martes, 17 de diciembre de 2013

La posición política de la pequeña-burguesía en Europa

Seguramente una parte de los lectores de esta entrada se estén preguntando acerca de la naturaleza social así como de la orientación política de “la revuelta de las horcas” en Italia.

A pesar de que el mundo nunca ha estado tan intercomunicado como ahora, las sociedades humanas continúan conociendo infinitamente mejor lo que sucede en sus localidades que lo que ocurre tan sólo a 1.500 kms. de distancia. Y ello no sólo porque nos interese más lo propio que lo que creemos ajeno.

Todo medio de comunicación orienta la realidad en la dirección que a los grupos económicos, ideológicos y de poder que están detrás de él le interesa. Y de esto no se salva tampoco cualquier orientación política que haya tras un medio, puesto que la visión previa que se tenga del mundo y de lo que en él sucede afecta al propio tratamiento de la información.

Por otro lado, hasta los medios más alternativos no dejan de recoger una parte de la información que posteriormente difunden de los medios oficiales y grandes agencias de comunicación, las cuáles performan la información previamente e intoxican a la opinión pública y ocultan o destacan una parte de la noticia en función de sus intereses.

Dicho esto, y si ustedes conocer mi visión del fenómeno de la “revuelta de las horcas” que lleva ya una semana extendiéndose y creciendo en Italia, les diré que mi impresión, recogida aquí y allá, respecto a la orientación ideológica y el componente social de este movimiento es muy coincidente con el artículo que les presento. Falsas clases medias (las ideológicas pero asalariadas) y clases medias reales (pequeños y medianos empresarios,…) que se ven empobrecidos y desean volver a los años dorados y que, en su protesta, expresan su componente ideológico de clase, el mismo que aupó al fascismo en los años veinte y treinta del pasado siglo.

Comparto incluso parte del diagnóstico que Franca Giacopini hace en este artículo en relación con la responsabilidad de las izquierdas en que ello esté sucediendo por incomparecencia en el planteamiento de una propuesta propia ante la protesta social. Hace tiempo escribí sobre lo que denominé como “izquierda sistémica”. No me refería con esta expresión sólo a las izquierdas cuyo compromiso con el parlamentarismo y con el respeto a las reglas de juego del orden burgués y capitalista les impedía convertirse en herramientas emancipadoras y de lucha contra el capitalismo sino también a aquellas extraparlarlamentarias cuyas orientaciones ideológicas y de clase les había convertido en elementos del folklore político con una gran carga de falsa radicalidad.

Y es a partir de este punto donde difiero radicalmente y de modo antagónico con la señora Franca Giacopini.

Su apuesta por un ciudadanismo soberanista y nacional es más de la misma basura ideológica que dice combatir y, en gran medida, estímulo que alimenta a lo que ella llama el populismo de derechas y los fascismos.

El discurso de las izquierdas sistémicas es el de integrar en el mismo a todo “el pueblo” (el pueblo no tiene contenido de clase sino que es equivalente, desde la revolución francesa a la “nación”, en la que caben todas las clases sociales, explotadores y explotados, por mucho que los analfabetos políticos y reaccionarios, que creen ser “de izquierdas”, usen “pueblo” como sinónimo de clases trabajadoras, cuya mención se les atraganta porque les suena a comunista y ese nombre, lejos de recibirlo como galardón, les avergüenza).

Cuando se apela a “los ciudadanos” se apela a todas las clases, se pretende representar los intereses de todas ellas, algo tan imposible como sorber y soplar al mismo tiempo, porque entre las clases sociales existen intereses antagónicos y una parte de esas clases son enemigas de la clase más amplia, la mayoritaria, la clase trabajadora).

A los ciudadanos apelan los social-liberales (los PPSS, en Italia el Partido Democrático en el gobierno), fracción no fascistizada de los monigotes del capital, los socialdemócratas excomunistas, una parte de las organizaciones supuestamente situadas a la izquierda de estos últimos y, muy coherentemente, las derechas puras y duras, porque “el ciudadanismo” es el antídoto ideológico de la conciencia de clase, opone el “todos” revueltos (ciudadanos) a la gran “mayoría” (clase trabajadora) y niega, como antigualla, la lucha de clases. Es llamativo el modo en que en España el gobierno del PP apela a los derechos de los ciudadanos para intentar recortar el derecho de huelga o los de manifestación, reunión y expresión

Sí, las izquierdas, si no desean la vuelta del fascismo a Europa, deben impulsar la protesta social y radicalizarla pero no al servicio del ciudadanismo sino de la clase trabajadora, ocupada o parada, que es la inmensa mayoría de la población, deben impulsar el internacionalismo pero no ciudadanista sino de clase y rechazar las categorías “patria” o “nación” porque ellas son las negadoras de la emancipación de los oprimidos, al dividirlas y ponerlas al servicio de sus burguesías, y, principalmente, porque si la crisis capitalista es mundial y, específicamente, europea, es necesaria una solidaridad internacionalista en un mismo proyecto político y económico emancipador, el de la inmensa mayoría, la clase trabajadora. ¿Acaso la señora Giacopini desconoce o no recuerda a dónde nos llevaron los nacionalismos en Europa en dos momentos distintos del siglo XX?

En España, ahora hay quien dice que para arrebatarle a la derecha conceptos de los que se ha apropiado como la “seguridad” hay que dar una alternativa a la misma desde la izquierda. Pero es que, el concepto de “seguridad” siempre se ha esgrimido como opuesto, y ya está más que contaminado, al de libertad, cuando se juega en campo ajeno, con reglas y conceptos ajenos, se hace el juego sucio desde “las izquierdas” primero a la derecha y luego al fascismo. Lo que hoy está en peligro en las sociedades europeas no es la “seguridad” sino los derechos sociales de la clase trabajadora, sus conquistas históricas y las libertades, medios necesarios para defender los primeros.

Pero a la vez, para conectar con los oprimidos y para lograr la hegemonía en la protesta social es necesario oponer al populismo y al fascismo subyacente en los enunciados de una parte de ese magma “indignado” una movilización ajena y alternativa, capaz de expresar y proyectar la visión de un horizonte deseable radicalmente opuesto no sólo a ese populismo prefascista sino al capital y ese horizonte no puede ser otro que el socialista, no un socialismo evolutivo, respetuoso con el orden social y con los poderes del sistema sino irredento, con rabia y corazón, con esperanza y con todo el potencial de la ira social de los oprimidos. El resto, programas políticos de monjas y caridad tipo “salario social” o “toma y calla”.

Hay un mundo que ganar y ese no se gana desde la colaboración de clase del sindicalismo amaestrado y colaboracionista como mono en el circo y desde el “civismo” amable de unas “izquierdas” desnortadas como vaca sin cencerro.

El fascismo hoy conecta no sólo con las desclasadas pseudoclases medias y con las reales (empresariado pequeño y medio de capa caída) sino con crecientes sectores de la clase trabajadora, que es la que está huérfana de izquierdas, porque canaliza la rabia social, justo lo que no hacen las consideradas "izquierdas" con el orden del capital. Ellas, y las que se refugian en los museos de la historia, son sus cómplices, por omisión e unos casos, por incompetencia en otros.

Sin más, les dejo con un artículo que quizá les desvele algunas incógnitas, aunque presenta el riesgo de reproducir propuestas políticamente indeseables para una izquierda que lo sea, revolucionaria.

La revuelta de las horcas

Franca Giacopini. Rebelión

El nombre sugiere rabia y hambre, y da mucho respeto. Dura ya desde hace cuatro días en los que ha habido manifestaciones, bloqueos de carreteras, trenes, metros y cierres de establecimientos en ciudades como Turín, Génova, Florencia, Roma o Palermo, pero los grandes medios, ocupados como están con lo de Ucrania, le han dedicado poco espacio a un fenómeno que el director de la Agencia de información y seguridad interna de los Servicios secretos italianos define como “un movimiento sin una dirección única que presenta una preocupante unión entre distintos componentes animados por un sentimiento de contraposición hacia el Estado y las instituciones”, mientras, por su parte, el ministro del Interior, en una intervención en el Parlamento, lo describe como “una corriente rebelde contra instituciones nacionales y europeas a las que no les falta apoyo de organizaciones antagonistas”.



