miércoles, 6 de enero de 2016

Patriotismo español desde la izquierda y socialfascismo

El patriotismo español desde la izquierda

La posibilidad de reivindicar un nacionalismo español de izquierdas, o en otras palabras, el poder gritar sin el menor atisbo de vergüenza un fuerte “Viva España” desde la izquierda, ha constituido un tabú para los sectores progresistas de nuestro país desde hace más de medio siglo. Ello se ha debido por un lado a que la derecha ha hegemonizado todos los símbolos nacionales (himno, bandera, jefatura del Estado, significado de la idea de España) desde el final de la guerra civil española, pero por otro (y ahí es donde tenemos una gran responsabilidad nosotros mismos) a la cobardía de la izquierda al situarse en un cómodo postmodernismo inocuo, apátrida e internacionalista. Por supuesto que el internacionalismo en sí es una idea muy noble y hermosa, pero en términos individuales y culturales, en lo que respecta por ejemplo a la defensa del cosmpolitismo y del humanismo. Sin embargo, cuando nos adentramos en el terreno del juego político, a la hora de articular mayorías populares se necesita siempre reivindicar una patria o nación, ya que hoy por hoy (y no parece que vaya a cambiar la cosa a corto y medio plazo) la soberanía popular reside lo queramos o no en los Estados-Nación. Por ello, desde la izquierda debemos ser audaces, actuar con valentía e intentar volver a recuperar ese poderoso concepto que la derecha nos ha arrebatado: nuestra patria.



En la primera parte de mi libro “Cómo gritar Viva España desde la izquierda” empleo la metáfora de Marte y Venus para explicar las dos facetas del poder (la violencia y la seducción), y podríamos decir siguiendo esta imagen mitológica, que si bien la derecha tiene la culpa de la desnacionalización de la izquierda en lo que respecta a Marte, puesto que nos ganó una guerra civil y nos impuso su orden político por la fuerza de las armas, la propia izquierda tiene la culpa en cambio con respecto a Venus, ya que lleva décadas renunciando a participar en la batalla ideológica que disputa la idea de nación. Además, debemos recordar que fue precisamente la izquierda la que inventó el concepto moderno de nación con los jacobinos, y ya más recientemente, podríamos mencionar a la revolución cubana, a los movimientos de liberación nacional o al socialismo latinoamericano del siglo XXI, todos ellos basados en fuertes nacionalismos patrióticos también.

Igualmente, en esa primera parte del libro utilizo otra metáfora complementaria a la de Marte y Venus, que es la de la espada del samurái, una imagen que viene muy bien para ejemplificar la situación que vive la izquierda española con respecto a la nación. En el Japón feudal, se consideraba que la espada de un samurái era equivalente a su propia alma, y de hecho este axioma supone una de las bases principales del ”Bushido” o camino del guerrero, ya que sin su espada, el samurái perdía toda su energía espiritual y el mismo sentido de su existencia. Pues bien, podríamos decir que la izquierda española sin nación es como el samurái sin espada. Una izquierda que ha perdido su arma más poderosa para articular mayorías populares, un arma dialéctica que le podría permitir enfrentarse discursivamente a la derecha en la batalla política y electoral por el poder. La prueba de ello es que sociológicamente la mayoría de la población española siempre suele pensar que la derecha está más capacitada para gestionar las amenazas a la seguridad y a la identidad nacional. Y esto es el colmo de los colmos, ya que la derecha ha sido precisamente la más antipatriota de la historia de España, porque la han vendido literalmente a cachos desde los tiempos de Felipe V, por no hablar de las constantes cesiones de soberanía más recientes como las de Franco y Aznar hacia Estados Unidos, o Rajoy hacia Alemania y la Troika. Además, la reivindicación de un nacionalismo español de izquierdas no solamente es posible sino que también es necesario, ya que no puede haber nunca justicia social sin soberanía nacional, puesto que hoy en día el Estado es el único refugio de las capas populares frente a la globalización neoliberal, la cual arrasa tanto los derechos sociales como incluso la democracia en si misma.

Peropara recuperar esa espada del samurái, para “rearmarnos” discursivamente, debemos necesariamente construir un relato nacional de izquierdas, una visión completa de la historia de España desde los tiempos de Viriato hasta la actualidad que pueda ser explicada en clave patriótica de izquierdas. Por ello, en la parte central del mencionado libro, realizo una lectura de la historia de España (siempre obviamente con rigurosidad y basándome en la bibliografía de prestigiosos historiadores)en clave progresista, laica y republicana, tratando de resignificar personajes de nuestra historia que podamos convertir en mitos y héroes patrióticos de izquierdas. En otras palabras: utilizar la historia como arma dialéctica de comunicación política. Ahora los anglosajones llaman a esta estrategia del relato “storytelling”, pero lo cierto es que se trata de un arte milenario que llevamos utilizando desde los tiempos de las hogueras tribales para conmover, cautivar y persuadir. Así, a través de este relato fascinante que es la historia de nuestro país, descubrimospor ejemplo que el primer republicano europeo del medievo llamado Ibn Yahwar fue un hispano-árabe, que un almirante vasco cojo, manco y tuerto llamado Blas de Lezo salvó a la América hispánica del imperialismo depredador británico y que un general republicano valenciano llamado Vicente Rojo defendió Madrid contra todo pronóstico frente a alemanes, italianos y franquistas, convirtiendo a la ciudad en el símbolo de la resistencia antifascista a lo largo y ancho de todo el mundo, hasta el punto de que llegó a haber un batallón en China con el nombre de la capital de España durante la II Guerra Mundial.



Finalmente, una vez “recuperada la espada del samurái”, llega la hora de descubrir dónde utilizarla. Y la respuesta es en todas aquellas áreas ideológicas en donde la derecha siempre sale vencedora, lo que muchas veces en la izquierda erróneamente nos empeñamos en llamar “cortinas de humo” para así no otorgarlas la importancia que merecen. Por ejemplo, la controversia de Gibraltar, la soberanía nacional, la cuestión territorial, las victorias deportivas o la propia simbología patriótica. Todas estas cuestiones las agrupo en la última parte del libro en seis bloques que yo llamo “fortalezas”, ya que, siguiendo con la metáfora militar, considero que la izquierda una vez rearmada nacionalmente debe asaltar las fortalezas donde la derecha siempre tiende a considerarse segura y a salvo. Esto, traducido a la batalla discursiva del día a día, debe consistir en un esfuerzo dialéctico por parte de la izquierda para huir de ese cómodo postmodernismo desnacionalizado, pasando al ataque cuando surgen estas cuestiones en el debate político, y en lugar de contentarse con criticar a la derecha por usar esas supuestas cortinas de humo, entrar a la batalla con vehemencia, mostrar las contradicciones de la derecha con respecto al nacionalismo, sacar a la luz su verdadera genética antipatriota, y seguidamente mostrar nuestras propias alternativas para construir un país cohesionado donde imperen la libertad, la igualdad y la justicia.

Y justamente en el interior de una de esas fortalezas, la simbología patriótica, quisiera detenerme unos instantes para realizar algunas consideraciones acerca de la fiesta nacional del 12 de octubre, en donde creo que la izquierda ha cometido de nuevo un gravísimo error al condenar y negarse a celebrar dicha efeméride, regalándole así a la derecha toda su potentísima carga simbólica. Y es que no debemos olvidar que desde que el puente de Beringia quedó sumergido tras el aumento del nivel del mar en el paleolítico, dos mitades del mundo fueron aisladas la una de la otra. Durante miles de años permanecieron así. completamente incomunicadas y sin posibilidad de reencontrarse, hasta que un 12 de octubre de 1492 unos intrépidos marineros, exploradores y aventureros se lanzaron a una épica travesía en la que lograron volver a unir ambos mundos, iniciando así el proceso de mundialización y creando el germen de una floreciente y bella cultura mestiza que hoy conocemos como hispanidad. Por desgracia, una gran parte de la izquierda española, como la que representan Íñigo Errejón o Ada Colau, sigue negándose a aceptar su propia historia, condenándose a la marginalidad con un discurso indigenista totalmente desconectado de nuestra identidad nacional y tratando erróneamente de juzgar actos del pasado bajo el prisma moral del presente. Yo soy republicano, laico y de izquierdas, pero igualmente, también me considero español y no reniego del heroico episodio histórico que supuso el descubrimiento de América, y por ello, cada 12 de octubre celebro la fiesta de la hispanidad con mucho orgullo. No hay contradicción alguna en ello, simplemente debemos derribar un tabú que a la izquierda nos ha hecho mucho daño durante los últimos tiempos. Eso sí, espero que en un futuro no muy lejano dicha fiesta se celebre bajo los colores de la bandera tricolor republicana, que el desfile militar sea dirigido por un jefe del Estado elegido por todos los ciudadanos y que desaparezcan los símbolos religiosos del mismo.



En resumen, la izquierda española debe recuperar la idea de nación, pero siempre siendo republicana, laica, intervencionista, federalista, generosa hacia la inminente independencia de Cataluña, y por el contrario, absolutamente inflexible respecto al colonialismo británico de Gibraltar y al imperialismo neoliberal estadounidense. Con respecto a la simbología nacional, creo que la clave debe de ser reivindicar la bandera tricolor republicana como bandera nacional de España (y no únicamente como bandera asociada a la insubordinación y a la rebeldía como hemos hecho durante las últimas décadas), desenpolvándola así del cajón de la marginalidad y permitiendo que pueda convertirse en un símbolo aglutinante de grandes mayorías sociales. Por último, habría que rehabilitar el patriótico himno de Riego que ya fue oficial durante la II República, aunque en una versión remasterizada y adaptada musicalmente a los nuevos tiempos. En resumen, debemos recuperar nuestra espada de samurái aprendiendo a gritar Viva España desde la izquierda, ya que solo así lograremos conquistar la hegemonía política y hacer realidad el poder del pueblo, para el pueblo y por el pueblo.

Miguel Candelas, politólogo.



Fuente: http://www.ecorepublicano.es/2015/11/la-espada-del-samurai-y-la-nacion-de-la.html

La socialdemocracia como pata izquierda del sistema.

Santiago Armesilla

Este artículo pretende ser polémico, y lo es por necesidad. Hace demasiado tiempo que, en España, a las cosas ya pocos las llaman por su nombre. Vivimos tiempos de supuestos significantes vacíos. Mientras tanto, el futuro de las luchas obreras en España está en peligro, así como el tablero de juego donde esas luchas se enmarcan, que no es otro que la propia España y su unidad. Explicaré por qué.

Quiero traer al siglo XXI un término acuñado en 1928 por el marxismo-leninismo. Este curioso término es socialfascismo. Fue pronunciado por primera vez durante el VI Congreso de la Internacional Comunista, o Komintern. Sirvió para designar la colaboración que la socialdemocracia llevó a cabo, tanto en Alemania como en otras partes del Mundo, con el fascismo y el nacionalsocialismo. Se trató de un término coherente con la praxis revolucionaria de Lenin, en tanto que éste siempre propuso términos certeros para referirse a sus enemigos. Lenin concibió, antes de su muerte, un término similar que podría considerarse un antecedente del de socialfascista. Me refiero al término socialchovinista, que servía para definir a todo aquel que era “socialista de nombre, chovinista de hecho“, siendo el chovinista lo opuesto al patriota, es decir, el patriotero que consideraba su patria o su región como la mejor y por encima del resto. Siguiendo la estela del socialchovinismo, tras la muerte de Lenin, la Internacional Comunista creó el término socialfascismo que definirá a todo aquel que sea “socialista de nombre, fascista de hecho”. Ambos términos comparten la raíz social, pero lo hacen en sentido negativo, en tanto contrarios al socialismo comunista de los bolcheviques y de la Unión Soviética.

Socialfascista es un término crítico, una reducción al absurdo si se quiere, pero no exenta de verdad, y sirvió para caracterizar a todos aquellos partidos socialdemócratas europeos que se postularon a favor de la intervención en la Primera Guerra Mundial defendiendo a sus Estados burgueses-imperialistas, y que, tras el Tratado de Versalles, evolucionaron hacia formas socialistas no marxistas, incluso antimarxistas, de tendencia también patriotera y ultranacionalista. La diferencia con el socialchovinismo es que, en ese momento, ya existía la Unión Soviética. Y el socialfascismo, “socialista de nombre, fascista de hecho“, se alió naturalmente contra el comunismo y los Partidos Comunistas, así como contra la patria de los soviets.


La socialdemocracia alemana se revolvió contra la Komintern por identificarles con el fascismo mediante el uso de este término. Pero lo cierto es que, durante la República de Weimar, el Partido Obrero Nacional Socialista Alemán (NSDAP, nazi) se nutrió, principalmente, de militantes provenientes de la socialdemocracia.

El socialfascismo, además, tiene rasgos similares al izquierdismo que Lenin denunciara como enfermedad infantil del comunismo. Aunque reclame el análisis materialista, el socialfascismo será menchevique e idealista, y desconectará la praxis de las ciencias naturales, y también de las ciencias sociales en sus escuelas más leninistas, de la transformación política revolucionaria. Y será también cosmopolita y antisoviético, antibolchevique, en tanto defienda “unidades internacionales obreras” sin referencia alguna a los Estados obreros realmente existentes, en su momento la URSS. Al no apoyar a la Unión Soviética, el socialfascismo se desconectaba de la dialéctica de clases y de Estados, y apoyaba, de hecho, al Tercer Reich.

Hoy día, socialfascismo es un término que podría volver a utilizarse. Podría entenderse como socialfascista a toda corriente del izquierdismo progresista, socialdemócrata o populista, que conecte, en su discurso y en su esencia, con el sentimentalismo, el irracionalismo, el idealismo, el nacionalismo étnico contra cívico-político o de clase (patriotismo), e identificará la “nación” o “patria” con la sociedad civil, cosa que ya ha denunciado, como peligroso, el filósofo comunista italiano Doménico Losurdo. El términosocialfascista, si bien es cierto que dejó de usarse en 1935 debido al viraje extratégico de los Frentes Populares, hoy día permitiría explicar ciertos fenómenos, como pueda ser Podemos. Y es que, por su trayectoria, sus fines y sus medios, Lenin podría definir a Pablo Iglesias como socialfascista.

En una entrevista publicada en el diario El Mundo el pasado día 8 de diciembre, el filósofo español Gustavo Bueno, cercano en su juventud al Partido Comunista de España, dijo públicamente que iba a votar a Mariano Rajoy. El motivo, simple: “porque es el único en el que confío para mantener algo más de tiempo la unidad de España“. Textual. Curioso, pues el Partido Popular ha sido, junto con el PSOE, el gran culpable del crecimiento del separatismo en varias regiones españolas. Sin embargo, lo dicho por Bueno tiene mucha miga.

A día de hoy, no hay ni un solo partido político en España que defienda la unidad de la nación más allá del mero constitucionalismo del 78. El PSOE defiende un modelo federal de corte asimétrico que no entiende ni Pedro Sánchez, pues un Estado federal es el resultado de la unión de varios Estados independientes o colonias que se unen cediendo su soberanía a la Federación, cosa que España nunca ha sido, salvo ficción jurídica, durante la Primera República, y así acabó. UPyD, partido en proceso de desaparición, también es federalista, si bien sin asimetrías, pero ignorando también el origen histórico de los Estados federales. Lo mismo pasa con el neoliberal Ciudadanos, que también es federalista, y pretende mantener la unidad formal de la nación y el régimen actual, pero disolviendo su estructura económica productiva en la Unión Europea más de lo que ya lo está. Podemos, por su parte, directamente defiende el separatismo. O lo que es lo mismo, el “derecho a decidir”, la autodeterminación. Podemos pretende convertir España en Yugoslavia.

Pablo Iglesias, víctima de un irrefrenable deseo de llamar la atención a toda costa (lo que los anglosajones llamarían un “poser“), capaz de vender a cualquiera, incluso sus principios, con tal de tomar el poder, maneja unas ideas que son producto de las falacias ideológicas que sus padres le contaron desde pequeñito. Su padre fue miembro del FRAP (Frente Revolucionario Antifascista y Patriótico), organización calificada como terrorista que en la década de 1970 estaba, según confirmación de sus propios ex-miembros, infiltrada de policías secretos y miembros de la inteligencia de entonces. Las ideas básicas de Pablo Iglesias, inculcadas por sus progenitores, no son otras sino creer que a comienzos de la década de 1970 España estuvo a punto de vivir un proceso de ruptura revolucionaria comandado por un movimiento comunista que, aunque real y disciplinado, era muy minoritario frente a una población española mayoritariamente franquista. Y que además, dicho proceso revolucionario fue traicionado por el PCE, que se “vendió” en la Transición.
La veracidad de estos hechos es harto discutible. Pero no resta para que Iglesias haya crecido con esta cosmovisión que, implica, no solo “odio” al PCE, sino también odio a España, en tanto país, en esencia, para él, fascista. De ahí que opine que, ante un hipotético referéndum, “solo los catalanes” tendrían el privilegio de votar sobre la unidad de España, negándole ese derecho al resto de españoles. Pablo Iglesias pretende así romper la caja única de la Seguridad Social, destruir el futuro de las pensiones españolas y dividir a la clase obrera patria para disolverla en Europa, igual que Ciudadanos, pero además balcanizando el país.



Pablo Iglesias se ha definido como comunista y como socialdemócrata en menos de un año. También en menos de un año ha defendido la alianza de los pueblos del Sur de Europa contra la Troika y, ahora, una Unión Europea convertida en potencia en el marco de la OTAN. Para ello, cuenta con el ex-JEMAD (Jefe del Estado Mayor de la Defensa), José Julio Rodríguez, co-responsable por la parte de España de la destrucción de la Libia de Gaddafi. Y por muy fuerte que esto pueda sonar, en lo que respecta a la defensa de la unidad de España como nación política, Pablo Iglesias está a la derecha de Mariano Rajoy. Rajoy no sale de los límites jurídicos de la Constitución de 1978, porque ni puede, ni quiere, ni le interesa. Y aún así, su posición es más progresista que la de Pablo Iglesias. Y de ahí la pesimista afirmación de Gustavo Bueno, pues ese “algo más de tiempo” da a entender que, para Bueno, a la nación española como realidad política existente, le queda poco tiempo, siendo la coyuntura política actual un episodio más de un proceso de descomposición nacional que viene de décadas. Y aunque uno no vaya a votar jamás al Partido Popular, y lamente la evolución ideológica de Bueno, hay que recordar la miga que tenía la frase a la que hice referencia más arriba.

Quien debiera ser el baluarte de la unidad de España más allá de constitucionalismos, garante de la unidad de su clase obrera nacional e inmigrante, y de hacer del Estado español sujeto revolucionario sin ambages tanto a nivel interno, contra la Gran Burguesía patria, como externo, contra la Unión Europea, el euro y el Imperio Estadounidense, es sin duda la Unidad Popular, Izquierda Unida y, sobre todo, el Partido Comunista de España. Un Partido casi centenario que tiene más enemigos que nunca a día de hoy: desde eltroskismo ultracapitalista de Jaume Roures y su Mediapro (Público, La Sexta), hasta el populismo postmoderno de Podemos, mezcla de Ernesto Laclau y Toni Negri, pasando por un Partido Popular que, aconsejado por el Rasputín pepero Pedro Arriola, ha tratado de evitar que el comunismo volviese a tener fuerza en España hacia el año 2012-2013, al fomentar una fuerza política discursivamente izquierdista que ha tratado de acabar con la movilización en las calles y ha intentado laminar las Mareas mediante el mero electoralismo y la subsunción del PCE y de Izquierda Unida a dichos mamotretos electorales, pues cuantas más Mareas se presenten a las elecciones, menos Mareas habrá en las calles.

Un izquierdismo anticomunista, representado por Pablo Iglesias, que es, no obstante, apoyado por los medios de comunicación tanto del PP como del PSOE, el cual puede verse cooptado por Podemos, pues el capricho de Pablo Iglesias podría ser el de ser secretario general del PSOE. El Partido Socialista Obrero Español puede ser la nueva UCD debido a la estupidez de su líder, Pedro Sánchez, y a la mala fe del sector zapaterista que todavía tiene fuerza en el Partido, y que vería en Podemos la conclusión lógica de lo que Zapatero representó cuando gobernó España. Pero el PSOE, junto con los medios conservadores y neoliberales, motejan a Pablo Iglesias y a Podemos de “comunista” y de “leninista”, cuando su estructura es más parecida al peronismo argentino o al polpotismo camboyanoque al de una organización marxista-leninista clásica. Y lo hacen para dar miedo a los españoles, pero también para confundir. Porque el mayor enemigo del régimen no es Podemos, sino el Partido Comunista de España y sus coaliciones políticas, a las cuales el propio Pablo Iglesias, lleno de rencor y resentimiento, ningunea y trata de destruir.

Pablo Iglesias se ha aprovechado de la ingenuidad, candidez y, por qué no decirlo, el ego de algunos nombres grandes del PCE, como Julio Anguita. Anguita ha afirmado púbilcamente no hacer campaña por Alberto Garzón para no perjudicar a Podemos tampoco, y no ser utilizado por ninguna de las dos formaciones, reservando su opinión al día posterior a los comicios. Pero, con ello, Anguita ha olvidado en qué Partido milita. Pablo Iglesias ha utilizado, y utiliza, a personalidades de prestigio en las izquierdas españolas como Manolo Monereo, y lo ha intentado con Alberto Garzón, con un único objetivo: destruir al Partido Comunista de España y a sus coaliciones programáticas, cumpliendo así con el gran sueño de la Gran Burguesía española desde la Transición.

Iglesias ya era así desde sus tiempos de Somosaguas, cuando boicoteaba todo acto político que no fuera organizado por su asociación de entonces, Contrapoder, inspirada en las ideas de Toni Negri. Ya era así cuando realizaba homenajes a Iñaki de Juana Chaos junto a su Alfonso Guerra particular, Íñigo Errejón (el verdadero cerebro de Podemos y, sin el cual, Iglesias no es nadie) y pedía, con huchas de cartón en la Facultad de Políticas, dinero para este asesino. Y ya era así cuando manipuló a varias jóvenes estudiantes de 18 a 20 años para asaltar la Capilla del Campus, dejándolas luego desamparadas sin protección legal, la cual solo cubrió a las chicas asaltantes que eran de Contrapoder.

El oportunismo, el izquierdismo, el folclorismo supuestamente marxista (puro marxismo vulgar), la influencia de Toni Negri y del peronismo de Ernesto Laclau, la asunción de un falso patriotismo español que concibe a España como un “Estado plurinacional” al estilo de la Rusia de los zares, o de la actual Bolivia (Iglesias toma a catalanes, vascos, gallegos, andaluces o canarios como si fuesen indígenas), el sentimentalismo romántico, el haber vaciado las calles de movimientos populares salvo el suyo como hizo el fascismo, solo que esta vez sin puños y pistolas, pero sí con el apoyo del poder político, económico y mediático español, además del engaño y el parasitismo sobre fuerzas izquierdistas internacionales para, tras haberles prestado servicios, renegar de ellas como hicieron con la Venezuela bolivariana, a la que sajaron más de 400.000 euros para, una vez conseguidos, renegar de ella en sus momentos más difíciles. Si a todo esto juntamos la violencia verbal y no verbal de sus gesticulaciones, así como su egolatría, megalomanía y chulería, nos encontramos con rasgos propios de lo que Lenin y los bolcheviques entenderían como un puro socialfascista. Que Julio Anguita y Manolo Monereo estén tardando tanto en verlo solo muestra lo vulnerables que ambos son, y lo peligrosa que resulta su vulnerabilidad para la Unidad Popular, pues unos pesos pesados tan mayores, sin ningún rasgo evidente de fortaleza moral, ética y teórica, son pasto seguro de lobos con piel de cordero que se los han ganado mediante el mero peloteo y el retorcimiento de sus sentimientos y debilidades.

Iglesias, si gobierna, abrirá con su referéndum en Cataluña un melón que no parará ya nunca de abrirse, pues otras comunidades autónomas, e incluso provincias dentro de autonomías, querrán repetirlo. Y así España podrá ser descuartizada en nombre de potencias extranjeras que se frotan las manos a la hora de morder con sus fauces el riquísimo manjar geopolítico y geoestratégico que es la Península Ibérica. De ahí que votar a Alberto Garzón y a la Unidad Popular es una fórmula necesaria para quitar escaños a ese socialfascista sin escrúpulos que es Pablo Manuel Iglesias Turrión. Un sujeto que no duda en tildar de lo peor a todo aquel que no piense como él, pues solo él puede, en verdad, “pensar”.

En realidad, el mayor enemigo que tiene el PCE, a día de hoy, no es solo ya el régimen de 1978, ni siquiera “la derecha”, sino el socialfascismo de Pablo Iglesias y de la cúpula dirigente de Podemos, que está prestando un fabuloso servicio a los grandes enemigos históricos del comunismo en España: el franquismo sociológico, el troskismo, la Gran Burguesía y, por qué no decirlo, el europeísmo, el cual estaba en entredicho con la crisis y que, con la aparición catódica de Podemos (y de Ciudadanos) vuelve a ser incuestionable.

Fuente: http://www.armesilla.org/2015/12/pablo-iglesias-socialfascista.html?spref=tw




"No se puede acabar con el capitalismo sin acabar con la ideología socialdemócrata en el movimiento obrero."

"El fascismo es la organización de combate de la burguesía que se apoya en el respaldo activo de la socialdemocracia. La socialdemocracia es objetivamente el ala moderada del fascismo. No hay bases para asumir que la organización de combate de la burguesía pueda lograr éxitos decisivos en las batallas, o en el gobierno del país, sin el apoyo activo de la socialdemocracia... Esas organizaciones no se niegan entre sí, sino que se complementan mutuamente. No son antípodas, son gemelos. El fascismo... existe para combatir la revolución proletaria."

(…) Algunos camaradas suponen que fortalecer el Partido y bolchevizarlo significa expulsar de él a todos los disidentes. Eso, claro está, no es cierto. Desenmascarar a la socialdemocracia y dejarla reducida a una minoría insignificante en la clase obrera sólo es posible en el curso de la lucha cotidiana por las necesidades concretas de la clase obrera. No hay que poner en la picota a la socialdemocracia sobre la base de los problemas del cosmos, sino sobre la base de la lucha cotidiana de la clase obrera por mejorar su situación material y política; por cierto, las cuestiones del salario, de la jornada de trabajo, de las condiciones de vivienda, de los seguros, de los impuestos, del paro obrero, de la carestía de la vida, etc. deben desempeñar un papel muy importante, si no decisivo. Golpear a los socialdemócratas cada día sobre la base de estas cuestiones, poniendo al desnudo su traición: tal es la tarea.”

"Es necesario que toda la labor del Partido, particularmente si no se ha desembarazado aún de las tradiciones socialdemócratas, se reconstruya sobre una base nueva, revolucionaria, de modo que cada paso del Partido y cada uno de sus actos contribuyan de modo natural a revolucionarizar a las masas, a preparar y educar a las amplias masas de la clase obrera en el espíritu de la revolución."

Fuente: http://odiodeclase.blogspot.com.es/2013/06/citas-de-stalin-sobre-la.html

Walk a Crooked Mile - Motorhead:


No hay comentarios:

Publicar un comentario