sábado, 5 de julio de 2014

Contra el sectarismo y el dogmatismo en el marxismo

- La política no tiene que ver con tener razón, si no con tener éxito

- La clave del éxito es lograr establecer una cierta identificación entre los diagnósticos y lo que siente la mayoría. Y eso es muy difícil: eso implica cargar con contradicciones.

- Si tus análisis afirman que eres vanguardia, que hay un nivel de masas político, de clase, una izquierda reformista que destruir y atrasar, una especie de resultados empíricos sobre la materia que respetar o considerar su éxito , si luego todo esto no se traduce a una realidad objetiva y material (con bases, estructura, logística, capacidad transformadora..) directamente no sirve de nada ese nivel que dices tener, porque realmente no existe ese nivel. Es simple blablabla para seducir a adolescentes y muchachos románticos.


-Te aplican tanta lógica con tanta retórica que parece que no se puede contraargumentar...pero sin embargo no tienen razón, porque las cosas son lo que son. Las cosas no son lógicas, la lógica es irreal

La política tiene que ver con la fuerza, con la realidad, no con los deseos.

- Sentenciar apriorísticamente el futuro de un proceso revolucionario en virtud de una previsión “ortodoxa”. Según ellos, no puede existir un periodo de disputa interna de lucha de clases en el seno de los movimientos populares. En resumen, si no tienen suficiente pedigrí comunista desde el comienzo, indefectiblemente será un brazo político al servicio de la burguesía. 

- Justifican su marginalidad e incompetencia calentándose la cabeza. Si no te siguen la culpa es tuya.

- La moralina de la izquierda progresista. El sectarismo y el dogmatismo. Sutil simpleza.



Antecedente histórico: el socialismo utópico 

Aunque la referencia central del presente texto sea el conocido folleto de Lenin: “La enfermedad infantil del ‘izquierdismo’ en el comunismo”, que originariamente se llamó en 1920 “Ensayo de discusión popular sobre la táctica y la estrategia marxista”1, conviene recordar que no es un tema nuevo para el movimiento obrero. La crítica al ‘izquierdismo’ sobrevuela en las batallas contra los socialistas utópicos incluyendo los anarquistas2 (Saint-Simon, Fourier, Owen, Proudhon, Blanc, Bakunin,...). Marx y Engels, sin negar la contribución histórica de los utópicos al pensamiento socialista, critican la ausencia tanto de un análisis científico de la Historia como de un estudio riguroso de las bases materiales necesarias para construir esa sociedad sin clases.

Paradigmáticos, en ese sentido, eran los comuneros blanquistas, quienes en un manifiesto argumentaban:

    ". . . Somos comunistas porque queremos alcanzar nuestro fin, sin detenernos en etapas intermedias y sin compromisos, que no hacen más que alejar el día de la victoria y prolongar el periodo de esclavitud'.  

Engels les contestó lo siguiente:

  “Los comunistas alemanes son comunistas porque, a través de todas las etapas intermedias y de todos los compromisos creados no por ellos, sino por la marcha del desarrollo histórico, ven claramente y persiguen constantemente su objetivo final: la supresión de las clases y la creación de un régimen social en el cual no habrá ya sitio para la propiedad privada de la tierra y de todos los medios de producción. Los blanquistas son comunistas por cuanto se figuran que basta su buen deseo de saltar las etapas intermedias y los compromisos para que la cosa quede ya arreglada, y que si -- ellos lo creen firmemente -- 'se arma' uno de estos días y el  Poder cae en sus manos, el 'comunismo estará implantado' al día siguiente. Por consiguiente, si no pueden hacer esto inmediatamente, no son comunistas. ¡Qué ingenua puerilidad la de presentar la propia impaciencia como argumento teórico!"

