miércoles, 10 de junio de 2015

Stalin en su mundo. Biografía y contexto ruso a principios del siglo XX

Stanley Payne

Siguen apareciendo regularmente biografías de los grandes dictadores de tiempos recientes. El mercado es amplio, especialmente en los países anglófonos, pero el listón se ha puesto ahora muy alto. Raras veces hay nuevas fuentes importantes que no hayan sido ya utilizadas por los estudiosos anteriores, por lo que un nuevo libro puede dejar su impronta sólo si se concentra en un tema especial o, sencillamente, si demuestra ser más exhaustivo que cualesquiera estudios anteriores. Así, la biografía de Hitler de Ian Kershaw abarcaba dos volúmenes y casi dos mil páginas de texto. La de Mussolini de Renzo De Felice –que no estaba terminada del todo cuando murió el historiador italiano– ascendía a nada menos que siete volúmenes y casi cinco mil páginas.



El nuevo estudio de Stalin que ha proyectado Stephen Kotkin es una obra de estas características. Kotkin es el director del Programa de Estudios Rusos de la Universidad de Princeton y el famoso autor de varios libros destacados, entre ellos Uncivil Society. 1989 and the Implosion of the Communist Establishment, Armageddon Averted. The Soviet Collapse 1970-2000 y, quizá el más notable, Magnetic Mountain. Stalinism as a Civilization, un relato de la nueva ciudad industrial de Magnitogorsk cuyo objetivo era tratar la sociedad estalinista como un tipo especial de extraña civilización, pero relativamente funcional, aunque contradictoria. Su nuevo proyecto constituirá el más extenso y detallado estudio de Stalin jamás presentado, cuya excepcionalidad se cifra no en ningún tesoro oculto único de nueva documentación, sino en la exhaustividad de su tratamiento político, la meticulosidad de la investigación, la profundidad y objetividad de sus análisis, y en el hecho de plantear una contextualización extraordinariamente amplia y reveladora. Este primer volumen trata del primer medio siglo de vida de Stalin, hasta el momento en que se había convertido ya en el dictador virtual de la Unión Soviética en 1928. Hay 739 páginas de texto, compuesto en un cuerpo relativamente reducido, seguidas de 122 páginas de notas distribuidas en páginas de tres columnas cada una con una letra extremadamente pequeña y, a modo de conclusión, una bibliografía de cincuenta páginas también a tres columnas cada una con un cuerpo de letra igualmente diminuto. En total, casi un millón de palabras: un coloso de libro.

El estudio puede también leerse como un relato general de Rusia durante el primer tercio del siglo XX

Uno de sus logros más impresionantes es presentar el que es posiblemente el relato de un gran dictador con una contextualización más completa jamás publicado. En las primeras trescientas páginas, la figura de Stalin sólo aparece de cuando en cuando, ya que la mayor parte del espacio se dedica a exponer un estudio general de la Rusia en que vivió, de sus políticas y problemas, y de su gran estrategia desde finales del siglo XIX hasta la revolución de 1917, pasando por la Primera Guerra Mundial. El propio Stalin aparece para ocupar el centro del escenario hasta cerca de la mitad del libro, en 1918, cuando se convirtió en una figura importante de la nueva dictadura bolchevique. El estudio puede también leerse, por tanto, al menos en parte, como un relato general de Rusia en este período y del lugar que ocupó dentro de la historia mundial. En su prólogo, Kotkin señala que a veces se sentía como si estuviera escribiendo una «historia del mundo», y lo cierto es que ha dado forma a un emocionante relato del universo más amplio en que se vio inmerso Stalin. Sus conocimientos son prodigiosos y han supuesto toda una década de lecturas e investigaciones.

Un tema capital de la primera mitad tiene que ver con la viabilidad de un régimen zarista reformado en contraposición a la inevitabilidad de una revolución violenta. No pocos estudiosos han concluido que el régimen zarista no tenía a la postre ningún futuro debido a su incapacidad para acometer reformas y una modernización significativas, aunque otros han apuntado al rapidísimo desarrollo de Rusia a partir de 1890 y a la aparición de una auténtica sociedad civil a comienzos del siglo XX. Una de las mejores expresiones de esta última tesis es el libro Russia in 1913 (2000), de Wayne Dowler.

Kotkin no defiende que Rusia fuera irreformable, ni tampoco niega que el imperio estuviera haciendo rápidos progresos antes de 1914, pero resalta en todo momento en los primeros capítulos que «el enemigo más peligroso del zarismo» era simplemente su propia «autocracia inflexible», que bloqueó tenazmente la transición a un gobierno plenamente constitucional y representativo que podría haber presidido una transformación pacífica. No se trata de un hallazgo especialmente original, pero se aborda por medio de un análisis de una profundidad inusual y con profusión de detalles reveladores. La primera revolución rusa de 1905 constituyó «una experiencia cuasimortal» para la autocracia, que sobrevivió gracias a que llevó a cabo una vigorosa represión, que fue posible gracias al hecho de que la derrota en la guerra ruso-japonesa fue admitida a tiempo para que el régimen lograra mantener la disciplina y la lealtad del ejército, lo cual vino acompañado de la concesión limitada de un gobierno semiparlamentario. La «autocracia constitucional» resultante de la década 1907-1917 demostró ser una contradictio in terminis que nunca acabó de ser verdaderamente viable y que no permitió nunca un genuino gobierno representativo.



Kotkin da lo mejor de sí cuando se ocupa de Rusia en la Primera Guerra Mundial, el cataclismo que abrió la puerta al derrumbamiento total. Retrata el orgullo desmedido de un gobierno imperial que, menos de una década después de su humillante derrota militar en el Extremo Oriente, decidió tratar aquella como un mero accidente de la geografía y que se apresuró a organizar movilizaciones militares a gran escala en Europa, primero contra Austria-Hungría en 1913 y luego, de modo más fatídico, contra tanto Austria como Alemania en julio de 1914. Sin embargo, Kotkin muestra que, a pesar de las gigantescas pérdidas, Rusia no sufrió nunca realmente una derrota militar. El éxito de la ofensiva rusa de 1916 supuso la mayor victoria aliada de todo el conflicto antes de 1918, y la economía rusa llevó a cabo una masiva expansión de la producción militar que dejó al ejército mejor pertrechado en 1917 que tres años antes. Incluso en el invierno de 1917, el imperio no estaba haciendo frente a una hambruna, sino simplemente a las terribles escaseces de los tiempos de guerra que se veían en otros muchos países. Sin embargo, Kotkin subraya la fatídica precisión del «Memorándum de Durnovó», de febrero de 1914, que advertía al gobierno imperial de que su mayor error consistiría en entrar en guerra con Alemania, ya que esto provocaría grandes penalidades y sufrimientos cuya responsabilidad se atribuiría exclusivamente al gobierno, lo que acabaría por producir un colapso absoluto que se vería seguido de una revolución convulsiva y extremadamente violenta, más dramática que la de 1905, que se llevaría todo por delante. La profecía estaba absolutamente en lo cierto, ya que el régimen no fue tanto derrocado por los revolucionarios en 1917 como que sencillamente se derrumbó debido a la absoluta falta de confianza en el gobierno en medio de los padecimientos de una guerra prolongada y de la ausencia de unos líderes representativos.

Es a partir de este momento del libro cuando la biografía de Stalin empieza a ocupar el primer plano. Kotkin nos ofrece, por encima de todo, un estudio político y resulta evidente que no le preocupan los detalles de su vida personal. Presenta lo suficiente de esta última como para ofrecer al lector un retrato preciso, pero quien esté interesado en un tratamiento minucioso, sería aconsejable que leyera los dos volúmenes sobre Stalin de Simon Sebag Montefiore, o la extensa biografía en un solo volumen de Robert Service, cuya edición española fue publicada en 2008. En temas políticos, sin embargo, la investigación es inmensa y exhaustiva, y se apoya en una amplia base de datos surgidos del escrutinio de los archivos rusos y soviéticos, así como en un examen detallado de la gigantesca bibliografía publicada sobre el tema.

Al igual que Napoleón y Hitler, Stalin no fue por nacimiento un miembro del grupo étnico dominante del que acabaría por ser su principal dirigente, pero esto es en su caso menos significativo, ya que tanto el imperio zarista como la Unión Soviética fueron complejos Estados plurinacionales. Sus dos padres nacieron como siervos en Georgia, en el extremo meridional caucásico del imperio. Allí, en la pequeña ciudad de Gori, Stalin vio la luz del día en diciembre de 1878 con el nombre de Iósif Djugashvili, hijo de un zapatero y una muchacha campesina. Los relatos tradicionales retratan a su padre como una persona que terminó sucumbiendo al alcoholismo, lo cual es cierto, pero está mucho menos claro que abusara seriamente de su hijo, tal y como se ha afirmado con frecuencia. Stalin nunca se quejó de su infancia y más tarde diría que no lo habían tratado mal. Dada su pronunciada tendencia a la autocompasión, Kotkin, de manera muy razonable, se toma sus palabras al pie de la letra. Su madre, Keke Gueladze, sabía leer y escribir en georgiano, algo muy infrecuente para una campesina en aquella época, y estaba decidida a que su único hijo recibiera una educación. Para cuando él había cumplido cinco años, el matrimonio ya se había roto y el niño creció en unas circunstancias económicas muy precarias, pero logró disfrutar del apoyo económico de un vecino acaudalado y se matriculó más tarde en el seminario de la Iglesia ortodoxa georgiana, el centro educativo más prestigioso de la región. Inicialmente, Iósif, al igual que sus padres, era creyente, pero luego se hizo librepensador y, más tarde, marxista revolucionario mientras estudiaba en el seminario. Lo que destacaba era su preocupación por procurarse una educación y por ampliar sus conocimientos por medio de lecturas omnívoras, una costumbre que conservó durante toda su vida. La primera ambición de Iósif fue ser maestro, y después un pensador y proselitista revolucionario, por lo que sería expulsado finalmente del seminario a la edad de veintiún años en 1900. Desde ese momento, y hasta el final de su larga vida, seguiría siendo un revolucionario profesional a tiempo completo. La interpretación que hace Kotkin de su carrera sitúa la ideología en un primerísimo plano, aunque gran parte del éxito de Stalin sería más tarde consecuencia de su capacidad para ajustar la aplicación de la doctrina a las circunstancias prácticas.



La estructura política represiva del imperio hizo de Rusia un semillero natural de revolucionarios

La estructura política represiva del imperio hizo de Rusia un semillero natural de revolucionarios, por lo que Iósif Djugashvili no era en un principio tan diferente de otros muchos miles de jóvenes. En 1903, sin embargo, se sintió atraído por la facción bolchevique de los marxistas radicales de Lenin y una tendencia hacia el maximalismo, aunque a menudo entreverada con el pragmatismo, seguiría siendo un característico de su personalidad hasta el final mismo de su carrera. Políticamente, Georgia era una de las partes más turbulentas del imperio, y los primeros años de Iósif como revolucionario se dedicaron a la propaganda y la agitación. Más tarde, cuando el bolchevismo en el poder pidió a todos los miembros de su partido que indicaran su profesión, él escribió simplementepublitsist (publicista). Iósif mostró muy pronto una gran capacidad para el liderazgo y asistió por primera vez a un congreso general de su facción en 1906, lo que supuso su primer viaje fuera del Cáucaso. Durante la fase violenta de la Primera Revolución de 1905-1907, se dedicó brevemente a la organización de expropiaciones a mano armada, participando en varios asaltos a bancos que ayudarían a financiar al Partido Bolchevique, pero esto fue sólo una breve etapa dentro de una carrera juvenil dedicada fundamentalmente a la propaganda y la agitación. Fue detenido en varias ocasiones, pero gracias a la laxitud de las prácticas carcelarias del zarismo, tuvo, por regla general, pocas dificultades para escaparse. El sistema ruso era autoritario, pero en la práctica a menudo indulgente, y guardaba muy pocas semejanzas con la rigurosa estructura totalitaria que construirían más tarde Lenin y el propio Stalin.

La suya fue una vida precaria y llena de tensión, habituada a la clandestinidad y con frecuencia a la pobreza y el sufrimiento físico, pero Djugashvili combinó la rigurosa actividad revolucionaria con aspectos de una existencia más normal, manteniendo una serie de relaciones sexuales que produjeron al menos uno, y posiblemente dos, hijos ilegítimos. Uno de estos encuentros dio lugar en 1906 a su matrimonio con Kato Svanidze, una joven relativamente educada procedente de un entorno de clase media. Aunque el matrimonio apenas interrumpió su febril actividad revolucionaria, todo apunta a que amó a su esposa y quedó emocionalmente deshecho por su muerte, de resultas de una enfermedad, tan solo un año y medio más tarde. Su único hijo acabaría siendo asesinado en un campo de prisioneros alemán en 1943. Aunque Iósif mantuvo una activa vida sexual en su juventud, no era un mujeriego compulsivo y se entregó en cuerpo y alma, con escasas interrupciones, a la causa revolucionaria.

Comenzó a despojarse de su identidad georgiana en 1908, cuando empezó a escribir exclusivamente en ruso, y su trabajo provocó muy pronto que Lenin se fijara en él: en 1912 lo incorporaría al comité central del partido como experto en el tema de las nacionalidades. Había llegado el momento de adoptar un seudónimo revolucionario, como hicieron la mayoría de los dirigentes bolcheviques, y él adoptó el de «Stalin»: el hombre de acero (de stal). En 1913 publicó un importante artículo sobre el marxismo y el tema de las nacionalidades que le sirvió para establecer sus credenciales como una suerte de teórico revolucionario. Al contrario que la mayoría del resto de los líderes bolcheviques, sin embargo, él no huyó al extranjero, sino que mantuvo siempre su base de operaciones en Rusia, saliendo únicamente del imperio para realizar dos breves viajes a Europa.

Difícilmente pudo evitar, por tanto, ser arrestado de nuevo, y en 1913 fue condenado al exilio en una remota región al noroeste de Siberia, dentro del Círculo Polar Ártico, donde se consumiría durante los próximos tres años y medio. Se trató para él de una época difícil, ya que padeció serios problemas de salud, incluida una afección respiratoria que incluía aparentemente una forma inactiva de tuberculosis. También tenía una malformación en el brazo izquierdo, posiblemente congénita, que no podía levantar normalmente a fin de sostener un rifle, lo cual le sirvió para que lo declararan exento del servicio militar. Además, una pierna había sido arrollada por un carro durante su infancia y luego se quedaría torcida, lo que le provocó un arqueamiento en un lado de su cuerpo y una extraña manera de andar. Padecería dolencias menores durante toda su vida, pero raramente le hacían tomarse las cosas con más calma durante mucho tiempo, y siempre tuvo fama de mantener unos hábitos de trabajo regulares. La educación de Stalin estuvo plagada de sinsabores y dificultades: con anterioridad a 1917, él era quien había llevado la existencia más difícil y precaria de todos los bolcheviques más destacados.

Ninguno de ellos desempeñó un papel directo en el colapso del sistema zarista a comienzos de marzo de 1917, que fue derribado por las presiones de la guerra y por la total pérdida de confianza en su gobierno de la población del imperio. En esa ocasión, encontrarse dentro de su territorio resultó beneficioso para Stalin, que fue inmediatamente liberado y pudo llegar a la capital en dos semanas, mientras que Lenin y otros dirigentes bolcheviques vieron en un principio cómo su regreso se veía bloqueado por las potencias en guerra. Los detractores de Stalin dijeron más tarde que él había desempeñado un papel irrelevante en los decisivos acontecimientos posteriores, pero los biógrafos ya han refutado esta interpretación. Él fue inicialmente uno de los dos dirigentes bolcheviques más importantes en San Petersburgo, se hizo cargo de la dirección de Pravda, el periódico oficial del partido, y siguió una línea moderada de apoyo tentativo al Gobierno Provisional.

Lenin llegó un mes después, asumió el liderazgo y buscó imponer de inmediato una política radical de fiera oposición al nuevo régimen, nominalmente democrático, a fin de favorecer la imposición de la «dictadura del proletariado», dirigida y controlada por los bolcheviques. Las relaciones de Stalin con Lenin habían sido muy positivas, pues de lo contrario no habría sido ascendido para ocupar un importante puesto jerárquico en 1912-1913, pero no había sido nunca un leninista extremo, hasta el punto que el líder aparece citado sólo muy raramente en sus escritos. Se avino, sin embargo, a la nueva línea leninista y desempeñó un papel activo en el liderazgo del partido durante los cruciales siete meses posteriores. Cuando se planificó un golpe de Estado violento para casi todas las ciudades importantes en noviembre, el catalizador inmediato fue el neobolchevique León Trotski, pero Stalin fue un activo partidario y participante. Aunque podía disentir ocasionalmente con Trotski en detalles concretos, respaldó todas las decisiones importantes: la creación de una dictadura de partido único, la anulación de los resultados de las únicas elecciones democráticas celebradas en Rusia, la imposición de un drástico programa de control y confiscación estatales bautizado como «comunismo de guerra», la participación en una masiva guerra civil de tres años que fue mucho más destructiva para Rusia de lo que lo había sido la Primera Guerra Mundial, y la declaración oficial de un «terror rojo» que se cobró varios cientos de miles de vidas. Stalin desempeñó en todo ello papeles cada vez más importantes en el ámbito de la propaganda y la administración del Estado, los asuntos económicos y la supervisión militar. Cuando terminó todo, la primera dictadura de partido único del siglo había quedado consolidada y de diez a doce millones de personas habían perdido sus vidas, principalmente debido a las hambrunas y las epidemias, en un desastre humano sin parangón hasta ese momento dentro de la historia moderna europea. Y Stalin había emergido de entre las ruinas de este inmenso osario como uno de los cinco principales dirigentes del partido y, en consecuencia, de la nueva dictadura.



Iósif encontró tiempo para reestructurar su vida personal y en 1918 conquistó el corazón de Nadezhda Alilúyeva, la hija de un miembro del partido, que tenía tan solo diecisiete años, veintiuno menos que él, y se casó con ella. Tendrían dos hijos, una hija llamada Svetlana (que se convertiría en una personalidad famosa por derecho propio después de que abandonara la Unión Soviética en los años sesenta) y un hijo, Vasili. Fue un matrimonio difícil, porque Nadezhda era tanto inteligente como emocionalmente excitable, y quería ser, por un lado, una «mujer nueva» emancipada bolchevique con una carrera propia, pero que se hallaba casada, por otra, con un georgiano imperioso al que no le hacía la más mínima huella el concepto de «mujer nueva» y que exigía a su lado a una esposa y madre atenta y sumisa. Él no incurrió en abusos físicos ni pasó mucho tiempo con otras mujeres, pero era duro emocionalmente y trataba mal con frecuencia a Nadezhda.

En un principio, Stalin construyó su preeminencia gracias a sus cualidades positivas, no las negativas

Toda la segunda mitad del libro de Kotkin podría titularse «El ascenso de Stalin». Contiene dos temas paralelos: el primero es la expansión de su poder personal tanto antes como después de la muerte de Lenin hasta que finalmente fue él quien se hizo con el dominio; el segundo, el camino en ocasiones titubeante mediante el cual implementó la lógica de una revolución violenta y totalitaria hasta que en 1928, convertido ya en un dictador de facto, dio comienzo a la creación del sistema estalinista pleno. Kotkin no es el primer biógrafo en demoler el mito de un Stalin permanentemente traicionero y tiránico. Muestra que conquistó su ascenso dentro del partido y se ganó la confianza de muchos de sus colegas y subordinados no por medio de la tiranía, sino gracias al trabajo duro y a una administración eficiente, mostrando una devoción constante por el desarrollo del partido y del sistema. Para muchos él no parecía más despiadado que sus colegas, sino mucho más estable y fiable, más absolutamente entregado, día tras día, no el más radical, sino el más práctico, el más digno de confianza y el más trabajador de los principales dirigentes. Stalin construyó su preeminencia en un principio gracias a sus cualidades positivas, no las negativas; de haber estado ausentes las primeras, nunca habría podido desempeñar un papel importante. Pero en cuanto empezó a ejercer un mayor poder, se volvió cada vez más exigente y, a la postre, cada vez más resentido con los desprecios y la resistencia mostrados por otros dirigentes. Él no creó la dictadura, sino que la transformó en un Moloch que se cobró millones de víctimas. Esto se debió no simplemente a su orgullo, su ambición o su sed de poder, sino que siguió la lógica del violento colectivismo de Lenin, que era intrínsecamente paranoico en su visión del mundo. Tal como escribe elocuentemente Kotkin, la paranoia de la política de Lenin acabó por contagiar a Stalin, cuyo liderazgo personal hizo a su vez que el sistema se volviera aún más paranoico de lo que ya lo había sido con su antecesor.

El primer logro decisivo de Stalin fue desempeñar un papel muy destacado en la implementación de la política de nacionalidades, que transformó lo que había quedado del imperio zarista en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Se trataba, en teoría, del esquema de federalismo más elaborado del mundo, estratificado en cuatro niveles diferentes de repúblicas y regiones autónomas, cada una de ellas con su propio idioma, pero controladas por el Partido Comunista de Todas las Rusias, su Ejército Rojo y su policía política. Cuando el proceso se hubo completado, Lenin lo nombró secretario general del partido, una tarea embrutecedora que requería un trabajo incesante y una constante atención por los detalles, algo que evitaban los dirigentes más glamurosos del partido, como León Trotski, quien pronto habría de convertirse en el principal enemigo personal de Stalin. Este aceptó el puesto e hizo el trabajo, lo que le hizo darse cuenta muy pronto de que, en una dictadura estricta, gobernada por los dirigentes de un partido revolucionario, el principal responsable administrativo de ese partido se encontraba en una posición única para ampliar su propio poder personal y su influencia. En un principio, esto no guardaba ninguna relación con la dictadura, ya que, en esta primera fase, Stalin no era otra cosa que uno más entre iguales. Tenía que hacer gala de pericia política, porque estaba tratando con otras figuras que podían ser quisquillosas y resentidas. Kotkin señala que, en sus primeros años como secretario, de hecho, «hubo de mostrar un comedimiento, deferencia y falta de ambición inhabituales para no construir una dictadura personal dentro de la dictadura». La tarea era sutil, artera e infatigable, de tal modo que, a partir de 1922, el ascenso de Stalin fue en ocasiones lento pero, sin embargo, constante y en el lapso de seis años empezó a alcanzar su cenit.

El resentimiento de otros dirigentes resultaría a la larga inevitable y es posible que al propio Lenin le entraran dudas. Se dijo que, antes de su muerte prematura en 1924, había dictado un memorándum para sus colaboradores en el que declaraba que «el camarada Stalin es demasiado rudo», demasiado insensible con sus colegas de partido y demasiado ambicioso, y que debería ser reemplazado como secretario general. El documento se hizo circular más tarde como «el testamento de Lenin», aunque las condiciones en que lo dictó no están claras y Kotkin concluye que no es posible estar seguros al cien por cien de su autenticidad. Durante años, Stalin fue incapaz de anular el «Testamento» y sus rivales lo esgrimieron en diversas ocasiones. Finalmente decidió que tenía que plantar cara a las críticas de frente, confiado en recibir los apoyos que había ido acumulando a lo largo de años de ser él quien realizaba los nombramientos claves del partido. También dio repetidas muestras de humildad y de inocencia ofendida, solicitando en varias ocasiones, de un modo teatral, ser sustituido. Sabía que podía contar con que la sólida «mayoría estalinista» que había creado dentro del aparato no se volvería contra él (aunque, años después, él sí que lo haría con muchos de sus miembros).

Kotkin trata el tema de la rivalidad entre Stalin y los demás dirigentes con un nivel de detalle y matización extraordinario. Muestra que las luchas tras la muerte de Lenin no fueron simplemente, o siquiera fundamentalmente, sobre el poder, sino sobre el curso futuro de la revolución: «escaramuzas por lasideas, y no exclusivamente por la preeminencia personal». Stalin tuvo que convencer a sus camaradas comunistas intelectual y teóricamente, con argumentos y no mediante el arma de la coerción. Si no hubiera triunfado en lo primero, no habría tenido nunca el poder para aplicar lo segundo. Lenin había dejado una revolución a medio acabar: una dictadura política completa con una poderosa policía (aunque un ejército débil) que controlaba una industria a gran escala, pero no la economía en su conjunto, que el pacto revolucionario inicial había confiado a granjeros, campesinos y a la propiedad privada a pequeña escala. Durante algunos años no estuvo del todo claro cómo podría resolverse esta gran contradicción de la revolución a favor del capitalismo estatal. El propio Stalin ha sido a menudo retratado como un oportunista implacable, carente de todo principio, pero el líder retratado por Kotkin es un revolucionario comprometido y un ideólogo. En comparación con Trotski, sin embargo, él sí comprendió la necesidad de la prudencia y del compromiso temporal. Más que la mayoría de sus rivales, había aprendido la esencia de la máxima leninista de «Dva shagá vperyod, odín shag nazad» (dos pasos adelante, un paso atrás). Comprendió que, a mediados de los años veinte, la economía soviética era aún demasiado débil para emprender nuevas políticas radicales, de ahí que se alineara en un principio con los moderados frente a los radicales y fue sólo más tarde, sabedor de que ya se encontraba en una posición más fuerte, cuando empezó a atacar a los moderados.

Una de las numerosas virtudes de este estudio es que presta más atención a los asuntos extranjeros de lo que lo hacen la mayoría de los relatos que analizan el ascenso al poder de Stalin. El leninismo se basó en que el comunismo ruso y soviético proporcionaba el liderazgo inicial para un proceso revolucionario en todo el mundo. Nunca se pensó que un régimen revolucionario podría sobrevivir únicamente en Rusia. A partir de 1920, sin embargo, parecía que todos los esfuerzos para implantar la revolución en el extranjero estaban condenados al fracaso. Stalin se amoldó a esta realidad temporal en 1925, cuando anunció su famoso eslogan de «Socialismo en un solo país», que sostenía que un régimen socialista podía construirse con éxito en una Rusia aislada, aunque no sería plenamente seguro hasta que la revolución se hubiese extendido por todo el mundo. Kotkin corrige interpretaciones anteriores que han defendido que esto significaba el abandono de la revolución mundial. Ese no fue nunca, en ningún momento, el objetivo de Stalin; lo único que pretendía era reconocer que durante un tiempo sería necesario concentrarse en la transformación de la propia Unión Soviética, prestando sólo una atención secundaria a la revolución internacional, en la que sí que se pondría un énfasis mucho mayor en una fase posterior, que luego acabaría siendo proclamada oficialmente en una fecha tan temprana como 1928.

La visión del mundo soviética fue, desde un principio, paranoica. Como la Internacional Comunista formada por el nuevo régimen se propuso derrocar a los gobiernos por todo el mundo, los líderes soviéticos sostenían a su vez que otros gobiernos tramaban activamente en contra de ellos y, además, que resultaba inevitable una gran guerra en tanto que el capitalismo no hubiera sido derribado en otros lugares. Fue ya en 1925 cuando Stalin enunció oficialmente su doctrina de «La Segunda Guerra Imperialista», que pasó a convertirse en la política soviética. El futuro conflicto armado entre las grandes potencias capitalistas era inevitable, pues lo requería la propia naturaleza del capitalismo. El objetivo de la Unión Soviética debería ser esquivar la próxima gran «guerra imperialista», evitando involucrarse hasta que las principales potencias capitalistas se hubiesen debilitado fatalmente entre sí, pero interviniendo luego de forma decisiva para garantizar la victoria mundial del comunismo. Esto predijo acertadamente cuál habría de ser la política posterior de Stalin en 1939 y a partir de entonces.



En 1927-1928, el régimen soviético había llegado a un momento decisivo. No había resuelto sus profundas contradicciones internas, no había conseguido promover la revolución mucho más allá en otros países y no había superado su propia debilidad militar. Hasta ese momento, Stalin había seguido una política comparativamente moderada, esperando a que la economía soviética se recuperara de la destrucción masiva provocada por la revolución y la guerra civil. La mayor parte de esa economía aún seguía estando fuera del control del Estado y la gran mayoría campesina de la población no era aún comunista. A partir de 1927, Stalin dio cada vez más pasos conducentes a poner fin a esta contradicción, empezando con un gigantesco programa para colectivizar la agricultura y transformar la estructura económica y luego, el año siguiente, con la adopción de un programa igualmente audaz para crear un enorme complejo industrial estatal que modernizaría la economía soviética, sentando las bases para que la Unión Soviética se convirtiera en una gran potencia militar. Estos tres objetivos se conseguirían en el mayor programa de transformación económica impuesta por el Estado de la historia, pero es justamente al llegar aquí cuando Kotkin pone punto final al primer volumen de su proyectada trilogía. La consecución de estos grandiosos objetivos y la creación plena del totalitarismo estalinista –el primer auténtico totalitarismo de la historia– serán el objeto del segundo volumen.

¿Qué lugar le corresponde a este monumental estudio dentro de la amplísima literatura sobre Stalin? El tratamiento anterior más extenso era el del general retirado del Ejército Rojo, Dmitri Volkogónov, que tuvo acceso a documentación especial durante el derrumbamiento de la Unión Soviética y que escribió una obra en cuatro volúmenes, publicada poco después en Occidente en una sinopsis de un solo volumen en 1991. Los últimos estudios que lograron presentar material nuevo sobre la vida personal de Stalin fueron los dos libros comparativamente recientes, y ya citados, de Simon Sebag Montefiore, aunque algunos de sus datos podrían no ser del todo fiables. En punto a nivel de detalle y extensión de tratamiento, Kotkin puede compararse con el primero, aunque supera a Volkogónov en alcance, profundidad de análisis y amplitud de contextualización, en todo lo cual su propia obra no tiene parangón. Si es capaz de completar los dos volúmenes siguientes de un modo similar, habrá producido tanto la más extensa como, también, la más completa de todas las biografías políticas. El presente volumen constituye un impresionante comienzo de lo que puede convertirse en el magnum opus de toda la Staliniana.

Stanley Payne es historiador y catedrático emérito en la Universidad de Wisconsin-Madison. Sus últimos libros publicados son ¿Por qué la República perdió la guerra? (trad. de José Calles, Madrid, Espasa, 2011), Civil War in Europe, 1905-1949(Nueva York, Cambridge University Press, 2011; La Europa revolucionaria. Las guerras civiles que marcaron el siglo XX; trad. de Jesús Cuéllar, Madrid, Temas de Hoy, 2011) y, con Jesús Palacios, Franco. Una biografía personal y política (Madrid, Espasa Calpe, 2014).

Traducción de Luis Gago

Este ensayo ha sido escrito por Stanley Payne
especialmente para Revista de Libros


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