viernes, 27 de diciembre de 2013

Letonia tras la URSS: fascismo y servidumbre económica

20 años post-soviéticos en Letonia




El referéndum por la co-oficialidad del ruso

El resultado definitivo del referéndum ha sido a favor 24,88%; en contra 74,8; nulos 0,32. La participación ha alcanzado el 70,37 del censo electoral.



Prácticamente a nadie escapa la existencia de un grave problema de integración en Letonia. Al igual que en la mayoría de las pequeñas naciones europeas, su diversidad étnica y lingüística de carácter endógeno, se vio fuertemente alterada por diferentes acontecimientos políticos y socioeconómicos ocurridos durante el siglo XX. El último gran vuelco fueron los años de la Unión Soviética en los que la lengua rusa pasó a ser la lengua franca del país, en detrimento del letón que quedaba como un idioma de segundo orden, al estar su conocimiento y uso prácticamente acotado a las personas con origen étnico letón. Esta es una de las raíces del problema que se lleva arrastrando desde 1991. Las políticas públicas puestas en marcha por parte del Estado letón, al menos parcialmente, han fallado y como mejor indicador del fracaso tenemos el referéndum que se celebró ayer para decidir la posible cooficialidad del idioma ruso.

Este referéndum era una provocación, entre otros motivos, porque desde el punto de vista del contenido constituye la voluntad de impedir la normalización lingüística del letón o lo que es lo mismo, obstaculizar la extensión del conocimiento de la lengua letona a toda la población del país. Letonia es un pequeño país Báltico colindante con un gigante como Rusia. La lengua y cultura rusa, solo por su tamaño, tienen una fuerza que es imposible de comparar con la capacidad que tiene un pequeño estado a la hora de impulsar cualquiera de sus lenguas autóctonas en un contexto en el que el ruso está presente dentro de sus límites geográficos. En este sentido, el idioma letón se convierte en una herramienta fundamental para que toda la ciudadanía del país pueda identificarse con el Estado letón. Esto no quiere decir que se tenga que perseguir el conocimiento (sería estúpido) y uso del ruso, sino que la existencia de un porcentaje importante de población que no puede desenvolverse en lengua letona implica que esta parte de la población se identifique más con la Federación Rusa que con el Estado letón. En este sentido, está probado empíricamente durante los años de la URSS que la cooficialidad del ruso crea y alimenta un escenario en el que, al problema político de la identificación con el estado vecino, se le suma el peligro de supervivencia del pez pequeño (letón) amenazado por el pez grande (ruso).

Así las cosas, era de esperar que el resultado fuera el que ha sido, victoria aplastante del no a la cooficialidad. Nótese que el 24,88% de los votos favorables a la cooficialidad es poco más que el porcentaje de ciudadanos letones de diferentes nacionalidades eslavas (no están incluidos el 15% de la población total del país que son apátridas y no tienen derecho a voto). En consecuencia, estaba claro que ni tan siquiera desde la perspectiva de los defensores del idioma ruso tenía mucho sentido el referéndum, a no ser que buscarán lo que en parte han conseguido, dividir más a la sociedad y crear tensión.

Si analizamos la participación, podemos observar que ha sido extraordinariamente alta, superando en más de un 11% la participación de las elecciones legislativas del 2011: el porcentaje de sufragios emitidos ha sido 70,73% del censo electoral. Por regiones los datos son los siguientes: Riga 77,11%; Vidzeme 72,95%; Latgalia 60,03%; Kurzeme 70,98%; Zemgale 68,3%; y entre los residentes en el extranjero: 61,99%.

No es casualidad que la participación en Riga haya sido la más alta, precisamente es allí donde la tensión étnica es mayor, ya que es la primera región en números absolutos de habitantes eslavos y la segunda en términos relativos. En este sentido, sabido es que el roce tiene sus cosas buenas y malas, abre ventanas de oportunidades, pero también sirve de campo de batallas. Respecto al resto de regiones, llama la atención que las que tienen menos porcentaje de eslavos son las que más se han movilizado. En cambio, la única que tiene mayoría ruso parlante, Latgalia, es la que menos participación ha registrado. Parece claro que para una parte importante de la población eslava el referéndum no tenía ninguna utilidad, en cambio, la provocación, tal y como era de esperar, ha movilizado a la etnia letona.

En cuanto a los resultados definitivos, en la tabla se puede observar que en la única región que gana el sí es en Latgalia, si bien el grueso de votos a favor de la cooficialidad proviene de la región de Riga. Esto ya es indicativo de cómo ha funcionado el voto. En Letonia oficialmente los partidos étnicos están prohibidos, así que en teoría todos representan a la población en general y no tienen objetivos étnicos, lo cual, desde el punto de vista de la cotidianidad en el ejercicio de la política, es falso. El número total de personas que han apoyado la cooficialidad del ruso ha sido 273.347, es decir, algo más de 6.000 sufragios que los que obtuvieron en las elecciones de 2011 las formaciones políticas de centro-izquierda (Centro de la Concordia) e izquierda (Por los Derechos Humanos en una Letonia Unida). Ambas en la práctica son las que mayoritariamente concentran el voto de los eslavos y las que defienden los intereses de estos. Este cálculo ya lo tenía hecho Liderman (un judío eslavo, publicista y disidente político letón que, entre otras cosas, ha militado en el Partido Nacional Bolchevique), el impulsor del referéndum, por ello había dicho que el objetivo era recabar 300.000 votos favorables a la cooficialidad, es decir, dar un saltito más adelante de lo que consiguieron los partidos mencionados. No obstante, ese saltito no ha ocurrido, ya que prácticamente tenemos una fotocopia de los resultados de septiembre de 2011.

