miércoles, 23 de abril de 2014

La crisis del marxismo en España y la Posmodernidad

La Postmodernidad 

Características histórico-sociales

En contraposición con la Modernidad, la posmodernidad es la época del desencanto. Se renuncia a las
utopías y a la idea de progreso de conjunto. Se apuesta a la carrera por el progreso individual.

Se predican supuestos límites de las ciencias modernas en cuanto a la generación de conocimiento verdadero, acumulativo y de validez universal.

Se produce un cambio en el orden económico capitalista, pasando de una economía de producción hacia una economía del consumo.

Desaparecen las grandes figuras carismáticas y surgen infinidad de pequeños ídolos que duran hasta que surge algo más novedoso y atractivo.

La revalorización de la naturaleza y la defensa del medio ambiente se mezclan con la compulsión al consumo.
Los medios masivos y la industria del consumo masivo se convierten en centros de poder.
Deja de importar el contenido del mensaje, para revalorizar la forma en que es transmitido y el grado de convicción que pueda producir.

Desaparece la ideología como forma de elección de los líderes siendo reemplazada por la imagen.
Hay una excesiva emisión de información (frecuentemente contradictoria), a través de todos los medios de comunicación.

Los medios masivos se convierten en transmisores de la verdad, lo que se expresa en el hecho de que lo que no aparece por un medio de comunicación masiva simplemente no existe para la sociedad.
El receptor se aleja de la información recibida quitándole realidad y pertinencia, convirtiéndola en mero entretenimiento.

Se pierde la intimidad y la vida de los demás se convierte en un show, especialmente en el contexto de las redes sociales.

Desacralización de la política.

Desmitificación de los líderes.

Cuestionamiento de las grandes religiones.




Características sociopsicológicas

Los individuos sólo quieren vivir el presente; el futuro y el pasado pierden importancia.
Hay una búsqueda de lo inmediato.

Proceso de pérdida de la personalidad individual.

La única revolución que el individuo está dispuesto a llevar a cabo es la interior.
Se rinde culto al cuerpo y la liberación personal.

Atracción por lo alternativo: arte plástico, música, cine, etc., en la búsqueda de diferenciarse de los demás.
Se vuelve a lo místico como justificación de sucesos.

Hay una constante preocupación respecto a los grandes desastres y al fin del mundo.

Pérdida de fe en la razón y la ciencia, pero en contrapartida se rinde culto a la tecnología.

El hombre basa su existencia en el relativismo y la pluralidad de opciones, al igual que el subjetivismo impregna la mirada de la realidad.

Pérdida de fe en el poder público.

Despreocupación ante la injusticia.

Desaparición de idealismos.

Pérdida de la ambición personal de autosuperación.

Desaparición de la valoración del esfuerzo.

Existen divulgaciones diversas sobre la Iglesia y la creencia en deidades.

Aparecen grandes cambios en torno a las diversas religiones.

Las personas aprenden a compartir la diversión vía internet.

Se crean teorías de la conspiración permanentemente para explicar los grandes problemas económicos, políticos, sociales, religiosos y medioambientales.


El marxismo en la posmodernidad española

Jose M. Roca

1. Crisis del marxismo

La verdad sea dicha, es que de las reflexiones que siguen más de un/a lector/a podrá extraer la conclusión de que bajo un título tan general lo que en realidad se esconde es una crisis particular; la crisis de un marxista.

Y no sería desacertada tal conclusión si no fuera por las consecuencias que conlleva. El que un marxista, con su crisis particular a cuestas, se encuentre despistado ante una realidad tan aceleradamente cambiante como la actual no es un problema para nadie salvo para él. Si no está solo en sus erráticos paseos, la cosa cambia; pero si son muchos los que se hallan en parecida situación después de haber creído que poseían una teoría que les iba a permitir conocer científicamente el mundo y además cambiarlo a voluntad, el problema ya tiene otro cariz. Ya no es un asunto estrictamente personal; afecta a un proyecto -o a lo que era un proyecto- político colectivo. Así que mucho me temo, que de lo que sigue algunos/as lectores/as se sentirán partícipes, pues, tomándola como referencia, la opinión de uno puede resumir las impresiones de muchos, como hacía aquel endemoniado de Gerasa (San Marcos, 5, 1-20) que, refiriéndose a sí mismo y a sus males, decía somos legión.

Aunque la expresión crisis del marxismo no me agrada demasiado porque se emplea habitualmente por el pensamiento conservador como una forma elegante de decir que hay que enterrar a Marx, voy a utilizarla por ser ya de general aceptación y porque revela muy adecuadamente la agónica tensión entre lo nuevo y lo viejo.

Enterrar a Marx sería, por lo tanto, una manera de decir que no hay crisis, ni por ende tensión, contradicciones, pero defender, como todavía algunos se empeñan, que todo Marx -y, lo que es peor, todo el marxismo- goza de buena salud sería otro modo de darle sepultura. Es decir, una forma de eludir la crisis y todo lo que comporta para los marxistas de hoy (si es que la crisis permite seguir siendo marxista hoy).

Así pues, creo que lo primero que procede es separar la obra de Marx (y de Engels) del marxismo, para referirnos, por un lado, a las obras e ideas de Marx (y Engels, repito) y, por otro, al marxismo o los marxismos, entendidos como conjunto de estudios, continuaciones, recensiones, ampliaciones, interpretaciones, profundizaciones, análisis, etc, derivados de la obra de Marx y de su estela, entendidas tanto en su versión estrictamente teórica como en su aplicación política. Convendría, también, separar el marxismo, en tanto que conjunto de teorías -incluso doctrinas- sobre la realidad, de lo que ha sido (o todavía es) una determinada práctica política derivada de un modo de intervenir en la sociedad, a la que podríamos denominar bolchevismo, pues tiene en el Partido Bolchevique su modelo.

Por lo que se refiere a la obra de Marx como pensador clásico incorporado ya a la cultura universal, estimo que existen pasajes que no pueden escapar a su tiempo, en tanto que otros aún conservan bastante frescura. El problema está en dilucidar qué está viejo y qué es lo que conserva todavía vigor; qué es lo que todavía es capaz de sugerir, de alumbrar reflexiones nuevas. Y aquí hay que advertir que el propio autor como persona ayuda poco en esta tarea, pues parte de los obstáculos hallados al tratar de interpretar su pensamiento proviene del entrelazamiento en su obra de los impulsos suscitados por dos acusados rasgos de su personalidad.

Marx posee dos cualidades -tener la fría cabeza del sabio y el ardiente corazón del revolucionario- que, si bien componen un magnífico complemento para un singular ejemplar humano, representan posturas muy distintas ante la vida.

Si el sabio desea comprender el mundo; el revolucionario desea cambiarlo y pronto; si el sabio asume el adagio de omnibus dubitandum (dudar de todo), el revolucionario considera nada humano me es ajeno; si el sabio tiene como héroe a Kepler, el revolucionario tiene como modelo a Espartaco, su noción de la felicidad es luchar y su idea de la desdicha la resume en la sumisión (1). Y esa doble faceta de su naturaleza aparece, junto con otros rasgos de su carácter, en sus escritos, sin que el sabio, aunque lo intente, pueda acallar del todo las imperiosas demandas de acción del revolucionario. Y esa dualidad de sus carácter ha sido transmitida, a través de su obra y de una determinada tradición interpretativa, a gran parte de sus seguidores.

2. La crisis de un marxismo

Con todo, creo que lo que ha envejecido sin remedio ha sido una determinada interpretación del pensamiento de Marx, convertida en escuela, o mejor en escolástica, y difundida en tiempos de Stalin por la Komintern y cuya nefasta estela alcanzó todavía a la generación que, en España -y creo que en Europa-, surgió de los temblores de los años sesenta; o sea, un marxismo, una o varias interpretaciones del pensamiento de Marx, generalmente enfrentadas pero que conservaban la impronta del dogmatismo.
Es el marxismo de manual o, mejor, es la vulgata marxista: el breviario con soluciones políticas para todo, listo para ser aplicado urbi et orbe. Es la negación del impulso renovador de un pensador que no solía escribir manuales y que, para nuestra desgracia, es el marxismo que recibimos (y que realimentamos, pues también pusimos fervorosamente nuestro granito de arena) los que nos incorporamos en España a la lucha antifranquista y anticapitalista a finales de los años 60 e inicios de los 70.

Si Marx fué un gigante en un siglo de gigantes... Original en cuanto pensó e hizo -como escribe Mario Bunge (1986, 27)-, resulta una ironía el que, un siglo después de su muerte, millones de personas resistan la originalidad y persistan en repetir acríticamente cuanto escribió. Desde esta perspectiva de la originalidad del pensamiento de Marx, interpreta Alvin Gouldner (1978, 16) su paradójica afirmación: 'Yo no soy marxista', que no era, como quisieran creer algunos marxistas vulgares, una broma trivial y vacía, sino que expresaba el profundo rechazo de Marx de la cosificación de su propia teoría social.

Este exceso de reverencia por la obra de Marx -y luego por la de algunos de sus continuadores (Lenin, Stalin, Trotsky, Mao, etc) y de los continuadores de sus continuadores (sabios locales y dirigentes de partido)- acabó por convertirse en una repetición monocorde, en una fobia a la innovación y en un estilo litúrgico de concebir la actividad política, en la cual la teoría y la aplicación política quedaron indisolublemente unidas. Una frase afortunada -unir teoría y práctica- resumía el buen deseo de abordar y resolver la paradójica relación entre el pensamiento y la acción, en unas circunstancias en que la llamada teoría (en el mejor de los casos; en otros, simple doctrina) venía dada de antemano, no se podía poner en duda y a ella había que adaptar la actividad política.

Esta problemática relación entre teoría y praxis asumía la agónica tensión entre las dos miradas del Jano marxiano. Una mirada era, ya lo hemos dicho antes, científica; la otra moral; una analítica, la otra proyectiva; una contemplativa; otra transformadora. Para desgracia nuestra, nos habíamos quedado prendados de la mirada moral, proyectiva; de su impulso, de su llamada a la voluntad y a la rebelión, y olvidado la mirada analítica, venerando los primitivos dictámenes de Marx sobre el capitalismo -y los de sus sucesores- y sus instrumentos de análisis -la adoración del método- como si fueran un monumento. Por ello no ha sido extraño que cualquier intento de revisar la teoría produjera el efecto de una conmoción en el campo de los programas políticos, ni que, por tanto, la insólita pretensión quedara sometida al severo arbitrio del autolegitimado albacea político de turno, que solía condenarla -nada hay más temible que el celo sacerdotal de los incrédulos, dice Antonio Machado por boca de su Juan de Mairena- como una desviación peligrosa para la "auténtica interpretación marxista", cuyo secreto sólo él poseía.

