lunes, 30 de septiembre de 2013

Chin Peng y la frustrada revolución malaya

P.Ramasamy, Primer Ministro adjunto del estado de Penang

Chin Peng debe ser recordado en la historia de Malasia como un ardiente luchador por la libertad cuyo partido - a pesar de su fracaso en la guerra de guerrillas contra los británicos y el estado malayo - sembró las semillas para la organización sindical y la resistencia.



El ex secretario general del Partido Comunista de Malasia (MCP), Chin Peng, alias Ong Boon Hua, murió a la edad de 88 en un hospital privado de Bangkok el pasado 16 de septiembre, el día en que los malayos celebran su día nacional. Ese mismo día, el Ministro Mentor de Singapur, Lee Kuan Yew, celebró su 90 cumpleaños. Según su ayudante, Chin Peng será cremado en el templo Wat That Throng en Bangkok la próxima semana. La noticia de la muerte de Chin Peng apareció en todos los medios de comunicación del país y también en el extranjero. Sin embargo, en la ciudad natal de Chin Peng, Sitiawan en el estado de Perak, la gente sólo podían susurrar sobre el fallecimiento de esta leyenda. A pesar de que el MCP no existe, la gente aquí es reacia a hablar abiertamente de Chin Peng.

Al igual que Vietnam, Indonesia y Camboya, Malasia tuvo su ración de luchas anti-imperialistas /anti-coloniales en los años 1940 y 1950. En Vietnam fueron dirigidas por el guerrillero y comunista Ho Chi Minh, en Indonesia por (más tarde presidente) Sukarno, y en Malasia bajo la dirección de Chin Peng. El MCP se formó en la década de 1930 y luchó primero contra los japoneses y más tarde contra los británicos. Es bien sabido y reconocido que sin la aportación del MCP, los británicos habrían retrasado la concesión de la independencia política en 1957. Hoy en Malasia, la mención del nombre de Chin Peng provoca sentimientos encontrados. Mientras sus enemigos piensan que fue un traidor y un asesino responsable de muchas muertes durante la guerra civil, otros lo consideran un luchador por la libertad, un patriota y un nacionalista.

El último deseo de Chin Peng - que luchó contra los japoneses, británicos y más tarde las autoridades malayas - fue que sus cenizas fueran enterradas cerca de las tumbas de sus padres. El gobierno de Malasia rechazó esta petición de los familiares que asistieron al funeral. De hecho, antes de su muerte, Chin Peng siempre albergó el deseo de volver a su ciudad natal para presentar, de acuerdo con las tradiciones chinas, sus últimos respetos a sus padres fallecidos. Sus padres y los miembros de su familia están enterrados en el cementerio Hock Kong Lumut Pundut. El cuidador del cementerio, al ser entrevistado, dijo que el hermano y los familiares de Chin Peng vendrían a presentar sus respetos cada Qing Ming (Día de los Difuntos). Pero el gobierno, preocupado por las reacciones de las organizaciones derechistas malayas y las asociaciones de veteranos de la guerra civil, le negó la entrada. Chin Peng incluso llevó el asunto a los tribunales, pero no tuvo éxito porque no pudo presentar pruebas de su nacimiento en Sitiawan. Incluso se lanzó una campaña internacional de apoyo a su regreso, pero este nunca tuvo lugar.

Chin Peng y el MCP

Chin Peng nació en 1924 en Sitiawan, Perak. Sus padres tenían una tienda que vendía bicicletas y piezas de repuesto. Se educó en chino en el Nan Hwa High School antes de continuar su educación en Inglés en la Escuela Anglo-china. El MCP tuvo una presencia organizada incluso antes de Chin Peng se uniese al partido. Bajo la influencia del Partido Comunista de China (PCCh), se establecieron células en Malasia para obtener el apoyo de los chinos de ultramar para la causa comunista en China. Antes de la invasión de los japoneses, el MCP apoyó la causa de la revolución china y, al mismo tiempo, sentó las bases para una posible toma del poder comunista de Malasia. De este modo, el partido creo y mantuvo redes, especialmente entre los pobres de las ciudades, las plantaciones y los trabajadores portuarios. Era sólo cuestión de tiempo, antes de que una parte considerable de la clase obrera urbana llegase a simpatizar con la causa del MCP y sus aliados.

Sitiawan, el lugar de nacimiento de Chin Peng, no es una ciudad muy impresionante. En los viejos tiempos, estaba rodeada de plantaciones de caucho y el coco y de pequeñas explotaciones. Más tarde, el caucho fue reemplazado por el aceite de palma. Sólo con el establecimiento de una base naval en las inmediaciones del puerto Lumut en la década de 1970 comenzó el desarrollo urbano en Sitiawan. Lo interesante del estado de Perak es que había producido una serie de personalidades que habían jugado un papel en el MCP y otras organizaciones de la izquierda. Aparte de Chin Peng, Rashid Mydin y CD Abdullah fueron dirigentes importantes del MCP malayos como Parit y Ipoh. Durante el estado de emergencia, en Sungei Siput, otra ciudad en Perak, un tamil de nombre Perumal organizó a los trabajadores de las plantaciones, muy a menudo desafiando y enfrentándose a los hacenderos europeos. En la ciudad de Slim River, RG Balan fue el principal organizador de los trabajadores y más tarde llegaría a ser el vice-presidente del MCP. Un importante dirigente, Muniandy, que murió hace unos años, fue un destacado comandante del MCP en el área de Sitiawan.



Yo también vengo de un pueblo llamado Kampung Baru, a pocos kilómetros de la ciudad de Sitiawan. Mi padre, que emigró del sur de la India, tenía pequeñas propiedades de caucho y coco. El padre de Chin Peng era amigo de mi padre. A mediados de la década de 1950, cuando tenía seis años, me llevó a la ciudad Sitiawan y me compró una pequeña bicicleta en la tienda de bicicletas propiedad de la familia de Chin Peng. ¡Este episodio sigue vivo en mi memoria!

Fue la invasión japonesa lo que le dio a Chin Peng la oportunidad de ascender en la jerarquía del partido. La retirada británica de Malasia proporcionó la ocasión para que el MCP tuviera una estrecha colaboración con su antiguo enemigo. Tras la retirada británica, las autoridades británicas en la India decidieron ayudar al MCP y su Ejército Antijaponés de los Pueblos de Malasia (MPAJA) mientras duró la ocupación. Al parecer, los británicos también acordaron reconocer la MCP como una organización política legítima tras la retirada de los japoneses de Malasía. Mucho más tarde, tras el fracaso de las conversaciones de paz de Bailing, Chin Peng criticó a los británicos por no honrar su compromiso con el Partido.

Al final de la Segunda Guerra Mundial y justo antes de la vuelta de los británicos a Malasia, el MCP no estaba seguro de qué estrategia debería adoptar frente a los británicos. Lai Tek, secretario general del partido, que posteriormente sería ejecutado por ser un agente de los británicos y los japoneses, formuló una política de agitación limitada y cooperación con los británicos. Esto explica la razón por la que los británicos fueron capaces de volver a ocupar Malasia con relativa facilidad y sin resistencia por parte del MCP. Algunos historiadores han lamentado que justo antes de la llegada de los británicos, el MCP, a pesar de ser la organización más poderosa del país, no estuviese dispuesta a tomar el poder. Antes de que el MCP cuestionase a Lai Tek por su traición, este huyó del país, primero a Tailandia y luego a Hong Kong.

Con la huida de Lai Tek, Chin Peng fue elevado al cargo de secretario general del MCP. Con su ascenso, el MCP abandonó su estrategia anterior de agitación y cooperación limitada y decidió adoptar una postura más agresiva frente a los británicos. Con el apoyo de sus aliados, el MCP decidió que había llegado el momento de desalojar a los británicos de Malasia de una vez por todas. Se impartieron instrucciones a las organizaciones aliadas y a los sindicatos para que lanzasen ataques y organizasen manifestaciones masivas contra los británicos. Tras el asesinato de tres hacendados europeos en Perak, los británicos lanzaron un ataque contra el MCP y sus aliados. En 1948, los británicos declararon el estado de emergencia y trajeron tropas gurkhas, australianas, y neo zelandesas para enfrentarse a los comunistas en una larga y prolongada lucha. Después de 12 años de lucha armada, el MCP, incapaz de mantener una resistencia efectiva, retiró sus tropas del sur de Tailandia. El estado de emergencia terminó en 1960. Sin embargo, la lucha de guerrillas d el MCP no estaba totalmente agotada. En estados como Perak y Pahang, los bastiones tradicionales del MCP, la guerra de guerrillas siguió ocasionalmente. El gobierno de Malasia introdujo medidas de emergencia selectivas para erradicar los últimos focos comunistas, incluso durante la década de 1980.

El declive del MCP

Las medidas de contrainsurgencia británicas incluían la fuerza, procedimientos administrativos y tácticas psicológicas que debilitaron considerablemente al MCP. En los años 1970 y 1980, una serie de acontecimientos internacionales debilitaron la relevancia del MCP. Por ejemplo, la rivalidad nacional en los campamentos comunistas, el enfrentamiento entre la URSS y China, las tensiones entre China y Vietnam, y el empuje pragmática de las políticas económicas de Deng Xiao Ping provocaron el debilitamiento de la base ideológica de la izquierda. En el plano interno, una de las mayores debilidades del MCP fue la falta de apoyo malayo-musulmán. Además, la fuerte identificación del Partido con la comunidad china y su orientación exterior hacia el Partido Comunista de China, fueron factores que no favorecieron la implantación del partido entre la población local malaya.

Ante la imposibilidad de una revolución comunista en Malasia en las nuevas circunstancias internacionales, Chin Peng decidió poner fin a la lucha armada. El 2 de diciembre de 1989, en las conversaciones de paz de Haadyai en el sur de Tailandia con los gobiernos de Tailandia y Malasia, el partido decidió dejar las armas y disolver sus unidades armadas. A cambio, ambos gobiernos acordaron proporcionar asistencia financiera a sus respectivos nacionales para reasentarlos de conformidad con sus leyes y reglamentos. El gobierno de Malasia también prometió que a Chin Peng se le permitiría volver al país al igual que sus compañeros Rashid Mydin, CD Abdullah, Shamsiah Fakeh y muchos otros. Sin embargo, a Chin Peng le esperaba una amarga desilusión. Tras el acuerdo de paz de Haadyai, el gobierno de Malasia rompió su promesa y no permitió a Chin Peng volver al país.

Chin Peng ha muerto. Aunque su papel en la política de Malasia es un tema polémico, hay que recordar que sin el MCP, los británicos no habrían acelerado el ritmo para conceder la independencia a Malasia. En la India, sin el impacto del Ejército Nacional Indio (INA) de Subhas Chandra Bose, es poco probable que se hubiese alcanzado la Independencia en 1947. Los acontecimientos políticos, sociales y económicos de la posguerra no tendrían sentido sin referencia al MCP. La formación de los sindicatos entre los trabajadores urbanos y de las plantación se inició en gran parte gracias al MCP. La lucha contra las compañías propietarias de  las plantaciones para mejorar las vidas de los trabajadores tamiles se inspiró directamente en los sindicatos bajo la influencia del MCP. Fue el MCP, el que promovió y respetó a los líderes indios. RG Balan, de Perak, se convirtió en el vice-presidente del MCP. También reconoció la importancia de los líderes malayos. El famoso Regimiento Malayo en Pahang estaba bajo el control del MCP.

