domingo, 28 de junio de 2015

Mapa de la estructura familiar en Europa

En la familia troncal o de origen se encuentran países como la República Federal de Alemania, Austria, Irlanda, sur de Dinamarca. En la familia comunitaria Toscana y Finlandia. En un libro aparecido recientemente en Francia, La invención de Europa, el historiador demógrafo Emmanuel Todd propone una división inédita de Europa, determinada por los cuatro tipos de estructura familiar. Según él, de estas fórmulas organizativas y de lo que comportan derivan directamente las religiones y los sistemas políticos de una región, ya que cada una de ellas implica unas tradiciones, unos valores y unas ideologías diferentes y diferenciadoras.

Las familias en Europa.
Las familias en Europa.Familia nuclear igualitaria.
Tradición de estas regiones (1500-1900): a la edad adulta, los hijos dejan el hogar paterno. El patrimonio se reparte equitativamente. Valores: libertad e igualdad. Ideologías: a la derecha, liberal-militarismo; a la izquierda, anarco-socialismo.
Familia troncal.
Tradición (1500-1900): uno de los hijos se queda con el padre. Los otros eligen entre quedarse en el hogar solteros o casarse y marchar. Valores: autoridad y desigualdad.Ideologías: a la izquierda, socialdemocracia; a la derecha, nazismo, neutralismo.
Familia comunitaria.
Tradición (1500-1900): los hijos se casan y permanecen en el hogar paterno. En caso de reparto, se hace equitativamente.Valores: autoridad e igualdad. Ideologías: a la izquierda, comunismo; a la derecha, fascismo.
Familia nuclear absoluta.
Tradición (1500-1900): los hijos adultos abandonan el hogar paterno. El reparto del patrimonio es desigual. Valores: libertad e individualismo. Ideologías: a la izquierda, laborismo; a la derecha, liberal-aislacionismo.


François Feron. 
París.— Continente misterioso, Europa no tiene consistencia geográfica, se escapa en cuanto un historiador intenta tramar los hilos de su pasado. ¿Por qué el protestantismo sólo hizo suyas las tierras de Europa del norte? ¿Por qué Inglaterra fue la madre patria de la industria? ¿Por qué Francia se embriagó con la sangre de la Revolución antes de rechazar la del nazismo y el fascismo? Tantas y tantas preguntas que hasta el presente siguen sin respuesta...

Sin embargo, quizá se esté alzando un poco el velo. Emmanuel Todd, historiador demógrafo, acaba de publicar una obra, La invención de Europa, en la que proporciona una clave de lectura, especialmente seductora, de la historia del continente: la familia.

Las tesis —la revolución religiosa, económica e ideológica de un grupo humano está muy condicionada por su fondo antropológico— no es nueva. Aristóteles, Rousseau, Diderot por citar sólo algunos, fueron fervientes adeptos a ella. Desde hace varios años, un equipo de universitarios británicos trabaja en esta dirección. Diplomado en Cambridge por sus trabajos sobre sistemas familiares, Emmanuel Todd ya había, en La Nouvelle France (1988), aplicado este método de análisis en el Hexágono (Francia). Pero nadie había todavía investigado tan minuciosamente y aplicadamente (siete años de trabajo) la relación entre los valores mantenidos por la familia y el comportamiento social de las etnias o de los pueblos europeos en el transcurso de los cinco últimos siglos.

A pesar de todas las dudas que pueda provocar, éstas no deben estropear el placer de degustar uno de los ejercicios de síntesis más conseguidos. Ni el de jugar, tal como Todd invita, al juego de las cuatro familias.

La familia nuclear igualitaria.

Este grupo se localiza en la cuenca parisiense; centro y sureste de España; centro de Portugal; noroeste de Italia, con una prolongación en Provenza, Mezzogiorno y Sicilia, así como en la Suiza de habla francesa; y está marcado por la pareja de hijos que, llegados a la edad adulta, fundan familias independientes. Dado que la familia nunca se desarrolla más allá del núcleo padres-hijos, este modelo contribuye a desarrollar el individualismo. En cuanto a los bienes de los padres, se reparten equitativa y meticulosamente entre los descendientes. De ahí que exista una gran sensibilidad hacia las noticias de igualdad.

Libertad e igualdad. Dos conceptos apreciados por una Revolución que nació en la cuenca parisiense y tuvo que batallar con firmeza contra las otras Francias regentadas por otros valores familiares: Occitania, Bretaña, el Norte y Alsacia.

En las zonas donde domina la pequeña propiedad, la religión (católica a excepción de en la Suiza de habla francesa que ha quedado bajo la influencia de Berna) sigue estando muy viva hasta mediados del siglo XX. Con Dios rechazando enfrentarse a las grandes ideologías modernas, en estas regiones nacerá lo que Todd denomina el republicanismo cristiano. Los lorenenses y los ciudadanos del Franco Condado no se incorporan a los ideales de la Revolución y con todo apoyarán a la Tercera República, igualitaria, a pesar de los sermones del Papa.

Por el contrario, las provincias en las que la gran explotación es mayoritaria serán las primeras en experimentar (1730 a 1800) el fenómeno de la descristianización. Liberadas del Creador, éstas elegirán, por la derecha, el liberal-militarismo y, por la izquierda, el anarco-socialismo. Por su parte, el anarco-socialismo, insuflado con los ideales de la Revolución, conoció destinos diversos. El «ni Dios ni señor» español condujo a la creación del sindicalismo anarquista que durante mucho tiempo dominó en el mundo obrero.

Dominada por Francia, esta Europa de la libertad y de la igualdad ha aportado a sus miembros el control de la natalidad (practicado en Francia desde el 1750) y el sufragio universal. La construcción de la Comunidad no la asusta. Incluso juzga el objetivo de modesto, pues sólo se trata de un fragmento del hombre universal. Por el contrario, le cuesta trabajo admitir las diferencias y se hace naturalmente desagradable a sus miembros por su «universalismo agresivo».

La familia troncal.

Este grupo se da en el mundo germánico (Alemania, Austria, Suiza alemana) y su entorno (Alsacia, sureste de los Países Bajos, sur de Dinamarca), la mayor parte de Escandinavia del Norte, un bloque céltico (País de Gales, Cornualles, noroeste de Inglaterra, oeste de Escocia, Irlanda, la Bretaña de habla bretona), Occitania y un arco norte ibérico. Esta estructura comporta que uno solo de los hijos (primogénito, menor o elegido por el padre) se casa y procrea sin dejar a sus padres. Los otros hijos pueden elegir entre quedarse solteros en la casa familiar o marchar para casarse, hacerse sacerdotes o soldados. Éstos son compensados con una suma de dinero. La cohabitación de dos generaciones adultas ilustra el autoritarismo del sistema. La transmisión de una gran parte del patrimonio a un solo hijo y el celibato, más o menos aceptado, de los demás revela el desigualitarismo del modelo.

Autoridad y desigualdad. Ningún frontispicio enarbola un epitafio semejante. La conjunción de estos dos valores estuvo en el origen de la gran conmoción del siglo XVI: la Reforma. «La predestinación protestante, la idea de un Dios todopoderoso y de hombres desiguales frente a la salvación de su alma fue aceptada fácilmente allí donde previamente existía una organización familiar que incluía un padre autoritario y unos hermanos desiguales». Con la excepción de Occitania y del norte de la Península Ibérica, todas las regiones de familia troncal adoptaron el protestantismo.

Desde entonces el continente se divide en dos. En nombre del principio «todos somos sacerdotes», Lutero acelera la alfabetización. Europa del norte despega. Por el contrario, el catolicismo, en reacción a la Reforma, frena, y algunas veces durante mucho tiempo, el progreso. «Sin Alemania y su protestantismo, Europa seguiría siendo un continente subdesarrollado».




Filosofía alemana.

Convergentes, los valores familiares y los valores religiosos del mundo germánico se conjugan y originan la filosofía alemana. El individuo no es nada. Es la sangre y la nación lo que cuenta. Por otro lado, de nada sirve creer en las propias fuerzas, ya que el padre y Dios escogen a sus elegidos. Conclusión: «El pueblo alemán, superior a los demás, actúa como un único ser vivo. Los hombres no son ni libres ni iguales».

Combinada con una idea nacionalista y descristalinizada, esta ética resultó en lo que Todd denomina el etnocentrismo (defensa a veces agresiva de la etnia). En Alemania, éste se tradujo en el pangermanismo y más tarde en el nazismo. En los pequeños países como Suecia y Suiza, tomó la forma de neutralismo. Finalmente, en las regiones insertadas en otro territorio o las periféricas, está en el origen de los movimientos regionalistas. Irlandeses, galeses, escoceses, noruegos del oeste, flamencos, valones, vascos, catalanes, gallegos, bretones, auverneses... con la excepción de Córcega, la lista de los diversos movimientos y frentes de liberación corresponde casi punto por punto a las implantaciones periféricas de familias troncales.

Retirándose, Dios también ha cedido el lugar a una ideología típicamente alemana: la socialdemocracia. Nacida en 1875, ésta progresa al mismo ritmo que retrocede el protestantismo. La disciplina familiar se convierte en disciplina militante.

Este modelo socialdemócrata se propaga sin esfuerzo en los países luteranos y calvinistas. Lo reencontramos, casi intacto, en Estocolmo, Viena, Bruselas y Berna. En cambio, en los países y regiones donde está en contacto con otras culturas familiares, el orden militante flaquea.

En la zona de habla francesa, los militantes pagan menos regularmente sus cotizaciones y «un cierto revolucionismo verbal traiciona la influencia del igualitarismo».

Finalmente, en reacción a las dos ideologías laicas precedentes, las regiones donde la fe había permanecido intacta se genera la democracia cristiana. Este movimiento rechaza el «estatismo radical», pero reclama la intervención del Estado, bajo control eclesial, para proteger los derechos de los débiles.

Pionera de la seguridad social, Alemania ha desarrollado un modelo capitalista original, ni salvaje ni individualista. Su dinamismo económico nunca ha sufrido un desaire; en cambio, la evolución de la sociedad es más lenta. «Incluso unida, Alemania sigue siendo un país anticuado, tranquilo, trabajador. No se desboca ni por Europa». Sólo las regiones encerradas del resto de Europa se alegran de la construcción comunitaria: van a poder escapar del Estado-Nación.

La familia comunitaria.

En este bloque se encuentran Italia central (Emilia-Romaña, Umbría, Toscana) y Finlandia. El eje de esta organización está en que todos los hijos pueden casarse y llevar a sus esposas al domicilio paterno. Rápidamente se forma una amplia estructura con la corresidencia vertical de tres generaciones y horizontal de dos hermanos casados bajo la autoridad del patriarca. El reparto de los bienes es igualitario.

Este tipo de familia, probablemente el más extendido sobre el planeta, es raro en la Europa del oeste. Domina en Rusia, Serbia, Bulgaria, Hungría, Albania, Mongolia, China, Vietnam, India del norte, pero sólo tiene influencia en algunas regiones de la Comunidad. Permeable a todas las religiones —católica al sur, protestante en el norte y ortodoxa en el este— este modelo familiar se caracteriza por las dos ideologías que ha producido tras la desaparición de urbes ideales, socialistas o nacionalistas, son, a imagen de la familia, autoritarias e igualitarias.

La socialdemocracia se acomoda a una heterogeneidad social (desigualdad entre hermanos) por poco que esté controlada por un Estado poderoso. El comunismo, por el contrario, busca la homogeneización en intentar abolir las distinciones de clases. En el otro extremo del tablero, el fascismo se distingue igualmente del nazismo. Ambos son muy autoritarios, pero el primero está «minado por el igualitarismo» mientras que el segundo busca la sumisión de «hombres desiguales». El nacionalismo mussoliniano no afirma la inferioridad de los otros pueblos y sólo tardíamente aplica medidas antisemitas.

Italia central ha producido al mismo tiempo el fascismo y el comunismo. El primero ha desaparecido; el segundo sigue estando vivo: los toscanos siguen votando comunista. Presionada durante siglos por la contrarreforma católica, Italia central se ha mantenido dentro de un subdesarrollo relativo. Ahora levanta el vuelo: la riqueza creada por habitante es una de las más importantes de Europa. Debería fundirse sin esfuerzo en el molde regionalista.



La familia nuclear absoluta.

Esta estructura se encuentra en Holanda, Dinamarca, sur y este de Gran Bretaña, sureste de Noruega, norte de Dinamarca, Maine y Anjeo, y Bretaña. Sus características son: el joven adulto debe escapar muy pronto de la autoridad paterna. Pero, a diferencia de la familia nuclear igualitaria, el padre es libre de repartir como quiera sus bienes entre sus hijos por testamento. Se trata de un modelo individualista, indiferente a las nociones de igualdad y desigualdad, poco dado a la solidaridad familiar.

