domingo, 23 de noviembre de 2014

La decadencia de Occidente

"Buenos tiempos aquellos de un pasado remoto donde los pueblos decían: yo quiero ser el amo de otros pueblos"


CARLOS JAVIER BLANCO MARTIN


Toda cultura es instituida. Sus cimientos son la jerarquía, un orden moral, una disciplina. La historia de la humanidad ofrece un panorama de gran heterogeneidad, de enorme dispersión, de falta efectiva de unidad. No hay, propiamente, una Humanidad. Pero si nos limitamos al conjunto de pueblos europeos, bien amplio y abigarrado, un conjunto que, después, saliendo de su estrecho Viejo Mundo, ha dado en llamarse Occidente, observaremos (siempre de la mano de Nietzsche) que tampoco hay aquí una cultura. Las instituciones de que se precian los europeos: ¿qué ha sido de ellas? Ninguna se conserva que no haya caído por el sumidero de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad. La Europa que un día consideró la estúpida posibilidad de una Historia de la Humanidad, es una Europa que ya no existe, que se arrastra en medio de la mayor crisis de identidad que concebir se pueda.



 Nietzsche buscó en la genealogía de nuestras Instituciones y en ella halló la causa de la postración: se trata de la historia de una falsedad. La cultura europea se asentó sobre las base de una enorme y fatal mentira, y de esa base mentirosa se sigue todo el derrumbe al que hoy asistimos. ¿Cuán atrás hemos de ir? Al menos, al Imperio Romano: Institución de veras, alzada para durar ¿Qué le hizo caer? ¿Fueron las invasiones bárbaras? No ¿Fue una depravación? Sí: se trató de la depravación y la mentira inducida desde el Levante por los hebreos. Fue el Cristianismo como potenciación, como agudización del judaísmo, lo que quebró las bases instituidas de Roma.

Roma cayó al ver por los suelos los cimientos institucionales de lo que había conformado su poder. La Jerarquía: desde los más viejos tiempos prehistóricos, la triple función indoeuropea había señalado las distancias. Una casta sagrada y regia: los que saben. Una segunda casta, fuerte y guerrera: los que pueden luchar. Una tercera casta, productora y comerciante: los que sustentan. La República platónica ideal quiso restaurar aquello que los atenienses estaban perdiendo. Roma había creado una gigantesca máquina desde la que preservar el poder jerárquico de su nobleza. Pero las masas que se vieron sometidas, en la base y en los márgenes del sistema de dominación romano, acumularon dosis ingentes de resentimiento. Los chandalas de que nos habla Nietzsche, ese inmundo suelo formado por los parias, los débiles y los impotentes, fueron los nuevos amos de esta civilización.

 ¿Cómo fue posible que la chusma más despreciable se haya erigido en la nueva dueña del mundo civilizado? El cristianismo y su mentira fundamental, un apartarse de la naturaleza y de la realidad, les dio las armas a los esclavos e hizo de ellos los nuevos señores. Los predicadores cristianos, empezando por Pablo, supieron astutamente halagar los oídos más sucios de la sociedad, los corazones más podridos por el odio y la sed de venganza. Los cristianos fueron aquellos chandalas que derribaron una construcción grandiosa como fue el Imperio. Nietzsche no desea ver que Roma fue una civilización cruel mientras existió: máquina sanguinaria que sojuzgaba a los pueblos y esclavizaba a todos cuantos se le resistían. Acaso esa crueldad es para Nietzsche la propia Naturaleza: dura lex sed lex. La ley inexorable y natural que impone al vencido la disyuntiva simple de morir o ser reducido a la esclavitud. Pero cuando ya los esclavos, y otros impotentes y aplastados sectores de la sociedad, cuando los parias difunden su evangelio de igualdad, de fraternidad universal, de desprecio del mundo, entonces la naturaleza se corrompe, se infecta de fantasmas y desvaríos. Son los fantasmas y alucinaciones del trasmundo los que imponen su norma a este, el muy carnal y real mundo donde rige la naturaleza, la ley del vencedor, la sumisión del vencido. Pero el vencido, que no posee potencia, ni armas, ni siquiera valor para plantar batalla otra vez, se venga. El Cristianismo, en suma, consiste en una inmensa rebelión vengativa que resultó triunfante.

 Es difícil de creer que solo con fantasmas y alucinaciones una masa oprimida –todo lo resentida y feroz que se quiera- es capaz de hacer caer una estructura gigante como fue la del Imperio Romano. No son explicaciones de cariz materialista (causalistas, economicistas, deterministas) las que nos ofrece Nietzsche. El terreno en el que se mueve, las más de las veces, es el de la fenomenología clínica, el estudio de los síntomas. La decadencia de Roma, como hoy la decadencia de Occidente, no es la consecuencia de un sino cuasinatural, la respuesta a una necesidad morfológica, como pretendió Spengler. En el sino de la planta y del animal está el angostarse y dejar espacio a nuevos organismos. Así las culturas devienen civilizaciones, esto es, viejas carcasas que preludian la muerte y encorsetan a las nuevas formas culturales. Pero en Nietzsche la visión es otra: las grandes creaciones de la civilización, instituidas para “durar” pierden su vitalidad por contagio infeccioso, no por decrepitud intrínseca. El cristianismo fue (y es) una enfermedad que echó a perder aquel orden moral, aquella jerarquía, aquella disciplina que es requisito esencial para un Estado y una cultura grandes.

 La penetración del cristianismo en Roma fue un tanto artificial a los ojos de Nietzsche. Los agentes patógenos fueron unos fanáticos rencorosos, unos santurrones llenos de ira contenida y odio envenenado hacia todo lo grande y bueno de la civilización grecorromana. Cristo fue el único cristiano, y desde los principios de esta religión, Pedro y Pablo propagaron la gran mistificación, el terrible engaño que- en el fondo- fueron semillas de violencia que cayeron en el campo abonado por Sócrates y Platón, una especie de cristianos avant la lettre, importantes no como filósofos sino como moralistas, es decir, como creadores de todo un trasmundo, inventores de un fantasmagórico más allá. Con independencia de que Platón o Pablo de Tarso hayan hablado de ese más allá como espacio ontológico nuevo, añadido e incluso como trasmundo que niega éste, el momento decisivo residió en su predicación de un “orden moral” absoluto que niega el presente, el efectivo y el real. Toda civilización, de forma “natural” implica una jerarquía, una disciplina y un “orden moral”, esto es, un sistema de costumbres, tradiciones y privilegios. Toda la historia del Derecho hasta 1789 es la historia de los sistemas prescriptivos de privilegios. Ahora hemos olvidado que hablar de Derechos es hablar de Privilegios, y el Igualitarismo oficial imperante ha inducido en las masas la reivindicación de privilegios (señoriales, elevados) que, precisamente en su reparto masivo se anulan.

 Las grandes creaciones culturales en la Historia suponen ese mismo orden moral –esa jerarquía, disciplina, costumbre y tradición- sin desligar de la Naturaleza. Antes del Cristianismo los hombres vivían de forma natural en este sentido. Lo que es no requiere de un deber ser: esto es lo que Nietzsche denomina Naturaleza y no otra cosa. Pero los inventores de la moral crearon ese trasmundo del deber ser, ese fantasma ontológico con el que comenzaron a negar la realidad en que vivían. La realidad, la Naturaleza, quedó negada, calumniada, vilipendiada. Fue así como empezó a entenderse la moral como negación de la realidad. Se trataba de una realidad que desagradaba a la chusma, a los esclavos, vencidos, impotentes y chandalas. El procedimiento psicológico de esta hez consistió en negar lo desagradable y regocijarse en un mundo ficticio de deber ser que sería la inversión de los valores naturales. Se reclamó libertad allí donde solo había esclavitud y opresión. Se vindicó abundancia y saciedad allí donde se arrastraba la vil necesidad, el hambre y la escasez. Y en la fantasía de aquellos míseros se alzó el cielo. Pero no era un cielo al que escapar, una Tierra de Promisión a la que finalmente se arribaba tras la huida. Si el cristianismo hubiera significado tan solo un movimiento de huida, un escapismo como el que proporcionan las drogas, la bebida y el sexo promiscuo, no hubiera representado peligro alguno en la civilización a la que, desde el Levante semítico, llegó: a Roma y a la romanizada Europa celtogermánica. El cielo y el Dios que se inventaron y que se propagaron desde púlpitos fanáticos, con violencia paulina, fueron trasmundos que activamente negaron este mundo: “Mi Reino no es de este Mundo”. Por ello, porque todavía no había llegado el momento de un Poder omnímodo de la Iglesia sobre la generalidad de la vida, sobre la totalidad de las masas, es por lo que aquellos fanáticos se entregaron al histrionismo y a los excesos más patéticos. Se difundió el excesivo celo en el régimen corporal: “Si tu ojo te escandaliza, arráncatelo”. La emasculación, la castración, la muerte en vida fueron la tónica de aquellos ascetas, anacoretas, santurrones que vindicando el espíritu no hacían otra cosa que manifestar su obsesión por el cuerpo. El deseo de mortificar y negar el cuerpo no deja de ser un deseo carnal. Hay que ser lascivo en grado sumo para iniciar tamaña cruzada contra la lascivia. Aquellos cuerpos famélicos, flagelados y envueltos en andrajos, aquellos enemigos del músculo y de la luz del sol en realidad envidiaban la belleza, el vigor y la salud de que otros disfrutaban. Y tal envidia engendró odio, el odio al que es mejor y que surge de un egoísmo en grado sumo: “lo que yo no poseo, que nadie ose poseerlo”, así reza el santurrón ascético.


Es evidente que esta envidia resentida hacia quien posee mejores dones del cuerpo se aplicó, con el surgimiento del capitalismo, a los bienes económicos. El capitalismo industrial suscitó la cuestión obrera y la sociedad de masas. El cristianismo elevó a una elevada potencia su poder destructor, su capacidad de envenenamiento. Los ilustrados y demás predicadores del Dios Progreso hicieron creer que ya no era necesario postular un Ser Supremo de carácter personal y trascendente, y que la Providencia consistía en una marcha inmanente de la Humanidad hacia “el mayor bienestar para el mayor número de personas”. Pero la religión del Progreso, el culto a la Técnica y a la sagrada Utilidad no dejó de ser un cristianismo potenciado. Hay un camino de salvación, el deber ser o el Imperativo Categórico, tanto da. Hay un sustituto de Dios y de la Iglesia, el Estado, que aglutina a las clases sociales y bajo su obediencia asegurada, distribuye ideales de fraternidad. El Estado postrevolucionario, el Estado burgués, pasó a ser la organización eclesial que exigía obediencia a la par que distribuía fraternidad. La sociedad de masas requiere de esa abstrusa “Humanidad”. Todos somos hermanos, y la muerte de Abel a manos de Caín fue un asunto entre hermanos. El Estado burgués se erige bajo las falsas premisas de un igualitarismo que es imposible: las clases sociales que lo componen son iguales formalmente (un obrero es tratado como “ciudadano”) pero no materialmente (la clase obrera es explotada por la clase burguesa). De la misma manera, los pueblos y regiones que integran un Estado, rebautizado ahora como Estado-nación, son formalmente integradas en una hermandad, pero siempre hay centros y periferias, colonialismos internos y externos, norte y sur, dialéctica entre ciudad y campo. La falsa idea de que todos somos Hermanos –hijos de un mismo Padre- se transpuso desde la Religión (la cultura “mágica” de Spengler) al ámbito de la política y la economía, con lo que ya no hay esfera profana. El cristianismo, lejos de retirarse de escena, de ceder el paso al ateísmo o a un nuevo paganismo realizó su más astuta maniobra para sobrevivir y colonizar a las masas: se transformó en ideología política: liberalismo, socialismo, anarquismo. Todas esas convicciones han servido para que el hombre masa realimente el viejo odio basado en la envidia, la envidia al que es fuerte, rico, poderoso.

 Se comete el crimen contra la realidad: la mentira consiste en sostener que es posible un mundo en el que todos sean señores. Pero no hay amos sin esclavos, y las ideologías modernas infectaron a todos los resentidos. Que todos tengan libertad ¿para qué? Frente a qué, en qué ámbito de la vida se ejerce la Libertad. El ciudadano de Atenas o de Roma se veía sometido a muy estrictas obligaciones consuetudinarias, tradicionales y legales. Que fuera tenido en cuenta por la Ley, escrita o no, ya era tenerle en consideración. Ser libre era gozar de ciertos privilegios, era asunto completamente relativo. Solamente a los padres de la Iglesia, solamente a embaucadores de la talla de San Agustín, se les pudo pasar por la cabeza la idea de un libre albedrío, de una voluntad ajena a la naturaleza e instauradora de una causalidad que no se sujeta a ninguna ley, una causalidad incausada. Todo el trayecto que va de los padres de la Iglesia a la voluntad como causa nouménica, libre, de Kant es la historia de ese engaño. No se conformaron con inventarse un mundo del deber ser, un cielo que denigra la tierra, un dios que juzga cada minucia y se obsesiona con nuestra gestión de órganos y vísceras. No: hubieron de sembrar el rencor y la inconformidad en los humildes, en los obreros.

 Nietzsche no analiza las ideologías modernas como sistemas emanados de las condiciones de existencia, de las relaciones de producción. Su análisis es psicobiológico. Para él la explotación no es una objetividad, una relación social que se impone entre las clases incluso por encima de la voluntad de los individuos enclasados (como en Marx). El concepto capital ahora, en Nietzsche, es otro: es el concepto de Poder. El Poder es consustancial al ser humano y se basa en la desigual fuerza de cada individuo, de cada pueblo o raza. El hecho de que la industrialización nos haya traído una sociedad de masas en las que la mayor parte de las mismas lleven a cabo una vida brutal, oprimida, explotada es consecuencia natural de la nueva jerarquía impuesta por este orden socioeconómico vigente. Un orden en el que los burgueses también han devenido masa, una vez que han arrinconado a las viejas aristocracias de Europa. Un orden de acumuladores de capital y de lectores de periódicos. Que haya jerarquía, que un orden nuevo haya sustituido al orden viejo, nada tiene de particular: va con la propia naturaleza humana. Ahora bien, la denuncia nietzscheana se dirige hacia la calidad de los que integran esa jerarquía: unos y otros, burgueses y proletarios, se distinguen solamente por los aspectos económicos, la posesión de bienes y la capacidad de controlar la producción. En espíritu todos ellos son ya rebaño. Falta aristocracia en el Occidente moderno, ya no existe. Faltan élites, como diría Ortega. Plebe arriba y plebe abajo, se lee en el Zaratustra.  

El liberalismo, el anarquismo y el socialismo han partido del supuesto cristiano de una Fraternidad e Igualdad universal. Las divergencias aparecieron con las diversas acepciones del tercer término de la triada moderna: la Libertad. El otro invento cristiano, la voluntad libre, al principio exclusivo de Dios y enseguida distribuido en cada espíritu humano como fuente metafísica de sus acciones, ese principio –para Nietzsche, una superstición- fue muy diferentemente interpretado. El burgués liberal entendió la libertad como libertad de iniciativa comercial y de voto. El anarquista como libertad del individuo ante el Estado: en el fondo, un comunismo de bienes y de mujeres y la utopía de un mundo sin jerarquías. El socialismo, en cambio, preserva la jerarquía de quienes detentan la autoridad del Estado sobre los que trabajan y obedecen: todos los camaradas viven en comunión, y el Estado hace las veces de Padre, de Dios. La comunión es económica: comen el cuerpo y la sangre de lo que ellos mismos han producido. Se denigra la propiedad pero se refuerza el Estado. Todas estas utopías modernas son ya burguesas en su raíz: parten de la idea de un Contrato. El Contrato social es solamente una superstición burguesa nacida de una superstición eclesiástica: la libertad de las partes contratantes. Sorprende comprobar cuánto es el crédito concedido a todos estos filósofos políticos del contrato (Hobbes, Locke, Spinoza, Rousseau). Han tratado –de grado, o sin pretenderlo- salvar lo substancial del cristianismo, esto es, aquello que tiene esta religión de veneno. Con sus diferentes interpretaciones de la superstición cristiana llamada “Libertad” no han hecho más que difundir el mito de una Humanidad, vale decir, una comunión fraterna e igualitaria

El desastre causado con ello en la civilización es muy difícil de aquilatar. Todo el mundo se cree con derecho a no ser más que nadie. Pero en esas masas educadas en no ser más que nadie se ha inyectado la frustración de la impotencia. Pues por encima de ellas existen poderes ingentes y sólidos, fuerzas que sobrepasan a toda una masa anónima y desorganizada, hilos de control, dominación y estructuras de sometimiento muy impersonales y opacas. Antaño era frágil el poder del más despótico soberano cuando un simple aldeano era capaz de burlarse de su persona: aunque ello le costara la muerte y el tormento, la persona regia quedaba con mácula y la veda para nuevas burlas siempre quedaría abierta. Pero en la actualidad, después del reflujo de los movimientos obreros y de las intentonas revolucionarias, bien se percibe que unas masas inofensivas y sin cúpula, melladas en su potencial destructivo, más inspiradas por Gandhi que por Lenin, no son capaces de lograr nada. Se hunden esas masas indignadas en el lodo moral e impotente de su pacifismo. La frustración que reza “no hay nada que hacer” llena las almas de esas masas que ni con activismo ni sin él son capaces de cambiar las cosas. A ellas se les dijo un día, en la niñez, en la mocedad, que podrían reivindicar todos los derechos que figuran en la Declaración Universal o en la Constitución. De los Derechos Humanos, igual que de los valores trinitarios de la Libertad, Igualdad y Fraternidad se ha hecho una verdadera religión. Una religión dogmática heredera en todo del cristianismo y caracterizada, como ésta, por todos los rasgos propios de una masturbación, como diría Nietzsche. Se trata de una masturbación de la moral: al crearse un mundo fabuloso de derechos “universales” toda violación palmaria, cotidiana y masiva de los mismos derechos fundamentales tiende a ser considerada como una excepción, un accidente, una anomalía a corregir dentro del Organismo Humanidad, en sí mismo saludable desde que un día le llegó la Luz de los Derechos Humanos. Es evidente que este mundo irenista solo ha existido en las mentes de los ideólogos, no de los pensadores que quieren ir a las cosas mismas, analizar la realidad y entender qué sucede de hecho. El gremio de los profesores de ética y de filosofía del derecho, que bajo el paraguas de la socialdemocracia y del liberalismo son legión, es muy amigo de este tipo de monsergas acerca de la Paz Perpetua, paz que sería tan deseable como la inmortalidad o la vida en el país de Jauja, pero que solamente existe en la fantasía neocristiana que se fue solidificando a partir del siglo XVIII.

