viernes, 2 de enero de 2015

El liberalismo progresista, la posmodernidad y la crisis de la izquierda

Introducción "En defensa de la intolerancia" de Slavoj Zizek

La prensa liberal (y amplios sectores de la izquierda) nos bombardea a diario con la idea de que el mayor peligro de nuestra época es el fundamentalismo intolerante (étnico, religioso, sexista...), y que el único modo de resistir y poder derrotarlo consistiría en asumir una posición multicultural. Pero, ¿es realmente así? ¿Y si la forma habitual en que se manifiesta la tolerancia multicultural no fuese, en última instancia, tan inocente como se nos quiere hacer creer, por cuanto, tácitamente, acepta la despolitización de la economía? Esta forma hegemónica del multiculturalismo se basa en la tesis de que vivimos en un universo post-ideológico, en el que habríamos superado esos viejos conflictos entre izquierda y derecha, que tantos problemas causaron, y en el que las batallas más importantes serían aquellas que se libran por conseguir el reconocimiento de los diversos estilos de vida. Pero, ¿y si este multiculturalismo despolitizado fuese precisamente la ideología del actual capitalismo global? De ahí que crea necesario, en nuestros días, suministrar una buena dosis de intolerancia, aunque sólo sea con el propósito de suscitar esa pasión política que alimenta la discordia. Quizás, ha llegado el momento de criticar desde la izquierda esa actitud dominante, ese multiculturalismo, y apostar por la defensa de una renovada politización de la economía.

Fragmento del capítulo "Por una suspensión de izquierdas de la ley" del mismo libro 

El planteamiento "tolerante" del multiculturalista elude, por tanto, la pregunta decisiva: ¿cómo reinventar el espacio político en las actuales condiciones de globalización? Politizar las distintas luchas particulares dejando intacto el proceso global del Capital, resulta sin duda insuficiente. Esto significa que deberíamos rechazar la oposición que, en el actual marco de la democracia capitalista liberal, se erige como eje principal de la batalla ideológica: la tensión entre la "abierta" y post-ideo-lógica tolerancia universalista liberal y los "nuevos fundamentalismos" particularistas. En clara oposición al Centro liberal, que presume de neutro, post-ideológico y defensor del imperio de la ley, deberíamos retomar esa vieja idea de izquierdas que sostiene la necesidad de suspender el espacio neutral de la ley.

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Si la heterosexualidad en cuanto norma representa el Orden Global en función del cual cada sexo tiene su sitio asignado, las reivindicaciones queer no son, simplemente, peticiones de reconocimiento de determinadas prácticas sexuales y estilos de vida en cuanto iguales a otros, sino que representan algo que sacude ese orden global y su lógica de jerarquización y exclusión. Precisamente por su "desajuste" respecto al orden existente, los queers representan la dimensión de lo universal (o, mejor dicho, pueden representarla, toda vez que la politización no pertenece de entrada a la posición social objetiva, sino que supone un acto previo de subjetivación). Judith Butler ha arremetido con fuerza contra la oposición abstracta y políticamente reductora entre lucha económica y lucha "simplemente cultural" de los queers por su reconocimiento. Lejos de ser "simplemente cultural", la forma social de la reproducción sexual está radicada en el centro mismo de las relaciones sociales de producción: la familia nuclear hetero-sexual es un componente clave y una condición esencial de las relaciones capitalistas de propiedad, intercambio, etc. De ahí que el modo en que la práctica política de los queers contesta y socava la normativizada heterosexualidad represente una amenaza potencial al modo de producción capitalista... Sin duda, habría que apoyar la acción política queer en la medida en que "metaforice" su lucha hasta llegar -de alcanzar sus objetivos- a minar el potencial mismo del capitalismo. El problema, sin embargo, está en que, con su continuada transformación hacia un régimen "postpolítico" tolerante y multicultural, el sistema capitalista es capaz de neutralizar las reivindicaciones queers, integrarlas como "estilos de vida". ¿No es acaso la historia del capitalismo una larga historia de cómo el contexto ideológico-político dominante fue dando cabida (limando el potencial subversivo) a los movimientos y reivindicaciones que parecían amenazar su misma supervivencia? Durante mucho tiempo, los defensores de la libertad sexual pensaron que la represión sexual monogámica era necesaria para asegurar la pervivencia del capitalismo; ahora sabemos que el capitalismo no sólo tolera sino que incluso promueve y aprovecha las formas "perversas" de sexualidad, por no hablar de su complaciente permisividad con los varios placeres del sexo. ¿Conocerán las reivindicaciones queers ese mismo fin?

