domingo, 28 de junio de 2015

"Nada hay más temible que el celo sacerdotal de los incrédulos"

David Brooks

Los estudiantes estadounidenses que se movilizan contra las injusticias acaban cayendo en el extremismo. Tienen el fervor ético necesario, pero no siempre cuentan con unas filosofías que les permitan contener su pasión y sus emociones

Cada generación tiene su oportunidad de cambiar el mundo. Hoy, en los campus universitarios de todo Estados Unidos está extendiéndose un movimiento ético que trata de poner remedio a siglos de errores históricos.



A la cabeza de ese movimiento se encuentran muchas estudiantes que se han visto obligadas a vivir con el legado del sexismo, con la amenaza —y a veces la experiencia— de la agresión sexual, junto a muchos otros estudiantes cuyas vidas están coartadas por culpa del racismo y la intolerancia y personas que desean garantizar la igualdad de derechos para gais, lesbianas y otros grupos históricamente marginados.

Lo que mueve a estos jóvenes es el noble impulso de querer hacer justicia y sacar a la luz la opresión existente. Y no solo quieren acabar con la explotación y la discriminación, sino también erradicar la atmósfera cultural que consiente ese tipo de cosas. Pretenden controlar las normas sociales para que deje de haber permisividad ante los comentarios hirientes y apoyo tácito al fanatismo. En cierto sentido, por supuesto, tienen razón. Las afirmaciones crueles que se hacen dentro de un contexto de normalidad pueden derivar en conductas hostiles en los sectores marginales. Por eso no consentimos que se niegue la existencia del Holocausto.

Sin embargo, cuando uno observa cómo se está desarrollando este movimiento en las universidades es inevitable ver que en ocasiones se ha convertido en una forma de extremismo. Si leen la página web del grupo FIRE, que defiende la libertad de expresión en los campus universitarios, si leen el libro de Kirsten Powers The Silencing [El efecto silenciador], si leen el ensayo de Judith Shulevitz In College and Hiding From Scary Ideas [En la universidad, a salvo de las ideas que dan miedo], publicado en el suplemento Sunday Review de The New York Times el 22 de marzo, se encontrarán con historias de profesores cuyas vidas han quedado arruinadas porque hicieron unos comentarios inocentes; con códigos de lenguaje que reprimen la libertad de expresión; con reputaciones injustamente destruidas por acusaciones sin base de racismo y sexismo.

La raíz del problema está en que los activistas universitarios poseen el fervor ético necesario, pero no siempre cuentan con unas filosofías establecidas que les permitan contener su pasión y sus emociones. Las filosofías establecidas pretenden inculcar (aunque está claro que no siempre lo hacen) un sentido de la humildad que sirva de freno, cierta deferencia ante la complejidad y el carácter polifacético de la realidad. Sin embargo, muchos de los activistas actuales no pueden basar sus acciones más que en una teoría social relativamente simple.

De acuerdo con esa teoría, las líneas divisorias entre el bien y el mal están absolutamente claras. El conflicto esencial es el que se produce entre la pureza traumatizada de la víctima y la violencia verbal del opresor.

Su combate es noble, pero los activistas cargan también contra el "pensamiento incorrecto"

Y de acuerdo con esa teoría, la autoridad suprema no emana de ninguna verdad difícil de entender. Emana de los sentimientos personales de cada individuo. En cuanto una persona percibe que algo le ha causado dolor, o que no están de acuerdo con ella, o se siente “insegura”, se ha cometido una infracción. En el ensayo de Shulevitz, una alumna de Brown abandona un debate en la universidad y se resguarda en una habitación aislada porque “se sentía bombardeada por una avalancha de puntos de vista que iban verdaderamente en contra” de sus firmes y adoradas convicciones.

Los activistas universitarios de hoy en día no luchan solo contra verdaderos actos de discriminación, un combate que es admirable. También luchan contra el pensamiento incorrecto, contra la irreverencia y la blasfemia. Persiguen a muchas personas solo porque, en su opinión, no muestran la deferencia ni el respeto suficientes hacia las normas que ellos juzgan más valiosas. A veces mezclan las ideas con los actos, y consideran que las ideas controvertidas son formas de violencia.