Medir y juzgar este mundo en relación con el mundo fantástico de los moralistas es el gran error que Nietzsche denuncia tanto en los cristianos como en los nuevos moralistas de la Religión de los Derechos Humanos. Cristianos y “progresistas” llevan a cabo una comparativa constante en la que sale perdiendo el mundo real, cruel y bello, feo y digno, pues en él todo existe de todas las maneras, con su infinita diversidad de cualidades: tantas cualidades como actos de juicio formemos. Pues la realidad es invención, según la tesis nietzscheana. Cuando acontece algo en nuestra presencia nosotros los humanos adornamos o afeamos ese hecho con nuestros juicios de valor. Pero esos juicios no existen ni significan nada fuera de nuestro psiquismo y fuera de la sociedad, a su vez un sistema de psiques interconectadas por medio del adiestramiento, la crianza y la selección. La mayor parte de esos juicios de valor, ya sean de índole estética, ya de índole moral, son en realidad venganzas y violencias que descargamos mentalmente –por lo general- ante un hecho crudo como es la impotencia para llevar a efecto la descarga efectiva, corporal. Así, por ejemplo, el sentimiento de condena que suscita en nosotros un acto, por ejemplo una ofensa (física o verbal), supone una contención y un aplazamiento de la venganza que ese sujeto debe recibir por nuestra parte. Desearíamos descargar en él nuestros golpes equivalentes a los recibidos de nuestro lado, y si cabe multiplicados por algún factor. Incluso imaginamos oscuramente su muerte o alguna clase de venganza desproporcionada al daño sufrido en nuestra carne o en nuestra honra. Pero el sistema religioso del cristianismo y el Derecho en su totalidad establecen las normas, cantidades y modalidades de pena y resarcimiento, cauces y objetividades por medio de las cuales poder descargar nuestro golpe vengativo todo ello con un aire de pompa e impersonalidad. Todo nuestro sistema moral y penal nació de un concepto fantástico y terrible: la culpa.

La culpa es la consecuencia de la doctrina de la voluntad (libre) y de la imputación de responsabilidades. Con estas teorías, todos los humanos pudieron ser objeto de condenación. Cada acto que brota de nuestra existencia es escrutado por el Ojo que todo lo ve, un Dios exigente, celoso, vigilante, al que nada se le escapa (se peca, dice el catecismo, por “pensamiento, palabra, obra y omisión”). No hay resquicio, no hay cortina tras la que esconder las vergüenzas ni alfombra bajo la que amontonar el polvo. Ante Dios, todos los humanos estamos desnudos y somos transparentes. Por ello la moral judeocristiana, por si acaso, exige la autoinculpación hasta del más santo pues presentarse ante un Ser Omnipotente con credenciales de inocencia sería hacerse acreedor de las más terribles iras de éste. Una vez exigida la autoinculpación de todo hombre, ésta, que debería haberse convertido en la antítesis de la vanidad se transforma –dialécticamente- justamente en eso: en una sutil y retorcida forma de vanidad. La vanidad que se cultiva ahora se llama mortificación del santo.

Cuando un santo se mortifica o, con menos extremosidad pero idéntica lógica, un ciudadano “solidario” se entrega a los demás, podemos encontrar en los recovecos de su alma algo más importante que una necesidad de lavar la conciencia. Es una forma alambicada de cultivar la distinción. Quien no puede pasar por distinguido con ayuda de trajes elegantes, gusto exquisito, castillos suntuosos, buenas compañías y esmerada educación puede optar por una vía que, en principio, es la vía patológica del masoquismo. Nietzsche acertó a la hora de ver en las bases de nuestra civilización el más profundo masoquismo.

Fuente: http://www.revistacontratiempo.com.ar/nietzsche_blanco_martin.htm

Hit the Road Jack - Ray Charles:


martes, 21 de octubre de 2014

El poder y la dominación en el régimen neoliberal

Byung-Chul Han 
Cuando hace un año debatí con Antonio Negri en el Berliner Schaubühne, tuvo lugar un enfrentamiento entre dos críticas del capitalismo. Negri estaba entusiasmado con la idea de la resistencia global al empire, al sistema de dominación neoliberal. Se presentó como revolucionario comunista y se denominaba a sí mismo profesor escéptico. Con énfasis conjuraba a la multitud, la masa interconectada de protesta y revolución, a la que confiaba la tarea de derrocar al empire. La posición del comunista revolucionario me pareció muy ingenua y alejada de la realidad. Por ello intenté explicarle a Negri por qué las revoluciones ya no son posibles.


¿Por qué el régimen de dominación neoliberal es tan estable? ¿Por qué hay tan poca resistencia? ¿Por qué toda resistencia se desvanece tan rápido? ¿Por qué ya no es posible la revolución a pesar del creciente abismo entre ricos y pobres? Para explicar esto es necesario una comprensión adecuada de cómo funcionan hoy el poder y la dominación.
Quien pretenda establecer un sistema de dominación debe eliminar resistencias. Esto es cierto también para el sistema de dominación neoliberal. La instauración de un nuevo sistema requiere un poder que se impone con frecuencia a través de la violencia. Pero este poder no es idéntico al que estabiliza el sistema por dentro. Es sabido que Margaret Thatcher trataba a los sindicatos como “el enemigo interior” y les combatía de forma agresiva. La intervención violenta para imponer la agenda neoliberal no tiene nada que ver con el poder estabilizador del sistema.
El poder estabilizador de la sociedad disciplinaria e industrial era represivo. Los propietarios de las fábricas explotaban de forma brutal a los trabajadores industriales, lo que daba lugar a protestas y resistencias. En ese sistema represivo son visibles tanto la opresión como los opresores. Hay un oponente concreto, un enemigo visible frente al que tiene sentido la resistencia.

El carácter estabilizador del sistema ya no es represor, sino seductor; es decir, cautivador
El sistema de dominación neoliberal está estructurado de una forma totalmente distinta. El poder estabilizador del sistema ya no es represor, sino seductor, es decir, cautivador. Ya no es tan visible como en el régimen disciplinario. No hay un oponente, un enemigo que oprime la libertad ante el que fuera posible la resistencia. El neoliberalismo convierte al trabajador oprimido en empresario, en empleador de sí mismo. Hoy cada uno es un trabajador que se explota a sí mismo en su propia empresa. Cada uno es amo y esclavo en una persona. También la lucha de clases se convierte en una lucha interna consigo mismo: el que fracasa se culpa a sí mismo y se avergüenza. Uno se cuestiona a sí mismo, no a la sociedad.
Es ineficiente el poder disciplinario que con gran esfuerzo encorseta a los hombres de forma violenta con sus preceptos y prohibiciones. Es esencialmente más eficiente la técnica de poder que se preocupa de que los hombres por sí mismos se sometan al entramado de dominación. Su particular eficiencia reside en que no funciona a través de la prohibición y la sustracción, sino a través del deleite y la realización. En lugar de generar hombres obedientes, pretende hacerlos dependientes. Esta lógica de la eficiencia es válida también para la vigilancia. En los años ochenta, se protestó de forma muy enérgica contra el censo demográfico. Incluso los estudiantes salieron a la calle. Desde la perspectiva actual, los datos necesarios como oficio, diploma escolar o distancia del puesto de trabajo suenan ridículos. Era una época en la que se creía tener enfrente al Estado como instancia de dominación que arrebataba información a los ciudadanos en contra de su voluntad. Hace tiempo que esta época quedó atrás. Hoy nos desnudamos de forma voluntaria. Es precisamente este sentimiento de libertad el que hace imposible cualquier protesta. La libre iluminación y el libre desnudamiento propios siguen la misma lógica de la eficiencia que la libre autoexplotación. ¿Contra qué protestar? ¿Contra uno mismo?
Es importante distinguir entre el poder que impone y el que estabiliza. El poder estabilizador adquiere hoy una forma amable, smart, y así se hace invisible e inatacable. El sujeto sometido no es ni siquiera consciente de su sometimiento. Se cree libre. Esta técnica de dominación neutraliza la resistencia de una forma muy efectiva. La dominación que somete y ataca la libertad no es estable. Por ello el régimen neoliberal es tan estable, se inmuniza contra toda resistencia porque hace uso de la libertad, en lugar de someterla. La opresión de la libertad genera de inmediato resistencia. En cambio, no sucede así con la explotación con la libertad. Después de la crisis asiática, Corea del Sur estaba paralizada. Entonces llegó el FMI y concedió crédito a los coreanos. Para ello, el Gobierno tuvo que imponer la agenda liberal con violencia contra las protestas. Hoy apenas hay resistencia en Corea del Sur. Al contrario, predomina un gran conformismo y consenso con depresiones y síndrome de Burnout. Hoy Corea del Sur tiene la tasa de suicidio más alta del mundo. Uno emplea violencia contra sí mismo, en lugar de querer cambiar la sociedad. La agresión hacia el exterior que tendría como resultado una revolución cede ante la autoagresión.

Cada uno es amo y esclavo. La lucha de clases se convierte en una lucha interna, consigo mismo
Hoy no hay ninguna multitud cooperante, interconectada, capaz de convertirse en una masa protestante y revolucionaria global. Por el contrario, la soledad del autoempleado aislado, separado, constituye el modo de producción presente. Antes, los empresarios competían entre sí. Sin embargo, dentro de la empresa era posible una solidaridad. Hoy compiten todos contra todos, también dentro de la empresa. La competencia total conlleva un enorme aumento de la productividad, pero destruye la solidaridad y el sentido de comunidad. No se forma una masa revolucionaria con individuos agotados, depresivos, aislados.
No es posible explicar el neoliberalismo de un modo marxista. En el neoliberalismo no tiene lugar ni siquiera la “enajenación” respecto del trabajo. Hoy nos volcamos con euforia en el trabajo hasta el síndrome de Burnout [fatiga crónica, ineficacia]. El primer nivel del síndrome es la euforia. Síndrome de Burnout y revolución se excluyen mutuamente. Así, es un error pensar que la multitud derroca al empire parasitario e instaura la sociedad comunista.
¿Y qué pasa hoy con el comunismo? Constantemente se evocan elsharing (compartir) y la comunidad. La economía del sharing ha de suceder a la economía de la propiedad y la posesión. Sharing is caring, [compartir es cuidar], dice la máxima de la empresa Circler en la nueva novela de Dave Eggers, The Circle. Los adoquines que conforman el camino hacia la central de la empresa Circler contienen máximas como “buscad la comunidad” o “involucraos”. Cuidar es matar, debería decir la máxima de Circler. Es un error pensar que la economía del compartir, como afirma Jeremy Rifkin en su libro más reciente La sociedad del coste marginal nulo, anuncia el fin del capitalismo, una sociedad global, con orientación comunitaria, en la que compartir tiene más valor que poseer. Todo lo contrario: la economía del compartir conduce en última instancia a la comercialización total de la vida.
El cambio, celebrado por Rifkin, que va de la posesión al “acceso” no nos libera del capitalismo. Quien no posee dinero, tampoco tiene acceso al sharing. También en la época del acceso seguimos viviendo en el Bannoptikum, un dispositivo de exclusión, en el que los que no tienen dinero quedan excluidos. Airbnb, el mercado comunitario que convierte cada casa en hotel, rentabiliza incluso la hospitalidad. La ideología de la comunidad o de lo común realizado en colaboración lleva a la capitalización total de la comunidad. Ya no es posible la amabilidad desinteresada. En una sociedad de recíproca valoración también se comercializa la amabilidad. Uno se hace amable para recibir mejores valoraciones. También en la economía basada en la colaboración predomina la dura lógica del capitalismo. De forma paradójica, en este bello “compartir” nadie da nada voluntariamente. El capitalismo llega a su plenitud en el momento en que el comunismo se vende como mercancía. El comunismo como mercancía: esto es el fin de la revolución.
Fuente: http://elpais.com/elpais/2014/09/22/opinion/1411396771_691913.html

Cry of the Banshee - Brocas Helm:


sábado, 11 de octubre de 2014

La vida de Napoleón Bonaparte y su papel tras la Revolución Francesa

-"Los hombres geniales son meteoros destinados a quemarse para iluminar su siglo"

-"En las revoluciones hay dos clases de personas; las que las hacen y las que se aprovechan de ellas".

-"Bien analizada la libertad política es una fábula imaginada por los gobiernos para adormecer a sus estados"

-"Era feliz porque vivía de acuerdo con la Naturaleza. Sólo el hombre fuerte es bueno; el débil es siempre malo."

-"Si quieres que algo se haga, encárgaselo a una persona; si quieres que no se haga encárgaselo a un comité"

El marxismo nunca ha negado el papel del individuo en la historia, pero ha demostrado cómo los rasgos personales específicos reflejan un contexto histórico y social determinado. La personalidad de aquellos que hacen la historia —para bien o para mal— ciertamente tiene una influencia sobre sus acciones. Pero atribuir a la personalidad una cualidad determinante sería caer en el burdo subjetivismo. Es necesario demostrar la relación dialéctica entre los factores subjetivos y objetivos. En esta ecuación el factor objetivo es el fundamental.

Los estudios psicológicos de los "grandes hombres y mujeres" con frecuencia sirven como una hoja de parra para enmascarar la falta de comprensión de los procesos socio-históricos amplios. El estudio de la historia se sustituye por las observaciones personales triviales. En lugar de ciencia tenemos chismografía. Los rasgos negativos y las peculiaridades de una gran persona se encuentran detallados en las memorias de un ayudante de cámara. Pero como dijo Hegel, el ayudante de cámara que recuerda estas trivialidades nunca hace historia.

El estudio cuidadoso del carácter y los antecedentes de Napoleón Bonaparte pueden suministrarnos algunas ideas útiles sobre su comportamiento, de la misma forma que una información similar de Hitler y Stalin pueden arrojar luz sobre ellos mismos. En su biografía de Stalin —una obra maravillosamente profunda sobre el materialismo histórico— Trotsky dedica el primer capítulo a la infancia y educación de Stalin, un componente necesario de cualquier biografía. Excluye cuidadosamente las exageraciones y conclusiones efectistas sobre el pasado de un hombre y toma como base aquellas relacionadas con lo que más tarde se convirtió. Trotsky, después de estudiar cuidadosamente las fuentes materiales, nos da una pequeña cantidad de información útil que nos puede ayudar a tener una comprensión más profunda de la evolución posterior de Stalin.

Los hombres y las mujeres hacen su propia historia, pero no libremente, en el sentido de que el alcance y los resultados de sus acciones están estrictamente limitados por el contexto socioeconómico que existe independientemente de su voluntad. Períodos históricos distintos requieren personalidades diferentes. Hay veces que la historia exige un Lenin o un Trotsky, pero hay otros momentos en que se hace notar un Stalin. Es el contexto histórico lo que da al individuo el campo de acción necesario. Pero existen determinadas circunstancias donde las acciones de un individuo o grupo de individuos pueden ejercer una influencia decisiva, inclinando la balanza en un sentido u otro.

