viernes, 12 de septiembre de 2014

Historia de los Estados Unidos de América desde la época precolonial hasta principios del siglo XX

Introducción

La historia de Estados Unidos ha sido un experimento en el ejercicio de la democracia desde hace más de 200 años. Las disyuntivas que enfrentó en sus primeros años siguen siendo abordadas y resueltas hoy: gobierno grande versus gobierno pequeño, derechos individuales versus derechos de   grupo,   capitalismo   sin   restricciones   versus   comercio   y   trabajo regulados, participación en el mundo versus aislacionismo. Las expectativas siempre han sido grandes para la democracia de este país y la realidad ha resultado a veces desalentadora.





1. Época precolonial y los Inicios de Estados Unidos

En el apogeo de la Edad de Hielo más reciente, hace unos 35.000 años, gran parte del agua del mundo estaba atrapada en enormes capas de hielo continentales y un puente de acceso hasta de 1.500 kilómetros de ancho comunicaba Asia con América del Norte. Hace 12.000 años ya vivían seres humanos en gran parte del hemisferio occidental.

Los primeros americanos cruzaron ese puente desde Asia y se cree que permanecieron miles de años en lo que hoy es Alaska. Después emigraron al sur, internándose en lo que más tarde sería Estados Unidos. Se asentaron a la orilla del Océano Pacífico en el noroeste, en las montañas y desiertos del sudoeste y en las márgenes del río Mississippi en el Medio Oeste.

Esos primeros grupos son conocidos como los hohokam, los adenanos, los hopewelianos y los anasazis. Ellos fundaron aldeas y cultivaron el campo. Algunos erigieron estructuras de tierra en forma de pirámides, aves o serpientes. Su vida estaba estrechamente vinculada con la tierra, y su sociedad se orientaba hacia el clan y la comunidad. Los elementos del mundo natural eran parte esencial de sus creencias espirituales. Su cultura era principalmente oral, aunque algunos desarrollaron una especie de jeroglíficos para preservar ciertos textos. Según las evidencias, entre los distintos grupos había un intenso comercio, pero a veces sus relaciones eran hostiles.

Por razones que aún no entendemos del todo, aquellos primeros grupos desaparecieron al cabo del tiempo y fueron sustituidos por otros, nativos de América, como los hopis y los zunis que entonces florecieron. Para cuando los europeos llegaron a lo que hoy es Estados Unidos, en estas tierras vivían cerca de 2 millones de nativos, tal vez más.

Los primeros europeos que llegaron a Norteamérica –por lo menos los primeros  de  los  que  se  tienen  pruebas  concretas–  fueron  noruegos. Viajaron al oeste desde Groenlandia, donde Erik el Rojo fundó un asentamiento hacia el año 985. Se cree que su hijo Leif exploró en 1001 la costa nororiental de lo que hoy es Canadá. Se han descubierto ruinas de casas noruegas que datan de esa fecha en L’Anse-aux-Meadows, en el norte de Terranova.



Tendrían que pasar casi 500 años más antes que otros europeos llegaran a Norteamérica y un siglo más para que establecieran en ella asentamientos permanentes. Los primeros exploradores buscaban una ruta marítima al Asia. Otros –sobre todo británicos, holandeses, franceses y españoles– llegaron después para tomar posesión de las tierras y las riquezas de lo que ellos llamaban “el Nuevo Mundo”.

El primero y más famoso de esos exploradores fue el genovés Cristóbal Colón. Sus viajes fueron financiados por la reina Isabel de España. Colón desembarcó en las islas del Mar Caribe en 1492, pero nunca vio la porción continental de lo que más tarde sería Estados Unidos. El veneciano John Cabot llegó cinco años después en una misión encomendada por el rey de Inglaterra. Su viaje pronto fue olvidado, pero sentó las bases para que Gran Bretaña reclamara posesiones en Norteamérica.

El siglo XVI fue la era de las exploraciones españolas en América. Juan Ponce de León desembarcó en lo que hoy es la Florida en 1513. Hernando De Soto llegó a esa península en 1539 y avanzó hasta el río Mississippi. En 1540, Francisco Vázquez de Coronado emprendió el viaje desde México, cuyo territorio había sido conquistado por España en 1522, en busca de las míticas Siete Ciudades de Cibola. Jamás las encontró, pero sus viajes lo llevaron hasta el Gran Cañón de Arizona e incluso a las Grandes Llanuras.

Mientras los españoles avanzaban desde el sur, la parte norte de lo que hoy es Estados Unidos se fue revelando  lentamente  en  las  exploraciones  de  otros  europeos.  Algunos  de  ellos  fueron  Giovanni  da Verrazano,  Jacques Cartier  y  Amerigo  Vespucci,  en honor  de  quien  el continente  recibió  su  nombre: América.

El primer asentamiento europeo permanente en lo que habría de ser Estados Unidos fue establecido por los españoles a mediados del siglo XVI en St. Augustine, en la Florida. Sin embargo, éste no intervino en la formación de la nueva nación. Ese proceso ocurrió en asentamientos mucho más septentrionales a lo largo de la costa del Atlántico: en Virginia, Massachusetts, Nueva York y las otras 10 regiones colonizadas por una creciente marea de inmigrantes llegados de Europa.


2. El Periodo Colonial

La mayoría de los colonizadores que llegaron a las colonias británicas en el siglo XVII eran ingleses. Otros venían de los Países Bajos, Suecia, Alemania, Francia y, más tarde, Escocia e Irlanda del Norte. Algunos dejaron sus países de origen para huir de la guerra, la presión política, la persecución religiosa o una sentencia de cárcel. Otros emprendieron el viaje como siervos, con la expectativa de trabajar para pagar su libertad. Los africanos   negros   eran   vendidos   como   esclavos   y   llegaron encadenados.

En 1690, la población era de 250.000 habitantes. Menos de un siglo después, ya había aumentado a 2,5 millones.



Los colonizadores vinieron a América por las más variadas razones y a la postre crearon aquí 13 colonias diferentes. Se formaron así tres agrupamientos regionales de colonias, entre las cuales las diferencias eran aún más marcadas.

Los  primeros  asentamientos  fueron  establecidos  sobre  la  costa  del Atlántico y en los ríos que fluían hacia ese océano. En el nordeste, los colonizadores hallaron montes cubiertos de árboles, y suelos que quedaron llenos de piedras cuando los glaciares de la Edad del Hielo se derritieron. La  energía  del  agua  fue  fácil  de  aprovechar,  con  lo  cual  “Nueva Inglaterra” –constituida por Massachusetts, Connecticut y Rhode Island– desarrolló una economía basada en productos forestales, pesca, construcción de barcos y comercio. Las colonias de la región media –entre ellas Nueva York y Pennsylvania– tenían un clima más templado y su territorio  era  más  variado.  Allí  se  desarrollaron  la  industria  y  la agricultura, y la sociedad era más diversa y cosmopolita. Por ejemplo, en Nueva  York  había  emigrantes  de  Alemania,  Bohemia,  Dinamarca, Escocia, Francia, Holanda, Inglaterra, Irlanda, Italia, Noruega, Polonia, Portugal y Suecia. Las colonias del Sur –Virginia, Georgia y las Carolinas– tenían una temporada de cultivo larga y tierra fértil, por lo cual su economía fue principalmente agrícola. En ellas había tanto pequeños granjeros como ricos terratenientes aristócratas que poseían grandes fincas, llamadas plantaciones, en las que trabajaban esclavos africanos.

Las relaciones entre los colonizadores y los norteamericanos nativos, a quienes aquéllos llamaban indios, eran una incómoda mezcla de colaboración y conflicto. En algunas áreas hubo comercio y cierta interacción social, pero en general, a medida que los nuevos asentamientos se expandieron, los nativos fueron obligados a emigrar, muchas veces sólo después de ser derrotados en combate.


La creación de las colonias no fue patrocinada por el gobierno británico, sino directamente por grupos privados. Todas, salvo Georgia, surgieron como compañías de accionistas o como propiedades otorgadas por el rey. Algunas fueron gobernadas con rigor por los dirigentes de esas compañías, pero a su debido tiempo todas desarrollaron un sistema de gobierno participativo, basado en la tradición y el precedente jurídico británicos.

Varios años de descontento político en Gran Bretaña culminaron con la Revolución Gloriosa de 1688-89, en la cual el rey Jaime II fue derrocado; entonces se establecieron límites a la monarquía y se otorgaron más libertades a la población. Las colonias norteamericanas se beneficiaron con esos cambios. Las asambleas coloniales reclamaron el derecho de actuar como parlamentos locales y aprobaron medidas para expandir su propio poder y limitar el poder de los gobernadores reales.
En los siguientes decenios, las disputas recurrentes entre los gobernadores y las asambleas hicieron que los colonizadores se percataran de la creciente divergencia entre sus intereses y los de Gran Bretaña. Los principios y precedentes que surgieron de esas disputas se convirtieron en la constitución no escrita de las colonias.

Al principio, su centro focal  fue la autogestión dentro de una mancomunidad británica. Sólo después empezaron a aspirar a la independencia.


3. El Camino a la Independencia

Los principios de liberalismo y la democracia –los cimientos políticos de Estados Unidos– surgieron en forma natural del proceso de edificar una nueva sociedad en tierras vírgenes. Con esa misma naturalidad, la nueva nación se vería a sí misma como algo diferente y excepcional. Europa la miraría con aprensión o esperanza.

Las 13 colonias británicas de Norteamérica maduraron en el siglo XVIII; fue entonces cuando crecieron en población, poder económico y logros culturales, y ya tenían experiencia en la autogestión. Sin embargo, no fue sino  hasta  170  años  después  de  la  fundación  del  primer  asentamiento permanente en Jamestown, Virginia, cuando el nuevo Estados Unidos de América surgió como nación.

Parte de la guerra entre Gran Bretaña y Francia en la década de 1750 se llevó a cabo en Norteamérica. Los británicos salieron triunfantes y pronto implantaron políticas para controlar y financiar su vasto imperio. Esas medidas impusieron mayores restricciones a la forma de vida de los colonizadores norteamericanos.

La Proclama Real de 1763 restringió la apertura de nuevas tierras a la colonización. La Ley del Azúcar de 1764 gravó con impuestos los bienes de lujo, como el café, la seda y el vino, y declaró ilegal la importación de ron. La Ley Monetaria de 1764 prohibió la impresión de papel moneda en las colonias. La Ley de Alojamiento de 1765 obligaba a los colonos a proveer de alimento y hospedaje a los soldados del rey. Y la Ley del Timbre de 1765 exigía la compra de sellos reales para todos los documentos legales, periódicos, licencias y contratos de arrendamiento.

Los colonos protestaron por todas esas medidas, pero la Ley del Timbre desencadenó la mayor resistencia organizada. Para un creciente número de colonos, la principal objeción era que, por medio de esa ley, una legislatura distante en la que ellos no podían participar les aplicaba impuestos. En octubre de 1765, 27 delegados de nueve colonias se reunieron en Nueva York para coordinar sus esfuerzos con el propósito de lograr que la Ley del Timbre fuera revocada. Ellos aprobaron resoluciones que exaltaban el derecho de cada una de las colonias a crear sus propios impuestos.

La autogestión produjo dirigentes políticos locales y éstos trabajaron juntos para anular lo que a su juicio eran actos opresivos del parlamento inglés. Cuando tuvieron éxito, su campaña coordinada contra Gran Bretaña llegó a su fin. No obstante, en los siguientes años un pequeño número de radicales trató de mantener vigente la controversia. Su objetivo no era la concertación sino la independencia.



Samuel Adams de Massachusetts fue el más eficaz. Escribió artículos en periódicos y pronunció discursos en los que apelaba a los instintos democráticos de los colonos. Él ayudó a organizar, en todas las colonias, comités que llegaron a ser la base de un movimiento revolucionario. En 1773, el movimiento atrajo a los comerciantes coloniales que estaban disgustados porque Gran Bretaña intentaba reglamentar el comercio del té. En diciembre, un grupo de hombres entró furtivamente en tres buques británicos anclados en el puerto de Boston y arrojó al mar sus cargamentos de té.

Para castigar a Massachusetts por su acto vandálico, el Parlamento británico cerró el puerto de Boston y restringió la autoridad local. Las nuevas medidas, conocidas como las Leyes Intolerables, fueron contraproducentes porque en lugar de aislar a la colonia, provocaron que las otras se unieran a ella. Todas las colonias, salvo Georgia, enviaron representantes a Filadelfia en septiembre de 1774 para discutir “su desdichado estado actual”. Ese fue el primer Congreso Continental.

Los colonos se sentían cada día más frustrados e irritados porque los británicos los privaban de sus derechos. Sin embargo, ni remotamente había unanimidad de opiniones en cuanto a lo que debían hacer. Los “leales” querían seguir siendo súbditos del rey. Los “moderados” proponían un compromiso para establecer una relación más aceptable con el gobierno británico. Y los revolucionarios aspiraban a la independencia total, para lo cual empezaron a acumular armas y a movilizar sus fuerzas en espera del día en que tuvieran que luchar para conquistarla.


4. La Revolución

La Revolución de Estados Unidos –su guerra para independizarse de Gran Bretaña– empezó como una pequeña escaramuza entre tropas británicas y colonos armados el 19 de abril de 1775.

Los británicos habían salido de Boston, Massachusetts para incautar las armas y municiones que unos colonos revolucionarios habían recolectado en las aldeas vecinas. En Lexington tropezaron con un grupo de milicianos minutemen, así llamados porque se decía que se podían aprestar para e combate en un minuto. El único propósito de los milicianos era realizar una protesta silenciosa y su dirigente les ordenó no hacer fuego, a menos que les dispararan primero. Los británicos ordenaron que los milicianos se dispersaran y éstos obedecieron. Sin embargo, cuando se retiraban, alguien hizo un disparo. Entonces los soldados británicos atacaron a los minutemen con armas de fuego y bayonetas.

La lucha estalló también en otros lugares a lo largo del camino, a medida que los soldados británicos avanzaban de regreso a Boston con sus uniformes de color rojo brillante. Más de 250 “casacas rojas” resultaron muertos o heridos. Los norteamericanos perdieron 93 hombres.

Los choques mortales continuaron en los alrededores de Boston al tiempo que los representantes coloniales salían apresuradamente hacia Filadelfia para discutir la situación. En su mayoría votaron por hacer la guerra contra Gran Bretaña. Acordaron consolidar las milicias coloniales en un ejército continental y nombraron a George Washington, de Virginia, su comandante en jefe. Sin embargo, al mismo tiempo, aquel Segundo Congreso Continental adoptó una resolución de paz en la que instaba al rey Jorge III a evitar que continuaran las hostilidades. El rey la rechazó y el 23 de agosto declaró que las colonias norteamericanas se habían rebelado.

Las exhortaciones a la independencia se intensificaron en los meses siguientes. El teórico político radical Thomas Paine ayudó a cristalizar el argumento a favor de la separación. En un folleto titulado Common Sense  (Sentido  común)  del  cual  se  vendieron  100.000  ejemplares,  él  rebatió  la idea  de  la  monarquía hereditaria. Paine propuso dos opciones para Norteamérica: seguir estando sometida a un rey tiránico y un sistema de gobierno gastado, o liberarse y ser feliz como una república autosuficiente e independiente.



El Segundo Congreso Continental designó un comité encabezado por Thomas Jeff erson, de Virginia, para preparar un documento donde se expusieran los agravios de las colonias contra el rey y se explicara la decisión de aquéllas de separarse. Esa Declaración de Independencia fue adoptada el 4 de julio de 1776. Desde entonces,  el  4  de  julio  se  celebra  cada  año  como  el Día  de  la Independencia de Estados Unidos.

La Declaración de Independencia no sólo anunció el nacimiento de una nueva nación. También expuso una filosofía de la libertad humana que habría de llegar a ser una fuerza dinámica en todo el mundo. Incluía ideas políticas francesas y británicas, sobre todo las de John Locke en su Second Treatise on Government (Segundo tratado de gobierno), que reafirmaban la convicción de que los derechos políticos son derechos humanos básicos y, por lo tanto, son universales.

El hecho de declarar su independencia no hizo que los estadounidenses fueran libres. Las fuerzas británicas derrotaron a las tropas continentales en Nueva York, desde Long Island hasta la ciudad de Nueva York. Ellas vencieron también a los insurgentes en Brandywine, Pennsylvania y ocuparon Filadelfia, lo cual provocó la huida del Congreso Continental. Las fuerzas estadounidenses salieron victoriosas en Saratoga, Nueva York, y en Trenton y Princeton en Nueva Jersey. No obstante, George Washington seguía luchando por conseguir los hombres y los materiales que tanto necesitaba.

La ayuda decisiva llegó en 1778 cuando Francia reconoció a Estados Unidos y ambos países firmaron un tratado bilateral de defensa. En realidad, el apoyo del gobierno francés se basó en razones geopolíticas, no ideológicas. Francia quería debilitar el poder de Gran Bretaña, su inveterada adversaria.

La lucha que empezó en Lexington, Massachusetts continuó durante ocho años en gran parte del continente. Hubo batallas desde Montreal (Canadá) en el norte hasta Savannah (Georgia) en el sur. Un enorme ejército británico se rindió en Georgetown, Virginia en 1781, pero la guerra prosiguió dos años más sin llegar a un resultado concluyente. Un tratado de paz fue firmado al fin en París el 15 de abril de 1783.

La Revolución tuvo trascendencia mucho más allá de Norteamérica. Atrajo la atención de los teóricos políticos europeos y fortaleció el concepto de los derechos naturales en todo el mundo occidental. Atrajo a personalidades notables como Thaddeus Kosciusko, Friedrich von Steuben y el Marqués de Lafayette, quienes se unieron a la revolución y esperaban llevar las ideas liberales de ésta a sus propios países.

El Tratado de París reconoció la independencia, la libertad y la soberanía de las 13 ex colonias norteamericanas que ahora eran estados. La tarea de unirlas a todas en una nueva nación estaba aún por realizarse.



5. La Formación de un Gobierno Nacional

Las 13 colonias norteamericanas se convirtieron en los 13 Estados Unidos de América en 1783, después de su guerra para independizarse de Gran Bretaña. Antes del final de esa guerra, ratificaron un marco de trabajo para sus esfuerzos colectivos. Esos Artículos de la Confederación permitieron crear una unión, pero ésta era extremadamente informal y frágil. George Washington la llamó “una cuerda de arena”.

No había moneda común en virtud de que cada estado acuñaba todavía la suya. Tampoco existía una fuerza militar nacional pues muchos estados seguían teniendo sus propios ejércitos y armadas. Había poco control centralizado sobre la política exterior; los estados negociaban directamente con otros países y tampoco tenían un sistema nacional para establecer y recolectar impuestos.



Las disputas entre Maryland y Virginia por los derechos de navegación en el río Potomac, que era su frontera común, dieron lugar a una conferencia de cinco estados en Annapolis, Maryland en 1786. Alexander Hamilton, un delegado de Nueva York, dijo que esos problemas comerciales eran parte de cuestiones económicas y políticas más amplias. Añadió que lo que se necesitaba era un replanteamiento de la Confederación. Él y los demás delegados propusieron organizar una convención con ese propósito. El apoyo de Washington, que era sin duda el hombre que inspiraba más confianza  en  Estados  Unidos,  los  ayudó  a  imponerse  sobre  quienes pensaban que esa idea era demasiado audaz.

La reunión realizada en Filadelfia en mayo de 1787 fue notable. Los 55 delegados elegidos para la convención tenían experiencia en el gobierno colonial y estatal. Ellos conocían bien la historia, la ley y la teoría política. Eran jóvenes en su mayoría, aunque en el grupo estaba también el veterano Benjamin Franklin, quien se acercaba al final de una extraordinaria carrera de servicio público y logros científicos. Dos estadounidenses notables no estaban allí: Thomas Jeff erson había ido a París como embajador de Estados Unidos en Francia, y John Adams estaba en Londres como embajador en Gran Bretaña.

El Congreso Continental había autorizado a la convención para que enmendara los Artículos de la Confederación.  En  lugar  de  eso,  los  delegados  descartaron  los  Artículos  por  considerar  que  no  eran adecuados para las necesidades de la nueva nación e idearon una nueva forma de gobierno basada en la separación de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. La reunión se había convertido en una convención constitucional.

Llegar a un consenso en algunos de los detalles de una nueva constitución sería en extremo difícil. Muchos delegados abogaban por un gobierno nacional fuerte que limitara los derechos de los estados. Otros argumentaban en forma igualmente convincente a favor de un gobierno nacional débil que preservara la autoridad estatal. Algunos delegados temían que los estadounidenses no fueran capaces de gobernarse por sí mismos y, por lo tanto, se oponían a las elecciones populares de cualquier tipo. Otros pensaban que el gobierno nacional debía tener una base popular de la mayor amplitud posible. Los representantes de estados pequeños insistían en una representación igualitaria en la legislatura nacional. Los de estados grandes creían que ellos merecían tener más influencia. Los representantes de estados donde la esclavitud era ilegal esperaban que ésta fuera proscrita. Los que venían de estados esclavistas rechazaban cualquier intento a ese respecto. Algunos delegados querían limitar
el número de los estados de la Unión. Otros pedían que se otorgara la condición de estado a las tierras recién colonizadas en el Oeste.

Cada cuestión suscitó nuevas divisiones y cada una fue resuelta por medio de un compromiso.

El texto de la Constitución no era un documento largo. Sin embargo, sirvió de marco general para establecer el gobierno más complejo creado hasta entonces. El gobierno nacional tendría plenas facultades para emitir moneda, recaudar impuestos, otorgar patentes, conducir la política exterior, mantener un ejército, establecer oficinas de correos y declarar la guerra. Además, tendría tres ramas iguales –un congreso, un presidente y un sistema de tribunales– con facultades equilibradas y contrapesos para que todas controlaran sus acciones en forma recíproca.

Los intereses económicos influyeron en el curso del debate en torno al documento, pero lo mismo se puede decir de los intereses estatales, sectoriales e ideológicos. Otro factor importante fue el idealismo de los hombres que lo redactaron. Ellos estaban convencidos de que habían ideado un gobierno que promovería la libertad individual y la virtud pública.

El 17 de septiembre de 1787, al cabo de cuatro meses de deliberaciones, la mayoría de los delegados firmaron la nueva Constitución. Acordaron que ésta se convertiría en la ley suprema de la nación cuando nueve de los 13 estados la hubieran ratificado.

El proceso de ratificación se prolongó cerca de un año. Los opositores expresaban su temor de que un gobierno central fuerte llegara a ser tiránico y opresivo. Los partidarios respondían que el sistema de frenos y contrapesos impediría que eso ocurriera. El debate hizo que surgieran dos facciones: los federalistas que deseaban un gobierno central fuerte y apoyaban la Constitución, y los antifederalistas que proponían una asociación informal de estados y se oponían a la Constitución.



Aún después de que la Constitución fue ratificada, muchos estadounidenses sentían que carecía de un elemento esencial pues, a su juicio, no especificaba los derechos de los individuos. Cuando el primer Congreso se reunió en la ciudad de Nueva York en septiembre de 1789, los legisladores accedieron a agregar las disposiciones en cuestión. Tuvieron que pasar otros dos años antes que esas 10 enmiendas – conocidas en conjunto como la Carta de Derechos– fueran incorporadas a la Constitución.

La primera de las 10 enmiendas garantiza la libertad de expresión, de prensa y religiosa; y el derecho de protestar, reunirse pacíficamente y exigir cambios. La cuarta protege contra los registros y arrestos sin causa razonable. La quinta dispone el debido proceso judicial en todos los casos penales. La sexta garantiza el derecho a un juicio imparcial y expedito. Y la octava protege contra los castigos crueles e inusuales.

Desde que la Carta de Derechos fue adoptada, hace más de 200 años, sólo 17 enmiendas más han sido agregadas a la Constitución.


6. Los Primeros años, la Expansión al Oeste y las Diferencias Regionales

George  Washington  prestó  juramento  como  el  primer  presidente  de Estados Unidos el 30 de abril de 1789. Él estuvo a cargo de organizar una fuerza militar efectiva durante la Revolución. Ahora se le encomendaba la tarea de construir un gobierno operante.

Washington trabajó con el Congreso para crear los departamentos de Estado, Tesorería, Justicia y Guerra. Los jefes de esos departamentos constituirían el gabinete del presidente y actuarían como sus consejeros. Se estableció  una  Corte  Suprema  integrada  por  un  procurador  y  cinco ministros asociados, así como tres tribunales de circuito y 13 juzgados de distrito. Se desarrollaron políticas para administrar los territorios del Oeste e incorporarlos a la Unión como nuevos estados.

Washington prestó servicio en dos periodos de cuatro años y luego dejó el cargo, sentando un precedente que a la postre se convirtió en ley. Los dos siguientes presidentes, John Adams y Thomas Jefferson, eran representantes de dos escuelas de pensamiento diferentes sobre el papel del gobierno. Esa divergencia dio lugar a la creación de los primeros partidos políticos del mundo occidental. Los federalistas, encabezados por Adams y Alexander Hamilton, el secretario del Tesoro de Washington, representaban en general los intereses del comercio y la industria. Ellos temían la anarquía y creían en un gobierno central fuerte que pudiera establecer la política económica y mantener el orden. Encontraron el mayor apoyo en el norte. Los republicanos, encabezados por Jefferson, representaban los intereses agrícolas en general. Ellos se oponían a un gobierno central fuerte y creían en los derechos de los estados y la autosuficiencia de los agricultores. Tuvieron más apoyo en el sur.

Durante unos 20 años, la joven nación pudo prosperar dentro de una paz relativa. Su política consistía en ser amigable e imparcial con todas las demás naciones. Sin embargo, no era inmune a
los acontecimientos políticos de Europa, sobre todo de Gran Bretaña y Francia que   estaban   en   guerra.   La   marina   de   guerra   británica   capturó   barcos estadounidenses que se dirigían a Francia, y la armada francesa capturó barcos estadounidenses  con  destino  a  Gran  Bretaña.  Las  negociaciones  diplomáticas mantuvieron a Estados Unidos al margen de las hostilidades en la década de 1790 y a principios de la siguiente, pero al parecer sólo era cuestión de tiempo para que
este país tuviera que defender sus propios intereses.



La guerra con Gran Bretaña estalló en 1812. La lucha tuvo lugar sobre todo en los estados del nordeste y en la costa oriental. Una fuerza expedicionaria británica llegó a la nueva capital, establecida en Washington en el Distrito de Columbia, prendió fuego a la residencia del poder ejecutivo –obligando al presidente James Madison a huir– y dejó la ciudad en llamas. No obstante, el ejército y la armada estadounidenses ganaron suficientes batallas decisivas para reclamar la victoria. Al cabo de dos años y medio de combates y con su tesorería exigua a causa de la guerra que libraba por separado contra Francia, Gran Bretaña firmó un tratado de paz con Estados Unidos. La victoria estadounidense puso fin, de una vez por todas, a las esperanzas británicas de restablecer su influencia al sur de la frontera de Canadá.

Cuando la Guerra de 1812 terminó, muchas de las graves dificultades que enfrentaba la nueva república estadounidense ya habían desaparecido. La Unión nacional establecida bajo la Constitución trajo consigo el equilibrio entre la libertad y el orden. Una deuda nacional modesta y un continente en espera de ser explorado  ofrecían  una  perspectiva  de  paz,  prosperidad  y  progreso  social.  El  acontecimiento  más significativo en política exterior fue el pronunciamiento del presidente James Monroe en el cual expresó la solidaridad de Estados Unidos con las naciones de América Latina que acababan de independizarse. La Doctrina Monroe fue una advertencia contra cualquier tentativa europea de colonizar a ese subcontinente. Muchos de los nuevos países, a su vez, expresaron su afinidad política con Estados Unidos y basaron sus propias constituciones en el modelo estadounidense.

Estados Unidos duplicó sus dimensiones con la compra del Territorio de Louisiana a Francia en 1803 y de la Florida, comprada a España en 1819. Entre 1816 y 1821 fueron creados seis nuevos estados. Entre 1812 y 1852, la población se triplicó. La magnitud y diversidad de la joven nación desafiaban cualquier generalización simple, pero también invitaban a la contradicción.

Estados Unidos era un país de ciudades civilizadas construidas a partir del comercio y la industria, y fronteras primitivas donde el imperio de la ley se ignoraba a menudo. Era una sociedad que amaba la libertad, pero permitía la esclavitud. La Constitución mantenía unidas todas esas partes discrepantes. Sin embargo, las tensiones iban en aumento.


7. Conflicto Sectorial

En 1850 Estados Unidos era una inmensa nación bordeada por dos océanos. Había obvias diferencias geográficas, de recursos naturales y de desarrollo entre una y otra región.

Los estados de Nueva Inglaterra y el Atlántico Medio eran los principales centros de las finanzas, el comercio y las manufacturas. Sus principales productos eran textiles y ropa, maderas y maquinaria. El comercio marítimo floreció. Los estados del Sur eran eminentemente agrícolas y producían tabaco, azúcar y algodón con mano de obra esclava. Los estados del Oeste Medio también eran agricultores, pero sus productos de cereal y carne provenían del trabajo de hombres y mujeres libres.
Missouri solicitó la categoría de estado en 1819. Los norteños se opusieron porque en ese territorio había 10.000 esclavos. El congresista Henry Clay de Kentucky propuso un compromiso: Missouri se incorporaría a la Unión y seguiría permitiendo la esclavitud, pero Maine sería aceptado como estado libre.

Las posiciones regionales en torno a esa cuestión se endurecieron en las primeras décadas después del Compromiso de Missouri. En el norte del país, el movimiento para abolir la esclavitud fue muy activo y se volvió cada día más poderoso. En el sur, la creencia en la supremacía blanca y el afán de mantener el statu quo económico fueron igualmente dinámicos y poderosos. Aun cuando miles de esclavos huyeron al norte a través de una red  de  rutas  secretas  conocidas  como  el  Ferrocarril  Subterráneo,  los esclavos representaban todavía un tercio de la población de los estados esclavistas en la época del censo de 1860.



La mayoría de los norteños no querían impugnar la existencia de la esclavitud en el sur, pero muchos se oponían a que ésta se expandiera a los territorios del oeste. Los sureños sostenían con el mismo vigor que los territorios mismos tenían derecho de decidir su situación. Un político joven de  Illinois,

Abraham  Lincoln,  estimó  que  el  problema  era  de  carácter nacional, no local. “Una casa dividida contra sí misma no puede prevalecer”, declaró. “Creo que este gobierno no puede permanecer en forma permanente siendo mitad esclavo y mitad libre. No espero que la Unión se disuelva... lo que sí espero es que deje de estar dividida”.

En  1860  el  Partido  Republicano  nombró  a  Lincoln  su  candidato  a  la presidencia  con  una  plataforma antiesclavista. En una contienda entre cuatro hombres, él obtuvo sólo el 39 por ciento del voto popular, pero ganó por clara mayoría de votos en el Colegio Electoral. Dicho órgano es el grupo de ciudadanos que elige directamente al presidente de Estados Unidos, de acuerdo con el voto popular.

La tormenta que se venía gestando desde hacía decenios estaba a punto de desatarse con fuerza brutal. Los estados del sur habían lanzado la amenaza de separarse de la Unión si Lincoln era elegido; las declaraciones de secesión empezaron desde antes que él tomara posesión del cargo. Al nuevo presidente correspondería tratar de mantener la integridad de la Unión.


8. La Guerra Civil y la Reconstrucción de Postguerra

La guerra entre el norte y el sur empezó en abril de 1861. Los estados del sur reclamaban el derecho de  separarse y habían formado su propia Confederación. Sus fuerzas hicieron los primeros disparos. Los estados del norte, bajo el liderazgo del presidente Lincoln, estaban determinados a contener la rebelión y preservar la Unión.

El norte tenía más del doble de estados y el doble de población. Contaba con recursos abundantes para producir pertrechos de guerra y además su red  ferroviaria  era  superior.  El  sur  tenía  líderes  militares  con  más experiencia  y  un  factor  que  los  favoreció  fue  que  la  mayoría  de  los combates tuvieron lugar en su propio territorio.



Durante  cuatro  años,  decenas  de  miles  de  soldados  y  caballos  participaron  en  batallas  terrestres  en Virginia, Maryland, Pennsylvania, Tennessee y Georgia. Los combates navales se desarrollaron frente a la costa del Atlántico y en el río Mississippi. En ese rubro, las fuerzas de la Unión obtuvieron una serie casi ininterrumpida de victorias. En cambio, en Virginia fueron derrotadas una y otra vez en sus intentos de tomar Richmond, la capital confederada.

El día más sangriento de la guerra fue el 17 de septiembre de 1862, cuando   los   dos   ejércitos   chocaron   en   Antietam   Creek,   cerca   de Sharpsburg, Maryland. Las tropas confederadas bajo el mando del general Robert E. Lee no lograron repeler a los soldados de la Unión encabezados por el general George McClellan, y Lee escapó con su ejército intacto. McClellan fue relevado del mando. Aunque la batalla no quedó definida en términos militares, sus consecuencias fueron enormes. Gran Bretaña y Francia habían pensado reconocer a la Confederación, pero entonces retrasaron su decisión y el sur nunca recibió la ayuda que necesitaba con tanta urgencia

Varios meses después, el presidente Lincoln emitió una versión preliminar de la Proclamación de Emancipación. Gracias a ella fueron liberados todos los esclavos que vivían en estados confederados y se autorizó el reclutamiento de afro-estadounidenses en el ejército de la Unión. Ahora el
norte ya no luchaba tan sólo para preservar la Unión, sino también para erradicar la esclavitud.

Las fuerzas de la Unión cobraron más ímpetu en 1863 con las victorias de Vicksburg en Mississippi y Gettysburg en Pennsylvania, y más tarde con la política de tierras quemadas que aplicó el general William T. Sherman cuando avanzó a través de Georgia y se internó en Carolina del Sur en 1864. En abril de 1865, enormes ejércitos de la Unión bajo el mando del general Ulysses S. Grant lograron rodear a Robert E. Lee en Virginia. Lee se rindió y ese fue el final de la Guerra Civil de Estados Unidos.

Los términos de la rendición fueron generosos. “Los rebeldes ya son otra vez nuestros compatriotas”, les recordó Grant a sus tropas. En Washington, el presidente Lincoln ya estaba listo para iniciar el proceso de reconciliación. Jamás tuvo oportunidad de hacerlo pues menos de una semana después de la capitulación del sur fue asesinado por un sureño amargado por la derrota. La tarea reconciliadora le correspondería a vicepresidente de Lincoln, Andrew Johnson, un sureño que era partidario de una “Reconstrucción” rápida y sencilla.

Johnson emitió indultos que restablecieron los derechos políticos de muchos sureños. Al final de 1865, cas todos los estados ex confederados habían celebrado convenciones para revocar las leyes de secesión y abolir la esclavitud, pero todos excepto Tennessee se negaron a ratificar una enmienda constitucional que otorgaba plena ciudadanía a los afro-estadounidenses. En consecuencia, los republicanos del Congreso decidieron  implementar  su  propia  versión  de  la  Reconstrucción.  Ellos  proclamaron  medidas  punitivas contra los ex rebeldes y prohibieron que quienes habían sido dirigentes confederados ocuparan cargos públicos. Dividieron el sur en cinco distritos militares administrados por generales de la Unión. Negaron e derecho de voto a todo aquel que no estuviera dispuesto a prestar un juramento de lealtad a la Unión Además, apoyaron con vigor los derechos de los afroestadounidenses. El presidente Johnson trató de obstruir muchas de esas políticas y fue sometido a juicio político. El voto no fue suficiente para destituirlo de su cargo, pero el Congreso no perdió su enorme poder durante los siguientes 30 años.

Las divisiones y los odios que desembocaron en la Guerra Civil no desaparecieron al término de la lucha armada. Cuando los sureños blancos recuperaron el poder político, los negros de esa región padecieron. Ya habían ganado la libertad, pero las leyes locales que les negaban el acceso a muchos recursos públicos les impedían disfrutar de ella. Habían ganado el derecho de voto, pero eran intimidados en los comicios. El sur había quedado segregado y así habría de permanecer 100 años más. El proceso de Reconstrucción de postguerra había empezado con altos ideales, pero cayó en un pozo de corrupción y racismo. Su fracaso retrasó la lucha de los afro-estadounidenses por la igualdad hasta el siglo XX, cuando se convertiría en un problema nacional y no sólo del sur




9. Crecimiento y Transformación

Estados Unidos maduró en los decenios posteriores a la Guerra Civil. La frontera se fue desvaneciendo poco a poco y una república rural se convirtió en una nación urbana. Entonces surgieron grandes fábricas, plantas siderúrgicas y ferrocarriles transcontinentales. Las ciudades crecieron con rapidez y millones de personas llegaron de otros países para iniciar su nueva vida en la tierra de la oportunidad.

Los inventores aprovecharon el poder de la ciencia. Alexander Graham Bell desarrolló el teléfono. Thomas Edison produjo la bombilla luminosa y, con George Eastman,  la  película  cinematográfica.  Antes  de  1860,  el  gobierno  ya  había expedido 36.000 patentes. En los siguientes 30 años expidió 440.000.

Fue  una  época  de  consolidación  corporativa, sobre todo en las industrias del acero, ferrocarriles, petróleo y telecomunicaciones. Los monopolios   impedían   la   competencia   en   el
mercado, lo cual generó peticiones de regulación gubernamental. En 1890 fue aprobada una ley para impedir los monopolios que restringían el comercio, pero al principio no fue aplicada con suficiente energía.

A pesar de los grandes progresos de la industria, la agricultura siguió siendo la ocupación básica en el país, pero también en ella hubo enormes cambios. La extensión de tierras de cultivo se duplicó y los científicos desarrollaron  semillas  mejoradas.  Las  máquinas  –por  ejemplo, sembradoras mecánicas, cosechadoras y trilladoras– se hicieron cargo de gran  parte  del  trabajo  que  antes  se  realizaba  a  mano.  Los  granjeros estadounidenses producían suficiente cereal, algodón, lana y carne de vacuno y de cerdo para abastecer al creciente mercado interno e incluso les quedaban grandes excedentes para la exportación.

La  región  occidental  de  Estados  Unidos  siguió  atrayendo  colonizadores.  Los  mineros  reclamaban propiedades en las montañas ricas en minerales, los ganaderos en los vastos pastizales, los criadores de ovejas en los valles fluviales y los granjeros en las grandes llanuras. Los vaqueros a caballo conducían a sus animales y los guiaban hasta lejanas terminales de ferrocarril para su envío al este. Esa es la imagen de Estados Unidos que mucha gente tiene todavía, aun cuando la época de los cowboys del “Salvaje Oeste” duró sólo unos 30 años.



Desde el momento en que los europeos desembarcaron en la costa oriental de Norteamérica, su avance hacia el oeste significó enfrentamientos con los pueblos nativos. Durante mucho tiempo, la política del gobierno había consistido en desplazar a los norteamericanos nativos a tierras reservadas para su uso, más allá del alcance de la frontera blanca. Sin embargo, el gobierno ignoró una y otra vez sus acuerdos y abrió esas áreas a la colonización blanca. A fines del siglo XIX, las tribus sioux de las llanuras del norte y los apaches en el sudoeste lucharon denodadamente para preservar su estilo de vida. Aunque eran hábiles guerreros, a la postre fueron avasallados por las fuerzas del gobierno. La política oficial después de esos conflictos era bien intencionada, pero a veces resultó desastrosa. En 1934, el Congreso aprobó una medida para tratar de proteger las costumbres tribales y la vida comunal en las reservaciones.

En  los  últimos  decenios  del  siglo  XIX  las  potencias  europeas  competían  por  colonizar  África  y  por conquistar el comercio de Asia. Muchos estadounidenses pensaron que su país tenía el derecho y el deber de expandir su influencia en otras partes del mundo. Muchos otros, sin embargo, rechazaban todo lo que pudiera sugerir un afán imperialista.

Una breve guerra con España en 1898 permitió que Estados Unidos obtuviera el control de varias posesiones españolas en ultramar: Cuba, Puerto Rico, Guam y las Filipinas. Oficialmente, Estados Unidos las instó a gobernarse por sí mismas, pero en realidad mantuvo sobre ellas su control administrativo. El idealismo coexistió en la política exterior junto con el deseo práctico de proteger los intereses económicos de lo que había sido una nación aislada y ahora se convertía en una potencia mundial.


10. Descontento y Reforma

En 1900, los cimientos políticos de Estados Unidos habían resistido los dolores del crecimiento, una guerra civil, la prosperidad y la depresión económica. El ideal de la libertad religiosa logró mantenerse. La educación pública gratuita se había realizado en buena parte y la libertad de prensa se conservaba intacta. Sin embargo, al mismo tiempo, el poder político parecía estar concentrado en manos de funcionarios políticos corruptos y sus amigos empresarios. En respuesta surgió un movimiento de reforma llamado “progresismo”. Algunas de sus metas eran mayor democracia y justicia social, honradez en el gobierno y una reglamentación más eficaz de las empresas.

Escritores y críticos sociales protestaron, afirmando que las prácticas vigentes eran injustas, insanas y peligrosas. Upton Sinclair, Ida M. Tarbell, Theodore Dreiser, Lincoln Steffens y otros produjeron una “literatura de denuncia” con la cual presionaron a los legisladores para que corrigieran los abusos por medio de leyes. Los reformadores creyeron que al ampliar el alcance del gobierno se aseguraría el progreso de la sociedad del país y el bienestar de sus ciudadanos.



El presidente Theodore Roosevelt encarnaba el espíritu del progresismo y pensó que las reformas necesarias debían aplicarse en el plano nacional. Trabajó con el Congreso para regular los monopolios y aplicar medidas legales contra las compañías que violaran la ley. También luchó sin descanso para proteger los recursos naturales de Estados Unidos, administrar las tierras públicas y preservar áreas para uso recreativo.

Las reformas prosiguieron en las presidencias de William Howard Taft y Woodrow Wilson. El sistema de banca de la Reserva Federal fue establecido para que determinara las tasas de interés y controlara la oferta monetaria. La Comisión Federal de Comercio fue fundada para intervenir cuando las empresas emplearan métodos de competencia desleales. Fueron promulgadas nuevas leyes para ayudar a mejorar las condiciones de trabajo de los marineros y los jornaleros ferroviarios. Se creó un sistema de “extensión de condado” para ayudar a los granjeros a obtener información y créditos. Además, como una ayuda encaminada a reducir el costo de la vida para todos los estadounidenses, los impuestos sobre bienes importados fueron reducidos o eliminados.

En la época progresista fue también cuando un gran número de personas de todo el mundo llegó a Estados Unidos. Casi 19 millones de inmigrantes arribaron entre 1890 y 1921. Los primeros inmigrantes habían sido sobre todo europeos del norte y el oeste, y algunos chinos. Los nuevos inmigrantes llegaron de Italia, Rusia, Polonia, Grecia, los Balcanes, Canadá, México y Japón.
Estados Unidos siempre ha sido un “crisol” de nacionalidades y durante 300 años impuso pocas restricciones a la inmigración. Sin embargo, a partir de la década de 1920 se establecieron cuotas en respuesta al temor de los estadounidenses de que los recién llegados fueran una amenaza para sus empleos y su cultura. Aun cuando grandes oleadas de inmigración han creado tensiones sociales a través de la historia, la mayoría de los ciudadanos –cuyos propios antepasados llegaron como inmigrantes– creen que la Estatua de la Libertad en el puerto de Nueva York representa el espíritu de una tierra que da la bienvenida a los que “anhelan respirar un aire de libertad”. Esa creencia ha preservado a Estados Unidos como una nación de naciones.






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