sábado, 24 de agosto de 2013

Final de Breaking Bad

Yo soy Ozymandias, rey de reyes:
¡Contemplad mis obras, oh poderosos, y desesperad!
(Ozymandias, Percy Bysshe Shelley, 1818)



Dentro de ocho capítulos comprobaremos si Breaking Bad cristaliza como una de las tres mejores series de la historia de la televisión. Clausurar con brillantez esta salvaje huida hacia adelante no se antoja fácil, pero Gilligan y cía han dado sobradas muestras de que saben cómo manejar la nitroglicerina narrativa que tienen entre manos.

Sin embargo, ahora que se acerca el final de la metamorfosis de Walter White, tan relevante como el cierre narrativo es la «clausura moral» del relato. Ambas están entrelazadas, como es lógico. Porque desde aquel encontronazo con Jesse y aquella primera «cocinada» de cristal —medio en pelotas, ahumando el desierto de Nuevo México—, Breaking Bad se ha caracterizado por levantar una serie gravemente moral. De esas que estampa al espectador contra el muro de su conciencia una y otra vez. Pocas teleficciones nos han obligado a asomarnos al abismo de la naturaleza humana con tanta intensidad… y hacernos disfrutar con las vistas.

El hombre, el mal y unos antihéroes a los que adoras. Empatía, lo llaman. Quizá el primer Dexter, el inefable Tony Soprano o la impresionante cabalgada de The Shield podrían emparentar con el grado de gris ético que dibuja Breaking Bad. Pero existe una diferencia crucial: al inicio de la historia Walter White es un tipo normal. No un serial-killer domesticado, ni un mafioso con corazoncito patoso, ni un poli tan cabrón como efectivo para contener el crimen en la jungla de asfalto. No. Es un profesorucho que vive con miedo y anda abonado a la derrota:

Doctor, mi esposa está embarazada de siete meses, con un bebé que ni siquiera planeamos. Mi hijo de 15 años tiene parálisis cerebral. Yo soy un profesor de Química extremadamente superdotado. Cuando puedo trabajar hago 43.700 dólares al año y, sin embargo, he visto como mis colegas y amigos me han superado en todo lo imaginable. ¡Y en 18 meses estaré muerto! ¿Y me pregunta por qué huir? (Bit by a Dead Bee, 2.3.).

Esa confesión de Walter ante el psiquiatra —formaba parte del pretexto para acreditar su ausencia tras ser secuestrado por Tuco Salamanca— marca bien la primera clave empática del relato: el espectador se pone del lado de Walter White porque es una víctima. Revisar el capítulo piloto —una experiencia muy enriquecedora con la perspectiva que otorga ahora toda la serie— sirve para recordar por qué el personaje interpretado por Bryan Cranston genera tanta identificación.

Cinco temporadas y un capazo de cadáveres después, ¿seguimos los espectadores queriendo que Walter White triunfe? Es más: a estas alturas de la guerra, ¿qué entenderíamos por «triunfar»? El propósito de este artículo es intentar explicar cómo los relatos televisivos nos hacen adorar a personajes que detestaríamos en la vida real. Puesto de otro modo: cómo la ambigüedad moral ejerce de motor narrativo y qué respuestas (emocionales y morales) demanda del espectador.

Atención: a partir de aquí, ESPOILERS de las cinco temporadas de Breaking Bad.

La posmodernidad es antiheroica, el cable también

En primer lugar, hay un asunto ideológico: la posmodernidad cultiva el antiheroísmo. Hay un humus intelectual —certezas blandas, relativismo rampante— que provoca que las nociones de Bien y Mal estén proscritas, de modo que al heroísmo le ha pateado el culo el cinismo. Se ha convertido en mainstream un ambiente intelectual pesimista, derrotista y autoflagelante que también ha salpicado a las ficciones audiovisuales de calidad. Con un añadido empresarial: la televisión por cable siempre ha querido diferenciarse de las networks tradicionales.