Por supuesto, las características personales no pueden determinar el curso de los grandes acontecimientos históricos. Pero pueden influir e influyen en las formas específicas que adoptan los acontecimientos. No crean el flujo y reflujo de los procesos históricos amplios, pero sí pueden crear patrones muy complicados, contracorrientes y remolinos que afectan al corto y medio plazo. La personalidad de Stalin no fue la causa de la degeneración burocrática de la Revolución Rusa. Esto fue el resultado del aislamiento del primer estado obrero en el mundo en unas condiciones de atraso terrible. Pero el carácter de Stalin por supuesto dio a la reacción burocrática contra Octubre un tinte particularmente feroz y "asiático".

Toda analogía tiene sus limitaciones y sólo es útil dentro de las fronteras de estas limitaciones. Sin embargo, resulta llamativo para todo aquel que se tome en serio la historia que ciertas características personales reaparezcan constantemente en un contexto histórico determinado, como ciertas morfologías animales reaparecen en diferentes etapas de la evolución. Las similitudes entre, por ejemplo, Napoleón, Hitler y Stalin se han comentado en muchas ocasiones. De la misma forma, hay similitudes entre el carácter del zar Nicolás y su esposa alemana con el de Luis XVI y su esposa "austriaca" —María Antonieta—, incluso con Carlos I de Inglaterra y su esposa francesa. Normalmente se considera que son accidentes históricos que entran en la categoría de coincidencias extraordinarias.

La Revolución Francesa ofrece un material muy rico para el estudio de cómo se relacionan individuos diferentes con el proceso histórico. Las características de Danton y Robespierre les permitieron florecer y encontrar un eco en el período de ascenso revolucionario. Había hombres con visión, héroes que creían apasionadamente en los principios e ideales. En el período de descenso, cuando la revolución había agotado su potencial y había entrado en una espiral descendente, todo parece convertirse en su contrario. El tipo de individuos que surgieron en este período no tenían que nada que ver con los que surgieron durante la marea alta revolucionaria.

Aquí encontramos hombres y mujeres de una clase diferente. Estas personas tenían un carácter y personalidad concreto que se adaptaba perfectamente a la suerte cambiante de la revolución, el oportunista sin principios, el conformista adulador, el burócrata egoísta y el avaro cazafortunas. El nombre de Joseph Fouché resume perfectamente el carácter de las criaturas que pasaban con una enorme facilidad de un campo a otro, abandonando los principios y la ideología como si fuera un balasto inútil.


Los años de formación de Napoleón


El nombre de Napoleón está rodeado de tal cantidad de leyendas que es difícil separar la realidad de la ficción. Se dice que ya en la escuela demostró unas asombrosas cualidades para la dirección, incluso dirigiendo una batalla de bolas de nieve. Sin duda es el producto de la escuela mitológica napoleónica que durante el siglo XIX se promovió sistemáticamente en Francia por razones políticas. Difícilmente cuadra con la imagen general del niño reservado y taciturno que ha llegado hasta nosotros.

Napoleón era hijo de una familia corsa de clase media, en un momento en que Córcega todavía no era francesa. Anteriormente pertenecía a Génova y la población corsa no hablaba el francés sino el italiano. Eran, y son, un pueblo mediterráneo intensamente independiente, con un temperamento mediterráneo. A Napoleón siempre le cohibieron sus orígenes humildes y antecedentes provincianos. Procedía de una familia mediocre y fue a una academia militar mediocre, donde sus condiscípulos se mofaban de su intenso acento corso.

Según todas las fuentes, sus días de escuela no fueron el período más feliz de su vida. El resultado no es difícil de predecir. Era un niño difícil y reservado, resentido con sus iguales. Se hundió en sus estudios. Sus profesores consideraban que era "muy regular en su conducta" pero "pobre en baile y dibujo". La razón por la cual Napoleón carecía de lo que se llaman gracias sociales (algo que ocurrió durante toda su vida) fue que se sentía socialmente inferior, una inferioridad constantemente enfatizada por sus condiscípulos franceses adinerados. De esta infancia sale una imagen clara, decididamente no existió esta batalla de bolas de nieve donde él dirigió a sus condiscípulos. Era, en pocas palabras, un niño inadaptado e introvertido. Por otro lado, era excelente en matemáticas, una cualificación que decidió su especialización como oficial de artillería.

Fue un golpe de suerte —uno de los muchos que le beneficiaron— porque en el antiguo régimen la artillería era la rama más prestigiosa del ejército. Pero el mayor golpe de suerte de Napoleón fue nacer cuando nació, en la época de la Revolución Francesa. Napoleón, como muchos otros, fue obra de la revolución que puso al mundo del revés y para un joven ambicioso (siempre fue ambicioso, consecuencia de su resentimiento debido a su estatus inferior) presentaba enormes y nuevas oportunidades.

Las cosas no fueron mejor para él en la escuela de artillería que, al ser el sector más prestigioso del ejército, estaba llena de hijos de familias nobles que llegaban allí por las influencias, independientemente de su capacidad o ausencia de ella. El teniente taciturno y malhumorado procedente de una familia corsa de clase media, continuaba sintiéndose inferior y resentido con los aires de superioridad y los modales de los jóvenes aristócratas snobs que eran sus oficiales. El mundo anticuado de la jerarquía y la tropa le repelía y le disgustaba. Por esa razón, la Revolución llegó como algo caído del cielo y le dio la bienvenida con los brazos abiertos. No es necesario dudar de la sinceridad de los sentimientos revolucionarios que Napoleón abrigaba en esta época. Simplemente ajustaba las cuentas con aquellos que se habían negado a reconocerle y apoyarle.

En esta época Napoleón todavía se sentía demasiado corso. En realidad, la discriminación racial sufrida en la escuela había exacerbado su sentimiento nacional y provocado un profundo sentimiento de rencor contra todo lo francés. Pero la vida puede dar giros extraños. Ya se sabe que un amor rechazado puede convertirse en odio. En esa época Napoleón soñaba con ponerse a la cabeza del movimiento nacionalista corso. En ese momento, sus horizontes no iban más allá del deseo de hacerse un nombre por sí mismo en la isla de Córcega. Pero calculó mal. Dicen que nadie es profeta en su tierra y en su caso fue verdad. Los nacionalistas corsos estaban inclinados hacia las ideas monárquicas y reaccionarias, les disgustaban los ideales de la revolución. También desconfiaban de Napoleón que tuvo la mala suerte de ser visto como un provinciano corso para los franceses y como un intruso francés para los corsos.

Rechazado por sus compatriotas, Napoleón abandonó todos sus ideales nacionalistas. Más tarde pasó de ser un ardiente patriota corso a un defensor ferviente del centralismo francés. El líder nacionalista corso Pascal Paoli, apoyaba la causa monárquica y organizó una insurrección que fue aplastada por Bonaparte. Estas cosas no se olvidan y perdonan en una isla pequeña donde las ofensas de sangre forman parte de la vida cotidiana. Napoleón Bonaparte se vio obligado a huir de Córcega con su familia y desde entonces se convirtió en un implacable nacionalista francés. En esto existen importantes paralelismos con Hitler, que era austriaco pero se transformó en un defensor fanático de la superioridad racial alemana También con Stalin —el georgiano—, quien durante toda su vida habló un ruso espeso, pero que se convirtió en un seguidor igualmente fanático del centralismo gran ruso.

No hay nada sorprendente en este repentino giro de ciento ochenta grados. Napoleón nunca tuvo principios fijos en nada, excepto en su propio progreso. Sus tempranas simpatías republicanas puede que fueran auténticas pero lo cierto es que eran moderadas porque incluían una fuerte dosis de oportunismo. Se especializó en conseguir el favor de sus superiores para ascender en la escala del progreso arribista. Cuando le favoreció presentarse como un jacobino, se vistió con la bandera tricolor, pero más tarde, cuando su estrella palidecía, con la misma celeridad se puso en contra los jacobinos.



La pleamar de la revolución


Durante varios años el péndulo de la revolución giró profundamente hacia la izquierda. La tendencia más moderada constantemente era sustituida por otra más revolucionaria. En todas las etapas de la revolución la fuerza motriz eran las masas. En agosto de 1792, en medio de la guerra con Austria, los barrios obreros de París estaban en una situación de fermento. Las masas se levantaron contra la Asamblea y tomaron el Palacio de las Tullerías. Formaron un Consejo Municipal Revolucionario o Comuna y exigieron la convocatoria de elecciones —con sufragio universal masculino— para elegir una nueva Asamblea Nacional. Este movimiento de las masas impulsó la revolución aún más a la izquierda, creó una situación de doble poder. Los jacobinos, el ala más radical de la pequeña burguesía revolucionaria, creció rápidamente a expensas del ala moderada, los girondinos. En respuesta a las demandas de la Comuna, se eligió una nueva Asamblea en otoño de 1792, basándose en el sufragio universal masculino. Naturalmente, el poder en la Asamblea pasó a las manos del ala de izquierdas.


A partir de 1792 los destinos de la revolución estuvieron inseparablemente unidos a la guerra. En 1791 se había formado en Renania un ejército contrarrevolucionario en la emigración. El Conde d’Artois estableció sus cuarteles generales en Coblenz y sus agentes vagaban por Francia en busca de reclutas para la "liberación" de Francia. Fue esta amenaza la que provocó el inicio del Terror. El rey Luis y María Antonieta que constantemente participaban en complots y conspiraciones, mantenían correspondencia con Coblenz. Muchos oficiales monárquicos desertaron para unirse a los contrarrevolucionarios. La revolución estaba en peligro.

Las monarquías de Europa no podían tolerar la Revolución Francesa y se aliaron contra ella. La Primera Coalición de Austria, Prusia, Gran Bretaña, Países Bajos y España se formó en 1793. Como señala David Thomson: "Las causas inmediatas de la guerra incluían las intrigas de la corte y los emigrados, el clamor bélico de los girondinos en la Asamblea, la agresiva confianza en sí mismos de los revolucionarios, el descrédito del rey y la diplomacia prusiana. Pero su causa básica es más profunda. En términos modernos, se trataba de dos formas de sociedad basadas en principios completamente diferentes y si ambas podían coexistir pacíficamente. Francia había acabado con el feudalismo dentro de su propio territorio, había destruido las pretensiones del absolutismo real y fundado nuevas instituciones basadas en los principios de soberanía popular, libertad individual e igualdad. Las viejas instituciones, derrocadas en Francia, seguían existiendo en sus vecinos continentales. La influencia de la revolución se extendió, minando la posición de los otros gobernantes e implícitamente desafiando en todas partes los remanentes de la servidumbre, el feudalismo y el absolutismo. Los ideales revolucionarios eran demasiado dinámicos como para ser ignorados por el orden establecido" (David Thomson, Europe Since Napoleon, pág. 35).



El Duque de Brunswick publicó su famoso manifiesto declarando que sus ejércitos estaban interviniendo en Francia para suprimir la anarquía y restaurar la autoridad legal del rey, amenazando las vidas de los líderes revolucionarios. La respuesta de la revolución fue el manifiesto del 27 de julio de 1792. Después de las primeras victorias de los ejércitos revolucionarios, Francia ofrecía "fraternidad y ayuda" a todos los pueblos que deseaban seguir el ejemplo de Francia y afirmar su libertad frente al antiguo orden. Al manifiesto le siguió en diciembre una nueva declaración de la Asamblea, en ella se decía que Francia haría cumplir los principios sociales revolucionarios en aquellas partes donde estuvieran presentes los ejércitos franceses. Los ejércitos revolucionarios abolirían las obligaciones feudales y confiscarían la propiedad del clero y la aristocracia. Francia respondió a la amenaza de la contrarrevolución con una guerra revolucionaria contra la Europa monárquica.

La guerra tuvo el efecto de acelerar el proceso revolucionario. La recién elegida Asamblea se reunió el 21 de septiembre de 1792, un día después de que el ejército prusiano fuera derrotado por las fuerzas revolucionarias, y anunció la abolición de la monarquía. Después de la victoria en Jenappes, cuando los franceses ocuparon Bruselas, la República llevó a juicio a Luis. El 21 de enero de 1793, arrojó la cabeza del rey a la horrorizada Europa. Al ejecutar al rey la República había quemado sus naves. Ya no era posible dar marcha atrás.

En condiciones de guerra e invasión extranjera, la revolución tuvo que recurrir a medidas drásticas para defenderse. El establecimiento del Comité de Seguridad Pública y el Terror jacobino tenía la intención de asestar un golpe a la contrarrevolución. Esta era la marea alta de la revolución, pero también el punto en que el movimiento de masas había alcanzado sus límites e incluso había ido más allá de ellos. No era posible ir más allá sin sobrepasar los límites de la revolución burguesa, era algo que estaba objetivamente descartado. Las masas en París habían arrastrado todo a su paso e incluso comenzaron a tomar medidas contra la propiedad privada. En este momento, la burguesía y sus aliados de la clase media recularon ante la Revolución y el péndulo comenzó a girar en dirección contraria.

A pesar de su aparente jacobinismo, Napoleón siempre miraba a las masas con desconfianza. Odiaba a la "muchedumbre" de París. Cuando obligaron al rey a ponerse el gorro rojo en el verano de 1792, Bonaparte no disfrutó de las celebraciones. Su visión era la típica de un pequeño burgués clásico, odiaba a las clases superiores y temía a las masas. Su verdadera inclinación siempre fue hacia el "orden", la disciplina y su oposición al "fraccionalismo". Pero en 1793, cuando la revolución todavía estaba en pleno torrente, el joven Bonaparte de 23 años de edad todavía nadaba a favor de la marea. Sin la revolución Napoleón nunca habría sido lo que fue. La revolución recompensaba el talento y sin duda él lo tenía.

La gran oportunidad de Napoleón llegó en 1794 con el asedio de Toulon. Este puerto clave mediterráneo fue ocupado por los ingleses. Inglaterra era el verdadero baluarte de la reacción y patrocinaba las guerras contra la Francia revolucionaria que otros luchaban. Napoleón vio la oportunidad de dejar huella, lo hizo a través de una valentía notable y un alto grado de destreza en el uso de la artillería que decidió la batalla a favor de Francia. Su rápido ascenso hacia la fama y el éxito había comenzado.


Napoleón y el Thermidor


El avance de Napoleón contó con la ayuda de sus relaciones con los principales dirigentes jacobinos. Mantenía unas excelentes relaciones con Robespierre y utilizó su influencia para conseguir su ascenso a general de brigada. Su estrella estaba en ascenso. Pero después todo pareció derrumbarse. En el verano de 1794 Robespierre fue derrocado y ejecutado por la reacción thermidoriana. Las fuerzas que estaban decididas a frenar la revolución se unieron en la condena de los "extremistas" y "terroristas", aunque muchos de los que gritaban en voz alta eran antiguos extremistas y terroristas.

En realidad, el alcance del Terror se ha exagerado mucho. Teniendo en cuanta los estándares modernos fue un asunto relativamente suave. El Tribunal Revolucionario de París condenó a muerte a 2.639 personas, en total, las cortes revolucionarias condenaron a 17.000 personas. La gran mayoría de los que cayeron víctimas del Terror fueron ejecutados en ejecuciones sumarias en medio de una violenta guerra civil que hundió en la locura ciudades como Vendée y Lyón. La explicación a esta violencia se encuentra en el hecho de que la revolución se sentía amenazada por enemigos internos, pero sobre todo externos. El Terror demostró ser un instrumento contundente y cuando comenzó a volverse en contra de los revolucionarios y los trabajadores, se alejó completamente de las masas que eran la base de la revolución y esto finalmente provocó la caída del régimen jacobino.

La verdad es que la revolución había alcanzado su cenit y se había agotado. Los jacobinos de clase media no podían satisfacer las demandas de las masas que estaban empujando los límites de la propiedad privada burguesa. Cuando las masas comenzaron a sucumbir a la desilusión y al cansancio, Robespierre estuvo perdido. Cuando el instrumento del Terror se volvió en contra de la izquierda sólo consiguió destruir su propia base y entregar la iniciativa al ala de derechas.

Había comenzado su largo y doloroso declive. El Terror revolucionario jacobino fue sustituido por el Terror contrarrevolucionario thermidoriano. El Thermidor llevó directamente a la reacción, pero este drama no tuvo lugar en un solo acto. Inicialmente no fue un giro hacia la monarquía sino hacia el ala moderada del jacobinismo que pensaba que la revolución había ido demasiado lejos y deseaba detenerla. La lucha partidista a su vez reflejaba un cambio en la correlación de clases. Las masas de pobres urbanos, proletarios y semiproletarios, estaban alicaídas y apáticas. Su voz se ahogaba en medio de un coro de clases acomodadas que exigían orden.

La característica general de los termidorianos era su extrema mediocridad. Con la excepción de Carnot, un genio militar y un gran organizador, el resto era un racimo de oportunistas serviles y vergonzosos, hombres de intelecto limitado y sin visión. La base de clase de la nueva Convención consistía en empresarios, especuladores financieros, personas que se habían enriquecido estafando al ejército y, sobre todo, los terratenientes que ahora era la clase más grande de Francia y que proporcionó una base sólida de apoyo a Napoleón. Estos elementos apoyaron la Convención y la mantuvieron.

