martes, 24 de septiembre de 2013

El hundimiento de la República Democrática Alemana

Erich Honecker  (Jefe de Estado de la RDA entre 1976 y 1989)

Notas de la cárcel  (2 fragmentos)

"Moabiter Notizen" Escritas en la prisión de Berlin-Moabit en 1992-93

ADVERTENCIAS PRELIMINARES   

Un movimiento interior me empuja a poner sobre el papel ciertas cosas que aún recuerdo bien. Deseo también poner por escrito una serie de cuestiones que me agitan profundamente y hacer conocer mis opiniones sobre algunos acontecimientos concretos. No sé lo que haré con estas notas. Quizá un día pueda acomodarlas a las exigencias de la prosa… Escribo estas líneas en Moabit, en esta prisión que todavía conozco bien. La frecuenté en la época del nazismo, al igual que muchos comunistas, socialdemócratas y otros antifascistas. Desde 1933, jugó un papel muy particular en la represión a los adversarios del imperialismo alemán. Estas líneas serán quizá publicadas un día. Están destinadas a aquellos que quieren analizar seriamente el pasado. Todo lo contrario de los pretendidos “maestros de la historia”.  Estos últimos sólo tienen un objetivo: cubrir de barro el socialismo y retardar cuanto sea posible el inevitable hundimiento del capitalismo.

No haré ninguna concesión a las ideologías y la “moral” que defienden la sociedad capitalista de la explotación. Los veinte millones de parados que la economía de libre mercado ha lanzado a la calle no lo permitirían. Esta situación ¿tiene salida? El socialismo era un orden social justo. Habíamos trazado sus grandes líneas y queríamos ir más lejos. Lo hemos perdido con el hundimiento de la RDA.

Se cantan los parabienes del capitalismo. Eso se paga bien hoy en día y no es sólo cosa de los políticos burgueses y los periodistas de derecha. Pese a ello nadie puede seriamente negar que la situación se ha vuelto extraordinariamente difícil para millones de obreros y empleados, científicos y artistas, aprueben o no estos la economía de mercado. Las inquietudes existenciales son generalizadas. Esto no puede continuar así y no lo hará… Pero el capitalismo no abrirá el camino a un mundo sin paro y miseria.

Lo he expresado ya varias veces y querría repetirlo otra vez: los acontecimientos que se produjeron en la RDA desde mi dimisión me han afectado en lo más profundo. Me afectó duramente el hundimiento de la RDA. Pero al igual que muchos compañeros probados, no he perdido por ello la fe en el socialismo. Se trata de la única alternativa para una sociedad humana y justa. Desde que el capitalismo existe, los comunistas pertenecen al campo de los perseguidos en esta tierra pero no al campo de los que no tienen futuro. Lo que realizamos para hacer vivir el socialismo sobre suelo alemán no se hizo en vano. Trabajamos con los partidos cristianodemócratas y liberales del Este, de los que diversos responsables se precipitaron rápidamente hacia las nuevas carteras ministeriales tras 1989. Actuamos durante cuarenta años en difíciles condiciones. Lo que se realizó jugará un papel en el futuro. Pienso en las relaciones de producción socialistas que ofrecían a todos un trabajo, una seguridad social digna de tal nombre, alojamientos a precios asequibles, fueran o no de cemento, guarderías, escuelas infantiles, clubes de jóvenes y una vida cultural y espiritual de alto nivel.

Existirá una sociedad que ofrecerá perspectivas que valoricen la existencia de todos: obreros y campesinos, científicos, técnicos, enseñantes, artistas, mujeres, jóvenes y ancianos. El capitalismo ha llegado a sus límites. Se le califica de “economía de mercado” porque se tiene vergüenza de su verdadera naturaleza. Su desaparición sigue siendo segura pese a las derrotas que hemos sufrido y los errores e insuficiencias que habríamos podido evitar… también pese a todas las traiciones de individuos cuya duplicidad ha sobrepasado todos los límites.

El mundo se ha vuelto completamente caótico y desorientado desde que el socialismo desapareció del suelo europeo. Autoproclamándose gendarmes del mundo, los Estados Unidos actúan a su gusto e imponen, aquí y allá, el “nuevo orden mundial” a golpe de bombas y misiles. Aunque hayan surgido de la nada numerosos “teóricos” que se reclaman de un marxismo renovado, aunque se hayan esforzado en hurtar el corazón mismo de la teoría marxista o en refutarla enteramente, los hechos permanecen tozudos. Hay leyes objetivas que deciden la evolución de las sociedades humanas. El capitalismo presenta una contradicción fundamental: la que opone el carácter social del trabajo y el carácter privado de la apropiación. Esta contradicción permanece pese a la capacidad del sistema capitalista de cambiar notablemente de apariencia en el curso de su desarrollo.

Sólo cuando se supere esta contradicción, cuando ya no sea el beneficio el que dirija el mundo, se crearán para cada individuo las condiciones de una vida verdaderamente humana. Se habla mucho de la “autorrealización” de cada uno. Ello no puede consistir evidentemente en la perspectiva de una situación en la que, debido a la utilización creciente y los progresos constantes de las tecnologías punteras, sólo del 10 % al 20 % de la población tenga un trabajo. Una sociedad nueva deberá encontrar a cada uno un sitio. Teniendo en cuenta todas esas evoluciones tecnológicas, pero también otras limitaciones. Esto significa en primer lugar un trabajo para cada uno. El capitalismo es incapaz de eso, es hoy más evidente que nunca. La misma carrera por los beneficios fija los límites del sistema capitalista. Existen pues razones sociales profundas y determinantes para que se abra el camino de una sociedad alternativa. Ésta será de naturaleza socialista, sean cuales sean las especificidades de su estructura y las modalidades de su organización concreta.

Es por eso que, desde un punto de vista histórico, mi juicio no es tan pesimista como aquel, comprensible, de la mayoría de los que fueron cogidos por sorpresa por el “cambio”2 de 1989. La cuestión social seguirá en el futuro en el centro de las controversias públicas en todos los países capitalistas. Algunos consagraron sus fuerzas a la realización de ese famoso “cambio” contrarrevolucionario. Creen aún hoy o por lo menos lo afirman, que actuaban para que las cosas fuesen mejor en la RDA.

Hoy estas personas deben enfrentarse a amargas realidades. Todos nosotros queríamos un socialismo que fuese aún mejor. Lo que se había alcanzado nunca nos bastó. Todos estos pequeños “reformadores” no lograron sino entregar el socialismo a sus enemigos porque prestaron oídos al gran “reformador”: en 6 años, éste logró desarmar al PCUS, del que era Secretario General, y llevar a la URSS a la aniquilación.

La RDA fue sacrificada en el altar de la “Casa Común Europea” por la cual Gorbachov luchaba con tanto ahínco. Fue el hecho más doloroso de mi existencia así como de la de numerosos camaradas. Estamos obligados hoy a reconocer que esto fue facilitado por nuestra actitud habitual ante Moscú, hecha ante todo de disciplina y respeto de la tradición. Ocurría lo mismo con aquellos que ya no tenían la voluntad de defender el socialismo. Y todo ello no fue finalmente posible sino porque corrientes enteras de nuestro Partido contribuyeron objetivamente a la eliminación del socialismo. Había entre ellos algunos traidores conscientes y declarados que se vanaglorian hoy de haber utilizado durante años sus contactos oficiales con la RFA para allanar el camino que llevaba a la anexión de la RDA.




SOBRE LA RDA 

Los acontecimientos que pusieron fin a la RDA fueron particularmente trágicos. Junto a Checoslovaquia, nuestro país era el Estado socialista más desarrollado… Una alternativa creíble al sistema imperialista. Los hombres y mujeres de la primera hora, los constructores del socialismo en la RDA, habían sabido hacer mucho. Sus realizaciones quedarán en la memoria del pueblo y pesarán sobre el porvenir. Son muchos los que ahora echan de menos lo que les era querido en la RDA: una total seguridad en materia social, garantizada por el carácter socialista de las relaciones de producción.

