viernes, 18 de julio de 2014

El crimen del cerdo

CUENTO TERRORÍFICO

Sucedió en un misero pueblo de la España profunda, más bien al sur, donde los mas bajos instintos y las pasiones más destructoras emergían a flor de piel por un quítame allá esas pajas. Sucedió, digo, una tragedia que después de muchos años perdura como grabada a fuego en el recuerdo de los lugareños y que referida de boca en boca se transmitió con el sobrenombre de: "el crimen del cerdo".

Ocurrió en los años del hambre, de infausta memoria, en los que las penurias de la post-guerra civil habían llegado a su punto álgido. No era infrecuente ver por las calles del pueblo gentes devoradas por la hambruna; más que delgados, esqueléticos, en los huesos más precisos y, en contraste, sus vientres hinchados como balones.

Se nutrían casi exclusivamente de las escasas verduras que proporcionaban unas huertas que al parecer hasta ellas se habían contagiado de raquitismo, en solidaridad con los vecinos. Con este panorama las contadas familias que poseían un cerdo se consideraban privilegiadas. Precisamente a una de estas familias sucedió el hecho al que se refiere este ignominioso relato.

 Era una familia de cinco miembros a la que el animal le aseguraba la manutención por una larga temporada. Se consideraban ricos por esta razón y su imaginación se desbordaba visionando una matanza en toda regla: abundancia de chorizos de morcillas, lomo en manteca, dos jamones y dos paletas para salazón, riñones, hígado, mantecas con sus diversas delicias como el secreto y la pluma, tripería, casquería y un largo etcétera...

Pensar en esto con la que estaba cayendo les producía estremecimientos de placer. Por eso, en todas las conversaciones familiares y vecinales se parangonaban las refinadas preparaciones culinarias de las diversas maneras de cortarle piezas al gorrino: manitas a la chateaubriand, judías con chorizo y oreja, callos a la madrileña, presa a la parrilla... Sentían adoración por su cerdo y no les hubiera importado subirlo a los altares si hubiesen podido. 

Estando en estos apetitosos circumloquios empezaron a plantarse el problema de como conseguir el máximo rendimiento del guarro sin sacrificarlo, no se sabe si por piedad o por puro egoísmo de supervivencia. En este devaneo de sus seseras acuciadas por el hambre fue la madre, gran administradora, quien dio la primera idea: cortarle un pernil para convertirlo en un precioso jamón y en su lugar colocarle una pata de palo. Al padre la ocurrencia no le pareció desatinada pero dudaba del éxito de la operación. Los hijos estaban de acuerdo. 

Consultaron con vecinos que antes habían sido dueños de grandes piaras, con matarifes profesionales, con el veterinario de la localidad y con todo aquel que pudiera darles información sobre el asunto pero nadie tenía experiencia ni siquiera referencia de un hecho tan insólito.

Finalmente el veterinario se comprometió a realizar la amputación pero sin garantizar el resultado. También contribuyó grandemente la opinión de varios carpinteros del lugar sobre las maderas a emplear en la confección de la prótesis: que si pino, haya, roble...Algún herrero propuso que en la estructura de madera se empotrase un armazón de hierro provisto de una firme articulación de charnela que al menos remedase el movimiento de la rodilla. Hasta los pintores se prestaron desinteresadamente a decorar la pata de palo para que además de funcional el artefacto tuviera apariencia artística asemejándola así a una pata natural.

Y hete ya nuestro cerdo con su reluciente pata, contoneándose graciosamente a un ritmo de tres por cuatro no solo por su zahúrda sino por toda la casa a la que ya consideraba como suya por estar contribuyendo heroicamente a su mantenimiento.

Pero esa situación placentera, como todos los bienes terrenales, duro poco tiempo porque transcurrido el cual la hambruna seguía pertinaz en su asoladora presencia. En el villorrio empezaron a producirse los primeros fallecimientos por inanición y la familia consumido el jamón se planteó la fatídica pregunta: ¿y ahora qué?

En esta ocasión fue el padre quien reincidiendo en el camino abierto por la madre y grandemente compungido insinuó la extirpación de una de las dos paletas, mejor la opuesta a la pata de palo, con la que el pobre animal provisto de su correspondiente muleta podría caminar aunque fuese con grandes dificultades después de un largo aprendizaje en el ejercicio de este futuro equilibrio inestable. El cerdo, cuando oyó semejante criminal proposición entró en una fase de depresión verdaderamente lastimosa perdiendo, lo primero, aquel alegre contoneo que tanta gracia causó en sus primeros tiempos de invalidez.

Como el hambre apremiaba, la nueva operación se llevo a cabo con mucha mayor rapidez que la anterior, en gran parte porque los artesanos que habían contribuido a la primera tenían ya cierta experiencia en el manejo de los materiales empleados y de sus resultados prácticos. Además se daba coincidencia de que la prótesis a colocar se parecía más a una muleta que a una pata de palo articulada.

Los técnicos trabajaron a fondo y consiguieron una muleta que daba gloria verla: de aluminio reluciente, ligera como una pluma y provista de una contera de goma especialmente elástica, almohadillado sobaquero de látex y un sin fin de virguerías. La intervención quirúrgica se ejecutó con los más modernos métodos y cuidados pero el cerdo, sumido ya en una grave depresión, no participaba ya en el alborozo de toda la familia y del pueblo en general, por el de nuevo exitoso resultado.

Volvió a pasar el tiempo y la hambruna y la penuria persistían tozudas en su andadura a pesar de que los medios de comunicación aseguraban que iba desapareciendo paulatinamente en extensas zonas de la geografía española así como las webs de información por internet confirmaban las noticias de cierta recuperación económica. Sin embargo en el pueblucho no se avisaba el más mínimo ápice de mejoría sino todo lo contrario, la continuación de un panorama de desasosiego y tesón. 

La familia, reunida en gran consejo y asamblea popular, determinó con el beneplácito de los técnicos que a más salvar la vida del cerdo, al cual esta preciosa cualidad de vivir ya la iba importando un pimiento, se podría amputar la otra pata y con un artilugio semejante a una pequeña plataforma rodante el cerdo podría asentar el muñón que le quedase en donde anteriormente estuvieron sus posaderas con lo cual, no solo conseguiría sobrevivir, sino que podría deambular arrastrando el carrito con el impulso alternado o simultáneo de su manita y su muleta provistas ambas en sus extremos de sendas planchas de planchar de las antiguas, a semejanza de aquellos mendigos medievales mutilados de extremidades inferiores que recorrían pueblos y caminos a golpe de placa.

Volvieron a la faena nuevamente los artesanos y técnicos anteriores además de una pléyade de expertos mecánicos en vehículos de dos ruedas con tracción delantera autopropulsados venidos de los pueblos vecinos además de la colaboración especial de expertos enjaezadotes de carritos de vendedores ambulantes. Los portales de internet y las webs en las que las peripecias del mundialmente conocido caso circulaban como meteoros inspiraron a más de un famoso ingeniero superior suizo a versar una tesis doctoral sobre algunos aspectos del equilibrio estático-dinámico de estos diabólicos vehículos.

La hambrienta familia consiguió otro buen jamón pero el pobre animal quedó convertido en una piltrafa rodante, sin ánimo ninguno, a pesar de la cantidad de pastillas anti-depresivas que le hacían ingerir amorosamente ayudados hasta por los dos chiquillos más pequeños para los que, dentro de la tragedia, aquello les servía de alegre diversión empujando alocadamente el carrito por las calles.

Cuando como consecuencia de los acontecimientos que ya no eran la expresión de un hambre física sino más bien la emersión brutal de una agresividad contenida, no se sabe contra quién ni contra qué, todo el mundo (y digo todo el mundo por las mallas de la red) estuvo de acuerdo que aquella desgraciada familia necesitaba inexorablemente las proteínas de alto valor biológico que para subsistir les proporcionaría la carne del animal. Se decidió que era buena arrancar del cuerpecillo del informe cochino la otra paleta que le quedaba antes de sacrificarlo convirtiendo a aquel héroe en un inválido permanente absoluto.

El renombrado cerdo que siempre era el invitado de honor en estas asambleas, ya multitudinarias, estando como estaba, en estado de semi-inconsciencia, cuando oyó la última decisión perdió el conocimiento completamente. A fuerza de vapores de sales de fortísimo olor, cacheaditas cariñosas en las mejillas, estimulaciones precordiales manuales sabiamente aplicadas y otras zarandajas, consiguieron que el animal recuperase algo la conciencia.

Y en ese momento de obnubilación, acorralado por la rabia y la desesperación y el asco que le provocaba aquella miserable familia, el pueblo y el mundo entero tuvo una idea luminosa. Metiendo la manita debajo de la carrocería sacó una escopeta repetidora de cañones recortados superpuestos y, ayudándose de la muleta, apretó el gatillo con desesperación y descerrajó cinco tiros certeros que acabaron en el acto con las vidas de todos los miembros de aquella ignomiosa familia.

Este relato se lo dedico a XX XXXXX XXXXXX en forma de cuento infantil terrorífico.

Pero es verídico.

R.P.V.





Para Elisa - Beethoven



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