sábado, 13 de septiembre de 2014

Crítica al relativismo moral

El relativismo moral se plantea en el supuesto en el cual el sistema de las normas morales de un grupo o de un pueblo sea distinto del sistema de las normas morales de otro grupo o de otro pueblo. Sin embargo, el concepto mismo de relativismo moral es ambiguo, por cuanto en él se encierran dos situaciones factuales totalmente distintas, desde el punto de vista de su formato lógico, por un lado, y dos perspectivas también diferentes en lo que concierne a la cuestión de la fundamentación de esos sistemas.

Situaciones factualmente diversas:

(A) La situación en la cual se constata, como cuestión de hecho, la diversidad de sistemas morales de diversas sociedades que suponemos mutuamente aisladas (o dadas en perspectiva «distributiva»).

(B) La situación en la cual la diversidad de esos sistemas morales aparece cuando son adscritos a sociedades que se suponen en contacto o proximidad de contacto o confrontación mutua (es decir, en perspectiva «atributiva»).

Modos diferentes de entender la cuestión de la fundamentación:

(a) El absolutismo moral, a priori, del sistema de la moral. Se supondrá que entre los diversos sistemas morales existentes debe ser posible una ordenación axiológica, de peor a mejor, en virtud de la cual sólo uno de los sistemas históricamente dados, o una selección entre ellos, haya de ser considerada como el único sistema moral de validez universal. Sin embargo, acaso las evidencias con las que suele ser presentado el absolutismo del sistema de las normas morales se deba a que se tiene la mirada puesta en la universalidad de las normas éticas que, obviamente, han de darse siempre envueltas por las normas morales de la sociedad de referencia. Pero la compatibilidad, al menos parcial, de dos o más sistemas de normas morales dados con el sistema de las normas éticas (o con una parte de esas normas) no autoriza a deducir la compatibilidad de esos sistemas de normas morales entre sí.

(b) El relativismo moral, que postula la equivalencia moral de los diversos sistemas morales constatados, al negar la posibilidad de declarar válidos o inválidos, en función de una tabla absoluta de valores universales, a determinados sistemas morales. Por ejemplo, las normas morales de un grupo V que existe en el seno de un Estado E pueden dirigirle al ejercicio de una política de violencia y de terrorismo. El relativismo moral propugnará que el sistema de las normas de V es tan válido (para V) como el sistema de las normas represivas de E lo es para E (tanto si éstas envuelven violencia terrorista como si no envuelven un «terrorismo de Estado»).

En la situación (A) el relativismo moral puede declarar equivalentes moralmente a los diversos sistemas de normas morales, pues aquí relativismo moral equivale a un formalismo funcionalista de los sistemas morales, apreciados por su forma funcional y no por su materia. Pero en la situación (B) los postulados del relativismo se oscurecen. Ya no será posible, en virtud de la materia, mantener la tesis de la equivalencia moral de los sistemas morales enfrentados, puesto que ahora entran en liza los contenidos, la materia normalizada por esos sistemas morales. Si el grupo V de nuestro ejemplo anterior, al enfrentarse con E, manteniendo sus normas morales, llega a ser aplastado, habrá que concluir, en contra de todo relativismo, que las normas morales de E son superiores a las de V; su impotencia objetiva (siempre correlativa a la potencia de E) demostraría el carácter utópico (por tanto, contradictorio) de su sistema de normas morales (políticas), por tanto, su incapacidad para cumplir sus propios objetivos. Pero si, a su vez, las normas morales de E le condujesen a un estado tal en el cual V lograse sus objetivos, entonces el sistema moral de V demostraría ser superior al de E. Hay que considerar, por tanto, que el único fundamento de los sistemas morales, en situación distributiva, reside en su capacidad funcional (en su cooperación a la fuerza de cohesión del grupo) y que el único fundamento de los sistemas morales en situación de confrontación reside en su superior potencia, en su fuerza. Pero esta conclusión no significa que, por tanto «estamos reduciendo la moral a la ley del más fuerte». Puede siempre añadirse que el más fuerte lo es porque, entre otras cosas, tiene un sistema de normas morales que le permite serlo, es decir, porque reducimos la ley del más fuerte al sistema de las normas morales, materialmente entendidas, y no al revés.

Fuente: http://www.filosofia.org/filomat/df471.htm




viernes, 12 de septiembre de 2014

Historia de los Estados Unidos de América desde la época precolonial hasta principios del siglo XX

Introducción

La historia de Estados Unidos ha sido un experimento en el ejercicio de la democracia desde hace más de 200 años. Las disyuntivas que enfrentó en sus primeros años siguen siendo abordadas y resueltas hoy: gobierno grande versus gobierno pequeño, derechos individuales versus derechos de   grupo,   capitalismo   sin   restricciones   versus   comercio   y   trabajo regulados, participación en el mundo versus aislacionismo. Las expectativas siempre han sido grandes para la democracia de este país y la realidad ha resultado a veces desalentadora.





1. Época precolonial y los Inicios de Estados Unidos

En el apogeo de la Edad de Hielo más reciente, hace unos 35.000 años, gran parte del agua del mundo estaba atrapada en enormes capas de hielo continentales y un puente de acceso hasta de 1.500 kilómetros de ancho comunicaba Asia con América del Norte. Hace 12.000 años ya vivían seres humanos en gran parte del hemisferio occidental.

Los primeros americanos cruzaron ese puente desde Asia y se cree que permanecieron miles de años en lo que hoy es Alaska. Después emigraron al sur, internándose en lo que más tarde sería Estados Unidos. Se asentaron a la orilla del Océano Pacífico en el noroeste, en las montañas y desiertos del sudoeste y en las márgenes del río Mississippi en el Medio Oeste.

Esos primeros grupos son conocidos como los hohokam, los adenanos, los hopewelianos y los anasazis. Ellos fundaron aldeas y cultivaron el campo. Algunos erigieron estructuras de tierra en forma de pirámides, aves o serpientes. Su vida estaba estrechamente vinculada con la tierra, y su sociedad se orientaba hacia el clan y la comunidad. Los elementos del mundo natural eran parte esencial de sus creencias espirituales. Su cultura era principalmente oral, aunque algunos desarrollaron una especie de jeroglíficos para preservar ciertos textos. Según las evidencias, entre los distintos grupos había un intenso comercio, pero a veces sus relaciones eran hostiles.

Por razones que aún no entendemos del todo, aquellos primeros grupos desaparecieron al cabo del tiempo y fueron sustituidos por otros, nativos de América, como los hopis y los zunis que entonces florecieron. Para cuando los europeos llegaron a lo que hoy es Estados Unidos, en estas tierras vivían cerca de 2 millones de nativos, tal vez más.

Los primeros europeos que llegaron a Norteamérica –por lo menos los primeros  de  los  que  se  tienen  pruebas  concretas–  fueron  noruegos. Viajaron al oeste desde Groenlandia, donde Erik el Rojo fundó un asentamiento hacia el año 985. Se cree que su hijo Leif exploró en 1001 la costa nororiental de lo que hoy es Canadá. Se han descubierto ruinas de casas noruegas que datan de esa fecha en L’Anse-aux-Meadows, en el norte de Terranova.



Tendrían que pasar casi 500 años más antes que otros europeos llegaran a Norteamérica y un siglo más para que establecieran en ella asentamientos permanentes. Los primeros exploradores buscaban una ruta marítima al Asia. Otros –sobre todo británicos, holandeses, franceses y españoles– llegaron después para tomar posesión de las tierras y las riquezas de lo que ellos llamaban “el Nuevo Mundo”.

El primero y más famoso de esos exploradores fue el genovés Cristóbal Colón. Sus viajes fueron financiados por la reina Isabel de España. Colón desembarcó en las islas del Mar Caribe en 1492, pero nunca vio la porción continental de lo que más tarde sería Estados Unidos. El veneciano John Cabot llegó cinco años después en una misión encomendada por el rey de Inglaterra. Su viaje pronto fue olvidado, pero sentó las bases para que Gran Bretaña reclamara posesiones en Norteamérica.

El siglo XVI fue la era de las exploraciones españolas en América. Juan Ponce de León desembarcó en lo que hoy es la Florida en 1513. Hernando De Soto llegó a esa península en 1539 y avanzó hasta el río Mississippi. En 1540, Francisco Vázquez de Coronado emprendió el viaje desde México, cuyo territorio había sido conquistado por España en 1522, en busca de las míticas Siete Ciudades de Cibola. Jamás las encontró, pero sus viajes lo llevaron hasta el Gran Cañón de Arizona e incluso a las Grandes Llanuras.

Mientras los españoles avanzaban desde el sur, la parte norte de lo que hoy es Estados Unidos se fue revelando  lentamente  en  las  exploraciones  de  otros  europeos.  Algunos  de  ellos  fueron  Giovanni  da Verrazano,  Jacques Cartier  y  Amerigo  Vespucci,  en honor  de  quien  el continente  recibió  su  nombre: América.

El primer asentamiento europeo permanente en lo que habría de ser Estados Unidos fue establecido por los españoles a mediados del siglo XVI en St. Augustine, en la Florida. Sin embargo, éste no intervino en la formación de la nueva nación. Ese proceso ocurrió en asentamientos mucho más septentrionales a lo largo de la costa del Atlántico: en Virginia, Massachusetts, Nueva York y las otras 10 regiones colonizadas por una creciente marea de inmigrantes llegados de Europa.


2. El Periodo Colonial

La mayoría de los colonizadores que llegaron a las colonias británicas en el siglo XVII eran ingleses. Otros venían de los Países Bajos, Suecia, Alemania, Francia y, más tarde, Escocia e Irlanda del Norte. Algunos dejaron sus países de origen para huir de la guerra, la presión política, la persecución religiosa o una sentencia de cárcel. Otros emprendieron el viaje como siervos, con la expectativa de trabajar para pagar su libertad. Los africanos   negros   eran   vendidos   como   esclavos   y   llegaron encadenados.

En 1690, la población era de 250.000 habitantes. Menos de un siglo después, ya había aumentado a 2,5 millones.



Los colonizadores vinieron a América por las más variadas razones y a la postre crearon aquí 13 colonias diferentes. Se formaron así tres agrupamientos regionales de colonias, entre las cuales las diferencias eran aún más marcadas.

Los  primeros  asentamientos  fueron  establecidos  sobre  la  costa  del Atlántico y en los ríos que fluían hacia ese océano. En el nordeste, los colonizadores hallaron montes cubiertos de árboles, y suelos que quedaron llenos de piedras cuando los glaciares de la Edad del Hielo se derritieron. La  energía  del  agua  fue  fácil  de  aprovechar,  con  lo  cual  “Nueva Inglaterra” –constituida por Massachusetts, Connecticut y Rhode Island– desarrolló una economía basada en productos forestales, pesca, construcción de barcos y comercio. Las colonias de la región media –entre ellas Nueva York y Pennsylvania– tenían un clima más templado y su territorio  era  más  variado.  Allí  se  desarrollaron  la  industria  y  la agricultura, y la sociedad era más diversa y cosmopolita. Por ejemplo, en Nueva  York  había  emigrantes  de  Alemania,  Bohemia,  Dinamarca, Escocia, Francia, Holanda, Inglaterra, Irlanda, Italia, Noruega, Polonia, Portugal y Suecia. Las colonias del Sur –Virginia, Georgia y las Carolinas– tenían una temporada de cultivo larga y tierra fértil, por lo cual su economía fue principalmente agrícola. En ellas había tanto pequeños granjeros como ricos terratenientes aristócratas que poseían grandes fincas, llamadas plantaciones, en las que trabajaban esclavos africanos.

Las relaciones entre los colonizadores y los norteamericanos nativos, a quienes aquéllos llamaban indios, eran una incómoda mezcla de colaboración y conflicto. En algunas áreas hubo comercio y cierta interacción social, pero en general, a medida que los nuevos asentamientos se expandieron, los nativos fueron obligados a emigrar, muchas veces sólo después de ser derrotados en combate.


La creación de las colonias no fue patrocinada por el gobierno británico, sino directamente por grupos privados. Todas, salvo Georgia, surgieron como compañías de accionistas o como propiedades otorgadas por el rey. Algunas fueron gobernadas con rigor por los dirigentes de esas compañías, pero a su debido tiempo todas desarrollaron un sistema de gobierno participativo, basado en la tradición y el precedente jurídico británicos.

Varios años de descontento político en Gran Bretaña culminaron con la Revolución Gloriosa de 1688-89, en la cual el rey Jaime II fue derrocado; entonces se establecieron límites a la monarquía y se otorgaron más libertades a la población. Las colonias norteamericanas se beneficiaron con esos cambios. Las asambleas coloniales reclamaron el derecho de actuar como parlamentos locales y aprobaron medidas para expandir su propio poder y limitar el poder de los gobernadores reales.
En los siguientes decenios, las disputas recurrentes entre los gobernadores y las asambleas hicieron que los colonizadores se percataran de la creciente divergencia entre sus intereses y los de Gran Bretaña. Los principios y precedentes que surgieron de esas disputas se convirtieron en la constitución no escrita de las colonias.

Al principio, su centro focal  fue la autogestión dentro de una mancomunidad británica. Sólo después empezaron a aspirar a la independencia.


3. El Camino a la Independencia

Los principios de liberalismo y la democracia –los cimientos políticos de Estados Unidos– surgieron en forma natural del proceso de edificar una nueva sociedad en tierras vírgenes. Con esa misma naturalidad, la nueva nación se vería a sí misma como algo diferente y excepcional. Europa la miraría con aprensión o esperanza.

Las 13 colonias británicas de Norteamérica maduraron en el siglo XVIII; fue entonces cuando crecieron en población, poder económico y logros culturales, y ya tenían experiencia en la autogestión. Sin embargo, no fue sino  hasta  170  años  después  de  la  fundación  del  primer  asentamiento permanente en Jamestown, Virginia, cuando el nuevo Estados Unidos de América surgió como nación.

Parte de la guerra entre Gran Bretaña y Francia en la década de 1750 se llevó a cabo en Norteamérica. Los británicos salieron triunfantes y pronto implantaron políticas para controlar y financiar su vasto imperio. Esas medidas impusieron mayores restricciones a la forma de vida de los colonizadores norteamericanos.

La Proclama Real de 1763 restringió la apertura de nuevas tierras a la colonización. La Ley del Azúcar de 1764 gravó con impuestos los bienes de lujo, como el café, la seda y el vino, y declaró ilegal la importación de ron. La Ley Monetaria de 1764 prohibió la impresión de papel moneda en las colonias. La Ley de Alojamiento de 1765 obligaba a los colonos a proveer de alimento y hospedaje a los soldados del rey. Y la Ley del Timbre de 1765 exigía la compra de sellos reales para todos los documentos legales, periódicos, licencias y contratos de arrendamiento.

Los colonos protestaron por todas esas medidas, pero la Ley del Timbre desencadenó la mayor resistencia organizada. Para un creciente número de colonos, la principal objeción era que, por medio de esa ley, una legislatura distante en la que ellos no podían participar les aplicaba impuestos. En octubre de 1765, 27 delegados de nueve colonias se reunieron en Nueva York para coordinar sus esfuerzos con el propósito de lograr que la Ley del Timbre fuera revocada. Ellos aprobaron resoluciones que exaltaban el derecho de cada una de las colonias a crear sus propios impuestos.

La autogestión produjo dirigentes políticos locales y éstos trabajaron juntos para anular lo que a su juicio eran actos opresivos del parlamento inglés. Cuando tuvieron éxito, su campaña coordinada contra Gran Bretaña llegó a su fin. No obstante, en los siguientes años un pequeño número de radicales trató de mantener vigente la controversia. Su objetivo no era la concertación sino la independencia.



Samuel Adams de Massachusetts fue el más eficaz. Escribió artículos en periódicos y pronunció discursos en los que apelaba a los instintos democráticos de los colonos. Él ayudó a organizar, en todas las colonias, comités que llegaron a ser la base de un movimiento revolucionario. En 1773, el movimiento atrajo a los comerciantes coloniales que estaban disgustados porque Gran Bretaña intentaba reglamentar el comercio del té. En diciembre, un grupo de hombres entró furtivamente en tres buques británicos anclados en el puerto de Boston y arrojó al mar sus cargamentos de té.

Para castigar a Massachusetts por su acto vandálico, el Parlamento británico cerró el puerto de Boston y restringió la autoridad local. Las nuevas medidas, conocidas como las Leyes Intolerables, fueron contraproducentes porque en lugar de aislar a la colonia, provocaron que las otras se unieran a ella. Todas las colonias, salvo Georgia, enviaron representantes a Filadelfia en septiembre de 1774 para discutir “su desdichado estado actual”. Ese fue el primer Congreso Continental.

Los colonos se sentían cada día más frustrados e irritados porque los británicos los privaban de sus derechos. Sin embargo, ni remotamente había unanimidad de opiniones en cuanto a lo que debían hacer. Los “leales” querían seguir siendo súbditos del rey. Los “moderados” proponían un compromiso para establecer una relación más aceptable con el gobierno británico. Y los revolucionarios aspiraban a la independencia total, para lo cual empezaron a acumular armas y a movilizar sus fuerzas en espera del día en que tuvieran que luchar para conquistarla.


4. La Revolución

La Revolución de Estados Unidos –su guerra para independizarse de Gran Bretaña– empezó como una pequeña escaramuza entre tropas británicas y colonos armados el 19 de abril de 1775.

Los británicos habían salido de Boston, Massachusetts para incautar las armas y municiones que unos colonos revolucionarios habían recolectado en las aldeas vecinas. En Lexington tropezaron con un grupo de milicianos minutemen, así llamados porque se decía que se podían aprestar para e combate en un minuto. El único propósito de los milicianos era realizar una protesta silenciosa y su dirigente les ordenó no hacer fuego, a menos que les dispararan primero. Los británicos ordenaron que los milicianos se dispersaran y éstos obedecieron. Sin embargo, cuando se retiraban, alguien hizo un disparo. Entonces los soldados británicos atacaron a los minutemen con armas de fuego y bayonetas.

La lucha estalló también en otros lugares a lo largo del camino, a medida que los soldados británicos avanzaban de regreso a Boston con sus uniformes de color rojo brillante. Más de 250 “casacas rojas” resultaron muertos o heridos. Los norteamericanos perdieron 93 hombres.

Los choques mortales continuaron en los alrededores de Boston al tiempo que los representantes coloniales salían apresuradamente hacia Filadelfia para discutir la situación. En su mayoría votaron por hacer la guerra contra Gran Bretaña. Acordaron consolidar las milicias coloniales en un ejército continental y nombraron a George Washington, de Virginia, su comandante en jefe. Sin embargo, al mismo tiempo, aquel Segundo Congreso Continental adoptó una resolución de paz en la que instaba al rey Jorge III a evitar que continuaran las hostilidades. El rey la rechazó y el 23 de agosto declaró que las colonias norteamericanas se habían rebelado.

Las exhortaciones a la independencia se intensificaron en los meses siguientes. El teórico político radical Thomas Paine ayudó a cristalizar el argumento a favor de la separación. En un folleto titulado Common Sense  (Sentido  común)  del  cual  se  vendieron  100.000  ejemplares,  él  rebatió  la idea  de  la  monarquía hereditaria. Paine propuso dos opciones para Norteamérica: seguir estando sometida a un rey tiránico y un sistema de gobierno gastado, o liberarse y ser feliz como una república autosuficiente e independiente.



El Segundo Congreso Continental designó un comité encabezado por Thomas Jeff erson, de Virginia, para preparar un documento donde se expusieran los agravios de las colonias contra el rey y se explicara la decisión de aquéllas de separarse. Esa Declaración de Independencia fue adoptada el 4 de julio de 1776. Desde entonces,  el  4  de  julio  se  celebra  cada  año  como  el Día  de  la Independencia de Estados Unidos.

La Declaración de Independencia no sólo anunció el nacimiento de una nueva nación. También expuso una filosofía de la libertad humana que habría de llegar a ser una fuerza dinámica en todo el mundo. Incluía ideas políticas francesas y británicas, sobre todo las de John Locke en su Second Treatise on Government (Segundo tratado de gobierno), que reafirmaban la convicción de que los derechos políticos son derechos humanos básicos y, por lo tanto, son universales.

El hecho de declarar su independencia no hizo que los estadounidenses fueran libres. Las fuerzas británicas derrotaron a las tropas continentales en Nueva York, desde Long Island hasta la ciudad de Nueva York. Ellas vencieron también a los insurgentes en Brandywine, Pennsylvania y ocuparon Filadelfia, lo cual provocó la huida del Congreso Continental. Las fuerzas estadounidenses salieron victoriosas en Saratoga, Nueva York, y en Trenton y Princeton en Nueva Jersey. No obstante, George Washington seguía luchando por conseguir los hombres y los materiales que tanto necesitaba.

La ayuda decisiva llegó en 1778 cuando Francia reconoció a Estados Unidos y ambos países firmaron un tratado bilateral de defensa. En realidad, el apoyo del gobierno francés se basó en razones geopolíticas, no ideológicas. Francia quería debilitar el poder de Gran Bretaña, su inveterada adversaria.

