sábado, 2 de agosto de 2014

"Un tipo listo y bueno en su trabajo": la clave del éxito en televisión

Tu héroe puede hacer un montón de cosas malas, puede cometer todo tipo de errores, puede ser perezoso y parecer estúpido, siempre y cuando sea el tipo más listo de la habitación y sea bueno en su trabajo


¿Qué ocurre si ese tipo listo y bueno en su trabajo... es un hijo de la grandísima puta?

...lo que nos importa en el fondo no son los conceptos morales abstractos de la bondad y la docilidad sino el poder real. Y por eso las cuatro series están protagonizadas por machos alfa tan admirados por los hombres como deseados por las mujeres. ¿Cínico? El mundo es así.


CRISTIAN CAMPOS

No creo que nadie pida las sales si afirmo que las cuatro mejores series de televisión de los últimos años son, en el orden que ustedes quieran, Los SopranoBreaking BadMad Men yThe Wire. Del proceso de creación de esas cuatro series habla el libro Difficult Men: Behind the Scenes of a Creative Revolution, de Brett Martin, publicado en inglés en junio de 2013 y todavía no traducido al español. Difficult Men es, resumiendo mucho, una recopilación de entrevistas con los creadores, guionistas, actores y productores de esas cuatro series y de algunas otras como Deadwood y A dos metros bajo tierra. Son gente como David Chase(Los Soprano), Matthew Weiner(Mad Men) y David Simon (The Wire), entre muchos otros.  
El título Difficult Men ("hombres difíciles") alude tanto a los protagonistas de esas series como a sus creadores. Estos últimos son en su mayoría individuos hoscos de mediana edad curtidos durante años como guionistas en series de TV de las que nadie se acordará en poco tiempo. Es decir, tipos de innegable talento que tuvieron que ver como sus mejores ideas y proyectos quedaban abandonados durante largos años en un cajón remoto de la productora de turno.
Las reglas de la TV obligaban a la búsqueda del mínimo común denominador capaz de captar al mayor número posible de telespectadores.

Lo que los diferencia del resto de tipos de mediana edad curtidos como guionistas en series de TV de las que nadie se acordará en poco tiempo es que Chase, Weiner y Simon consiguieron un día, y eso es lo que se explica en el libro, que un medio tan conservador, asustadizo y renuente al temperamento artístico como la televisión confiara en unas ideas que subvertían por completo las viejas reglas de la industria. Unas reglas que habían obligado tradicionalmente a la búsqueda del mínimo común denominador capaz de captar al mayor número posible de telespectadores y de molestar al mínimo número posible de ellos. En cierta manera, el éxito de esta nueva hornada de creativos supuso para la TV lo mismo que la llegada del Cruyff entrenador al F.C. Barcelona: la constatación de que el juego bonito no es simplemente una opción estética más sino el camino más directo al éxito. Al artístico y al comercial.  
La afirmación anterior tiene muchos matices: no es lo mismo la televisión en abierto que la televisión por cable, Twin Peaks no dejaba de ser una serie de autor con unas pretensiones intelectuales a años luz de las habituales por aquel entonces en la pequeña pantalla, series como Seinfeld o Los Simpson ya habían dado señales de indomabilidad con anterioridad, etcétera. Pero a los efectos de este artículo basta con saber, y eso es una obviedad, que estas cuatro series revolucionaron la televisión. Y utilizo la palabra revolución no en el sentido en el que se utiliza esta con frecuencia (“¡esta lavadora es revolucionaria!”) sino en el tradicional. En el que está cargado de significado. Como dice un veterano de la TV en este artículo de The Guardian, “esto no es como publicar la novela de un lunático o dejarle que dirija una película. Esto es darle al lunático el mando de una división entera de la General Motors”.
Los protagonistas de Los Soprano y Breaking Bad resultan entrañables no pese a sus defectos sino gracias a ellos.

Lo extraño de las revoluciones, por traumáticas que sean, es lo rápido que nos acostumbramos a sus efectos y los damos por sentados cuando hasta hace poco nos parecían inimaginables. Y es que hoy en día nos parece lo más normal del mundo lo que en 2000 sonaba aberrante: que una serie de cinco, seis y siete temporadas se olvidara del maniqueísmo moral, exigiera intelectualmente a los espectadores hasta extremos nunca antes vistos en TV y escupiera sobre los conceptos tradicionales de héroe y villano. ¿Qué es lo que tienen en común esas cuatro series? ¿Qué es lo que las ha hecho conectar de una forma tan visceral con una nueva hornada de espectadores de gustos mucho más elevados que los de la media del público televisivo tradicional? Pues precisamente que los protagonistas de Los SopranoBreaking BadMad Men y The Wire son egoístas, mentirosos, machistas, violentos y manipuladores. Pero también admirables. Y entrañables. Entrañables no pese a sus defectos sino gracias a ellos.
En el mismo artículo de The Guardian antes mencionado se cita un consejo que Stephen J. Cannell, el productor de El Equipo A (entre otras series), le dio a David Chase, creador de Los Soprano: “Tu héroe puede hacer un montón de cosas malas, puede cometer todo tipo de errores, puede ser perezoso y parecer estúpido, siempre y cuando sea el tipo más listo de la habitación y sea bueno en su trabajo. Eso es lo que le pedimos a nuestros héroes”.
Es una observación de una finura y una perspicacia extraordinarias. Porque la diferencia entre las series de TV del siglo XX y las del XXI es exactamente esa. Las primeras seguían a rajatabla la máxima de Cannell… siempre y cuando el héroe perteneciera al bando de los buenos. Pero las series del siglo XXI han llevado la frase a su corolario lógico. ¿Qué ocurre si ese tipo listo y bueno en su trabajo... es un hijo de la grandísima puta?
Y es por eso por lo que Los SopranoBreaking BadMad Men y The Wire han empatizado con el telespectador. Porque mientras las series que las precedieron entretenían, a veces incluso con inteligencia, ellas han ido un paso más allá. Han conectado con la verdadera naturaleza humana, esa que admira, respeta y se encariña del macho alfa no porque encarne los valores que, se supone, la mayor parte de los seres humanos deberían considerar como positivos y deseables, sino porque encarna aquellos que lo son en la vida real: el hecho de hacer bien tu trabajo, sea ese matar, sea cuidar de tu familia sin importar los cadáveres reales o metafóricos que caigan por el camino o sea hacerse con el cliente más deseado aplastando a la competencia con todos los medios a tu alcance.
La clave del triunfo de esas cuatro series, en definitiva, no radica en aquello que dicen acerca de sus protagonistas sino en lo que revelan de nosotros los espectadores: que lo que nos importa en el fondo no son los conceptos morales abstractos de la bondad y la docilidad sino el poder real. Y por eso las cuatro series están protagonizadas por machos alfa tan admirados por los hombres como deseados por las mujeres. ¿Cínico? El mundo es así. Lo raro es que la televisión haya tardado tanto en darse cuenta de ello.


When I was seventeen - Frank Sinatra


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