto orden. En esa reflexión Putin encajaba con las dos cosas. No iba a volver atrás, era la garantía, no iba a intentar reconstruir el viejo régimen comunista, pero tenía ciertas cualidades policiales que a lo mejor podía atajar la corrupción y encuadrar un poco todo aquello.

El resultado ha sido ese. Putin, una vez más, el malo de la película, ahora frente a Dmitry Medvedevsimplemente porque es más estatista e independiente en la esfera internacional, intentó poner cierto orden o por lo menos hizo un pacto con esta clase capitalista oligárquica, en el sentido de que estos millonarios no tenían que actuar contra la voluntad del Estado: “Podéis seguir siendo millonarios, pero hay ciertas esferas y decisiones estratégicas que no podéis traspasar. Por ejemplo, no podéis disputar el poder del presidente de Rusia y con vuestros millones crear una presidencia alternativa, que es lo que intentó hacer Mijaíl Jodorkovski”. A este magnate por eso lo han mandado a la cárcel. Por eso y vender petróleo o llegar a tratos con los americanos que desmontaban todo el esquema estratégico del Estado ruso. Putin ha intentado poner orden ahí, estabilizando el orden yeltsinista, de capitalismo oligárquico, haciéndolo compatible con cierta supervivencia del Estado ruso.

Este nuevo régimen ha devenido en una población envejecida con profundas desigualdades sociales. ¿Tiene solución de continuidad?

Me quedo con lo segundo. La población envejecida tiene que ver con la política social, si tienes una política de familia como los franceses tendrías la demografía correspondiente. Pero es un país donde no hay esperanza. Hasta los ricos tienen la mentalidad del “deprisa, deprisa” que esto no va a durar. Por eso compran cosas en el extranjero, todos tienen su retaguardia cubierta. Hay un poco la mentalidad de que va a haber una revolución y todos tendrán que salir por piernas. Este nivel de desigualdad se acerca a lo latinoamericano. Pero en Rusia es muy contradictorio porque lo que puede funcionar en Guatemala no puede funcionar en un país como este que tiene un nivel de instrucción comparable a los más altos de Europa occidental. Hasta ahora esa desigualdad y ese escarnio ha sido tolerado por cierta pasividad de los rusos, cierta mentalidad de mejor que no nos revolucionemos que puede ser peor, como pasó en el 17. Pero a largo plazo, conforme crezcan las nuevas generaciones, esa mentalidad evolucionará. De hecho ya está ocurriendo. Una noticia que me llamó la atención fue que en el último Festival de Cine de Berlín, las últimas películas que han llegado de Rusia son de marcado carácter social. Una, Za Marksa (Por Marx) de Svetlana Báskova, que narra las vicisitudes de unos trabajadores que intentan montar un sindicato y son literalmente machacados por los empresarios. Y la otra, Dólgaya Schastlívaya Zhizn (Una larga y feliz vida) de Boris Jlébnikov, cuenta los problemas del presidente de lo que queda de una granja colectiva que va contra la voluntad de unos magnates interesados en la tierra que cultivan y también es apartado y machacado. Esto es una novedad en Rusia.

Últimamente, desde hace un par de años, hay protestas, que no me parecen significativas porque todavía son protestas moscovitas, urbanas. Quieren un capitalismo sin las trabas que el “Estado putiniano” les está poniendo; quieren regresar a la libertad omnímoda de la época de Yeltsin. Con todo, lo que me parece es que un día u otro aparecerán movimientos sociales y será entonces cuando tengamos que hablar en serio sobre Rusia, porque puede haber un hundimiento político a cinco, seis o siete años vista, a menos que el régimen consiga cambiar, que es muy difícil.

Fuente: http://www.jotdown.es/2013/04/rafael-poch-china-aunque-suene-fuerte-es-de-los-mejores-paises-gobernados-del-mundo/

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