lunes, 6 de octubre de 2014

Artículos sobre la cuestión catalana

Legitimidad y legalidad

La promulgación del decreto que convoca la llamada consulta sobre la independencia catalana, que el gobierno español se apresurará a recurrir ante el Tribunal Constitucional por razón de su falta de encaje en nuestro sistema constitucional, resume a las claras el conflicto que plantea la vocación separatista de una parte de la sociedad catalana: una recusación de la legalidad (española) en nombre de una presunta legitimidad diferenciada (catalana), que es también, simultáneamente, una denegación de legitimidad (la del Estado español) que aspira a constituir una legalidad propia (la de un hipotético Estado catalán). Este conflicto había quedado asimismo explicitado en el llamamiento de Oriol Junqueras, líder de Esquerra Republicana, a la desobediencia civil, así como en la afirmación de que el Tribunal Constitucional carecía de legitimidad para decidir sobre el Estatuto de Autonomía una vez que el 'pueblo' catalán lo había sancionado en referéndum.

Lo mismo sucede con los dirigentes de Podemos y una buena parte de sus bases cuando descalifican el régimen político salido de la Transición a la democracia en virtud de su falta de legitimidad -de origen y de ejercicio- y la consiguiente necesidad de fundar una nueva legitimidad.

De modo que, acaso inadvertidamente, la sociedad española se encuentra últimamente embebida en un debate permanente sobre asuntos fundamentales de la filosofía y la teoría políticas. Sólo así cabe calificar el problema de la legitimidad del poder, la relación entre legitimidad y legalidad, la definición de qué sea justo o la licitud de la desobediencia civil en un contexto democrático. Eso no quiere decir que el secesionismo catalán plantee solamente esos problemas, ni que sea éste el único ángulo desde el que deba contemplárselo. Pero sí parece útil detenerse un momento a pensar en esos términos, pertrechados con algunas de las herramientas conceptuales que proporciona la teoría política.



Individuo y autoridad

¿Cuándo es legítimo un régimen político, cuándo lo son sus mandatos? ¿Cuándo está obligado el ciudadano a obedecerlos y cuándo es permisible la desobediencia? ¿Basta la legalidad como criterio para la legitimidad? ¿Y cuál es el contenido de la legitimidad, de qué depende ésta?

En última instancia, subyace aquí un problema sencillamente insoluble, que es la conciliación de los órdenes individual y colectivo. La legitimidad se convierte en un tema sustantivo en la filosofía política a partir del siglo XVII, una vez afirmados los derechos naturales de los súbditos, que, andando el tiempo, se convertirían en los modernos derechos civiles y políticos de los ciudadanos de los regímenes democráticos.  Richard Flathman ha escrito que, en este nuevo contexto, "la única autoridad no problemática es la que ejerce cada persona sobre sí misma. Los gobiernos de cualquier clase, y desde luego los gobiernos con una autoridad que no depende del contenido [particular de sus leyes], demandan justificación".

Nada sorprendente si pensamos en la dificultad de conciliar el principio de autonomía individual con el sometimiento de ese mismo individuo auto-normado a un orden colectivo. Y así, basta con que un individuo recuse su organización política, no importa cuán democrática sea, para que el consentimiento del que depende la legitimidad plena del Estado -y con ello la obligación política de obedecer sus mandatos- se vea resquebrajado. Se objetará a esto que los Estados democráticos sobreviven a las disidencias individuales. Y así es. De hecho, la obligación política funciona en la práctica mejor que en la teoría. Pero eso no empece el hecho de que ninguna teoría del consentimiento sea, en sentido estricto, impecable.

Legitimidad, legalidad, consenso

Hay varias formas de abordar el problema de la legitimidad. Max Weber, clásico del pensamiento político, lo redujo a su esencia cuando constató que es legítimo aquello que las personas creen legítimo. Pero en los regímenes democráticos ni la legitimidad tradicional ni la carismática que el autor alemán identificaba constituyen un fundamento válido para la legitimación del poder: las sociedades son pluralistas y contienen distintas concepciones del bien, que hacen imposible la sola apelación a las tradiciones, mientras que el sometimiento de los ciudadanos al líder carismático es incompatible con la esencia misma de la democracia (aún cuando el carisma siga jugando su papel en la contienda electoral o sirva para generar consensos alrededor de determinadas leyes: atañe más al gobierno que al Estado en nuestros días). En una democracia, la legitimidad legal-racional, donde es el respeto a los procedimientos racionales que dan luz a las leyes lo que viene a legitimarlas, parecería ser la única posible. Y desde luego, la legalidad es un elemento esencial de la democracia constitucional y el Estado de Derecho. Sin embargo, se plantea aquí un problema evidente, que es la potencial reducción de la legitimidad a la legalidad: sería legítimo aquello que es legal con independencia de su contenido.

Hace falta, pues, algo más. De acuerdo con la teoría del consentimiento -que va de Hobbes a  Kelsen y Oakeshott- el gobierno debe basarse en el consentimiento de los gobernados. Se trata de un consenso tácito, renovado a diario en la normal aceptación del marco legal estatal. Pero el gobierno, investido de autoridad, no es la autoridad: el ciudadano conserva el derecho de resistirse a ella en caso de grave violación de sus derechos. La desobediencia civil que responde a una tal violación, por ejemplo la auspiciada por el movimiento en favor de los derechos civiles en la Norteamérica de los 50 y 60, encaja en esa descripción. Más dudoso es que lo haga la reclamada por el líder de ERC, porque no se ve bien cuál sea esa violación.

Sucede que la combinación de procedimentalismo legal y consenso tácito puede ser también insuficiente. Para autores como Rawls o Dworkin, la legitimidad del gobierno no puede desligarse de la justicia o bondad de la sociedad en su conjunto. Si la sociedad se encuentra desfigurada por desigualdades injustificables u otras formas de injusticia y el gobierno no las combate, su legitimidad entra en cuestión. Naturalmente, se abre aquí una segunda puerta para el disenso: ¿quién decide cuál es el programa de justicia para una sociedad? Dicho de otra manera, si las leyes no se obedecen porque posean autoridad (nos gusten o no: ahí está la ley antitabaco para un fumador empedernido, la ley del aborto para una persona religiosa, etc.), sino según si sean apropiadas o no para cumplir un programa sustantivo, la autoridad corre el riesgo de desaparecer como tal. Así, la legalidad española podría ser conculcada por aquellos ciudadanos catalanes que entendiesen que la independencia es un fin que esa legalidad obstaculiza, sin entrar en mayores consideraciones.

Dicho de otro modo, desligar la legitimidad de la legalidad también plantea problemas: En el fondo, son los problemas contenidos en la afirmación weberiana de que la legitimidad depende de la creencia en la legitimidad. Si un gran número de ciudadanos catalanes percibe la legalidad española como ilegítima, con independencia de (i) las razones que explican la generalización de esa percepción y (ii) de la legitimidad de origen de esa legalidad, se plantea un problema aparentemente insoluble. O quizá no.

La legitimidad democrática en el Estado de Derecho

Dos son, llegados a este punto, las soluciones disponibles, que a su vez pueden resumirse en una: la combinación de elementos democráticos y liberales en el proceso político de creación de las leyes.

Cabe así apelar por un lado, como hacía el malogrado Rafael del Águila, a la concepción deliberativa del poder propia de autores como Hannah Arendt y Jürgen Habermas. De modo que una acción, norma o institución será legítima si ha sido justificada como tal en un procedimiento de deliberación pública que se rija por reglas tales como la libertad e igualdad de las partes, la ausencia de coacción y el principio del mejor argumento. Se trata, obviamente, de un ideal cuya consecución práctica no resulta sencilla, pero que subraya las virtudes del marco liberal-democrático como espacio para una conversación pública de la que emana la legitimidad de las normas.

No obstante, la configuración democrática de la legitimidad no es suficiente por sí sola. ¿Qué sucede si los ciudadanos acuerdan, mediante un procedimiento democrático impecable, limitar o vulnerar los derechos de las minorías? ¿Está la voluntad de los ciudadanos catalanes expresada en referéndum (dejemos al margen el porcentaje de participación) por encima del Tribunal Constitucional? Sartori es contundente al respecto: "Quien dice regla de la mayoría olvidándose de los derechos de las minorías no promueve la democracia, la sepulta". Y cita a Kelsen, quien sugería que la veracidad de esta afirmación la comprobaba inmediatamente quien, habiendo votado con la mayoría, cambia de opinión.

Es aquí donde entran en juego los contrapesos liberales presentes en autores como Kant, Rawls o Raz. Desde este punto de vista, un componente de la legitimidad es la neutralidad del gobierno en relación a las concepciones sustantivas del bien en sociedades posmetafísicas y por ello plurales. De hecho, esta pluralidad de concepciones del bien explica en gran medida la necesidad de autoridad y gobierno: defensores y críticos del derecho al aborto nunca se pondrán de acuerdo. De ahí también la necesidad de un conjunto de limitaciones institucionalizadas a la autoridad: la primacía de la Constitución, los derechos fundamentales, el imperio de la ley, la democracia representativa.

Así pues, la legitimidad democrática depende del respeto a un conjunto de principios, normas y procedimientos que garantizan las condiciones en que se desarrolla el proceso político y regulan su desarrollo. Naturalmente, hay un elemento tautológico en esta conclusión, porque esa legitimidad democrática no deja de depender de la creencia de la mayoría en la mayor razonabilidad o justicia de la misma por encima de otras concepciones -tradicional, carismática, legal- de la legitimidad. Y esto, a su vez, debe llevarnos a pensar en algo que, en el caso catalán, parece tener su importancia: el hecho de que la creencia en la legitimidad o ilegitimidad no es independiente de las condiciones de surgimiento de esa misma creencia; porque los contextos sociales cuentan. Es aquí donde se ve reforzada la importancia de los contrapesos descritos, porque difícilmente podría considerarse legítima una "voluntad popular" que emane de un marco social cuyas instituciones no respeten el principio de neutralidad, incluida la necesaria pluralidad de la esfera pública.

Y de hecho, es interesante constatar que -salvo que tuviese lugar una proclamación unilateral de la independencia que fundase ex novo una legitimidad específicamente catalana, difícilmente democrática a la vista de la pluralidad que todavía exhibe esa sociedad- una concepción democrática de la legitimidad abre la posibilidad de que los ciudadanos crean legítimo aquello que no lo es, contraviniendo así la intuición weberiana sobre el origen de la legitimidad.

Conclusión

En definitiva, si empleamos estas herramientas conceptuales para interpretar el caso catalán, resulta difícil estar de acuerdo con la idea de que presenciamos un "choque de legitimidades" entre dos presuntas legitimidades, la española y la catalana, que la legalidad española posea un déficit de legitimidad, o que la desobediencia civil de los ciudadanos catalanes pueda estar justificada. Hay procedimientos a la vez legales y democráticos para la modificación de las normas legítimas que los españoles -catalanes incluidos- se han dado a sí mismos. Más aún, el debate al respecto debería llevarse a cabo en un marco que garantizase la neutralidad institucional y el respeto a las voces de las minorías. Siempre y cuando sigamos prefiriendo la legitimación democrática de nuestra organización política a la ficción rousseaniana de una unánime voluntad general legitimada en el propio acto de su enunciación mística.

Fuente: http://www.eldiario.es/agendapublica/reforma-constitucional/Legitimidad-legalidad-Cataluna_0_307619574.html


El progresismo catalán

Cataluña es una de las regiones más progres de Europa. O al menos eso nos dicen las encuestas. Según éstas, apenas uno de cada diez catalanes admiten abiertamente ser de derechas, una proporción tres veces por debajo de la media europea. Y es que, en Cataluña, el término derecha sufre de una pésima popularidad. La gran mayoría de los ciudadanos tienden a evitarlo a la hora de definirse políticamente y suelen preferir presentarse como de izquierdas o, a lo sumo, de centro.

Pero, ¿de verdad somos los catalanes tan progres como solemos afirmar? En realidad, hay motivos para pensar que nuestro izquierdismo es más de apariencia que de convicción. Por ejemplo, cuando se pregunta a los catalanes si estarían dispuestos a pagar más impuestos para, con ello, mejorar los servicios públicos, entonces, Cataluña se presenta como mucho más conservadora. Si lo comparamos con el resto de comunidades autónomas, los catalanes somos los que más nos definimos de izquierdas, pero a la hora de defender nuestro Estado del bienestar acabamos por debajo de la media española.



En definitiva, en Cataluña nos caracterizamos por tener unos valores que podríamos definir como de izquierdismo no practicante. Tenemos una tendencia a refugiarnos bajo la etiqueta de izquierdas aun no comulgando con algunos de sus principios más fundamentales. ¿Por qué en Cataluña nos produce cierto reparo declararnos como de derechas? ¿Por qué aparentamos ser más de izquierdas de lo que realmente somos? Una respuesta nos la ofrece el politólogo de Oxford Elias Dinas. Según sus investigaciones, si los catalanes (al igual que los vascos) somos tan progreses porque los términos izquierda y derecha han acabado contaminados por el debate territorial e identitario de tal forma que el término “derecha” ha pasado a tener connotaciones antiautonomistas.

En el debate público catalán se incurre demasiado a menudo en la siguiente secuencia argumental: ser españolista es de fachas y, como es sabido, los fachas son de derechas. Tal silogismo, sin duda tramposo, ha provocado que muchos acaben erróneamente considerando que definirse de derechas conlleva adoptar posiciones contrarias al catalanismo político. Es por este motivo que muchos catalanistas conservadores se muestran reticentes a presentarse ideológicamente como de derechas, pues esto podría acabar por interpretarse como un sentimiento de adhesión al nacionalismo español. Quizás sea por este motivo que Convergència incluya en el título preliminar de sus estatutos que es un partido ideológicamente “progresista”. O quizás esto también ayude a explicar por qué el auge del independentismo de los últimos años ha ido acompañado por un aumento de los catalanes que se definen como de izquierdas.

La confusión entre los conceptos derecha y españolismo ha provocado algunas disfunciones importantes en el debate político en Cataluña
La confusión entre los conceptos “derecha” y “españolismo” ha provocado algunas disfunciones importantes en el debate político en Cataluña. Quizás los principales damnificados de tal confusión son los partidos que se desmarcan abiertamente de la órbita del catalanismo político. Por ejemplo, Ciutadans nació con una clara vocación de ocupar el espacio de la izquierda no catalanista que, según sus fundadores, el PSC había dejado de representar tras encabezar el gobierno del tripartit en 2003. El izquierdismo originario de C's no solo se desprende de sus textos fundacionales sino también de su actual ideario, el cual asegura tener influencias del “socialismo democrático”. Aún asumiendo que C's se haya alejado de algunos de sus principios fundacionales, no hay duda de que el partido no se presentó a las elecciones catalanas de 2012 con un programa de corte conservador. Según los análisis de un grupo de investigadores de Deusto, el programa electoral de Ciutadans en esas elecciones era esencialmente de centro. Sin embargo, a pesar de sus manifiestos, de su ideario político y de presentarse a las elecciones con un programa moderado, la gran mayoría de los catalanes perciben a Ciutadans como un partido de extrema derecha.

Algo muy parecido le ocurre al PP de Cataluña. Si bien los populares se presentan a las elecciones al Parlament con un programa electoral similar (o incluso más moderado) que a las elecciones al Congreso de los Diputados, los catalanes ven a este partido como mucho más conservador. Nada menos que el 70% del electorado catalán considera al PP de extrema derecha, un porcentaje que representa casi el doble que el resto de los españoles. Y es que los catalanes ven al PP más de extrema derecha que los franceses al FN de Le Pen.

En definitiva, en Cataluña el nacionalismo ha contaminado la tradicional confrontación entre izquierda y derecha. Esta peculiar manera de entender el debate ideológico es particularmente dañina en un momento en que la cuestión nacional ha pasado a ocupar un primer plano en la agenda política. Para la buena salud de nuestro debate público, los catalanes deberíamos hacer un esfuerzo en intentar no confundir conceptos. Al fin y al cabo, no existe ninguna contradicción en considerarse españolista de izquierdas o catalanista de derechas. De lo segundo hay muchos, pero lamentablemente aún están por salir del armario.



Análisis de las elecciones catalanas de septiembre de 2015

Vincenç Navarro 
El mayor problema que tiene Catalunya hoy
El problema mayor que tienen las clases populares en Catalunya, que constituyen la mayoría de la población catalana, es el enorme deterioro de su bienestar, deterioro que se ha acentuado de una manera muy marcada durante la crisis económica y financiera conocida como la Gran Recesión. Los datos están ahí para aquellos que quieran verlos, por mucho que algunos gurús económicos que aparecen en las principales cadenas de televisión en Catalunya (y muy en particular en la televisión pública catalana TV3) quieran negarlo. El mercado de trabajo, que nunca fue muy boyante, ha empeorado dramáticamente, alcanzando niveles de desempleo y precariedad nunca antes vistos en el periodo democrático. Este empeoramiento de las condiciones de trabajo ha debilitado enormemente al mundo del trabajo, causando un gran declive de los salarios, hoy de los más bajos de España y de la Unión Europea de los Quince, UE-15, el grupo de países de semejante nivel de desarrollo al de Catalunya y el resto de España.
Y complementando el deterioro del mercado de trabajo, hemos visto la reducción y privatización de los servicios públicos del Estado del Bienestar, tales como sanidad, educación, servicios sociales, escuelas de infancia, servicios domiciliarios, vivienda social y otros, que han creado una gran inseguridad, con un descenso de la calidad de vida de las clases populares. Una consecuencia de este deterioro ha sido la creciente polarización, por clase social, en la utilización de aquellos servicios públicos. Dicho deterioro, causado por los recortes del gasto público social, ha significado un incremento del sector privado de la sanidad y de la educación a base de un descenso del sector público (aun cuando este último ha continuado siendo mayoritario). Hoy el 25%-30% de la población catalana (por regla general de mayores ingresos) utiliza los servicios privados, y el 70-75%, las clases populares, utiliza predominantemente los públicos. Esta polarización se ha acentuado durante la Gran Recesión. Tal realidad, que ha sido ocultada o negada en la mayoría de los grandes medios de comunicación de la Generalitat, empeorará considerablemente como consecuencia del resultado de las elecciones de ayer. ¿Por qué?
¿Por qué el retraso social de Catalunya?
Para responder a esta pegunta tenemos que entender las causas reales de tal retraso social, causas ocultadas en los grandes medios (ver mi artículo “Las causas reales (y ocultadas) del subdesarrollo social de Catalunya”, Público, 14.09.15). En realidad, el tema social ha aparecido muy poco durante la campaña electoral, excepto para atribuir tal deterioro al famoso “expolio de Catalunya por parte de España”, argumento utilizado por la mayoría de los partidos independentistas, y muy en particular por el partido gobernante de la Generalitat de Catalunya, el partido liberal CDC, y su aliado ERC (que controlan los mayores medios de información públicos, TV3 y Catalunya Ràdio, y que gozan también de gran influencia en los medios televisivos privados basados en Catalunya –como, por ejemplo, 8tv-). El tamaño real del déficit fiscal (y no el exagerado utilizado por los partidos independentistas) es importante y no debe desmerecerse. En realidad, incluso el economista Josep Borrell (que ha sido el economista más crítico con las cifras exageradas utilizadas por el Presidente de CDC y de la Generalitat, el Sr. Artur Mas y por el Presidente de ERC, el Sr Oriol Junqueras, así como por los gurús económicos de TV3) reconoce la existencia de un déficit fiscal que es mayor que el que pueda justificarse por meras razones de solidaridad con el resto de España. Pero lo que tales voces ignoran es que el enorme deterioro y retraso social de Catalunya no puede explicarse por la existencia de tal déficit fiscal. El retraso y el déficit social (que es la diferencia entre lo que Catalunya se gasta en su Estado del Bienestar y lo que debería gastarse por su nivel de desarrollo económico) es muy superior al supuesto expolio fiscal.
El gran retraso social se debe primordialmente a otros factores. Uno de ellos es el gran dominio que las fuerzas conservadoras (que a nivel popular se las llama las derechas) han tenido sobre las mayores instituciones financieras, económicas, políticas y mediáticas en Catalunya durante la mayoría del periodo democrático. El instrumento político de este enorme grupo de poder ha sido la coalición de un partido liberal (CDC) y de un partido cristiano-demócrata (UDC) que, bajo el dominio del primero, ha gobernado Catalunya el 80% del tiempo que este país ha tenido democracia (con la excepción de los 7 años del gobierno del tripartito de PSC, ERC e ICV-EUiA). Esta coalición (CDC-UDC) ha sido el centro del establishment catalán, conocido como el pujolismo, que ha controlado la Generalitat de Catalunya, gobernándola como si fuera su propiedad particular, gestionando el país con un clientelismo que dio pie a una enorme corrupción, ocultada por los mayores medios de información, los cuales lo presentaban como eloasis catalán, cuando en realidad era un pozo de enorme podredumbre que todavía no se ha descubierto en su totalidad, debido precisamente al todavía poderoso entramado del pujolismo, del cual el actual partido gobernante CDC es heredero.
Este poder del pujolismo en Catalunya se ejercía con la complicidad del Estado español que, como resultado de la manera inmodélica como se hizo la Transición de la dictadura a la democracia en España, ha estado gobernado por las fuerzas de ultraderecha herederas de aquellos que habían controlado el Estado dictatorial (y que gestionaron tal Estado de manera semejante a como el pujolismo gobernaba Catalunya), y por el PSOE, el cual se adaptó a este Estado. Y, aun cuando tuvieron lugar reformas significativas en España (que beneficiaron a Catalunya) bajo el mandato del PSOE, el Estado central español ha estado controlado mayoritariamente por el PP.
Durante la inmodélica Transición de la dictadura a la democracia, no hubo una ruptura con el Estado anterior, sino una serie de transformaciones dentro de los aparatos de aquel Estado que se han ido abriendo para incorporar y dar cabida primordialmente a este último, al PSOE. Esta incorporación incluyó también a los partidos nacionalistas periféricos como CiU y el PNV. La alianza de los gobiernos CiU con los gobiernos centrales ha sido una constante, especialmente acentuada con los gobiernos de derecha, cuyos partidos pertenecían a las mismas familias políticas que CDC y UDC. Las políticas derivadas de esta alianza explican el retraso social de Catalunya -y de España- y la polarización de la sociedad catalana -y de la española- (ver mi artículo “¿Catalunya es una sociedad cohesionada?”, Público,  23.09.15).
El deterioro social se acentuó durante la Gran Recesión
Las alianzas entre las derechas catalanas y las españolas se dieron con especial intensidad durante la Gran Recesión. Y la evidencia existente muestra que las causas más importantes del deterioro social que ha estado ocurriendo en Catalunya fueron las políticas públicas aprobadas por CDC y por UDC en las Cortes Españolas, en apoyo a las propuestas del PP. El deterioro del mercado de trabajo catalán, por ejemplo, ha sido consecuencia de la reforma laboral aprobada por CDC, UDC y por el PP en las Cortes Españolas. Y los recortes de gasto público social en Catalunya fueron también consecuencia de la Ley de Estabilidad Presupuestaria aprobada también por CDC, UDC y por el PP. Referirse al déficit o “expolio” fiscal de Catalunya por parte de España (como hacen muchos gurús económicos independentistas que aparecen en los mayores medios de información de la Generalitat de Catalunya, TV3 y Catalunya Ràdio) como causa de este deterioro carece de credibilidad, pues CDC, como partido liberal que es, ha estado implementando las mismas políticas neoliberales en Catalunya que el PP ha estado aplicando en España, y que son las mismas políticas que se han estado aplicando por los miembros del establishment conservador-neoliberal que domina la gobernanza de la Eurozona (desde el Consejo Europeo hasta la Comisión Europea y al Banco Central Europeo). Todas estas fuerzas políticas estaban actuando coherentemente con su ideario político, e incluyen todas ellas medidas que  favorecen las rentas de capital a costa de las rentas del trabajo (ver mi reciente libro Ataque a la democracia y al bienestar. Crítica al pensamiento económico dominante. Anagrama, 2015).
¿Qué pasará ahora, después de las elecciones?
Hoy, el partido gobernante de la Generalitat de Catalunya, cuyas políticas públicas neoliberales han contribuido al gran deterioro, probablemente continuará gobernando Catalunya, pues este era el acuerdo entre CDC y ERC para establecer la lista independentista Junts pel Sí. Es cierto que la coalición CDC y UDC será sustituida por una coalición de CDC con ERC, pero la formación dominante continuará siendo el partido liberal CDC. Y aunque esta coalición no tiene la mayoría suficiente para nombrar al nuevo presidente del gobierno, es probable que cuente con el apoyo del partido radical independentista, CUP, el cual ha indicado que su principal objetivo político es alcanzar la independencia, habiendo colaborado activamente con CDC para conseguir tal objetivo. Es, pues, fácil de prever que tal partido (por el cual tengo gran simpatía por muchas de sus propuestas económicas y sociales), sometido a la gran presión de las direcciones de los movimientos independentistas, como ANC y Òmnium Cultural, próximos al gobierno Mas, terminará apoyando el nombramiento de Artur Mas como Presidente de la Generalitat, continuando así el gobierno de tal partido en Catalunya con consejeros añadidos de ERC e independientes.
Y lo que es incluso más preocupante es que el equipo económico de CDC será incluso más neoliberal que el actual. El economista independentista de mayor visibilidad mediática en los medios de comunicación de la Generalitat de Catalunya es el Sr. Sala i Martín, uno de los economistas neoliberales más extremos que aparecen en tales medios, y que a partir de octubre estará añadiendo a su programa “Classe d’economia”, de TV3, otro nuevo, en el que continúa promocionando el neoliberalismo. Como he indicado en varias ocasiones, TV3 y Catalunya Ràdio han estado promoviendo, junto al independentismo, el neoliberalismo, sin que ello, sorprendentemente, haya originado una protesta de las izquierdas, y todavía menos de la CUP. Otro economista, hoy en la lista de Artur Mas Junts pel Sí, y que seguramente figurará en el próximo gobierno catalán, será el Sr. Oriol Amat, bien conocido por su liberalismo, y que ha indicado que la nueva Catalunya será muy “business friendly”. No estoy en contra de que un gobierno desarrolle políticas que favorezcan la inversión empresarial. Pero esta expresión utilizada en la narrativa liberal siempre ha significado la promoción de políticas neoliberales Y, confirmando lo dicho, todos los programas de promoción de la nueva Catalunya independiente afines a CDC, han incluido siempre propuestas y contenido de clara sensibilidad neoliberal.
El neoliberalismo de Ciudadanos
Pero lo que enfatizará todavía más el dominio de la cultura neoliberal en Catalunya será la victoria de Ciudadanos, que es un partido liberal (perteneciente a la misma familia y grupo político en el Parlamento Europeo que CDC) y que es el instrumento político del IBEX-35. Su equipo económico, dirigido por el Sr. Luis Garicano, es muy cercano al de la gran patronal española y catalana. En realidad, el blog de referencia de los economistas neoliberales Nada es Gratis fue fundada por el Sr. Garicano y financiado durante mucho tiempo por FEDEA, el think tank de las mayores empresas del IBEX-35. Los dos grandes partidos liberales (CDC y Ciudadanos) competirán, pues, en su neoliberalismo, convirtiéndose este pensamiento incluso en más dominante, pues el primer partido de la oposición enfatizará todavía más las reformas laborales y el equilibrio presupuestario (causa del deterioro del bienestar del pueblo catalán) que ha implementado el gobierno CDC. Este es el panorama que se ofrece a partir de ahora en Catalunya.
¿Cuál es el futuro de las izquierdas en Catalunya?
 Muy problemático y difícil. La coalición Junts pel Sí, liderada por el partido liberal CDC, centró su campaña electoral en el tema nacional independentista, presentando las elecciones como  plebiscitarias, lo cual, además de ocultar la gestión de la crisis por el gobierno de CDC, desvió exitosamente la centralidad del debate electoral hacia la famosa dicotomía Sí o No a la independencia, tema que previsiblemente aumentó la participación electoral (en ambos sentidos, Sí y No) de una manera muy notable.
El crecimiento muy destacable del independentismo podría tener un efecto positivo, pues tal movimiento expresa un gran descontento que existe en Catalunya hacia el Estado español, centrado en el establishment político-mediático de la capital del Reino (que no tiene nada que ver con el Madrid popular). Tal descontento, por cierto, es compartido por amplios sectores de las clases populares de los distintos pueblos y naciones de España. Ahora bien, tal descontento se ha expresado en el movimiento independentista de una manera predominantemente identitaria, defendiendo a Catalunya y su cultura frente a España y la suya.
Y este ha sido uno de sus grandes errores, pues dicho enfoque movilizó a las otras identidades en Catalunya que se sintieron amenazadas, lo que fue aprovechado por Ciudadanos y el PP como una manera de activar a ese votante con identidad no independentista. Se movilizaron así las dos Catalunyas (los catalanes y “los otros catalanes”), lo que impidió que los independentistas consiguieran la mayoría de votos que deseaban, pues los no independentistas en Catalunya son numéricamente superiores a los independentistas. Y de ahí que el resultado del supuesto plebiscito fuera negativo. La mayoría del pueblo catalán no aprueba la separación de Catalunya de España. No hay, pues, un mandato para llevar a cabo tal separación. Presentar las elecciones como independencia Sí o No fue, pues, un gran error para los independentistas.
Ahora bien, lo ocurrido como consecuencia de centrar el debate político en el tema nacional, ha transformado completamente el panorama político de Catalunya, y puede que de España, en una dirección muy desfavorable a las izquierdas. El gran triunfo de Ciudadanos fue debido precisamente a ello. La constante negativa de los partidos independentistas a reconocer la existencia de más de una Catalunya (promoviendo el eslogan “Som un sol poble”, “Somos todos parte del mismo pueblo”) ha quedado fácilmente desacreditada con los datos electorales. El voto a Ciudadanos fue el más identitario, señalando su rechazo al independentismo y su afirmación de pertenencia a España. Fue el voto más transversal, consiguiendo, sin embargo, su máximo apoyo en los barrios obreros, donde la mayoría habla castellano. En Hospitalet, Santa Coloma de Gramenet, Sant Adrià o Cornellà alcanzó sus niveles de apoyo más altos, 23 y 24% del voto. Fue en estos municipios de mayoría de clase trabajadora donde Junts pel Sí y la CUP consiguieron menos apoyo electoral. Y fue en estos mismos municipios donde el PSC y Catalunya Sí que es Pot (CSQP) consiguieron mayores porcentajes del voto emitido. Por el contrario, en distritos de un promedio de renta superior, como Gràcia y Sarrià-Sant Gervasi (donde la mayoría de la población habla catalán),Junts pel Sí y la CUP consiguieron sus mejores resultados, y el PSC y Catalunya Sí que es Pot los peores. Centrar el debate electoral en el tema nacional, forzando una elección en términos plebiscitarios, polarizó el electorado, apareciendo dos Catalunyas diferenciadas por clase social y por idioma hablado, cuestionando el supuesto independentista de que “som tots el mateix poble”.
La vía antidemocrática a la independencia
La ley electoral catalana, que es una copia de la ley electoral española, fue una ley diseñada por el gobierno Suárez, al principio de la Transición, con el objetivo de discriminar a los territorios urbanos, donde se concentraba la mayoría de la clase trabajadora. Incluso sus propios diseñadores así lo reconocieron más tarde. Como consecuencia, el voto de un ciudadano de Lleida tiene mucho más valor que el voto de un ciudadano que viva en Barcelona. En realidad, su voto vale el doble. Como consecuencia de esta falta de proporcionalidad del sistema electoral, la lista Junts pel Sí consiguió 62 escaños, que junto con los 10 de la CUP, consiguieron una mayoría que según han indicado los independentistas les permite iniciar el proceso hacia la independencia de Catalunya. Si el sistema electoral fuera auténticamente proporcional, Junts pel Sí tendría 55 en lugar de 62 escaños, y la CUP tendría 12 escaños en lugar de 10, con lo cual la suma de escaños (67) no alcanzaría los 68 necesarios para nombrar al nuevo gobierno catalán, necesitando otro partido para alcanzar la mayoría en el Parlament. Estos datos, raramente presentados en los medios, muestran el carácter antidemocrático del proceso independentista, que quiere conseguir la independencia a base de conseguir una mayoría parlamentaria que no se corresponde con la mayoría de la población. La constante referencia de los partidos independentistas, incluyendo la CUP, hacia su mandato no se corresponde con la realidad.
La alternativa soberanista al independentismo
El énfasis en el independentismo, en lugar del soberanismo, ha tenido consecuencias negativas, incluso, por cierto, para el propio independentismo. Las encuestas muestran que la mayoría de catalanes (alrededor de un 80%) se consideran soberanistas, es decir, que desean tener el derecho a decidir, esto es, que sea el pueblo catalán el que decida su relación con el Estado español. Esta confusión o manipulación, identificando independentismo con soberanismo, oculta lo que es verdaderamente novedoso en Catalunya, que es la aceptación generalizada entre el pueblo catalán del derecho a decidir o soberanismo. Derecho a decidir quiere decir derecho a escoger. Y una alternativa, naturalmente, es la independencia, pero no la única.
Sin desmerecer el mérito de los partidos independentistas que han visto crecer el apoyo del electorado de una manera muy notable, cuatro situaciones explican que no hayan alcanzado una mayoría. Una ha sido que el movimiento independentista ha estado liderado por un partido de derechas, que muy hábilmente ha utilizado a dicho movimiento para perpetuarse en el poder. Ahora bien, es difícil que un partido que es percibido como responsable de las políticas neoliberales, alcance la mayoría de apoyos entre las clases populares. En realidad, tanto CDC como ERC (que apoyó los presupuestos de austeridad del gobierno CiU) han visto descender su apoyo electoral. Solo la CUP, que ha sido crítico del gobierno CiU, ha visto crecer su apoyo significativamente. La captación de la dirección del movimiento independentista por parte del partido liberal CDC (con el apoyo de ERC) generó un silencio ensordecedor de la ANC y de Òmnium Cultural hacia el enorme deterioro del bienestar de la población (consecuencia de las políticas aplicadas por el partido gobernante) que afectó predominantemente a las clases populares, de donde procedió la mayoría del voto no independentista. De ahí que la mayoría de las clases populares no lo apoyaron. La paradoja es que gran parte de estas clases populares votaron a otro partido liberal, Ciudadanos, que implementaría políticas semejantes a las impuestas por CDC en caso de gobernar. Pero la mayoría de sus votantes no eran ni siquiera conscientes del carácter liberal de tal partido. Le votaron por su españolismo, en contraposición al independentismo de CDC, ERC y CUP.
La segunda situación, que ha dificultado el objetivo del movimiento independentista, ha sido la apuesta del movimiento independentista en convertir las elecciones en plebiscitarias, lo cual ha dividido a la población catalana entre la mayoría que no quiere la independencia y la minoría (muy elevada, pero minoría) que si la quiere. Las dos Catalunyas se han expresado con toda intensidad en el día de las elecciones, y la que no quiere la independencia es mayor que la que la quiere. Hacer estas elecciones plebiscitarias ha acentuado la polarización de la población catalana.
Esta situación se ha complicado todavía más cuando tal polarización de la población se entrelaza con otras relacionadas con la estructuración social del país. Como he indicado antes, los sectores que no son independentistas pertenecen más a la clase trabajadora que los independentistas. Y ahí es donde el independentismo ha perjudicado la causa soberanista, haciéndola incluso más difícil. Si la elección hubiera sido sobre soberanía Sí o No, hubiera ganado el Sí con una gran mayoría, incluyendo grandes sectores de las clases populares. Quererse saltar el soberanismo para llegar directamente al independentismo ha llevado predeciblemente a esta situación insostenible para el independentismo.
La alternativa que las izquierdas deberían haber propuesto
Si el rechazo al Estado central se hubiera basado más en el tema social que en el tema identitario, las posibilidades de unir en lugar de dividir las dos Catalunyas hubieran sido mayores, puesto que el rechazo a las políticas neoliberales impuestas por la alianza de las derechas catalanas con las españolas es un rechazo generalizado, transversal y mayoritario, ya que la mayoría de la población catalana ha sido afectada negativamente por tales políticas. Ello hubiera requerido enfatizar el tema social en lugar del nacional, aliándose a la vez con las fuerzas políticas y movimientos sociales de otras partes de España para cambiar el Estado central y el Estado catalán o Generalitat, con el objetivo de democratizarlos. Y es en este contexto que la demanda de soberanía y derecho a decidir, ampliamente aprobada por el pueblo catalán, hubiera sido más exitosa y hubiera contado además con el amplio apoyo de los movimientos sociales y políticos que están redefiniendo España, apoyo que hubiera ayudado enormemente a las fuerzas soberanistas en Catalunya.
La estrategia del independentismo (independencia Sí o No, promovida por la casi totalidad de los medios en Catalunya) ha hecho que esta estrategia alternativa no fuera posible. Ha dominado la visión estratégica del independentismo, que se ha basado en promocionar una visión de España muy opresiva, incapaz de cambiar, confundiendo el establishment político-mediático borbónico, centrado en la capital del Reino (que tiene poco que ver con el Madrid popular), con España. Cualquier voz que ofreciera la posibilidad de establecer otra España y otro Estado fue objeto de gran hostilidad por parte de los independentistas. En realidad, durante la campaña electoral y en los debates políticos, la mayor agresividad de Artur Mas fue hacia Pablo Iglesias, que había indicado que Podemos aceptaba el derecho a decidir del pueblo catalán, indicando repetidamente, tanto en Catalunya como en Madrid, que Podemos consideraba a Catalunya como una nación, con el derecho a la autodeterminación. Se refirió muchas veces a la necesidad de que hubiera un referéndum vinculante en el que la población de Catalunya pudiera decidir sobre permanecer o salirse de España. Una agresividad semejante hacia Pablo Iglesias presentó el Sr. Antonio Baños, el nuevo dirigente de la CUP, cuyo primer adversario en el debate de candidatos de TV3 parecía ser Catalunya Sí que es Pot más queJunts pel Sí. En realidad, esta opción política (CSQP) fue la más discriminada en los medios públicos de la Generalitat (por no ser independentista) y en los medios privados en Catalunya (por representar una amenaza a los intereses económicos de aquellos que los poseen).
Es sorprendente que las izquierdas españolas, como Podemos e IU, que han indicado su apoyo a la autodeterminación de Catalunya, sean recibidas con tanta hostilidad, no solo por las derechas, sino por amplios sectores de las izquierdas independentistas catalanas. Solo la polarización creada por el independentismo explica tal situación, que beneficia a las derechas a los dos lados del Ebro.
Ni que decir tiene que la primera responsable de esta polarización ha sido la enorme agresividad del establishment central borbónico, controlado por los dos partidos mayoritarios, que han sido la mayor causa del crecimiento del independentismo (ver mi artículo “¿Por qué crece el independentismo en Catalunya?”, Público, 21.09.15). Y aun cuando la mayor hostilidad ha procedido del PP (el heredero del franquismo), también ha aparecido en el PSOE (incluyendo las declaraciones de Felipe González) y en todos los rotativos basados en Madrid, desde La Razón El País y El Mundo. De ahí lo enormemente positivo que las nuevas fuerzas que están apareciendo en España (y en Catalunya) se alíen y colaboren para cambiar Catalunya y también para cambiar España. Sin lo segundo, lo primero será mucho más difícil. Las izquierdas independentistas deberían ser conscientes de ello. Me da la impresión de que no lo son. Y de ahí que estas divisiones, como siempre acompañadas de grandes dosis de sectarismo, estén causando un enorme daño a las clases populares tanto de Catalunya como de España, debilitando así sus defensas e instrumentos necesarios para defender sus intereses. Estas son las consecuencias de anteponer los temas nacionales sobre los sociales. Hoy Catalunya está polarizada y nunca antes las izquierdas han estado tan débiles como ahora.

Fuente: http://blogs.publico.es/vicenc-navarro/2015/09/30/analisis-de-las-elecciones-que-ha-pasado-en-catalunya/

Fuente: http://ccaa.elpais.com/ccaa/2014/10/17/catalunya/1413566366_587705.html

Cataluña jamás será independiente

BARCELONA | 12 DE SEPTIEMBRE DE 2015

Alfons López Tena (Sagunt, 1957), notario, militó en CiU en el periodo 1989-2010 --fue, junto a David Madí, el único miembro del Consell Nacional del partido que se autodefinía como independentista--. A propuesta de CiU, fue vocal del Consejo General del Poder Judicial ente 2001 y 2008. Autor del libro Catalunya sota Espanya. L'opresió nacional en democràcia (2007), fue uno de los animadores y organizadores de las consultas municipalistas por la independencia, una serie de votaciones en las que centenares de ayuntamientos participaron desde 2009 hasta 2011. En 2010 crea, junto a Joan Laporta, expresidente del FC Barcelona, y Uriel Beltran, el partido independentista Solidaridad Catalana per la Independència, con el que accede como diputado al Parlament de Catalunya en su novena legislatura --2010-2012--. Hoy es un partido extraparlamentario, en el que López Tena ha abandonado responsabilidades y militancia. La razón: no cree que en la sociedad catalana haya un debate serio por la independencia, con pretensiones reales de crear un Estado independiente. Ni siquiera, ahora, en estas elecciones que se presentan como plebiscitarias. "No va a pasar nada”, dice. ¿Pruebas? “La Bolsa no ha bajado, la Monarquía no está preocupada, y PP, PSOE y C's no han hecho una lista común. No hay nada por lo que preocuparse. Esto será lo de siempre". En esta entrevista habla sobre la verosimilitud, el alcance y la lógica del Procés Català, desde que fue adoptado por la Generalitat como política gubernamental.

El Procés Català tiene dos tramos. Uno popular, ciudadano, y otro, posterior, gubernamental, iniciado cuando el Govern de la Generalitat asume la propuesta inicial de una consulta ciudadana. ¿Cómo se incorpora usted al proceso inicial nacido tras la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el nuevo Estado?

Mi trayectoria viene de antes, y cambia a mi paso por el Consejo General del Poder Judicial. Allí comprobé que los planteamientos del catalanismo de conseguir mayor poder y competencias dentro de España estaban abocados al fracaso. A partir de entonces es cuando me dediqué a una serie de actividades, tendentes a substituir y liquidar el catalanismo, para convertirlo en un movimiento a favor de la independencia. Sería 2006 o 2007, una cosa así.

¿Y qué trayecto recorre este movimiento ciudadano hasta el 2012?

La primera cuestión era cambiar el planteamiento. Es decir, conseguir una hegemonía intelectual. Esto se ha conseguido. El hecho de que en España no haya nada que hacer, y que por lo tanto el único objetivo factible y que resuelve las cuestiones es la independencia, es algo ya extendido en Cataluña. Eso se consiguió en muy poco tiempo. Caló profundamente y hubo un movimiento popular no controlado por los partidos políticos del Régimen ni, por tanto, por los autonomistas, ni por los catalanistas, que explosionó construyendo referéndums sobre la independencia en toda Cataluña. Las instituciones españolas como las catalanas, como los partidos, tanto los españoles como los catalanes, e incluyo aquí tanto a Convergència como a Esquerra, lo bloqueaban, con el argumento de "no se puede", o “no nos dejan”, exactamente igual que dicen ahora. La decisión fue, entonces, la de organizarlo por nuestra cuenta. Y organizarlo al margen de las instituciones y con plena legalidad. Esto se extendió por toda Cataluña. Es en ese momento cuando empezó “el imperio contraataca”. Es decir, a partir de ahí es cuando Convergència y Esquerra ven que pueden ser desbordadas, y ante eso lo que hacen es convertir el independentismo en un movimiento folclórico, sin objetivos políticos, sin finalidades políticas, y basado en una especie de terapia de autoayuda, en que la gente se encuentre feliz y contenta, que es la fase en la que están, a efectos de conseguir votos y seguir como siempre. Es la queja respecto a Madrid: “No nos dejan”, “son muy malos”, el victimismo de siempre, que produce los votos suficientes para controlar los presupuestos y los nombramientos de cargos que da una autonomía, o que dan unos ayuntamientos. Es decir, estamos en el catalanismo de siempre, el catalanismo de Macià, el catalanismo de Companys, el catalanismo de Cambó, el catalanismo de Prat de la Riba, el catalanismo de Pujol. Estamos en una continuación de algo que sigue siendo lo mismo, una suerte de Partido Regionalista Cántabro.

CDC Y ESQUERRA HAN CONVERTIDO EL INDEPENDENTISMO EN UN MOVIMIENTO FOLCLÓRICO, SIN OBJETIVOS POLÍTICOS, SIN FINALIDADES POLÍTICAS, Y BASADO EN UNA ESPECIE DE TERAPIA DE AUTOAYUDA, EN QUE LA GENTE SE ENCUENTRE FELIZ Y CONTENTA, A EFECTOS DE CONSEGUIR VOTOS Y SEGUIR COMO SIEMPRE. ES LA QUEJA RESPECTO A MADRID: “NO NOS DEJAN”, “SON MUY MALOS”, EL VICTIMISMO DE SIEMPRE.

Entonces, a partir de lo que usted señala, ¿debemos entender que el proceso, en su tramo gubernamental, no ha existido?

Sí que existe. Lo que existe es un comunitarismo kumbayá [canción de acampada y boy-scouts], que es un bucle. Un bucle que consiste, permanentemente, en estar prometiendo lo mismo y no cumpliéndolo. La cuestión  de fondo es la siguiente: ¿cuál es la ideología del catalanismo, en definitiva? ¿En qué consiste el catalanismo desde su nacimiento hasta nuestros días? ¿Y en qué consisten sus proyectos y objetivos políticos? Para no hacerlo muy largo, en tanto que su revista no es de ciencia política, yo diría que consiste en una especie de comunitarismo, que su avatar más moderno es una especie de compromiso histórico entre Montserrat y el PSUC. Es aquello que hace que se puedan abrazar Artur Mas (CDC) y David Fernández (CUP), porque comparten la misma ideología y la misma concepción del mundo. Un comunitarismo basado en nada de disidencia, nada de pensamiento, nada de crítica, sino todos juntos. Lo que importa es que estemos juntos para no hacer nada, para no conseguir nada. Simplemente para estar juntos, para resistir y decirnos a nosotros mismos que somos los mejores. A partir de ahí el proceso ¿en qué consiste? En eso.
No obstante, la prensa española informa que se vive un desafío a la legalidad, y la prensa catalana informa de unos pasos sorprendentes e inapelables hacia un nuevo marco político...
Naturalmente. Porque ambos se retroalimentan. Sucede eso también con los partidos españoles y con la propia ideología española, de la que no estamos hablando, por otra parte. Aquello que constituye la ideología de constitución del Estado y de la nación española. Se retroalimentan, porque a los unos les interesa decir que existe y por tanto votadnos para que siga existiendo, no para conseguir nada sino para que siga existiendo, y a los otros, a la parte española les interesa decir quiero un gran desafío, votadnos, que somos los que lo paramos, lo pararemos, e impediremos la ruptura de España. Es decir, en ambas partes, para poder jugar a ser san Jorge, se necesita un dragón. Para España el dragón es el Procés, y para los procesistas el dragón es España. Ambos tienen un dragón y ambos se necesitan.
La primera emisión del Procés gubernamental finalizó como el rosario de la aurora, tras una consulta simbólica. ¿Cómo se explica que esto no suscitara ningún tipo de resquemor, de crítica en una sociedad que quería verdadéramente un cambio?

Porque no se quiere ningún resultado, no se pretende ningún resultado. Se está refiriendo usted supongo a la patochada aquella del proceso participativo. Hace tres años hay unos partidos que se presentan a las elecciones, en las que yo estaba en ese momento en mi partido, Solidaritat, diciendo que la independencia se hace como se hacen las independencias: de una manera unilateral y, por lo tanto, con confrontación. Jamás habrá acuerdo con España, en fin, para conseguir la independencia. Frente a eso, hay otros partidos --Convergència, Esquerra y CUP-- que se presentaron diciendo: la independencia se puede conseguir con el diálogo, con el acuerdo, con la sonrisa y con el amor. ¿Cuál era la propuesta de estos partidos? Que construirían estructuras de Estado, que harían un referéndum a años vista. ¿Qué es lo que en la práctica han hecho? Una tercera vía, de la que nunca se habla explícitamente: repartirse cargos, presupuestos, cuentas. ¿Qué es lo que ha ocurrido en estos tres años? No han hecho ninguna estructura de Estado, como es normal, porque es imposible. Es decir, no puedes tener estructuras de Estado si no eres Estado. No hicieron un referéndum y lo convirtieron en una fiesta kumbayá, de la cual no surge ningún resultado. Pero es que la cuestión de fondo es que la gente no quiere resultados. Es decir, los catalanes que se remiten a esto no quieren resultados, quieren sentirse satisfechos, quieren sentirse los buenos, y quieren por lo tanto ser permanentemente frustrados por España, para así poder decir: somos los mejores. Por eso no reaccionan ante un engaño tan manifiesto como aquel. Por eso ahora están movilizados para volver a votar lo mismo. Con las mismas promesas. Porque les vuelven a prometer exactamente lo mismo. Que construirán estructuras de Estado, y que ahora prepararán una Constitución dentro de España y que harán un referéndum dentro de España para aprobar esa Constitución.

¿Dentro de España?

Sí, dentro de España. Sin una independencia previa. Mire el programa. Es lo que proponen. Lo han hecho público. Tanto la coalición Convergència-Esquerra, como la CUP. Proponen exactamente lo mismo, es decir lo mismo que hace tres años, y llegarán al mismo resultado, a la nada. Porque basta con que España diga que no, que dirá que no, y ante ahí es el bucle perpetuo. Pero es el mismo bucle en el que estuvieron antes ciento y pico años para conseguir la autonomía. Exactamente el mismo.

¿El final de este episodio puede ser una reforma constitucional española, que admita cierta plurinacionalidad, y cierto, y poco sexy, federalismo?.

No. ¿Para qué? España les tiene tomada la medida. ¿Para qué? España solamente ha hecho concesiones, que fueron una autonomía de chicha y nabo, en el año 31, con el cambio de régimen. Y otra autonomía de chicha y nabo en el año 75-76, con el cambio de régimen. Eso es todo. Por lo tanto, para qué tienen que hacer ninguna concesión, si saben de sobra que esto es de risa, que esto va de broma. Y que lo único que se trata es de vez en cuando hacer una movilización, una especie de procesión también kumbayá, con la base de la alegría y de la fiesta. Es como si me dijeras que ahora va a hacerse una reforma de la Constitución española porque se hace una procesión en los pueblos el día de la santa patrona o del santo patrón. Y que por tanto se ha de declarar España confesional, católica, porque esas procesiones indican que hay una gran demanda política de confesionalismo. Es lo mismo. Esto viene de antiguo. El hecho de acabar con las concesiones, las transferencias, etcétera, etcétera, sucedió con Felipe González, no con Aznar. Aznar hizo las mínimas para la investidura, de chicha y nabo, y desde entonces no ha habido absolutamente nada más. Ni con Zapatero, ni con Rajoy, ni por la parte catalana, ni con un tripartito de izquierdas, ni con el PSC, ni con Convergència, ni con el proceso, ni con nada. Porque no es necesario. No es necesario porque ya se han dado cuenta de una cosa hace tiempo. Y eso es lo que yo vi en Madrid. Eso es lo que vi en el Consejo General del Poder Judicial. Por eso pensé que había que cambiar. Se han dado cuenta de una cosa: que los catalanes están encantados con no conseguir nada porque eso los reafirma, que eso es lo bueno.
En ocasiones, ha soltado alguna interpretación de todo ello relacionada con el psicoanálisis.
Di una conferencia una vez, una mesa redonda, en realidad, hace un par de años, en Girona. No obstante, no es tanto de psicoanálisis como una cuestión de análisis político, si tomamos una línea digamos moderna. Muy basada en Zizek, en Laclau, en este tipo de planteamientos. Que sí que beben mucho de planteamientos lacanianos.

¿Defiende, por tanto, que esto no es tanto una lucha por un cambio, como una lucha por tener razón?

No, es una lucha por tener la satisfacción de ser los buenos. La razón ya se la dan a sí mismos. Yo creo que tienen la razón, por otra parte, en el sentido de que la independencia es necesaria. Pero la diferencia es que no están dispuestos a hacer nada para conseguirla. Lo que quieren es sentirse permanentemente frustrados, porque así tienen la satisfacción de ser los buenos. Es un narcisismo ante el padre castrador. Y por tanto es un narcisismo que requiere de padre castrador, que le manda el padre castrador y que desea el padre castrador.

Y la castración.

Sí. Por eso, mire estos últimos años, no han recibido más que palos. Y a cada palo cada vez más contentos.

Esta segunda edición del proceso se inicia con una Convergència y una Esquerra unidas. ¿Son una misma cultura? ¿Esto puede ser duradero? ¿Qué es? ¿Es una Gran Coalición?

Son la misma cultura, la cultura del catalanismo. Por eso, en honor a la verdad, acaban decidiendo lo mismo, acaban haciendo lo mismo y acaban abrazándose. Porque son exactamente lo mismo, de la misma manera que podrías decir que los partidos españoles responden a una cultura política conjunta. Después de eso ya vendrá la lucha interna por la hegemonía, y por los cargos, y por la pasta, por decirlo de una manera menos fina y menos elegante que la hegemonía. Y ahí sí. Pero, claro, cuando esa hegemonía, o esos cargos y esa pasta, están en riesgo, es cuando se abrazan como si fueran boxeadores sonados que se sostienen en el ring abrazándose. Que es lo que han hecho ahora Convergència y Esquerra. Porque mire un pequeño detalle que no se está percibiendo. Convergència y Esquerra siempre habían tenido, desde el año 84, mayoría absoluta en el Parlamento de Cataluña. En estas elecciones por primera vez la perderán. Si se hubieran presentado por separado también la perdían. Simplemente es que, ante una situación de pérdida de apoyos y de votos, lo que han hecho ha sido ir juntos para disimularlo. Los dos. Porque la pérdida era de los dos y el disimulo es de los dos. Y los dos juntos tendrán menos que lo que han tenido en los últimos 31 años.

¿Cómo se ha organizado la asignación de puestos en la lista?

Como siempre, a dedo. ¿Y cómo se ha hecho la asignación de puestos en la lista de la CUP? Exactamente igual, a dedo. Se reúnen unos cuantos en una habitación y en esa habitación deciden pues tú el primero, tú el segundo, tú el tercero, tú el cuarto, tú el quinto. Hoy la Ley Electoral obliga a que haya unas mujeres allí, una cosa rara, unas mujeres, un momentito, que vamos a ponerlas, y ya está. Y luego eso, en el caso tradicional se sometía a una ratificación. Eso es lo que hacían antes Convergència, Esquerra y han hecho ahora las CUP. Y en el caso de la lista de Convergència y Esquerra, ni siquiera. ¿Cómo se hacen las listas electorales? Mira la de la CUP cómo ha sido. ¿Por qué está el señor Baños de número uno? ¿Y el número dos, y el número tres? ¿De dónde han salido? De una decisión de la dirección, que decidió: tú uno, tú dos, tú tres. Y ante eso ya, a las bases se les somete. ¿Estáis de acuerdo con esto, sí o no? El 80, 90 o 99% votan que sí, y marchando, como siempre. Ahora ya, si entramos en los detallitos de por qué éste... Pues porque este le dijo al otro no se qué. Pero, en fin, no tiene mayor historia.

No obstante, es extrañísimo que el candidato presidencial sea el número cuatro. ¿Esto tiene algún tipo de precedente o ilustra alguna idiosincrasia local?

Esto responde a una cosa. En esta pequeña lucha, como decía, por los cargos y por la pasta pública, entre Convergència y Esquerra, Esquerra llevaba un año resistiéndose al hecho de ir en coalición con Convergència porque podía superar a Convergència. Pero esto se rompe en una famosa reunión entre CDC, Esquerra, Òmnium y ANC (Assemblea Nacional de Catalunya), en la cual Junqueras hace rendición incondicional. Luego Junqueras ha ido llorando por las esquinas, como le caracteriza, diciendo que es que no pudo resistir la presión de Convergència. Y cabe ahí un paréntesis, quien no es capaz de resistir la presión de Convergència, ¿será capaz de resistir la presión de España? Cerremos paréntesis. Entonces, al no resistir la presión de Convergència, y tener que darle a todo esto una apariencia de movimiento popular, algo que no es más que una coalición electoral de toda la vida, ahí vino primero la búsqueda de quién sería el número uno. Hicieron ofertas a varios.

¿A quién, por ejemplo?

Pues, mira, que yo sepa, a Josep Carreras, a Carles Viver Pi-Sunyer, o a alguno más estrambótico, que ahora no recuerdo, del estilo de Lluís Llach, cabeza de lista por Girona, del tipo ponga un famoso en su mesa. Todos estos fueron diciendo que no, por razones y motivos diversos, y entonces al final pues quedó Raúl Romeva. Luego, estaba claro, por imperativo legal, que tenía que haber dos mujeres, con lo cual ya las tenían, que eran las de ANC y Òmnium, que tan fielmente se habían sometido a todos los mandatos y estrategias que Mas había ordenado en los últimos cuatro años. Y de cara a esto, tanto le daba a Mas ir de número dos, teniendo en cuenta que no podía ir de número uno. Claro, aquí igual hay otro elemento, que usted conoce, pero que en España no suelen conocerlo, y es que en Cataluña esto de hacer oposición es de mal gusto y no se puede hacer. Por lo mismo, ganar también es feo. Con lo cual, quien gana, lo tiene que disimular. Hay que ser humilde, hay que ser modesto y tal. Por todo eso, Mas va de número cuatro. Forma parte de esa cultura kumbayá, en la cual los valores son los valores de los perdedores. Por eso jamás ganan la independencia, y por eso jamás harán un Estado independiente. Son valores de perdedores. Son los valores de la modestia, la humildad, la sencillez.

¿Valores protestantes?

No. Son valores franciscanos. En absoluto son valores protestantes. Ni siquiera son valores católicos. Son valores franciscanos. Por eso alguien había definido con mucho acierto a la CUP como el avatar franciscano del pujolismo.

Bueno, la última. ¿Ha abandonado el independentismo, si no estoy equivocado, o su militancia en él?

No. He abandonado Cataluña. Y no, no milito. He abandonado la militancia, pero es un abandono mucho más profundo. Los catalanes jamás conseguirán estos objetivos. Yo por eso no tengo nada que ver con esa mentalidad, con esa manera de hacer las cosas. Me resulta repugnante. Una Cataluña y unos catalanes como una provincia española, que se dedica a permanecer, no me interesa. Me interesa como un Estado. Y me interesa para conseguir un Estado independiente. Un Estado que es poder. No una cultura kumbayá de manifestaciones y procesiones. Y por lo tanto lo que he hecho ha sido dejar la vida pública catalana, no la vida política, sino cualquier tipo de actividad pública en la nación catalana. No me interesa. Lo que he dejado ha sido Cataluña.

ME RESULTA REPUGNANTE. UNA CATALUÑA Y UNOS CATALANES COMO UNA PROVINCIA ESPAÑOLA, QUE SE DEDICA A PERMANECER, NO ME INTERESA. ME INTERESA COMO UN ESTADO. Y ME INTERESA PARA CONSEGUIR UN ESTADO INDEPENDIENTE. UN ESTADO QUE ES PODER. NO UNA CULTURA KUMBAYÁ DE MANIFESTACIONES Y PROCESIONES

¿Cree que esto será eterno? Este proceso de procesiones…

Sí, mientras dure el catalanismo. El catalanismo es eso.

Y ¿no le ve final?

No, el catalanismo es eso. Llevan más de un siglo haciendo eso, y seguirán haciéndolo. Luego habrá comportamientos electorales diferentes. Vamos a ver, salvo que pase algo. Pero una situación de una cierta estabilidad, un marco europeo, una democracia de baja calidad, lo que es España, y tal y cual, eso dura indefinidamente. Si lo que ocurre ya es un cambio de Régimen, una guerra y cosas de ese estilo, pues eso reparte de nuevo las cartas.

¿Una invasión de zombis?

Sí, una invasión de los ultracuerpos, cosas así. Bueno, había una frase de estas de las que se suele decir por aquí: nunca hay un viento favorable si no se sabe adónde se quiere ir. Y es lo que les pasa a estos. ¿Qué han hecho a lo largo del Procés? Con muchísimo menos se han hecho independencias en otros países de Europa y del mundo. ¿Qué es lo que hicieron cuando se hundió el Régimen de la Restauración y cuando el Rey salió huyendo? ¿La independencia? No. Para nada. Una autonomía de chicha y nabo. ¿Qué es lo que hicieron en el año 36 cuando el poder estaba en la calle? ¿La independencia? Nada en absoluto. ¿Qué es lo que hicieron en el 75 o 76? ¿La independencia, como lo que hicieron en la Unión Soviética? En absoluto. Y, ¿por qué? Porque desean España, quieren España. Y desean España porque es lo que les justifica, lo que les alimenta y lo que les da satisfacción moral.  Y por lo tanto seguirán siéndolo siempre. Quieren serlo.

Fuente: http://ctxt.es/es/20150909/Politica/2187/Catalu%C3%B1a-Lopez-Tena-Mas-independencia-Catalu%C3%B1a-Espa%C3%B1a-Catalu%C3%B1a-%C2%BFChoque-frontal-o-cortina-de-humo.htm





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