Concluyendo, tras unos cuantos meses de debate étnico, ahora solo espero que el río vuelva a su cauce y el foco se fije en los problemas reales a los que tiene que hacer frente Letonia como país para asegurar su viabilidad social, económica, política y cultural, porque hoy, aunque siga siendo el tema étnico un problema importante, el futuro de la lengua y la cultura letona están más amenazados por las dinámicas socioeconómicas que por cualquier teoría conspirativa que incluya a Rusia. Eso no quiere decir que haya que escurrir el bulto del problema de la integración que existe en Letonia. Al respecto, el nivel de incompetencia e intolerancia política está distribuido de igual manera entre todo tipo de sensibilidades sociopolíticas y, prueba de ello, ha sido la idea de bombero de los sectores eslavos que han impulsado el referéndum de ayer.

Ahora bien, aún hoy la responsabilidad política principal sigue recayendo sobre la mayoría, sobre los que ejercen el poder en exclusividad desde hace veinte años: los partidos nacionalistas letones. Estos siguen anclados en una forma de pensar y actuar muy propia de los países de Europa Oriental, por mucho que se les llene la boca con esa falacia de que son países nórdicos, lo son más o menos desde el punto de vista geográfico, pero desde el punto de vista político, económico y social no lo son (por ello sus amigos de la CIA los definen como país de Europa del Este). Un ejemplo de ello es la escasa tolerancia política, lingüística o cultural que impera. Y ahí sí que los eslavos tienen campo para criticar. Letonia adolece de una concepción liberal básica. Algo que hasta los descendientes formados de los que escaparon de la Unión Soviética no pueden acabar de entender. Normal, un letón nacido en un país occidental y que tenga un alto nivel de educación es habitual que sienta contradicciones entre los valores básicos del liberalismo en los que fue educado y la praxis letona que los repudia. Entre estos, Nils Muižnieks, el ex político de la derecha nacionalista letona y actual Comisionado de los Derechos Humanos del Consejo Europeo, así se ha expresado en más de una ocasión, desde antes de su nombramiento para el nuevo cargo.

La cuestión es cómo se puede defender desde una perspectiva liberal-democrática que aún hoy, un 15% de la población de Letonia de diferentes generaciones (algunos incluso de cuarta), sean apátridas, estén desprovistos de derechos políticos como el voto y ello, a pesar de haber nacido en Letonia y pagar sus impuestos al Estado letón desde su (re)constitución, por cierto, aspecto este último que más del 20% de los originarios de Letonia que viven y trabajan en el extranjero no lo hacen (aunque si tienen ciudadanía pueden votar). Pues bien, con esas estamos todavía. Sin embargo, no creo que la solución sea un nuevo referéndum al respecto para extender la ciudadanía letona a los apátridas. Desde hace unos meses se están recogiendo firmas para lograr convocarlo. No deberían de votarse derechos humanos como el contemplado en el artículo 15 de la Declaración de los Derechos Humanos, pero en Letonia todo es posible. No en vano, es un país colonizado por el neoliberalismo económico, mientras en cuestiones políticas es antiliberal. Además, lo político siempre tiene impacto en lo económico y así, resulta que los temas lingüísticos están estrictamente regulados en todos los ámbitos, como el económico, yendo en contra de la “libertad económica”, de la “libre concurrencia” y de la “libertad de empresa”. Pero claro, si es por un tema nacionalista la intervención del Estado les parece genial a los nacionalistas de derechas… aunque vaya contra el espíritu del capitalismo, mientras la intervención no trate de repartir la riqueza.

Ni fascismo ni ruso-dependencia

En el referéndum celebrado este pasado sábado en Letonia, el 74,8% (821.722 personas) se mostró contrario a otorgar al idioma ruso el estatus de segunda lengua oficial. A favor se pronunció el 24,88% (273.347 personas). Por consiguiente, la población rusoparlante de Letonia seguirá estando discriminada.
No hay nada de sorprendente en este resultado final: para que el ruso fuese reconocida como segunda lengua oficial, era necesario recibir 780 mil votos. Si toda la población rusa y rusoparlante tuviese derecho al voto, eso sería posible. Pero más de 300 mil habitantes del país, continúan siendo considerados como “no ciudadanos”, por lo que no pueden tomar parte en consultas electorales ni en referéndum alguno.
Sin embargo, el impulsor de la consulta, Vladimir Linderman (Ábel), quien fuera uno de los líderes del Partido Nacional Bolchevique antes de su prohibición, explicó la necesidad del referéndum con estas palabras: “Lo importante es demostrar que los rusos en Letonia, no son intrusos”. En tiempo record se recogieron más de 180 mil firmas, cuando para que se convoque una consulta popular basta con 150 mil (10% de los ciudadanos con derecho al voto).


No había ningún fundamento jurídico para negar el derecho a convocar el plebiscito. Y se convocó. Claro que los escándalos no se hicieron esperar. Tanto los nacionalistas más extremistas, con representación en el “Seim” y en el gobierno, como los considerados centristas, calificaron la consulta de golpe a los intereses nacionales y a la independencia de Letonia. Por si fuera poco, algunos de los activistas sociales, que pusieron su firma en respaldo de la iniciativa popular, comenzaron a recibir amenazas.

