domingo, 8 de marzo de 2015

Principios, ética y carácter de la política posmoderna

Principios y ética política

El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, aludiendo a Izquierda Unida sentenció: "Se vive muy cómodo en el 12%, siendo un partido bisagra del PSOE, siendo fiel a tus principios y sabiendo que vas a ser minoritario". Que un político argumente la necesidad de renunciar a los principios y valores bajo el paraguas de ganar a toda costa es inquietante. En este caso, da igual si el secretario general aludía a un partido, a su dirigencia o al comportamiento de personas en su vida privada. La moraleja es la misma: no vale la pena mantener principios si con ello pierdes. En la vida es mejor ganar que perder.



Me parece que tal opinión -muy extendida en el ámbito deportivo: no importa jugar mal y ganar, mejor que hacerlo bien y perder- nos sitúa en el mundo donde el quehacer político se reduce a gozar del poder por el poder. El EZLN lo aclara magistralmente: "En la historieta del poder, el problema de la relación entre la moral y la política es ocultado (o desplazado) por el de la relación entre política y éxito, y entre política y eficacia. Maquiavelo resucita en el argumento de que, en política, la moral superior es la eficacia y la eficacia se mide en cuotas de poder, es decir, en el acceso al poder (...) En consecuencia, ahora hay una ética de la 'eficacia política' que justifica los medios que sean necesarios para obtener resultados".

Los principios y los valores nos hacen fuertes y marcan la diferencia. En lenguaje cotidiano no todo puede adscribirse a lógica del poder, ni medir por éxitos electorales. Los ejemplos no son pocos. Albert Einstein, por principios, renunció a la presidencia de Israel ofrecida por los sionistas. Emile Zola -ese genio de la literatura- no claudicó y, a pesar de las presiones, escribió Yo acuso, dirigido al entonces presidente de Francia, desenmascarando el amaño de juicio contra el teniente Dreyfus, acusado de traición a la patria. Su actitud le valió el exilio. Sin embargo, descartó vender más libros y gozar de la fama a cambio de su silencio.

Salvador Allende tampoco renunció a sus principios, ni aceptó chantajes a cambio de seguir en el gobierno. Fue fiel a la Unidad Popular, formación heterogénea donde coexistían partidos políticos y movimientos sociales cristianos, laicos, marxistas, independientes, socialdemócratas, comunistas y socialistas. Mantuvo sus principios y defendió su programa político, muchas veces en contra de su partido, el socialista. Hoy la izquierda mundial lo reconoce como un patrimonio universal. Una vida ejemplar.

Sócrates, Giordano Bruno, Simón Bolivar, Condorcet, Juan Negrín, García Lorca o Antonio Gramsci, entre otros, configuran la saga de hombres dignos. Sin olvidarnos de la gente que lucha contra la injusticia social desde el anonimato, poniendo como aval sus principios y dignidad. Ellos son un valor agregado de la izquierda. No se puede renunciar a los principios ni menos a la política, izando la bandera del pragmatismo electoral, soslayando la memoria histórica, renegando de la conciencia política y abandonando los principios éticos en la lucha emancipadora de los pueblos por la democracia.

Max Weber -sociólogo maldito- ejemplarizó dicha renuncia bajo la dualidad de la ética del compromiso, fundada en valores del bien común, la justicia social y los derechos humanos, versus la ética de la responsabilidad, apoyada en la razón de Estado. Para un político pragmático es más cómodo enarbolar el argumento de la responsabilidad con el poder, nadar a favor de la corriente que defender principios.

Los principios, como los valores éticos del bien común, la justicia social y la dignidad, son irrenunciables. Sirva un ejemplo. En América latina, durante las dictaduras hubo militares que no aceptaron la ordenanza de ley debida como fundamento para violar los derechos humanos. Su actitud les llevó al enfrentamiento con sus compañeros de armas. Fueron repudiados, expulsados, perseguidos, torturados o asesinados. Pudieron guardar silencio, mirar hacia otro lado y conseguir un ascenso. Sin embargo, prefirieron mantener la dignidad y no traicionar su conciencia. Seguro que tenían miedo, pero no fueron cobardes, actuaron en consonancia. Sabían a lo que se enfrentaban. Vivir acorde a los principios no es fácil. Supone una crítica diaria de lo hecho.

Si el objetivo del secretario general de Podemos era referirse a la izquierda como categoría y a Izquierda Unida como partido con valores anquilosados, inamovibles y fracasados electoralmente, tildándola de estéril, ello supone faltar a la verdad. Desde su creación en 1986, IU ha gobernado cientos de ayuntamientos y ha coadyuvado a la apertura de espacios democráticos, fortaleciendo derechos políticos y sociales nada desdeñables. En el parlamento ha levantado la voz denunciando los recortes, las privatizaciones, la ley mordaza, la ley de partidos, etc. Igualmente, ha participado siempre en las luchas sociales y, en estos años de crisis, en las marchas por la dignidad, las mareas y los movimientos vecinales contra los desahucios. Sus abogados han prestado servicios a inmigrantes y han denunciado el racismo y al gobierno del Partido Popular como antes al del PSOE en el Parlamento Europeo.

Durante décadas, más allá de sus triunfos y fracasos electorales, IU ha participado en las luchas contra el machismo y en la defensa de los derechos de lesbianas, gays, transexuales y bisexuales. No es de extrañar que Syriza tenga en Izquierda Unida su organización hermana y sea un ejemplo desde sus orígenes para su proyecto, pese a quien le pese.

¿Dónde situar pues la afirmación "vivir en la comodidad de la oposición y los principios"? El sitio adecuado es la mentira política. Federico II, rey de Prusia, convocó en 1778 un concurso de ensayos bajo el título "¿Es conveniente engañar al pueblo?". Sostenía que era necesario hacerlo en beneficio de la propia gente. Condorcet, rechazando tal afirmación, aunque sin ánimo de presentarse al concurso, respondió a tal felonía: "Es imposible concluir un error a partir de una verdad sin haber razonado en falso; o bien que todo razonamiento falso presupone una proposición falsa. No será pues la verdad la que habrá conducido a un error funesto, sino una opinión falsa la que habrá conducido a una falsa conclusión". Por tanto, en política es mejor decir la verdad que mentir y engañar.

La política no se construye desde la mentira, el engaño o las verdades a medias. Resulta peligroso y contraproducente, aunque se obtengan réditos inmediatos. La democracia se fundamenta en conceptos éticos del bien común, de justicia social y responsabilidad. Existe una relación directa entre lo que se dice y lo que se hace. ¿Acaso no demandamos a los partidos políticos que cumplan su programa? Les criticamos cuando no se ciñen a sus proyectos. El ciudadano -hoy la gente, para algunos- demanda coherencia en el quehacer político. Sea votante, militante o simpatizante del Partido Popular, Convergencia i Unió, Partido Nacionalista Vasco, Izquierda Unida, Ciudadanos o Unión Progreso y Democracia. La crítica debe preceder la acción. Acomodarse supone justificar todo en nombre del partido. Vivir con principios, mantener la dignidad y no perderla por un puñado de votos, no es tarea fácil. En eso consiste tener conciencia y levantar un programa emancipador. Otra cosa es justificar lo injustificable a cambio de un puñado de votos.

Fuente: http://www.eldiario.es/contrapoder/etica_politica-principios_6_356324380.html




La mentira en la política española

Javier Caraballo

Es curioso. Ninguna palabra se ha usado más en el debate del estado de la nación que la mentira. Y no deberíamos pasar por alto esta coincidencia letal, este fuego cruzado. Todos han acusado a todos de mentir en el Congreso, pero fuera, exactamente igual: no ha habido comentario o análisis sobre el debate que no haya girado sobre la mentira. Y es una justa crítica si se repasan algunas de las frases estelares del debate. Mentía, por ejemplo, el presidente Rajoy cuando afirmaba que la realidad de España es la de “una nación que ha salido de la pesadilla, que se ha rescatado a sí misma”. ¿Cómo que se ha rescatado a sí misma? ¿Hubiera sido posible salir de la crisis sin el rescate financiero, sin los recortes impuestos por la troika?

Mentía Pedro Sánchez cuando decía que todo lo ocurrido en estos últimos cuatro años es “precariedad, impuestos y Bárcenas; ese es el resumen de su legislatura”. ¿De verdad cree que no se ha avanzado nada? ¿Es que no recuerda el dirigente del PSOE en el estado en el que estaba España cuando la dejó su partido, cuando el presidente Zapatero adelantó las elecciones con el país hundido?
Mentía Rosa Díez cuando hablaba de mentir y afirmaba que “España ha sido rescatada por Europa; ha sido un rescate completo”. ¿Es que no encuentra diferencias entre el rescate completo de Portugal o Grecia y el rescate financiero de España? Y, por supuesto, mentía con brocha gorda Alberto Garzón cuando se subió a la tribuna para afirmar que “Rajoy está saqueando España para vendérsela a sus amiguetes”. ¿Hace falta rebatir también esta zafiedad?

Ni uno sólo de ellos es capaz de pronunciar un discurso sin sucumbir a la tentación de engordarlo con una mentira

Uno a uno, frase a frase, sólo tendríamos que pensar en el tipo que se sienta en el sofá, después de salir del curro, y contempla desolado que ni uno sólo de ellos es capaz de pronunciar un discurso sin sucumbir a la tentación de engordarlo con una mentira. La política es lo que es, ya sabemos, “una casa de putas”, que dijo Napoleón para no enredarse con más metáforas, pero hasta en el concepto prefijado y viciado que se tiene de la política, resulta preocupante lo que ocurre en España. Quizá porque entre las tolerancias equivocadas, perniciosas y enquistadas de la propia sociedad española se encuentra la mentira. Se le concede tan poca gravedad que hasta se valora el refinamiento del mentiroso como una virtud. Sinónimo de astucia. Se justifica, se valora y, finalmente, se asume como una excelencia por parte de algunos.

Podríamos abrir un debate interesante al respecto sobre si la consideración de la mentira nos viene de herencia romana o por tradición árabe, pero parece claro que en los países anglosajones la percepción de la mentira es distinta. Y allí, como socialmente a esta no se le concede ningún plus de ingenio, como no se le otorga ningún justificante de inteligencia añadida, cuando se descubre a un político mentiroso no existe debate: se desprestigia. En España, cuando un político noruego o alemán dimite por haber mentido en su currículum, la noticia se incluye en las secciones de extravagancia, como rarezas de la naturaleza. Aquí, ya ven, no sólo no ocurre sino que, cuando pasa, cuando se pilla a alguno con una mentira, el debate se resuelve de un plumazo con un lapidario callejero: “Todos mienten”. Y en paz.

De todas formas, que este sea el paisaje no presupone que se tenga que aceptar que la mentira se incluya entre los derechos constitucionales de los españoles, mucho menos de la clase política. Más bien al contrario, es necesario declararle la guerra abiertamente a la mentira y repetir, hasta la saciedad, que un mentiroso no puede permanecer en responsabilidades públicas. Porque una cosa es el error, la equivocación o la torpeza, y otra muy distinta es la mentira, deliberada, consciente. Esos son los límites, el respeto de las reglas del juego de una democracia. Lo expuso bien Julián Marías hace años, apuntando a la política: “El único remedio conocido para esta lacra, que perturba y corrompe una parte considerable de la vida pública, muy especialmente de la política, es detectar, reconocer, retener la mentira allí donde aparezca. La mentira deliberada y comprobable no puede aceptarse, porque vicia toda la discusión, pervierte el uso legítimo, absolutamente necesario, de la palabra”.

Sabemos que en política, como acabamos de ver en este debate del estado de la nación, no existe un discurso sin mentiras

Cuanto un dirigente político miente y persiste en el engaño, la desolación es un sentimiento de proximidad porque las mentiras del poder, difundidas y reiteradas con fuerza imparable, provocan impotencia y hasta miedo. Una vez superados esos sentimientos, ya sólo queda la duda de por qué sucede. Vayamos a Juan de Mairena: “Se encargan de mantener en el mundo el culto de todas las mentiras porque piensan que, fuera de ellas, no podrían vivir”. Sabemos que en política, como acabamos de ver en este debate del estado de la nación, no existe un discurso sin mentiras.
Y entre los ciudadanos que han contemplado el debate, los habrá que pongan el acento de la mentira en el político rival, mientras que exculpan, justifican o ignoran las mentiras del político o del partido que sienten próximo. Pero convendremos que esa purga es, de la misma forma, falsa y mentirosa. Si de verdad nos repugna la mentira, debemos hacer tabla rasa; detestar la mentira incluso cuando alguien piense que le beneficia. Porque otra conclusión nos incluye a todos: una clase política mentirosa sólo se concibe en un país de mentirosos.

Fuente: http://blogs.elconfidencial.com/espana/matacan/2015-02-26/pais-de-mentirosos_718423/


La política como espectáculo

Manuel Cruz

"Aburres a las ovejas" fue la concluyente respuesta que hace algunas semanas proporcionaba una política madrileña al requerimiento insistente que le hacía el periodista que le entrevistaba para que aclarara de una vez por todas un episodio confuso, relacionado con ayudas públicas, en el que aquélla se había visto involucrada. El fallido diálogo tuvo lugar, cómo no, en uno de esos programas de televisión que se emiten en algunas cadenas privadas los sábados por la noche y que -oh casualidades de la vida- han venido a sustituir a los programas llamados del corazón que hasta hace no tanto ocupaban exactamente la misma franja horaria.



Habrá quien a la respuesta de la joven política le objete que en realidad no es respuesta en absoluto, que omite entrar en el fondo del asunto o cualquier otra consideración semejante, pero lo que no se le puede negar es que resulta profundamente coherente con el escenario en el que se produjo, un plató de televisión. Porque, a poco que se analice con atención, se observa que la respuesta de marras viene a explicitar el convencimiento al que parecen haberse abandonado últimamente gran parte de nuestros responsables públicos: la política se ha espectacularizado por completo. No estamos ante una mera premisa obvia, banal, o exenta de consecuencias, que se limite a describir una situación de hecho. Al contrario, aceptarla da lugar a unas exigencias específicas. Y es que de todos es sabido que lo peor que le puede suceder a un espectáculo es que resulte aburrido.

Se desprende de esta lógica que el político o aspirante a político que participe en el mismo viene poco menos que obligado a entretener (esperar que divierta tal vez sería esperar demasiado). Ello significa que ha de proporcionar argumentos mordaces, disponer de réplicas ingeniosas (como aquel celebrado "tic-tac, tic-tac", recurso retórico destinado inicialmente a poner nerviosa a la adversaria que se demoraba en responder a una pregunta comprometida, y que, a la vista de la buena acogida obtenida entre el público, ha terminado por constituirse en eslógan multiuso) y, en general, acreditar un dominio de laesgrima verbal que es en lo que, a fin de cuentas, se sustancia el espectáculo de esa manera de hacer política.

Claro que la misma lógica tiene una consecuencia que debería preocupar severamente a los protagonistas del espectáculo. Porque si, por decirlo con las palabras de la tertuliana a la que empezaba refiriéndome, aburre que alguien repita las mismas preguntas muchas veces en muy poco espacio de tiempo, también aburre en igual proporción ver las mismas caras todas las semanas en los mismos lugares diciendo poco a más o menos las mismas cosas. Pero aburren, conviene dejarlo claro, precisamente porque abdican de la política en sentido fuerte. Consagrados al análisis más superficial de los discursos y encandilados con la visibilidad inmediata y masiva que proporcionan los mencionados escenarios mediáticos, estos políticos presuntamente de nuevo cuño confunden la destreza dialéctica con la competencia para la cosa pública, confusión simétrica a la de identificar una buena imagen desde el punto de vista de la mercadotecnia con la capacidad política propiamente dicha.

A veces no puedo evitar pensar si eso que algunos pomposamente denominan relevo generacional, regeneración de las élites u otras expresiones de similar pretenciosidad, se está sustanciando en realidad en algo que recuerda a lo que, con perdón, ocurre en los cárteles de la droga cuando la policía de un determinado país consigue detener al capo correspondiente. Todos hemos leído en los periódicos que, tras tales detenciones, el cártel continúa funcionando como si tal cosa porque, de manera casi automática, sus lugartenientes asumen el mando de la organización. Se diría que algo análogo parece estar ocurriendo entre nosotros en las formaciones políticas tradicionales, solo que con un matiz sustancial.

Y es que en este caso el relevo no está siendo protagonizado por los lugartenientes, esto es, por los segundos en la cadena de mando de dichas formaciones. Aquí están siendo los asesores, publicistas, politólogos y demásprofesionales especializados en la comunicación política y social (en algún caso, con masters y doctorados en dicho ámbito) los que parecen haber llegado al convencimiento de que ya estaba bien de trabajar por cuenta ajena, de escribir o analizar los discursos de los poderosos, de construir (o deconstruir en clase) la imagen pública de los políticos, o incluso de asesorar a gobiernos de cualquier parte del mundo en caso de recibir el encargo.

Se diría que han llegado a una conclusión del siguiente tenor: una vez que conocemos al dedillo los intríngulis del negocio de la política (lo que a buen seguro en una business school se denominaría know-how), ¿qué sentido tiene que nos conformemos con continuar en el lugar subalterno que veníamos ocupando hasta el presente? Y, en efecto, con un espíritu emprendedor muy propio de los tiempos que vivimos (con el complemento doctrinal de un cierto arriolismo-leninismo), han tomado la determinación de montar su propia empresa y competir con aquéllas para las que antes trabajaban, ahora decididamente en crisis. Por lo pronto, el departamento comercial de la nueva funciona a toda máquina y con excelentes perspectivas. Tal vez no podía ser de otra manera, vista la especialidad profesional de los promotores. Habrá que ver si, cuando llegue la hora de empezar a servir el producto, el cliente queda tan satisfecho como, de momento, parece estarlo con los vistosos folletos.


Trabajar para el enemigo - Siniestro Total


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