sábado, 19 de abril de 2014

Ucrania y la nueva conformación de los ejes de poder

Sobre Crimea: http://fusilablealamanecer.blogspot.com.es/2014/03/el-puente-de-crimea.html

Sobre Rusia en Ucrania: http://fusilablealamanecer.blogspot.com.es/search?q=el+problema+de+rusia+en+ucrania

Recopilación de artículos de Rafael Poch

Hacia una Europa forzada sin remedio

Rafael Poch | 09/04/2014



Sobre la génesis de posguerra

La Unión Europea se creó después de 1945 por motivos y propósitos dispares que coincidieron en su común interés en la integración de las naciones. El más simpático de todos esos propósitos fue el encarnado por un personaje llamado Jean Monnet, así como toda una serie de europeos visionarios, pragmáticos e idealistas, que ante el panorama aún humeante del desastre bélico reflexionaron y proyectaron una Europa interdependiente y federalizante que remediara la crónica pelea continental (1).
Monnet nació en un medio de origen campesino de la región de Cognac. Su familia comerciaba con el renombrado producto que lleva el nombre de la región. Su primer cosmopolitismo se forjó en la venta de cognac en el mundo anglosajón. Mas tarde fue ejecutivo de empresas multinacionales en los años treinta, residió en Shanghai y se movía como pez en el agua en Washington, Londres y Roma. Desde el mundo de los negocios conoció personalmente a Roosvelt, a los hermanos Dulles, a Dean Acheson, William Harriman, Henry Morgenthau, George Marshall, etc.; los jefes de lo que luego sería la CIA, los secretarios de Estado, de comercio de Defensa de Estados Unidos de aquella época. Es decir: a prácticamente todos los personajes que luego diseñaron la estrategia americana de posguerra.
Por todo eso y por su independencia fue, a pesar de su papel en la administración comercial de la Francia libre, un hombre que tuvo un encaje difícil en el gaullismo; en Francia se le solía considerar un peón de los americanos. Desde la izquierda se recelaba de su red capitalista de contactos… Pero Monnet era un patriota francés y un hombre independiente y abierto, que mantuvo excelentes relaciones con la sindical CGT, completamente desinteresado en la guerra fría y en un enfrentamiento con el Este, y que creía en una Europa regenerada.

En el verano de 1943, poco después de Stalingrado y durante la batalla de Kursk, los dos combates que decidieron la II Guerra Mundial en Europa, Monnet era el encargado del suministro militar para las fuerzas francesas libres y vivía en Argel. Ahí se le vio barruntando ante un mapa la posibilidad de crear un nuevo estado tapón entre Francia y Alemania, una especie de Lotaringia, decía, que impidiera la pelea entre ambos estados. Ese fue el ámbito geográfico de la Unión del Carbón y del Acero (1950). (2)

Pero más allá de este simpático y visionario propósito, existían en la segunda mitad de los años 40, otros motivos para la integración europea sin los cuales la visión de la gente como Monnet se habría quedado en un “soñar tortillas”, como dicen los catalanes. Estos otros motivos eran los siguientes:

1-Desde Francia: la necesidad estratégico-militar de contener a Alemania.
2-Desde la media Alemania, ocupada y sometida: la idea de que una integración era la única forma de abrir una perspectiva de futura reunificación nacional y soberanía aceptada por los demás.
Y, 3-Desde la influencia dominante de Estados Unidos: la voluntad de organizar un fuerte bloque europeo occidental para la guerra contra la URSS y su bloque.

Todos esos diversos propósitos tenían como denominador común el hecho, de que no eran realizables sin una Europa Occidental próspera y estable. Potenciar eso interesaba a cada uno de los cuatro propósitos, y era la integración y la interdependencia prevista por la gente como Monnet la que aportaba la solución concreta; primero unión de carbón y del acero y luego cada vez más…

Por todo ello Hobsbawn concluye que la integración europea es creada, “tanto por los Estados Unidos como en contra de ellos”. Ilustra, dice, “la fuerza del miedo que mantenía unida a la alianza antisoviética”: miedo a la URSS, pero también miedo de Francia a Alemania, de Alemania a una condena eterna a la falta de soberanía, y miedo de ambos a Estados Unidos, a la certeza de que Washington ponía siempre su propia agenda por delante de los intereses de sus aliados europeos.

El resultado de ese intríngulis fue una integración europea completamente sometida a los intereses de Estados Unidos en cuanto a política internacional y de defensa a través de la OTAN (certeramente definida por De Gaulle como la, “expresión del dominio de Washington sobre el continente”), pero con ciertos niveles de autonomía y soberanía en los planes económico-políticos, niveles que fueron lógicamente aumentando conforme pasaban las décadas. A partir de los setenta, con Kissinger y Nixon, se detectan, dentro de esos niveles de autonomía rodeados de vasallaje, los primeros recelos americanos de competencia estratégica hoy perfectamente consolidados (Boeing/Airbus, Galileo/GPS, Euro/dolar), y visibles en la actual amalgama de vasallaje y competencia que la UE y EE.UU mantienen.

Sobre el desencanto

Desde que en Europa hay crisis el proyecto europeo, que gozaba de un consenso automático-inercial pese a ser un asunto de élites desde su inicio, atraviesa un manifiesto desencanto. En enero, una encuesta de Gallup realizada en los 28 miembros daba un 45% de ciudadanos opuestos a la actual política de Bruselas/Berlín. La caldera que alimenta este desencanto tiene varios combustibles obvios:

-La desposesión de considerables sectores sociales por el desmonte del Estado social, mientras la minoría más favorecida se enriquece: la idea de oligarquía y del 99% manejada por el Occupy.
-La ausencia de perspectivas de futuro para la juventud instruida, en principio el sector más proclive a la acción en un continente anciano.
-La evidencia de que la soberanía nacional ha desaparecido en beneficio de centros de decisión exteriores incontrolables, y que por tanto la democracia de baja intensidad de los estados-nación retrocede aún más para convertirse en algo ya completamente hueco.
-La creciente sensación, sobre todo en los países endeudados, de que la Unión Europea es un régimen autoritario dispuesto a suspender los procedimientos democráticos invocando urgencias económico-financieras que permiten echar a jefes de gobierno, cambiar constituciones acorazadas en 24 horas, nombrar a tecnócratas al frente de países o ignorar referéndums; la “democracia conforme al mercado” definida por Merkel.



