martes, 17 de mayo de 2016

Análisis politológico de un NO-Occidental. Contexto político ruso a 2016

No existen en sus argumentos la tergiversación y mentiras fruto de la degeneración posmoderna. Es lo menos que se puede pedir en un científico.

ÀNGEL FERRERO

MOSCÚ.- Borís Kagarlitsky (Moscú, 1958) es sin duda uno de los referentes de la izquierda rusa. Actualmente director del Instituto de la Globalización y Movimientos Sociales (IGSO) de Moscú, Kagarlitsky es autor de más de una docena de libros sobre la política y la sociedad rusas que ayudan a entender el pasado y el presente del país.



En uno de sus últimos libros ha descrito Rusia como un 'imperio de la periferia', un concepto que resume la tensión entre las aspiraciones políticas de Rusia y el lugar que ocupa en el sistema-mundo, como periferia o semi-periferia. Hay quien afirma que las sanciones forzarán a Rusia a ganar más autonomía. ¿Lo cree posible?

El problema principal para Rusia no es que Rusia pueda desplazarse en el sistema-mundo sino más bien que el propio sistema-mundo parece desintegrarse. Immanuel Wallerstein lo dijo hace unos veinte años: dentro de cincuenta años el actual sistema-mundo se terminará y un nuevo sistema-mundo emergerá. Yo mismo estaba presente en la reunión en Moscú. Eso fue hace unos veinte años, lo que significa que si Immanuel estaba en lo correcto, todavía nos quedan unas tres décadas de calamidades antes de que un nuevo sistema-mundo emerja. Por descontado, sin considerar a Wallerstein como una suerte de profeta, el hecho es que en su actual forma neoliberal el actual sistema-mundo está realmente desintegrándose, y eso plantea cuestiones interesantes para el futuro de Rusia.

Históricamente hablando, ¿cuáles han sido las estrategias de Rusia? La estrategia original de los Romanov fue integrar a Rusia en el sistema-mundo y al mismo tiempo tratar de obtener de él tanto como les fue posible. Luego vino la estrategia soviética, que estaba basada en el desacoplamiento: tratar de salir del sistema-mundo y crear su propio sistema-mundo paralelo. Esta estrategia funcionó hasta cierto punto, convirtiendo a Rusia en parte de la Unión Soviética, y a la Unión Soviética en una de las principales potencies industriales, pero luego, como sabemos, la URSS se desplomó y Rusia regresó a la casilla de salida, ocupando la posición de periferia, pero siendo estructuralmente más débil que bajo los Romanov. Esto se debió, en parte, a que la nueva élite se entregó. Con la presidencia de Putin, las élites trataron de reproducir la misma estrategia que los Romanov: mantener la posición de periferia y obtener de ella lo máximo posible. Eso condujo al conflicto actual con Occidente.

"Rusia puede convertirse en uno de los elementos de ese gran cambio, es uno de los lugares donde ese cambio está ocurriendo y, a largo plazo, existe la posibilidad de que muchos factores funcionen y surja un nuevo sistema mundial"

El problema tanto para Occidente como para las élites rusas es que el sistema mismo está en problemas, por lo que creo que deberíamos pensar en términos de una nueva estrategia, básicamente lo que defendía en los últimos párrafos del libro al decir que Rusia ha de cambiar política y socialmente y, al mismo tiempo, tratar de influir en los cambios en el sistema-mundo como tal. Rusia puede convertirse en uno de los elementos de ese gran cambio, es uno de los lugares donde ese cambio está ocurriendo y, a largo plazo, existe la posibilidad de que muchos factores funcionen y surja un nuevo sistema mundial. Si eso no ocurre, nos enfrentaremos a una crisis civilizacional, porque la desintegración del viejo sistema no va a detenerse. Será un declive civilizacional y es una posibilidad bastante razonable.

En cuanto a las sanciones, el problema con ellas es que incluso si este gobierno declara estar haciendo lo correcto, en realidad no puede hacerlo. Las estructuras de intereses que dominan a las élites y el gobierno ruso son tales que cada esfuerzo que hacen para llevar a cabo avances hacia el desarrollo o un cierto grado de emancipación de la posición de dependencia en el sistema-mundo o bien termina en fracaso o bien conduce a un desastre. ¿Por qué? Para conseguir esas metas deberían necesariamente abolirse a sí mismos. Cuando tienes una élite que depende totalmente de las rentas petrolíferas, basada en controlar esas mismas rentas, no hay ningún modo de que se pueda diversificarse la economía, porque cada vez que tratan de diversificar la economía seriamente socavan su propia posición de dominio en el sistema. Así que están intentando nadar en dos ríos, como diciendo: queremos diversificar la economía sin modificar las estructuras mismas de la economía, queremos que la economía sea diferente sin cambiar la jerarquía. Y eso simplemente no funcionará. Es un callejón sin salida. Es lo que ha estado ocurriendo básicamente durante el último año. Están intentando cambiar cosas, pero tienen miedo al cambio y previenen que ese cambio ocurra. Es una situación esquizofrénica: quieren el cambio pero no quieren las consecuencias del
cambio.



Así pues, atacan, pero sin atacar demasiado porque quieren reconstruir los puentes con Occidente.

Ésa sería para ellos la situación ideal, pero Occidente no quiere. Creo que hay varias tendencias en el gobierno. Algunos grupos buscan una mayor confrontación, pero dentro de una estrategia conservadora. Otros, como los liberales en el gobierno, dicen: somos demasiado débiles, tenemos que rendirnos, pero necesitamos una derrota decorosa.

El problema es que, en primer lugar, Occidente no entiende esta situación, quiero decir, no entiende la psicología de esta gente. O mejor dicho: Occidente entiende bastante bien a la élite rusa y su psicología, pero no entiende las condiciones psicológicas del país. Entienden a la elite rusa, pero no quieren entender que tienen que medir el tipo de comportamiento de lo que está ocurriendo fuera de esa élite. Esto se ignora por completo en Occidente.

Occidente tiene una visión de Rusia como una sociedad totalitaria donde todo está decidido por una élite que puede hacer lo que quiera. Eso no era ni siquiera cierto en la URSS y ahora es completamente falso.

Occidente tiene una visión de Rusia como una sociedad totalitaria donde todo está decidido por una élite que puede hacer lo que quiera. Eso no era ni siquiera cierto en la URSS y ahora es completamente falso.

El segundo problema creo que es que el propio Occidente se encuentra en tan graves problemas que hacer concesiones a Rusia es casi imposible por el mismo motivo: incluso si estas concesiones son simbólicas, ponen en marcha una serie de mecanismos políticos, económicos e ideológicos que no les permiten hacerlas. Estoy convencido de que lo que está ocurriendo en Ucrania no es lo que originalmente querían que ocurriera. Quizá debería de haber algún tipo de acuerdo con Rusia para gestionar la situación en Ucrania. Pero considerando el tipo de propaganda que emiten desde Occidente desde hace casi tres saños, el tipo de socios que han desarrollado en Ucrania, la inercia de sus propias políticas, etćetera, si siguen este camino, significa que tienen que reconocer que algo fue mal en sus propias políticas en primer lugar. Así que no pueden hacerlo sin que su imagen no se vea dañada.

Es una suerte de callejón sin salida. Probablemente ambas partes estén interesadas en alcanzar un acuerdo, pero no pueden encontrar la forma.

¿Qué pasa con la Unión Eurasiática, con los BRICS?

La Unión Eurasiática y los BRICS son iniciativas muy interesantes y a largo plazo pueden funcionar como factores de transformación del sistema mundial. Pero todo lo que sus integrantes querían era cambiar el equilibrio global entre países sin cambiar nada en el interior de los propios países. Por otra parte, mientras exista este marco, existe una oportunidad, porque las cosas pueden cambiar en Rusia, pueden cambiar en cualquier otro lugar, y entonces, en algún momento, se puede regresar a estas iniciativas para relanzarlas o replantearlas, darles un nuevo significado y que las cosas progresen. Pero depende de lo que ocurra internamente aquí, en China o en la India.

Owen Jones publicó recientemente un artículo en The Guardian sobre Rusia y la izquierda europea que generó cierta polémica. Según Jones, la izquierda no protesta contra determinadas situaciones en Rusia porque el país es generalmente visto como un contrapeso a la hegemonía occidental. ¿Existe este dilema? Y si existe, ¿cómo superarlo?

No estoy de acuerdo. En primer lugar, no es cierto que la izquierda no proteste contra las violaciones de los derechos humanos en Rusia. Aparecen en su prensa. Por otra parte, ¿qué quiere decir cuándo habla de violaciones de los derechos humanos? Por supuesto que hay violaciones de los derechos humanos, pero no más que en los países vecinos. Es más, Rusia es el país más liberal de toda la antigua Unión Soviética. No hay una parte de la ciudadanía a la que se le nieguen sus derechos, como ocurre en Letonia o en Estonia, algo ante lo que la izquierda europea no ha protestado demasiado, por cierto. Hay algunos prisioneros políticos, eso es absolutamente cierto, incluyendo a un miembro de nuestro instituto, Alekséi Gaskarov. Pero se trata de casos individuales, no hay una represión masiva en Rusia. En Kazajistán o Azerbaiyán la situación es mucho peor. No estoy diciendo que haya que ignorarlo, pero hay que contextualizar la situación. Tenemos que ser muy claros cuando decimos cuándo hay represión o cuándo hay una violación de los derechos humanos.



La gente no tiene miedo a la represión. No actúan porque tengan miedo, sino simplemente porque no les importa, y eso es otro problema, un problema diferente. No tiene nada que ver con el miedo: es apatía total, pasividad

El verdadero problema es, ¿por qué la sociedad rusa es tan débil? No es porque el Estado sea autoritario. El Estado ruso es mucho más liberal que cualquiera de los Estados post-soviéticos. El principal problema es la debilidad de la propia sociedad rusa. ¿Por qué la sociedad parece pasiva y autoritaria? Irónicamente, porque es realmente pasiva. La gente no está aterrorizada y tiene miedo al Estado. No le tienen miedo. Esto hay que decirlo claramente. La gente no tiene miedo a la represión. No actúan porque tengan miedo, sino simplemente porque no les importa, y eso es otro problema, un problema diferente. No tiene nada que ver con el miedo: es apatía total, pasividad. En los noventa, los rusos entraron en una depresión moral y un estado de apatía al considerar que sus acciones habían llevado a un empeoramiento de la situación. Más tarde descubrieron la sociedad de consumo y se volvieron muy entusiastas con ella. Mire, Rusia es una de las sociedades más individualistas de Europa, es una sociedad atomizada. La sociedad es totalmente tolerante hacia el Estado mientras el Estado no les impida mejorar sus condiciones de vida. En Rusia puedes hacer lo que quieras, incluso políticamente, pero a un nivel individual. Y ésa es la cuestión que nos ha llevado a una situación de pasividad y depresión moral. Hay muy poca confianza. El otro día me entrevistó un periodista económico, que me preguntó qué debería hacer la gente en caso de crisis: si comprar dólares o euros, o incluso almacenar cereales en caso de hambruna. Le contesté que esto no va de comprar o almacenar cosas, sino de aprender a comunicarte con tus vecinos. El problema inmediato es el tremendo individualismo, el comportamiento social atomizado.

Anna Ochkina, una socióloga de Penza, acuñó una expresión que es una especie de broma con el concepto de Marcuse y Baran de “tolerancia represiva”. Ochkina ha dicho que la sociedad rusa se encuentra en un estado de “tolerancia depresiva”. Es una especie de “tolerancia depresiva” hacia el Estado: le permiten hacer lo que sea y salirse con la suya. El Estado hace cosas totalmente impopulares y nadie protesta, porque mientras no te afecte individualmente, no te importa, a nadie le importa. La gente sólo protesta cuando les afecta individualmente, es entonces cuando comienzan a moverse.

Con la crisis, el gobierno comienza a golpear a la gente a nivel individual. Una de las cosas que espero de la próxima Duma es que se elegirán a algunos diputados por circunscripción uninominal, lo que significa que si sus votantes están descontentos, los diputados tendrán que dejar de comportarse como habían hecho hasta ahora. Ahora son votados por representación proporcional y controlados por sus partidos, y éstos, a su vez, controlados por la administración de un modo u otro. Pero esto podría cambiar.

Aunque Jones escribía que hay que apoyar a la izquierda rusa, era incapaz de mencionar un solo nombre.

Recuerdo una historia muy divertida de los cincuenta, cuando un combatiente argelino se reunió con comunistas franceses. Los franceses le preguntaron: '¿Qué podemos hacer por ti?'. A lo que el argelino contestó: 'Haced vuestra propia revolución, ¡eso sería una tremenda ayuda!' (ríe). Una victoria de la izquierda en Europa sería importantísima para la izquierda rusa, porque cambiaría el clima, cambiaría las perspectivas y crearía oportunidades para el diálogo. El problema es que la izquierda europea no está ayudando porque no están haciendo su propia tarea en casa.

Con todo, el desafío no vendrá de la izquierda. El cambio real vendrá de los movimientos populistas. Lo que probablemente ocurrirá es que emergerán algunos movimientos populistas y ello en el llamado campo pro-Putin. La mayoría de rusos simpatizan con ideas socialdemócratas, incluso socialistas, o son nostálgicos del pasado soviético. Y la mayoría de ellos apoyan a Putin. ¿Por qué? Porque ven a Putin como el mal menor. Y se equivocan. Completamente. Pero no sin razón. Políticamente hablando, lo que defiende la oposición pro-occidental es infinitamente peor que lo que Putin representa. ¿Por qué se equivocan, pues? Porque no entienden que la agenda que promueve Putin es la misma, pero gradual: la oposición pro-occidental quiere privatizarlo todo de golpe, mientras que Putin va a hacer lo mismo pero en un período de tres o cuatro años. Ver a Putin como el mal menor es razonable y racional, pero equivocado. Pero ha de entenderse por qué la gente piensa así. No es que a partir de algún momento la gente vaya a preferir a la oposición antes que a Putin, no. La rebelión vendrá cuando vean que no hay ninguna diferencia entre Putin y la oposición, eso hará que fracase el sistema. Y eso es lo que teme el gobierno: que la gente comience a entender que no hay ninguna diferencia.

¿Cómo ve la cobertura informativa de Rusia?

Los medios occidentales tienen una imagen muy simple de Rusia, de hecho más simple que durante la URSS. Es muy interesante. No es simplemente que alguien esté creando conscientemente esa imagen. Eso también es cierto, pero sólo en parte. No tenemos a muchos periodistas en Rusia. La prensa no tiene oficinas, simplemente toman la información de Internet y la reescriben en las redacciones. Es más, ¿tenemos correponsales en Lipetsk, Penza, Yaroslavl o Tambov? Ninguno. Probablemente uno o dos freelance de paso. En los setenta, los corresponsales occidentales no tenían permitido salir de Moscú. Ahora pueden, pero no lo hacen. La prensa occidental se concentra en Moscú, que es una ciudad muy excepcional, muy globalizada y que, irónicamente, pertenece al mundo occidental. Ni siquiera está interesada en lo que ocurre en esos lugares. Pero las cosas están cambiando, hay desplazamientos en la opinión pública. Si algo ocurre, no será en Moscú. Quizá ocurra en Moscú, pero representará el descontento del resto del país. Ahora también hay una menor cobertura debido a la falta de dinero.

¿Por qué sobreviven los lugares comunes y los estereotipos?

Es más fácil y es lo que los editores quieren que los periodistas hagan. En los noventa, quienes trataban de cubrir las llamadas reformas en un sentido contrario al habitual tenían problemas no sólo con la censura de los editores jefe, sino también con las expectativas del público. “No es lo que espera el público”, se dice. ¿Pero qué es lo que el público espera? Forman una opinión pública y luego se esconden tras ella para decir: “esto es lo que esperan”, o “no lo entenderán”, o “esto es ir a contracorriente”. Como resultado de todo aquello, la gente está comenzando a dejar de creer en los medios de comunicación. Explica cómo han sido posibles fenómenos como los de Jeremy Corbyn y Bernie Sanders. La gente se está rebelando no sólo contra las élites, sino también contra los medios de comunicación. Cuanto más ataca The New York Times a Sanders o pretende hacer ver que no existe, más gente se interesa por él.

Pero también ocurre con Trump...

Funciona para la izquierda y funciona para la derecha. En el caso de Alemania, por ejemplo, la gente dice que Alternativa para Alemania es terrible, pero el mismo hecho que los medios les ataquen les hace ganar popularidad. Es muy interesante: vivimos una época de populismos. Los partidos tradicionales están perdiendo terreno, sus estructuras se están erosionando. En la próxima década la política será populista. La cuestión es si lo será de izquierdas o de derechas. No se trata solamente de una polarización, eso hubiera sido mucho más sencillo. Éstas son fuerzas que están menos institucionalizadas, que son menos estables, que están compuestas de diferentes elementos y no representan a la clase, sino al pueblo. Se asemeja a la situación anterior a la Revolución francesa. Las estructuras de clase se están erosionando. Eso no significa que las clases estén desapareciendo. No desaparecen, pero están menos estructuradas, más fragmentadas y menos organizadas. Por supuesto, por muchas razones: sociales, económicas... El hecho de que las clases estén menos estructuradas no significa que no puedan estarlo en la próxima década, pero nos guste o no, las estructuras de clase se están debilitando, como lo están haciendo las lealtades de clase. Con todo, los trabajadores siguen siendo trabajadores.

¿Y no es un problema?

Es un problema enorme. Pero tenemos que aprender a hacer política en este contexto. Sin duda era mucho más fácil la política de comienzos del siglo XX, con clases estructuradas y lealtades muy estables. Ahora tenemos que aprender las políticas del populismo, y en este sentido no hay nada terrible en un populismo de izquierdas. La izquierda tiene que aprender cómo operar con sus ideas y estrategias en un contexto populista donde ha de crear coaliciones y movimientos amplios sin perder las perspectivas estratégicas.

"En la próxima década la política será populista"



Lo vimos con Syriza y ahora lo estamos viendo con Podemos: construyeron una coalición sin claros objetivos estratégicos. No estoy hablando de valores. Ellos están reemplazando los objetivos estratégicos y agendas políticas por valores y discurso. Vemos a la vieja izquierda en decadencia, que espera todavía lealtades de clase estructuradas -y en parte es lo que estamos viendo con Izquierda Unida, que ve su base reducirse- y luego vemos a gente más joven con la misma ideología y sistema de valores, pero haciendo política de manera diferente. Imagino que la vieja izquierda está muy frustrada e infeliz con la situación actual. Dicen las mismas cosas, tienen un programa más sofisticado, más detallado y más avanzado y, aún así, la gente acude a otros partidos. ¿Por qué? Porque hacen política de otra manera. No sólo apelan a una nueva generación, sino que apelan a nuevas condiciones sociales, que son diferentes. Por una parte tienes a la vieja izquierda, cuyas ideas se remontan a hace siglos, y por la otra tienes a estos movimientos, que aprenden a hacer política de una manera nueva pero que no tienen una estrategia clara de adónde ir. Podemos está haciendo política hegemónica pero en clave de Laclau, no de Gramsci.

O veamos lo que ocurre en Francia, por ejemplo. Hace poco tuve una entrevista con Página/12 donde comparé a Marine Le Pen con Perón. La izquierda francesa ve a Le Pen como un partido de extrema derecha tradicional, pero no lo es. Le Pen encabeza un movimiento populista que trata de superar sus orígenes de extrema derecha y convertirse en un nuevo centro, engullendo parte de la izquierda, mientras la izquierda hace ver como que no existe. Pero los obreros les votan, e incluso antiguos militantes del Partido Comunista se pasan al Frente Nacional. Es una especie de movimiento peronista: al mismo tiempo es de izquierdas, de derechas y de centro. Es una combinación de elementos que probablemente se desintegre, aunque no por ahora. Ahora tienen a un líder con talento para conseguir cohesionar todos estos elementos. Lo que la izquierda tiene que hacer es aprender las mismas técnicas, pero sabiendo hacia dónde quiere ir. Primero necesita una estrategia clara, luego necesita intelectuales para que desarrollen conscientemente una agenda, un proyecto, y finalmente convertir todo eso en un movimiento populista amplio. Con eso tienes una política hegemónica. La gente de Podemos puede que haya leído a Maquiavelo y que haya visto mucho Juego de Tronos, pero tienen poca experiencia con Lenin, Marx o Keynes. Y estas cosas son ahora esenciales. Tenemos que desarrollar una estrategia de resocialización de la economía.


Dacw 'Nghariad:


lunes, 16 de mayo de 2016

El irremplazable papel del Estado en la política futura

Entrevista a Slavoj Zizek a 3-3-2015

Si un pensador puede estar de moda, el del momento actual es el esloveno Slavoj Žižek. Nacido en Liubliana en 1949, su obra se caracteriza por atender a los movimientos sociales y culturales de hoy, desde una perspectiva en la que se abrazan Lacan y Marx, pero donde no es extraño que se cite el cine de Lars von Trier, los dibujos animados de la Warner Bros, los ensayos de Eliot o el éxito Gangnam Style…



Un pensador que escribe para que se le entienda y que odia aburrir. Acontecimiento, recién publicado en España por Sexto Piso, es la última entrega de una producción incesante. Al teléfono, Zizek es un conversador entusiasta, que apenas necesita el estímulo de una pregunta para lanzar su discurso y derivar de una reflexión a otra, sin perder nunca el hilo. Es fácil imaginarlo al frente de un aula, fascinando a todo el auditorio. Se le considera como el gran filósofo de la izquierda en Europa. ¿Es una pesada responsabilidad?

Sí, pero porque mi mensaje es pesimista. La izquierda está aún sumida en una profunda crisis, y lo único que nos puede salvar es una nueva izquierda. Las protestas que estallaron en todas partes hace dos o tres años, estaba claro en contra de qué estaban. ¿Pero a favor de qué? ¿Una idea keynesiana? ¿Una reforma del capitalismo? Yo puedo lanzar preguntas, mostrar qué es lo que no funciona hoy, perfilar problemas, pero no tengo respuestas concretas.

Uri Avnery dijo que la izquierda israelí necesita empezar de cero, evitando el error del que quiso deshacerse de un bumerán y lo lanzó…

Totalmente de acuerdo. Como dijo mi amigo Alain Badiou: el siglo XX ha terminado. Todas las formas de izquierda del siglo XX, el comunismo estalinista, el Estado de bienestar socialdemócrata, pero también todos estos sueños secretos de democracia directa, movilización permanente, consejos de comunidades locales donde la gente se autoorganiza… No creo que nada lleve a una solución.

¿Cuál ha sido el punto crítico?

Pues que no solo en Europa, sino en cualquier parte, algunos políticos o partidos de izquierdas más radicales llegan al poder y la gente está llena de esperanza, piensa que las cosas pueden mejorar, pero luego hay una desilusión. Por ejemplo, Sudáfrica. Todos éramos felices cuando el Congreso Nacional Africano de Mandela llegó al poder; y tal vez ahora las cosas estén un poco mejor. Pero todos los problemas siguen ahí. Lo mismo con el populismo latinoamericano. Europa lo mira: allí tienen la fórmula… ¡No, no la tienen! Yo nunca me he fiado de ese modelo.

Pero sí pone su esperanza en Alexis Tsipras, del partido griego Syriza ¿verdad?

Sí, ¿sabe por qué? Estoy harto de esa izquierda marginal que no solo sabe que nunca llegará al poder, sino que secretamente ni siquiera lo desea. De Syriza admiro esa seria voluntad de gobernar, de jugar. Pero las cosas serán extremamente complicadas para ellos. Pongamos que gana las próximas elecciones. Tendrán en contra a una enorme mayoría del aparato del Estado; porque Grecia es un gran Estado clientelar, donde dos millones de personas son empleados públicos, con sus chanchullos. Pero deberían ser valientes, intentarlo. Como Napoleón: On attaque, et on verra. Atacas y luego ya verás.

¿Les pide la izquierda algún consejo a ustedes, los pensadores? Muchos se dirigen a nosotros, esperando que en algún momento daremos la gran respuesta. No, no tenemos la fórmula. Mira al grupo de izquierda moderada más popular de ahora, Krugman, Stiglitz, cercanos a los keynesianos… Lo que dicen es muy modesto. Quieren el mismo capitalismo, un poco reformado, con una salida de emergencia para los ricos. No creo que esto vaya a funcionar. Ni siquiera creo que sea posible hacerlo.

Desconfía de la democracia básica y asamblearia. ¿Sigue el movimiento de Pablo Iglesias?

Sí, yo soy un gran oportunista. ¡A intentarlo siempre! ¡Todo! Y mientras se vaya haciendo, puede que surja algo nuevo, aunque no sea lo que te esperabas. Dirá usted: si soy tan pesimista ¿para qué empezar algo? Porque de verdad pienso que el capitalismo, se ha cavado su propia tumba. No creo que haya una catástrofe inmediata, pero a largo plazo… Lo que hay en el horizonte es la desaparición gradual de la democracia. No hablo de un golpe fascista, sino de que los mecanismos democráticos son cada vez más irrelevantes. Para decirlo en forma de chiste: Hollywood lo sabe. Todos sus grandes éxitos, últimamente, Los juegos del hambre, etcétera, son una visión de una sociedad nueva de clases, postapocalíptica, con apartheid, con organismos ricos depredando a los pobres. Es una tendencia mundial. La ecología… ¿cómo se resuelve eso?

Difícil, muy difícil…

Casi no hacemos nada. Incluso la propiedad intelectual, me parece interesante. Ya estamos entrando en una fase de comunismo salvaje en este aspecto. La gente se baja de internet películas, música, normalmente copias piratas, ilegales. Pero no sabemos cómo reorganizar la economía legal. ¿Cómo coordinarlo, quién lo controlará? Veo muchos problemas. Y no veo soluciones. Esta es mi posición trágica, si quieres.

Carencia de coordinación y control, ¿no sería más anarquismo que comunismo?

Ah, no… No olvidemos: para que funcione lo de la propiedad intelectual se necesita una estructura de mecanismos globales muy potentes. No, creo que nuestro problema hoy día no es la democracia local. Nuestro problema son las nuevas formas de organización global. ¿Cómo tratar la ecología? No a través de iniciativas locales. Dios, necesitamos iniciativas globales megagrandes, mucho mayores que un único Estado.

Niall Ferguson dijo que la globalización hoy día no hace más que recuperar el nivel que había a finales del siglo XIX, época colonial, cuando mercancías y personas viajaban por todo el mundo.

Sí, pero al mismo tiempo es algo muy paradójico. Me gusta lo que escribió mi amigo, por otra parte más bien de derechas, el filósofo alemán Peter Sloterdijk: que la globalización no es simplemente que todos vivimos en una aldea global, sino que también es como un globo, un espacio cubierto, aislado. Algunos están dentro, la mayoría fuera, pero no tenemos realmente contacto con ellos. Los bienes circulan cada vez más, pero para las personas, incluso tras la caída del Muro de Berlín, ahora surgen por todas partes nuevos muros. En África del Norte, el Muro de Cisjordania, la frontera de Estados Unidos con México, etcétera. Capitalismo global significa nuevas formas de apartheid.

Y la vieja consigna comunista de obreros del mundo uníos ¿ya no vale?

El problema es: quiénes son hoy esos obreros. El primer paso es identificarlos, ubicarlos. Ya no es una única clase obrera, como para Marx. Sabemos que tenemos cada vez a más personas en paro, trabajadores precarios… Por decirlo de manera irónica, hoy la posición de un clásico obrero explotado –vale, te explotan pero tienes un empleo estable con un salario garantizado– es casi un privilegio. He ahí el primer problema. Deberíamos incluir a los que están fuera. No sólo a los inmigrantes indocumentados sino a los parados de larga duración. Creo que en las protestas en España, en Grecia, incluso en Francia e Inglaterra había muchos estudiantes que sabían muy bien que sus estudios no les iban a servir gran cosa. Deberíamos dirigirnos a todos estos grupos descontentos.

¿Y a quién más?

Luego está el problema de los así llamados trabajadores intelectuales. Los marxistas siempre tenían ese problema: ¿son o no son parte del proletariado? Yo creo que sí. Algunos marxistas antiguos insisten en que uno debería trabajar físicamente, que eso sería la única clase trabajadora auténtica. Por otro lado, Toni Negri y sus amigos dicen que los intelectuales son los típicos proletarios de hoy en día. No, yo creo que el proletariado está disperso, no se puede encontrar una forma pragmática.

Da la impresión de que el proletariado clásico, físico, es hoy quien más vota a la derecha. ¿lo cree así?

Los partidos ex izquierda, como New Labour en Inglaterra, incluso los socialistas en España, tienen un terrible miedo a que se les vea como anticuados. Y conozco a la clase obrera que trabaja duro, físicamente, y es comprensible por qué votan a la derecha: sus competidores más inmediatos son los inmigrantes. Son los votantes ideales para partidos conservadores antiinmigración. Es fácil hacer teorías sobre cómo deberían verlo, pero en su experiencia inmediata, los inmigrantes significan competencia. ¿No es el fracaso del llamamiento a la unión de los trabajadores en todo el mundo? Sí, pero hasta Marx se daba cuenta de esto. No creo que podamos conseguir la unidad a la antigua usanza. Deberíamos aceptar esa pluralidad. Mire los últimos resultados electorales de las europeas. ¿Ha visto qué catástrofe? En países grandes, Francia, Inglaterra, el partido más fuerte que emergió era el antiinmigrantes. La clase obrera es cada vez más nacionalista, antiinmigrantes, hasta cierto nivel. Cuando más subes de nivel de capital o de privilegios intelectuales, más la gente puede permitirse ser liberal, multicultural. Los izquierdistas que piensan que al combatir el racismo están al mismo tiempo combatiendo el capitalismo… bueno, quizás a largo plazo. Está en el interés de los grandes capitales permitir la entrada a trabajadores inmigrantes. Porque así se presiona a la propia clase trabajadores, hay más competencia, se bajan salarios, etcétera.

Y esa presión es mayor aún si los inmigrantes son indocumentados ¿no? Los legales tienen los mismos derechos que los demás; los ilegales mucho menos.

Sí, y creo que esto es otro punto crucial para la unidad. Es como funciona el capitalismo. No se puede tener a todos los trabajadores disfrutando de plenos derechos. Algunos están dentro, otros están fuera. Los legales tienen derechos, pero luego tienes los ilegales, y luego tienes trabajadores baratos, aunque no ilegales, en Turquía, en India, en China… y hay competición entre ellos. No creo que el orden global realmente quiera abolir esa separación. Como Estados Unidos ante México: sí, se quejan que hay demasiados inmigrantes mexicanos, pero si vas a otro Estado, como California, allí juegan un papel crucial los mexicanos ilegales. Todo el mundo los utiliza, como jardineros, para trabajos locales, recoger fruta en verano, etcétera. Son parte de la economía. Y no creo que el capitalismo sea capaz de resolver esa situación legalizando a los inmigrantes. Significaría demasiados conflictos. Otra paradoja: cuanto más global sea, más se convierte en su propia víctima, más antagonismos y más tensiones crea. Si las viejas maneras de la izquierda ya no funcionan…. Pero también cuento entre las viejas izquierdas las llamadas “izquierdas de tercera vía”. El Nuevo Laborismo y eso. Creo que lo que emerge cada vez más es: un partido centrista, que económicamente es neoliberal, pero culturalmente habitualmente muy abierto, matrimonio homosexual, aborto, lo que quieras, y luego la reacción a esto, populista y antiinmigración. Que suscita pasión, pero una pasión muy peligrosa. Y si no surge una nueva izquierda, estaremos atrapados en esa oposición. Ahora estamos cogidos en Europa entre los tecnócratas de Bruselas, esta visión tecnocrática de Europa, y luego los nacionalistas antiinmigrantes. Este es el callejón sin salida.

¿Cree que esta izquierda completamente nueva que reivindica podría surgir poco a poco, mediante elecciones, como Syriza en Grecia, o sólo a través de un cambio radical, algún tipo de cataclismo?

No soy tan pesimista. ¿Alguien se habría esperado algo como Syriza hace diez años? O mire a… no sé, a la Primavera Árabe. Puede que sea la mejor metáfora para nuestras esperanzas y nuestros temores. Explotó algo que nadie se esperaba. Un movimiento radical, prodemocrático, casi laico. Pero terminó de una manera muy paradójica: cuando se introdujo un poco de democracia más auténtica, los Hermanos Musulmanes tomaron el poder en las elecciones. Y el resultado es que muchos manifestantes originales de Tahrir apoyaron el golpe militar. Este es nuestro callejón sin salida.



Imagino que usted se sentía feliz cuando veía las imágenes de Tahrir.

¡Totalmente! Contacté con ellos, les seguí… Desde el principio, yo tenía miedo: parecía que estaba todo el mundo en la calle y todo eso. No, no eran la mayoría, en realidad. Según algunas estimaciones, un máximo del 20 por ciento de la gente participaba realmente de forma activa. Creo que éste es el límite de nuestras democracias. No tengo miedo a decir cosas terribles. No creo que lo de “la mayoría del pueblo” funcione. No creo que la izquierda auténtica vaya a ganar las elecciones. No, no soy leninista, no digo que haya que dar un golpe de Estado. Debemos aceptar que quienes realmente mueven cosas son una minoría activa. Lo único que podemos hacer es tener la esperanza de que la mayoría silenciosa nos dé una oportunidad. Usted ha hablado alguna vez de esa idea, según la cual la masa no tiene por qué saber qué quiere sobre todos los aspectos, en todo momento.

Para algunos izquierdistas es horrible escuchar eso. No creo que la mayoría de la gente quiera una democracia activa. Quieren una vida tranquila, que las cosas sencillas funcionen en silencio. Voy a ser brutal. Tengo un problema con los partidarios de la llamada democracia directa: piensan que a un nivel local, todos deberíamos estar movilizados, permanentemente activos en política…. Pues perdone, pero a mí no me gustaría vivir en una sociedad así. Mi sociedad ideal es una donde me dejan en paz, y yo me puedo dedicar a mi trabajo, la Filosofía o lo que sea.

Ahora llega esta mayoría silenciosa, concluido Tahrir, y le da su oportunidad a los Hermanos Musulmanes.

El problema es que al votar a los Hermanos Musulmanes, la mayoría silenciosa ha hablado. Es la demostración de que la izquierda laica siempre era una minoría. Y es el mismo problema que en Turquía: la protesta por un parque [Gezi] en Estambul… Era claramente muy limitada, de jóvenes de clase media laica pro Occidente; esto hizo surgir algunos vínculos con islamistas de izquierda, pero en el fondo no. En el fondo, Erdogan siempre tenía la mayoría.

Cuando en Egipto, Sisi llevó a cabo su golpe de Estado contra los Hermanos Musulmanes ¿usted tenía su corazón en uno de los dos bandos?

No, porque yo era pesimista desde el principio. Desde luego, lo bonito habría sido que los manifestantes laicos se organizaran en un movimiento político que de alguna forma se enfrentara a todos los peligros, los Hermanos Musulmanes y los militares. Pero viendo la situación global, esto no funciona. Por eso no estaba demasiado triste, me lo esperaba. Ahora, lo crucial en Egipto es mantener ciertas formas de organización popular: sindicatos, feministas, estudiantes, derechos de los niños etc. Y creo que las redes de las que me hablan todos mis amigos en Egipto son el resultado que permanece y que impide volver a los tiempos de Mubarak: la sociedad civil se ha despertado en Egipto. No es lo mismo. Aquí hubo un progreso.

¿Y Siria?

Igual: tuvo el mismo proceso, pero de una manera mucho más violenta. Empezó como una resistencia ciudadana laica contra Asad y ahora tenemos al régimen de Asad contra el ISIL, contra los fundamentalistas. Y los laicos se han quedado en alguna parte en medio; algunos incluso, por desesperación, prefieren a Asad antes que el ISIL, claro.

En Europa también hay una izquierda que siempre ha respaldado a Asad, simplemente porque parece estar bajo amenaza de Estados Unidos. Sí, aunque… no diré que Estados Unidos ahora apoya a Asad aunque casi… Algunos medios aseguran que los bombardeos contra ISIL en Siria oriental se hicieron en coordinación parcial con Asad. Es una situación tan irónica… Y el colmo de la ironía es Iraq, donde ahora Irán y Estados Unidos son esencialmente aliados. Aquí, la situación es totalmente confusa.

¿Cree que en Europa pudieran ocurrir levantamientos radicales, comparables con los de Tahrir, capaces de cambiar de golpe un gobierno o sistema?

No, desde luego. Es lo que envidiamos de Ucrania. No tengo una opinión definitiva sobre los sucesos de Kiev, pero lo que nos fascinó en Europa es que todavía sea posible un suceso tan amplio, que reunía a cientos de miles de personas. Podemos hacer protestas a gran escala, en España, en otros sitios, pero no movilizar a la gente para un objetivo específico de transformación social. Por otra parte, y es una contradicción, yo todavía creo en Europa. Y está realmente en peligro. No tanto por los fundamentalistas como por nuestras propias fuerzas. Creo que Europa es el gran perdedor en esta lucha entre el capital global, democracia global y populismo antiinmigración. Mire las ideas europeas de igualdad, democracia, libertad, derechos humanos, todo eso refleja una cierta visión de la sociedad. Una sociedad justa y libre. En esto soy eurocentrista, por qué no. Si Europa se desvanece, si se convierte en simplemente uno de los centros menores del mundo, ¿qué lo reemplazará? ¿Hay candidatos?

Lo triste es que parece que sería –aunque no es correcto llamarlo así porque no tiene nada que ver con una raza– el modelo asiático… Capitalismo con antiguos valores asiáticos. Es decir, un capitalismo autoritario. China, Singapur, incluso Rusia… No será el fascismo a la antigua usanza, con su movilización política total, sino mucho más como Rusia hoy: tienes todas las libertades privadas, pornografía, puedes viajar, lo que sea, pero la estructura del poder es esencialmente autoritaria.

En su último libro, Acontecimiento, describe la religión cristiana basada como un ‘evento’ único, ubicado en la historia, el nacimiento de Jesucristo. ¿Necesita Europa esta mentalidad de advenimientos?

No, es algo más complejo, porque no describo una noción de acontecimiento sino diferentes tipos. Un acontecimiento no es algo nuevo, sino algo que ocurre de una manera totalmente imprevisible, casi como un milagro: de la nada surge algo nuevo que reestructura todo. El ejemplo más bonito es enamorarse. Vives solo, llevas una vida satisfecha, y por casualidad, no sé dónde, quizás en los baños de un bar, te encuentras al amor de tu vida y ahí todo cambia. Este es el punto. ¿Y el cristianismo?

Para mí es la religión del Acontecimiento, porque Dios no siempre está ahí. Lo que ocurre en el cristianismo es la Encarnación. Y luego, no lo olvidemos, Jesucristo muere. Aquí sigo la interpretación de Hegel: con la muerte de Jesucristo, Dios en persona muere. No hay un poder transcendental. Lo que muere en la cruz es la representación juvenil de Dios. Lo que queda después es el Espíritu Santo. Y el Espíritu Santo es simplemente el colectivo de los creyentes que deben decidir, en total libertad, qué hay que hacer. Por eso afirmo que el cristianismo es la religión definitiva del ateísmo. Del ateísmo.

El mensaje radical es que Dios ha muerto y ya sin dios estamos solos y lo único que nos puede salvar es el Espíritu Santo, es decir nuestra propia autoorganización de una comunidad de iguales. Sin embargo, esto choca con el cristianismo actual, lleno de supuestas leyes divinas… Por eso hay una gran tensión en el cristianismo a lo largo de toda su historia, por eso el cristianismo siempre se metía en luchas. Me gusta citar una anécdota de Napoleón. Lo iba a coronar emperador el Papa, pero cuando éste se le acercó, Napoleón cogió la corona de sus manos y se la puso él mismo. ¿Sabe lo que el Papa le respondió? “Sé lo que quieres: quieres destruir el cristianismo. Pero créeme, nosotros, como Iglesia, llevamos intentándolo casi dos mil años y no lo hemos conseguido” [risas]. Todo el sistema del cristianismo es un intento de controlar, de oprimir el poder explosivo y liberador que está en el núcleo del cristianismo. ¿De quién debería Europa enamorarse ahora para salvarse de su marginación?

Veamos, no aplicaría la teoría del amor de esta manera a la política. Soy muy escéptico. Tahrir era un acontecimiento, ocurrió de repente algo inesperado. Todos los regímenes que se justifican a través del amor, por amor, suelen ser regímenes muy autoritarios.

…claro, Alemania se enamoró de Hitler…

El país que utiliza el amor todo el tiempo es Corea del Norte: amar al líder. Por otra parte, la manera en la que yo interpreto la noción cristiana del ágape, en distinción de eros. El marxista británico Terry Eagleton propuso traducir ágape como “amor político”. Pero en este sentido, amor significa simplemente la idea central de los vínculos en un colectivo emancipado igualitario. Hay muchas formas de este colectivo, desde antiguas órdenes religiosas monásticas hasta partidos políticos progresistas.

Respecto al fundamentalismo islámico en Europa, Amin Maalouf dijo que la tragedia de Europa es que traicionó sus propios valores en cuanto trataba con los inmigrantes. ¿Lo comparte?

Sí, pero no coincido con algunos izquierdistas que dicen que esta amenaza islámica es una seudoamenaza, que es solo islamofobia, que no son peligrosos… No: sí debemos combatir contra el ISIL, etcétera. No creo en este tipo de multiculturalismo que dice: oh, deja que traten a sus mujeres como lo han hecho según sus tradiciones… No: Europa debe insistir en que se cumplan ciertas normas. Pero nosotros tenemos a nuestros propios fundamentalistas, no solo en Europa: en Estados Unidos, el FBI controla una lista de dos millones de personas que son potenciales terroristas de derechas. Terroristas cristianos fundamentalistas. La pregunta de verdad es: hoy, con la dinámica del capitalismo global, ¿qué engendra el fundamentalismo? Esta es la pregunta.

¿Tiene la respuesta?

La respuesta es simplemente la dinámica del capitalismo, con esa carencia de formas de identidad colectiva. Es obvio: la destrucción de comunidades tradicionales o democráticas tiene que ver con las maneras de este nuevo capitalismo tardío después del 68, el capitalismo individual. El fundamentalismo es la reacción. Por eso pienso que solo la izquierda radical nos puede salvar del fundamentalismo. ¿Eso quiere decir que el glorioso mayo de París era también un fracaso?

París 1968 consiguió algo importante, no lo subestimemos. El feminismo por ejemplo: hoy día tratamos a las mujeres de manera muy diferente. Pero al mismo tiempo, sí, se incorporó perfectamente al capitalismo global. El resultado final de la revuelta fue un cambio hacia una nueva forma del capitalismo. Todos estos valores, contra la teocracia, por las libertades personales, el disfrute, el derecho al sexo… todo se incorporó. Hoy, el capitalismo ya no es la antigua autoridad patriarcal. Es hedonista, permisivo. Así que el 68 casi ganó, pero en la Historia solo le dio un nuevo impulso al capitalismo.

Fuente: http://www.tercerainformacion.es/spip.php?article82210

            


¿Soberanía?¿Proteccionismo?

Publicado por Alfonso Vila Francés

Empezaremos a lo bruto, con una hipótesis de trabajo maximalista: la agricultura española no tiene futuro. Es más, en realidad toda la agricultura europea no tiene futuro. No es competitiva. No sobreviviría sin la PAC, la Política Agrícola Común.

Bien, esto puede sonar muy fuerte, pero cualquiera que haya visto más de tres programas seguidos deAgroesfera, el programa dedicado al campo de La 2 de Televisión Española, verá que la palabra clave es «subvención». Subvención, subvención, subvención, y por debajo y por encima otro concepto económico: cuotas. Cuotas para todo, no solo para el campo, también para la pesca y para la ganadería. Cuotas, subvenciones y multas, de eso va la agricultura española, de eso va la agricultura europea.



Vale, vamos al otro extremo, vamos a lo local, lo cercano. Yo tengo un tío que vive del cultivo de la naranja. En realidad la frase es falsa. Debería decir «yo tengo un tío que vive de las subvenciones por el cultivo de la naranja, y de la política proteccionista de la Unión Europea». Y sí, digo política proteccionista y no librecambista, porque, aunque dentro de la Unión en teoría haya «libertad de circulación de bienes, mercancías y personas», eso no quita para que respecto al resto del mundo la política de la Unión sea muy proteccionista. Y eso no solo vale para la agricultura, vale también para la industria. Naturalmente tiene toda la lógica. Todas las metrópolis han sido proteccionistas. No dejaban que nadie metiera mano en sus colonias, pues asegurarse un mercado colonial seguro era básico para su economía nacional. Ahora ya no hay colonias, por tanto ya no hay mercados seguros. Así que algo había que inventar…

Pero por desgracia el proteccionismo tiene muchos inconvenientes. Si tú eres proteccionista, los otros también son proteccionistas. Si tú no dejas que los demás te vendan su arroz, sus naranjas, sus coches, su trigo, entonces los otros tampoco te van a dejar vender tu acero o tus ordenadores. Pero volvamos a mi tío agricultor. Una vez mi padre se lamentaba al ver tantos campos de naranjas abandonados y mi tío le contestó tajante: «¡De pena nada! ¡Más campos tendrían que estar abandonados! ¡La mitad de los campos tendrían que estar abandonados!». Mi tío no estudió economía en la escuela, desde luego, pero sabe una cosa elemental: a más oferta precios más bajos. ¿Que la Unión Europea te pague para no producir? Sí, tiene toda la lógica. Es la ley del mercado.

Pero lo curioso es que al final resulta que la agricultura occidental, la agricultura de los países libres, está tan planificada como lo estaba la agricultura soviética. Y yo me pregunto, ¿pero alguna vez no ha sido así? PobreAdam Smith si saliera de la tumba. Pobre David Ricardo, pobres economistas de la escuela de Mánchester, pobres fisiócratas franceses. «Dejar hacer, dejar pasar». ¡Ah! ¡Qué metido en el cuerpo tenemos el liberalismo económico! Pero ¿alguna vez los Gobiernos han dejado de intervenir en la economía?



A mí me hace mucha gracia que hasta los mismos ingleses sucumbieran varias veces al proteccionismo, y no solo durante la crisis del 29, cuando todo el mundo se volvió fanáticamente proteccionista, sino mucho antes, en plena primera Revolución Industrial, mientras iban predicando el liberalismo por allí donde pisaban. En 1848 el Gobierno inglés aprueba una ley proteccionista. Ahí no se llega sin un largo y violento debate. De un lado están los agricultores y ganaderos ingleses, incluidos los grandes propietarios, que ven que no pueden competir con el trigo americano y con las carnes argentinas. Del otro lado están los grandes empresarios industriales, que quieren vender sus productos manufacturados por todo el mundo. Y al final ganan los proteccionistas, lo cual va contra toda la lógica porque en este momento el sector primario está en declive y lo que está que se sale es el sector secundario. Pero claro, la gente tiene que comprar productos básicos, y qué producto más básico que el pan.

«Pan y circo», decían los romanos. Con eso basta para gobernar. El trigo y el proteccionismo siempre van unidos. El trigo y el control estatal de la economía también.

¿Alguien se acuerda que pasó con la Ley de Precios Máximos jacobina? Bueno, pasó a mejor vida tan rápido como rodó la cabeza de Robespierre. Vale. En realidad esto no era nada nuevo, nada «radical». A Esquilacheno le costó la cabeza, pero sí el destierro. Y eso que estamos en un Gobierno absolutista de rostro humano, podemos decir. Y sí, Esquilache pretendía justo lo contrario, liberalizar los precios, pero el problema de fondo es el mismo: el Estado tiene que intervenir en la economía, tiene que dictar leyes económicas, con la misma finalidad: que no se produzcan crisis de subsistencia, pero, al mismo tiempo, que no haya demasiados excedentes, porque tan malo es lo uno como lo otro, tan malo es que sobre como que falte, ya que ambas cosas provocan los motines, y el rey, por muy absolutista o por muy parlamentario-constitucionalista o liberal que sea, sabe que los motines son una cosa muy peligrosa, que si no se controlan a tiempo pueden devenir en revolución.

Lenin y Stalin se tuvieron que tragar su comunismo de guerra. Los rusos se morían de hambre. Al final, la única solución fue la NEP, Nueva Política Económica, que, como bien reprochó Trotski, era una traición a la idea de base del comunismo. Pero funcionó. Dejar que los agricultores pudieran disponer libremente de sus cosechas hizo aumentar la producción. La iniciativa privada dio más trigo al Estado que todas las requisas obligatorias. Luego, cuando la gente ya no se moría de hambre, Stalin decidió que era momento de cargarse la NEP y de volver a la ortodoxia. Empezó la colectivización y el resultado fue que los rusos volvieron a morirse de hambre. Se cuenta que algunos ganaderos preferían matar sus vacas antes que entregarlas a los koljós, las granjas colectivas. No sé hasta qué punto esto fue la excepción, pero sí que es muy cierto que la colectivización se tuvo que imponer a la fuerza, con muchísimas detenciones y con una represión brutal contra los kuláks, los agricultores que más se habían beneficiado de la NEP.

¿Y Franco? El Gobierno franquista era todo menos comunista, por supuesto. Pero la política autárquica no se diferenciaba mucho en la práctica de los planes quinquenales soviéticos. Pero vamos al trigo, que siempre está en el meollo del asunto. Después de la Guerra Civil los españoles también se morían de hambre. Y el Gobierno, además de las cartillas de racionamiento, tuvo que tomar otras medidas planificadoras. Una de las más importantes fue el «Servicio Nacional de Trigo». La idea era buena, claro está. Se trataba de controlar los precios y la producción para que todo el mundo tuviera un pedazo de pan que llevarse a la boca. Pero ¿cuál fue el resultado? Ese es otro tema…

¿Aumentó la producción? ¿Aumentó la cantidad de pan disponible? No. Lo que aumentó fue el mercado negro, lo que aumentó fue el estraperlo y la corrupción administrativa. En 1943, según fuentes oficiales (es decir, que posiblemente la cifra real sería superior), el treinta por ciento de la cosecha era desviada al mercado negro. ¿Y desviada por quién? Pues por los productores, claro está. Y la coña o la gracia del asunto es que los mayores productores de trigo eran los más franquistas de entre los franquistas, o al menos uno de los núcleos duros del nuevo régimen: el lobby triguero castellano.

Un tal Onésimo Redondo, por ejemplo, un señor muy conocido como fundador de las JONS junto con Ramiro Ledesma, era el secretario y abogado de un sindicato de agricultores propietarios, el Sindicato de Cultivadores de Castilla la Vieja. ¿Y qué habían hecho estos sindicatos en los años inmediatamente anteriores a la Guerra Civil? Pues fastidiar al Gobierno republicano todo lo que habían podido y más. En otro artículo, hace tiempo, hablaba de Gabriel Jackson y de su libro La República española y la Guerra Civil. Es un libro fundamental para entender este periodo. Lo que me interesa ahora es recordar cómo los grandes productores de trigo español mentían en sus datos oficiales, diciendo que la cosecha era más escasa de lo que realmente era, no solo para hacer subir artificialmente los precios, sino para tener argumentos contra las medidas agrícolas del Gobierno republicano de izquierdas. Y lo cierto es que esta política les salía bien, pues las clases medias conservadoras y los grandes caciques se ponían la mar de contentos y se escandalizaban fantásticamente pregonando cómo el país se iba directo al desastre; y mientras el Gobierno tenía que comprar trigo extranjero, los mismos que tenían los almacenes llenos y podían reventar el mercado en cuanto les apeteciera se lo pasaban pipa gritando a los jornaleros: «¿Tenéis hambre?¡Pues comed república!». Y estaban en su derecho, pensaban ellos, porque sus intereses eran «los intereses de la nación», como siempre había sido y como siempre debía ser. ¿O no?



Pero si les iba bien era en gran parte porque no estaban solos. de eso nada. ¿Qué tiene en común un agricultor de Valladolid con un industrial textil catalán y con un empresario minero vasco?

Es fácil. «Es la economía, imbécil», que dijo alguien. ¡La economía! Y aquí, en España, la economía es lo mismo que decir el proteccionismo. Lo dice muy clarito Solomo Ben-Ami en su libro sobre Primo de Rivera, El cirujano de hierro. Pongamos por ejemplo lo que pasó en 1923, con el segundo Gobierno de García Prieto. Este gabinete había optado por revisar a la baja los aranceles proteccionistas de Cambó y negociar un tratado comercial con algunos países europeos y con los Estados Unidos. Eso supuso el rechazo rotundo de la burguesía catalana, que acusó al Gobierno de «abandonar los intereses industriales a favor de la lastimosa agricultura y de los llamados intereses del consumidor». Y esto supuso algo más: que toda la burguesía catalana aplaudiera el golpe de Estado de Primo de Rivera. ¿Y qué hizo Primo de Rivera nada más llegar al poder? Pues revocar la medidas librecambistas de García Prieto.

Pero los empresarios catalanes no estaban solos, ya lo he dicho. Los agricultores trigueros tampoco tenían ningún interés común con los agricultores vinícolas y hortofrutícolas, que eran los de la «lastimosa agricultura». Si el proteccionismo beneficiaba al trigo, perjudicaba gravemente a los exportadores de cítricos valencianos, por ejemplo. Y sí, esos no tenían tanto poder político como sus colegas trigueros, y por eso durante el siglo XIX y durante el siglo XX casi todas las leyes económicas son proteccionistas. Sin contar el intento de Esparterode negociar un tratado con los ingleses, que como es sabido fue una de las principales razones por las que tuvo que dejar el Gobierno (no sin antes no haber lanzado unas cuantas bombas sobre la insumisa Barcelona), tenemos solo un breve momento librecambista: la ley Figuerola de 1869. Y no es casualidad que sea en 1869, es decir, justo cuando acaban de darle la patada a Isabel II, porque en cuanto vuelvan los borbones y se asiente la Restauración volverá el proteccionismo, con el arancel de Cánovas de 1891.

Al final la cosa es muy simple. Hay que acabar con la competencia. Los ingleses y los franceses aprovecharon la guerra napoleónica para destruir «accidentalmente» todos los telares catalanes que pillaron por delante. Y en el caso de los ingleses es más grave, porque supuestamente venían a la península para ayudarnos, como aliados, pero no venían gratis: como contrapartida los españoles tuvieron que dejar que los barcos ingleses pudieran comerciar libremente con las colonias americanas. Por supuesto que en ese momento, con el descontrol político y la invasión napoleónica, tampoco podíamos hacer nada por proteger el mercado colonial. Pero los ingleses ya habían empezado a meter mano antes, bastante antes. Se habla mucho de los Tratados de Utrecht y Rastadt. Pero se habla poco de la letra pequeña de dichos tratados. Y en esa letra pequeña hay dos cosas muy importantes, porque son la grieta por donde va a derrumbarse todo el monopolio colonial: el control del tráfico de esclavos (llamado «asiento de negros»), que pasa a manos inglesas, y el permiso para comerciar directamente con las colonias, mediante el «navío de permiso», o lo que es lo mismo, que los ingleses pueden botar un barco lleno de mercancías y venderlas en las colonias una vez al año y con un tope de quinientas toneladas. Un barco al año puede parecer poco, pero a esto se suma el contrabando y además hace que los criollos empiecen a plantearse si comerciar con otros países puede ser más rentable que comerciar con los españoles.

«El comercio sigue a la bandera», se decía en la época. Los ingleses no perdían el tiempo en conquistar territorios para luego pensar qué hacer con ellos. Lo mismo en Argentina que en China o que en la India. Y si para evitar una crisis de sobreproducción en las fábricas algodoneras de Lancashire había destruir la industria artesanal textil india, pues se arrasa con todo y en paz, que venimos a traer el progreso y lo hacemos por su bien, aunque ellos no tengan la capacidad de entenderlo. Y funciona. La cosa funciona hasta que viene Gandhiy se pone a tejerse su propia ropa, y ahí se acabó el chollo…



¿Quién dijo que la economía es complicada? No. De eso nada. Lo mejor, destruir la competencia. Lo segundo mejor, evitar que los productos de la competencia lleguen a nuestras tiendas. Y lo tercero mejor, si nos tenemos que tragar sus productos, pues que ellos se tengan que tragar los nuestros. ¿Y si hay líos? Pues para eso está el GATT, el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio. ¿Y si viene una crisis, una de las jodidas jodidas de verdad? Bueno, entonces es más fácil aún… Proteccionismo a saco y los demás pues a freír espárragos. Eso se hizo en la del 29. ¿Sirvió de mucho? Pues según parece no sirvió de nada, más bien al contrario, empeoró la situación, y eso que entonces los países occidentales tenían sus colonias y su mercado asegurado. ¿Y ahora, qué hacemos ahora? Pues lo mismo. Más proteccionismo… ¿Qué, que ahora no hay colonias que alivien la situación? Bueno, eso es un detalle sin importancia.

Fuente: http://www.jotdown.es/2016/03/no-me-toques-proteccionismo-te-vas-enterar-1/

Bee Gees - Stayin Alive:


El chivo expiatorio de las sociedades humanas

René Girard y el origen de la cultura

Ignorada en los claustros académicos por muchos años, la teoría antropológica de René Girard (Aviñón, 1923) empieza a ser considerada la única explicación convincente sobre los orígenes de la cultura. Michel Serres llama a Girard “el Darwin de las ciencias humanas” porque “propone una dinámica, pone de manifiesto una evolución y suministra una explicación universal”. El concepto central de su teoría es el “deseo mimético”, motor de todo lo malo y todo lo bueno en la cultura, cuya consecuencia directa es el chivo expiatorio o el sacrificio humano como salida a la escalada de violencia desatada por la rivalidad mimética. No es sino hasta los Evangelios y el cristianismo cuando la especie empieza a tomar conciencia de que esa rivalidad es la causa de la violencia homicida, y el sacrificio humano empieza a ser sustituido por rituales incruentos.



Rivalidad mimética es la propensión extrema de los seres humanos a entrar en conflicto con el prójimo al que se toma como modelo, y surge del deseo de apropiarse de sus bienes, pareja o fortuna. Deseo mimético no es sinónimo de apetito fisiológico o sexual. Para que surja tiene que haber un modelo al que se quiere imitar. La violencia consecuente es disparada por la frustración del deseo no consumado; su contexto generalmente es una crisis en la comunidad a causa de hambrunas, catástrofes naturales, epidemias, etc. Esta dinámica empieza con la mutua observación de dos grupos; en cuanto uno de ellos desea apropiarse de un objeto, el otro lo imita. Muy pronto se hallan en presencia de dos deseos en vez de uno, deseos que rivalizan, pues se dirigen al mismo objeto, el cual pasa a un plano secundario en cuanto la violencia aumenta.

La escalada de violencia sólo es frenada por la unánime elección de un chivo expiatorio al que se considera la causa del desorden. El sacrificio del chivo expiatorio pone fin a la crisis por el hecho de que su elección es unánime. Ahora bien, si las rivalidades vuelven a empezar después de cada conclusión sacrificial es porque siempre aparecen nuevos objetos que suscitan nuevos deseos, los cuales provocan a su vez nuevas rivalidades que son calmadas a través de nuevos sacrificios, práctica que puede permanecer indecisa durante mucho tiempo, pero que siempre acaba inclinando la balanza a favor de los dioses.

Cuando el deseo mimético se vuelve oportunista, es decir, cuando pasa a proyectarse sobre cualquier otra cosa que encuentra, las personas a las que atormenta se enfocan paradójicamente sobre modelos y adversarios sustitutivos. La era de los escándalos en la que vivimos constituye justamente un desplazamiento de este tipo. Pero hay que diferenciar a las sociedades actuales de las primitivas. El mundo moderno puede definirse como una serie de crisis miméticas cada vez más intensas, pero no susceptibles de resolución mediante el mecanismo cruento del chivo expiatorio. Sin embargo, cuanto más indiferenciadas se vuelven las personas, más fácil es decidir que cualquiera de ellas es culpable.

El proceso de hominización es darwiniano en el sentido de que la teoría de Darwin presenta a la naturaleza como una máquina hipersacrificial donde la muerte pesa más que la adaptación. Si el hombre es una especie, experimentará pulsiones miméticas y reaccionará a la violencia y a las crisis más o menos de la misma forma que otras especies. En su lenta evolución, el hombre encuentra en el mecanismo victimario un instrumento eficaz para controlar la escalada mimética, que podría expandir la violencia hasta el paroxismo. Canalizar la violencia colectiva y enfocarla en un solo individuo considerado responsable de una determinada crisis social permite a la comunidad reducir el caos al que periódicamente se ve arrastrada. De la ritualización de este “protoacontecimiento” surgirán todos los mecanismos de estructuración social: tabúes, normas e instituciones. Sin el descubrimiento accidental de este mecanismo, los grupos sociales primitivos, dominados por estallidos de múltiples rivalidades miméticas, habrían corrido un grave peligro de autodestrucción.

La desviación de la agresividad en los animales es un primer paso en esta evolución, una especie de infrarritual del chivo expiatorio, como lo hacen las ocas estudiadas por Konrad Lorenz. Cuando dos ocas inician una aproximación de mutua hostilidad, la mayoría de las veces su agresión se desvía hacia un tercer objeto, germen del mecanismo del chivo expiatorio. El proceso es complejo, pero no cabe duda de que el grupo animal, la manada y la jauría constituyen una fase previa absolutamente necesaria para el desarrollo total del mecanismo, el cual ha funcionado como un modo de presión evolutiva, un factor de selección natural.

El nacimiento de la cultura suele ser considerado como un punto que se desvanece en el horizonte al pretender alcanzarlo, pero la postura de Girard es que en el origen hay un asesinato colectivo en el que la comunidad entera da muerte a una víctima inocente. La cuestión es cómo se desarrolla la cultura, y la respuesta es que lo hace a través del ritual. Para intentar impedir los episodios imprevisibles y frecuentes de violencia mimética, las culturas organizan momentos de violencia planificada, controlada, ritualizada. Repitiendo sin cesar el mecanismo del chivo expiatorio, el ritual se convirtió en una forma de aprendizaje. Las instituciones han sido creadas con los ladrillos proporcionados por las reconstrucciones ritualizadas del crimen original.

El origen del conocimiento es el mismo que el del orden, es decir, que el de la clasificación simbólica. Para tener un símbolo hace falta una totalidad, la cual es suministrada por la religión; y la religión, como institución, emerge a través del mecanismo victimario. El primer símbolo, el chivo expiatorio, es la fuente de la totalidad que organiza las relaciones sociales de una forma nueva. Luego, gracias al ritual, el sistema se transforma en un proceso de aprendizaje. Obviamente, las sociedades primitivas no repiten los actos para aprender, sino para que no haya más violencia, pero a fin de cuentas viene a ser lo mismo. Se trata de un proceso de aprendizaje cuya raíz se encuentra en una determinada experiencia tomada como modelo.

El mecanismo sacrificial podría explicar también el nacimiento de la domesticación de animales y la agricultura. Contra la interpretación económica y funcional, es lógico que las primeras domesticaciones fueran obra de comunidades humanas que no podían saber a priori qué especies eran domesticables y ni siquiera podían imaginar que la domesticación era posible. Es razonable pensar que las primeras domesticaciones tuvieron fines sacrificiales. Por supuesto que los seres humanos tienen que comer, igual que los animales, pero lo que los hace humanos no es la necesidad, sino la dimensión religiosa. ¿Qué cosa es más esencial que la agricultura? Cabe pensar que cuando los hombres empezaron a enterrar semillas, como lo hacían ya con los cadáveres de sus deudos a la espera de la resurrección, semejante acción se reveló eficaz, ya que se vio que el grano renacía a la vida más tarde.

En algunos lugares en los que no había animales domésticos, como en el México precolombino, tenían lugar matanzas rituales masivas de seres humanos. La sustitución de éstos por los animales es algo que nunca llegó a darse ahí, como lo ha demostrado Davíd Carrasco en City of Sacrifice: The Aztec Empire and the Role of Violence in Civilization. Respecto del carácter ambivalente del sacrificio ritual, Roberto Calasso observa que la palabra náhuatl quechcotona significa cortar la cabeza a alguien y, a la vez, arrancar una espiga con la mano (La ruina de Kash).

Fuente: http://www.letraslibres.com/revista/convivio/el-chivo-expiatorio-y-los-origenes-de-la-cultura



"Veo a Satán caer como el relámpago."

El pensamiento de René Girard lleva años revolucionando el mundo académico. Se dice de él y de su teoría que son como un puercoespín que, de forma sencilla y sin moverse del sitio, se defienden solos y desbaratan muchos lugares comunes del pensamiento dominante.

Girard, tras un pormenorizado estudio del mundo antiguo, se dio cuenta de que existía un mismo modus operandi detrás de todas las religiones arcaicas. Algo tenían en común el azteca con el griego, una misma lógica hacían semejantes los libros védicos con el rito de las danzas de las tribus africanas. El francés puso su atención en tres realidades que hoy son normalmente eludidas en toda discusión: la violencia, lo sagrado y la naturaleza mimética del hombre.

El esquema podría resumirse así:

Lo propio de lo arcaico es el mito. La naturaleza del hombre es mimética. Toda violencia humana es fruto de una rivalidad mimética. La violencia desencadenada por la rivalidad mimética termina generando una masa exaltada de hombres indiferenciados. El movimiento de la masa violenta culmina en un sacrificio. La víctima del sacrificio hace nacer al mito.

Todo mito está fundamentado, pues, en el asesinato. La función catártica del sacrificio es la que logra reestablecer el orden social alterado por la rivalidad mimética descontrolada. El orden de la sociedad antigua está fundamentado en el sacrificio.

Ahora bien, todo esto, que podría resultarnos ya evidente, no podría saberse de no haber sido por la aparición del cristianismo y esto es lo que quiere argumentar Girard en Veo a Satán caer como el relámpago.

El antropólogo francés muestra cómo, desde la ley mosaica, los textos bíblicos han supuesto una revolución contra el mecanismo victimario propio del resto de religiones antiguas. Por primera vez el asesinato es condenado y la víctima del sacrificio deja de estar divinizada y tiende a humanizarse. Así, la historia de Job, la de José y sus hermanos o los propios salmos van marcando un camino de progresiva desmitificación que culminará con la llegada de Cristo.

La historia de la Pasión marcará el punto de inflexión definitivo contra toda conciencia mítica. El Hijo de Dios muerto a manos de los hombres les revela su propia violencia y les hace responsables ante ella. La ilusión mítica, fundamentada en la ceguera e ignorancia de los hombres, queda desvelada. Aparece así por primera vez la expresión “chivo expiatorio” que hoy usamos con frecuencia para designar a las víctimas inocentes cuyo sacrificio se cree necesario en aras de un orden social. ¿Qué diferencia esencial habrá entre todas las víctimas de los relatos míticos anteriores y la historia de los Evangelios? Cristo revela la violencia en toda su profundidad y además es inocente.


El moderno es un mitómano 

A pesar de inaugurar una nueva era, el cristianismo no acaba definitivamente con los mitos y éstos seguirán resurgiendo a lo largo de la Historia de maneras muy diversas. La renovada ignorancia de nuestros contemporáneos acerca de realidades como la violencia, la dimensión religiosa y la tendencia hacia el apasionamiento mimético del hombre, hacen de todo hombre un mitómano inconsciente.

Los mitos de la modernidad pasarán desapercibidos, observará Girard, por no presentar oficialmente la etiqueta de lo religioso y ser más capaces de ocultar sutilmente el sacrificio del “chivo expiatorio”. La violencia ejercida ya no será, por otro lado, tanto física como psicológica.

En ese sentido, llama poderosamente la atención del autor la moderna preocupación por las víctimas propia de nuestra época humanitarista. La preocupación por la víctima implica la protección de toda persona frente a los mecanismos victimarios. El ejemplo más claro son los derechos humanos que precisamente tienden a universalizar la condición humana equiparándola a la de una víctima a la que hay que proteger de posibles agresiones; cosa que, por otro lado, sucede en ámbitos cada vez más diversos e impensables como la educación, el trabajo, la infancia, el sexo, etc. De este modo, la política está inconscientemente marcada por esa concepción mítica de protección de las víctimas potenciales.

El escamoteo de lo religioso trae, en efecto, su reaparición bajo formas insospechadas. Así, observamos cómo los golpes de pecho de autocensura y lamento por el poco ‘desarrollo’, la miseria mundial y la desverguenza general juegan su contrapartida a la caridad.

La mezcla entre mito y cristianismo motiva el doble rasero de la moral moderna que facilita el que, por ejemplo, un hombre capte con perspicacia cristiana cómo su vecino busca un ‘chivo expiatorio’ sin darse cuenta de los que él mismo utiliza. Se instala así el perpetuo escándalo, la indignación, el resentimiento en la moral del pueblo y una forma de violencia no reconocida cuanto menos consciente parece ser.

Fuente: https://seminariopensamiento.wordpress.com/2014/01/20/veo-a-satan-caer-como-el-relampago-rene-girard/

Curioso. Diferencias entre la Iglesia Católica y Ortodoxa desde la perspectiva de esta última: http://iglesiaortodoxa.org.mx/informacion/2013/05/diferencias-entre-la-iglesia-catolica-ortodoxa-y-la-iglesia-catolica-romana/


Aerials - System of a Down: 



La educación de un futuro no tan lejano

ENTETANIMIENTO

por Enrique Sánchez Ludeña el 8 marzo, 2015 en Educación

En 1995, en el Hotel Fairmont de la ciudad de San Francisco, se celebró el primer Foro del Estado del Mundo, al que asistieron líderes políticos, económicos y científicos de primer orden;  entre ellos George H.W.Bush, Mijail Gorbachov, Margaret Thatcher o Bill Gates. Su objetivo era estimar la situación del mundo, presente y futura, y sugerir posibles líneas de actuación.

Una de las conclusiones de este encuentro fue el reconocimiento de una evidencia: en el próximo siglo (es decir, en este) bastaría con el 20% de la población para mantener la actividad económica mundial. En consecuencia, el 80% restante no sería necesario para estos fines; lo que planteaba un serio problema social y político: ¿cómo podría la élite mundial mantener la gobernabilidad de la humanidad sobrante?

Entre las posibles soluciones que se propusieron al problema, tuvo gran aceptación la propuesta por Zbigniew Brzezinski, uno de los asesores y consejeros habituales en política exterior de los Estados Unidos. Esta solución consistía en proporcionar una mezcla de alimento físico y psicológico que fuera suficiente para mantener adormecida y de buen humor a la población frustrada del planeta. Hay un término para describirla, tittytainment, que puede traducirse como entetanimiento, una combinación de teta y entretenimiento, donde el término teta no tiene connotaciones sexuales sino de lactancia materna.

No es una idea nueva; es el equivalente del soma del mundo feliz descrito por Aldous Huxley, o de la vieja fórmula Panem et circenses aplicada por los emperadores romanos. Se trata de aplicarla en una sociedad real y más compleja. Y en esta aplicación juega un papel importante la educación recibida.

Desde la lógica, llevada al extremo, del sistema económico actual, capitalista, globalizado, liberal y tecnocrático, ¿qué características debería tener el aparato educativo, de forma que atendiera a sus intereses?

En primer lugar, aceptando la necesidad de que 20%  de la población genere y mantenga la maquinaria económica, sería preciso garantizar la formación de este sector de excelencia. Si bien hay dos niveles de excelencia: el de las élites técnicas, científicas, financieras y de gestión, es decir, los dirigentes, y el nivel exigible a los técnicos medios, cuyos saberes y competencias se vuelven, en muchos casos, obsoletos con el tiempo. La educación de unos y otros no requiere necesariamente de las mismas vías y los mismos métodos, y su selección será una combinación de herencia y meritocracia.

Una vez asegurado este mínimo necesario, queda la educación del resto de la población, de los más numerosos, de aquellos que no van a acceder al trabajo, o lo van a hacer de una forma precaria y esporádica. ¿Cómo tendría que ser esta escuela para la mayoría?

Para empezar, debería ser una escuela prolongada, de manera que mantuviera concentrado y ocupado durante el mayor tiempo posible al sector más joven de la población. La intención es retrasar en la medida de lo posible la necesidad de encontrar un trabajo y, por tanto, la frustración de no encontrarlo, a pesar de la supuesta formación recibida.

Sería una escuela finalista, que prepara para el trabajo prometido, en la que hay que permanecer cuanto más tiempo mejor, para tener más preparación y, por tanto, más y mejores oportunidades laborales. Se trataría, en consecuencia, de una escuela utilitarista y pragmática, en la que el Arte, la Filosofía y todas aquellas prácticas y saberes que no tienen una aplicación inmediata no serían relevantes; incluso serían inconvenientes, por el potencial que tienen de transformar al que los practica o se ve expuesto a ellos.

Aunque la música, la pintura, la literatura no deberían ser erradicadas, sino puestas al servicio de la diversión, de todo aquello que pudiera entretener; como tampoco debería prescindirse de la lógica, la metafísica o la ética, siempre y cuando se transformaran en ideología, en máximas  y sentencias doctrinarias revestidas de profundidad.

Para educar a los futuros parados ilustrados, debería ofrecerse una explicación sencilla y cerrada de la existencia, compuesta de hechos y verdades indiscutibles, que coloquen a cada cosa y a cada cual en su lugar. Todo ello complementado con eso que se llama cultura general; es decir, un revoltijo de nombres, fechas, libros, películas, exposiciones y monumentos que se deben conocer, leer, ver o visitar. Que se deben consumir.

La escuela de un mundo tecnocrático debe ser diseñada por técnicos, por expertos en educación. Ellos serían los responsables de descomponer todo lo que debe enseñarse en una relación de competencias observables, demostrables y medibles, indicando además cómo y cuando se enseñan estas competencias y cuál es la forma de medir su adquisición. En este diseño, los profesores tendrían que trabajar de una forma distinta a como ahora lo están haciendo, siguiendo las instrucciones y cumplimentando los correspondientes formularios que lo demostraran. Aunque, diseñado de esta manera y con las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías, gran parte de este trabajo se podría automatizar.

Disfrazado de aprendizaje autónomo, los alumnos podrían dedicar buena parte de su tiempo a visualizar vídeos, escuchar explicaciones breves, responder cuestionarios de respuesta múltiple o accionar los distintos comandos de un simulador, guiados por un ordenador y bajo la supervisión de un profesor.

Profesor cuyo perfil deberá adaptarse al de la nueva escuela que se pretende implantar. Porque, más que de sabios, este tipo de escuela necesitará de especialistas, animadores y terapeutas; de transmisores de conocimientos muy concretos, moderadores de debates televisivos y profesionales que empoderen o devuelvan la autoestima. Son fórmulas eficaces y conocidas de alimentar la ignorancia, reducir la frustración y mantener controlado el descontento.

Fuente: http://www.otraspoliticas.com/educacion/entetanimiento



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