La lucha que empezó en Lexington, Massachusetts continuó durante ocho años en gran parte del continente. Hubo batallas desde Montreal (Canadá) en el norte hasta Savannah (Georgia) en el sur. Un enorme ejército británico se rindió en Georgetown, Virginia en 1781, pero la guerra prosiguió dos años más sin llegar a un resultado concluyente. Un tratado de paz fue firmado al fin en París el 15 de abril de 1783.

La Revolución tuvo trascendencia mucho más allá de Norteamérica. Atrajo la atención de los teóricos políticos europeos y fortaleció el concepto de los derechos naturales en todo el mundo occidental. Atrajo a personalidades notables como Thaddeus Kosciusko, Friedrich von Steuben y el Marqués de Lafayette, quienes se unieron a la revolución y esperaban llevar las ideas liberales de ésta a sus propios países.

El Tratado de París reconoció la independencia, la libertad y la soberanía de las 13 ex colonias norteamericanas que ahora eran estados. La tarea de unirlas a todas en una nueva nación estaba aún por realizarse.



5. La Formación de un Gobierno Nacional

Las 13 colonias norteamericanas se convirtieron en los 13 Estados Unidos de América en 1783, después de su guerra para independizarse de Gran Bretaña. Antes del final de esa guerra, ratificaron un marco de trabajo para sus esfuerzos colectivos. Esos Artículos de la Confederación permitieron crear una unión, pero ésta era extremadamente informal y frágil. George Washington la llamó “una cuerda de arena”.

No había moneda común en virtud de que cada estado acuñaba todavía la suya. Tampoco existía una fuerza militar nacional pues muchos estados seguían teniendo sus propios ejércitos y armadas. Había poco control centralizado sobre la política exterior; los estados negociaban directamente con otros países y tampoco tenían un sistema nacional para establecer y recolectar impuestos.



Las disputas entre Maryland y Virginia por los derechos de navegación en el río Potomac, que era su frontera común, dieron lugar a una conferencia de cinco estados en Annapolis, Maryland en 1786. Alexander Hamilton, un delegado de Nueva York, dijo que esos problemas comerciales eran parte de cuestiones económicas y políticas más amplias. Añadió que lo que se necesitaba era un replanteamiento de la Confederación. Él y los demás delegados propusieron organizar una convención con ese propósito. El apoyo de Washington, que era sin duda el hombre que inspiraba más confianza  en  Estados  Unidos,  los  ayudó  a  imponerse  sobre  quienes pensaban que esa idea era demasiado audaz.

La reunión realizada en Filadelfia en mayo de 1787 fue notable. Los 55 delegados elegidos para la convención tenían experiencia en el gobierno colonial y estatal. Ellos conocían bien la historia, la ley y la teoría política. Eran jóvenes en su mayoría, aunque en el grupo estaba también el veterano Benjamin Franklin, quien se acercaba al final de una extraordinaria carrera de servicio público y logros científicos. Dos estadounidenses notables no estaban allí: Thomas Jeff erson había ido a París como embajador de Estados Unidos en Francia, y John Adams estaba en Londres como embajador en Gran Bretaña.

El Congreso Continental había autorizado a la convención para que enmendara los Artículos de la Confederación.  En  lugar  de  eso,  los  delegados  descartaron  los  Artículos  por  considerar  que  no  eran adecuados para las necesidades de la nueva nación e idearon una nueva forma de gobierno basada en la separación de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. La reunión se había convertido en una convención constitucional.

Llegar a un consenso en algunos de los detalles de una nueva constitución sería en extremo difícil. Muchos delegados abogaban por un gobierno nacional fuerte que limitara los derechos de los estados. Otros argumentaban en forma igualmente convincente a favor de un gobierno nacional débil que preservara la autoridad estatal. Algunos delegados temían que los estadounidenses no fueran capaces de gobernarse por sí mismos y, por lo tanto, se oponían a las elecciones populares de cualquier tipo. Otros pensaban que el gobierno nacional debía tener una base popular de la mayor amplitud posible. Los representantes de estados pequeños insistían en una representación igualitaria en la legislatura nacional. Los de estados grandes creían que ellos merecían tener más influencia. Los representantes de estados donde la esclavitud era ilegal esperaban que ésta fuera proscrita. Los que venían de estados esclavistas rechazaban cualquier intento a ese respecto. Algunos delegados querían limitar
el número de los estados de la Unión. Otros pedían que se otorgara la condición de estado a las tierras recién colonizadas en el Oeste.

Cada cuestión suscitó nuevas divisiones y cada una fue resuelta por medio de un compromiso.

El texto de la Constitución no era un documento largo. Sin embargo, sirvió de marco general para establecer el gobierno más complejo creado hasta entonces. El gobierno nacional tendría plenas facultades para emitir moneda, recaudar impuestos, otorgar patentes, conducir la política exterior, mantener un ejército, establecer oficinas de correos y declarar la guerra. Además, tendría tres ramas iguales –un congreso, un presidente y un sistema de tribunales– con facultades equilibradas y contrapesos para que todas controlaran sus acciones en forma recíproca.

Los intereses económicos influyeron en el curso del debate en torno al documento, pero lo mismo se puede decir de los intereses estatales, sectoriales e ideológicos. Otro factor importante fue el idealismo de los hombres que lo redactaron. Ellos estaban convencidos de que habían ideado un gobierno que promovería la libertad individual y la virtud pública.

El 17 de septiembre de 1787, al cabo de cuatro meses de deliberaciones, la mayoría de los delegados firmaron la nueva Constitución. Acordaron que ésta se convertiría en la ley suprema de la nación cuando nueve de los 13 estados la hubieran ratificado.

El proceso de ratificación se prolongó cerca de un año. Los opositores expresaban su temor de que un gobierno central fuerte llegara a ser tiránico y opresivo. Los partidarios respondían que el sistema de frenos y contrapesos impediría que eso ocurriera. El debate hizo que surgieran dos facciones: los federalistas que deseaban un gobierno central fuerte y apoyaban la Constitución, y los antifederalistas que proponían una asociación informal de estados y se oponían a la Constitución.



Aún después de que la Constitución fue ratificada, muchos estadounidenses sentían que carecía de un elemento esencial pues, a su juicio, no especificaba los derechos de los individuos. Cuando el primer Congreso se reunió en la ciudad de Nueva York en septiembre de 1789, los legisladores accedieron a agregar las disposiciones en cuestión. Tuvieron que pasar otros dos años antes que esas 10 enmiendas – conocidas en conjunto como la Carta de Derechos– fueran incorporadas a la Constitución.

La primera de las 10 enmiendas garantiza la libertad de expresión, de prensa y religiosa; y el derecho de protestar, reunirse pacíficamente y exigir cambios. La cuarta protege contra los registros y arrestos sin causa razonable. La quinta dispone el debido proceso judicial en todos los casos penales. La sexta garantiza el derecho a un juicio imparcial y expedito. Y la octava protege contra los castigos crueles e inusuales.

Desde que la Carta de Derechos fue adoptada, hace más de 200 años, sólo 17 enmiendas más han sido agregadas a la Constitución.


6. Los Primeros años, la Expansión al Oeste y las Diferencias Regionales

George  Washington  prestó  juramento  como  el  primer  presidente  de Estados Unidos el 30 de abril de 1789. Él estuvo a cargo de organizar una fuerza militar efectiva durante la Revolución. Ahora se le encomendaba la tarea de construir un gobierno operante.

Washington trabajó con el Congreso para crear los departamentos de Estado, Tesorería, Justicia y Guerra. Los jefes de esos departamentos constituirían el gabinete del presidente y actuarían como sus consejeros. Se estableció  una  Corte  Suprema  integrada  por  un  procurador  y  cinco ministros asociados, así como tres tribunales de circuito y 13 juzgados de distrito. Se desarrollaron políticas para administrar los territorios del Oeste e incorporarlos a la Unión como nuevos estados.

Washington prestó servicio en dos periodos de cuatro años y luego dejó el cargo, sentando un precedente que a la postre se convirtió en ley. Los dos siguientes presidentes, John Adams y Thomas Jefferson, eran representantes de dos escuelas de pensamiento diferentes sobre el papel del gobierno. Esa divergencia dio lugar a la creación de los primeros partidos políticos del mundo occidental. Los federalistas, encabezados por Adams y Alexander Hamilton, el secretario del Tesoro de Washington, representaban en general los intereses del comercio y la industria. Ellos temían la anarquía y creían en un gobierno central fuerte que pudiera establecer la política económica y mantener el orden. Encontraron el mayor apoyo en el norte. Los republicanos, encabezados por Jefferson, representaban los intereses agrícolas en general. Ellos se oponían a un gobierno central fuerte y creían en los derechos de los estados y la autosuficiencia de los agricultores. Tuvieron más apoyo en el sur.

Durante unos 20 años, la joven nación pudo prosperar dentro de una paz relativa. Su política consistía en ser amigable e imparcial con todas las demás naciones. Sin embargo, no era inmune a
los acontecimientos políticos de Europa, sobre todo de Gran Bretaña y Francia que   estaban   en   guerra.   La   marina   de   guerra   británica   capturó   barcos estadounidenses que se dirigían a Francia, y la armada francesa capturó barcos estadounidenses  con  destino  a  Gran  Bretaña.  Las  negociaciones  diplomáticas mantuvieron a Estados Unidos al margen de las hostilidades en la década de 1790 y a principios de la siguiente, pero al parecer sólo era cuestión de tiempo para que
este país tuviera que defender sus propios intereses.



La guerra con Gran Bretaña estalló en 1812. La lucha tuvo lugar sobre todo en los estados del nordeste y en la costa oriental. Una fuerza expedicionaria británica llegó a la nueva capital, establecida en Washington en el Distrito de Columbia, prendió fuego a la residencia del poder ejecutivo –obligando al presidente James Madison a huir– y dejó la ciudad en llamas. No obstante, el ejército y la armada estadounidenses ganaron suficientes batallas decisivas para reclamar la victoria. Al cabo de dos años y medio de combates y con su tesorería exigua a causa de la guerra que libraba por separado contra Francia, Gran Bretaña firmó un tratado de paz con Estados Unidos. La victoria estadounidense puso fin, de una vez por todas, a las esperanzas británicas de restablecer su influencia al sur de la frontera de Canadá.

Cuando la Guerra de 1812 terminó, muchas de las graves dificultades que enfrentaba la nueva república estadounidense ya habían desaparecido. La Unión nacional establecida bajo la Constitución trajo consigo el equilibrio entre la libertad y el orden. Una deuda nacional modesta y un continente en espera de ser explorado  ofrecían  una  perspectiva  de  paz,  prosperidad  y  progreso  social.  El  acontecimiento  más significativo en política exterior fue el pronunciamiento del presidente James Monroe en el cual expresó la solidaridad de Estados Unidos con las naciones de América Latina que acababan de independizarse. La Doctrina Monroe fue una advertencia contra cualquier tentativa europea de colonizar a ese subcontinente. Muchos de los nuevos países, a su vez, expresaron su afinidad política con Estados Unidos y basaron sus propias constituciones en el modelo estadounidense.