Algunas de las personas que han sido objeto de sus ataques se han mostrado deliberadamente irreverentes. Laura Kipnis es una feminista y profesora de cine en Northwestern University, autora de un provocador ensayo sobre las costumbres sexuales en el campus que se publicó en febrero. Las autoridades universitarias la acusaron de haber infringido el Título IX (una disposición que prohíbe la discriminación por razón de sexo en los programas educativos y actividades que reciben financiación federal), con el argumento, no probado, de que sus palabras podrían tener “consecuencias escalofriantes” para una persona que tuviera necesidad de denunciar una agresión sexual.



Otros blancos de esta cruzada, en cambio, lo han sido sin tener ni idea del lío en el que se estaban metiendo. Un estudiante de George Washington University escribió un ensayo sobre la historia de la esvástica antes de que la adoptaran los nazis. Un profesor de Brandeis mencionó un insulto histórico contra los hispanos para proceder a continuación a criticarlo. La investigadora Wendy Kaminer utilizó la palabra nigger en un acto de antiguos alumnos de Smith College durante un debate que no tenía nada de racista sobre los eufemismos y la libertad de expresión.

Para alcanzar la sabiduría hay que tolerar las diferencias y afrontar verdades incómodas

Todas esas personas fueron objetos de purgas por el simple hecho de atreverse a emplear unas palabras inaceptables en público. Según cuenta Powers en The Silencing, a Kaminer la acusaron de violencia racial e incitación al odio. Al rector de la universidad le pusieron en la picota por haber consentido un ambiente que se había vuelto “hostil” e “inseguro”.

Nos encontramos en una situación en la que los estudiantes, los profesores y los colegas a los que critican han perdido la capacidad de diálogo. Los estudiantes, porque creen que otros no comprenden el trauma al que han sobrevivido; los profesores, porque se sienten víctimas de una moderna caza de brujas al estilo de Salem. Todo el mundo anda de puntillas.

En las universidades siempre habrá pasión y fervor moral. Hoy, quienes estructuran ese fervor buscan ante todo la pureza moral de la víctima vulnerable. Pero es posible propagar otro fervor ético, más maduro, construido de acuerdo con el ideal clásico del filósofo experimentado, con el deseo de no escondernos de lo que nos inspira miedo sino hacerle frente, y de saber que en ocasiones, para alcanzar la sabiduría, es necesario aceptar los sentimientos heridos, tolerar las diferencias y afrontar verdades incómodas.

Fuente: http://elpais.com/elpais/2015/06/02/opinion/1433263472_057949.html

Qué interesante eso que me estás contando

Publicado por Javier Bilbao

¿Por qué unas ideas alcanzan una gran difusión y otras no? ¿Qué es lo que convierte a un libro en un best seller, a una película en un taquillazo, a una canción en una melodía que todo el mundo tararee? Hay discursos que logran captar la atención de una forma insospechada, tal como este oyente de Goebbels explicó en su día: «Atendí a cada una de sus palabras. Me dio la sensación de que estaba dirigiéndose a mí personalmente. Mi corazón se aligeró, algo se despertó en mi pecho (…) al finalizar, me fui a casa en silencio… Me convertí en nacionalsocialista». ¿Cómo podríamos emular ese efecto para dominar el mundo o, en su defecto, disfrutar plácidamente de un daikiri en nuestro yate junto a alguna isla paradisíaca?

Como comprenderán si tuviera la respuesta no estaría aquí escribiendo esto, así que ya pueden dejar de leer, cerrar la página y continuar viendo fotos y vídeos de gatitos en internet, escuchando «Louie Louie» (probablemente la canción más viral de la historia, con unas mil quinientas versiones reconocidas) o indignándose/aplaudiendo fuerte a la última declaración de alguno de los líderes políticos tan carismáticos que nos han surgido últimamente. Pero si aún queda alguien ahí creo que tiene su interés jugar un rato a alquimistas de las ideas, indagando en las cualidades que hacen que algunas de ellas se expandan incontroladamente en todas direcciones, adentrarnos en la búsqueda de la esencia misma de la viralidad.

Pocas cosas resultan más fascinantes que observar el nacimiento, replicación, mutación y evolución de una idea a lo largo de la historia. Es lo que intento mostrar con más o menos acierto en los artículos que aquí publico, bien se trate de un breve recorrido por el antisemitismo, por las utopías políticas o por los monstruos gigantes, en todos los casos las ideas dan la impresión de comportarse como infecciones víricas, contagiándose de una comunidad a otra aprovechando cualquier resquicio, transmitiéndose de generación en generación como si aspirasen a la inmortalidad. Vemos cómo a veces cambian tanto en su apariencia que resultan difícilmente reconocibles o por el contrario permanecen estáticas a lo largo de los siglos. Su comportamiento es tan sorprendentemente parecido al de los seres vivos moldeados por la selección natural que dicho paralelismo ya ha sido señalado y teorizado con profusión. Richard Dawkins es hoy en día conocido por el público por su papel de martillo pilón del ateísmo, pero en 1976 publicó un libro que alcanzaría un notable impacto en la biología: El gen egoísta. Tal como indica su título hablaba de los genes como criaturas interesadas —entendido esto en un sentido metafórico, claro está— que utilizan los cuerpos de los seres vivos como contenedores en los que viajar hacia la siguiente generación, siempre en busca de su perpetuación. Pues bien, en uno de los capítulos y de pasada, dejó caer la observación de que las ideas parecen seguir un patrón similar y, para equipararlas con los genes, pasó a llamarlas «memes».

Una discípula suya, Susan Blackmore, recogió el concepto en su libro La máquina de los memes, que tenía cierto interés aunque se quedaba a medio camino. Quizá más que pretender fundar la «memética» como una ciencia o un saber en sí mismo, tiene más sentido considerarla simplemente como una metáfora o perspectiva acerca de algo. Y eso es lo que hizo posteriormente el filósofo Daniel Dennett en Romper el hechizo, al abordar las religiones como si fueran virus extraordinariamente contagiosos que aparecieron en los albores de la humanidad y han estado desde entonces saltando de cabeza en cabeza gracias a su eficiente diseño. La verdad es que la idea tiene gracia y da que pensar. Efectivamente muchas religiones organizadas ensalzan la natalidad (las familias numerosas del Opus son un claro ejemplo, pero en general los estudios demuestran que los ateos tienen menos hijos), cuentan con unos textos sagrados lo suficientemente ambiguos y abiertos a interpretaciones para favorecer su adaptación a diferentes contextos, incentivan el proselitismo y el expansionismo por las buenas o por las malas, prohíben o consideran tabúes las prácticas autodestructivas para los portadores del meme (como el suicidio o el abandono a los placeres), así como promueven la persecución de competidores y de las herejías-mutaciones que podrían alterar el mensaje a replicar, etc.



De manera que si algunas ideas son en cierta forma virus, su propagación puede estudiarse con las mismas herramientas que se emplean para comprender las epidemias. Eso es precisamente lo que hace el epidemiólogoNicholas A. Christakis, tal como explica en esta presentación que merece la pena ver. Dado que vivimos formando una red social la mejor manera de evitar epidemias no es controlando sujetos al azar, sino fijándose en los nodos con más y mejores conexiones… y lo mismo si queremos provocarla. De ahí la fijación actual de los gurús del marketing por los llamados influencers. Esta era también la premisa central de un libro de gran popularidad y cuya mención no podía faltar al tratar este tema: La clave del éxito, de Malcolm Gladwell. De las diversas historias que narra nos quedaremos con la del origen y desarrollo de Barrio Sésamo. Para lograr que este programa despertara el mayor interés posible en la audiencia infantil a la que iba dirigido idearon un brillante sistema de medición, denominado distractor. Consistía en poner a los niños de dos en dos a ver un episodio mientras se proyectaban al lado de la pantalla diapositivas con imágenes llamativas, a continuación se observaba dónde fijaban la mirada en cada momento y con esos datos recolectados se podía entonces establecer junto a los guionistas qué partes eran más divertidas y cuáles no. De esa manera, mediante ensayo-error, lograron alcanzar la perfección en un programa que marcó nuestras vidas y que era más adictivo que la heroína. Qué decepción y qué atropello a la infancia cada vez que emitían los toros en su lugar…

Es decir, se trataba de modular el mensaje según la reacción del público a cada una de sus partes. Una práctica enormemente útil pero que hasta hace poco no era posible realizar en muchos ámbitos. Así el director de un periódico de papel no podía saber qué secciones, noticias o columnistas despertaban más interés y debía guiarse por su criterio personal. Pero eso ha cambiado en internet. Ahora una herramienta como Google Analytics nos permite ver en cada momento qué publicaciones reciben más atención, cómo y desde dónde se recibe ese tráfico. Es como observar una epidemia a escala cada día, pudiendo así relacionar un texto con la repercusión que alcanza y —en el caso de esta web que nos aloja, cuyos datos son los que mejor conozco— da para algunas conclusiones interesantes, que unas pueden decirse y otras mejor guardarse.

La primera regla, que puede esculpirse en piedra, es que cualquier regla que se establezca tiene su excepción, incluida esta. Los artículos que más tráfico han generado abordan temas muy diversos, aunque podría decirse que tienden a apreciarse más los que giran en torno a personas y no cosas, los de letras antes que los de ciencias, los que generan polémica (nos gusta más la discusión que a un tonto un lápiz), los que abordan temas originales en lugar de los que continúan explotando un filón, los que al ser compartidos en las redes sociales permitan dar una imagen de persona de estatus elevado —lo que nos lleva a cuántos de los que se comparten son realmente leídos— y los que afectan de alguna manera a la vida personal de quien los lee. De estos últimos bien puede ser política actual, apelaciones al terruño, recomendaciones cinéfilas, autoayuda (aunque sea para ciscarse en ella), amor… y por supuesto sexo. «La vulva es bella: de la vagina dentata a la adoración del yoni», por ejemplo, es uno de los más leídos con 200.000 visitas y de hecho yo he estado a punto de titular este artículo «La increíble historia del hombre con dos penes», pero me he contenido en el último momento. Sin embargo «2001: una odisea del espacio, explicada paso a paso» tiene 199.000 visitas, así que apelar a la rijosidad del lector no es la única fórmula eficaz. De hecho, el artículo más visitado de toda la web es «La vuelta al mundo de un arquitecto en 30 fotografías». ¿Por qué? Aparte de plantear una idea interesante y de su contenido visual (tienta añadir casi a cualquier titular «¡Y con fotos!»), nos remite a aquello de Borges —aunque otros lo atribuyen a Cioran— de que el éxito suele ser un malentendido. Pese a que debajo de cada imagen viene bien claro cuál es la fuente y a que por el tono general se nota claramente que es una fabulación, diversos medios de comunicación sudamericanos se lo tomaron en sentido literal y lo convirtieron en una noticia destacada en sus portadas.

En general, y a modo de conclusión, puede afirmarse que cierta forma de pensar heredera de Foucault y otros pensadores franceses en torno a los medios de comunicación, la industria del entretenimiento y la cultura en general es errónea, o al menos exagerada. Una persona no es una tabla rasa a la que el sistema pueda moldear sin límites diciéndole qué le debe gustar, con qué se tiene que emocionar, divertir y qué valorar. En muchos aspectos el papel que ejerce el emisor (o ejercemos, ejem) es el más limitado de cubrir unas necesidades, satisfacer unos intereses y unos deseos previos. En definitiva, hay que conocer la naturaleza humana si se quiere tener repercusión. Por ello el arte abstracto y la música experimental son una castaña indigesta que caerán en el olvido absoluto y por eso mismo el amor romántico, lejos de ser un simple constructo social como algunos sostienen, se manifiesta como una necesidad biológica imperiosa. Si hay tantas películas, canciones y novelas celebrándolo es para cubrir su insaciable demanda. Hay aspectos de la interacción social altísimamente contagiosos a un nivel puramente primario, como el bostezo, la risa y la tos, pero en lo que a la comunicación articulada se refiere hay dos fundamentales: la rima y la narración. Se llevan usando desde el origen de los tiempos y son el reflejo de estructuras profundas de nuestra mente, por ello todo mensaje que aspire a captar la atención debe estar adecuadamente organizado según un esquema narrativo, aunque se trate de un ensayo (mostrándolo como una búsqueda de la verdad del autor junto a los lectores, por ejemplo). Pero sobre todas estas cuestiones no se me ocurre mejor recomendación que Cómo funciona la mente, de Steven Pinker. Viendo el éxito que han alcanzado sus libros, al menos él sí parece tener respuestas a las preguntas que comenzamos haciéndonos.



Todo lo que no hay que saber

Publicado por Javier Bilbao

“Hay cosas que sabemos que sabemos. También sabemos que desconocemos cosas, es decir, sabemos que hay ciertas cosas que no sabemos. Pero también hay cosas que desconocemos que desconocemos, aquellas que no sabemos que no sabemos”. Donald Rumsfeld

No hay gurú de las nuevas tecnologías, experto en marketing, SEO, redes sociales y lo que surja, que no haya comentado en alguna ocasión el Efecto Streisand. Yo mismo me gasté hace años 3.000 euros en un desdichado posgrado del que fue casi lo único que saqué en claro. Eso y un iPod de regalo. Pues bien, como si tal escarnio no fuera suficiente ni siquiera esa única enseñanza que obtuve vale para algo. Veamos por qué.

Se llama Efecto Streisand  al caso en el que el intento de ocultar o censurar una información acaba provocando así una mayor publicidad para aquello que se pretendía apartar de la mirada pública. Hay diversos ejemplos de ello y evidentemente el más conocido es el que da nombre a dicho efecto, ocurrido en el año 2003. En esta vida no eres realmente importante hasta que tengas un epónimo, y a la señora Barbra Streisand le llegó el suyo cuando demandó a una página web que colgó una foto de su casa, exigiendo de paso su retirada inmediata. Esa imagen pasó entonces a ser ampliamente difundida y todo el mundo supo entonces dónde vivía esa actriz y cantante de rostro tan característico. La conclusión que sacan quienes explican esto es que Internet es un oasis de libertad, donde nada puede ni debe ser censurado y cualquier intento solo logrará una reacción en sentido opuesto. Por lo tanto, nos dicen, si una celebridad, un community manager o una persona cualquiera patina y escribe un tuit o cualquier otro mensaje un tanto inadecuado o directamente una gilipollez, no debería borrarlo y sí aceptar, en cambio, las consecuencias con la mayor entereza y honestidad posibles. Pues no.

Sorprende que quienes han venido repitiendo tantas veces durante los últimos años esta anécdota de moraleja tan libertaria como ingenua no se hayan percatado por un momento de algo que invalida por completo dicho “efecto”: pueden ponerse casos de intentos de censura frustrados, pero no pueden ponerse ejemplos de prácticas de censura o ocultamiento que sí hayan tenido éxito… precisamente porque lo han tenido. Así que al no poder comparar ambos casos sencillamente no es posible concluir si la censura u ocultamiento son estrategias efectivas en Internet. De hecho, por mi consolidada experiencia personal en lo que a meter la pata en Internet se refiere, he de decir que generalmente lo mejor es borrar las pruebas del crimen. ¿Le sucede lo mismo al resto de la gente? A saber cuántos patinazos o secretos se habrán ocultado… Ese es el problema, a menudo sacamos conclusiones erróneas sobre el mundo porque juzgamos a partir de lo que vemos, no de lo que no vemos. No sabemos lo que no sabemos.

Por lo tanto, deducir que Barbra se equivocó al intentar ocultar algo que luego hemos llegado a conocer es como creer que hay que comprar lotería porque en la tele no dejan de salir imágenes de los que han ganado. En realidad, nos lo dice el psicólogo Dan Gilbert en esta charla:

“Ciertamente, si exigiéramos a los canales de televisión que mostraran entrevistas de 30 segundos con cada uno de los perdedores cada vez que entrevistaran a un ganador, los 100 millones de perdedores del último sorteo necesitarían nueve años y medio de su atención continua solo para verlos decir “¿Yo? Yo perdí”. “¿Yo? Yo perdí”. Ahora, si ven nueve años y medio de televisión —sin dormir ni ir al baño— y vieran pérdida tras pérdida tras pérdida, y luego al final 30 segundos de “Y yo gané”, la probabilidad de que jugaran lotería sería muy pequeña”.

También explica cómo tras el 11-S murió más gente como consecuencia de los accidentes de tráfico provocados por no querer ir en avión que en los propios atentados. Aunque estadísticamente los accidentes mortales con el coche son más probables que los accidentes y atentados aéreos, tienen menos visibilidad informativa. Así mismo, en las democracias muchos ciudadanos acaban teniendo la impresión de que hay más corrupción y conflictos que en un régimen autoritario —la ilusoria sensación de paz y armonía que a menudo ofrecen las dictaduras— pero porque en las democracias sí se pueden airear esos males. De la misma manera creemos vivir en sociedades meritocráticas dónde el éxito en el campo deportivo, empresarial o artístico está al alcance de la mano… porque vemos continuamente a quienes lo han logrado, no a los miles que se quedan por el camino.

Por poner otro ejemplo, hace poco leí que en la RAF reforzaban el blindaje de las partes que veían más dañadas en los aviones que volvían de bombardear Alemania, hasta que se percataron de que debían proteger precisamente el resto del fuselaje… Porque habían tenido en cuenta a los aviones que regresaban —y por tanto los daños que mostraban eran en partes que no les impidieron seguir volando— y no a los que no pudieron regresar. De nuevo lo que no se puede ver no es tenido en cuenta, pese a ser lo más importante. Como la antibiblioteca de Umberto Eco, formada por todos los libros que no ha leído. Así que quizá el primer paso hacia la sabiduría sea saber que hay cosas que no sabemos, tal como dijo Sócrates en su célebre frase para la posteridad(démosle dos décadas más y también será de Oscar Wilde).



Por lo tanto tenemos que el conjunto A, con todas las cosas que sabemos, es mucho más pequeño que el conjunto B, que agrupa todo lo que ignoramos. Y sin embargo nos empeñamos en hacer predicciones basándonos una y otra vez en el primer grupo, a la manera del pollo de granja que cada día es alimentado y considera entonces con creciente convicción —sustentada cada vez en más pruebas— que los seres humanos son criaturas altruistas y generosas que están ahí para darle grano. Hasta que llega el trágico día en que tendrá que cambiar radicalmente de opinión. A esto, el filósofo y financiero Nassim Nicholas Taleb lo llama El cisne negro. Un suceso impredecible y sin embargo decisivo, con el que los expertos están condenados a estrellarse dada su excesiva confianza en su propia sabiduría. En ese libro, escrito en el feliz año 2007, dejó caer en una nota a pie de página: “la institución Fanny Mae, patrocinada por el Estado, se me antoja que está asentada en un barril de dinamita, vulnerable al menor contratiempo. Pero no hay por qué preocuparse: su numeroso personal científico considera que esos sucesos son ‘improbables’”. Ya sabemos lo que ha venido después. Y para ir concluyendo, aquí otra cita:

“Cuando alguien me pregunta cómo puedo describir mi experiencia en casi cuarenta años en el mar, me limito a decir ‘sin incidentes’. Por supuesto que ha habido tormentas, niebla y similares. Pero con toda mi experiencia, nunca me he encontrado en un accidente (…) de ningún tipo que sea digno de mención. En todos mis años en el mar, solo he visto un barco en situación difícil. Nunca vi ningún naufragio, nunca he naufragado ni jamás me he encontrado en una situación que amenazara con acabar en algún tipo de desastre”.

Fue dicha en 1907 por E. J. Smith, capitán del Titanic. En conclusión, ¿significa todo esto que la experiencia y la erudición no valen de nada? No, tampoco es eso. Es conveniente por ejemplo seguir los consejos de los médicos, a ser posible que no sean de aquellos que ensalzaban las virtudes del tabaco en los años 60. Simplemente hay cosas que es mejor no saber o bien deberíamos olvidar cuanto antes. Y no faltará el lector malicioso diciendo que este artículo es un buen ejemplo de ello, así que fíjense en la lucecita roja…

Fuente: http://www.jotdown.es/2012/12/todo-lo-que-no-hay-que-saber/


«El exceso de información irrelevante lleva al déficit de pensamiento»

Laura Peralta

Tras el éxito de «Educar en el asombro», Catherine L'Ecuyer vuelve a sorprender a todos sus seguidores con «Educar en la realidad» (Editorial Plataforma Actual), un libro en el que se muestra crítica y aporta evidencias sobre una serie de mitos educativos para demostrar que es necesaria una mejor preparación para utilizar las nuevas tecnologías de forma responsable.

—¿Por qué hay que educar en la realidad?

—Una viñeta del humorista gráfico Faro describe un padre subiendo la montaña con sus dos hijos. Les dice «mirad hijos míos, que puesta de sol tan bonita», a lo que sus hijos responden, «jolines, papá, ¡dos horas caminando para ver un fondo de pantalla!». Hoy, nuestros hijos pueden padecer déficit de realidad, y eso repercute en el aprendizaje.

—¿Por qué?

—Para aprender hay que partir del deseo de conocer, del asombro. Lo que asombra es la belleza de la realidad. Por lo tanto, si hay carencia de realidad, hay déficit de aprendizaje.

—En su libro asegura que «necesitamos una revolución educativa». ¿En qué consiste?

—La educación no es verdadera por ser revolucionaria, sino que es revolucionaria por ser verdadera. Hemos de reconectar con la realidad de nuestra naturaleza, volver a lo esencial, a la sofisticación de la sencillez, volver a sintonizar con lo que es bello, verdadero y bueno para nuestros hijos, nuestros alumnos.

—¿Entonces no hay que innovar?

—Sí, pero innovación no siempre es sinónimo de cambio. Por ejemplo, es urgente innovar borrando los residuos de conductismo que existen en el sistema educativo, devolviendo a los niños su deseo de aprender, su asombro. Pero como decía Ferran Adrià, a veces la mejor innovación es dejar las cosas como están. En ese sentido, cambiar por cambiar o por responder a las modas tecnológicas, por ejemplo, no tiene sentido si ese cambio no contempla los fines de la educación.

—¿Y qué son los fines de la educación?

—Buscar la perfección de la que es capaz nuestra naturaleza. Llevamos años basando el sistema educativo en una serie de mitos que nos hacen buscar perfecciones de las que nuestra naturaleza no es capaz («el niño tiene una inteligencia ilimitada», «los tres primeros años son determinantes para el aprendizaje», «más es mejor», etc.). Esos neuromitos son malas interpretaciones de la literatura neurocientífica y están reconocidos como tales por la comunidad científica. Han hecho mucho daño porque han reforzado el paradigma conductista según el cual el niño es un cubo vacío al que hemos de echar mucha información. De allí la memorización y la jerarquía como única fuente de conocimiento.



—El hecho de que nuestros hijos sean nativos digitales, ¿favorece a su cerebro para agilizar el aprendizaje?

—No. Ese es otro mito tecnológico. El cerebro es plástico, pero no es infinito. Todos tenemos limitaciones que marcan nuestra naturaleza y cuando intentamos sobre pasarlas, nos pasa factura, tanto a los inmigrantes como a los nativos digitales. Los estudios resaltan, por ejemplo, que el multitarea tecnológico lleva al colapso de la memoria de trabajo, superficialidad en el pensamiento, dificultad para enfocar y desenfocar la atención. Los estudios dicen que nos lleva a ser «enamorados de la irrelevancia».

«El exceso de información irrelevante lleva al déficit de pensamiento»
—¿Qué ocurre cuando uno se enamora con la irrelevancia?

—Sin relevancia no hay sentido. Las personas necesitamos sentido, no solo para aprender, también para vivir. Un enamorado de la irrelevancia no vive, sino que «va tirando». El exceso de información irrelevante lleva al déficit de pensamiento. Un niño o adolescente con déficit de pensamiento es un buen candidato para la manipulación ideológica.

—Muchos padres están o acaban de matricular a sus hijos en un colegio. Uno de los atractivos de los centros escolares es que dispongan de pantallas interactivas digitales. ¿Es una mejora con respecto a la pizarra tradicional?

—No está demostrado que den mejores resultados académicos que la pizarra tradicional.

—¿Pero hacen daño?

—Personalmente no creo que las pizarras digitales hagan daño en los niños mayores, si se usan de la forma en que se usaría una pizarra tradicional, con un ritmo que se armoniza al orden interior del alumno. En la etapa infantil no se justifica su uso porque la literatura científica dice que existe un déficit en el aprendizaje realizado a través de la pantalla con respecto a una demostración en directo (el llamado «Video Deficit Effect»).

—¿Cuál sería un ejemplo de uso incorrecto de las pizarra digitales?

—Que se usen para que los niños vean películas comerciales en horas lectivas, para luego cargarles con mochilas de 10 kilos de las que sacarán 3 horas de deberes cada día

—¿Y de las tabletas?

—La sustitución masiva del libro de texto es un error del que nos arrepentiremos en unos años. En Primaria, el uso de la tableta puede interferir con el aprendizaje de la lectoescritura. No es lo mismo la educación individualizada que puede dar una tableta, que la educación personalizada que solo da un maestro capaz de arrancar lo mejor de cada alumno. Si el fin de la educación es buscar la perfección de la que es capaz el niño, es preciso discernir de qué es capaz cada niño. Ese trabajo no lo puede realizar una herramienta digital, por muy buenos que sean el dispositivo y los algoritmos de sus aplicaciones, porque ese discernimiento requiere sensibilidad. Y la sensibilidad es profundamente humana, no digital. En vez de invertir en arsenal tecnológico, habría que invertir en bajar ratios y en formar y remunerar mejor a los maestros.

«La motivación externa que procura la tableta no lleva a una mejora de los resultados académicos»
—En su libro reconoce que está demostrado que la tableta motiva a los alumnos.

—Los estudios dicen que motiva más porque gusta más. Pero que a los niños les guste la tableta no es un criterio educativo. A los niños también les encantan las golosinas. La motivación que procuran esos dispositivos es una motivación para la diversión, no para el aprendizaje. La prueba de todo ello es que esa motivación externa no lleva a una mejora en los resultados académicos.

—¿Y que le diría a un padre preocupado por la educación digital para el futuro laboral de sus hijos?

—Un niño tarda 2 minutos en familiarizarse con una tableta, no necesita desperdiciar 10 años de su escolarización aprendiendo a usar una tecnología que probablemente no existirá cuando acceda al mercado laboral. Esos dispositivos están programados para la obsolescencia.

—¿No ayudan al niño a ser protagonista de su educación?

—En una mente aún inmadura y que no tiene la cabeza bien amueblada, el que lleva las riendas ante la pantalla no es el usuario, sino la aplicación inteligente… En Silicon Valley, los altos ejecutivos de empresas tecnológicas llevan a sus hijos a colegios de élite que no usan ningún tipo de pantalla. Steve Jobs no dejaba que sus hijos usarán la tableta. Aquí, empieza a costar encontrar colegios que no usen esos dispositivos. En ese sentido, hay cada vez menos riqueza y diversidad en los enfoques y en los proyectos educativos.

«El ranking de los mejores colegios en España da 3 puntos a los digitalizados»
—¿A que lo atribuye?

—El ranking de los 100 mejores colegios de España da 3 puntos a los colegios por digitalizarse. ¿Quién quiere quedarse sin esos puntos? Cuando un colegio subordina sus decisiones en función de «aparecer» o «subir» en los rankings, entonces deja de ser un colegio y pasa a ser un negocio. Hay que revisar los criterios de los rankings, así como el sistema de financiación de los colegios. No puede ser que los colegios tengan que recurrir al marketing para sobrevivir. La educación es algo sagrado, por lo tanto no debería nunca ser una arma política, ideológica, ni convertirse jamás en un negocio.

—¿Nos equivocamos los padres cuando ponemos Internet (y todo lo que ello supone) en manos de niños de temprana edad?

—En la infancia, las pantallas no son herramientas neutras porque tienen un efecto que la literatura llama «de desplazamiento». Mientras un niño está en internet está dejando de hacer mil cosas que aportan mucho más a su buen desarrollo. En esa etapa toca experimentar, tocar, sentir, ver la realidad, estrenarla en directo y, sobre todo, desarrollar virtudes que luego permitirán usar esas estupendas herramientas de forma responsable. El uso responsable de la conducción no se consigue dándole las llaves de un Ferrari a un niño de 10 años. Tampoco se consigue desarrollar la orientación espacial de un niño de 4 años jugando al escondite en un centro comercial de 40 mil metros cuadrados un sábado por la tarde. Antes de adentrarse en el mundo online, uno ha de tener la cabeza muy bien amueblada. Todo tiene su tiempo. La mejor preparación para el mundo online es el mundo offline.

—¿Se están convirtiendo las nuevas tecnologías en los nuevos educadores, robando el espacio a los padres?

—No podemos resignarnos a que «es una batalla perdida». Hemos de conseguir que la vida en tres dimensiones sea más atractiva para nuestros hijos que el mundo en dos dimensiones. Para que nuestros hijos recuperen su interés por la realidad hemos de darles oportunidades de belleza, cultivar su sensibilidad, fomentar las relaciones interpersonales, etc. Un niño que está 8 horas delante de la pantalla carece de esas oportunidades. Hemos de escuchar el grito silencioso de nuestros hijos, que nos piden atención. La atención es el termómetro del amor, es pura forma de generosidad.

Fuente: http://www.abc.es/familia-educacion/20150415/abci-entrevista-catherine-lecuyer-201503261743.html

La Leyenda de la Llorona - Mago de Oz:


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