El perfil de los participantes en la revuelta se va trazando ya en las crónicas de los incidentes del pasado lunes día 9. "Aristócratas en Jaguar y agricultores. Empresarios y obreros parados. Camioneros ahogados por las multas de Equitalia y nuevos ideólogos del fascismo o jóvenes de centros sociales de izquierda. Simpatizantes de la Liga Norte y de Grillo. Ex simpatizantes de Grillo y ex simpatizantes de la Liga. Ex simpatizantes del Partido Democrático y críticos de  Matteo Renzi [reciente ganador de las elecciones primarias del PD]. Sindicalistas de base o ex sindicalistas de la CGIL. Objetores de Hacienda e independentistas vénetos. Inmigrantes y ultras de equipos de fútbol [...] Un magma volcánico”.

Afinando más, el sociólogo Marco Revelli desbroza el paisaje de la protesta de lugares comunes y extrae el común denominador que hace que estalle este volcán social: la clase media empobrecida que ya “no puede más”, ha llegado al límite, y lo único que quiere es que “se vayan todos a casa”. Es cierto que hay escuadrones violentos que han amenazado a un librero de Savona con quemarle los libros, que hay quien enseña su brazo tatuado con el rostro de Mussolini Dux, y que se oyen en los reportajes de televisión participantes en las protestas que profieren vivas a la mafia o la camorra, a sus ojos más honestas que la casta política, que sería la verdadera mafia. Lo reconocen los propios organizadores del Movimiento de las horcas [I forconi], que avisan a los políticos de que son incapaces de controlar a la gente, y que el tiempo apremia, si no quieren ver una nueva marcha sobre Roma de cuyas consecuencias no responden.También está claro que hay quien tiene intereses en atizar la revuelta, como Berlusconi, cuyo periódico de familia, Il Giornale, titula: "Los italianos empuñan las horcas".

Asusta de verdad este nuevo pueblo, y el presidente del Consejo de Ministros, Enrico Letta, tuitea ayer por la mañana: “Había prometido en abril abolición financiación pública partidos antes fin de año. Lo confirmé el miércoles. Hoy en el consejo de ministros mantenemos la promesa”. La casta trata de aplacar una rabia, ya desatada en las redes sociales y las calles. Los estudiantes de las universidades se movilizan y ya ocupan la Facultad de Ciencias Políticas de La Sapienza en Roma. Se contagia el arranque de rabia y se anuncia no una marcha, pero sí una "vigilancia" de Roma para el próximo miércoles. Lo nuevo de este caos es que la crisis ha creado una nueva clase social que carece de representación política. El único signo de identidad, la bandera italiana, ser ITALIANOS, en mayúsculas, como escriben en sus octavillas. Poco es necesario en este contexto para que cuajen discursos xenófobos. Nada de banderas rojas. A un señor comunista que se presenta con su bandera roja, lo apartan en Teramo diciéndole: "Somos apartidistas". ¿Qué hacer? ¿Ensuciarse las manos en estas protestas o dejar que la derecha social se haga con todo el tejido social más tocado por la crisis?

Es un hecho: la crisis, la guerra del euro, como antaño la Gran Guerra, ha parido en Europa una nueva clase social que busca iracunda un nuevo orden en un periodo de decadencia económica, expresión de la progresiva disolución de la economía capitalista y la corrupción del Estado burgués. Se han destruido las precedentes condiciones de vida y la precedente seguridad de existencia de vastos estratos de la pequeña y media burguesía, de la pequeña propiedad campesina y de la intelectualidad. El socialismo reformista ha desilusionado a estas franjas sociales, para las cuales el Parlamento representa la causa de la ruina del pueblo. Perdonen la trampa: son frases sacadas tal cual de la Resolución de la Internacional Comunista de julio de 1923 y del artículo "La revolución en marcha: el fascismo", escrito por el antifascista Guido Dorso en 1925.

A la revolución neoliberal de la Europa supranacional, le está llegando su contrarrevolución nacionalista. Los populismos de las derechas nacionales han cogido la delantera hace tiempo. No tienen problemas para que el análisis de la coyuntura les encaje. Según ellos, de esta crisis del Estado supranacional europeo, se sale volviendo a las soberanías nacionales, al Estado fuerte, a la moneda nacional, al rechazo del Tratado Transatlántico, al refuerzo de la identidad nacional, a la lucha contra la inmigración clandestina. Esa contrarrevolución pisa fuerte, pues recibe apoyos, como antaño el fascismo, de ciertos sectores capitalistas. Marine Le Pen llama a disolver la Asamblea Nacional francesa, mientras Berlusconi avisa  que si le arrestan habrá una revolución, y Grillo escribe a los responsables de la Policía y los Carabinieri para pedir que no se castigue a los policías que se quitaron el casco en el primer día de revuelta, y que no sigan protegiendo más a la clase política que ha llevado a Italia al desastre, que se sumen a los italianos, porque están de su lado, lo que sería una señal revolucionaria, pacífica, extrema, necesaria para que Italia cambie. (Nada dice Grillo de la dura actuación de la Policía en la Universidad de La Sapienza de Roma contra 300 estudiantes.) Pero la cuestión de fondo es: ¿basta con cambiar una clase política para resolver los problemas? A la derecha, le puede bastar; a la izquierda, no.

Estos días se reúne en Madrid el Partido de la Izquierda Europea, que parece seguir apostando por una organización supranacional, internacionalista, alejada de las “tentaciones localistas”. Pero si al término “internacionalismo”, le quitamos la raíz “nación”, nos queda solo un palabro, “interalismo”, que no significa nada de nada. Menos aún delante de una bandera o un ciudadano con una horca. No afrontar a fondo la cuestión de la soberanía nacional, quedarse en la alergia a las banderas y las palabras "patria" o "nación", deja a la ciudadanía de las naciones colonizadas del sur de Europa con una única respuesta: la del populismo de derecha. Hay que arrebatar la idea de la soberanía a la derecha, como bien dice Ludovic Larmant, porque es nuestra, porque nuestra soberanía es la soberanía popular, que significa extender los derechos a toda la ciudadanía (emigrantes, precarios etc.), quitárselos a quienes abusan de ellos (las corporaciones, los bancos, los lobbies...). Sólo así habrá mayor democracia. No salir a las calles, no dar respuesta a las revueltas populares que, gusten o no, ya están en marcha, es brindar ya por el triunfo aplastante de los populismos de derechas en las próximas elecciones europeas.

Fuente: http://marat-asaltarloscielos.blogspot.com.es/2013/12/la-revuelta-de-las-horcas.html


El posicionamiento de la "clase media"

Desde hace dos días, diferentes medios no italianos han percibido un corte sociopolítico en Italia bastante más importante que el nombramiento de Mateo Renzi, alcalde de Florencia, a la cabeza del Partido Demócrata. El día 12 de diciembre, el corresponsal del semanario francés Le Point escribía: “Desde Palermo a Turín, de Roma a Génova, de Savona a Milán, un viento de protesta sin precedentes barre Italia. Interrupción del metro en la capital, cierre de las tiendas en los cascos antiguos, ocupación de estaciones y mercados, concentraciones ante los palacios institucionales, operaciones bloqueo en las fronteras: desde el domingo pasado, las manifestaciones contra la “casta política” se multiplican en la península”. Dejaremos de lado la interpretación de este periodista sobre la orientación y las fuerzas políticas que intentan vertebrar este movimiento. En el artículo que publicamos a continuación, Franco Turigliatto subraya con razón el peso concreto, visible por ejemplo en la capital piamontesa Turin -antigua capital de la Fiat- , de las fuerzas de la derecha extrema y las complicidades existentes entre éstas últimas y una parte de la policía y de la magistratura. Es tradicional considerar Italia como un laboratorio político. La fórmula ha estado justificada más de una vez. En el contexto de la crisis europea, habría que estar ciego para no tomar en cuenta de forma muy seria la posible dinámica de las recientes “sacudidas socio-políticas” en Italia y no concentrar la atención más que en la emergencia de una oposición sindical de izquierdas o de un reagrupamiento de las fuerzas de la izquierda anticapitalista. Estos últimos elementos tienen ciertamente toda su importancia, pero precisamente porque emergen en un contexto sociopolítico que no ha existido jamás en Italia desde finales de los años 1960 -Redacción de A l´encontre]

Lo que está ocurriendo estos últimos días con las movilizaciones y los “levantamientos” de los llamados “forconi” [quienes enarbolan las horcas] indica que hemos entrado en una nueva fase de la crisis económica y social en nuestro país. Se movilizan sectores de la pequeña y media burguesía golpeados muy duramente por la crisis en sus intereses y sus rentas: los comerciantes, los vendedores ambulantes, los camioneros. Se han sumado a ellos otros sectores sociales populares más o menos marginales: jóvenes de las barriadas urbanas, parados o estudiantes. Esos fenómenos son particularmente evidentes y conflictivos en Turín, la vieja ciudad obrera y fordista que, más allá del nuevo escaparate turístico que significan los palacios del centro, se encuentra en una gran fase de pauperización y de postración social.



La crisis y la pequeña burguesía 

Esos sectores de la pequeña burguesía -con sus diferentes estratos- han gozado durante muchos años de una relativa tranquilidad y confort (en algunos acaso eso se ha realizado gracias a diversas formas de evasión fiscal), pero hoy, después de seis años de una crisis económica aguda, sus certezas sociales y económicas son puestas en cuestión y para muchos de ellos se abre la posibilidad, a corto plazo, de un descenso a la pobreza. Esos sectores están golpeados no solo por las dinámicas de la crisis económica sino, también, como la gran mayoría de ciudadanos y ciudadanas, por las políticas de austeridad y de contracción presupuestaria aplicadas por los gobiernos de la burguesía.

Desde hace años, esas políticas masacran en primer lugar, y ante todo, a los trabajadores y trabajadoras de los sectores privado y público que sufren recortes en los salarios, el empleo, con la destrucción de puestos de trabajo y en el llamado estado social. Esos “sacrificios” han sido exigidos permanentemente por las políticas neoliberales cuya única función es garantizar las ganancias y las rentas de la patronal, de la gran burguesía como clase y de sus miembros en particular. Para asegurar esa transferencia de riqueza de abajo hacia arriba, la clase dominante “reclama” hoy a amplios sectores de la pequeña burguesía que “participe en los sacrificios”, lo que empobrece a esas capas sociales intermedias que, sin embargo, son fundamentales para garantizar el statu quo social y político.

El verbo inglés “squeeze” indica la acción simultánea de apretar y de extraer el jugo. Ese verbo se traduce de forma activa en lo que se refiere a la clase trabajadora. Pero concierne también a las capas de la pequeña burguesía y determina su desintegración social.

Y eso constituye uno de los rasgos distintivos de las grandes crisis económicas que se transforman así en crisis políticas y sociales que producen contradicciones y heridas en todos los estratos de la sociedad. Es por lo que hablamos de un cambio de época en Europa.

La crisis en la ciudad de Turín 

En algunas ciudades, entre ellas Turín, el fenómeno se presenta bajo formas particularmente dramáticas: la ciudad del mundo del trabajo, en otra época rica y con una clase obrera activa, ha sufrido profundas transformaciones. En algunos años, el paro ha alcanzado a toda la región del Piamonte, lo que implica no solo centenares de miles de personas en paro sino, también, un gran número de “cassa integrati” (gente que ha perdido su empleo pero cobra una parte de su salario, fruto de las conquistas de comienzos de los años 1970).

Es evidente que la pequeña burguesía, ante todo la comercial en sus diversas facetas, afectada ya por la crisis no podía más que, incluso sin tener una conciencia exacta de ello, sufrir una reducción de sus actividades comerciales y de sus rentas como consecuencia del simple hecho de que un gran número de asalariados habían perdido su salario o lo había visto reducido y estaban obligados a reducir su consumo. La crisis que golpeó primero a los asalariados no podía sino repercutir a los comerciantes que, mientras tanto, a pesar del fraude fiscal de algunos de ellos, tuvieron que hacer frente a las reducciones presupuestarias de las entidades nacionales y locales, que debían ser los actores en última instancia de las medidas de austeridad decididas por el gobierno.

Además, antes existía una cierta delimitación y planificación de los puntos de venta, pero ahora la casi total liberalización del comercio y el poder enorme de las grandes marcas de distribución han puesto de rodillas a todo el pequeño comercio local, comenzando por los vendedores ambulantes [los mercados locales tienen una gran importancia en Italia], aplastados por la competencia de los centros comerciales, pero también golpeados por la competencia sin freno entre ellos mismos.

Esos comerciantes cierran sus tiendas y renacen como champiñones con nuevas actividades, aún a riesgo de volver a cerrarlas ante la imposibilidad de garantizarse una renta suficiente. Pero hay otro fenómeno que debe ser comprendido. Muchos de esos pequeños comerciantes (comercios, bares, etc.) han salido de la clase obrera. De hecho, mucha de la gente en paro, entre ella un gran número de jóvenes y de antiguos asalariados, han reunido todas las reservas financieras familiares para poner en pie un pequeño negocio a fin de obtener un ingreso. Y luego se han dado cuenta de que no era suficiente para vivir.

En Turín, estos últimos días, el cierre de las tiendas ha sido total, bien como consecuencia de la decisión de sus propietarios, bien por el efecto de grupos activos ligados a los organizadores de la huelga que han circulado permanentemente por la ciudad para imponer a todos los comerciantes el cierre de la persiana.

La intervención de las fuerzas de la derecha 

Naturalmente, todos estos fenómenos socio-económicos hacen frente a la intervención y a la orientación política de las asociaciones profesionales especializadas en la creación de una ideología y de una identidad según las cuales la figura social del trabajador/a independiente garantizaría la riqueza de Italia. A partir de ahí, resulta que casi todos los demás son “ladrones”: no solo el personal político, sino también los asalariados del sector público, que son parásitos, así como, incluso, los asalariados del sector privado que dispondrían del “privilegio” de la “cassa integrazione”. Por tanto resulta fácil generar la división entre los sectores populares con grandes dificultades y hacer emerger una revuelta qualunquista [corriente política italiana de derechas que tiene rasgos antiparlamentarios y antiestatales, cuya revista Uomo qualunque -el hombre ordinario- conoció una audiencia electoral en 1946; hay similitudes con el poujadismo francés].

Las fuerzas de derecha y de extrema derecha están muy presentes y activas a través de quienes componen el comité de huelga de Turín y dirigen la dinámica de la protesta, lógicamente confusa. En las calles de la ciudad, se podía reconocer a grupos de jóvenes de derechas, provenientes de las hinchadas de los equipos de fútbol; además, estaban bien representados Forza Nuova [organización neofascista fundada en 2003 cuyo presidente, Roberto Fiore, fue diputado europeo en 2008-2009] y CasaPound [centro social neofascista y nacionalista-revolucionario creado en Roma en diciembre de 2003; el término Pound hace referencia al propagandista del fascismo Ezra Pound], y eran numerosos los eslóganes y los comportamientos claramente fascistas y reaccionarios. Numerosos jóvenes, a menudo de los barrios, han utilizado esta jornada como una posibilidad de expresar sus frustraciones sociales y su descontento. Al mismo tiempo, se ha visto que existía una puesta en escena y una organización precisa de la jornada. Otros elementos dan fe de una cierta entente que no solo tiene que ver con la simpatía por los manifestantes por parte de las fuerzas del orden, sino que remite a una relación política organizada con las fuerzas de la derecha extrema.

En este contexto se ha distinguido la actitud diligente de la magistratura de Turín que al alba de estas movilizaciones había dado la orden de llevar a cabo un amplio registro de los activistas del movimiento No TAV [movimiento popular del valle de Susa contra la construcción de una línea de tren de alta velocidad], registro que condujo a la detención de cuatro jóvenes a quienes se les ha puesto el calificativo de “terroristas” (sic).



La pequeña burguesía y las fuerzas de derechas 

Es más que evidente que esas clases sociales en vías de pauperización -en la calle estaban presentes ante todo comerciantes ambulantes y sectores inferiores del sector del comercio- y la gran masa de los parados pueden convertirse en una base de masas de las fuerzas ultrarreaccionarias y fascistas. El potencial de radicalización reaccionaria de los sectores pequeñoburgueses implica grandes peligros para la clase obrera. Esta situación puede tomar una configuración muy nociva a causa de la ausencia, desde hace cierto tiempo, de un fuerte movimiento de masas y de luchas de la clase obrera. La responsabilidad de las direcciones sindicales, cómplices de los gobiernos de los banqueros y de la gran burguesía, es aquí inmensa.

De hecho, solo una fuerte movilización obrera y de clase puede impedir derivas reaccionarias. Para responder positivamente a lo que se está desarrollando es necesario que el movimiento sindical y el de los trabajadores, apoyándose en los sectores más disponibles para la lucha, construya rápidamente una amplia iniciativa sobre la base de la defensa del salario, del empleo y de una política económica diferente que pueda dirigirse al conjunto de las masas trabajadoras y, también, a una parte de esos sectores de la pequeña burguesía y, ante todo, a los parados y paradas. Para ello es necesaria una huelga general. Si una huelga así hubiera tenido lugar ya, al menos una parte de los jóvenes que ayer (9 de diciembre) salieron a la calle habría tenido una buena y diferente ocasión de expresar su rabia.

Sería una ilusión peligrosa, como algunos que desvarían en la izquierda, considerar estas movilizaciones como precursoras de una real lucha positiva contra las políticas de austeridad y los gobiernos que las han aplicado. Pensar que la pequeña burguesía y las capas más marginadas del proletariado, en la época de la mundialización capitalista, a diferencia de lo que ha resultado siempre a lo largo de la historia y en particular en la gran crisis europea de los años 1930, puedan formar un proyecto alternativo al gran capital tiene que ver no solo con una ilusión, sino que es un error de los más peligrosos, que puede abrir la vía a verdaderas y reales tragedias políticas.

Como escribía Trotsky, la pequeña burguesía, ese polvo humano -un gran número de individuos no organizados en los lugares y los eslabones de la producción y de la distribución, pero en último análisis que depende de las relaciones sociales que traducen-, no tiene ni la función ni la fuerza social y política para expresar un proyecto alternativo al de las clases dominantes. Las clases sociales intermedias entre las dos clases fundamentales siguen estando, en última instancia, atraídas por la que demuestre más fuerza sobre el terreno. Hoy como ayer, la burguesía puede utilizar sectores de la pequeña burguesía y de los parados -como el hizo el fascismo- como arietes contra la clase obrera. Trotsky añadía, en 1930: “En cada giro del camino de la historia, en cada crisis social, hay que reexaminar el problema de las relaciones existentes entre las tres clases de la sociedad actual: la gran burguesía con el capital financiero a su cabeza, la pequeña burguesía que oscila entre los dos campos principales, y, finalmente, el proletariado. La gran burguesía que no constituye más que una fracción ínfima de la nación no puede mantenerse en el poder sin apoyarse en la pequeña burguesía de la ciudad y del campo, es decir sin apoyo entre los últimos representantes de las antiguas capas medias, y entre las masas que constituyen hoy las nuevas capas medias”. Prosigue: “Para que la crisis social pueda desembocar en la revolución proletaria, es indispensable, al margen de otras condiciones, que las clases pequeñoburguesas basculen de forma decisiva del lado del proletariado. Esto permite al proletariado tomar la cabeza de la nación, y dirigirla. Las últimas elecciones revelan una tendencia en sentido inverso y es ahí donde reside su valor sintomático esencial. Bajo los golpes de la crisis, la pequeña burguesía ha basculado no del lado de la revolución proletaria, sino del lado de la reacción imperialista más extremista, arrastrando a capas importantes del proletariado”. Luego afirma de forma incisiva: “Si el partido comunista es el partido de la esperanza revolucionaria, el fascismo en tanto que movimiento de masas es el partido de la desesperación contrarrevolucionaria” (León Trotsky, “El giro de la Internacional Comunista y la situación en Alemania” 27/09/1930). 

La importancia de la lucha de los trabajadores 

Solo la capacidad y el protagonismo, la fuerza y la lucha de las masas trabajadoras por sus propios objetivos de salvaguardia de sus condiciones de vida y de trabajo pueden convertirse en un polo atractivo para sectores de la pequeña burguesía o, al menos, neutralizar sectores de ella en el curso del enfrentamiento agudo con la clase dominante. Es una de las tareas urgentes que se encuentra ante nosotros y que hace de la reanudación del conflicto en los lugares de trabajo, aunque muy difícil, un elemento necesario y posible.

Nos enfrentamos a una cuestión de tiempo. El movimiento obrero y sindical debe recuperarse. De un lado, no debe demonizar a ciertos sectores sociales como tales, aliándose así a la política del Partido Demócrata y a las direcciones sindicales, quienes han subordinado a las trabajadoras y trabajadores a las orientaciones de la gran burguesía. Del otro lado, debe ser consciente de que ese movimiento de los “forconi” está dirigido por fuerzas reaccionarias y de derechas que deben ser combatidas.

Por esta razón, los miembros de clase obrera -y en particular las fuerzas de la izquierda anticapitalista que deben dedicarle todas sus fuerzas- deben comenzar su propia lucha, la revuelta de clase contra los gobiernos de los paquetes de austeridad, es decir contra la clase burguesa.

Fuente: http://marat-asaltarloscielos.blogspot.com.es/2013/12/italia-los-sintomas-alarmantes-de-una.html

Iron Horse - Motorhead



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