lunes, 30 de junio de 2014

Nube Roja y la resistencia de la Gran Nación Sioux ante los Estados Unidos (II)


Red Cloud Hz
Nube Roja y otros líderes de la Nación Cheyenne. (PD)

Esta es la primera oportunidad que tengo de escribirle desde la gran masacre, y para empezar le diré que siento vergüenza por haber formado parte de aquello. No serviría de nada contarle cómo fue conducida la lucha; me limitaré a decirle que pienso que el oficial al mando debería ser ahorcado. Tras la batalla hubo una escena que espero no volver a ver jamás: a los hombres, a las mujeres y a los niños se les quitaron las cabelleras, se les cortaron los dedos para despojarlos de sus anillos. Se disparó a niños pequeños mientras rogaban por sus vidas. Le dije al coronel que creía que era un asesinato atacar a indios amistosos. Me respondió diciendo: «Dios maldiga a cualquier hombre que simpatice con esos indios». (Carta del teniente estadounidense Joseph Kramer a uno de sus superiores)

Noviembre de 1864. La tétrica noticia corre por las grandes llanuras como un reguero de pólvora encendido: setecientos soldados blancos, dirigidos por el sanguinario coronel John Chivington, han atacado una aldea cheyenne en Colorado. Una aldea pacífica, no involucrada en la guerra que otra parte de la Nación Cheyenne libra contra los blancos. Una aldea teóricamente beneficiaria de la protección estadounidense por efecto de un tratado con el gobierno de Washington. Y aun así, los hombres de Chivington han cometido una carnicería que ha horrorizado incluso a militares que formaban parte de esa misma expedición: en su correspondencia personal y oficial, así como en los informes verbales ante sus superiores, algunos de esos oficiales piden abiertamente que el coronel Chivington sea llevado al patíbulo. Cuando la noticia de la masacre empieza a circular por el país, incluso renombrados enemigos de los nativos —como el antiguo trampero y aventurero de la frontera reconvertido en líder militar Cristopher «Kit» Carson— hablan de la matanza con una mezcla de rabia y náusea:

Lo que ese perro de Chivington y sus sucios sabuesos han hecho en Sand Creek… sus hombres han disparado a mujeres y le han volado los sesos a niños inocentes. Y llamáis a esos soldados «cristianos», ¿no es así? ¿Y en cambio llamáis «salvajes» a los indios? ¿Qué pensará de esto el padre celestial, que nos creó tanto a nosotros como a ellos? Te diré algo: no me gusta un piel roja hostil más de lo que te gusta a ti. Y cuando son hostiles he luchado contra ellos tan duramente como cualquier otro hombre. Pero aún no le he puesto un dedo encima a una mujer o a un niño. Y abomino de los hombres que sí lo hacen.

El suceso alcanza tal resonancia que el mismísimo Congreso estadounidense se verá obligado a organizar una comisión de investigación en la que se escucharán testimonios verdaderamente tristes, como el de este soldado que estuvo presente en Sand Creek: «Vi los cuerpos tendidos allí, cortados a trozos, con las peores mutilaciones que yo hubiese visto nunca. Las mujeres despedazadas a cuchillo, sus cráneos pelados, sus cerebros al aire. Gente de todas las edades muerta en el suelo, desde bebés hasta guerreros. ¿Que quiénes los mutilaron? Las tropas de los Estados Unidos».

Incluso Kit Carson, enemigo de los indios en la batalla, se sintió horrorizado por la matanza de inocentes en Sand Creek.
Incluso Kit Carson, habitual
 enemigo de los indios en la batalla,
 se sintió horrorizado por la matanza
 de inocentes en Sand Creek. (PD)
Si entre los estadounidenses de la época —generalmente poco escrupulosos a la hora de despojar a los nativos de sus tierras e incluso de sus vidas— se produjo tal reacción, cabe imaginar la honda impresión que la noticia causó en las naciones indias. La coalición sioux-cheyenne-arapajoe, ahora en guerra, conoció detalles de aquellos hechos gracias a la llegada de supervivientes de Sand Creek: indios antes pacíficos que tras haber sido testigos de la matanza decidieron unirse a la lucha contra los Estados Unidos.

La masacre era un motivo más, pensaron sin duda los jefes de la coalición, para no desfallecer en su resistencia frente a una invasión blanca cada vez más cruenta. Sin embargo, para librar una exitosa guerra contra los soldados blancos necesitaban enfocar la estrategia bélica de manera distinta a lo tradicional. Los indios de las praderas, cuando se enfrentaban entre sí, estaban acostumbrados a librar guerras efímeras. Como mucho se producían guerras «prolongadas» que no eran sino estados de animadversión perenne entre determinadas naciones que por lo general se manifestaban mediante incursiones fugaces y aisladas a nivel local. Siendo tan escasa su población y disponiendo de un reducido número de guerreros no podían permitirse guerras masivas ni prolongadas, así que habían desarrollado una mentalidad combativa basada en la revancha instantánea. Las partidas de guerra indias solían causar pocas bajas en ambos bandos y estaban más dirigidas al pillaje o a la captura de esclavos que a la exterminación del contrario. Los indios de Norteamérica carecían de estrategia militar a largo plazo.

Y tan primitivas como sus estrategias eran sus motivaciones bélicas, casi siempre puramente coyunturales ya fuesen la disputa de un territorio de caza o la mera revancha por un ataque anterior. Para los indios, la venganza era en principio un casus belli legítimo. Una aldea atacada injustificadamente se consideraba con el derecho e incluso con el deber de vengar la afrenta. En ocasiones se conformaban con saquear a sus enemigos, pero lógicamente también se podía llegar al frío asesinato, especialmente de los guerreros y los líderes rivales. Nube Roja, por ejemplo, nunca fue un hombre particularmente misericordioso y durante su juventud ejecutó más de una venganza con sus propias manos. Un ejemplo: parte del clan donde vivía se rebeló contra el Viejo Jefe Humo (tío materno de Nube Roja, recordemos) mediante el teatral gesto de lanzarle tierra a la cara. Tras la escenita, los rebeldes se escindieron del clan y formaron uno propio con el que comenzaron a atacar las aldeas o campamentos de su antiguo jefe. En una de aquellas incursiones llegaron a matar a otro pariente de Nube Roja, quien tomó buena nota y participó vigorosamente en una partida guerrera destinada a acabar con los rebeldes. En la batalla final, el líder rebelde fue herido en una pierna y quedó sentado en el suelo, incapaz ya de combatir. Nube Roja se dirigió directamente a él. Pese a ver que estaba indefenso, pese a las súplicas que el líder rebelde hacía por su propia vida, Nube Roja le apuntó con su arma a la cabeza y tras pronunciar la frase «todo esto es por tu causa», disparó. Matar a un hombre herido e indefenso fue un gesto inmisericorde, sin duda, pero Nube Roja estaba imponiendo la férrea ley de las praderas. La piedad, pensaba él, quedaba para quienes se la habían merecido y un guerrero que había asesinado a antiguos compañeros de clan no la merecía.

Pero Nube Roja nunca tuvo fama de hombre injusto, más bien al contrario, y por eso logró escalar puestos hasta la jefatura máxima cuando se declaró la guerra a los blancos. Es más: pese a su acerado pasado como guerrero y pese al miedo que su nombre estaba empezando a provocar entre los blancos, Nube Roja no era un líder guerrero arrastrado únicamente por pulsiones de venganza, ni siquiera sabiendo que aquellos blancos trataban de quitarle sus tierras a su pueblo o que acababan de provocar un baño de sangre inocente en Sand Creek (no fue el único de la época, por cierto, aunque sí el más sonado). Nube Roja comprendía perfectamente que la guerra contra los Estados Unidos no podía limitarse a la típica sucesión de golpes de revancha. Los blancos estaban mejor armados, eran superiores en número —aunque la ulterior leyenda propagandística en novelas y películas afirmase lo contrario— y sobre todo eran capaces de reemplazar rápidamente sus bajas con nuevos reclutas, algo que los indios no podían permitirse. Así, aunque los indios preferían las guerras muy breves, Nube Roja sabía que este nuevo conflicto debía ser planificado a medio plazo. También había que elegir cuidadosamente los objetivos para crear en el ejército rival una sensación de desgaste sin compensación. En esto se distinguió de otros jefes indios, quienes pensaban que el hostigamiento a las líneas de suministro y comunicación de los colones estaban poniéndoles en situación de ventaja de cara a una negociación de paz. Nube Roja, por el contrario, sabía que se necesitaba más. Y entendía la necesidad de que sus nuevos objetivos fuesen sobre todo militares: tenían que hacer entender a los soldados blancos que no podrían establecer cómodamente su dominio en aquellas tierras.

Sus ideas fueron escuchadas. En 1865, la coalición india atacó un puesto militar estadounidense llamado Platte Bridge Station. Veintiséis soldados blancos murieron, entre ellos uno de sus comandantes. Esto constituía un golpe tremendo para la sensación de seguridad de los soldados en la región: hasta entonces los indios habían hostigado las líneas de suministros y las caravanas de los colonos, y a los militares porque estaban ejerciendo los militares como escolta. Pero ahora los indios comenzaban a atacar directamente a las guarniciones. La noticia llegó al general Greenville Dodge, responsable de Fort Laramie, el mayor establecimiento militar en esa parte del continente. Él ya había estado considerando planes para detener la intensa actividad india, y ante el ataque de Platte Bridge Station creyó necesario enviar una inmediata expedición de castigo a gran escala. De hecho lo hizo de manera precipitada y sin un verdadero estudio de la situación. Irónicamente, estaba adoptando la misma estrategia primitiva que los indios habían desechado para el conflicto: ir a la batalla como resultado de una venganza automática.

Dos mil seiscientos «casacas azules» —aquel era el nombre que los indios daban a los soldados estadounidenses— partieron de Fort Laramie decididos a apagar la rebelión india. Era la llamada expedición del Powder River, principal operación militar estadounidense desde el comienzo de las guerrillas indias, ahora transformadas en una guerra abierta. Consistía en tres columnas de soldados que se adentraron en los territorios de caza indios de Nebraska, Wyoming y Montana. Los soldados estadounidenses eran superiores en armamento y organización. Muchos de ellos, para colmo, eran veteranos de la reciente guerra civil. Así que Greenville Dodge creía ciegamente en la victoria. Aquel iba a ser el principal error de toda su carrera.


La primera de las columnas, dirigida por el general de brigada Patrick Connor, fue la única que obtuvo algunos éxitos iniciales. Se internó en el territorio del actual estado de Wyoming y edificó un fuerte (Fort Connor) desde el cual hostigar a los indios de la zona. Connor era un militar despiadado: había tenido un importante papel en otra sangrienta matanza de indios —la masacre de Bear River, donde murieron varios centenares incluyendo a mujeres y niños— y también aquí dio la orden inicial de matar a todo varón indio «de doce años de edad en adelante» aunque, por fortuna, esa orden fue atemperada por un superior, muy consciente del impacto todavía reciente de la masacre de Sand Creek. Pese a la consabida brutalidad de Connor, contó con la inestimable ayuda de algunos exploradores pawnee y omaha, que eran tradicionales enemigos de los sioux. Las debilidades humanas, ni que decir tiene, también se producían en el bando indio. Gracias a aquellos rastreadores, Connor tomó por sorpresa a toda una aldea arapajoe en la batalla de Tongue River, una emboscada que desembocó en una derrota aplastante del clan indio. Sus soldados también consiguieron rescatar a una importante y costosa expedición minera que había estado siendo asediada por los arapajoes en la región.

El general Greenville Dodge planeó una operación de castigo que fue desmantelada por la coalición india.
El general Greenville Dodge planeó una operación
 de castigo que fue desmantelada
 por la coalición india. (PD)
Pero aquí se detuvo el inicio triunfal de Connor. Aquellos golpes no fueron suficientes para desanimar a los arapajoes, quienes siguiendo las mismas tácticas que la coalición india llevaba empleando desde hacía meses, procuraban dirigir sus ataques sobre todo a los medios de transporte del enemigo. Así, poco a poco, las carretas y monturas de los soldados estadounidenses iban desapareciendo. Pronto los casacas azules tuvieron que moverse a pie, sin suministros frescos y alimentándose con la carne los pocos caballos que todavía les quedaban con vida. Finalmente, la capacidad operativa de la columna de Connor terminó siendo prácticamente nula y las magras victorias iniciales se habían obtenido a costa de un desgaste inaceptable. La misión de Connor concluyó, pues, en total fracaso. Sus tropas, desprovistas de caballos y comida, regresaron al fuerte para refugiarse en espera de ayuda, incapaces ya de hacer frente a los indios en campo abierto.

Las otras dos columnas de la gran expedición del Powder River sufrieron un destino igual o incluso peor. Tras adentrarse en Montana y Nebraska respectivamente, descubrieron que no sabían cómo sobrevivir en aquellas tierras donde los indios se desenvolvían con mucha mayor facilidad. La falta de pastos provocaba la muerte de los caballos (cuando no eran propios los indios quienes mataban o robaban a sus animales). El mal tiempo entorpecía la marcha. La falta de conocimiento del terreno hacía que se perdieran o que diesen vueltas en círculo, algo agotador, especialmente cuando empezaron a verse obligados a ir a pie. Los nativos aparecían, atacaban brevemente y desaparecían; así una y otra vez, dando la sensación de ser como fantasmas a los que no se podía dar caza. Los soldados estadounidenses se desmoralizaron y su voluntad combativa se desplomó. Cuando las dos columnas —o lo que quedaba de ellas— consiguieron reunirse tras experimentar un vía crucis por las praderas, partieron también hacia Fort Connor buscando refugio. Cuando aparecieron allí, parecían, como lo resumiría un historiador, «la tropa más patética que se haya visto jamás en Wyoming».

En resumen: la triple expedición de Powder River, que teóricamente debía finiquitar la guerra con los indios, terminó en un absoluto desastre y provocó la completa desbandada de las tropas estadounidenses enviadas desde Fort Laramie. Fue una victoria india sin paliativos, en tres frentes distintos, y que básicamente había desbaratado la fuerza militar estadounidense en la región. Iniciado el verano de 1866, el Departamento de Interior del gobierno los Estados Unidos pareció reconocer implícitamente su derrota cuando envió a los indios un mensaje en el que invitaba a los jefes de la coalición india a visitar Fort Laramie para firmar un tratado de paz.

Nube Roja tuvo que pensarse mucho si debía acudir a la negociación o no. Algunos jóvenes guerreros muy destacados de su tribu, como el ahora legendario Caballo Loco, se oponían visceralmente a la negociación y consideraban que firmar la paz en aquel momento era precipitado. Pero Nube Roja, como gran jefe que era, tenía que atender a otras razones: por un lado consideraba que la situación militar era lo bastante buena como para intentar forzar un tratado beneficioso. Por otro, aún más importante, la temporada de caza había sido muy mala y a los guerreros les iba a venir muy bien un tiempo de paz para alimentar a los suyos, entre quienes comenzaba a amenazar el hambre. Incluso podrían necesitar para vivir la indemnización de guerra estadounidense —generalmente pagada en bienes— que pudiesen obtener a raíz del acuerdo de paz. Finalmente Nube Roja aceptó negociar, al igual que prácticamente todos los demás jefes participantes en la guerra. En Fort Laramie se produjo un espectáculo sin duda notable cuando numerosos grupos de guerreros indios acamparon en los alrededores mientras sus jefes parlamentaban con el representante del gobierno, E. B. Taylor.

Pero la negociación, que en principio parecía marchar bien, estaba condenada a fracasar desde el principio. Los indios no tardaron en descubrir el doble juego que siempre se practicaba desde el gobierno de Washington, o desde sus diferentes ramificaciones regionales. La prueba de ello no pudo llegar en peor momento: justo cuando los jefes indios estaban en Fort Laramie, apareció una cuarta columna estadounidense. Eran un millar largo de soldados dirigidos por el general Henry B. Carrington, cargados de materiales de construcción y con la evidente misión de erigir un nuevo fuerte en la región. Nube Roja no daba crédito a sus ojos. Al día siguiente le enfureció comprobar que el general Carrington se sentaba en la sesión de negociación como si tal cosa. Nube Roja se negaba a parlamentar con un militar, porque la paz era un asunto entre gobiernos. Para él, la aparición de Carrington y sus hombres era una prueba de que los blancos continuaban empeñados en amenazar a los indios incluso tras haber sufrido una seria derrota. La cosa estaba clara: los estadounidenses fingían negociar la paz mientras se preparaban para continuar la guerra.
Los jefes cheyennes y arapajoes, en cambio, no consideraron tan grave el asunto. Al día siguiente se presentaron ante Taylor y  Carrington para seguir conversando, aunque parecían más dubitativos, como si no estuviesen seguros de querer estar allí. Y Taylor no dejó de notar que Nube Roja se encontraba ausente. Quiso saber dónde estaba. La respuesta que recibió no fue nada halagüeña: Nube Roja, le dijeron, se había marchado para continuar la guerra por su cuenta. Nube Roja ya no quería firmar la paz y los jinetes sioux volvían a cabalgar por las llanuras.


Nube Roja (derecha) junto a su compatriota sioux oglala, el jefe Caballo Americano.
Nube Roja (derecha) junto a
 su compatriota sioux oglala,
 el jefe Caballo Americano. (PD)
Aquello era un más que evidente signo de que la guerra iba a continuar, pero Taylor estaba obcecado con obtener un éxito político de aquellas negociaciones y decidió maquillar la situación de cara a Washington. Envió un mensaje diciendo que el acuerdo de paz era inminente y que casi todos los jefes indios de la región iban a firmarlo. Admitía que Nube Roja se había negado a firmar y que había partido hacia las llanuras acompañado de algunos centenares de guerreros, pero que aquello no impedía pintar el triunfal retrato de la paz inminente. En sus parciales informes, Taylor ni siquiera hizo notar el hecho todavía más inquietante de que el puñetazo en la mesa de Nube Roja había sacudido a sus aliados y que, gradualmente, los jefes cheyennes y arapajoes estaban empezando a imitar el ejemplo de los sioux. En sus informes, a Taylor se le olvidó decir que los indios estaban siguiendo masivamente a Nube Roja. Y que el porcentaje de jefes dispuestos a firmar la paz era cada vez menos representativo del conjunto de la coalición.

En Washington compraron fácilmente las mentiras de Taylor. Incluso más ansiosos por obtener rédito político de la paz y también ansiosos por demostrar que se daban las condiciones para finalizar su gran proyecto nacional —el ferrocarril transcontinental—anunciaron a bombo y platillo un inminente tratado de paz. La prensa, con igual despreocupación, vendió felizmente la piel de un oso al que no se había cazado. A nadie en la capital se le ocurrió comprobar si realmente Nebraska, Wyoming o Montana eran ya territorios pacificados. No había comunicación telegráfica entre la capital y la frontera, recordemos, y las noticias llegaban a caballo o en carreta. Y como las últimas noticias decían que los indios estaban comenzando a disgregarse —y era cierto, pero lo hacían para seguir la vieja costumbre de pasar el invierno con los suyos incluso en tiempos de guerra— la ilusión de una paz en el «salvaje oeste» se extendió hasta límites absurdos. El mismísimo presidente de los Estados Unidos, Andrew Johnson, se plantó en el debate sobre el estado de la nación —allí llamado «debate sobre el estado de la Unión»— y se ganó los aplausos de sus ilustres señorías presumiendo de que la guerra contra los indios había terminado.

Pero lejos de allí, en aquellos mismos días en que el presidente alardeaba desde el estrado, estaba sucediendo algo completamente inesperado: contra todo pronóstico y aun habiendo entrado en lo peor del invierno… los indios estaban reapareciendo.

Mientras en Washington se celebraba una paz inexistente, un comando indio dirigido por Caballo Loco atacó un tren de transporte de madera. En otro lugar, los guerreros nativos tendieron una astuta trampa de factura casi napoleónica a la guarnición de un pequeño fuerte, aparentando ser inferiores en número para atraer a los soldados guarnecidos a campo abierto, en donde sufrieron una ominosa derrota. Poco después, la coalición india atacaba por sorpresa Fort Kearny, aquel nuevo fuerte construido a toda prisa por el mismo general Harrington cuya aparición en las negociaciones de paz había provocado la furia de Nube Roja. Los blancos volvieron a caer en la trampa de intentar dispersar y perseguir a unos indios aparentemente escasos que asediaban el fuerte: un contingente de soldados comandados por un fogoso subordinado de Carrington —el capitán William Fetterman— abandonó el fuerte para eliminar a los asaltantes. Y aquellos escasos asaltantes parecieron huir (aunque dejándose perseguir) hasta un lugar predeterminado en donde los casacas azules se vieron repentinamente emboscados por una nube de guerreros comandados por Nube Roja: en la aparentemente vacía pradera, como saliendo de la nada, atacaron los arapajoes y los cheyennes desde un lado y los sioux oglala desde el otro. Los estadounidenses quedaron justo en medio. No hubo piedad. 

Ninguno de los casacas azules regresó con vida. Pero lo más significativo tuvo lugar tras la batalla: los cadáveres de los soldados blancos fueron mutilados en simbólica imitación de lo sucedido con los habitantes del poblado de Sand Creek. Aquellas mutilaciones de cadáveres pretendían enviar un claro mensaje a Washington: los indios no estaban dispuestos a olvidar. Eso sí, hubo algún detalle sorprendente: el único cadáver que no había sido mutilado era el del corneta Adolph Metzger, inmigrante alemán enrolado en la infantería que había dado grandes muestras de valor durante la batalla, atacando a los indios con su corneta a modo de porra metálica (lo sabemos porque los propios indios lo contaron más adelante). Los indios, en señal de admiración por el evidente coraje del corneta, no solamente habían respetado la integridad de su cadáver sino que lo habían envuelto en una piel de búfalo, gesto de respeto con claros tintes ceremoniales.
En Fort Kearny, extrañados por la ausencia de noticias de los soldados que habían partido persiguiendo a los indios, enviaron un nuevo contingente de tropas en ayuda de la primera expedición. Todo lo que encontraron fue la espantosa imagen de los cadáveres concienzudamente desfigurados. Aquella fue la «matanza de Fetterman», uno de los hechos definitorios de la «Guerra de Nube roja».

Durante varios días, más allá de Fort Kearny, nadie tuvo noticia de la matanza. Menos de una semana después, en la guarnición más cercana —Fort Laramie, a casi cuatrocientos kilómetros— desconocían por completo lo sucedido y mientras una tormenta de nieve azotaba el paisaje, en el interior del fuerte tenía lugar un despreocupado baile navideño donde oficiales y sus esposas lucían sus mejores galas al estilo de cualquier película de John Ford. Pero aquella no sería la imagen más cinematográfica de la velada, porque de repente, irrumpiendo en plena fiesta, apareció un mensajero recién llegado desde Fort Kearny. El soldado presentaba un aspecto lamentable: estaba cubierto por la escarcha, temblando de frío y al borde del colapso por agotamiento tras haber forzado la marcha para cubrir la distancia que separaba ambos fuertes —más o menos la misma distancia que hay entre Madrid y Valencia— en cuatro jornadas a caballo, por la nieve, bajo la ventisca y afrontando un frío inhumano que en ocasiones podía superar los treinta grados bajo cero. Ante la dantesca visión del mensajero, la música cesó y todos se dispusieron a escuchar las malas noticias que el pobre tipo traía desde Fort Kearny: los indios habían reaparecido en pleno invierno contra todo pronóstico, habían masacrado a Fetterman y su tropa, y amenazaban con asaltar directamente el fuerte y diezmar a las pocas fuerzas que le quedaban al general Carrington.


Aunque mucho menos conocido en Europa, el capitán William Fetterman sufrió un desenlace similar al del general Custer.
Aunque mucho menos conocido en Europa,
 el capitán William Fetterman sufrió
 un desenlace similar al del general Custer. (PD)
Así, en Fort Laramie supieron no solo que la guerra no había terminado, sino que tendrían que enviar urgentes refuerzos a Fort Kearny. Le preguntaron al mensajero si había visto indios durante su largo camino entre ambos fuertes. El soldado afirmó no haber visto absolutamente a ninguno, pero nadie interpretó adecuadamente aquel hecho: siendo ya legendaria la capacidad de los nativos para hacerse invisibles sin por ello dejar de acechar a sus enemigos, podía pensarse que les había interesado particularmente que las noticias de su ataque fuesen conocidas en Fort Laramie (o de lo contrario, claro, aquel mensajero jamás hubiese llegado a Fort Laramie con vida). Aquella era una idea inquietante que alguien debió haber tenido en cuenta: ¿por qué los indios no se molestaron en evitar que Fort Laramie recibiese el mensaje y enviase refuerzos? Pero en Fort Laramie no se detuvieron más de la cuenta en analizar aquella sospechosa situación o bien se sintieron en la obligación de responder inmediatamente a la solicitud de ayuda. Así que tras haber visto abruptamente interrumpidas sus galas navideñas, un contingente de tropas partió hacia Fort Kearny para ayudar al fuerte supuestamente asediado. No fue un viaje fácil: los soldados de refuerzo tuvieron que hacer el camino inverso al del mensajero, padeciendo las mismas temperaturas dignas de la Antártida. Al menos uno de los hombres murió de frío durante el trayecto. Otros perdieron dedos de los pies por congelación y no pocos enfermaron. Tampoco ellos vieron a ningún indio por el camino y para cuando llegaron a Fort Kearny, los guerreros que teóricamente lo asediaban habían vuelto a desaparecer. Porque los indios, ahora sí, se habían retirado definitivamente a sus respectivos refugios… no sin antes haber atraído a nuevas tropas hacia el inclemente corazón de las praderas, donde iban a ser azotados por lo peor del invierno. A los soldados que llegaron para reforzar Fort Kearny y a los que ya estaban allí les tocaba pasar por un auténtico calvario: con tanta nieve no había pastos, así que perdieron —o se comieron— a casi todos sus animales. Los suministros desde Fort Laramie no llegaban en cantidad suficiente porque el mal tiempo y la dificultad del trayecto hacían casi imposible la asistencia. En sus almacenes empezó a escasear la comida fresca como la fruta y la verdura, así que los soldados, además de enfermar por el frío, lo hacían también por el escorbuto. Los indios estaban ganando una nueva batalla sin necesidad de disparar ni una sola flecha, ni una sola bala de sus escasos y anticuados rifles. Todo lo que habían necesitado era atraer más soldados a Fort Kearny para que el famoso General Invierno, el mismo que había derrotado a Napoleón, demostrase que se había aliado con Nube Roja y los suyos. Una vez más, la astucia india estaba costándoles muy caro a los casacas azules estadounidenses.

Todavía en pleno invierno, a principios de 1867, finalmente, empezaron a llegar a Washington las noticias sobre la intensa Navidad que se había vivido en las praderas: en la capital supieron de la «masacre de Fetterman», del asedio sufrido por el ya destituido general Henry B. Carrington en Fort Kearny, del ataque al tren, etc. Aquello revolvió completamente la percepción que los estadounidenses tenían del progreso colonial en las llanuras. Habían creído que la paz estaba firmada pero ahora se encontraban con lo que solo podía ser calificado como desastre militar. Los periódicos airearon profusamente los inquietantes datos del catastrófico intento de dominar las praderas. Los mensajes triunfalistas del presidente fueron súbitamente ridiculizados por la realidad. Los Estados Unidos estaban perdiendo la guerra. La situación era muchísimo peor que antes del primer intento de firmar un tratado, cuando Nube Roja había salido airado de Fort Laramie.

El gobierno de Washington envió nuevas tropas a Fort Laramie para reforzar la presencia militar en la región, pero a casi ningún oficial con dos dedos de frente se le escapaba que incluso con aquellos refuerzos iba a resultar prácticamente imposible someter a la coalición nativa. Sí, los indios eran poco numerosos y mal armados, y su ejército tenía una organización desestructurada y dispersa. Pero sus tácticas de guerrilla, su conocimiento del terreno y su bravura contrastaban dramáticamente con la aparente indefensión de los soldados estadounidenses en las praderas, desmoralizados por un territorio inclemente y aterrorizados ante un enemigo al que veían como diabólicamente astuto. Por otra parte, a causa de los recortes presupuestarios y de la mala situación que se había heredado de la reciente guerra civil estadounidense, Washington no tenía tantas tropas de refresco como hubiese necesitado para hacer frente a la situación. Los hombres que tenían en las praderas eran casi todos los que podían desplazar a la región en aquel momento… y no parecían bastantes.

No hay invierno que dure por siempre y finalmente llegó la primavera, lo que en principio constituía una buena noticia, al menos para las maltrechas tropas de Fort Kearny. Pero con la primavera no solamente retornaba el buen tiempo; también los indios reaparecieron de donde quiera que hubieron estado ocultos.
Esta vez, la «Guerra de Nube Roja» se dividió en dos frentes. Tras las deliberaciones que sin duda habían tenido lugar durante el invierno entre los jefes indios, las tres naciones habían decidido dividir sus fuerzas. Los cheyennes y los arapajoes atacaron un fuerte en Montana. Mientras, los sioux de Nube Roja lanzaron un ataque supuestamente definitivo a Fort Kearny para intentar desmantelarlo por completo.


Auténtica camisa de Nube Roja, regalada por él a un antiguo militar y hoy expuesta en el museo de Pine Ridge.
Auténtica camisa de Nube Roja,
regalada por él a un antiguo militar y
 hoy expuesta en el museo de Pine Ridge.
Sin embargo Nube Roja se topó con un obstáculo que no podía haber previsto. En aquellos tiempos la tecnología armamentística progresaba a velocidad de vértigo y los soldados blancos disponían de un arma temible: el nuevo rifle Springfield, que había llegado con los refuerzos enviados por Washington, era más fácil de recargar, podía disparar más balas en menos tiempo y era un arma que básicamente multiplicaba por diez la capacidad de resistencia de los soldados guarnecidos en un fuerte. Gracias al Springfield, el ataque a gran escala de Nube Roja fue firmemente rechazado: los sioux se vieron envueltos en una lluvia de balas y se dieron vuelta rápidamente cuando comprendieron que la potencia de fuego de los defensores resultaba ahora prácticamente infranqueable. Pero Nube Roja se caracterizaba por extraer lecciones incluso de sus fracasos: supo que, pese a su plan inicial, ya no debía atacar directamente las guarniciones militares. Era hora de retornar a las viejas tácticas: atacar las caravanas y los convoyes de transporte que estaban facilitando la colonización minera a través del llamado «camino de Bozeman», el mismo que conducía directamente al oro de Nebraska. Quizá los soldados tenían mejores armas ahora, pero ya no eran suficientes para cubrir todos los frentes. Los sioux de Nube Roja, a quienes no se les había escapado la importancia que los blancos concedían al ferrocarril, volvieron nuevamente sus ojos hacia el «caballo de hierro». Con un fabuloso sentido de la oportunidad, Nube Roja dirigió un exitoso ataque sobre un tren de la Union Pacific que hizo saltar todas las alarmas en Washington. La importantísima conexión este-oeste, clave para la consolidación de los Estados Unidos como potencia internacional, podía pender de un hilo si los sioux continuaban asediando el ferrocarril.

Pero si decidían enviar tropas a proteger las vías de tren, tenían que descuidar la vigilancia en el «camino de Bozeman», porque ya no disponían de soldados suficientes para garantizar la seguridad en ambos frentes. Los indios, en cambio, utilizaban tácticas guerrilleras que les permitían estar en todas partes con muchos menos guerreros disponibles. Así que la providencial aparición del rifle Springfield bien pudo haberle dado un giro a la guerra en otras circunstancias, pero para entonces la situación psicológica en Washington ya había cambiado del ciego triunfalismo de la Navidad anterior al sentimiento de que se encontraban en la antesala de un desastre. Los informes de los militares no ayudaban a mejorar los ánimos: resultaba más difícil de lo previsto enviar nuevos refuerzos para cubrir las numerosas bajas causadas por la coalición india. Los comandantes advertían de que, de seguir así las cosas, apenas se podía contar con el ejército como no fuese para agazaparse en sus fuertes, utilizando sus modernísimos rifles para disuadir a los indios de atacar las guarniciones directamente, pero poco más. Y aunque salieran a campo abierto para enfrentarse directamente a los indios, o bien protegían el ferrocarril, o bien protegían la carretera Bozeman que estaba facilitando la colonización de Nebraska y aledaños. Una de las dos cosas iba a perderse. Si es que no se terminaban perdiendo las dos.

El presidente, sus asesores, el congreso… todos temían un cataclismo. Washington no tenía muchas opciones. O dedicaban ingentes recursos —que no iba a resultar fácil reunir— a intentar darle la vuelta a una guerra que podía alargarse varios años más, ahogando el crecimiento de la nación, o intentaban firmar de nuevo la paz, pero esta vez otorgando a los indios casi todo lo que estos pidieran. Desde que Nube Roja abandonó las anteriores negociaciones de paz, la coalición nativa había tenido todo a su favor. Resultaba evidente que no iban a ceder. Era la primera vez desde la llegada de los blancos al continente en que los indios se encontraban en una posición más fuerte para negociar una paz.

Washington envió una nueva propuesta de diálogo, aunque hacer llegar el mensaje costó lo suyo porque en Fort Laramie y alrededores no se conseguía encontrar hombres dispuestos a adentrarse en territorio sioux. Nadie se atrevía a llevarle personalmente el mensaje a Nube Roja. Cuando finalmente encontraron un voluntario, pese a todo, este entregó el mensaje y regresó con vida. Con vida y con una respuesta de Nube Roja.

Firmas (marcas en forma de cruz) de los jefes indios en el Tratado de Fort Laramie.
Firmas (marcas en forma de cruz) de los jefes indios
 en el Tratado de Fort Laramie. (PD)
Esta vez, el gran jefe sioux quería imponer varias condiciones antes de siquiera sentarse a parlamentar. No negociaría nada al menos que los soldados abandonasen los tres nuevos fuertes que se habían erigido en sus territorios, Fort Kearny incluido. Ese era un requisito sine qua non para que se dignase aparecer de nuevo por Fort Laramie.  Washington aceptó, así que los casacas azules abandonaron sus fortificaciones: tardaron apenas unas horas en saber que los sioux les habían vigilado estrechamente para comprobar que efectivamente se marchaban; los soldados estadounidenses vieron humaredas en el horizonte, señal de que los fuertes ahora vacíos estaban siendo reducidos a cenizas por los indios. El abandono de aquellos fuertes era una renuncia territorial sin precedentes en el imparable avance de los Estados Unidos a costa de las naciones indias. Después de tres años de conflicto, la coalición india había derrotado a la potencia emergente de más rápido crecimiento en todo el planeta. Y Nube Roja, su principal líder, era el primer jefe indio que verdaderamente podía afirmar que le había ganado una guerra a Washington. Sería el último.


La tensión en Fort Laramie se mantuvo durante meses, porque aunque algunos jefes iban apareciendo para negociar la paz, Nube Roja no daba señales de vida. Nadie podía afirmar si estaba esperando para comprobar que no llegaban nuevas tropas a la región, o si sencillamente estaba planeando una prolongación de la guerra. Pero resultó ser la primera opción: Nube Roja no quería precipitarse y tardó bastante tiempo en aparecer por Fort Laramie, donde se lo esperaba ansiosamente. Cuando finalmente se dejó caer por allí, ya sabía que los blancos no habían hecho ningún intento por volver a avanzar en sus territorios. Sabía que tenía todas las cartas a su favor. De todos los jefes indios presentes fue nuevamente el más duro a la hora de negociar. Únicamente cuando se le garantizó la creación de una muy amplia reserva india en cuyo territorio no podría entrar ningún hombre blanco sin permiso expreso de los indios, aceptó a firmar unos papeles que no podía leer pero en cuyo contenido confió con una ingenuidad casi infantil, algo sorprendente en un guerrero tan experimentado y astuto. Y es que también los blancos tenían sus astucias. Nube Roja era un hombre de honor: bien sabía que los blancos nunca cumplían sus promesas y sin embargo, pensó que aquella victoria tal vez había cambiado la situación.

Después de firmar el tratado junto a otros muchos jefes indios, Nube Roja se retiró a vivir a la reserva, decidido a dejar atrás una vida marcada por las constantes guerras. Estaba cansado de luchar. Había vencido a los estadounidenses y pensaba que había obtenido para su nación un territorio inviolable en donde los sioux pudieran vivir en paz, cazando búfalos, rindiendo culto a sus espíritus y criando a sus hijos según sus propias costumbres.

Los blancos, que son cultivados y civilizados, me han engañado. Y soy fácil de engañar, porque no sé leer ni escribir. (Nube Roja)

Nube Roja no tardó en descubrir que había sido engañado. El tratado de Fort Laramie contenía cláusulas que le habían sido leídas de manera interesada (y que, aun sabiendo leer, estaban redactadas con la malicia y ambigüedad propias de los abogados gubernamentales; puede leerse el texto completo, en inglés, en este enlace). No sabía leer, pero la realidad habló por sí misma de las malas intenciones de sus antiguos enemigos. Por ejemplo, en una práctica habitual de Washington, se habían incluido en la reserva sioux territorios ya pertenecientes a otras naciones indias. De repente, los sioux se encontraban metidos en otro conflicto territorial, esta vez contra sus hermanos de raza. También resultó que el tratado, en realidad, daba manga ancha para que los representantes del gobierno se estableciesen en las reservas… y según la sinuosa y ladina redacción del tratado, prácticamente cualquier blanco podía ser considerado un «representante del gobierno» por el mero hecho de ser designado como tal. El resultado fue que el acuerdo, tal como había sido explicado a los jefes indios en término simples —y tal como ellos creían haberlo firmado— empezó a ser vulnerado repetidamente. La anhelada paz en la reserva empezó a tornarse insostenible: los Estados Unidos habían estado ganando tiempo para recuperarse, simplemente, y los sioux se sentían cada vez más decepcionados y enfurecidos.

Menos de una década después de la firma de ese Tratado de Fort Laramie, en un ambiente ya claramente prebélico, Nube Roja acudió a Washington en un último intento por detener un nuevo derramamiento de sangre. Y como narrábamos en la primera parte, se sintió decepcionado e incluso insultado por la frialdad de los políticos, incluyendo al presidente, con quien conversó personalmente (y con brevedad). Viajó a Nueva York y dio aquel discurso con el que comenzamos la narración y que fue el último intento, a la desesperada, de hacerse oír ante los blancos. Washington no cedió y los pocos defensores comprometidos que la causa india tenía entre los estadounidenses tampoco consiguieron mucho más. No se pudo evitar la guerra. En 1876, tras siete años de precario alto el fuego y constantes transgresiones estadounidenses, los sioux —liderados por guerreros de la siguiente generación— volvieron a rebelarse ante la invasión blanca. Pronto se sumaron sus antiguos aliados cheyennes. Estallaba la Gran Guerra Sioux, comandada por Toro Sentado y Caballo Loco. Ahora ellos eran los grandes jefes.

Cuando era joven, era pobre. Durante las guerras contra otras naciones luché en ochenta y siete batallas. En ellas me hice un nombre. Por ellas me eligieron jefe de mi nación. Pero ahora soy viejo y deseo la paz. (Nube Roja)


Toro Sentado intentó, sin éxito, volver a derrotar a los Estados Unidos después de que Nube Roja buscara ansiosamente una paz imposible.
Toro Sentado intentó, sin éxito,
 volver a derrotar a los Estados Unidos
 después de que Nube Roja buscara
 ansiosamente una paz imposible. (PD)
Nube Roja no participó en una nueva guerra donde los sioux perdieron lo que con él habían ganado. Pese a victorias tan sonadas como la batalla de Little Big Horn (la misma en la que el célebre Séptimo de Caballería del general Custer fue aniquilado hasta el último hombre) los indios ya no pudieron inclinar de su lado la balanza. El desgaste humano y material terminó erosionando su capacidad combativa. Varias malas cosechas y la incompatibilidad entre dedicarse a la caza o a la guerra contra los Estados Unidos hicieron que el alimento escaseara en los poblados indios. La moral de los nativos cayó en picado cuando comprobaron que los suyos empezaban a pasar hambre. Primero se rindieron los cheyennes. Más tarde el jefe sioux Caballo Loco fue arrestado (murió en circunstancias muy poco claras, recibiendo un bayonetazo cuando supuestamente intentaba escapar de su cautiverio). Finalmente, el último gran jefe sioux que todavía resistía, Toro Sentado, se rindió también cuando la situación de su gente era ya desesperada a causa del hambre y la escasez. Toro Sentado se había creado una enorme reputación entre los blancos, muchos de los cuales le respetaban pese a haber sido un enemigo. Demostró siempre una voluntad integradora e incluso adoptó como hija a la legendaria tiradora blanca Anne Oakley, tras bautizarla con un simpático nombre que venía a significar «la pequeña con un disparo certero». También aceptó formar parte del curioso espectáculo de Buffalo Bill y no rechazaba la convivencia con los blancos, un sueño utópico que venía manteniendo incluso desde los tiempos de la guerra. Sin embargo, también Toro Sentado murió en extrañas circunstancias cuando se negó a ser arrestado ilegalmente, sin la presencia del agente de asuntos indios de la región. Poco importó que no llevase un arma encima. Su buena predisposición fue recompensada con un disparo en el pecho.

Así pues, la resonante victoria de Nube Roja duró apenas una década. Sobrevivió a Toro Sentado y a Caballo Loco, legendarios jefes más jóvenes que él. También sobrevivió a su propio país. Tras la derrota sioux, vio como la reserva era reducida a una minúscula fracción de lo que había sido su Gran Nación. Vio como a los suyos se le les daban territorios escasos, dispersos y poco fértiles. Vio como los indios dependían ahora casi completamente de los suministros gubernamentales de Washington, repartidos mediante aquella corrupta red de agencias indias que tantas y tantas veces había denunciado en el pasado. Pese a todo, Nube Roja nunca cejó en el intento de obtener beneficios para los suyos: de camino a su vejez se convirtió en un astuto político, incluso llegó a «convertirse» al catolicismo —más bien se dejó bautizar— en 1884 porque pensaba que así sería más fácil negociar con los blancos, ya que muchos de los principales defensores de los indios pertenecían a asociaciones religiosas (Toro Sentado hizo el mismo paripé, aunque parece que sí hubo conversiones sinceras como la del jefe Ciervo Negro).

No consiguió gran cosa, pese a sus esfuerzos constantes. Cuando llegó el cambio de siglo, la Gran Nación Sioux era solamente un remoto en la mente de aquel anciano indio que ahora estaba prácticamente ciego. Aun así, al igual que Toro Sentado, nunca mostró desprecio o acritud hacia los blancos en general. Durante sus últimos años, uno de sus grandes amigos fue un antiguo militar estadounidense: el capitán James Cook. Cuando notaba próximo el fin, dictó para Cook una afectuosa carta instándole a quedarse con varios recuerdos suyos (como ropa personal o su pipa ceremonial con su respectiva bolsa, una posesión muy simbólica e importante para los sioux). Entre esos objetos estaba un retrato al óleo que un estudiante de arte había hecho de Nube Roja. El viejo jefe insistía en que Cook conservara el cuadro para que los hijos de ambos pudieran contemplar «el rostro de uno de los últimos jefes que vivieron antes de que los hombres blancos vinieran y nos expulsaran del antiguo camino que veníamos recorriendo desde hacía cientos de años».

Nube Roja, Mahpíya Lúta, el único jefe indio que ganó una guerra a los Estados Unidos de América, murió en 1909 poco antes de cumplir los ochenta años. Fue enterrado según dicta el rito católico en el cementerio de Pine Ridge, bajo una losa blanca presidida por una cruz cristiana. Aún hoy su tumba es un lugar de peregrinación donde se dejan banderas o pequeñas piedras de recuerdo. Actualmente, Red Cloud es el apellido legal de sus descendientes directos: en julio de este mismo años 2013, por ejemplo, ha fallecido a los noventa y tres años Oliver Red Cloud, su bisnieto y jefe de la «nación sioux» desde 1977.

Dos décadas después de la muerte de Nube Roja, cuando las guerras que él protagonizó formaban parte —convenientemente embellecidas— no solo del folclore estadounidense sino de la cultura popular internacional, los jefes indios seguían alzando su voz aunque ya nadie estaba dispuesto a escucharles. Durante mucho tiempo la literatura, el cine y la televisión estadounidenses (y por ende, las de sus imitadores a lo largo del globo) falsearon la historia y retrataron a los indios de Norteamérica como meros salvajes empeñados en cortar cabelleras —costumbre, por cierto, introducida por los europeos— y en asaltar sin motivo a los plácido granjeros blancos. Hoy conocemos mejor la verdad: sus tierras les fueron arrebatadas mediante una larga cadena de agresiones, tratados vulnerados, promesas incumplidas y por aquella barbaridad genocida llamada el «Destino Manifiesto», la idea de que los Estados Unidos tenían necesariamente que extenderse de una costa a otra de Norteamérica, buscando su lebensraum sin importar que prácticamente todas las tierras de aquel continente perteneciesen a otras naciones. Como decía amargamente una declaración del Gran Consejo Indio de 1927, apenas dos décadas tras la muerte de Nube Roja:

La gente blanca, que está intentando modelarnos a su imagen y semejanza, quieren que seamos eso que llaman «asimilados», quieren integrar a los indios en la mayoría, destruir nuestra manera de vida y nuestros patrones culturales. Creen que deberíamos estar contentos como aquellos cuyo concepto de la felicidad es materialista y avaricioso, lo que difiere mucho de nuestra forma de ser. Pero queremos ser libres del hombre blanco, más que estar integrados. No queremos ser parte del sistema, queremos ser libres y educar a nuestros hijos según nuestra religión y según nuestras costumbres. Queremos ser capaces de cazar, pescar y vivir en paz. No queremos tener poder, no queremos ser congresistas o banqueros… queremos ser nosotros mismos. Queremos conservar nuestra herencia, porque somos los propietarios de estas tierras y porque a estas tierras es a donde nosotros pertenecemos. El hombre blanco dice que existen libertad y justicia para todos. Ya hemos experimentado esa “libertad y justicia”… lo cual ha conseguido que hayamos sido exterminados casi por completo. No lo olvidaremos




A Horse With No Name - America: 


sábado, 28 de junio de 2014

Historia de Turquía y los pueblos túrquicos que emigraron al oeste

Conjunto de pueblos de raza altaica, cuya cuna hay que situarla en el norte de Asia, más allá de los mares Caspio y Aral y de China. Durante decenas de siglos, estas regiones estuvieron ocupadas por un confuso conjunto de tribus nómadas.


DIVERSAS TRIBUS

Los Hunos.

Probablemente, la primera comunión política de los turcos fue creada por los hunos, que en las fuentes de los chinos son conocidos por el nombre de Shiong-un, en el siglo IV a. C. El imperio estaba formado de la unión de todas las tribus nómadas. El dominio huno duró hasta siglo II d. C. en gran parte del Asia Central. No se sabe exactamente la historia de la unión de los hunos y por eso no está muy claro si fueron turcos o Mongoles, pero los testimonios chinos nos ofrecen suficientes argumentos sobre la posibilidad de que la clase administradora de los hunos fueran proto-turcos. Tuman (Teoman) es el primer emperador que narra en las fuentes chinas, y su hijo Mao-dun (Mete) llega al poder en asesinando a su padre en 209 a. C., domina sobre los chinos y muere en 174 a. C. Siglos después, la figura de Mete se identifica con Oguz Kagan, el fundador mitológico del pueblo turco. Los hunos, 200 años más tarde, siglo IV d. C. otra vez aparecieron en la escena política mundial, en Europa. Atila fue el poderoso emperador huno y la muerte de él (453) definitivamente acabó con la unión.


Gok Tukler. (los turcos celestiales)

El primer imperio que se definió como turco (turuk) fue lo de los turcos celestiales. La dominación de ellos duró 200 años en el corazón del Asia Central de 552 hasta 744 d. C. Bumin Kagan (?-552) fue el fundador del imperio. Más tarde, en el año 576 la muerte de Istemi Kagan resultó en una división del imperio, pero en la época del Kutlu Kagan (682) se recuperaron. Después de la muerte de Bilge Kagan (734), en poco tiempo, en el año 744, el imperio no soportó más la presión de los Uygurs y las tribus que escaparon de una matanza hacia al oeste fueron núcleos de los nuevos estados turcos de los cuales uno de ellos hoy en día, es la República de Turquía en Asia Menor. Los turcos celestiales tuvieron cuatro dioses, pero el principal dios fue el Gök (cielo, celeste) El pueblo surge de una madre loba que se relaciona con el dios celestial. Por eso el lobo fue el símbolo principal de los turcos antes de adoptar el Islam. Es otro argumento importante de las leyendas turcas es el del "ser herrero". Bumin Kagan cuando quería casarse con la hija del emperador de los Avaros, obtuvo un rechazo por ser un "esclavo herrero". Según la leyenda de la creación de los turcos, el pueblo extiende al mundo, fundiendo un valle cerrado de las montañas de hierro. Hoy en día, las inscripciones escritas turcas más antiguas datan del siglo VIII y están en el área sepulcral de Bilge Kagan, en el valle Orhun, Mongolia.

Los Uygur

Los Uygurs después de terminar con el dominio de los turcos celestiales, tomaron el control de Asia Central (744). Los uygurs fueron el primer pueblo turco que pasó de ser nómada a establecerse, la religión de origen persa que adoraba a Mani fue aceptada oficialmente por ellos. Por el carácter pacifista de su nueva religión, no tuvieron intención de hacer conquistas y pasaron una época bastante tranquila. Uno de sus mayores logros fue crear el alfabeto de 18 letras para escribir el idioma turco. La derrota contra los kirguises resultó con el final del estado Uygur (840). A continuación, los uygurs emigraron hacia China, se establecieron en la región del Turquestán Oriental (Xinjiang chino) y montaron un nuevo estado que duró hasta siglo XIV. Tuvieron un lugar importante y mucha influencia en el imperio de Gengis Khan. Hoy en día el pueblo Uygur vive en la misma región, que pertenece a China, y son aproximadamente unos 10 millones de habitantes.

Los kirguises

Los kirguises, que vivieron muchos años bajo el dominio de otras tribus, en el año 840, con un ejército de 100.000 hombres destruyeron el dominio de los uygurs. La victoria no duró mucho, puesto que posteriormente se rindieron a los mongoles. Fue el primer pueblo turco sometido a Gengis Khan. Durante siglos vivieron como nómadas en las estepas del Asia Central. Después de la caída del Unión Soviética, hoy en día tienen un estado independiente que es el de Kirguizistán. La leyenda más larga del mundo, "Manas" pertenece a ellos.

Los jázaros. (o Kházaros)

El misterioso reinado de los turcos de alrededor del mar Caspio (650-1016). Se cree que la clase aristocrática y posiblemente una parte del pueblo aceptaron la religión judía. El reinado jázaro tuvo un importante papel en la historia, siendo un bastión insuperable para la invasión árabe musulmán hacia Europa. Después de la caída del reinado, una parte del pueblo emigró a Europa y otros una vez más cambiaron la religión. El historiador judío, Arthur Koestler defiende de que la mayoría de los judíos de Europa oriental (sobre todo, Polonia, Lituania) tiene un origen turco. En Internet en la dirección www.khazaria.com se pueden encontrar importantes documentos sobre la historia y destino de este pueblo.


Los Pechenegos

Las primeras referencias a los pechenegos se encuentran en las inscripciones de Orhun, siglo VIII. Surgen como una rama de los turcos celestiales occidentales. Se formaban de las tribus autónomas, sin un "kagan", solo se juntaban en las guerras. Primero se instalaron en el norte del Mar Negro, en el área de los ríos Don y Dnieper. Dominaron en esta zona durante 130 años, más tarde, la presión de los Uz (una rama de los turcos Oguz) les condujo hacia los Balcanes. Lucharon contra los rusos, y se puede decir que en general tuvieron una buena relación con los bizantinos. En la guerra de Manzikert (1071) (Malazgirt, actualmente Turquía) tuvieron un importante papel, abandonaron el ejercito bizantino al que pertenecían y asistieron al ejercito selyúcida que eran turcos como ellos. A partir de allí fueron enemigos mortales del imperio. El señor Chaka Bey (de una señoría turca dominadora en el área Esmirna y Éfeso) ofeció una alianza a los pechenegos para conquistar Constantinopla. Entonces, los 40.000 jinetes kumanos (un pueblo turco), que fueron provocados por los bizantinos (victoria política de Alejo I Comneno) contra los pechenegos, acabaron con estos (1091). Los que salvaron de esta devastación se cristianizaron. Así desapareció la presencia política de los pechenegos en el mundo. La catedrática turca A. K. Kurat, que escribió la historia de los pechenegos, declara que "los pechenegos fueron un ejemplo peculiar de la vida nómada turca." Con diferentes condiciones y presiones, nunca llegaron a pasar a una vida establecida ni a fundar un estado central durante una historia de 300 años".

Los kumanos o kipchacos

El pueblo que se conoce como kumano en el Oeste, se denomina kipchaco en el Este. Por ser rubios, algunos historiadores europeos piensan que fue una tribu indoeuropea convertida en turca. Se cree que fueron una rama de los kimecos (una tribu turca) pero el historiador y lingüístico turco Mahmud de Kashgar (1008-1105) nos informa que ellos no lo aceptaban. Los kipchacos tanto como los pechenegos fueron una confederación de las tribus nómadas. Cuando emigraron al Oeste por norte del Mar Negro, se encontraron con los turcos Uz (Oguz) y el resultado de la lucha entre estos dos pueblos turcos fue la desaparición de los Uz de Europa, en el transcurso del siglo XI. Hoy en día, los turcos cristianos (Gagauz) que viven en Moldavia posiblemente proceden de los Uz. De esta lucha, también, nos quedaron las leyendas principales de los turcos antiguos; Dede Korkut. Las fuentes iraníes del siglo XI denominaron la zona que está entre los Balcanes y Urales, como la meseta de kipchacos. Los kumanos (kipchacos) fueron chamanistas. Tenían el símbolo del lobo. En sus leyendas de origen tienen una relación con los turcos Oguz y surgen de un árbol. El rey georgiano David invita una parte de los kipchacos, que son 40.000 familias. Los kumanos cristianizados crearon muchas dificultades a los turcos selyúcidas musulmanes aplicando muy bien la táctica militar "turan" de los turcos de las estepas. Hoy en día, el pueblo que habla el turco kipchaquí en Georgia sería descendiente de ellos. El poder de los kipchacos en Europa se acabó después de derrota contra el estado Altinordu en el año 1239. Los restos de las familias de kipchacos o kumanos tuvieron un importante papel en la fundación del estado Rumania actual, y algunos pasaron a formar parte de los turcos de Kazan. El historiador de aquella época, Al-Omarí dice que los kumanos se sometieron a los mongoles, pero les asimilaron. Los tártaros que hablan un idioma turco, hoy con un estado autónomo en Rusia, serán descendientes de esa mezcla de kumanos y mongoles.

Los turcos y El Islam.

La victoria árabe contra los chinos en las riberas del rió Talas (cerca de Samarcanda, Uzbekistán) en el año 751 abrió el camino del Islam a los pueblos de Asia Central. Los turcos se encontraron con el Islam como soldados esclavos (mamelucos) o mercenarios. La aceptación del Islam por la parte de los turcos Oguz y Karluk, en la segunda mitad del siglo X., cambió el destino de muchos pueblos e imperios.

Los turcos de Karahan (840-1212) 

Pertenecen a los Yagma de los Oguz. Después de la caída del estado Uygur, el yagbu (titulo que tenía el líder de tribu turco) de los karlukos se declaró como kagan, y nombró el estado como Karahan. Así que el primer estado turco-musulmán apareció en la historia en Turquestán Oriental. El estado estaba organizado como una federación de las tribus nómadas. El jan al principio vivía en la tienda. La soberanía pertenecía a una familia cuyos miembros tenían una jerarquía complicada. Los de Karahan dieron mucha importancia a enriquecer las ciudades. Kashgar fue un centro religioso y cultural. Yusuf Has Hacip en el año 1070 escribió su obra maestra "Kutadgu Bilig" con las letras uygur y árabe, en el que describe cómo tiene que ser un sistema de administración de un estado perfecto.

Los turcos de Gazne. (Ghazni) (969-1187)

Una familia turca se aprovechó de la debilidad del estado Samaní y tomaron el poder en el estado que estaba situado en Afganistán y una parte del Irán y India actual. Sobre todo en la época de Mahmud el de Gazne, el sultanato tuvo una época brillante culturalmente. Se cree que Mahmud fue la primera persona en la historia que utilizó el titulo de "sultán".

Los mamelucos. (1250-1380)

El comercio de esclavos fue muy común entre los kipchacos (kumanos). En los tiempos difíciles vendían a sus hijos. El estado egipcio de Eyubí, compró mucho de ellos y formó un ejercito especial. Estos comandantes esclavos o mercenarios, o sea, los mamelucos, luego de varios años tomaron el poder y fundaron un "estado turco" en Egipto. El periodo de los sultanes turcos, que también se conoce como el período bahrí, fue especialmente enriquecedor para El Cairo. El sultán Baybars I recibió los abasíes que escapaban de Bagdad, de la devastación mongola. Eso le dio mucho prestigio entre los musulmanes y los abasíes ayudaron a la urbanización del Cairo. Viajó a Asia Menor para proteger a los "hermanos" turcomanos contra los mongoles y acabó con los últimos cruzados que estaban en Siria y Palestina. En el año 1380, el poder pasó a manos de los mamelucos burjí, de origen circasiano.





LA EXPANSIÓN TURCA

La primera expansión turca.

De estos pueblos, los de las estepas eran pastores; los que tenían su hábitat en los bosques eran cazadores y en gran parte salvajes. No habían evolucionado desde la más remota Antigüedad. En el s. V, un conjunto de tribus t., los hunos (v.), formaron la gran ola de invasión de la cual surgió el imperio de Atila. Hacia el 550, los t. fueron aliados de los reyes manchúes de Oé, uno de los reinos bárbaros dentro del territorio chino. Esta alianza permitió a los t. dominar un inmenso territorio, desde las fronteras de Manchuria hasta cerca del mar Caspio. Poco después (560), los persas Sasánidas (v.) buscaron la colaboración con estos pueblos del norte. Sin embargo, esta amistad duró poco, y en el 597 los t. se apoderaron de Bactriana.

Su rápida expansión quedó neutralizada en el s. VII por su división en orientales y occidentales. Mientras los primeros lucharon contra el Imperio chino partiendo de sus bases en Mongolia, los occidentales, centrados en el Turquestán, continuaron su hostilidad contra los Sasánidas y, desaparecidos éstos, vivieron en crónica guerra con los musulmanes, dueños entonces del antiguo Imperio persa. Durante este periodo, las tribus turcas hasta entonces chamanistas y nómadas recibieron una corriente civilizadora a través de las rutas de caravanas de China central con influencias budistas, cristiano-nestorianas, maniqueas e islámicas. Un grupo de pueblos t. llamados viguros, establecidos en el valle del Tarin y convertidos al budismo chino y al nestorianismo, extendieron su dominación hacia el norte, introduciendo en las estepas de Siberia la civilización agrícola y el nestorianismo. Pero esta penetración vigur fue detenida en el s. IX por los salvajes kirguises, que ocuparon el país.

Ávaros, cázaros y pechenegos.

Al mismo tronco racial que los t., y, por tanto, considerados como tales, pertenecen también los ávaros, cázaros y pechenegos. Los primeros habían sucedido en Europa a los hunos. Tuvieron relaciones con los lombardos y Carlomagno, hasta que fueron destruidos por éste y por los eslavos. A mediados del s. VII, los cázaros se extendieron por el sur de Rusia, desalojando a los bizantinos de las costas del norte del mar Negro. A pesar de ello, se aliaron algunas veces con Bizancio contra los musulmanes, que les impedían la expansión a través del Cáucaso hacia Armenia. Los primeros califas de Bagdad los expulsaron de estas comarcas; así comenzó su decadencia a manos de los musulmanes del sur y los pechenegos del norte. Los cázaros englobaban varios elementos raciales. Esto y !as influencias culturales recibidas permitió la diversidad de religiones, incluido el judaísmo, en sus componentes y, en consecuencia, se desarrolló entre ellos un fuerte espíritu de tolerancia. Entre el 851 y el 863 predominó la religión judía, pero a partir del 954 se impuso el islamismo.

Los pechenegos, procedentes como sus hermanos de raza de las estepas de Asia Central, a mediados del s. IX atravesaron el Don y cayeron sobre los magiares, a quienes obligaron a marchar hacia occidente. Más adelante, los búlgaros utilizaron a los pechenegos contra los magiares, a los que desplazaron de nuevo, obligándoles a situarse en su asiento definitivo: Hungría. Asimismo, los bizantinos les lanzaron luego, a su vez, contra los búlgaros y los cázaros. Esta alianza con Bizancio les permitió extender sus dominios hasta el Danubio, donde permanecieron hasta que nuevas oleadas asiáticas pusieron fin a su historia.

Los turcos y el califato de Bagdad.

A mediados del s. X se produjo una emigración general de los t. asiáticos hacia occidente, a consecuencia de la reacción del Imperio chino de los Song. Una de las ramas t., la de los guzos, instalados en las orillas del mar- de Aral y el valle del Syr-Daria, presionados por los restantes grupos de su raza, se establecieron, dirigidos por la familia de los Selyucíes (v.), en Transoxiana, donde se convirtieron al islamismo. Desde allí emprendieron sus primeras correrías por el Irán en los últimos años del s. X, favorecidos por la gran debilidad del califato abbasí.

Hacia 1050 esto t. selyucíes, que habían tomado el nombre de la familia gobernante, ocupaban el Irán occidental. En 1055, llamados por el califa de Bagdad, que necesitaba su ayuda, entraron en la capital del Islam. El califa nombró a su jefe, Togul-beg, vicario temporal, con el título de «rey de Occidente y Oriente», dándole por misión la guardia de la ortodoxia islámica. Esto fue funesto para la civilización musulmana, pues caído en manos de un pueblo bárbaro, apenas salido del nomadismo, el Islam perdió en menos de 50 años una cultura extraordinaria basada en la antigüedad greco-oriental, ya que los t. convirtieron en sistema su intolerancia religiosa.

En 1086 los selyucíes, al apoderarse de Siria, perteneciente entonces a Constantinopla, la dividieron en feudos. Así comenzó la decadencia de las grandes urbes sirias, que desde hacía 3.000 años eran centros económicos internacionales. Los t. emprendieron una política anticristiana en los Santos Lugares, produciéndose algunos alborotos en Jerusalén contra los peregrinos. Tales hechos fueron la chispa que originó las Cruzadas (v.). A fines del s. XI toda el Asia anterior permanecía bajo el dominio de los t. selyucíes, cuyo Imperio se extendía desde el Mediterráneo hasta el mar de Aral y el Punjab.



Caracteres del Imperio turco.

 La sustitución del poder abbasí por el t. en Asia recuerda mucho las invasiones germánicas del antiguo Imperio romano. En efecto, los t. se adueñaron del poder temporal del Imperio de Bagdad y, así como los germanos cristianizados reconocieron el poder papal, los t. islamizados admitieron la autoridad religiosa del califa. En Asia, como en el occidente de Europa, los antiguos Imperios políticos, transformados ahora en Estados feudales, constituyeron federaciones agrupadas en torno a metrópolis religiosas. Los germanos, en el Imperio, se habían romanizado; de la misma manera, los t., en las antiguas provincias persas, se iranizaron; pero igual que los germanos terminaron por barbarizar a Roma, los selyucíes hundieron al Irán en la barbarie. Otro tanto sucedió en Siria. Allí los t., agrupados en los reinos de Damasco y Alepo, se islamizaron; sin embargo, la barbarización del territorio fue menos profunda a causa de la importancia de las ciudades sirias, que continuaron como islotes de cultura en medio del feudalismo turco. Por el contrario, en Anatolia, arrebatada a Bizancio, donde los selyucíes se instalaron alrededor de Konya, transformada en capital nacional, conservaron sus costumbres propias. De esta manera, Asia Menor (V. ASIA MENOR II), una de las regiones más civilizadas del mundo, quedó sumida en pocos años en la barbarie, perdiéndose la anterior cultura helenística.


Aparición de los otomanos.

El inmenso Imperio t. perdió pronto su unidad, y a la muerte de Maliksha (1092) el Estado se fragmentó en medio de crueles luchas de familia, La situación cambió a consecuencia de la aparición de nuevas hordas t.: los otomanos u osmanlíes. Se trataba de turcomanos, rama de los t. procedentes del Jurasan, que habían sido expulsados de allí por los mongoles (v.). Hacia 1224 se instalaron en Armenia dirigidos por el caudillo Suleiman, y uno de sus hijos, Ertogrul, se puso al servicio de los selyticíes del Asia Menor, cuyo. sultán le confió la defensa de la provincia de Angora. En esos momentos, los otomanos no constituían un Estado, sino un clan militar con deseos expansivos que les impulsaron a la conquista del Imperio bizantino, en busca de botín y aventuras, reforzados por voluntarios a quienes la codicia atraía desde las más remotas regiones de Asia. En efecto, el rey Osmán (1288-1326), considerado por los t. como el fundador de su nación y del cual tomaron el nombre de osmanlíes (otomanos para los europeos), se hizo independiente en su provincia y extendió considerablemente sus territorios a costa de los griegos. Le sucedió su hijo Orján (1326-60). Durante su caudillaje, los ciudadanos bizantinos de Brusa, Nicea y Nicomedia fueron atacados. Brusa se rindió en 1326, y después Nicea; Nicomedia fue tomada en 1338. Ocupadas las ciudades griegas, el victorioso jefe se volvió hacia el Asia Menor y se apoderó de Anatolia. El Estado otomano quedaba fundado, orientándose hacia los Balcanes. La descomposición política del Imperio bizantino facilitó la tarea (V. BIZANCIO I).

Los turcos en Europa.

Muerto Orján, le sucedió su hijo Murat I (1359-89), el típico conquistador iletrado, que concluyó definitivamente la conquista de Asia Menor con la toma de Angora e inició la expansión por Europa, apoderándose de Adrianópolis, donde situó la capital. Pero en los Balcanes (V. BALCANES II), la heroica resistencia de los búlgaros y servios le impidió lanzar sus fuerzas contra Constantinopla. Í En esos momentos, otra potencia turco-mongola se constituía en el centro de Asia y, dirigida por Tamerlán (v.), amenazaba a los otomanos en Anatolia. Aunque el ataque a Constantinoplase retrasase, el Imperio griego, cercado por los t. y reducido a las únicas ciudades de la capital y Salónica, agonizaba.

Al sucesor de Murat, Bayaceto I (1389-1402), a diferencia del jefe de hordas que fue su padre, hay que considerarle como un Emperador que al odio al cristianismo unía el gran designio de reconstruir, en provecho suyo, el antiguo Imperio romano e incorporarlo al Islam. El avance por Europa continuó; Servia, Bosnia, Albania y Rumania tuvieron que rendirle vasallaje. Ante el peligro que esta progresión significaba para la Europa cristiana, un ejército de cruzados dirigidos por Segismundo de Hungría y del que formaban parte numerosos príncipes de Francia y Alemania intentó frenar a Bayaceto; pero éste les venció en Nicópolis (1396). Toda Grecia (V. GRECIA V) cayó después en su poder, y el sultán se dispuso a sitiar a Constantinopla. Una vez más, la ciudad fue salvada por circunstancias exteriores. Efectivamente, mientras tenían lugar estos hechos, las tropas del caudillo mongol Tamerlán alcanzaban los límites del Imperio otomano, invadiéndolo. Al recibir tan alarmantes noticias, Bayaceto abandonó el sitio de Constantinopla para contener al invasor. El ejército t. fue destrozado en Angora (1402). Brusa fue tomada y arrasada, y toda el Asia Menor tuvo que soportar los saqueos de los guerreros mongoles.


La caída de Constantinopla.

Los hijos de Bayaceto se repartieron los dominios de su padre luchando ferozmente entre sí. Al fin, Mahomet I (1413-21) rehizo la unidad del Imperio e inició de nuevo la expansión. Su hijo Amurates II (1421-44) reanudó las expediciones por Europa, aunque fue detenido por las tropas húngaras en Belgrado y NiI, mientras que los albaneses comenzaban, dirigidos por Castriota, una heroica guerra de resistencia que duró 25 años. Amurates abdicó en su hijo Mahomet II (145181), quien terminó con la resistencia de Constantinopla. Después del sitio y de un pesado bombardeo de artillería, el 6 abr. 1453 la ciudad fue tomada al asalto. A pesar de que el sultán era un hombre culto y amante de las artes permitió a sus soldados el saqueo de la capital; Santa Sofía, el más hermoso templo de la cristiandad, fue convertido en mezquita. A partir de ese momento, la historia del pueblo t. se confunde con la de Turquía (v. TURQUíA IV) y su Imperio.

Turcos y mongoles.

No todos los pueblos t. de Asia participaron en el Imperio selyticí o en el otomano. Hubo varias tribus que se integraron en el Imerio mongol. Así, el ejército de Gengis-Khan (v.) estuvo en gran parte compuesto de elementos t. sometidos, y cuando el Estado mongol se descompuso, las características t. predominaron sobre las mongolas. Concretamente Tamerlán, el caudillo mongol que dos siglos después de Gengis-Khan renovó las hazañas de éste, era en realidad un t. que hablaba turco. Igualmente, un descendiente suyo, Baber, fundador a finales del s. XVI del Imperio conocido con el nombre de «Gran Mongol», que abarcaba casi toda la India, era también un turco que ignoraba el mongol y que sólo hablaba turco-persa. Por último, los khanatos tártaros de Rusia, en contra de lo que se afirma, tampoco esfaban compuestos por elementos mongoles, sino por turcos (Y. TÁRTAROS).


TURCOS SELDJUCIDAS (990 –1157 d. de. J.C.)

Los selyúcidas, llamados asi porque eran dirigido por un famoso jefe llamado Selchuk fueron una dinastía turca que se separaron de la tribu uguz en el 950 que reinó en los actuales Irán e Iraq así como en Asia menor entre mediados del siglo IX y finales del siglo XIII. Llegaron a Anatolia, procedentes del Asia Central, a finales del siglo X, causando estragos en las provincias bizantinas y árabes. Son considerados como los antepasados directos de los turcos Occidentales, los habitantes actuales de Turquía, Azerbaiyán, y Turkmenistán. En el siglo X se convirtieon al Islam. Se cuentaque tal era la triste situación del imperio de los árabes, decaído de su antigua gloria, cuando una numerosa familia turca, procedente del fondo del Turkestan, apareció sóbre la escena, derribó la dominación de los Buidas, y poniendo nuevos hierros a los califas, sembró los fundamentos de un poderoso imperio conocido con el nombre de los Seldjucidas. Esta familia nómada, que traía su origen de Seldjuk, turco musulmán, después de haber errado durante algún tiempo con sus rebaños por la Transoxiana, posó el Gibou para buscar pastos en la provincia de Korasan. Reforzada con numerosas colonias turcas que se la unieron en la Transoxiana, aquella tribu llegó á ser á poco tan poderosa, que Togrul- beg, hijo pequeño de Seldjuk, no temió en hacerse proclamar sultán en la ciudad de Nisabur, capital del Korasan, y se erigió formalmente en conquistador (4038).

Este príncipe y los sultanes que le sucedieron, subyugaron poco á poco la mayor par te de las provincias del Asia, que formaban el califato de Bugdad. Anonadaron la dominación de los Buidas, pusieron á los califas bajo su dependencia, y en fin, atacaron también las posesiones del imperio griego. Alp-Arslan, sobrino y sucesor inmediato de Togrulbeg, obtuvo sobre el emperador romano Diógenes, una señalada victoria en la Armenia. Allí fue becbo prisionero el emperador; y, á favor de las turbaciones que este suceso causó en el imperio griego, los turcos se apoderaron, no solo de lo que quedaba á los griegos en la Siria, sino de muchas provincias del Asia Menor, tales como la Cilicia, la Jsauria, la Panfilia, la Licia, la Pisidia, la Licaonia, U Capadocia», la Galacia, el Ponto y la Bitinia. El imperio de los turcos seldjucidas, se halló en el estado mas floreciente bajo el sultán Melik ó Malek-Schah, hijo y sucesor de Alp-Arslan. Al dar el califa Rayen a este príncipe la confirmación del titulo y del poder de sultán y de emir ol-omra, le añadió la cualidad de íCTir-al-muinenin, esto es, la de comandante de los creyentes, que hasta entonces habla estado reservada solo á los calilas (4092). A la muerte de Malek, las contestaciones que mediaron entre sos hijos, provocaron guerras civiles y el desmembramiento del imperio. Tres ramas pr ncipales, descendientes de Seldjuk, las de Irán, Kerman y Rum ó Rom, se dividieron los vastos estados. La última rama, q|ue traia su origen de Solimán, el mas pequeño de los hijos de Seljnk, obtuvo las provincias del Asia Menor que los Seldjucidas habían arrebatado á los griegos. Los príncipes de esta dinastía son conocidos en la historia de la» Cruzadas con el nombre de los sultanes de Iconium ó de Cogni, ciudad de la Licaonia, donde aquellos sultanes establecieron su residencia, después de baber sido despojados por los cruzados de la ciudad de Nicea, en la Bitinia. La mas poderosa de las tres dinastías fue la de los seldju idas de Irán, que dominaban en la mayor parte de la Asia alta: decayó bien pronto de su grandeza, y sus estados se dividieron en una multitud de pequeñas soberanías, habiendo usurpado los emires ó gobernantes de las ciudades y provincias el poder supremo. Estas desmembraciones fueron las que facilitaron á los cruzados sus conquistas en la Siria y en la Palestina, y las que proporcionaron los medios á los callas de Bagdad de sacudir el yugo de los seldjucidas y de recobrar la soberanía del Irak-Arabia ó de la provincia de Bagdad.




SALADINO Y LOS MAMELUCOS

El imperio de los turcos seldjucidas acababa de repartirse entre muchas dinastías y soberanías particulares; los atabekes del Irak y muchos pequeños príncipes tuteos dominaban en la Siria y las comarcas vecinas; los F'limites del Egipto eran dueños de Jerusalen y de una parte de la Palestina, cuan Jo la manía de las cruzadas, hizo de esta parte del Oriente un teatro de horror y carnicería. Se vio allí durante dos siglos luchar el Asia contra la Europa, y las naciones cristianas hacer esfuerzos extraordinarios para mantener la conquista de la Palestina y de los países vecinos contra los poderosos mahometanos. Se levantó por fin entre los musulmanes un hombre de genio superior que se hizo temible á los cristianos de Oriente por sus conquistas, y que les hizo perder el fruto de sus-numerosas victorias. Este conquistador fue el famoso Saladin ó Selahedd n, hijo de Nod- gemeddin-Ayub, y fundador de U dinastía de los Ayubitas. El atabek Nureddin, hijo de OmaddoddimZenghi, le había enviado á Egipto en socorro del califa Fatimita contra los francos ó cruzados del Oxídente. Allí fue declarado visir y general de los ejércitos del califa, y afirmo tan bien su poder en este pais, que á la autoridad del califa Fatimita, hizo sustituir la del califa Abbasida, concluyendo por hacerse proclamar sullan á la muerte de Nureddin, de quien había tomado la cualidad de lugarteniente.
Dueño del Egipto, subyugó después los estados de Nureddin en la Siria; y después de haber estendido sus conquistas en esta provincia, asi como en la Mesopotamia, Asiría, Armenia y Arabia, fue á atacar á los cristianos de la Palestina, que tenia como encerrados entre sus estados. Aquellos príncipes que constituían muchas soberanías, divididos por los odios y entregados á los desórdenes de la anarquía, sucumbieron bajo el valor del héroe musulmán. La batalla que se dio junto á Millin, á poca distancia de Tiberiades, fue decisiva. Los cristianos esperimentaron allí una completa derrota; y el mismo Guy de Lusignan, último rey de Je- rusalen, príncipe débil y sin talentos, cavó en poder de los vencedores. Todas las ciudades de la Palestina abrieren entonces sus puertas á Saladino, ó fueron forzadas espada en mano. Jerusalen so rindió después de catorce dias de sitio. Esta derrota reanimó el celo religioso de las potencias de Occidente, y se vio á los principales soberanos de Europa conducir ejércitos innumerables en socorro de la Tierra Santa; pero los talentos y la bravura de Saladino hicieron todos sus esfuerzos impotentes, y solo después de un cerco mortífero de tres años, consiguieron tomar la ciudad de Ptolemaida y retrasar todavía por algún tiempo la ruina total de los cristianos en Oriente. (4193).

 A la muerte de Saladino, cuyo heroísmo ensalzan lo mismo los autores cristianos que los mahometanos, su imperio fue dividido entre sus hijos. Muchos jefes que se hallaban bajo su dependencia, conocidos con el nombre de Ai/u/ritcs, reinaron después en Egipto, en Siria, Armenia y en Yemen, o Arabia Saudi. Haciéndose mutuamente la guerra estos príncipes, no consiguieron mas que destruirse los unos a los otros. Sus estados cayeron bajo la dominación de los mamelucos en el decimotercio siglo. Eran los mamelucos jóvenes esclavos turcos y kumanes, que los mercaderes, tomándolos de los mongoles, trajeron á Egipto durante el reinado del sultán Salek, de la dinastía de los Ayubitas. Este príncipe.compró un gran número y les hizo adiestrar en el ejercicio de las armas en una ciudad marítima del Egipto. Les sacó de esta escuela para confiarles la guarda de su persona y los primeros cargos del Estado. Sus esclavos llegaron á ser tan numerosos y poderosos, que concluyeron por apoderarse del gobierno, después de haber asesinado al sultán Turan Schah, hijo y sucesor de Salek, el cual habia intentado romper sus cadenas para recobrar la autoridad que le habían usurpado. Esta revolución (1250) acaeció á la viste de San Luis, que habiepdo sido hecho prisionero en la batalla áa Ala usura, acababa de firmar una tregua de diez años con el mismo saltan. El mameluco Ibegh, nombrado al pronto regente ó ata- bek (4254), fue proclamado sultán de Egipto.

 La dominación de los mamelucos sostuvo en Egipto durante el espacio de doscientos sesenta y tres años. Sus cuerpos, constantemente reforzados por esclavos turcos ó circasianos, disponían á su capricho del trono de Egipto, que caia en poder comunmente del mas audaz de aquella tropa, aunque fuese originario del Turkestan. Aun cuando estos mamelucos tenían romo señor al mongol de Tchin- ghiskan, le arrebataron (1260) los reinos de Damasco y de Alepo en Siria, de tjue habian sido despojados los principes Ayubitas. Todos los príncipes de esta última dinastía, los de Siria y del Yemen, tomaron entonces el partido de colocarse bajo la obediencia de los mamelucos. No les quedaba por reducir, para ser dueños de toda la Siria, mas que las ciudades ó los países de que todavía se hallaban en posesión los francos ó cristianos occidentales. Atacaron desde luego el principado de Antioquía, y le conquistaron (1268). Desde allí se arrojaron sobre el condado de Trípoli, cuya capital tomaron por asalto (1289) La ciudad de Ptolemaida tuvo la misma suerte: fue tomada a viva fuerza, después de un sitio rudo y mortífero. Tiro se rindió por capitulación, y los francos fueron completamente arrojados de la Siria y del Oriente (1294).




EL IMPERIO OTOMANO

Muy completohttp://es.wikipedia.org/wiki/Imperio_otomano

Durante los siglos de altibajos del Imperio bizantino, un pueblo nómada turcomano había avanzado hacia el oeste desde Asia central. En su camino, se encontraron con los persas y se convirtieron al islam. Fuertes y marciales por naturaleza, asumieron el control de una parte del moribundo califato abasí y construyeron el suyo propio con centro en Persia. Tuğrul, del clan de los selyúcidas, fue nombrado sultán en Bagdad, desde donde comenzó el ataque contra el territorio bizantino. En el 1071, Alp Arslan, sobrino de Tuğrul, logró intimidar al poderoso ejército de Bizancio en Manzikert (al norte del lago Van) y, aunque les superaban en número, la hábil caballería turca se impuso. Esta victoria hizo que Anatolia quedara expuesta a grupos de nómadas turcomanos y marcó el inicio de la caída del Imperio bizantino.Sin embargo, no todo se puso a favor de los selyúcidas. Durante los ss. XII y XIII se produjeron incursiones de los cruzados, que fundaron asentamientos temporales en Antioquía (la moderna Antakya) y Edesa (hoy en día Şanlıurfa). En paralelo, un ejército de cruzados rebeldes saqueó la ciudad de Constantinopla, capital de los cristianos bizantinos, aparentemente, aliados de los cruzados. Mientras, los selyúcidas se debatían en sus propias luchas internas por el poder, que acabarían por fragmentar su vasto Imperio.El legado selyúcida persistió en Anatolia en el sultanato de Rum, cuyo centro era Konya. Aunque de etnia turca, los selyúcidas aportaron la cultura y el arte persas; fueron los introductores de las alfombras de lana anudada en Anatolia y precursores de una notable arquitectura (aún visible en Erzurum, Divriği, Amasya y Sivas). Estos edificios fueron las primeras formas de arte verdaderamente islámico y se convertirían en prototipos sobre los que se modelaría después el arte otomano. Celaleddin Rumi, el místico sufí que fundó la orden mevleví o de los derviches giróvagos, es un ejemplo del nivel cultural y artístico alcanzado en Konya.Los descendientes mongoles de Genghis Khan atravesaron Anatolia, derrotando a los selyúcidas en Köse Dağ en 1243. Anatolia se fracturó en un mosaico de beyliks ¬(principados) turcos y estados feudales mongoles. Pero en 1300, un único bey (gobernador) turco, Osman, fundó la dinastía otomana que pondría fin a la línea bizantina.


FUNDACIÓN DEL ESTADO OTOMANO

Las bandas de Osman se movían con impunidad por las tierras fronterizas entre Bizancio y el antiguo territorio selyúcida En una era marcada por la desintegración, ofrecían un ideal que atrajo a legiones de seguidores y, muy pronto, establecieron un modelo administrativo y militar que les permitió expandirse. Desde un principio, asumieron las culturas anatolias para crear la suya propia como una amalgama de elementos griegos y turcos, islámicos y cristianos; especialmente el cuerpo de jenízaros, que procedía de poblaciones cristianas.

Vigorosos y aparentemente invencibles, los otomanos avanzaron hacia el oeste y establecieron una primera capital en Bursa, para cruzar después hacia Europa y tomar en 1362 Adrianópolis (la actual Edirne). En 1371, ya habían llegado al Adriático y, en 1389, derrotaron a los serbios en Kosovo Polje, haciéndose con el control de los Balcanes.

Allí encontraron una afianzada comunidad cristiana, a la que absorber hábilmente aplicando el sistema de millet, que reconocía oficialmente a las comunidades minoritarias y les permitía gobernar sus asuntos internos. No obstante, no consintieron ni la insolencia cristiana ni las bravatas militares: el sultán Beyazıt aplastó a los ejércitos de la última Cruzada en Nicópolis (Bulgaria) en 1396. Pero Beyazıt, que quizás pensó que a partir de entonces contaría todas sus batallas por victorias, pecó también de insolencia al provocar a Tamerlán, el señor de la guerra tártaro; fue capturado, su ejército derrotado y el próspero Imperio otomano atajado mientras Tamerlán sacudía a su antojo Anatolia.


EL AUGE OTOMANO: CONSTANTINOPLA Y SU LEGADO


Hubo que esperar una década para ver marchar a Tamerlán y recuperar la paz. Los hijos de Beyazıt se disputaron el control hasta que apareció un sultán digno. Al mando de Mehmet I, los otomanos volvieron a expandirse. Con las fuerzas reunidas durante la espera, tomaron el resto de Anatolia, llegaron a Grecia, intentaron tomar Constantinopla y vencieron a los serbios por segunda vez en 1448.

Los otomanos habían resurgido cuando Mehmet II se convirtió en sultán en 1451. Constantinopla, último reducto de los sitiados bizantinos, estaba rodeada por territorio otomano y Mehmet no tenía otra opción que reclamarla. Construyó una fortaleza en el Bósforo, impuso un bloqueo naval y reunió a su ejército. Los bizantinos pidieron ayuda a Europa; tras siete semanas de asedio, la ciudad cayó el 29 de mayo de 1453. La cristiandad se estremeció ante los imparables otomanos y los diplomáticos compararon a Mehmet con Alejandro Magno, declarándolo digno sucesor de los grandes emperadores romanos y bizantinos.

La maquinaria de guerra otomana era imparable, y alternaba campañas entre las fronteras oriental y occidental del Imperio. El cuerpo de jenízaros, compuesto por jóvenes cristianos que eran entrenados para combatir, convirtió a los otomanos en el único ejército permanente de Europa; eran rápidos, organizados y estaban motivados.

Los sucesivos sultanes fueron expandiendo el reino. Selim I el Severo capturó Hiyaz en 1517 y, con ella,La Mecay Medina, por lo que reclamó el título de guardián de los lugares santos del islam. Aunque no todo era un militarismo ciego: Beyazıt II demostró el carácter multicultural del imperio cuando en 1492 invitó a Estambul a los judíos expulsados de España.

La edad de oro tuvo lugar durante el reinado de Solimán I [1520-1566], que destacó por codificar el derecho otomano y por sus proezas militares. Bajo su gobierno, los turcos celebraron victorias sobre los húngaros y se anexionaron la costa mediterránea de Argelia y Túnez. El código legislativo de Solimán era una visionaria amalgama de la ley secular y la islámica, y, gracias a su mecenazgo, alcanzaron su cenit cultural.

Solimán también es conocido por ser el primer sultán otomano en contraer matrimonio. Los sultanes anteriores habían disfrutado de los placeres del concubinato, pero él se enamoró de Roxelana y se casó con ella. Lamentablemente la monogamia no aseguró la paz familiar y las intrigas palaciegas provocaron la muerte de sus dos primogénitos. Agotado, Solimán murió luchando en el Danubio en 1566.


EL GIGANTE OTOMANO SE TAMBALEA

Es difícil determinar cuándo o por qué se inició la caída del Imperio otomano, pero algunos historiadores señalan la muerte de Solimán como punto de inflexión. Su fracasada invasión de Malta en 1565 fue un mal presagio de lo que estaba por venir. Con la perspectiva del tiempo, es fácil decir que la dinastía de soberanos otomanos (desde Osman hasta Solimán, líderes de gran influencia y poderosos generales) no podía continuar indefinidamente. El árbol genealógico otomano tenía que generar algún inepto, y lo hizo.

Los sultanes que sucedieron a Solimán no estaban a la altura. El hijo de Solimán y Roxelana, Selim, conocido despectivamente como “el Borracho”, reinó poco tiempo tras la catástrofe de Lepanto, que anunció el final de la supremacía naval Otomana. Las intrigas y las luchas por el poder originadas durante el sultanato de las Mujeres contribuyeron al desconcierto general de los últimos sultanes, aunque también jugaron un papel importante los intereses personales, que se sobrepusieron a los del Imperio.

Además, Solimán fue el último sultán en llevar a su ejército a la lucha. Sus sucesores estaban atrapados en los placeres de palacio, tenían poca experiencia en la vida cotidiana y escasa inclinación por administrar el Imperio. Esto, unido a la inercia inevitable de 250 años de expansión imparable, supuso el declive del poderío militar turco que, según Lutero, era irresistible.




EL ENFERMO DE EUROPA

El asedio sobre Viena en 1683 fue el último intento de los otomanos para expandirse por Europa. Fallaron y, desde entonces, todo fue cuesta abajo. El Imperio aún era enorme y poderoso, pero había perdido ímpetu y se estaba quedando detrás de Occidente a nivel social, militar y científico. La bravucona campaña de Napoleón en Egipto en 1799, que demostró que la envalentonada Europa estaba dispuesta a plantar cara a los otomanos, fue la primera intromisión del industrializado Viejo Continente en los asuntos de Oriente Próximo.

Napoleón no era la única amenaza; los Habsburgo, en Europa central, y los rusos tenían cada vez más fuerza, mientras que Europa occidental había ido enriqueciéndose a lo largo de siglos de colonización del Nuevo Mundo, pues seguían moribundos, encerrados en sí mismos y ajenos a los avances que ocurrían en Europa, como demuestra la negación del clero otomano a permitir el uso de la imprenta hasta el s. xviii, siglo y medio después de su implantación en Europa.

No obstante, fue otra idea importada de Occidente la que aceleraría la disolución del Imperio: el nacionalismo. Durante siglos, habían coexistido en relativa armonía diversos grupos étnicos, pero la creación de los estados-nación en Europa occidental desató el deseo de los pueblos sometidos de decidir su propio destino; así fue cómo se fueron liberando las diversas piezas del puzle otomano. Grecia consiguió la independencia en 1830, Rumanía, Montenegro, Serbia y Bosnia tomaron su propio rumbo en 1878 y, al mismo tiempo, Rusia avanzaba sobre Kars.

Mientras el Imperio otomano se reducía, hubo varios intentos de reforma, pero eran tímidos y tardíos. En 1829 Mahmut II suprimió el cuerpo de jenízaros y modernizó las fuerzas armadas. En 1876, Abdül Hamid II permitió la creación dela Constitucióny el primer Parlamento, aunque aprovechó los sucesos de 1878 para abolirla y volverse cada vez más autoritario.

Pero la intranquilidad no venía solo de los pueblos súbditos: los turcos cultos también pretendían mejorar. En Macedonia se creó el Comité de Unión y Progreso (CUP) que, con una voluntad reformadora y los ojos puestos en Occidente, se dio a conocer como el movimiento de los Jóvenes Turcos y obligó a Abdül Hamid a abdicar y reinstaurarla Constituciónen 1908. Pero la alegría duró poco, pues enla Primera Guerrade los Balcanes, Bulgaria y Macedonia desaparecieron del mapa otomano y las tropas búlgaras, griegas y serbias avanzaron rápidamente sobre Estambul.

El régimen otomano, otrora temido y respetado, acabó siendo conocido como el “enfermo de Europa”. Los diplomáticos europeos hablaban con grandilocuencia de la “cuestión oriental”, es decir, de cómo desmembrar y repartirse los trozos del Imperio.



PRIMERA GUERRA MUNDIAL Y CONSECUENCIAS

La crisis militar coincidió con el golpe de Estado del triunvirato de ambiciosos, nacionalistas y brutales bajás del CUP, que tomaron el control del menguante Imperio. Consiguieron repeler el avance de la singular alianza de ejércitos balcánicos y salvar Estambul y Edirne, pero el siguiente movimiento fue elegir el bando equivocado en la guerra mundial que se avecinaba. Como consecuencia, los turcos tuvieron que enfrentarse a las potencias occidentales en múltiples campañas durantela Primera GuerraMundial: a Grecia en Tracia, a Rusia en el noreste de Anatolia, a Gran Bretaña en Arabia y a una fuerza multinacional en Gallípoli. Además, esta época de agitación coincidió con los sucesos de Armenia.



Hacia el final dela Primera GuerraMundial, los turcos estaban en una situación caótica, ya que los franceses ocupaban el sureste de Anatolia; los italianos, el oeste del Mediterráneo; los griegos, İzmir; y los armenios, con apoyo ruso, controlaban regiones del noreste de Anatolia. El Tratado de Sèvres de 1920 significó el desmembramiento del Imperio y dejó a los turcos con tan solo un reducto de árida estepa. Pero Europa no contó con una posible reacción turca. Así, poco a poco fue creciendo un movimiento nacionalista motivado por la humillación, a la cabeza del cual estaba Mustafá Kemal, líder de la victoria de Gallípoli, que se hizo con el apoyo de los derviches Bektaşi, empezó a organizar la resistencia turca y creó una Asamblea Nacional en Ankara, lejos de los ejércitos enemigos y la intromisión de los diplomáticos.

Mientras, una fuerza expedicionaria griega presionaba desde İzmir. Los griegos, que desde la obtención de la independencia en 1830 habían soñado con recrear el Imperio bizantino, vieron una gran oportunidad. Ante el caos turco, tomaron Bursa y Edirne y avanzaron hacia Ankara; pero esto fue la provocación que necesitaba Mustafá Kemal para obtener un apoyo masivo del pueblo. Tras una escaramuza inicial en İnönü, los griegos presionaron en dirección a Ankara, pero la decidida resistencia turca les frenó en la batalla de Sakarya. Los dos ejércitos volvieron a encontrarse en Dumlupınar, donde los turcos asestaron una gran derrota a los griegos, que se batieron en retirada hacia İzmir y desde ahí fueron expulsados de Anatolia, dejando numerosos refugiados griegos, pillajes y saqueos.

Mustafá Kemal se convirtió en el héroe de los turcos. Macedonio de nacimiento, había materializado el sueño de los Jóvenes Turcos: crear un moderno estado-nación. El Tratado de Lausana de 1923 enmendó las humillaciones del de Sèvres e impuso la retirada de las potencias extranjeras de Turquía. Se trazaron las fronteras del moderno Estado turco y el Imperio otomano desapareció, aunque su legado está presente desde Albania a Yemen.


REPÚBLICA DE TURQUÍA

ATATÜRK: REFORMAS Y REPÚBLICA

Los turcos consolidaron Ankara como capital y abolieron el sultanato. Mustafa Kemal, que más tarde adoptaría el nombre de Atatürk (literalmente “padre de los turcos”), asumió la presidencia de la nueva república laica y los turcos se pusieron manos a la obra. La energía de Mustafa Kemal parecía no tener límites, ya que quería ver a Turquía situada entre los países más modernos y desarrollados de Europa.

En aquella época, el país estaba devastado tras años de guerras, así que se necesitaba una mano firme, la de Atatürk y su despotismo ilustrado, que crearon las instituciones democráticas pero sin permitir ninguna oposición. Toleró muy pocas discrepancias y se dejó llevar por un cierto autoritarismo, aunque su motivación última siempre fue el progreso de su pueblo. No obstante, su insistencia en que el Estado fuera exclusivamente turco tendría consecuencias para el país. Con el objetivo de fomentar la unidad nacional, trató de integrar los movimientos nacionalistas y separatistas que ya habían causado problemas al Imperio, pero al hacerlo negó la existencia como cultura de los kurdos, muchos de los cuales habían combatido valientemente por la independencia turca. Como era de esperar, años más tarde estalló una revuelta kurda en el sureste de Anatolia, la primera de las innumerables que surgirían a lo largo del s. XX.



El deseo de crear estados-nación unificados en el Egeo provocó intercambios de población entre Grecia y Turquía: comunidades de habla griega de Anatolia fueron enviadas a Grecia, mientras que los musulmanes residentes en Grecia eran trasladados a Turquía. Estos intercambios trajeron desarraigo y la creación de pueblos fantasma, vaciados y nunca reocupados, como Kayaköy. Fue una medida pragmática destinada a evitar brotes de violencia étnica, pero se convirtió en un triste episodio y, lo más importante, perjudicó al desarrollo del nuevo Estado. Turquía perdió a una parte importante de su clase culta otomana, que no hablaba turco, y, a cambio, acogió campesinos musulmanes pobres de los Balcanes.

El afán modernizador de Atatürk era inquebrantable, por lo que transformó el Estado turco a todos los niveles. Todo fue escudriñado, desde el uso de turbantes al lenguaje, y se hicieron las reformas necesarias. Durante las décadas de 1920 y 1930, Turquía adoptó el calendario gregoriano y el alfabeto romano, estandarizó el idioma, prohibió el uso del fez, instituyó el sufragio universal y decretó que los turcos debían tener apellidos, algo sin lo que habían pasado siempre, acercándose así más a Occidente. Cuando murió en noviembre de 1938, Atatürk había hecho en gran medida honor a su nombre, pues se había convertido en protagonista de la creación del Estado-nación turco y lo había llevado a la modernidad.


DEMOCRATIZACIÓN Y GOLPES DE ESTADO

Pese a que las reformas avanzaban con rapidez, Turquía seguía siendo un país débil económica y militarmente, y el sucesor de Atatürk, İsmet İnönü, tuvo la precaución de no implicarse en la Segunda Guerra Mundial. Una vez finalizada, Turquía pasó a ser aliada de EE UU. Como baluarte contra los soviéticos (la frontera armenia marcaba el límite del bloque comunista), Turquía adquirió una gran importancia estratégica y recibió la ayuda estadounidense. La nueva amistad se cimentó con la participación turca en la Guerra de Corea y la entrada del país en la OTAN.

Mientras, el proceso democrático cobró impulso. En 1950, el Partido Demócrata ascendió al poder. Gobernó durante una década pero no hicieron honor a su nombre y aumentaron progresivamente su autoritarismo hasta que el ejército los depuso en 1960. El gobierno militar duró poco, pero permitió la liberalización dela Constitucióny sentó las bases para los años siguientes. Los militares se consideraban guardianes del proyecto de Atatürk, pro occidental y laico, por lo que se sentían obligados y autorizados a intervenir para asegurar quela Repúblicasiguiera la trayectoria correcta.

En las décadas de 1960 y 1970 nacieron nuevos partidos políticos de todos los colores, pero la profusión no hizo que la democracia fuese más activa. A finales de la década de 1960, se registró un activismo de izquierdas y una violencia política que llevaron a un desplazamiento de los partidos de centro hacia la derecha. El ejército volvió a entrar en escena en 1971 y no restituyó el poder al pueblo hasta 1973. Varios meses después, las tropas fueron enviadas a Chipre por el presiente Bülent Ecevit para proteger a la minoría turca y dar respuesta a la organización extremista grecochipriota que se había hecho con el poder y amenazaba con la anexión a Grecia. La invasión ocasionó la división de la isla en dos sectores –uno de ellos solo reconocido por Turquía–, situación que se mantiene actualmente.

El caos político y económico se prolongó durante el resto de la década de 1970, de forma que, en 1980, los militares tomaron otra vez el poder para restablecer el orden. Lo hicieron a través del nuevo y temido Consejo de Seguridad Nacional, aunque en 1983 permitieron la celebración de elecciones. Por primera vez en décadas, se registró un resultado satisfactorio para el país. Turgut Özal, líder del Partido dela Madre Patria(ANAP), consiguió la mayoría y, al no tener que bregar con socios de gobierno, puso de nuevo en marcha el país. Özal, astuto economista pro islámico, impulsó importantes reformas económicas y legislativas que permitieron a Turquía alcanzar un buen nivel internacional y plantar la semilla para su futuro desarrollo.



No obstante, el final de la década de 1980 se caracterizó por la corrupción y el separatismo kurdo, que tendrían un impacto más duradero que el gobierno de Özal.


LA DÉCADA DE 1990: MODERNIZACIÓN Y SEPARATISMO

La década de 1990 tuvo un inicio fulminante con la Guerra del Golfo. Turquía desempeño un papel destacado en la invasión aliada de Iraq, pues Özal apoyó las sanciones y permitió los ataques aéreos desde bases del sur de Anatolia. Tras décadas en segundo plano, Turquía adquiría relevancia en la comunidad internacional y se convertía a la vez en un importante aliado de EE UU. Al final dela Guerradel Golfo, millones de kurdos iraquíes emigraron al sureste de Anatolia, ya que temían represalias de Sadam Hussein. Este éxodo llamó la atención de los medios de comunicación internacionales y volvió a poner en el candelero el asunto kurdo, lo que acabó con el establecimiento de un territorio kurdo protegido al norte de Irak. Esto provocó que el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) potenciara su campaña y, a su vez, que las respuestas del ejército turco fueran más drásticas y fulminantes, de modo que el sureste del país se vio prácticamente envuelto en una guerra civil.

Turgut Özal murió repentinamente en 1993 dejando un vacío de poder. A lo largo de toda la década, se sucedieron débiles gobiernos de coalición, con personajes que desaparecían pronto del escenario político. Tansu Çiller fue durante un breve período la primera mujer en dirigir el Gobierno turco, pero su tan aireado toque femenino y su experiencia económica ni encontraron la solución a la cuestión kurda ni mejoraron la delicada situación financiera.

En diciembre de 1995, el religioso Partido del Bienestar (RP) consiguió formar Gobierno, con el veterano Necmettin Erbakan a la cabeza. Embriagados de poder, los políticos del RP hicieron unas declaraciones islamistas que provocaron la ira del ejército. En 1997, el Consejo de Seguridad Nacional declaró que el RP había cometido desacato contrala Constitución, que prohibía el uso de la religión en política. Ante lo que algunos llamaron un “golpe de Estado posmoderno”, el Gobierno dimitió y el RP se disolvió.

La captura del líder del PKK, Abdullah Öcalan, a principios de 1999 podía parecer un buen augurio tras los caldeados años noventa, pues ofrecía una oportunidad para zanjar el problema kurdo, algo que aún no se ha conseguido.

Fuente: http://historia-turcos.blogspot.com.es/ , http://www.lonelyplanet.es/destino-asia-turquia-99-historia.html ,


Istambul pas Costantinopla