domingo, 25 de octubre de 2015

Desenmascarando el neoliberal "modelo alemán". La Unión Europea como Cuarto Reich

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El arenque de Bismarck. El mito de la Alemania paradisíaca

Rafael Poch | 15 mayo, 2015

El líder de la izquierda francesa publica un libro que refleja el hartazgo con el insolente dominio de Berlín.

Hace tiempo que la disciplina alemana y la impertinencia aleccionadora de los políticos de Berlín hacen mella en Francia. Pero en los medios de comunicación y entre los políticos está feo hablar de ello. Por eso, el libro que acaba de publicar con mucho ruido y general condena, el líder del Front de Gauche Jean-Luc Mélenchon, es muy significativo. Se llama “El arenque de Bismarck” y es un simple panfleto, desenfadado, mordaz y divertido, contra la prepotencia germana y su maltrato -del sur de Europa y de Francia- el tabú que nadie se atreve a mentar.




El motivo es que si en Alemania el gobierno ha perdido todo complejo, en Francia hay -por una mezcla de cálculo oligárquico, elegancia, y prevención a caer en rancios chovinismos- mucho escrúpulo ante la crítica al vecino del otro lado del Rin. No es el caso de Mélenchon, un político que sin llegar, quizá, a la altura de su homólogo alemán, Oskar Lafontaine -sin duda el más brillante político de su país- también es un excelente orador (véase su épico discurso de Marsella, un 14 de abril de 2012) y una persona de una rara sensibilidad política. Estos días Mélenchon está siendo entrevistado por los principales canales públicos de radio y televisión sobre su explosivo libro, que mezcla conscientemente tópicos ligeros con constataciones bien actuales y se está vendiendo como rosquillas.

“Hay un asombroso contraste entre la insultante arrogancia de los dirigentes y mediócratas alemanes y el pánico de sus homólogos franceses para decir cualquier cosa que les contrarie”, afirma. Esa actitud, “ya provocó el naufragio moral de las élites francesas de antes de la guerra”, que ahora, “colaboran con entusiasmo en la denigración de su patria”, proclama.

Francia que cuenta con una economía mucho más diversificada que la alemana y una cultura general sobre el vivir infinitamente más rica y sofisticada, que siempre ha acomplejado a los alemanes, asiste a un aleccionamiento insoportable, pero decirlo, “merece inmediatamente el anatema de germanófobo”, dice Mélenchon. Eso, “cuando el secretario general de la CDU, Volker Kauder, proclama que “Europa habla alemán” ante el aplauso del congreso de su partido; cuando el jefe de la federación de exportadores alemanes, Anton Börner, afirma que, “los países mediterráneos no entienden nada que no sean palabras duras y la firmeza de los mercados de capitales”, cuando el esperpéntico comisario Günther Oettinger apela a “tratar con rigor” a Francia ese “país deficitario reincidente” (es decir, equiparando el déficit con un crimen); cuando Merkel dice que la ley del ex banquero y actual ministro de economía, Emmanuel Macron, es “buena” pero que las reformas en Francia son “insuficientes”, o cuando su siniestro ministro de finanzas, Wolfgang Schäuble, se lamenta del obstáculo que el parlamento francés supone para las “reformas”.

La altanería guillermina ya denunciada por el anciano canciller Helmuth Schmidt e impensable en la Alemania anterior a la reunificación, se ha convertido en pose habitual del discurso político y mediático germano en su cruzada por imponer recetas que no están funcionando y llevaron a Japón a veinte años de deflación y estancamiento.

La Europa del Sur es el “Club Med”, la prensa alemana -y no solo el inefable Bild– se permite todo tipo de excesos, reproches falsos y populistas sobre edad de jubilación y días festivos que han sido bendecidos en algunos discursos por la propia canciller Merkel, quien se permite alabar o censurar las “reformas” francesas, apuntar sus insuficiencias, o hacer consideraciones sobre pueblos que se levantan pronto para ir a trabajar y otros gandules; “¿Qué otro jefe de gobierno se permitiría hablar en esos términos de sus vecinos?”, se pregunta el líder del Front de Gauche, que obtuvo un 12% en las presidenciales pero que desde entonces se busca a sí mismo, por la reticencia de algunos de sus sectores a romper definitivamente con el partido hollandista, que ha demostrado, por activa y por pasiva, su completa inutilidad como fuerza de cambio. Respecto al modelo alemán, simplemente es un mito, dice Mélenchon.

Con el 16% de la población por debajo del nivel de pobreza, una desigualdad galopante, un 25% de los asalariados en contrato basura (Francia, 13%) y un salario mínimo recién establecido que queda por debajo del francés ¿qué es lo que hace de Alemania un modelo?, se pregunta. Pues precisamente eso: un modelo para quienes propugnan el regreso al siglo XIX revestido de modernidad, progreso y racionalidad.

La caricatura alemana de Mélenchon no deja pie con bola. Son los principales emisores de CO2 de Europa y pasan por “ecologistas”, exportan pesticidas a mansalva, vuelven a ser los grandes vendedores de armas y van imponiendo poco a poco a su sociedad, tan adversaria de lo militar, una creciente militarización de la política exterior que destroza el mejor sentido común alemán de posguerra. Su nefasto modelo agropecuario-industrial orientado a la exportación a base de “granjas-fábrica”, así como sus grandes cadenas comerciales de alimentos estandarizados orientados a la reducción de costes (Aldi + Lidl), resultan en una epidemia de obesidad que afecta al 24% de los alemanes adultos (frente al 15% en Francia), dice.



La obsesión por este modelo estandarizado provoca en los gobernantes alemanes, “una espectacular disminución de su comprensión del mundo e incluso del sentido de la vida”, afirma Mélenchon en una de sus frases más crueles. Alemania, dice, “es un modelo para quienes no se interesan en la vida, nadie quiere ser alemán, ni siquiera los alemanes y la prueba es que no tienen hijos”: el país más anciano de Europa en el que los mayores de 65 años representan el 20,6% del total (Francia16,7%), con una de las tasas de procreación más bajas del mundo: 1,38 hijos por mujer en edad de procrear. Se comprende la obsesión por el ahorro y los excedentes comerciales: de lo que se trata es de “organizar su geriatría”, dice. Con el sistema de pensiones mayormente privatizado, los dineros se colocan en fondos, lo que explica la obsesión por cobrar las deudas de sus bancos manirrotos que invirtieron sin mirar en los negocios inmobiliarios americanos, españoles e irlandeses, contribuyendo a inflarlos junto con su corrupción intrínseca. Mélenchon no perdona.

“Nos invadieron tres veces en menos de un siglo, ocuparon nuestro país dos veces, una de ellas durante cerca de cincuenta años en Alsacia-Lorena: “ninguna reconciliación es incondicional”, cuando “el imperialismo alemán está de regreso”, dice el político antes de demoler la política exterior de esa Quinta Alemania que aparece tras la reunificación de 1990:

Primero en Yugoslavia, contribuyendo a la secesión de sus antiguos compinches de los años treinta (Eslovenia, Croacia y Bosnia), luego con su expansión económica en la débil Europa central/oriental recién salida del marasmo del “socialismo real”, burlando luego toda promesa de no expandir la OTAN, que hoy llega a las fronteras de Ucrania con las consecuencias conocidas, y liderando, finalmente, el “acuerdo comercial” secreto con Estados Unidos (TTIP) que quiere ser la guinda del pastel neoliberal en Europa; “Hay que empezar a descifrar a la Señora Merkel”, dice, antes de remontarse a los tiempos del Emperador romano Claudio:

“Ya en el siglo I de nuestra era decía que los jefes germanos no entendían de parlamentos ni de finezas, lo único que comprendían y respetaban era las relaciones de fuerza”. “Ante eso, las sutilezas francesas, las bromas del Presidente de la República le deben parecer a esa mujer como defectos de una voluntad somnolienta”, ironiza.

Mélenchon tiene muy mala entrada con los chiens de garde de la prensa, porque es poco tolerante ante su programada servidumbre siempre en sintonía con el recetario neoliberal, circunstancia que dice mucho en su favor. Pero, pese a esa mala prensa -que no llega al nivel de demonización, tergiversación y campaña denigratoria que Die Linke sufre en los medios alemanes- su libro ha sido criticado con cierta indulgencia. Le Figaro ha dicho que rezuma “un antigermanismo de café”, mientras que Le Monde se ha contentado con observar que, “cae en los mismos excesos que los germanófilos que denuncia”. Pero ambos medios han suscrito, por lo menos, parte del mensaje. Esa relativa benevolencia es muy significativa porque sugiere que el hartazgo con la actitud alemana es algo que trasciende a la izquierda y al ultraderechista Frente Nacional porque afecta al alma gaullista de parte del establishment francés.

Seguramente Mélenchon nunca habría escrito este panfleto si no hubiera sido por la “manera odiosa” con que “la nomenclatura germana está tratando al gobierno de Alexis Tsipras”. Ese es un espectáculo que revuelve el estómago, dice.

“Permitir que un Estado miembro de la Unión sea tratado de esa manera es un gran error político contra el ideal europeo”, dice Mélenchon en una entrevista con L´Humanité. “Después de haber hecho de Grecia un laboratorio político quieren hacer un escarmiento: ¡miren cómo son tratados los que se resisten! Cuando Tsipras ganó me reuní con François Hollande y le dije, “si permitimos que actúen así contra ellos, luego vendrá el turno de Francia”. Ya estamos en ello porque en el fondo estamos siendo tratados como los griegos. El comportamiento de Berlín no es soportable en ningún lado y la germanofobia está explotando por doquier en Europa. Es un sentimiento que puede transformarse en odio xenófobo, así que tenemos que explicar el por qué de su conducta: decir que Berlín se pone al servicio del ordoliberalismo. El otro motivo del libro es desmontar la idea de que hay un lugar en el que el sistema funciona, informar de la situación real de ese país. Y el tercer motivo es llamar la atención sobre la cobardía de los dirigentes franceses”, explica.

Si en España quedara algo del espíritu quijotesco, este panfleto, con todos los defectos inherentes al género, debería haber sido escrito allí hace tiempo. En lugar de eso, el país se recrea en su miserable papel de “alumno obediente”. Hay que recordar cuando fue la última vez de la historia en el que España fue obediente aliada de Alemania y en qué papel. No hay duda de que esas actitudes, de ayer y de hoy, están emparentadas. Los líderes del germanismo hispano de hoy son los hijos y nietos del de ayer.

Mélenchon dice no querer una confrontación entre los pueblos francés y alemán, sino la de ambos pueblos contra la oligarquía, pero “es necesaria una franca confrontación” con Alemania, única manera de hacerse respetar, dice. El consejo vale para todos.

En lugar de las odas a Alemania de François Hollande y de su primer ministro Manuel Valls, hay que plantearse, “¿Quién decide en Europa y en nuestro país; las rentas o el trabajo? ¿el pueblo o la oligarquía? ¿El Banco Central Europeo o los ciudadanos? ¿Alemania o la unión libre de pueblos libres?”. En cualquier caso, con este explosivo arenque, diciendo todo eso que muchos piensan y no se atreven a decir, el político francés se ha quedado bien descansado. La vieja tendencia alemana de utilizar a Europa para su propia proyección de poder siempre se ha encontrado enfrente con Francia, el único país europeo capaz de ejercer una inspiración alternativa al modelo alemán. El panfleto de Mélenchon anuncia que todo eso acabará explotándole tarde o temprano al gobierno alemán.

Fuente: http://blogs.lavanguardia.com/paris-poch/2015/05/15/el-panfleto-de-melenchon-contra-merkel-77199/



Alemania en la “Gran Desigualdad” (*)

Rafael Poch | 19/06/2012

Sobre el momento alemán en la crisis mundial

El gran reto al hablar de la eurocrisis consiste en insertar apropiadamente a Alemania en la gran crisis de civilización a la que asistimos y en el entramado de lo que se ha venido a llamar la Gran Divergencia. Ese concepto, que aquí rebautizamos como Gran Desigualdad, fue acuñado por el economista y premio Nóbel Paul Krugman en un libro de 2007 que lleva por título, The conscience of a liberal. El concepto ofrece la ventaja de que permite al historiador insertar en él la evolución del capitalismo del último medio siglo -como hace nuestro ilustre historiador Josep Fontana en su último libro- que ha llevado al mundo a una desigualdad extrema en la que a una quinta parte de la población del planeta le corresponde sólo el 2% del ingreso global, mientras el 20% más rico concentra el 74% de los ingresos.  [1]

Resumiendo, la tesis de Krugman que Fontana ha explotado es la de que a partir de los años setenta el Capital perdió el miedo a los factores que perturbaban, y moderaban, su sueño histórico de dominio y beneficio sin concesiones ni fisuras. Es entonces cuando, aprovechando la primera crisis del petróleo de 1973, se comienza a desmontar el pacto social de posguerra en los países del capitalismo central, pacto que incluía una cierta socialización de la prosperidad, lo que a su vez contribuía a ampliar el consumo y a alimentar el crecimiento. A partir de políticos como Carter, Reagan y Thatcher, eso se sustituye por un enfoque dirigido al enriquecimiento exacerbado de una minoría oligárquica: el enriquecimiento de los más ricos a expensas de trabajadores y clases medias.

Los salarios empezaron a contraerse (un 7% en EE.UU desde 1975 hasta 2007), la imposición fiscal a ricos y empresas se redujo, la desigualdad social se disparó, arrancó una ofensiva antisindical y se promocionaron toda una serie de consensos de liberalización comercial. La prevención de la inflación y del déficit fueron colocados en el centro de la agenda económica, lo que apartó definitivamente el keynesianismo de posguerra.

Todo eso pudo realizarse gracias a una agresiva campaña ideológica financiada por nuevas instituciones vinculadas a las grandes empresas que colonizaron el poder político e impusieron, en la academia, en los “think tanks” y en los medios de comunicación, el discurso del desmonte paulatino del Estado social, y del papel del Estado en general, en beneficio de la empresa privada (privatización). El resultado fue un asalto general a la regulación y un enorme incremento de la influencia empresarial en la política.

Liberada de sus límites políticos, y desregulada, la nueva economía dio a su vez lugar a una orgía de especulación y corrupción. El volumen de todas las transacciones financieras ha llegado a ser 75 veces mayor que el de la producción mundial total. Sólo los capitales administrados por los llamados hedge fonds pasaron de ser casi el doble que la producción mundial, en 1999, a ser treinta veces en 2010. Esa libertad invitó al público a un general endeudamiento en lugares como EE.UU o España y desembocó en la explosión de la burbuja de 2007-2008. [2]



Nación retrasada

Alemania llegó por buenas razones bastante tarde al proceso conocido como Gran Divergencia (Desigualdad). Si sus compañeros anglosajones de bloque habían perdido el miedo mucho antes y derribaban las restricciones con decisión, ella iba con mucho más tiento. Estaba en la primera línea de la guerra fría, tenía incluso enfrente a una pequeña república alemana, la RDA, “alternativa” y guardada por las divisiones soviéticas. Desde su fundación competía con aquella “alternativa” cuya base era la plena estatalización de los medios de producción y el sistema social de educación y sanidad. Por todo ello después de la guerra la RFA había elaborado uno de los consensos más sociales del bloque occidental, el llamado “Modell Deutschland” con su Economía Social de Mercado, el llamado “ordoliberalismo”, que incluía un inusitado derecho de cogestión sindical que daba a los sindicatos una notable participación en las decisiones empresariales. Sólo la tardía desaparición de la RDA desató las manos al establishment alemán occidental.

La reunificación alemana fue una anexión de la RDA, la Alemania del Este, por las fuerzas político-empresariales de la RFA, la Alemania del Oeste. En la RDA la popular rebeldía civil inicial del “Wir sind das Volk” (“el pueblo somos nosotros”) del otoño de 1989 se transformó, rápidamente, en un mucho más moldeable “Wir sind ein Volk” (“somos un sólo pueblo”) que subrayaba la unidad nacional por delante de cualquier otra consideración. Ese cambio fue muy rápido y resulta incomprensible sin tener en cuenta la frenética espiral de sucesos, súbitas experiencias y cambiantes expectativas que aquella etapa conoció. El canciller Helmuth Kohl y los veteranos políticos de la derecha empresarial de Bonn actuaron con gran maestría en aquel río revuelto y lograron en pocos meses reconducir el potencial de tercera vía que afirmaba la oposición de la RDA hacia una mera anexión restauradora sin el más mínimo cambio constitucional o de modelo. La pariedad entre el Deutsche Mark y el marco del Este que Kohl estableció fue crucial para apuntalar el cambio de la conciencia social.

En mayo de 1990, Kohl estableció la paridad 1-1 para ahorros de 6000 marcos (una fortuna en la RDA, y dos meses de sueldo de un periodista de la RFA de entonces) y de 1-2 para patrimonios más altos. Los alemanes del Este sintieron como si les hubiera tocado la lotería. En julio, Kohl les prometió convertir sus regiones en “paisajes floridos” (“blühenden Landschaften”) y lo realizó en un primer momento, por lo menos en la imaginación,  con la mencionada paridad que confirmó a corto plazo la promesa de prosperidad material. En aquella euforia cargada de promesas de abundancia, los discursos y voluntades mayoritariamente verdes y socialistoides de escritores, intelectuales y disidentes del Este, se disolvieron como un bloque de hielo al Sol.

La gran reunificación

La reunificación nacional alemana (1990) coincidió con una reunificación superior: la gran reunificación mundial del triple ingreso, de la URSS y el bloque del Este, de China y de India (en total 1470 millones más de trabajadores) en la economía mundial. El ingreso de esa masa laboral duplicó el número global de trabajadores y alteró la correlación de fuerzas mundial entre Capital y Trabajo en beneficio del primero. Ese cambio supuso un reto muy importante para la economía, eminentemente exportadora de Alemania y dio lugar a una estrategia exportadora particular para ponerse a tono con la maximización de beneficios, con la Gran Desigualdad, y con las nuevas condiciones internacionales de competitividad. Bajo la batuta de su establishment político-empresarial, la “sociedad organizada” que es Alemania demostró su capacidad de adaptación.

El gobierno de transición de la RDA había creado una institución fiduciaria, el Treuhandanstalt, en cuyas manos se puso la administración de toda la propiedad del país con la misión de, “mantenerla para el pueblo de la RDA”.Ya en junio de 1990 el primer gobierno electo de la RDA, dominado por los satélites de la CDU de Helmut Kohl, convirtió elTreuhandanstalt en un aparato para la privatización, vía restitución (a antiguos propietarios) o venta, de la propiedad pública. Una posibilidad de tercera vía socializante fue convertida, sin la menor consulta social expresa, en mera restauración del orden anterior a la existencia de la RDA mediante la privatización del patrimonio nacional. El proceso fue menos cleptocrático que en otros países del Este, por no hablar de la URSS, pero en esa restauración los alemanes del Este, antiguos teóricos copropietarios del pastel, fueron excluidos y desposeídos, lo que el posteriormente ministro del interior, Otto Schily calificó de “gigantesca expropiación”.

Para 1994, 8000 empresas del Este ya estaban en manos de “inversores privados” del Oeste, habían sido cerradas o adquiridas a precio de ganga, y 2,5 millones de los 17 millones de habitantes de la RDA se habían quedado sin trabajo, porque el tejido industrial de su antiguo país había desaparecido, en gran parte como consecuencia de la catastrófica asfixia que la paridad monetaria entre el Deutsche Mark y el marco de la RDA, el recurso de Kohl para voltear la conciencia social y ganar las elecciones, había tenido para las empresas del Este.

El objetivo político cortoplacista de Kohl de la reunificación, lograr que los conservadores alemanes se mantuvieran en el poder gracias al voto de los 17 nuevos millones de electores del Este, se logró: Kohl y su CDU se mantuvieron ocho años más en el gobierno. Pero el coste económico fue astronómico.

El desarrollo de Alemania del Este costó “dos billones de euros” y ha sido descrito como, “el mayor programa keynesiano de la historia”. Exigió nuevos impuestos, grandes desembolsos sociales para cubrir a millones de nuevos parados y jubilados, enormes inversiones ambientales y en infraestructuras que se restaron a la innovación productiva y generaron grandes deudas públicas. La política de Kohl en la reunificación fue una victoria política que desencadenó una crisis económica de diez años: diez años de endeudamiento y grandes gastos tras la reunificación es lo que explica el actual apego alemán por la austeridad, mucho más que el tópicamente citado recuerdo de la gran inflación de la República de Weimar sobre la que ya no hay memoria generacional viva. Un importante observador financiero evoca así aquella época:

“La reunificación fue exitosa sólo parcialmente. Con ella no sólo tuvimos unos costes laborales por unidad mayores que nuestros vecinos, sino que nuestra cuenta corriente estuvo en profundos números rojos durante toda una década. No digo que la reunificación se hiciera bien, sino que hace sólo unos años Alemania sufrió un déficit continuado y elevados costes salariales, por lo que fue descrita por nuestros queridos amigos anglosajones como “el enfermo de Europa”. [3]




“Drang nach Osten”

Ese contexto de endeudamiento y grandes gastos fue el medio ambiente en el que la mayor economía europea se amplió hacia el Este, en un doble sentido, tanto su Este, la ex RDA, como el Este de Europa, convertido en patio trasero alemán. En ambos casos contó con una vasta reserva de mano de obra barata, lo que tuvo profundas consecuencias, primero para el conjunto de los trabajadores alemanes y luego, como veremos, para los europeos en general y los meridionales en particular. En Alemania del Este la desindustrialización y el desmoronamiento impidieron que los sindicatos arraigaran en lo que era un tejido social laboralmente derrotado, con ciudades industriales vaciadas por la emigración provocada por la quiebra de empresas y sectores industriales enteros. En el conjunto de Alemania, la afiliación sindical a la DGB cayó de 11 millones en1991 a7,7 millones en 2003. La capacidad sindical de negociación y cogestión empresarial aún cayó más.

En esa situación de debilidad sindical la respuesta empresarial fue un recorte salarial sin precedentes que se presentó a los sindicatos, entre grandes presiones y bajo la amenaza de deslocalizar las empresas hacia países como Eslovaquia, Polonia, o Hungría con salarios mucho más bajos. Entre 1998 y 2006 los costes laborales cayeron en Alemania y los salarios reales retrocedieron durante siete años consecutivos

En la estrategia alemana de rearme económico, la bajada salarial combinada con la adopción del euro, que eliminaba trabas de cambio, y con una estricta política monetaria del Bundesbank, desembocó en una explosión exportadora y de competitividad de los productos alemanes que ganaron mayor cuota de mercado a costa de sus competidores europeos.





Un éxito desestabilizador para el euro

Desde la introducción del euro, virtual en 1999, efectiva desde 2002,  la industria alemana más que dobló sus exportaciones (que a comienzos de los noventa representaban el 20% de su PNB y en 2010 el 46%). Mientras tanto los salarios subían en el resto del continente, un 15% en Francia y entre el 25% y el 35% en España, Portugal, Grecia e Italia.  [4]

En una unión monetaria, el auge del superávit exportador alemán significaba déficit para otros. Entre 2004 y 2011, la producción de automóviles francesa e italiana cayó un 30% mientras la alemana aumentaba un 22%. [5]  En 2007 Alemania obtuvo un superávit comercial de casi 200.000 millones de euros. Mientras, 19 de los 27 países de la UE registraron déficit en su comercio exterior. Los bajos salarios alemanes contribuyeron también a ese déficit de los otros porque debilitaron el consumo de Alemania, es decir las importaciones de la nación más poblada de la eurozona. Sin embargo no había sensación de crisis en el sur de Europa: los países meridionales de la eurozona comenzaron a recibir enormes flujos de capital alemán, resultado de los beneficios exportadores, que anestesiaron la pérdida de competitividad con dinero prestado a tasas de interés muy bajo establecidas a la medida de Alemania.

La política económica alemana, resultado directo del shock de la doble reunificación de 1990, no sólo disparó los desequilibrios internos entre países de la eurozona, sino que, en el contexto general de una desatada y frenética búsqueda del beneficio, alimentó su falsa economía y crecimiento. El aparente “España va bien”, con su orgía de ladrillo, dinero fácil y destrucción facinerosa del entorno, así como el festival inmobiliario irlandés o las fantasías contables griegas en el contexto de los juegos olímpicos de Atenas, son así inseparables, y guardan una relación directa con el resurgir económico-exportador alemán, que se presenta inocentemente como su antítesis.

El nacimiento de una leyenda

Desentenderse de eso y hacer ver que la situación es resultado del maniqueísmo entre países virtuosos y manirrotos, denota una gran desvergüenza, porque el problema no es nacional. La crisis fue desencadenada por el sector privado, especialmente por los bancos que financiaron la pirámide inmobiliaria que se desmoronó. Los bancos alemanes que gestionaron especulativamente el enorme capital del superávit exportador alemán también fueron protagonistas de la pirámide. [6]  Para atajarla, los países europeos dieron a los bancos 4,6 billones de euros desde 2008, la cifra facilitada a principios de 2012 por el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso. Además, hubo otro enorme desembolso de dinero público en los programas de estímulo keynesianos del 2008. Todo ello incrementó, evidentemente, la actual deuda pública.

Entre 2008 y 2009, Alemania rescató a sus bancos con 480.000 millones de euros. Uno de ellos el HypoReal Estate tuvo que recibir 100.000 millones, porque estaba hundido hasta el cuello en créditos hipotecarios de Estados Unidos. El Deutsche Bank se deshizo a tiempo de gran parte de su basura financiera americana, por lo que tiene una docena de pleitos judiciales por estafa en aquel país. Los documentos de esos casos demuestran que los ejecutivos del banco conocían perfectamente el carácter estafador de sus ventas y ofertas. En 2007 los documentos del Deutsche Bank presentaban como dinámico y prometedor el mercado inversor español. En el caso de los Landesbanken, las cajas de ahorro regionales, por lo menos tres de ellas (Bayern LB, HSH Nordbank y WestLB) tuvieron que ser rescatadas con dinero del contribuyente.

Que hoy el debate esté centrado en la crisis de la deuda pública, o sobre la deuda privada concebida exclusivamente como desmadre meridional, omitiendo de la narración al casino que la ocasionó, se debe, fundamentalmente, al fuerte control que el poder financiero ejerce sobre gobiernos y medios de comunicación, lo que le permite imponer la leyenda que más le conviene.

El gobierno alemán ha sido particularmente activo en ese frente. Su nacional-populismo acerca de que el problema son unos países del sur gastadores que no ”hicieron sus deberes”  y en los que la gente común vivió “por encima de sus posibilidades”, le ha permitido canalizar el descontento de los contribuyentes alemanes por los centenares de millones transferidos a los bancos como consecuencia de la irresponsabilidad de estos invirtiendo en el casino global. Reconocer la realidad significaría revisar los últimos veinte años de política económica y social alemana que se han vendido como exitosos y modélicos para el resto de Europa.  En realidad sólo fueron exitosos para los empresarios y para los más ricos.



Veinte años nos contemplan

Desde la reunificación, la economía alemana ha crecido alrededor de un 30%, pero el resultado no ha sido una prosperidad general, sino un enorme incremento de la desigualdad. Desde 1990 los impuestos a los más ricos bajaron un 10% y la imposición fiscal a la clase media subió un 13%, los salarios reales se redujeron un 0,9% y los ingresos por beneficio y patrimonio aumentaron un 36%. Desde el punto de vista de la (des) nivelación social, Alemania es hoy un país europeo normal: el 1% más rico de su población concentra el 23% de la riqueza (una relación similar a la existente en Estados Unidos) y el 10% más favorecido el 60% de ella, mientras la mitad de la población sólo dispone del 2%.

Hito de la estrategia post reunificación que puso a la rezagada Alemania en línea con la Gran Desigualdad fue la llamada Agenda 2010, el programa de recortes socio-laborales aprobado en 2003 por el gobierno de socialdemócratas y verdes del canciller Gerhard Schröder y que se presenta como modelo continental. Siguiendo la pauta de la Gran Desigualdad en Estados Unidos años atrás, la Agenda 2010 vino precedida de una intensa campaña propagandística a cargo de instituciones empresariales que bombardearon a la opinión pública con diversos mensajes fraudulentos como la “insostenible explosión de costes sociales”, el imperativo de las tendencias demográficas por envejecimiento de la población y otros.

Se afirma, por ejemplo que los costes de la sanidad crecieron un 71% desde 1991. La realidad es que Alemania ha seguido gastando más o menos lo mismo, alrededor del 10% de su PIB en sanidad. Igualmente la campaña afirma que la demografía determina una jubilación más tardía, lo que no resiste un somero análisis: en el siglo pasado la parte joven de la población alemana cayó de un 44% a un 20% y el bloque de los jubilados pasó de representar el 5% de la población al 17%, mientras la esperanza de vida aumentaba por encima de treinta años. Todo eso no dañó los sistemas sociales, sino al contrario: fue en ese contexto que el Estado del bienestar alemán se desarrolló en su máxima expresión. [7] Instituciones como la “Fundación Bertelsmann”, la más rica del país, vinculada a Bertelsmann Ag, el mayor consorcio mediático de Europa (100.000 empleados en 60 países) tuvieron un papel central en convencer a los alemanes de la necesidad de reducir el papel y el tamaño del Estado, recortar prestaciones sociales, bajar los salarios y flexibilizar el mercado de trabajo. [8] Como consecuencia de la Agenda 2010 Alemania se despidió de buena parte de lo que había caracterizado a su modelo de posguerra.

Un nuevo “milagro alemán” (pero con trucos)

La Agenda 2010 abrió la puerta a la privatización de las pensiones (su creador, Walter Riester, ministro socialdemócrata de trabajo, fue invitado por la UGT a un seminario español sobre la materia), redujo subsidios, aumentó la edad de jubilación y flexibilizó el trabajo institucionalizando un segundo mercado laboral de empleos precarios y mal pagados al lado del tradicional. Aunque su contribución al crecimiento ha sido estimada en un 0,2% [9] el gran reajuste de socialdemócratas y verdes de 2003 fue presentado como un gran creador de empleo, cuando la simple realidad es que se ha repartido el mismo trabajo entre más personas al convertir empleos a tiempo completo en empleos a tiempo parcial, como demuestra el hecho de que el número de horas totales trabajadas apenas haya cambiado desde 1991 pese a la reducción del paro. [10]

El aumento del empleo registrado en los últimos años, que se vende como un “milagro”, se registra sobre todo en el sector precario. El sector de salarios bajos que en 1995 implicaba al 15% de los trabajadores emplea hoy al 25%, a uno de cada cinco trabajadores, y se ha expandido tres veces más rápido que el sector tradicional. El 42% de ex empleados del sector tradicional que han perdido su empleo encuentran trabajo en el sector de salarios bajos. Sólo un 15% de los parados de larga duración fueron contratados en 2011 en el sector tradicional. La estadística oficial, que ha barrido debajo de la alfombra a por lo menos un millón de parados (no inscritos en la Agencia de Empleo, mayores de 57 años, etc.) informa que el 71% de los nuevos empleos son “atípicos”, es decir precarios, parciales, temporales, “autónomos”, etc. Hay 8 millones de empleados a tiempo parcial, con contrato limitado, minijobs, autónomos, etc.  [11]



La legendaria y nacional-populista mentalidad que se ha impuesto en Alemania afirma la fábula de la cigarra y la hormiga. Dice que “las duras reformas que nosotros hicimos, ahora las deben hacer quienes han vivido del cuento”. Este nuevo y negativo aleccionamiento alemán, está en el centro del discurso político nacional y se ha impuesto a otros países. Tiene claros elementos de fraude.

Entre 2002 y 2007, en cinco años, Alemania redujo su déficit estructural desde el 3,5% del PIB en 2002, al 0,6% en 2007, lo que arroja una reducción total del 2,9%, es decir 0,6 puntos porcentuales anuales. Según la OCDE, entre 2009 y 2011 Grecia ha reducido su déficit estructural desde el 12,8% hasta el 1,8%, es decir 6 puntos anuales. “En otras palabras”, explica Sebastian Dullan, del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, “en un año Grecia ha reducido su déficit el doble de lo que Alemania hizo en cinco años”. La situación de España y Portugal no es muy diferente. El déficit estructural español se ha reducido del 9,5% en 2009 al 1,9% en 2012. El de Portugal del 9,5 en 2010, al 2,2 en 2012. Entre 2010 y 2011 ambos países han consolidado más de lo que Alemania hizo en cinco años. Y lo mismo pasa con salarios: entre 2003 y 2007 los salarios reales cayeron un 3,3% en Alemania. En Grecia han caído un 13% entre 2009 y 2011, de nuevo el doble en un año que Alemania en cinco, y en Portugal y España, un 10% y un 7% respectivamente en tres años. “El problema no ha sido la falta de voluntad de griegos, españoles y portugueses para corregir sus problemas de déficit”, dice Dullan.

El descubrimiento del Mediterráneo

Que la situación económica alemana se presente como modelo en el contexto de la eurocrisis ignora, además, algo tan básico como las vivas diferencias entre sistemas capitalistas existentes en el seno de la eurozona. Tras siglos de convivencia en Europa, Alemania parece no haber descubierto aún el Mediterráneo, en el sentido más literal de la expresión.

Los sistemas denominados de “capitalismo mediterráneo” de países como Portugal, España, Italia o Grecia, no pueden compararse con las “economías coordinadas” del norte de Europa, como Alemania, mucho más organizadas, con un sistema de salarios integrado en el sector privado y una educación y formación profesional organizadas hacia aquél. A ello se suma una mayor capacidad de acuerdos sindicales en materia de salarios y jornadas. Esa mayor organización general interna permite formular estrategias impensables en el Sur y es lo que define la ventaja comparativa de Alemania en la manufactura en su contexto europeo. Alemania tiene una estructura económica particular; industrial, exportadora, con fuertes empresas medianas y pequeñas que son líderes mundiales y también con grandes consorcios multinacionales. Transplantar sus recetas a otros países europeos sin atender a las diferencias estructurales,  es tan absurdo como pretender convertir en España a Andalucía en un País Vasco. Ignorar la diferencia interna de capitalismos y pregonar un modelo del Norte para todos con reformas estructurales ortodoxas, es no comprender lo más básico: la propia realidad y diversidad de Europa. [12]

La actual euro-receta alemana contra la crisis, centrada en la política de austeridad y en la disciplina para imponerla, tampoco parece entender la diferencia existente entre países de una unión monetaria y empresas. Como dice Heiner Flassbeck, ex secretario de Estado alemán de finanzas y actual economista de la UNCTAD, “Alemania no ha entendido que la competición entre naciones en una unión monetaria como la eurozona, es ir contra tus clientes”. De momento el superávit comercial alemán aguanta gracias al incierto crecimiento de la demanda en China y otros lugares, pero la ruina de los socios europeos podría volverse a medio plazo contra ella, pues Alemania exporta la mitad de su producto nacional y el 40% de esa mitad se vende en Europa. [13]  Mientras tanto, su aplicación está siendo desastrosa para los países del sur de Europa y lo será también para la cohesión europea. El caso del “rescate de Grecia” es paradigmático.

La sociedad de ese país se siente, “como en un laberinto con todas las salidas bloqueadas”. Con la aplicación de la receta alemana, los salarios se han recortado entre un 20% y un 25%, la producción ha caído un 11%, la recaudación fiscal un 18% desde el año pasado, 60.000 empresas han cerrado desde verano, los funcionarios sufren impagos durante meses, en los  hospitales, que acusan el recorte del 40% del presupuesto de sanidad en 2010, falta material, y en las escuelas libros. Más del 70% del dinero ahorrado se destina al pago de la deuda, sin embargo la deuda no disminuye, sino que aumenta: era del 120% del PIB en 2010, y es del 170% del PIB en 2012, después de dos años de ajuste. [14]



El “rescate de Grecia” es el seudónimo del gran capítulo europeo del rescate público del sector financiero en el que la austeridad de los pobres, no responsables de la crisis, paga los platos rotos. El grueso de los 199.000 millones del segundo fondo de “rescate a Grecia” (130.000 millones del propio fondo, más 69.000 millones de restos no utilizados del primero e importe de cambio de bonos), se destina a los bancos: 93.000 millones para la quita de los creditores privados, 35.000 millones en garantías de bonos depositados en el BCE,  23.000 millones para recapitalizar a los bancos griegos, 30.000 millones para incentivar el canje de bonos viejos por nuevos y 5500 millones para pagar viejos intereses de deuda.  [15]

La degradación griega, que ahora comienza en España y otros países del Sur, genera a la vez un encarecimiento especulativo del pago de la deuda y un flujo de dinero de dirección inversa al que se produjo en Europa durante los años de la burbuja inmobiliaria. Si entonces el dinero del superávit exportador alimentaba la especulación inmobiliaria con un río de capital de dirección Norte a Sur, ahora es el dinero asustado del sector privado del Sur el que busca refugio en la deuda pública alemana, que se refinancia a intereses de risa gracias a la miseria de sus socios del euro. [16]

Desintegrando la Unión

En los últimos dos años, el discurso alemán sobre esta situación ha consistido en una mezcla de aleccionamiento, la prédica de una Europa virtuosa del Norte a una Europa manirrota del Sur, y de “bravuconería” autoritaria, por utilizar el término empleado por el ex canciller Helmut Schmidt. Políticos y publicistas se han dedicado a sostener una retórica nacionalista muy disolvente, enfocada a la “pereza” e ineficacia del capitalismo mediterráneo y combinada con un lloriqueo constante por la cuantía del desembolso de dinero alemán.

En el primer fondo de “rescate griego”, Alemania aportó 36.000 millones sobre un total de los 130.000 millones aportados por todos los socios del euro. En términos absolutos fue el Estado que más aportó, por la sencilla razón de que Alemania tiene la mayor economía y la mayor población de Europa, pero seis países aportan más que Alemania en una cuenta per cápita y otros diez, incluida España, la superan en la parte del PIB dedicada a ello. El dinero no se regala sino que es un crédito a un interés considerable: en 2010 el rescate griego le reportó a Alemania 198 millones de euros. Pero sólo en Alemania hay una verdadera queja nacional de una opinión pública desinformada sobre esta situación. La clase política alimenta esa queja con su populismo y a la vez es esclava de ella.

Con ese discurso Alemania ha abierto una caja de Pándora muy peligrosa porque divide a Europa y ofende a sus pueblos. Lo hemos visto en Grecia donde se demoniza a Alemania, y se empieza a ver en España. Alemania no es consciente de lo que está sembrando. [17]

En este contexto, es importante enfatizar, contra cualquier nuevo antieuropeismo reactivo, la bondad y conveniencia de la Unión Europea.

Desde el inicio de la crisis la aportación alemana al funcionamiento de la Unión Europea está siendo nefasta: si desde su origen el establishment de funcionarios no electos de Bruselas fue muy poco democrático, la intervención del poder alemán lo ha hecho aun más autocrático en lo que en esencia es una defensa de los desmanes del poder financiero y un rechazo de políticas solidarias. El resultado es doblemente disolvente: un creciente resentimiento contra Alemania en el Sur por una política que conduce a la catástrofe, y un desencanto europeísta en sociedades, como la española, que fueron profundamente europeístas.

Ofrecer a Europa el “ama de casa suaba”, estereotipo pequeñoburgués del alemán ahorrador y tacaño hasta la mezquindad, como ideal de actitud económica a los europeos meridionales, denota una falta de mundo y un espíritu provinciano notable, pero otros conceptos manejados por la canciller, como el de una “democracia adecuada a los mercados” (“Marktkonforme Demokratie”) sugieren un inequívoco propósito antidemocrático.



Merkel evocó por primera vez al ama de casa suaba como modelo en el congreso de la CDU de 2008. La “democracia adecuada a los mercados” se estrenó en una entrevista con la emisora Deutschlandfunk, el uno de septiembre de 2011. Merkel dijo entonces, “vivimos en una democracia parlamentaria y, por tanto la confección del presupuesto es un derecho básico del parlamento, pese a ello vamos a encontrar vías para transformarla de tal manera que pueda concordar con el mercado”. Teniendo en cuenta que el “pacto fiscal” y la “regla de oro”, el tope de gasto elevado a precepto constitucional, ya ilegaliza cualquier política de gasto keynesiana que aspire a dar al Estado un papel financiero activo, el concepto suena a receta para el cambio de régimen, lo que en países intervenidos o con gobernantes no electos de Goldman Sachs impuestos por Berlín y Bruselas, suena bastante real.

Cuando todo eso se hunde, Merkel propone “más Europa”, pero siempre bajo la rigidez de la austeridad y de la disciplina requerida  para hacerla cumplir. La aportación de los conservadores alemanes a una Europa empresarial en la que ya quedaba poco del espíritu de la tradición política francesa (Libertad, Igualdad, Fraternidad), está siendo algo parecido a un intento de afirmar una Europa bismarckiana cuyo lema podría ser “Autoridad, Desigualdad, Austeridad”. Así, los problemas que rodean al despropósito del pacto fiscal alemán se intentan resolver con otro despropósito aún mayor: más Europa en clave alemana. La pregunta es quién quiere vivir en la “democracia acorde con el mercado” (Marktkonforme Demokratie) sugerida por Merkel.

Una ambición errática

Pero, ¿qué quiere Alemania? ¿Cómo se ve Alemania a sí misma en su actual papel? Entre 2010 y 2012 se ha pasado de cierto hartazgo por no poder seguir siendo una especie de “gran Suiza” sin responsabilidades exteriores, incluso con tentaciones euroescépticas y sueños de restablecimiento del Deutsche Mark, socialmente añorado como símbolo de unos tiempos menos injustos y complicados en los que el protagonismo alemán en Europa era principal pero al mismo tiempo discreto y colegiado con Francia, a cierta jactancia, expresada en aquel “Europa habla alemán” pronunciado por el jefe del grupo parlamentario de la CDU, el partido de la canciller Merkel, Volker Kauder, en el congreso de noviembre en Karlsruhe. De las dos actitudes,  la primera carece de futuro, pues el euro es parte central de la estrategia alemana y sin él Alemania perdería gran parte de su actual peso específico. Hay, entonces, que concentrarse en la segunda, ¿busca Alemania una hegemonía europea e incluso superior: volver a afirmarse como Cuarto  Reich económico? Deseos y señales en ese sentido no faltan, pero el propósito es tan ilusorio y miope como el malhumorado “nosotros solos” euroescéptico.

Veinte años después de la reunificación ya es hora de iniciar una política exterior propia que supere los “complejos de inferioridad” que dejó la historia, dice el editor de Die Welt, Thomas Schmid, un intelectual conservador que marca línea. Con Helmut Kohl la línea era, “empaquetar los intereses alemanes de forma consecuente en intereses transatlánticos y sobre todo intereses europeos, de tal forma que el interés nacional resultaba al final irreconocible”, dice. Ahora es el momento de que “la nación más fuerte de Europa” rellene ese vacío. “No queremos hacer sombra a nadie, pero exigimos nuestro lugar  al sol”. Como, “principal accionista de la Unión Europea”, como “su mayor beneficiaria” y sobre todo como “gran centro de poder económico”, Alemania tiene, “la misión de ir al liderazgo”, señala la directora de “Internationale Politik”, revista del principal think tank alemán en materia de política exterior y seguridad, la DGAP, cuyo último número se titula “Yendo al liderazgo” (In führung gehen). Ulrich Speck, uno de los autores de este centro patrocinado por el ministerio de exteriores y los grandes consorcios, propugna un nuevo papel alemán en el “renacimiento de Occidente” cuyo fundamento sería una Unión Europea que Berlín debe, “utilizar como palanca de estrategias alemanas de política exterior”. [19]

“Europa necesita el sentido de estado alemán (Deutscher Staatskunst) para mantener estable el orden europeo en el revuelto siglo XXI”, escribe en un artículo sobre el papel de Alemania en la Unión Europea publicado por la principal revista intelectual alemana, el jurista Christoph Schönberger. [20]  Hegemonía, dice, ya no es un concepto imperialista sino constitucional. El papel alemán en la UE debería ser como el de Atenas en la liga naval ática, como el de Holanda en las provincias unidas, o como el de Prusia en Alemania. Estados Unidos, continúa, está “debilitado por sus guerras” y mira hacia otras partes del mundo. En ese contexto hay que dejarse de complejos; “Alemania es más fuerte que cada uno de sus vecinos, aunque no lo suficiente como para dominarlos a todos”. En esa hegemonía alemana, a Francia le correspondería un papel “como el que caracterizó a la relación de Prusia con Baviera en la Alemania de Bismarck”, en la que el canciller de hierro atraía al campo prusiano a los bávaros, “con determinadas distinciones y acuerdos”. El autor ni siquiera se pregunta si Francia estaría dispuesta a asumir tal papel, ni por las sospechas y tensiones que despertaría un resurgir de la tradicional  “desmesurada voluntad de poder” alemana apuntada por Heleno Saña. [21]

Otros autores son menos ambiciosos y se conforman con primeros pasos: “que Merkel se candidate para presidir el Consejo Europeo”. [22]  Otros, en fin, ya parecen dar por supuesto el ejercicio de la hegemonía por parte de Alemania y reflexionan sobre sus contornos. En una significativa declaración que ilustra esos sueños el embajador Wolfgang Ischinger, organizador de la Conferencia de Seguridad de Munich y “responsable para las relaciones con el gobierno” del consorcio Allianz, un poder fáctico alemán, respondía así a una pregunta acerca de, “ ¿Qué debe aprender de Estados Unidos la Alemania de hoy?”: “el papel de Hegemon buenazo cuya seña de identidad es la solidaridad y la generosidad, y que en ese papel no debe esperar gratitud, sino críticas de los pequeños”. [23]  Ischinger organizó, en la mencionada conferencia, un cónclave militarista con gran representación de la Otan y el complejo militar-industrial transatlántico, un panel de discusión bajo el título “el papel de Alemania en Europa y el papel de Alemania en el Mundo”. Cuando un observador objetó que el titulo correcto debía haber sido, “el papel de Alemania en Europa, y de Europa en el mundo”, el embajador no supo qué contestar.

El “Cuarto Reich” es imposible porque las cuentas no salen. En la posguerra mundial, Estados Unidos representaba la mitad de la riqueza mundial y una incomparable fuerza militar global. Su economía ascendía a 1,3 billones en 1949, cuando las de Francia y Alemania eran de unos 200 millardos la del Reino Unido de 250 millardos y la de Italia de 152. Es decir, Estados Unidos era económicamente mayor que la suma de todos los demás. Hoy la economía alemana asciende a 3,3 billones, un 25% más que Francia, un tercio más que el Reino Unido y sólo representa entre el 20% y el 25% del PNB de la Unión Europea. Su comercio depende de la UE en un 60%. Todo eso alcanza, como máximo, para ser el “mayor accionista” de la UE, papel para el que Alemania necesita a los demás accionistas. Practicar una política que va en contra de los intereses de sus socios es completamente inviable. Lo que las sugerencias y veleidades hegemónicas de Alemania en Europa evocan es miopía: los titubeos y dudas de un país demasiado potente para ser uno más en Europa, pero demasiado débil para pretender repetir un nuevo intento de dominio continental. [24]



El factor ciudadano

Si el Cuarto Reich es imposible, la necesidad de rectificar la actual línea alemana en Europa es imperiosa. Todo indica que es un camino directo al imperio de la Gran Desigualdad en Europa. En la UE ya hay 115 millones de personas en riesgo de pobreza, 23% de la población, según la estadística oficial de los 27. A ellos hay que sumarles otros 100 o 150 millones al borde de esa situación. Mientras tanto en los últimos 15 años los activos de los tres millones de millonarios europeos han crecido más que la suma total de las deudas de los países europeos. Esos capitales podrían resolver de golpe la deuda, “pero la actual aristocracia financiera tiene tan poca intención de ceder sus privilegios como la aristocracia francesa de antes de la revolución de 1789”.  [25]

A favor de un cambio de línea actúan las crecientes protestas sociales y sindicales en el sur de Europa, así como los resultados de las elecciones francesas y griegas con sus programas de revisión y puesta en cuestión del “pacto fiscal” alemán. En contra, el estado de la opinión pública en Alemania y otros países del Norte, recelosa ante soluciones mancomunadas que son vistas como mera socialización de la mala gestión ajena, así como la inflexibilidad y dogmatismo de los tecnócratas. Con honrosas excepciones entre algunos de sus miembros más veteranos, la clase política alemana ha olvidado su propia historia de posguerra, el acuerdo de Londres de 1953 que recortó la deuda alemana un 50% e introdujo una moratoria de cinco años en el pago de intereses para que el país pudiera respirar. Un problema mayor es que la situación socioeconómica alemana (aún) no compromete a sus gobernantes. Merkel confía en ganar las elecciones generales de septiembre de 2013, aunque sea al precio de un gobierno en coalición con los socialdemócratas liderado por ella, como en el periodo 2005-2009, lo que no invita a un cambio de línea. Su oposición, el SPD y los verdes, apenas cuestionan los ejes de su política europea, en parte porque fueron sus mismos líderes (Steinbruck, Steinmeier, Trittin) quienes dieron en 2003 el gran impulso al programa neoliberal en el país con la Agenda 2010 que no tienen la menor intención de revisar.

La pregunta es si hay marcha atrás en Alemania. Reconocer el flagrante error de su línea significa desmontar la leyenda que hoy está en el centro del discurso político nacional. Significa el suicidio político de Merkel. Una marcha atrás sería deseable, pero enfrentaría a Europa con otro escenario inquietante: el de una Alemania humillada. Quien conozca este país sabe que tal escenario no es ninguna broma.

El factor ciudadano, una rebelión civil y sindical coordinada en Europa, o en algunos de sus países, es lo único que puede alterar la gran regresión en curso. Como dice Josep Fontana: “lo que tengamos dentro de cinco años será lo que habremos merecido”. [26]

El consenso acerca de la necesidad de fórmulas keynesianas a corto plazo es amplio, por desgracia no en Alemania, ni en la burocracia de Bruselas, ni, lo que aún es más grave, entre los gobiernos de los propios países en recesión que siguen suscribiendo la política de la soga que les asfixia. Quienes en los países más ricos creen que esa asfixia no les afecta, se equivocan, pues como dice James Galbraith, “la historia muestra que cuando la periferia de una unión económica sufre una caída de tal envergadura, eso tiene consecuencias sociales y económicas para la región central”. [27]

Crecimiento: solución y problema

Llegamos así al punto crucial, el de la salida de la crisis. Reconocer la bondad y necesidad del gasto para generar un crecimiento a corto plazo no significa que se pueda perder de vista el gran contexto de la actual crisis, que no es la situación del euro, ni la crisis financiera, sino algo claramente superior desde todos los puntos de vista.

La invocación al crecimiento para salir del agujero, proteger las conquistas sociales y ponerle coto a la contrarrevolución de la Gran Desigualdad, nos lleva directos al calentamiento global. Alimenta la caldera de la insostenibilidad ambiental, es decir agrava la crisis más genuina y principal, la del cambio global antropogénico.

Aunque la solución de la actual coyuntura de la eurocrisis sea lograr el crecimiento, el problema de nuestra verdadera crisis, también es el crecimiento.

Si el absurdo actual del neoliberalismo es pretender salir de la crisis con las mismas recetas y objetivos que la ocasionaron, la invocación acrítica al crecimiento sin matices participa de la misma contradicción.

La irresponsable y ciega persecución del crecimiento es, al mismo tiempo, la que ha creado las burbujas especulativas y la que ha hecho aumentar las emisiones globales un 40% desde 1990.

La salida estratégica de la crisis consiste en conjugar una doble e inseparable sostenibilidad, financiera y ecológica, en superar la irresponsabilidad desreguladora, de mercados y emisiones, de pagar las deudas económicas y ecológicas. El culto al crecimiento está en el origen de las dos falsas libertades: la especuladora y la emisora crematística.

La austeridad, no como medio para maximizar beneficios e incrementar la desigualdad, sino en un paradigma de cambio hacia energías renovables, con cambio de valores y, por lo menos en los países ricos, un modo de vida más modesto, no sólo es deseable, sino que es fundamental. Sin la austeridad, sin un relativo empobrecimiento de los más ricos globales que disminuya la demanda de recursos naturales y la generación de residuos, no hay salida de la crisis de civilización. Comprender eso determina que nuestro recurso al crecimiento sea muy táctico y muy dirigido al corto plazo, mientras que el objetivo estratégico debe ser más bien lo contrario: el decrecimiento, o como dice Herman E. Daly, una “economía de estado estacionario”.

El estado estacionario de una economía, “es un sistema que permite que se produzca un desarrollo cualitativo, pero no un crecimiento cuantitativo agregado”, explica Daly. “El crecimiento implica introducir una mayor cantidad del mismo tipo de cosas, el desarrollo supone introducir una cantidad igual de algo mejor”, dice. “La economía debe adaptarse a las reglas del estado estacionario: alcanzar un desarrollo cualitativo y frenar el crecimiento cuantitativo agregado”, porque, “el llamado crecimiento económico ya es antieconómico, está fracasando, nos convierte en más pobres y no en mas ricos”, añade.

Naturalmente, se debe distinguir entre Norte y Sur, países pobres y países ricos. En los países pobres el crecimiento del PIB aún sigue permitiendo que aumente el bienestar, siempre que haya una distribución razonable, sostiene Daly. Respecto a los países ricos, “deberían reducir el crecimiento del flujo metabólico para liberar recursos y espacio ecológico para uso de los pobres, a la vez que centrarse en los esfuerzos en el ámbito local para mejorar su desarrollo tecnológico y social, a compartir libremente con los países pobres”.

No hay economía ecológica sin justicia social. El cambio energético es para vivir de otra manera. De una manera más simple, más tranquila y menos frenética. Como dice Tim Jackson, “la prosperidad tiene que ver con la calidad de nuestras vidas y relaciones, con la solidez de nuestras comunidades, y con un sentido de propósito individual y colectivo. La prosperidad tiene que ver con la esperanza. Esperanza para el futuro, esperanza para nuestros hijos, esperanza para nosotros mismos”. [29]

Alemania, como todos, está convocada a la tarea de esa reunificación superior que saque a la humanidad de la prehistoria. Puede aportar mucho. Aunque al día de hoy no  haya más remedio que enfrentarse a su gobierno que lidera el programa de la Gran Desigualdad, en Europa no podemos pasarnos sin Alemania, ni despreciar a esta nación para los complicados retos del siglo que nos esperan.

(*) Contribución a la conferencia sobre Los derechos sociales en tiempos de crisis, organizada por el Gobierno Vasco. Bilbao, mayo 2012



____________________________________

NOTAS

[1]

Datos del PNUD, 2005. El libro de Fontana, Por el bien del Imperio, 2012.

[2]
Rudolf Hickel. Schöpferische Zerstörung. Warum Deutsche Bank & Co. Zerschlagen werden müssen. En: Blätter für Deutsche und Internationale Politik.

 [3]
Norbert Walter, ex economista jefe del Deutsche Bank, en “Is Mercantilism Doomed to Fail”. Intervención en la reunión anual del Institute for New Economic Thinking, INET, celebrada en Berlín el 13 de abril de 2012. La cifra de dos billones de euros como coste de la reunificación, es de Walter. Otras fuentes hablan de un billón de euros, es decir de un 4% del PIB alemán a lo largo de 25 años, desde 1995 hasta 2015.

[4]
OIT, datos entre 2000 y 2009.

[5]
Frankfurter Rundschau, 23/3/2012.

[6]
El Deutsche Bank, primer banco alemán, es objeto al día de hoy de pleitos del gobierno de EE.UU, de la Sociedad Loreley, de la autoridad financiera interior de Estados Unidos, del Fondo de pensiones de los profesores americanos (TIAA) y de la inspección bursátil de Estados Unidos (SEC) por manipulación  y venta fraudulenta de CDO, estafa, estafa hipotecaria, etc. El banco alemán es propietario de más del 10% de las viviendas vacías de Baltimore y otras ciudades de EE.UU.

[7]
Entrevista del autor con el estadístico alemán Gerd Bosbach, en La Vanguardia Digital, 29/5/20111.

[8]
Para el papel de esa institución, así como de la manipulación mediática en Alemania, véase:Albrecht Müller, Meinungsmache. Wie Wirtschaft, Politik und Medien uns das Denken abgewöhnen wollen, 2009.

[9]
The Economist, 22/12/2007

[10]
Véase, entre otros, Die Tageszeitung, 22/2/2012. Die Hartz IV Bilanz.

[11]
Véase Frankfurter Rundschau 1/2/2012, Der Preis des deutschen “Jobwunders” NDR26/1/2012. El tratamiento informativo de esta realidad en España da por buena la propaganda oficial; véase el informe de la agencia EFE del pasado marzo; “Alemania fue el país de la UE que mas nuevos puestos de trabajo creó en la primera mitad de 2011”, sin ni siquiera mencionar que el 75% son precarios o “atípicos”. En enero el ministro español de Economía Luis de Guindos mencionó a Alemania como “el país que no tuvo deterioro de su mercado laboral”.

 [12]
Sobre la diversidad de capitalismos en la eurozona, véase Hall y Soskice, 2001, o Wendy Carlin, 2011. Understanding the Eurozone crisis. También la intervención de Carlin ante la reunión anual del INET en Berlín: The Future of Europe, North & South, Abril 2012.

[13]
Heiner Flassbeck, en Germany and Japan and the Exhaustion of Debtor Countries. INET, reunión de Berlín, 13/4/2012).

[14]
Ver, entre otros Maria Margaronis en The Nation 13/2/2012.

[15]
Financial Times Deutschland, en febrero 2012.

[16]
Alemania ganó 18.000 millones de euros entre principios de 2010 y mediados de 2011, gracias a los bajos intereses de su deuda que la crisis de los otros hace posible. Si la tendencia para los bonos a seis años se mantuviera baja hasta 2015, el país se ahorraría unos 44.000 millones en costes de interés. Estimación del Landesbank Bremen y de Die Welt, 8/11/2011. El Instituto de Economía Mundial de Kiel estima que si los actuales intereses se mantienen en su actual nivel hasta fin de año, Alemania se habrá ahorrado hasta 100.000 millones en los últimos cinco años. Financial Times Deutschland, 14/06/2012.  El dato, dice el diario, “ofrece munición a quienes piden que Alemania se comprometa más en la solución de la crisis del euro”.

[17]
En 2010 le pregunté al Ministro de Exteriores Guido Westerwelle sobre el resentimiento que sembraba en Europa el discurso aleccionador de una Alemania virtuosa cuyos bancos estaban implicados hasta el cuello en las burbujas inmobiliarias. Me miró como si dijera una excentricidad. Ahora su ministerio organiza campañas de imagen invitando a Berlín a periodistas europeos para explicarles los motivos de su política.

[18]
Ver al respecto la crítica del  narcisismo europeo que hace Perry Anderson en, The New Old World, 2009. También su crítica a la “alternativa” regada con salsa exclusivamente alemana que  rodea al Zur Verfassung Europas, del principal filósofo alemán vivo, Jürgen Habermas, 2011.

[19]
Schmid en Internationale Politik, DGAP, Diciembre 2010. En 2008 y durante la campaña electoral de 2009, la canciller Merkel dijo en varias ocasiones que el objetivo era que Alemania saliera de la crisis “con su papel  en el G-20 fortalecido”. Internationale Politik, “In führung gehen”, Mayo/Junio 2012.

[20]
Christoph Schönberger, Hegemon wieder willen. Zur Stellung Deutschlands in der Europäische Union. En Merkur, enero 2012.

[21]
Entrevista con el autor en La Vanguardia digital, 15/2/2011

[22]
Gunter Hofmann en Internationale Politik, DGAP, abril 2012.

[23]
Die Welt, 5/2/2012.

[24]
Ver al respecto la intervención del ministro de exteriores polaco, Radoslaw Sikorski el 3/2/2012 en la Conferencia de seguridad de Munich.

[25]
Peter Schwarz en WSWS, 17/1/2012.

[26]
Una interpretación de la crisis. Conferencia pronunciada en León, marzo de 2012.

[27]
En, Financial Times Deutschland, 15/4/2012.

[28]
Véase, por ejemplo, Bontrup /Marquandt, Chancen und Risiken der Energiewende. Hans-Böckler Stiftung, Marzo 2012.

[29]
En Prosperidad sin crecimiento, 2011. Las consideraciones de Daly en, Una Economía de estado estacionario. Papeles de relaciones ecosociales y cambio social, primavera 2012.




Sonne - Rammstein:




               

martes, 13 de octubre de 2015

El alma acostumbrada


Hay algo peor
Que tener un alma mala
E, incluso, algo peor que volverse un alma mala:
Es tener un alma acostumbrada.
Hay algo peor
Que tener un alma pervertida:
Es tener un alma de todos los días
La costumbre no es solamente una extraña que substituye en nosotros la razón: es una hábil ama de llaves que se establece en casa (...)
De un alma pagana se puede hacer un alma cristiana.
Pero de los que no son nada, ni antiguos, ni modernos, ni escultores ni músicos, ni espirituales ni carnales, ni paganos ni cristianos, de estos – los muertos vivientes- ¿qué podemos decir?
Del alma de la vigilia se puede hacer un alma del día: pero el que no tiene vigilia, 
¿Cómo hacerle un alma del mañana? 
Del alma de la mañana se puede hacer el mediodía y el atardecer.
Pero a estos hombres modernos, que no tienen un alma esta mañana, ¿cómo vamos a prepararles un mediodía y un atardecer?

Charles Peguy


El hombre posmoderno

Juan Manuel de Prada
Resulta admirable que alguien como José Miguel Ortí Bordás, quien llegara a ocupar puestos de altísima responsabilidad durante la llamada Transición, haya tenido el arrojo intelectual de escribir libros como Oligarquía y sumisión o, más recientemente, Desafección, posdemocracia, antipolítica (Ediciones Encuentro), en los que se atreve a denunciar las múltiples lacras que se han ido adueñando de la democracia. La lectura de Desafección, posdemocracia, antipolítica se torna en la presente coyuntura necesaria y dilucidadora por su rigor crítico, su impulso regenerador y su patriotismo.
Especialmente brillante se nos antoja el capítulo en el que Ortí Bordás analiza la emergencia de lo que demoniza «posdemocracia», forma política degenerada que no es sino el fruto predilecto de la ponzoñosa posmodernidad. Todas las enseñanzas de la tradición que la modernidad ya se había ocupado de cuestionar, hostigar y alancear se han desmoronado en la posmodernidad, arrojándonos a una orfandad que sólo podemos combatir con una suerte de frivolidad lúdica. Inmersos en el caos y el desconcierto (pero un caos apacible y un desconcierto amuermado), después de renegar de cualquier guía o autoridad (y convencidos de que cada quisque puede constituirse en autoridad de sí mismo), los hombres posmodernos nos hemos amorrado a los mass media, hemos cedido a los reclamos publicitarios, nos hemos dejado halagar por los entretenimientos más fútiles y nos hemos ensimismado en la contemplación de nuestro propio ombligo, mendigos de una juventud que queremos alargar grotescamente en el quirófano o mediante el cultivo de aficiones patéticas. Y, por supuesto, celebramos como grandes conquistas humanas la fragmentación de las ideas, la cultura entendida como mero consumo de baratijas perecederas, el pluralismo de las subculturas, la sumisión a las modas, la celebración idiotizante de cualquier novedad y la exaltación de la propia voluntad, pues el hombre posmoderno, cual chiquilín emberrinchado, se siente autorizado para hacer cualquier cosa con tal de satisfacer sus caprichos y apetencias.
Entretanto, el mundo se ha empequeñecido y a la vez homogeneizado, gracias a los avances tecnológicos y la conversión de los pueblos en masas alienadas (lo que más finamente se denomina «ciudadanía»): todos aspiramos a las mismas cosas, al mismo estilo de vida, a los mismos placebos que mitiguen nuestro sinsentido vital, con el mayor placer y el mínimo esfuerzo. Cualquier aspaviento ideológico o estético, cualquier moda adventicia se convierte en religión de temporada: hoy es un partido populista constituido con saldos y retales de las tertulietas televisivas más casposas, mañana un escritorcillo sin fuste alguno que escribe una crónica de sus excesos juveniles, pasado mañana tal o cual tendencia metrosexual o hipster, según impongan los gurús, porque ya sólo somos zascandiles arrastrados por corrientes globales.
Así florece la posdemocracia. Ortí Bordás la define como una ficción política, una parodia o caricatura, «una situación política supuesta y nominalmente democrática de la que ha sido extraditado el pueblo»; y también como «la gran coartada de la oligarquía». En esta posdemocracia, los poderes oligárquicos pueden hacer lo que libérrimamente desean sin estar sometidos a más voluntad que la suya propia, sabedores de que los nuevos núcleos representativos que surgen del pueblo reducido a masa alienada son informales y efímeros, narcisistas y de fuerzas que se disipan con la rapidez del champán o del trending topic. El hombre posmoderno se ha convertido en un hombre de vidrio, escrutado y fiscalizado por el poder que, para mayor inri, se siente indefenso y desvalido cuando le falta esa fiscalización. Son las ventajas de tratar citamos a Ortí Bordás con «un individuo enamorado de sí mismo, medularmente materialista, anclado en el presente y sin más horizonte vital que el disfrute del bienestar y el ejercicio de lo que considera sus derechos inalienables e ilimitados». Allá donde las raíces son negadas, donde los vínculos se consideran un estorbo y la sociedad desarticulada y hedonista se configura como una suma de egoísmos irresponsables que rechazan la búsqueda del bien común, la posdemocracia halla su caldo de cultivo óptimo. Porque nada es más fácil para el poder que halagar necios intereses particulares, para domesticación de masas incapaces para cualquier compromiso fuerte y común.
«Es muy probable acaba afirmando Ortí Bordás que la posdemocracia sea una dictadura dulce, o una autocracia con urnas». Recomiendo muy encarecidamente la lectura de Desafección, posdemocracia, antipolítica.

 Libertad y principios
Juan Manuel de Prada
Chesterton nos alertaba contra los «amigos de la libertad», que suelen ser gentes a las que gusta tanto la libertad del prójimo... que quieren quedarse con ella para siempre. Desde que Chesterton hiciera esta observación ha transcurrido casi un siglo; y entretanto estos amigos de la libertad no han hecho sino envalentonarse. Y se enfadan mucho si no les entregas tu libertad para que hagan con ella lo que les venga en gana (que suele ser humillarla, envilecerla y violarla hasta dejarla irreconocible); y te llaman (les encanta repetir como loritos esta palabra) liberticida.  
Estos grandes amigos de la libertad se emplean con denuedo y espumarajos en muy diversos campos; pero, sin duda, uno de sus predilectos es el comercial, pues les preocupa muchísimo que su defensa de la economía libre (como el sol cuando amanece) cristalice en un comercio también libre (como el ave que escapó de su prisión y puede al fin volar), con horarios libres (como el viento que recoge mi lamento y mi pesar), para que el cliente sepa lo que es, al fin, la libertad. Naturalmente, estos grandes amigos de la libertad son en realidad lacayos al servicio del capitalismo globalizado, cuyo fin es rapiñar la riqueza de las naciones, azuzando hábitos consumistas dementes que las economías locales no puedan satisfacer; y, para conseguir más plenamente tal fin, necesitan destruirlas. Pero todo aquel que ose mostrarse reticente o desconfiado ante los postulados de estos amigos tan tremendos de la libertad se convierte de inmediato en un liberticida de la peor calaña; y, por supuesto, en un sospechoso de comunismo, populismo y no se cuántos 'ismos' más, al que de inmediato los amigos de la libertad hacen diana de sus gargarismos, que son su 'ismo' favorito.
¡Ay, si uno osa pronunciarse contra un tratado comercial que se está negociando de matute, contra un emporio de casinos que promete «crear mucha riqueza» o contra los horarios comerciales sin regulación! De inmediato estos grandes amigos de la libertad caen sobre uno como bandada de buitres: si gastas coleta y te gusta Bukowski, dirán que eres un perroflauta inmundo; si te mantienes fiel al peinado de la Primera Comunión y te gusta Chesterton, dirán que eres un carca inmundo; y, en uno y otro caso, un rancio liberticida que anhela devolver el mundo a una época preindustrial, o incluso al Concilio de Trento (a mí, misteriosamente, siempre me lanzan el Concilio de Trento a la cabeza, cuando yo siempre he sido más de Nicea). A veces, esta amistad tan furibunda que profesan a la libertad los lleva a comerse sus propias palabras: pues resulta que el tratado finalmente no se firma, porque in extremis se descubre que contenía cláusulas leoninas que se limpiaban el culo con la dignidad nacional; o el emporio de casinos no se construye, porque in extremis se descubre que su promotor pretendía que su putiferio no tributase; o los horarios no pueden ser tan libres como los amigos de la libertad reclamaban, porque los puñeteros trabajadores resulta que necesitan dormir, los muy flojos. Pero los amigos de la libertad, lejos de arredrarse, se encrespan todavía más; y su defensa acérrima del capitalismo globalizado que lo mismo vende rascacielos a los chinos que arrasa tiendecitas familiares y las sustituye por apestosas franquicias yanquis se vuelve más exaltada. Por el camino, quedan tirados en las cunetas, como cadáveres de leprosos, miles de comerciantes cuyos negocios se vuelven insostenibles, miles de trabajadores deslomados que tienen que trabajar a horas intempestivas por sueldos ínfimos, miles de agricultores y ganaderos condenados a la ruina a los que se exige vender sus productos a precios ignominiosos, para pitanza de intermediarios y grandes corporaciones transnacionales. Pero, mientras bracean entre la carroña y la pestilencia causadas por tan ingente mortandad, los amigos de la libertad siguen entonando risueños sus loas a la creación de riqueza y siguen lanzando iracundos sus filípicas contra esos liberticidas inmundos que quieren condenarnos a la miseria.
Y, tristemente, hay mucha gente sin alma, sin caridad, sin patriotismo, sin sentido común, sin dos dedos de frente, que los jalea. Y todo porque, en un alarde de libertad, pueden ir de compras los domingos, en lugar de ir a misa, que era lo que hacían los rancios de sus abuelos, que ya ni siquiera recuerdan si eran carcas o perroflautas. Sólo recuerdan mientras se zampan en el mall unas estoposas patatas fritas congeladas que aquellos abuelos tan carcas o perroflautas organizaban los domingos, después de misa, unas comidas suculentas para toda la familia. ¡Reliquias de un pasado sin libertad, felizmente superado!

 Oligarquía intelectual
 Juan Manuel de Prada
Cualquier persona no demasiado atufada de propaganda que siga el discurso de los llamados 'intelectuales' habrá descubierto, bajo el postureo rebelde y el aspaviento de independencia, una unánime sumisión a la morralla ideológica sistémica, desde la exaltación de los derechos de bragueta hasta la denigración de la religión católica (compatible, por supuesto, con el aplauso de toda forma de catolicismo ful y pachanguero), con parada y fonda en el parque temático del antifranquismo, que en España es el salvoconducto del 'intelectual' fetén (y que exige, por ejemplo, que toda película, novela o 'producto cultural' autóctono, aunque se ambiente en el planeta Marte, incluya una ridícula y extemporánea proclama antifranquista). Cualquier persona no demasiado atufada por la propaganda se dará pronto cuenta de que tal unanimidad (que los 'intelectuales' disfrazan adscribiéndose a los negociados de derecha e izquierda y discrepando en cuestiones menores) obedece a una razón muy profunda que no es estrictamente alimenticia, aunque sea propia de estómagos agradecidos.
Leo un artículo del profesor John Rao en la revista 'Verbo' que explica a la perfección el modus operandi de esta 'oligarquía intelectual', lacaya en último término de la oligarquía plutocrática, que como todo el mundo sabe es la que gobierna el mundo, sustituyendo la búsqueda del bien común por la satisfacción de su interés particular, que es el afán de lucro; pero tal interés particular es tan descarado y tan corto de miras que la plutocracia necesita disimularlo con una 'tapadera' intelectual. De este modo, la oligarquía plutocrática puede alegar que, en realidad, quienes influyen sobre las masas no son ellos, sino los «mercaderes de la palabra» la acuñación, muy afortunada, es del profesor Rao, que ejercen su seducción incluso entre quienes, por disposición natural, procedencia social o convicciones, profesan animadversión a la plutocracia. Esta 'oligarquía intelectual' que sirve de 'tapadera' a los desmanes de la oligarquía plutocrática es, además, extraordinariamente eficaz, porque está compuesta por dos facciones distintas los consabidos negociados de izquierdas y derechas que, a la vez que fingen una disputa enconada y sin cuartel, mantienen a las masas entretenidas con golosinas diversas (de la liberación sexual a la memoria histórica, por poner dos ejemplos en apariencia disímiles) que les hagan olvidar que están siendo saqueados, tanto material como espiritualmente.
No es cierto, como a veces se pretende, que los proveedores de esta 'tapadera' intelectual pertenezcan exclusivamente al negociado de izquierdas. Un 'intelectual' de derechas puede alcanzar el mismo predicamento y los mismos honores (¡hasta el Premio Nobel, incluso!), siempre que acepte su papel de 'tapadera' de la plutocracia. Naturalmente, el 'intelectual' de derechas deberá defender, por ejemplo, el libre mercado con más ardor que el 'intelectual' de izquierdas, dejando que este defienda con más brío, pongamos por caso, el aborto, para mantener la ilusión de la discrepancia; pero ambos podrán ser igualmente entusiastas en su profesión de fe europeísta y en su antifranquismo sobrevenido y sobreactuado. El auténtico enemigo de esta oligarquía intelectual, según nos explica Rao, será el «buscador del logos»; es decir, quien se atreva a denunciar que las argucias ideológicas de la oligarquía intelectual son, en última instancia, coartadas que garantizan la seguridad de la oligarquía plutocrática.
Y para combatir a estos impertinentes «buscadores del logos», las oligarquías disponen de un instrumento eficacísimo que, a la vez que los desactiva, permite que las contradicciones de la alianza plutocrático-intelectual no lleguen nunca a provocar su ruptura, pues la amenaza de un enemigo común las mantiene unidas. Tal instrumento es la fantasía del pluralismo, en la que los buscadores del logos tienen presuntamente tantas posibilidades como cualquier otro para argumentar; pero donde, en realidad, el enjambre de opiniones sistémicas (que siempre cuentan con los mejores altavoces) acaba condenando a la irrelevancia a la voz auténticamente discrepante. Este pluralismo, además, favorece el desgaste de las masas en una guerra ruinosa de todos contra todos (lo que nosotros hemos denominado 'demogresca') que, jaleada por la oligarquía intelectual, permitirá a la oligarquía plutocrática dedicarse a lo que en verdad le interesa, que es el lucro, mientras las masas apacentadas por los intelectuales sistémicos reclaman un chute de derechos de bragueta, o un colocón de memoria histórica, o cualquier otra ración de droga que las distraiga y apacigüe.

 Si yo hubiera gastado en leer tanto tiempo como otros sabios, sería tan ignorante como ellos. (Thomas Hobbes)

Microfilosofía. Jesús Alejandro Villa Giraldo
Antes de  intentar una reflexión sobre la tipología de lectura y escritura que plantea Nietzsche  en “Del leer y  escribir”, veamos un poco  algunos elementos que se presentan en el mismo discurso y sobre los cuales se posibilita la propuesta de lectura y escritura Nietzscheana.

Nietzsche encuentra que el espíritu, a lo largo de la historia,  ha tenido tres fases: “En otro tiempo el espíritu era dios.  Luego  se hizo  hombre, y ahora se convierte incluso en plebe”.  La tercera  de estas fases: cuando el espíritu se hace plebe, es  en especial interesante para una reflexión sobre la tipología de escritura que propone Nietzsche en este discurso, ya que es en medio de esa fase histórica del espíritu  donde Nietzsche escribe y donde encuentra a su tipo contrario de escritor.

En esta fase, del nihilismo pasivo, la voluntad está paralizada,  a diferencia de las dos anteriores  cuando dios y la razón llenaban de sentido la existencia (la justificaban).  No hay ningún referente que jalone   la voluntad humana; la cultura se ha convertido en algo trivial y  la creación en algo imposible, llegándose a laosumo a una escritura de tipo periodístico
En el discurso del leer y el escribir se pueden distinguir dos momentos  del desarrollo de la propuesta Nietzscheana de lectura y escritura:  un momento negativo y un momento  propositivo.  En el negativo se incluye el diagnóstico de la escritura de su época y lo que es más importante, la muerte de la metafísica como aquello que posibilita la fase propositiva.

La metafísica occidental, desde Platón hasta los contemporáneos de Nietzsche, vía idealismo,  ha paralizado la potencia creadora de la voluntad (y en ello entiéndase también de la naturaleza). El optimismo teórico occidental de pretender ordenarlo y explicarlo todo según categorías y conceptos de una pretendida validez universal, es, para Nietzsche, la característica por excelencia de un tipo de cultura que él llama socrática-alejandrina

La muerte de la metafísica posibilita, en el discurso nietzscheano, el resurgimiento de la cultura trágica  hacia la cual se dirige el momento propositivo del discurso del leer y  escribir.

En el apartado veinte de “El nacimiento de la tragedia”  la invitación de Nietzsche es clara: “si, amigos míos, creed conmigo en la vida dionisaca y el renacimiento de la tragedia. El tiempo del hombre socrático ha pasado: coronaos de hiedra, tomad en la mano el tirso y no os maravilléis si el tigre y la pantera se tienden acariciadores a nuestras rodillas. ¡Vosotros acompañareis al cortejo dionisiaco desde India hasta Grecia!, ¡armaos para un duro combate, pero creed en los milagros de nuestro dios¡”

Una vez muerta la metafísica se abre un nuevo plano de interpretación en el cual nada está ordenado de antemano. Ya no es misión del pensamiento  encontrar ese orden que desde una visión metafísica llena de sentido los fenómenos, sino,  dejando de lado cualquier jerarquización noumeno-fenómeno que le atribuya a lo noumeno la característica de un orden trascendente, penetrar en lo inmanente del fenómeno  que se ha constituido  en el  nuevo plano de interpretación y de acción para el pensamiento.

La acción del pensamiento en este plano de inmanencia, para Nietzsche no puede ser otra que una labor estética de creación de perspectivas de interpretación.

La tipología de lectura y escritura que propone Nietzsche, es entonces también una labor estética; en ambas, lectura y escritura, se está siempre interpretando y  creando sentidos y no solo leyendo el orden ya dado  que se halla al fondo de cualquier propuesta metafísica.

 El sentido del plano inmanente y de sus fenómenos es inmediato y se encuentra en la propia inmanencia;  es, en palabras de Nietzsche “el sentido de la tierra”  y este es lo único que puede desparalizar la voluntad y posibilitar el pensamiento
I Bet You Look Good On the Dance Floor - Arctic Monkeys: