martes, 13 de octubre de 2015

El alma acostumbrada


Hay algo peor
Que tener un alma mala
E, incluso, algo peor que volverse un alma mala:
Es tener un alma acostumbrada.
Hay algo peor
Que tener un alma pervertida:
Es tener un alma de todos los días
La costumbre no es solamente una extraña que substituye en nosotros la razón: es una hábil ama de llaves que se establece en casa (...)
De un alma pagana se puede hacer un alma cristiana.
Pero de los que no son nada, ni antiguos, ni modernos, ni escultores ni músicos, ni espirituales ni carnales, ni paganos ni cristianos, de estos – los muertos vivientes- ¿qué podemos decir?
Del alma de la vigilia se puede hacer un alma del día: pero el que no tiene vigilia, 
¿Cómo hacerle un alma del mañana? 
Del alma de la mañana se puede hacer el mediodía y el atardecer.
Pero a estos hombres modernos, que no tienen un alma esta mañana, ¿cómo vamos a prepararles un mediodía y un atardecer?

Charles Peguy


El hombre posmoderno

Juan Manuel de Prada
Resulta admirable que alguien como José Miguel Ortí Bordás, quien llegara a ocupar puestos de altísima responsabilidad durante la llamada Transición, haya tenido el arrojo intelectual de escribir libros como Oligarquía y sumisión o, más recientemente, Desafección, posdemocracia, antipolítica (Ediciones Encuentro), en los que se atreve a denunciar las múltiples lacras que se han ido adueñando de la democracia. La lectura de Desafección, posdemocracia, antipolítica se torna en la presente coyuntura necesaria y dilucidadora por su rigor crítico, su impulso regenerador y su patriotismo.
Especialmente brillante se nos antoja el capítulo en el que Ortí Bordás analiza la emergencia de lo que demoniza «posdemocracia», forma política degenerada que no es sino el fruto predilecto de la ponzoñosa posmodernidad. Todas las enseñanzas de la tradición que la modernidad ya se había ocupado de cuestionar, hostigar y alancear se han desmoronado en la posmodernidad, arrojándonos a una orfandad que sólo podemos combatir con una suerte de frivolidad lúdica. Inmersos en el caos y el desconcierto (pero un caos apacible y un desconcierto amuermado), después de renegar de cualquier guía o autoridad (y convencidos de que cada quisque puede constituirse en autoridad de sí mismo), los hombres posmodernos nos hemos amorrado a los mass media, hemos cedido a los reclamos publicitarios, nos hemos dejado halagar por los entretenimientos más fútiles y nos hemos ensimismado en la contemplación de nuestro propio ombligo, mendigos de una juventud que queremos alargar grotescamente en el quirófano o mediante el cultivo de aficiones patéticas. Y, por supuesto, celebramos como grandes conquistas humanas la fragmentación de las ideas, la cultura entendida como mero consumo de baratijas perecederas, el pluralismo de las subculturas, la sumisión a las modas, la celebración idiotizante de cualquier novedad y la exaltación de la propia voluntad, pues el hombre posmoderno, cual chiquilín emberrinchado, se siente autorizado para hacer cualquier cosa con tal de satisfacer sus caprichos y apetencias.
Entretanto, el mundo se ha empequeñecido y a la vez homogeneizado, gracias a los avances tecnológicos y la conversión de los pueblos en masas alienadas (lo que más finamente se denomina «ciudadanía»): todos aspiramos a las mismas cosas, al mismo estilo de vida, a los mismos placebos que mitiguen nuestro sinsentido vital, con el mayor placer y el mínimo esfuerzo. Cualquier aspaviento ideológico o estético, cualquier moda adventicia se convierte en religión de temporada: hoy es un partido populista constituido con saldos y retales de las tertulietas televisivas más casposas, mañana un escritorcillo sin fuste alguno que escribe una crónica de sus excesos juveniles, pasado mañana tal o cual tendencia metrosexual o hipster, según impongan los gurús, porque ya sólo somos zascandiles arrastrados por corrientes globales.
Así florece la posdemocracia. Ortí Bordás la define como una ficción política, una parodia o caricatura, «una situación política supuesta y nominalmente democrática de la que ha sido extraditado el pueblo»; y también como «la gran coartada de la oligarquía». En esta posdemocracia, los poderes oligárquicos pueden hacer lo que libérrimamente desean sin estar sometidos a más voluntad que la suya propia, sabedores de que los nuevos núcleos representativos que surgen del pueblo reducido a masa alienada son informales y efímeros, narcisistas y de fuerzas que se disipan con la rapidez del champán o del trending topic. El hombre posmoderno se ha convertido en un hombre de vidrio, escrutado y fiscalizado por el poder que, para mayor inri, se siente indefenso y desvalido cuando le falta esa fiscalización. Son las ventajas de tratar citamos a Ortí Bordás con «un individuo enamorado de sí mismo, medularmente materialista, anclado en el presente y sin más horizonte vital que el disfrute del bienestar y el ejercicio de lo que considera sus derechos inalienables e ilimitados». Allá donde las raíces son negadas, donde los vínculos se consideran un estorbo y la sociedad desarticulada y hedonista se configura como una suma de egoísmos irresponsables que rechazan la búsqueda del bien común, la posdemocracia halla su caldo de cultivo óptimo. Porque nada es más fácil para el poder que halagar necios intereses particulares, para domesticación de masas incapaces para cualquier compromiso fuerte y común.
«Es muy probable acaba afirmando Ortí Bordás que la posdemocracia sea una dictadura dulce, o una autocracia con urnas». Recomiendo muy encarecidamente la lectura de Desafección, posdemocracia, antipolítica.

 Libertad y principios
Juan Manuel de Prada
Chesterton nos alertaba contra los «amigos de la libertad», que suelen ser gentes a las que gusta tanto la libertad del prójimo... que quieren quedarse con ella para siempre. Desde que Chesterton hiciera esta observación ha transcurrido casi un siglo; y entretanto estos amigos de la libertad no han hecho sino envalentonarse. Y se enfadan mucho si no les entregas tu libertad para que hagan con ella lo que les venga en gana (que suele ser humillarla, envilecerla y violarla hasta dejarla irreconocible); y te llaman (les encanta repetir como loritos esta palabra) liberticida.  
Estos grandes amigos de la libertad se emplean con denuedo y espumarajos en muy diversos campos; pero, sin duda, uno de sus predilectos es el comercial, pues les preocupa muchísimo que su defensa de la economía libre (como el sol cuando amanece) cristalice en un comercio también libre (como el ave que escapó de su prisión y puede al fin volar), con horarios libres (como el viento que recoge mi lamento y mi pesar), para que el cliente sepa lo que es, al fin, la libertad. Naturalmente, estos grandes amigos de la libertad son en realidad lacayos al servicio del capitalismo globalizado, cuyo fin es rapiñar la riqueza de las naciones, azuzando hábitos consumistas dementes que las economías locales no puedan satisfacer; y, para conseguir más plenamente tal fin, necesitan destruirlas. Pero todo aquel que ose mostrarse reticente o desconfiado ante los postulados de estos amigos tan tremendos de la libertad se convierte de inmediato en un liberticida de la peor calaña; y, por supuesto, en un sospechoso de comunismo, populismo y no se cuántos 'ismos' más, al que de inmediato los amigos de la libertad hacen diana de sus gargarismos, que son su 'ismo' favorito.
¡Ay, si uno osa pronunciarse contra un tratado comercial que se está negociando de matute, contra un emporio de casinos que promete «crear mucha riqueza» o contra los horarios comerciales sin regulación! De inmediato estos grandes amigos de la libertad caen sobre uno como bandada de buitres: si gastas coleta y te gusta Bukowski, dirán que eres un perroflauta inmundo; si te mantienes fiel al peinado de la Primera Comunión y te gusta Chesterton, dirán que eres un carca inmundo; y, en uno y otro caso, un rancio liberticida que anhela devolver el mundo a una época preindustrial, o incluso al Concilio de Trento (a mí, misteriosamente, siempre me lanzan el Concilio de Trento a la cabeza, cuando yo siempre he sido más de Nicea). A veces, esta amistad tan furibunda que profesan a la libertad los lleva a comerse sus propias palabras: pues resulta que el tratado finalmente no se firma, porque in extremis se descubre que contenía cláusulas leoninas que se limpiaban el culo con la dignidad nacional; o el emporio de casinos no se construye, porque in extremis se descubre que su promotor pretendía que su putiferio no tributase; o los horarios no pueden ser tan libres como los amigos de la libertad reclamaban, porque los puñeteros trabajadores resulta que necesitan dormir, los muy flojos. Pero los amigos de la libertad, lejos de arredrarse, se encrespan todavía más; y su defensa acérrima del capitalismo globalizado que lo mismo vende rascacielos a los chinos que arrasa tiendecitas familiares y las sustituye por apestosas franquicias yanquis se vuelve más exaltada. Por el camino, quedan tirados en las cunetas, como cadáveres de leprosos, miles de comerciantes cuyos negocios se vuelven insostenibles, miles de trabajadores deslomados que tienen que trabajar a horas intempestivas por sueldos ínfimos, miles de agricultores y ganaderos condenados a la ruina a los que se exige vender sus productos a precios ignominiosos, para pitanza de intermediarios y grandes corporaciones transnacionales. Pero, mientras bracean entre la carroña y la pestilencia causadas por tan ingente mortandad, los amigos de la libertad siguen entonando risueños sus loas a la creación de riqueza y siguen lanzando iracundos sus filípicas contra esos liberticidas inmundos que quieren condenarnos a la miseria.
Y, tristemente, hay mucha gente sin alma, sin caridad, sin patriotismo, sin sentido común, sin dos dedos de frente, que los jalea. Y todo porque, en un alarde de libertad, pueden ir de compras los domingos, en lugar de ir a misa, que era lo que hacían los rancios de sus abuelos, que ya ni siquiera recuerdan si eran carcas o perroflautas. Sólo recuerdan mientras se zampan en el mall unas estoposas patatas fritas congeladas que aquellos abuelos tan carcas o perroflautas organizaban los domingos, después de misa, unas comidas suculentas para toda la familia. ¡Reliquias de un pasado sin libertad, felizmente superado!

 Oligarquía intelectual
 Juan Manuel de Prada
Cualquier persona no demasiado atufada de propaganda que siga el discurso de los llamados 'intelectuales' habrá descubierto, bajo el postureo rebelde y el aspaviento de independencia, una unánime sumisión a la morralla ideológica sistémica, desde la exaltación de los derechos de bragueta hasta la denigración de la religión católica (compatible, por supuesto, con el aplauso de toda forma de catolicismo ful y pachanguero), con parada y fonda en el parque temático del antifranquismo, que en España es el salvoconducto del 'intelectual' fetén (y que exige, por ejemplo, que toda película, novela o 'producto cultural' autóctono, aunque se ambiente en el planeta Marte, incluya una ridícula y extemporánea proclama antifranquista). Cualquier persona no demasiado atufada por la propaganda se dará pronto cuenta de que tal unanimidad (que los 'intelectuales' disfrazan adscribiéndose a los negociados de derecha e izquierda y discrepando en cuestiones menores) obedece a una razón muy profunda que no es estrictamente alimenticia, aunque sea propia de estómagos agradecidos.
Leo un artículo del profesor John Rao en la revista 'Verbo' que explica a la perfección el modus operandi de esta 'oligarquía intelectual', lacaya en último término de la oligarquía plutocrática, que como todo el mundo sabe es la que gobierna el mundo, sustituyendo la búsqueda del bien común por la satisfacción de su interés particular, que es el afán de lucro; pero tal interés particular es tan descarado y tan corto de miras que la plutocracia necesita disimularlo con una 'tapadera' intelectual. De este modo, la oligarquía plutocrática puede alegar que, en realidad, quienes influyen sobre las masas no son ellos, sino los «mercaderes de la palabra» la acuñación, muy afortunada, es del profesor Rao, que ejercen su seducción incluso entre quienes, por disposición natural, procedencia social o convicciones, profesan animadversión a la plutocracia. Esta 'oligarquía intelectual' que sirve de 'tapadera' a los desmanes de la oligarquía plutocrática es, además, extraordinariamente eficaz, porque está compuesta por dos facciones distintas los consabidos negociados de izquierdas y derechas que, a la vez que fingen una disputa enconada y sin cuartel, mantienen a las masas entretenidas con golosinas diversas (de la liberación sexual a la memoria histórica, por poner dos ejemplos en apariencia disímiles) que les hagan olvidar que están siendo saqueados, tanto material como espiritualmente.
No es cierto, como a veces se pretende, que los proveedores de esta 'tapadera' intelectual pertenezcan exclusivamente al negociado de izquierdas. Un 'intelectual' de derechas puede alcanzar el mismo predicamento y los mismos honores (¡hasta el Premio Nobel, incluso!), siempre que acepte su papel de 'tapadera' de la plutocracia. Naturalmente, el 'intelectual' de derechas deberá defender, por ejemplo, el libre mercado con más ardor que el 'intelectual' de izquierdas, dejando que este defienda con más brío, pongamos por caso, el aborto, para mantener la ilusión de la discrepancia; pero ambos podrán ser igualmente entusiastas en su profesión de fe europeísta y en su antifranquismo sobrevenido y sobreactuado. El auténtico enemigo de esta oligarquía intelectual, según nos explica Rao, será el «buscador del logos»; es decir, quien se atreva a denunciar que las argucias ideológicas de la oligarquía intelectual son, en última instancia, coartadas que garantizan la seguridad de la oligarquía plutocrática.
Y para combatir a estos impertinentes «buscadores del logos», las oligarquías disponen de un instrumento eficacísimo que, a la vez que los desactiva, permite que las contradicciones de la alianza plutocrático-intelectual no lleguen nunca a provocar su ruptura, pues la amenaza de un enemigo común las mantiene unidas. Tal instrumento es la fantasía del pluralismo, en la que los buscadores del logos tienen presuntamente tantas posibilidades como cualquier otro para argumentar; pero donde, en realidad, el enjambre de opiniones sistémicas (que siempre cuentan con los mejores altavoces) acaba condenando a la irrelevancia a la voz auténticamente discrepante. Este pluralismo, además, favorece el desgaste de las masas en una guerra ruinosa de todos contra todos (lo que nosotros hemos denominado 'demogresca') que, jaleada por la oligarquía intelectual, permitirá a la oligarquía plutocrática dedicarse a lo que en verdad le interesa, que es el lucro, mientras las masas apacentadas por los intelectuales sistémicos reclaman un chute de derechos de bragueta, o un colocón de memoria histórica, o cualquier otra ración de droga que las distraiga y apacigüe.

 Si yo hubiera gastado en leer tanto tiempo como otros sabios, sería tan ignorante como ellos. (Thomas Hobbes)

Microfilosofía. Jesús Alejandro Villa Giraldo
Antes de  intentar una reflexión sobre la tipología de lectura y escritura que plantea Nietzsche  en “Del leer y  escribir”, veamos un poco  algunos elementos que se presentan en el mismo discurso y sobre los cuales se posibilita la propuesta de lectura y escritura Nietzscheana.

Nietzsche encuentra que el espíritu, a lo largo de la historia,  ha tenido tres fases: “En otro tiempo el espíritu era dios.  Luego  se hizo  hombre, y ahora se convierte incluso en plebe”.  La tercera  de estas fases: cuando el espíritu se hace plebe, es  en especial interesante para una reflexión sobre la tipología de escritura que propone Nietzsche en este discurso, ya que es en medio de esa fase histórica del espíritu  donde Nietzsche escribe y donde encuentra a su tipo contrario de escritor.

En esta fase, del nihilismo pasivo, la voluntad está paralizada,  a diferencia de las dos anteriores  cuando dios y la razón llenaban de sentido la existencia (la justificaban).  No hay ningún referente que jalone   la voluntad humana; la cultura se ha convertido en algo trivial y  la creación en algo imposible, llegándose a laosumo a una escritura de tipo periodístico
En el discurso del leer y el escribir se pueden distinguir dos momentos  del desarrollo de la propuesta Nietzscheana de lectura y escritura:  un momento negativo y un momento  propositivo.  En el negativo se incluye el diagnóstico de la escritura de su época y lo que es más importante, la muerte de la metafísica como aquello que posibilita la fase propositiva.

La metafísica occidental, desde Platón hasta los contemporáneos de Nietzsche, vía idealismo,  ha paralizado la potencia creadora de la voluntad (y en ello entiéndase también de la naturaleza). El optimismo teórico occidental de pretender ordenarlo y explicarlo todo según categorías y conceptos de una pretendida validez universal, es, para Nietzsche, la característica por excelencia de un tipo de cultura que él llama socrática-alejandrina

La muerte de la metafísica posibilita, en el discurso nietzscheano, el resurgimiento de la cultura trágica  hacia la cual se dirige el momento propositivo del discurso del leer y  escribir.

En el apartado veinte de “El nacimiento de la tragedia”  la invitación de Nietzsche es clara: “si, amigos míos, creed conmigo en la vida dionisaca y el renacimiento de la tragedia. El tiempo del hombre socrático ha pasado: coronaos de hiedra, tomad en la mano el tirso y no os maravilléis si el tigre y la pantera se tienden acariciadores a nuestras rodillas. ¡Vosotros acompañareis al cortejo dionisiaco desde India hasta Grecia!, ¡armaos para un duro combate, pero creed en los milagros de nuestro dios¡”

Una vez muerta la metafísica se abre un nuevo plano de interpretación en el cual nada está ordenado de antemano. Ya no es misión del pensamiento  encontrar ese orden que desde una visión metafísica llena de sentido los fenómenos, sino,  dejando de lado cualquier jerarquización noumeno-fenómeno que le atribuya a lo noumeno la característica de un orden trascendente, penetrar en lo inmanente del fenómeno  que se ha constituido  en el  nuevo plano de interpretación y de acción para el pensamiento.

La acción del pensamiento en este plano de inmanencia, para Nietzsche no puede ser otra que una labor estética de creación de perspectivas de interpretación.

La tipología de lectura y escritura que propone Nietzsche, es entonces también una labor estética; en ambas, lectura y escritura, se está siempre interpretando y  creando sentidos y no solo leyendo el orden ya dado  que se halla al fondo de cualquier propuesta metafísica.

 El sentido del plano inmanente y de sus fenómenos es inmediato y se encuentra en la propia inmanencia;  es, en palabras de Nietzsche “el sentido de la tierra”  y este es lo único que puede desparalizar la voluntad y posibilitar el pensamiento
I Bet You Look Good On the Dance Floor - Arctic Monkeys:
 

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