Esto, como ya se ha explicado hasta la saciedad, ha generado un círculo virtuoso donde la competencia ha espoleado la vitalidad artística y la fecundidad estética. Si la HBO dinamitó la «escala tradicional de valores» con Los Soprano y Deadwood, Showtime siguió su grupa explorando ese modelo del antihéroe simpático con un Dexter Morgan, una Nancy Botwin o un Hank Moody. Si FX demostró que un policía corrupto y criminal o un bombero alcohólico y depresivo podían ganarse el aplauso de la audiencia, AMC surfeó la misma ola con Drapers, Whites y demás vecinos de enfrente. Es decir, se han entremezclado elementos ideológicos y empresariales para generar una determinada constante temática en la narrativa serial.

Esto es inédito. Hace 20 años había (no tantas como ahora, cierto) series excelentes; sin embargo, el antiheroísmo constituía la excepción, no la regla, en los shows más influyentes. Esto no quiere decir que solo la ambigüedad provoque drama de calidad. Simplemente, la brillantez provenía de otros costados. Recordemos un emblema: Expediente X. Sus protagonistas, cortados por el patrón heroico clásico, amasaban multitud de conflictos internos y externos, pero nunca dejaban de ser personajes positivos; el villano estaba identificado y la corrupción anidaba en las instituciones, no en las almas de Mulder y Scully. En la televisión en abierto ocurre igual: The West Wing, Lost o The Good Wife exhiben personajes repletos de aristas, penetrantes, sí, pero carentes del retruécano moral presente de forma estructural en el cable. Porque ahí, desde Oz y Los Soprano, el antiheroísmo ha sido uno de los rasgos dramáticos más esponjosos y la contradicción interna de los protagonistas una semilla de la que nacen los conflictos del relato. Breaking Bad es, simplemente, la última estación del viaje.

Identificación con el personaje: alineamiento y complicidad

Carl Plantinga, siguiendo a Murray Smith, establece una distinción (Midwest Studies in Philosophy, 2010) que ayuda a entender el juicio moral y las actitudes del espectador hacia personajes como Walter White. Este teórico del cine resalta dos niveles: el alineamiento (alignment) y la complicidad/lealtad (allegiance). Lo primero es «una característica de la película»; lo segundo es una respuesta de la audiencia, provocada por la obra audiovisual.

En primer lugar, explica, nos alineamos con un personaje mediante una «relación espacio temporal» (esto es: el relato nos muestra qué hace el personaje en su entorno) y un «acceso subjetivo» (la narrativa también nos revela qué siente, desea, quiere el personaje). Por expresarlo llanamente: pasamos tiempo con Walter, conociéndole, tratándole, asistiendo a sus dudas y confidencias, convirtiéndolo en «amigo». Breaking Bad está fuertemente focalizada por Mr. White, por lo que seguimos al protagonista en el dolor y la enfermedad, el amor y la amistad, la esfera doméstica y el ámbito criminal.

Sin embargo, la allegiance implica subir un peldaño: el personaje se gana la aprobación del espectador. Es decir, esta complicidad se enraíza en la evaluación que el espectador hace de los rasgos morales de un personaje; como explicaremos en seguida, no conviene caer en el simplismo binario de acciones buenas o malas, puesto que el asunto resulta, por suerte, más engorroso.

Víctimas y empatía

Un personaje dramáticamente rico hará cosas buenas, discutibles, malas, ocres o aguachirladas; la clave de la alianza espectador-protagonistaradica en que en todo momento juzgamos al personaje con cierta benevolencia. Creamos un sistema de valores propio para acercarnos a una historia de ficción. Establecemos, en definitiva, un «pacto moral» diferente. ¿Por qué? Porque la simpatía hacia un personaje no pasa necesariamente por que exhiba un comportamiento éticamente cabal. No.

«Simpatizamos con personajes que están en peligro o deben ser protegidos —escribe Plantinga—, con personajes que sufren o están afligidos o con personajes que sentimos que son tratados de manera injusta». Recordemos que Walter White inicia el relato como un perdedor XXL, un tipo del que hasta sus alumnos se mofan en el lavadero de coches. Un don Nadie. Un mierda. Al que, para más inri, le diagnostican un cáncer atroz. Jesse no le va a la zaga: a pesar de su estampa de pícaro, pronto descubrimos su adicción, la imposible relación con sus padres, su tristeza vital y, por si no fuera bastante, su imán para atraer todas las palizas.