Para la comunidad india en Malasia, sobre todo para quienes habían participado en las actividades de los sindicatos, tanto durante la época colonial británica como el período posterior a la independencia, el MCP tuvo un claro impacto positivo. Después de la debacle del INA en Imphal, muchos indios regresaron y se unieron a los sindicatos que estaban afiliados al MCP. Como no podían liberar a la India de los británicos, se unieron a los sindicatos de izquierda no sólo para vengarse de sus opresores - los británicos -, sino también para mejorar su situación socio-económica. Fue el tremendo sacrificio de los sindicatos de izquierda lo que envalentonó a los indios en las plantaciones y las zonas urbanas. Los jornaleros indios, especialmente tamiles, eran descritos por los capitalistas ingleses como "mansos" y "dóciles" pero fueron organizados, entrenados y movilizados por el MCP y sus sindicatos hasta convertirse en una fuerza decisiva para el MCP en su guerra contra los opresores.

Chin Peng no tuvo éxito en la organización de la revolución comunista en Malasia. Los malayos no estaban convencido de que el comunismo era la verdadera solución a los múltiples problemas de la sociedad. Pero el hecho es que fue menos un comunista que un nacionalista de izquierda. Quienes se unieron al Partido no lo hicieron inspirados tanto por los elevados ideales del marxismo-leninismo, como por la necesidad práctica de cambiar la naturaleza opresiva del sistema político y económico. En su época, el colonialismo británico y su opresión desnuda de las masas era algo que ningún ser humano decente podía tolerar. Los trabajadores tamiles de las plantaciones se unieron a los sindicatos dirigidos por MCP no por razones ideológicas abstractas, sino para poner fin a la naturaleza explotadora del capitalismo mercantil en las plantaciones. Muchos malayos se unieron a organizaciones nacionalistas de izquierda que acabaron uniéndose al MCP no a causa de su amor por el comunismo, sino por la pura necesidad de acabar con un sistema opresivo y feudal. Los aldeanos chinos pobres y los trabajadores se unieron al movimiento por razones de justicia social y por la sencilla razón de que MCP fue la única fuerza de combate contra los imperialistas japoneses que masacraban a los miembros de la comunidad china. Para los chinos, malayos e indios que participaron en las actividades de la izquierda, el MCP proporcionó una visión de futuro.

Fuente: http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=6298


Roots, bloody Roots - Sepultura:


jueves, 26 de septiembre de 2013

Logros de la Revolución Cubana

Bloqueo a Cubahttp://fusilablealamanecer.blogspot.com.es/2013/04/patria-o-muerte.html

Símbolo de los anhelos de independencia de América Latina y del Tercer Mundo, la Revolución Cubana marcó la historia del siglo XX.

1.      El triunfo de la Revolución Cubana el 1 de enero de 1959 es el acontecimiento más relevante de la Historia de América Latina del siglo XX.

2.      Las raíces de la Revolución Cubana se remontan al siglo XIX y a las guerras de independencia.

3.      Durante la primera guerra de independencia, de 1868 a 1878, el ejército español derrotó a los insurrectos cubanos sumidos en profundas divisiones internas. Estados Unidos brindó su apoyo a España vendiéndole las armas más modernas y se opuso a los independentistas persiguiendo a los exilados cubanos que intentaban aportar su contribución a la lucha armada. El 29 de octubre de 1872, el secretario de Estado Hamilton Fish hizo partícipe a Sickles, entonces embajador estadounidense en Madrid, de sus “deseos de éxito para España en la supresión de la rebelión”. Washington, opuesto a la independencia de Cuba, deseaba tomar posesión de la isla.

4.      Cuba es efectivamente una de las más antiguas inquietudes de la política exterior de Estados Unidos. En 1805, Thomas Jefferson señaló la importancia de la isla, subrayando que su “posesión [era] necesaria para asegurar la defensa de Luisiana y de la Florida pues [era] la llave del Golfo de México. Para Estados Unidos, la conquista sería fácil”. En 1823, John Quincy Adams, entonces Secretario de Estado y futuro presidente de Estados Unidos, aludió al tema de la anexión de Cuba y elaboró la teoría de la “fruta madura”: “Cuba, separada por la fuerza de su propia conexión desnaturalizada con España, e incapaz de sobrevivir por ella misma, tendrá necesariamente que gravitar alrededor de la Unión norteamericana, y únicamente alrededor de ella”. Así, durante el siglo XIX, Estados Unidos intentó seis veces comprar Cuba a España.

5.      Durante la segunda guerra de independencia, entre 1895 y 1898, los revolucionarios cubanos, unidos alrededor de su líder José Martí, tuvieron que hacer frente otra vez a la hostilidad de Estados Unidos que brindó su concurso a España vendiéndole armas y arrestando a los exilados cubanos que intentaban apoyar a los independentistas.

6.      José Martí, en una carta profética a su amigo Gonzalo de Quesada escrita el 14 de diciembre de 1889, advirtió de la posibilidad de una intervención estadounidense: “Sobre nuestra tierra, Gonzalo, hay otro plan más tenebroso […]: el inicuo de forzar a la Isla, de precipitarla, a la guerra, para tener pretexto de intervenir en ella, y con el crédito de mediador y de garantizador, quedarse con ella”.

7.      En 1898, a pesar de su superioridad material, España se encontraba al borde del abismo, vencida en
el campo de batalla por los independentistas cubanos. En una carta al presidente estadounidense William McKinley, de fecha 9 de marzo de 1898, el embajador Woodford, ubicado en Madrid, señaló que “la derrota” de España era “segura”. “[Los españoles] saben que Cuba está perdida”. Según él, “si Estados Unidos desea Cuba, debe conseguirla mediante la conquista”.

8.      En abril de 1898, tras la explosión misteriosa del buque de guerra estadounidense The Maine en la bahía de La Habana, el Presidente McKinley solicitó autorización del Congreso para intervenir militarmente en Cuba e impedir que la isla consiguiera su independencia.

9.      Varios congresistas denunciaron una guerra de conquista. John W. Daniel, senador demócrata de Virginia, acusó al Gobierno de intervenir para evitar una derrota de los españoles: “Cuando llegó la hora más favorable para un éxito revolucionario y la más desventajosa para España, […] se exige al Congreso de Estados Unidos entregar el ejército de Estados Unidos al Presidente para ir a imponer un armisticio por la fuerza a las dos partes, mientras que una de ellas ya depuso las armas”.

10.  En tres meses, Estados Unidos tomó el control del país. En diciembre de 1898, Estados Unidos y España firmaron un tratado de paz en París sin la presencia de los cubanos, destrozando así su sueño de independencia.

11.  De 1898 a 1902, Estados Unidos ocupó Cuba y obligó a la Asamblea Constituyente a que integrara la enmienda Platt en la nueva Constitución, so pena de prorrogar la ocupación militar.

12.  La enmienda Platt prohibía que Cuba firmara cualquier acuerdo con un tercer país o que contratara una deuda con otra nación. También daba derecho a Estados Unidos a intervenir en cualquier momento en los asuntos internos de Cuba y obligaba a la isla a arrendar indefinidamente a Washington la base naval de Guantánamo.

13.  En una carta de 1901, el general Wood, entonces gobernador militar de Cuba, felicitó al Presidente McKinley: “Desde luego hay poca o ninguna independencia para Cuba bajo la enmienda Platt y la única cosa importante ahora es buscar la anexión”.

14.  De 1902 a 1958, Cuba tenía el estatus de república neocolonial, política y económicamente dependiente, a pesar de la abrogación de la enmienda Platt en 1934, entonces obsoleta.

15.  Estados Unidos intervino militarmente en Cuba en 1906, 1912, 1917 y 1933 tras la caída del dictador Gerardo Machado, cada vez que un movimiento revolucionario amenazaba el estatu quo.

16.  La Revolución de 1933, liderada por Antonio Guiteras, fue frustrada por la traición de un sargento llamado Fulgencio Batista, que se convirtió general y colaboró con la embajada de Estados Unidos para mantener el orden establecido. Dirigió el país entre bambalinas hasta su elección como presidente en 1940.

17.  Tras las presidencias de Ramón Grau San Martín (1944-1948) y Carlos Prío Socarrás (1948-1952), gangrenadas por la violencia y la corrupción, Fulgencio Batista puso fin al orden constitucional el 10 de marzo de 1952 orquestando un golpe de Estado militar.

18.  El 26 de julio de 1953, un joven abogado llamado Fidel Castro, miembro del Partido Ortodoxo fundado por Eduardo Chibás, se puso al frente de una expedición de 131 hombres y atacó el cuartel Moncada en la ciudad de Santiago, segunda fortaleza militar del país, así como el cuartel Carlos Manuel de Céspedes en la ciudad de Bayamo. El objetivo era tomar el control de la ciudad –cuna histórica de todas las revoluciones– y lanzar un llamado a la rebelión en todo el país para derrocar al dictador Batista.

19.  La operación fue un fracaso y numerosos combatientes –55 en total– fueron asesinados tras ser brutalmente torturados por el ejército. En efecto, sólo seis de ellos murieron en combate. Algunos lograron escapar gracias al apoyo de la población.

20.  Fidel Castro, capturado unos días después, le debió la vida al sargento Pedro Sarría, quien se negó a seguir las órdenes de sus superiores y ejecutar al líder de Moncada. “¡No disparen! ¡No disparen! ¡Las ideas no se matan!”, exclamó frente a sus soldados.

21.  Durante su histórico alegato titulado “La Historia me absolverá”, Fidel Castro, quien se encargó de su propia defensa, denunció los crímenes de Batista y la miseria en la cual se encontraba el pueblo cubano y presentó su programa para una Cuba libre.

22.  Condenado a 15 años de prisión, Fidel Castro fue liberado en 1955 después de la amnistía que le concedió el régimen de Batista y se exiló en México donde organizó la expedición del Granma, con un médico argentino llamado Ernesto Guevara.

23.  El 2 de diciembre de 1956, Fidel Castro desembarcó en la provincia oriental de Cuba a la cabeza de 81 revolucionarios con el objetivo de desatar una guerra de guerrillas en las montañas de la Sierra Maestra.

24.  Contrariamente a una idea preconcebida, Estados Unidos jamás brindó su apoyo al Movimiento 26 de Julio, organización político-militar dirigida por Fidel Castro, durante toda la guerra insurreccional del 2 de diciembre de 1956 al 1 de enero de 1959.

25.  Al revés, Washington persiguió con saña a todos los simpatizantes del Movimiento 26 de Julio exilados en Estados Unidos, quienes intentaban suministrar armas a los rebeldes.

26.  Al mismo tiempo, el Presidente Dwight D. Eisenhower siguió suministrando armas al ejército de Batista, incluso después de la instauración de un embargo de fachada en marzo de 1958.

Revolucionarios cubanos celebrando el triunfo en Playa Girón


27.  El 23 de diciembre de 1958, a una semana del triunfo de la Revolución, mientras el ejército de Fulgencio Batista se encontraba en plena desbandada a pesar su superioridad en armas y hombres, tuvo lugar la 392 reunión del Consejo de Seguridad Nacional, con la presencia del Presidente Eisenhower. Allen Dulles, entonces director de la CIA, expresó claramente la posición de Estados Unidos: “Tenemos que impedir la victoria de Castro”.

28.  Como en 1898, el Presidente Eisenhower estaba a favor de una intervención armada para impedir el triunfo de Fidel Castro. Preguntó si el Departamento de Defensa había pensado en “una acción militar que podría ser necesaria en Cuba”. Sus asesores lograron disuadirlo de ello.

29.  Así, la hostilidad de Estados Unidos hacia la Revolución Cubana no tiene nada que ver con el contexto de la Guerra Fría. Empezó antes de la llegada al poder de Fidel Castro, antes de la alianza con Moscú en mayo de 1960, y siguió después de la desaparición del bloque soviético en 1991.

30.  El 1 de enero de 1959, cinco años, cinco meses y cinco días después del asalto al cuartel Moncada del 26 de julio de 1953, triunfó la Revolución Cubana.

31.  En enero de 1959, Estados Unidos acogió con los brazos abiertos a los partidarios del antiguo régimen, incluso a los criminales de guerra, quienes habían robado 424 millones de dólares al Tesoro cubano.

32.  Desde el inicio, la Revolución Cubana tuvo que edificar su proyecto de sociedad en un contexto de estado de sitio permanente, frente a la creciente hostilidad de Estados Unidos. Desde 1959, Cuba nunca ha disfrutado de un clima de paz para construir su futuro. En abril de 1961, Cuba tuvo que enfrentar la invasión armada de Bahía de Cochinos que organizó la CIA, y en octubre de 1962 la isla fue amenazada de desintegración nuclear durante la crisis de los misiles.

33.  Desde 1959, Estados Unidos, decidido a derrocar a Fidel Castro, ha llevado una campaña de terrorismo contra Cuba con más de 6.000 atentados, que costaron la vida a 3.478 civiles e incapacitaron de por vida a 2.099 personas. Los daños materiales se evalúan en varios miles de millones de dólares y Cuba ha tenido que gastar sumas astronómicas para su seguridad nacional, lo que limitó el desarrollo de los programas sociales. El propio líder de la Revolución fue víctima de 637 tentativas de asesinato.

34.  Desde 1960, Washington impone sanciones económicas sumamente severas, ilegales según el Derecho Internacional, que afectan a las categorías más vulnerables de la población, o sea las mujeres, los niños y los ancianos. Este estado de sitio, condenado por la inmensa mayoría de la comunidad internacional (188 países de 192), que constituye el principal obstáculo al desarrollo de la isla, ha costado más de un billón de dólares a Cuba.

35.  A pesar de todos estos obstáculos, la Revolución Cubana es un innegable éxito social. Al dar la prioridad a los más desheredados con la reforma agraria y la reforma urbana, al erradicar el analfabetismo, al desarrollar la educación, la salud, la cultura y el deporte, Cuba ha creado la sociedad más igualitaria del continente latinoamericano y del Tercer Mundo.

36.  Según la UNESCO, Cuba dispone de la tasa de analfabetismo más baja y de la tasa de escolarización más alta de América Latina. El organismo de las Naciones Unidas señala que “la educación ha sido la prioridad en Cuba desde hace [más de] 40 años. Es una verdadera sociedad de educación”. Su informe sobre la educación en 13 países de América Latina clasifica a Cuba como primera en todas las asignaturas. Según la UNESCO, Cuba es la nación del mundo que consagra la parte más elevada del presupuesto a la educación, con cerca del 13% del PIB.

37.  Cuba tiene una tasa de mortalidad infantil de 4,6 por mil, o sea la más baja del continente americano, más baja que la de Canadá o Estados Unidos.

38.  Cuba es la nación que dispone del mayor número de médicos per cápita del mundo, con 85.000 profesionales para 11,1 millones de habitantes. Según el New England Journal of Medecine, la revista médica más prestigiosa del planeta, “el sistema de salud [de Cuba] ha resuelto problemas que el nuestro [el de Estados Unidos] todavía no ha logrado resolver”. La revista subraya que “Cuba dispone ahora del doble de médicos por habitante que Estados Unidos”.

39.  Según la UNICEF, “Cuba es un ejemplo en la protección de la infancia” y un “paraíso de la infancia en América Latina”, y enfatiza que Cuba es el único país de América Latina y del Tercer Mundo que ha erradicado la desnutrición infantil.

40.  Según el Programa de las Naciones Unidas para el desarrollo (PNUD), Cuba es el único país de América Latina y del Tercer Mundo que se encuentra entre las diez naciones del mundo con el mejor Índice de Desarrollo Humano sobre los tres criterios “esperanza de vida, educación y nivel de vida” durante la última década.

41.  La Revolución Cubana ha hecho de la solidaridad internacionalista un pilar esencial de su política exterior. Cuba acoge a decenas de miles de estudiantes procedentes de los países pobres, les ofrece formación universitaria gratuita de alto nivel y se encarga de todos los gastos. La Escuela Latinoamericana de Medicina de La Habana es una de las más famosas del continente americano y ha formado a varios miles de profesionales de la salud procedentes de más de 123 países.

42.  Desde 1963 y la primera misión internacionalista en Argelia, cerca de 132.000 médicos cubanos y otro personal sanitario trabajaron voluntariamente en 102 países. Actualmente, 38.868 colaboradores médicos, entre ellos 15.407 médicos, ofrecen sus servicios en 66 naciones del Tercer Mundo.

43.  Gracias a la Operación Milagro que lanzó Cuba en 2004, que consiste en operar gratuitamente a poblaciones pobres víctimas de enfermedades oculares, cerca de 2,5 millones de personas de 28 países recobraron la vista.

44.  El programa de alfabetización cubano “Yo, sí puedo”, lanzado en 2003, permitió que 7 millones de personas de los cinco continentes aprendieran a leer, escribir y sumar.

45.  Según el World Wild Fund for Nature (WWF), la organización más importante de defensa de la naturaleza, Cuba es el único país del mundo que ha alcanzado un desarrollo sostenible.

46.  Cuba desempeñó un papel clave en la lucha contra el apartheid, con la participación de 300.000 soldados en Angola entre 1975 y 1988 para hacer frente a la agresión del ejército supremacista surafricano. El elemento decisivo que puso fin al apartheid fue la estrepitosa derrota militar que las tropas cubanas infligieron al ejército surafricano en Cuito Cuanavale, en el sureste de Angola, en enero de 1988. En un discurso, Nelson Mandela rindió homenaje a Cuba: “¡Sin la derrota infligida en Cuito Cuanavale nuestras organizaciones no habrían sido legalizadas! ¡La derrota del ejército racista en Cuito Cuanavale hizo posible que hoy yo pueda estar aquí con ustedes! ¡Cuito Cuanavale marca un hito en la historia de la lucha por la liberación del África austral!”



47.  Contrariamente a una idea preconcebida, la Revolución Cubana ha tenido cuatro presidentes distintos: Manuel Urrutia de enero de 1959 a julio de 1959 y Oswaldo Dorticós de julio de 1959 a enero de 1976 bajo el antiguo régimen de la Constitución de 1940, y Fidel Castro de febrero de 1976 a julio de 2006 y Raúl Castro desde 2006 tras la adopción de la Constitución de 1976.

48.  Los medios informativos occidentales, propiedad de conglomerados económicos y financieros, vilipendian a la Revolución Cubana por una razón muy precisa que no tiene nada que ver con la democracia y los derechos humanos: el proceso de transformación social iniciado en 1959 sacudió el orden y las estructuras establecidos, puso en tela de juicio el poder de los dominantes y propone una alternativa social donde los recursos se destinan a la mayoría y no a una minoría.

49.  La principal conquista de la Revolución es haber hecho de Cuba una nación soberana e independiente.

50.  La Revolución Cubana, edificada por varias generaciones de cubanos, posee todas las virtudes y defectos de la condición humana y nunca ha tenido la pretensión de erigirse en modelo. Sigue siendo, a pesar de sus dificultades, un símbolo de dignidad y de resistencia en el mundo.



Cuba si, yankee no - Banda Bassotti:



martes, 24 de septiembre de 2013

El hundimiento de la República Democrática Alemana

Erich Honecker  (Jefe de Estado de la RDA entre 1976 y 1989)

Notas de la cárcel  (2 fragmentos)

"Moabiter Notizen" Escritas en la prisión de Berlin-Moabit en 1992-93

ADVERTENCIAS PRELIMINARES   

Un movimiento interior me empuja a poner sobre el papel ciertas cosas que aún recuerdo bien. Deseo también poner por escrito una serie de cuestiones que me agitan profundamente y hacer conocer mis opiniones sobre algunos acontecimientos concretos. No sé lo que haré con estas notas. Quizá un día pueda acomodarlas a las exigencias de la prosa… Escribo estas líneas en Moabit, en esta prisión que todavía conozco bien. La frecuenté en la época del nazismo, al igual que muchos comunistas, socialdemócratas y otros antifascistas. Desde 1933, jugó un papel muy particular en la represión a los adversarios del imperialismo alemán. Estas líneas serán quizá publicadas un día. Están destinadas a aquellos que quieren analizar seriamente el pasado. Todo lo contrario de los pretendidos “maestros de la historia”.  Estos últimos sólo tienen un objetivo: cubrir de barro el socialismo y retardar cuanto sea posible el inevitable hundimiento del capitalismo.

No haré ninguna concesión a las ideologías y la “moral” que defienden la sociedad capitalista de la explotación. Los veinte millones de parados que la economía de libre mercado ha lanzado a la calle no lo permitirían. Esta situación ¿tiene salida? El socialismo era un orden social justo. Habíamos trazado sus grandes líneas y queríamos ir más lejos. Lo hemos perdido con el hundimiento de la RDA.

Se cantan los parabienes del capitalismo. Eso se paga bien hoy en día y no es sólo cosa de los políticos burgueses y los periodistas de derecha. Pese a ello nadie puede seriamente negar que la situación se ha vuelto extraordinariamente difícil para millones de obreros y empleados, científicos y artistas, aprueben o no estos la economía de mercado. Las inquietudes existenciales son generalizadas. Esto no puede continuar así y no lo hará… Pero el capitalismo no abrirá el camino a un mundo sin paro y miseria.

Lo he expresado ya varias veces y querría repetirlo otra vez: los acontecimientos que se produjeron en la RDA desde mi dimisión me han afectado en lo más profundo. Me afectó duramente el hundimiento de la RDA. Pero al igual que muchos compañeros probados, no he perdido por ello la fe en el socialismo. Se trata de la única alternativa para una sociedad humana y justa. Desde que el capitalismo existe, los comunistas pertenecen al campo de los perseguidos en esta tierra pero no al campo de los que no tienen futuro. Lo que realizamos para hacer vivir el socialismo sobre suelo alemán no se hizo en vano. Trabajamos con los partidos cristianodemócratas y liberales del Este, de los que diversos responsables se precipitaron rápidamente hacia las nuevas carteras ministeriales tras 1989. Actuamos durante cuarenta años en difíciles condiciones. Lo que se realizó jugará un papel en el futuro. Pienso en las relaciones de producción socialistas que ofrecían a todos un trabajo, una seguridad social digna de tal nombre, alojamientos a precios asequibles, fueran o no de cemento, guarderías, escuelas infantiles, clubes de jóvenes y una vida cultural y espiritual de alto nivel.

Existirá una sociedad que ofrecerá perspectivas que valoricen la existencia de todos: obreros y campesinos, científicos, técnicos, enseñantes, artistas, mujeres, jóvenes y ancianos. El capitalismo ha llegado a sus límites. Se le califica de “economía de mercado” porque se tiene vergüenza de su verdadera naturaleza. Su desaparición sigue siendo segura pese a las derrotas que hemos sufrido y los errores e insuficiencias que habríamos podido evitar… también pese a todas las traiciones de individuos cuya duplicidad ha sobrepasado todos los límites.

El mundo se ha vuelto completamente caótico y desorientado desde que el socialismo desapareció del suelo europeo. Autoproclamándose gendarmes del mundo, los Estados Unidos actúan a su gusto e imponen, aquí y allá, el “nuevo orden mundial” a golpe de bombas y misiles. Aunque hayan surgido de la nada numerosos “teóricos” que se reclaman de un marxismo renovado, aunque se hayan esforzado en hurtar el corazón mismo de la teoría marxista o en refutarla enteramente, los hechos permanecen tozudos. Hay leyes objetivas que deciden la evolución de las sociedades humanas. El capitalismo presenta una contradicción fundamental: la que opone el carácter social del trabajo y el carácter privado de la apropiación. Esta contradicción permanece pese a la capacidad del sistema capitalista de cambiar notablemente de apariencia en el curso de su desarrollo.

Sólo cuando se supere esta contradicción, cuando ya no sea el beneficio el que dirija el mundo, se crearán para cada individuo las condiciones de una vida verdaderamente humana. Se habla mucho de la “autorrealización” de cada uno. Ello no puede consistir evidentemente en la perspectiva de una situación en la que, debido a la utilización creciente y los progresos constantes de las tecnologías punteras, sólo del 10 % al 20 % de la población tenga un trabajo. Una sociedad nueva deberá encontrar a cada uno un sitio. Teniendo en cuenta todas esas evoluciones tecnológicas, pero también otras limitaciones. Esto significa en primer lugar un trabajo para cada uno. El capitalismo es incapaz de eso, es hoy más evidente que nunca. La misma carrera por los beneficios fija los límites del sistema capitalista. Existen pues razones sociales profundas y determinantes para que se abra el camino de una sociedad alternativa. Ésta será de naturaleza socialista, sean cuales sean las especificidades de su estructura y las modalidades de su organización concreta.

Es por eso que, desde un punto de vista histórico, mi juicio no es tan pesimista como aquel, comprensible, de la mayoría de los que fueron cogidos por sorpresa por el “cambio”2 de 1989. La cuestión social seguirá en el futuro en el centro de las controversias públicas en todos los países capitalistas. Algunos consagraron sus fuerzas a la realización de ese famoso “cambio” contrarrevolucionario. Creen aún hoy o por lo menos lo afirman, que actuaban para que las cosas fuesen mejor en la RDA.

Hoy estas personas deben enfrentarse a amargas realidades. Todos nosotros queríamos un socialismo que fuese aún mejor. Lo que se había alcanzado nunca nos bastó. Todos estos pequeños “reformadores” no lograron sino entregar el socialismo a sus enemigos porque prestaron oídos al gran “reformador”: en 6 años, éste logró desarmar al PCUS, del que era Secretario General, y llevar a la URSS a la aniquilación.

La RDA fue sacrificada en el altar de la “Casa Común Europea” por la cual Gorbachov luchaba con tanto ahínco. Fue el hecho más doloroso de mi existencia así como de la de numerosos camaradas. Estamos obligados hoy a reconocer que esto fue facilitado por nuestra actitud habitual ante Moscú, hecha ante todo de disciplina y respeto de la tradición. Ocurría lo mismo con aquellos que ya no tenían la voluntad de defender el socialismo. Y todo ello no fue finalmente posible sino porque corrientes enteras de nuestro Partido contribuyeron objetivamente a la eliminación del socialismo. Había entre ellos algunos traidores conscientes y declarados que se vanaglorian hoy de haber utilizado durante años sus contactos oficiales con la RFA para allanar el camino que llevaba a la anexión de la RDA.




SOBRE LA RDA 

Los acontecimientos que pusieron fin a la RDA fueron particularmente trágicos. Junto a Checoslovaquia, nuestro país era el Estado socialista más desarrollado… Una alternativa creíble al sistema imperialista. Los hombres y mujeres de la primera hora, los constructores del socialismo en la RDA, habían sabido hacer mucho. Sus realizaciones quedarán en la memoria del pueblo y pesarán sobre el porvenir. Son muchos los que ahora echan de menos lo que les era querido en la RDA: una total seguridad en materia social, garantizada por el carácter socialista de las relaciones de producción.

Aunque numerosos errores e insuficiencias hayan aquejado a ese socialismo, nadie está en posición ni puede atribuirse decentemente el derecho de denigrar estas realizaciones de los trabajadores. Nosotros no podíamos moldear el socialismo según deseos arbitrarios y hacer tabla rasa de la experiencia acumulada en la Unión Soviética. Ello no habría sido posible ni justificado, pues los primeros pasos que hicimos en este camino los aprendimos de los otros países que justamente construían el socialismo. Muchos trabajadores de la RDA estaban orgullosos de hablar de “su empresa”. Era un paso adelante, de un gran significado, que determinaba de manera creciente el conjunto de las condiciones de vida y que generaba al mismo tiempo una multitud de problemas. Se trataba de cuestiones cruciales como la construcción de viviendas, los convenios colectivos, las posibilidades de vacaciones abiertas a todos a precios asequibles. Se trataba de abrir la vía hacia las universidades a los hijos de los obreros y campesinos. Es toda la sociedad lo que había que reorganizar… esa sociedad que nos habían legado los capitalistas y los terratenientes, esa sociedad marcada por el fascismo y por la guerra. ¿Quién sabe si todo se hizo correctamente? No disponíamos en 1945 de los cuadros necesarios para dirigir la industria y la agricultura. Nadie sabía quién podría tomar la dirección de empresas como Buna o Zeiss. Esta cuestión no fue resulta hasta más tarde, tras un potente esfuerzo de formación y, en muchos sectores, no antes del fin de los años 50. Una cosa está clara sin embargo: los 2,3 millones de antiguos miembros del SED, al igual que los 500.000 miembros de los partidos democráticos aliados suyos, no tienen verdaderamente ninguna razón para bajar la cabeza ante sus nuevos señores.

La RDA era en 1989 un país industrial moderno dotado de una agricultura competitiva y un sistema social casi sin par en el mundo. Aunque esto deba decirse hoy en pasado, el hecho de que la RDA haya existido no puede borrarse de la historia. Ninguna campaña ideológica, cualquiera que sea su violencia, puede hacer tal cosa.

La RDA fue producto de la Segunda Guerra Mundial y de las evoluciones que se produjeron inmediatamente después. El 8 de mayo de 1945, no teníamos todavía ni la menor idea de la posibilidad de su existencia. Únicamente nos planteábamos la cuestión de saber cómo continuaríamos viviendo juntos.

La guerra acababa de terminar en las ruinas de Berlin. Cuando los Aliados vencedores se dividieron, todo se hizo aún más confuso para nosotros. Dos Estados alemanes, y no uno sólo, vieron la luz.

No se consultó al pueblo sobre esta cuestión. Nadie de nosotros había pensado antes en esta posibilidad. Los Aliados occidentales reunieron sus zonas de ocupación en una bizona, y luego una trizona.

Hubo entonces una reforma monetaria unilateral, y luego la creación de la RDA, seguida de la de la RDA. Wilhelm Pieck, Otto Grotewohl y Walter Ulbricht49 unieron entonces sus esfuerzos a los de Otto Nutschke, Wilhelm Kuelz y Johannes Dieckmann.    Se trataba de hacer posible una vida mejor para la población que desde entonces habitaría la RDA: 17 millones de personas de las cuales 4,3 millones desplazadas. En esta acción, el SED fue apoyado por partidos tradicionalmente implantados entre la burguesía. La RDA fue fundada a iniciativa del bloque antifascista de partidos democráticos gracias a un movimiento de masas muy amplio “por la unidad y una paz justa”. Este Estado nació de las ruinas dejadas por la Segunda Guerra Mundial. Se convirtió en un país respetado, que mantenía relaciones en todos los continentes y participaba activamente en las actividades de la ONU.

Todo análisis de la política de la RDA, ya parta de un a priori positivo o negativo, debe tener en cuenta lo que pasaba en Europa y en el mundo. En un contexto internacional cada vez más tenso, marcado durante los años 70 por la amenaza atómica, la RDA formó parte de aquellos que tomaron la iniciativa, en Europa, de un giro en la política internacional en favor de la distensión. Decir esto no es sobrevalorar el papel de la RDA.   Ésta estuvo grandemente preocupada por el estacionamiento de misiles de alcance medio que se efectuaron a ambos lados de la frontera interalemana.