Aunque numerosos errores e insuficiencias hayan aquejado a ese socialismo, nadie está en posición ni puede atribuirse decentemente el derecho de denigrar estas realizaciones de los trabajadores. Nosotros no podíamos moldear el socialismo según deseos arbitrarios y hacer tabla rasa de la experiencia acumulada en la Unión Soviética. Ello no habría sido posible ni justificado, pues los primeros pasos que hicimos en este camino los aprendimos de los otros países que justamente construían el socialismo. Muchos trabajadores de la RDA estaban orgullosos de hablar de “su empresa”. Era un paso adelante, de un gran significado, que determinaba de manera creciente el conjunto de las condiciones de vida y que generaba al mismo tiempo una multitud de problemas. Se trataba de cuestiones cruciales como la construcción de viviendas, los convenios colectivos, las posibilidades de vacaciones abiertas a todos a precios asequibles. Se trataba de abrir la vía hacia las universidades a los hijos de los obreros y campesinos. Es toda la sociedad lo que había que reorganizar… esa sociedad que nos habían legado los capitalistas y los terratenientes, esa sociedad marcada por el fascismo y por la guerra. ¿Quién sabe si todo se hizo correctamente? No disponíamos en 1945 de los cuadros necesarios para dirigir la industria y la agricultura. Nadie sabía quién podría tomar la dirección de empresas como Buna o Zeiss. Esta cuestión no fue resulta hasta más tarde, tras un potente esfuerzo de formación y, en muchos sectores, no antes del fin de los años 50. Una cosa está clara sin embargo: los 2,3 millones de antiguos miembros del SED, al igual que los 500.000 miembros de los partidos democráticos aliados suyos, no tienen verdaderamente ninguna razón para bajar la cabeza ante sus nuevos señores.

La RDA era en 1989 un país industrial moderno dotado de una agricultura competitiva y un sistema social casi sin par en el mundo. Aunque esto deba decirse hoy en pasado, el hecho de que la RDA haya existido no puede borrarse de la historia. Ninguna campaña ideológica, cualquiera que sea su violencia, puede hacer tal cosa.

La RDA fue producto de la Segunda Guerra Mundial y de las evoluciones que se produjeron inmediatamente después. El 8 de mayo de 1945, no teníamos todavía ni la menor idea de la posibilidad de su existencia. Únicamente nos planteábamos la cuestión de saber cómo continuaríamos viviendo juntos.

La guerra acababa de terminar en las ruinas de Berlin. Cuando los Aliados vencedores se dividieron, todo se hizo aún más confuso para nosotros. Dos Estados alemanes, y no uno sólo, vieron la luz.

No se consultó al pueblo sobre esta cuestión. Nadie de nosotros había pensado antes en esta posibilidad. Los Aliados occidentales reunieron sus zonas de ocupación en una bizona, y luego una trizona.

Hubo entonces una reforma monetaria unilateral, y luego la creación de la RDA, seguida de la de la RDA. Wilhelm Pieck, Otto Grotewohl y Walter Ulbricht49 unieron entonces sus esfuerzos a los de Otto Nutschke, Wilhelm Kuelz y Johannes Dieckmann.    Se trataba de hacer posible una vida mejor para la población que desde entonces habitaría la RDA: 17 millones de personas de las cuales 4,3 millones desplazadas. En esta acción, el SED fue apoyado por partidos tradicionalmente implantados entre la burguesía. La RDA fue fundada a iniciativa del bloque antifascista de partidos democráticos gracias a un movimiento de masas muy amplio “por la unidad y una paz justa”. Este Estado nació de las ruinas dejadas por la Segunda Guerra Mundial. Se convirtió en un país respetado, que mantenía relaciones en todos los continentes y participaba activamente en las actividades de la ONU.

Todo análisis de la política de la RDA, ya parta de un a priori positivo o negativo, debe tener en cuenta lo que pasaba en Europa y en el mundo. En un contexto internacional cada vez más tenso, marcado durante los años 70 por la amenaza atómica, la RDA formó parte de aquellos que tomaron la iniciativa, en Europa, de un giro en la política internacional en favor de la distensión. Decir esto no es sobrevalorar el papel de la RDA.   Ésta estuvo grandemente preocupada por el estacionamiento de misiles de alcance medio que se efectuaron a ambos lados de la frontera interalemana.