Además, una de las habilidades de los creadores de Breaking Bad es la de hurtarnos, en la primera temporada especialmente, las consecuencias potencialmente brutales de los actos delictivos de Walter y Jesse. Los efectos perniciosos de la metanfetamina apenas asoman la patita; la repercusión del viaje de Walter en su círculo íntimo es nula. Estos actos sin consecuencias facilitan la afinidad inicial del espectador hacia los «nuevos emprendedores», obligándonos a establecer una enrevesada relación con esos protagonistas, un vínculo que germina desde una ética borrosa, con anteojos y sin paracaídas. Porque, claro, la gracia de la serie es convertir a «Mr. Chips en Scarface», según la feliz premisa voceada por el propio Vince Gilligan.


Bajar la guardia

El poder emocional de la imagen en movimiento es gigantesco. La identificación/juicio moral sobre el que estamos reflexionando aquí no se produce solo en el ámbito de la trama, sino que también opera en la forma audiovisual: música contrapuntística, diálogos reveladores, voz en off intimista, ralentizaciones épicas, primeros planos, iluminación simbólica, angulaciones exultantes, interpretaciones magnéticas, etc. El relato audiovisual puede desplegar multitud de recursos formales que nos cogen con la guardia baja y, así, logran nuestra adhesión a tal o cual personaje. Y, como bien ha explicado Noël Carroll (Movies, the Moral Emotions, and Sympathy, 2010), el juicio moral que trazamos en las ficciones audiovisuales está muy condicionado por respuestas emocionales… fácilmente manipulables, por tanto. ¡Si hasta un caníbal como el sofisticado Dr. Lecter es capaz de hacernos tilín!

En Breaking Bad hay un caso paradigmático al respecto. Sentimos mucha más identificación con Walter White que con su esposa Skyler. Por un lado, hay una jerarquía evidente que lo facilita: el primero es el protagonista absoluto, mientras que la segunda es un personaje sabroso, sí, pero secundario. Sin embargo, al escarbar algo más encontramos un reflejo interesante de la inevitable manipulación de la empatía. La segunda —a pesar de estar embarazada y soportar mentiras del tamaño de la catedral de Burgos— ha sido odiada por buena parte del público. ¿Su pecado? Básicamente, pedirle a su marido que le dijera la verdad durante las dos primeras temporadas. Aquí es donde entran en combustión tanto el alineamiento como la complicidad. El giro por fin ha llegado en la quinta temporada, cuando el alma de Walter ya se ha ennegrecido tanto que ha pisado directamente el terreno del maltrato doméstico, en una memorable escena de terror psicológico que acaba con Skyler, desesperada, intentando ahogarse en su propia piscina (Fifty-One, 5.4.). Por fin la percibimos como víctima; incluso nos sorprendemos de habernos puesto tímidamente a apoyar a su equipo.



En el descenso a los infiernos que supone toda la peripecia de Walter White, solo durante esta última temporada se ha empezado a oler a azufre. El diablo ha dejado asomar su rabo en el citado amedrentamiento doméstico, pero también, con mayor hipocresía aún, tras la muerte de aquel niño que pasaba por allí (Dead Freight, 5.5.). Nunca unos silbidos atronaron tanto. Jesse Pinkman descubrió ahí, por fin, que es la careta de hombre la que esconde al monstruo.

Mas, si miramos atrás, descubrimos que Walter White lleva tiempo cabalgando el crimen. Desde el primer relincho. No olvidemos que en el piloto fosfatiza a Emilio y, poco después, ahoga a Krazy-8 con un candado, en una escena de dureza maccarthyana. Más adelante llegará la guadaña para el lunático Tuco (Grilled, 2.2.), la chutada Jane (Phoenix, 2.12.), los dos matones atropellados en Half Measures (3.12.), el pobre Gale (Full Measures, 3.13.) o, ay, la voladura controlada del impoluto Gus Fring y sus dobermans (Face Off, 4.13.). ¡Ahí es nada!

Aun así, con tanta sangre de por medio, siempre hemos apoyado al equipo de Walter. ¿Por qué? Porque el tipo interpretado por Bryan Cranston se nos ha presentado, desde aquel cold open donde grababa una despedida en calzoncillos, como una víctima, logrando que nos solidarizáramos vigorosamente con él. Su transformación es sutil, atestada de salidas de emergencia y, sobre todo, contiene altibajos, dudas, caídas y vueltas a la casilla de salida. Casi duele —y produce melancolía cinco temporadas después— contemplar su agobio, en el baño, mientras se aporta razones a favor y en contra de «liquidar» a Krazy-8 (… And the Bag’s in the River, 1.3.). Escribe en la columna a favor de dejarle con vida: «Es lo que manda la moral», «puede que escuche a razones», «estrés post-traumático», «no serás capaz de vivir contigo mismo», «principios judeocristianos», «tú NO eres un asesino», «lo sagrado de la vida», «¡El asesinato está mal!». En la de la derecha hay una sola razón, muerta de frío: «Matará a toda tu familia si le dejas marchar»… y los añicos de un plato roto. Hábilmente, los guionistas siembran constantemente el relato de minas morales, donde solo cabe elegir entre guatemala y guatepeor. Logran así que Mr. White transmita una y otra vez la sensación de que sus decisiones violentas han sido un último e inevitable recurso, absolviéndolo en cierta manera de todas y cada una de ellas. Emmm, ¿de todas?

La coartada familiar

Siempre hay una excusa: la familia. Ocurre en un buen puñado de estas irresistibles propuestas borderline: Game of Thrones, Sons of Anarchy, The Sopranos, The Shield… Aunque la búsqueda del dinero por el bien familiar constituye un objetivo genuino en los primeros capítulos de la epopeya de Walter White, pronto se convertirá en una mera coartada exculpatoria. En una mentira más.

La precipitación hacia el mundo de la droga y las reprobables acciones que conlleva se justifican por una situación sobrevenida —la cercanía de la muerte a causa del cáncer— y un fin que se presenta como superior —la necesidad de abastecer a su familia—. Ambas pierden sentido conforme avanza el relato y Walter White se emancipa de sus justificaciones: el cáncer remite y Heisenberg amontona tantos billetes en su «negocio» como para «aparecer listado en el índice Nasdaq» (Cornered, 4.6.).

Durante parte de la serie, Walter White exhibe una conciencia que admite la maldad de sus acciones y, en consecuencia, llega a manifiestar un fuerte sentimiento de culpa. Por eso es tan rabiosa su respuesta ante una buena noticia objetiva: la remisión de su enfermedad (4 Days Out, 2.9.). Walter responde dañándose a sí mismo (se golpea furiosamente los nudillos en el baño), puesto que en ese momento intuye que no podrá soportar el peso de todo el dolor que ha estado causando; ya no puede esgrimir el atenuante de que lo hacía por un bien mayor «disculpado» por la inminencia de su muerte. Es un sentimiento que hace explícito en esa delicia minimalista que regala The Fly (3.10.):

Skyler y Holly estaban en otra habitación. Podía oírlas por el monitor cuida-bebés. Ella estaba cantando una nana. ¡Si hubiera vivido justo hasta ese momento y ni un segundo más…! Habría sido perfecto (…) Solo digo que he vivido demasiado.

En el ámbito económico, Walter, ya de suyo maestro del autoengaño, encontrará puntualmente el apoyo de Skyler (Kafkaesque, 3.9.). Ella también escuda su incursión en el mundo criminal bajo la misma coartada que su marido: defender la integridad física de su familia. Sin embargo, la sensación de culpabilidad de una y otro resultan radicalmente opuestas. Skyler se sume en la depresión y el terror al calibrar las consecuencias de sus actos mientras que Walter sigue ascendiendo en la cadena alimenticia. Gud Fring ya le había advertido, en plan patriarcal, que uno haría cualquier cosa por los hijos (Más, 3.5.):

Walter White: He tomado una serie de muy malas decisiones, y no puedo tomar otra más.

Gus Fring: ¿Por qué tomaste esas decisiones?

Walter White: Por el bien de mi familia.

Gus Fring: Entonces no fueron malas decisiones. ¿Qué debe hacer un hombre, Walter? Un hombre abastece a su familia.

Walter White: Esto me costó mi familia.

Gus Fring: Cuando tienes niños, siempre tienes una familia. Siempre serán tu prioridad, tu responsabilidad. Y un hombre… un hombre provee. Y lo hace incluso cuando no es apreciado o respetado o, incluso, querido. Simplemente lo sobrelleva y lo hace… Porque es un hombre.

El relato expandido y la cara B

El hecho de que para Walter White la familia sea una excusa con la que justificar su nuevo yo criminal no impide que para nosotros, espectadores, la visualización del entorno familiar ejerza de bálsamo moral y actúe como un potente mecanismo de complicidad. Una breve escena del final de la tercera temporada ejemplifica esta idea a la perfección. Vemos a Walter White en su salón, dando la leche a la pequeña Holly. Un primer plano nos muestra cómo la niña le arrebata las gafas, en un instante de una ternura paternal subyugante (Full Measures, 3.13.). Con mucha astucia, los guionistas rehumanizan así a un personaje que viene de ajusticiar a dos matones y minutos después ordenará el asesinato de su compañero de laboratorio. Todo un salto adelante en la mutación de Walter White que, sin embargo, se nos presenta tamizada por un puñado de atenuantes: los niños, la familia, la cotidianidad. La defensa propia, as usual, opera como eximente en esas muertes, por supuesto, pero también el biberón de Holly y la devoción de un padre de familia entran en la ecuación moral que constantemente despeja Breaking Bad.

Esta estrategia de «dulcificar» el mal al presentar la esfera íntima y doméstica del personaje no es privativa de la ficción televisiva, ni mucho menos. Recordemos, por ejemplo, cómo El hundimiento —la película alemana que revive los últimos días de Adolf Hitler—, ofrece una de las más arriesgadas volteretas en este sentido. Sin embargo, hay algo en el relato serial —no en el autoconclusivo, sino en el que despliega una potente trama de fondo— que privilegia la ambigüedad vital de sus protagonistas.

Al disponer de 60 horas en lugar de dos para desarrollar los conflictos, la propia forma del relato permite adentrarse en los tiempos muertos, en la cara B de los protagonistas, en su faceta familiar, en su otro yo, en sus dudas. Tenemos más tiempo para ver como Tony Soprano, tras aplastar el cráneo de Ralph Cifaretto, puede dar un beso de buenas noches a sus hijos y olvidarse de la ansiedad de su profesión mientras come macarrones y se emociona con una película de Gary Cooper. O cómo Jamie Lannister, aquel malnacido que clavaba sus primeras garras en Juego de tronos merodeando conceptos tan repulsivos como «incesto» e «infanticidio con risitas», se humanizaba a base de palique, humillaciones, miembros amputados y una larga, dolorosa, confidencia con su captora. O cómo el matrimonio Jennings, los espías de la KGB que protagonizan la excepcional The Americans, pueden preparar los cornflakes de sus hijos tras una noche cazando agentes de la CIA en el Washington reaganiano. Así, el relato serial permite que los conflictos internos y externos se multipliquen, afilando salientes y excavando en la complejidad de estos antihéroes. Como con Walter White.

Equilibrios y antagonismos

Incluso cuando su alma se va oscureciendo, secundamos a Walter. En la cuarta temporada, por ejemplo, ya cuesta seguir comprando la parana del Walter White víctima. Este famoso monólogo del 4.6.: «No estoy en peligro, Skyler. ¡¡Yo soy el peligro!! Un tipo abre la puerta y le disparan. ¿Piensas que soy yo? ¡NO! ¡Yo soy el que llama a la puerta!». Tamaña arrogancia va de la mano de un mentiroso compulsivo capaz de seguir mirando a Hank a la cara, de un manipulador que no duda en poner en peligro la vida del pequeño Brock y de un desalmado que manda a su vecina en labor de zapa para saber si los matones andan cerca.

Y, aun así, el tour de force de los guionistas durante la cuarta temporada es lograr que todavía sintamos afecto por un tipejo así y deseemos su victoria. ¿Cómo? A babor siempre nada el flotador de los niños, ya citado. Verle despedirse amorosamente de su pequeña hija y haber asistido a su patética confesión a Walter Jr. nos obliga a recalibrar su fiereza: quedan trazas del maestro de química, del paterfamilias, del ultrajado por el cáncer. Pero a estribor también hay un jaque-mate emboscado: esa fascinación que cualquier espectador siente por la inteligencia superior, por el personaje avispado, por el timo a largo plazo. El ingenio te gana para la causa sí o sí. Derrocar a Gus Fring en un artero y letal juego de ajedrez, defendiendo sin peones ni torres un tablero amañado, oh amigo, eso derrite cualquier resistencia moral. Genera empatía porque todos anhelamos secretamente ser un poquito Walter White y partir la madre, que dirían en México, a los gángsters de cuello blanco.

Este último punto también resulta esencial para persistir en la identificación con un Heisenberg que sube el envite de perversidad en cada temporada. En los relatos, conectamos con personajes censurables mediante una estrategia de guión que se enmascara bajo la etiqueta de «equilibrio dramático». Blanco y en botella: el protagonista necesita un antagonista. Esto es: nos ponemos del lado de Nucky Thompson, Omar Little, Dexter Morgan, Patty Hewes o Nick Brody porque siempre hay alguien peor que ellos, mucho peor, de modo que establecemos una inconsciente comparación con otros personajes… y concluimos que nuestros protagonistas, a pesar de sus métodos violentos y sus crímenes, son «de los buenos». Gris moral. Walter White, incluso Heisenberg, siempre sería preferible a Gustavo Fring y demás ralea.

¿Hasta cuándo Walter White?

Como muchas de las series citadas evidencian, el partido que tomamos por estos antihéroes también tiene un límite. Breaking Bad es una serie que explora esa frontera de forma explícita desde su origen. Crimen y castigo. Por eso, no es casualidad que el gran cambio que exhibió la primera mitad de la quinta temporada fuera el de la ausencia de un villano reconocible enfrente. Ya no hay balanza. Heisenberg se ha aupado a la cima del negocio: «Me preguntabas Jesse si estaba en el negocio de la metanfetamina o del dinero. Ninguno de los dos. Estoy en el negocio de un imperio» (5.6.).

El protagonista es ya también su peor antagonista.

Skyler hace tiempo que lo sabe; Mike lo anticipó; Jesse lo sospecha; y Hank —un islote de integridad en el relato— no la va a cagar de nuevo. La ausencia de villano en la quinta entrega ha hecho emerger más, si cabe, la verdadera maldad de Walter: manipulador, abusón, insaciable, violento y más altanero que nunca. Su progresiva deshumanización está alentada por un orgullo desmedido que, conforme avanza el relato, pierde todas las resistencias morales que impone una emoción tan común como el sentimiento de culpa. Desprovisto de este, Walter White se convierte en un hombre sin piedad.

Y ahí aguarda es la gran pregunta que resta por responder en esta recta final: ¿hasta cuándo apoyaremos y justificaremos los actos de alguien sin compasión? Una respuesta que, durante los ocho capítulos que restan, se encaramará sobre una desconcertante paradoja: la de que para odiar a Walter White lo hayamos tenido que amar tanto.

No queda nada a su lado. Alrededor de las ruinas
de ese colosal naufragio, infinitas y desnudas
se extienden, a lo lejos, las solitarias y llanas arenas.
(Ozymandias, Percy Bysshe Shelley, 1818)

Fuente: http://www.jotdown.es/2013/08/amar-a-walter-white-odiar-a-walter-white/

Visualización de la serie Breaking Bad (si no tienes cuenta en seriesly): http://www.seriesyonkis.com/serie/breaking-bad



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