Tuvo que gastar para ello sumas del orden de dos mil millones de marcos. Tal como pudieron comprobar aquellos que, tras la apertura de la frontera, quisieron ir a Warendorf en busca de un “scoop”, los militares soviéticos afectados a esos misiles se beneficiaron de escuelas, de jardines de infancia, de alojamientos, además de las instalaciones que permitían implantar las técnicas operacionales.   Quisiera además subrayar un hecho importante, válido para el conjunto de estos cuarenta años. El pueblo realizó mucho con sus propias fuerzas. Pero sólo la ayuda y la existencia de la URSS permitieron todo eso. Breznev, a quien yo había visitado en un hospital de Moscú, tenía perfecta razón al decirme el 28 de julio de 1970 que: “la RDA no puede existir sin nosotros, sin la Unión Soviética, su potencia y su fuerza. Sin nosotros, no hay RDA. La existencia de la RDA corresponde a y expresa nuestros intereses y los intereses de todos los países socialistas. Es el resultado de nuestra victoria sobre la Alemania hitleriana. Alemania ya no existe, eso es así. Hay una RDA socialista y una República Federal capitalista.” Fue obligado constatar, más tarde, y esto fue doloroso para millones de hombres, de mujeres y niños, que sin la Unión Soviética, no podía ya haber RDA. Conocer la historia de la posguerra marcada por el combate común de quienes se emplearon en la puesta en marcha honesta de los acuerdos de Potsdam, saber cómo Europa se deslizó poco a poco hacia la Guerra Fría, es mostrar que la RDA no tenía nada de artificial ni de simulado. La RDA fue durante décadas una patria para el socialismo. Sobre esto, el pueblo podía tener la experiencia concreta en su vida ante los ojos del mundo entero. Hoy se ve que las fuerzas occidentales habían captado bien, varios años antes del “giro” de 1989, que la Perestroika y la Glasnost ofrecían una ocasión de liquidar la RDA. ¿Por qué este peligro no fue reconocido a tiempo, analizado en la propia RDA y conjurado con medidas adecuadas? He ahí la pregunta.   ¿Cómo explicar el entusiasmo con el que importantes círculos de intelectuales tomaron posición en la RDA a favor de la Perestroika y la Glasnost, cuando la estrella de la renovación comenzaba a perder brillo en la propia Unión Soviética? Sea como sea, ahora que el resultado de este error mayúsculo aparece ya claro como la luz del día, nos corresponde sacar las enseñanzas necesarias de esta catástrofe. Entre las más importantes: el hecho de que subestimásemos el peligro nacionalista que sumergió a la RDA en 1989 y 1990; igualmente subestimamos la influencia de los medios audiovisuales (venidos de Occidente) sobre la opinión pública en un país dividido del que sólo una parte construía el socialismo. Igual ocurrió con el efecto de las disparidades económicas entre el Oeste y nosotros, así como con el papel del consumo, peligros que en último término resultaban de la fuerza de la RFA en el seno de la OTAN, de la cual era la primera potencia económica y militar en Europa. Conocíamos sin embargo todos estos peligros. Se hicieron grandes esfuerzos que reforzaron el peso global de la RDA, sobre todo en los dominios económico, político e ideológico. Pero eso fue visiblemente insuficiente. En todos los dominios nuestra política adolecía de insuficiencias. A fin de cuentas, habríamos podido y habríamos debido servir mejor a nuestra causa de lo que lo hicimos. Esto debe ser dicho teniendo en cuenta la novedad de las numerosas interrogantes que planteaba la puesta en marcha de las nuevas relaciones sociales. Algunos desafíos no se tomaron en cuenta a tiempo. Las reacciones correctas se hicieron esperar. Así fue con los problemas ligados a la explosión de las tecnologías punta en un número limitado de países capitalistas desarrollados. La estructuración de las sociedades socialistas se encontró así frenada en todos nuestros países… Sin hablar de las dificultades recurrentes que causaban frecuentemente las perturbaciones en las exportaciones y las importaciones al desarrollo de la producción en la RDA. Evocaré a este propósito la reexportación de carbón soviético desde Polonia, el hierro y el acero soviético de importación no correspondían a las normas determinadas en común, etc.…   Algunos de nuestros propios problemas económicos, además, no fueron resueltos. Las soluciones que se propusieron no fueron siempre puestas en marcha concretamente. La tasa de crecimiento pagó las consecuencias. La internacionalización de la producción, la especialización y la cooperación eran mucho menos avanzadas que en Occidente. El CAME tenía dificultad en funcionar efectivamente y no conseguía tratar las nuevas cuestiones planteadas por la revolución científico-técnica. Después de 1985, estos problemas se agravaron debido al debilitamiento de las economías socialistas. Cuando las entregas de petróleo soviético fueron reducidas de manera definitiva, tuvimos problemas para encajar el golpe. En efecto, estábamos habituados a recibir materias primas de origen soviético por un valor equivalente a dos mil millones de marcos. La comisión de Estado para el Plan de la RDA me invitó en 1981a dirigirme al B. P. del PCUS… Lo hice, y señalé con la mayor seriedad que la reducción unilateral de las entregas de petróleo y de cereales (respectivamente: de 19 a 17 y de 4 a 3 millones de toneladas) nos obligaba a importar grano de occidente y amenazaba a nuestra economía con un verdadero hundimiento.

Pasemos a otra cuestión: la de la ampliación de la democracia. Se planteó en el 7º Pleno en 1988. Fue un error no tomar entonces medidas para que todos participasen en la gestión directa de la sociedad, de la empresa y del barrio. Así la creación de Consejos de Empresa siguió siendo objeto de discusión igual que muchas otras propuestas…    Pero hacer hoy como si no hubiera habido democracia en el socialismo o afirmar que la democracia burguesa sería superior a la democracia socialista, no corresponde a la realidad. Puesto que hoy son palpables para todos, las realidades de la sociedad capitalista permiten constatarlo. Hay que romper el velo de ese discurso supuestamente marxista-leninista que ensalza la democracia “por encima de las clases”. No hay verdadera democracia allí donde los hombres que crean el valor no poseen los principales medios de producción. Allí donde funciona, la democracia burguesa no consiste más que en esos espacios de libertad que los trabajadores han podido arrancar al capital por sus luchas. El pueblo es amordazado allí donde el capital detenta el poder. Cualesquiera estructuras y mecanismos democráticos no cambian nada a este respecto.

Su función se detiene allí donde el beneficio y los intereses de clase están en peligro. El pueblo, al contrario, tiene la palabra en el socialismo. Su voluntad no se somete a ninguna coacción exterior. Es propietario de los medios de producción. Se ha desembarazado de las relaciones de explotación que en otros lugares parecen eternas como si resultasen de leyes naturales. ¿Significa esto que nuestras estructuras democráticas eran suficientes? No cabe duda de que no era este el caso y esto era visible en muchos sectores. Se imponían perfeccionamientos y correcciones, pero ¿cuáles? La participación de los ciudadanos en la resolución de cuestiones decisivas, su conciencia de propietarios, eran insuficientes. Nuestros principios eran los mismos para todos esos problemas, como para la mayoría de los otros: lo que estaba en construcción debía ser terminado. “Salvaguardia de la continuidad y necesaria renovación”, tal era nuestra consigna. No estuvimos nunca contra reorganizaciones fundamentales que llevasen a la adopción de nuevas orientaciones. Pero era preciso que éstas hiciesen progresar la construcción del socialismo. Basta para convencerse de esto el remitirse a numerosos documentos de nuestro Partido así como a las orientaciones oficialmente adoptadas por los órganos del Estado.



Nos oponíamos sin embargo a ese tipo de “renovación” que, puesta en marcha en la Unión Soviética, debía conducir al abandono del socialismo… experiencia dolorosa. Es además completamente falso afirmar que la RDA combatió la línea propuesta por Gorbachov desde el momento en que éste se convirtió en Secretario General del PCUS. Recordemos a los calumniadores que los documentos editados por ese partido, iniciando la reestructuración, fueron más ampliamente difundidos en la RDA que en cualquier otro país socialista. Pero aplicar mecánicamente en la RDA cambios que se derivaban de problemas coyunturales propios de la Unión Soviética en una fase determinada de su desarrollo no habría tenido ningún sentido. Tal era nuestro punto de vista en la época y hoy reconozco toda su justicia.

 Las insuficiencias de nuestro trabajo ideológico pesaron mucho. Hicimos mucho, pero la vida planteaba cuestiones nuevas. La calidad de nuestra propaganda dejaba que desear. Discutimos esto abiertamente en el encuentro entre el CC del SED y los secretarios de subdistrito que tuvo lugar el 12 de febrero de 198853.   ¿Cuáles eran los problemas decisivamente nuevos en este dominio? El adversario invertía importantes medios. Tras Helsinki se desencadenó la campaña sobre los “Derechos Humanos”, a la cual nos equivocamos en no responder. No fuimos nosotros los que reclamamos que se respetasen los derechos elementales del hombre. Envueltos en la bandera de la libertad, los imperialistas reclamaban a voz en cuello esos mismos derechos que pisotean en los países que dominan. Nuestro enfoque de este problema era demasiado débil en teoría y en la práctica. Muchas cosas eran difíciles de realizar, por otro lado, en la RDA. Pienso aquí por ejemplo en la extensión de las posibilidades de viajar.

¿Había esquematismo en el trabajo ideológico? Sí, lo había. El hecho de desfigurar la historia del socialismo hizo el trabajo ideológico más difícil entre la juventud. Aquellos que se reclamaban de un socialismo sin tacha para subrayar los fracasos y los errores, jugaron un papel de disgregación. Muchos perdieron así su fe en los ideales socialistas. Revelar las debilidades y los errores era un aspecto necesario para clarificar lo que se debía hacer mejor en el futuro y en el presente. Había que sacar las enseñanzas necesarias. Pero ¿qué es lo que intervino para desorientar a todo el mundo?

Hubo una toma de distancia radical con la historia del socialismo. Ésta se desarrolló a través de los medios pero también mediante la difusión de libros, en el curso de representaciones teatrales… El socialismo aparecía como el camino del crimen y el engaño. Precisemos a este respecto que el presidente del PDS participó más tarde en esta campaña caracterizando al SED como un partido reaccionario y al socialismo como una forma de feudalismo. Se sembró la duda, nuestros ideales fueron sacudidos.   ¡Qué inmensos esfuerzos habían hecho sin embargo el KPD y luego el SED para hacer más próxima para los alemanes la obra de edificación realizada por los soviéticos y la historia del primer Estado socialista! Se puede decir que literalmente un pueblo fue reeducado y transformado de enemigo en amigo de la Unión Soviética. Las condiciones históricas y políticas hicieron que los comunistas y los antifascistas alemanes rehusaran dejar abierto cualquier espacio en el que se hubiera podido discutir sobre el papel histórico mundial de la Unión Soviética. Pero no hubo un silencio deliberado sobre el periodo de Stalin, tan doloroso en una fase determinada de la historia.   Se nos ha reprochado el haber idealizado el papel de la Unión Soviética. Es posible, pero ¿teníamos nosotros derecho a arrastrar a ese país por el lodo mientras el campo occidental desencadenaba constantemente campañas ideológicas odiosas contra él? Era para nosotros el portaestandarte del socialismo. ¿Hemos olvidado que Reagan había asimilado la Unión Soviética a un “imperio del mal” que debía ser descabezado? El SED, la mayoría del pueblo y generaciones enteras habían sido educadas en el espíritu de una indestructible confianza en la Unión Soviética. Debieron digerir, por segunda vez desde el choque de 1956, argumentos destructivos que, de 1985 a 1990, ya no venían del adversario. Todos los valores fueron nuevamente cuestionados. Fue una reevaluación general de todo el camino lleno de espinas que el socialismo había recorrido. Ni la victoria sobre el fascismo  escapó a esto. No se trataba de un análisis de la historia que permitiera tener en cuenta un desarrollo general acompañado de fallos y errores. No, todo lo que hasta entonces había sido considerado como correcto fue cuestionado, incluida la Revolución de Octubre. ¿Cómo debía y podía comportarse nuestro partido ante eso? ¿Qué habría provocado una confrontación abierta con una política abiertamente tolerada en la Unión Soviética? ¿El aislamiento de la RDA? ¿Habría comprendido eso la gente? No obstante, tomamos posición a favor de las transformaciones positivas en la Unión Soviética. Saludamos el nuevo programa de política social que fue adoptado en 1985  y que debía mejorar la vida cotidiana del pueblo soviético. Sea como sea, dudábamos de que esto pudiera ser realizado al mismo tiempo que la aceleración del desarrollo socio-económico54. Todo lo demás que ocurría en la vida política soviética consistía para nosotros en asuntos internos cuyos desafíos nos costaba sopesar. Es cierto que vi de manera creciente los peligros que podían resultar y que resultaban efectivamente ya de análisis erróneos referidos a ciertos aspectos del imperialismo. Por eso advertí contra todo eso. Pero, visiblemente, tal como los acontecimientos demostraron ulteriormente, los miembros de nuestra dirección no estaban todos persuadidos de que de ello resultaría la disolución de la RDA. El proceso de disgregación estaba más adelantado de lo que yo mismo pensaba, inclusive en las propias filas de nuestro Partido. Sacar de esto la conclusión de que hacíamos gala de un comportamiento negativo hacia la Unión Soviética, sería contrario a la realidad de los acontecimientos que se produjeron a continuación. Se ha preguntado qué papel pudo jugar la oposición en este proceso. Se había iniciado una vasta colaboración con corrientes diversas, con una pluralidad de fuerzas en la sociedad, entre las cuales los medios próximos a la iglesia.


He ahí un hecho que no se puede despreciar. Esta colaboración era más profunda de lo que muchos hoy quieren hacer creer. Nuestra política de diálogo implicaba una voluntad de una amplia alianza con gentes razonables y realistas. No había sólo, digámoslo para terminar, discusiones internas, sino acciones ampliamente conocidas por la opinión pública, encuentros y conferencias, organizadas de manera compartida con las iglesias, los pacifistas y otras organizaciones. Recordemos, por ejemplo, la marcha Olof Palme, que no encontró sólo aprobación en nuestro partido. En esos medios, había gentes que tenían intenciones honestas pero que chocaron a menudo entre nosotros con juicios negativos. Se encontraron entonces empujados en la mala dirección. Evoquemos a este propósito el papel de la iglesia. La iglesia evangélica comenzó en 1985, bajo el pretexto de la Perestroika y la Glasnost, a transformar las casas de Dios en templos de la política. Su dirección obligó al obispo de Greifswald a dimitir porque había invitado al Presidente del Consejo de Estado56 a la ceremonia de consagración de la catedral de esta ciudad.

Sin embargo la restauración de ese edificio había gozado de subvenciones públicas. Las manifestaciones de noviembre de 1989 fueron casi todas dirigidas por pastores. Tras mi dimisión, apenas quedaron unas pocas funciones oficiales que no estuvieran ocupadas por curas. Pero hubo también diferenciaciones en el comportamiento del clero y la jerarquía. Cierto número de curas se posicionaban sinceramente a favor de la RDA y la “iglesia en el socialismo”. Describir a la oposición como enteramente alineada en torno a concepciones diferentes de las nuestras sería una simplificación. Pero había enemigos del Estado socialista que querían destruir el sistema. ¿Cómo calificar de otro modo, en efecto, a aquellos que obraron finalmente por la restauración del capitalismo como sistema político y económico y que disimularon sus intenciones bajo el manto de la democracia burguesa?

Se ponga como se ponga, se trataba de una lucha por el poder, un poder que la burguesía había perdido cuarenta años antes y que pretendía recuperar. No se trataba de derrocar un “poder personal” ni de “abolir la dominación del Politburó”, sino de expropiar las empresas pertenecientes al pueblo, liquidar las cooperativas agrícolas, restituir sus dominios a los grandes propietarios nobles de tierras, y destruir la propiedad socialista. Se trataba de liquidar la RDA, sus instituciones científicas, su equipamiento sanitario y social, en suma, todo lo que estaba ligado al carácter socialista del Estado. Los capitalistas recuperaron sus empresas, fue restaurado el poder del capital. Eso es lo que estaba en juego. Nadie puede negar hoy que el escenario aplicable a todos los países socialistas fue orquestado internacionalmente y se tradujo en una contrarrevolución. Todos los partidos marxistas de esos países fueron víctimas de la misma estrategia y destruidos. Fueron sacrificados en el altar del “nuevo pensamiento”.   Fue un error fatal considerar que la diferencia de sistemas sociales pudiera dejar de existir por el mero efecto del “Nuevo modo de pensar”. En los primeros años, la historia del socialismo fue presentada de manera desfigurada. Veo en eso la causa de una pérdida de identificación de mucha gente con el socialismo. Más grave aún, el carácter inacabado de un orden social todavía joven históricamente no se presentaba bajo todos sus aspectos, con todas sus contradicciones. Se analizaban los fallos y errores cometidos en la construcción del socialismo de una manera que cuestionaba las conquistas y los ideales de esa sociedad alternativa al capitalismo explotador. Nuestra debilidad consistía en no haber conseguido dar vida a todos los aspectos de nuestros ideales socialistas para cada individuo. Nunca hemos negado que el socialismo se encontrase todavía en un estadio inacabado de su desarrollo. Además, ciertos límites resultantes de las condiciones objetivas obstaculizaban la realización de lo que se deseaba.


A pesar de eso el socialismo presentaba un potencial de desarrollo inagotable. Nadie ha respondido todavía a la pregunta de saber a qué podría parecerse ese “socialismo democrático” con el que nos machacaron los oídos. Cualquiera que sea la definición que se dé a este último, tomar distancias de manera decisiva con el comunismo no es tan sólo tirar un ideal por la borda, es negar las transformaciones intervenidas en las relaciones de producción. La abolición de la explotación del hombre por el hombre necesita de manera absoluta la destrucción de la propiedad privada de los medios de producción esenciales. Es la condición fundamental para una gestión altamente productiva para la sociedad y para el individuo, para la concreción de la participación y de la responsabilización de los obreros, los campesinos, los intelectuales, las mujeres y los jóvenes, en resumen, de cada ciudadano, en todos los aspectos de la vida cotidiana, para la expansión de la vida cultural, el respeto a los demás y la protección de uno mismo. Queda en pie una verdad fundamental: el socialismo existe allí donde se garantizan la paz, el derecho al trabajo, la solidaridad y los derechos esenciales del hombre. Si no es ése el caso, toda la palabrería sobre el libre desarrollo de la individualidad del hombre se revela como una pura cortina de humo.

Me plantean a menudo la siguiente pregunta: ¿se habían intercambiado experiencias entre los países socialistas sobre tales cuestiones fundamentales de la política? Mi respuesta es afirmativa: eso existía a todos los niveles y en diferentes sectores de la vida social.   Había un fructífero intercambio de experiencias y de puntos de vista conflictivos. Ello no impedía la colaboración. Se hablaba de muchas cosas pero la cuestión del pluralismo en la sociedad, que repercutía en una suma considerable de problemas, nunca se discutió a fondo. Lo mismo ocurrió desgraciadamente con muchas otras cuestiones significativas. Como he dicho, se hablaba de todo, pero, mientras que los Estados de la OTAN adoptaban resoluciones que fijaban su comportamiento común ante varias series de problemas, se adoptó entre nosotros después de 1986 un principio totalmente diferente: cada uno debía llevar su propia política. Este principio no se respetaba sin embargo a partir del momento en que los intereses de la potencia dirigente estaban en juego.

El principio era ciertamente justo. No habría debido sin embargo llevar a que otros principios, los que figuraban en los tratados de amistad, de cooperación y de apoyo mutuo, fueran violados. Es particularmente lamentable que, en el punto culminante de la crisis de 1989, la cumbre de Bucarest no haya permitido discutir abiertamente y ponerse de acuerdo sobre las medidas que debíamos adoptar en común. Varios secretarios generales exigieron que tuviese lugar un nuevo encuentro en octubre en Berlin. Éste ya no pudo tener lugar. Se plantea naturalmente la cuestión de saber si habríamos podido todavía frenar la evolución de las cosas.



Links 2,3,4 - Rammstein:



Himno RDA: 





lunes, 23 de septiembre de 2013

Tras la caída del muro...

Hace unas semanas, en Berlín, mientras los beneficiarios del cambio político en la Europa del Este celebraban la desaparición del muro (y, sobre todo, del “socialismo real”) hace veinte años, como prueba manifiesta de la superioridad social del capitalismo, la prensa internacional conservadora lanzó una de sus habituales campañas propagandísticas para vender de nuevo la mentira del supuesto éxito conseguido por el cambio político y económico en los antiguos países socialistas europeos. La escenificación de una alegría impostada en ceremonias de auto alabanza (con evidentes concesiones al nacionalismo alemán) y la presencia, y, después, las imágenes difundidas por el mundo de Gorbachov, George Bush, Kohl, Merkel, Wałesa y otros (incluso Medveded) celebrando la “victoria sobre el comunismo”, escondían el sufrimiento social causado por el retroceso hacia el capitalismo en toda la Europa oriental, y se revelaban como la gran mentira de los festejos de Berlín.


Hace un año, en enero de 2009, haciéndose eco de un estudio de la Universidad de Oxford, el diario italiano Il Manifesto publicaba un artículo sobre las consecuencias de las privatizaciones y de las reformas de la llamada terapia de choque de Yeltsin y Gaidar en Rusia. El trabajo que citaba el diario italiano había sido publicado en la revista médica Lancet y llevado a cabo por David Stuckler, de la Universidad de Oxford, Lawrence King, de la Universidad de Cambridge, y Martin McKee, de la London School of Hygiene and Tropical Medicine,  utilizando datos de organismos de la ONU, como la UNICEF, después de una investigación de cuatro años. Un millón de muertos. Ese era el resultado de la investigación que concretaba el aumento de la mortalidad (casi un trece por ciento, durante los años noventa) a consecuencia del desempleo, las privatizaciones y la aplicación de las recetas liberales que extendieron el hambre, la miseria y causaron la destrucción de la economía rusa. Debe hacerse la precisión de que el estudio abarcó la mayor y más poblada república soviética, pero que, de hecho, Rusia representa sólo la mitad de la población que componían las quince repúblicas soviéticas, y tampoco abordaba lo sucedido en el resto de países socialistas, que, juntos, sumaban otros cien millones de habitantes. Ese estudio publicado en Lancet , por tanto, sólo habla de la mortandad causada entre ciento cincuenta millones de habitantes, mientras que el conjunto de la población de la Europa socialista alcanzaba los cuatrocientos millones. No debe olvidarse, además, que esas cifras son estimaciones, puesto que otros estudios elevan mucho más el número de víctimas: piénsese en el aumento de la mortalidad infantil, en el retroceso de la natalidad, en el descenso de la población (a veces, por la emigración; en otras, por causas distintas, que no siempre es fácil clasificar). Ucrania, por ejemplo, ha descendido desde los 52 millones de habitantes que tenía en el socialismo, en 1991, a los actuales 46 millones, dieciocho años después.

Por supuesto, nada de eso se vio reflejado en los festejos de Berlín, ni el gobierno pronorteamericano de  Yushenko y Timoshenko, ni los países capitalistas occidentales se han preguntado hasta ahora por la causa de un desastre demográfico de tal magnitud. Y es sólo un ejemplo, aunque sea de los más dramáticos. La antigua RDA, que contaba con dieciséis millones de habitantes, ha perdido dos, sobre todo por la emigración, y muchas ciudades se están despoblando. Incluso el  International Herald Tribune (en su edición del 15 de enero de 2009) se hacía eco de la muerte prematura de unos tres millones de personas en el conjunto de los antiguos países socialistas europeos, según datos de los organismos de la ONU, y de la pérdida de unos diez millones de personas en esos territorios. Ante el horror y la contundencia de las cifras, Jeffrey Sachs (uno de los principales asesores de la terapia de choque capitalista en Rusia y otros países) intentó descalificar esas estimaciones y, en una carta a The Financial Times, consideró un éxito la reforma en Polonia, Chequia y Eslovenia, al tiempo que achacaba la mortandad en la antigua URSS a una evolución que se inició en la década de los sesenta del siglo XX, y a “la pobre dieta alimenticia soviética” (afirmaciones que la excelente investigación de Serguei Anatolevich Batchikov, Serguei Iurevich Glasev y Serguei Georguevich Kara-Murza, en El libro blanco de Rusia. Las reformas neoliberales (1991-2004), deja por completo en evidencia). Refutando a Sachs en esas mismas fechas, en una entrevista en The Times, el premio Nobel Joseph Stiglitz afirmó que la terapia de choque fue “una política económica desastrosa”. El capitalismo ha llevado a la muerte a millones de personas, y no sólo en anteriores etapas históricas, sino en estos últimos años. La desaparición del socialismo europeo no fue un éxito, sino una catástrofe, y centenares de miles de personas vivirían aún de no haber mediado ese desastre que celebraban en Berlín.

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Bajo el socialismo, con el trabajo, asegurado para toda la vida para cualquier ciudadano, se disponía de casa, de asistencia médica, vacaciones y jubilación. Nadie pensaba en el desempleo, ni en los desahucios y la falta de techo, ni en las abusivas hipotecas de por vida, ni esperaba con temor una vejez desamparada y pobre. La privatización trajo consigo la pérdida de millones de puestos de trabajo, el desmantelamiento de buena parte de la industria, creó una espantosa corrupción, y. además, desató la miseria, la desesperación, el aumento del alcoholismo, de los suicidios, el abandono de niños, las pensiones de miseria, la introducción de ciegos criterios de mercado por encima del interés social, mientras se enriquecía una minoría.


El desastre en las instituciones científicas, el retroceso en la investigación, la ruina de la cultura, la introducción desde el Occidente capitalista de los más banales y zafios recursos de entretenimiento y alienamiento popular, la planificada destrucción de las costumbres sociales de ayuda mutua y solidaridad, fue acompañada por la exaltación del egoísmo personal y la búsqueda del bien privado, porque lo común pasó a ser considerado sospechoso por el nuevo poder capitalista. El desmantelamiento de la sanidad pública, el aumento de los precios de las medicinas, la reducción de la esperanza de vida, afectaron de manera determinante a la población. Todavía desconocemos las cifras de suicidios, las muertes causadas por el alcoholismo de quienes habían caído en la desesperación; la mortalidad debida a la proliferación de enfermedades como la tuberculosis, que afectan ahora a millones de personas, el destino de muchos de los centenares de miles de vagabundos y de niños abandonados que llenaron toda la geografía de la Europa oriental, y que siguen viéndose hoy, que fueron consecuencia directa de la salvaje implantación del capitalismo. Si hace dos décadas el hambre era desconocido en toda la Europa oriental, hoy afecta a millones de personas. Se dispone de algunas estadísticas parciales: en Ucrania, hoy, por ejemplo, un millón y medio de personas pasa hambre.

Esa política, impulsada en Rusia por el sanguinario Yeltsin, y por personajes como Gaidar y Chubais, tenía detrás a académicos norteamericanos neoliberales como el citado  Jeffrey Sachs, y suecos como Anders Åslund (ayer, asesor económico en Rusia y Ucrania, y hoy responsable del programa ruso y euroasiático de Carnegie Endowment for International Peace de Washington), y sus ideas recibieron el apoyo entusiasta de Estados Unidos, con Clinton al frente (el presidente a quien tanta risa daban las ocurrencias del alcoholizado Yeltsin); tenían el sostén de Alemania, con Helmut Kohl; de Gran Bretaña, bajo John Major; y de Francia, con Mitterrand, y, después, Chirac.

Con apoyo occidental se produjo el mayor robo de la historia de la humanidad, en la Unión Soviética y en el resto de países socialistas europeos. No hubo frenos al latrocinio. Incluso, como ocurrió en Bulgaria, llegaron a devolver al rey Simeón ¡más tierras de las que poseía antes de la nacionalización decretada al finalizar la Segunda Guerra Mundial! Solamente en la RDA, aunque suele alegarse el gran volumen de las “ayudas” desde la RFA a las nuevas regiones del Este, se oculta que Bonn se apoderó de todo el patrimonio nacional de la RDA, que tenía un valor calculado en el doble de los desembolsos realizados por Bonn: la deliberada destrucción de la industria del Este alemán, exigida por los empresarios y aplicada por el gobierno occidental, forzó a la emigración de centenares de miles de ciudadanos y aceleró el envejecimiento de todo el territorio oriental. También las mujeres perdieron: en la RDA, trabajaban el 92 % de ellas; hoy, apenas el 69 %. Libertad… para emigrar, y para morir.

Esa realidad es conocida por los investigadores y por los gobiernos, pero no por ello se sienten aludidos los liberales: algunos, aunque no pueden dejar de reconocer el desastre, insisten en las ventajas a largo plazo de la implantación del capitalismo en la Europa del Este. Veinte años después de la desaparición de los sistemas socialistas que gobernaban la Europa del Este, la bien engrasada maquinaria propagandística de los medios de comunicación sigue remachando el clavo de la interpretación sobre aquellos hechos: manejando ideas simples para asuntos complejos, liquidan el expediente evocando la supuesta “rebelión popular contra el socialismo”, para terminar felicitándose, interesadamente, por la “muerte del comunismo” y el “triunfo de la libertad”.  Además del recurso a la deshonesta y falsa equivalencia entre nazismo y comunismo, los defensores del capitalismo utilizan otros argumentos. La equiparación entre democracia y capitalismo fue sólo una de las muchas astucias de tramposos que los laboratorios ideológicos del liberalismo desarrollaron con éxito en la Europa del Este, pese a la evidencia de que el capitalismo no trae consigo la democracia: de hecho, ha convivido y convive con regímenes dictatoriales, monarquías autoritarias, estados expansionistas y belicistas, democracias tuteladas, y, también, con el nazismo y el fascismo. Porque la actual democracia liberal (corrompida por el poder del dinero) es sólo una de las formas políticas que ha adoptado el capitalismo. Otra de las trampas que utilizan los liberales es la condena universal del socialismo por los excesos y crímenes del pasado, mientras que el capitalismo es presentado como carente de historia: parecería que ni el colonialismo, el imperialismo, las matanzas y la represión en todos los países, existieron nunca, y, si se recuerdan, son para considerarlos fenómenos históricos que no tienen nada que ver con el capitalismo actual, pese a las guerras que mantiene. Para la propaganda liberal, ese capitalismo está representado apenas por los países más desarrollados, no por los más pobres: es Francia, no Egipto; es Alemania, pero no Indonesia; es Estados Unidos, pero no Haití. El entusiasmo liberal por la revisión de la historia llega al extremo de querer equiparar comunismo y nazismo por el procedimiento de negar la evidente filiación del fascismo con el capitalismo, y con la abusiva utilización del término “totalitario” que permite crear el espejismo de un capitalismo “democrático” que se habría opuesto al totalitarismo de nazis y comunistas, idea que no resiste la menor comprobación empírica, porque el nazismo y el fascismo no fueron derrotados por las potencias capitalistas sino por el socialismo soviético.



Nikolái Rizhkov, que fue, desde 1985 hasta 1990, presidente del gobierno soviético con Gorbachov, y que hoy, como senador, defiende la política de Putin, considera que “la desaparición de la URSS fue una tragedia”, y todos los indicadores sociales y económicos lo confirman. No sólo en lo económico: Rizkhov cree que Gorbachov negoció mal el “asunto alemán” y que nunca debió aceptar que la Alemania unificada permaneciese en la OTAN. Esa imposición estimuló la voracidad y la ampliación posterior de esa alianza, que ha llegado a engullir incluso a tres antiguas repúblicas soviéticas, y a establecer cuarteles norteamericanos en las puertas de Rusia. El Pacto de Varsovia fue desmantelado; la OTAN sigue planificando guerras.  Se seguirá discutiendo durante mucho tiempo sobre esa catástrofe. Hoy, las diversas explicaciones llegan desde la indigencia intelectual y la deshonestidad política de los medios liberales, pasando por la severidad de un sector de la izquierda (socialdemócrata, trotskista, anarquista) que condena, a veces sin matices, la experiencia del socialismo real, y terminando con la hagiografía de otro sector de la izquierda (comunista) que rechaza cualquier análisis crítico de la realidad de los antiguos países socialistas europeos.

Desde la Polonia que acaba de prohibir la bandera roja y los símbolos comunistas (igual que hicieron Hitler, o Franco, o Mussolini), desde la Chequia que intenta prohibir ahora el partido comunista; desde los países bálticos, que con su feroz falsificación histórica relegan a los comunistas a la clandestinidad y absuelven a los nazis locales de su complicidad con el Reich hitleriano; desde la Alemania unida que persigue el recuerdo de la RDA, o desde la Rusia que quiere destruir al partido comunista, todos esos países, unidos al gran altavoz de la propaganda liberal que tiene su centro en Estados Unidos, se agrupan tras Washington en una poderosa coalición que sigue saludando como una gran victoria de la libertad el vendaval que se inició en 1989 y culminó, primero, en 1991, con la desaparición de la URSS, y finalmente, en 1993, con el golpe de Estado de Yeltsin en Rusia, que consolidó la vía golpista al capitalismo.

La política de Gorbachov segó la hierba bajo los pies de los dirigentes comunistas europeos, porque estimuló las protestas y anunció tácitamente que Moscú no movería un dedo para sostener a la Europa oriental. Incluso se estimularon las protestas: los gobiernos se vieron abocados a iniciar improvisadamente reformas, a entablar procesos de negociación con la oposición y, en última instancia, a ceder el poder. No obstante, pese al análisis predominante que hoy se hace en Occidente (sostenido con entusiasmo por los beneficiarios del cambio de régimen: una mezcla, según los países, de antiguos disidentes, viejos “comunistas” reconvertidos al capitalismo y nuevos burgueses surgidos de la rapiña y el caos), que puede resumirse en la falsa foto fija de una “rebelión contra el socialismo”, lo cierto es que  las manifestaciones de 1989 en la Europa del Este no reclamaban nunca el capitalismo: querían reformar el socialismo, acabar con el autoritarismo y los abusos del poder comunista, conquistar la libertad y acabar con el temor reverencial al poder, conservando las estructuras económicas del socialismo. Sin embargo, las explicaciones no son sencillas, y aunque desconocemos todavía buena parte de las complicidades y de la acción que desarrollaron las grandes potencias, no se sostiene la interpretación liberal de un hartazgo popular, porque buena parte de la población permaneció a la expectativa. La supuesta rebelión popular en Rumania contra Ceaucescu, por ejemplo, nunca existió: hubo importantes y nutridas manifestaciones, sí, pero el general Stanculescu ha revelado recientemente que el golpe de 1989 que terminó con la sentencia a muerte del presidente del país contó con la complicidad soviética y norteamericana. Al margen del turbio carácter del personaje, y de su afán por justificar su papel, lo cierto es que seguimos desconociendo muchos aspectos de los acontecimientos de ese año, y no sólo en Rumania, aunque no todos obedecen a causas conspiratorias.  Es cierto que las maniobras y operaciones planificadas operaron sobre un descontento popular que se manifestaba en la población católica polaca, en la insatisfacción por la limitación de movimientos en la RDA, Hungría o Checoslovaquia, en la escasez de abastecimientos en Rumania, Bulgaria o la URSS, y en la aspiración a la libertad, pero la clave está en la pasividad del Moscú de Gorbachov y en la incapacidad de los gobiernos comunistas para afrontar y canalizar unas protestas pacíficas que, en su origen, no iban masivamente contra el socialismo: ni siquiera tras el hundimiento de la Europa socialista en 1989, en la URSS que veía crecer la demagogia de Yeltsin y que le llevó a ganar las elecciones rusas y a disolver la Unión Soviética en 1991, nunca su gobierno se atrevió a explicar a la población que su propósito era implantar el capitalismo.

Uno de los mecanismos de robo impuestos a la población fueron las altas tasas de inflación en toda la zona (¡que llegaron a superar los tres dígitos!) a causa de la decretada liberalización de precios, lo que supuso una brutal devaluación de los ahorros de la población. Junto a ello, la masiva desindustrialización, que llevó a caídas de la producción superiores al 50 % en muchos países, y la consiguiente introducción de capital, tecnología y empresas occidentales que se apoderaron de la estructura productiva en Checoslovaquia, Hungría, Polonia y otros países. El aumento de los precios no fue equilibrado con un aumento de los salarios, y esa fue una de las vías para favorecer la acumulación de los nuevos capitalistas y para desarmar cualquier conato de protesta, porque la población debía emplear toda su energía en asegurarse el sustento diario, siempre por debajo de la dieta alimenticia habitual que tenía en el socialismo. Los salarios continúan siendo hoy mucho más bajos que en el occidente europeo, y eso explica la instalación de empresas occidentales para explotar una mano de obra barata, pero educada y con gran capacidad técnica. La privatización de los bienes del Estado (a través de ventas amañadas, subastas falseadas o “reparto” de participaciones que, inevitablemente, acabaron en manos de los nuevos capitalistas) trajo consigo un cambio total de propiedad, de la que se aprovechó la gran empresa occidental. Los nuevos bancos que operan en la Europa oriental, por ejemplo, son controlados casi en su totalidad por capital extranjero, y la introducción de las empresas capitalistas europeas buscó desde el principio apoderarse de buena parte de los sectores económicos de cada país, junto a la explotación de mano de obra y la especulación financiera y urbanística, y, en ocasiones, a la creación de “industrias” tan repulsivas como la que se dedica a la pornografía en Budapest, convertida en el mayor centro europeo de ese negocio.

La deuda externa combinada de los países europeos orientales en 2008, excluida Rusia, superaba con mucho (en casi 200.000 millones de euros) el monto total de las inversiones extranjeras (que han sido de unos 450.000 millones) acumuladas en los casi veinte años anteriores: un mal negocio, desde cualquier punto de vista. La emigración ha supuesto un golpe demoledor para la mayoría de los países, y, al tiempo, un recurso inevitable para la subsistencia de muchas familias. Aunque las estadísticas son precarias e incompletas, sabemos que más de un millón de polacos han emigrado a Gran Bretaña, y contingentes numerosos a otros países, y el gobierno de Bucarest considera que tres millones de rumanos han abandonado el país. También, sabemos que casi cuatrocientos mil moldavos han emigrado, casi el diez por ciento de la población. Centenares de miles de niños han sido abandonados por sus padres, o han quedado al cuidado de otros familiares. En Polonia, unos quince mil niños han terminado en orfanatos. El fenómeno es particularmente grave en Ucrania, Moldavia, Rumania y Bulgaria. Solamente en Rumania, según la Fundación Soros (que no es sospechosa, precisamente, de tener simpatías por el viejo socialismo real), hay trescientos cincuenta mil niños abandonados. El corolario de todo ello es el aumento de la delincuencia, de la explotación sexual de muchos de esos niños, del tráfico de personas. La caída de la esperanza de vida ha sido también constante y documentada por entidades locales e internacionales. Agrupando a todos los antiguos países socialistas europeos y las dos mayores repúblicas soviéticas, Rusia y Ucrania, en 1993 hubo casi 700.000 muertes más que en 1989. En un solo año. El fenómeno, aunque con altibajos, fue constante durante toda la década final del siglo XX. Esa terrible mortandad debe tenerse en cuenta al hablar del supuesto “éxito” de la transición del socialismo al capitalismo.

Ahora, tras veinte años de capitalismo, las recetas que gobiernos, e instituciones como el FMI, aplican contra la crisis en que se encuentran los países del Este europeo son las tradicionales del más feroz liberalismo: nuevas reducciones salariales, aumento de impuestos a la población, recortes sociales, reducción de pensiones, desmantelamiento de servicios, con el aumento consiguiente de la pobreza. La omnipresente corrupción, con raíces propias pero también instigada por la actuación de los empresarios occidentales; la degradación cultural, con dramáticas caídas de los índices de lectura y la desaparición o emigración de buena parte de los científicos y de las instituciones dedicadas a la investigación y la cultura; la destrucción de los valores de solidaridad, que ha sido constante y sistemática, sustituyéndolos por la noción del éxito y del enriquecimiento rápido, definen un amenazador futuro inmediato.

Junto a ello, los rasgos populistas, nacionalistas e incluso racistas (cuando no directamente fascistas, como se ha visto en la rehabilitación de los nazis locales en los países bálticos) han impregnado el discurso político de las nuevas élites, que, además, juzgan razonable acompañar en aventuras militares exteriores a Washington, como ha ocurrido en Iraq y Afganistán. La sumisión de las nuevas élites gobernantes de los países de la Europa del Este a los Estados Unidos se constata en la humillante carta suscrita, con ocasión de la agresión de Georgia a Osetia del Sur en el verano de 2008, por antiguos presidentes de algunos países, como el polaco Lech Wałesa, el checo Vaclav Havel, la letona Vaira Vike-Freiberga, el lituano Valdas Adamkus, entre otros (todos, anteriores cómplices de las sanguinarias aventuras bélicas de Bush), donde se alarmaban por el descenso del atractivo de Estados Unidos entre la población de sus países, se declaraban decididos “atlantistas”, y llamaban a “defender a Georgia” y a incluir a este país y a Ucrania en la OTAN, además de a evitar la influencia de Rusia en la Europa oriental y a limitar la capacidad de exportación de hidrocarburos rusos hacia el resto del continente: sin percatarse, esos aplicados discípulos de Washington, definían un completo programa de expansión para Washington en la zona… firmado por quienes ayer se proclamaban celosos defensores de la libertad y la independencia de sus países.



La agencia Reuters informaba recientemente de la nostalgia del socialismo entre la población de la Europa del Este: apenas el treinta por ciento de los ucranianos es partidario del cambio producido (en 1991, un 72 % llegó a creer que la conversión sería positiva), en Lituania y Bulgaria ya son mayoría quienes rechazan el cambio; y en Hungría, el 70 % de quienes eran adultos en 1989, confiesa su decepción por el capitalismo y por el abandono del socialismo. Algo similar ocurre en los países que formaron la antigua Yugoslavia. En Alemania del Este apenas una cuarta parte de la población se siente ciudadana plena de la nueva Alemania. Y en Rusia todas las encuestas siguen recogiendo que la mayoría de la población considera una tragedia la desaparición de la URSS. Lo mismo ocurre en las otras repúblicas soviéticas.

Es cierto que muchos aspectos negativos del socialismo real han sido olvidados por la población, sin duda porque el hecho incontestable es que la libertad no existe con la precariedad, el desempleo, la incertidumbre, la corrupción, el miedo al futuro. No obstante, aunque no sea el objeto de estas líneas, la aspiración a la libertad y a formas de participación reales en la antigua Europa socialista eran cuestiones de máxima relevancia que fueron ignoradas en los países del socialismo real, como los serios desajustes de su economía que se pusieron de manifiesto a lo largo de la década de los años ochenta. La constatación del desastre social de la restauración capitalista hace aumentar la nostalgia en toda la antigua Europa socialista, pero no resuelve los problemas actuales de la población, porque la reconstrucción de los instrumentos de oposición capaces de proponer opciones socialistas viables no será sencilla: la mayoría de los partidos comunistas fueron destruidos, sus miembros, perseguidos, la ideología comunista sistemáticamente difamada, y los gobiernos y partidos liberales mantienen un control absoluto de los medios de comunicación. Los comunistas rusos hablan de la naturaleza criminal del actual régimen ruso, pero la clase obrera soviética ha sido en gran parte destruida por el proceso de desmantelamiento industrial, y eso limita su capacidad de lucha. Pese a ello, subsisten importantes partidos comunistas en Rusia, República Checa y Ucrania, y se ha creado un nuevo referente en Alemania.

A la vista del sufrimiento social causado en estas dos décadas, debemos concluir que no había nada que celebrar en Berlín, aunque los muros nunca sean una apuesta por el futuro. La terapia de choque fue un experimento social, del cual el capitalismo no se hace ahora responsable, que se convirtió en una verdadera matanza de dimensiones aterradoras. En toda la Europa oriental, la muerte cabalgó sobre la privatización y el capitalismo. Veinte años después, los ciudadanos de esos países recuerdan las insuficiencias del socialismo real, el autoritarismo, la represión de toda disidencia, el obsesivo control, pero cultivan también la nostalgia de un pasado cercano donde, a pesar de todo, la vida era más humana que ahora, y, por eso, parecen decirnos: Maldito socialismo, cómo te echamos de menos.



Fuente: http://old.kaosenlared.net

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