El marxismo así entendido -luego el leninismo, el trotskismo, el maoísmo, etc, etc,- se transformó en una hermenéutica; en un oráculo; en un ejercicio de interpretación en el mejor de los casos y, en el peor, en un breviario para hacer la revolución, cuando, en buena hora, si los seguidores de Marx hubieran (hubiéramos) gozado de su mismo espíritu investigador y crítico (iconoclasta) no debieran (debiéramos) haber temido revisar su obra, lo mismo que él no dudó en hacer lo propio con la de Hegel y la de otros autores coetáneos.

Es más, el término revisionismo ha sido una etiqueta que se ha utilizado para calificar negativamente a todo aquel que osaba acercarse críticamente a alguna parte de la intocable obra de los fundadores. Pero, tal como escribe Bottomore (1975, 24), el término 'revisionismo', con el sentido peyorativo que se le atribuía, era completamente inadecuado desde la perspectiva científica, ya que si la teoría marxista quería ser una ciencia empírica de la sociedad, habría de ser capaz de incorporar la crítica continua que representan los nuevos descubrimientos e ideas. En este sentido, el revisionismo debería ser su mayor virtud y no su peor crimen.

Desde esta perspectiva, el término revisionismo así empleado es ajeno al lenguaje de la ciencia, pues en el debate científico los investigadores no se acusan unos a otros de querer revisar tales teorías o cuáles principios, sino, muy al contrario, el conocimiento científico se ha desarrollado gracias al espíritu revisionista de los investigadores. Por eso, no tiene sentido acusar de revisionista a Newton con respecto a Ptolomeo, o decir que Stephen Hawking ha revisado a Laplace. Por contra, el espíritu revisionista ha debido abrirse paso entre dogmatismos y oscuridades, desafiando, en demasiadas ocasiones, al poder civil o religioso.
Pero volviendo al tema de la crisis del marxismo o, quizá mejor dicho, de una determinada concepción del marxismo, uno de cuyos síntomas es la irrupción de ese saludable afán revisionista (si se debe a una sensación de derrota política ya es otro asunto), estimo que la percepción de la crisis -es decir, de los límites de la teoría marxista, de sus insuficiencias o de su rigidez para explicar nuevos fenómenos de la sociedad- se ha presentado en España casi de golpe y, por las circunstancias propias del desarrollo de la teoría en este concreto país, ha alcanzado vertiginosamente el zénit.

Lo primero que hay que dejar claro cuando se habla de crisis del marxismo es de qué marxismo se habla. Y éste no puede ser otro que el que hemos recibido en unas condiciones concretas, en una determinada fase histórica de la lucha de clases en este país, lo cual nos conduce a las condiciones materiales en que se genera y transmite el conocimiento.

Naturalmente, ello plantea, en primer término, la pregunta de qué tipo de marxismo pudimos conocer, estudiar o aprehender bajo la dictadura de Franco, no sólo por la represión a que eran sometidas las organizaciones revolucionarias que hacían del marxismo su guía, sino por la carencia de textos y, sobre todo, por la ausencia de un contexto teórico y de una tradición intelectual en la que inscribir tales lecturas.
Hegel decía que estamos obligados por Dios a ser filósofos, y nosotros, marxistas españoles, bajo la dictadura franquista, estuvimos condenados -por Dios o por la historia- a ser (malos) filósofos, pues no tuvimos maestros.

Si echamos la vista hacia atrás, observaremos que el marxismo ha ido desarrollándose gracias a la labor de diversos autores que han creado escuelas, muchas de las cuales han transmitido su experiencia y conocimiento durante años hasta formar poderosas corrientes políticas que han asegurado, de una u otra manera, la continuidad de un pensamiento. Pero nosotros no tuvimos nada de eso; somos hijos de un pensamiento derrotado por la fuerza de las armas, criados en un desierto intelectual. Carecimos de escuela. Ni siquiera fuímos discípulos de los grandes maestros del revisionismo o del reformismo, mucho menos de pensadores marxistas renovadores y a la vez políticamente radicales.

Ahora, treinta años después y dentro de un marco intelectual completamente distinto, podemos empezar a recopilar ideas, a acumular ciertas experiencias de la lucha política que abarcan algunas -pocas- décadas, comenzar una tradición propia de aquí, basada en la actividad reciente, en autores, actores y hechos correspondientes a esta coyuntura social, para que pueda ser utilizada o continuada por otros (si lo desean), a los que les dispensemos del fatigoso trabajo de partir, otra vez, de cero.

En una situación de carencia, nos vimos obligados a lamentar, con Althusser (1967, 18), que no tuvimos maestros en filosofía marxista, productos de nuestra historia, accesibles y cercanos a nosotros y tuvimos que buscarlos donde pudimos -en los pocos libros que llegaban a nuestras manos, en manuales, en las vulgarizaciones hechas para justificar las líneas políticas y en unas mal conocidas experiencias distantes- o convertirnos nosotros en maestros (en dogmáticos maestros).

Privado de tradición intelectual por la ruptura que supuso el triunfo del franquismo con respecto al pensamiento político en la época de la II República, este marxismo que nacía ex novo era, paradójicamente, un marxismo viejo al insertarse en las corrientes interpretativas de la III y la IV Internacional, que eran las que ofrecían modelos políticos y organizativos más perfilados y más adecuados a las condiciones impuestas por la dictadura franquista. Corrientes que venían precedidas, además, del aura del triunfo, o al menos, del mito, y avaladas por el peso político de grandes personalidades -Lenin y Trostsky, y para otros, Stalin-.
Como nadie puede vivir al margen de su tiempo, este marxismo se vió apresurada y acríticamente influido por las corrientes revolucionarias más en boga, por lo general provinientes del tercer mundo -el maoísmo, el guevarismo-, pero no pudo saltarse impunemente etapas de su desarrollo sin quedar gravemente dañado. En esto, no sólo no fuimos contemporáneos históricos del presente, sino tampoco sus conteporáneos filosóficos, como decía el joven Marx (1973, 107) que eran los alemanes de su tiempo, aunque sí nuestra política fue una prolongación ideal de nuestra historia reciente.

En segundo lugar, debemos preguntarnos por la "cantidad de marxismo" que atesoraban aquellas organizaciones de gente muy joven que, a finales de los años sesenta y principios de los setenta, recién incorporadas a la actividad política (y aún a la vida adulta (2) ya se declaraban no sólo marxistas, sino que se erigían, cada una en su corriente, en los auténticos depositarios del pensamiento de Marx -y del sucesor de su preferencia (Lenin, Trotsky, etc)-, frente a todo tipo de adulteradores (3).

Personalmente, creo que aquel era más un marxismo del corazón que un marxismo de la cabeza y que, en una gran mayoría de los casos (no deseo meter a todos en el mismo saco), obrábamos impulsados por una concepción del mundo disfrazada de ciencia (4).

Era más una postura ideológica que una actitud científica; era más una rabia teñida de rojo, la elección de un bando, de unos amigos y de una forma de pasar por la vida o de ingresar en la vida adulta (un cambio de estado), que el producto de un cabal conocimiento de la obra de Marx y de los clásicos del marxismo, y, por supuesto, que el resultado de una investigación de cierto rigor sobre la sociedad española del momento.
Con todo esto no afirmo que la elección de ese bando fuera equivocada -éticamente había que ser antifranquista, aunque el sustento teórico y político no fuera el adecuado-, sino que lo errado eran los móviles: nos adherímos a una ciencia militante, pero lo que en realidad buscábamos era una nueva religión; optamos por una hipótesis científica -la revolución- pero, en verdad, lo que necesitábamos era una certeza histórica; criticábamos acremente una ideología, pero nos hallábamos inmersos en otra; rechazábamos el dogmatismo de la iglesia para aferrarnos a otro igual de yermo.

De la misma manera, escapamos de la disciplina de la moral católica para abrazar otra no menos férrea; resistíamos la injerencia de la Iglesia y del Estado franquista en nuestra vida para entregarla por completo al control del partido; renunciamos a un mesianismo para profesar un milenarismo; condenamos la intransigencia de la Iglesia para defender la intransigencia del partido; nos mofábamos de la infalibilidad del Papa pero creíamos en la infalibilidad de los secretarios generales o de los comités centrales; habíamos abandonado el Evangelio, pero leíamos con idéntica devoción otras escrituras que considerábamos sagradas. En suma, que todo nuestro pasado acientífico y pasional actuaba, sin tener conciencia de ello, sobre nosotros y sobre la elección de nuestro particular marxismo, de un marxismo al que habíamos trasladado todos nuestros sueños y carencias juveniles.

Como muy bien aprecia Perry Anderson (1979, 40), en España, a pesar de haber existido un movimiento obrero vigoroso y combativo, han sido escasos los intelectuales obreros, como también, añado, han sido escasos los intelectuales no obreros en el sentido moderno de la palabra.

Ya a finales del siglo XIX, Ganivet (1943, 23), un espíritu típico del 98, se lamenta de esta carencia cuando escribe: Tenemos sabios sueltos, pero no hemos podido formar un cuerpo de doctrina... y más adelante insiste: nuestra ciencia está en nuestra mística, por ello, la tradición de una España parca en pensadores no sólo marxistas, sino sociales, civiles y pródiga en músicos, novelistas, poetas, pintores, visionarios, pícaros, románticos, guerreros y guerrilleros, teólogos, conquistadores, quijotes, bandidos, viriatos, inquisidores, ascetas, místicos, curas y santos, muchos santos, gravitaba sobre nuestra opción política (como ya advirtiera Marx (1971, 11), en una frase que nosotros con frecuencia aplicábamos a otros, -la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos-), haciendo de nuestra pretendida noción científica de la historia una aberrante e inadvertida mixtura de elementos culturales del pasado y del presente, recibida acríticamente y proyectada hacia el futuro. Y es que, como catecúmenos del marxismo, en nuestra prisa por transformar el mundo, habíamos olvidado una labor fundamental: hacer la crítica de la religión, pues según Marx (1973, 101) la crítica de la religión es la condición primera de cualquier crítica y, por añadidura, no supimos desenmascarar la autoenajenación en sus formas no santas.

Dada la estrecha vinculación del régimen franquista con la Iglesia católica, creímos que criticando al Régimen y de paso a la Iglesia que lo apoyaba y legitimaba ya no era necesario criticar la religión, pero olvidábamos la pesada herencia de nuestras tradiciones, al amparo de las cuales las categorías del pensamiento religioso podían volver a emerger y a actuar -y de hecho emergían y actuaban- bajo la forma de un lenguaje distinto. En este sentido, nuestras posiciones estuvieron lastradas por enfoques parecidos a los que Engels, en La guerra campesina en Alemania, adjudicaba a Tomás Münzer, al que reconocía que encabezaba un movimiento social con carácter de clase -plebeyo-, pero que no aportaba una solución política porque todavía estaba aprisionado por la religión cristiana y buscaba dentro de ella las soluciones. Nosotros estábamos presos todavía de un pensamiento que, so capa de político e incluso de científico, tenía mucho de religioso.

España ha sido durante siglos un país católico que ha profesado un catolicismo acendrado e intransigente. La temprana alianza del trono y el altar en la lucha contra los árabes permitió levantar uno de los Estados más viejos de Europa, que asumió como una de sus principales misiones políticas convertirse en el bastión de la ortodoxia religiosa en Occidente -todavía más que Italia- y combatir cualquier intento de desviarse de la estricta observancia de la doctrina papal.

En este catolicismo intransigente, que ha hecho de la cruzada su razón de ser, la reforma protestante encontró un muro inexpugnable que, desde el concilio de Trento, sumió al país durante largo tiempo en una refeudalización, abortando un incipiente Renacimiento y proyectando su sombra sobre los siglos venideros. Entre las consecuencias más dramáticas de esta proyección se encuentra la pusilanimidad de nuestra Ilustración frente al ímpetu que alcanzó en otros países.

Cada vez que un aire intelectualmente renovador podía ayudar a modernizar el país, la Iglesia se convertía en el espolón de proa del talante más reaccionario para abortar el intento por muy tímido que fuera. De esta manera, el país fue quedando al margen de las corrientes de reflexión más importantes de Europa, que cuando llegaron hasta nosotros lo hacían en condiciones de gran debilidad.
Todo ello ha ido configurando un tipo de pensamiento absoluto, autoritario, profundamente moralizante y cerrado a la duda y a la innovación.

Durante siglos, el poder político y el religioso -tanto monta, monta tanto- no han permitido discrepar en materia religiosa o en asuntos que pudieran caer bajo las competencias de la religión, cuyo sofocante ámbito era tan extenso que convertía cualquier cosa en cuestión de fe y en objeto de la atención de la Iglesia. Desde el poder poco se ha permitido voluntariamente en esta sociedad, en la que se fomentaba, antes que todo, la sumisión a la jerarquía, la obediencia ciega, el respeto a la tradición y la fidelidad al dogma. Lo cual explica, junto con el feble y tardío desarrollo del liberalismo, las raquíticas aportaciones del pensamiento científico y civil.

Durante el franquismo y como reacción al esfuerzo reformador de la II República, la intolerancia de la Iglesia se intensificó y se unió a los prejuicios antiintelectuales del Régimen dando lugar a una cultura imperial-totalitaria (E. Díaz, 1974, 13) o nacional-catolicismo, instauradora de un verdadera desierto intelectual que hizo, según Díaz (ibíd, 21), de la ortodoxia religiosa y política una obsesión.

Así, pues, si creemos que los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen arbitrariamente, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo circunstancias directamente dadas y heredadas del pasado (Marx, 1971), debemos convenir en que no de daban las condiciones culturales más apropiadas para que surgiera, dentro de un sistema tan autoritario como el franquismo y con una tradición como la nuestra, un pensamiento marxista riguroso y renovador.

La tradición de todas las generaciones muertas que oprimía como una pesadilla el cerebro de los vivos -nosotros- era nuestro pasado religioso y pasional, no un frondoso pensamiento civil o una fecunda producción científica. Tradición que ni estaba presidida por la curiosidad intelectual más que episódicamente, ni por la búsqueda de la eficacia y de la racionalidad, ni por el manejo de una metodología con cierto rigor, cualidades que hubieran permitido actualizar el marxismo en vez de añadirle el barniz de nuevos dogmas.

A pesar de las rupturas producidas -que también las hubo-, esta pesada herencia, dejó parte de su impronta en las alternativas políticas propuestas por la izquierda marxista radical que surgió durante los años sesenta.




3. Marxismo y posmodernidad

Por toda esta concepción teórica, política, ideológica -y casi vital-, que, pese a su componente dramático, vista con los ojos de hoy puede parecer una broma, una caricatura y en algunos casos hasta una pesadilla, creo que la llamada crisis del marxismo afecta tanto a la concepción del marxismo como ciencia (y como creencia, como religión o falsa conciencia (5)), cuanto al marxismo como una guía para la acción. Es decir, que varias concepciones teóricas y/o doctrinales que coexistían bajo el mismo nombre -marxismo- se han derrumbado al mismo tiempo.

Este derrumbe puede resumirse en la quiebra casi simultánea de paradigmas en varios ámbitos: social, con la desaparición del sujeto -la clase obrera moderna- que debía ser el agente activo de la revolución; político, por los cambios sufridos por el Estado capitalista y la degeneración del Estado obrero en los países en los que, en teoría, era un instrumento al servicio de las clases más desfavorecidas; el partido, por el descrédito sufrido por todos los partidos en general y por el modelo de partido comunista en particular, debido a su degeneración burocrática. También en el campo teórico, por el declive del materialismo histórico en su versión de optimismo histórico, y en el terreno filosófico, por lo anticuada que ha quedado la versión militante de la dialéctica y por la irrupción de otros temas a los que la filosofía ha prestado su atención (por ejemplo, el lenguaje).

En el campo de la epistemología, la teoría del conocimiento concebido como reflejo de la verdad objetiva ha quedado arrumbada por visiones que ponen más énfasis en las mediaciones entre el sujeto y el objeto (de nuevo el lenguaje), y en el campo de la metodología parece felizmente concluida la visión que defendía un único método de investigación válido para casi todo.

Pero todo esto con ser grave, no lo es tanto como la pérdida de una doctrina globalizadora e incuestionable que se consideraba el reflejo de la realidad objetiva, desarrollada a partir de un solo método, basada en la única interpretación científica de la sociedad (6), aplicada por un solo partido, apoyada en un sujeto social con un papel histórico demostrado y movida por un solo motor. Todo lo cual puede ser resumido en el esquema: teoría-clase-partido (una teoría para una clase, elaborada y aplicada por un partido), cuyo articulado conjunto proporcionaba una gran confianza intelectual y moral.

Frente a esta unicidad, a esta aparente organicidad, irrumpe en España, casi de repente al final de la llamada transición política, el espíritu fragmentario, atomizador e inconexo de la posmodernidad.
Con la posmodernidad concluye la autonomía del pensamiento marxista revolucionario con respecto al mundo verdadero. Confundido y paralizado, parece encontrarse abruptamente con una realidad insospechada, haber agotado su poder de sobrevolar las coyunturas concretas, su disposición para evocar un pasado glorioso o imaginar un futuro luminoso, su capacidad para escapar de la realidad y metamorfosearse en ideología para consumo de militantes.

Extenuado por el continuado esfuerzo de concebir revoluciones sobre una realidad que tercamente se negaba a admitirlas, el pensamiento marxista radical se verá obligado a tomar tierra al toparse con dos insoslayables evidencias.

La primera es la consolidación de la reforma del régimen franquista y su transformación en una monarquía parlamentaria legitimada internacionalmente, acontecimientos que coinciden con la oleada conservadora que, desde finales de los años 70, se extiende por todo el planeta junto con la deriva burocrática de los regímenes colectivistas y la paulatina atonía de los movimientos sociales, fueren reformistas o revolucionarios.
La segunda, es la constatación, por medio de dos procesos, de que en España también se produce -y de manera muy rápida- la transformación del teórico sujeto revolucionario -la clase obrera-.
El primer proceso es político y tiene que ver directamente con la reforma del régimen franquista, que, salvo resistencias iniciales muy localizadas, es aceptada con general pasividad -sin entusiasmo ni oposición- por las clases subalternas. Lo cual viene a indicar que, desde la izquierda radical, la clase obrera, como la clase más dinámica, -o el pueblo como agente de otras estrategias- estaba perfilada muy débilmente como sujeto político.

El segundo proceso, más prolongado que el anterior, es de índole económica y tiene que ver con los cambios sufridos por el aparato productivo para salir de la crisis. Este proceso de reestructuración fabril, que destruye, reconvierte, fragmenta, atomiza y deslocaliza la producción, introduce a gran escala nuevas tecnologías y modifica profundamente las relaciones laborales, tiene graves consecuencias políticas, pues actúa rompiendo socialmente a la clase obrera, de tal manera que, en opinión de A. Bilbao (1993, 49), cabe leer el proceso de reestructuración del capital en términos de un proceso de desestructuración de la clase obrera.

Esta desarticulación de la clase trabajadora como conjunto de colectivos fabriles y su conversión en individuos aislados, junto con la asunción de los presupuestos de la democracia formal, hará aparecer una nueva categoría teórica tomada del campo jurídico: el ciudadano, el sujeto dotado de innatos derechos particulares, deudor y acreedor individual del poder, portador de proyectos privados, aislado consumidor y, cada vez más, aislado productor.

Con ello, según Bilbao, el obrero, el sujeto (colectivo) de la mitología revolucionaria, se convierte en ciudadano, el sujeto (individual) de la mitología conservadora.

Con este proceso, que es muy rápido, el sujeto revolucionario de desvanece. Pasa de ofrecer una existencia histórica y un perfil mítico a tener un futuro improbable.

El agente revolucionario se hace progresivamente borroso, su impulso transformador se ha detenido, no logra configurarse políticamente, acepta el orden político posfranquista, luego se va fragmentando socialmente y, finalmente, se desvanece como elemento teórico.
Luego -o mejor, simultáneamente- viene todo lo demás.

Frente a un conjunto de teorías globalizadoras y aparentemente estables surge la fragmentación del saber; frente a los grandes metarrelatos legitimadores, la sucesión de legitimaciones parciales; frente a las categorías continente, las categorías archipiélago (7); frente a la utopía, el vacío; frente a los discursos de confrontación, los discursos de disuasión; frente al pensamiento duro, o fuerte, el pensamiento débil; frente al proyecto terminado, lo inconcluso, lo abierto; frente a la certeza histórica, la incertidumbre; frente a los dogmas, la duda; frente a una perfilada cosmovisión, un nuevo caos.

Todo lo cual supone una fortísima acometida a un pensamiento epistemológicamente conservador, que funcionaba todavía con el espíritu cientificista (8) y los paradigmas propios del siglo XIX -unidad de todas las ciencias, un único método científico, coronación y final de toda la filosofía especulativa, unicidad de las leyes del movimiento en la sociedad, en la naturaleza y en la mente humana...- que, por la peculiar historia de este país (de la historia académica y científica, además de la historia social y la política), servía, curiosamente, de guía a las fuerzas sociales políticamente más renovadoras, que es como se consideraban a sí mismas aquellas organizaciones marxistas revolucionarias.

Hoy podemos decir que asistimos a un proceso inverso al de la Ilustración y su afán constructor y compilador que se prolonga en todos los ámbitos del conocimiento a lo largo del siglo XIX. Estamos en un momento de fragmentación del saber, de cambios tan acelerados y de tal magnitud en el mundo que asistimos a un proceso de sistemática deconstrucción de la configuración mental -teórica e ideológica- que hemos heredado. Presenciamos, impotentes, el estallido de la Enciclopedia y la sistemática demolición del legado téorico del siglo de la luces.

El panorama es tan desconcertante, tan confuso y, a la vez, tan teóricamente estimulante que, con cierto tono de provocación, la consigna del momento dada a los marxistas podría extraerse dando la vuelta a la tesis undécima sobre Feuerbach, expresada más o menos así: los marxistas hasta el momento nos hemos dedicado a transformar el mundo, pero de lo que se trata ahora es de comprenderlo (9).

Fuente: http://www.inisoc.org/marxypos.htm



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domingo, 20 de abril de 2014

Marxismo y feminismo

…todo estos conceptos manoseados, con diferentes significados y diferentes grados de comprensión, tienen unos requisitos fundamentales (confusos y cambiantes)... 

Marxismo y feminismo. Por Manuel Pérez Martínez

"Parecerá extraña la contraposición que parece definir este título. ¿Es que el marxismo es contrario al ideal feminista, concebido como la legítima aspiración de la mujer trabajadora ( y también de otras capas sociales) a alcanzar su igualdad completa con respecto al hombre y a su total emancipación? Hay que ser un ignorante completo o un anticomunista redomado para no ver en el marxismo la única doctrina capaz de explicar la situación de la mujer en la sociedad burguesa y de ofrecerle la verdadera solución a todos sus problemas. El marxismo ha establecido la completa igualdad entre los dos sexos y ha hecho más por la liberación y la igualdad efectiva de la mujer con respecto al hombre ( en aquellas sociedades que ya se han liberado de la explotación capitalista) que el más democrático de los sistemas burgueses.

Pero en este terreno, al igual que en otros muchos, el marxismo viene librando una reñida y prolongada batalla contra la ideología  reaccionaria y burguesa. En una época anterior del desarrollo de la sociedad se trataba, principalmente, de combatir al sistema económico y social de la servidumbre, de la economía doméstica, y los prejuicios religiosos que ataban a la mujer con una doble cadena. Hoy día la clase dominante ya no apela tanto a la religión, entre otras razones porque el desarrollo de la gran industria le ha obligado a emplear a la mujer, a sacarla del hogar, haciéndola participar en el trabajo productivo y en la lucha de clases de una manera directa. La incorporación de la mujer a la gran industria ha roto muchos de los viejos prejuicios y de los lazos que la ataban al pasado, haciéndola consciente de su condición de doblemente explotada y oprimida.

La mujer es explotada y oprimida por la sociedad capitalista, en primer lugar, con salarios y condiciones de trabajo muy inferiores a los del varón, y carece de muchos de los derechos que le han sido conferidos al hombre, pero también la mujer sufre la explotación y la opresión por parte de su compañero. Esto último es el resultado de lo anterior, es decir, es consecuencia del tipo de sociedad basada en la propiedad privada y la explotación de la clase obrera, y en modo alguno puede ser atribuido al hombre en abstracto, puesto que, de muchas maneras, el hombre mismo ( y la clase obrera en particular) es también víctima de este sistema y de los efectos que produce en la vida de la mujer y en las relaciones de pareja.

El caso es que la burguesía, los curas, los revisionistas y otros muchos mojigatos y mojigatas ( no siempre desinteresados) vienen explotando a fondo esas segunda contradicción y desviando la atención de las masas femeninas de la primera y principal con el claro objeto de separar al movimiento de la mujer trabajadora de la lucha contra el sistema que origina todos los males, buscando enfrentarla al hombre. Así se ha dado nacimiento en todos los países capitalistas desarrollados al Movimiento Feminista. Este movimiento, que se pretende progresista y libertador es, en realidad, profundamente  reaccionario y se halla en abierta contradicción con el marxismo y las leyes del desarrollo social.

Las feministas, o mejor dicho, las ideólogas del feminismo, expresan en cierto modo la situación de la mujer en la sociedad capitalista, pero esto lo hacen de una manera harto incompleta, unilateral y no exenta de  prejuicios. De ahí que no acierten en encontrar, ni pueden hacerlo, la verdadera raíz de los problemas ni señalen la solución de los mismos, llegando incluso a agravarlos. Solo el marxismo ha encontrado las causas de la opresión de la mujer, ha explicado científicamente su verdadera situación en la sociedad y sus relaciones de inferioridad con respecto al hombre, y ha marcado también la forma en que únicamente podrá romper esas dobles cadenas. El marxismo hace tiempo que ha señalado que el origen de la esclavitud doméstica y de otras servidumbres que afectan directamente a la mujer, "reside en el capitalismo y no en la falta de derechos",y que, por consiguiente, la verdadera emancipación de la mujer, comienza con la destrucción del sistema de explotación capitalista y con la transformación en masa de la pequeña economía doméstica en una gran economía socialista; cuando la mujer, una vez integrada en la producción y gozando de todos sus derechos en pie de igualdad con el hombre, vaya relegando a la esfera social la mayor parte de las ocupaciones domésticas que hoy la atan y la someten al hombre. Esto sólo puede ser logrado en el socialismo y de ninguna otra manera.

Queda claro que esta solución no puede hallarse en la sociedad capitalista y presupone la verdadera igualdad económica y política de todos los miembros de la sociedad. Por este mismo motivo esta no es ni puede ser la solución del movimiento feminista burgués, que al igual que todos los movimientos de esta clase tiende a conservar el viejo estado de las cosas: la propiedad privada y la explotación de la clase trabajadora sobre la que se erige toda la sociedad capitalista. El Movimiento Feminista no atenta contra esas bases, porque no se propone cambiar radicalmente la situación de la mujer; solo pretende “mejorarla un poco”, y por eso carga sobre los individuos, y no sobre el tipo de sociedad, la responsabilidad del estado en que se encuentra la mujer.

Las feministas piden igualdad de sexo en la sociedad burguesa, pero esta es un una mentira, porque dicha igualdad no existe tampoco entre los hombres, entre las clases, ni entre las naciones. Lenin dice "No libertad para todos, no igualdad para todos, sino lucha contra los opresores y los explotadores, eliminación de la posibilidad de oprimir y de explotar. ¡Esa es nuestra consigna!”

Por otra parte, las feminista intentan nublar la conciencia de clase de las obreras difundiendo profusamente ideas acerca de los problemas sexuales y del matrimonio. Estos problemas, no cabe la menor duda que existe y juegan un importante papel en la vida de las parejas y de los individuos, afectando principalmente a la mujer. Pero si de lo que se trata es de darles un justo tratamiento, de manera que la mujer no tenga que sufrir la mayor parte de las consecuencias ( tal como viene sucediendo) habrá que situarlos en su justo lugar; es decir, habrá que situarlos como parte del problema social y no a la inversa, o sea, presentando el problema social como una parte del problema sexual, que es lo que vienen haciendo las feminista relegando la cuestión social a un segundo plano, como algo “accesorio”.

Esa forma de enfocar este problema es propia de la ideología burguesa que inspira a las feministas; de ahí que, al fin y al cabo, en lugar de esclarecer a la mujer trabajadora y ayudarla a participar en la lucha junto a sus hermanos de clase, se dedican a nublar la conciencia de la mujer y a tratar de enfrentarla a su compañero. De esa manera, en lugar de ayudarlas se agravan más sus problemas y les impiden marchar por el único camino que conduce a su total emancipación.

El movimiento feminista burgués, tal y como lo hemos descrito, es una enfermedad de la sociedad capitalista y no un miembro sano, por lo que a fin de cuentas las feministas no tienen más que estas dos salidas:  o se integran de una manera consciente, como parte de la lucha general de las masas obreras y populares para la destrucción del sistema de explotación capitalista, o, por el contrario, están condenadas a caer en las prácticas políticas y sociales y en las formas de vida más degeneradas y aberrantes de la podrida sociedad de donde proceden.

El feminismo es contrario al marxismo; tan contrario o más, si cabe, como pueda serlo el anarquismo, al que se asemeja en sus planteamientos idealistas y absurdos. No hay que dejar de reconocer los buenos sentimientos y las legítimas aspiraciones de mueven a no pocas mujeres que militan en el movimiento feminista. Estas pueden seguir pensando que nuestra posición no es sino la reacción lógica del “machista” adocenado ante las justas demandas ¡ pero qué le vamos a hacer!; más tarde o más temprano la mayor parte de ellas se convencerán de su error.

En cuanto a las mujeres conscientes, las comunistas, las auténticas feministas, deben manifestarse en todo momento contrarias al feminismo burgués y hacer una defensa resuelta al marxismo, tanto en esta como en las demás cuestiones. En este terreno no estaría de más que el Partido dedicara a las camaradas más firmes y esclarecidas para comenzar a realizar un trabajo amplio entre las mujeres trabajadoras. Ha llegado el momento de comenzar este trabajo, y para ello ya contamos con algunas experiencias.

A la hora de emprender de firme esta labor, no hay que olvidar las reivindicaciones propias de la mujer, porque aunque en su mayor parte esa reivindicaciones son irrealizables en el sistema capitalista, eso ayudará a establecer extensos lazos con la mujer trabajadora y va a permitirles abrir aún más rápidamente los ojos, a comprender la necesidad de la lucha más resuelta, hasta la destrucción, desde la raíz, de este sistema. Tenemos que prestar más atención al movimiento de la mujer trabajadora y ayudar en su organización sobre bases claras y de principios, en contra del movimiento feminista burgués, del Estado y de toda la sociedad capitalista.

En nuestras filas, en el Partido de la clase obrera, no se hace diferencia alguna entre el hombre y la mujer. En el Partido todos somos iguales, tenemos los mismos derechos y las mismas obligaciones; esto ha de servir de ejemplo y de estímulo para todos los trabajadores y trabajadoras. Pero el que eso sea así no significa que entre las parejas o matrimonios comunistas las cosas marchen en todos los casos a las mil maravillas. Desgraciadamente los hombres tenemos muy arraigada la tendencia de no respetar los derechos de igualdad en nuestras relaciones con la mujer… aunque reconozcamos esos derechos y nos esforcemos algunas veces ( sobre todo cuando se nos recuerdan) por respetarlos. Esto origina algunos problemas ¿ Qué hacer en estos casos? Particularmente los camaradas, por ser los más favorecidos, los que sufren en menor medida las consecuencias del sistema que nos explota y nos oprime a todos, debemos esforzarnos por ayudar a la mujer y entenderla en sus justas demandas con el fin de que se incorpore plenamente a la producción y a la lucha de clases. Tenemos el deber de restituirles aquella parte de sus derechos que una larga tradición social y familiar injusta les a sido arrebatado. La mujer, por su lado, al mismo tiempo que hace valer sus derechos debe comprender que la igualdad efectiva no podrá ser una realidad mientras no cambien la sociedad, y que aún así, antes de alcanzar dicha igualdad, habrá que transcurrir algún tiempo, puesto que eso no depende sólo del cambio de las relaciones económicas y sociales y de la buena voluntad que pueden poner los hombres, sino también de la formación cultural y del cambio de psicología que determinan los comportamientos humanos.

Sólo teniendo en cuenta todos estos aspectos, es como verdaderamente iremos avanzando hacia las metas que nos hemos propuesto.”

Manuel Pérez Martínez
Publicado en BANDERA ROJA
2ª época-año IV - nº 38, agosto de 1978

Fuente: http://nikonecons.tumblr.com/post/60761769276/marxismo-y-feminismo-por-manuel-perez-martinez

sábado, 19 de abril de 2014

Bretaña histórica. Celtas, lengua y cultura

Para quien lo ve desde lejos, el Mont Sant-Michel, aparece distante, inaccesible, como el reflejo de otra realidad superior, que desde aquí se puede tan sólo intuir. Las mareas hacen que a veces permanezca aislado, para posteriormente, cuando el mar se retira, volver a ofrecernos la posibilidad de penetrar en él, quizás como reflejo analógico de esa realidad superior que todos intuimos, pero que nuestras propias construcciones mentales, nuestras debilidades, nuestras pasiones –el mar- nos impidan identificarnos con ella. El hecho que desde épocas druídicas, éste haya sido un lugar de culto religioso, cuyas sucesivas construcciones han culminado en el impactante aspecto actual, refuerzan el significado especial del lugar, siendo sin duda un importante punto mágico.



Pero además de todo esto, el Mont Sant-Michel marca la frontera histórica entre los ducados de Bretaña y de Normandía, aunque siempre se ha considerado más normando que bretón, y hoy ha quedado administrativamente incluido en Normandía, los bretones incluso han versificado esta reivindicación:

«Le Couesnon a fait foile,.

 Cy est le Mont en Normandie».

Entrar a Bretaña desde Normandía, supone en cambio mucho mayor de lo que la corta distancia que las separa podría hacer pensar, se deja atrás una región donde las huellas escandinavas son muy visibles, desde las construcciones hasta la antropología física de sus habitantes, para adentrarse en el no menos fascinante mundo celta de Bretaña, en la que más allá de cualquier intento de asimilación por parte del jacobinismo parisiense, la conciencia de su realidad étnica está muy presente.

La Bretaña se divide en dos zonas: la Armórica, conocida por los galos como Armor, que etimológicamente significa «región cercana al mar», y la zona interior, Argoat, o región interior. Otra división  más típica, es la de Baja y Alta Bretaña, siendo la primera donde se conservan más arraigadas las costumbres bretonas, y, especialmente, el idioma.

BRETAÑA A TRAVÉS DEL TIEMPO.

La primera realidad con la que nos encontramos en Bretaña es el Megalitismo, una de las más tempranas expresiones culturales europeas, cuya explicación aún es un misterio para muchos autores, pero que como ha demostrado Colin Renfrew y el C 14, nace en el Atlántico norte para desde ahí descender hacia el sur y penetrar en el Mediterráneo.

Antes de la llegada de los bretones, esta península recibía el nombre de Armórica, y estaba habitada por pueblos celtas, que formaban parte del conjunto galo y que habían llegado a esta zona entorno al 500 aC. Estos galos serían, para entendernos, Asterix y sus amigos, que no son los ascendientes de los actuales bretones. A pesar de los que nos cuentan estos divertidos comics, la romanización llegó con fuerza hasta Armórica, hay vestigios suficientes que así lo atestiguan. La romanización supuso el abandono lento pero progresivo del galo, pues los habitantes comenzaron a acostumbrase a usar el latín como lengua oficial pero también cotidiana, de este latín vulgar es del que nacerá el actual francés. El hecho de que en Bretaña se hable hoy una lengua celta se debe a la «receltización» de la Armórica (después Bretaña) entre los siglos V y VI por los bretones venidos desde Gran Bretaña.

Ya hemos dicho que la instalación de los anglos y sajones en Gran Bretaña llevó a que los bretones, desposeídos de sus tierras, se refugiasen en Armónica, hecho que sirve como marco histórico a las leyendas artúricas. No sabemos mucho de la acogida que recibieron estas bandas de inmigrantes entre los años 400 y 600, seguramente se fueron instalando en gran número en las zonas despobladas del país, pero donde la población primitiva era suficientemente densa se produjeron enfrentamiento, como el que tuvo lugar en el siglo VI en la zona de los vénetos (tribu gala) donde el jefe bretón Waroch tuvo que imponerse a la fuerza, los armoricanos de Vannes pidieron ayuda a los francos para hacer frente a esta invasión bretona, pero no lograron pararla y Waroch extendió sus dominios hasta lo que hoy conocemos como Bretaña, esta expansión sólo fue frenada por Carlomagno, quien para ello instituyó la llamada Marca Bretona.

Los herederos de Carlomagno dejaron el dominio de la zona a un jefe bretón, Nominoé, quien termina por independizarse totalmente, instaurar la monarquía bretona y extender sus domino hasta Rennes y Nantes, antes de morir en 851. Su nieto Salaun extiende las fronteras de Bretaña hasta la máxima extensión que nunca han conocido y se afirma en el título de «Rey de los bretones». Pocos años después comienzan las incursiones vikingas, que son derrotados en una primera instancia por Alain el Grande, quizás el soberano más importante de la historia bretona, aunque  a principios de siglo X vuelven a conocerse importantes incursiones vikingas hasta que son derrotados de nuevo por Alain Barbe-Torte, último rey de Bretaña muerto en 952, sucediéndole un periodo de anarquía interna y miseria que durará hasta el siglo XIV.

De 1341 a 1364 se desarrolla una guerra, que sumirá a Bretaña en la ruina, por la sucesión del ducado en la que Carlos de Blois, apoyado por los franceses es derrotado por Juan de Montfort, aliado de los ingleses. La casa de Montfort pasa a dominar Bretaña desde 1364 a 1468 vuelven a levantar el país, siendo éste el período más floreciente de su historia, los duques son auténticos soberanos, y sólo rinden un homenaje teórico a los reyes de Francia.

Ya en 1491, Ana de Bretaña se casa con Carlos VIII, rey de Francia, permaneciendo como duquesa de Francia. Carlos VIII muere accidentalmente, ella se convierte en reina de Francia, y se vuelve a casar con Luis XII. A su muerte, su hija Claudia de Francia, heredera del ducado, Claudia se casa con Francisco I quien hace la definitiva unión entre Francia y Bretaña.

Un hecho del que aún hoy están muy orgullosos los bretones, es que en 1534 Jacques Cartier descubra las costas de Canadá, dando inicio a una constante corriente de emigración de bretones hacia el nuevo territorio, siendo éste, junto a la emigración normanda, el origen de la actual población francófona de Québec.

Durante los siglos XVI, XVII y XVIII asistimos a algunos conatos de guerra de religión, revueltas populares y actividades corsarias, centradas estas últimas en la ciudad de Sant Malo.

La Revolución de 1789 es acogida de diferente forma por los bretones; mientras unos la apoyan con entusiasmo, otros organizan una gran revuelta lealista conocida como La Chouannerie. Pero es con el triunfo definitivo de la Revolución cuando se inicia el proceso de uniformización al que tanto se han opuesto el conjunto de los bretones.


EN LUCHA POR LA IDENTIDAD.

El movimiento bretón fue el más precoz en su aparición dentro de la escena política francesa, pues lo hizo antes de 1914. En la Francia revolucionaria y más tarde en la república burguesa del XIX, Bretaña se convirtió en uno de los bastiones de la resistencia contrarrevolucionaria de la nobleza apoyada por el clero, potando por una economía agraria lo más autárquica posible.

Durante la primera mitad del siglo XIX tuvo lugar un despertar cultural en el que se exaltó el pasado celta y las tradiciones culturales propias. La defensa de la fe católica y del idioma bretón se concebía también como una barrera infranqueable para el laicismo y el republicanismo. Ya en tiempos de la III República la aristocracia agraria bretona recurrió a la movilización del campesinado como estrategia de oposición al estado central, y fue en 1898 cuando se constituyó la Unión Regionalista Bretona (URB), de la que en 1911 se escindieron dos grupos: la Federación Regionalista Bretona y el Partido Nacional Bretón, que fue el primero en definir a Bretaña como una nación «oprimida como Polonia e Irlanda».

La Primera Guerra Mundial supuso una decadencia imparable de la preeminencia económica de la elite aristocrática agraria, acentuándose la emigración bretona hacia otras partes de Francia, especialmente París. Una nueva generación de estudiantes de Rennes y Alta Bretaña tomó el relevo en la dirección del movimiento bretón. En 1918 tres jóvenes monárquicos influidos por las teorías de Maurras y el vanguardismo cultural fundaron el Grupo Regionalista Bretón (GRB) y empezaron a editar una revista bilingüe en francés y bretón, Breiz Atao, referente histórico del nacionalismo bretón. En 1920 Olier Mordrel y otros dos activistas del GRB fundaron la Unión de la Juventud Bretona (Unvaniez Yaonakiz Vreiz), mostrando una mayor tendencia a la radicalización, siendo partidarios del vanguardismo cultural y del laicismo, y a partir de finales de la década de los veinte, experimentaron una paralela orientación hacia la derecha radical. El zeitgeist de la liberación de los pueblos, así como el influjo de los nacionalistas irlandeses y, en menor medida, galeses, considerados como hermanos por los jóvenes bretonnats, tuvo una gran influencia en este grupo. De hecho la componente celtista de Breiz Atao buscaba redefinir el lugar de Bretaña dentro de la comunidad supranacional de «naciones celtas», estrechando relaciones con los nacionalistas galeses desde 1922. Como objetivo inmediato el PNB proponía la transformación de Francia en un Estado federal y su incardinación en un proceso de unidad a escala europea.

Pero el fracaso electoral actuó de detonante en las divisiones internas del movimiento, dentro del que emergerían con claridad una tendencia de derecha radical e independentista, encabezada por Mordrel, y otra de izquierda liberal y federalista, encabezada por Duhamel y Marchal. El sector de Mordrel, el más importante, refundó el PNB en 1931 con claros contenidos fascista y corporativos combinados con la idealización de los métodos de la acción directa y el insurreccionalismo de inspiración en el Sinn Féin irlandés, si bien sólo se registraron acciones armadas esporádicas e incruentas por parte del grupo Gwenn ha Du (Blanco y Negro, en referencia a la bandera bretona). En el programa Por un partido bretón de los celtas redivivos publicado por Olier Mordrel en 1933, el PNB declara su aspiración a un Estado bretón que excluyese de los puestos públicos a extranjeros y razas latinas, respetase la pequeña y mediana propiedad pero socilaizase la gran propiedad y se fundase en una vía intermedia entre el capitalismo y el socialismo, basada en una comunidad nacional sin clases.


Dentro del PNB, el propio Mordrel encabezaba una tendencia más radical que editaba la revista Stur, donde los contenidos nacionalsocialistas se hicieron explícitos, combinándose con un racismo pancétlico y antisemita, en la que proponían una futura Europa dirigida por los pueblos célticos y germánicos. El
PNB logró controlar al grupo Gwenn ha Du e integrar el terrorismo en su estrategia política, al tiempo que creaba una pequeña milicia paramilitar. Ya existían algunos contactos con Alemania a través del Instituto Anhenerbe de la SS y de los círculos celtólogos de Munich, así como por vía indirecta de algunos autonomistas alsacianos, hacia 1939-1939 estas relaciones se intensificaron, Breiz Atao apoyará el expansionismo alemán y promoverá una campaña contra la entrada de Francia en la guerra contra Alemania.

El PNB rehusó a presentarse a las convocatorias electorales, prefiriendo actuar como un grupo de presión que apoyaba a los candidatos de partidos franceses en la medida en que juzgaban que apoyaban un programa de mínimos. En el congreso de Guingamp la tendencia nacionalsocialista e insurreccionista, dirigida a la extinción del Estado francés, se impuso claramente, se organizó una milicia dirigida por Célestine Lainé que recibió armas de Alemania a través del IRA. Como resultado de sus actividades el gobierno francés prohibió las actividades del partido y varios de sus líderes, entre ellos Mordrel, tuvieron que huir a Alemania, donde se relacionaron con ambientes nacionalistas radicales flamencos e irlandeses y con diversas instituciones alemanas.

La invasión de Francia por Alemania en 1940 fue vista por el nacionalismo bretón como la gran oportunidad para construir su Estado independiente, algo que contó con el apoyo total del régimen alemán, y especialmente de la SS. Incluso se propició una reunión entre los representantes bretones y Doriot, el líder fascista francés, en la que éste admitió la existencia de una nación bretona diferente a la francesa, y se estableció que en caso de una victoria final del Eje, Bretaña se independizaría de Francia. Mordrel volvió a Bretaña y siguió al frente del PNB, uniendo la causa bretona a la suerte de Alemania en la guerra, también se fundaron organizaciones como los Bagadoú Stourm (Grupos de combate), una organización paramilitar, cuya bandera está inspirada en los símbolos bretones y en la bandera alemana de guerra (como aparece en la ilustración del texto). E incluso hubo nacionalistas bretones más radicales que rechazaron la no entrada en acciones bélicas del PNB y crearon una unidad bretona dentro de las SS, compuesta por varias decenas de hombres, y conocida como el Bretonische Waffenverband der SS, que usó como bandera, la más antigua de Bretaña, una cruz negra sobre fondo blanca.


Tras la Segunda Guerra Mundial el estigma del colaboracionismo afectó a todos los intentos de refundar el movimiento bretón. Los esfuerzos de los militantes bretonistas, así como de las nuevas generaciones, tuvieron que concentrarse en las actividades culturales, para pasar en una segunda fase a la formulación de reivindicaciones socioeconómicas y, finalmente, articular un nuevo discurso político nacionalista de componentes diferentes, donde se haría fuerte el elemento democrático y, a veces, izquierdista, influido por el momento y los diversos movimientos de liberación nacional. Si bien también es cierto que muchos de los antiguos militantes bretones de inspiración nacionalsocialista, pasaron a formar parte de estos grupos izquierdistas, y que seguían siendo muy permeables a las influencias que sus antiguos camaradas fieles a las ideas anteriores ejercían desde diversas publicaciones, como fue el caso de Mordrel, quien siguió cantando las excelencias de la Europa de las etnias propugnada por el III Reich hasta su muerte, y de la revista La Bretagne Reéle. Destacable es también el hecho de que algunos nacionalistas bretones de este grupo pasarán a formar parte de las candidaturas del FN de Le Pen en las elecciones locales.

Como acabamos de decir después del 45 asistimos en un primer momento a la refundación de grupos culturales. En 1946 fue lanzada la Asociación de Gaiteros fundada inicialmente en 1943. A ella siguen círculos célticos locales y varias revistas y grupos de defensa del idioma bretón que organizaron marchas cívicas en defensa de la lengua en los primeros años sesenta.


Las demandas socioeconómicas empezaron a formularse a partir de la constitución en 1951 del Comité de Estudios y Vinculación de los Intereses Bretones que aspiraba a convertirse en el portavoz de todos los intereses corporativos, sociales y económicos de Bretaña y sus «fuerzas vivas».

Fue en 1956 cuando se comenzó a rearticular políticamente el movimiento bretón. En 1956 varios activistas fundaron el Projet d´Organisations de la Bretagne con objetivos regionalistas que al año siguiente se convirtió en el Movimiento por la Organización de Bretaña (MOB). Los sectores juveniles y estudiantiles, centrados en Rennes, contemplaban con simpatía el proceso de independencia de Argelia, mientras el ala conservadora proclamaba la solidaridad de los bretones con los colonos franceses, esta misma facción más juvenil se orientaba hacia la izquierda, posteriormente abandonó la organización y fundó la Unión Democrática Bretona (UDB), la principal fuerza nacionalista de postguerra. Después han surgido grupos más o menos radicales y particularmente organizaciones partidarias de la violencia como el Frente de Liberación de Bretaña (FLB) fundado en 1966 y autor de numerosos atentados incruentos, siendo desmantelado numerosas veces y reorganizado de nuevo. En 1982 surgieron el Partido Republicano Bretón (Strollad Pobl Breizh) y el Partido por la Organización de una Bretaña Libre (POBL) de carácter centrista y europeísta, con débil implantación electoral, con alguna fuerza política en las zonas rurales de Finisterre, y que en los últimos tiempos ha protagonizado varias campañas de apoyo al independentismo vasco.

Si bien durante los 70 y 80 hubo alguna tímida colaboración con la izquierda francesa, en especial con el PSF de Mitterrand, ésta se terminó en 1982 con la victoria electoral del socialismo francés, al esperar que cumpliesen su promesa de regionalización, y por el contrario, encontrarse con la desagradable sorpresa de que la trazar la región bretona dejaron a Nantes –la capital histórica- fuera e incluida en un fantasmagórico País del Loira.



Dans Gwadek 2 - Les ramoneurs de menhirs:




EL BRETÓN, VESTIGIO CELTA.

Como las lenguas romances, germánicas y otras, las celtas forman parte de la gran familia indoeuropea. En el siglo III aC ocupaban dos tercios del continente europeo, y se hablaban desde el mar Negro hasta el Atlántico. Sólo cuatro de estas lenguas han sobrevivido hasta hoy, en el extremo occidental de Europa. Se clasifican en dos sub-grupos:



-El galés y el bretón, forman parte del grupo britónico, al que pertenecía también el córnico.

-El gaélico de Irlanda y el de Escocia, pertenecen al grupo goidélico, como el manx de la Isla de Man.

Cada una de estas lenguas han tenido una evolución propia, y su situación varía de un país a otro:

-En Irlanda, el gaélico es la primera lengua oficial del la República de Irlanda, el inglés teóricamente, es sólo la segunda, 1.000.000 de personas declaran hablarla actualmente, es decir un tercio de la población. Pero en el Gaeltacht –las zonas de práctica tradicional de la lengua- los que la hablan cotidianamente no son más que unos miles.

-En Escocia, menos de 70.000 personas (1,4% de la población) hablan hoy en gaélico, principalmente en las islas Hébridas y al noroeste de las Highlands.


-El galés, beneficiado por una política dinámica, es la lengua celta con la situación más favorable. El número total de hablantes había disminuido a la mitad en 1911; se estableció en 508.000 personas y hoy está creciendo.

-Otras dos lenguas celtas han desaparecido. En la isla de Man, el último habitante que tenía el manx como lengua materna murió en 1974. En Cornualles, hace más de dos siglos, en 1777, murió Dolly Pentreath, considerada la última hablante del córnico. Pero hoy diversas iniciativas de varias personas están intentado resucitar estas lenguas.



La zona bretonitzant, es decir donde se habla el bretón, se extiende al oeste de una línea que va de Saint- Brieuc a Saint-Nazaire. , y que comprende Finisterre y el oeste de las costas armoricanas, del Morbihan y del departamento del Loira-Atlántico. Esta frontera histórica se ve corroborada por la toponimia, es la zona con topónimos bretones: ker, loc, plou, lan, etc.

Hace ya tiempo que los bretonitzants eran los miembros de las familias rurales, y los pescadores. En las ciudades, el bretón se utilizaba por un número importante de antiguos campesinos y por sus hijos, como también por los notables que tenían relación con el mundo rural... o que eran respetuosos con los derechos del pueblo: políticos, clérigos, médicos, notarios, comerciantes, etc. Si la proporción de los niños para los que el bretón es la lengua materna ha disminuido fuertemente, esta amenaza ha provocado una favorable toma de conciencia en amplias y variadas capas de población. Esta toma de conciencia ha llevado, sobre todo a la creación unas escuelas infantiles llamadas, Diwan («creixença») en un principio financiadas por los padres y simpatizantes, que practicaban la inmersión lingüística. Después de catorce años de existencia, la organización Diwan es reconocida y casi totalmente financiada con fondos públicos. Impulsadas por esta corriente popular y por las reclamaciones de las instituciones europeas, el Ministerio de Educación ha hecho, finalmente, una excepción al sacrosanto monolingüismo y ha creado, finalmente, clases infantiles, primarias, e incluso secundarias, bilingües.

Pero el combate por mantener una lengua hablada desde hace milenios, no se circunscribe solamente a la enseñanza. Varias editoriales difunden revistas y obras en bretón –el 20 % de las publicadas en Bretaña- así como varios productores de cine, de radio y músicos crean en brezhoneg, por su parte hay televisiones y radios bilingües y el bretón se ha introducido en la señalización de las carreteras y en la circulación ciudadana.

El bretón fue implantado en Armórica a partir del siglo IV por inmigrantes originarios de Britannia (la Gran Bretaña actual). Presentados durante mucho tiempo como fugitivos de la presión anglo-sajona, se trataría en realidad de una inmigración concertada, según las recientes investigaciones del profesor L. Fleuriot basadas en textos y toponimia (Les origines de la Bretagne, Payot 1980).

El bretón armoricano es una lengua indo-europea de la rama britónica de las lenguas celtas, junto al galés y el córnico, antigua lengua del Cornualles inglés, de nuevo estudiada y hablada por algunos de sus habitantes. El galés y el bretón son relativamente próximos por su sintaxis y una parte importante del vocabulario, pero la intercomprensión no es posible sin estudio. Por el contrario, el córnico es extremadamente similar al bretón, especialmente a su dialecto del Tregor.


Para los curiosos, un saludo en bretón: demad d´an oll! (¡Hola a todos!).

La otra lengua céltica que se habló en la zona antes de la llegada de los bretones, el celta continental o galo, desapareció después de una larga agonía durante la ocupación romana, aunque sabemos que aún en el siglo V dC  todavía se hablaba.


SÍMBOLOS: TIRISKELLE Y ARMIÑOS.

La bandera bretona, la famosa Gwenn ha du (blanco y negro) fue designada en 1923 por Morcan Marchal militante del Breizh Atao (Bretaña para siempre). Sus cinco bandas negras representan las cuatro zonas de habla bretona, bretonnant: Léon, Trégor, Cornuailles, Vannetais; las blancas las de habla frencesa; Rennais, Nantais, Dolois, Malouin, Penthièvre; y los arminos el antiguo ducado de Bretaña. En general esta bandera intenta sintetizar el tradicional escudo de armas bretón y la diversidad de sus regiones, su diseño definitivo estuvo influido por el modelo griego, referente obligado para todos los movimientos nacionalistas de la época.

Históricamente conocemos otros estandartes bretones. La primera de la que tenemos noticias es la Kroaz Du (cruz negra sobre fondo blanco) usada por los cruzados bretones en el siglo IX, problablemente fue la bandera nacional hasta 1532. En 1213 el rey de Francia dio el ducado de Bretaña al capeto Pierre de Dreux Mauclerc, por razones desconocidas cambió el anterior escudo bretón por otro con un fondo blanco y sobre él un campo de armiños, este fue el definitivo escudo y aún hoy se conserva parcialmente en la bandera. Se cuenta que se adoptó porque el un duque bretón en el siglo X vio cómo un pequeño armiño se volvió contra un zorro que le acosaba y, olvidando cualquier temor, atacó al animal más grande; esto simbolizaba, pensó el duque, la actitud que debían tener los bretones ante las constantes amenazas de invasión vikingas.

Otro símbolo que se puede ver por todos lados en Bretaña es el triskelle, sus tres brazos representan según unos, los tres elementos: tierra, agua y fuego, para otros la perfecta armonía entre los tres órdenes de la sociedad tradicional celta: druidas, guerreros y campesinos. Aunque en realidad su verdadero significado sea mucho más profundo y remita al simbolismo polar.


MÚSICA Y MESA.

Melodías mágicas salidas de instrumentos similares caracterizan toda la música celta: Bretaña, Cornualles, Escocia, Irlanda, Gales, Asturias y Galicia pertenecen al mismo mundo de los bellos sonidos de gaitas, violines y arpas. En Bretaña después de la Segunda Guerra Mundial se asiste a una recuperación y renovación del folklore propio con la creación de la Bodaged ar Sonérion, asamblea de músicos que recupera la bagad, la forma bretona de las bandas de gaiteros escocesas. Desde los años 70, Alan Stivell, funda escuelas para los nuevos músicos, en las que, entre otras cosas, se recupera la antigua arpa bretona, más recientemente ha sido Dan Ar Braz quien más ha hecho por el impulso de la música celta en Bretaña. Heredera de las más antiguas tradiciones, la música celta conjuga hoy esta herencia con un importante renovación interna. Música que está presente todo el año tanto por la presencia de numerosos grupos (Alan Stivell, Tri Yann Am Naoned, Gilles Servat, Clam´s, Denes Prigent) como por las reuniones anuales de gran importancia en todo el mundo celta (El Festival de Rennes, el de Corniuaille, el de Quimper y el intercéltico de Lorient). Aunque casi más interesantes son los festivales típicos de cada pueblo, como el que tuvimos la suerte de ver este verano. A media noche sin saber bien dónde ir decidimos dar una vuelta en coche, el destino nos guío hasta la pequeña localidad de  St Pol de Léon (Kastell-Pol), donde se celebraban las fiestas locales, en la plaza del pueblo, un grupo tocaba en directo y la gente salía a bailar cada una de las canciones, todos sabían perfectamente cómo hacerlo, y mientras unas canciones se bailaban formando un gran círculo que iba dando vueltas sobre sí mismo, en otras se formaban varios círculos más pequeños, otras una especie de gran serpiente que avanzaba lentamente por toda la plaza, y otras en tríos, al fondo del pueblo había una hoguera de hacía de insuperable acompañamiento visual. Aunque la buena gente del pueblo nos animó a participar en la danza, preferimos no estropear con nuestra torpeza unos movimientos tan armoniosos y difíciles de ejecutar. Aunque como simples espectadores participamos plenamente de la intensidad del momento.



Como recomendación final aconsejaríamos leer este artículo saboreando el más famoso de los paltos bretones, un crêpe –o mejor dos, uno dulce otro salado- una buena sidra bretona –más parecida a la asturiana que a la irlandesa-, y para conciliar el sueños un poco del tradicional wiskhey local, muy poco conocido fuera porque no se destina a la exportación, pero que en su sabor y aroma recoge varios de los secretos de la mágica Bretaña.

Fuente: http://identidadytradicion.blogia.com/2011/082401-bretana-megalitos-y-celtas..php

Tri Martolod - Tri Yann


                                   

La lucha del pueblo bretón "Gwenn ha du"

Ubicada en el noroeste de Francia, es uno de los pueblos de origen céltico con un importante movimiento nacionalista, tanto en su aspecto cultural como en el político, caracterizado hasta el presente por sus maneras pacíficas. El atentado del 19 de abril de 2000, realizado por un grupo independentista, quedará en la historia como el primero que ocasionó la muerte de una persona. Nuestra corresponsal en París, Geraldine Lublin, analiza la situación bretona y la disyuntiva presentada a los nacionalistas de pasar a una escalada de fuerte violencia en momentos de auge de su economía y su cultura, a pesar de la paradoja del retraimiento de su lengua céltica. el bretón.

El último 19 de abril, al hacer estallar una bomba en la sucursal de Quévert del gigantesco pulpo multinacional Mc Donald's, un grupo independentista bretón ha marcado un hito en la historia de los movimientos nacionalistas de esta región del norte de Francia: por primera vez, un atentado bretón se cobró una vida humana (la joven Laurence Turbec, de 28 anos). Bretaña se encuentra desde entonces convulsionada por este incidente; el terrorismo regional que antaño se había granjeado ciertas simpatías es ahora blanco de la indignación y la condena generalizada de la ciudadanía. Hasta los mismos terroristas de la década del 70 no dudan en señalar sus diferencias de principios y estilo y proclaman sus críticas hacia esta nueva camada "caracterizada por su torpeza pirotécnica". Las asociaciones locales estiman que esta "muerte accidental" pone en tela de juicio largos años de militancia pacífica en pos de la identidad cultural bretona. Quien suscitó esta voluntad de inculpar a todo el movimiento bretón sería el Ejército Revolucionario Bretón (ARB en francés), supuesto brazo armado del Frente de Liberación Nacional.

¿Cómo ha llegado Bretaña a la situación actual? ¿Qué entraña el cambio de esta Cenicienta cuya sociedad se fundaba en la agricultura familiar tradicional, convertida en un abrir y cerrar de ojos en un sector urbanizado en el que las actividades industriales y administrativas llevan el volante?

Pese a no constituir una región natural propiamente dicha, su historia, el perfil de sus habitantes y un cierto aislamiento de los grandes centros de producción y consumo han hecho de la antigua península de Armórica uno de los sectores más diferenciados dentro del hexágono galo. Precisamente existe la hipótesis de que sus rasgos distintivos radiquen en que el pueblo céltico que comienza a arribar a sus costas a partir del siglo V no se habría entrecruzado con los galos que dominaban el territorio. Estos bretones originales que huían de una Gran Bretaña invadida por los anglosajones, llegan al período carolingio como un reino virtualmente independiente. En 939, se convierte en un ducado integrante del imperio angloangevino pero queda bajo el poder de los Plantagenet entre 1166 y 1203. En 1213 vuelve a ser un feudo de la corona francesa cuando su heredera se casa con el Príncipe de los Capetos Pierre I de Mauclerc. La Guerra de Sucesión de Bretaña (1341-1365) pone en disputa la soberanía del rey de Francia, y finalmente el trono reconoce como duque a Jean de Montfort, aliado de los ingleses. Durante la dinastía Montfort (1365-1491), el ducado de Bretaña goza de una real independencia. Como consecuencia de una reafirmación de las pretensiones reales durante la segunda mitad del siglo XV, la corona invade el ducado y se asegura la posesión por medio de alianzas matrimoniales. A pesar de que teóricamente Bretaña permanece independiente, gracias a que constituye propiedad personal de la reina, la nueva heredera se casa con el futuro Francisco I. El Acta de Unión del 15 de agosto de 1532 establece la indisolubilidad de la unificación, aunque garantiza a Bretaña los privilegios de conservar sus estados, su parlamento, su autonomía judicial y todos sus derechos y prerrogativas tradicionales; no se podían recaudar nuevos impuestos sin el acuerdo de los estados bretones, ni tampoco se podía juzgar ni afectar militarmente a ningún bretón fuera de Bretaña.

Al igual que todas las provincias francesas, Bretaña perdió sus libertades particulares con el advenimiento de la Revolución Francesa que arrasó con las ventajas concedidas por el Acta. Tras años de resistencia encarnizada, Napoleón venció a la sublevación de los chuanes, guerrilla campesina de la Francia occidental fiel a la iglesia y al rey.

Desde la primera mitad del siglo XIX se le reprocha a Francia la intención de hacer desaparecer la lengua bretona y oprimir a toda una cultura valiéndose de una excesiva centralización. Ciertas élites comienzan a partir de 1830 una acción "regionalista" que se apoyará en las teorías en boga de Comte y Proudhon. A principios del siglo XX, el movimiento cobra carácter político con el grupo Bleun-Brug del abate Perrot (1905) y el Partido Nacionalista Bretón de Le Mercier d'Erm (1911), que reclama la autonomía y el respeto al acuerdo de 1532. Durante la Gran Guerra, la contribución bretona fue mayor que las de otras regiones: un 25 por ciento de los soldados muertos provenían de Bretaña, que perdió así casi un 10 por ciento de su población. Cuando se planteó la cuestión en la Conferencia de Paz de Versalles, sus motivos no fueron atendidos, a diferencia del reclamo de polacos e irlandeses.
En 1918 aparece la publicación Breiz Atao, impulsada por un partido autonomista que en 1932 se reorganiza bajo el nombre de Partido Nacional Bretón, cuyo objrtivo es el Emsaw (levantamiento) de la región. Calma y conformismo coexisten con recriminaciones histórico - sentimentales y reivindicaciones económicas. Las muestras de extremismo son aisladas: para el cuarto centenario de la Unión, la sociedad secreta Gwenn ha Du (blanco y negro, los colores de la bandera bretona) hace estallar delante de la Municipalidad de la capital regional de Rennes el monumento conmemorativo de la fecha. 

Fueron los alemanes quienes se hicieron eco de las reivindicaciones bretonas, al permitirles el lanzamiento de una escuela experimental, una radio y una revista en bretón, y la organización del Instituto Céltico. Paralelamente, la resistencia regional anti nazi también es muy activa. Al momento de la Liberación, explota el odio contra los autonomistas colaboracionistas, muchos de los cuales huyen a refugiarse en Alemania.
La reforma económica de 1950 le amputa a Bretaña el departamento Loire-Atlántico bajo pretexto de una "acción regional". Los graves problemas económicos de los años 60 y 70 son un fértil caldo de cultivo para los incidentes, que se extienden a toda Francia y llegan en 1978 a una de las alas del castillo de Versalles. La calma que sobrevino en la década del 80 se vio interrumpida por la reciente recrudescencia de los atentados, que suman 20 en 18 meses.
Tras perder el tren de la industrialización y caer en un agudo desequilibrio económico, el esfuerzo realizado a partir de la posguerra ha dado buenos frutos. Gracias al "milagro bretón" actualmente es la primera región agrícola y pesquera de Francia. Se dice que el elevado nivel tecnológico y la prometedora situación laboral de hoy en día constituyen parte del legado del espíritu celta de coraje, conquista e innovación. Es de esperar que a estos valores no los abandone la persistencia necesaria para luchar contra las catástrofes ecológicas que vienen repitiéndose desde hace 30 años y cuya última muestra fue el ruinoso derrame del petrolero Erika en diciembre de 1999.

Otro problema que se supo remontar es el terrible déficit migratorio de la región. La miseria rural y la falta de empleo en las zonas urbanas empujaban a los bretones a emigrar hacia otros puntos de Francia o el extranjero. Esta tendencia comenzó a perder fuerza en la posguerra, y ahora las cifras están estabilizadas.

Pero el "milagro" no se da sólo en el aspecto económico: desde hace algunos años, Bretaña se ha puesto de moda. St Briac ha destronado a St Tropez entre los destinos turísticos más elegidos, y se destaca una Bretaña de imagen bucólica y mítica. El "marketing bretón" es otro éxito, según indican los excelentes niveles de venta de los productos regionales. La música bretona conoce hoy un suceso inaudito, destacada en el terreno de la world music pero sin descuidar sus raíces celtas, en un sincretismo que combina tradición, creatividad y apertura. 
Las típicas fiestas festou noz también captan cada vez más público en toda Francia. Se ha pasado del "complejo de Becassine" (la protagonista de una historieta, cliché de una región de campesinos buena gente pero un poco atrasados) al orgullo de la identidad bretona. Y es que, en esta región que alberga extremos ideológicos, se es bretón antes que de derecha o de izquierda; algo que no contradicen quienes afirman que, a diferencia de irlandeses y vascos, la mayoría de los nacidos en Bretaña se sienten al mismo tiempo bretones y franceses. Pese a ser multiforme, en el movimiento bretón no hay divisiones ni exclusiones, o no las había hasta el atentado de Quévert.

¿Revuelta violenta o resistencia pacifica? ¿Cultural o general? ¿Clandestina o pública? ¿Cuáles son los objetivos de quienes se embanderan detrás de la espada y el armiño, símbolos de la independencia bretona? No es fácil determinarlos con exactitud, aunque sí queda claro el doble impulso progresivo en materia económica y conservacionista en el aspecto cultural. Más acá de los extremos independentistas, la moderada Unión Democrática Bretona milita por la autonomía institucional al modelo escocés. También están los que se oponen radicalmente al "estado colonial francés" y señalan una injusticia en la actitud del poder central, que contempla el debate de la autonomía corsa y su estatuto especial pero ignora los reclamos bretones. (¿Será por eso que algunos nacionalistas han decidido adoptar la "pedagogía corsa" y no les importa la escalada de violencia?)

Bretaña no ha dejado de reivindicar su derecho a participar en el terreno económico sin perder el libre arbitrio y sin alienarse en una fuerte dependencia. La divisa del antiguo ducado, que proclamaba Potius mori quam foedari (Antes la muerte que la mancilla), parece tener todavía vigencia en el espíritu bretón. Se advierte que una aplastante mayoría de los bretones defiende un concepto pacífico y abierto de su identidad. Sin embargo, siempre se plantea la oposición binaria entre la ideología republicana que unifica destruyendo las diferencias y, en el otro extremo, reivindicaciones particularistas que podrían conducir al separatismo. ¿Cómo se recompondrá el panorama tras el funesto atentado del mes de abril? ¿Qué camino habrá de tomar el nacionalismo bretón de aquí en más? De ese debate se ocupan actualmente los habitantes de Breizh, o Bretaña.


Pueblo Bretón

Los Bretones forman un grupo étnico situado en la región de Bretaña, Francia. Trazan su ascendencia hasta los grupos de britanos de habla celta que emigraron desde el Suroeste de Gran Bretaña, incluyendo Cornualles, en diversas oleadas entre los siglos III y IX, especialmente en el periodo entre 450 y 600 hacia la península de Armórica, a la que posteriormente dieron su nombre.


La lengua tradicional de Bretaña es el bretón (Brezhoneg), hablado en la Bretaña inferior (el oeste de la península). En la actualidad, el bretón es hablado por aproximadamente 365.000 personas, de los que 240.000 lo hablan fluidamente.4 Otro idioma minoritario en la zona es el galó, hablado exclusivamente en Britania Superior, donde el bretón nunca llegó a consolidarse plenamente. Como lengua celta el bretón está fuertemente emparentado con el córnico, y de manera más lejana, con el galés. Por otra parte, el galó es una lengua romance perteneciente al grupo de las lenguas de oïl. El lenguaje nativo de la mayor parte de bretones en la actualidad es el francés.



Bretaña está considerada como una de las seis Naciones celtas. Etnicamente, junto con córnicos y galeses, los bretones son los últimos vestigios de los antiguos Britanos. La cifra actual de bretones en Bretaña y Francia es difícil de estimar, en tanto en cuanto el gobierno francés no realiza estadísticas sobre identidad étnica. La población de Bretaña a enero de 2007 era de 4.365.500.5 Se dice que en torno a 1914 un millón de personas hablaban bretón al este de la frontera entre las zonas de habla bretón y gallo - en torno al 90% de la población de la mitad occidental de Bretaña. En 1945 este porcentaje había caído hasta el 75%, y hoy en día, las estadísticas más optimistas apuntan a que sólo un 20% de los bretones puede hablar bretón. La población de Bretaña se estima en torno a los 4 millones, incluyendo el departamento de Loira Atlántico, que fue separado de Bretaña por el Gobierno de Vichy en 1941. Tres cuartas partes de las 200.000-250.000 que utilizan el bretón como lengua cotidiana tienen más de 65 años.

Una fuerte emigración histórica ha dado lugar a una diáspora bretona dentro de las fronteras francesas y en los Departamentos de ultramar. Se asentaron principalmente en el área de París, donde más de un millón de personas afirman tener ascendencia bretona. Muchas familias han emigrado igualmente a América, sobre todo a Canada (especialmente en Québec y las provincias marítimas) y a los Estados Unidos. Los primeros colonos franceses en las Antillas francesas procedía de Bretaña.


Bro gozh ma zadoù - Hymne Breizh





Banderas de los países históricos:



Bro Dreguer - Trégor



Bro Gernev - Cornouaille


Bro Gwenned - Vannetais



Bro Sant-Brieg - Pays de Saint-Brieuc




Bro Leon - Léon


Bro Sant-Maloù - Pays de Saint-Malo



Bro Zol - Pays de Dol



Bro Roazhon - Pays Rennais 



Bro Naoned - Pays Nantais



Fisel: