martes, 17 de febrero de 2015

La ética desde la izquierda: diferencia según modos de dependencia

Gustavo Bueno

Tesis III

La izquierda se diferencia (y aun se bifurca) internamente según los modos de dependencia de la ética

§1. Sobre la diferenciación de la Izquierda en izquierdas

La Izquierda no tiene por qué ser homogénea. Todo el mundo reconoce que la Izquierda no es única, y si se pide su unidad, sea con un alcance definitivo, sea con un alcance coyuntural (en un Frente Popular o en una coalición de partidos políticos de izquierda, en una «Izquierda Unida»), es porque se da por supuesto que la unidad no existe. También daba por supuesto el Manifiesto Comunista que los proletarios de los diferentes países estaban separados en el momento de decir: «¡Proletarios de todos los países, uníos!». La atracción mutua entre las fuerzas de la izquierda, no parece ser por tanto una ley natural, puesto que necesita de cálculos y de arengas intimatorias. Newton no dijo: «¡Planetas de todas las órbitas, atraéos!».

La Izquierda es diversa –en realidad habría que decir: las izquierdas– pero, sin embargo, se procede una y otra vez como si tal diversidad fuese debida a motivos accidentales, que podrían ser eliminados y no sólo en momentos excepcionales de coalición ante terceros, en momentos de constitución de bloques históricos. Suele darse muchas veces, por cierto, como si fuera evidente, que, «en el fondo», entre las fuerzas de izquierda más alejadas entre sí ha de haber siempre una mayor afinidad práctica que la pueda mediar entre dos fuerzas, una de izquierda y otra de derecha. Por este motivo, cuando dos fuerzas de izquierda se enfrentan a muerte entre sí (como ocurrió en el Madrid del final de la Guerra Civil, con el enfrentamiento de anarquistas y comunistas), se hablará de «irracional lucha fratricida»; y cuando una fuerza de izquierda se coaligue con otra de derechas, se hablará también de un «matrimonio o cohabitación contra natura».

No se trata sólo de constatar las diferencias «empíricas» (fenoménicas, históricas, factuales, anecdóticas) entre las fuerzas de izquierda, tales como «izquierda moderada» y «extrema izquierda», «izquierda cristiana» o «izquierda musulmana», «antigua» y «nueva izquierda», &c. Ni siquiera se trata, dando ya un paso más, de reconocer que el concepto de Izquierda puede dividirse en «especies» utilizando criterios de división que se cruzan también con la Derecha, al modo, aunque sea sólo psicologista, de Eysenck, del que antes hemos hablado (izquierda dura, izquierda blanda, &c.), puesto que lo que importa es determinar el alcance político de esa división. O, de otro modo, si en lugar de tomar como géneros la Izquierda o la Derecha y como especificaciones suyas el carácter duro o blando, debemos tomar como género ese carácter duro o blando (u otras notas pertinentes) y como especificaciones suyas el izquierdismo o el derechismo. Desde muchos puntos de vista se llega a pensar, por ejemplo, que el comunismo (entendido como izquierda dura) está más cerca del fascismo (es decir, de la derecha dura) que de la socialdemocracia (considerada como izquierda blanda). Se trata, por tanto, nada menos, que de reconocer que, por los mismos motivos por los cuales la oposición Izquierda/Derecha no es booleana siempre, tampoco puede suponerse que el racionalismo social de la izquierda sea unívoco. Lo que implica, a su vez, una crítica a fondo del «racionalismo social unívoco» y por tanto, una gran prudencia en el momento de adscribir como gentes de izquierda o de derecha a los individuos clasificados según estos criterios.

Necesitamos, en resolución, regresar constantemente hacia la misma idea original (esencial) de la Izquierda funcional (metodológica) para poder encontrar, si es que existe, un principio de diferenciación interna y no sólo empírica o fenomenológica (las diferenciaciones empíricas deben ser reinterpretadas desde los mismos conceptos esenciales).

Ateniéndonos, como es lógico, a la idea funcional de Izquierda que hemos esbozado en la tesis II, podemos comenzar constatando que las diferencias de la Izquierda no tienen por qué considerarse, en general, como accidentales, puesto que, desde una concepción dialéctica, no unívoca, de la razón, ellas pueden aparecer en virtud del mismo proceso de desarrollo de la idea izquierdista. Porque un tal desarrollo es precisamente una diferenciación, y no precisamente de diferencias que puedan convivir en «coexistencia pacífica», sino diferencias incompatibles en la práctica, pues incompatibles son muchas veces los valores que toma la función cuando cambian los parámetros en donde tienen que cambiar, a saber, en la práctica. Pero esta es la única referencia pertinente tratándose de una idea metodológica, o si se quiere, de una «teoría de la praxis». Porque hablar de un «acuerdo en la teoría», como si esto fuera un consuelo, es hablar en vano; el llamado acuerdo en la teoría es sólo un modo perezoso de referirse al acuerdo en unos principios genéricos recogidos precisamente antes de su diferenciación dialéctica. Ante la ineludible cuestión del Estado, históricamente dado in medias res a los partidos de izquierda, se separaron abismalmente (pese a su «acuerdo en la teoría») no sólo anarquistas y marxistas, sino también, después, la Segunda Internacional (la izquierda que se autodenominó marxista ortodoxa) y la Tercera Internacional (la izquierda marxista-leninista). Pero no solamente ante la cuestión del Estado –cuestión agravada en la situación de los Estados en guerra–, sino ante otras muchas variables o piedras de toque (las colonias, las nacionalidades, las políticas de desarrollo industrial, el matrimonio o el aborto, el Proletkult), las fuerzas de la izquierda se diferenciarán profundamente entre sí y, al parecer, de modo irreductible. La razón suficiente para que esta diferenciación se lleve a cabo de formas discordantes –o si se prefiere, el motivo de las discordias– lo pondremos, por nuestra parte, en la propia «naturaleza» de la Izquierda en cuanto metodología funcional genérica que no puede considerar a priori, como si estuvieran previstas, las líneas de acción o los materiales sobre los cuales han de ejercerse sus operaciones, así como la composición con otras variables imprescindibles para un desarrollo práctico. Pero además de esta razón suficiente cabría hablar de una razón necesaria de la diferenciación interna de la Izquierda, de una raíz de la diferenciación en virtud de la cual la Izquierda no se diferencia sólo en el momento de enfrentarse a los materiales dados por el curso histórico (por así decirlo, a posteriori), para tomar posición ante ellos, sino también en el mismo modo de aproximarse a los materiales, es decir, según una diferenciación de principio en cuanto a su «estilo» y, por así decir, a priori.

En efecto, dada la naturaleza misma de la idea de un «racionalismo socialista» de la que partimos como definición de la Izquierda, comprendemos la dualidad originaria entre un racionalismo que, para decirlo en una rápida fórmula, percibe a la sociedad desde el individuo y a otro que percibe al individuo desde la sociedad. Hablamos, por ello, de dualidad en un sentido parecido al que este término recibe por parte de los geómetras cuando hablan de la dualidad originaria entre puntos y rectas, es decir, por ejemplo, de la alternativa originaria con la que tenemos que enfrentarnos o bien al entender a la recta como una «colineación de puntos» o bien de entender al punto como una «intersección de rectas». Y esta dualidad, como veremos a continuación, equivale a la dualidad de los dos modos de «entender» la ética (si mantenemos el sentido expuesto en la Tesis I); de una ética que es correlativa de una moral. Desde esta perspectiva sería posible decir que la diferenciación interna de la Izquierda o, si se prefiere, su bifurcación original en dos corrientes diversas (inconmensurables y a veces incompatibles) tiene que ver con los modos según los cuales la Izquierda depende de la ética. Podríamos llamar a estos dos modos la «Izquierda de la igualdad originaria y de la solidaridad» y la «Izquierda de la desigualdad originaria y de la fraternidad»; o quizá también, «Izquierda de la ética dirigida a la moral» o «Izquierda de la moral dirigida a la ética». Para abreviar, recurriremos a símbolos cromáticos, aun a sabiendas de los riesgos que una abreviatura de este tipo comporta: llamaremos Izquierda blanca a la izquierda de la solidaridad, e Izquierda roja a la izquierda de la fraternidad. Huyendo del estilo prolijo, omitiremos los motivos que nos han determinado a establecer estas correspondencias.



§2. Principio de una diferenciación de la Izquierda en función de la ética
1. Antítesis: no cabe diferenciación interna de la Izquierda en función de la ética

La antítesis niega toda diferenciación, y tal negación encierra el peligro de sustancialización de la idea misma de Izquierda. La crítica a la antítesis la fundamos, sin embargo, en la dualidad de que hablamos. Pues aunque la izquierda se regule siempre por el principio de un logos operatorio-social, el reconocimiento del estado social cooriginario de los individuos se encuentra con una dualidad también originaria, en el momento de establecer la conexión con la racionalidad. En efecto: o bien el conjunto de los individuos (del grupo, de la nación) se entiende originariamente como una totalidad distributiva Tg, o bien se entiende como una totalidad atributiva T.

En la primera alternativa, la racionalidad habría de ser asignada por estructura a los individuos, cualquiera que fuera la vía genética que conduce a tal estructura (biológica, espiritual, &c.). Ontogenéticamente este principio se traducirá, por ejemplo, en la tendencia a la eliminación de toda «compulsión» en el proceso de transformación del recién nacido en un sujeto racional (en la tendencia hacia una «educación no directiva»). Esta alternativa, por tanto, comenzará atribuyendo a los individuos una situación de igualdad originaria en el plano esencial o estructural, aun cuando en el plano de los fenómenos (y aun descontando casos especiales, como los de los hermanos siameses), ese estado de igualdad se considere como una ficción o como resultado de una abstracción producida por el «velo de ignorancia» del que ha hablado Rawls. Pero inmediatamente se introducirán las relaciones de unos individuos con los otros: relaciones de simpatía, para decirlo con Hume (dada la igualdad originaria desde el punto de vista de «la especie»), a la que se dotará de la propiedad de la transitividad. La simpatía conducirá, por tanto, a la solidaridad, para decirlo con Comte; una solidaridad que se supondrá implicada en el contrato social (como si el pacto social, pidiendo el principio, implicase la igualdad). La solidaridad, según esto, entrará en escena como personaje posterior al amor propio o al egoísmo, en el sentido de Le Dantec. Esto sitúa a la «Izquierda de la solidaridad» muy cerca del epicureismo, porque la asfaleia, la seguridad que el individuo necesita recibir de los demás, según Epicuro, para ser feliz, camina muy cerca de la solidaridad. Las desigualdades que puedan aparecer se nos mostrarán sobre el fondo de la igualdad originaria: esto es lo que explica la práctica de apelar a la igualdad y a la solidaridad, como si se apelase a la esencia misma de la humanidad, como si de la consigna «hay que ser solidarios» pudiera seguirse algo con alcance práctico. Se comprende bien la «insistencia ética» de la izquierda blanca ante cuestiones tales como la abolición de la pena de muerte o de la conveniencia de edificar murallas legales –por no decir también petreas– destinadas a proteger la «privacidad». Y, desde el momento en que se parte de una igualdad originaria, por tanto, de una igualdad que no necesita ser «reivindicada», será más fácil fijar como metas del socialismo práctico la igualación de los ciudadanos, que ya son iguales en su sustancia, por la vía del consumo que satisfaga las necesidades consideradas básicas: el «Estado del bienestar» y su correlato, el «consumidor satisfecho», podrán constituir el esqueleto de un modelo político de socialismo blanco que subestima las desigualdades que puedan aparecer por encima del nivel suficiente de consumo que se juzgue adecuado para la vida de un ciudadano feliz.

En la segunda alternativa la racionalidad habría de ser atribuida a los individuos, pero sólo en la medida en que ellos son miembros de un grupo (lo que tendrá como reflejo, por ejemplo, un cierto entendimiento «directivo» de la disciplina escolar). Incluso, por así decirlo, ahora no se parte de la igualdad originaria (ni siquiera de la terminal: «a cada cual según sus necesidades, de cada cual según sus posibilidades») sino de una desigualdad originaria («no hay dos cosas iguales», decían los estoicos). Que es, ante todo, la desigualdad en la fratría (la «fraternidad»), la desigualdad en la familia, constituida, tal como enseñó Aristóteles, sobre las relaciones de desigualdad (la desigualdad que media entre varones y mujeres, padres e hijos, viejos y jóvenes, y aun señores y siervos); una sociedad cuya unión se funda no tanto en la díke (la justicia, ligada al Estado) cuanto en la filía. La racionalidad se le atribuirá a los individuos –y, con ella, la igualdad– partiendo de la situación de «desigualdad fraternal»; la solidaridad podrá aparecer aquí como redundante; propiamente no tiene ella cabida en el mapa práctico de la izquierda roja, puesto que su lugar está ocupado, desde el punto de vista ético (si hablamos con Espinosa), por la generosidad.



2. Diferenciación por los contenidos
Desde un punto de vista abstracto (o bien: envueltos por un velo de ignorancia) ambas alternativas parecen que podrían llegar al mismo resultado: a la sociedad de individuos racionales en la cual la solidaridad y la generosidad se identifican (por ejemplo, la izquierda blanca, ante una cuestión de redistribución de las aguas de un río, dirá: «primero el consumo propio, después la solidaridad»; la izquierda roja, en cambio, diría: «primero el nosotros, después el yo»).

Sin embargo, una tal convergencia tiene lugar únicamente en el marco de una pura abstracción, es decir, en el marco de la ignorancia. La metodología puede ser muy diferente en ambos casos y sus resultados inconmensurables. La alternativa primera no podrá menos de reconocer que en su despliegue ha de tener lugar la formación ineludible de desigualdades (de clase, de raza, de cultura, de lenguaje o idiosincrásicas); sólo que estas formaciones intermedias serán interpretadas sobre el fondo de la igualdad y la solidaridad, siempre que las «mantengamos a raya» (mediante una política fiscal, por ejemplo), siempre que limitemos sus eventuales virtualidades, tendentes a atenuar, incluso a borrar, a la igualdad entre los individuos ya presupuesta.

En cambio, desde la segunda alternativa, el reconocimiento de las formaciones de origen, desiguales entre sí, no permite «asegurar» la constitución de los individuos racionales; la segunda alternativa tenderá a ver la existencia misma de los individuos como algo que está constantemente comprometido.

Una mujer que defiende el aborto libre «porque lo que ella lleva en su cuerpo es suyo» es una mujer que podría ser incluida en las filas de la izquierda blanca (pese a la escasa solidaridad para con su futuro hijo); una mujer que defiende el aborto libre, no ya porque el embrión sea suyo (pues pensará que, por lo menos, su mitad es también del padre) sino porque así le conviene al grupo, podría ser una mujer de la izquierda roja. Parece que llegan a lo mismo desde distintos fundamentos, pero esto no es así. ¿Qué habría que decir en torno a la cuestión del abolicionismo de la pena de muerte? La izquierda blanca fundamentará el abolicionismo en el principio «no matar», como principio supremo y sin excepciones; en cambio la izquierda roja podrá incluir a la pena de muerte «dentro de sus cálculos», cuando la vida de un individuo parezca incompatible con la vida del grupo.

No se llega a lo mismo necesariamente desde cada una de las perspectivas, según las cuales suponemos que se bifurca la Izquierda. Se trata de dos procesos dialécticos opuestos. En el primer caso, de la igualdad teórica se pasa a la solidaridad entre los ciudadanos; en el segundo, de la desigualdad, como punto de partida, se pasa a la fraternidad entre los hombres.

3. Diferenciación por los fundamentos

La izquierda blanca propende a ver la moral desde la ética, mientras que la izquierda roja propende a ver la ética desde la moral.

La izquierda blanca, en cuanto izquierda de la igualdad y de la solidaridad, puesto que parte de una situación originaria de igualdad, tiende a considerar a las desigualdades advenientes como obstáculos que, sin embargo, no pueden comprometer el fondo de la realidad humana; propenderá a mantener una actitud «armonista», y no sólo ante las desigualdades económicas de la libre competencia, sino también ante las desigualdades políticas y sociales, confiada en que, por debajo de todas las diferencias advenientes (de nacionalidad, de Estado, de cultura, de clase), subsiste la igualdad y la solidaridad. Será suficiente una política de limitación interna de los poderes intermedios por parte del Estado. Asimismo convendría limitar a los propios Estados, abriendo la posibilidad de la acción de las empresas multinacionales, porque ellas podrán dar lugar al despliegue de la solidaridad entre los pueblos. Se estimarán en poco, o se subestimarán, ciertas formaciones intermedias, porque la socialización se supone que viene dada ex opere operato, dada la hipótesis de la igualdad.

Pero la izquierda roja, en cuanto Izquierda que cree estar pisando continuamente sobre la desigualdad, mantendrá la visión de la pluralidad como una pluralidad constitutivamente desigual y agresiva, en la que se enfrentan unas clases a otras, unas culturas a otras culturas, unas razas a otras, sin que pueda afirmarse como principio la «armonía» entre esos enfrentamientos, y por tanto, la posibilidad de la propia libertad. Sin embargo, es desde alguna de estas formaciones (estatales, nacionales, de clase, &c.), desiguales entre sí, desde donde únicamente puede actuarse en sentido racional; ni siquiera la violencia tiene por qué ser excluida a priori, ni en la «ontogenia» ni en la «filogenia». Se desconfiará, por tanto, de la ética individual y espontánea como recurso al que el político pueda apelar en momentos en los cuales sus planes estén a punto de fracasar; pues no supondrá que un comportamiento ético pueda darse como presupuesto espontáneo y previo para el ejercicio de los planes y programas políticos. Son estos planes y programas los que tienen que determinar, a través de la moral, las propias conductas éticas.

Dos modos de la Izquierda que no tendrían por qué carecer de paralelos en la Derecha. En efecto, la Derecha, tal como la hemos definido, también está sometida a la dualidad de la que venimos hablando. O bien partirá de individuos privilegiados, héroes de empresa o superhombres, genios «en los que ha soplado el Espíritu», como individuos que tratarán de extender su influencia benéfica a los demás; los héroes no se reclutan entre todos los hombres, tomados al azar, sino en círculos de escogidos (muchas veces secretos). A lo sumo, se referirá a los grupos privilegiados particulares (razas, clases, culturas, iglesias, sectas, &c.) de cuya vitalidad podrán beneficiarse los otros pueblos o clases dirigidos por ellos. No deja de tener interés la posibilidad de poner en correspondencia estas dos modalidades de la derecha con la «bifurcación» que el catolicismo de finales del siglo XIX experimentó en Europa, a raíz de la cristalización de la corriente denominada «catolicismo liberal», en cuanto opuesta al «catolicismo romano»: «Parece [dice un autor que mereció la aprobación vaticana en 1887, don Félix Sardá, en su libro El liberalismo es pecado, libro que mereció también una monumental edición políglota con versiones en español, catalán, vasco, gallego, latín, italiano, francés y alemán] según dan razón de la suya los católicos liberales, que hacen estribar todo el motivo de su fe, no en la autoridad de Dios infinitamente veraz e infalible [traduciendo esta frase metafísica a un lenguaje más positivo: que hacen estribar el motivo de su fe no en el magisterio de la Iglesia, «como único autorizado por Dios...»] sino en la libre apreciación de su juicio individual que le dicta al hombre ser mejor esta creencia que otra cualquiera».

Estas dos modalidades de la Derecha se corresponden muy bien, cuanto a la función asignada a la ética, con las dos modalidades que hemos distinguido en la Izquierda, y se aclaran las unas por las otras. Cabría utilizar los mismos símbolos cromáticos que hemos utilizado a propósito de la Izquierda (blanco, rojo), aunque acaso sea preferible, para evitar «contaminaciones», acudir a otros colores que mantengan análoga proporción, aun cuando cada uno por separado suba un tono cromático más alto; de esta manera a la «izquierda blanca» le correspondería una «derecha amarilla», y a la «izquierda roja» una «derecha negra».

La situación podemos formularla así: la oposición Derecha/Izquierda se cruza distributivamente con la oposición ética/moral. Cabría hablar por tanto, no sólo de una izquierda que ve a la moral desde la ética, y de otra izquierda que ve a la ética desde la moral, sino también de una derecha que ve a la ética desde la moral, y de otra derecha que contempla a la moral desde la ética. Por ello, la derecha negra puede marchar en la misma línea, en muchos tramos, con la izquierda roja; así como con la izquierda blanca pueden marchar, en tramos muy amplios, simpatizantes de la derecha amarilla. Asimismo, cabrá decir, a veces, que la izquierda blanca se opone a veces a la izquierda roja más aún que a la derecha amarilla. Podríamos ejemplificar esta situación con la Asamblea francesa de 1789: allí se dibujaron dos corrientes bien definidas (que no podemos confundir sin más con la derecha o con la izquierda): la representada por diputados tales como Lally-Tollendal, Mounier o Malouet (en la línea de Voltaire y de Montesquieu) y la representada por Robespierre o Dupont (en la línea de Rousseau y su doctrina de la «voluntad general»). La primera corriente, que podría corresponder a una derecha amarilla, o acaso también a una izquierda blanca, sostenía que, aun cuando la patria esté en peligro, no han de restringirse los derechos individuales, sin riesgo de caer en la tiranía; la segunda corriente (más próxima a la izquierda roja) estaría representada por quienes invocaban la «salvación pública» como ley suprema, la de quienes defendían, en nombre de la utilidad de todos, la vigilancia de las libertades de algunos.



Final

Concluimos: la función «Izquierda» sólo puede tomar sus «valores» en un campo político en el que puedan estar definidos proyectos opuestos susceptibles de ser determinados por una asamblea (sea una asamblea democrático-parlamentaria, sea un soviet de obreros y campesinos): fuera de este campo no cabe hablar propiamente de Izquierda ni de Derecha, salvo por extensión más o menos débil; como tampoco cabe hablar de energía eléctrica, positiva o negativa, más que en las situaciones en las que existen los campos eléctricos, y sólo por analogía o por metáfora podrá decirse, por ejemplo, que un orador «electriza» a su público. Además, la determinación del significado de la izquierda o de la derecha no puede fundarse únicamente en la apariencia de los fenómenos, es decir, en la trayectoria empírica de uno u otro partido; sobre todo, porque las decisiones que un partido de izquierda haya podido adoptar de hecho son significativas y diferenciales, en principio, en relación con muchas opciones de valores concretos (koljoses o sovjoses, autopistas o ferrocarriles, &c.) pero pueden estar «equivocadas» en relación con la función característica. Las izquierdas, o las derechas, pueden extraviarse o desviarse en el modo de elegir los parámetros en cada caso, y sobre todo, en el momento de componer los valores de una línea dada, con los de las demás.

Hemos propuesto un modelo funcional de «ley esencial de la Izquierda» que contiene la posibilidad de la variación de sus posiciones por la codeterminación de los valores posibles. Más aún, hemos sugerido muchas diferencias constatadas en las izquierdas (o en las derechas), que, según su posición, no son explicables por circunstancias aleatorias, sino sistemáticas, que hemos intentado concretar en criterios éticos. En función de estos criterios o parámetros, la función de la Izquierda se modularía habitualmente según direcciones bien diferenciadas que entran en conflicto mutuo, a veces tan intenso como el que pueden mantener con respecto a las posiciones de la Derecha.

Con esto estamos reconociendo que la función general de la Izquierda propuesta no tiene capacidad suficiente para definir (o decidir) en todas las líneas por igual, valores que puedan considerarse genuinamente de Izquierda o de Derecha (lo que no quiere decir que la oposición entre Izquierda y Derecha pueda considerarse como una mera reliquia histórica). Y esto significa, por tanto, que muchos de los valores empíricos atribuidos a la izquierda (pongamos por caso, la defensa de la eutanasia o la del aborto libre) no pueden recibir una justificación terminante desde la idea general, sino que tienen que irse determinando precisamente en la confrontación y oposición a los valores de sus contrarios. Asimismo, tampoco las discrepancias de la izquierda podrán atribuirse siempre a sus modulaciones éticas.

Y esta incapacidad de reconstruir una posición dada a partir de principios, aunque no significa necesariamente que la reconstrucción es imposible, tampoco excluye esta posibilidad. Si esta se acepta tendríamos que atenuar notablemente, en muchas líneas, las diferencias, que muchos quieren atribuir a una oposición general, dicotómica y «maniquea», entre izquierdas y derechas; y no sólo en función de la Realpolitik, sino en función de la propia ética.

Concluiremos diciendo que las decisiones éticas y morales han de considerarse, en gran número de casos, mucho más independientes del hecho de estar insertas en una izquierda o en una derecha, al menos empírica, de lo que pueden estarlo las izquierda o las derechas políticas, respecto de las decisiones éticas o morales.


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La "New Left" 

El sobresaliente psicoanalista Jacques Lacan le hablaba a las juventudes francesas del Mayo del 68. Estas palabras estaban dirigidas a las juventudes de la denominada “nueva izquierda” de fines de los 60: juventudes ruidosas, quiméricas, de clases medias parisinas hundidas en el tedio, aburridas del esnobismo francés de toda una generación y por cierto bastante poco proletarias. ¿Qué es la "nueva izquierda" o new left? Herbert Marcuse (quien fue su gurú ideológico proclamado por la juventud del mundo rico), luego de volver gloriosamente desde USA, la definirá como la búsqueda de una "revolución cultural", la lucha de nuevos sectores emergentes de la sociedad del capitalismo tardío ahora visibilizados (las "minorías sociales"), rumbo a establecer una "nueva subjetividad".  Su lema altisonante fue (¿es?) ¡la imaginación al poder!, o bien: "seamos realistas: pidamos lo imposible", “haz el amor y no la guerra”, etc. Esta new left ya no hablaba de lucha ni intereses de clases, sino que sus agentes eran portadores de una estética contestataria vinculada al mundillo hippie, haciendo del arte popular una fuerza productiva de lucha en sí misma, además de proponer un campo de lucha en torno a la liberalización de las drogas, un "anti-autoritarismo abstracto", el rock n' roll, el “amor libre” y el culto a los gurús espirituales de turno como formas de liberación alternativas, así como una “fetichización del marxismo” (en palabras del propio Marcuse). (1983, pp. 58 ss.) De hecho, la nueva izquierda a lo largo de estas últimas décadas ha resultado algo así como un marxismo cultural light para la juventud desencantada, como también una suerte de marxismo pedagógico que aún hoy inspira el repertorio discursivo de los llamados useful idiots, los “tontos útiles” del sistema funcionales al paradigma ideológico contemporáneo, el único vigente: el del mundo anglo-liberal. De todos estos sectores, el feminismo históricamente fue (posteriormente a los 70) algo así como el buque insignia de este proceso de ideologización, y no en vano Marcuse hablaba de la necesidad de alcanzar un "socialismo feminista", y afirmaba: "el socialismo feminista tendrá que fundar y desarrollar su propia moral, que deberá ser otra cosa, más que la mera negación de la moral burguesa". (1983, p. 26) Obsérvese el discurso de la actual autodenominada izquierda, y se verá que aquellos memes ideológicos puede que ya no citen una procedencia genealógica intelectual (Escuela de Frankfurt, izquierda gramsciana), pero ello no importa tanto, de momento en que están plenamente operantes y avanzando.

Las consignas y géneros discursivos producidos y promovidos por la new left fueron rápidamente asimilados en América del Sur en los años 80 y 90 por las izquierdas criollas posdictadura en su respectiva mutación del marxismo al progresismo liberal, y estableciendo enlace, de ese modo, con la siempre presente tradición de fidelidad al colonialismo intelectual desde los tiempos de nuestra fundación como repúblicas. Hoy básicamente la new left es sensu stricto el único componente del discurso progresista en términos de contenido ideológico fehaciente e identificable: liberalización de drogas, un agresivo “laicismo”, abortismo, asistencialismo a sectores empobrecidos  (administrar la pobreza y no erradicarla estructuralmente, debido al rédito político que ello conlleva), defensa identidad "vulnerable" de grupos sociales, feminismo y consignas “de género”, veganismo, ecologismo. La new left administra la decadencia, pero no aspira a cambiarla, menos aún a erradicarla: le bastan las consignas "libertarias" y hedonistas que seducen al pequeño burgués de casi toda sociedad occidental.
Tug of War - Angelus Apatrida:


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