Con la excepción de Bretaña (mantenida en el catolicismo manu militari) todas las regiones donde dominan las familias nucleares absolutas se convirtieron al protestantismo. No obstante, bajo la influencia de dos teólogos, el holandés Armnius y el danés Grundtvig, rechazan al sacerdote, vuelven a poner en cuestión el dogma de la predestinación y vuelven a introducir el ideal del libre arbitrio, la salvación por las obras.

Es ahí cuando nace el liberalismo. Spinoza y Descartes se refugian en Holanda para poder escribir, mientras que Voltaire queda admirado por la primera monarquía parlamentaria. Aunque poco alfabetizada, Inglaterra lanza la revolución industrial. El Mayflower exporta lo importante a Estados Unidos. El retroceso religioso es más tardío (finales del siglo XIX) que en la cuenca parisiense. Sin embargo, es más masivo y da lugar a dos ideologías típicamente british: el laborismo y el liberal aislacionismo.

El socialismo británico es extraño. No propone ninguna reforma global de la sociedad, acepta las distinciones de clases, desconfía del Estado y, cuando llega al poder, da la impresión de no tener ganas de ejercerlo (Todd habla de «cero-socialismo. El Partido Laborista parece buscar ante todo la preservación de la libertad de maniobra del sindicato»).

Por su parte, el nacionalismo es débilmente agresivo. El pueblo inglés que no se considera «ni líder de un grupo de pueblos equivalentes (modelo francés), ni la cúspide de una jerarquía mundial (modelo alemán)», se repliega sobre sí mismo. Paradójicamente, este aislamiento no impide la constitución de un inmenso imperio colonial ni la colonización de Estados Unidos. El Reino Unido, los Países Bajos y Dinamarca algunas veces dan la impresión de desinteresarse de los asuntos del continente. Su actitud es en realidad ambivalente. La hostilidad a la construcción comunitaria se combina con una sobreadaptación a Europa.

Las familias atípicas.

Bajo este epígrafe se definiría a la familia troncal incompleta. Ni comunitaria, ni verdaderamente familia troncal. La encontramos en las zonas de fricción del mundo latino y del mundo germánico. Desgraciadamente, estas regiones no constituyen una síntesis audaz. Única sorpresa: es aquí donde encontramos las tres sedes de las instituciones europeas.

La familia matriarcal. La autoridad es ejercida por la madre. Está presente en el sureste ibérico y estaría en el origen de un voto atípico: más del 40% para el partido comunista.

La familia patrilineal con residuos endogámicos. Un barbarismo para decir que la familia corsa está muy próxima al modelo árabe, excepto en el matrimonio entre primos. La familia lo es todo, el Estado no es nada. Los clanes invaden el Estado para impedir que se desarrolle. Córcega fue el único fracaso del Estado jacobino.

La religión está muerta, el proletariado está en declive, las ideologías se descomponen e incluso la familia no se siente muy bien. «Los valores de autoridad o de libertad que guían a la modernidad posindustrial, probablemente ya no son mantenidos exclusivamente por los sistemas familiares. Pero la escuela, el vecindario y la empresa sirven también de relevo. Puede postularse una difusión de los valores tradicionales en el conjunto del cuerpo social».

Resumiendo, la cultura de las cuatro familias europeas continúa impregnando el continente. Una característica autoritaria, «capaz de frenar la retracción industrial, de estabilizar el sistema de partidos y el amor al Estado» continúa marcando a Alemania, Austria, Suiza y, en lo que respecta sólo al terreno político, a Italia y Suecia. Una característica liberal, catalizadora de evoluciones socio-profesionales o políticas particularmente rápidas persiste en Gran Bretaña, Francia, Dinamarca, España y Holanda.

Naturalmente, todo lo dicho hasta ahora no es serio. No hay ninguna razón para creer a este hombre de 39 años, de aspecto juvenil. Ninguna razón para creerle, si no es ésta: Emmanuel Todd ha escrito La Chutte finale, una obra que anuncia la descomposición del sistema soviético. Fue publicada en 1976.



Tug Of War - Angelus Apatrida:




"Nada hay más temible que el celo sacerdotal de los incrédulos"

David Brooks

Los estudiantes estadounidenses que se movilizan contra las injusticias acaban cayendo en el extremismo. Tienen el fervor ético necesario, pero no siempre cuentan con unas filosofías que les permitan contener su pasión y sus emociones

Cada generación tiene su oportunidad de cambiar el mundo. Hoy, en los campus universitarios de todo Estados Unidos está extendiéndose un movimiento ético que trata de poner remedio a siglos de errores históricos.



A la cabeza de ese movimiento se encuentran muchas estudiantes que se han visto obligadas a vivir con el legado del sexismo, con la amenaza —y a veces la experiencia— de la agresión sexual, junto a muchos otros estudiantes cuyas vidas están coartadas por culpa del racismo y la intolerancia y personas que desean garantizar la igualdad de derechos para gais, lesbianas y otros grupos históricamente marginados.

Lo que mueve a estos jóvenes es el noble impulso de querer hacer justicia y sacar a la luz la opresión existente. Y no solo quieren acabar con la explotación y la discriminación, sino también erradicar la atmósfera cultural que consiente ese tipo de cosas. Pretenden controlar las normas sociales para que deje de haber permisividad ante los comentarios hirientes y apoyo tácito al fanatismo. En cierto sentido, por supuesto, tienen razón. Las afirmaciones crueles que se hacen dentro de un contexto de normalidad pueden derivar en conductas hostiles en los sectores marginales. Por eso no consentimos que se niegue la existencia del Holocausto.

Sin embargo, cuando uno observa cómo se está desarrollando este movimiento en las universidades es inevitable ver que en ocasiones se ha convertido en una forma de extremismo. Si leen la página web del grupo FIRE, que defiende la libertad de expresión en los campus universitarios, si leen el libro de Kirsten Powers The Silencing [El efecto silenciador], si leen el ensayo de Judith Shulevitz In College and Hiding From Scary Ideas [En la universidad, a salvo de las ideas que dan miedo], publicado en el suplemento Sunday Review de The New York Times el 22 de marzo, se encontrarán con historias de profesores cuyas vidas han quedado arruinadas porque hicieron unos comentarios inocentes; con códigos de lenguaje que reprimen la libertad de expresión; con reputaciones injustamente destruidas por acusaciones sin base de racismo y sexismo.

La raíz del problema está en que los activistas universitarios poseen el fervor ético necesario, pero no siempre cuentan con unas filosofías establecidas que les permitan contener su pasión y sus emociones. Las filosofías establecidas pretenden inculcar (aunque está claro que no siempre lo hacen) un sentido de la humildad que sirva de freno, cierta deferencia ante la complejidad y el carácter polifacético de la realidad. Sin embargo, muchos de los activistas actuales no pueden basar sus acciones más que en una teoría social relativamente simple.

De acuerdo con esa teoría, las líneas divisorias entre el bien y el mal están absolutamente claras. El conflicto esencial es el que se produce entre la pureza traumatizada de la víctima y la violencia verbal del opresor.

Su combate es noble, pero los activistas cargan también contra el "pensamiento incorrecto"

Y de acuerdo con esa teoría, la autoridad suprema no emana de ninguna verdad difícil de entender. Emana de los sentimientos personales de cada individuo. En cuanto una persona percibe que algo le ha causado dolor, o que no están de acuerdo con ella, o se siente “insegura”, se ha cometido una infracción. En el ensayo de Shulevitz, una alumna de Brown abandona un debate en la universidad y se resguarda en una habitación aislada porque “se sentía bombardeada por una avalancha de puntos de vista que iban verdaderamente en contra” de sus firmes y adoradas convicciones.

Los activistas universitarios de hoy en día no luchan solo contra verdaderos actos de discriminación, un combate que es admirable. También luchan contra el pensamiento incorrecto, contra la irreverencia y la blasfemia. Persiguen a muchas personas solo porque, en su opinión, no muestran la deferencia ni el respeto suficientes hacia las normas que ellos juzgan más valiosas. A veces mezclan las ideas con los actos, y consideran que las ideas controvertidas son formas de violencia.

Algunas de las personas que han sido objeto de sus ataques se han mostrado deliberadamente irreverentes. Laura Kipnis es una feminista y profesora de cine en Northwestern University, autora de un provocador ensayo sobre las costumbres sexuales en el campus que se publicó en febrero. Las autoridades universitarias la acusaron de haber infringido el Título IX (una disposición que prohíbe la discriminación por razón de sexo en los programas educativos y actividades que reciben financiación federal), con el argumento, no probado, de que sus palabras podrían tener “consecuencias escalofriantes” para una persona que tuviera necesidad de denunciar una agresión sexual.



Otros blancos de esta cruzada, en cambio, lo han sido sin tener ni idea del lío en el que se estaban metiendo. Un estudiante de George Washington University escribió un ensayo sobre la historia de la esvástica antes de que la adoptaran los nazis. Un profesor de Brandeis mencionó un insulto histórico contra los hispanos para proceder a continuación a criticarlo. La investigadora Wendy Kaminer utilizó la palabra nigger en un acto de antiguos alumnos de Smith College durante un debate que no tenía nada de racista sobre los eufemismos y la libertad de expresión.

Para alcanzar la sabiduría hay que tolerar las diferencias y afrontar verdades incómodas

Todas esas personas fueron objetos de purgas por el simple hecho de atreverse a emplear unas palabras inaceptables en público. Según cuenta Powers en The Silencing, a Kaminer la acusaron de violencia racial e incitación al odio. Al rector de la universidad le pusieron en la picota por haber consentido un ambiente que se había vuelto “hostil” e “inseguro”.

Nos encontramos en una situación en la que los estudiantes, los profesores y los colegas a los que critican han perdido la capacidad de diálogo. Los estudiantes, porque creen que otros no comprenden el trauma al que han sobrevivido; los profesores, porque se sienten víctimas de una moderna caza de brujas al estilo de Salem. Todo el mundo anda de puntillas.

En las universidades siempre habrá pasión y fervor moral. Hoy, quienes estructuran ese fervor buscan ante todo la pureza moral de la víctima vulnerable. Pero es posible propagar otro fervor ético, más maduro, construido de acuerdo con el ideal clásico del filósofo experimentado, con el deseo de no escondernos de lo que nos inspira miedo sino hacerle frente, y de saber que en ocasiones, para alcanzar la sabiduría, es necesario aceptar los sentimientos heridos, tolerar las diferencias y afrontar verdades incómodas.

Fuente: http://elpais.com/elpais/2015/06/02/opinion/1433263472_057949.html

Qué interesante eso que me estás contando

Publicado por Javier Bilbao

¿Por qué unas ideas alcanzan una gran difusión y otras no? ¿Qué es lo que convierte a un libro en un best seller, a una película en un taquillazo, a una canción en una melodía que todo el mundo tararee? Hay discursos que logran captar la atención de una forma insospechada, tal como este oyente de Goebbels explicó en su día: «Atendí a cada una de sus palabras. Me dio la sensación de que estaba dirigiéndose a mí personalmente. Mi corazón se aligeró, algo se despertó en mi pecho (…) al finalizar, me fui a casa en silencio… Me convertí en nacionalsocialista». ¿Cómo podríamos emular ese efecto para dominar el mundo o, en su defecto, disfrutar plácidamente de un daikiri en nuestro yate junto a alguna isla paradisíaca?

Como comprenderán si tuviera la respuesta no estaría aquí escribiendo esto, así que ya pueden dejar de leer, cerrar la página y continuar viendo fotos y vídeos de gatitos en internet, escuchando «Louie Louie» (probablemente la canción más viral de la historia, con unas mil quinientas versiones reconocidas) o indignándose/aplaudiendo fuerte a la última declaración de alguno de los líderes políticos tan carismáticos que nos han surgido últimamente. Pero si aún queda alguien ahí creo que tiene su interés jugar un rato a alquimistas de las ideas, indagando en las cualidades que hacen que algunas de ellas se expandan incontroladamente en todas direcciones, adentrarnos en la búsqueda de la esencia misma de la viralidad.

Pocas cosas resultan más fascinantes que observar el nacimiento, replicación, mutación y evolución de una idea a lo largo de la historia. Es lo que intento mostrar con más o menos acierto en los artículos que aquí publico, bien se trate de un breve recorrido por el antisemitismo, por las utopías políticas o por los monstruos gigantes, en todos los casos las ideas dan la impresión de comportarse como infecciones víricas, contagiándose de una comunidad a otra aprovechando cualquier resquicio, transmitiéndose de generación en generación como si aspirasen a la inmortalidad. Vemos cómo a veces cambian tanto en su apariencia que resultan difícilmente reconocibles o por el contrario permanecen estáticas a lo largo de los siglos. Su comportamiento es tan sorprendentemente parecido al de los seres vivos moldeados por la selección natural que dicho paralelismo ya ha sido señalado y teorizado con profusión. Richard Dawkins es hoy en día conocido por el público por su papel de martillo pilón del ateísmo, pero en 1976 publicó un libro que alcanzaría un notable impacto en la biología: El gen egoísta. Tal como indica su título hablaba de los genes como criaturas interesadas —entendido esto en un sentido metafórico, claro está— que utilizan los cuerpos de los seres vivos como contenedores en los que viajar hacia la siguiente generación, siempre en busca de su perpetuación. Pues bien, en uno de los capítulos y de pasada, dejó caer la observación de que las ideas parecen seguir un patrón similar y, para equipararlas con los genes, pasó a llamarlas «memes».