Tuvo que gastar para ello sumas del orden de dos mil millones de marcos. Tal como pudieron comprobar aquellos que, tras la apertura de la frontera, quisieron ir a Warendorf en busca de un “scoop”, los militares soviéticos afectados a esos misiles se beneficiaron de escuelas, de jardines de infancia, de alojamientos, además de las instalaciones que permitían implantar las técnicas operacionales.   Quisiera además subrayar un hecho importante, válido para el conjunto de estos cuarenta años. El pueblo realizó mucho con sus propias fuerzas. Pero sólo la ayuda y la existencia de la URSS permitieron todo eso. Breznev, a quien yo había visitado en un hospital de Moscú, tenía perfecta razón al decirme el 28 de julio de 1970 que: “la RDA no puede existir sin nosotros, sin la Unión Soviética, su potencia y su fuerza. Sin nosotros, no hay RDA. La existencia de la RDA corresponde a y expresa nuestros intereses y los intereses de todos los países socialistas. Es el resultado de nuestra victoria sobre la Alemania hitleriana. Alemania ya no existe, eso es así. Hay una RDA socialista y una República Federal capitalista.” Fue obligado constatar, más tarde, y esto fue doloroso para millones de hombres, de mujeres y niños, que sin la Unión Soviética, no podía ya haber RDA. Conocer la historia de la posguerra marcada por el combate común de quienes se emplearon en la puesta en marcha honesta de los acuerdos de Potsdam, saber cómo Europa se deslizó poco a poco hacia la Guerra Fría, es mostrar que la RDA no tenía nada de artificial ni de simulado. La RDA fue durante décadas una patria para el socialismo. Sobre esto, el pueblo podía tener la experiencia concreta en su vida ante los ojos del mundo entero. Hoy se ve que las fuerzas occidentales habían captado bien, varios años antes del “giro” de 1989, que la Perestroika y la Glasnost ofrecían una ocasión de liquidar la RDA. ¿Por qué este peligro no fue reconocido a tiempo, analizado en la propia RDA y conjurado con medidas adecuadas? He ahí la pregunta.   ¿Cómo explicar el entusiasmo con el que importantes círculos de intelectuales tomaron posición en la RDA a favor de la Perestroika y la Glasnost, cuando la estrella de la renovación comenzaba a perder brillo en la propia Unión Soviética? Sea como sea, ahora que el resultado de este error mayúsculo aparece ya claro como la luz del día, nos corresponde sacar las enseñanzas necesarias de esta catástrofe. Entre las más importantes: el hecho de que subestimásemos el peligro nacionalista que sumergió a la RDA en 1989 y 1990; igualmente subestimamos la influencia de los medios audiovisuales (venidos de Occidente) sobre la opinión pública en un país dividido del que sólo una parte construía el socialismo. Igual ocurrió con el efecto de las disparidades económicas entre el Oeste y nosotros, así como con el papel del consumo, peligros que en último término resultaban de la fuerza de la RFA en el seno de la OTAN, de la cual era la primera potencia económica y militar en Europa. Conocíamos sin embargo todos estos peligros. Se hicieron grandes esfuerzos que reforzaron el peso global de la RDA, sobre todo en los dominios económico, político e ideológico. Pero eso fue visiblemente insuficiente. En todos los dominios nuestra política adolecía de insuficiencias. A fin de cuentas, habríamos podido y habríamos debido servir mejor a nuestra causa de lo que lo hicimos. Esto debe ser dicho teniendo en cuenta la novedad de las numerosas interrogantes que planteaba la puesta en marcha de las nuevas relaciones sociales. Algunos desafíos no se tomaron en cuenta a tiempo. Las reacciones correctas se hicieron esperar. Así fue con los problemas ligados a la explosión de las tecnologías punta en un número limitado de países capitalistas desarrollados. La estructuración de las sociedades socialistas se encontró así frenada en todos nuestros países… Sin hablar de las dificultades recurrentes que causaban frecuentemente las perturbaciones en las exportaciones y las importaciones al desarrollo de la producción en la RDA. Evocaré a este propósito la reexportación de carbón soviético desde Polonia, el hierro y el acero soviético de importación no correspondían a las normas determinadas en común, etc.…   Algunos de nuestros propios problemas económicos, además, no fueron resueltos. Las soluciones que se propusieron no fueron siempre puestas en marcha concretamente. La tasa de crecimiento pagó las consecuencias. La internacionalización de la producción, la especialización y la cooperación eran mucho menos avanzadas que en Occidente. El CAME tenía dificultad en funcionar efectivamente y no conseguía tratar las nuevas cuestiones planteadas por la revolución científico-técnica. Después de 1985, estos problemas se agravaron debido al debilitamiento de las economías socialistas. Cuando las entregas de petróleo soviético fueron reducidas de manera definitiva, tuvimos problemas para encajar el golpe. En efecto, estábamos habituados a recibir materias primas de origen soviético por un valor equivalente a dos mil millones de marcos. La comisión de Estado para el Plan de la RDA me invitó en 1981a dirigirme al B. P. del PCUS… Lo hice, y señalé con la mayor seriedad que la reducción unilateral de las entregas de petróleo y de cereales (respectivamente: de 19 a 17 y de 4 a 3 millones de toneladas) nos obligaba a importar grano de occidente y amenazaba a nuestra economía con un verdadero hundimiento.

Pasemos a otra cuestión: la de la ampliación de la democracia. Se planteó en el 7º Pleno en 1988. Fue un error no tomar entonces medidas para que todos participasen en la gestión directa de la sociedad, de la empresa y del barrio. Así la creación de Consejos de Empresa siguió siendo objeto de discusión igual que muchas otras propuestas…    Pero hacer hoy como si no hubiera habido democracia en el socialismo o afirmar que la democracia burguesa sería superior a la democracia socialista, no corresponde a la realidad. Puesto que hoy son palpables para todos, las realidades de la sociedad capitalista permiten constatarlo. Hay que romper el velo de ese discurso supuestamente marxista-leninista que ensalza la democracia “por encima de las clases”. No hay verdadera democracia allí donde los hombres que crean el valor no poseen los principales medios de producción. Allí donde funciona, la democracia burguesa no consiste más que en esos espacios de libertad que los trabajadores han podido arrancar al capital por sus luchas. El pueblo es amordazado allí donde el capital detenta el poder. Cualesquiera estructuras y mecanismos democráticos no cambian nada a este respecto.

Su función se detiene allí donde el beneficio y los intereses de clase están en peligro. El pueblo, al contrario, tiene la palabra en el socialismo. Su voluntad no se somete a ninguna coacción exterior. Es propietario de los medios de producción. Se ha desembarazado de las relaciones de explotación que en otros lugares parecen eternas como si resultasen de leyes naturales. ¿Significa esto que nuestras estructuras democráticas eran suficientes? No cabe duda de que no era este el caso y esto era visible en muchos sectores. Se imponían perfeccionamientos y correcciones, pero ¿cuáles? La participación de los ciudadanos en la resolución de cuestiones decisivas, su conciencia de propietarios, eran insuficientes. Nuestros principios eran los mismos para todos esos problemas, como para la mayoría de los otros: lo que estaba en construcción debía ser terminado. “Salvaguardia de la continuidad y necesaria renovación”, tal era nuestra consigna. No estuvimos nunca contra reorganizaciones fundamentales que llevasen a la adopción de nuevas orientaciones. Pero era preciso que éstas hiciesen progresar la construcción del socialismo. Basta para convencerse de esto el remitirse a numerosos documentos de nuestro Partido así como a las orientaciones oficialmente adoptadas por los órganos del Estado.



Nos oponíamos sin embargo a ese tipo de “renovación” que, puesta en marcha en la Unión Soviética, debía conducir al abandono del socialismo… experiencia dolorosa. Es además completamente falso afirmar que la RDA combatió la línea propuesta por Gorbachov desde el momento en que éste se convirtió en Secretario General del PCUS. Recordemos a los calumniadores que los documentos editados por ese partido, iniciando la reestructuración, fueron más ampliamente difundidos en la RDA que en cualquier otro país socialista. Pero aplicar mecánicamente en la RDA cambios que se derivaban de problemas coyunturales propios de la Unión Soviética en una fase determinada de su desarrollo no habría tenido ningún sentido. Tal era nuestro punto de vista en la época y hoy reconozco toda su justicia.

