sábado, 27 de julio de 2013

El mito de Tiananmen

La represión armada del movimiento cívico chino de junio de 1989, sigue siendo tragedia y tabú en China. Año tras año, su conmemoración repite tópicos que no se sostienen a la luz de los nuevos documentos desclasificados. Es el mito de Tianamen.

Dieciséis años después, lo que se conoce como la ¿masacre de estudiantes de la Plaza Tiananmen¿, reúne todos los elementos del mito periodístico más vulgar. Se sabe que la violencia no fue resultado de una voluntad manifiesta de las autoridades chinas por derramar sangre, que la gran mayoría de las víctimas no fueron estudiantes, y que en la propia plaza no murió nadie.

Según los documentos de la Agencia Nacional de Seguridad de EE.UU. (NSA), los enfrentamientos comenzaron el 2 de junio con el incendio de coches gubernamentales y la multitud arrojando, piedras botellas y cócteles Molotov contra destacamentos del ejército inicialmente desarmados.

Siguieron enfrentamientos caóticos el día 3, cuando el ejército intentaba acercarse al centro de la ciudad. Los documentos de la embajada americana en Pekín, hoy desclasificados por el Departamento de Estado y accesibles, al igual que los testimonios de testigos presenciales, dejan claro que no hubo muertos en la Plaza Tiananmen, y que casi todos los estudiantes que se habían manifestado allí durante semanas abandonaron el lugar en la madrugada del 4 de junio.

El ejército Popular de Liberación, no disparó directamente a los estudiantes concentrados alrededor del monumento a los mártires, del centro de la plaza, dice un documento. Las violencias del día 4, explica, se registraron, cuando grandes multitudes se enfrascaron en batallas (sic) con las fuerzas armadas y las columnas blindadas en las grandes intersecciones de las avenidas Fuxing y Changan. Los documentos citan también, batallas entre tropa y ciudadanos al sur de la Plaza Tiananmen. Esos enfrentamientos, continúa, fueron los que provocaron gran numero de bajas al disparar las tropas directa e indiscriminadamente contra la ciudadanía.

Puede llamar como quiera a todo esto; una revuelta, una mini guerra civil en la que las tropas se imponen sobre insurgentes desarmados, pero no es una masacre deliberada de estudiantes inocentes, dice Gregory Clark, un veterano orientalista y ex diplomático australiano, según el cual el imputar a los gobiernos chinos cosas que no hicieron, o presentar lo que hicieron de la forma mas adversa para su reputación, tiene una larga tradición.

Ingrediente fundamental de la crisis fue la ausencia de medios antidisturbios, el instrumento para estas situaciones en las sociedades modernas, que fue suplido, primero por militares desarmados, y luego, cuando estos resultaron impotentes, por divisiones acorazadas con fuego real disparando contra todo lo que se movía.

En los regímenes comunistas, desde la revuelta de Berlin Este de junio de 1953, la ausencia de este tipo de recursos convirtió en matanzas simples operaciones de desalojo. El mismo año de los sucesos de Pekín, en la Urss ocurrieron cosas parecidas en la capital de Georgia, Tbilisi, en abril de 1989, y nueve meses después en la de Azerbaidján, Bakú.

Para Clark, si el régimen chino puede ser criticado, es, sobre todo, por el ¿trasfondo general de la violencia¿ vinculado a la historia de China de los años sesenta y setenta; los años de la demencial Revolución Cultural y de opresión política, que crearon un empobrecido y sórdido subproletariado a la espera de cualquier excusa para lanzarse a una violencia antirégimen. ¿El intento de suprimir la protesta dio la excusa a ese colectivo¿, dice, este observador.

Respecto al numero de muertos, el portavoz chino, Yuan Mu citó unos 300¿ en una conferencia de prensa celebrada el 7 de junio de 1989. El día anterior, el número dos del partido, Li Peng, había citado ante el Politburó la siguiente cuenta; 223 muertos (36 de ellos estudiantes, 23 soldados y policías), 200 soldados desaparecidos y 7000 heridos, de ellos 5000 soldados y 2000 ciudadanos. Los documentos americanos estiman, probablemente sobre el millar, lo que no impide que todavía hoy se hable de miles y decenas de miles en los medios de comunicación, sin la menor evidencia.

La presencia de un movimiento que no solo pedía democracia a la occidental, sino que protestaba por gran parte de las consecuencias de la reforma de mercado; desde la creciente corrupción, hasta la desigualdad y la perdida de capacidad adquisitiva para la mayoría de los habitantes urbanos (entonces la prosperidad se localizaba, sobre todo, en el campo, todo lo contrario de hoy), se ha perdido de vista por completo, aunque ese es, seguramente, el escenario con más futuro en la China actual. El movimiento social, fue el gran tema que la mayoría de nosotros perdimos de vista o subvaloramos, y es difícil encontrar a un periodista que no contribuyera a esa distorsión, dice Jay Mathews, entonces jefe de la oficina de The Washington Post en Pekín.

La masacre de estudiantes, tampoco fue en defensa del comunismo, entendido como ideología de reparto y nivelación social. En realidad sus consecuencias se parecieron más a un golpe neoliberal, a juzgar por la amplia reforma de mercado a la que la violencia abrió paso, y que hoy convierte a China en un país de grandes desigualdades, explica el historiador Wang Hui, que entonces era un estudiante implicado en el movimiento y hoy su mejor analista.

Verdaderas masacres de estudiantes, las hubo en Ciudad de México, en 1968, en Tailandia, en septiembre de 1973, y de nuevo en octubre de 1976, o en la ciudad surcoreana de Gwangju en mayo de 1980. Todas esas operaciones estuvieron diseñadas desde el principio para aplastar directamente una rebelión. No hubo intento previo de dialogo, negociación ni titubeos: los estudiantes fueron rodeados y masacrados a centenares, sin más, pero los gobiernos de esos tres países continuaron gozando de apoyo occidental, a diferencia de China, que recibe sanciones y condenas dieciséis años después de los hechos.

En China hubo una situación mucho más matizada que en aquellos países. Su gobierno practicó un diálogo con los dirigentes estudiantiles, en algunos casos con humillación de las autoridades, propuso concesiones, el Partido Comunista se dividió ante el dilema de qué hacer, y cuando la decisión de reprimir se tomó, la instrucción del Politburó fue evitar la sangre a toda costa. Todos estos aspectos, que un proceso penal serían claros atenuantes, han sido ignorados durante 16 años. No cambian el fracaso y el desastre que aquella situación representó, pero sí su calificación.

Fuente: http://www.lavanguardia.com/internacional/20050603/51262809878/dieciseis-anos-despues-la-realidad-toma-el-relevo-al-mito-en-tiananmen.html

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