Una discípula suya, Susan Blackmore, recogió el concepto en su libro La máquina de los memes, que tenía cierto interés aunque se quedaba a medio camino. Quizá más que pretender fundar la «memética» como una ciencia o un saber en sí mismo, tiene más sentido considerarla simplemente como una metáfora o perspectiva acerca de algo. Y eso es lo que hizo posteriormente el filósofo Daniel Dennett en Romper el hechizo, al abordar las religiones como si fueran virus extraordinariamente contagiosos que aparecieron en los albores de la humanidad y han estado desde entonces saltando de cabeza en cabeza gracias a su eficiente diseño. La verdad es que la idea tiene gracia y da que pensar. Efectivamente muchas religiones organizadas ensalzan la natalidad (las familias numerosas del Opus son un claro ejemplo, pero en general los estudios demuestran que los ateos tienen menos hijos), cuentan con unos textos sagrados lo suficientemente ambiguos y abiertos a interpretaciones para favorecer su adaptación a diferentes contextos, incentivan el proselitismo y el expansionismo por las buenas o por las malas, prohíben o consideran tabúes las prácticas autodestructivas para los portadores del meme (como el suicidio o el abandono a los placeres), así como promueven la persecución de competidores y de las herejías-mutaciones que podrían alterar el mensaje a replicar, etc.



De manera que si algunas ideas son en cierta forma virus, su propagación puede estudiarse con las mismas herramientas que se emplean para comprender las epidemias. Eso es precisamente lo que hace el epidemiólogoNicholas A. Christakis, tal como explica en esta presentación que merece la pena ver. Dado que vivimos formando una red social la mejor manera de evitar epidemias no es controlando sujetos al azar, sino fijándose en los nodos con más y mejores conexiones… y lo mismo si queremos provocarla. De ahí la fijación actual de los gurús del marketing por los llamados influencers. Esta era también la premisa central de un libro de gran popularidad y cuya mención no podía faltar al tratar este tema: La clave del éxito, de Malcolm Gladwell. De las diversas historias que narra nos quedaremos con la del origen y desarrollo de Barrio Sésamo. Para lograr que este programa despertara el mayor interés posible en la audiencia infantil a la que iba dirigido idearon un brillante sistema de medición, denominado distractor. Consistía en poner a los niños de dos en dos a ver un episodio mientras se proyectaban al lado de la pantalla diapositivas con imágenes llamativas, a continuación se observaba dónde fijaban la mirada en cada momento y con esos datos recolectados se podía entonces establecer junto a los guionistas qué partes eran más divertidas y cuáles no. De esa manera, mediante ensayo-error, lograron alcanzar la perfección en un programa que marcó nuestras vidas y que era más adictivo que la heroína. Qué decepción y qué atropello a la infancia cada vez que emitían los toros en su lugar…

Es decir, se trataba de modular el mensaje según la reacción del público a cada una de sus partes. Una práctica enormemente útil pero que hasta hace poco no era posible realizar en muchos ámbitos. Así el director de un periódico de papel no podía saber qué secciones, noticias o columnistas despertaban más interés y debía guiarse por su criterio personal. Pero eso ha cambiado en internet. Ahora una herramienta como Google Analytics nos permite ver en cada momento qué publicaciones reciben más atención, cómo y desde dónde se recibe ese tráfico. Es como observar una epidemia a escala cada día, pudiendo así relacionar un texto con la repercusión que alcanza y —en el caso de esta web que nos aloja, cuyos datos son los que mejor conozco— da para algunas conclusiones interesantes, que unas pueden decirse y otras mejor guardarse.

La primera regla, que puede esculpirse en piedra, es que cualquier regla que se establezca tiene su excepción, incluida esta. Los artículos que más tráfico han generado abordan temas muy diversos, aunque podría decirse que tienden a apreciarse más los que giran en torno a personas y no cosas, los de letras antes que los de ciencias, los que generan polémica (nos gusta más la discusión que a un tonto un lápiz), los que abordan temas originales en lugar de los que continúan explotando un filón, los que al ser compartidos en las redes sociales permitan dar una imagen de persona de estatus elevado —lo que nos lleva a cuántos de los que se comparten son realmente leídos— y los que afectan de alguna manera a la vida personal de quien los lee. De estos últimos bien puede ser política actual, apelaciones al terruño, recomendaciones cinéfilas, autoayuda (aunque sea para ciscarse en ella), amor… y por supuesto sexo. «La vulva es bella: de la vagina dentata a la adoración del yoni», por ejemplo, es uno de los más leídos con 200.000 visitas y de hecho yo he estado a punto de titular este artículo «La increíble historia del hombre con dos penes», pero me he contenido en el último momento. Sin embargo «2001: una odisea del espacio, explicada paso a paso» tiene 199.000 visitas, así que apelar a la rijosidad del lector no es la única fórmula eficaz. De hecho, el artículo más visitado de toda la web es «La vuelta al mundo de un arquitecto en 30 fotografías». ¿Por qué? Aparte de plantear una idea interesante y de su contenido visual (tienta añadir casi a cualquier titular «¡Y con fotos!»), nos remite a aquello de Borges —aunque otros lo atribuyen a Cioran— de que el éxito suele ser un malentendido. Pese a que debajo de cada imagen viene bien claro cuál es la fuente y a que por el tono general se nota claramente que es una fabulación, diversos medios de comunicación sudamericanos se lo tomaron en sentido literal y lo convirtieron en una noticia destacada en sus portadas.

En general, y a modo de conclusión, puede afirmarse que cierta forma de pensar heredera de Foucault y otros pensadores franceses en torno a los medios de comunicación, la industria del entretenimiento y la cultura en general es errónea, o al menos exagerada. Una persona no es una tabla rasa a la que el sistema pueda moldear sin límites diciéndole qué le debe gustar, con qué se tiene que emocionar, divertir y qué valorar. En muchos aspectos el papel que ejerce el emisor (o ejercemos, ejem) es el más limitado de cubrir unas necesidades, satisfacer unos intereses y unos deseos previos. En definitiva, hay que conocer la naturaleza humana si se quiere tener repercusión. Por ello el arte abstracto y la música experimental son una castaña indigesta que caerán en el olvido absoluto y por eso mismo el amor romántico, lejos de ser un simple constructo social como algunos sostienen, se manifiesta como una necesidad biológica imperiosa. Si hay tantas películas, canciones y novelas celebrándolo es para cubrir su insaciable demanda. Hay aspectos de la interacción social altísimamente contagiosos a un nivel puramente primario, como el bostezo, la risa y la tos, pero en lo que a la comunicación articulada se refiere hay dos fundamentales: la rima y la narración. Se llevan usando desde el origen de los tiempos y son el reflejo de estructuras profundas de nuestra mente, por ello todo mensaje que aspire a captar la atención debe estar adecuadamente organizado según un esquema narrativo, aunque se trate de un ensayo (mostrándolo como una búsqueda de la verdad del autor junto a los lectores, por ejemplo). Pero sobre todas estas cuestiones no se me ocurre mejor recomendación que Cómo funciona la mente, de Steven Pinker. Viendo el éxito que han alcanzado sus libros, al menos él sí parece tener respuestas a las preguntas que comenzamos haciéndonos.



Todo lo que no hay que saber

Publicado por Javier Bilbao

“Hay cosas que sabemos que sabemos. También sabemos que desconocemos cosas, es decir, sabemos que hay ciertas cosas que no sabemos. Pero también hay cosas que desconocemos que desconocemos, aquellas que no sabemos que no sabemos”. Donald Rumsfeld

No hay gurú de las nuevas tecnologías, experto en marketing, SEO, redes sociales y lo que surja, que no haya comentado en alguna ocasión el Efecto Streisand. Yo mismo me gasté hace años 3.000 euros en un desdichado posgrado del que fue casi lo único que saqué en claro. Eso y un iPod de regalo. Pues bien, como si tal escarnio no fuera suficiente ni siquiera esa única enseñanza que obtuve vale para algo. Veamos por qué.

Se llama Efecto Streisand  al caso en el que el intento de ocultar o censurar una información acaba provocando así una mayor publicidad para aquello que se pretendía apartar de la mirada pública. Hay diversos ejemplos de ello y evidentemente el más conocido es el que da nombre a dicho efecto, ocurrido en el año 2003. En esta vida no eres realmente importante hasta que tengas un epónimo, y a la señora Barbra Streisand le llegó el suyo cuando demandó a una página web que colgó una foto de su casa, exigiendo de paso su retirada inmediata. Esa imagen pasó entonces a ser ampliamente difundida y todo el mundo supo entonces dónde vivía esa actriz y cantante de rostro tan característico. La conclusión que sacan quienes explican esto es que Internet es un oasis de libertad, donde nada puede ni debe ser censurado y cualquier intento solo logrará una reacción en sentido opuesto. Por lo tanto, nos dicen, si una celebridad, un community manager o una persona cualquiera patina y escribe un tuit o cualquier otro mensaje un tanto inadecuado o directamente una gilipollez, no debería borrarlo y sí aceptar, en cambio, las consecuencias con la mayor entereza y honestidad posibles. Pues no.

Sorprende que quienes han venido repitiendo tantas veces durante los últimos años esta anécdota de moraleja tan libertaria como ingenua no se hayan percatado por un momento de algo que invalida por completo dicho “efecto”: pueden ponerse casos de intentos de censura frustrados, pero no pueden ponerse ejemplos de prácticas de censura o ocultamiento que sí hayan tenido éxito… precisamente porque lo han tenido. Así que al no poder comparar ambos casos sencillamente no es posible concluir si la censura u ocultamiento son estrategias efectivas en Internet. De hecho, por mi consolidada experiencia personal en lo que a meter la pata en Internet se refiere, he de decir que generalmente lo mejor es borrar las pruebas del crimen. ¿Le sucede lo mismo al resto de la gente? A saber cuántos patinazos o secretos se habrán ocultado… Ese es el problema, a menudo sacamos conclusiones erróneas sobre el mundo porque juzgamos a partir de lo que vemos, no de lo que no vemos. No sabemos lo que no sabemos.

Por lo tanto, deducir que Barbra se equivocó al intentar ocultar algo que luego hemos llegado a conocer es como creer que hay que comprar lotería porque en la tele no dejan de salir imágenes de los que han ganado. En realidad, nos lo dice el psicólogo Dan Gilbert en esta charla:

“Ciertamente, si exigiéramos a los canales de televisión que mostraran entrevistas de 30 segundos con cada uno de los perdedores cada vez que entrevistaran a un ganador, los 100 millones de perdedores del último sorteo necesitarían nueve años y medio de su atención continua solo para verlos decir “¿Yo? Yo perdí”. “¿Yo? Yo perdí”. Ahora, si ven nueve años y medio de televisión —sin dormir ni ir al baño— y vieran pérdida tras pérdida tras pérdida, y luego al final 30 segundos de “Y yo gané”, la probabilidad de que jugaran lotería sería muy pequeña”.

También explica cómo tras el 11-S murió más gente como consecuencia de los accidentes de tráfico provocados por no querer ir en avión que en los propios atentados. Aunque estadísticamente los accidentes mortales con el coche son más probables que los accidentes y atentados aéreos, tienen menos visibilidad informativa. Así mismo, en las democracias muchos ciudadanos acaban teniendo la impresión de que hay más corrupción y conflictos que en un régimen autoritario —la ilusoria sensación de paz y armonía que a menudo ofrecen las dictaduras— pero porque en las democracias sí se pueden airear esos males. De la misma manera creemos vivir en sociedades meritocráticas dónde el éxito en el campo deportivo, empresarial o artístico está al alcance de la mano… porque vemos continuamente a quienes lo han logrado, no a los miles que se quedan por el camino.

Por poner otro ejemplo, hace poco leí que en la RAF reforzaban el blindaje de las partes que veían más dañadas en los aviones que volvían de bombardear Alemania, hasta que se percataron de que debían proteger precisamente el resto del fuselaje… Porque habían tenido en cuenta a los aviones que regresaban —y por tanto los daños que mostraban eran en partes que no les impidieron seguir volando— y no a los que no pudieron regresar. De nuevo lo que no se puede ver no es tenido en cuenta, pese a ser lo más importante. Como la antibiblioteca de Umberto Eco, formada por todos los libros que no ha leído. Así que quizá el primer paso hacia la sabiduría sea saber que hay cosas que no sabemos, tal como dijo Sócrates en su célebre frase para la posteridad(démosle dos décadas más y también será de Oscar Wilde).



Por lo tanto tenemos que el conjunto A, con todas las cosas que sabemos, es mucho más pequeño que el conjunto B, que agrupa todo lo que ignoramos. Y sin embargo nos empeñamos en hacer predicciones basándonos una y otra vez en el primer grupo, a la manera del pollo de granja que cada día es alimentado y considera entonces con creciente convicción —sustentada cada vez en más pruebas— que los seres humanos son criaturas altruistas y generosas que están ahí para darle grano. Hasta que llega el trágico día en que tendrá que cambiar radicalmente de opinión. A esto, el filósofo y financiero Nassim Nicholas Taleb lo llama El cisne negro. Un suceso impredecible y sin embargo decisivo, con el que los expertos están condenados a estrellarse dada su excesiva confianza en su propia sabiduría. En ese libro, escrito en el feliz año 2007, dejó caer en una nota a pie de página: “la institución Fanny Mae, patrocinada por el Estado, se me antoja que está asentada en un barril de dinamita, vulnerable al menor contratiempo. Pero no hay por qué preocuparse: su numeroso personal científico considera que esos sucesos son ‘improbables’”. Ya sabemos lo que ha venido después. Y para ir concluyendo, aquí otra cita:

“Cuando alguien me pregunta cómo puedo describir mi experiencia en casi cuarenta años en el mar, me limito a decir ‘sin incidentes’. Por supuesto que ha habido tormentas, niebla y similares. Pero con toda mi experiencia, nunca me he encontrado en un accidente (…) de ningún tipo que sea digno de mención. En todos mis años en el mar, solo he visto un barco en situación difícil. Nunca vi ningún naufragio, nunca he naufragado ni jamás me he encontrado en una situación que amenazara con acabar en algún tipo de desastre”.

Fue dicha en 1907 por E. J. Smith, capitán del Titanic. En conclusión, ¿significa todo esto que la experiencia y la erudición no valen de nada? No, tampoco es eso. Es conveniente por ejemplo seguir los consejos de los médicos, a ser posible que no sean de aquellos que ensalzaban las virtudes del tabaco en los años 60. Simplemente hay cosas que es mejor no saber o bien deberíamos olvidar cuanto antes. Y no faltará el lector malicioso diciendo que este artículo es un buen ejemplo de ello, así que fíjense en la lucecita roja…

Fuente: http://www.jotdown.es/2012/12/todo-lo-que-no-hay-que-saber/


«El exceso de información irrelevante lleva al déficit de pensamiento»

Laura Peralta

Tras el éxito de «Educar en el asombro», Catherine L'Ecuyer vuelve a sorprender a todos sus seguidores con «Educar en la realidad» (Editorial Plataforma Actual), un libro en el que se muestra crítica y aporta evidencias sobre una serie de mitos educativos para demostrar que es necesaria una mejor preparación para utilizar las nuevas tecnologías de forma responsable.

—¿Por qué hay que educar en la realidad?

—Una viñeta del humorista gráfico Faro describe un padre subiendo la montaña con sus dos hijos. Les dice «mirad hijos míos, que puesta de sol tan bonita», a lo que sus hijos responden, «jolines, papá, ¡dos horas caminando para ver un fondo de pantalla!». Hoy, nuestros hijos pueden padecer déficit de realidad, y eso repercute en el aprendizaje.

—¿Por qué?

—Para aprender hay que partir del deseo de conocer, del asombro. Lo que asombra es la belleza de la realidad. Por lo tanto, si hay carencia de realidad, hay déficit de aprendizaje.

—En su libro asegura que «necesitamos una revolución educativa». ¿En qué consiste?

—La educación no es verdadera por ser revolucionaria, sino que es revolucionaria por ser verdadera. Hemos de reconectar con la realidad de nuestra naturaleza, volver a lo esencial, a la sofisticación de la sencillez, volver a sintonizar con lo que es bello, verdadero y bueno para nuestros hijos, nuestros alumnos.

—¿Entonces no hay que innovar?

—Sí, pero innovación no siempre es sinónimo de cambio. Por ejemplo, es urgente innovar borrando los residuos de conductismo que existen en el sistema educativo, devolviendo a los niños su deseo de aprender, su asombro. Pero como decía Ferran Adrià, a veces la mejor innovación es dejar las cosas como están. En ese sentido, cambiar por cambiar o por responder a las modas tecnológicas, por ejemplo, no tiene sentido si ese cambio no contempla los fines de la educación.

—¿Y qué son los fines de la educación?

—Buscar la perfección de la que es capaz nuestra naturaleza. Llevamos años basando el sistema educativo en una serie de mitos que nos hacen buscar perfecciones de las que nuestra naturaleza no es capaz («el niño tiene una inteligencia ilimitada», «los tres primeros años son determinantes para el aprendizaje», «más es mejor», etc.). Esos neuromitos son malas interpretaciones de la literatura neurocientífica y están reconocidos como tales por la comunidad científica. Han hecho mucho daño porque han reforzado el paradigma conductista según el cual el niño es un cubo vacío al que hemos de echar mucha información. De allí la memorización y la jerarquía como única fuente de conocimiento.



—El hecho de que nuestros hijos sean nativos digitales, ¿favorece a su cerebro para agilizar el aprendizaje?

—No. Ese es otro mito tecnológico. El cerebro es plástico, pero no es infinito. Todos tenemos limitaciones que marcan nuestra naturaleza y cuando intentamos sobre pasarlas, nos pasa factura, tanto a los inmigrantes como a los nativos digitales. Los estudios resaltan, por ejemplo, que el multitarea tecnológico lleva al colapso de la memoria de trabajo, superficialidad en el pensamiento, dificultad para enfocar y desenfocar la atención. Los estudios dicen que nos lleva a ser «enamorados de la irrelevancia».

«El exceso de información irrelevante lleva al déficit de pensamiento»
—¿Qué ocurre cuando uno se enamora con la irrelevancia?

—Sin relevancia no hay sentido. Las personas necesitamos sentido, no solo para aprender, también para vivir. Un enamorado de la irrelevancia no vive, sino que «va tirando». El exceso de información irrelevante lleva al déficit de pensamiento. Un niño o adolescente con déficit de pensamiento es un buen candidato para la manipulación ideológica.

—Muchos padres están o acaban de matricular a sus hijos en un colegio. Uno de los atractivos de los centros escolares es que dispongan de pantallas interactivas digitales. ¿Es una mejora con respecto a la pizarra tradicional?

—No está demostrado que den mejores resultados académicos que la pizarra tradicional.

—¿Pero hacen daño?

—Personalmente no creo que las pizarras digitales hagan daño en los niños mayores, si se usan de la forma en que se usaría una pizarra tradicional, con un ritmo que se armoniza al orden interior del alumno. En la etapa infantil no se justifica su uso porque la literatura científica dice que existe un déficit en el aprendizaje realizado a través de la pantalla con respecto a una demostración en directo (el llamado «Video Deficit Effect»).

—¿Cuál sería un ejemplo de uso incorrecto de las pizarra digitales?

—Que se usen para que los niños vean películas comerciales en horas lectivas, para luego cargarles con mochilas de 10 kilos de las que sacarán 3 horas de deberes cada día

—¿Y de las tabletas?

—La sustitución masiva del libro de texto es un error del que nos arrepentiremos en unos años. En Primaria, el uso de la tableta puede interferir con el aprendizaje de la lectoescritura. No es lo mismo la educación individualizada que puede dar una tableta, que la educación personalizada que solo da un maestro capaz de arrancar lo mejor de cada alumno. Si el fin de la educación es buscar la perfección de la que es capaz el niño, es preciso discernir de qué es capaz cada niño. Ese trabajo no lo puede realizar una herramienta digital, por muy buenos que sean el dispositivo y los algoritmos de sus aplicaciones, porque ese discernimiento requiere sensibilidad. Y la sensibilidad es profundamente humana, no digital. En vez de invertir en arsenal tecnológico, habría que invertir en bajar ratios y en formar y remunerar mejor a los maestros.

«La motivación externa que procura la tableta no lleva a una mejora de los resultados académicos»
—En su libro reconoce que está demostrado que la tableta motiva a los alumnos.

—Los estudios dicen que motiva más porque gusta más. Pero que a los niños les guste la tableta no es un criterio educativo. A los niños también les encantan las golosinas. La motivación que procuran esos dispositivos es una motivación para la diversión, no para el aprendizaje. La prueba de todo ello es que esa motivación externa no lleva a una mejora en los resultados académicos.

—¿Y que le diría a un padre preocupado por la educación digital para el futuro laboral de sus hijos?

—Un niño tarda 2 minutos en familiarizarse con una tableta, no necesita desperdiciar 10 años de su escolarización aprendiendo a usar una tecnología que probablemente no existirá cuando acceda al mercado laboral. Esos dispositivos están programados para la obsolescencia.

—¿No ayudan al niño a ser protagonista de su educación?

—En una mente aún inmadura y que no tiene la cabeza bien amueblada, el que lleva las riendas ante la pantalla no es el usuario, sino la aplicación inteligente… En Silicon Valley, los altos ejecutivos de empresas tecnológicas llevan a sus hijos a colegios de élite que no usan ningún tipo de pantalla. Steve Jobs no dejaba que sus hijos usarán la tableta. Aquí, empieza a costar encontrar colegios que no usen esos dispositivos. En ese sentido, hay cada vez menos riqueza y diversidad en los enfoques y en los proyectos educativos.

«El ranking de los mejores colegios en España da 3 puntos a los digitalizados»
—¿A que lo atribuye?

—El ranking de los 100 mejores colegios de España da 3 puntos a los colegios por digitalizarse. ¿Quién quiere quedarse sin esos puntos? Cuando un colegio subordina sus decisiones en función de «aparecer» o «subir» en los rankings, entonces deja de ser un colegio y pasa a ser un negocio. Hay que revisar los criterios de los rankings, así como el sistema de financiación de los colegios. No puede ser que los colegios tengan que recurrir al marketing para sobrevivir. La educación es algo sagrado, por lo tanto no debería nunca ser una arma política, ideológica, ni convertirse jamás en un negocio.

—¿Nos equivocamos los padres cuando ponemos Internet (y todo lo que ello supone) en manos de niños de temprana edad?

—En la infancia, las pantallas no son herramientas neutras porque tienen un efecto que la literatura llama «de desplazamiento». Mientras un niño está en internet está dejando de hacer mil cosas que aportan mucho más a su buen desarrollo. En esa etapa toca experimentar, tocar, sentir, ver la realidad, estrenarla en directo y, sobre todo, desarrollar virtudes que luego permitirán usar esas estupendas herramientas de forma responsable. El uso responsable de la conducción no se consigue dándole las llaves de un Ferrari a un niño de 10 años. Tampoco se consigue desarrollar la orientación espacial de un niño de 4 años jugando al escondite en un centro comercial de 40 mil metros cuadrados un sábado por la tarde. Antes de adentrarse en el mundo online, uno ha de tener la cabeza muy bien amueblada. Todo tiene su tiempo. La mejor preparación para el mundo online es el mundo offline.

—¿Se están convirtiendo las nuevas tecnologías en los nuevos educadores, robando el espacio a los padres?

—No podemos resignarnos a que «es una batalla perdida». Hemos de conseguir que la vida en tres dimensiones sea más atractiva para nuestros hijos que el mundo en dos dimensiones. Para que nuestros hijos recuperen su interés por la realidad hemos de darles oportunidades de belleza, cultivar su sensibilidad, fomentar las relaciones interpersonales, etc. Un niño que está 8 horas delante de la pantalla carece de esas oportunidades. Hemos de escuchar el grito silencioso de nuestros hijos, que nos piden atención. La atención es el termómetro del amor, es pura forma de generosidad.

Fuente: http://www.abc.es/familia-educacion/20150415/abci-entrevista-catherine-lecuyer-201503261743.html

La Leyenda de la Llorona - Mago de Oz:


El Estado Islámico y la guerra posimperial

24 cosas de ISIS y Al Qaeda que no quieren que sepas: http://www.nuevatribuna.es/articulo/mundo/24-cosas-isis-y-al-qaeda-no-quieren-sepas/20150526101131116367.html

La guerra de Siria-Irak es el conflicto ejemplar de nuestro tiempo; el que sigue a la difuminación del poder de dos grandes imperios, EE UU y la URSS, que, aunque no sin sobresaltos, estabilizaban la geopolítica mundial. Desde la implosión soviética en 1989-91 y a comienzos de siglo cuando se frustró en Asia la ambición norteamericana de hacer unipolar lo que era bipolar, se ha producido en Oriente Medio una reacción en cadena de realpolitik regionales, enfrentadas en el escenario global. Es un nuevo ‘desconcierto’ de las naciones.

Teatro de la Guerra. Siria e Irak, algo más de 670.000 kilómetros cuadrados, de los que se combate en cerca de dos tercios del territorio.



Contendientes. Siete fuerzas se alinean en un entramado de alianzas y oposiciones, en que la noción de amigo y enemigo resulta irreconocible. Estas son el Gobierno sirio de El Asad; los rebeldes contra Damasco; el Gobierno de Bagdad; las milicias chiíes, también de Irak; el cuerpo expedicionario iraní; los kurdos; y el Estado Islámico (EI) —o Daesh—, el terrorismo de obediencia suní.

Alianzas. Los seis primeros tienen una sola cosa en común: combatir a los yihadistas, que quieren hacer tabla rasa de geografía y política para instalar un califato, germen de una hipotética unidad del mundo árabe. Su alineamiento es el siguiente: las tropas de élite de El Asad, atrincheradas, tienen a raya al califato y machacan cuando los encuentran a los rebeldes suníes; estos últimos, militarmente omisos, solo cuentan como comparsa si un día se negocia la paz; el Ejército iraquí presta la masa a las operaciones contra Daesh, en las que llevan la voz cantante los guardias revolucionarios de Teherán; unos y otros cuentan con las milicias chiíes que, aun siendo de la misma rama islámica de Irán, tratan de preservar un grado de autonomía para Bagdad; y los kurdos que pelean nominalmente junto a Bagdad, pero que tienen su propia agenda para conseguir un Estado independiente o vagamente vinculado a Siria e Irak.

Antiguos Poderes Imperiales. Si en algo se aprecia el desmedro internacional de las dos superpotencias es en el poco caso que les hacen los contendientes. Washington apoya la lucha contra el EI, pero se encuentra en el mismo bando de sus enemigos, Damasco y Teherán, con los que solo puede negociar dando toda clase de explicaciones a la opinión norteamericana, soportando los desplantes del Israel de Netanyahu, y viendo como Irak se alinea con el chiismo iraní. Y Moscú debe contentarse con prestar apoyo diplomático a Siria e Irán, pero más por revivir algo de la antigua bipolaridad que por gozar de influencia real en la zona.

El mundo posimperial será crecientemente un magma desarticulado, en que el encuadramiento de alianzas resulte gravemente dudoso; donde Ucranias cambien de bando al mejor postor o al que mayor amenaza proyecte; con una fuerte tentación al repliegue de la única superpotencia en activo, EE UU, como interpreta sin demasiada fortuna, el presidente Obama; y las fuerzas no estatales como Al Qaeda, o solo en embrión de serlo como Daesh, en un mundo árabe-islámico donde la revolución no se ha transformado en democracia, encontrarán las mayores facilidades para hacerse temibles. Oriente Medio apenas ha comenzado a agitarse.


Entrevista de Íñigo Sáenz de Ugarte

Loretta Napoleoni ha escrito varios libros sobre terrorismo internacional, en especial sobre las vías de financiación que utiliza y su impacto económico en Occidente. Ahora se ha atrevido a publicar un libro sobre ISIS ( El fénix islamista. El Estado Islámico y el rediseño de Oriente Próximo, publicado por Paidós), aunque reconoce que aún no se conocen elementos claves sobre el funcionamiento del grupo yihadista y que muchas de las informaciones que aparecen en los medios de comunicación son como mínimo inexactas. Cree que hay muchas diferencias entre el grupo que se autodenomina Estado Islámico y Al Qaeda, y está convencida de que sólo ha podido llegar tan lejos gracias a la guerra de Irak, originada tras la invasión norteamericana, y a la guerra civil de Siria, que ha convertido el norte del país en una especie de Estado fallido.

Sobre la amenaza del ISIS estamos oyendo ahora las mismas frases y pronósticos que escuchamos sobre Al Qaeda después del 11S. ¿Por qué deberíamos estar ahora más preocupados?

Estado Islámico es un Estado, Al Qaeda nunca lo fue. Se quedó en el Afganistán de los talibanes. No tenía un control de ese territorio. Al Qaeda tenía como objetivo final el califato, pero fue siempre como un sueño para ellos. Su objetivo era atacar lo que se llamaba el enemigo lejano, principalmente EEUU. Fue una organización tradicional saudí, muy piramidal. No fue una organización horizontal, como es el Estado Islámico. Al Qaeda fue un producto de la guerra contra los soviéticos, financiada por EEUU y los saudíes.

El origen de Estado Islámico es diferente. El grupo inicial surge del salafismo radical de Jordania que se opone a la decisión del Gobierno jordano de reconocer a Israel. El enemigo no es EEUU, es un enemigo muy cercano, el Gobierno de Jordania. Su filosofía política consiste en luchar contra los gobiernos corruptos de Oriente Medio. El objetivo del grupo de Al Zarqaui (líder de Al Qaeda en Irak, grupo del que formó parte el actual líder del ISIS) fue siempre constituir el califato y después empezar una guerra de conquista.

ISIS es producto de dos guerras, la de Irak y la de Siria. Sin esas guerras, es imposible que se hubiera desarrollado tanto. Sin los errores de otros actores, no hubiera ampliado su poder.

Sí, sin la guerra de 2003 (la invasión de Irak) ISIS no habría podido existir. No sería un grupo tan fuerte ni tan organizado. Sus miembros son profesionales de la guerra. Llevan una generación entera luchando. En 2010 era un grupo muy débil después de que Amanecer de Irak (las tribus suníes) se enfrentara a ellos. Por eso, cruzaron a Siria, donde prosperaron gracias a la guerra civil.



No puede haber califato sin califa. ¿Qué sabemos de Al Bagdadi, su líder?

Tiene la autoridad religiosa que Al Zarqaui no tenía. Tiene un conocimiento profundo de la teología y también la autoridad política, porque al salir de Camp Bucca (la prisión norteamericana en Irak donde Bagdadi estuvo preso varios años) fue elegido líder del grupo. Hasta ahora, no sabemos bien si la decisión de crear el califato procedió sólo de él o de un grupo. No se conoce muy bien la estructura de la dirección del grupo. Lo que sabemos es que todos son iraquíes, no hay sirios u otros extranjeros. Tienen mucho pragmatismo en sus relaciones con la población local suní, como la decisión de dejar la explotación de recursos petrolíferos o el agua a la población local, creando empresas comunes.

Decía que es una organización horizontal. ¿Eso quiere decir que muchas decisiones sobre el terreno no las toma Al Bagdadi, sino los jefes locales?

Sí, los grupos que luchan tienen como referencia a sus jefes locales a los que juran lealtad. Su funcionamiento es horizontal y eso les va muy bien.

En los últimos días tropas iraquíes intentan recuperar Tikrit con la ayuda de Irán. ¿Puede ser eso una ayuda indirecta a la propaganda de ISIS en Irak y Siria?

La propaganda de ISIS dice que los iraquíes chiíes están luchando junto a los iraníes, y que sólo ellos son los auténticos defensores de los suníes. El califato es suní y se establece sobre un territorio suní. La presencia de tropas extranjeras, como iraníes, sería una confirmación de lo que ellos dicen.

Hay muchas teorías que denuncian la connivencia entre el Gobierno de Asad e ISIS. ¿Debemos tomarlas en consideración?

El Gobierno de Asad sólo controla el sur y el este del país. En el norte imperan los grupos yihadistas. Asad no puede reconquistar el norte, y por eso la mejor política para él es quedarse donde está y seguir defendiéndose. Si los yihadistas luchan entre ellos, como está ocurriendo, tanto mejor para Asad. Ahora estamos viendo que el trabajo de luchar contra ISIS lo hacen los norteamericanos con los drones y los ataques aéreos. Es una situación casi surrealista.

¿Cuál es entonces la prioridad para ISIS? ¿No es tanto derrocar a Asad, sino consolidar su dominio en las zonas que controla?

La prioridad para ISIS es desarrollar el califato y conquistar Bagdad. Para ellos sería una gran victoria simbólica por lo que representa Bagdad. Pero no creo que esté a su alcance conseguirlo. Su potencia militar no es suficiente para eso.

Los gobiernos europeos afirman que la amenaza de ISIS sobre Europa es de la máxima gravedad. ¿En qué se basan para eso?

Eso es propaganda porque hay que justificar el gasto militar y el uso de drones en Oriente Medio. No supone una amenaza tan grande como la de Al Qaeda, que tenía una organziacion centrada en lanzar ataques sobre Occidente. El máximo interés de ISIS es desarrollar su califato en Oriente Medio. Los ataques en Occidente son llevados a cabo por gente que quiere hacer algo por la creación de ese califato pero que no puede ir allí para luchar. El mensaje que les llega es 'haced lo que podáis por el califato', pero ISIS no está en condiciones de controlar esos ataques. La amenaza no es tan grave, pero es grave en el sentido de que puede haber un ataque en cada lugar de Europa. ¿Cómo parar estos ataques cuando no hay una organización que los dirija y las personas que lo hacen no tienen contacto con ese grupo?

Fuente: http://www.eldiario.es/internacional/ISIS-Siria-Napoleoni_0_368163904.html


El proceso de desbaazificación que impuso la Administración Bush ha acabado con la irrupción del Daesh en esa amplia zona sin ley en la que campa entre Irak y Siria

ANÁLISIS

El rey de tréboles y el armario de Blair. JOAN CAÑETE BAYLE

25 DE NOVIEMBRE DE 2015

Cuando uno busca en los cajones corre el riesgo de encontrar algo. El otro día estaba en ello y tropecé con la que probablemente es la baraja de cartas más infausta de la historia: la que creó Estados Unidos en el 2003 con motivo de la guerra de Irak para ayudar a sus tropas a identificar a las figuras más prominentes del régimen de Sadam Husein. Mi baraja no es la oficial, es una versión de baratillo que compré en un mercado de Bagdad en abril del 2003. Extraje un naipe al azar y allí estaba, mirándome con su bigotito pelirrojo, saludando marcialmente a la cámara, de uniforme y con una boina militar, el rey de tréboles, Izzat Ibrahim al Douri. Fue un golpe de efecto del azar, ya que la vida de Al Douri --el dirigente de mayor rango del régimen de Sadam que logró escapar de los soldados de Estados Unidos a pesar de que sobre su cabeza pendía una recompensa de diez millones de dólares-- es historia viva de Oriente Medio, de lo que fue y de lo que es ahora. Confieso que cuando me enteré de lo que parece su definitiva muerte el pasado mes de abril pensé que me encantaría titular un perfil suyo como “Tal vez el hombre más influyente del Oriente Medio actual”, aun a sabiendas de que es un mal título y de que sería una licencia tal vez excesiva, puesto que hay muchos que compiten por ese puesto con argumentos muy sólidos.



Por ejemplo, Paul Bremer. Muchas veces he imaginado a Bremer, en el atuendo de traje, corbata y botas militares que lo hizo famoso, sentado en su despacho de la zona verde de Bagdad con una pluma en la mano y ante él dos documentos. El 16 de mayo del 2003, el jefe de la ocupación estadounidense de Irak firmó la llamada Orden Número 1 de la Autoridad Provisional de la Coalición, por la que prohibió el partido Baaz y que sus miembros trabajaran en la administración del nuevo Irak. El 26 de mayo, firmó la Orden Número 2 de la Autoridad Provisional de la Coalición, por la que desmanteló el Ejército iraquí. No se entiende lo sucedido desde entonces en Irak (y después en Siria) sin la firma de estos dos documentos. El proceso de desbaazificación que impuso la Administración Bush y que empezó con esas dos firmas ha acabado con la irrupción del Daesh en esa amplia zona sin ley en la que campa entre Irak y Siria. Del Baaz al Estado Islámico, por decirlo en formato de tuit. A eso se refería Tony Blair cuando recientemente, y adelantándose a la que probablemente le va caer encima cuando se publique el denominado Informe Chilcot, dijo: “Pido disculpas por nuestro error en entender qué sucedería después de derrocar el régimen” (en Irak)
Lo que sucedió fue, entre otras cosas, Izzat Ibrahim al Douri. Tikriti de origen como Sadam y superviviente del núcleo que protagonizó el golpe de Estado de 1968, cuando empezó la guerra Al Douri era el número dos del régimen (vicepresidente del Consejo del Mando de la Revolución) y, como tal, era conocido por su mano dura en la represión y asesinato de miles de kurdos y chiíes. Con la caída del régimen, Al Douri, junto a muchos de esos cuadros medios suníes y sufíes del Baaz con formación militar (o exmilitares) que los dos papelitos firmados por Bremer habían dejado fuera del Estado, sin trabajo ni posibilidad de tenerlo, se pasó a la clandestinidad y empezó a formar la insurgencia bajo dos premisas: su carácter suní (por lo tanto, enfrentada a los chiíes que se disponían a gobernar el país junto a los invasores con su propia dosis de sectarismo larvada durante décadas de sangre, discriminación y represión) y su rechazo a los ocupantes.

Con sus contactos en Siria intactos, Al Douri formó muy pronto el núcleo de lo que sería su milicia, el Ejército de los Hombres de la Orden Naqshbandi, y se convirtió en el líder de lo que quedaba del Baaz en Irak. Entre el 2003 y la salida de las tropas estadounidenses ordenada por Barack Obama, el rey de tréboles se convirtió, a ojos del espionajes estadounidense, en uno de los hombres clave de la insurgencia. Washington considera que desde el principio Al Douri trabajó con Al Qaeda, formando esa alianza entre islamistas, líderes tribales suníes y exmilitares y cuadros del Baaz que en algunos aspectos era antinatura pero que se sustentaba en su carácter suní, su oposición a Estados Unidos y su odio a las milicias chiíes y, por tanto, al Gobierno de Irak y a Irán, un actor clave. En la red de redes de la insurgencia, Al Duri proporcionaba experiencia, organización y reputación. En esos tiempos, varias veces se informó, erróneamente, de su muerte.



El pacto con el islamismo, decíamos, era antinatura. Primero porque el ideario del Baaz es laico, y tradicionalmente sus principales enemigos interiores habían sido los islamistas. Segundo porque Al Duri era sufí, una corriente del Islam que el fundamentalismo al estilo Daesh rechaza. Pero Al Duri había construido después de la primera guerra del Golfo vínculos con elementos religiosos de Irak al dirigir lo que se llamó la Campaña de Regreso a la Fe que impulsó el régimen después de la derrota en la aventura belicista en Kuwait. En aquellos tiempos se construyó la mezquita de la Madre de Todas las Batallas en Bagdad, se incorporó a la bandera de Irak la inscripción Allahu Akbar y Al Duri permitió a los religiosos sunís mayor radio de acción política al mismo tiempo que endurecía la represión contra los chiíes. El Baaz se encerraba en sí mismo y sacrificaba sus principios ideológicos de panarabismo laico (a aquellas alturas, prácticamente inexistentes, todo hay que decirlo) por pura superviviencia ante los que había señalado como enemigo exterior e interior. Tras la invasión, cuando los suníes se vieron amenazados por los chiíes, sus milicias y el nuevo Gobierno, los jefes tribales se convirtieron en aliados naturales de Al Duri. Pero el germen estaba allí antes de la invasión para quien quisiera verlo. Obviamente, ninguno de los que intercambiaron chascarrillos en la cumbre de los Azores quiso. Lo siento por Tony Blair, pero ni la ignorancia ni los famosos “informes erróneos del espionaje” son eximentes ni atenuantes.

Problemas de salud parecieron sacar a Al Duri de la escena (que no a su milicia) hasta que el Daesh hizo su entrada triunfal en la escena internacional al ocupar Mosul y Tikrit en el verano del 2014. Entonces, Al Duri reapareció en una cinta de audio en la que animaba a los suníes a unirse a las filas del Estado Islámico.

A partir de entonces, mucho se ha escrito sobre la relación (sujeta a altibajos) de Al Duri en particular y de lo que queda del baazismo en general con el Daesh. En un famoso reportaje, The Washington Post afirmaba que el Baaz aportaba líderes militares, entrenamiento y las redes de contrabando construidas en los 90 para romper el bloqueo internacional a Irak. En otro artículo, The New York Times cita directamente al Ejército de Naqshbandi del rey de tréboles. En una especie de reivindicación a posteriori, los servicios de espionaje establecen ahora el vínculo entre el Baaz y el islamismo de Al Qaeda y Daesh que esgrimieron erróneamente en el camino a la guerra cuando relacionaron el 11-S con Sadam Husein. Entonces erraron, y ahora también erran al considerar que el vínculo que pueda haber hoy es la prueba de que entonces acertaron. Lo de ahora es consecuencia de ese error garrafal, de esa baraja en la que Al Duri era el rey de tréboles y que encontré el otro día en uno de mis cajones.

Se puede discutir la medida de implicación de lo que queda del baazismo en Daesh, no que existe. Ambas partes consideran como enemigos a los chiíes, Irán, el Gobierno de Bagdad y las potencias extranjeras, y ambas partes cuentan con el apoyo de los suníes iraquíes que se consideran abandonados por el Gobierno en la última década. El pasado abril, se anunció la muerte de Al Duri otra vez en un combate entre sus milicianos y guerrilleros chiíes en las montañas de Talal Hamrin, cerca de Tikrit. Para probar su muerte, los milicianos chiíes organizaron un marcha por Bagdad para mostrar su cadáver, con su identificativa barba pelirroja, dentro de un ataúd de cristal. El desfile fue retransmitido por la televisión iraquí en directo.


Las fotos de Al Duri en el féretro transparente poco tienen que ver con la altivez con la que saluda marcialmente en la fotografía que ilustra el naipe del rey de tréboles. Algo similar sucede con el propio Sadam Husein, de quien la última imagen que tenemos es la de su ejecución en la horca en el 2006. Es inevitable al repasar uno a uno los naipes de la baraja recordar las voces que se alzan desde Occidente tras barbaridades del Daesh como la de París exigiendo al mundo árabe su Ilustración, un proyecto modernizador. Nadie parece recordarlo, pero ese era justamente el proyecto fundacional del Baaz. El inconveniente es que, entre otras iniciativas, decidió nacionalizar los pozos de petróleo para que dejaran de estar en manos de empresas de antiguas potencias coloniales. Si hablamos solo de Irak, este país lleva en guerra ininterrumpida con Estados Unidos desde la primera guerra del Golfo. Cambian los presidentes (Bush, Clinton, Bush, Obama), los enemigos y los ‘casus belli’, lo que no cambia es EE. UU. haciendo la guerra en Mesopotamia (y eso si no contamos que la guerra Irán-Irak también fue una guerra que Washington combatió de una forma u otra, que es ser muy generoso no hacerlo). ¡Así cualquiera se vuelve ilustrado! Como decíamos antes: del Baaz al Estado Islámico, ese es el resumen del proceso de involución que tan bien personifica el rey de tréboles.



Cuando Blair pide perdón, cuando se habla del vacío político en el que ha nacido el Daesh, cuando se establece un vínculo entre la invasión del 2003 y los atentados de París, la tendencia es pensar que esa relación es emocional: los musulmanes y árabes humillados, empobrecidos y furiosos que se echan en brazos del Estado Islámico porque ya no tienen nada que perder. Hay mucho de eso, sobre todo, como motivación. Pero también hay consecuencias, causas y efectos, correlaciones de fuerzas. Mover una pieza en un tablero tan complejo equivale a la redistribución de todas las demás y a la creación de nuevos escenarios en la partida. Por ese motivo pide perdón Blair, porque en efecto fue un error no entender qué sucedería después de derrocar el régimen. Pero la ignorancia, decíamos, no es eximente ni atenuante, al margen de que es muy generoso considerar que quienes asistieron a las Azores eran unos ignorantes y no unos dirigentes políticos con unas ideologías e intereses concretos que en el mejor de los casos eligieron qué informes oír y cuáles desechar y en el peor, ni eso. De la misma forma, el perdón y la justicia son asuntos diferentes. Porque si yo rebuscando en mis cajones encuentro una versión de  baratillo de la famosa baraja, ¿qué aguardará a Blair cuando abre su armario?

Fuente: http://ctxt.es/es/20151125/Politica/3138/Izzat-Ibrahim-al-Douri-Sadam-Husein-Estado-Islamico-Irak-Siria-Administracion-BushBlair-baraja-cartas-Oriente-Medio-Par%C3%ADs-13-de-Noviembre.htm

Judas El Miserable - La Frontera:


miércoles, 10 de junio de 2015

Stalin en su mundo. Biografía y contexto ruso a principios del siglo XX

Stanley Payne

Siguen apareciendo regularmente biografías de los grandes dictadores de tiempos recientes. El mercado es amplio, especialmente en los países anglófonos, pero el listón se ha puesto ahora muy alto. Raras veces hay nuevas fuentes importantes que no hayan sido ya utilizadas por los estudiosos anteriores, por lo que un nuevo libro puede dejar su impronta sólo si se concentra en un tema especial o, sencillamente, si demuestra ser más exhaustivo que cualesquiera estudios anteriores. Así, la biografía de Hitler de Ian Kershaw abarcaba dos volúmenes y casi dos mil páginas de texto. La de Mussolini de Renzo De Felice –que no estaba terminada del todo cuando murió el historiador italiano– ascendía a nada menos que siete volúmenes y casi cinco mil páginas.



El nuevo estudio de Stalin que ha proyectado Stephen Kotkin es una obra de estas características. Kotkin es el director del Programa de Estudios Rusos de la Universidad de Princeton y el famoso autor de varios libros destacados, entre ellos Uncivil Society. 1989 and the Implosion of the Communist Establishment, Armageddon Averted. The Soviet Collapse 1970-2000 y, quizá el más notable, Magnetic Mountain. Stalinism as a Civilization, un relato de la nueva ciudad industrial de Magnitogorsk cuyo objetivo era tratar la sociedad estalinista como un tipo especial de extraña civilización, pero relativamente funcional, aunque contradictoria. Su nuevo proyecto constituirá el más extenso y detallado estudio de Stalin jamás presentado, cuya excepcionalidad se cifra no en ningún tesoro oculto único de nueva documentación, sino en la exhaustividad de su tratamiento político, la meticulosidad de la investigación, la profundidad y objetividad de sus análisis, y en el hecho de plantear una contextualización extraordinariamente amplia y reveladora. Este primer volumen trata del primer medio siglo de vida de Stalin, hasta el momento en que se había convertido ya en el dictador virtual de la Unión Soviética en 1928. Hay 739 páginas de texto, compuesto en un cuerpo relativamente reducido, seguidas de 122 páginas de notas distribuidas en páginas de tres columnas cada una con una letra extremadamente pequeña y, a modo de conclusión, una bibliografía de cincuenta páginas también a tres columnas cada una con un cuerpo de letra igualmente diminuto. En total, casi un millón de palabras: un coloso de libro.

El estudio puede también leerse como un relato general de Rusia durante el primer tercio del siglo XX

Uno de sus logros más impresionantes es presentar el que es posiblemente el relato de un gran dictador con una contextualización más completa jamás publicado. En las primeras trescientas páginas, la figura de Stalin sólo aparece de cuando en cuando, ya que la mayor parte del espacio se dedica a exponer un estudio general de la Rusia en que vivió, de sus políticas y problemas, y de su gran estrategia desde finales del siglo XIX hasta la revolución de 1917, pasando por la Primera Guerra Mundial. El propio Stalin aparece para ocupar el centro del escenario hasta cerca de la mitad del libro, en 1918, cuando se convirtió en una figura importante de la nueva dictadura bolchevique. El estudio puede también leerse, por tanto, al menos en parte, como un relato general de Rusia en este período y del lugar que ocupó dentro de la historia mundial. En su prólogo, Kotkin señala que a veces se sentía como si estuviera escribiendo una «historia del mundo», y lo cierto es que ha dado forma a un emocionante relato del universo más amplio en que se vio inmerso Stalin. Sus conocimientos son prodigiosos y han supuesto toda una década de lecturas e investigaciones.

Un tema capital de la primera mitad tiene que ver con la viabilidad de un régimen zarista reformado en contraposición a la inevitabilidad de una revolución violenta. No pocos estudiosos han concluido que el régimen zarista no tenía a la postre ningún futuro debido a su incapacidad para acometer reformas y una modernización significativas, aunque otros han apuntado al rapidísimo desarrollo de Rusia a partir de 1890 y a la aparición de una auténtica sociedad civil a comienzos del siglo XX. Una de las mejores expresiones de esta última tesis es el libro Russia in 1913 (2000), de Wayne Dowler.

Kotkin no defiende que Rusia fuera irreformable, ni tampoco niega que el imperio estuviera haciendo rápidos progresos antes de 1914, pero resalta en todo momento en los primeros capítulos que «el enemigo más peligroso del zarismo» era simplemente su propia «autocracia inflexible», que bloqueó tenazmente la transición a un gobierno plenamente constitucional y representativo que podría haber presidido una transformación pacífica. No se trata de un hallazgo especialmente original, pero se aborda por medio de un análisis de una profundidad inusual y con profusión de detalles reveladores. La primera revolución rusa de 1905 constituyó «una experiencia cuasimortal» para la autocracia, que sobrevivió gracias a que llevó a cabo una vigorosa represión, que fue posible gracias al hecho de que la derrota en la guerra ruso-japonesa fue admitida a tiempo para que el régimen lograra mantener la disciplina y la lealtad del ejército, lo cual vino acompañado de la concesión limitada de un gobierno semiparlamentario. La «autocracia constitucional» resultante de la década 1907-1917 demostró ser una contradictio in terminis que nunca acabó de ser verdaderamente viable y que no permitió nunca un genuino gobierno representativo.



Kotkin da lo mejor de sí cuando se ocupa de Rusia en la Primera Guerra Mundial, el cataclismo que abrió la puerta al derrumbamiento total. Retrata el orgullo desmedido de un gobierno imperial que, menos de una década después de su humillante derrota militar en el Extremo Oriente, decidió tratar aquella como un mero accidente de la geografía y que se apresuró a organizar movilizaciones militares a gran escala en Europa, primero contra Austria-Hungría en 1913 y luego, de modo más fatídico, contra tanto Austria como Alemania en julio de 1914. Sin embargo, Kotkin muestra que, a pesar de las gigantescas pérdidas, Rusia no sufrió nunca realmente una derrota militar. El éxito de la ofensiva rusa de 1916 supuso la mayor victoria aliada de todo el conflicto antes de 1918, y la economía rusa llevó a cabo una masiva expansión de la producción militar que dejó al ejército mejor pertrechado en 1917 que tres años antes. Incluso en el invierno de 1917, el imperio no estaba haciendo frente a una hambruna, sino simplemente a las terribles escaseces de los tiempos de guerra que se veían en otros muchos países. Sin embargo, Kotkin subraya la fatídica precisión del «Memorándum de Durnovó», de febrero de 1914, que advertía al gobierno imperial de que su mayor error consistiría en entrar en guerra con Alemania, ya que esto provocaría grandes penalidades y sufrimientos cuya responsabilidad se atribuiría exclusivamente al gobierno, lo que acabaría por producir un colapso absoluto que se vería seguido de una revolución convulsiva y extremadamente violenta, más dramática que la de 1905, que se llevaría todo por delante. La profecía estaba absolutamente en lo cierto, ya que el régimen no fue tanto derrocado por los revolucionarios en 1917 como que sencillamente se derrumbó debido a la absoluta falta de confianza en el gobierno en medio de los padecimientos de una guerra prolongada y de la ausencia de unos líderes representativos.

Es a partir de este momento del libro cuando la biografía de Stalin empieza a ocupar el primer plano. Kotkin nos ofrece, por encima de todo, un estudio político y resulta evidente que no le preocupan los detalles de su vida personal. Presenta lo suficiente de esta última como para ofrecer al lector un retrato preciso, pero quien esté interesado en un tratamiento minucioso, sería aconsejable que leyera los dos volúmenes sobre Stalin de Simon Sebag Montefiore, o la extensa biografía en un solo volumen de Robert Service, cuya edición española fue publicada en 2008. En temas políticos, sin embargo, la investigación es inmensa y exhaustiva, y se apoya en una amplia base de datos surgidos del escrutinio de los archivos rusos y soviéticos, así como en un examen detallado de la gigantesca bibliografía publicada sobre el tema.

Al igual que Napoleón y Hitler, Stalin no fue por nacimiento un miembro del grupo étnico dominante del que acabaría por ser su principal dirigente, pero esto es en su caso menos significativo, ya que tanto el imperio zarista como la Unión Soviética fueron complejos Estados plurinacionales. Sus dos padres nacieron como siervos en Georgia, en el extremo meridional caucásico del imperio. Allí, en la pequeña ciudad de Gori, Stalin vio la luz del día en diciembre de 1878 con el nombre de Iósif Djugashvili, hijo de un zapatero y una muchacha campesina. Los relatos tradicionales retratan a su padre como una persona que terminó sucumbiendo al alcoholismo, lo cual es cierto, pero está mucho menos claro que abusara seriamente de su hijo, tal y como se ha afirmado con frecuencia. Stalin nunca se quejó de su infancia y más tarde diría que no lo habían tratado mal. Dada su pronunciada tendencia a la autocompasión, Kotkin, de manera muy razonable, se toma sus palabras al pie de la letra. Su madre, Keke Gueladze, sabía leer y escribir en georgiano, algo muy infrecuente para una campesina en aquella época, y estaba decidida a que su único hijo recibiera una educación. Para cuando él había cumplido cinco años, el matrimonio ya se había roto y el niño creció en unas circunstancias económicas muy precarias, pero logró disfrutar del apoyo económico de un vecino acaudalado y se matriculó más tarde en el seminario de la Iglesia ortodoxa georgiana, el centro educativo más prestigioso de la región. Inicialmente, Iósif, al igual que sus padres, era creyente, pero luego se hizo librepensador y, más tarde, marxista revolucionario mientras estudiaba en el seminario. Lo que destacaba era su preocupación por procurarse una educación y por ampliar sus conocimientos por medio de lecturas omnívoras, una costumbre que conservó durante toda su vida. La primera ambición de Iósif fue ser maestro, y después un pensador y proselitista revolucionario, por lo que sería expulsado finalmente del seminario a la edad de veintiún años en 1900. Desde ese momento, y hasta el final de su larga vida, seguiría siendo un revolucionario profesional a tiempo completo. La interpretación que hace Kotkin de su carrera sitúa la ideología en un primerísimo plano, aunque gran parte del éxito de Stalin sería más tarde consecuencia de su capacidad para ajustar la aplicación de la doctrina a las circunstancias prácticas.



La estructura política represiva del imperio hizo de Rusia un semillero natural de revolucionarios

La estructura política represiva del imperio hizo de Rusia un semillero natural de revolucionarios, por lo que Iósif Djugashvili no era en un principio tan diferente de otros muchos miles de jóvenes. En 1903, sin embargo, se sintió atraído por la facción bolchevique de los marxistas radicales de Lenin y una tendencia hacia el maximalismo, aunque a menudo entreverada con el pragmatismo, seguiría siendo un característico de su personalidad hasta el final mismo de su carrera. Políticamente, Georgia era una de las partes más turbulentas del imperio, y los primeros años de Iósif como revolucionario se dedicaron a la propaganda y la agitación. Más tarde, cuando el bolchevismo en el poder pidió a todos los miembros de su partido que indicaran su profesión, él escribió simplementepublitsist (publicista). Iósif mostró muy pronto una gran capacidad para el liderazgo y asistió por primera vez a un congreso general de su facción en 1906, lo que supuso su primer viaje fuera del Cáucaso. Durante la fase violenta de la Primera Revolución de 1905-1907, se dedicó brevemente a la organización de expropiaciones a mano armada, participando en varios asaltos a bancos que ayudarían a financiar al Partido Bolchevique, pero esto fue sólo una breve etapa dentro de una carrera juvenil dedicada fundamentalmente a la propaganda y la agitación. Fue detenido en varias ocasiones, pero gracias a la laxitud de las prácticas carcelarias del zarismo, tuvo, por regla general, pocas dificultades para escaparse. El sistema ruso era autoritario, pero en la práctica a menudo indulgente, y guardaba muy pocas semejanzas con la rigurosa estructura totalitaria que construirían más tarde Lenin y el propio Stalin.

La suya fue una vida precaria y llena de tensión, habituada a la clandestinidad y con frecuencia a la pobreza y el sufrimiento físico, pero Djugashvili combinó la rigurosa actividad revolucionaria con aspectos de una existencia más normal, manteniendo una serie de relaciones sexuales que produjeron al menos uno, y posiblemente dos, hijos ilegítimos. Uno de estos encuentros dio lugar en 1906 a su matrimonio con Kato Svanidze, una joven relativamente educada procedente de un entorno de clase media. Aunque el matrimonio apenas interrumpió su febril actividad revolucionaria, todo apunta a que amó a su esposa y quedó emocionalmente deshecho por su muerte, de resultas de una enfermedad, tan solo un año y medio más tarde. Su único hijo acabaría siendo asesinado en un campo de prisioneros alemán en 1943. Aunque Iósif mantuvo una activa vida sexual en su juventud, no era un mujeriego compulsivo y se entregó en cuerpo y alma, con escasas interrupciones, a la causa revolucionaria.

Comenzó a despojarse de su identidad georgiana en 1908, cuando empezó a escribir exclusivamente en ruso, y su trabajo provocó muy pronto que Lenin se fijara en él: en 1912 lo incorporaría al comité central del partido como experto en el tema de las nacionalidades. Había llegado el momento de adoptar un seudónimo revolucionario, como hicieron la mayoría de los dirigentes bolcheviques, y él adoptó el de «Stalin»: el hombre de acero (de stal). En 1913 publicó un importante artículo sobre el marxismo y el tema de las nacionalidades que le sirvió para establecer sus credenciales como una suerte de teórico revolucionario. Al contrario que la mayoría del resto de los líderes bolcheviques, sin embargo, él no huyó al extranjero, sino que mantuvo siempre su base de operaciones en Rusia, saliendo únicamente del imperio para realizar dos breves viajes a Europa.

Difícilmente pudo evitar, por tanto, ser arrestado de nuevo, y en 1913 fue condenado al exilio en una remota región al noroeste de Siberia, dentro del Círculo Polar Ártico, donde se consumiría durante los próximos tres años y medio. Se trató para él de una época difícil, ya que padeció serios problemas de salud, incluida una afección respiratoria que incluía aparentemente una forma inactiva de tuberculosis. También tenía una malformación en el brazo izquierdo, posiblemente congénita, que no podía levantar normalmente a fin de sostener un rifle, lo cual le sirvió para que lo declararan exento del servicio militar. Además, una pierna había sido arrollada por un carro durante su infancia y luego se quedaría torcida, lo que le provocó un arqueamiento en un lado de su cuerpo y una extraña manera de andar. Padecería dolencias menores durante toda su vida, pero raramente le hacían tomarse las cosas con más calma durante mucho tiempo, y siempre tuvo fama de mantener unos hábitos de trabajo regulares. La educación de Stalin estuvo plagada de sinsabores y dificultades: con anterioridad a 1917, él era quien había llevado la existencia más difícil y precaria de todos los bolcheviques más destacados.

Ninguno de ellos desempeñó un papel directo en el colapso del sistema zarista a comienzos de marzo de 1917, que fue derribado por las presiones de la guerra y por la total pérdida de confianza en su gobierno de la población del imperio. En esa ocasión, encontrarse dentro de su territorio resultó beneficioso para Stalin, que fue inmediatamente liberado y pudo llegar a la capital en dos semanas, mientras que Lenin y otros dirigentes bolcheviques vieron en un principio cómo su regreso se veía bloqueado por las potencias en guerra. Los detractores de Stalin dijeron más tarde que él había desempeñado un papel irrelevante en los decisivos acontecimientos posteriores, pero los biógrafos ya han refutado esta interpretación. Él fue inicialmente uno de los dos dirigentes bolcheviques más importantes en San Petersburgo, se hizo cargo de la dirección de Pravda, el periódico oficial del partido, y siguió una línea moderada de apoyo tentativo al Gobierno Provisional.

Lenin llegó un mes después, asumió el liderazgo y buscó imponer de inmediato una política radical de fiera oposición al nuevo régimen, nominalmente democrático, a fin de favorecer la imposición de la «dictadura del proletariado», dirigida y controlada por los bolcheviques. Las relaciones de Stalin con Lenin habían sido muy positivas, pues de lo contrario no habría sido ascendido para ocupar un importante puesto jerárquico en 1912-1913, pero no había sido nunca un leninista extremo, hasta el punto que el líder aparece citado sólo muy raramente en sus escritos. Se avino, sin embargo, a la nueva línea leninista y desempeñó un papel activo en el liderazgo del partido durante los cruciales siete meses posteriores. Cuando se planificó un golpe de Estado violento para casi todas las ciudades importantes en noviembre, el catalizador inmediato fue el neobolchevique León Trotski, pero Stalin fue un activo partidario y participante. Aunque podía disentir ocasionalmente con Trotski en detalles concretos, respaldó todas las decisiones importantes: la creación de una dictadura de partido único, la anulación de los resultados de las únicas elecciones democráticas celebradas en Rusia, la imposición de un drástico programa de control y confiscación estatales bautizado como «comunismo de guerra», la participación en una masiva guerra civil de tres años que fue mucho más destructiva para Rusia de lo que lo había sido la Primera Guerra Mundial, y la declaración oficial de un «terror rojo» que se cobró varios cientos de miles de vidas. Stalin desempeñó en todo ello papeles cada vez más importantes en el ámbito de la propaganda y la administración del Estado, los asuntos económicos y la supervisión militar. Cuando terminó todo, la primera dictadura de partido único del siglo había quedado consolidada y de diez a doce millones de personas habían perdido sus vidas, principalmente debido a las hambrunas y las epidemias, en un desastre humano sin parangón hasta ese momento dentro de la historia moderna europea. Y Stalin había emergido de entre las ruinas de este inmenso osario como uno de los cinco principales dirigentes del partido y, en consecuencia, de la nueva dictadura.



Iósif encontró tiempo para reestructurar su vida personal y en 1918 conquistó el corazón de Nadezhda Alilúyeva, la hija de un miembro del partido, que tenía tan solo diecisiete años, veintiuno menos que él, y se casó con ella. Tendrían dos hijos, una hija llamada Svetlana (que se convertiría en una personalidad famosa por derecho propio después de que abandonara la Unión Soviética en los años sesenta) y un hijo, Vasili. Fue un matrimonio difícil, porque Nadezhda era tanto inteligente como emocionalmente excitable, y quería ser, por un lado, una «mujer nueva» emancipada bolchevique con una carrera propia, pero que se hallaba casada, por otra, con un georgiano imperioso al que no le hacía la más mínima huella el concepto de «mujer nueva» y que exigía a su lado a una esposa y madre atenta y sumisa. Él no incurrió en abusos físicos ni pasó mucho tiempo con otras mujeres, pero era duro emocionalmente y trataba mal con frecuencia a Nadezhda.

En un principio, Stalin construyó su preeminencia gracias a sus cualidades positivas, no las negativas

Toda la segunda mitad del libro de Kotkin podría titularse «El ascenso de Stalin». Contiene dos temas paralelos: el primero es la expansión de su poder personal tanto antes como después de la muerte de Lenin hasta que finalmente fue él quien se hizo con el dominio; el segundo, el camino en ocasiones titubeante mediante el cual implementó la lógica de una revolución violenta y totalitaria hasta que en 1928, convertido ya en un dictador de facto, dio comienzo a la creación del sistema estalinista pleno. Kotkin no es el primer biógrafo en demoler el mito de un Stalin permanentemente traicionero y tiránico. Muestra que conquistó su ascenso dentro del partido y se ganó la confianza de muchos de sus colegas y subordinados no por medio de la tiranía, sino gracias al trabajo duro y a una administración eficiente, mostrando una devoción constante por el desarrollo del partido y del sistema. Para muchos él no parecía más despiadado que sus colegas, sino mucho más estable y fiable, más absolutamente entregado, día tras día, no el más radical, sino el más práctico, el más digno de confianza y el más trabajador de los principales dirigentes. Stalin construyó su preeminencia en un principio gracias a sus cualidades positivas, no las negativas; de haber estado ausentes las primeras, nunca habría podido desempeñar un papel importante. Pero en cuanto empezó a ejercer un mayor poder, se volvió cada vez más exigente y, a la postre, cada vez más resentido con los desprecios y la resistencia mostrados por otros dirigentes. Él no creó la dictadura, sino que la transformó en un Moloch que se cobró millones de víctimas. Esto se debió no simplemente a su orgullo, su ambición o su sed de poder, sino que siguió la lógica del violento colectivismo de Lenin, que era intrínsecamente paranoico en su visión del mundo. Tal como escribe elocuentemente Kotkin, la paranoia de la política de Lenin acabó por contagiar a Stalin, cuyo liderazgo personal hizo a su vez que el sistema se volviera aún más paranoico de lo que ya lo había sido con su antecesor.

El primer logro decisivo de Stalin fue desempeñar un papel muy destacado en la implementación de la política de nacionalidades, que transformó lo que había quedado del imperio zarista en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Se trataba, en teoría, del esquema de federalismo más elaborado del mundo, estratificado en cuatro niveles diferentes de repúblicas y regiones autónomas, cada una de ellas con su propio idioma, pero controladas por el Partido Comunista de Todas las Rusias, su Ejército Rojo y su policía política. Cuando el proceso se hubo completado, Lenin lo nombró secretario general del partido, una tarea embrutecedora que requería un trabajo incesante y una constante atención por los detalles, algo que evitaban los dirigentes más glamurosos del partido, como León Trotski, quien pronto habría de convertirse en el principal enemigo personal de Stalin. Este aceptó el puesto e hizo el trabajo, lo que le hizo darse cuenta muy pronto de que, en una dictadura estricta, gobernada por los dirigentes de un partido revolucionario, el principal responsable administrativo de ese partido se encontraba en una posición única para ampliar su propio poder personal y su influencia. En un principio, esto no guardaba ninguna relación con la dictadura, ya que, en esta primera fase, Stalin no era otra cosa que uno más entre iguales. Tenía que hacer gala de pericia política, porque estaba tratando con otras figuras que podían ser quisquillosas y resentidas. Kotkin señala que, en sus primeros años como secretario, de hecho, «hubo de mostrar un comedimiento, deferencia y falta de ambición inhabituales para no construir una dictadura personal dentro de la dictadura». La tarea era sutil, artera e infatigable, de tal modo que, a partir de 1922, el ascenso de Stalin fue en ocasiones lento pero, sin embargo, constante y en el lapso de seis años empezó a alcanzar su cenit.

El resentimiento de otros dirigentes resultaría a la larga inevitable y es posible que al propio Lenin le entraran dudas. Se dijo que, antes de su muerte prematura en 1924, había dictado un memorándum para sus colaboradores en el que declaraba que «el camarada Stalin es demasiado rudo», demasiado insensible con sus colegas de partido y demasiado ambicioso, y que debería ser reemplazado como secretario general. El documento se hizo circular más tarde como «el testamento de Lenin», aunque las condiciones en que lo dictó no están claras y Kotkin concluye que no es posible estar seguros al cien por cien de su autenticidad. Durante años, Stalin fue incapaz de anular el «Testamento» y sus rivales lo esgrimieron en diversas ocasiones. Finalmente decidió que tenía que plantar cara a las críticas de frente, confiado en recibir los apoyos que había ido acumulando a lo largo de años de ser él quien realizaba los nombramientos claves del partido. También dio repetidas muestras de humildad y de inocencia ofendida, solicitando en varias ocasiones, de un modo teatral, ser sustituido. Sabía que podía contar con que la sólida «mayoría estalinista» que había creado dentro del aparato no se volvería contra él (aunque, años después, él sí que lo haría con muchos de sus miembros).

Kotkin trata el tema de la rivalidad entre Stalin y los demás dirigentes con un nivel de detalle y matización extraordinario. Muestra que las luchas tras la muerte de Lenin no fueron simplemente, o siquiera fundamentalmente, sobre el poder, sino sobre el curso futuro de la revolución: «escaramuzas por lasideas, y no exclusivamente por la preeminencia personal». Stalin tuvo que convencer a sus camaradas comunistas intelectual y teóricamente, con argumentos y no mediante el arma de la coerción. Si no hubiera triunfado en lo primero, no habría tenido nunca el poder para aplicar lo segundo. Lenin había dejado una revolución a medio acabar: una dictadura política completa con una poderosa policía (aunque un ejército débil) que controlaba una industria a gran escala, pero no la economía en su conjunto, que el pacto revolucionario inicial había confiado a granjeros, campesinos y a la propiedad privada a pequeña escala. Durante algunos años no estuvo del todo claro cómo podría resolverse esta gran contradicción de la revolución a favor del capitalismo estatal. El propio Stalin ha sido a menudo retratado como un oportunista implacable, carente de todo principio, pero el líder retratado por Kotkin es un revolucionario comprometido y un ideólogo. En comparación con Trotski, sin embargo, él sí comprendió la necesidad de la prudencia y del compromiso temporal. Más que la mayoría de sus rivales, había aprendido la esencia de la máxima leninista de «Dva shagá vperyod, odín shag nazad» (dos pasos adelante, un paso atrás). Comprendió que, a mediados de los años veinte, la economía soviética era aún demasiado débil para emprender nuevas políticas radicales, de ahí que se alineara en un principio con los moderados frente a los radicales y fue sólo más tarde, sabedor de que ya se encontraba en una posición más fuerte, cuando empezó a atacar a los moderados.

Una de las numerosas virtudes de este estudio es que presta más atención a los asuntos extranjeros de lo que lo hacen la mayoría de los relatos que analizan el ascenso al poder de Stalin. El leninismo se basó en que el comunismo ruso y soviético proporcionaba el liderazgo inicial para un proceso revolucionario en todo el mundo. Nunca se pensó que un régimen revolucionario podría sobrevivir únicamente en Rusia. A partir de 1920, sin embargo, parecía que todos los esfuerzos para implantar la revolución en el extranjero estaban condenados al fracaso. Stalin se amoldó a esta realidad temporal en 1925, cuando anunció su famoso eslogan de «Socialismo en un solo país», que sostenía que un régimen socialista podía construirse con éxito en una Rusia aislada, aunque no sería plenamente seguro hasta que la revolución se hubiese extendido por todo el mundo. Kotkin corrige interpretaciones anteriores que han defendido que esto significaba el abandono de la revolución mundial. Ese no fue nunca, en ningún momento, el objetivo de Stalin; lo único que pretendía era reconocer que durante un tiempo sería necesario concentrarse en la transformación de la propia Unión Soviética, prestando sólo una atención secundaria a la revolución internacional, en la que sí que se pondría un énfasis mucho mayor en una fase posterior, que luego acabaría siendo proclamada oficialmente en una fecha tan temprana como 1928.

La visión del mundo soviética fue, desde un principio, paranoica. Como la Internacional Comunista formada por el nuevo régimen se propuso derrocar a los gobiernos por todo el mundo, los líderes soviéticos sostenían a su vez que otros gobiernos tramaban activamente en contra de ellos y, además, que resultaba inevitable una gran guerra en tanto que el capitalismo no hubiera sido derribado en otros lugares. Fue ya en 1925 cuando Stalin enunció oficialmente su doctrina de «La Segunda Guerra Imperialista», que pasó a convertirse en la política soviética. El futuro conflicto armado entre las grandes potencias capitalistas era inevitable, pues lo requería la propia naturaleza del capitalismo. El objetivo de la Unión Soviética debería ser esquivar la próxima gran «guerra imperialista», evitando involucrarse hasta que las principales potencias capitalistas se hubiesen debilitado fatalmente entre sí, pero interviniendo luego de forma decisiva para garantizar la victoria mundial del comunismo. Esto predijo acertadamente cuál habría de ser la política posterior de Stalin en 1939 y a partir de entonces.



En 1927-1928, el régimen soviético había llegado a un momento decisivo. No había resuelto sus profundas contradicciones internas, no había conseguido promover la revolución mucho más allá en otros países y no había superado su propia debilidad militar. Hasta ese momento, Stalin había seguido una política comparativamente moderada, esperando a que la economía soviética se recuperara de la destrucción masiva provocada por la revolución y la guerra civil. La mayor parte de esa economía aún seguía estando fuera del control del Estado y la gran mayoría campesina de la población no era aún comunista. A partir de 1927, Stalin dio cada vez más pasos conducentes a poner fin a esta contradicción, empezando con un gigantesco programa para colectivizar la agricultura y transformar la estructura económica y luego, el año siguiente, con la adopción de un programa igualmente audaz para crear un enorme complejo industrial estatal que modernizaría la economía soviética, sentando las bases para que la Unión Soviética se convirtiera en una gran potencia militar. Estos tres objetivos se conseguirían en el mayor programa de transformación económica impuesta por el Estado de la historia, pero es justamente al llegar aquí cuando Kotkin pone punto final al primer volumen de su proyectada trilogía. La consecución de estos grandiosos objetivos y la creación plena del totalitarismo estalinista –el primer auténtico totalitarismo de la historia– serán el objeto del segundo volumen.

¿Qué lugar le corresponde a este monumental estudio dentro de la amplísima literatura sobre Stalin? El tratamiento anterior más extenso era el del general retirado del Ejército Rojo, Dmitri Volkogónov, que tuvo acceso a documentación especial durante el derrumbamiento de la Unión Soviética y que escribió una obra en cuatro volúmenes, publicada poco después en Occidente en una sinopsis de un solo volumen en 1991. Los últimos estudios que lograron presentar material nuevo sobre la vida personal de Stalin fueron los dos libros comparativamente recientes, y ya citados, de Simon Sebag Montefiore, aunque algunos de sus datos podrían no ser del todo fiables. En punto a nivel de detalle y extensión de tratamiento, Kotkin puede compararse con el primero, aunque supera a Volkogónov en alcance, profundidad de análisis y amplitud de contextualización, en todo lo cual su propia obra no tiene parangón. Si es capaz de completar los dos volúmenes siguientes de un modo similar, habrá producido tanto la más extensa como, también, la más completa de todas las biografías políticas. El presente volumen constituye un impresionante comienzo de lo que puede convertirse en el magnum opus de toda la Staliniana.

Stanley Payne es historiador y catedrático emérito en la Universidad de Wisconsin-Madison. Sus últimos libros publicados son ¿Por qué la República perdió la guerra? (trad. de José Calles, Madrid, Espasa, 2011), Civil War in Europe, 1905-1949(Nueva York, Cambridge University Press, 2011; La Europa revolucionaria. Las guerras civiles que marcaron el siglo XX; trad. de Jesús Cuéllar, Madrid, Temas de Hoy, 2011) y, con Jesús Palacios, Franco. Una biografía personal y política (Madrid, Espasa Calpe, 2014).

Traducción de Luis Gago

Este ensayo ha sido escrito por Stanley Payne
especialmente para Revista de Libros


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