 Las insuficiencias de nuestro trabajo ideológico pesaron mucho. Hicimos mucho, pero la vida planteaba cuestiones nuevas. La calidad de nuestra propaganda dejaba que desear. Discutimos esto abiertamente en el encuentro entre el CC del SED y los secretarios de subdistrito que tuvo lugar el 12 de febrero de 198853.   ¿Cuáles eran los problemas decisivamente nuevos en este dominio? El adversario invertía importantes medios. Tras Helsinki se desencadenó la campaña sobre los “Derechos Humanos”, a la cual nos equivocamos en no responder. No fuimos nosotros los que reclamamos que se respetasen los derechos elementales del hombre. Envueltos en la bandera de la libertad, los imperialistas reclamaban a voz en cuello esos mismos derechos que pisotean en los países que dominan. Nuestro enfoque de este problema era demasiado débil en teoría y en la práctica. Muchas cosas eran difíciles de realizar, por otro lado, en la RDA. Pienso aquí por ejemplo en la extensión de las posibilidades de viajar.

¿Había esquematismo en el trabajo ideológico? Sí, lo había. El hecho de desfigurar la historia del socialismo hizo el trabajo ideológico más difícil entre la juventud. Aquellos que se reclamaban de un socialismo sin tacha para subrayar los fracasos y los errores, jugaron un papel de disgregación. Muchos perdieron así su fe en los ideales socialistas. Revelar las debilidades y los errores era un aspecto necesario para clarificar lo que se debía hacer mejor en el futuro y en el presente. Había que sacar las enseñanzas necesarias. Pero ¿qué es lo que intervino para desorientar a todo el mundo?

Hubo una toma de distancia radical con la historia del socialismo. Ésta se desarrolló a través de los medios pero también mediante la difusión de libros, en el curso de representaciones teatrales… El socialismo aparecía como el camino del crimen y el engaño. Precisemos a este respecto que el presidente del PDS participó más tarde en esta campaña caracterizando al SED como un partido reaccionario y al socialismo como una forma de feudalismo. Se sembró la duda, nuestros ideales fueron sacudidos.   ¡Qué inmensos esfuerzos habían hecho sin embargo el KPD y luego el SED para hacer más próxima para los alemanes la obra de edificación realizada por los soviéticos y la historia del primer Estado socialista! Se puede decir que literalmente un pueblo fue reeducado y transformado de enemigo en amigo de la Unión Soviética. Las condiciones históricas y políticas hicieron que los comunistas y los antifascistas alemanes rehusaran dejar abierto cualquier espacio en el que se hubiera podido discutir sobre el papel histórico mundial de la Unión Soviética. Pero no hubo un silencio deliberado sobre el periodo de Stalin, tan doloroso en una fase determinada de la historia.   Se nos ha reprochado el haber idealizado el papel de la Unión Soviética. Es posible, pero ¿teníamos nosotros derecho a arrastrar a ese país por el lodo mientras el campo occidental desencadenaba constantemente campañas ideológicas odiosas contra él? Era para nosotros el portaestandarte del socialismo. ¿Hemos olvidado que Reagan había asimilado la Unión Soviética a un “imperio del mal” que debía ser descabezado? El SED, la mayoría del pueblo y generaciones enteras habían sido educadas en el espíritu de una indestructible confianza en la Unión Soviética. Debieron digerir, por segunda vez desde el choque de 1956, argumentos destructivos que, de 1985 a 1990, ya no venían del adversario. Todos los valores fueron nuevamente cuestionados. Fue una reevaluación general de todo el camino lleno de espinas que el socialismo había recorrido. Ni la victoria sobre el fascismo  escapó a esto. No se trataba de un análisis de la historia que permitiera tener en cuenta un desarrollo general acompañado de fallos y errores. No, todo lo que hasta entonces había sido considerado como correcto fue cuestionado, incluida la Revolución de Octubre. ¿Cómo debía y podía comportarse nuestro partido ante eso? ¿Qué habría provocado una confrontación abierta con una política abiertamente tolerada en la Unión Soviética? ¿El aislamiento de la RDA? ¿Habría comprendido eso la gente? No obstante, tomamos posición a favor de las transformaciones positivas en la Unión Soviética. Saludamos el nuevo programa de política social que fue adoptado en 1985  y que debía mejorar la vida cotidiana del pueblo soviético. Sea como sea, dudábamos de que esto pudiera ser realizado al mismo tiempo que la aceleración del desarrollo socio-económico54. Todo lo demás que ocurría en la vida política soviética consistía para nosotros en asuntos internos cuyos desafíos nos costaba sopesar. Es cierto que vi de manera creciente los peligros que podían resultar y que resultaban efectivamente ya de análisis erróneos referidos a ciertos aspectos del imperialismo. Por eso advertí contra todo eso. Pero, visiblemente, tal como los acontecimientos demostraron ulteriormente, los miembros de nuestra dirección no estaban todos persuadidos de que de ello resultaría la disolución de la RDA. El proceso de disgregación estaba más adelantado de lo que yo mismo pensaba, inclusive en las propias filas de nuestro Partido. Sacar de esto la conclusión de que hacíamos gala de un comportamiento negativo hacia la Unión Soviética, sería contrario a la realidad de los acontecimientos que se produjeron a continuación. Se ha preguntado qué papel pudo jugar la oposición en este proceso. Se había iniciado una vasta colaboración con corrientes diversas, con una pluralidad de fuerzas en la sociedad, entre las cuales los medios próximos a la iglesia.


He ahí un hecho que no se puede despreciar. Esta colaboración era más profunda de lo que muchos hoy quieren hacer creer. Nuestra política de diálogo implicaba una voluntad de una amplia alianza con gentes razonables y realistas. No había sólo, digámoslo para terminar, discusiones internas, sino acciones ampliamente conocidas por la opinión pública, encuentros y conferencias, organizadas de manera compartida con las iglesias, los pacifistas y otras organizaciones. Recordemos, por ejemplo, la marcha Olof Palme, que no encontró sólo aprobación en nuestro partido. En esos medios, había gentes que tenían intenciones honestas pero que chocaron a menudo entre nosotros con juicios negativos. Se encontraron entonces empujados en la mala dirección. Evoquemos a este propósito el papel de la iglesia. La iglesia evangélica comenzó en 1985, bajo el pretexto de la Perestroika y la Glasnost, a transformar las casas de Dios en templos de la política. Su dirección obligó al obispo de Greifswald a dimitir porque había invitado al Presidente del Consejo de Estado56 a la ceremonia de consagración de la catedral de esta ciudad.

Sin embargo la restauración de ese edificio había gozado de subvenciones públicas. Las manifestaciones de noviembre de 1989 fueron casi todas dirigidas por pastores. Tras mi dimisión, apenas quedaron unas pocas funciones oficiales que no estuvieran ocupadas por curas. Pero hubo también diferenciaciones en el comportamiento del clero y la jerarquía. Cierto número de curas se posicionaban sinceramente a favor de la RDA y la “iglesia en el socialismo”. Describir a la oposición como enteramente alineada en torno a concepciones diferentes de las nuestras sería una simplificación. Pero había enemigos del Estado socialista que querían destruir el sistema. ¿Cómo calificar de otro modo, en efecto, a aquellos que obraron finalmente por la restauración del capitalismo como sistema político y económico y que disimularon sus intenciones bajo el manto de la democracia burguesa?

Se ponga como se ponga, se trataba de una lucha por el poder, un poder que la burguesía había perdido cuarenta años antes y que pretendía recuperar. No se trataba de derrocar un “poder personal” ni de “abolir la dominación del Politburó”, sino de expropiar las empresas pertenecientes al pueblo, liquidar las cooperativas agrícolas, restituir sus dominios a los grandes propietarios nobles de tierras, y destruir la propiedad socialista. Se trataba de liquidar la RDA, sus instituciones científicas, su equipamiento sanitario y social, en suma, todo lo que estaba ligado al carácter socialista del Estado. Los capitalistas recuperaron sus empresas, fue restaurado el poder del capital. Eso es lo que estaba en juego. Nadie puede negar hoy que el escenario aplicable a todos los países socialistas fue orquestado internacionalmente y se tradujo en una contrarrevolución. Todos los partidos marxistas de esos países fueron víctimas de la misma estrategia y destruidos. Fueron sacrificados en el altar del “nuevo pensamiento”.   Fue un error fatal considerar que la diferencia de sistemas sociales pudiera dejar de existir por el mero efecto del “Nuevo modo de pensar”. En los primeros años, la historia del socialismo fue presentada de manera desfigurada. Veo en eso la causa de una pérdida de identificación de mucha gente con el socialismo. Más grave aún, el carácter inacabado de un orden social todavía joven históricamente no se presentaba bajo todos sus aspectos, con todas sus contradicciones. Se analizaban los fallos y errores cometidos en la construcción del socialismo de una manera que cuestionaba las conquistas y los ideales de esa sociedad alternativa al capitalismo explotador. Nuestra debilidad consistía en no haber conseguido dar vida a todos los aspectos de nuestros ideales socialistas para cada individuo. Nunca hemos negado que el socialismo se encontrase todavía en un estadio inacabado de su desarrollo. Además, ciertos límites resultantes de las condiciones objetivas obstaculizaban la realización de lo que se deseaba.


A pesar de eso el socialismo presentaba un potencial de desarrollo inagotable. Nadie ha respondido todavía a la pregunta de saber a qué podría parecerse ese “socialismo democrático” con el que nos machacaron los oídos. Cualquiera que sea la definición que se dé a este último, tomar distancias de manera decisiva con el comunismo no es tan sólo tirar un ideal por la borda, es negar las transformaciones intervenidas en las relaciones de producción. La abolición de la explotación del hombre por el hombre necesita de manera absoluta la destrucción de la propiedad privada de los medios de producción esenciales. Es la condición fundamental para una gestión altamente productiva para la sociedad y para el individuo, para la concreción de la participación y de la responsabilización de los obreros, los campesinos, los intelectuales, las mujeres y los jóvenes, en resumen, de cada ciudadano, en todos los aspectos de la vida cotidiana, para la expansión de la vida cultural, el respeto a los demás y la protección de uno mismo. Queda en pie una verdad fundamental: el socialismo existe allí donde se garantizan la paz, el derecho al trabajo, la solidaridad y los derechos esenciales del hombre. Si no es ése el caso, toda la palabrería sobre el libre desarrollo de la individualidad del hombre se revela como una pura cortina de humo.

Me plantean a menudo la siguiente pregunta: ¿se habían intercambiado experiencias entre los países socialistas sobre tales cuestiones fundamentales de la política? Mi respuesta es afirmativa: eso existía a todos los niveles y en diferentes sectores de la vida social.   Había un fructífero intercambio de experiencias y de puntos de vista conflictivos. Ello no impedía la colaboración. Se hablaba de muchas cosas pero la cuestión del pluralismo en la sociedad, que repercutía en una suma considerable de problemas, nunca se discutió a fondo. Lo mismo ocurrió desgraciadamente con muchas otras cuestiones significativas. Como he dicho, se hablaba de todo, pero, mientras que los Estados de la OTAN adoptaban resoluciones que fijaban su comportamiento común ante varias series de problemas, se adoptó entre nosotros después de 1986 un principio totalmente diferente: cada uno debía llevar su propia política. Este principio no se respetaba sin embargo a partir del momento en que los intereses de la potencia dirigente estaban en juego.

El principio era ciertamente justo. No habría debido sin embargo llevar a que otros principios, los que figuraban en los tratados de amistad, de cooperación y de apoyo mutuo, fueran violados. Es particularmente lamentable que, en el punto culminante de la crisis de 1989, la cumbre de Bucarest no haya permitido discutir abiertamente y ponerse de acuerdo sobre las medidas que debíamos adoptar en común. Varios secretarios generales exigieron que tuviese lugar un nuevo encuentro en octubre en Berlin. Éste ya no pudo tener lugar. Se plantea naturalmente la cuestión de saber si habríamos podido todavía frenar la evolución de las cosas.



Links 2,3,4 - Rammstein:



Himno RDA: 





1 comentario:

  1. Interesante análisis retrospectivo. Será que la construcción del nuevo socialismo democrático en américa latina representa un peligro para los miembros de la OTAN, por la posibilidad de construirse omitiendo los errores del socialismo del este de Europa?

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