El peligroso molde burgués de izquierda-derecha 

Antes de desmenuzar el debate es necesaria una aclaración inmediata. No estará de más recordar que el razonamiento dialéctico se basa en la “ascensión de lo abstracto a lo concreto”. Es decir, lo particular es lo abstracto, y la interrelación es lo concreto. Un concepto aislado no es nada sin el medio que lo relaciona. En el caso a tratar: “el izquierdismo”, contiene una indefinición añadida por dos motivos: 1) porque establece una distancia entre una “desmesurada izquierda” y un centro (de referencia). Por tanto, necesitamos una ‘brújula’ con un ‘norte’, que por otra parte, no está exento de polémica por las amplias dosis de subjetivismo que se cuelan en este tipo de orientaciones; y 2) El término “izquierdismo”, está altamente contaminado por el molde burgués de izquierda-derecha. La primera indefinición la solucionaremos, usando el “norte” de Lenin, y con la segunda, no nos quedará más remedio que destruir ese esquema lógico burgués que nos han metido en la cabeza. Lo intentaremos.

Adelanto la tesis general para que nos situemos. La dualidad izquierda-derecha funciona actualmente como una pantalla ideológica que busca dar protagonismo a los partidos políticos, utilizándose de parapeto de su retaguardia dominante, su amo: la oligarquía; que a pesar de estar legitimada electoralmente, sigue siendo oligarquía. Me explico.

La dualidad izquierda-derecha implica una relación de necesidad entre esos dos polos. La izquierda sin la derecha no existe, ni viceversa. Si seguimos escarbando, nos encontraremos dos problemas: uno de forma, dos categorías son pocas para encasillar los intereses del bloque dominante reaccionario y del bloque revolucionario; y otro de contenido: ¿Qué políticas son de izquierda y cuales de derecha?.


El lector inquieto se preguntará: ¿Estas políticas dependerán del desarrollo histórico?. Evidentemente, si. La relación izquierda-derecha proviene de la Revolución Francesa, y entonces, los situados más a la derecha, eran los más reaccionarios en la medida que portaban los intereses del Antiguo Régimen. Esa derecha fue liquidada por la burguesía revolucionaria y el campesinado popular. Se barrió de la Historia a los señores feudales en tanto que clase, y con ello, se llevó por delante a todos sus representantes políticos. Siguiendo esta lógica, el mismo lector inquieto podrá traspasar la línea de lo políticamente correcto si se para a comparar esa situación con la actual sociedad burguesa. Lo digo más claro: la eliminación de los capitalistas en tanto que clase. Ya hemos tocado el botón rojo: esta idea, no se puede explicar en términos de izquierda y derecha. ¡Se nos jodió el invento!, o si somos mal pensados, hemos encontrado la trampa de quien hace la ley.

Si nos damos un baño de lucidez a través del materialismo histórico, éste nos dirá que los intereses de los capitalistas tienen una caducidad histórica, en contraste con la categoría de derecha que permanece en el esquema lógico. Es en ese terreno, cuando las categorías manipulan a la lógica dialéctica, donde la confusión alimenta la idea revisionista de convivencia pacífica, sobre bases capitalistas, entre izquierda y derecha.

Para el marxismo las ideologías no son un enorme abanico de opciones con sus correspondientes tonalidades (del rojo al azul), donde el espectro comienza en la extrema izquierda, y gradualmente, se va acercando a la extrema derecha, su final. Este razonamiento, aparentemente tan simplón, es un producto sofisticado de la superestructura de la democracia burguesa para romper la conciencia de clase4. Debemos ser conscientes de que las ideologías se sostienen por intereses materiales de clase, y lo que no sea eso: es un cascarón políticamente hueco.

Nos apoyaremos en dos ejemplos muy gráficos para romper con los esquemas mecanicistas burgueses: una metáfora y un análisis espacial.

a) El interés de clase es un río que atraviesa la historia; en algunos momentos el río estará en emergencia (sujetos históricos de progreso), con mayor o menor caudal (situación revolucionaria), con mejor o peor canalización (organización de clase), pero de nada sirve estar parado en la orilla izquierda del río (izquierdismo), si no estás montado en el torrente del mismo.

b) La distancia entre ideologías (que no de opciones políticas) no son medibles en metros; su distancia no es geográfica, ya que están en planos totalmente distintos. Nada explica, pues, que una formación política esté un poco más a la izquierda o un poco menos a la derecha. ¿Dónde está la clave? Está en que todo análisis riguroso nunca puede soslayar el posicionamiento con respecto a las clases sociales. En definitiva, el marxismo tiene su propio ‘plano’ ideológico independiente de cualquier opción política que haya dentro del estrecho marco5 (‘plano’) de la ideología burguesa; son dos ‘planos’ que se enfrentan cuando se produce un choque entre los intereses de clase (‘vectores’), en este caso antagónicos. Estos ‘planos’ conviven en un mismo mundo donde opera la lucha de clases, pero funcionan con diferentes lógicas internas.
Para no alarmar al lector, dejaré claro que no se trata de renunciar a la autodenominación “de izquierdas” ni a sus tradiciones, sino de destruir el esquema lógico burgués de los parámetros izquierda-derecha. Es cierto que formalmente se utiliza para señalar hacia donde apunta la discusión, si hacia la derecha (revisionismo, reformismo) o hace la izquierda (dogmatismo, sectarismo), pero debe quedar claro que esos parámetros no son suficientes para describir una realidad política.

Una primera conclusión marxista sería la siguiente: el revolucionario no eleva su nivel de conciencia por ser el más crítico con el régimen imperante, por tener la retórica más utópica o por ser el más ‘purista’ en los medios a utilizar para derrocar a la clase dominante. En caso de defensa del argumento contrario, visite los libros del doctor Lenin.



El izquierdismo: una errónea utilización del método dialéctico  

Históricamente el izquierdismo ha parido muchos ‘hijos desviacionistas’, entre ellos, los famosos: voluntarismo, sectarismo, dogmatismo, subjetivismo de vanguardia o de masas,...; todos ellos utilizan un esquematismo, como deformación de la lógica dialéctica, cuya perturbación viene dada por obviar condiciones objetivas y subjetivas. Todas estas etiquetas mencionadas no son más que la caracterización del efecto, pero no su causa. El error ideológico, como siempre, lo encontramos en la metodología del análisis. Vayamos por partes, primero caractericemos los fallos del izquierdismo, y a continuación, el camarada Mao nos explicará con más detalle los errores que pueden darse en el proceso de conocimiento y la aplicación de políticas.

Caracterización de los fallos del izquierdismo:

- Confundir deseo con realidad: idealismo.

- No saber marcar los tiempos ni enlazar correctamente la táctica y estrategia. En la táctica, como la lucha por la conquista de reformas parciales, está siempre supeditada a que ascienda “el nivel general de conciencia y el espíritu revolucionario”. 

- Estilo de trabajo sectario hacia las masas. Lenin sostiene que no saben maniobrar ni ganarse a las masas vacilantes. 

- Elevar una “contradicción secundaria” a categoría de “contradicción principal”6. Generalmente estos errores suelen ir en beneficio de un agente reaccionario externo al partido o al régimen socialista. 

- Partir de modelos teóricos puros que no encajan sobre una realidad dialéctica. 

- Sentenciar apriorísticamente el futuro de un proceso revolucionario en virtud de una previsión “ortodoxa”. Según ellos, no puede existir un periodo de disputa interna de lucha de clases en el seno de los movimientos populares. En resumen, si no tienen suficiente pedigrí comunista desde el comienzo, indefectiblemente será un brazo político al servicio de la burguesía. 

- Ausencia de autocrítica y rectificación, persistiendo en el error. 

- Confundir comunismo con socialismo. 

- Sustraer la ciencia del análisis marxista, quedando la lucha de clases huérfana de las leyes del materialismo histórico y la economía política.

En resumen, los izquierdistas transforman al marxismo en religión (dogma), perturbando el carácter científico de su análisis y su función política de mera “guía para la acción”.

Mao Tse-Tung en su folleto ‘¿Dónde provienen las ideas correctas?’ nos ayuda a descifrar las causas del izquierdismo a través de la teoría marxista del conocimiento:

“Al comienzo, el conocimiento es puramente sensitivo. Al acumularse cuantitativamente este conocimiento sensitivo se producirá un salto y se convertirá en conocimiento racional, en ideas. Este es el proceso del conocimiento. Es la primera etapa del proceso del conocimiento en su conjunto, la etapa que conduce de la materia objetiva a la conciencia subjetiva, de la existencia a las ideas. En esta etapa, todavía no se ha comprobado si la conciencia y las ideas (incluyendo teorías, políticas, planes y resoluciones) reflejan correctamente las leyes de la realidad objetiva, todavía no se puede determinar si son justas. Luego se presenta la segunda etapa del proceso del conocimiento, la etapa que conduce de la conciencia a la materia, de las ideas a la existencia, esto es, aplicar a la práctica social el conocimiento obtenido en la primera etapa, para ver si esas teorías, políticas, planes y resoluciones pueden alcanzar las consecuencias esperadas. Hablando en general, los que resultan bien son adecuados, y los que resultan mal son erróneos, especialmente en la lucha de la humanidad contra la naturaleza. En las luchas sociales, las fuerzas que representan a la clase avanzada a veces padecen algún fracaso, más no a causa de que sus ideas sean incorrectas, sino de que en la correlación de las fuerzas en lucha, las fuerzas avanzadas aún no son tan poderosas por el momento como las reaccionarias, y por consiguiente fracasan temporalmente, pero alcanzan los éxitos previstos tarde o temprano. Después de las pruebas de la práctica, el conocimiento de la gente realizará otro salto, que es más importante aún que el anterior. Porque sólo mediante el segundo salto puede probarse lo acertado o erróneo del primer salto del conocimiento, esto es, de las ideas, teorías, políticas, planes y resoluciones formadas durante el curso de la reflexión de la realidad objetiva. No hay otro método para comprobar la verdad. La única finalidad del proletariado en su conocimiento del mundo es transformarlo a éste. A menudo sólo se puede lograr un conocimiento correcto después de muchas reiteraciones del proceso que conduce de la materia a la conciencia y de la conciencia a la materia, es decir, de la práctica al conocimiento y del conocimiento a la práctica. Esta es la teoría marxista del conocimiento, es la teoría materialista dialéctica del conocimiento. Muchos de nuestros camaradas todavía no comprenden esta teoría del conocimiento”

Entre los que no la comprenden están los izquierdistas. De una primera mala digestión en lo que llaman los sociólogos modernos el ‘trabajo de campo’, pasan a una verdadera gastroenteritis crónica al “aplicar a la práctica social el conocimiento obtenido”. Vano intento, pues, el de aplicar un modelo teórico puro de patrón universal a realidades con circunstancias históricas, económicas y políticas muy diferentes. Yerran y sin mérito: la cuadratura del círculo es tan vieja como la geometría.

Texto Completo: http://www.rebelion.org/docs/40339.pdf


                                 

Carta abierta de una keynesiana a un marxista ortodoxo

El texto de Joan Robinson que a continuación se reproduce fue originalmente publicado por estudiantes de izquierda de Oxford en 1953. Es una estupenda polémica, políticamente amistosa, pero analíticamente demoledora, con un marxista ortodoxo de la época (que típicamente confundía la ciencia con la pasión del escoliasta). La señora Robinson ha sido una de las más grandes economistas del siglo XX, y su texto, lleno de vigor y claridad mental, no ha perdido un ápice de actualidad; al contrario. Hace poco se cumplió el 40 aniversario de su muerte. Valga esta publicación para recordarla y recomendarla calurosamente ahora que la crisis del capitalismo ha permitido que vuelva a sacar cabeza el pensamiento económico-científico serio, es decir, ni acríticamente apologético de lo existente, ni limitado “críticamente” a puras labores escoliásticas. 

Le prevengo: le va a resultar a usted muy arduo seguir esta carta. Y no porque –eso espero—  sea muy difícil –no le importunaré con fórmulas algebraicas, ni con curvas de indiferencia—, sino porque le considerará tan desconcertante que no sabrá usted como tomársela.

Empezaré con una declaración personal. Es usted muy cortés y procura que a mí me pase inadvertido, pero siendo yo una economista burguesa, su único posible interés en prestarme atención es el de pillarme en algún sinsentido. Peor aún: yo soy una keynesiana de izquierda; saqué conclusiones más rojas que azules de la Teoría General mucho antes de que el libro fuera publicado. Me encontré en la privilegiada posición de pertenecer al grupo de amigos que trabajaban con Keynes cuando lo estaba escribiendo. Así pues, fui la primera gota vertida en el frasco llamado “keynesianismo de izquierda”. Además, ahora mismo ocupo un gran volumen del contenido de ese frasco, porque, entretanto, buena parte del resto se ha evaporado. Muy bien; ya sabe usted lo peor.

Pero le ruego que piense en mí en términos dialécticos. El primer principio de la dialéctica es que el significado de un enunciado depende de lo que niega. De manera que el mismo enunciado tiene dos significados, según se venga a él desde arriba o desde abajo. Se más o menos desde qué ángulo viene usted a Keynes, y me percato bastante bien de su punto de vista. Use usted también un poco de dialéctica, y trate de percatarse del mío. Yo estudié en una época en que la teoría económica vulgar se hallaba en un estado particularmente vulgar. Teníamos una Gran Bretaña con nunca menos de un millón de obreros desempleados, y ahí estaba yo, con un director de tesis que me enseñaba que era lógicamente imposible que hubiera desempleo, dada la Ley de Say.

Y va Keynes y prueba que la Ley de Say es un sinsentido (ya lo había probado Marx, huelga decirlo, pero mi director de tesis jamás me había hablado de las tesis de Marx al respecto). Además –y por eso soy una keynesiana de izquierda, y no del otro tipo—, me percaté al punto de que Keynes mostraba que el desempleo iba a ser un hueso muy duro de roer, porque no es un mero accidente: cumple una función. En una palabra: Keynes puso en mi cabeza la idea misma del ejército laboral de reserva que mi profesor tan meticulosamente había mantenido alejada de mí.

Si conserva usted un adarme de dialéctica, se dará cuenta de que el enunciado “Soy una keynesiana” tiene un significado completamente distinto dicho por mí y dicho por usted (claro que usted no podría decirlo en ningún caso).

Lo que trato de decirle, y que va a dejarle a usted o demasiado anonadado o demasiado encolerizado –dependerá del temperamento— para poder comprender el resto de esta carta, es esto: yo entiendo a Marx infinitamente mejor que usted. (En un minuto le daré una explicación histórica interesante del porqué, si es que no se ha quedado usted ya  completamente helado –o ha alcanzado el punto de incandescencia—, antes de que se la suelte.)

Cuando digo que entiendo a Marx mejor que usted, no quiero decir que conozca el texto mejor que usted. Si usted me sale escupiendo citas, me dejará al punto perpleja. Lo cierto es que yo me niego desde el principio a participar en ese jueguecito.

Lo que quiero decir es que yo llevo a Marx en la médula ósea y usted, a flor de labio. Pongamos un ejemplo: la idea de que el capital constante incorpora fuerza de trabajo gastada en el pasado. Para usted, este aserto tiene que probarse con chorros de palabrería hegeliana. En cambio, yo me limito a decir: (sin, por cierto, servirme de ese pomposo léxico): “¡Naturalmente! ¿Y qué otra cosa podría ser?”.

Por eso me dejó usted tan terriblemente confundida. Como andaba todo el rato tratando de probarlo, yo pensé que estaba usted hablando de otra cosa –no conseguí adivinar cuál— que necesitaba probarse.

Análogamente, suponga que los dos queremos discutir sobre un paso abstruso de El Capital, por ejemplo, el del esquema del final del Volumen II. ¿Qué hace usted? Abre el volumen, y echa un vistazo. ¿Qué hago yo? Agarro el primer sobre que a mano tengo y, en el dorso, trabajo el problema.

Y ahora voy a decirle algo aún peor. Suponga que, a título de mera curiosidad, voy al Capital y me encuentro con que la respuesta que he escrito en el viejo sobre no coincide con lo que dice el libro. ¿Qué hago? Repaso mi solución, y si no puedo descubrir ningún error en ella, busco el error en el libro. Bueno, supongo que aquí debería dejar ya la cosa, porque usted penará que me he vuelto loca de atar. Pero si puede aguantar y seguir leyendo un poco más, trataré de explicárselo.

Yo fui educada en Cambridge, como le dije, en una época en que la teoría económica vulgar había llegado al fondo del pozo de la vulgaridad. Con todo y con eso, entre tanto disparate, se había conservado una herencia preciosa: el hábito ricardiano de pensar.



No es cosa que se pueda aprender en los libros. Si quieres aprender a montar en bicicleta, no será con un curso por correspondencia, ¿verdad? Claro que no; te harás con una vieja bicicleta, montarás en ella, te caerás, te lastimarás las rodillas, volverás a subir e irás dando tumbos, hasta que, de repente, ¡vaya, sabes montar en bicicleta!. Seguir un curso de economía en Cambridge era algo parecido. Como montar en bicicleta: una vez aprendido, es como una segunda naturaleza.

Cuando leo un paso de El Capital, lo primero para mí es averiguar el significado de c, si lo que tenía en mente Marx en este punto era el stock total de trabajo incorporado (él no da demasiadas pistas aludiendo explícitamente al problema: ¡hay que elaborarlo a partir del contexto!): entonces monto en bicicleta y me siento perfectamente cómoda.

Para un marxista es harto diferente. Sabe que lo que Marx dice tiene que ser correcto en cualquier caso, ¡a qué entonces desperdiciar energía mental averiguando si c es un stock o un flujo?

Llego entonces a un paso en el que Marx dice que quiere decir flujo, aun cuando es evidente por el contexto que tiene que significar stock. ¿Puede usted creer lo que yo hago entonces? Me bajo de la bicicleta, corrijo el error, vuelvo a montar, y sigo.

Pues bien; supongamos que le digo a un marxista: “Fíjese en este paso: habla de stock o de flujo?”. El marxista dice: “C es el capital constante”, y me da una pequeña conferencia sobre el significado filosófico del capital constante. Y yo, que repongo: “Déjese usted de capital constante: ¿ha confundido Marx un flujo con un stock?”. Replica el marxista: “¿Cómo podría haber cometido un error? ¡¿No sabe que estamos hablando de un genio?!”. Y me da una pequeña conferencia sobre la genialidad de Marx. Yo me digo para mis adentros: puede que este hombre sea un marxista, pero no sabe mucho de genios. Tu torpe y lenta mente va paso a paso, y se da tiempo para ser concienzuda y evitar deslices. Tu genio calza botas de siete leguas, va a toda mecha dejando atrás pequeños errores aquí y allá sobre el papel (¿y quién le importa?). Y digo: “Déjese genialidades de Marx. ¿Se trata de flujo o de stock?”. El marxista, entonces, se envara un tantito, y cambia de tema. Y yo me digo para mis adentros: “Puede que este hombre sea un marxista, pero no sabe mucho de montar en bicicleta”.

Lo que resulta interesante y curioso en todo esto es que la ideología que, como una niebla, rodeaba mi bicicleta cuando la monté por vez primera tenía ser muy distinta de la ideología de Marx, y sin embargo, mi bicicleta tenía que ser la misma que la suya, con unas cuantas mejoras modernizadoras aquí y allá y unos cuantos empeoramientos modernizadores aquí y allá. Lo que voy a decir ahora está más en su línea, así que relájese por un momento.

Ricardo existió en un momento muy particular de la historia de Inglaterra, cuando estaba en trance de doblar tan bruscamente una esquina, que las posiciones progresistas y reaccionarias cambiaron de bando en el curso de una generación. Él se hallaba en la esquina misma, cuando los capitalistas estaban a pique de superar a la vieja aristocracia terrateniente y substituirla como clase dominante. Ricardo estaba en el bando progresista. Su preocupación fundamental pasaba por mostrar que los terratenientes eran parásitos de la sociedad. Al hacerlo, se convirtió en cierto sentido en el campeón de los capitalistas. Eran parte de las fuerzas productivas enfrentadas a los parásitos (dada la Ley de Hierro de los Salarios, los obreros saldrían malparados, pasara lo que pasara).

Ricardo tuvo dos seguidores tan capaces como bien entrenados intelectualmente: Marx y Marshall. Lo que entretanto pasó es que la historia de Inglaterra había doblado la esquina, y los terratenientes habían dejado de estar en cuestión. Ahora se trataba de los capitalistas. Marx dio así la vuelta al argumento de Ricardo: los capitalistas son extremadamente parecidos a los terratenientes. Y Marshall le dio la vuelta contraria: los terratenientes son extremadamente parecidos a los capitalistas. Justo a la vuelta de la esquina de la historia de Inglaterra, lo que se observa son dos bicicletas de la misma factura: una montada por la izquierda y otra por la derecha.

Marshall hizo algo harto más efectivo que cambiar la respuesta. Cambió la pregunta. Para Ricardo, la Teoría del Valor era un medio para estudiar la distribución del producto total entre el salario, la renta y el beneficio, considerados cada uno de ellos como un todo. Enorme cuestión. Marshall convirtió el significado del Valor en una pequeña cuestión: ¿por qué un huevo cuesta más que una taza de té? Puede ser una cuestión ínfima, pero es, al mismo tiempo, muy difícil y compleja. Toma mucho tiempo y mucha álgebra elaborar una teoría para responderla. Por eso mantuvo a sus discípulos ocupados en el asunto durante 50 años. No tenían tiempo de pensar en la gran cuestión, ni siquiera de recordar que subsistía una gran cuestión, porque tenían que deslomarse elaborando la teoría del precio de una taza de té.

Keynes recuperó la gran cuestión. Empezó pensado en términos ricardianos: si el producto debía comprenderse como un todo, ¿a qué preocuparse por una taza de té? Cuando piensas en el producto como un todo, los precios relativos dejan de importar (incluidos los precios relativos del dinero y del salario). Lo que entra en el argumento es el nivel de precios, pero entra como complicación, no como asunto principal. Si tienes cierta práctica con la bicicleta de Ricardo, no necesitas detenerte y preguntarte qué hacer en un caso como ese; simplemente, lo haces. Prescindirás de la complicación, hasta que hayas trabajado suficientemente en el problema principal. De modo que Keynes comenzó dejando de lado los precios del dinero. La taza de té de Marshall se evaporaba como el humo. Pero si no puedes servirte del dinero, ¿qué unidad de valor usarás? Una hora de tiempo de trabajo humano. Es la medida más asequible y plausible, y por lo mismo, obviamente, la más usadera.  No tienes que probar nada; simplemente, hacerlo.

Pues bien; en eso estamos, de vuelta a las grandes cuestiones de Ricardo. Y nos servimos de la unidad de valor propuesta por Marx. ¿De qué se queja usted?

Y hágame el favor de sacar las narices de Hegel de aquí. ¿Qué demonios pintan entre Ricardo y yo?

Fuente: http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=7013


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