Fue el cambio de correlación de fuerzas de clase lo que predeterminó la victoria de los thermidorianos, a pesar de su mediocridad. Aunque sus oponentes jacobinos en general estaban más capacitados, su capacidad no les sirvió de nada cuando cambiaron las circunstancias. Las masas, que habían sido el resorte principal de la revolución, la fuente de toda su fortaleza, estaban agotadas, hambrientas y desilusionadas. En cambio, las fuerzas de la reacción cada vez tenían más confianza. Los legitimistas disfrazados salieron no se sabe de donde y comenzaron a intrigar y conspirar. En lugar de la austeridad, volvieron a ponerse de moda el lujo, el buen gusto y la alta sociedad. Ridiculizaban abiertamente las viejas virtudes revolucionarias de la igualdad y la fraternidad, mientras que la libertad sólo era para los nuevos ricos que habían hecho sus fortunas fuera de la revolución y ahora deseaban disfrutar de una vida en paz y tranquilidad.

El Thermidor desembocó en muchos cambios y en gran parte fueron imprevistos por la dirección. La Convención renunció a todos los intentos de hacer cumplir el Maximum, la ley que intentaba limitar los aumentos de precios. Esta era una medida que afectaba a las masas y aumentaba aún más su alejamiento de la revolución. La desmoralización y la apatía crecían, junto con la indiferencia hacia la política en general. Las masas estaban agotadas después de años de tormenta y tensión. Sus rebeliones ahora tenían un carácter desesperado, sin una perspectiva real.

En la primavera de 1795 la dislocación del comercio y el alto precio del pan provocó una agudización del malestar social. Estallaron revueltas en París, la población exigía "pan y la Constitución de 1793". Pero las masas rápidamente fueron aplastadas por las tropas del general Pichegru. En mayo un grupo de insurgentes, dirigido por rebeldes jacobinos, tomó la Convención hasta que fue expulsado por tropas regulares dirigidas por Murat y Menou. El ejército desmanteló fácilmente las barricadas en los distritos obreros. La Guardia Nacional, el aliado tradicional de los revolucionarios, fue reorganizada y se convirtió en una institución puramente de clase media.

El gran drama histórico afectaba a las vidas de muchos individuos. Como muchos otros, Napoleón se encontraba ahora en una posición delicada y peligrosa. Sus conexiones con Robespierre le comprometían a los ojos de la reacción. Fue investigado por acusaciones de terrorismo. Estos cargos a menudo tenían como consecuencia el afeitado con la "navaja nacional", como se conocía popularmente a la guillotina. Pero como muchos otros arribistas, cambió de camiseta y se adaptó al nuevo régimen. Una vez más los acontecimientos actuaron a su favor.



Los monárquicos, cansados de esperar en la sombra, comenzaron a impacientarse. Cuando la asamblea aprobó un decreto declarando que dos tercios de los diputados debían ser elegidos entre las filas de la vieja Convención, intentaron organizar una insurrección. Eso fue en octubre (Vendimiario). Esto alarmó a las autoridades que deseaban poner fin al gobierno jacobino pero que no querían regresar a la monarquía. Los monárquicos creían que había llegado la hora de ajustar cuentas con la revolución. Estaban equivocados. Fueron aplastados por la fuerza. La Convención llamó al general Barras en busca de protección. Su joven subordinado era Napoleón Bonaparte. Barras utilizó los servicios de Napoleón para aplastar la insurrección de París. Esta tarea requirió disparar contra civiles franceses. Muchos eran reticentes a cumplir con este deber, pero no Napoleón. Más tarde pronunció su frase de que había dispersado a la multitud con una "bocanada de metralla". En realidad fue mucho más que una "bocanada" ya que al menos murieron asesinadas doscientas personas.

Este incidente fue significativo porque por primera vez intervenía el ejército como una fuerza decisiva en la política interna francesa. Lenin explicó que el Estado es, en última instancia, cuerpos de hombres armados. Normalmente, el Estado es un arma en manos de la clase dominante, utilizada para contener a las masas. Sin embargo, hay períodos determinados cuando la lucha de clases alcanza un punto muerto en el cual las fuerzas en contienda se desequilibran. En estas circunstancias, el Estado puede elevarse por encima de la sociedad y adquirir un grado considerable de independencia. Este es el fenómeno que los marxistas denominan bonapartismo. Con ropajes diferentes se ha recurrido a él a lo largo de la historia de la sociedad clasista. En el mundo antiguo existía el cesarismo y Napoleón adoptó a César como su modelo de personaje histórico. En 1809 en una conversación con Canova comentó: "¡Qué grandes personas eran los romanos, especialmente en la Segunda Guerra Púnica! ¡Pero César! ¡Ah César! ¡Ese fue el gran hombre!".

Con cada paso atrás que daban las masas, crecía la insolencia y la confianza de los reaccionarios. Algunos de los legitimistas exiliados comenzaron a regresar y levantar la cabeza. Debido a la forma legal de la contrarrevolución, la Convención abandonó las constituciones redactadas por los jacobinos y los girondinos y redactó una nueva constitución que insistía más en los deberes que en los derechos. Esta constitución se impuso por la fuerza en octubre de 1795 y se mantuvo en vigor hasta diciembre de 1799, cuando fue sustituida por una bonapartista.

Hasta el último momento hubo gente dispuesta a luchar contra la contrarrevolución. En octubre de 1795 se formó la Sociedad del Panteón para luchar contra la nueva Constitución del Directorio. Publicó un periódico llamado Tribuna y el nombre del editor era François-Noël Babeuf, más conocido como Gracchus Babeuf. Cuando el directorio decidió cerrar la sociedad eligió a Napoleón para hacer el trabajo sucio. Babeuf y Silvain Maréchal respondieron con la creación de un comité insurreccional o "Directorio Secreto" formado por seis y preparado para la rebelión.

El significado de la conspiración de Babeuf fue recuperar la idea de la igualdad bajo la bandera del comunismo. Por un lado exigía la implantación de la Constitución de 1793, que había sido aprobada pero que nunca fue implantada. Por otro lado, proclamaron la "República de los Iguales" basada en la abolición de la propiedad privada y la supresión de la diferencia entre ricos y pobres. Se hicieron los preparativos para la insurrección, se acumularon armas y municiones. Los agentes revolucionarios penetraron en las unidades del ejército, la policía y la administración. Cuando se diera la señal, los ciudadanos de cada distrito de París tenían que marchar detrás de las banderas para apoyar a los amotinados del ejército. Se iban a tomar los edificios públicos y las panaderías.

La debilidad de esta rebelión se encontraba en su naturaleza conspirativa. En sí misma reflejaba el declive del movimiento de masas. Unos años antes no habría sido necesario organizar una conspiración para sacar a las calles al pueblo de París. Tenía todas las debilidades de una conspiración. Desde el principio se infiltró la policía. En víspera de la insurrección arrestaron a los conspiradores. El Directorio llevó a Babeuf y a los demás a juicio para intimidar a la oposición. Durante los tres meses que duró el juicio, Babeuf mostró un coraje admirable, utilizó el juicio como una plataforma para exponer sus ideas y denunciar el orden social existente. Fue ejecutado, una víctima del Terror Blanco. Pero sus ideas sobrevivieron mucho después de su muerte, gracias a la obra de su compañero, Phillippe Buonarroti.

La conspiración de Babeuf realmente fue la última bocanada de la Revolución Francesa, al mismo tiempo señalaba el camino hacia adelante. Su ejemplo sirvió de inspiración a los trabajadores franceses del siglo XIX y sus ideas tuvieron influencia en los jóvenes Marx y Engels.



Una república de dinero


Con la derrota final del ala de izquierdas el proceso de diferenciación entre ricos y pobres alcanzó su expresión extrema. Durante los últimos años del siglo XVIII cambió la atmósfera de toda la sociedad francesa. Las clases adineradas triunfantes controlaban la situación sin ninguna oposición. Su perspectiva de clase, su moralidad y valores de repente se convirtieron en los dominantes. La vieja austeridad fue sustituida por el florecimiento del lujo, la corrupción y el hedonismo. En su perspicaz biografía de Fouché, Stefan Zweig describe este cambio:

"Un nuevo señor estaba llegando al poder [...]. Este nuevo señor era el dinero. Apenas acababan de reposar los restos de Robespierre y los demás, cuando el dinero sufre una resurrección, se convierte en el todopoderoso y una vez más, aparece un innumerable número de pelotas y esclavos. Como antes de la revolución, las calles estaban llenas de hermosos carruajes tirados por caballos bien cuidados resplandecientes con sus nuevos arreos; y sobre los asientos acolchados iban encantadoras mujeres vestidas con sedas y muselinas caras, vestidas tan ligeramente que algunas parecían ir casi tan desnudas como las diosas griegas. Jóvenes dorados paseaban por el Bois, con levitas amarillas, marrones o escarlatas y ajustados mahones blancos. En su mano derecha llevaban elegantes fustas con empuñaduras doradas, estaban contentos de utilizarlas ahora, de nuevo, para azotar a los aterrados ‘terroristas’. Las perfumerías y las joyerías hacían sonados negocios. Por arte de magia aparecieron quinientas, mil salas de bailes y cafés. Se construían villas, se compraban y vendían casas, los teatros se llenaban; la especulación y las apuestas abundaban; las elevadas apuestas en el juego continúan detrás de las cortinas de damasco del Palacio Real. Dinero, dinero una vez más es lo que se tramaba, autocrático, arriscado y desafiante" (Stefan Zweig, Fouché, pág. 87).

Bajo el terror jacobino a las clases adineradas no les quedó otra alternativa que encubrir su riqueza. Ahora hacían ostentación de ella abiertamente. Además, se estaba produciendo una rápida redistribución de la propiedad. La consigna de la época era: "¡enriqueceos!". Los termidorianos se tomaron en serio esta consigna:

"Las fincas cambiaban de manos y el dinero se pegaba a los dedos. Las posesiones de los emigrados fueron subastadas y se convirtieron en una oportunidad de adquirir riqueza. Los assignants [papel dinero emitido por la Revolución] veían depreciarse su valor según pasaban los días, la inflación emprendió un rumbo frenético; la especulación monetaria con frecuencia era lucrativa. La gente con dedos ágiles y manos como garras, si sabían arrastrarse ante el gobierno, tenían bastante libertad para acumular reservas" (Ibíd., pág. 88).



Los nuevos ricos que ahora tenían el control eran arribistas y tenían las características habituales de los ricos advenedizos: vulgares en sus gustos y sin escrúpulos en la política, sobre todo deseaban poner a salvo sus conquistas del peligro de la restauración o la confiscación. Igualmente se oponían a la restauración monárquica y a las demandas de las masas. Miraron a su alrededor en busca de un salvador y lo encontraron en la persona de Napoleón. Los agradecidos termidorianos colmaron a su salvador con recompensas y condecoraciones. Fue agasajado en todos los salones de París, donde era presentado como el compañero y amigo más íntimo de Barras.

Pero tras las bambalinas estaban intranquilos. Alguien le dijo a Barras: "Ascended a este hombre o se ascenderá él sólo". Como recompensa por sus servicios al Directorio, Bonaparte fue puesto a cargo de la policía, una posición muy importante. Sobre la superficie era un funcionario fiel del Directorio, pero en realidad lentamente comenzó a acumular las riendas del poder en sus manos. A los 26 años de edad Napoleón por fín había "llegado" a su meta. Era un joven procedente de una familia humilde con pocas prerrogativas y ahora toda Francia estaba a sus pies.

Incluso tomó posesión de Josefina Beauharnais, la amante de Barras (aunque lo más probable es que ella tomara posesión de él). Se casaron en 1796. Lo que Napoleón no sabía era que Josefina era una de las espías de Fouché. No era muy difícil sobornar a este tipo de mujeres, las típicas cortesanas aristocráticas y semiaristocráticas que no jugaron un papel insignificante en el Thermidor. La frívola lady Creole quería trescientos sombreros y setecientos vestidos al año y por consiguiente siempre necesitaba dinero. Según las memorias de Fouché, éste la pagaba mil louis d’or para costear sus facturas y ésta a cambio le contaba todo lo que su marido le decía en la intimidad del lecho matrimonial. Este detalle nos da una idea certera de la moralidad del régimen de la reacción.



La campaña italiana


En este loco torbellino de explotación y especulación, se presentaban oportunidades espléndidas para que la Convención declarara la guerra a sus enemigos extranjeros. Si la guerra era una necesidad también era un gran negocio. Era una cuestión tan simple como hacerse rico vendiendo mala comida y botas rotas al ejército. Dar con la persona adecuada en el gobierno te podía abrir la puerta a contratos militares muy rentables. También eran las guerras de Napoleón. Cuando los austriacos se instalaron en el norte de Italia para apoyar a los Borbones, Francia se vio obligada a actuar y Napoleón dio un paso adelante más en su carrera.

La guerra italiana no sólo fue un buen negocio, también sirvió a otros objetivos. El Directorio era notoriamente corrupto y cada vez más impopular. Había abolido el Maximum y como consecuencia los precios se habían disparado. La pobreza y la desigualdad aumentaron. La guerra en Italia era una forma de desviar la atención pública de los problemas internos. En una situación donde las clases habían llegado a un punto muerto, el ejército se convirtió en la fuerza decisiva. Napoleón se presentó como un "soldado sencillo". Su popularidad aumentaba en la misma proporción que disminuía la del Directorio. Al enviarle a luchar en Italia el Directorio esperaba que fuera derrotado y perdiera algo de su popularidad. Además, las oportunidades de derrota parecían excelentes. El ejército estaba desmoralizado y hambriento, como el resto de la población. Pero Napoleón contó con la ayuda de su destreza y una gran dosis de suerte.

Como siempre su "suerte" derivaba de la Revolución. Los ejércitos revolucionarios derrotaron a los invasores porque estaban organizados en líneas revolucionarias y despertaban un entusiasmo revolucionario. El mérito de la organización de estos ejércitos no era de Napoleón, sino de hombres como Lazare Carnot, que desarrolló la idea de la "levée en masse" —servicio militar universal— que permitió crear un ejército de ciudadanos. Esto dio a Francia una ventaja tremenda sobre sus enemigos. Sólo Prusia podía rivalizar con ella porque había creado antes el ejército permanente.

La táctica principal de Napoleón era sencilla: concentrar fuerzas para asestar un golpe devastador contra el punto más débil del enemigo —preferiblemente el centro—. En la batalla de Lodi, él personalmente dirigió la avanzadilla francesa hacia un puente estrecho y derrotó a la retaguardia austriaca. Esta acción no fue decisiva porque el ejército austriaco escapó. Pero parece que sí convenció a Napoleón de que poseía poderes especiales para inspirar a los hombres en la batalla. En esto había algo de verdad, como confirmó el Duque de Wellington al comentar que el sombrero de Napoleón en el campo de batalla valía por 40.000 hombres.

La victoria de Napoleón provocó el colapso de la capacidad de fuego austriaca en todo el norte de Italia. Este acontecimiento tuvo gran significado histórico y político. La bandera tricolor ondeaba sobre Milán y en todas las ciudades de Lombardía. Por primera vez los franceses intentaban exportar la revolución como un arma contra sus enemigos monárquicos. Se aprovecharon de la situación basándose en el movimiento nacionalista antiaustriaco. La presencia del ejército francés sin duda dio un impulso al movimiento nacional, al menos en sus etapas iniciales. Pero como una vez dijo Robespierre: a nadie le gustan los misioneros armados con bayonetas. Los franceses no tenían dinero para financiar la campaña italiana y el ejército tenía que vivir de la tierra, eso significaba vivir de los campesinos italianos. Al inicio de la campaña se dirigió a las tropas en los siguientes términos: "Soldados, estáis mal alimentados y casi desnudos [...] os llevaré a las llanuras más fértiles del mundo, donde encontraréis grandes ciudades y tierras ricas. Acumularéis honor, gloria y riquezas".

Al principio los italianos daban la bienvenida a los franceses como libertadores. Estaban preparados para el cambio. Pero cuando experimentaron el saqueo y el robo de los franceses, su actitud cambió. Los elementos radicales de la clase media italiana culta en las ciudades principalmente eran pro-franceses. Pero la mayoría de los italianos consideraban a los franceses explotadores y ocupantes, dedicados al pillaje, el asesinato y la violación. Hubo explosiones de rabia popular que fueron sofocadas brutalmente.

Napoleón fue el responsable de todo esto. Si no era muy popular con los campesinos italianos, sí lo era entre sus soldados. Por primera vez en años el ejército francés estaba bien pagado. Esto fue a costa del pueblo italiano, pero este pequeño detalle no disminuía el verdadero entusiasmo que existía por Napoleón entre los soldados franceses. Ahora eran completamente leales a su general, o en cualquier caso, estaban mucho más cerca de él que del gobierno de París. Al menos él les pagaba y les permitía saquear.