Todos estos factores de malestar abren un horizonte de acción y protesta que parece que van a ir a más, con desagües tanto por la derecha como por la izquierda. En Grecia, el país socialmente más activo hasta ahora, vemos ambas cosas (3).

Sin la promesa de prosperidad el proyecto europeo que antes contaba con un consenso pasivo se convierte cada vez más en una pregunta: ¿Para qué necesitamos el euro, la UE? En ese contexto se afirma un nuevo discurso de legitimación de la UE:

Sobre la nueva legitimación de la UE
La legitimación tradicional (además de la desaparecida promesa de prosperidad) fue la idea fundacional de la UE como “garantía de paz”: 68 años de paz desde 1945. Sobre ella, tres puntualizaciones críticas:

1- Sin restar valor al impulso de ciertos padres fundadores preocupados por la paz entre países europeos, hay que decir que en los años cincuenta no había peligro de guerra entre Francia y Alemania: el peligro de guerra real era entre el Este y el Oeste. Y a ese peligro la integración europea contribuía. En cierta forma el vector principal de la integración europea era una consecuencia de la creación de la OTAN (1949), del propósito general americano de contención contra el bloque del Este. Así que esos “68 años de paz” incluyen casi medio siglo (1945-1989) que fue una época tutelada por dos superpotencias en tensión nuclear, es decir una paz bajo vigilancia y presidida por un factor, el de la destrucción masiva, que representa el escalón superior de la más destructiva estupidez humana.
2-La etiqueta del “gran periodo de paz de 68 años” deja fuera a los Balcanes: En Yugoslavia ha habido una cruda guerra europea, con participación de las grandes potencias, cambios de fronteras, etc. (4).
Y 3- (fundamental de cara al futuro y a la nueva legitimación): Los componentes de esa Europa en paz que comienza su integración en la posguerra eran países que hacían la guerra fuera de las fronteras europeas: Francia en Argelia (1954-1962) e Indochina (1945-1954). Holanda en Indonesia (1945-1949). Bélgica en el Congo. Francia e Inglaterra con la intervención en Suez de 1956. Veamos algunos datos sobre todo ello:

-Francia tenía un imperio colonial veinte veces su territorio metropolitano con una población de 100 millones. Las relaciones en ese espacio colonial no eran muy diferentes de las que la metrópoli había vivido con la ocupación alemana: El 8 de mayo de 1945, el mismo día de la capitulación alemana, en la ciudad argelina de Setif, el ejército francés ametralló a la multitud argelina que celebraba la victoria enarbolando una bandera argelina. Murieron 1500 argelinos, según fuentes oficiales francesas, muchos miles según fuentes argelinas. En noviembre de 1946 tres barcos franceses bombardearon la ciudad de Haiphong (el puerto de Hanoi), matando a 6000 personas en represalia por un incidente aduanero. Los Oradour sur Glane (esa localidad francesa cuya población fue pasada por las armas al completo por los alemanes en represalia por un atentado), no solo se cuentan por decenas en Bielorrusia y Grecia durante la segunda guerra mundial, sino también en el espacio colonial de Francia después de esa guerra.

-En sus “Indias Orientales”, la diminuta Holanda dominaba un territorio semejante en superficie a la Europa Occidental. En 1946 y 1947 el ejército colonial realizó masacres como las de Sulawesi y Rawagede, en Java Occidental, en las que murieron 430 niños y jóvenes.

-Bélgica dominaba el inmenso Congo y Ruanda/Burundi y organizaba allí independencias coloniales con los métodos correspondientes, ilustrados por la serie Lumumba, Tsombé y Mobutu.

-A eso podemos sumar los casos de otros países que luego fueron miembros de la UE y ya lo eran entonces de la OTAN: Portugal, miembro cofundador de la OTAN en 1949 (ingresó en la UE en 1986), luchaba en Angola, Guinea-Bisáu y Mozambique entre los años 1961 y 1975. Inglaterra y su Commonwealth, que controlaba en la posguerra una cuarta parte del mundo y de su población y tenía un rosario de frentes abiertos; en Palestina, en India/Paquistán, en Kenya, en Malasia, en Birmania, en Irlanda…

En un libro escrito en una prisión británica entre abril y septiembre de 1944, Nehru, fundador de la nueva India ofrece el contrapunto a la idea de una Europa de posguerra resultado de una victoria contra el fascismo, recordando el estigma colonial-imperial europeo y su parentesco con la ideología (racista y supremacista) del nazismo y el fascismo.

Decía Nehru: “Tras algunas de aquellas democracias había imperios en los que no había democracia alguna y donde reinaba el mismo tipo de autoritarismo (racista) que se asocia con el fascismo”.

El dato de que la UE la crearon Estados imperialistas es fundamental para situar hoy la actual legitimación posmoderna de la Unión Europea. Y lo es por qué hoy se renueva la razón de ser de la UE, sobre un argumento que el observador crítico no puede sino relacionar directamente con el estigma imperial europeo: la integración es necesaria, se dice, contra la emergencia de otros; China, India, Brasil, Rusia, Sudáfrica. Se habla de “nuevas amenazas” o “nuevos desafíos”, de “preservar nuestra civilización” y de “asegurar los flujos comerciales y de recursos”. En definitiva: una Unión como solución a la pérdida de posiciones nacionales de dominio en el mundo, que hace insignificantes a las antiguas naciones dominantes por separado en un escenario de “imperios combatientes”. Todo eso, naturalmente, rodeado de las habituales consideraciones narcisistas sobre el continente crisol de la democracia, la cultura y la civilización -una civilización moralmente “superior” a la de Estados Unidos en virtud de la “superioridad” griega respecto a Roma…

Un discurso rancio, presentado como moderno


Hay que decir que esta legitimación del europeísmo que se presenta como moderna e innovadora es en realidad una antigua y rancia concepción imperial.

En su La decadencia de Occidente, Oswald Spengler, influyente pensador alemán, traducido por Ortega y Gasset, ya la formulaba en 1918. En el periodo de entreguerras, toda una serie de ideólogos y políticos alemanes teorizaban sobre la necesidad de una integración europea (naturalmente con liderazgo alemán) para competir con Estados Unidos. Mucho más recientemente la obra de Jean-Jacques Servan-Schreiber, fundador del Nouvel Observateur, siguió la misma senda primero con el “Desafío Americano” de los sesenta, luego con los japoneses, El desafío total en 1980.

Hoy esas mismas ideas del “se nos van a comer”, la “quiebra de nuestra civilización”, “la próxima guerra fría”, o “La silenciosa conquista china”, “juntarnos para no ser insignificantes en el mundo”, se encuentran en cualquier librería de aeropuerto europeo, casi siempre referidas a China. No hay ningún gran medio de propaganda occidental que no recree ese mensaje.

La Canciller Merkel repite esa idea constantemente en sus discursos, justificando al mismo tiempo el desmonte del Estado social con la necesidad de integrarse: la ideología del 7%/25%/50%; La Unión Europea representa el 7%población mundial, genera el 25% del PIB mundial y responde del 50% del gasto social global, ergo para ser competitivos hay que recortar ese 50%.

Su ministro de finanzas, Wolfgang Schäuble, dice lo mismo pero aplicado a Alemania: define el nuevo ascenso alemán en Europa como, “la segunda ocasión histórica de Alemania”. “No hay para Alemania ninguna alternativa política y económica mejor que la Europa Unida”. “Los alemanes apenas representamos un 1% de la población mundial y en tendencia menguante”. Así que hay que unirse para intervenir en, “las tensiones y divisiones globales en materia de materias primas y energía”, dice. Para, “contribuir a la gobernabilidad global que garantice que las tensiones y luchas por el reparto del siglo XXI sean controlables”. (Se entiende que son “controlables” si nosotros estamos allí con nuestros ejércitos, nuestras ONG´s y nuestros selectivos tribunales y “derechos humanos”).

Toda una cohorte de ensayistas, fundamentalmente alemanes, está dando forma a esa legitimación reaccionaria para justificar un nuevo federalismo autoritario europeo desde pedigríes progresistas. Algunos ejemplos:

-Jürgen Habermas: el gran filósofo nacional habla de fortalecer la ONU, pero también del “liderazgo natural de los pocos y poderosos”. Propone la “Constitución Europea” y que la UE sea una gran potencia para que dirija el mundo con los otros grandes. Habla de una “constelación postnacional” a la que las naciones con mayor solera democrática (Francia, Reino Unido, Dinamarca…) deben ceder sus soberanías.

-Ulrich Beck y Daniel Cohn Bendit, que hablan de aprovechar la oportunidad de la crisis para avanzar en la creación de un “Estado Europeo”. Cohn Bendit habla de la necesidad de un “chovinismo europeo”, de “estar orgullosos de ser Europa”.

-El Presidente del Parlamento Europeo, Martin Schulz, cuyo último libro se llama “El gigante encadenado. La última oportunidad de Europa”, o el niño bonito del New Labour Mark Leonard (cuyo libro en la materia se tituló en 2005, “Por qué Europa dirigirá el siglo XXI”), o el americano Jeremy Rifkind…; Todos ellos le dan vueltas a la misma vieja idea de la “decadencia de Europa”, “el ocaso de Occidente” y el “hay que unirse porque de lo contrario se nos van a comer”.

Problemas de este discurso

1-¿Tiene base esta nueva/vieja decadencia de Occidente?: Es verdad que hay unos nuevos países emergentes, los BRICS, que la opinión de un indio o de un chino cuenta hoy un poco más que en el siglo XX (se habla incluso de reformar el Consejo de Seguridad de la ONU, de darle un puesto a África, etc…) pero el peso de las transnacionales y consorcios europeos en el mundo más bien va en aumento. El dominio de la economía mundial por parte de la tríada (Estados Unidos/ Unión Europea/ Japón) es aplastante. Y lo mismo ocurre con el dominio “cultural” occidental de la globalización. (5)

2-Esos sueños y su arquitectura, el federalismo autoritario de Berlín y Bruselas, tienen también un enemigo interno: la soberanía nacional de los estados. Francia, por su sólida tradición republicana estatal, está manifiestamente en el punto de mira: se la presenta como “desfasada” e “incapaz de comprender los grandes desafíos de los tiempos”. Que “El Estado está destruyendo Francia” es la original tesis neoliberal del momento sobre ese país.

Así, el federalismo autoritario mantiene una lucha doble: por un lado contra los BRICS, (hacia fuera, fomentando su “contención” con cada vez más intervenciones militares en el mundo, y, si se hace necesario fomentando “revoluciones naranja” a través de sus ONG´s, su “soft power” etc. -un escenario particularmente actual contra Rusia, China, etc. ), por el otro contra la soberanía nacional (hacia dentro), hoy por hoy la única democracia realmente existente en Europa, lo que se ejemplariza en la actual campaña de desprestigio contra Francia.

3-Este federalismo autoritario no resuelve, sino que más bien incrementa, el problema y la evidencia del desarrollo desigual dentro de la UE, en virtud del cual los dominantes (sectores sociales y países) tienden a hacerse más dominantes. Una integración basada en la desigualdad de los miembros es algo que necesariamente cruje, especialmente cuando ya no hay ni para fondos de compensación territorial para disimularlo.

4-Perviven tensiones empresariales, bancarias y sectoriales entre Estados europeos: por más que una gran parte de los capitales del Deutsche Bank o las acciones de BMW estén en manos de extranjeros, estos consorcios son alemanes, de la misma forma en que Fiat es italiano o Renault francés, y sus intereses luchan entre sí.

5-No hay una identidad europea, ni una historia europea, ni una lengua o cultura europea, ni un pueblo europeo, ni una soberanía europea, por tanto; ¿sobré qué experiencias comunes se podría construir una ciudadanía europea?



Hacer y deshacer / Deshacer para hacer

Europa debe deshacerse y hacerse al mismo tiempo, porque para refundarla en un sentido que valga la pena no hay más remedio que desmontarla en todo aquello que es inservible para los retos del siglo. Y si eso no es posible, entonces es mejor quedarse con la fofa estructura integradora anterior a Maastrich (con euro o sin euro, sería una cuestión técnica) con el modesto e importante cometido de que no se llegue a las manos. Esa Europa fofa es mucho mejor que el “más Europa” que se propone para realizar los propósitos retrógrados e involucionistas de la autopista neoliberal.

Evidentemente, solo hay posibilidades de refundación si hay una fuerte reacción ciudadana contra la actual Europa elitista, capitalista y oligárquica. Un común esfuerzo trasnacional a favor de “otra Europa”. Ese esfuerzo solo es posible desde los pueblos europeos, es decir cada cual desde su soberanía y desde su democracia de baja intensidad, desde su Estado.

Bernard Cassen define la desmundialización ciudadana como, “una orientación estratégica encaminada a recuperar los enormes poderes que la política ha abandonado deliberadamente en manos de la esfera económica y financiera. Sin esa orientación, dice, ninguna de las propuestas altermundialistas tiene la menor oportunidad de éxito”. Ir a por eso empezando en casa con procesos constituyentes y frentes populares concretos. De eso se habla no solo en Catalunya, en Andalucía y en Madrid, sino también en Francia, donde se menciona en el contexto de una sexta república francesa. Es decir: la idea de un replanteamiento general. No se trata de un excéntrico llamamiento a tomar la Bastilla o el Palacio de Invierno, sino de la simple alternativa a que nos lleven directos de regreso al siglo XIX, primero en lo socio-laboral, y luego vendrá lo político. ¿Es esto tremendismo?

Frente a la idea del continente crisol de la democracia, hay que hacer memoria y recordar dos hechos históricos.

Primero: que la democracia fue invento de un grupo muy pequeño de naciones (Francia, Inglaterra y Estados Unidos más algunas pequeñas naciones escandinavas o nederlandesas) y aún así solo de puertas adentro, como recordaba Nehru. Europa no es solo Bethoven, la Ilustración y Galileo, sino también la Inquisición, Auschwitz y el imperialismo.

Segundo: que hace menos de 40 años, gran parte del continente estaba dominado por dictaduras: toda la Europa del Sur (menos Italia, cuyo gobierno estaba tutelado por la CIA, que no dudó en hacer asesinar a un primer ministro cuando éste quiso gobernar con el Partido Comunista, es decir abrir un poco el espectro a lo social), y toda la Europa del Este.

Un Siglo XXI imperialista con métodos de vigilancia orwellanos, que ya están en marcha (tenemos pruebas de ello gracias a Snowden), con barreras militar-tecnológicas (de las que Melilla, el complejo Lampedusa, el muro israelí y otros nos ofrecen adelantos) contra los pobres del Sur, emigrantes del calentamiento global, etc., no sirve para un futuro decente y supone un retroceso de civilización: Hay una necesidad de replanteárselo todo en nombre de la vida y la supervivencia.

Hace unos meses estuve en Colombia en un congreso que reunió a los líderes y activistas del gran paro nacional campesino del pasado agosto-septiembre, que ha sido el movimiento social más importante en ese país en medio siglo, del que en Europa ni se ha hablado. Allí un histórico y veterano activista peruano, Hugo Blanco, dijo algo tan elemental como claro: “Para afrontar la guerra del gran capital contra la humanidad, no hay más remedio que construir poder desde abajo y conquistar el poder”.

La pregunta sobre Europa forma parte de ese proceso de base. No es “soñar tortillas”, sino que forma parte del imperativo de que el tránsito personal por la vida no se convierta en un mero asunto, digamos, vegetativo, en el que la pasividad colectiva abone la involución de nuestra propia situación y contribuya con ello al infierno de las generaciones futuras.



Notas

(1) Merece la pena descifrar históricamente la frase “crónica pelea continental” para entender que Europa ha sido la parte más guerrera y violenta del mundo: En los últimos quinientos años la historia europea salta de una guerra a otra, especialmente en los dos siglos que van de 1615 al fin de las guerras napoleónicas en 1815. En ese periodo las naciones europeas estuvieron en guerra una media de sesenta o setenta años por siglo. Luego hubo un poco más de paz hasta 1914, si olvidamos la guerra de Crimea o la franco-prusiana, pero en ese periodo Europa continuó culminando la exportación de guerra y genocidio hacia fuera de sus fronteras con el holocausto colonial- imperial que fue la conquista del mundo no europeo. Además, en ese periodo de relativa paz interna Europa inventó la industrialización y con ella multiplicó la mortandad y destructividad de la guerra. Dos guerras mundiales incubadas en y por Europa, fueron el resultado.

(2) Lotaringia (regnum Lotharii) fue el nombre que se dio a las tierras que correspondieron a Lotario II, descendiente de Carlomagno tras la división territorial del tratado de Prüm (855). Incluía los actuales territorios de Paises Bajos, Bélgica, Luxemburgo, las regiones del Sarre y Renania de la actual Alemania, así como Alsacia, Lorena y las regiones al este del Ródano, Saona, Mosa y Escalda en la actual Francia.

(3) La posibilidad de que la izquierda llegue al gobierno en Grecia, denuncie la deuda, o exija su renegociación, apele a la solidaridad de los movimientos sociales europeos ante Bruselas y Berlín en ese propósito, y actúe como catalizador, es el gran escenario hoy visible desde la izquierda para un cambio en Europa. Para la derecha el caso de Ucrania, con un movimiento social heterogéneo y amplio contra la corrupción, con fuerte dominio operativo de la ultraderecha y el pleno apoyo de Bruselas, Berlín y Washington a sus ocupaciones y barricadas por motivos geopolíticos, así como la situación en Hungría o los éxitos electorales del Frente Nacional en Francia, ofrecen realidades concretas. Más allá de esos casos, el auge de la extrema derecha es patente, sobre todo, en que ideas social-darwinistas y xenófobas, de hostilidad hacia los pobres y desprecio de la solidaridad, que antes estaban en el espectro ultra, están cada vez más presentes en el centro político. Véase, por ejemplo la encuesta alemana Deutsche Zustände.
En general se aprecia una tendencia de cambio en los mapas políticos comunes a tantos países europeos; desde un centrismo neoliberal mayoritario (socialdemócrata o conservador, o de coalición de ambos como en Alemania, o de rotación) flanqueado por minorías de izquierda y derecha, hacia otra que puede derivar bastante rápidamente en un escenario de centros débiles y movimientos contestatarios de derecha e izquierda en auge, de momento con predominio de los primeros.

(4) En Ucrania existe ahora el peligro de otra guerra europea, consecuencia directa de la agresiva expansión de la OTAN hacia el Este, pisoteando los “acuerdos entre caballeros” del final de la guerra fría (la Carta de París para una nueva Europa de noviembre de 1990) e ignorando los intereses de seguridad de Rusia.


(5) Véase Decline of the West, de Regis Debray, en New Left Review Marzo/Abril 2013.


Dos nuevos bloques de capital dispuestos a todo

Rafael Poch | 29/03/2014

Cómo la aventura occidental en Ucrania contribuye a una nueva bipolaridad

Ucrania confirma que entramos de lleno en la fase de los “imperios combatientes”, fase superior de la estupidez humana en el siglo XXI. En Occidente, el “Imperio del caos”, con Estados Unidos en primer lugar (ahí están sus obras a la vista; Irak, Afganistán, Libia y Siria), continúa dispuesto a seguir afirmándose militarmente. En Europa, la Unión Europea se confirma como su fiel compañero y pese a la crisis que merma sus presupuestos militares, busca ampliar su presencia en África y Europa Oriental, mientras Alemania sale del armario reivindicando abiertamente el control militar de recursos globales y una “política exterior más activa”.

El único programa que este “Imperio del caos” ofrece a los imperios emergentes de Oriente, los BRICS como Rusia y China, es la “completa sumisión”, explica Samir Amin, pero ni Rusia ni China aceptan ese programa.

En Ucrania Rusia ha dicho basta. Estaba dispuesta a convivir con una Ucrania neutral, pero no con un protectorado occidental enfocado contra ella, algo que rompe a ese país por la mitad y le empuja al conflicto interno. Vía la anunciada privatización del sector energético ucraniano, los grifos de las venas por las que fluye el grueso de la exportación energética rusa quedarán en manos de Estados Unidos (empresas como Chevron están en ello), y la inequívoca perspectiva de ingreso en la OTAN convierte el cerco militar en tierra ancestral rusa en un agravio insoportable.

La rebelión de Rusia supone un vuelco en la conducta de ese país durante más de veinte años, siempre cediendo tras la violación de líneas rojas permanentemente marcadas por Moscú y traspasadas sin ceremonias por Euroatlántida. Ese vuelco es visto como un desafío intolerable que hay que castigar ejemplarmente, pero para Moscú no tiene vuelta atrás, sin arriesgarse a un desmoronamiento del régimen de Putin. “Lo importante no es Ucrania en sí, sino el desafío que el vuelco supone”, dice Fedor Lukianov.




La revisión de los “resultados” de la guerra fría es inadmisible en Occidente. Aquel resultado que Gorbachov imaginó como un acuerdo entre caballeros con miras a construir una seguridad continental integrada en Europa (Carta de París, noviembre de 1990), fue convertido por Euroatlántida en una fullera y arrolladora ofensiva sobre el terreno liberado por uno de los dos gángsteres en beneficio del otro. Los dirigentes rusos estaban entonces demasiado entretenidos en llenarse los bolsillos con la privatización y saqueo del patrimonio soviético. Una mezcla de ingenuidad, desbarajuste, choriceo y espíritu matón. Occidente considera ahora inadmisible revisar aquel excepcional conglomerado y quiere escarmentar a Rusia. Pero ¿cómo hacerlo sin empujarla en brazos de China?

Lo de Ucrania apenas está empezando y China ya asoma como ganadora. Su presidente Xi Jinping se pasea esta semana por Europa, inspeccionando el panorama del subimperio occidental; Holanda, Francia, Berlín, Bruselas, un rosario de viejas capitales coloniales unidas, en una orquesta cada vez más desafinada, alrededor del propósito de contrarrestar a los viejos y nuevos imperios emergentes.

Los intentos de que China condene a Rusia por Crimea han sido vanos. Pekín se ha abstenido en la poco entusiasta condena de Rusia en la ONU y ha expresado cierta prudente comprensión hacia la actitud de Moscú.
“China no tiene intereses privados en la cuestión de Ucrania”, ha dicho Xi en Berlín. La crisis de ese país, “deriva de una historia muy compleja y de realidades actuales”, ha matizado. Hay similitudes.

Si la Rusia de Putin no es la de Yeltsin y Gorbachov, tampoco la actual China de Xi Jinping es la de Deng Xiaoping. La doctrina china, explicó Xi en un acto celebrado el jueves en la Körber Stiftung de Berlín, sigue siendo el rechazo a convertirse en potencia hegemónica. China no quiere tratar a los demás de la forma en que ella misma fue tratada por las potencias occidentales y Japón hasta Mao. Pero Pekín –y esa es la novedad- también está marcando líneas rojas en el Mar de la China y advierte contra el cerco del que ella misma es objeto, mientras el Imperio del Caos pregona el traslado del grueso de sus armadas hacia Oriente.

“No queremos ser hegemónicos, pero tampoco nos dejaremos colonizar ni arrollar por otras potencias como ocurrió en el pasado”, respondió Xi el jueves a una pregunta sobre su incrementado presupuesto militar.

Como a Rusia, Estados Unidos acecha a China en sus propias barbas. El regreso al conflicto y la tensión en Europa no le viene mal a Pekín. Resta energía al escenario asiático. Aunque Europa no puede pasarse sin el gas ruso, la mera insinuación de represalias contra Moscú en el frente energético, empuja a Rusia hacia China.

Las relaciones de Moscú y Pekín son de enorme desconfianza, pero en los últimos años las presiones y agravios euroatlánticos sobre Rusia ya lograron desbloquear y mejorar largos pleitos ruso-chinos sobre el precio y las infraestructuras del gas que China necesita.



Hace tiempo que Moscú, crecientemente desengañado de Europa y embarcado en un planteamiento ideológico neocón-eslavo-ortodoxo, mira más hacia Oriente. Pero esa mirada va más allá de China e incluye a adversarios de Pekín en la región, en primer lugar Japón y Corea del Sur, socios y aliados militares de Washington. Moscú tienta con ofertas y proyectos energéticos a Tokio y Seúl, pero Washington presiona para que eso no prospere. El problema es que al disuadir a Japón y Corea del Sur de cualquier negocio energético con Moscú, Estados Unidos aún estrecha más la alianza entre Rusia y China: Convierte lo que podía ser una difusa deriva rusa hacia Oriente, estratégicamente diversificada, en una unilateral y concreta deriva hacia China, es decir algo que consolida un bloque.

El cálculo de Pekín es 2020: el pulso con Estados Unidos ya será para entonces militar. Seguramente en Pekín se considera que el Imperio del Caos no les dejará en paz sin mediar una crisis militar. El recurso militar de China –el potencial en el que está invirtiendo su defensa- es cegar a la armada del Imperio del Caos atacando todo el sistema espacial de satélites sin los cuales el principal ejército del mundo ya no puede vencer en una de esas guerras de ordenador con centenares de miles de víctimas en el adversario y cero víctimas en el propio campo a las que está acostumbrado. Para cuando eso llegue, el suministro energético, que hoy le llega a China por vulnerables vías marítimas controladas por el adversario, estará garantizado continentalmente vía Rusia.

A la Unión Europea y a Alemania todo esto le viene grande. Bruselas quiere anunciar en junio una estrategia para “disminuir su dependencia energética de Rusia”. Con ello contribuirá a lo mismo: a crear una especie de nuevo mundo bipolar, Euroatlantida contra Eurasia. Ese no es el escenario de Rusia, ni de China, ni de los BRICS en general, pero, por lo visto, es el único programa que maneja el Imperio del Caos. Teniendo en cuenta los retos del siglo; el pico petrolero y demográfico, las enormes incertidumbres que anuncian la desigualdad y el calentamiento global, un verdadero premio Nobel de la estupidez.

"Impedir una destructiva guerra civil"

Nacido en Kíev en 1946, el físico Mijáil Pogrebinski, director del Centro de Investigaciones Políticas y de Conflictología de Kíev (KCEPIK), es uno de los politólogos y analistas más respetados de Ucrania. En esta entrevista aborda el diagnóstico sobre la crisis en ese país, algunos interrogantes y pronósticos sobre su actual situación, así como posibles vías para salir del enredo pacíficamente.

P-Desde el principio de esta crisis nuestro diario ha dicho que Maidán contenía tres elementos 1) una revuelta popular, 2) un pulso entre oligarcas y 3) un cambio de régimen auspiciado desde Occidente. ¿Cuál de estos tres elementos le parece más determinante?

Efectivamente los sucesos de Ucrania tienen varios componentes. El primero, el componente geopolítico: la confrontación entre Estados Unidos, Rusia y la Unión Europea, con participación de China, por la influencia en el espacio postsoviético. El segundo, el componente oligárquico: la lucha del gran capital contra la ampliación de los poderes presidenciales de Viktor Yanukovich. El tercero, el componente regional: la aparición espontánea de la protesta social, en especial de parte de la población de las regiones económicamente débiles del Oeste y el centro del país. En cuarto lugar, el intento del espectro nacionalista ucraniano (los grupos ultraderechistas) por realizar una “revolución nacional” que con el apoyo de las regiones del Oeste y de Estados Unidos imponga al Sur y al Este de Ucrania su gobierno, su lengua, sus héroes y su interpretación de la historia en un espíritu fuertemente antirruso. En quinto lugar, el componente liberal: el intento de las capas medias por reducir el poder del gran capital y la gran burocracia con los eslóganes de la integración europea, hacer saltar el régimen de “democracia dirigida” y declarar su emancipación política. En sexto lugar, el derribo de los regímenes incómodos para Occidente mediante la exportación  de “revoluciones coloreadas” utilizando el instrumentarlo acumulado en las experiencias con los países del tercer mundo y en el espacio postsoviético, creando un “caos dirigido” mediante la canalización  de las energías revolucionarias de los liberales “pequeño burgueses” de clase media y de los radicales políticos en una protesta política prolongada y sostenida… Todos esos elementos son importantes y no es posible definir uno decisivo, ya que en las diferentes etapas del proceso unos han tomado la prioridad relevando a otros.



P-Países como Polonia, que antes no decidían nada en la política de la Unión Europea, hoy son decisivos y tienen un gran papel. ¿Cómo explica la mayor beligerancia y agresividad de la política europea hacia Ucrania y Rusia?

Polonia representa el elemento más fuerte y exitoso de la “nueva Europa” orientada hacia la elite norteamericana y por ello interesada especialmente en la contención de Rusia. A ello se suma que la clase política polaca con su carácter tradicionalmente anti moscovita, mantiene su memoria histórica sobre la especial influencia ejercida por su país en Ucrania así como un miedo ante el rearme del ejército ruso. Además de eso, la particular actividad en el frente oriental a través del programa “Asociación Oriental” permite a Polonia incrementar su peso en la política europea.

Sobre la posición de la Unión Europea, recuerdo que en noviembre de 2010 hubo una reunión entre Merkel y Putin en la que se discutió la idea rusa de crear una zona comercial conjunta de la UE y Rusia. Merkel reaccionó positivamente, pero puso una condición: que la Unión aduanera de Rusia con Kazajstán y Bielorrusia, sería un obstáculo para formar tal zona comercial. Así que la diferencia consiste en que por un lado la principal fuerza de la UE solo está de acuerdo en tal proyecto si se realiza a nivel de relaciones bilaterales entre la UE y Rusia, y algunos países postsoviéticos, y por el otro no se quiere reconocer a Moscú el derecho a fortalecer su posición, bloqueando su integración económica con Astaná, Minsk, etc. Algo parecido se practica a nivel de la integración político-militar. Los expertos ucranianos se han dado cuenta de que todos los miembros de la Organización del Acuerdo de Seguridad Colectiva (ODKB, en sus siglas rusas) cooperan a nivel bilateral con la OTAN, pero la OTAN no mantiene relaciones con la ODKB como tal organización…

En estas condiciones, Ucrania ha sido víctima de la fuerte competencia entre dos proyectos de organizar el espacio postsoviético en sus relaciones con la Unión Europea. En ello, tanto la UE como Rusia le exigían que se decidiera o por uno o por otro. Exigiéndole a Ucrania la firma de su “Asociación Oriental”, Bruselas al mismo tiempo se opuso a cualquier acercamiento de Ucrania con la Unión Aduanera (con Rusia). Moscú intentaba atraer a Ucrania a la Unión Aduanera y luego a la Unión Euroasiática, subrayando que Kíev no podría hacerlo si firmaba el acuerdo de asociación con la UE…       En la posición de Alemania (pleno apoyo a Estados Unidos en la cuestión de Crimea), parece haber jugado un papel importante el miedo de Merkel a que la anexión de Crimea por Rusia pueda desestabilizar todo el proyecto europeo por mucho tiempo, contrariando los esfuerzos de Alemania por afirmarse como centro en los próximos años.

P-¿Entre el centenar de muertos del Maidán, cuantos fueron policías? Yo tengo once nombres. Los medios de comunicación de Kíev hace semanas que no mencionan ese dato. ¿Fueron más de once?

Ya el 21 de febrero el Ministerio del Interior ucraniano reconoció la muerte de 16 agentes. Luego se informó de que algunas personas habían muerto en los hospitales a consecuencia de las heridas recibidas. La cifra exacta se desconoce y no se habla de ello porque para el nuevo gobierno estos muertos no encajan con la mitología de los héroes de la nueva Ucrania. Hay que decir que entre los muertos que se añaden a los manifestantes caídos, hay, por ejemplo, un informático del Partido de las Regiones (próximo al huido presidente Yanukovich) llamado Vladimir Zajarov, asfixiado en un edificio incendiado por la protesta y que según muchos testimonios fue golpeado por los asaltantes.

P-¿Cómo valora el asunto de los francotiradores?

No soy investigador ni experto judicial, pero para responder a esta cuestión hay que responder en primer lugar a la pregunta de a quién favoreció aquello. Es evidente que la maximización  de las víctimas le vino bien al Maidán para incrementar la presión de Occidente sobre el gobierno ucraniano, lograr concesiones del presidente y reconfigurar la composición del parlamento. Inmediatamente después de los primeros muertos en la calle Grushevski, Occidente acusó de la violencia exclusivamente al gobierno e incrementó su presión. Ya entonces se expresaron fundadas sospechas de que aquellos tres muertos habían sido víctimas de provocadores y no de la policía. Los francotiradores son un medio de maximizar las víctimas. El 19 de febrero hubo muchas menos que el día 18, y los francotiradores aparecen el día 20, precisamente cuando llega la troika de ministros europeos. Por cierto, nadie niega que dispararon contra ambos bandos. Esta historia debe ser cuidadosamente investigada, pero parece que ni el nuevo gobierno ni Europa lo desean.

P-Es exagerado hablar de una caza de brujas y una ola de represión contra los “separatistas” o “antimaidan” en ciudades como Kíev, Donetsk, Lugansk, Jarkov…? ¿Cómo caracteriza la situación en Ucrania?

En buena medida lo que ocurre ahora en la Ucrania del Sur y del Este es un espejo del Maidán. En Kíev se vio que  si el gobierno no gustaba, se podía tomar por asalto las sedes gubernamentales. Así que como no les gusta el nuevo gobierno han decidido hacer lo mismo, con más razón cuando ese gobierno ignora demostrativamente los intereses de la mitad de la población del país, como se ve en los nombramientos de nuevas autoridades. El nuevo gobierno ha empezado a utilizar todas las medidas contempladas por la ley y a diferencia de lo que le ocurrió al anterior gobierno, en Europa nadie lo critica…. Pero esto solo es una cara de la medalla. Una cosa es que se anuncie que en un par de semanas se empezará a castigar a la gente que toma por asalto las sedes gubernamentales (ha ocurrido en ciudades del sur y del Este como Odesa, Lugansk, Donetsk y Járkov, entre otras), y otra que se enjuicie al ex gobernador de Járkov, Mijaíl Dobkin, solo por haberse manifestado en público a favor de la federalización de Ucrania, es decir el modelo vigente en naciones como Austria, Alemania, Bélgica y de hecho España. Si en los casos de Yulia Timoshenko (ex primera ministra encarcelada por Yanukovich) y Yuri Lutsenko (ministro del interior, igualmente represaliado) había una evidente motivación política en su acusación penal, aquí es patente que estamos ante un proceso político, pero Europa guarda silencio. Europa exigía descentralización en los Balcanes –con Bosnia, Kosovo y Macedonia- pero en Ucrania no dice que hay que dar más derechos a las regiones, incluido el derecho a elegir a sus gobernadores. Considero que el motivo es que eso fortalecería institucionalmente a la Ucrania rusoparlante. Cuando se abre un proceso penal contra alguien por defender una opinión así, se trata de un claro indicio de caza de brujas. No sé cómo evolucionará el caso ni si lo que ha ocurrido es resultado de un error. Y lo mismo puede decirse de la anulación de la ley de lengua (que daba al ruso y a otras lenguas minoritarias una cooficialidad regional) el primer día de trabajo del parlamento que se recompuso bajo la sombra de las armas: ha sido un error del nuevo gobierno. Pero más allá del “error”, esa anulación ha sido uno de los principales postulados ideológicos de las fuerzas a las que el Maidán ha llevado al poder.



P-¿Qué significa que la Fiscalía General esté en manos de gente del partido “Svoboda”, o que el jefe del Consejo de Seguridad Nacional sea un personaje como Andri Parubi? ¿Qué se puede esperar de ellos?

La oposición ha llegado al poder como consecuencia de un golpe de estado, al que también puede llamarse “revuelta popular”, en cualquier caso:  no mediante elecciones. Por eso inevitablemente se han encontrado con el problema de tener que controlar todo el sistema de poder del Estado y neutralizar los restos de influencia de sus adversarios. El control de los recursos de fuerza y financieros permite resolver ese problema y por eso al frente de esos cometidos se ha colocado a personas seguras en su lealtad a los nuevos dirigentes y que por su ideología no pueden entrar en componendas con las anteriores autoridades. En segundo lugar, la política de cuadros de las nuevas autoridades ha quedado bastante limitada a las exigencias de la gente que participa en el Maidán de Kíev. Seguramente en el futuro este factor perderá importancia, pero en el momento actual las nuevas autoridades se orientan a las exigencias del Maidán y usan su “cantera de cuadros”. Los nuevos nombramientos  deben demostrar la intención de acometer una limpieza del antiguo gobierno y de exigir responsabilidades. Precisamente por eso se ha puesto al frente de la Fiscalía General a un representante de las fuerzas radicales. Respecto al antiguo comandante del Maidán y nuevo secretario del Consejo de Seguridad Nacional, Andri Parubi, su nombramiento, entre otras cosas otorga al gobierno cierto control sobre los grupos de “autodefensa”, muchos de cuyos miembros están armados. No creo que el jefe de la Fiscalía y Parubi lleven a cabo alguna política separada del gobierno, pero la presencia de esas personas en esos puestos indica que las nuevas autoridades tienen intención de llevar a cabo una política dura.

P-Putin ha arriesgado mucho con la operación en Crimea. Es evidente que esa operación no tiene marcha atrás. En cambio sí que tiene terreno por delante; ¿es imaginable que el ejército ruso entre en el Este y el Sur de Ucrania, como aventura el vicealmirante Igor Kabanenko?

Teóricamente no puede excluirse una intervención militar rusa en las regiones del Este y el Sur del país, pero eso solo podría ocurrir en determinadas circunstancias. En primer lugar si se intenta introducir tropas ucranianas en Crimea para recuperar el control allá. Creo que la posibilidad de algo así es mínima pero en ese caso Rusia podría optar por una intervención en las regiones orientales para apoyar a sus tropas…. En segundo lugar si en el Este se desencadena una amplia resistencia ciudadana a las nuevas autoridades de Kíev, y si éstas intentaran aplastar esa resistencia por la fuerza. En tal caso no puede descartarse que Rusia decidiera prestar ayuda a los que protestasen. Para que algo así ocurriera deberían darse unas condiciones que hicieran evidente para la mayoría de la comunidad internacional que la vida de las personas corre un grave peligro en esas regiones, lo que, de momento, me parece poco probable.



P-¿Cómo impedir el conflicto e incluso una guerra civil en Ucrania?

Por desgracia el conflicto ya lo tenemos, aunque de momento ocurra bajo el formato de “guerra fría”. De lo que se trata ahora es de impedir su escalada y conversión en una destructiva guerra civil. Todavía hay posibilidades para una solución pacífica de la crisis, pero el actual gobierno está encogiendo dramáticamente el margen de maniobra. No ha propuesto ningún plan  para solucionar los problemas pacíficamente, limitándose a vanas promesas de ampliar la autonomía de Crimea. Al mismo tiempo ha reconocido su ausencia de recursos para resolver la situación por medios de fuerza. Así que se ha optado por una tercera vía: apelar en su defensa a jugadores externos, trasladando a esos países la responsabilidad o por lo menos compartiéndola con ellos… Así que el destino de Crimea y la estabilidad de Ucrania dependen ahora de si Estados Unidos y Rusia se ponen de acuerdo sobre la cuestión ucraniana. Ese acuerdo es, sin duda, muy importante.


P-¿En qué debería consistir?

Primero en establecer garantías para un estatuto de neutralidad de Ucrania y su mantenimiento como socio amistoso económico-comercial de Rusia. Además tendría que brindarse una garantía internacional para la federalización de Ucrania que incluyera el derecho de las regiones a elegir a sus gobernadores. Por su parte, Rusia y la UE deberían comprometerse a renunciar al regreso a tratar a Ucrania bajo el principio de “o tu o yo”. Merece especial atención el hecho de que hasta expertos americanos tan principales como Henry Kissinger o Zbigniew Brzezinsky, que tradicionalmente defendían posiciones diferentes sobre las relaciones de Estados Unidos con Rusia, han llegado a la misma conclusión en cuanto a la solución de la crisis ucraniana y proponen la “finlandización” de Ucrania. En este caso eso significa, perseverar en la orientación europea del país sin  convertirse por ello en un país hostil a Rusia. Las garantías de un estatuto neutral para Ucrania con mantenimiento de su integridad territorial sería un paso hacia la solución pacífica de de crisis internacional relacionada con los acontecimientos de Crimea.


El problema es que en el orden del día ya emerge una crisis interna ucraniana. El primer paso para resolverla sería hacer regresar el proceso político de Ucrania a su marco legal. No creo que haya posibilidades de volver  al acuerdo firmado entre Yanukovich y la oposición con participación europea el 21 de febrero, tal como propone Rusia, sin embargo ahí dentro está el algoritmo general de salida de la crisis interna al que sería razonable acogerse. Supone el desarme de los grupos que la oposición creó a lo largo del enfrentamiento con las autoridades, la preparación para adoptar una nueva constitución (estoy convencido de que debería contemplar amplios derechos de las regiones para reforzar los derechos culturales, religiosos y lingüísticos de los ciudadanos así como el estatuto de neutralidad del país), elecciones presidenciales y creación de un nuevo gobierno. A continuación estaría bien realizar elecciones parlamentarias. Estoy convencido de que esta línea es la única para evitar una confrontación que amenaza con sumir a Ucrania en un cisma. Por desgracia las partes no están demostrando predisposición a emprender la senda de la solución pacífica. Unos quieren una revancha, otros no quieren perder la cara ante tal revancha y algunos simplemente quieren castigar al adversario. Por todo eso la situación suscita la mayor de las preocupaciones.

Fuente: http://blogs.lavanguardia.com/berlin/




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