Sin duda, hay que reconocer el importante impacto liberador de la politización postmoderna en ámbitos hasta entonces considerados apolíticos (feminismo, gays y lesbianas, ecología, cuestiones étnicas o de minorías autoproclamadas): el que estas cuestiones se perciban ahora como intrínsecamente políticas y hayan dado paso a nuevas formas de subjetivación política ha modificado completamente nuestro contexto político y cultural. No se trata, por tanto, de minusvalorar estos desarrollos para anteponerles alguna nueva versión del esencialismo económico; el problema radica en que la despolitización de la economía favorece a la derecha populista con su ideología de la mayoría moral y constituye el principal impedimento para que se realicen esas reivindicaciones (feministas, ecologistas, etc.) propias de las formas postmodernas de la subjetivación política. En definitiva, se trata de promover "el retorno a la primacía de la economía" pero no en perjuicio de las reivindicaciones planteadas por las formas postmodernas de politización, sino, precisamente, para crear las condiciones que permitan la realización más eficaz de esas reivindicaciones.


Fragmento del capítulo ¿Existe un eurocentrismo progresista? del mismo libro 

Resulta evidente la diferencia entre esta subjetivacion y el actual proliferar de "politicas identitarias" postmodemas que pretenden exactamente lo contrario, es decir, afirmar la identidad particular, el side de cada cual en la estructura social. La politica identitaria postmodema de los estilos de vida particulares (etnicos, sexuales, etc.) se adapta perfectamente a la idea de la sociedad despolitizada, de esa sociedad que "tiene en cuenta" a cada grupo y le confiere su propio status (de victima) en virtud de las discriminaciones positivas y de otras medidas ad hoc que habran de garantizar la justicia social.

Resulta mas significativo que esta justicia ofrecida a las minorías convertidas en victimas precise de un complejo aparato policial (que sirve para identificar a los grupos en cuestión, perseguir judicialmente al que viola las normas que les protegen ¿como definir juridicamente el acoso sexual o el insulto racista? etc.-, proveer el trato preferencial que compense la injusticia sufrida por esos grupos): lo que se celebra como "politica postmoderna" (tratar reivindicaciones especificas resolviendolas negociadamente en el contexto "racional" del orden global que asigna a cada parte el lugar que le corresponde), no es, en definitiva, sino la muerte de la verdadera politica.

Así, mientras parece que todos estamos de acuerdo en que el regimen capitalista global, post-politico, liberal-democratico, es el regimen del No-acontecimiento (del ultimo hombre, en terminos nietzscheanos), queda por saber donde buscar el Acontecimiento. La respuesta es evidente: mientras experimentemos nuestra postmoderna vida social como una vida "no-sustancial", el acontecimiento estará en los multiples retornos, apasionados y a menudo violentos, a las "raíces", a las distintas formas de la "sustancia" étnica o religiosa. que es la "sustancia" en la experiencia social? Es ese instante, emocionalmente violento, del "reconocimiento", cuando se toma conciencia de las propias "raíces", de la "verdadera pertenencia", ese momento en el que la distancia propia de la reflexión liberal resulta totalmente inoperante -de repente, vagando por el mundo, nos encontramos presos del deseo absoluto del "hogar" y todo lo demas, todas nuestras pequeñas preocupaciones cotidianas, deja de importar... En este punto, sin embargo, no se puede sino estar de acuerdo con Alain Badiou, cuando afirma que estos "retornos a la sustancia" demuestran ser impotentes ante al avance global del Capital: son, de hecho, sus intrinsecos soportes, el límite/condicion de su funcionamiento, porque, como hace años señaló Deleuze, la "desterritorializacion" capitalista va siempre acompañada del resurgir de las "reterritorializaciones" . Para decirlo con mayor precision, la ofensiva de la globalizacion capitalista provoca ineludiblemente una escisión en el ámbito de las identidades específicas.


Por un lado, está el llamado "fundamentalismo", cuya formula elemental es la Identidad del propio grupo, que implica la exclusion del Otro amenazante: Francia para los franceses (frente a los inmigrantes argelinos), Estados Unidos para los estadounidenses (frente a la invasion hispana), Eslovenia para los eslovenos (contra la excesiva presencia de "los del Sur", los inmigrantes de las antiguas republicas yugoslavas)... El comentario de Abraham Lincoln a proposito del espiritismo ("Diría que es algo que gusta al que ama ese tipo de cosas"), refleja muy bien el caracter tautologico del autoconfinamiento nacionalista, de ahi que sirva perfectamente para caracterizar a los nacionalistas, pero no sirva para referirse a los autenticos democratas radicales. No se puede decir del autentico compromiso democratico que es "algo que gusta a quien ama ese tipo de cosas".

Por otro lado, está la multicultural y postmodema "politica identitaria", que pretende la coexistencia en tolerancia de grupos con estilos de vida "hibridos" y en continua transformación, grupos divididos en infinitos subgrupos (mujeres hispanas, homosexuales negros, varones blancos enfermos de SIDA, madres lesbianas,..). Este continuo florecer de grupos y subgrupos con sus identidades híbridas, fluidas, mutables, reivindicando cada uno su estilo de vida/su propia cultura, esta incesante diversificación, solo es posible y pensable en el marco de la globalización capitalista y es precisamente así como la globalización capitalista incide sobre nuestro sentimiento de pertenencia étnica o comunitaria: el único vinculo que une a todos esos grupos es el vinculo del capital, siempre dispuesto a satisfacer las demandas especificas de cada grupo o subgrupo (turismo gay, música hispana...).

La oposición entre fundamentalismo y política identitaria pluralista, postmodema, no es, ademas, sino una impostura que esconde en el fondo una connivencia (una identidad especulativa, dicho en lenguaje hegeliano). Un multiculturalista puede perfectamente apreciar incluso la mas "fundamentalista" de las identidades étnicas, siempre y cuando se trate de la identidad de un Otro presuntamente autentico (por ejemplo. las tribus nativas de los Estados Unidos). Un grupo fundamentalista puede adoptar facilmente, en su funcionamiento social, las estrategias postmodemas de la política identitaria y presentarse como una minoria amenazada que tan sólo lucha por preservar su estilo de vida y su identidad cultural. La línea de demarcacion entre una politica identitaria multicultural y el fundamentalismo es, por tanto, puramente formal; a menudo, solo depende de la perspectiva desde la que se considere un movimiento de defensa de una identidad de grupo.

Bajo estas condiciones, el Acontecimiento que se reviste de "retomo a las raices" solo puede ser un semblante que encaja perfectamente en el movimiento circular del capitalismo o que (en el peor de los casos) conduce a una catástrofe como el nazismo. Nuestra actual constelacion ideologico-politica se
caracteriza porque este tipo de seudo-Acontecimientos son las únicas apariencias de Acontecimientos que parecen darse (solo el populismo de derechas manifiesta hoy una autentica pasión politica que consiste en aceptar la lucha, en aceptar abiertamente que, en la medida en que se pretende hablar desde un punto de vista universal, no cabe esperar complacer a todo el mundo, sino que habrá que marcar una division entre "nosotros y "ellos"). En este sentido, se ha podido constatar que, no obstante el rechazo que suscitan el estadonidense Buchanan, el frances Le Pen o el austriaco Haider, incluso la gente de izquierdas deja translucir cierto alivio ante la presencia de estos personajes: finalmente, en el reino de la aséptica gestión postpolítica de los asuntos públicos, aparece alguien que hace renacer una autentica pasión política por la división y el enfrentamiento, un verdadero empeño con las cuestiones politicas, aunque sea con modalidades deplorables y repugnantes... Nos encontramos asi cada vez mas encerrados en un espacio claustrofóbico, en el que solo podemos oscilar entre el no-Acontecimiento del suave discurrir del Nuevo Orden Mundial liberal-democratico del capitalismo global y los Acontecimientos fundamentalistas (el surgimiento de proto- fascismos locales, etc.), que vienen a perturbar por poco tiempo, las tranquilas aguas del océano capitalista -no sorprende, considerando las circunstancias, que Heidegger se equivocara y creyera que el seudo acontecimiento de la revolución nazi era el Acontecimiento.


Fragmento del capítulo "Es la economía política, estúpido" del mismo libro 

Si el problema de la post-politica (la "gestión de los asuntos sociales") está en que tiende a limitar cada vez mas las posibilidades del verdadero acto politico, esta limitación se debe directamente a la despolitizacion de la economia, a la idea generalizada de que el capital y los mecanismos del mercado son instrumentos/procedimientos neutros que hay que aprovechar. Se entiende entonces por que la actual post-política no consigue alcanzar la dimension verdaderamente politica de la universalidad: excluye sigilosamente de la politizacion la esfera de la economia. El ambito de las relaciones capitalistas del mercado global es el Otro Escenario de la llamada re-politizacion de la sociedad civil defendida por los partidarios de la "política identitaria" y de las formas postmodernas de politizacion: toda esa proliferacion de nuevas formas politicas en torno a cuestiones particulares (derechos de los gays, ecología, minorias etnicas...), toda esa incesante actividad de las identidades fluidas y mutables, de la construcción de múltiples coaliciones ad hoc, etc.: todo eso tiene algo de falso y se acaba pareciendo al neurótico obsesivo que habla sin parar y se agita continuamente precisamente para asegurarse que algo-lo que de verdad importa- no se manifieste, se quede quieto. De ahí que, en lugar de celebrar las nuevas libertades y responsabilidades hechas posibles por la "segunda modernidad", resulte mucho mas decisivo centrarse en lo que sigue siendo igual en toda esta fluida y global reflexividad, en lo que funciona como verdadero motor de este continuo fluir: la lógica
inexorable del capital. La presencia espectral del capital es la figura del gran Otro, que no solo sigue operando cuando se han desintegrado todas las manifestaciones tradicionales del simbólico gran Otro, sino que incluso provoca directamente esa desintegración: lejos de enfrentarse al abismo de su libertad, es decir, cargado con una responsabilidad que ninguna Tradición o Naturaleza puede aligerar, el sujeto de nuestros dias esta, quizás como nunca antes, atrapado en una compulsión inexorable que, de hecho, rige su vida.

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Deberiamos, por tanto, aplicar la vieja crítica marxista de la "reificación": imponer la "objetiva" y despolitizada logica economica sobre las supuestamente "superadas" formas de la pasion ideologica es la forma ideologica dominante en nuestros días, en la medida en que la ideologia es siempre auto-referencial, es decir, se define distanciándose de un Otro al que descalifica como "ideologico". Precisamente por esto, porque la economia despolitizada es la ignorada "fantasia fundamental" de la politica postmoderna, el acto verdaderamente politico, necesariamente, supondria re-politizar la economia: dentro de una determinada situacion, un gesto llega a ser un ACTO solo en la medida en que trastoca ("atraviesa") la fantasia fundamental de esa situacion.


Fragmento del capítulo El tamagochi como objeto interpasivo del mismo libro 

Resulta muy sencillo ver como esta noción de interpasividad esta relacionada con la actual situación global. El ámbito de las relaciones capitalistas de mercado constituye la Otra Escena de la supuesta repolitizacion de la sociedad civil defendida por los partidarios de las "politicas identitarias" y de otras formas postmodemas de politizacion: todo ese discurso sobre esas nuevas formas de la política que surgen por doquier en torno a cuestiones particulares (derechos de los homosexuales, ecologia, minorias étnicas...), toda esa incesante actividad de las identidades fluidas, oscilantes, de las múltiples coaliclones ad hoc en continua reelaboracion, etc., todo eso tiene algo de profundamente inautentico y nos remite, en definitiva, al neurótico obsesivo que bien habla sin cesar bien esta en permanente actividad, precisamente con el propósito de asegurarse de que algo -lo que importa de verdad- no sea molestado y siga inmutable. El principal problema de la actual post-política, en definitiva, es que es fundamentalmente interpasiva.




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Marta Hannecker. La izquierda en el umbral del siglo XXI, http://www.rebelion.org/docs/95166.pdf Crisis Orgánica e Instrumento político adecuado a los nuevos desafíos que transcurre desde la página 248 a la 298

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LOS que no han leído a Hobbes identifican, automáticamente, a Leviatán con el monarca absoluto. Pero los lectores de Hobbes saben que éste, ateniéndose a la tipología clásica, afirma que el gobierno absoluto puede recaer, igualmente, en una aristocracia o en una asamblea compuesta por el conjunto de los ciudadanos. O sea, en una democracia. Yerran quienes confunden el principio democrático con el respeto de la libertad. La especie «democracia» versa sobre el origen del poder legítimo, no sobre las garantías individuales. ¿Por qué les digo esto? Por un escrúpulo, o mejor, un pasmo que me ha sobrevenido tras leer la increíble entrevista que Paolo Flores D´Arcais, coeditor de la revista «Micromega», ha celebrado hace tres meses con Rodríguez Zapatero. Se puede acceder a una versión íntegra de la entrevista en el número de abril de «Claves de la Razón Práctica».

Aunque el documento no tiene desperdicio, y debiera ser consultado por todo zapatólogo que se precie, lo verdaderamente mollar del diálogo procede, no de nuestro presidente, que escucha más de lo que habla, sino de D´Arcais, un hombre vanidoso e incauto, y por lo mismo, maravillosamente revelador del desarreglo en que ha ingresado cierta izquierda. Ahora, átense los cinturones, porque la más vertiginosa montaña rusa del mayor parque de atracciones que hayan conocido los tiempos es nada al lado de lo que van a ver.

Llevemos el asunto por sus pasos. D´Arcais exalta el matrimonio homosexual como un logro de dimensiones históricas. Y sostiene otras dos tesis, una negativa y otra positiva. La tesis negativa es que el derecho natural constituye una antigualla ridícula, que la Iglesia católica cultiva con propósitos esencialmente demagógicos.

La tesis positiva es que el gran logro de Occidente consiste en la defensa y propagación de los derechos individuales. ¿Es coherente el vilipendio del derecho natural con el éxtasis de los derechos individuales? Cualquier aficionado a la historia de la ideas contestaría a la pregunta con un «no» rotundo. Representa un dato perfectamente filiado que el concepto de derecho individual, en la acepción todavía operativa del término, brotó de un terreno previamente labrado por filósofos como Vitoria o Suárez. Los hugonotes recogen el legado, al que Locke infunde un perfil reconociblemente moderno. La antorcha pasa luego a la Constitución de los Estados Unidos, transida de derecho natural. No es menester, con todo, atarearse en estas finezas historiográficas para caer en la cuenta de que derecho natural y derechos individuales se hallan íntimamente enlazados. Los derechos individuales pretenden revestir alcance universal, y lo que caracteriza al derecho natural es la noción, precisamente la noción, de que existe una justicia que vale para todo el mundo, sin distinción de tiempo ni de lugar. Por eso el derecho natural se enfrenta al positivo. Y por eso los campeones de los derechos individuales estiman que el régimen saudí viola derechos, aunque Riad no sea Washington ni el wahabismo se sitúe en la misma tradición cultural que el sistema de ideas que inspiró a los constituyentes americanos. ¿Por qué opone entonces D´Arcais el derecho natural y los derechos individuales?

La respuesta que voy a proponerles parece inverosímil. Pero temo, ¡ay!, que no marra demasiado la diana. La razón auténtica por la que D´Arcais, más allá de tales o cuales repulgos anticatólicos, aborrece del derecho natural, es que éste presupone un objeto estable al que aplicarse. Presupone, entiéndase, una naturaleza humana anterior a los actos del legislador. Lo propio del legislador, conforme al derecho natural, no es definir al hombre sino reconocer que existe, existe como algo distinguido por propiedades que nosotros no hemos elegido y que hemos de respetar. Y esto se le antoja aburrido y decepcionante al intelectual italiano. ¿El motivo? El motivo es que si el hombre es lo que es y no lo que queramos que sea, lo que pasa es que la política pierde glamour. El legislador democrático no podrá permitirse las aventuras, los experimentos apasionantes, que serían agibles si el hombre, en vez de ser una cosa hecha, fuera sólo una cosa por hacer, una materia infinitamente dócil a los arbitrios e invenciones del demiurgo virtuoso.

Abona esta exégesis el modo en que D´Arcais enuncia los méritos y calidades del matrimonio homosexual. D´Arcais percibe en la iniciativa de Zapatero un triunfo, no ya sobre los prejuicios sociales, sino sobre la propia naturaleza: «La mutación antropológica que su ley introduce -D´Arcais se dirige a Zapatero- marcará una etapa en la historia de la humanidad». «Mutación antropológica» remite, irresistiblemente, a «mutación genética», esto es, a una mudanza en la constitución de un organismo material, un organismo que en este caso coincidiría con un ser humano. Se diría que, gracias a una ley emanada del Parlamento, se ha enmendado la plana a la jerarquía de los seres vivos, y que si Linneo volviese de su tumba habría de averiguar, en sus clasificaciones, un nicho inédito para nuestra especie, la cual habría logrado sublimar misteriosamente los límites inherentes a la reproducción sexuada.

Se trata, de suyo va, de un juego de palabras. Pero estos juegos de palabras han dejado de ser inocentes después de la incursión arrolladora del pensamiento posmoderno en la nueva izquierda. El pensamiento posmoderno, en efecto, es proclive a concebir la realidad como un texto, y el texto, como algo radicalmente abierto a las estrategias interpretativas de quien lo lee. En los términos usados por Umberto Eco: «El texto es sólo una máquina diseñada para generar interpretaciones». El resultado de ambos movimientos es la tendencia a decir que la realidad, en cuanto texto, acabará asumiendo los contenidos que nosotros, sus lectores, decidamos atribuirle. La realidad será, en fin, como nosotros decretemos que sea. Por ejemplo: además de aseverar, no sin fundamento, que la nación, los roles sexuales o las teorías científicas son construcciones sociales, los posmodernos dan un paso ulterior y afirman que el pasado histórico en que se fundan las naciones, los géneros sexuales en sí mismos considerados, o las verdades que descubre la ciencia, son también construcciones sociales. En varios sentidos, el posmodernismo integra una de las variantes del idealismo, en su versión potencialmente más frenética. ¿Hemos concluido? No. El idealismo frenético empuja hacia el voluntarismo frenético: si el mundo equivale a las ideas que acumulo sobre él, y yo controlo mis ideas, yo seré capaz de controlar el mundo. ¿Cómo? Ideándolo a mi antojo, o si se prefiere, redescribiéndolo a mi antojo. En la cita de D´Arcais que les hice antes, omití adrede una inserción entre paréntesis. Ha llegado el momento de rescatarla. D´Arcais dice que Zapatero ha introducido su «mutación antropológica» a través de «una parsimonia verbal (cursivas mías) extrema: en lugar de «marido» y «mujer» se habla de «cónyuge», sin especificar sexo».


Ustedes pensarán que todo esto es una memada. Y llevarán más razón que un santo. Elhombre mutado «verbalmente» por Zapatero no podrá dar a luz, por mucho que conste como matrimoniado con otro hombre en el Registro Civil. Ahora bien, la acción política no tiene por qué inspirarse en móviles racionales. El posmoderno devenido en legislador se dedicará a metamorfosear la realidad circunstante -valores, relaciones sociales y personales, propiedad, lo que se ponga a tiro- a golpe de ideaciones, o sea, de BOE. D´Arcais, sin ir más lejos, propone reinventar la democracia representativa, lo que no suena especialmente tranquilizador. Una izquierda en la línea de D´Arcais, una izquierda desinhibida por el delirio posmoderno, procurará recuperar, mediante la apelación al utopismo legislativo, lo que no ha conseguido en la calle o en la fábrica: la revolución. Leviatán ha resucitado. Vibra su espada, ansiosa de ganar batallas.



It's so easy - Willy DeVille:


           

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