El primer ministro, Valdis Dombrovskis, llamó a “votar contra esta ocurrencia”. Mientras que la anterior Jefe del Estado, Vaira Vike-Freiberga, se mostró de la opinión, que si el ruso se convierte en segunda lengua oficial, “el letón perderá sus últimas posiciones en el espacio público”. A “Ábel” lo tildó de “elemento extremista, peligroso para la sociedad”. El 2 de febrero, el Seim de Letonia aprobó una declaración, en la que se dice que “el letón, como única lengua oficial, está indisolublemente ligado a la identidad de Letonia”.
Por su parte, algunos de aquellos, a quienes se considera parte de los intelectuales creativos, no escatimaron en calificativos. “Si pensamos en el referéndum como en una especie de “Stress Testing” para el estado letón, entonces podemos afirmar que se trata de un regalo divino. Por un par de millones de lat, que costará a las arcas públicas la consulta popular, obtenemos un listado de todos los ciudadanos que no son fieles al país. Así de claro. El referéndum es un test para los traidores a este país. Llamemos a las cosas por su nombre”, dijo en un programa en directo de la televisión letona el director artístico del Nuevo Teatro de Riga, Alvis Hermanis.

Uno de estos “traidores” en correspondencia con esa postura, es el alcalde de Riga, el líder de “Saskanas” (el partido que obtuvo la mayoría relativa en las últimas elecciones al parlamento), Nil Ushakov.
Cabe señalar que los nacionalistas letones consiguieron movilizar a la población azuzando el odio al idioma ruso. La participación media en el país superó el 70%. En Riga tuvo una participación récord, así como en los barrios poblados principalmente por letones. Mientras, en lugares como por ejemplo Latgale, donde hay mayoría de rusoparlantes (además con nacionalidad letona, a diferencia de la capital), la participación fue de las más bajas con un 60%. Por lo visto, muchos rusos consideraron un sinsentido tomar parte en un referéndum que se sabía perdido. O puede que se asustaran de las acusaciones de “extremismo” e “intenciones antigubernamentales”.

Los resultados del referéndum tuvieron un carácter marcadamente étnico. Así por ejemplo en Daugavpils, donde la absoluta mayoría son rusos, el 85% se pronunció a favor de conceder la cooficialidad al ruso. En general en Latgale, a favor hubo un 56%: mientras que en la región occidental de Kurzeme, contra el ruso como lengua oficial, se pronunció el 91% de la población.

En cuanto a Riga, aquí a favor del ruso como lengua oficial, votaron solo el 36%. Es decir, que la mayoría absoluta de los letones de la capital se muestran intolerantes hacia sus vecinos y conciudadanos de otra nacionalidad. Y eso que en Riga hay más de un 42% de rusos. Se mostraron activos en la votación contra el idioma ruso, los letones que residen en el extranjero. Por ejemplo, en el centro de votación situado en el Museo de la naturaleza de Riga, votaron dos chicas, llegadas para la ocasión desde Suecia. No quieren vivir en Letonia, pero tienen miedo por su sistema estatal y no desean que aquellos, para quienes el ruso es su lengua materna, puedan usarlo libremente en las instituciones públicas o educativas. Además se mostraban indignadas que una consulta así pudiera llevarse a cabo.

En general, después del referéndum la situación no ha mejorado en absoluto. Los letones, el pueblo letón, y no un grupo de políticos, dejaron a los rusos claras muestras de su ultranacionalismo y de su nula disposición a considerar los derechos y necesidades de los no letones; de la imposibilidad, en las actuales condiciones, de construir un Estado común.

También se encargó de calentar los ánimos, tras conocerse el resultado de la votación, el presidente de Letonia, Andris Berzinš, considerado moderado, pero que no dudó en hacer unas declaraciones al unísono con la agrupación profascista “Patria y Libertad” (Movimiento por la independencia nacional de Letonia). “El referéndum no marca ninguna línea inicial ni final. Ha supuesto una dura prueba y una lección para todos nosotros. La votación para la introducción en Letonia de una segunda lengua oficial, ha supuesto una amenaza para una de las bases sagradas de la Constitución: la lengua oficial. Por eso ha llegado el momento para una discusión seria sobre los fundamentos de la Constitución y la modificación del modelo de gobierno. El objetivo de esas modificaciones es hacer una Letonia más fuerte y en la medida de lo posible evitar posibles futuras amenazas para los fundamentos de nuestro sistema de Estado”, declaró Berzinš.

Los rusos valoraron esas declaraciones del único modo posible: cabe esperar que sigan apretando las tuercas y olvidarse de cualquier posible diálogo con el gobierno, puesto que la aspiración a tener igualdad de derechos de los “no autóctonos”, es vista tanto por los dirigentes de Letonia, como por los letones de a pie, como una “una amenaza a los fundamentos del Estado”.

Mientras tanto, la Unión Europea, que tan preocupada se suele expresar por el respeto a los derechos de las minorías nacionales, se muestra en relación a lo que sucede en Letonia, de un modo más que tranquilo. A Letonia, miembro de la UE, llevan muchos años permitiéndole violar las normas de esta organización, en la que en modo alguno puede inscribirse el concepto mismo de “no ciudadano”, ni la supresión de la enseñanza en ruso, ni la rehabilitación de los fascistas letones y veteranos de las SS. Es demostrativo el hecho de que tanto los observadores europeos como internacionales, incluyendo los de la OCDE, ignoraran el referéndum sobre el estatus de la lengua rusa en Letonia.

Pese a todo, el vicepresidente del Comité de la Duma para asuntos internacionales, Konstantín Kosachov, calificó el referéndum como exitoso. En su opinión, “es necesario exigir una resolución complementaria del problema, es decir, si no la adopción del ruso como lengua estatal, sí su utilización a nivel de ciudades y formaciones municipales, donde vive población rusa de forma compacta”. Cierto que hasta la fecha todas las exigencias similares salidas de Rusia, no han pasado de tener un carácter declarativo, por lo que Letonia las ha obviado. La única iniciativa por parte rusa fue la prohibición temporal de importar boquerones de Letonia. Además oficialmente se motivó por motivos sanitarios y no políticos, así que no produjo ningún resultado. De qué modo pretende Rusia conseguir la resolución del problema del idioma ruso en Letonia, es algo que Kosachov no especificó.



“La alta participación en el referéndum de ciudadanos letones, que consideran el ruso como lengua materna, demuestra de un modo evidente su desacuerdo con el curso elegido de construcción de una sociedad monoétnica. Además los resultados del referéndum, en modo alguno reflejan los ánimos en el país. Ello guarda relación con el hecho de que 319 mil personas (denominados “no ciudadanos”) se vean privadas de la posibilidad de expresar su opinión”, se dice en la declaración de Alexánder Lukashévich, publicada en la web del Ministerio de Exteriores de Rusia, el pasado domingo.


En la declaración del Ministerio de Exteriores de la Federación de Rusia, se expresa la esperanza de que “la voz de la población rusoparlante de Letonia sea escuchada, tanto por los círculos gobernantes de este Estado, como por las organizaciones internacionales”. Más adelante, Lukashévich asegura que Letonia ignora sus obligaciones internacionales, lo que quedó patente, al impedir la presencia de observadores rusos en el referéndum. No ha habido ninguna reacción de Riga ni ante las esperanzas, ni ante las acusaciones.

La servidumbre económica, la jugada del neoliberalismo 

"Han pasado dos décadas desde la introducción del orden neoliberal, y los resultados no pueden ser más desastrosos, pudiéndose considerar un crimen contra la humanidad. No ha habido crecimiento económico. Los activos soviéticos están gravados con deuda. No es así cómo la Europa occidental se desarrolló tras la Segunda Guerra Mundial, o incluso anteriormente (o China más recientemente). Estos países siguieron el esquema clásico de protección de la industria doméstica, gasto en infraestructura pública, fiscalidad progresiva, y prohibiciones legales contra el tráfico de influencias y el saqueo; todo lo que constituye anatema para la ideología neoliberal del mercado libre."


Mientras la mayoría de los medios de comunicación hacen hincapié en la gravedad de las dificultades que atraviesa Grecia (y también España, Irlanda y Portugal) en el contexto europeo, apenas se han hecho eco de la crisis mucho más severa, devastadora y potencialmente letal que azota las economías postsoviéticas vinculadas al plan de integración en la eurozona.
No cabe duda de que este silencio se debe a que lo sufrido en estos países constituye una prueba sumaria del horror destructivo del neoliberalismo, así como de la política europea consistente en tratar a estos países de forma bien distinta a la prometida, no ayudándoles a desarrollarse en términos europeos occidentales, sino meramente como áreas prestas a ser colonizadas como mercados financieros y de exportación, despojándolas de sus plusvalías económicas, de su mano de obra calificada –y prácticamente de toda su fuerza laboral en edad de trabajar–, de sus bienes raíces y edificios, y de cualquier otra cosa heredada de la era soviética.

Letonia ha experimentado una de las peores crisis económicas de las acaecidas en todo el mundo. Y no se trata sólo de una cuestión económica, sino también demográfica. La disminución brusca de su Producto Interior Bruto (PIB) en un 25'5% en los dos últimos años (casi un 20% solamente en el último) ya constituye la peor caída bianual de la que se tiene registro. Las previsiones más halagüeñas del Fondo Monetario Internacional (FMI) anticipan una caída adicional del 4%, lo cual haría que el hundimiento de la economía letona superara en cifras a las de la Gran Depresión de Estados Unidos. Pero las malas noticias no acaban aquí. El FMI prevé que en el 2009 haya habido un déficit total en la cuenta de capital y financiera de 4.200 millones de euros, a los que se añadirán 1.500 millones más (el 9% del PIB) en 2010.

Además, el sector público letón acumula deuda rápidamente. Letonia ha pasado de tener una deuda que en 2007 representaba el 7'9% del PIB a una proyección para este año cercana al 74%; la previsión indica que, en el mejor escenario posible, se estabilizaría en el 89% en 2014. Esto situaría al país muy lejos de los requisitos impuestos por [el Tratado de] Maastricht sobre los límites de deuda pública para poder formar parte del euro. Por eso, lograr la entrada en la eurozona ha sido el principal pretexto utilizado por el Banco Central de Letonia para justificar las dolorosas medidas de austeridad que permitan estabilizar el valor de la moneda. Para mantener el valor de la moneda se han dedicado ingentes cantidades de reservas monetarias que de otro modo se habrían podido invertir en la economía del país.

Aún así, en los países occidentales no parece que nadie se esté preguntando qué puede haber provocado este grave quebranto a Letonia, que es extensible al resto de economías bálticas y otras áreas postsoviéticas, pero más extremo en el caso letón. Ahora que se cumplen casi veinte años de su liberación en 1991 de la vieja URSS, difícilmente puede achacarse la causa de sus problemas únicamente al sistema soviético. Ni siquiera puede culparse solamente a la corrupción, que sin duda constituye una herencia del periodo de disolución de la URSS, aunque ésta se haya engordado, intensificado e incluso promovido en la modalidad cleptocrática de rapiña que ha proporcionado pingües beneficios a banqueros e inversores occidentales. Fueron los neoliberales occidentales quienes financiaron estas economías gracias a las "reformas favorables a los negocios" que recibieron el aplauso entusiasta del Banco Mundial, Washington y Bruselas.

Es evidente que cabría desear una menor corrupción (pero, ¿en quién más confiarían los occidentales?); sin embargo, reducirla drásticamente quizá no haría más que colocar al país en la misma senda recorrida por Estonia hacia el sistema de sujeción de peonaje por (euro)deudas. Esta área báltica vecina también ha sufrido un aumento descomunal del desempleo, una fuerte reducción del crecimiento, un serio deterioro de los estándares de salud y emigración, en lacerante contraste con lo ocurrido en Escandinavia y Finlandia.

Joseph Stiglitz, James Tobin y otros prominentes economistas occidentales han empezado a contar que hay aspectos radicalmente negativos en el orden financiero importado por los hombres de negocios occidentales tras el colapso soviético. Ciertamente, el camino emprendido por Europa occidental tras la Segunda Guerra Mundial no fue el de la economía neoliberal. Sin embargo, el nuevo experimento báltico tiene el antecedente del ensayo general impuesto a punta de fusil por los Chicago Boys en Chile. En Letonia los asesores procedían de Georgetown, pero la ideología era la misma: desmantelar el sector público e influir internamente en los procesos de decisión política.


Para la aplicación postsoviética de este cruel experimento, la idea era que los bancos occidentales, los inversores financieros y, señaladamente, los economistas del "mercado libre" (así llamados puesto que se desprendieron de la propiedad pública, la liberaron de cargas fiscales y dieron un nuevo significado al término free lunch [beneficios sin contrapartidas]) tuvieran carta blanca en la mayor parte del bloque soviético para rediseñar economías enteras. Por cómo acabó la cosa, parece que todos los diseños fueron el mismo. Los nombres de los individuos eran distintos, pero la mayoría estaban vinculados a, y financiados por, Washington, el Banco Mundial y la Unión Europa. Y, puesto que los patrocinadores eran las instituciones financieras occidentales, no deberíamos sorprendernos demasiado de que acabaran imponiendo un diseño que redundara en su interés financiero.

Se trató de un plan que ningún gobierno democrático occidental habría podido aprobar jamás. Se repartieron las empresas públicas a individuos cuya misión era venderlas rápidamente a inversores occidentales y a oligarcas locales que transferirían su dinero de forma segura a paraísos fiscales occidentales. Para tapar estos procedimientos se crearon sistemas impositivos locales que permitieron a los grandes clientes tradicionales de los bancos occidentales –los monopolios sobre los bienes raíces y sobre las infraestructuras naturales– quedar prácticamente libres de pagar impuestos. Esto permitió que sus rentas y su fijación monopolística de precios quedaran "libres" y pudieran revertir a bancos occidentales en forma de pagos de intereses, en vez de estar sujetos a impuestos interiores que se destinaran a la reconstrucción de estas economías.

En la Unión Soviética apenas había bancos comerciales. En vez de ayudar a estos países a crear sus propios bancos, Europa occidental promovió que sus bancos ofrecieran crédito y cargaran estas economías con intereses (siempre en euros y otras monedas fuertes para garantía de los bancos). Esto constituyó una violación del primer axioma de las finanzas: nunca emitas deuda nominada en una moneda fuerte cuando tus ingresos vayan a serlo en una más débil.

Pero, como en el caso de Islandia, Europa prometió a estos países que les ayudaría a integrase en el euro mediante políticas adecuadas. Las "reformas" consistieron en mostrarles cómo trasladar los impuestos sobre los negocios y los bienes raíces (los principales clientes de los bancos) al trabajo, no sólo como impuesto fijo sobre los ingresos, sino como un impuesto fijo de "servicios sociales"; de acuerdo con éste, la Seguridad Social y los servicios sanitarios no se proveen a partir de fondos procedentes del presupuesto general articulado básicamente a partir de un sistema fiscal global progresivo, sino que los trabajadores pagan una cuota de usuario para dichos servicios.

A diferencia de los países occidentales, no existían impuestos sobre la propiedad relevantes. Esto obligó a los gobiernos a gravar a los trabajadores y a las empresas. A diferencia de los países occidentales, no había impuestos progresivos o sobre la riqueza. De media, Letonia tenía el equivalente a un impuesto fijo sobre el trabajo del 59%. (¡Los líderes del Congreso de Estados Unidos y sus lobistas solamente pueden concebir en sueños un impuesto sobre el trabajo tan punitivo que liberaría de controles a sus principales contribuyentes en las campañas electorales!). Con un impuesto como éste, las economías europeas no tenían nada que temer de las economías que emergieron libres de impuestos, pues al traspasar los gravámenes sobre las propiedades a cargas sobre el trabajo disminuyeron los costes de la vivienda y de la deuda. Estas economías fueron envenenadas desde el principio. Esto es lo que hizo de ellas tan de "mercado libre" y tan "abiertas a los negocios" desde el punto de vista de la ortodoxia económica occidental actual.

Al perder la capacidad para gravar los bienes raíces y otras propiedades –e incluso para imponer una fiscalidad progresiva sobre los tramos de renta más altos– los gobiernos se vieron abocados a fijar tasas impositivas al trabajo y a la producción industrial. Esta filosofía de desplazamiento de la carga fiscal aumentó de forma súbita el precio del trabajo y del capital, haciendo que la industria y la agricultura de las economías neoliberalizadas fueran tan caras como para no poder competir con la "vieja Europa". De este modo, las economías postsoviéticas se convirtieron en zonas de exportación para las industrias y los servicios bancarios de la vieja Europa.