Estados Unidos duplicó sus dimensiones con la compra del Territorio de Louisiana a Francia en 1803 y de la Florida, comprada a España en 1819. Entre 1816 y 1821 fueron creados seis nuevos estados. Entre 1812 y 1852, la población se triplicó. La magnitud y diversidad de la joven nación desafiaban cualquier generalización simple, pero también invitaban a la contradicción.

Estados Unidos era un país de ciudades civilizadas construidas a partir del comercio y la industria, y fronteras primitivas donde el imperio de la ley se ignoraba a menudo. Era una sociedad que amaba la libertad, pero permitía la esclavitud. La Constitución mantenía unidas todas esas partes discrepantes. Sin embargo, las tensiones iban en aumento.


7. Conflicto Sectorial

En 1850 Estados Unidos era una inmensa nación bordeada por dos océanos. Había obvias diferencias geográficas, de recursos naturales y de desarrollo entre una y otra región.

Los estados de Nueva Inglaterra y el Atlántico Medio eran los principales centros de las finanzas, el comercio y las manufacturas. Sus principales productos eran textiles y ropa, maderas y maquinaria. El comercio marítimo floreció. Los estados del Sur eran eminentemente agrícolas y producían tabaco, azúcar y algodón con mano de obra esclava. Los estados del Oeste Medio también eran agricultores, pero sus productos de cereal y carne provenían del trabajo de hombres y mujeres libres.
Missouri solicitó la categoría de estado en 1819. Los norteños se opusieron porque en ese territorio había 10.000 esclavos. El congresista Henry Clay de Kentucky propuso un compromiso: Missouri se incorporaría a la Unión y seguiría permitiendo la esclavitud, pero Maine sería aceptado como estado libre.

Las posiciones regionales en torno a esa cuestión se endurecieron en las primeras décadas después del Compromiso de Missouri. En el norte del país, el movimiento para abolir la esclavitud fue muy activo y se volvió cada día más poderoso. En el sur, la creencia en la supremacía blanca y el afán de mantener el statu quo económico fueron igualmente dinámicos y poderosos. Aun cuando miles de esclavos huyeron al norte a través de una red  de  rutas  secretas  conocidas  como  el  Ferrocarril  Subterráneo,  los esclavos representaban todavía un tercio de la población de los estados esclavistas en la época del censo de 1860.



La mayoría de los norteños no querían impugnar la existencia de la esclavitud en el sur, pero muchos se oponían a que ésta se expandiera a los territorios del oeste. Los sureños sostenían con el mismo vigor que los territorios mismos tenían derecho de decidir su situación. Un político joven de  Illinois,

Abraham  Lincoln,  estimó  que  el  problema  era  de  carácter nacional, no local. “Una casa dividida contra sí misma no puede prevalecer”, declaró. “Creo que este gobierno no puede permanecer en forma permanente siendo mitad esclavo y mitad libre. No espero que la Unión se disuelva... lo que sí espero es que deje de estar dividida”.

En  1860  el  Partido  Republicano  nombró  a  Lincoln  su  candidato  a  la presidencia  con  una  plataforma antiesclavista. En una contienda entre cuatro hombres, él obtuvo sólo el 39 por ciento del voto popular, pero ganó por clara mayoría de votos en el Colegio Electoral. Dicho órgano es el grupo de ciudadanos que elige directamente al presidente de Estados Unidos, de acuerdo con el voto popular.

La tormenta que se venía gestando desde hacía decenios estaba a punto de desatarse con fuerza brutal. Los estados del sur habían lanzado la amenaza de separarse de la Unión si Lincoln era elegido; las declaraciones de secesión empezaron desde antes que él tomara posesión del cargo. Al nuevo presidente correspondería tratar de mantener la integridad de la Unión.


8. La Guerra Civil y la Reconstrucción de Postguerra

La guerra entre el norte y el sur empezó en abril de 1861. Los estados del sur reclamaban el derecho de  separarse y habían formado su propia Confederación. Sus fuerzas hicieron los primeros disparos. Los estados del norte, bajo el liderazgo del presidente Lincoln, estaban determinados a contener la rebelión y preservar la Unión.

El norte tenía más del doble de estados y el doble de población. Contaba con recursos abundantes para producir pertrechos de guerra y además su red  ferroviaria  era  superior.  El  sur  tenía  líderes  militares  con  más experiencia  y  un  factor  que  los  favoreció  fue  que  la  mayoría  de  los combates tuvieron lugar en su propio territorio.



Durante  cuatro  años,  decenas  de  miles  de  soldados  y  caballos  participaron  en  batallas  terrestres  en Virginia, Maryland, Pennsylvania, Tennessee y Georgia. Los combates navales se desarrollaron frente a la costa del Atlántico y en el río Mississippi. En ese rubro, las fuerzas de la Unión obtuvieron una serie casi ininterrumpida de victorias. En cambio, en Virginia fueron derrotadas una y otra vez en sus intentos de tomar Richmond, la capital confederada.

El día más sangriento de la guerra fue el 17 de septiembre de 1862, cuando   los   dos   ejércitos   chocaron   en   Antietam   Creek,   cerca   de Sharpsburg, Maryland. Las tropas confederadas bajo el mando del general Robert E. Lee no lograron repeler a los soldados de la Unión encabezados por el general George McClellan, y Lee escapó con su ejército intacto. McClellan fue relevado del mando. Aunque la batalla no quedó definida en términos militares, sus consecuencias fueron enormes. Gran Bretaña y Francia habían pensado reconocer a la Confederación, pero entonces retrasaron su decisión y el sur nunca recibió la ayuda que necesitaba con tanta urgencia

Varios meses después, el presidente Lincoln emitió una versión preliminar de la Proclamación de Emancipación. Gracias a ella fueron liberados todos los esclavos que vivían en estados confederados y se autorizó el reclutamiento de afro-estadounidenses en el ejército de la Unión. Ahora el
norte ya no luchaba tan sólo para preservar la Unión, sino también para erradicar la esclavitud.

Las fuerzas de la Unión cobraron más ímpetu en 1863 con las victorias de Vicksburg en Mississippi y Gettysburg en Pennsylvania, y más tarde con la política de tierras quemadas que aplicó el general William T. Sherman cuando avanzó a través de Georgia y se internó en Carolina del Sur en 1864. En abril de 1865, enormes ejércitos de la Unión bajo el mando del general Ulysses S. Grant lograron rodear a Robert E. Lee en Virginia. Lee se rindió y ese fue el final de la Guerra Civil de Estados Unidos.

Los términos de la rendición fueron generosos. “Los rebeldes ya son otra vez nuestros compatriotas”, les recordó Grant a sus tropas. En Washington, el presidente Lincoln ya estaba listo para iniciar el proceso de reconciliación. Jamás tuvo oportunidad de hacerlo pues menos de una semana después de la capitulación del sur fue asesinado por un sureño amargado por la derrota. La tarea reconciliadora le correspondería a vicepresidente de Lincoln, Andrew Johnson, un sureño que era partidario de una “Reconstrucción” rápida y sencilla.

Johnson emitió indultos que restablecieron los derechos políticos de muchos sureños. Al final de 1865, cas todos los estados ex confederados habían celebrado convenciones para revocar las leyes de secesión y abolir la esclavitud, pero todos excepto Tennessee se negaron a ratificar una enmienda constitucional que otorgaba plena ciudadanía a los afro-estadounidenses. En consecuencia, los republicanos del Congreso decidieron  implementar  su  propia  versión  de  la  Reconstrucción.  Ellos  proclamaron  medidas  punitivas contra los ex rebeldes y prohibieron que quienes habían sido dirigentes confederados ocuparan cargos públicos. Dividieron el sur en cinco distritos militares administrados por generales de la Unión. Negaron e derecho de voto a todo aquel que no estuviera dispuesto a prestar un juramento de lealtad a la Unión Además, apoyaron con vigor los derechos de los afroestadounidenses. El presidente Johnson trató de obstruir muchas de esas políticas y fue sometido a juicio político. El voto no fue suficiente para destituirlo de su cargo, pero el Congreso no perdió su enorme poder durante los siguientes 30 años.

Las divisiones y los odios que desembocaron en la Guerra Civil no desaparecieron al término de la lucha armada. Cuando los sureños blancos recuperaron el poder político, los negros de esa región padecieron. Ya habían ganado la libertad, pero las leyes locales que les negaban el acceso a muchos recursos públicos les impedían disfrutar de ella. Habían ganado el derecho de voto, pero eran intimidados en los comicios. El sur había quedado segregado y así habría de permanecer 100 años más. El proceso de Reconstrucción de postguerra había empezado con altos ideales, pero cayó en un pozo de corrupción y racismo. Su fracaso retrasó la lucha de los afro-estadounidenses por la igualdad hasta el siglo XX, cuando se convertiría en un problema nacional y no sólo del sur




9. Crecimiento y Transformación

Estados Unidos maduró en los decenios posteriores a la Guerra Civil. La frontera se fue desvaneciendo poco a poco y una república rural se convirtió en una nación urbana. Entonces surgieron grandes fábricas, plantas siderúrgicas y ferrocarriles transcontinentales. Las ciudades crecieron con rapidez y millones de personas llegaron de otros países para iniciar su nueva vida en la tierra de la oportunidad.

Los inventores aprovecharon el poder de la ciencia. Alexander Graham Bell desarrolló el teléfono. Thomas Edison produjo la bombilla luminosa y, con George Eastman,  la  película  cinematográfica.  Antes  de  1860,  el  gobierno  ya  había expedido 36.000 patentes. En los siguientes 30 años expidió 440.000.

Fue  una  época  de  consolidación  corporativa, sobre todo en las industrias del acero, ferrocarriles, petróleo y telecomunicaciones. Los monopolios   impedían   la   competencia   en   el
mercado, lo cual generó peticiones de regulación gubernamental. En 1890 fue aprobada una ley para impedir los monopolios que restringían el comercio, pero al principio no fue aplicada con suficiente energía.

A pesar de los grandes progresos de la industria, la agricultura siguió siendo la ocupación básica en el país, pero también en ella hubo enormes cambios. La extensión de tierras de cultivo se duplicó y los científicos desarrollaron  semillas  mejoradas.  Las  máquinas  –por  ejemplo, sembradoras mecánicas, cosechadoras y trilladoras– se hicieron cargo de gran  parte  del  trabajo  que  antes  se  realizaba  a  mano.  Los  granjeros estadounidenses producían suficiente cereal, algodón, lana y carne de vacuno y de cerdo para abastecer al creciente mercado interno e incluso les quedaban grandes excedentes para la exportación.

La  región  occidental  de  Estados  Unidos  siguió  atrayendo  colonizadores.  Los  mineros  reclamaban propiedades en las montañas ricas en minerales, los ganaderos en los vastos pastizales, los criadores de ovejas en los valles fluviales y los granjeros en las grandes llanuras. Los vaqueros a caballo conducían a sus animales y los guiaban hasta lejanas terminales de ferrocarril para su envío al este. Esa es la imagen de Estados Unidos que mucha gente tiene todavía, aun cuando la época de los cowboys del “Salvaje Oeste” duró sólo unos 30 años.



Desde el momento en que los europeos desembarcaron en la costa oriental de Norteamérica, su avance hacia el oeste significó enfrentamientos con los pueblos nativos. Durante mucho tiempo, la política del gobierno había consistido en desplazar a los norteamericanos nativos a tierras reservadas para su uso, más allá del alcance de la frontera blanca. Sin embargo, el gobierno ignoró una y otra vez sus acuerdos y abrió esas áreas a la colonización blanca. A fines del siglo XIX, las tribus sioux de las llanuras del norte y los apaches en el sudoeste lucharon denodadamente para preservar su estilo de vida. Aunque eran hábiles guerreros, a la postre fueron avasallados por las fuerzas del gobierno. La política oficial después de esos conflictos era bien intencionada, pero a veces resultó desastrosa. En 1934, el Congreso aprobó una medida para tratar de proteger las costumbres tribales y la vida comunal en las reservaciones.

En  los  últimos  decenios  del  siglo  XIX  las  potencias  europeas  competían  por  colonizar  África  y  por conquistar el comercio de Asia. Muchos estadounidenses pensaron que su país tenía el derecho y el deber de expandir su influencia en otras partes del mundo. Muchos otros, sin embargo, rechazaban todo lo que pudiera sugerir un afán imperialista.

Una breve guerra con España en 1898 permitió que Estados Unidos obtuviera el control de varias posesiones españolas en ultramar: Cuba, Puerto Rico, Guam y las Filipinas. Oficialmente, Estados Unidos las instó a gobernarse por sí mismas, pero en realidad mantuvo sobre ellas su control administrativo. El idealismo coexistió en la política exterior junto con el deseo práctico de proteger los intereses económicos de lo que había sido una nación aislada y ahora se convertía en una potencia mundial.


10. Descontento y Reforma

En 1900, los cimientos políticos de Estados Unidos habían resistido los dolores del crecimiento, una guerra civil, la prosperidad y la depresión económica. El ideal de la libertad religiosa logró mantenerse. La educación pública gratuita se había realizado en buena parte y la libertad de prensa se conservaba intacta. Sin embargo, al mismo tiempo, el poder político parecía estar concentrado en manos de funcionarios políticos corruptos y sus amigos empresarios. En respuesta surgió un movimiento de reforma llamado “progresismo”. Algunas de sus metas eran mayor democracia y justicia social, honradez en el gobierno y una reglamentación más eficaz de las empresas.

Escritores y críticos sociales protestaron, afirmando que las prácticas vigentes eran injustas, insanas y peligrosas. Upton Sinclair, Ida M. Tarbell, Theodore Dreiser, Lincoln Steffens y otros produjeron una “literatura de denuncia” con la cual presionaron a los legisladores para que corrigieran los abusos por medio de leyes. Los reformadores creyeron que al ampliar el alcance del gobierno se aseguraría el progreso de la sociedad del país y el bienestar de sus ciudadanos.



El presidente Theodore Roosevelt encarnaba el espíritu del progresismo y pensó que las reformas necesarias debían aplicarse en el plano nacional. Trabajó con el Congreso para regular los monopolios y aplicar medidas legales contra las compañías que violaran la ley. También luchó sin descanso para proteger los recursos naturales de Estados Unidos, administrar las tierras públicas y preservar áreas para uso recreativo.

Las reformas prosiguieron en las presidencias de William Howard Taft y Woodrow Wilson. El sistema de banca de la Reserva Federal fue establecido para que determinara las tasas de interés y controlara la oferta monetaria. La Comisión Federal de Comercio fue fundada para intervenir cuando las empresas emplearan métodos de competencia desleales. Fueron promulgadas nuevas leyes para ayudar a mejorar las condiciones de trabajo de los marineros y los jornaleros ferroviarios. Se creó un sistema de “extensión de condado” para ayudar a los granjeros a obtener información y créditos. Además, como una ayuda encaminada a reducir el costo de la vida para todos los estadounidenses, los impuestos sobre bienes importados fueron reducidos o eliminados.

En la época progresista fue también cuando un gran número de personas de todo el mundo llegó a Estados Unidos. Casi 19 millones de inmigrantes arribaron entre 1890 y 1921. Los primeros inmigrantes habían sido sobre todo europeos del norte y el oeste, y algunos chinos. Los nuevos inmigrantes llegaron de Italia, Rusia, Polonia, Grecia, los Balcanes, Canadá, México y Japón.
Estados Unidos siempre ha sido un “crisol” de nacionalidades y durante 300 años impuso pocas restricciones a la inmigración. Sin embargo, a partir de la década de 1920 se establecieron cuotas en respuesta al temor de los estadounidenses de que los recién llegados fueran una amenaza para sus empleos y su cultura. Aun cuando grandes oleadas de inmigración han creado tensiones sociales a través de la historia, la mayoría de los ciudadanos –cuyos propios antepasados llegaron como inmigrantes– creen que la Estatua de la Libertad en el puerto de Nueva York representa el espíritu de una tierra que da la bienvenida a los que “anhelan respirar un aire de libertad”. Esa creencia ha preservado a Estados Unidos como una nación de naciones.






La Grange - ZZ Top





martes, 9 de septiembre de 2014

Información sobre la Unión de Repúblicas Populares de Nueva Rusia.

Unión de Repúblicas Populares Nueva Rusia:

 http://es.wikipedia.org/wiki/Uni%C3%B3n_de_Rep%C3%BAblicas_Populares_Nueva_Rusia

Información actualizada de la guerra civil en el este de Ucrania: http://twitter.com/NovorossiaInfo

Desarrollo de la contienda entre las milicias y el Ejército ucraniano: http://cassad.net/?do=warmarker

Matar por el mapa

Andriy Movchan

10/8/2014 

Los mapas políticos no muestra las tramas de corrupción, los diagramas de la riqueza, las operaciones financieras en los paraísos fiscales de ultramar, las estructuras de la economía mundial, los acuerdos políticos ocultos, los proyectos de dominación y la alienación.

Cuando escucho las conversaciones sobre la "Ucrania unida", tengo la sensación que los traductores de este mensaje no entienden realmente de lo que están hablando. ¿Qué significa que la bandera ucraniana aparezca en cada rincón de la pantalla del televisor? ¿Qué tenemos que entender sobre el contorno del mapa de Ucrania que hemos conocido los últimos 23 años?



En su libro más importante, Simulacros y simulación, Jean Baudrillard afirma que en el mundo postmoderno los modelos de la realidad son aún más reales que la realidad misma y crean una nueva hiperrealidad. "Sin embargo, es el mapa el que precede al territorio - preeminencia de los simulacros -, el que engendra el territorio, y si hay que volver a la fábula, hoy es el territorio el que pudre sus jirones lentamente a través de la extensión del mapa." Hablar del ánimo predominante de la gente en Ucrania, es, pues, hablar de la hiperrealidad.

Se puede ver el mapa político de Ucrania en todas las aulas de geografías o historia de los centros de educación. Se utiliza como decoración en las oficinas de los burócratas, hombres de negocios, funcionarios y personas comunes y corrientes que quieren manifestar su patriotismo. "Esta nublado en Luhansk, está lloviendo en Lviv, en Crimea luce el sol, 22 grados centígrados" dice el hombre del tiempo señalando con el dedo en un mapa climatológico y un anuncio de un nuevo medicamento contra la fiebre.

Más alargado hacia Occidente, más delgado hacia el este, con una ondulación hacia el norte y dos excrecencias al Sur: un mapa cuya geometría reconocemos desde la infancia. Por un momento piense en la frecuencia con que aparece delante de usted cada día: en el telediario de la noche, en la oficina de la Correos, en los logos de las organizaciones políticas, incluyendo el Partido de las Regiones. Un esbozo de las fronteras del estado, decoradas por perlas, anuncia una red de tiendas de joyería; una cara sonriente aparece en todas las regiones de Ucrania, desde Lviv a Crimea, para sugerir que compremos aparatos electrónicos en su tienda online Rozetka. [1] ¡El mapa está en todas partes!

Cuando mencionamos la palabra "Ucrania", nuestra imaginación en primer lugar trae a colación esta imagen: un tipo de color cubriendo un territorio, más tarde nos trae toda la otra mitología, inculcada por la propaganda y la ideología dominante. Viendo el pronóstico del tiempo ya mencionado, ni siquiera pensamos en los efectos atmosféricos, por ejemplo, en Tiraspol, que está situado justo entre Odessa, Chernivtsi y Vinnitsa, pero que no es "nuestra". Pero Crimea es "nuestra" y el Donbass también.

Por esta razón Benedict Anderson afirma que un mapa es uno de los factores clave en la construcción de la identidad nacional, de estas "comunidades imaginadas". Mirar todos los días un esbozo de las fronteras del estado ayuda lo visual a convertirse en símbolo, para convertirse en verdadero poder material, y a su vez permite la realización de verdaderas maravillas. Matar, por ejemplo.

Defiendo que la guerra en curso en este minuto en el Este es, en el imaginario de masas, una guerra por el mapa.

Mirando el país monocromático a vista de pájaro, o incluso de satélite, la gente tiende a olvidarse de otras formas de verlo: se olvidan de el mapa físico, amarillo-verde, donde las fronteras, creadas artificialmente por los políticos, no existen. Sobre la imagen política del mapa es incluso difícil sobreponer un mapa económico o demográfico. Por ejemplo, es difícil ver la Polesia escasamente poblada, la Bukovina completamente rural, o el hecho de que la mayoría de la población urbana vive en 17 aglomeraciones, que están situados en su mayoría en Donbass o Krivbass. No se puede encontrar esta información en la hiperrealidad dominante del mapa político, porque su misión es otra. Es ideológica. Y por lo tanto, como señaló Friedrich Engels, sirve para la producción de falsa conciencia.

Una perspectiva "horizontal" de este mapa, es decir, la comprensión de cómo las personas viven en el Donbass, es un lujo inaccesible. Para la inmensa mayoría de la población, el 'Extremo Oriente' de Ucrania sigue siendo una especie de terra incognita. ¿Qué saben del Donbass las clases medias de Kiev, acostumbrados a hacer viajes de fin de semana "para tomar un café" y "disfrutar de la arquitectura en la turística Lviv”? ¡Prácticamente nada! Sobre todo su conocimiento y comprensión se limita a lo que se enseña en los libros de texto escolares, en las historias de conocidos, en los informes de la televisión y, en el mejor de los casos, a algunas visitas esporádicas, de las que sobre todo recuerdan la “basura industrial”. Entonces, ¿qué se puede decir de los residentes de las zonas rurales, que ahora están siendo movilizados en las filas de las fuerzas armadas?



Rodeadas por la línea gruesa de la frontera estatal en Oriente, la línea más delgada de puntos de la frontera administrativa con Occidente y la corta franja de Azov en la costa sur, estas dos regiones  están fuertemente  asociada  con  otras  características: las minas de carbón , las fábricas, la criminalidad, la lengua rusa, "donetskye"  [2], el club de fútbol "Shakhtar". Para la mayoría de los ucranianos, este conjunto estable de asociaciones forman parte de un mismo paquete, que va de lo neutro a los matices negativos; las representaciones de esos “otros”, no siempre son comprensibles e incluso a veces son extrafalarias. Paso a paso este conjunto de asociaciones se generalizó en una noción machista: “Vata" .

Políticamente apática, nostálgica de la época soviética y dando un apoyo electoral pasivo al "donetskye", incluso antes del conflicto actual, la población del Donbass se estaba convirtiendo, al menos, en sospechosa a los ojos de los habitantes del resto de Ucrania. Y el grupo más importante a la hora de difundir esta actitud fueron los nacionalistas ucranianos, que ni siquiera tratan de ocultar su propia arrogancia. "Represión", "privación del derecho de voto", "deportación", "ucranización forzada": durante años he escuchado estas propuestas de los nacionalistas.

Paradójicamente, al mismo tiempo, estos radicales - y no tan radicales - grupos de derecha consideran  el  Donbass  una  tierra  auténticamente  ucraniana.  Y  a  veces  incluso  quieren extender las fronteras de la “Gran Ucrania" a Belgorod, Voronezh, Krasnodar y hasta la costa del mar Caspio: tal era el mapa de las tierras étnicamente ucranianas elaborado por el ejército alemán en 1918.

El mapa, como un símbolo de la grandeza nacional, se ha convertido para la mayoría en más real que las personas que viven en el territorio. Más real que las relaciones culturales, económicas y de clase. Para los ciudadanos “nacionalmente” conscientes, el mapa en papel topográfico monocromo es un argumento mucho más fuerte a la hora de tomar decisiones que hablar con la gente real.

Dentro de esta percepción, la población que vive en la zona ATO  se convierte en un obstáculo en el camino de la "Gran Ucrania". Y cuando hoy en día, en nombre de la “unidad del país”, el ejército dispara fuego de artillería contra los barrios residenciales de Lugansk, no me sorprende que el cañoneo se funda con el sonido de los aplausos del público patriótico. No me enojo al escuchar toda esa palabrería de odio chovinista y los llamamientos a limpiar la región, no sólo de militantes, sino también de población "poco fiable".

La insurrección armada en el Donbass es una consecuencia lógica del cambio violento del poder central del Estado y la ruptura del frágil consenso nacional heredado de la época de la República Socialista Soviética de Ucrania. Tras el cambio radical del pacto social en Kiev, el este del país decidió luchar por el derechos a hacer lo mismo. Así que ¿en que se diferencian esencialmente estos dos eventos? Ante todo, que el poder que fue incautado en Kiev se expande sobre todo el territorio del Estado. Pero el Donbass, en respuesta, ha cuestionado la"sacralidad” del mapa.



Y señalando ese mapa tan conocido, la clase dominante está llamando a la gente a la guerra. La maquina de propaganda habla todos los días del “país unido”, cuyo mapa hiperreal se eleva por encima de los habitantes del Donbass, que a su vez son degradados, pasando de ciudadanos a insectos: "cucarachas rojas"  [5 ]. La “unidad” de la nación se refiere en primer lugar a la unidad de las clases: del propietario de banco y del adolescente del pueblo movilizados para luchar en la guerra.

Para los que de verdad la guerra tiene sentido es la élite estatal. Realmente tienen algo por lo que luchar. De hecho, para Poroshenko, Kolomoysky, Tatura y Akhmetov, el Donbass es no sólo un territorio imaginario abstracto, no un mapa sino un sitio de activos muy concretas:  las empresas,  los  recursos,  la  tierra,  el  trabajo,  el  poder,  el  mercado,  los  contratos,  la administración que apropiarse y controlar. En otras palabras, el poder político y la propiedad. Los capitalistas no tiran dinero al aire, y es por eso que las generosas contribuciones a la propaganda patriótica en las pantallas de televisión y para las acciones militares no son sino inversiones. Son inversiones en una paz de clase, que les proporcionará la oportunidad de ir a llenar sus bolsillos, dejando al resto la satisfacción de contemplar el mapa restaurado colgado en las paredes de sus apartamentos sin calefacción.

Estas inversiones están realmente pagando dividendos. Hoy en día, para una gran parte de los ucranianos, el mapa y todos los otros elementos de orgullo nacional han llegado a tener una propiedad metafísica particular: una tan importante que están dispuestos a ir a la guerra. Hasta el más mediocre hace alarde de su amor por esta imagen compleja, elevándose por encima de aquellos para los que no existe esta 'propiedad', sobre el 'vata'. Aunque ni el primero, ni el segundo realmente posean esa propiedad, ni vayan a perderla muy pronto. Jean Paul Sartre denominó este fenómeno el "esnobismo por los pobres", y tenía razón.

En realidad, esta incursión en la geografía cognitiva del estado ucraniano es sólo un pequeño ejemplo. ¿Cuántas guerras por la "realidad" de los mapas se iniciaron desde el surgimiento del Estado-nación? Son incontables. Hace exactamente un siglo los grandes estados europeos movilizaron a millones de hombres condenados a la muerte y la miseria durante la Primera Guerra Mundial, en una lucha por el mapa político. Hoy en día están cayendo en los barrios residenciales de Gaza bombas para defender el concepto "histórico" de Eretz Yisrael. Cinco estados de Asia Central están involucrados en luchas sangrientas por el territorio. Más hacia el este, China, Vietnam y las Filipinas están dispuestas a sacrificar a su población en un conflicto por un pequeño archipiélago desolado en el Mar del Sur de China.

Por último, las ideas del irredentismo ruso arrastran, con una facilidad sin precedentes, a todas las clases en un espasmo de unidad nacional alrededor de la élite dirigente de la Federación de Rusia. Y cuando un trabajador de Transbaikalia, viviendo en una libertad de mercado de mierda, afirma con orgullo que "¡Crimea es nuestra!" es tan grotesco como las banderas azul- amarillas que cuelgan de los balcones de las "khrushchyovka"  [6] en la región de Vinnytsya, en el oeste de Ucrania .

Los mapas políticos no muestra las tramas de corrupción, los diagramas de la riqueza, las operaciones financieras en los paraísos fiscales de ultramar, las estructuras de la economía mundial, los acuerdos políticos ocultos, los proyectos de dominación y la alienación.

Lo que no se puede encontrar en los mapas es la línea principal de conflicto, que no coincide con  las  líneas  de  puntos,  más  delgadas  que  las  de  las  fronteras  del  estado,  porque  se encuentra en un sistema completamente diferente de coordenadas. Es la lucha por una nueva calidad de las relaciones sociales. Pero para hacer realidad este conflicto tenemos que dejar de mirar al mapa y, como sugiere ese clásico del punk rock: “matar el estado que llevamos dentro”.

Las fronteras no son primordiales. Hubo una época en que no existían, y espero que llegue un tiempo cuando desaparezcan de las páginas de los libros de texto y las futuras generaciones nos considere unos bárbaros, capaces de pintar con un flujo de células rojas de sangre unas líneas que nos separan artificialmente.


Víctimas de las grandes mentiras. La expansión de la OTAN


de Gregorio Morán en La Vanguardia el 6 septiembre, 2014 

SABATINAS INTEMPESTIVAS

La OTAN, a la altura del siglo XXI, es la más peligrosa e inútil de las organizaciones militares



Este artículo no trata de Jordi Pujol. Hoy no toca, porque hay otras grandes mentiras que se nos han pasado sin apenas una línea. Quizá cada generación creció a la vida envuelta en una gran mentira. La mía, sin ir más lejos, se formó bajo una de las estafas históricas, de la que ahora acaba de cumplirse los cincuenta años, en uno de esos silencios que gustan de mantener los imperios para evitar enseñar sus vergüenzas.

¿Quién no recuerda la guerra de Vietnam, 1964-1975? Pocas guerras de agresión y exterminio han dado tan alta y buena literatura, y películas que marcan con su sello la historia del cine. Pocas también regaron con tanta sangre y destrozo una tierra apenas conocida hasta entonces fuera de los colonos franceses, cuyo imperio daba las últimas boqueadas tras ser derrotado y humillado.

Pero la auténtica guerra de Vietnam, la que habría de durar diez años largos en la más singular pelea entre el ejército más poderoso del mundo, Estados Unidos, y una sociedad agraria y subdesarrollada, dio comienzo oficialmente con un titular que ningún periódico del mundo, entonces llamado occidental, dejó de incluir en primera página siguiendo al pie de la letra la Gran Consigna: “Lanchas norvietnamitas atacan en el golfo de Tonkín a dos destructores de EE.UU.”. Así apareció el 4 de agosto de 1964 en La Vanguardia de Barcelona y no hay variación en ningún diario de España. Consigna de agencia, que se decía entonces. Hoy sabemos que el famoso “incidente del golfo de Tonkín” fue una invención de los servicios norteamericanos, algo que nunca existió.

La verdad es que cualquier lector avispado, por más que no conociera dónde estaba el golfo de Tonkín, ni supiera de la existencia de un país reinventado por las grandes potencias denominado Vietnam del Norte, frente a otro Vietnam, llamado “del Sur”, podía imaginar cómo unas lanchas osaban atacar a dos destructores. Pero lo cierto, es que esto que hoy reconocen los EE.UU., la invención del “incidente” para justificar la intervención, fue uno de los acontecimientos que conmovieron la segunda mitad del siglo XX, que se saldaron con otra derrota más humillante aún que la de Francia. La imagen de la terraza de la embajada de los EE.UU. en Saigón, donde el último helicóptero norteamericano recogía en patética huida los restos del imperio quedará en el imaginario colectivo de mi generación, especialmente de aquellos que aún no habían descubierto la estupidez de que los equipos de fútbol constituían ejércitos desarmados, ni que existía una resistencia silenciosa reducida al ámbito doméstico.

Cuando miro las informaciones sobre Ucrania, entiendo desde la primera lectura que están tratando de engañarme. Bastaría citar la historia del vuelo MH17. ¿Quién derribó el avión? Se han entregado las cajas negras, pero resulta que después de semanas acusando a los denominados “pro-rusos”, que por cierto no disponen ni de aviación ni de balística sofisticada tierra-aire, ahora todo lo cubre la complicidad. Si lo hubieran derribado los rusos, que no tenían el más mínimo interés en el asunto tratándose de un aparato no militar, a estas horas habría investigaciones al más alto nivel. Nada, el silencio. Nadie pregunta nada.

Hombre tan moderado como Ricardo Estarriol, quizá nuestro más veterano experto en el mundo del otro lado de Europa, corresponsal durante décadas de La Vanguardia, ha escrito uno de los artículos más luminosos y brutales sobre lo que ha empezado en Ucrania. Lo tituló “La ambición de los impotentes” y debo reconocer que ningún periodista hispano habría llegado tan lejos: “Todo indica que el statu quo de Ucrania desde 1991 hasta el 2013 no molestaba a Rusia, siempre que Ucrania conociera sus limitaciones. Ha sido la burocracia de Bruselas, así como el Pentágono y la Casa Blanca quienes han forzado las tuercas y ahora nadie sabe cómo apagar el incendio provocado”.

Ucrania es rusa desde el siglo XII y si Jruschov en un acto de gentileza les regaló Crimea, península fundamental en la defensa de Rusia -el país más grande de la tierra, no lo olviden- no era para que al final pasara de tener bases estratégicas rusas a pertenecer a la OTAN. Cabe decir que la OTAN, a la altura del siglo XXI, es la más peligrosa e inútil de las organizaciones militares, y como toda organización preparada para la guerra necesita conflictos para no ser liquidada por obsoleta e innecesaria. Algún día sabremos la participación real, no la propagandística, de la OTAN en el destrozo de la antigua Yugoslavia; porque los criminales de guerra son muy fáciles de detectar pero quienes los provocan no tanto.

Confieso mi perplejidad ante la política exterior norteamericana. No por su crueldad y su cinismo, que ha sido siempre marca de la casa, sino por la mezcla de irresponsabilidad e incompetencia. No es sólo que se mete en el avispero de la “tierra de nadie” que constituía Ucrania, donde figuraba un presidente, Yanukóvich, electo en unas votaciones controladas por inspectores internacionales; una golfería, porque Yanukóvich era un corrupto. Ni más ni menos que los intocables jeques árabes de Arabia Saudí, o los Emiratos o Qatar, dicho sea sin ánimo de ofender a la parroquia cómplice ¡sólo un sponsor! Pero Yanukóvich, el último presidente democrático de Ucrania, es un decir, cometió una ingenuidad, o dos, simultáneas. Primero pidió ayuda a la Unión Europea para que la ayudaran a salir de la crisis a la que había llevado su política de corrupción -ya no había más que robar, como sucedió en España entre el PP, el PSOE y Convergencia y Unió, bajo el marco estelar de una banca corrupta hasta el exceso y que si no fue puesta bajo la justicia del Estado y ni siquiera asumió sus responsabilidades judiciales fue porque entre lo que repartieron a los partidos y a los medios de comunicación (empresas y plumillas) había ya suficiente para que nadie pudiera quejarse a menos de ser suscriptor de hipotecas y de la clase de tropa-.



Y como no había más que robar en Ucrania se pidió ayuda a la Unión Europea, que la rechazó. Bastante jodida estaba ella, para ayudar al Estado ucraniano, más corrupto que la mayoría de los suyos, y entonces Yanukóvich creyéndose cargado de razón pidió ayuda a los rusos, y Putin la aprobó. Ahí fue Troya, y nada casualmente empezó la plaza de Maidán, la revolución de colorines y esa situación sin salida que vivimos actualmente y que la gente no acaba de creer que vive al borde del colapso. Putin no es Yeltsin y en Rusia todo lo robable ha sido subastado y derrochado; no hay ningún país del mundo que haya creado tal cantidad de millonarios en tan poco tiempo. Mientras las cosas se mantuvieron en este orden, nadie protestó, pero tratar de que Ucrania ingrese en la OTAN es una provocación, que no sólo rompe viejos acuerdos con Estados Unidos sino que supone la enésima amenaza. Quitarle a Rusia el colchón protector que exige cualquier potencia.

La geopolítica y la estrategia de Estado, cuando los estados son entidades territoriales que imponen respeto, no chamizos para vender souvenirs de Gaudí y exportar castellers, son muy complicadas. Incluso pueden ser pequeñas pero que se amparan en lo que significan de protección para las grandes, y así pueden llegar a las provocaciones más absolutas. El caso de Israel, por ejemplo. Después de lo ocurrido en Gaza ya nada será igual y no habrá final hasta que en Jerusalén sea posible algún día inaugurar un Museo del Holocausto Palestino.

En fin, un pequeño detalle llamativo por lo que tiene de provocación a un Estado de derecho que se supone que es España. La portavoz de la embajada de Israel en Madrid, Hamutal Rogel, envió una requisitoria a RTVE porque su corresponsal en Tel Aviv, Yolanda Álvarez, no se atenía a la política oficial del Estado sionista y la acusaba de trabajar para el enemigo. Por supuesto, RTVE rechazó la protesta. Pero a ella la retiraron. Prácticamente ni una línea en nuestra prensa escrita. Hay que volver a leer Le Monde, como antaño.





To Hell and Back - Sabaton:


La clave del éxito político

                                 
                                 





lunes, 8 de septiembre de 2014

La verdadera Transición española

Cómo hemos llegado a esto (dos relatos muy distintos)

Suso de Toro


La dimensión de la crisis de España es tan real y profunda que paradójicamente hace que se esté aguantando lo inaguantable y se sostenga lo insostenible. Los parámetros de la realidad española han cambiado tanto, la situación social y nacional es tan lastimosa, que hace tres años todas las cabeceras de prensa de Madrid pedían la dimisión de Zapatero y ahora no la piden de Rajoy. ¿Obraban bien, de buena fe y con fundamento entonces o es ahora cuando lo hacen? ¿Merecía aquello Zapatero entonces y merece esto Rajoy ahora? Me parece que la ciudadanía debería reparar en ello, pues es motivo para reflexionar sobre el papel de los medios en la sociedad española y también sobre tantas alegrías o irresponsabilidades que nos han traído hasta aquí.

Dejando aparte la realidad que muestran o crean los medios, las encuestas indican que lo que las personas entrevistadas experimentan en sus vidas no se corresponde en absoluto con el relato dentro del que han vivido hasta ahora. Ese contraste entre lo que se experimenta como realidad y el relato establecido de la realidad conduciría a algunas sociedades a una sicosis colectiva, pero en España, dada su cultura, conduce a instalarse en el más profundo cinismo. El cinismo de los poderosos es un signo de su despotismo, pero cuando se extiende a la mayor parte de la población es la marca de una sociedad vencida por el poder. Creo que eso es lo que está ocurriendo.

La crisis no es del Gobierno y el partido que lo sostiene, o viceversa, no es de la Monarquía, no son todas las instituciones, no es la ruina de buena parte de la población, no es el vaciamiento de la Constitución, no es el camino sin retorno y sin salida al que llegó aquí la idea de nación..., es todo. España vive un fenómeno político muy específico: a la crisis económica conducida en un sentido antisocial se suma un Gobierno que está aprovechando para revisar los consensos políticos y económicos de la democracia española.

La llegada de la democracia se entendió que traería libertad y una sociedad más justa, pero se están aprobando leyes que en la práctica anulan el derecho de gran parte de los ciudadanos, los más débiles económicamente, a reclamar el amparo de la Justicia. Y, nada menos, se está suprimiendo la misma independencia del Poder Judicial, así como la pérdida de derechos de las mujeres, la mitad de la población, sobre su propio cuerpo. Por otro lado, al igual que ha ocurrido en otros estados europeos, ya no está garantizado que se aprueben presupuestos según las necesidades de la ciudadanía, sino sometidos a un límite del déficit del Estado.

La Constitución consagró la economía de mercado pero "conforme a un orden económico y social justo", esto está anulado de modo terminante cuando el rescate bancario lo pagaremos todos, pero la banca no será pública y se le hace escarnio cuando a los ahorradores se les roba su dinero con argucias usurarias, como las preferentes. Esas actuaciones económicas desde el mismo Gobierno ratifican la propiedad privada, pero únicamente la de los ricos que se lucran del dinero público y pueden robar impunemente el ahorro de los pobres. Y para que nada tenga vuelta atrás en este camino de liquidación, la tutela e interpretación constitucional el actual Gobierno se la ha encomendado a un militante de su partido que ostentó públicamente su ideología antisocial y su españolismo excluyente.

La Constitución está así vaciada y con ella los pactos políticos sobre los que se levantó tras la muerte de Franco. Esto bastaría para comprender la gravedad, lo cualitativo y también lo excepcional de esta crisis española, pero hay otros factores que inciden en esa crisis estructural. La Constitución vigente del Reino de España confiere amplios poderes al rey, que es la piedra angular que sostiene las instituciones, y como el estado actual de la Casa Real es el que es, no hay que extenderse sobre la fragilidad de todo el sistema.

La sociedad catalana por su parte, tras amargas experiencias recientes y aunque ello le supone serias dificultades, ha iniciado un camino que ya no quiere ni puede desandar y que cuestiona absolutamente la forma del Estado y sus instituciones. Ese proceso político democrático y legítimo aboca a una reforma política profunda del Estado español. Lo que decida la sociedad vasca al respecto lo sabremos pronto. Se trata de una crisis, ¿cómo hemos llegado a esto? La crisis económica ha agudizado los problemas, pero es un error atribuirle a ella la situación: fue la propia evolución de la vida social y política española desde el año 1975 lo que ha evolucionado hasta dar un país así.

No se comprende este momento histórico desde el relato establecido y que se podría titular "El cuento del Rey Mago". Un resumen sería que, a la muerte de Franco, la sociedad española había madurado económica y socialmente y demandaba un cambio democrático. Una nueva generación se vio encarnada en la figura de un joven rey, que le encargó a un político joven que trajese la democracia. El franquismo fue barrido poco a poco y una izquierda razonable condujo a España a integrarse en las instituciones internacionales, como la UE y la OTAN. Dos grandes partidos estatales se turnaron, pero manteniendo un imprescindible consenso sobre los temas básicos, de modo que esas décadas propiciaron una especie de milagro español: los europeos admiraban la alegría y la vitalidad de la joven democracia española, los países pobres y bajo dictaduras nos admiraban como un ejemplo del que aprender, etc. Discrepar de los trazos principales de ese relato significaba, aún significa, quedarse al margen y ser un cenizo que no comparte el orgullo nacional español.

Pero mi memoria me dicta otro relato que no tiene título porque no existe y que se asienta en algunas estampas olvidadas o negadas, pero que para mí tienen la intensidad de los recuerdos más vívidos. Nunca llamaría "dictadura" a aquel régimen totalitario que, desde la derrota de Hitler, había conseguido la protección de los EE.UU. a cambio de entregar la soberanía al ejército norteamericano, con sus bases y su armamento nuclear incluido. Una falsa alianza militar, pues, obligó a que aquellas provincias españolas en el continente africano que figuraban en el mapa de mi colegio les fuesen entregadas a la monarquía alauí, traicionando y vendiendo así a sus habitantes.

Y este mes de septiembre recordaré como cada año aquella sociedad aterrorizada entre "estados de excepción" y a los cinco jóvenes fusilados tras un juicio militar farsa. Los recordaré porque, aunque no compartiese ni entonces ni ahora sus métodos, eran combatientes contra aquel régimen y porque su muerte tuvo un profundo sentido político, con aquellos crímenes Franco estableció las bases para el futuro: el Ejército vencedor de la guerra seguía teniendo el poder y cualquier camino futuro estaría sometido a su vigilancia. Recuerdo al entonces Príncipe en el balcón del Palacio Real con Franco, quien lo nombró su sucesor. Recuerdo otro juicio militar, también olvidado, a los militares de la clandestina Unión Militar Democrática, que jamás pudieron reincorporarse a sus funciones. Recuerdo las luchas de obreros y estudiantes, los muertos que costaron las libertades y la legalización primero de los sindicatos y de los socialistas y, luego, del PCE y demás organizaciones comunistas, libertarias y de todo tipo. También recuerdo las luchas nacionales de vascos, catalanes y gallegos. Recuerdo la vuelta del exilio del president Tarradellas y del lehendakari Leizaola, los galleguistas del interior, en cambio, habían roto políticamente con el "Consello da Galiza" en el exilio y la institución se había disuelto. No, la democracia no la trajo magnánimamente un rey mago: la ganaron con sangre los antifranquistas.



Recuerdo los debates alrededor de la redacción de la Constitución y las negociaciones para reflejar un pacto democrático entre la derecha franquista y la izquierda antifranquista, por un lado, y el Estado existente y las nacionalidades, especialmente Euskadi y Cataluña, para encajar sus instituciones propias en el Estado. Recuerdo el malestar que expresó el Ejército ante la posibilidad de ser reconocidas otras naciones distintas a la española. Y recuerdo el 23-F y el consiguiente "Pacto del capó", así como una consecuencia política del golpe: la Ley Orgánica de Armonización del Proceso Autonómico (LOAPA), que demostró que sí que prosperó un "golpe de timón" para reinterpretar el proceso democrático.

El 23-F también tuvo éxito político al recordarle a la población el poder del Ejército y la necesidad e inevitabilidad del Rey y estableció que la buena dirección era una España nación única. Sobre esas bases políticas e ideológicas esenciales se desenvolvieron las siguientes décadas. Para la derecha era lo de siempre y la izquierda, que renunció al programa y a la misma memoria del antifranquismo, asumió el nacionalismo españolista sobre dos ideas previas: a) los vascos, si bien no son todos terroristas o simpatizantes, son ricos y desprecian a los españoles pobres. Y b) los catalanes, sobre todo la "burguesía catalana", solo piensan en chalanear para sacarnos nuestro dinero. Ésta última idea reina entre la burguesía madrileña y sus intelectuales y publicistas, pero está instalada en el conjunto de la población.

La españolidad y el terrorismo han sido dos bazas para argumentar y alimentar la ideología del nacionalismo español, tan renacido y triunfante en un Madrid que sujeta las infraestructuras centralizadas, todo el poder político, la mayor parte del poder financiero y el gran instrumento político e ideológico: todos los medios de comunicación de ámbito estatal. La ideología que subyacía en los planes de infraestructuras centralizadas en medio de la meseta, en el "kilómetro cero" de Primo de Rivera, continuó íntegra en los partidos que gestionaron el Estado en esta nueva época.

Dos ejemplos del sentido y la intencionalidad política de la red del AVE: Jose Mª Aznar, expresidente del Gobierno en el año 2000: "En 10 años tendremos una red de alta velocidad que situara a todas las capitales de provincia a menos de 4 horas del centro de la peninsula". Magdalena Álvarez, ministra de Fomento en el año 2007: "La alta velocidad es coser con cable de acero nuestro país, unirlo y hacernos sentir más españoles".

Un Madrid que sujeta a sus provincias, una ciudad "macho" que encantaría al Ortega y Gasset de "La España invertebrada" y que, como Prusia, somete y monta a su entorno. Eso explica, por ejemplo, que los gobiernos y el Banco de España hayan considerado "sistémica" a Caja Madrid, para salvarla, pero no a la caja gallega. Un Madrid que ya se identifica completamente con España, una España que excluye a quienes no participan de su modelo nacional. Una España que, merced a la ideología que acompaña a la lengua, identifica como español a un hablante o un escritor de México o Argentina y excluye a un catalán, vasco o gallego. ¿Quién sabe el nombre de un poeta vasco vivo? ¿Quién el de un narrador en lengua catalana? ¿Alguien escuchó en los medios de comunicación españoles alguna canción en gallego en los últimos diez años? ¿En base a que derecho el principal premio de las letras que otorga el Estado español, con su valor simbólico, premia a ciudadanos de otros países pero excluye a escritores en lengua vasca, catalana o gallega, a pesar de tener ciudadanía española? ¿Pagan menos impuestos que los demás los ciudadanos que tienen por propia alguna de esas otras lenguas?

Estas décadas tuvieron momentos y etapas distintas con los sucesivos gobiernos del PSOE y del PP, pero estos dos partidos mantuvieron un núcleo duro de consenso. La etapa de Zapatero, aunque conservó las líneas básicas de política económica anteriores, rompió algunos de esos consensos, tanto en política nacional como dentro del partido, y ello explica tanta hostilidad a su presidencia desde uno y otro lado.

Pero digerir tanto pasado como es la Guerra Civil y el Régimen es tarea ardua y hubo que reinventar la realidad y reinventarse. Un año los españoles éramos franquistas aterrorizados, pero mágicamente dos años después cantabamos "libertad sin ira" y éramos demócratas, y cuatro años después la mayoría ya éramos socialistas. A qué velocidad dejábamos atrás el pasado. El pasado era una patria incómoda para la gran mayoría de la población, así que fue abolido y encerrado bajo siete llaves. Reclamarse franquista resultaba incómodo para quienes se sentían de derechas y ser antifranquista resultó totalmente extemporáneo para quienes se sobrevinieron de izquierdas.

En las siguientes décadas, se desenvolvería una línea de crítica a los antifranquistas juzgándoseles por su leninismo e intelectuales aparentemente sin mácula trazarían un campo ideológico neoconservador que ha sentado sus reales entre nosotros: se trata de mantener una mirada distante sobre unos y otros y la reclamación de una tercera España limpia de radicalismos. Como decía un amigo, " sois buenos chavales, pero todos tenéis algún defectillo". Ni que decir tiene que el tal "compromiso del intelectual" sin poder ser negado por intelectuales que seguían opinando sobre la cosa pública fue reinterpretado asépticamente y lo que se estigmatizó fue la militancia política partidaria o el compromiso concreto con una causa o un partido. Eso manchaba la independencia del intelectual, que debe estar siempre muy limpito y decoroso. En consonancia con un espacio cultural tan moderno que rechazaba las rancias ideologías de izquierda se recuperaron los más viejos nihilismos y esteticismos. Cioran o Ernst Jünger, figuras problemáticas y problematizadoras, fueron redivivos, pero sin que sufriesen mayores inquisiciones. Menos ser comunista, o cualquier otra cosa casposa que nos remita al antifranquismo, todo vale y todo es elegante.



A comienzos de los años ochenta, ya habían empezado a cambiar las referencias para la minoría intelectual. Desde principios de los sesenta una nueva generación recibió a través de la música "pop" la lengua y la cultura anglosajona de tal modo que, paradójicamente, años más tarde cuando España entró al fin en Europa la cultura de Francia, Italia y la europea en general desapareció completamente de los medios de comunicación y se pasó a mirar únicamente hacia EE.UU., hasta hoy. Todo lo norteamericano es definitivamente "cool". Si en los años sesenta, además de copla y alrededores, se podía oír canción italiana y francesa, hoy es prácticamente imposible: los medios de comunicación españoles solo emiten canción en inglés o castellano.

Y en cuanto a las referencias intelectuales en el interior de España, de atender a lo que llegaba de Cataluña en materia de educación, política, pensamiento, artes, música a partir de la primera mitad de los ochenta lo ocupó todo Madrid con un nuevo invento, "la movida", que circuló por los medios con su propio star system. Pero para la mayoría de la población, que no tenía necesidad de coartadas ni tonterías, quedó lo de siempre: pasodobles y fútbol. En vez de Lola Flores, se extendieron por ciudades y villas de España las "ferias de Abril" y las sevillanas. Y los futbolistas, de ser ceñudos y velludos, pasaron a ser modelos depilados que lucen tocados. Las corridas de toros, a pesar de la caída de interés entre la población, son emitidas en horario infantil en TVE, demostrando su intención ideológica. Hoy, como siempre, la ancha cultura nacional española va entre el "¡olé!" y el "¡oé, oé, oé!"

Y hasta aquí hemos llegado. A una España sin esperanza, con un partido gobernante sin sentido de la vergüenza y un presidente que se esconde durante meses para no contestar a preguntas sobre su implicación en la recepción de dinero negro. Un Parlamento pervertido por una mayoría absoluta parlamentaria que lo tiene anulado. Un país que se niega a reconocer a los catalanes el mismo derecho que tienen otros europeos, como los escoceses, a decidir libremente su futuro. Y un país que tendrá que someter a decisión democrática una constitución nueva y la forma del estado, incluyendo la opción Monarquía o República. Ambas son discutibles y por ello no se puede negar el debate, pero si la España futura, en la forma que tenga, es una monarquía, ya no podrá serlo porque lo haya decidido un Caudillo o un Ejército: tendrá que ser una ciudadanía sin miedo y que asuma su responsabilidad quien lo decida.

Evidentemente, creo que aunque el bloque de poder formado por los principales partidos y los medios de comunicación capitalinos oculten la realidad y mantengan en pie una tramoya digna de la época barroca, la etapa histórica surgida de la Transición se acabó.


                      

Cuervo Ingenuo - Sabina y Javier Krahe