lunes, 26 de enero de 2015

La comunidad túrquica judía: los caraítas

Dentro del mundo túrquico sin duda uno de los grupos más sorprendentes y enigmáticos son los caraítas o karaim. Se trata de un grupo étnico repartido en pequeñas comunidades a lo largo y ancho del mundo cuya identidad colectiva se fundamenta en su fe religiosa. Efectivamente el caraísmo es una rama del judaísmo, que a grandes rasgos se basa en el valor preponderante que conceden a las Escrituras (el Tanaj o Antiguo Testamento), frente a la corriente mayoritaria del judaísmo, la rabínica, que incorpora los preceptos del Talmud, la tradición oral.

De hecho, la palabra “caraíta” proviene del verbo qara ‘leer’ (de la misma raíz semítica de la que deriva la palabra “Corán”), es decir, ya el propio etnónimo es un reconocimiento de la autoridad de la Ley Escrita. Los templos donde se reúnen los caraítas no se denominan sinagogas, sino “kenesas”.

Todo esto no tendría mucho interés en un blog como este, si no fuera porque una buena parte de quienes profesan esta fe hablan una lengua túrquica: el caraíta, o karaim. Sus asentamientos tradicionales están en la península de Crimea, en Lituania y en Polonia.

No se sabe en qué momento se produjo la turquización de los caraítas, de hecho su origen mismo es bastante oscuro. Básicamente lo que no se ha logrado saber es si los actuales caraítas son descendientes de judíos que adoptaron la lengua turca o descendientes de turcos que adoptaron la religión judía. Los propios caraítas se reclaman herederos del reino jázaro, un reino túrquico medieval radicado en las estepas del norte del Cáucaso cuyos gobernantes se convirtieron al judaísmo presumiblemente en algún momento entre los siglos VIII y IX. Como rasgo significativo de su antigua turquicidad baste recordar que entre ellos es frecuente llamar a Dios con el nombre túrquico de Tengri o Tanrı, en lugar del más común Yahvé.

Sabemos que ya en el s.XIII los caraítas formaban una comunidad de cierta importancia en la península de Crimea, a orillas del mar Negro. Uno de sus centros principales en época medieval era Çufut Kale (literalmente “fortaleza judía”).

En 1397, en el transcurso de su guerra en Crimea, el gran duque Vitautas (el mismo que encargó el primer plano de Constantinopla), invitó a 483 familias caraítas a instalarse en Lituania, en concreto en una zona a lo largo de la frontera de su dominio con el de los Caballeros Teutones. Era una franja estratégica que el gran duque pretendía repoblar como colchón defensivo frente a sus enemigos germánicos, y aún hoy viven en ella comunidades caraítas.



Los caraítas de Ucrania, Polonia y Lituania se han dedicado tradicionalmente a la agricultura y la ganadería, a la trata de caballos, y en ocasiones especiales, debido a su dominio de la lengua turca, eran encargados de llevar a cabo el pago de rescates para liberar a prisioneros en manos otomanas.

En los siglos XVI y XVII los caraítas despertaron la curiosidad de numerosos teólogos protestantes, quienes se veían en cierto modo reflejados en su concepción del judaísmo, enfrentada a una tradición rabínica en la que percibían analogías con la Iglesia Católica.

En el s.XVIII numerosas comunidades caraítas comenzaron a distanciarse públicamente de sus orígenes judíos, sobre todo tras la conquista rusa de Crimea. Fundamentalmente trataban de impedir que se les aplicase la legislación restrictiva que en materia de propiedad e impuestos imperaba sobre los súbditos judíos. Alegaban que sus ancestros llevaban en Crimea desde el s.VI, donde habían sido enviados tras la conquista de Israel por parte del rey Senaquerib de Asiria. También alegaban que no se encontraban en Palestina en el momento de la crucifixión de Jesús. La administración rusa transigió con sus peticiones y desde 1795 los caraítas de Crimea dejaron de ser judíos a efectos legales.

Durante la Segunda Guerra Mundial los caraítas fueron excluidos de la política nazi de exterminio de los judíos. Los nazis no los veían como hebreos, sino como un pueblo túrquico más, similares a los tártaros, de modo que fueron objeto del mismo trato que otras poblaciones no eslavas de la Unión Soviética, a quienes al final de la guerra los nazis trataban de volver en contra de la mayoría rusa.

Desgraciadamente se ha sabido que en 1944 había un número nada desdeñable de caraítas sirviendo en la Wehrmacht y en las Waffen-SS, de modo que se confirma la trágica paradoja que supone la existencia de judíos combatiendo codo a codo con los nazis.

Hoy, en el siglo XXI, perviven poblaciones caraítas no sólo en Crimea, sino también en localidades que actualmente pertenecen a Lituania, Polonia y Ucrania, es decir, los descendientes de las 483 familias invitadas por el duque Vitautas. Entre estas, las comunidades más importantes se encuentran en Halych (Ucrania) y sobre todo en Trakai (Lituania), donde existe un barrio caraíta, una kenesa muy bien conservada y un museo sobre el pueblo karaim. Las casas del barrio caraíta tienen una arquitectura muy particular, con tres ventanas en la fachada que da a la calle, que según la tradición corresponden, respectivamente, a Dios, a la familia que vive en esa casa, y al gran duque Vitautas.


El respeto por la comunidad es tal que cuando dos personas se cruzan en la calle del barrio caraíta, es costumbre saludarse en caraíta, aunque ninguno de los dos sea hablante de la lengua.

Si bien su número es extremadamente reducido (la población más importante, la lituana, no llega a 400 personas) los caraítas han mantenido su lengua túrquica a lo largo de los siglos, en parte gracias a su uso en la liturgia.

De hecho al parecer ya hubo traducciones de la Biblia a su lengua en el s.X, textos que se han ido transmitiendo de generación en generación, y gracias a los cuales la lengua caraíta  presenta muchos rasgos arcaicos, algo similar a lo que sucede con el ladino de los sefarditas o el yiddish. Según muchos estudiosos, la actual lengua caraíta, que será objeto de una entrada en este blog, es básicamente la misma que la que se puede leer en el Codex Cumanicus, un texto túrquico para uso de misioneros católicos cuya composición se remonta al s.XIII.


Aparte de sus asentamientos tradicionales en Crimea y Lituania, ha habido comunidades caraítas esparcidas por numerosos lugares de todo el mundo: Kiev, Moscú, Varsovia, París, Berlín, Jerusalén, El Cairo, Estados Unidos, incluso en España hay atestiguada la presencia de caraítas en el s.XII, aunque sospecho que no se trataba de caraítas de lengua túrquica.

Los caraítas de Estambul

Los primeros caraítas pudieron haber llegado como misioneros a la antigua Constantinopla alrededor del s.X. De hecho, paradójicamente, su lengua litúrgica tradicional no era el caraíta, sino el griego. En el s.XII Benjamín de Tudela cuenta unos 500 caraítas en la ciudad, frente a unos 2000 rabinitas, todos ellos instalados en Pera, y antes de 1453 se estima en siete el número de kenesas en la ciudad. Con la conquista de la ciudad por parte de los turcos numerosos caraítas de la vecina ciudad de Edirne emigraron a la nueva capital, lo que fue el comienzo de una nueva edad dorada para la comunidad. En esa época sobresale la figura del humanista Caleb Afendopolo, un intelectual considerado un mediador entre la comunidad caraíta y la sefardita.

El lugar de asentamiento tradicional de los caraítas, por lo menos en los últimos siglos, es el barrio de Hasköy, donde había también una importante comunidad de judíos sefarditas. En este barrio, próxima a varias sinagogas, se encuentra la única kenesa de la ciudad que sigue en pie. Se trata de un edificio muy humilde, construido en fecha desconocida. Fue restaurada en 1536, pero ardió totalmente en un incendio en 1774 y no volvió a ser reconstruida hasta el s.XIX. En 1908 un nuevo incendio supuso la marcha de la mayor parte de las familias caraítas del barrio.

Antiguamente también había habido comunidades y kenesas caraítas en otras partes de la ciudad: en los barrios de Fener, de Balat y Eminönü, en los terrenos que desde 1597 ocupa la Mezquita Nueva, así como en la parte baja de Gálata, en un barrio conocido como Karaköy, cuyo nombre puede provenir de los propios caraítas (“karayköy”, villa de los caraítas).

Los caraítas de la ciudad se dedicaban tradicionalmente a dos oficios: el comercio de tabaco y la joyería de perlas. Sus lazos con el resto de comunidades caraítas repartidas por el mundo eran estrechos. Durante mucho tiempo Estambul se convirtió en parada obligatoria en las peregrinaciones a Jerusalén y los caraítas locales acogían en sus casas a los peregrinos extranjeros. Muchos de ellos, como Samuel David Bar en el s.XVII, dejaron por escrito vívidas descripciones de la vida de la comunidad.

La comunidad más próxima a Estambul, física y también espiritualmente, era la de Crimea. En no pocas ocasiones muchas familias acudían a Crimea en busca de jóvenes casaderas, que acababan llevando savia nueva a la pequeña comunidad del Bósforo. Los contactos se intensificaron en la Primera Guerra Mundial, cuando muchos caraítas emigraron a Estambul, donde acabaron instalándose definitivamente.



Ya en 1955, el intelectual caraíta Simon Szyszman (Simon Şişman) visitó la comunidad caraíta de Estambul y constató, entristecido, su descomposición. Tuvo noticia de varios cementerios caraítas abandonados en la ciudad y alrededores, uno de ellos en Küçükçekmece, antigua localidad, hoy barrio de la ciudad, donde antaño había habido una comunidad caraíta. También conoció los estragos que había causado el incendio de 1908, la pérdida de manuscritos iluminados, de documentos de valor incalculable, de títulos de propiedad y otros tesoros. Concluía con pesar que

No es una exageración decir que desde el punto de vista cultural, la comunidad [caraita] de Estambul es completamente estéril. […]Miserable heredera del otrora brillante grupo de caraítas de Asia Menor y los Balcanes, hoy está muerta espiritualmente.

Sesenta años más tarde, las estimaciones más favorables cifran en menos de cien el número de caraítas de Estambul, entre los cuales la persona más joven ronda los cincuenta años. Con todo, la pequeña kenesa de Hasköy se sigue abriendo en algunas fechas señaladas, y aunque sea de forma testimonial, continúan los contactos con otras comunidades repartidas por el mundo. Es de esperar que algún día las autoridades de Estambul rindan homenaje, acaso en forma de museo, a esta antiquísima y humilde congregación que durante tantos siglos aportó un color más al ya de por sí polícromo paisaje religioso de la ciudad.

Fuente: https://turquistan.wordpress.com/2011/12/02/los-caraitas/


Rasputin - Boney M:


viernes, 2 de enero de 2015

El liberalismo progresista, la posmodernidad y la crisis de la izquierda

Introducción "En defensa de la intolerancia" de Slavoj Zizek

La prensa liberal (y amplios sectores de la izquierda) nos bombardea a diario con la idea de que el mayor peligro de nuestra época es el fundamentalismo intolerante (étnico, religioso, sexista...), y que el único modo de resistir y poder derrotarlo consistiría en asumir una posición multicultural. Pero, ¿es realmente así? ¿Y si la forma habitual en que se manifiesta la tolerancia multicultural no fuese, en última instancia, tan inocente como se nos quiere hacer creer, por cuanto, tácitamente, acepta la despolitización de la economía? Esta forma hegemónica del multiculturalismo se basa en la tesis de que vivimos en un universo post-ideológico, en el que habríamos superado esos viejos conflictos entre izquierda y derecha, que tantos problemas causaron, y en el que las batallas más importantes serían aquellas que se libran por conseguir el reconocimiento de los diversos estilos de vida. Pero, ¿y si este multiculturalismo despolitizado fuese precisamente la ideología del actual capitalismo global? De ahí que crea necesario, en nuestros días, suministrar una buena dosis de intolerancia, aunque sólo sea con el propósito de suscitar esa pasión política que alimenta la discordia. Quizás, ha llegado el momento de criticar desde la izquierda esa actitud dominante, ese multiculturalismo, y apostar por la defensa de una renovada politización de la economía.

Fragmento del capítulo "Por una suspensión de izquierdas de la ley" del mismo libro 

El planteamiento "tolerante" del multiculturalista elude, por tanto, la pregunta decisiva: ¿cómo reinventar el espacio político en las actuales condiciones de globalización? Politizar las distintas luchas particulares dejando intacto el proceso global del Capital, resulta sin duda insuficiente. Esto significa que deberíamos rechazar la oposición que, en el actual marco de la democracia capitalista liberal, se erige como eje principal de la batalla ideológica: la tensión entre la "abierta" y post-ideo-lógica tolerancia universalista liberal y los "nuevos fundamentalismos" particularistas. En clara oposición al Centro liberal, que presume de neutro, post-ideológico y defensor del imperio de la ley, deberíamos retomar esa vieja idea de izquierdas que sostiene la necesidad de suspender el espacio neutral de la ley.

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Si la heterosexualidad en cuanto norma representa el Orden Global en función del cual cada sexo tiene su sitio asignado, las reivindicaciones queer no son, simplemente, peticiones de reconocimiento de determinadas prácticas sexuales y estilos de vida en cuanto iguales a otros, sino que representan algo que sacude ese orden global y su lógica de jerarquización y exclusión. Precisamente por su "desajuste" respecto al orden existente, los queers representan la dimensión de lo universal (o, mejor dicho, pueden representarla, toda vez que la politización no pertenece de entrada a la posición social objetiva, sino que supone un acto previo de subjetivación). Judith Butler ha arremetido con fuerza contra la oposición abstracta y políticamente reductora entre lucha económica y lucha "simplemente cultural" de los queers por su reconocimiento. Lejos de ser "simplemente cultural", la forma social de la reproducción sexual está radicada en el centro mismo de las relaciones sociales de producción: la familia nuclear hetero-sexual es un componente clave y una condición esencial de las relaciones capitalistas de propiedad, intercambio, etc. De ahí que el modo en que la práctica política de los queers contesta y socava la normativizada heterosexualidad represente una amenaza potencial al modo de producción capitalista... Sin duda, habría que apoyar la acción política queer en la medida en que "metaforice" su lucha hasta llegar -de alcanzar sus objetivos- a minar el potencial mismo del capitalismo. El problema, sin embargo, está en que, con su continuada transformación hacia un régimen "postpolítico" tolerante y multicultural, el sistema capitalista es capaz de neutralizar las reivindicaciones queers, integrarlas como "estilos de vida". ¿No es acaso la historia del capitalismo una larga historia de cómo el contexto ideológico-político dominante fue dando cabida (limando el potencial subversivo) a los movimientos y reivindicaciones que parecían amenazar su misma supervivencia? Durante mucho tiempo, los defensores de la libertad sexual pensaron que la represión sexual monogámica era necesaria para asegurar la pervivencia del capitalismo; ahora sabemos que el capitalismo no sólo tolera sino que incluso promueve y aprovecha las formas "perversas" de sexualidad, por no hablar de su complaciente permisividad con los varios placeres del sexo. ¿Conocerán las reivindicaciones queers ese mismo fin?

Sin duda, hay que reconocer el importante impacto liberador de la politización postmoderna en ámbitos hasta entonces considerados apolíticos (feminismo, gays y lesbianas, ecología, cuestiones étnicas o de minorías autoproclamadas): el que estas cuestiones se perciban ahora como intrínsecamente políticas y hayan dado paso a nuevas formas de subjetivación política ha modificado completamente nuestro contexto político y cultural. No se trata, por tanto, de minusvalorar estos desarrollos para anteponerles alguna nueva versión del esencialismo económico; el problema radica en que la despolitización de la economía favorece a la derecha populista con su ideología de la mayoría moral y constituye el principal impedimento para que se realicen esas reivindicaciones (feministas, ecologistas, etc.) propias de las formas postmodernas de la subjetivación política. En definitiva, se trata de promover "el retorno a la primacía de la economía" pero no en perjuicio de las reivindicaciones planteadas por las formas postmodernas de politización, sino, precisamente, para crear las condiciones que permitan la realización más eficaz de esas reivindicaciones.


Fragmento del capítulo ¿Existe un eurocentrismo progresista? del mismo libro 

Resulta evidente la diferencia entre esta subjetivacion y el actual proliferar de "politicas identitarias" postmodemas que pretenden exactamente lo contrario, es decir, afirmar la identidad particular, el side de cada cual en la estructura social. La politica identitaria postmodema de los estilos de vida particulares (etnicos, sexuales, etc.) se adapta perfectamente a la idea de la sociedad despolitizada, de esa sociedad que "tiene en cuenta" a cada grupo y le confiere su propio status (de victima) en virtud de las discriminaciones positivas y de otras medidas ad hoc que habran de garantizar la justicia social.

Resulta mas significativo que esta justicia ofrecida a las minorías convertidas en victimas precise de un complejo aparato policial (que sirve para identificar a los grupos en cuestión, perseguir judicialmente al que viola las normas que les protegen ¿como definir juridicamente el acoso sexual o el insulto racista? etc.-, proveer el trato preferencial que compense la injusticia sufrida por esos grupos): lo que se celebra como "politica postmoderna" (tratar reivindicaciones especificas resolviendolas negociadamente en el contexto "racional" del orden global que asigna a cada parte el lugar que le corresponde), no es, en definitiva, sino la muerte de la verdadera politica.

Así, mientras parece que todos estamos de acuerdo en que el regimen capitalista global, post-politico, liberal-democratico, es el regimen del No-acontecimiento (del ultimo hombre, en terminos nietzscheanos), queda por saber donde buscar el Acontecimiento. La respuesta es evidente: mientras experimentemos nuestra postmoderna vida social como una vida "no-sustancial", el acontecimiento estará en los multiples retornos, apasionados y a menudo violentos, a las "raíces", a las distintas formas de la "sustancia" étnica o religiosa. que es la "sustancia" en la experiencia social? Es ese instante, emocionalmente violento, del "reconocimiento", cuando se toma conciencia de las propias "raíces", de la "verdadera pertenencia", ese momento en el que la distancia propia de la reflexión liberal resulta totalmente inoperante -de repente, vagando por el mundo, nos encontramos presos del deseo absoluto del "hogar" y todo lo demas, todas nuestras pequeñas preocupaciones cotidianas, deja de importar... En este punto, sin embargo, no se puede sino estar de acuerdo con Alain Badiou, cuando afirma que estos "retornos a la sustancia" demuestran ser impotentes ante al avance global del Capital: son, de hecho, sus intrinsecos soportes, el límite/condicion de su funcionamiento, porque, como hace años señaló Deleuze, la "desterritorializacion" capitalista va siempre acompañada del resurgir de las "reterritorializaciones" . Para decirlo con mayor precision, la ofensiva de la globalizacion capitalista provoca ineludiblemente una escisión en el ámbito de las identidades específicas.


Por un lado, está el llamado "fundamentalismo", cuya formula elemental es la Identidad del propio grupo, que implica la exclusion del Otro amenazante: Francia para los franceses (frente a los inmigrantes argelinos), Estados Unidos para los estadounidenses (frente a la invasion hispana), Eslovenia para los eslovenos (contra la excesiva presencia de "los del Sur", los inmigrantes de las antiguas republicas yugoslavas)... El comentario de Abraham Lincoln a proposito del espiritismo ("Diría que es algo que gusta al que ama ese tipo de cosas"), refleja muy bien el caracter tautologico del autoconfinamiento nacionalista, de ahi que sirva perfectamente para caracterizar a los nacionalistas, pero no sirva para referirse a los autenticos democratas radicales. No se puede decir del autentico compromiso democratico que es "algo que gusta a quien ama ese tipo de cosas".

Por otro lado, está la multicultural y postmodema "politica identitaria", que pretende la coexistencia en tolerancia de grupos con estilos de vida "hibridos" y en continua transformación, grupos divididos en infinitos subgrupos (mujeres hispanas, homosexuales negros, varones blancos enfermos de SIDA, madres lesbianas,..). Este continuo florecer de grupos y subgrupos con sus identidades híbridas, fluidas, mutables, reivindicando cada uno su estilo de vida/su propia cultura, esta incesante diversificación, solo es posible y pensable en el marco de la globalización capitalista y es precisamente así como la globalización capitalista incide sobre nuestro sentimiento de pertenencia étnica o comunitaria: el único vinculo que une a todos esos grupos es el vinculo del capital, siempre dispuesto a satisfacer las demandas especificas de cada grupo o subgrupo (turismo gay, música hispana...).

La oposición entre fundamentalismo y política identitaria pluralista, postmodema, no es, ademas, sino una impostura que esconde en el fondo una connivencia (una identidad especulativa, dicho en lenguaje hegeliano). Un multiculturalista puede perfectamente apreciar incluso la mas "fundamentalista" de las identidades étnicas, siempre y cuando se trate de la identidad de un Otro presuntamente autentico (por ejemplo. las tribus nativas de los Estados Unidos). Un grupo fundamentalista puede adoptar facilmente, en su funcionamiento social, las estrategias postmodemas de la política identitaria y presentarse como una minoria amenazada que tan sólo lucha por preservar su estilo de vida y su identidad cultural. La línea de demarcacion entre una politica identitaria multicultural y el fundamentalismo es, por tanto, puramente formal; a menudo, solo depende de la perspectiva desde la que se considere un movimiento de defensa de una identidad de grupo.

Bajo estas condiciones, el Acontecimiento que se reviste de "retomo a las raices" solo puede ser un semblante que encaja perfectamente en el movimiento circular del capitalismo o que (en el peor de los casos) conduce a una catástrofe como el nazismo. Nuestra actual constelacion ideologico-politica se
caracteriza porque este tipo de seudo-Acontecimientos son las únicas apariencias de Acontecimientos que parecen darse (solo el populismo de derechas manifiesta hoy una autentica pasión politica que consiste en aceptar la lucha, en aceptar abiertamente que, en la medida en que se pretende hablar desde un punto de vista universal, no cabe esperar complacer a todo el mundo, sino que habrá que marcar una division entre "nosotros y "ellos"). En este sentido, se ha podido constatar que, no obstante el rechazo que suscitan el estadonidense Buchanan, el frances Le Pen o el austriaco Haider, incluso la gente de izquierdas deja translucir cierto alivio ante la presencia de estos personajes: finalmente, en el reino de la aséptica gestión postpolítica de los asuntos públicos, aparece alguien que hace renacer una autentica pasión política por la división y el enfrentamiento, un verdadero empeño con las cuestiones politicas, aunque sea con modalidades deplorables y repugnantes... Nos encontramos asi cada vez mas encerrados en un espacio claustrofóbico, en el que solo podemos oscilar entre el no-Acontecimiento del suave discurrir del Nuevo Orden Mundial liberal-democratico del capitalismo global y los Acontecimientos fundamentalistas (el surgimiento de proto- fascismos locales, etc.), que vienen a perturbar por poco tiempo, las tranquilas aguas del océano capitalista -no sorprende, considerando las circunstancias, que Heidegger se equivocara y creyera que el seudo acontecimiento de la revolución nazi era el Acontecimiento.


Fragmento del capítulo "Es la economía política, estúpido" del mismo libro 

Si el problema de la post-politica (la "gestión de los asuntos sociales") está en que tiende a limitar cada vez mas las posibilidades del verdadero acto politico, esta limitación se debe directamente a la despolitizacion de la economia, a la idea generalizada de que el capital y los mecanismos del mercado son instrumentos/procedimientos neutros que hay que aprovechar. Se entiende entonces por que la actual post-política no consigue alcanzar la dimension verdaderamente politica de la universalidad: excluye sigilosamente de la politizacion la esfera de la economia. El ambito de las relaciones capitalistas del mercado global es el Otro Escenario de la llamada re-politizacion de la sociedad civil defendida por los partidarios de la "política identitaria" y de las formas postmodernas de politizacion: toda esa proliferacion de nuevas formas politicas en torno a cuestiones particulares (derechos de los gays, ecología, minorias etnicas...), toda esa incesante actividad de las identidades fluidas y mutables, de la construcción de múltiples coaliciones ad hoc, etc.: todo eso tiene algo de falso y se acaba pareciendo al neurótico obsesivo que habla sin parar y se agita continuamente precisamente para asegurarse que algo-lo que de verdad importa- no se manifieste, se quede quieto. De ahí que, en lugar de celebrar las nuevas libertades y responsabilidades hechas posibles por la "segunda modernidad", resulte mucho mas decisivo centrarse en lo que sigue siendo igual en toda esta fluida y global reflexividad, en lo que funciona como verdadero motor de este continuo fluir: la lógica
inexorable del capital. La presencia espectral del capital es la figura del gran Otro, que no solo sigue operando cuando se han desintegrado todas las manifestaciones tradicionales del simbólico gran Otro, sino que incluso provoca directamente esa desintegración: lejos de enfrentarse al abismo de su libertad, es decir, cargado con una responsabilidad que ninguna Tradición o Naturaleza puede aligerar, el sujeto de nuestros dias esta, quizás como nunca antes, atrapado en una compulsión inexorable que, de hecho, rige su vida.

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Deberiamos, por tanto, aplicar la vieja crítica marxista de la "reificación": imponer la "objetiva" y despolitizada logica economica sobre las supuestamente "superadas" formas de la pasion ideologica es la forma ideologica dominante en nuestros días, en la medida en que la ideologia es siempre auto-referencial, es decir, se define distanciándose de un Otro al que descalifica como "ideologico". Precisamente por esto, porque la economia despolitizada es la ignorada "fantasia fundamental" de la politica postmoderna, el acto verdaderamente politico, necesariamente, supondria re-politizar la economia: dentro de una determinada situacion, un gesto llega a ser un ACTO solo en la medida en que trastoca ("atraviesa") la fantasia fundamental de esa situacion.


Fragmento del capítulo El tamagochi como objeto interpasivo del mismo libro 

Resulta muy sencillo ver como esta noción de interpasividad esta relacionada con la actual situación global. El ámbito de las relaciones capitalistas de mercado constituye la Otra Escena de la supuesta repolitizacion de la sociedad civil defendida por los partidarios de las "politicas identitarias" y de otras formas postmodemas de politizacion: todo ese discurso sobre esas nuevas formas de la política que surgen por doquier en torno a cuestiones particulares (derechos de los homosexuales, ecologia, minorias étnicas...), toda esa incesante actividad de las identidades fluidas, oscilantes, de las múltiples coaliclones ad hoc en continua reelaboracion, etc., todo eso tiene algo de profundamente inautentico y nos remite, en definitiva, al neurótico obsesivo que bien habla sin cesar bien esta en permanente actividad, precisamente con el propósito de asegurarse de que algo -lo que importa de verdad- no sea molestado y siga inmutable. El principal problema de la actual post-política, en definitiva, es que es fundamentalmente interpasiva.




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Marta Hannecker. La izquierda en el umbral del siglo XXI, http://www.rebelion.org/docs/95166.pdf Crisis Orgánica e Instrumento político adecuado a los nuevos desafíos que transcurre desde la página 248 a la 298

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LOS que no han leído a Hobbes identifican, automáticamente, a Leviatán con el monarca absoluto. Pero los lectores de Hobbes saben que éste, ateniéndose a la tipología clásica, afirma que el gobierno absoluto puede recaer, igualmente, en una aristocracia o en una asamblea compuesta por el conjunto de los ciudadanos. O sea, en una democracia. Yerran quienes confunden el principio democrático con el respeto de la libertad. La especie «democracia» versa sobre el origen del poder legítimo, no sobre las garantías individuales. ¿Por qué les digo esto? Por un escrúpulo, o mejor, un pasmo que me ha sobrevenido tras leer la increíble entrevista que Paolo Flores D´Arcais, coeditor de la revista «Micromega», ha celebrado hace tres meses con Rodríguez Zapatero. Se puede acceder a una versión íntegra de la entrevista en el número de abril de «Claves de la Razón Práctica».

Aunque el documento no tiene desperdicio, y debiera ser consultado por todo zapatólogo que se precie, lo verdaderamente mollar del diálogo procede, no de nuestro presidente, que escucha más de lo que habla, sino de D´Arcais, un hombre vanidoso e incauto, y por lo mismo, maravillosamente revelador del desarreglo en que ha ingresado cierta izquierda. Ahora, átense los cinturones, porque la más vertiginosa montaña rusa del mayor parque de atracciones que hayan conocido los tiempos es nada al lado de lo que van a ver.

Llevemos el asunto por sus pasos. D´Arcais exalta el matrimonio homosexual como un logro de dimensiones históricas. Y sostiene otras dos tesis, una negativa y otra positiva. La tesis negativa es que el derecho natural constituye una antigualla ridícula, que la Iglesia católica cultiva con propósitos esencialmente demagógicos.

La tesis positiva es que el gran logro de Occidente consiste en la defensa y propagación de los derechos individuales. ¿Es coherente el vilipendio del derecho natural con el éxtasis de los derechos individuales? Cualquier aficionado a la historia de la ideas contestaría a la pregunta con un «no» rotundo. Representa un dato perfectamente filiado que el concepto de derecho individual, en la acepción todavía operativa del término, brotó de un terreno previamente labrado por filósofos como Vitoria o Suárez. Los hugonotes recogen el legado, al que Locke infunde un perfil reconociblemente moderno. La antorcha pasa luego a la Constitución de los Estados Unidos, transida de derecho natural. No es menester, con todo, atarearse en estas finezas historiográficas para caer en la cuenta de que derecho natural y derechos individuales se hallan íntimamente enlazados. Los derechos individuales pretenden revestir alcance universal, y lo que caracteriza al derecho natural es la noción, precisamente la noción, de que existe una justicia que vale para todo el mundo, sin distinción de tiempo ni de lugar. Por eso el derecho natural se enfrenta al positivo. Y por eso los campeones de los derechos individuales estiman que el régimen saudí viola derechos, aunque Riad no sea Washington ni el wahabismo se sitúe en la misma tradición cultural que el sistema de ideas que inspiró a los constituyentes americanos. ¿Por qué opone entonces D´Arcais el derecho natural y los derechos individuales?

La respuesta que voy a proponerles parece inverosímil. Pero temo, ¡ay!, que no marra demasiado la diana. La razón auténtica por la que D´Arcais, más allá de tales o cuales repulgos anticatólicos, aborrece del derecho natural, es que éste presupone un objeto estable al que aplicarse. Presupone, entiéndase, una naturaleza humana anterior a los actos del legislador. Lo propio del legislador, conforme al derecho natural, no es definir al hombre sino reconocer que existe, existe como algo distinguido por propiedades que nosotros no hemos elegido y que hemos de respetar. Y esto se le antoja aburrido y decepcionante al intelectual italiano. ¿El motivo? El motivo es que si el hombre es lo que es y no lo que queramos que sea, lo que pasa es que la política pierde glamour. El legislador democrático no podrá permitirse las aventuras, los experimentos apasionantes, que serían agibles si el hombre, en vez de ser una cosa hecha, fuera sólo una cosa por hacer, una materia infinitamente dócil a los arbitrios e invenciones del demiurgo virtuoso.

Abona esta exégesis el modo en que D´Arcais enuncia los méritos y calidades del matrimonio homosexual. D´Arcais percibe en la iniciativa de Zapatero un triunfo, no ya sobre los prejuicios sociales, sino sobre la propia naturaleza: «La mutación antropológica que su ley introduce -D´Arcais se dirige a Zapatero- marcará una etapa en la historia de la humanidad». «Mutación antropológica» remite, irresistiblemente, a «mutación genética», esto es, a una mudanza en la constitución de un organismo material, un organismo que en este caso coincidiría con un ser humano. Se diría que, gracias a una ley emanada del Parlamento, se ha enmendado la plana a la jerarquía de los seres vivos, y que si Linneo volviese de su tumba habría de averiguar, en sus clasificaciones, un nicho inédito para nuestra especie, la cual habría logrado sublimar misteriosamente los límites inherentes a la reproducción sexuada.

Se trata, de suyo va, de un juego de palabras. Pero estos juegos de palabras han dejado de ser inocentes después de la incursión arrolladora del pensamiento posmoderno en la nueva izquierda. El pensamiento posmoderno, en efecto, es proclive a concebir la realidad como un texto, y el texto, como algo radicalmente abierto a las estrategias interpretativas de quien lo lee. En los términos usados por Umberto Eco: «El texto es sólo una máquina diseñada para generar interpretaciones». El resultado de ambos movimientos es la tendencia a decir que la realidad, en cuanto texto, acabará asumiendo los contenidos que nosotros, sus lectores, decidamos atribuirle. La realidad será, en fin, como nosotros decretemos que sea. Por ejemplo: además de aseverar, no sin fundamento, que la nación, los roles sexuales o las teorías científicas son construcciones sociales, los posmodernos dan un paso ulterior y afirman que el pasado histórico en que se fundan las naciones, los géneros sexuales en sí mismos considerados, o las verdades que descubre la ciencia, son también construcciones sociales. En varios sentidos, el posmodernismo integra una de las variantes del idealismo, en su versión potencialmente más frenética. ¿Hemos concluido? No. El idealismo frenético empuja hacia el voluntarismo frenético: si el mundo equivale a las ideas que acumulo sobre él, y yo controlo mis ideas, yo seré capaz de controlar el mundo. ¿Cómo? Ideándolo a mi antojo, o si se prefiere, redescribiéndolo a mi antojo. En la cita de D´Arcais que les hice antes, omití adrede una inserción entre paréntesis. Ha llegado el momento de rescatarla. D´Arcais dice que Zapatero ha introducido su «mutación antropológica» a través de «una parsimonia verbal (cursivas mías) extrema: en lugar de «marido» y «mujer» se habla de «cónyuge», sin especificar sexo».


Ustedes pensarán que todo esto es una memada. Y llevarán más razón que un santo. Elhombre mutado «verbalmente» por Zapatero no podrá dar a luz, por mucho que conste como matrimoniado con otro hombre en el Registro Civil. Ahora bien, la acción política no tiene por qué inspirarse en móviles racionales. El posmoderno devenido en legislador se dedicará a metamorfosear la realidad circunstante -valores, relaciones sociales y personales, propiedad, lo que se ponga a tiro- a golpe de ideaciones, o sea, de BOE. D´Arcais, sin ir más lejos, propone reinventar la democracia representativa, lo que no suena especialmente tranquilizador. Una izquierda en la línea de D´Arcais, una izquierda desinhibida por el delirio posmoderno, procurará recuperar, mediante la apelación al utopismo legislativo, lo que no ha conseguido en la calle o en la fábrica: la revolución. Leviatán ha resucitado. Vibra su espada, ansiosa de ganar batallas.



It's so easy - Willy DeVille:


           

Los tabúes de la izquierda en España


Desde antes de la Transición Española, las distintas generaciones y corrientes de izquierdas que en España han desarrollado su actividad con mayor o menor éxito, han acabado por no distinguir entre el adaptarse a los tiempos y el que los tiempos los adapten a ellos. Tras el fracaso soviético, el dominio prácticamente absoluto de la socialdemocracia desmarxistizada y confundida con el liberalismo (que algunos llaman neo-, como intentando salvar al liberalismo clásico de su supuesto “hijo” radicalizado) en prácticamente todas las democracias de mercado pletórico capitalista, ha ayudado mucho a esta confusión que dije al principio. De ahí que, desde la escuela, los medios de comunicación de masas de todo tipo -incluido Internet-, las Universidades e incluso las expresiones artísticas, esta socialdemocracia liberal, como ideología viscosa que todo lo impregna, se haya convertido en la verdadera ideología dominante del capitalismo actual.



De ahí que, y siguiendo la doctrina del fin de la Historia del funcionario estadounidense Francis Fukuyama, que a finales del siglo XX anunció que la democracia liberal-burguesa será la dominante de manera estable tras el derrumbe comunista, la viscosidad de la ideología dominante socialdemócrata y liberal impregne hasta a los más acérrimos opositores al capitalismo, salvando excepciones. Y de ahí que muchos, en vez de ser “anticapitalistas” (con toda la oscuridad y confusión que esta etiqueta conlleva), sean más bien “contracapitalistas”, esto es, contradistintos al sistema económico (e ideológico) capitalista pero desde una oposición que parte de una raíz similar, sino la misma. Muchas personas son liberales sin saberlo, y ese es el gran logro histórico de la ideología liberal.

El régimen de 1978, que sirvió de prólogo para esta situación ideológica y política, en la que el franquismo y la oposición al mismo se fusionaron reconvertidos en el magma ideológico socialdemócrata-liberal, teniendo como marco de juego la Constitución actual, ha posibilitado que la ideología dominante haya trastocado, de momento de manera catastrófica, a las generaciones de izquierdas políticamente definidas más fuertes de los últimos doscientos años. Tanto el anarquismo, como la socialdemocracia originaria, como el comunismo o el maoísmo (no hablemos aquí del jacobinismo o el liberalismo doceañista, espectros del pasado que, como sombras chinescas, se ven más como anécdotas curiosas sus hazañas revolucionarias que como herencia necesaria para los militantes actuales), han asumido sin pestañear y (casi) sin reflexionar, las ideas más peregrinas de este mejunje ideológico dominante capitalista que, si reflexionamos, veremos que es coherente con ese criptoliberalismo del que no se pueden desprender ni siquiera los líderes de las formaciones políticas españolas que se llaman a sí mismas “izquierda transformadora” y epítetos similares que, en realidad, no significan nada.


La ideología dominante, cual Matrix, hace que se conviertan en dogmas de fe ideas que, previamente al desarrollo estructural de las bases socioeconómicas e institucionales que posibilitan que esa ideología dominante se conforme y se convierta en gasolina de dichas bases, no eran más que obstáculos a la conformación de verdaderas alternativas revolucionarias tal y como siempre se habían conformado. De ahí que los que las han asumido las defiendan con uñas y dientes, creyendo incluso que quienes critican estas ideas son en realidad “el enemigo” amigo del capitalismo y del Orden Establecido, o algo peor incluso, un “facha”. Estarían dispuestos a destruir a quien sea que ponga en tela de juicio, como mínimo, estas siete ideas que expondré a continuación, las cuales se han convertido en tabúes.

El DRAE define tabú en su primera acepción como la “condición de las personas, instituciones y cosas a las que no es lícito censurar o mencionar“. La Wikipedia afirma, en el primer párrafo sobre la entrada “tabú” que es “la prohibición de algo supuestamente extraño (en algunas sociedades), de contenido religioso, económico, político, social o cultural por una razón no justificada basada en prejuicios infundados. Romper un tabú es considerado como una falta imperdonable por la sociedad que lo impone“. Con todas las salvedades antropológicas evidentes que el término tabú conlleva, estamos hablando aquí y ahora de tabúes ideológico-políticos y sociales con implicaciones directas en el quehacer revolucionario, si es que lo hay, de muchas organizaciones. Y sin tabúes en tanto que son asumidos tanto por la ideología dominante como por los “dominados dominantes”, los cuales, sin saberlo, legitiman el Orden Establecido que dicen pretender derribar, defendiendo estos tabúes que, a la larga, aseguran lo que a todo capitalistas, comerciante y hombre emprendedor importa: la paz social que asegure el comercio. Una paz social que, no obstante, no tendrá reparos en usar el “mal necesario” de la violencia y la guerra al tiempo que las condena cuando se opone a la instauración de su paz comercial. Pues la paz es siempre la paz del vencedor sobre el vencido.

De ahí este artículo, y de ahí esta lista. Estos son los siete grandes tabúes de las izquierdas españolas, los cuales, incluso, se interrelacionan políticamente entre sí, pues se suelen tomar todas como pack izquierdista que, en parte o en todo, nunca se cuestiona.

Advierto previamente: puede que este artículo no guste, pero no está escrito para “gustar” a quienes han comprado este pack de tabúes. Y si los compradores de este pack me acusan de “fascista” o “facha” por cuestionar dicho pack, habré de decir dos cosas: primera, que no lo soy (soy militante del PCE), y segunda, que con esta reacción me darán la razón.

1) El tabú de la nación española.

Este es el primer tabú, el más duro de vencer durante décadas, y del cual, en cierto sentido, dependen los demás. Desde los últimos años del franquismo, y debido a una asociación de ideas tremendamente irreflexiva e infantil, se ha asociado la idea de España con Franco. Es comprensible que así haya sido, pues tras la Guerra Civil Española, la idea de España fue absorbida prácticamente por el régimen vencedor de la contienda, ideologizada y hegemonizada por él, al tiempo que el régimen hijo de aquel, el de la Transición y en el que actualmente vivimos, lo “desideologizó” en parte, sustituyendo el nacionalcatolicismo por el patriotismo constitucional a lo Jürge Habermas. España pasó así, y gracias a los que pactaron la Transición (franquistas reconvertidos y opositores “reconvertidos”) de ser una “unidad de destino en lo universal” a ser una cosa que nació en 1978.

En el fondo, ambas ideas son la misma: dejando de lado lo absurda que es la idea de “unidad de destino en lo universal” de José Antonio Primo de Rivera (una cuchara, una hez fecal o un planeta también son “unidades de destino en lo universal” en tanto que reposan y se mueven en el espacio-tiempo), lo cierto es que la idea de una “España eterna” de esencial sociales anatómico-orgánicas y católicas, fue Madre de la idea de una España fruto del “consenso” ideológicos de los enemigos de ayer / hermanos de hoy. El patriotismo constitucional español habermasiano es hijo del esencialismo franquista.

Pero, ¿eso conlleva negar la idea de España, negar la existencia de España como nación e incluso buscar su destrucción porque se considera que es algo “facha”, de “derechas” o “antidemocrático”? En absoluto. Las izquierdas que nacen en la Transición y antes, en el tardofranquismo, con cómplices totales de esta situación, por no haber reclamado jamás el patriotismo español para sí cuando tenían más motivos que la “derecha” para hacerlo. España, como unidad política histórica, sí, nace con los Reyes Católicos, y la idea de conformar esa unidad nace, sí, con la Reconquista frente a la invasión islámica del Reino Visigótico. Pero España, como nación política en sentido contemporáneo heredado de la Gran Revolución Francesa, nace con la Guerra de Independencia de 1808-1814 y con la Constitución de Cádiz de 1812.

Las izquierdas definidas españolas deberían reclamar esa herencia, pero no lo hacen porque asocian España, no a las Córtes de Cádiz, sino a Franco. Y por extensión, asocian las Córtes de Cádiz, y toda la Historia de España anterior, con Franco. Así, Franco se convierte, no ya solo en la excusa ideológica de una clara muestra de pereza intelectual y mental que hace que se defiendan ideas separatistas por el mero hecho de ser antifranquistas (primero como si Franco todavía viviese, y segundo por asociar infantilmente que todo lo que no sea franquista o de “derechas” es lo mismo que uno, que es aliado e incluso amigo), sino sobretodo, en una figura histórica cuyos enemigos, sin saberlo, engrandecen cada vez más. No hay nada más lamentable que otorgar victorias a figuras del pasado una vez muertas hace tiempo. Y las izquierdas le otorgan victorias a Franco muerto hace ya cuarenta años, mientras sigan asociando la nación política española a su persona.

Algunos han intentado romper, desde las izquierdas, esta asociación, pero sin éxito. El último ejemplo es Pablo Iglesias, de Podemos, al hablar de patriotismo para asociaron a un proyecto de cambio en España. Va por buen camino, pero no puede evitar arrastrar los dejes criticados en este artículo al apoyar el “derecho a decidir” de catalanes, vascos o andaluces, de balcanizar España mediante el voto. O lo que es lo mismo: la estupidez de Pablo Iglesias, y de personas dentro de Podemos, Izquierda Unida, el PSOE y otras organizaciones políticas, le lleva a pensar que otorgar un privilegio equivale a dar un derecho. Cuando se pretende que sobre la unidad de la nación española, que existe, no puedan decidir todos los españoles, sino solo aquellos censados en municipios de una región determinada donde hay una oligarquía política y económica determinada con poder para presionar a un Estado central que consiente y se beneficia de la existencia de esa oligarquía, se está más cerca de la derecha, incluso de la extrema derecha, que de las izquierdas.

Romper este tabú ese esencial para avanzar en positivo. Mientras las izquierdas a nivel organizado no defiendan la unidad de España, la igualdad de todos los españoles ante la Ley en Derechos y Deberes, la unidad de los trabajadores españoles en una misma sociedad política, y no se vea que todo separatismo es de derechas por el mero hecho de ser separatismo, estas izquierdas no progresarán en nada. Y por ello, los trabajadores seguirán votando a opciones políticas mayoritarias que garanticen, mal que bien, la unidad de España, como son el PP y el PSOE.

2) El tabú del europeísmo.

Desde Ortega, se ha asumido que “España es el problema, y Europa es la solución“. Europa, un término geográfico que ha sido siempre hegemonizado por Alemania como “espacio vital” para construir su imperio depredador, bien sea por vía bismarckiana, bien por vía hitleriana, es la excusa ideológica para imponer esta hegemonía germánica sobre otros pueblos, siendo la Unión Europea su última expresión. Pero no nos engañemos. La idea de Europa no puede asociarse jamás a ninguna idea de progreso social o de “izquierdas”, por más que Lenin y Trotsky reclamaran unos “Estados Unidos de Europa” de corte socialista-comunista que jamás existieron, y que la propia dialéctica de Estados refutó históricamente, durante la Revolución Rusa, la Guerra Civil posterior, la invasión extranjera del nuevo Estado soviético, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. Stalin se dio cuenta siempre de que Europa era el enemigo de la URSS, y de ahí su geopolítica expansiva y contención del enemigo europeísta antisoviético.

Europa nunca ha estado unida políticamente. Tampoco durante el Imperio Romano, Estado que no fue continental-europeo realmente, sino talasocrático organizado alrededor del Mediterráneo (Mare Nostrum) teniendo tierras en el norte de África y en Mesopotamia. Europeizar el Imperio Romano es algo que hizo el fascismo, y que hacen ahora, todavía, los burócratas de Bruselas, Estrasburgo y Berlín. ¿De qué se trata para ellos? De buscar antecedentes históricos, manipulándolos, para mostrar que Europa estuvo unida en el pasado. Otro ejemplo sería el Imperio Carolingio, el cual fue eminentemente “francés” y no “europeo” (como lo fue el Imperio Napoleónico) o el Sacro Imperio Romano Germánico, el cual nunca existió positivamente hablando, salvo como formalidad, siendo más bien una amalgama de Estados pequeños dominados por pequeños monarcas y señores feudales durante siglos, sin poder efectivo político real.

Europa siempre ha sido una biocenosis, una suerte de conjunto de organismos (los Estados europeos) que coexisten en un biotopo (el continente geográfico europeo, influido por la dialéctica de Estados extraeuropeos -China, Rusia, Estados Unidos de Norteamérica, etc.-) en clave de “selección natural”, esto es, supervivencia de los mejores adaptados al entorno tratando de imponerse sobre el resto de Estados. Así ha sido Europa siempre, y siempre será así. Solo el Tercer Reich, que entendió que la raza aria tenía su espacio vital más allá de Alemania, pues era “Europa” su lugar propio (entiendo Europa los nazis como concepto biológico ampliando su término a todos los lugares del Mundo donde hubiesen blancos arios), y los Estados Unidos, que entendieron que unificar comercialmente Europa expandiendo el Estado de bienestar generado gracias a la URSS a todas las naciones europeas podía contener el avance comunista soviético, pudieron “unificar” algo Europa.

Pero tras el hundimiento de la URSS, la biocenosis resucitó. La guerra de Yugoslavia impulsada por la OTAN y, sobre todo, Alemania; la partición de Checoslovaquia, la expansión de la OTAN-UE (bases del futuro TTIP) hacia el Este, la firma del Tratado de Maastricht hasta el Tratado de Lisboa (y todos los que hay entre medias), evidencian que la “unidad de Europa” ha estado siempre dirigida por los enemigos de las clases obreras de cada nación europea. Pero siendo además imposible unificar a estas clases obreras europeas en una unidad política única, porque hay elementos históricos, antropológicos, culturales y políticos que lo hacen inviables (la lengua, la religión, los intereses geoestratégicos, etc.). Las unificaciones políticas efectivas solo pueden hacerse cuando estos elementos antropológicos, culturales y políticos son prácticamente los mismos entre Estados distintos. Es más fácil que se unifiquen las dos Coreas antes que lo haga Europa.

La cuestión es por qué las izquierdas españolas son europeístas todas. Más allá del internacionalismo proletario, lo que está claro es que son en el fondo orteguianas. Todos los partidos políticos españoles, de derechas y de izquierdas, españolistas y separatistas, son europeístas, siendo este el tabú que más consenso tiene entre todos ellos. Sin dejar de defender el internacionalismo proletario y apoyando cualquier lucha justa en cualquier nación del Mundo, también en Europa, los trabajadores españoles no pueden esperar a que su soberanía y su unidad puedan defenderse en una histórica biocenosis. Y esto dicho sin perjuicio de apoyarse en China y Rusia para acometer retos geopolíticos importantes en este siglo. Ahora bien, ¿merece la pena que España pase de ser un territorio hegemonizado por Estados Unidos y Alemania a que lo sea por China y Rusia? Si Francia y Alemania han sido desde la Segunda Guerra Mundial unos peleles del Imperio Estadounisense, que puedan serlo de Moscú o Pekín no hace sino cambiar el hegemón que unifica “Europa” de Oeste a Este. Unificación que también sería precaria y bajo supervisión alemana. A este callejón sin salida nos lleva el patriotismo europeísta (con concesiones al separatismo al estilo Podemos o al estilo Jorge Verstrynge, muy cercano a Pablo Iglesias) de Manuel Monereo Pérez en su obra “Por Europa y contra el sistema euro” (2014), dándose cuenta Monereo de que hay un problema, pero aplicando viejas soluciones por inercia.

Tal y como dije en Asís, Italia, en el Encuentro organizado por “Sinistra contro’l Euro”, celebrado el pasado verano, hoy día ser antieuropeísta es como ser antifascista. Y de ahí la necesidad de romper este segundo tabú.

3) El tabú del Islam y el relativismo cultural.

Ambos están relacionados. Más allá de la comprensión de la idea de cultura, de lo que se entiende por cultura y de lo necesario que es, para la Antropología o la Historia, el comprender las organizaciones institucionales de otras sociedades, el relativismo cultural ha tendido siempre a ecualizar, equiparar y, en ocasiones, a justificar cualquier expresión cultural ajena a aquella en la que estas disciplinas se han desarrollado. Es comprensible, pues la Antropología como disciplina surgió en un momento en que era necesario, no ya solo estudiar a los pueblos conquistados colonialmente, sino también para justificar su dominio y colonización. Esto, durante los procesos de descolonización, conllevo su “vuelta del revés”, pero no la destrucción de su esencia, sino a ponerla a hacer el pino. Los pueblos colonizados, convertidos en Estados independientes, tenían ahora que permitir la comercialización de sus productos culturales, y la justificación institucional de los mismos era necesaria para su justificación como mercancías. Una tienda de productos chamánicos en pleno corazón de una ciudad europea o norteamericana es el ejemplo más claro del liberalismo económico asociado a este relativismo cultural que, cuando tiende hacia la socialdemocracia y no choca con el conservadurismo cristiano que tiende a combatir este tipo de producciones culturales, se convierte en el mejor aliado del capitalismo y de su capacidad de transformar cualquier objeto en mercancía, por muy remoto que sea su origen. De ahí que el relativismo cultural se convierta en un enemigo declarado de las izquierdas definidas en general (si son coherentes) y del comunismo en particular.

El relativismo cultural aliado del liberalismo socialdemócrata abre puertas que pueden ser traspasadas incluso por enemigos declarados del capitalismo que, sin embargo, no pretenden sustituirlo por sociedades de corte leninista o socialista. Hablamos de configuraciones políticas y sociales anteriores en el tiempo histórico, seguidas por miles de millones de personas y que, auspiciadas por la protección geopolítica de Estados Unidos, el auge del petróleo como elemento esencial de funcionamiento del Orden Internacional y el apoyo que buena parte de sus elites dan a sus elementos más extremistas (grupos terroristas, yihadistas, wahabbitas, salafistas, etc., siempre sunníes por cierto) no son en absoluto aliados de la “lucha proletaria internacional” ni de las izquierdas. Sociedades donde los ateos, anarquistas y comunistas son asesinados y encarcelados por el mero hecho de serlo, al igual que los homosexuales, y donde las mujeres son consideradas como inferiores. Me refiero al Islam, una religión que surge hacia el siglo VII d. C. en Arabia debido a la influencia sobre Mahoma, su fundador, del cristianismo nestoriano, el arrianismo y otras corrientes heréticas cristianas que negaban la divinidad de Jesucristo (el Islam nace en la periferia del Mundo cristiano medieval), y que actualmente siguen cerca de 1.300 millones de personas en todo el Mundo, incluida España.

La asociación de la idea de España con el franquismo y el nacionalcatolicismo conlleva, en muchos casos, aceptar el pack entero de estos tabúes, incluido el de asociar el cristianismo en general, y la Iglesia Católica en particular, con Franco. Sin negar la parte de verdad que esto pueda conllevar, tan absurdo es pensar que todos los católicos son fachas y potenciales pederastas a pensar que todos los musulmanes son potenciales terroristas y, también, potenciales pederastas. Pero de la misma manera que no se puede culpar a todos los católicos de la pederastia masiva en el seno de la Iglesia Católica aunque haya elementos preocupantes en ciertos códigos morales antiguos donde la condena moral y teológica de la misma nunca ha sido tan explícita como con otras prácticas, no se puede culpar a todos los musulmanes del terrorismo islámico y del yihadismo (el intento de convertir a toda la Humanidad al Islam, por la fuerza y la guerra si es necesario) aunque sí hay elementos en los propios fundamentos del Islam que llevan al yihadismo. Pero, decía, la asociación de ideas España-Franco-catolicismo, conlleva en muchos casos la asociación de ideas Al Andalus-Islam-progreso social y democracia. En todos los casos en que esta asociación se defiende, al comentársele las atrocidades cometidas en el nombre del Islam y lo retrógrada que resulta esta religión nacida en la periferia del mundo cristiano medieval (lo vuelvo a señalar porque es importante), te espetan sobre la tolerancia de Al Ándalus (donde los judíos y los cristianos eran súbditos de segunda y pagaban importantes tributos al poder islámico) y recuerdan las atrocidades del cristianismo medieval, moderno y contemporáneo (cruzadas, inquisición, etc.). Y suelen ser, además, personas que defienden el laicismo al mismo tiempo que la tolerancia entre religiones. La plasmación última de esta estupidez ideológica la pudimos observar, a un nivel político de dimensiones internacionales, con la Alianza de Civilizaciones promovida por el liberal socialdemócrata José Luis Rodríguez Zapatero durante su legislatura, convirtiendo su PSOE en el adalid del relativismo cultural más naif y de salón.

La necesidad de ruptura de este tabú, el del relativismo cultural (que equipara una ablación de clítoris a una circuncisión masculina) y del Islam asociado a aquel (la segunda religión del Mundo en número de fieles que, por motivos demográficos, podría ser la primera en este siglo XXI), se fundamenta en lo siguiente: de la misma manera que los filósofos ilustrados, muchos cristianos y católicos, criticaron los fundamentos del cristianismo en los siglos XVI, XVIII y XIX, hasta la actualidad, es necesario criticar radicalmente, y hasta sus fundamentos más radicales, al Islam, porque en buena medida el futuro de las izquierdas dependerá de ello. Por eso, hay que ir con machete y sin contemplaciones a triturar las raíces del Islam en sus textos fundamentales, sobre todo el Corán, el fundamento primero y último de toda la religión islámica. Y ello conllevará tener el mismo valor para hacer manifestaciones contra la matanza de niños, mujeres, homosexuales o disidentes políticos en naciones como Irán, Pakistán, Afganistán, Indonesia, Egipto, Turquía o Arabia Saudita (la madre del cordero, pues goza de protección imperial y en ella están La Meca y Medina, las ciudades más santas del Islam -las religiones no flotan en el aire, no son cosa divina-) que cuando ocurre lo mismo en Estados Unidos, Rusia, China u otros lugares.



4) El tabú del federalismo.

Este tabú es más problemático de lo que en principio pueda parecer. Acríticamente y sin cuestionarlo en absoluto, se ha asumido que en España, ser de “izquierdas”, equivale a ser federalista, bien sea para “resolver el problema nacional”, bien sea para asegurar mejor la balcanización de la nación española. Todo parte en buena medida de la descomposición de la nación española de ambos hemisferios nacida en 1812 en Cádiz y de la reflexión posterior de Francisco Pi y Margall, presidente de la Primera República Española, en su obra “Las nacionalidades“. ¿De qué trata realmente el federalismo español? De transformar la tradicional anatomía antropológica y sociológica de la España ibérica e insular de estirpe católica, desconfiada del poder central del Estado, en una modalidad de nación soberana moderan basada en lo realizado en Italia, Alemania y, antes, en Estados Unidos y en las repúblicas hispanoamericanas independientes.

Pero, realmente, ¿qué es el federalismo y el confederalismo? Un Estado federal es una ficción jurídica, por el cual Estados o colonias previamente separadas e independientes se unifican, cediendo su soberanía a una Federación, o lo que es lo mismo, a un Estado centralizado de facto. Según el grado de competencias que tenga cada unidad del nuevo Estado antes separada, se hablará de federación o confederación. Pero para poder hacer un Estado federal (o confederal) primero sus partes tendrían que estar separadas para luego poder unirse. Siendo esto así, ¿tiene sentido pedir que España sea un Estado federal? No, pues España lleva unida (al menos su parte ibérica e insular) desde el siglo XVI, por lo tanto es estúpido pretender desunir una nación unida desde entonces para, mediante el federalismo, mantenerla unida. Convertir a España en Estado federal, partiendo de una unidad previa, no sería entonces, además de una estupidez, un juego muy bonito para catedráticos de Derecho Constitucional. No tienen más que sentarse en un despacho, aprobar un documento que diga que España es un Estado federal, y ya está. En esa línea, lamentablemente, están Izquierda Unida, Podemos y el PSOE.

Además, la tradición comunista siempre ha reclamado un modelo único de Estado: la República Única e Indivisible, la cual siempre defendieron Marx, Engels y Lenin (en El Estado y la Revolución), mostrando así al comunismo como heredero y superador del jacobinismo de la Gran Revolución Francesa, pues solo el centralismo unitario puede permitir convertir al Estado conquistado por los trabajadores y su vanguardia en sujeto revolucionario a escala internacional, universal. Algunos dirán que la URSS fue un Estado federal que permitió la separación de sus partes. Pero esas partes solo podían separarse votándolo todos los ciudadanos soviéticos, y en 1991 todas las repúblicas soviéticas votaron en un referéndum por la continuidad de la URSS y de su unidad, aunque en agosto de ese año la sección rusa del PCUS se cargó dicha unidad, sencillamente porque ya no era comunista. Pero lo que está claro es que sin ese federalismo (quizás entendido desde la URSS debido a la inmensa extensión del país, asegurando su unidad en todo caso mediante la fuerza militar y armamentística) y sin esas concesiones al neofeudalismo secesionista, la URSS no habría desaparecido.

El modelo que más le conviene a España, y este no sería incompatible con el bilingüismo legal en diversas regiones, es el la República Unitaria Presidencialista y Unicameral. La Monarquía sobra, la Constitución de 1978 sobra, las Autonomías sobran y el Senado sobra.

5) El tabú animalista.

Otro tabú difícil de entender y, al tiempo, de explicar. Desde hace algún tiempo se ha asumido por parte de algunas personas de izquierdas que el defender los derechos de los animales es de “izquierdas” y que es algo progresista, explicando esta lucha entre otras razones por motivos “humanitarios” o porque antes las mujeres, los esclavos, los pueblos colonizados o los seres de otras razas no tenían derechos y ahora sí los tienen.

Salvo que se trate de un psicópata, nadie en su sano juicio torturaría jamás a un animal. Y además, ninguna sociedad política permitiría por ley el maltrato hacia otros seres vivos animales o vegetales. Y es cierto que una persona que suele tratar bien a los animales tratará bien a las personas, pero es igual de cierto que quien trata a los animales como personas acabará por tratar a las personas como animales. Un Estado puede otorgar derechos a animales, a vegetales e incluso a entidades arracionales como las piedras. Pero los derechos también han de poder ejercerse, y ni las piedras, ni los vegetales, ni los animales (tampoco los que pretende proteger el Proyecto Gran Simio -bonobos, orangutanes, chimpancés y gorilas-) pueden ejercer derechos porque, para hacerlo, hay que cumplir derechos. Pueden y deben haber leyes de protección de la biosfera, en tanto que nosotros pertenecemos a ella, pero la biosfera no puede tener prioridad sobre aquellos que podemos hacer uso de ella para sobrevivir y, sí, para protegerla.

Equiparar un ser humano, sea niño, mujer, esclavo, indio o negro, a un animal para otorgar a este último derechos, ¿no comporta en cierto sentido considerar a los niños, mujeres, esclavos, indios o negros como animales, como inferiores a los varones blancos mayores de edad? ¿Acaso el Proyecto Gran Simio no tiene un claro componente colonialista racista -que enlaza el animalismo con el relativismo cultural-, en tanto que vuelve a conformar una pirámide biopolítica en la especie humana acercano a los negros africanos a los chimpancés? El animalismo no es de izquierdas ni de derechas, es simplemente una ideología que, basándose en la racionalidad de proteger la naturaleza biológica no humana (los animales son racionales aunque no al nivel humano, no tienen instituciones en la inmensa mayoría de los casos, y nunca como nosotros), resulta ser irracional.

Aparte, la Humanidad siempre comerá carne, y la necesidad de comer carne conlleva la necesidad de matar animales para comerlos. Otro asunto distinto es matar indiscriminadamente e innecesariamente, torturarles previamente o abusar de ellos para realizar todo tipo de experimentos científicos, rituales religiosos o depravaciones sexuales, todo ello entrando en lo punitivo. Pero nunca la vida de un animal puede estar a igual nivel, y menos a superior nivel, que la vida de un ser humano. Al no haber verdadera disyunción entre naturaleza y cultura, los esclavos, las mujeres y los humanos de pueblos colonizados pudieron finalmente ejercer sus derechos y sus deberes, pero los animales nunca lo harán. La ética, la moral y la política solo se pueden ejercer con los iguales a uno, y la frontera no es el “sufrimiento” o la “capacidad de tener dolor” (cosa que acerca el animalismo al utilitarismo benthamiano vía Peter Singer y, con ello, a las teorías margiutilitaristas neoclásicas y austriacas, es decir, al liberalismo). Y sobre los seres vivos de la biosfera lo que hay que ejercer es el buen trato, el no abusar de su existencia para más allá de la subsistencia de la biosfera misma y la mejora de nuestras vidas.

Además, la asociación del tabú del animalismo con el tabú de la idea de España conlleva que se llamen “fachas” a muchas personas de izquierdas que les gustan las corridas de toros. Pueden no gustarme las corridas de toros (y son realmente tortura animal, aunque también son cultura; la silla eléctrica es cultura, y muy refinada), pero su existencia no tiene nada que ver, ni influye en absoluto, con la lucha por los derechos sociales y laborales de los trabajadores que viven en España, también extranjeros residentes e ilegales, ni habría por qué expulsar de un partido de izquierdas a militantes que les gusten las corridas.

Es más, y aquí seré muy incorrecto políticamente hablando: ¿qué clase de revolución política vamos a realizar si somos incapaces siquiera de “matar a un perro”? Lo digo por el pobre Excalibur, sacrificado durante la crisis del ébola en España.

6) El tabú de la “unidad de la izquierda”.

Izquierda Unida fue un proyecto político de “agregación de demandas populares” para convertirlas en programa político mediante, también, de la agregación institucional de fuerzas de la llamada “izquierda”. Nació en el contexto de la batalla contra la entrada definitiva de España en la OTAN. Pero esa fue una lucha perdida de antemano, como todas aquellas en que se ha pedido la “unidad de la izquierda”. España ya estaba camino de la OTAN desde el mismo momento en que acabó la Segunda Guerra Mundial y estaba clara la influencia estadounidense sobre Europa occidental.

La idea de “unidad de la izquierda” tiene un sentido estratégico político claro: aglutinar fuerzas para la toma del poder. Y esta estrategia es deudora de los frentes populares del siglo XX conformados contra el avance del fascismo en varias naciones europeas. Pero, ¿cómo acabaron todos los frentes populares? En España no impidió la victoria de Franco, y en Francia Hitler entró victorioso en París y pudo dividir la nación en dos, por no hablar de cómo el fascismo se hizo con el poder en toda Europa salvo en el Reino Unido y la URSS mostrando el absoluto fracaso de la estrategia de los frentes populares europeos. Además, Izquierda Unida, como forma contemporánea de intento de Frente Popular, ha demostrado su inutilidad para la toma del poder, ya que la “unidad de la izquierda” es imposible mientras exista el Partido Socialista Obrero Español. Y ahora será imposible con un nuevo actor, Podemos, en el tablero de juego político.

La “izquierda” no puede unirse porque no hay tal “izquierda”. Hay “izquierdas”, definidas e indefinidas, que entre sí son incompatibles y que solo se pueden “unir” coyunturalmente frente a un tercero (pudiéndose unir coyunturalmente también frente a un tercero izquierdas y derecha). Jacobinos, liberales, anarquistas, socialdemócratas, comunistas, maoístas y populistas no pueden unirse jamás para elaborar un proyecto político común, y lo único que puede ocurrir es que un socialdemócrata pueda volverse comunista, o que un comunista se vuelva liberal, o que un populista se vuelva socialdemócrata, entre otras varias combinaciones y conversiones, y que una ideología hegemónica sobre otras posibilite esas conversiones en “masa”.

Lo que ha funcionado, lo único que ha funcionado, es que una vanguardia profesionalizada de militantes disciplinados tengan una agenda propia de cambio político construyéndola hasta la victoria, se tarde el tiempo que se tarde. Una vanguardia que solo la pudo entender Lenin, y que si se desconecta de la idea de hegemonía de Gramsci, al camarada italiano se le convierte en un mero publicista, en un Risto Mejide. Y eso es lo que necesita España. Por eso, la ruptura del tabú de la “unidad de la izquierda” requiere romper con el tradicional menchevismo del comunismo español y hacerlo bolchevique, no importando si se está en “minoría orgánica”, queriendo ser mayoría siempre.
Quizás haya que empezar a decirlo: el tabú de la “unidad de la izquierda” requiere de la reconstrucción del Partido Comunista de España. Y para reconstruir el Partido Comunista de España quizás haya que destruir Izquierda Unida.

7) El tabú de Iberoamérica.

El último tabú es el más “desconocido”, pero no deja quizás de ser el más importante, pues está muy relacionado con todos los demás. Directamente relacionado con el tabú de España y con el del europeísmo, el tabú de Iberoamérica, o del iberoamericanismo asociaría cualquier idea de acercamiento o unidad de España (y Portugal) con Iberoamérica como un intento de recuperar el fenecido Imperio Español (también asociado a la “derecha”, a “Franco”, a “lo peor”), pensando el iberoamericanismo (la Hispanidad) como el atraso, y el europeísmo (sea en su vertiente progermánica, profrancófona o prorrusa) como el progreso.

Lo que no tienen en cuenta aquellos que defienden este tabú es que si se defienden unidades geopolíticas progresivas y progresistas que puedan plantar cara al liberalismo hegemónico a nivel universal (que enarbolará en breve el campo de la TTIP), esas unidades solo pueden realizarse si se comparte una lengua, unas instituciones antropológicas determinadas (tradiciones y costumbres) e incluso una religión, también un pasado político común, una evolución política histórica pareja y una situación geoestratégica privilegiada para ello. A esto hay que sumar que las verdaderas unidades geopolíticas que han sido hegemónicas a escala universal histórica han sido talasocracias, esto es, superpotencias marítimas, más que telurocracias, superpotencias terrestres. El Imperio Romano, el Islam, el Imperio Portugués, el Imperio Holandés, el Imperio Español, el Imperio Británico y el Imperio Estadounidense fueron talasocracias. El Imperio Persa, el Imperio Macedonio, el Imperio Mongol, el Imperio Ruso, el Imperio Napoleónico, el Tercer Reich y la Unión Soviética fueron telurocracias. Los BRICS tienen una base telurocrática evidente por China y Rusia, mientras que el TTIP la tiene talasocrática, por su presencia en dos océanos, Atlántico y Pacífico. Y los océanos también son tierra de interés geoestratégico, siempre lo han sido, pero ahora con la capacidad de ser explotados económicamente como en ninguna época del pasado se había hecho gracias al avance impresionante de las ciencias y las tecnologías (factor esencial para tener hegemonía el Mundo). Y la inestabilidad política de la media luna geopolítica que va de Europa del Este al sudeste asiático pasando por Oriente Próximo y la India, juega en favor del Imperio Estadounidense más que de China y Rusia, teniendo Moscú a su favor sus recursos naturales, su extensión y su poder militar, y China su poder económico y su población, además del ejército más numeroso del Mundo. Pero Estados Unidos sigue teniendo el dominio del cambio monetario mundial, la más alta tecnología, la fuerza cultural y de comunicación a través de medios y un poderosísimo ejército, además de fieles aliados que asumen el inglés casi como segunda lengua.

A este respecto, apoyarse en los BRICS para atacar al TTIP desde dentro del campo del TTIP es comprensible y razonable, pero condenado al fracaso si se queda uno en ser mero comparsa de los BRICS, aunque España por su cuenta no pueda afrontar sola este desafío. Únicamente si orienta su política hacia sus hermanos y aliados naturales en Iberoamérica, podría hacerse. La nación más peligrosa del Mundo para los intereses estadounidenses es México, y de ahí la necesidad del Imperio Realmente Existente de que México no salga jamás de su situación geopolítica y social de sumisión y servidumbre, además de su inestabilidad social. Pero la necesaria alianza entre las fuerzas revolucionarias mexicanas con las españolas, que vaya más allá del mero internacionalismo proletario, sería un golpe mucho más certero contra los Estados Unidos que lo que pueda hacer cualquier grupo yihadista o cualquier acuerdo entre Moscú y Pekín. La situación geoestratégica de España es importantísima, y en Washington lo saben. Pero solo falta capacidad y voluntad para romper el tabú de pensar que una Alianza Socialista Iberoamericana, desde California hasta Tierra de Fuego, desde Menorca hasta Manila, sea recuperar una idea de Franco. No, es algo más grande y mejor: es aprovechar los restos de un Imperio fenecido para levantar una superpotencia progresiva de impacto universal.

Romper el tabú de Iberoamérica, asociando su idea a revolución, a unidad, a clases obreras y a socialismo, permite romper el tabú del europeísmo y el de la idea de España. La ruptura de todos estos tabúes, en definitiva, es esencial para poder avanzar mucho más de lo que se ha hecho ya (y no se desdeña nada de lo ya realizado) hacia una verdadera revolución política, que no puede ser más que aquella que tenga impacto real a escala universal.



Fuente: http://www.larepublica.es/2014/12/los-siete-grandes-tabues-de-las-izquierdas-espanolas/

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jueves, 1 de enero de 2015

El populismo según Laclau

Como la muerte es caprichosa, a Ernesto Laclau le sorprendió la guadaña en la ciudad y en el momento en el que quizá jamás pensó que podría sucederle nada relevante en su vida. En Sevilla, en abril pasado, cuando la ciudad explotaba en un esplendoroso Domingo de Ramos de azules y capirotes; la Borriquita entre ramas de olivo, palmas y bullas; callejuelas silenciosas por las que avanza silencioso un Cristo envuelto en una nube de incienso.



En esa Sevilla, en ese día, en ese ambiente, Ernesto Laclau se levantó en su hotel, se fue a desayunar y, cuando se disponía a darse un baño en la piscina, lo fulminó un infarto. De ahí la peculiaridad inesperada de la biografía del gurú populista de Podemos, el paréntesis de vida que ya nadie modificará jamás: “Ernesto Laclau (Buenos Aires, 6 de octubre de 1935-Sevilla, 13 de abril de 2014) fue filósofo, politólogo y escritor, profesor de la Universidad Británica de Essex, está considerado uno de los pensadores fundamentales del postmarxismo”.

Un día después de su muerte, Íñigo Errejón, portavoz de Podemos, publicaba en la prensa española un obituario sentido. “Ernesto Laclau ha fallecido cuando más falta hacía, en el filo de un momento de incertidumbre y apertura de grietas para posibilidades inéditas. Nos deja frente a esa tarea pero no solos”. No supimos verlo entonces, pero ahí estaba, ahí está, el alma de Podemos, la fuerza del populismo al que Laclau le dio cuerpo filosófico y justificación política; no supimos verlo entonces pero ahí estaba Podemos reclamándose como herederos en Europa de los movimientos populistas que apadrinada, y adoctrinaba, Ernesto Laclau en Latinoamérica. No supimos verlo entonces, pero nada hay en la estrategia política de Podemos que no se guíe por el pensamiento de Ernesto Laclau.

Como decía Errejón en su obituario, Laclau se murió, pero dejaba como referente “el caudal intelectual y político de una América Latina que ha expandido el horizonte de lo posible y nos ha devuelto la política como creación, tensión y apertura”. Es decir, Hugo Chávez, Maduro, Evo Morales, Cristina Fernández de Kirchner, Rafael Correa o Daniel Ortega... El populismo que hasta ahora se calificaba de ‘bananero’ en cualquier teoría política y que Ernesto Laclau –esta es su gran aportación– ha rescatado para convertirlo, con su correspondiente cuerpo doctrinal, en referente intelectual de la nueva forma de hacer política en el mundo.

Para Laclau, y por extensión para los dirigentes de Podemos, el populismo no sólo no es un concepto peyorativo, sino que se trata de una aspiración política. En el libro La razón populista, lo que defiende Ernesto Laclau es que el populismo no sólo no debe ser rechazado y despreciado, sino que, por el contrario, es la seña de identidad de la operación política por excelencia: “la construcción imaginaria de un nosotros”.

Es interesante esta expresión porque, en efecto, a lo que aspira el populismo que se propone es a aglutinar las reclamaciones sociales más dispares que tienen en común un mismo malestar social. Los efectos de la crisis económica, unidos a la escalada de casos de corrupción, son los que han creado en España el caldo de cultivo necesario para la expansión que estamos viendo de Podemos; el fenómeno político nuevo se corresponde milimétricamente con un ambiente de degradación política y de deterioro económico y social que nunca habían confluido antes en la democracia española.

Para la ‘construcción imaginaria’ de esa nueva colectividad, lo primero que tiene que hacer el populismo es renunciar a las banderas y a las identidades ideológicas, que es lo que viene haciendo Podemos desde el principio. Como se trata de aglutinar en una sola dirección las reclamaciones sociales más dispares, pero que tienen en común un mismo malestar social y una misma decepción de lo conocido, se construye una imagen, una idea, una nomenclatura que pueda ser acogida por todos.

Son las teorías de “significantes vacíos” y “significantes flotantes” de Ernesto Laclau que, despojado del lenguaje doctrinal, se refieren a conceptos que puedan aglutinar diversas corrientes de opinión sin identificarse expresamente con ninguna de ellas.

Ahí es donde se conecta la teoría de Laclau con la selección de términos elegidos por Podemos para identificarse con todos los cabreados de España: ‘la casta’, ‘los privilegios’, ‘el empoderamiento’ de la ciudadanía… Y todo se resume en una palabra, Podemos, y en un líder, Pablo Iglesias, que se adorna de una imagen casi profética, mesiánica. La admiración de Pablo Iglesias con ese tipo de líderes políticos la ha realizado el propio líder de Podemos, que veía, por ejemplo, en Hugo Chávez un referente casi sobrenatural.

“Los procesos de transformación son siempre complejos y colectivos, pero a veces requieren de liderazgos de símbolos, de personalidades carismáticas capaces de sintetizar la voluntad colectiva. Los mitos, cuando se encarnan en un pueblo, se hacen inmortales. Ya lo dijo un venezolano mortal llamado Hugo Chávez Frías: ‘Hugo Chávez no soy yo, Hugo Chávez es el pueblo”. Pablo Iglesias, desde la cuna, parece llevar en las venas la misma ambición.

Populismo, ambigüedad calculada y liderazgo mesiánico. La dificultad extrema de las fuerzas políticas tradicionales para luchar contra un movimiento así lo venimos comprobando desde hace meses; en particular en el PSOE. ¿Qué efecto puede tener tachar a Podemos de populista si eso es, precisamente, lo que se busca? ¿De qué sirve acusarlos de ambigüedad si esa es la fuerza social y política de la que se nutren?

Un año queda para las elecciones generales y, por lo que vamos viendo, Podemos sólo depende de sí mismo, y nada de lo que puedan hacer o decir las demás fuerzas políticas va a influir negativamente en el fenómeno. Su principal reto es mantener el caldo de cultivo del malestar social durante un año, sin que ninguna propuesta suya espante a ningún elemento de la heterogénea y variopinta masa social que los apoya en este momento.

En alguna entrevista de televisión en Argentina, le preguntaban a Ernesto Laclau por la situación europea, tan delicada a consecuencia de la crisis. Y quizá porque una consecuencia de ese estado de cosas ha sido la proliferación de fenómenos políticos nuevos en muchos países, la mayoría de ellos extremos, Laclau acababa defendiendo que “en vez de europeizar Latinoamérica, lo que hay que hacer es latinoamericanizar Europa”.

Qué ironía del destino, venirse a morir a Sevilla para redondear con un pie en cada continente la biografía de este precursor moderno de la demagogia y el populismo. Nacido en Latinoamérica y muerto en Europa.

Fuente: http://blogs.elconfidencial.com/espana/matacan/2014-12-02/el-guru-populista-de-podemos_517503/


A sangre y fuego - Sacramento: