martes, 9 de septiembre de 2014

Información sobre la Unión de Repúblicas Populares de Nueva Rusia.

Unión de Repúblicas Populares Nueva Rusia:

 http://es.wikipedia.org/wiki/Uni%C3%B3n_de_Rep%C3%BAblicas_Populares_Nueva_Rusia

Información actualizada de la guerra civil en el este de Ucrania: http://twitter.com/NovorossiaInfo

Desarrollo de la contienda entre las milicias y el Ejército ucraniano: http://cassad.net/?do=warmarker

Matar por el mapa

Andriy Movchan

10/8/2014 

Los mapas políticos no muestra las tramas de corrupción, los diagramas de la riqueza, las operaciones financieras en los paraísos fiscales de ultramar, las estructuras de la economía mundial, los acuerdos políticos ocultos, los proyectos de dominación y la alienación.

Cuando escucho las conversaciones sobre la "Ucrania unida", tengo la sensación que los traductores de este mensaje no entienden realmente de lo que están hablando. ¿Qué significa que la bandera ucraniana aparezca en cada rincón de la pantalla del televisor? ¿Qué tenemos que entender sobre el contorno del mapa de Ucrania que hemos conocido los últimos 23 años?



En su libro más importante, Simulacros y simulación, Jean Baudrillard afirma que en el mundo postmoderno los modelos de la realidad son aún más reales que la realidad misma y crean una nueva hiperrealidad. "Sin embargo, es el mapa el que precede al territorio - preeminencia de los simulacros -, el que engendra el territorio, y si hay que volver a la fábula, hoy es el territorio el que pudre sus jirones lentamente a través de la extensión del mapa." Hablar del ánimo predominante de la gente en Ucrania, es, pues, hablar de la hiperrealidad.

Se puede ver el mapa político de Ucrania en todas las aulas de geografías o historia de los centros de educación. Se utiliza como decoración en las oficinas de los burócratas, hombres de negocios, funcionarios y personas comunes y corrientes que quieren manifestar su patriotismo. "Esta nublado en Luhansk, está lloviendo en Lviv, en Crimea luce el sol, 22 grados centígrados" dice el hombre del tiempo señalando con el dedo en un mapa climatológico y un anuncio de un nuevo medicamento contra la fiebre.

Más alargado hacia Occidente, más delgado hacia el este, con una ondulación hacia el norte y dos excrecencias al Sur: un mapa cuya geometría reconocemos desde la infancia. Por un momento piense en la frecuencia con que aparece delante de usted cada día: en el telediario de la noche, en la oficina de la Correos, en los logos de las organizaciones políticas, incluyendo el Partido de las Regiones. Un esbozo de las fronteras del estado, decoradas por perlas, anuncia una red de tiendas de joyería; una cara sonriente aparece en todas las regiones de Ucrania, desde Lviv a Crimea, para sugerir que compremos aparatos electrónicos en su tienda online Rozetka. [1] ¡El mapa está en todas partes!

Cuando mencionamos la palabra "Ucrania", nuestra imaginación en primer lugar trae a colación esta imagen: un tipo de color cubriendo un territorio, más tarde nos trae toda la otra mitología, inculcada por la propaganda y la ideología dominante. Viendo el pronóstico del tiempo ya mencionado, ni siquiera pensamos en los efectos atmosféricos, por ejemplo, en Tiraspol, que está situado justo entre Odessa, Chernivtsi y Vinnitsa, pero que no es "nuestra". Pero Crimea es "nuestra" y el Donbass también.

Por esta razón Benedict Anderson afirma que un mapa es uno de los factores clave en la construcción de la identidad nacional, de estas "comunidades imaginadas". Mirar todos los días un esbozo de las fronteras del estado ayuda lo visual a convertirse en símbolo, para convertirse en verdadero poder material, y a su vez permite la realización de verdaderas maravillas. Matar, por ejemplo.

Defiendo que la guerra en curso en este minuto en el Este es, en el imaginario de masas, una guerra por el mapa.

Mirando el país monocromático a vista de pájaro, o incluso de satélite, la gente tiende a olvidarse de otras formas de verlo: se olvidan de el mapa físico, amarillo-verde, donde las fronteras, creadas artificialmente por los políticos, no existen. Sobre la imagen política del mapa es incluso difícil sobreponer un mapa económico o demográfico. Por ejemplo, es difícil ver la Polesia escasamente poblada, la Bukovina completamente rural, o el hecho de que la mayoría de la población urbana vive en 17 aglomeraciones, que están situados en su mayoría en Donbass o Krivbass. No se puede encontrar esta información en la hiperrealidad dominante del mapa político, porque su misión es otra. Es ideológica. Y por lo tanto, como señaló Friedrich Engels, sirve para la producción de falsa conciencia.

Una perspectiva "horizontal" de este mapa, es decir, la comprensión de cómo las personas viven en el Donbass, es un lujo inaccesible. Para la inmensa mayoría de la población, el 'Extremo Oriente' de Ucrania sigue siendo una especie de terra incognita. ¿Qué saben del Donbass las clases medias de Kiev, acostumbrados a hacer viajes de fin de semana "para tomar un café" y "disfrutar de la arquitectura en la turística Lviv”? ¡Prácticamente nada! Sobre todo su conocimiento y comprensión se limita a lo que se enseña en los libros de texto escolares, en las historias de conocidos, en los informes de la televisión y, en el mejor de los casos, a algunas visitas esporádicas, de las que sobre todo recuerdan la “basura industrial”. Entonces, ¿qué se puede decir de los residentes de las zonas rurales, que ahora están siendo movilizados en las filas de las fuerzas armadas?



Rodeadas por la línea gruesa de la frontera estatal en Oriente, la línea más delgada de puntos de la frontera administrativa con Occidente y la corta franja de Azov en la costa sur, estas dos regiones  están fuertemente  asociada  con  otras  características: las minas de carbón , las fábricas, la criminalidad, la lengua rusa, "donetskye"  [2], el club de fútbol "Shakhtar". Para la mayoría de los ucranianos, este conjunto estable de asociaciones forman parte de un mismo paquete, que va de lo neutro a los matices negativos; las representaciones de esos “otros”, no siempre son comprensibles e incluso a veces son extrafalarias. Paso a paso este conjunto de asociaciones se generalizó en una noción machista: “Vata" .

Políticamente apática, nostálgica de la época soviética y dando un apoyo electoral pasivo al "donetskye", incluso antes del conflicto actual, la población del Donbass se estaba convirtiendo, al menos, en sospechosa a los ojos de los habitantes del resto de Ucrania. Y el grupo más importante a la hora de difundir esta actitud fueron los nacionalistas ucranianos, que ni siquiera tratan de ocultar su propia arrogancia. "Represión", "privación del derecho de voto", "deportación", "ucranización forzada": durante años he escuchado estas propuestas de los nacionalistas.

Paradójicamente, al mismo tiempo, estos radicales - y no tan radicales - grupos de derecha consideran  el  Donbass  una  tierra  auténticamente  ucraniana.  Y  a  veces  incluso  quieren extender las fronteras de la “Gran Ucrania" a Belgorod, Voronezh, Krasnodar y hasta la costa del mar Caspio: tal era el mapa de las tierras étnicamente ucranianas elaborado por el ejército alemán en 1918.

El mapa, como un símbolo de la grandeza nacional, se ha convertido para la mayoría en más real que las personas que viven en el territorio. Más real que las relaciones culturales, económicas y de clase. Para los ciudadanos “nacionalmente” conscientes, el mapa en papel topográfico monocromo es un argumento mucho más fuerte a la hora de tomar decisiones que hablar con la gente real.

Dentro de esta percepción, la población que vive en la zona ATO  se convierte en un obstáculo en el camino de la "Gran Ucrania". Y cuando hoy en día, en nombre de la “unidad del país”, el ejército dispara fuego de artillería contra los barrios residenciales de Lugansk, no me sorprende que el cañoneo se funda con el sonido de los aplausos del público patriótico. No me enojo al escuchar toda esa palabrería de odio chovinista y los llamamientos a limpiar la región, no sólo de militantes, sino también de población "poco fiable".

La insurrección armada en el Donbass es una consecuencia lógica del cambio violento del poder central del Estado y la ruptura del frágil consenso nacional heredado de la época de la República Socialista Soviética de Ucrania. Tras el cambio radical del pacto social en Kiev, el este del país decidió luchar por el derechos a hacer lo mismo. Así que ¿en que se diferencian esencialmente estos dos eventos? Ante todo, que el poder que fue incautado en Kiev se expande sobre todo el territorio del Estado. Pero el Donbass, en respuesta, ha cuestionado la"sacralidad” del mapa.



Y señalando ese mapa tan conocido, la clase dominante está llamando a la gente a la guerra. La maquina de propaganda habla todos los días del “país unido”, cuyo mapa hiperreal se eleva por encima de los habitantes del Donbass, que a su vez son degradados, pasando de ciudadanos a insectos: "cucarachas rojas"  [5 ]. La “unidad” de la nación se refiere en primer lugar a la unidad de las clases: del propietario de banco y del adolescente del pueblo movilizados para luchar en la guerra.

Para los que de verdad la guerra tiene sentido es la élite estatal. Realmente tienen algo por lo que luchar. De hecho, para Poroshenko, Kolomoysky, Tatura y Akhmetov, el Donbass es no sólo un territorio imaginario abstracto, no un mapa sino un sitio de activos muy concretas:  las empresas,  los  recursos,  la  tierra,  el  trabajo,  el  poder,  el  mercado,  los  contratos,  la administración que apropiarse y controlar. En otras palabras, el poder político y la propiedad. Los capitalistas no tiran dinero al aire, y es por eso que las generosas contribuciones a la propaganda patriótica en las pantallas de televisión y para las acciones militares no son sino inversiones. Son inversiones en una paz de clase, que les proporcionará la oportunidad de ir a llenar sus bolsillos, dejando al resto la satisfacción de contemplar el mapa restaurado colgado en las paredes de sus apartamentos sin calefacción.

Estas inversiones están realmente pagando dividendos. Hoy en día, para una gran parte de los ucranianos, el mapa y todos los otros elementos de orgullo nacional han llegado a tener una propiedad metafísica particular: una tan importante que están dispuestos a ir a la guerra. Hasta el más mediocre hace alarde de su amor por esta imagen compleja, elevándose por encima de aquellos para los que no existe esta 'propiedad', sobre el 'vata'. Aunque ni el primero, ni el segundo realmente posean esa propiedad, ni vayan a perderla muy pronto. Jean Paul Sartre denominó este fenómeno el "esnobismo por los pobres", y tenía razón.

En realidad, esta incursión en la geografía cognitiva del estado ucraniano es sólo un pequeño ejemplo. ¿Cuántas guerras por la "realidad" de los mapas se iniciaron desde el surgimiento del Estado-nación? Son incontables. Hace exactamente un siglo los grandes estados europeos movilizaron a millones de hombres condenados a la muerte y la miseria durante la Primera Guerra Mundial, en una lucha por el mapa político. Hoy en día están cayendo en los barrios residenciales de Gaza bombas para defender el concepto "histórico" de Eretz Yisrael. Cinco estados de Asia Central están involucrados en luchas sangrientas por el territorio. Más hacia el este, China, Vietnam y las Filipinas están dispuestas a sacrificar a su población en un conflicto por un pequeño archipiélago desolado en el Mar del Sur de China.

Por último, las ideas del irredentismo ruso arrastran, con una facilidad sin precedentes, a todas las clases en un espasmo de unidad nacional alrededor de la élite dirigente de la Federación de Rusia. Y cuando un trabajador de Transbaikalia, viviendo en una libertad de mercado de mierda, afirma con orgullo que "¡Crimea es nuestra!" es tan grotesco como las banderas azul- amarillas que cuelgan de los balcones de las "khrushchyovka"  [6] en la región de Vinnytsya, en el oeste de Ucrania .

Los mapas políticos no muestra las tramas de corrupción, los diagramas de la riqueza, las operaciones financieras en los paraísos fiscales de ultramar, las estructuras de la economía mundial, los acuerdos políticos ocultos, los proyectos de dominación y la alienación.

Lo que no se puede encontrar en los mapas es la línea principal de conflicto, que no coincide con  las  líneas  de  puntos,  más  delgadas  que  las  de  las  fronteras  del  estado,  porque  se encuentra en un sistema completamente diferente de coordenadas. Es la lucha por una nueva calidad de las relaciones sociales. Pero para hacer realidad este conflicto tenemos que dejar de mirar al mapa y, como sugiere ese clásico del punk rock: “matar el estado que llevamos dentro”.

Las fronteras no son primordiales. Hubo una época en que no existían, y espero que llegue un tiempo cuando desaparezcan de las páginas de los libros de texto y las futuras generaciones nos considere unos bárbaros, capaces de pintar con un flujo de células rojas de sangre unas líneas que nos separan artificialmente.


Víctimas de las grandes mentiras. La expansión de la OTAN


de Gregorio Morán en La Vanguardia el 6 septiembre, 2014 

SABATINAS INTEMPESTIVAS

La OTAN, a la altura del siglo XXI, es la más peligrosa e inútil de las organizaciones militares



Este artículo no trata de Jordi Pujol. Hoy no toca, porque hay otras grandes mentiras que se nos han pasado sin apenas una línea. Quizá cada generación creció a la vida envuelta en una gran mentira. La mía, sin ir más lejos, se formó bajo una de las estafas históricas, de la que ahora acaba de cumplirse los cincuenta años, en uno de esos silencios que gustan de mantener los imperios para evitar enseñar sus vergüenzas.

¿Quién no recuerda la guerra de Vietnam, 1964-1975? Pocas guerras de agresión y exterminio han dado tan alta y buena literatura, y películas que marcan con su sello la historia del cine. Pocas también regaron con tanta sangre y destrozo una tierra apenas conocida hasta entonces fuera de los colonos franceses, cuyo imperio daba las últimas boqueadas tras ser derrotado y humillado.

Pero la auténtica guerra de Vietnam, la que habría de durar diez años largos en la más singular pelea entre el ejército más poderoso del mundo, Estados Unidos, y una sociedad agraria y subdesarrollada, dio comienzo oficialmente con un titular que ningún periódico del mundo, entonces llamado occidental, dejó de incluir en primera página siguiendo al pie de la letra la Gran Consigna: “Lanchas norvietnamitas atacan en el golfo de Tonkín a dos destructores de EE.UU.”. Así apareció el 4 de agosto de 1964 en La Vanguardia de Barcelona y no hay variación en ningún diario de España. Consigna de agencia, que se decía entonces. Hoy sabemos que el famoso “incidente del golfo de Tonkín” fue una invención de los servicios norteamericanos, algo que nunca existió.

La verdad es que cualquier lector avispado, por más que no conociera dónde estaba el golfo de Tonkín, ni supiera de la existencia de un país reinventado por las grandes potencias denominado Vietnam del Norte, frente a otro Vietnam, llamado “del Sur”, podía imaginar cómo unas lanchas osaban atacar a dos destructores. Pero lo cierto, es que esto que hoy reconocen los EE.UU., la invención del “incidente” para justificar la intervención, fue uno de los acontecimientos que conmovieron la segunda mitad del siglo XX, que se saldaron con otra derrota más humillante aún que la de Francia. La imagen de la terraza de la embajada de los EE.UU. en Saigón, donde el último helicóptero norteamericano recogía en patética huida los restos del imperio quedará en el imaginario colectivo de mi generación, especialmente de aquellos que aún no habían descubierto la estupidez de que los equipos de fútbol constituían ejércitos desarmados, ni que existía una resistencia silenciosa reducida al ámbito doméstico.

Cuando miro las informaciones sobre Ucrania, entiendo desde la primera lectura que están tratando de engañarme. Bastaría citar la historia del vuelo MH17. ¿Quién derribó el avión? Se han entregado las cajas negras, pero resulta que después de semanas acusando a los denominados “pro-rusos”, que por cierto no disponen ni de aviación ni de balística sofisticada tierra-aire, ahora todo lo cubre la complicidad. Si lo hubieran derribado los rusos, que no tenían el más mínimo interés en el asunto tratándose de un aparato no militar, a estas horas habría investigaciones al más alto nivel. Nada, el silencio. Nadie pregunta nada.

Hombre tan moderado como Ricardo Estarriol, quizá nuestro más veterano experto en el mundo del otro lado de Europa, corresponsal durante décadas de La Vanguardia, ha escrito uno de los artículos más luminosos y brutales sobre lo que ha empezado en Ucrania. Lo tituló “La ambición de los impotentes” y debo reconocer que ningún periodista hispano habría llegado tan lejos: “Todo indica que el statu quo de Ucrania desde 1991 hasta el 2013 no molestaba a Rusia, siempre que Ucrania conociera sus limitaciones. Ha sido la burocracia de Bruselas, así como el Pentágono y la Casa Blanca quienes han forzado las tuercas y ahora nadie sabe cómo apagar el incendio provocado”.

Ucrania es rusa desde el siglo XII y si Jruschov en un acto de gentileza les regaló Crimea, península fundamental en la defensa de Rusia -el país más grande de la tierra, no lo olviden- no era para que al final pasara de tener bases estratégicas rusas a pertenecer a la OTAN. Cabe decir que la OTAN, a la altura del siglo XXI, es la más peligrosa e inútil de las organizaciones militares, y como toda organización preparada para la guerra necesita conflictos para no ser liquidada por obsoleta e innecesaria. Algún día sabremos la participación real, no la propagandística, de la OTAN en el destrozo de la antigua Yugoslavia; porque los criminales de guerra son muy fáciles de detectar pero quienes los provocan no tanto.

Confieso mi perplejidad ante la política exterior norteamericana. No por su crueldad y su cinismo, que ha sido siempre marca de la casa, sino por la mezcla de irresponsabilidad e incompetencia. No es sólo que se mete en el avispero de la “tierra de nadie” que constituía Ucrania, donde figuraba un presidente, Yanukóvich, electo en unas votaciones controladas por inspectores internacionales; una golfería, porque Yanukóvich era un corrupto. Ni más ni menos que los intocables jeques árabes de Arabia Saudí, o los Emiratos o Qatar, dicho sea sin ánimo de ofender a la parroquia cómplice ¡sólo un sponsor! Pero Yanukóvich, el último presidente democrático de Ucrania, es un decir, cometió una ingenuidad, o dos, simultáneas. Primero pidió ayuda a la Unión Europea para que la ayudaran a salir de la crisis a la que había llevado su política de corrupción -ya no había más que robar, como sucedió en España entre el PP, el PSOE y Convergencia y Unió, bajo el marco estelar de una banca corrupta hasta el exceso y que si no fue puesta bajo la justicia del Estado y ni siquiera asumió sus responsabilidades judiciales fue porque entre lo que repartieron a los partidos y a los medios de comunicación (empresas y plumillas) había ya suficiente para que nadie pudiera quejarse a menos de ser suscriptor de hipotecas y de la clase de tropa-.



Y como no había más que robar en Ucrania se pidió ayuda a la Unión Europea, que la rechazó. Bastante jodida estaba ella, para ayudar al Estado ucraniano, más corrupto que la mayoría de los suyos, y entonces Yanukóvich creyéndose cargado de razón pidió ayuda a los rusos, y Putin la aprobó. Ahí fue Troya, y nada casualmente empezó la plaza de Maidán, la revolución de colorines y esa situación sin salida que vivimos actualmente y que la gente no acaba de creer que vive al borde del colapso. Putin no es Yeltsin y en Rusia todo lo robable ha sido subastado y derrochado; no hay ningún país del mundo que haya creado tal cantidad de millonarios en tan poco tiempo. Mientras las cosas se mantuvieron en este orden, nadie protestó, pero tratar de que Ucrania ingrese en la OTAN es una provocación, que no sólo rompe viejos acuerdos con Estados Unidos sino que supone la enésima amenaza. Quitarle a Rusia el colchón protector que exige cualquier potencia.

La geopolítica y la estrategia de Estado, cuando los estados son entidades territoriales que imponen respeto, no chamizos para vender souvenirs de Gaudí y exportar castellers, son muy complicadas. Incluso pueden ser pequeñas pero que se amparan en lo que significan de protección para las grandes, y así pueden llegar a las provocaciones más absolutas. El caso de Israel, por ejemplo. Después de lo ocurrido en Gaza ya nada será igual y no habrá final hasta que en Jerusalén sea posible algún día inaugurar un Museo del Holocausto Palestino.

En fin, un pequeño detalle llamativo por lo que tiene de provocación a un Estado de derecho que se supone que es España. La portavoz de la embajada de Israel en Madrid, Hamutal Rogel, envió una requisitoria a RTVE porque su corresponsal en Tel Aviv, Yolanda Álvarez, no se atenía a la política oficial del Estado sionista y la acusaba de trabajar para el enemigo. Por supuesto, RTVE rechazó la protesta. Pero a ella la retiraron. Prácticamente ni una línea en nuestra prensa escrita. Hay que volver a leer Le Monde, como antaño.





To Hell and Back - Sabaton:


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