La Europa occidental se ha desarrollado mediante la protección de su industria y de su trabajo, gravando las rentas de la tierra y otros beneficios que no tienen contrapartida en un necesario coste de producción. Las economías postsoviéticas "liberaron" este beneficio para que acabara en forma de pago a los bancos de la Europa occidental. Estas economías –que no soportaban deudas en 1991– empezaron a endeudarse en monedas fuertes, no en las suyas. Los créditos de los bancos occidentales no se utilizaron para mejorar su inversión de capital, la inversión pública y los niveles de vida. El grueso de los créditos se concedió fundamentalmente con la garantía de activos existentes heredados del periodo soviético. Si bien hubo un fuerte crecimiento de nuevas construcciones de bienes inmuebles, la mayora parte de éstas tienen hoy un valor inferior al inicial. Y los bancos occidentales están demandando que Letonia y los demás países bálticos paguen aún más exprimiendo el beneficio económico mediante subsiguientes "reformas" neoliberales que amenazan con gravar aún más al trabajo mientras sus economías se contraen y la pobreza aumenta.

El patrón consistente en una cleptocracia instalada en las altas esferas y una fuerza laboral endeudada –con índices de sindicación muy bajos o nulos, y escasa protección en el lugar de trabajo– ha sido aplaudido como un modelo propiciador de la actividad económica que debería ser emulado en todo el mundo. Las economías postsoviéticas estaban claramente "subdesarrolladas", lejos de poder producir bienes con un alto valor añadido, y generalmente incapaces de competir en igualdad condiciones con sus vecinos occidentales.

El resultado ha sido un experimento económico a todas luces enloquecido, una distopía cuyas víctimas ahora son señaladas como culpables. La ideología neoliberal de la erosión sistemática y a gran escala –aparentemente a punto de ser aplicada en Europa y Norteamérica mediante una retórica igualmente optimista– resultó económicamente tan devastadora que es equiparable a lo que habría ocurrido si estos países hubiesen sido invadidos militarmente. De modo que ha llegado el momento de empezar a preocuparse seriamente sobre si lo ocurrido en los países bálticos puede constituir un ensayo general de lo que estamos a punto de ver en los Estados Unidos.

Hoy, en los países bálticos la palabra "reforma" tiene una connotación negativa, como la tiene en Rusia. Significa un regreso a la dependencia feudal. Pero, mientras que los señores feudales de Suecia y Alemania regían sobre sus siervos por el poder que les otorgaba de la propiedad de la tierra, hoy controlan los países bálticos mediante los créditos hipotecarios concedidos en moneda extranjera, que están avalados con los bienes raíces de toda la región.

El peonaje por deudas ha sustituido a la servidumbre completa. La cuantía de las hipotecas excede el valor de mercado de los bienes, el cual se ha desplomado entre el 50 y el 70% en el último año (dependiendo del tipo de vivienda), y también sobrepasa la capacidad de los propietarios de las viviendas para hacer frente a los pagos. El volumen de la deuda nominada en moneda extranjera también sobrepasa en mucho lo que estos países pueden ingresar mediante la exportación de los productos de su trabajo, industria y agricultura a Europa (que apenas desea realizar importaciones) o a otras regiones del mundo en las que los gobiernos democráticos están comprometidos con la protección de su fuerza laboral, a no venderla y someterla a programas de austeridad sin precedentes (todo en el nombre de los "mercados libres").

Han pasado dos décadas desde la introducción del orden neoliberal, y los resultados no pueden ser más desastrosos, pudiéndose considerar un crimen contra la humanidad. No ha habido crecimiento económico. Los activos soviéticos están gravados con deuda. No es así cómo la Europa occidental se desarrolló tras la Segunda Guerra Mundial, o incluso anteriormente (o China más recientemente). Estos países siguieron el esquema clásico de protección de la industria doméstica, gasto en infraestructura pública, fiscalidad progresiva, y prohibiciones legales contra el tráfico de influencias y el saqueo; todo lo que constituye anatema para la ideología neoliberal del mercado libre.

Lo que se ha evidenciado de forma descarnada son los supuestos subyacentes del orden económico mundial. En el centro de la crisis actual de la teoría económica y de la política económica cobran interés las olvidadas premisas y conceptos directrices de la economía política clásica. George Soros, Stiglitz y otros hablan de una economía global de casino (en la que ciertamente se ha enriquecido Soros jugando), habiéndose desgajado la economía financiera del proceso de creación de riqueza. El sector financiero cada vez es más preeminente, con una creciente capacidad de detraer recursos de la economía real de bienes y servicios.

Ésta era la preocupación de los economistas clásicos cuando se concentraron en el problema de los rentistas, propietarios de bienes con privilegios especiales cuyos beneficios (que no tenían la contrapartida de asumir coste productivo alguno) constituían de facto un impuesto sobre la economía (en este caso, cargándola con deudas). Los economistas clásicos se dieron cuenta de la necesidad de subordinar las finanzas a las necesidades de la economía real. Ésta fue la filosofía que guió la regulación bancaria en Estados Unidos en la década de 1930, y fue la que siguieron Europa occidental y Japón desde la década de 1950 a la de 1970 para promover la inversión manufacturera. En vez de establecer fuertes controles sobre la capacidad del sector financiero para realizar actividades especulativas, los Estados Unidos eliminaron estas regulaciones en la década de 1980. Mientras en 1982 los beneficios después de impuestos de la banca estadounidense significaron menos del 5% del total, en el año 2007 ascendieron a un insólito 41%. En efecto, esta actividad de suma cero constituyó un "impuesto" indirecto sobre la economía.

Junto con la reestructuración financiera, el otro aspecto importante del juego de herramientas clásico era la política fiscal. El objetivo era retribuir el trabajo y crear riqueza, y recoger los beneficios resultantes (free lunch) de las economías sociales "externas" como base impositiva natural. Esta política fiscal tenía la virtud de reducir las cargas sobre el ingreso (salarios y beneficios). Se entendía que la tierra era un bien natural sin coste laboral de producción (y por eso sin valor de coste). Pero en vez de convertirla en la base impositiva natural, los gobiernos han permitido que los bancos la carguen con deudas, transformando el aumento del valor de la renta de la tierra en intereses a pagar. En terminología clásica, el resultado es un impuesto financiero sobre la sociedad (un beneficio que se suponía que la sociedad recogía como un impuesto básico para reinvertirlo en infraestructura económica y social con el fin de enriquecer al conjunto de esa sociedad). La alternativa ha sido fijar impuestos sobre la tierra y el capital industrial. Y a aquello a lo que han renunciado los recaudadores de impuestos, ahora los bancos lo cobran en forma de precios más altos de la propiedad del suelo –un precio por el que los compradores pagan un tipo de interés hipotecario.



La economía clásica podría haber predicho los problemas de Letonia. Sin freno alguno sobre las finanzas, sin regulación de los precios monopolísticos, sin protección industrial, con la privatización del dominio público para crear "economías con sistemas de peaje" y con una política fiscal que empobrece a los trabajadores y al capital industrial mientras recompensa a los especuladores, la economía de Letonia apenas ha visto algún tipo de crecimiento económico. Lo que sí se ha logrado –y que ha recibido el aplauso entusiasta desde los países occidentales– ha sido una actitud favorable para anotar deudas enormes para subsidiar su desastre económico. Letonia tiene muy poca industria, una agricultura muy poco modernizada, pero sí puede exhibir más de 9.000 millones de lati en deuda privada; una deuda que hoy corre el riesgo de pasar a figurar en los balances del presupuesto público, igual como ocurrió con el rescate de los bancos de Estados Unidos.

En caso de que este crédito se hubiera empleado con fines productivos para levantar la economía letona, podría haber sido algo aceptable. Pero fue básicamente improductivo, contribuyó a exacerbar la inflación de precios del suelo y el consumo suntuario, reduciendo a Letonia a un Estado cercano a la servidumbre por deudas. En lo que Sarah Palin llamaría una hopey-change thing [peyorativamente, propuesta irrealista cargada de buenas intenciones, a partir del eslogan hope and change de la campaña de Barack Obama de 2008. N del t.], el Banco de Letonia sugiere que el momento más grave de la crisis ya ha pasado. Finalmente, las exportaciones han empezado a aumentar, pero la economía aún pasa por una situación desesperada. Si persiste la tendencia actual no habrá nuevos letones para heredar recuperación económica alguna. El desempleo se mantiene por encima del 22%. Decenas de miles de ciudadanos han abandonado el país, y otras decenas de miles han decidido no tener hijos. Es una respuesta natural al hundimiento del país bajo una deuda pública y privada de miles de millones de lati. Letonia no está en la trayectoria adecuada para alcanzar los niveles de riqueza occidentales, y no tiene escapatoria a continuar por la senda de su actual política fiscal neoliberal regresiva, contraria a los trabajadores, a la industria y a la agricultura, que le ha sido impuesta de forma tan coercitiva desde Bruselas como condición para el rescate del Banco Central de Letonia, con el fin de que éste pueda pagar a los bancos suecos que han realizados este tipo de créditos improductivos y parasitarios.

Albert Einstein dijo que "[es] una locura realizar la misma cosa una y otra vez esperando resultados distintos". Letonia ha aplicado una y otra vez durante casi 20 años el mismo Consenso de Washington "pro occidental", con resultados cada vez peores, que a fin de cuentas han sido catastróficos para el sector público, los trabajadores, la industria y la agricultura. La tarea fundamental actual consiste en liberar a la economía letona de su camino neoliberal hacia la neo-servidumbre. Se podría pensar que la senda elegida podría ser la trazada por los economistas clásicos del siglo XIX, que condujo a la prosperidad que podemos ver en los países occidentales y también actualmente en el Este asiático. Pero esto requeriría un cambio en la filosofía económica; lo cual conllevaría un cambio profundo en la articulación del sector público y de la gobernación.

La cuestión es cómo responderán Europa y los demás países occidentales. ¿Admitirán su error? ¿O no sentirán ni un ápice de vergüenza? Los signos actuales no son alentadores. Los occidentales piensan que el trabajo no se ha empobrecido lo suficiente, la industria no está suficientemente devastada y el paciente económico aún no ha sido suficientemente desangrado.

Si éste es el mensaje que Washington y Bruselas están lanzando a los países bálticos, ¡imaginen qué están a punto de hacerles a las gentes de sus propios países!

El socialismo funcionaba en Letonia

El portal informativo y de análisis “Newsbalt” entrevistó al presidente del Partido Socialista de Letonia, Alfred Rubiks. Cuando en la época soviética comandaba el CC. del partido Comunista de la RSSL, fue uno de los pocos que se negó a abandonar el barco que se hundía y mantuvo su fidelidad a los ideales soviéticos. Algo que posteriormente le supuso seis años de cárcel, convirtiéndose en la práctica, en el primer preso político de la nueva Letonia. La popularidad que le granjeó su entereza le sirvió para ser elegido en el 2009 parlamentario europeo por Letonia en Bruselas.

¿Cree usted que la caída de la Unión Soviética, estaba de antemano predeterminada por los condicionantes propios de su estructura social?

En ningún caso. El colapso de la URSS está unido a la acción premeditada de muchas figuras, incluyendo a aquellos que promocionaron a Gorbachov para que ocupase la jefatura de Estado. Es decir, fue introducido allí, de modo premeditado, para hacer labores de zapa. Sí, la Unión Soviética en aquel momento necesitaba cambios. Esto era algo que las fuerzas sanas, dentro del PCUS, comprendían perfectamente y apoyaron las reformas del XXVII Congreso del Partido. La vida no se detiene, significa movimiento, y cualquier aparato estatal necesita corregirse, perfeccionarse: por eso las reformas es algo que se da en todos los países, tengan el régimen que tengan. Pero su puesta en marcha no significaba la necesidad de destruir la URSS y renegar del ideal socialista. El punto de no retorno se alcanzó una vez que Gorbachov recibió el cargo de presidente e inició la reforma constitucional y de la base legislativa del país. El resultado fue el desmoronamiento de la URSS: pero yo estoy convencido de que se podía haber evitado. Gorbachov se convirtió en un aniquilador: una vez hizo el trabajo sucio, salió huyendo del cargo, sin intentar siquiera detener el proceso de disgregación del país que le había sido confiado.



¿Por qué Letonia no conservó la base industrial heredada de la URSS?

Después de salir de la cárcel, me tocó ser testigo de escenas lamentables. Gente con lágrimas en los ojos, que indicando edificios en ruina y solares, me explicaban: “¡Y pensar la fábrica tan potente que había aquí hasta hace poco! Aquí trabajábamos nosotros y los miembros de nuestras familias”. No cabe duda de que la responsabilidad por la pérdida de la base industrial que nos había quedado en herencia de la URSS, reside en los gobiernos de los noventa, quienes adoptaron un gran número de decisiones nefastas. Tampoco podemos despreciar el papel jugado por los “bienhechores” extranjeros, que llegaron a nuestras tierras en calidad de consejeros. Por cierto, eso es algo que ya se inició en los últimos años de gobierno soviético.
Estoy seguro de que occidente no estaba interesado en el desarrollo de Letonia. Enviaron a sus emisarios para que seleccionasen aquello con lo que enriquecerse y al mismo tiempo ahogar a la competencia. Ambas tareas fueron cumplidas con éxito. En general, los occidentales ven a las antiguas repúblicas soviéticas, como meras colonias, privadas de  derechos, donde se puede hacer aquello que ellos tienen prohibido en sus países. Un ejemplo que ha pasado desapercibido, pero que es bien elocuente: el modo en que los amos europeos occidentales equipan las grandes granjas porcinas en sus países y en Letonia. Yo he tenido oportunidad de ver como en Bélgica equipamientos similares se construyen cumpliendo toda la normativa ecológica, evitando así que se produzca un olor desagradable, por muy cerca que estés. Lógicamente sale más caro. En Letonia, un empresario danés, atraído por lo barato de los terrenos, ha levantado a las afueras de Aizpute, una granja porcina con un gigantesco depósito de purines a cielo abierto, lo que provoca que el aroma se propague varios kilómetros a la redonda. ¿A que hay diferencia?

Tuve la oportunidad de leer una investigación de científicos alemanes, llevada a cabo en colaboración con la Academia letona de ciencias: sus autores demostraban que la destrucción de un sector agroindustrial, como el letón, que funcionaba bien, era  algo perfectamente evitable.

Sin ir más lejos, el koljos de Tervete, sigue funcionando a día de hoy, convertido en una empresa diversificada de éxito. ¿Qué impedía hacer lo mismo con el resto de koljoses?

Una serie de antiguos colegas suyos del Partido Comunista, han hecho una exitosa carrera política en la Letonia actual. ¿Por qué se negó usted a abandonar ese barco que se hundía, aunque luego lo tuviese que pagar con seis años de cárcel?

El cómo actuar en cada situación es algo que evidentemente depende de la elección individual de cada uno. Yo no podía renegar de los ideales a los que había jurado fidelidad. Los que cambiaron de chaqueta, fueron gentes sin convicciones, que siempre estarán con el que sea más fuerte en cada momento. Yo me siento más próximo a los que están dispuestos a aceptar las hogueras de la inquisición con las palabras: “Y sin embargo gira”. Estoy con aquellos, que se negaron a delatar a sus camaradas partisanos, siendo torturados en los calabozos de la Gestapo.

¿Cómo valora usted las perspectivas de la idea socialista en el mundo contemporáneo?


Estoy convencido de que la vía socialista de desarrollo es el futuro, no el pasado. Porque si vemos como vive el mundo en la actualidad, resulta evidente que así no puede continuar por mucho tiempo: Infinidad de conflictos bélicos locales, contaminación generalizada de la naturaleza, la discordia por motivos de raza o religión, el empobrecimiento de amplias masas populares. Los capitalistas no están interesados en resolver todos estos problemas, solo les interesa el beneficio a corto plazo. Los pueblos merecen una vida mejor de la que tienen ahora.

Fuentes: http://www.sinpermiso.info/textos/index.phpid=3116 , http://www.postsovietico.blogspot.com.es/2012/02/748-contra-la-oficialidad-del-ruso-en.htmlhttp://www.sovross.ru/modules.php name=News&file=article&sid=590170 , http://lamanchaobrera.es/el-colapso-de-la-urss-es-algo-que-se-podia-haber-evitado/




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