Pero el saqueo perpetrado por los soldados de Napoleón era insignificante en comparación con lo que tomó el propio estado francés. En octubre de 1797 Austria firmó el Tratado de Campo Formio por el cual abandonaba Bélgica a Francia y reconocía su anexión; reconocía la nueva creación francesa de la República Cisalpina en el norte de Italia, la entrega de las islas Jónicas de la costa griega, pero mantenía Venecia y todos sus territorios en Italia y el Adriático. Con tratados secretos el emperador austriaco además prometió ceder a Francia zonas importantes de Renania y a cambio le prometieron parte de Bavaria y la exclusión de su rival Prusia de cualquier conquista territorial. El historiador Pierre Lanfrey escribe lo siguiente:

"Nuestro egoísmo nacional en general arroja un velo que oculta los motivos de esta rapacidad desvergonzada que caracterizó nuestra primera ocupación de Italia [...] La población prefiere dejarse seducir por frases hermosas y retóricas destinadas a adormecer a la multitud [...] De esa manera el verdadero significado de los acontecimientos permanece oculto y se produce cierta sorpresa cuando ese supuesto heroísmo y virtudes llevan al cínico tratado de paz de Campo Formio. La población no comprende por qué nuestro trabajo en Italia se deshizo tan rápidamente, ni por qué al final nuestra propia república fue condenada a sufrir su extinción a manos de sus propios soldados republicanos" (P. Geyl, Napoleon – For or Against?, pág. 87).



Napoleón contra el Directorio


Las noticias de las victorias de Napoleón en el Directorio no se recibían con escenas de júbilo, más bien les alarmaban. Con una maniobra transparente París intentó obligar a Napoleón a compartir su mando con el general Kellermann, pero el primero era un intrigante lo suficientemente astuto como para negarse. Había edificado su propia maquinaria propagandística que se complementaba con su propio periódico de noticias privado, El mensajero de Italia, que se vendía en París y daba informes entusiastas de sus hazañas militares. Se estaba convirtiendo en una fuerza a tener en cuenta. El Directorio, al que le rechinaban los dientes, tuvo que dar marcha atrás. Napoleón había ganado la primera prueba de fuerza contra sus "amos" de París. Palmo a palmo la correlación de fuerzas fue cambiando a su favor.

El Directorio tenía razones para estar alarmado. Napoleón no actuaba como un general victorioso sino como un gobierno en el exilio. Llevaba adelante sin permiso negociaciones con el Papa y el rey de Nápoles. Poco a poco fue tomando forma un régimen de doble poder. En el frente militar los ejércitos austriacos contraatacaron y fueron de nuevo derrotados. En Tívoli 8.000 austriacos fueron asesinados. Después cayó Mantua. Napoleón sin duda era mucho mejor general que sus enemigos austriacos. Pensaba más rápido que ellos y se movía también con mayor rapidez. Sobre todo, las tropas francesas estaban seguras de sí mismas y eran enérgicas. Napoleón tenían la habilidad —esencial en la guerra— de ir a la esencia de la situación, analizar todos los factores de la ecuación y actuar decisivamente. Inmediatamente veía los puntos débiles en las defensas enemigas y se concentraba en estos puntos.

A pesar de la conducta depredadora de su ejército, Napoleón devolvió Italia a los italianos. Por lo tanto su papel es contradictorio. Muchos italianos consideran este período el principio de la lucha de liberación nacional italiana. Después regresó a París donde le esperaban sus rivales con temor, sobre todo el débil y decrépito Directorio, que para librarse de esta molestia dirigió su atención a Inglaterra. Comenzó a planear una invasión que no llegó a nada.

Gran Bretaña era el principal enemigo de Francia. Era la principal fuerza marítima y comercial. Estaba dirigida por una oligarquía bajo el mando de William Pitt, un enemigo implacable de la Revolución. La gran riqueza de Inglaterra y su fuerza naval representaba una amenaza constante para Francia. Paradójicamente, Inglaterra salió ganando en la guerra con Francia. Se apoderó de las colonias francesas y holandesas. Todavía controlaba los mares. Por lo tanto, no tenía ningún interés en la paz y seguía siendo una espina clavada en el costado de Francia. Objetivamente, Inglaterra tenía razones para intentar estrangular el poder en ascenso de Francia antes de que estuviera en posición de desafiarla.

A diferencia del poder de Inglaterra, que al ser una isla descansaba sobre su armada, el poder de Francia estaba en sus ejércitos terrestres, constantemente surtidos con una fuente aparentemente inagotable de reclutas procedentes del campesinado. Esto dictaba las tácticas de ambas partes. Para golpear al enemigo Napoleón intentó llevar a cabo una guerra semirrevolucionaria contra Inglaterra apelando a los irlandeses para que se levantaran contra el dominio inglés. En 1797-8 se iniciaron los preparativos para una insurrección conjunta y la invasión, pero al final los franceses abandonaron a United Irishmen y fueron aplastados sin piedad. El poder marítimo inglés, socavado por la victoria naval en Cabo Vincent, fue suficiente para abortar los planes franceses de invasión.



La campaña egipcia

Frustrado en el frente anglo-irlandés, Napoleón buscó otro frente militar para consolidar su control del ejército. Este siempre fue el elemento clave de sus planes, necesitaba ir de victoria en victoria, mantener contentos a sus soldados con la perspectiva del saqueo y la gloria. También se adaptaba muy bien a su carácter de aventurero y jugador. Ideó un plan para invadir Egipto. Siempre había sido el objetivo de Inglaterra porque Egipto era clave para la India y el control del Mediterráneo Oriental. También favorecía su vanidad al compararse con Alejandro Magno. Recordando que éste último había llevado con él en sus campañas a Aristóteles y otros hombres sabios, decidió llevar un pequeño ejército de arqueólogos, artistas, ingenieros y científicos, que hicieron descubrimientos importantes. La ciencia de la egiptología comienza realmente con el descubrimiento de la piedra Rosetta que permitió descifrar la escritura jeroglífica.

La campaña egipcia comenzó bien. Tomó fácilmente Alejandría. Después llegó la terrible marcha sobre el Cairo que reveló una ausencia total de conocimiento del terreno. Los hombres morían como moscas debido al calor y la falta de agua. Era un ejército acostumbrado a vivir de la tierra, pero estos terrenos baldíos no tenían nada para vivir. Las condiciones eran tan malas que los soldados se suicidaban, enloquecían por el calor y la sed. En Giza se enfrentaron a un ejército de mamelucos y turcos. Pero en la batalla de las Pirámides, Napoleón demostró una vez más su capacidad para inspirar a sus soldados. Ahí hizo su famoso discurso: "¡Soldados! Desde las cumbres de estas pirámides cuatro mil años os observan".

Los egipcios no se parecían a un ejército moderno europeo y el ejército francés era el más diestro de Europa. Engels en el Anti Dühring explicaba la ley dialéctica de la transformación de cantidad en calidad con relación a la fuerza relativa de los soldados mamelucos y franceses. La batalla sólo duró dos horas y finalizó con la derrota completa de las fuerzas egipcias. Pero la armada británica inmediatamente anuló los efectos de esta victoria. Con Nelson al frente, un líder militar que era igual a Napoleón en osadía, energía e iniciativa, los británicos destruyeron la flota francesa en la Bahía de Aboukir. Napoleón se atascó en Egipto.

Marchó por tierra hacia Siria, en concreto a Acre, el antiguo centro de las cruzadas. Demostró una total crueldad al masacrar en Gaza a mil prisioneros turcos. ¿Por qué no? debió pensar el mismo hombre que no dudó en disparar a sus conciudadanos franceses en las calles de París. ¿Por qué debería perdonar la vida a una "raza inferior"? Aquí tenemos la verdadera cara del colonialismo europeo que se ha convertido en algo tan familiar para nosotros en una guerra colonial tras otra, desde la conquista británica de la India, pasando por la conquista belga del Congo, la estadounidense en Vietnam y ahora Iraq. Napoleón sentó un precedente para todo esto. En la batalla de Aboukir asesinó a miles de turcos. Esta carnicería acrecentó su prestigio en casa aunque a decir verdad no tenía demasiado mérito en un conflicto tan desigual.



El 18 Brumario

De regreso a París el Directorio se encontró con un problema serio. Los ejércitos franceses habían sido derrotados. La economía era un desastre. Las masas estaban inquietas. El débil gobierno estaba fracturado por las escisiones y las luchas fraccionales y de camarillas. Se tambaleaba al borde del abismo Un buen empujón habría provocado la caída. Probablemente muchos de sus miembros estaban contentos con las noticias de la victoria de Nelson en la bahía de Aboukir. La realidad es que habían muerto miles de marineros franceses, pero para ellos era más importante la humillación de Napoleón. Sin embargo, nada podía detener la desintegración interna del Directorio. Había madurado el momento para un coup d’état. Barras y Sieyès llegaron a la conclusión necesaria. Habían traicionado a Robespierre y ahora estaban preparando la traición al Directorio. Pero necesitaban una pequeña ayuda. Al enviar al extranjero a Napoleón el Directorio pensaba que se podía librar de él. En su lugar, consiguieron aumentar su popularidad y prestigio. Ahora Sieyès le invitó a restaurar el Orden, la especialidad de Napoleón.

La podredumbre del gobierno se pudo ver en el hecho de que Barras había iniciado conversaciones secretas con el exiliado Luis XVIII, mientras que otros sectores buscaban un acuerdo con el pretendiente al trono, Felipe, duque de Orleans. En septiembre de 1797 el Directorio evitó que la mayoría, que ahora consistía principalmente en monárquicos, llevara a cabo un golpe de estado. Para esta tarea el Directorio tuvo que basarse en Bonaparte, que le ayudó a expulsar a los recién elegidos diputados de la cámara, es el llamado coup d’état de Fructidor. Al basarse en la fuerza armada para resolver los problemas del parlamento, el Directorio demostró que estaba en bancarrota no sólo económica, sino también políticamente. Esto acercó un poco más el golpe de Bonaparte. El proceso se aceleró aún más con la anulación de las elecciones de 1798, los resultados de las mismas eran insatisfactorios para el Directorio (el coup d’état de Floreal).

En noviembre de 1799, el mes de Brumario según el nuevo calendario establecido por la Revolución, Napoleón llevó a cabo su golpe. Sieyès al principio le veía como el socio más joven. Imaginaba que él estaba utilizando a Napoleón cuando en realidad ocurría exactamente lo contrario. De la misma forma que Zinoviev subestimó a Stalin, también Sieyès subestimó a Napoleón. Pensaban que la clave de la política era la capacidad de intrigar y maniobrar. En realidad, estas cosas ocupan un papel menor en la política de los grandes acontecimientos históricos: son la calderilla de la historia. Y son importantes sólo para los hombres y mujeres con mentes pequeñas.

Las grandes transformaciones históricas —revolucionarias o contrarrevolucionarias— no están determinadas por cálculos diplomáticos, intrigas y maniobras, o por la "inteligencia" de los participantes. Están determinadas, en última instancia, por los grandes cambios en la correlación de fuerzas de clase. Eso es lo que establece las reglas fundamentales y los límites dentro de los cuales las cualidades personales, la inteligencia, la iniciativa, etc., de los caracteres dirigentes puedan ponerse en juego. Naturalmente, la previsión y las capacidades personales de los protagonistas juegan un papel. Pero su capacidad de determinar el resultado final está estrictamente limitado. En el período de reflujo de la revolución, el elemento de la pequeña intriga asume un mayor significado que en el período de ascenso revolucionario, cuando el papel decisivo lo juegan las masas. Pero en cualquier caso, no puede afectar de forma decisiva al resultado final.

Por su carácter aventurero y de oportunista sin principios que había salido de la revolución, aunque nunca fue realmente un revolucionario, Napoleón se adecuaba admirablemente al papel de verdugo. Además, tenía una ventaja inconmensurable sobre sus rivales, él contaba con la lealtad del ejército, el ejército campesino que imaginaba que sólo él era la encarnación de la revolución que les dio la tierra y ahora estaba comprometido con la extensión de los ideales de la revolución y la gloria de Francia en los demás países.

Por supuesto esto era completamente incierto. Los campesinos franceses consiguieron la tierra con métodos revolucionarios. Después del 14 de julio de 1789 se levantaron y quemaron el chateaux de los terratenientes, destruyendo los archivos feudales y afirmando su libertad de las obligaciones feudales. Pero con el paso del tiempo la mitología sustituyó la realidad y todo se confundió en la mente de los campesinos huérfanos políticamente. En la historia un mito puede cobrar vida propia y convertirse en un factor poderoso. Esto se demostró con la persistencia durante generaciones del mito napoleónico entre los campesinos franceses.

Napoleón maniobró entre las clases, apelando ahora a la derecha y después a la izquierda, para fortalecer su propia posición. A la burguesía le prometió Orden y el final de los disturbios revolucionarios, mientras que a los soldados les hablaba demagógicamente de salvar la revolución de los conspiradores monárquicos. No era ni lógica ni consistente. No necesitaba serlo. Tenían 80.000 argumentos excelentes encarnados en sus soldados. El ejército tenía la espada pendiendo sobre la cabeza de sus enemigos que él utilizaba en cualquier momento.

La conducta de Napoleón durante el golpe de estado del 18 Brumario no reflejaba mucho el prestigio que tenía, no fue su mejor momento. A la hora de la verdad, cuando intentó dirigirse a la Convención y fue interrumpido con los gritos de sus oponentes, se reveló como una figura ridícula. Valiente personalmente y decidido en el campo de batalla, su audacia no le sirvió en el campo del debate. Se redujo a tartamudear ideas de lo más comunes sobre el "Dios de las batallas" en medio de las burlas de los diputados hostiles. En determinado momento miró como si todo fuera a ser abortado por un puñado de alborotadores parlamentarios, a pesar de que la mayoría de los diputados ya estaban comprados y el ejército estaba en su bolsillo. Al final, tuvo que ser rescatado por sus amigos que le arrastraron fuera de la Cámara. Sólo las bayonetas de sus soldados le salvaron de una derrota vergonzosa.

Napoleón fue nombrado Cónsul junto a otros dos, pero pronto les apartó a un lado. En realidad, era el gobernante supremo de Francia con poderes monárquicos. Incluso acabó con los últimos vestigios de la revolución, Napoleón hablaba en su nombre. Insistía en que no deseaba tomar el poder por sí mismo, que sólo quería defender el orden revolucionario, consolidarlo, purgar a los canallas y a los enemigos, y dirigirlo a la victoria. Para cumplir este objetivo eran necesarias la disciplina y la unidad. Como en la antigua Roma, en momentos de gran peligro para la República era necesario que ésta entregara el poder a hombres que sabían como defenderla. En vísperas del golpe de Barras confió en el jefe de policía Fouché: "Necesitamos una cabeza y una espada", sugiriendo que Barras era la cabeza. Pero al final los papeles se cambiaron. Barras y Sieyès pensaban que estaban utilizando a Napoleón pero en realidad eran ellos los que estaban siendo utilizados. Cuando su utilidad desapareció fueron arrojados al polvo de la historia.



¿Qué es el bonapartismo?

La tendencia hacia el gobierno de un solo hombre —hacia la dictadura— se iba imponiendo de una forma irresistible. En una situación donde las fuerzas en contienda se han agotado, el ejército (es decir, el estado) se eleva por encima de la sociedad. Emerge en la forma de dominio de la espada —la característica esencial del bonapartismo—. Pero a la cabeza del ejército está el comandante, el generalísimo, el jefe supremo. No es casualidad que la palabra emperador proceda de la palabra latina imperator, que simplemente significa comandante del ejército. El jefe del ejército ahora se presenta como el jefe supremo de la nación, la personificación de la nación. Se presenta como alguien por encima de todos los mezquinos intereses de clase, partidos y fracciones. Él pretende representar al conjunto del pueblo, habla en su nombre. Desde su exilio final en Santa Elena, Napoleón protestó y dijo que su única motivación era su amor a "Francia". Pero como él identificaba Francia con su propia persona, su voluntad y sus caprichos, no hay contradicción aquí. Luis XIV dijo "yo soy el estado", y todos los bonapartistas de la historia dicen "yo soy la nación".

Sin embargo, el gobierno de la espada no agota la definición de bonapartismo. Hay muchos tipos de gobierno que se basan en la espada. El bonapartismo tiene unas características particulares que surgen porque expresa una situación específica donde las fuerzas de clase antagónicas están en un estado de equilibrio inestable. En esta posición, el gobernante bonapartista tiende a equilibrarse entre las clases. Napoleón se apoyó en un momento en la izquierda para asestar golpes a la derecha, y en otro momento, se basó en la derecha para dar golpes a la izquierda. En todo momento él incrementaba su propio poder.

Napoleón era "todas las casas para todos los hombres". Esto le permitió ganar el apoyo de muchos oponentes del ala de izquierdas del Directorio —antiguos jacobinos que deseaban restaurar la revolución con sus principios originales e imaginaban (equivocadamente) que Napoleón era el hombre adecuado para cumplir esta tarea—. En su lenguaje y comportamiento del primer período, no hizo nada para desalentar esta creencia ingenua. Pero en realidad, mientras hablaba de "izquierda" se dirigía hacia la derecha, este giro inevitablemente terminó en la coronación de un nuevo emperador, la restauración de la nobleza y el Concordato con el Papa. El error de estos jacobinos que apoyaban a Napoleón era el mismo que cometieron viejos bolcheviques como Kámenev y Zinóviev que capitularon ante Stalin en el período de 1927-31, creyendo que éste frenaría a Bujarin y al ala de derechas, que introduciría la colectivización y que los planes quinquenales supondrían el regreso al leninismo. Pronto se desengañarían.

Todo régimen insurrecto debe pagar un servicio al régimen que ha derrocado. A pesar de su esencia reaccionaria, el bonapartismo había surgido de la revolución y aquellos que usurparon el poder todavía se sentían obligados a prestar un servicio a ella. De la misma forma que el emperador Augusto continuó manteniendo las formas externas de la República Romana mucho después de que la hubiera destruido, Stalin, el ejecutor del Partido Bolchevique, también continuó hablando en nombre del leninismo y la Revolución de Octubre. Aunque la contrarrevolución ya había liquidado el régimen político de 1793 Napoleón continuaba hablando el lenguaje de la revolución.

El régimen bonapartista de Francia proclamaba estrepitosamente los valores republicanos: libertad, igualdad y fraternidad, especialmente fuera de Francia. De este modo, encontraba eco entre la clase media liberal y progresista y entre la clase obrera de otros países. De la misma forma, Stalin en Rusia recibió el apoyo entusiasta de los trabajadores de otros países que imaginaban que mantendría el comunismo y los ideales de octubre, incluso cuando estaba pisoteando los ideales en Rusia e internacionalmente. En ambos casos, la contrarrevolución continuaba hablando el lenguaje de la revolución y esta era una fuente importante de fuerza en la arena internacional.

La realidad fue que el bonapartismo dio el coup de grace final al régimen político establecido por la revolución. Con el pretexto de "eliminar excesos" y "abolir el Terror", Napoleón realmente estaba diciendo "la revolución ha terminado". Su base de clase era la gran capa de personas que habían salido bien de la revolución y ahora deseaban vivir en paz y tranquilidad para disfrutar los frutos de su éxito. Napoleón prometió defender la revolución tanto contra los monárquicos, que deseaban dar marcha atrás al reloj a 1788, como contra las masas plebeyas y semiproletarias que habían perdido el poder político en 1794.

"Siempre trató a los trabajadores como inferiores", escribe Alphonse Aulard, "por una ley del Año XI y el decreto del Año XII [1803 y 1804] les puso bajo la supervisión policial, les prescribió la posesión de una tarjeta de identidad sin la cual podían ser arrestados por vagabundos, una vez más prohibió los sindicatos y las huelgas bajo pena de prisión, encargó al Prefecto de Policía la resolución de las disputas laborales. Hubo un retroceso hacia el anciente régime cuando el Código Napoleón impuso que en estas disputas la palabra del empresario era la que valía. El plebiscito podría ser la base del nuevo régimen, pero aquí como en los otros casos, Bonaparte mostró evidencias de una inclinación a destruir la igualdad y dividir la sociedad francesa en una clase burguesa privilegiada, social y políticamente, y una clase plebeya subordinada". (Ver P. Geyl, p. 321).



Los trabajadores, agotados por los esfuerzos del período anterior, no ofrecieron resistencia al régimen bonapartista, aunque a media voz lo maldecían. Las ciudades obreras se mantenían tranquilas gracias a una política de pan y carne baratos. Con este propósito se pusieron bajo control a los panaderos y carniceros de París. La industria revivió y los salarios subieron, la tendencia se vio impulsada por la escasez de mano de obra provocada por el servicio militar obligatorio.

Por otro lado, Napoleón tenía un aliado poderoso en el campesinado, los millones que habían obtenido tierra como resultado de la revolución y que veían en Napoleón la mayor garantía de su título sobre la tierra. También ocurría que el campesinado era la base del ejército de Napoleón, que le adoraba. En la medida que Napoleón mantenía la lealtad del campesinado y el ejército campesino, su posición estaba asegurada. Era capaz de formar un estado a su propia imagen y semejanza. Si examinamos este estado aislado, parece que representa el regreso al pasado monárquico. No detectamos ni un solo trazo de la antigua república revolucionaria de 1793. El poder despótico liquidó sistemáticamente los últimos remanentes del régimen revolucionario y restauró todas las antiguas formas: jerarquía, base, nobleza, títulos y finalmente incluso la Iglesia Católica.


Siguiendo con su habitual forma de actuar, Napoleón lanzó su segunda campaña italiana para aumentar su prestigio y consolidar su régimen a través de la conquista extranjera. Napoleón siguió su instinto de jugador y no le engañó. Tuvo suerte —pero esta "suerte" tenía unas bases objetivas—. Los ejércitos a los que se enfrentó eran los ejércitos de los regímenes feudales monárquicos degenerados. Sobre el papel eran formidables maquinarias bélicas, pero en el campo de batalla no tenían comparación con el ejército francés, que a pesar de todo era el hijo de la revolución y estaba inspirado para luchar por sus ideales. Los soldados de Napoleón eran experimentados en la batalla y estaban acostumbrados a ganar. En contraste, el ejército austriaco estaba desmoralizado y carecía de la voluntad de lucha, especialmente en suelo extranjero.

Como Cónsul Primero, Napoleón creó un formidable aparato burocrático con una policía secreta y una red ubicua de espías controlada por el renegado jacobino y antiguo terrorista Fouché. Toda la disidencia se sofocó brutalmente. La prensa fue sometida a una rígida censura. De los setenta periódicos de París sólo quedaron tres. Podemos decir que ¿con Napoleón finalmente la revolución quedó liquidada? Esta pregunta es más complicada de lo que parece. Lo que destruyó Napoleón —y él lo destruyó total y completamente— fue el régimen político establecido por la revolución. Pero lo no que no destruyó y no podía destruir eran las nuevas relaciones de propiedad establecidas por la revolución



Golpes contra la izquierda

Las fuerzas de la reacción monárquica al principio estaban encantadas, creían que Napoleón reintroduciría la monarquía. De la misma forma, en los años veinte algunos monárquicos rusos dieron la bienvenida a la victoria de Stalin sobre Trotsky, esperaban que la burocracia restableciera el capitalismo. Engañado por las apariencias externas, Luis XVIII escribió a Napoleón ofreciendo regresar y que todo quedase olvidado. El Cónsul Primero le respondió amablemente declinando la generosa oferta de Su Majestad. A pesar de los parecidos externos con el antiguo régimen, el nuevo estado no tenía nada en común porque éste descansaba sobre unas bases de clase y unas relaciones de propiedad completamente diferentes. En última instancia, éstas son decisivas, no las formas bajo las que aparecen.

Cuando los reaccionarios se dieron cuenta de su error, se prepararon para librar una lucha a vida o muerte contra la Francia napoleónica. Toda Europa se unió en esta cruzada. Utilizaron todos los métodos posibles, incluido el intento de asesinato, para destruir a su enemigo. En 1800 los conspiradores monárquicos intentaron asesinar a Napoleón con la ayuda de lo que era conocido como una "máquina infernal". En vísperas de Navidad, Napoleón se dirigía al estreno en París del oratorio de Hayden, La Creación. Cuando su carruaje pasó por la estrecha Rue Nicaise, hubo una devastadora explosión. Los acontecimientos que rodearon este incidente son descritos por Balzac en su novela Un asunto tenebroso, que describe el período con una gran exactitud, distinguiendo cuidadosamente entre las diferentes clases y fracciones en la sociedad francesa y descubriendo sus intereses y psicología.

Después de 1799 el régimen se enfrentaba a la oposición tanto de la derecha como de la izquierda. En realidad, los jacobinos ya eran una fuerza agotada —una simple sombra de su pasado—. El peligro real venía de la derecha, de los monárquicos que creían que había llegado su hora. La policía estaba convencida (correctamente) de que el ataque fue obra de los Chouans monárquicos. Pero Napoleón no quería oír hablar de ello. Echó la culpa a la izquierda: 130 republicanos fueron acusados de terroristas y sin ninguna prueba, fueron enviados a la "seca guillotina" del exilio en Guayana, de donde muy pocos regresaron vivos.

De la misma forma que Stalin utilizó el asesinato de Kirov como un pretexto para golpear a los viejos bolcheviques, Napoleón se aprovechó del incidente de 1800 para golpear a la oposición de izquierdas. Su principal apoyo se encontraba entre la derecha. Sus víctimas siempre eran los seguidores de la izquierda —hombres de principios que se oponían a él y se resistieron al golpe de estado del 18 Brumario o que representaban un peligro de otra forma—. Pocos días después, Fouché, el ministro de policía, desenmascaró a los verdaderos terroristas —el ala de derechas monárquico Chouans—. Se les declaró culpables y fueron guillotinados, pero no liberaron a los viejos jacobinos. Bonaparte estaba decidido a acabar con ellos y se había asegurado de que el decreto de proscripción se hiciera en nombre de la "seguridad del Estado" en general, no en nombre del intento de asesinato de diciembre.

Esto no era casualidad. Napoleón estaba decidido a eliminar los últimos vestigios del jacobinismo que permanecía como una reprimenda silenciosa a sus planes de engrandecimiento imperial. Al igual que Stalin no podía tolerar la supervivencia de los viejos bolcheviques incluso después de que éstos hubieran capitulado y rebajado ante él, Napoleón tampoco podía tolerar la supervivencia de personas que, aunque impotentes, todavía podían servir de recuerdo de lo que había sido la Revolución Francesa. Poco tiempo después, exigió, y lo consiguió, el consulado de por vida.



La Iglesia

Una muestra clara de la naturaleza del régimen fue el Concordato de Napoleón con el Papa. La revolución francesa había dejado a un lado la religión. El total dominio de la iglesia sobre la vida social se había hecho añicos. En cualquier caso, el catolicismo del campesino francés era muy superficial. George Lefebvre comenta lo siguiente:

"No se debe medir la influencia de la Iglesia sobre la población por su progreso material. En muchas regiones era considerable el grado de indeferencia y en las ciudades siempre se podía encontrar gente dispuesta a aplaudir a Edipo o Tartufo" (P. Geyl, pág. 394). Edipo, la primera tragedia de Voltaire era un ataque a la Iglesia y la hipocresía religiosa. La Iglesia estaba demasiado identificada con las clases superiores y la monarquía. No tenía demasiado atractivo para la mayoría de la población, aunque había excepciones, como la zona atrasada y muy religiosa de Vendée, que fue el centro de la contrarrevolución. La mayoría de la población miraba con indiferencia la destrucción de la Iglesia o lo aplaudían entusiastamente. La restauración de la Iglesia Católica bajo Napoleón fue un momento cualitativo en la degeneración de la revolución.

La relación entre la Iglesia y el estado establecida por el Concordato era mutuamente beneficiosa. El régimen no tenía un ápice de respetabilidad y los derechos de propiedad de los nuevos ricos se fortalecían. La Iglesia recuperó algo, si no todo, de su poder y privilegios perdidos. El estado pagaba el salario de los sacerdotes. Pero Napoleón seguía siendo el jefe y nombraba a los obispos. En el día de Pascua de 1802 se celebró una misa especial para celebrar el Concordato en Notre Dame. Nadie estaba feliz con esto, incluso en el círculo íntimo de Napoleón. Uno de sus generales cuando preguntó por el Cónsul Primero respondió: "¡Un disfraz muy monacal! Lo único que está ausente es la sangre del millón de hombres que murieron intentado superar lo que usted está restaurando".

La restauración de la Iglesia fue casi el último acto del desmantelamiento del edificio político creado por la revolución. Fue un acto deliberado para convencer a todos de que la revolución estaba superada y que el régimen actual era un régimen de Orden, donde la propiedad privada, la familia y el estado eran sacrosantos. También estaba diseñado para mantener bajo control a la clase obrera. Citando al propio Napoleón:

"Por mi parte, en la religión no veo el misterio de la transubstanciación sino la miseria del orden social.

"La sociedad no puede existir sin la desigualdad de la propiedad, una desigualdad que no se puede mantener sin la religión [...] Debe ser posible decirles a los pobres: ‘Es la voluntad de Dios. En el mundo deben existir los ricos y los pobres, pero en el futuro y para toda la eternidad habrá una distribución diferente" (Ver P. Geyl, pág. 323).

¿Se puede expresar con mayor cinismo y claridad la actitud de la clase dominante hacia la religión? Las masas apoyaron la revolución porque creían que desembocaría en un nuevo orden de libertad, igualdad y fraternidad. Mientras la burguesía las necesitó como tropas de choque en la lucha contra sus enemigos, las permitió continuar creyendo que el reinado de la burguesía desembocaría en una edad dorada. Pero cuando ya estuvo confortablemente instalada en el poder, la burguesía reescribió las reglas, explicando a las masas que el objetivo de la igualdad y una "distribución diferente" debía ser ligeramente pospuesto —hasta después de que estuvieran muertas— cuando ya serían libres para disfrutar de estas cosas para toda la eternidad. Los ricos, por supuesto, podrían disfrutar de ellas ahora. Pero había que convencer a los pobres de la necesidad de ser pacientes y sumisos. Para conseguir este milagro la burguesía recurrió a los servicio de la Madre Iglesia. Desde entonces ha prestado este servicio.

Napoleón utilizó la religión para el fortalecimiento de su poder. Incluso dictó un nuevo catecismo, el séptimo capítulo decía lo siguiente:

"Los cristianos se deben a los príncipes que les gobiernan y nosotros en particular nos debemos a Napoleón I, nuestro Emperador, le debemos amor, respeto, obediencia, lealtad, servicio militar, los deberes impuestos por la conservación y la defensa del imperio y su trono; también le debemos rezos fervientes para su seguridad y para la prosperidad temporal y espiritual del Estado.

¿Por qué tenemos todos estos deberes hacia nuestro Emperador?

En primer lugar porque Dios [...] dispensa copiosamente regalos a nuestro Emperador, ya sea para la paz o la guerra, le ha convertido en ministro de su poder y su imagen sobre la tierra. En segundo lugar, porque Nuestro Señor Jesucristo, tanto por sus enseñanzas como por su ejemplo, nos ha enseñando lo que debemos a nuestro Soberano [...]". Y sigue con otras cosas por el estilo.

Nadie pronunció una palabra de queja sobre el nuevo catecismo. Roma guardó silencio. Los obispos franceses le dieron la bienvenida con muestras de gozo. Napoleón ahora era el amo de Francia —Cónsul de por vida— un título confirmado por el plebiscito. La Iglesia había regresado pero bajo su firme control. Alphonse Aulard consideraba el Concordato, correctamente, como "un acto contrarrevolucionario por excelencia".



El Código Napoleónico

Napoleón fue muy cuidadoso con sus usurpaciones de poder y procuró siempre convocar un plebiscito posterior para legitimarlos. Pero en realidad su verdadero poder derivaba no de los plebiscitos (el método clásico del bonapartismo) sino del ejército. El nuevo sistema legal, el Código Napoleónico, santificaba las nuevas relaciones de propiedad. El campesinado mucho tiempo después seguía creyendo que Napoleón le había dado el derecho a la tierra. En realidad no era cierto. Los derechos feudales fueron abolidos por la revolución en su período ascendente en 1792-3. Napoleón simplemente tomó posesión de la situación que existía y la dio un marco legal.

La verdadera base de clase del régimen napoleónico eran las clases medias adineradas que habían hecho su fortuna con la revolución. Querían defender las nuevas relaciones de propiedad que garantizaban sus fortunas, pero también querían detener la revolución. Querían trazar una línea de separación y establecer un Orden que les protegiera contra la amenaza de la restauración monárquica y contra las "excesivas" reivindicaciones de las masas. Estaban cansados de años de tormenta y tensión y deseaban disfrutar de sus recién adquiridos privilegios e ingresos. Eran exactamente las mismas consideraciones que motivaron a la burocracia rusa y a la fracción estalinista en el período posterior a la muerte de Lenin.

El Código Napoleónico era la expresión legal de los intereses de esta clase. Era la codificación de la contrarrevolución política que liquidó el carácter democrático de la revolución y confirmó su contenido burgués:

"El Código confirmaba los derechos de la propiedad privada y el acuerdo agrario de la revolución, reafirmaba a todos los que habían adquirido las antiguas tierras de la Iglesia y la nobleza que sus derechos actuales serían preservados. Bonaparte aseguró, sobre todo, que no habría contrarrevolución y esto congregó detrás del Consulado a las clases medias y los campesinos". (David Thomson. Europe Since Napoleon, p. 58).

La naturaleza reaccionaria de este documento queda más clara en el capítulo dedicado a la familia: "La autoridad del padre sobre la esposa, sus hijos y la propiedad de la familia fue fortalecida, frente a la tendencia revolucionaria hacia la igualdad de las personas y la igual división de la propiedad. Con el Código las esposas quedaban sometidas a los maridos, el divorcio era más difícil y hasta una cuarta parte de la propiedad podía ser legada a alguien fuera de la familia" (Ibíd.).

Para fortalecer el poder del Estado y aumentar su control sobre la población, Napoleón creó una burocracia centralizada que ha caracterizado a Francia desde entonces. Estableció el sistema de prefectos. Charles Seignobles comenta:

"Un sistema centralizado de agentes gubernamentales, opuesto al régimen electivo autónomo creado por la revolución. La nación ya no tenía que participar en el comportamiento o en la elección de sus líderes locales. Los franceses dejaron de ser ciudadanos para convertirse una vez más en súbditos, ya no de un rey, sino del gobierno" (Ver P. Geyl, pág. 333).



El régimen bonapartista era un estado policial represivo. El ministro de la Policía, suprimido en 1802, fue recuperado en 1804 con Joseph Fouché. Las lettres de cachet, el odiado sistema de denuncias anónimas y arrestos arbitrarios del ancien régime, fue recuperado por decreto en 1810. Éste establecía prisiones estatales y permitía el arresto y la detención sin juicio por encima de la autoridad del Consejo de Estado. Francia estaba infectada por un ejército que mantenía informado al Emperador de cualquier oposición y podía aplastarla inmediatamente.

Napoleón creó una jerarquía basada en el rango, las medallas, incluida la Legión de Honor (con cuatro grados), abierta a todos los rangos por la valentía en el campo de batalla. A los viejos veteranos revolucionarios no les gustaba nada estas llamativas baratijas porque para ellos la insignia de honor eran las heridas recibidas en la lucha por defender la revolución y la Patrie. Con estos métodos Napoleón abolió el antiguo igualitarismo y creó una elite, una nueva aristocracia que imitaba todas las formas del antiguo régimen pero que tenía un carácter completamente burgués.

La nueva nobleza disfrutaba no sólo de títulos altisonantes y uniformes llamativos, también de salarios oficiales generosos y extras. Al final el Papa Pío coronó emperador a Napoleón, y por lo tanto, insistió en ser llamado "Sire" o "Vuestra majestad". Por todo esto parecería que la revolución había dado marcha atrás. Aquí teníamos al emperador, la nobleza, un sistema de honores, la Iglesia y todos los adornos del antiguo régimen. Pero las apariencias engañan. Sobre la superficie nada había cambiado desde que Luis XVI se sentara en el trono. Debajo de la superficie había cambiado todo. Las formas externas del estado y el gobierno eran las mismas, pero el sistema de clases era completamente diferente.

Este hecho fue perfectamente comprendido por las otras potencias europeas que se unieron para derrotar a la Francia napoleónica. En 1805 se formó la Tercera Coalición, formada por Inglaterra, Austria, Rusia y Suecia. La fuerza motriz, como siempre, era Inglaterra. Este poder isleño siempre mantuvo una política consecuente, basada en la correlación de poder en Europa. El poder de Inglaterra dependía de dos cosas: la fuerza naval y una Europa débil y dividida. El ascenso del poder francés hizo que Inglaterra tuviera la imperiosa necesidad de debilitar a Francia. Su poder naval una vez más quedó demostrado en la batalla de Trafalgar, cuando la flota inglesa al mando de Nelson destruyó las flotas combinadas de España y Francia.



La razón de las guerras napoleónicas

En 1789 existía una correlación de fuerzas difícil en Europa: un equilibrio tolerable entre los borbones y los habsburgos, Austria y Rusia, el Imperio Otomano y Rusia. Pero la Revolución Francesa destruyó completamente el equilibrio y quedó hecho añicos con el largo período de guerras. Francia se encontró frente a una serie de coaliciones inestables que se reunían de vez en cuando, principalmente como resultado de la estrategia y el oro británicos. La revolución reordenó radicalmente de nuevo el mapa de Europa, creando las bases para el surgimiento de los estados europeos modernos en los cien años siguientes.

Polonia en 1793 quedó dividida entre Rusia, Prusia y Austria, terminando un proceso que comenzó veinte años antes. En realidad, en 1794 las monarquías de Rusia y Austria llegaron a un acuerdo para dividirse no sólo Polonia, también Turquía, Venecia y Baviera. Sin embargo, los asombrosos éxitos de los ejércitos revolucionarios franceses inmediatamente echaron a un lado todos estos planes. Inicialmente los franceses eran recibidos por muchas personas como libertadores, un hecho que en gran medida facilitó su trabajo. Aunque los franceses exigían un precio, en la mayoría de los casos la población nativa no lo consideraba una carga superior al dominio de sus maestros feudales y normalmente era inferior.

La preocupación predominante de las monarquías europeas era derrotar a la Francia revolucionaria. La idea de la soberanía del pueblo era un anatema para todas ellas, y cuando la revolución tiró la cabeza del rey a sus pies, estaba claro que sólo podía haber un resultado. Era una cuestión de conquistar o morir. Detrás de todas las coaliciones antifrancesas estaba el poder de Inglaterra. Pitt y aquellos a los que él representaba, odiaban los principios democráticos revolucionarios que amenazaban con extenderse a través del Canal, además el conflicto estaba exacerbado por la rivalidad colonial y comercial con Francia.

Napoleón intentó llegar a un acuerdo con la firma del Tratado de Amiens. Pero todo el mundo veía que se trataba de una tregua incómoda. Inglaterra no quería la paz, sólo quería destruir el poder de Francia. Por su parte, Napoleón simplemente utilizó la tregua para fortalecer su armada. Con el objetivo de rivalizar con el poder marítimo británico avanzó expandiendo sus puertos y astilleros. Incrementó el programa de construcción de barcos y preparó expediciones coloniales a las islas Mauricio y Madagascar, que, no es casualidad, estaban situadas en la ruta hacia la India británica.

Esta tregua, como todas las demás, sólo era la preparación para una nueva guerra. Al darse cuenta de que la guerra era inevitable, Napoleón decidió atacar primero, de esta forma evitaba que se unieran las fuerzas de la coalición contra él. Veía que el eslabón más débil de la coalición era Austria y cayó sobre el ejército austriaco antes de que los rusos tuvieran la oportunidad de ir en su ayuda. Fue un ataque muy audaz. El ejército francés marchó desde la costa francesa en total secreto y sorprendió a los austriacos cerca de Ulm. Las líneas de comunicación austriacas fueron cortadas y el desgraciado general Mach, como irónicamente le llamaba Napoleón, tuvo que rendirse con 25.000 hombres. Esta obra maestra de la planificación militar desmoralizó totalmente a los austriacos y supuso un duro golpe para la coalición.

En el siguiente asalto, en Austerlitz, los franceses estaban agotados y les excedían en número gracias a la fuerza combinada de rusos y austriacos. Pero Napoleón utilizó el paisaje para desplegar su artillería con buen efecto. Engañó al enemigo al que hizo creer que era más débil de lo que realmente era, les puso un cebo en una trampa. Los austriacos y los rusos fueron derrotados. Pitt, el verdadero líder de la Coalición, quedó hecho añicos. Cuando llegaron las noticias desde Austerlitz se dice que comentó con desesperación: "Parece que el mapa de Europa no cambiará en diez años".

Pero Pitt estaba equivocado. Napoleón se vio empujado a combatir en nuevas guerras que dilataban seriamente las posibilidades reales de su país. Se dice que si Napoleón se hubiera detenido en este momento podría haber conseguido consolidar sus victorias y toda la historia de Europa habría sido diferente. El historiador francés Adolphe Thiers escribió: "Si no se hubiera acumulado más y más sobre los sobrecargados cimientos" éstos no habrían colapsado. Pero Napoleón avanzó implacablemente.



Se podrían dar diferentes explicaciones a esta imprudencia: el carácter aventurero de Napoleón, sus pretensiones dinásticas y otras cosas por el estilo. Éstas pueden explicar parte pero no todo. Debemos buscar las verdaderas razones en las condiciones objetivas de Francia, la naturaleza peculiar del régimen de Napoleón y los intereses de clase que había detrás de él. La guerra sólo era el método a través del cual desviaban la atención de la población de la política que llevaba a cabo la oligarquía y que pretendía desheredar al campesinado y confiscar la tierra. La avarienta clase media, presa de la fiebre especulativa, veía en la guerra una forma de conquistar los mercados mundiales. La paz verdadera con Inglaterra sólo habría sido posible a costa de renunciar a todo el poder naval, colonial e industrial. La rendición de Antwerp, Egipto, Santo Domingo, Luisiana y la marina mercante, la renuncia a los principios franceses de la ley marítima (el principio de que las banderas protegen la carga), todo esto difícilmente habría sido suficiente para reconciliarse con Gran Bretaña.

Por todas estas razones era imposible una paz duradera entre Francia e Inglaterra. Cada tregua era simplemente un intervalo entre una guerra y otra. En la primera etapa, los franceses conseguían una victoria brillante tras otra, en parte como resultado de la superioridad de la maravillosa maquinaria militar francesa, en parte por la dirección inspiradora de Napoleón, pero también debido a los defectos inherentes de los regímenes feudales corruptos y degenerados y sus ejércitos. Sin embargo, en determinado momento, Napoleón se excedió. Ésta parece ser una tendencia inherente y fatal en todos los grandes imperios, incluidos los actuales Estados Unidos. Las grandes victorias pueden provocar un exceso de confianza y finalmente pueden conducir a grandes derrotas.

Hay otro paralelismo importante entre la Francia napoleónica y los EEUU de George W. Bush. Clausewitz, el gran teórico militar prusiano que estaba muy al corriente de los escritos de Hegel, explicaba que el propósito de la guerra debe ser la conquista de objetivos limitados. Pero Napoleón, como George W. Bush en su "guerra contra el terrorismo", no tenía estos objetivos. A pesar de su brillantez táctica en el campo de batalla, Napoleón no tenía una estrategia global claramente perceptible que no fuera derrotar a cada una de las grandes potencias de Europa y obligarlas a aceptar sus dictados. ¡Era un orden del día demasiado ambicioso! Sólo llevaba de una guerra a otra. El dinero conseguido con una expedición iba destinado a la próxima, y así ad infinitum. Esto realmente no constituye una verdadera estrategia. Simplemente es el orden del día de un saqueador a gran escala, lo que realmente era Napoleón.


Las aventuras española y rusa

Con Napoleón las tendencias imperialistas de Francia se hicieron cada vez más pronunciadas. Mientras que en la primera fase de las guerras revolucionarias los franceses con frecuencia eran recibidos como libertadores, ahora cada vez se les veía más como opresores y ladrones. La política de Napoleón de financiar las guerras tratándolas como una empresa tenía sus desventajas. Se esperaba que el ejército viviera de la tierra exigiendo suministros a la población local. La insistencia de Bonaparte en que la guerra debería ser rentable llevó a exigencias e impuestos más duros en las tierras ocupadas. Esto creó un sentimiento antifrancés. En el período de la revolución, Francia exportaba liberalismo, ahora exportaba, inconscientemente, nacionalismo.

Napoleón respondió a la superioridad naval británica con el Sistema Continental que tenía como objetivo estrangular económicamente a Gran Bretaña excluyéndola de las mercancías de Europa. Sin embargo, el plan golpeó más a las economías de los estados europeos que a la economía británica. Además, su cumplimiento estaba lleno de agujeros y dificultades. Esta política, más que cualquier otra, provocó un profundo rencor contra Napoleón entre las naciones europeas y llevó al fortalecimiento del sentimiento nacionalista en Alemania, Italia, España y Rusia. La cuestión económica provocó un amargo resentimiento en Holanda e Italia. Pero había otros factores, más intangibles, como eran el orgullo nacional y la creciente conciencia ante el contraste que existía entre los sentimientos liberales que emanaban de París y la realidad de un gobierno opresivo y explotador.

Esto a su vez daba más alas a las intrigas británicas. Aunque otros podrían haber actuado como los principales actores del drama, Londres siempre movió los hilos detrás de bambalinas. En 1806 Prusia declaró la guerra a Francia y a las pocas semanas Inglaterra y Rusia se unieron para formar la Cuarta Coalición. En la práctica, Inglaterra siempre fue la fuerza motriz de estas coaliciones. Los ingleses enviaron ayuda militar a los españoles que estaban llevando a cabo una feroz guerra de guerrillas contra las fuerzas francesas que estaban ocupando el país.

La aventura española fue un error importante que le costó caro a Napoleón. Debido a sus ambiciones dinásticas Napoleón intentó instalar a su hermano José en el trono español. Obligó a España a entrar en guerra con Portugal para impedir el acceso británico a sus puertos y fortalecer el Sistema Continental. Utilizando esto como excusa envió un ejército a España y lo alojó entre una población poco dispuesta a aceptar su dominio. El verdadero objetivo de Napoleón era poner a su hermano José en el trono español. Para hacer el trabajo sucio envió a Madrid a su títere fiel, Savary. De él Napoleón decía: "Si ordeno a Savary asesinar a su esposa e hijos, sé que lo haría sin vacilar". La tarea de Savary era llevar a la familia real a Bayona donde quedaría prisionera de Napoleón.

El resultado fue la insurrección sangrienta de Madrid el 2 de mayo de 1808, que fue sofocada por los franceses con una espantosa carnicería, como quedó reflejado en dos de las más importantes obras maestras de Goya. Napoleón pensaba que esta "buena lección" mantendría tranquilos a los españoles. El 2 de mayo se convirtió en el grito de batalla del pueblo español que en todas partes se levantó contra los invasores franceses. El resultado fue una larga y agotadora guerra de guerrillas que costó a los franceses medio millón de hombres. La "úlcera española", como la llamó Napoleón, lentamente agotó las fuerzas y las finanzas de Francia de la misma forma que la guerra de Vietnam agotó la fuerza del imperialismo estadounidense en el siglo XX.

Desde este momento, la suerte de Napoleón cambió. Era como si su famosa "suerte" le hubiera abandonado. Pero la "suerte" en política es relativa. En general, uno se labra su propia suerte, o al menos actúa de tal forma en una situación determinada que le conduce a a un resultado afortunado. Y es evidente que un resultado afortunado es más probable en una situación favorable que en una desfavorable. En el gran drama de la historia hay situaciones que conducen a resultados determinados y otras que no. En el período de auge de la Revolución Francesa, el ala de izquierdas parecía disfrutar de un ascenso irresistible. La razón era objetiva: el movimiento de masas tenía un impulso colosal y empujaba constantemente la revolución hacia adelante.

Es verdad que en la dirección había individuos de gran talento y capacidad. Pero en tal situación incluso la gente con menos talento puede conseguir grandes resultados. Sus errores no tienen consecuencias serias y sus éxitos se magnifican. Esto crea una especie de ilusión óptica en que "les sonríe la fortuna". Pero la fortuna es una bondad inconstante. Su sonrisa puede convertirse en un ceño fruncido en cuestión de un instante. Un individuo que aparentemente no puede hacer nada equivocado, de repente, parece que no hace nada correctamente. Este hecho tiene su reflejo en la sabiduría popular, en un refrán que dice: "A perro flaco todo son pulgas".

La idea de la "suerte" es una forma muy superficial de presentar las cosas. Por supuesto, tanto en la vida cotidiana como en la historia, hay muchos accidentes. Estos son imprevistos, sucesos que no obedecen a ninguna ley particular y por lo tanto son considerados acontecimientos fortuitos. Un acontecimiento verdaderamente fortuito no se puede explicar y puede dar lugar a todo tipo de interpretaciones místicas. Por eso los jugadores siempre tienen tendencia a ser supersticiosos. Pero incluso en el juego no hay lugar a la casualidad. Un jugador puede tener una mano de cartas buena o mala. No puede controlarlo (a menos que haga trampas, que siempre es posible), por esa razón también es importante jugar bien tu mano. Pero cuando las cartas son constantemente malas, incluso el jugador más habilidoso perderá.



En su gran drama político, Julio César, Shakespeare pone las siguientes palabras en boca de Bruto:

"Hay un flujo y reflujo en los asuntos de los hombres, que, si se toma en la subida, lleva a la fortuna, y si se descuida, toda la travesía de la vida queda encallada en bajíos y miserias. En un mar así flotamos ahora, y debemos aprovechar la corriente cuando nos ayuda, o perder nuestra carta". (Shakespeare, Julio César, Acto IV Escena II).

Esta es la realidad de la historia en general. En medio de toda la miríada de pequeños acontecimientos fortuitos es posible discernir corrientes y tendencias amplias, el "flujo y reflujo de los asuntos" al que hace referencia Shakespeare de una forma magistral. Engels expresó la misma idea cuando dijo que había períodos en la historia donde veinte años equivalen a un solo día, pero que hay otros períodos donde la historia de veinte años se concentra en veinticuatro horas. Vemos lo mismo en la evolución donde largos períodos de stasis son interrumpidos periódicamente por cataclismos caracterizados por la extinción en masa de algunas especies y la aparición de otras.

En estos momentos críticos de la historia, cuando la cantidad se transforma en calidad, las acciones de un número relativamente pequeño de personas, o incluso de un solo individuo, pueden producir efectos desproporcionados con sus posibilidades aparentes. De la misma forma, una fábrica que no ha experimentado una huelga en diez o veinte años, donde los militantes se ven completamente aislados e impotentes, de repente, entra en una fase de militancia completamente inesperado tanto para los empresarios como para la vanguardia. Por encima de algún incidente trivial (que entra a ser catalogado como un "accidente"), la furia de los trabajadores se ha ido acumulando lentamente durante un largo período y de repente estalla. La situación instantáneamente se convierte en su contrario. Personas aparentemente atrasadas ahora están abiertas a las ideas más radicales y militantes. Los militantes que antes estaban aislados ahora son escuchados con entusiasmo por las masas.

Estas transformaciones se han podido ver muchas veces en la historia. Se las llaman revoluciones. Pero una revolución, por definición, es una situación excepcional. No puede durar indefinidamente. O lleva a una transformación fundamental de la vida de las masas, o en determinado momento se cansarán y caerán en la apatía y la indiferencia. En tales circunstancias, el ala revolucionaria ya no encontrará eco y la iniciativa pasará de nuevo a las fueras contrarrevolucionarias. No importa la destreza, la inteligencia o demás cualidades personales que posea la vanguardia, no habrá mucha diferencia en el resultado. En el mejor de los casos podría retrasar el resultado o modificar este o ese aspecto, pero el resultado en lo fundamental sería el mismo.

En el período posterior a la muerte de Lenin, cuando la Revolución Rusa estaba aislada en condiciones de extremo atraso, Stalin se elevó al poder como el representante de la burocracia, la casta de funcionarios privilegiados que les había ido muy bien con la Revolución de Octubre y deseaban disfrutar los frutos sin que las demandas de las masas les molestara. Aquí tenemos las mismas tendencias que había en Francia cuando la marea revolucionaria comenzó a descender. Vemos esta misma tendencia cuando el Estado escapa del control de la clase obrera y se eleva por encima de la sociedad. Esto es lo que precisamente los marxistas llamamos bonapartismo, sólo que con un carácter peculiar: el bonapartismo basado en las nuevas relaciones de propiedad nacionalizada establecidas por la Revolución de Octubre o, por utilizar el término acuñado por Trotsky, bonapartismo proletario.

Regresaremos a la cuestión del bonapartismo proletario en el futuro. Por ahora es suficiente con decir que la mediocridad personal de Stalin y su crudeza teórica no fueron un obstáculo para su ascenso al poder, en esas circunstancias concretas realmente se convirtieron en una ventaja. Los escritos de "marxistas" vulgares como Isaac Deutscher, para quien "nada sale tan bien como el éxito", no tiene nada en común con el método científico del materialismo histórico. Para Deutscher el hecho de que Stalin derrotara a Trotsky automáticamente significa que él debía ser más "inteligente", que Trotsky cometió errores, permitiéndole ser superado y otras cosas por el estilo.

Esta clase de historia está llena de superficialidades que no explican nada. Nos hace sacar la conclusión de que si Trotsky hubiera sido tan inteligente como Isaac Deutscher, no habría cometido estos errores y habría ganado a Stalin. En realidad, la causa de la derrota de la Oposición de Izquierdas hay que buscarla en la situación objetiva, el agotamiento de la clase obrera después de años de guerra, revolución y guerra civil, las condiciones de hambre, pobreza, analfabetismo y atraso, la muerte de un gran número de trabajadores avanzados en la Guerra Civil, todos estos factores llevaron al aislamiento de la vanguardia proletaria, los bolcheviques leninistas encabezados por León Trotsky. En realidad, Trotsky sabía muy bien que la Oposición sería derrotada y lo que intentaba era crear las tradiciones para las futuras generaciones de revolucionarios, y lo consiguió, mientras que Stalin, Bujarin, Kámenev y Zinoviev no dejaron nada.

Todo esto ha ocurrido antes, aunque sobre una base de clase distinta y en un contexto histórico diferente. Los grandes individuos, como explica Hegel, son aquellos que expresan mejor la naturaleza del período histórico en el que viven. Por utilizar su frase exacta, ellos "encarnan" el "espíritu mundial". Cuando Hegel vio a Napoleón dicen que exclamó: "¡Acabo de ver el Espíritu Mundial montado a caballo!" Ciertamente Napoleón expresaba la naturaleza de sus tiempos mejor que la mayoría. Su "suerte" se puede reducir al hecho de que se elevó con la revolución y después encarnó el espíritu de la reacción termidoriana más claramente y de una forma más consistente que los demás. Sus victorias militares revelan su talento personal como general. Pero sobre todo, revelan la incapacidad de los degenerados ejércitos monárquicos feudales para luchar contra el ejército que surgió de la revolución y que todavía encarnaba su espíritu de lucha y su entusiasmo misionero, aunque de una forma caricaturizada.



Los errores de cálculo de Napoleón

En determinado momento a Napoleón le abandonó su "suerte". Comenzó a cometer errores, como la desastrosa campaña española y la incluso más catastrófica invasión de Rusia en 1812. Pero estos errores reflejaban el hecho de que el impulso había sustituido a la estrategia, en realidad no existía ninguna estrategia. Una campaña de saqueo llevaba a otra, y así ad infinitum. Constantemente se excedía y esto cada vez era más obvio para sus colaboradores. El empedernido oportunista Fouché comentó irónicamente a alguien que le preguntó cuando terminaría todo esto: "Oh no importa. ¡Después llegará Rusia, y después de Rusia siempre queda China!"

Estas guerras tenían un carácter cada vez más rapaz, aunque los franceses siempre las presentaron como guerras de liberación. Jules Michelet en 1851 reprendió a los belgas por sus quejas sobre las onerosas cargas impuestas por los ocupantes franceses:

"Cuando Francia emprendió, para los belgas y el para el mundo, la guerra que le costó, desde 1792 a 1815, diez millones de sus hijos, no lo hizo, a pesar del terrible derramamiento de sangre francesa, para quejarse del escaso dinero belga". Pero ni los belgas, ni cualquiera de los otros países ocupados por Francia, veían las cosas de la misma forma. Cada agresor imperialista de la historia (con la posible excepción de Gengis Khan, quien, para ser justos, siempre fue muy sincero) ha intentado justificar el saqueo haciendo referencia a principios muy elevados. Eso ocurrió con Napoleón y hoy ocurre lo mismo con George W. Bush con relación a la invasión de rapiña de Iraq.

La crueldad de Napoleón hacia los pueblos conquistados está bien documentada. Cuando recibió noticias de una insignificante revuelta en Hesse, escribió lo siguiente a su comandante en jefe en enero de 1807:

"Mi intención es que la ciudad principal donde comenzó la insurrección sea incendiada y que se ejecute a treinta cabecillas; es necesario dar un ejemplo para contener el odio del campesinado y de la soldadesca. Si usted todavía no ha dado un ejemplo no lo retrase más [...] No puede pasar un mes sin que se incendie la ciudad principal, municipio o ciudad pequeña que dio la señal para la insurrección, y hay que ejecutar a un gran número de individuos [...] No debe quedar rastro de los cuarteles que se han sublevado" (P. Geyl, pág. 161).

En la guerra, como en la lucha de clases, las personas aprenden. Napoleón solía decir que los ejércitos derrotados aprenden bien. Con los martillazos de la derrota, los enemigos de Francia aprendieron a imitar los métodos de los franceses. Los austriacos, por ejemplo, llevaron a cabo reformas y en la guerra de 1809, aunque la ganó Napoleón, consiguieron infligir a los franceses bajas terribles en la batalla de Wagram. Esto envió una señal al resto de Europa diciendo que el ejército francés quizá, a pesar de todo, no era tan invulnerable. Sin dejarse intimidar, Napoleón eligió luchar con Rusia, aunque se suponía que era un aliado de Francia. En realidad, sólo era un matrimonio de conveniencia temporal. Al final, los intereses de Francia y Rusia estaban en conflicto: ambos deseaban dominar el Mediterráneo, Oriente Medio y conquistar Constantinopla.

La razón aparente del conflicto fue la negativa del zar a aceptar el Sistema Continental y apoyar el bloqueo de Gran Bretaña. Napoleón provocó al zar creando el Ducado de Varsovia, uniendo la mayoría de los antiguos territorios polacos de Prusia y Austria, una amenaza clara a los territorios polacos de Rusia. Pero la verdadera razón era la rivalidad entre Francia y Rusia con relación a Constantinopla y Oriente Medio. En 1812-13 Gran Bretaña y Suecia silenciosamente iniciaron contactos con San Petersburgo con la idea de intervenir en el momento del ataque francés.

La campaña de 1812 fue el mayor error de cálculo de Napoleón. Fue similar al error de cálculo cometido 130 años después por Hitler. Embarcarse en una empresa tan grande en las estepas rusas mientras Gran Bretaña permanecía sin derrotar en su retaguardia era una aventura temeraria. La batalla de Borodino costó a Napoleón pérdidas enormes e irreparables. Avanzó más de lo que era su intención inicial, los rusos utilizaron la táctica de una defensa profunda, haciendo uso de los vastos espacios de Rusia y una política de tierra quemada. Aunque ocupó Moscú, que después quemaron los rusos, tuvo que retirarse, perdiendo 225.000 hombres y otros 100.000 fueron tomados prisioneros.

La Cuarta Coalición hizo retroceder a Napoleón y cruzar el río Elba, cuando una sublevación nacionalista sacudió toda Alemania. En octubre de 1813 sufrió una de las mayores derrotas, perdió 50.000 hombres en la batalla de Leipzig contra los prusianos. Estas enormes pérdidas supusieron una enorme pérdida de mano de obra para Francia y el saqueo de su tesoro. Mientras las tropas francesas eran expulsadas de Renania, los británicos entraron a Francia desde España. Napoleón cayó preso en un movimiento de tenazas. Aparecieron las divisiones en el régimen. Cuando París capituló, el 7 de abril de 1814, firmó su abdicación como emperador de los franceses. El hermano de Luis XVI entró en Francia y subió al trono como Luis XVIII, después de firmar de mala gana una carta garantizando ciertos derechos y libertades.

El resto de la historia se cuenta rápidamente. Sólo diez meses después del exilio en una minúscula isla de Elba en el Mediterráneo, Napoleón escapó y entró en Francia para intentar la última confrontación con sus enemigos. Hasta el final, su espíritu de jugador no le abandonó. Pero realmente se trataba de un juego desesperado con escasas posibilidades. Confió en la persistencia de la leyenda napoleónica entre el campesinado y en esto no estaba equivocado.

El campesinado francés siempre ha sido la columna vertebral del bonapartismo. Creían que el Emperador les había dado la tierra y muchos estaban dispuestos a luchar para defender la tierra y a él. Entre los soldados campesinos todavía persistía un sentimiento de orgullo por las victorias del pasado y la esperanza de otras nuevas en el futuro, gracias a l’empereur. El mito napoleónico sorprendentemente persistía entre los campesinos, como vimos en el período de 1848-51 e incluso más tarde.

Sin embargo, todo esto no fue suficiente para evitar su derrota en Waterloo. Napoleón fue emperador una vez más, pero sólo de nombre. Publicó sus proclamas, órdenes, envió cartas a los tribunales extranjeros, pero todo en vano. El péndulo de la reacción había girado tanto a la derecha que hizo inevitable la restauración de la monarquía. Incluso entre el campesinado existía un sentido de cansancio después de años de guerras y requisiciones eternas. Aparecieron en las paredes carteles burlones, aparentemente firmados por el Emperador:

"Artículo 1: Cada año se me deben entregar 300.000 hombres como carne de cañón.

Artículo 2: Si es necesario, este número se incrementará a 3 millones.

Artículo 3: Todas estas víctimas serán enviadas muy pronto al gran matadero".

Si este ambiente es el que existía entre sectores del campesinado, mucho más era el escepticismo entre las clases adineradas, cuyo único deseo era que las dejaran en paz para disfrutar de su dinero. La gran burguesía que había adulado a Napoleón y actuado de una forma servil mientras él se mantenía incontestable en el poder, ahora le abandonó y se puso al lado de los británicos, restauró a los borbones que ofrecían mayor seguridad. Stefan Zweig expresa muy bien la mentalidad de estas capas:

"Los ciudadanos adinerados, ansiosos de tener estabilidad en sus ingresos, de ninguna forma compartían el entusiasmo de los oficiales y luchadores profesionales para quienes la paz sólo significaba una interrupción de su trabajo; y cuando, forzosamente, Napoleón les garantizó el sufragio, ellos le respondieron con una bofetada en la cara eligiendo a los mismos hombres que quince años antes le habían perseguido y arrojado a la oscuridad, los revolucionarios de 1792, Lafayette y Lanjuinais" (Fouché, pág. 183).



La burguesía francesa capituló ante los borbones en 1814, como la burguesía inglesa había invitado a Carlos II a regresar de Francia después de la muerte de Cromwell. En ambos casos, la burguesía vio en la monarquía un baluarte contra la revolución, un pilar de la propiedad y el orden. Abandonaron a Napoleón quien en el momento de la verdad sólo tuvo la sombra del poder. La derrota militar en Waterloo sólo fue la última nota sangrienta de un texto ya escrito por la historia. Napoleón terminó sus días en una roca yerma en medio del océano, el 8 de julio de 1815. Luis XVIII fue restaurado por segunda vez.

Si examinamos los regímenes políticos que existieron en Francia desde 1789 a 1815, vemos las transformaciones más increíbles: desde la república jacobina revolucionaria a la reacción termidoriana, pasando por el Directorio y el Consulado, después el imperio bonapartista y finalmente la restauración de la monarquía borbónica sobre las bayonetas prusianas y británicas en 1815.

Se podría sacar la conclusión de que la rueda de la historia simplemente cerró el círculo: la revolución regresó a su punto de partida. Pero esta conclusión sería totalmente errónea. El error consiste en ver la sociedad del revés, examinar sólo los cambios de la superestructura política y no comprender los procesos que se desarrollan debajo de los cimientos del edificio social, las fuerzas productivas y las relaciones de propiedad. La tarea principal de la revolución burguesa en Francia era la revolución agraria. La esencia de la revolución francesa consistía en la abolición de las antiguas relaciones de la tierra, la división de las grandes haciendas feudales y la distribución de la tierra entre el campesinado. Y a pesar de todos los cambios que ocurrieron con el régimen político, las relaciones sociales de producción en Francia básicamente siguieron siendo las mismas. Incluso la restauración borbónica no pudo cambiar esto.

Al final la Gran Revolución Francesa defraudó las esperanzas de las masas y todo el proceso se convirtió en su contrario. Pero la rueda de la historia no regresó a su punto de partida. La revolución provocó una transformación profunda de las relaciones de clase y económicas en Francia. Abolió radicalmente el feudalismo y puso las bases para el ascenso del capitalismo y por lo tanto de la clase obrera, el vehículo para el establecimiento del socialismo.

Además, la experiencia de la Revolución Francesa dejó detrás una tradición valiosa sobre la que han edificado generaciones posteriores. Sobre esas bases se desarrolló la revolución de 1848 y sobre todo la Comuna de París de 1870-71, que también tuvo como punto de partida las tradiciones revolucionarias de 1789-93. Incluso hoy, cuando paseamos por las calles y plazas de París es posible ver la historia revolucionaria escrita en cada ladrillo y adoquín. Los fantasmas del pasado nunca se han exorcizado. Están frente a nosotros en cada calle. El pasado ilumina el camino del futuro.

En la primera década del siglo XXI, el sistema capitalista que nació de lleno en la revolución se ha convertido en algo caduco y decrépito. Sus líderes parecen los patéticos representantes seniles del ancien régime. Existe un fermento general de descontento y un cuestionamiento de los valores y la moralidad de un sistema que ha superado su razón de existir y se ha convertido un freno monstruoso para el progreso humano.

La nueva generación con entusiasmo buscará y redescubrirá las ideas y tradiciones de la revolución rusa, la Comuna de París y la Revolución Francesa. El bonapartismo y el estalinismo serán arrojados al cubo de basura de la historia. Los sueños del pasado se convertirán en la realidad de futuras generaciones, en un mundo socialista, y harán suyas las ideas de Gracchus Babeuf y los comuneros.

Fuente: http://www.centromarx.org/index.php/documentos/historia/europa/francia/118-ascenso-y-caida-de-napoleon-bonaparte



Live to Win - Motorhead: