martes, 25 de octubre de 2016

Sobre las elecciones presidenciales en EEUU. Analizando a Trump y Clinton

De lo que no se informa y/o se conoce sobre las elecciones en EEUU

Vicenç Navarro
Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra

Está claro que las grandes instituciones representativas del Estado federal de EEUU y los mayores medios de información de aquel país (lo que se llama el establishment político-mediático estadounidense) no entienden lo que está pasando en EEUU. La aparición de las candidaturas de Donald Trump en el Partido Republicano y de Bernie Sanders en el Partido Demócrata ha cogido por sorpresa a tal establishment. El candidato Trump ha alcanzado en algunos momentos de la campaña electoral unos niveles de popularidad cercanos a los de la candidata demócrata Hillary Clinton, y el candidato Sanders casi venció en las primarias del Partido Demócrata (ganó en 22 de los 50 Estados), y ello a pesar de la clara y documentada hostilidad del aparato del Partido Demócrata, que utilizó todas las malas artes en la campaña para derrotarlo.

Y uno de los elementos de lo que está ocurriendo que ha sorprendido más al establishment político-mediático ha sido el apoyo a tales candidatos, Trump y Sanders, por parte de la clase trabajadora (de raza blanca), un sector de la población que tales establishments creían que ya no existía en aquel país, pues su percepción de la estructura social del país había sustituido incluso el término de “clase trabajadora” por el de “clase media”, definiendo como tal a toda la población  que ni es rica ni es pobre. Según la percepción generalizada que tiene el establishment político-mediático de la realidad estadounidense, las categorías de clase social prácticamente han desaparecido, pues la mayoría de la población es y se siente  de clase media. En esta visión de Estados Unidos, la clase trabajadora o bien ha desaparecido, o se ha convertido en clase media (por extraño que parezca, esta percepción de la estructura social de los países capitalistas desarrollados también está generalizada en el establishment político-mediático español).



Las limitaciones de centrarse solo en las medidas antidiscriminatorias a favor de las minorías (negros y latinos) y de la mayoría de la población (las mujeres)

Dentro de este esquema, se considera que la igualdad de oportunidades (que se asume existe en EEUU) ha actuado como un ascensor social vertical, permitiendo a los ciudadanos alcanzar los niveles que su mérito y esfuerzo permiten. Se reconoce que el racismo y el machismo prevalentes en la sociedad (y la consecuente discriminación fuerte que determinan) dificulta para tales grupos –los afroamericanos, los hispanos (procedentes de Latinoamérica) y las mujeres- el ascensor social. De ahí que lo que en EEUU se presenta como el partido de centro-izquierda (el Partido Demócrata) acentúe, como punto central de su programa, las políticas antidiscriminatorias a favor de los afroamericanos, de los latinos y de las mujeres. Su objetivo es la integración de estos sectores en el sueño americano que les permita ser miembros de la clase media y alcanzar las metas personales que se propongan. La victoria electoral de un ciudadano de raza negra en las últimas elecciones presidenciales, encarnada en la figura del Presidente Obama, era un hito esencial de esta estrategia de integración. Y la posible victoria de la Sra. Clinton significaría otra gran victoria de esta estrategia de integración de los discriminados (mujeres, en su caso) en el sistema político-económico del país.

El Partido Demócrata y la insuficiencia de las políticas identitarias integradoras

 El Partido Demócrata es el partido postmodernista que ha estado enfatizando los temas de identidad como centrales de su estrategia, orientada a conseguir el apoyo electoral de las minorías –los negros y los latinos- y de las mayorías -las mujeres-. La clase social no juega un papel esencial en dicha estrategia, excepto en el énfasis de mantener el nivel de vida de las clases medias, que asume constituyen la mayoría de la población. Hasta aquí la visión del establishment político-mediático del país y sus consecuencias para la estrategia electoral del Partido Demócrata.

El problema con tal visión es que es profundamente limitada e insuficiente. Y lo que está pasando en EEUU es un indicador de ello. Estas estrategias basadas en la identidad han tenido escaso efecto en cambiar las condiciones de vida de la mayoría de las clases populares, que incluyen la mayoría de minorías negras y latinas y la mayoría de mujeres. La clase trabajadora de raza negra ha visto su nivel de vida continuar descendiendo durante el mandado del Presidente Obama, que es una persona perteneciente a tal raza. En realidad, el fenómeno más llamativo que ha ocurrido en EEUU es el espectacular deterioro del bienestar y calidad de vida de la clase trabajadora y de sus diferentes componentes, incluyendo la clase trabajadora de raza negra.



La clase social es una de las variables más importantes para explicar la dinámica política y electoral de aquel país (y que apenas aparece en el análisis de la realidad estadounidense)

En contra de lo que asume aquella visión del establishment político-mediático del país, las clases sociales continúan existiendo en aquel país (tal como también continúan existiendo en los países europeos, incluyendo España). En realidad, las cifras del censo estadounidense muestran claramente que la estructura social de EEUU es bastante semejante a la existente en la mayoría de países de la Unión Europea (UE). Existe, en primer lugar, lo que solía llamarse la clase capitalista, y que ahora se llama el 1% (el sector de la población que posee o gestiona las grandes empresas del país). En EEUU, el término más utilizado para definir esta clase (los super-ricos) es el de Corporate Class, la clase corporativa (que la componen los propietarios y gestores de las grandes empresas transnacionales basadas en EEUU).

Le sigue la pequeña burguesía, la clase media y la clase trabajadora, la cual, en contra de lo que se cree y presenta en los mayores medios de información y persuasión, constituye la mayoría de la población estadounidense (el 52%). Esta clase trabajadora es muy variada, tanto en su composición racial como en su nivel de cualificación. La clase trabajadora de raza blanca es la mejor pagada dentro de tal clase, y está sobrerepresentada (es decir, ocupa un porcentaje superior al que representa en el conjunto de la población) en el sector laboral mejor pagado (predominantemente en la manufactura), mientras que los trabajadores afroamericanos e hispanos (los que proceden de América Latina) están sobrerepresentados en los sectores peor pagados.

Esta división por raza dentro de la clase trabajadora juega un papel muy importante en la división de tal clase en EEUU. Tradicionalmente, las derechas y el mundo empresarial han utilizado el racismo para dividir y debilitar a la clase trabajadora. Fue nada menos que Martin Luther King, quien subrayó, semanas antes de que fuera asesinado, que el conflicto mayor que existía en EEUU era el conflicto de clases, siendo el racismo la ideología promovida por la clase dominante para perpetuarse en el poder, dividiendo a la clase trabajadora. De ahí que su discípulo, Jesse Jackson Senior, estableciera la Rainbow Coalition (la Coalición Arcoíris), que intentó establecer una amplia alianza de todas las razas existentes dentro de las clases populares, frente al establishment político-mediático del país.

El gran descenso del nivel de vida de la clase trabajadora en EEUU

La clase trabajadora de raza blanca ha visto su nivel de vida reducido muy seriamente como consecuencia de que los sectores donde trabajaba, como el metalúrgico (donde los sueldos son más elevados), han sido los más afectados negativamente por los Tratados de Libre Comercio. El Tratado de Libre Comercio entre EEUU, Canadá y México (NAFTA), por ejemplo, tuvo un impacto devastador en los puestos de trabajo de las grandes empresas localizadas en EEUU y que se desplazaron a México. Un tanto semejante ha ocurrido con los Tratados entre EEUU y China. En consecuencia, en los últimos veinte años, EEUU ha perdido seis millones de puestos de trabajo en el sector manufacturero. Pero el impacto negativo es incluso mayor que el que presentan estos datos, pues la exportación de puestos de trabajo debilita a los sindicatos estadounidenses, con lo cual, los salarios de los puestos de trabajo de la manufactura que permanecen en EEUU han bajado significativamente. En los últimos quince años, tales salarios han bajado un 10%. Y ello como resultado del enorme debilitamiento de los sindicatos. Tal descenso de los ingresos al mundo del trabajo ha creado la ampliamente generalizada percepción que existe en EEUU de que “los hijos vivirán peor que sus padres”.

Es lógico y previsible que hoy tales sectores de la clase trabajadora, como los que pertenecen a la raza blanca, que ha sufrido un enorme bajón en su nivel de vida y en su bienestar (es el único grupo poblacional que ha visto descender su esperanza de vida), estén enfurecidos con el establisment financiero-político estadounidense, y muy en particular con el gobierno federal, al cual responsabilizan por haber facilitado, mediante sus políticas, tal exportación de puestos de trabajo (lo cual es cierto, debido a la gran influencia del 1% de la población, la más pudiente, sobre el Estado federal).

Pero parte del enfado de este sector de la población blanca hacia el Estado federal se debe también a muchas de las políticas antidiscriminatorias del Estado federal, las cuales discriminan positivamente a favor de los negros, de los latinos y de las mujeres, situación (para corregir la discriminación histórica que tales grupos han recibido) que es resentida por los blancos, incrementando las tensiones interraciales y entre género. El hecho de que las políticas sociales en EEUU no sean universales (es decir, que no beneficien a todo ciudadano y/o residente por igual), sino benéficas asistenciales (que benefician, por ejemplo, solo a los pobres) hacen que los programas antipobreza (financiados con impuestos de toda la clase trabajadora) no sean muy populares. Ni que decir tiene que esta percepción de que el gobierno federal está transfiriendo fondos públicos a través de sus programas antipobreza a los negros, por ejemplo, olvida que la mayoría de los pobres en EEUU son blancos, no son negros. Pero la percepción que se promueve es que la mayoría de pobres son negros (que son los más pobres entre los pobres).



Las políticas identitarias olvidan que hay clases dentro de las minorías y dentro de las mujeres

Los programas antidiscriminación (que tienen lugar individualmente, persona por persona) han beneficiado primordialmente a sectores minoritarios de las minorías negras y latinas, y de las mujeres, sectores pertenecientes en su mayoría a la clase de renta media y media-alta (dentro de cada grupo discriminado). Ahora bien, la mayoría de los negros, latinos y mujeres (que pertenecen a las clases trabajadoras) no se han beneficiado, por lo general (tal como indiqué anteriormente) de estas medidas antidiscriminatorias, debido a que tales políticas antidiscriminatorias no están orientadas hacia la clase trabajadora. De ahí que, aun cuando hoy en EEUU haya más miembros de minorías que estén en posiciones de mayor nivel social y mayor poder (y lo mismo en cuanto a las mujeres), ello no quiere decir que la mayoría de las minorías y mujeres se hayan beneficiado de tales políticas antidiscriminatorias. La clase trabajadora de raza negra ha visto también como se reducía su nivel de vida durante el mandato del gobierno Obama. De ahí que la mayoría de jóvenes, incluyendo trabajadores negros y la mayoría de mujeres jóvenes por debajo de 40 años, apoyaran en las primarias del Partido Demócrata a Bernie Sanders (que enfatizó clase social) y no a Hillary Clinton (que enfatizó políticas de integración de las minorías). Clinton contó con el apoyo de las asociaciones a favor de las minorías y de las mujeres, asociaciones lideradas, en su mayoría, por personas de clase media alta, integradas en el aparato del Partido Demócrata. Pero la candidatura de Sanders tuvo su mayor apoyo entre la clase trabajadora y entre los jóvenes, incluyendo jóvenes negros, jóvenes latinos y mujeres jóvenes. Y su fortaleza forzó que el programa electoral del Partido Demócrata incorporara elementos importantes claramente progresistas que, de implementarse, mejorarían el bienestar de las clases populares, que constituyen la mayoría de la población estadounidense.

Las dos estrategias electorales que han seguido los candidatos

En definitiva, lo que hemos visto en EEUU durante la campaña electoral ha sido el conflicto de estrategias electorales que reflejan dos visiones distintas de la estructura social de EEUU. La Sra. Clinton (una figura que representa claramente el establishment político-mediático del país) ha enfatizado las políticas identitarias (de carácter anti-discriminatorio, encaminadas a favorecer la integración de las minorías y de las mujeres en el “sueño americano”). Y la otra estrategia ha sido la de movilizar a las clases populares (centradas en la clase trabajadora) frente al establishment político-mediático.

Dentro de esta última estrategia, ha habido una gran diferencia entre Bernie Sanders y Donald Trump. El primero Bernie Sanders, presentó que la movilización popular debía ser contra el 1% que controla los mayores centros del poder financiero y económico, así como al Estado y a los medios de información y persuasión. Su estrategia (la de Sanders) incluía un discurso de clase (las clases populares frente a la Corporate Class), presentando a Clinton como agente e instrumento de la clase corporativa. Trump, por el contrario, acentuó su animosidad hacia el Estado federal, sin nunca citar a la Corporate Class (de la cual es miembro prominente). En este aspecto, Trump representaba una sensibilidad política semejante a la ultraderecha francesa liderada por Le Pen, que tiene puntos en común con el nazismo y el fascismo, que hay que recordar, se definieron a sí mismos como nacional-socialismo el primero, y nacional-sindicalismo el segundo. En España, el partido fascista, la Falange, se definió y continúa definiéndose como un partido de izquierdas, y sus colores (rojo y negro) eran y son los colores del anarquismo.

La desaparición de Sanders, sin embargo, ha limitado el conflicto electoral entre el candidato Trump y la candidata Clinton. El descenso en el atractivo electoral de Trump, en parte debido a la movilización mediática en contra de sus grandes excesos que le hacen sumamente vulnerable, ha dado un alivio al establishment político-mediático del país. Ahora bien, la posible derrota de Trump dejará intacto el enorme problema que existe hoy en EEUU y del que el establishment político-mediático parece no ser consciente. 



Clinton y Trump: ¿Nuclearizados o lobotomizados?

James Petras
Rebelión

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo


Introducción

Más de la mitad del electorado estadounidense contempla con horror y desdén a los dos principales candidatos para las elecciones presidenciales de este año.

Por el contrario, la totalidad de las grandes corporaciones de medios de comunicación, en EE.UU. y en el extranjero, repiten alabanzas a las grandes virtudes de Hillary Clinton y acusaciones viscerales a Donald Trump.

Los analistas de los medios y las élites financieras, académicas y empresariales describen la posible presidencia de Clinton como una de responsabilidad, seguridad nacional, prosperidad empresarial y normalidad política.

Por el contrario, pintan al candidato republicano Donald Trump como una terrible amenaza que podría destruir el orden económico y militar global, polarizar la sociedad estadounidense y conducir a unos Estados Unidos aislados y proteccionistas hacia una profunda recesión.

Esa retórica enrarecida, que exagera las virtudes de un candidato y los vicios del otro, ignora las consecuencias trascendentales de la elección de uno u otro candidato. Hay una fuerte probabilidad de que la elección de la ultramilitarista Hillary Clinton conduzca al mundo a una catastrófica guerra nuclear global.

Por otro lado, el ascenso de Trump a la presidencia posiblemente provocaría una oposición económica global sin precedentes por parte del establishment empresarial, que llevaría la economía de EE.UU. a una profunda depresión.

No se trata de afirmaciones ociosas. Las consecuencias destructivas de la presidencia de uno u otro candidato deben analizarse mediante un análisis sistemático de la política exterior del pasado y del presente de la Sra. Clinton y de la convicción del Sr. Trump de ser capaz de transformar EE.UU. de un imperio en una república.



Clinton en la senda a la guerra nuclear

Durante el último cuarto de siglo, Hillary Clinton ha promovido las guerras más salvajes y destructivas de nuestro tiempo. Es más: cuanto mayor ha sido su implicación en la elaboración de políticas imperiales y en la implementación la política exterior, más cerca hemos estado de la guerra nuclear.

Para identificar la senda de Hillary Clinton hacia la guerra global es necesario analizar tres momentos cruciales. El inicio de la historia sangrienta de Hillary puede datarse en la de facto presidencia conjunta con su marido Bill Clinton (1993-2001).

Fase I: La presidencia conyugal militarista (1993-2001)

Durante la presidencia conjunta de Hillary con William Clinton (el Régimen Billary), la Primera Dama promovió activamente una toma del poder militarizada agresiva de Europa del este, los Balcanes, Oriente Próximo y África del Este, a menudo invocando su doctrina mesiánica favorita de “intervención humanitaria y cambio de régimen”.

Esto justificó el implacable bombardeo de Irak, que destruyó sus infraestructuras y aisló a su población para matarla de hambre mientras se preparaba la división del territorio siguiendo líneas étnicas y religiosas. Más de 500.000 niños iraníes fueron asesinados, tal y como justificó orgullosamente la entonces secretaria de Estado Madeleine Albright (1997-2001) y elogiaron los Clinton.

De la misma manera, Yugoslavia sufrió más de 1.000 bombardeos a cargo de las fuerzas aéreas de la coalición humanitaria de EE.UU. y con misiles de crucero desde el 24 de marzo al 11 de junio de 23009, en el proceso de subdividir el país en 5 mini-estados subdesarrollados “étnicamente limpios”. Miles de fábricas, edificios públicos, puentes, trenes de pasajeros, emisoras de radio, embajadas, complejos de apartamentos y hospitales fueron devastados; más de 1 millón de víctimas se convirtieron en refugiados y cientos de miles fueron heridos o muertos.

La “presidencia conyugal” consiguió realizar la guerra de agresión más sangrienta en Europa desde la invasión nazi en la Segunda Guerra Mundial, con el fin de subdividir una federación étnicamente diversa e industrialmente avanzada cuya política exterior independiente había hecho enojar al imperio empresarial occidental.

Los Clinton lanzaron la invasión militar de Somalia (en África del Este) para imponer un régimen vasallo, que provocó la muerte de muchos miles y una guerra regional imperial. Ante la resistencia desesperada popular de los somalíes, los Clinton se vieron forzados a retirar las tropas estadounidenses y sustituirlas por miles de mercenarios del África subsahariana y Etiopía, cuyas muertes pasarían desapercibidas para el electorado de EE.UU.

Desde 1992 hasta 2001, la maquinaria bélica de los Clinton contribuyó a instaurar el Estado vasallo cleptocrático de Yeltsin en Rusia, facilitando el mayor saqueo de recursos estatales en tiempos de paz de la historia mundial.

En la era de fragmentación postsoviética, los gánsteres estadounidenses y británicos aliados con los sionistas, las autoridades y “académicos” afiliados a los Clinton y los banqueros de Wall Street se apoderaron de más de 1 billón de dólares en activos públicos. Bajo el vasallaje de Clinton, la totalidad del sistema sanitario de la Unión Soviética fue eliminado y la Rusia de Yeltsin sufrió una disminución de población de 4,3 millones de ciudadanos, principalmente a causa de las enfermedades, el alcohol y las drogas, suicidios, malnutrición, desempleo, pérdida de salarios y pensiones y una epidemia sin precedentes de tuberculosis y enfermedades infecciosas que se creían erradicadas, como la sífilis y la difteria.

Senadora Hillary Clinton: Crímenes de guerra por asociación: 3 de enero, 2201-21 de enero, 2009

Durante el régimen dinástico de Bush hijo, la senadora Clinton apoyó la maquinaria de guerra estadounidense “que sembró muerte y destrucción por las cuatro esquinas del planeta” (en palabras de Bush hijo). Millones de personas en Irak y Afganistán murieron o huyeron aterrorizadas. Bush se limitó a profundizar y ampliar el caos iniciado por la presidencia conyugal de los Clinton una década antes.

La senadora Clinton promovió la invasión estadounidense directa y no provocada de Irak y la guerra en Afganistán. Así mismo respaldó las sanciones económicas contra Irán y dio su bendición al ataque israelí contra los palestinos en la Franja de Gaza y Cisjordania y las matanzas israelíes en el Líbano.

La senadora Clinton respaldó el abortado golpe de Estado de Bush hijo contra el presidente electo de Venezuela, Hugo Chávez (2002), un preludio de los intentos golpistas en países latinoamericanos que posteriormente dirigiría como secretaria de Estado.

El tiempo en que ejerció como senadora sirvió de transición entre el periodo de guerras de conquista de la presidencia conyugal y el siguiente periodo. Como secretaria de Estado con el presidente Obama, promovió agresivamente la supremacía militar global.

Secretaria de Estado Hillary Clinton: el militarismo puro y duro (2009-2014)

Cualesquiera que fueran las limitaciones a las que tuvo que enfrentarse la Sra. Clinton como senadora se disolvieron cuando pudo campar a sus anchas como secretaria de Estado. A lo largo de Europa, África, Latinoamérica y Oriente Próximo, Hillary Clinton bombardeó, masacró y desposeyó a millones de familias, destrozando sociedades enteras y desmantelando las instituciones de la sociedad civil de decenas de millones de personas. Nunca retrocedió ante la perspectiva de etnocidio e incluso bromeó con que la OTAN podría convertirse en “la fuerza aérea de Al-Qaeda”, cuando presionó para lograr una “zona de exclusión aérea” sobre Siria.

Una carcajada siniestra resonó por los pasillos de mármol cuando el Foggy Bottom1 se convirtió en pabellón psiquiátrico.

La secretaria de Estado promovió las brigadas mercenarias terroristas que invadieron Siria en un intento de “cambiar el régimen” del gobierno laico de Al Assad, empujando al exilio a varios millones de sirios. Comunidades cristianas sirias fueron barridas del mapa por completo gracias a este “cambio de régimen”.

Igualmente, dirigió los bombardeos y misiles de las fuerzas aéreas estadounidense para apuntalar la iniciativa de la despótica monarquía saudí por arrasar Yemen.

Clinton desató el bombardeó más salvaje sobre Libia destruyendo el país y provocando la limpieza étnica de un millón y medio de trabajadores subsaharianos y libios negros de ascendencia subsahariana.

Bajo la protección de señores de la guerra y jefes tribales yihadistas asesinos, la Sra. Clinton bromeó sobre la tortura y muerte del presidente Gadafi, prisionero y herido, cuyo asesinato nauseabundo y casi pornográfico por empalamiento anal fue documentado como una especia de snuff movie del “cambio de régimen”. Menos conocido es el previo asesinato al estilo del viejo testamento de varios de los hijos de Gadafi y de cinco de sus nietos mediante un ataque deliberado con misiles destinado a “enseñar al dictador” que ni siquiera sus nietos más pequeños podían esconderse.

La Sra. Clinton, que alardea de que su modelo bíblico favorito es la etnocida reina Ester, ha declarado su apoyo incondicional a los crímenes de guerra israelíes contra Palestina en Gaza y Cisjordania, así como en la diáspora. Hillary respaldó y defendió la tortura y los campos de prisioneros para niños, ancianos e indigentes.

Asimismo, siendo secretaria de Estado envió a su criminal subsecretaria Victoria Nuland (una neocon no reformada remanente de la administración Bush) a organizar el golpe de Estado violento en Ucrania. Millones de personas pertenecientes a la enorme población étnica rusa de Ucrania fueron expulsados de la región del Dombás. La Sra. Clinton pretendía convertir las instalaciones militares estratégicas rusas en Crimea en bases de la OTAN para su uso contra Moscú, lo que provocó el rechazo de los residentes de Crimea al golpe y su voto a favor de la reunificación con Rusia.

La intervención forzada del presidente ruso Vladimir Putin evitó que la limpieza étnica promovida por la Clinton en Crimea y el Dombás cuajara. Estados Unidos se vengó presionando hasta conseguir importantes sanciones económicas de la UE contra Rusia.

En consistencia con su modelo bíblico inmisericorde, la Clinton amenazó abiertamente con arrasar Irán mediante una guerra nuclear e incinerar a 76 millones de iraquíes para complacer a su tío Netanyahu, un proceso demencial que envenenaría a cien millones de árabes y quizás a unos cuantos millones de israelíes. ¡Ni siquiera los israelíes llegaron a soñar que la demencial “Opción Sansón” fuera ordenada desde Washington, DC!

Durante su ejercicio de la secretaría de Estado, la Clinton bloqueó activamente cualquier opción diplomática para conseguir un acuerdo EE.UU.-Irán sobre tecnología nuclear, limitándose a repetir como un loro la solución militarista israelí contra sus rivales en la región.

La Sra. Clinton se ha mantenido como una contumaz enemiga de los gobiernos independientes latinoamericanos emergentes. En su búsqueda de estados vasallos, la Clinton promovió los golpes de estado que triunfaron en Honduras y Paraguay, aunque fuera derrotado en Venezuela. Entre sus éxitos en política exterior, promocionó con orgullo el régimen de escuadrones de la muerte en Honduras.

Asimismo, apoyó los escuadrones de la muerte de los narco-regímenes de Colombia y México, que causaron la muerte de más de cien mil civiles.

En su senda hacia la guerra global, la Sra. militarista ha hecho lo posible por cercar a Rusia, situando armas nucleares en los Balcanes y en Polonia. Prometió colocar misiles también en Europa meridional central y en Ucrania. Justificó su órdago nuclear afirmando de forma histérica que el presidente electo Putin era “peor que el Estado Islámico”… “peor que Hitler”.

El hecho de haber amenazado repetidamente con la guerra global y participado activamente en guerras regionales de agresión debería haber incapacitado a Hillary Clinton para la presidencia de los Estados Unidos. Es política, intelectual y emocionalmente incapaz de relacionarse de forma realista con una Rusia independiente y con otras potencias independientes, incluyendo China e Irán. Su monomanía son los “cambios de régimen”, y es incapaz de evaluar cualquiera de las catástrofes que sus políticas ya han producido de hecho.

Hillary Clinton fue la orgullosa autora y directora del programa llamado “giro hacia Asia” (Pivot to Asia) de Estados Unidos, que ha supuesto un aumento descomunal de las fuerzas aéreas y navales de EE.UU. alrededor de las rutas marítimas que unen a China con sus mercados globales y sus principales fuentes de materias primas.

El militarismo exacerbado de la Clinton ha expandido las zonas de guerra de EE.UU. hasta cubrir Australia, Japón y Filipinas, incrementando en gran medida la tensión y aumentando la posibilidad de una provocación militar que conduzca a una guerra nuclear con China.

Ningún candidato presidencial de EE.UU., en el pasado o en el presente, ha participado en más guerras ofensivas en un periodo menor de tiempo ni proferido mayores amenazas nucleares que Hillary Clinton. El hecho de que todavía no haya activado el holocausto nuclear probablemente se debe a las restricciones impuestas por el presidente Obama, menos sediento de sangre que su secretaria de Estado. Estas limitaciones acabarán si la Clinton es elegida presidente de EE.UU. en un proceso amañado para conseguir dicho resultado, algo de lo que el electorado es cada vez más consciente.



Donald Trump: el camino pacífico hacia la recesión

En agudo contraste con la militarista Sra. Clinton, el “empresario” Donald Trump ha adoptado un enfoque relativamente pacífico de la política internacional para un candidato presidencial estadounidense de los tiempos actuales.

El “empresario” Trump pretende tener negociaciones productivas con el presidente Putin. Usando el genio para los negocios del que alardea sin ambages para beneficiar a EE.UU., Trump predice éxitos diplomáticos y económicos con Rusia, China y otras grandes potencias.

Molesto por décadas de generosidad del Tesoro estadounidense con sus aliados militares, Trump promete, si llega a la presidencia, cerrar bases militares en Asia y Europa y exigir que los aliados extranjeros “apoquinen” con su propia defensa.

El empresario se propone reconstruir Estados Unidos destinando el coste del mantenimiento de las misiones y las bases militares en el extranjero a proyectos de infraestructuras y creación de empleos “reales” en el propio país, algo que los belicistas que predican desde los medios de comunicación, las instituciones académicas y la burocracia de Washington desdeñan como “aislacionismo de Trump”.

La política de “America First” (Primero Estados Unidos) de Trump, que él sintetiza en el eslogan “Make America Great Again” (Volvamos a hacer grande a Estados Unidos) no prevea guerras de conquista contra países musulmanes, especialmente desde que han provocado la llegada de importantes flujos migratorios que amenazan el comercio y la estabilidad y Trump se opone a la entrada de más refugiados musulmanes en EE.UU. La política exterior de Trump, basada en limitar los objetivos militares y la guerra, es diametralmente opuesta a la estrategia de guerra total de Clinton. Trump, a quien sus enemigos ridiculizan por “sus manos pequeñas”, no parece tener el gatillo fácil que caracteriza a Hilllary.

Trump suelta afirmaciones económicas contradictorias, especialmente en su propuesta para “reconstruir Estados Unidos”, a la vez que actúa en el marco de un sistema imperial. Como presidente de EE.UU., sus políticas proteccionistas se enfrentarían directamente con el “capitalismo financiero y monopolista” estadounidense y global y probablemente llevarían a desinversiones sistemáticas y a un desastroso colapso económico o más bien a una capitulación del presidente-empresario ante el statu quo.

El problema no son sus promesas de subir los impuestos a los ricos (como alguna vez ha dicho), o de aumentar la Seguridad Social (como afirma), sino su incapacidad para admitir que dichas políticas provocarían un éxodo masivo de la élite capitalista para evitar los impuestos. La mayor amenaza estriba en que, de persistir con dichas políticas, se producirá una resistencia masiva del capital y una revuelta de los congresistas de ambos partidos políticos, dominados por el mundo financiero, que paralizaría cualquier esperanza de llevar adelante su agenda económica.

Sin independencia política para desarrollar sus programas económicos internos, Trump tendría que hacer frente a una rebelión significativa de inversiones y préstamos de los capitalistas y los banqueros, que estarían encantados de conducir la frágil economía a una gran recesión, amenazando con una especie de “sabotaje económico interno”.

Ni el Partido Republicano de Trump (ni por supuesto el Demócrata) apoyarían jamás un programa que forzara al capital multinacional a sacrificar su dependencia de la mano de obra barata del extranjero y sus cuantiosos beneficios con el fin de crear empleo interno y emplear a trabajadores estadounidenses con salarios dignos.

Como presidente, nunca conseguiría asegurar los votos necesarios en el Congreso para incrementar los impuestos a los plutócratas que le permitirían financiar las obras públicas a gran escala y los proyectos de infraestructuras y creación de empleo.

El presidente empresario se enfrentaría a toda la furia del poderoso complejo militar-industrial y de alta tecnología cuando pretendiera retirar las fuerzas militares estadounidenses de Europa, Asia, Oriente Próximo y África.

La ascensión histórica de Trump al protagonismo de la política nacional tiene sus raíces en las ideas y los valores de la mayoría de la población trabajadora, marginada por los magnates mediáticos y la gentuza de Wall Street. En la actualidad, las ideas y los objetivos de Trump concuerdan con los de la mayoría de los votantes.

En sus discursos y entrevistas predominan varias ideas generales.

En primer lugar, Trump rechaza la “globalización” (el termino descafeinado para sustituir el “imperialismo”) y el “libre comercio” (un eufemismo para hablar de la transferencia de beneficios extraídos a los trabajadores estadounidenses para invertir en negocios en el exterior). El discurso de Trump se hace eco de los recientes movimientos (“Occupy Wall Street”) que se oponen al poder del 0,1% de supermillonarios frente a la inmensa mayoría.

En segundo lugar, Trump adopta el nacionalismo económico con su eslogan “Make America Great Again”. Existen demasiados trabajadores estadounidenses (y sus familias) resentidos por haber sido explotados, mutilados y masacrados al servir en numerosas guerras en Oriente Próximo, Asia y Europa generadas por el interés de los señores de la guerra, banqueros, sionistas y otras realezas imperiales estadounidenses. Trump sostiene que todo el sistema de seguridad y de beneficios empresariales sobredimensionado ha provocado una espiral de pagos de deuda insostenible.

El tercer tema que seduce a millones votantes es su idea de que EE.UU. debería oponerse a la política de “cambios de régimen” en serie. No deberíamos iniciar o participar en guerras perpetuas en el extranjero contra países musulmanes como medida para evitar los atentados terroristas en el país. Durante uno de los primeros debates sobre política exterior, Trump conmocionó al establisment político al acusar a la administración Bush de haber mentido deliberadamente al país para conducirle a la desastrosa invasión de Irak. Esta “revelación de la verdad” provocó un fuerte aplauso en la masa electoral republicana.

El objetivo de Trump es fortalecer la civilización estadounidense e intentar no provocar más “choques de civilizaciones”…

El cuarto mensaje es probablemente el que resulta más atractivo para la mayor parte de la población estadounidense: el elocuente ataque de Trump contra las élites de Washington y de Wall Street y sus apologistas intelectuales y de los medios de comunicación. Hay millones de estadounidenses indignados con los Bush, Clintons y Obamas, así como con los Morgans, Goldman Sachs y Paulsons, cuyas políticas han exacerbado las desigualdades de clase mediante múltiples estafas bancarias y caídas financieras, todas ellas “rescatadas” con el dinero de los contribuyentes estadounidenses.

En quinto lugar, la denuncia ruidosa y descarada que Trump realiza de las mentiras y la propaganda vertidas por los medios de comunicación de masas ha sintonizado con la profunda desconfianza que siente el público hacia los mismos. Su talento para dirigirse directamente y sin rodeos a la audiencia en vivo y por internet ha contribuido a su enorme atractivo. No participa en la “conspiración”, pero reconoce que las revelaciones de Edward Snowden han desenmascarado las mentiras del gobierno y su programa de espionaje contra la gente, destruyendo las bases del discurso democrático.

Trump podría ganar las elecciones basado en sus “cinco verdades” y su compromiso a “volver a hacer grande a Estados Unidos”, pero es más probable que pierda porque ha ofendido al establishment tradicional, a los latinos, los afroamericanos, las feministas, los burócratas de los sindicatos y sus seguidores de ambos partidos. Si triunfara en las urnas, su programa político provocaría una gran crisis económica ya que necesitaría a las élites republicanas de Washington y Wall Street, el Pentágono y el “sistema de seguridad internacional” para llevarlo adelante. Si, para bloquear la agenda nacional de Trump, la élite necesita crear una crisis financiera que defienda la “globalización”, las guerras en serie y los beneficios del 0,1%,¡vayan apretándose los cinturones!

El próximo noviembre, Estados Unidos tendrá que tomar la desapacible decisión de elegir entre votar a una belicista nuclear demostrada o a un prisionero de Wall Street. Intentaré mantenerme calentito, asar castañas y evitar pensar en el hongo atómico amenazante de la Sra. Presidenta.

[1] Forma coloquial de denominar al Departamento de Estado (el equivalente al ministerio de asuntos exteriores de EE.UU., que dirige el secretario de Estado) , cuyas oficinas se encuentra en el barrio residencial de Washington de dicho nombre, cercano a la Casa Blanca.  

(2) La Opción de Sansón es un término empleado para describir la estrategia israelí de disuasión consistente en represalias masivas con armas nucleares contra las naciones cuyos ataques militares amenazan su existencia, y posiblemente contra otros objetivos

Fuente: https://www.rebelion.org/noticia.php?id=212626





Por qué Hillary Clinton es mucho peor que Trump


Angel Ferrero


Diana Johnstone es quizá una de las comentaristas de la política europea y estadounidense más reputadas en la izquierda. Colaboradora, entre otros, de Counterpunch, Johnstone, que se hizo conocida en Europa por sus críticas a la política occidental durante las guerras en los Balcanes, acaba de sacar un libro sobre Hillary Clinton titulado La reina del caos. Ángel Ferrero la entrevistó para lamarea.com

Angel Ferrero: Los medios estadounidenses han centrado su atención estas primarias en Donald Trump. Pero en su opinión, Hillary Clinton también debería ser motivo de preocupación. La ha descrito como ‘la reina del caos’. ¿Por qué?

Diana Johnstone: Trump consigue titulares porque es una novedad, un showman que dice cosas chocantes. Es visto como un intruso en un espectáculo electoral diseñado para transformar a Clinton en la “primera mujer presidenta de América”. ¿Por qué la llamo reina del caos? En primer lugar, por Libia. Hillary Cinton fue en gran medida responsable de la guerra que hundió a Libia en el caos, un caos que se extiende hacia el resto de África e incluso Europa. Ha defendido más guerra al Oriente Medio.

Mi opinión no es que Hillary Clinton “también debería” ser motivo de preocupación. Ella es el principal motivo de preocupación. Clinton promete apoyar más a Israel contra los palestinos. Está totalmente comprometida con la alianza de facto entre Arabia Saudí e Israel que tiene como objetivo derrocar a Assad, fragmentar Siria y destruir la alianza chií entre Irán, Assad y Hezbolá. Esto aumenta el riesgo de confrontación militar con Rusia y Oriente Medio. Al mismo tiempo, Hillary Clinton defiende una política beligerante hacia Rusia en su frontera con Ucrania. Los medios de comunicación de masas en Occidente se niegan a darse que cuenta que muchos observadores serios, como por ejemplo John Pilger y Ralph Nader, temen que Hillary Clinton nos conduzca, sin advertirlo, a la Tercera Guerra Mundial.

Trump no se ajusta a ese molde. Con sus comentarios groseros, Trump se desvía radicalmente del patrón de lugares comunes que oímos de los políticos estadounidenses. Pero los medios de comunicación establecidos han sido lentos en reconocer que el pueblo estadounidense está completamente cansado de políticos que se ajustan al patrón. Ese patrón está personificado por Hillary Clinton. Los medios de comunicación europeos han presentado en su mayoría a Hillary Clinton como la alternativa sensata y moderada al bárbaro de Trump. Sin embargo, Trump, el “bárbaro”, está a favor de reconstruir la infraestructura del país en vez de gastar el dinero en guerras en el extranjero. Es un empresario, no un ideólogo.

Trump ha afirmado claramente su intención de poner fin a la peligrosa demonización de Putin para desarrollar relaciones comerciales con Rusia, lo que sería positivo para Estados Unidos, para Europa y para la paz mundial. Extrañamente, antes de decidir presentarse como republicano, para consternación de los líderes del Partido Republicano, Trump era conocido como demócrata, y estaba a favor de políticas sociales relativamente progresistas, a la izquierda de los actuales republicanos o incluso Hillary Clinton.

Trump es impredecible. Su reciente discurso en AIPAC, el principal lobby pro-israelí, fue excesivamente hostil hacia Irán, y en 2011 cayó en la propaganda que condujo a la guerra contra Libia, incluso si ahora, retrospectivamente, la critica. Es un lobo solitario y nadie sabe quiénes son sus asesores políticos, pero hay esperanza de que arroje fuera de la política a los neoconservadores e intervencionistas liberales que han dominado la política exterior estadounidense los últimos quince años.

AF: Los asesores de Clinton destacan su experiencia, en particular como secretaria de Estado. Muchos se ha escrito sobre esta experiencia y no siempre de manera positiva. ¿Cuál fue su papel en Libia, Siria u Honduras?

DJ: Hay dos cosas que decir sobre la famosa experiencia de Hillary Clinton. La primera es observar que su experiencia no es el motivo de su candidatura, sino, más bien, la candidatura es el motivo de su experiencia. En otras palabras, Hillary no es candidata debido a que su maravillosa experiencia haya inspirado a la gente a escogerla como aspirante a la presidencia. Es más correcto decir que ha acumulado ese currículo justamente para cualificarse como presidente.

Durante unos veinte años, la máquina clintonita que domina el Partido Demócrata ha planeado que Hillary se convierta en “la primera mujer presidenta de EEUU” y su carrera se ha diseñado con ese fin: primero senadora de Nueva York, después secretaria de Estado.

Lo segundo concierne al contenido y la calidad de esa famosa experiencia. Se ha empecinado en demostrar que es dura, que tiene potencial para ser presidenta. En el Senado votó a favor de la guerra de Irak. Desarrolló una relación muy cercana con el intervencionista más agresivo de sus colegas, el senador republicano por Arizona John McCain. Se unió a los chovinistas religiosos republicanos para apoyar medidas como hacer que quemar la bandera estadounidense fuese un crimen federal. Como secretaria de Estado, trabajó con “neoconservadores” y esencialmente adoptó una política neoconservadora utilizando el poder de Estados Unidos para rediseñar el mundo.

Respecto a Honduras, su primera importante tarea como secretaria de Estado fue proporcionar cobertura diplomática para el golpe militar de derechas que derrocó al presidente Manuel Zelaya. Desde entonces Honduras se ha convertido en la capital con más asesinatos del mundo. En cuanto a Libia, persuadió al presidente Obama para derrocar el régimen de Gaddafi utilizando la doctrina de “responsabilidad para proteger” (R2P) como pretexto, basándose en falsas informaciones. Bloqueó activamente los esfuerzos de gobiernos latinoamericanos y africanos para mediar, e incluso previno los esfuerzos de la inteligencia militar estadounidense para negociar un compromiso que permitiese a Gaddafi ceder el poder pacíficamente.

Continuó esa misma línea agresiva con Siria, presionando al presidente Obama para que incrementase el apoyo a los rebeldes anti-Assad e incluso para imponer una “zona de exclusión aérea” basada en el modelo libio, arriesgándose a una guerra con Rusia. Si se examina atentamente, su “experiencia” más que cualificarla para el puesto de presidente, la descalifica.

AF: Como secretaria de Estado, Clinton anunció en 2012 un “pivote” a Asia oriental en la política exterior estadounidense. ¿Qué tipo de política podríamos esperar de Clinton hacia China?

DJ: Básicamente este “pivote” significa un desplazamiento del poder militar estadounidense, en particular naval, desde Europa y Oriente medio al Pacífico occidental. Supuestamente, porque debido a su creciente poder económico China ha de ser una “amenaza” potencial en términos militares. El “pivote” implica la creación de alianzas antichinas entre otros Estados de la región, lo que con toda probablidad incrementará las tensiones, y rodeando a China con una política militar agresiva se la empuja efectivamente a una carrera armamentística. Hillary Clinton apuesta por esta política y si llegase a la presidencia la intensificaría.

AF: Clinton dijo en 2008 que Vladímir Putin no “tiene alma”. Robert Kagan y otros “intervencionistas liberales” que jugaron un papel destacado en la crisis en Ucrania la apoyan. ¿Su política hacia Rusia sería de una mayor confrontación que la del resto de candidatos?

DJ: Su política sería claramente de una mayor confrontación hacia Rusia que las de Donald Trump. El contrincante republicano de Trump, Ted Cruz, es un fanático evangélico de extrema derecha que sería tan malo como Clinton, o quizá peor. Comparte la misma creencia semirreligiosa de Clinton en el rol “excepcional” de Estados Unidos para modelar el mundo a su imagen. Por otra parte, Bernie Sanders se opuso a la guerra de Iraq. No ha hablado demasiado de política internacional, pero su carácter razonable sugiere que sería más juicioso que cualquiera de los demás.

AF: Los asesores de Clinton tratan de destacar su intento de reformar el sistema sanitario estadounidense. ¿Fue ese intento de reforma realmente un avance y tan importante como dicen que fue?

DJ: En enero de 1993, pocos días después de asumir la presidencia, Bill Clinton mostró su intención de promocionar la carrera política de su esposa nombrándola presidenta de una comisión especial para la reforma del sistema nacional de sanidad. El objetivo era llevar a cabo un plan de cobertura sanitaria basado en lo que se denominó “competitividad gestionada” entre compañías privadas. El director de esa comisión, Ira Magaziner, un asesor muy próximo a Clinton, fue quien diseñó el plan. El papel de Hillary era vender políticamente el plan, especialmente al Congreso. Y en eso fracasó por completo. El “plan Clinton”, de unas 1.342 páginas, fue considerado demasiado complicado de entender y a mediados de 1994 perdió prácticamente todo el apoyo político. Finalmente se extinguió en el Congreso.

Respondiendo a la pregunta, el plan básicamente no era suyo, sino de Ira Magaziner. Como había de depender de las aseguradoras privadas, orientadas al beneficio, como ocurre con el Obama Care, ciertamente no era un avance, como sí que lo es el sistema universal que defiende Bernie Sanders.

AF: La campaña de Clinton ha recibido notoriamente dinero de varios hedge funds. ¿Cómo cree que podría determinar su política económica si consigue llegar a la presidencia?

DJ: Cuando los Clinton abandonaron la Casa Blanca en enero de 2001, Hillary Clinton lamentó estar “no sólo sin plata, sino en deuda”. Eso cambió muy pronto. Hablando figuradamente, los Clinton se trasladaron de la Casa Blanca a Wall Street, de la presidencia al mundo de las finanzas. Los banqueros de Wall Street compraron una segunda mansión para los Clinton en el Estado de Nueva York (que se sumó a la que tienen en Washington DC) prestándoles primero el dinero y luego pagándoles millones de dólares por ofrecer conferencias.

Sus amistades en el sector bancario les permitieron crear una fundación familiar ahora valorada en dos mil millones de dólares. Los fondos de la campaña proceden de fondos de inversión amigos que colaboran de buen grado. Su hija, Chelsea, trabajó para un fondo de inversión antes de casarse con Marc Mezvinsky, quien creó su propio fondo de inversión después de trabajar para Goldman Sachs.

En pocas palabras, los Clinton se sumergieron por completo en el mundo de las finanzas, que se convirtió en parte de su familia. Es difícil imaginar que Hillary se mostrase tan desagradecida como para llevar a cabo políticas contrarias a los intereses de su familia adoptiva.

AF: Se dice que la política de identidad es otro de los pilares de su campaña. Quienes apoyan a Clinton afirman que votándola se romperá el techo de cristal y que por primera vez en la historia una mujer entrará en la Casa Blanca. Desde varios medios has protestado contra esta interpretación.

DJ: Una razón fundamental para que se diese la alianza de Wall Street con los Clinton es que los autoproclamados “nuevos demócratas” encabezados por Bill Clinton lograron cambiar la ideología del Partido Demócrata de la igualdad social a la igualdad de oportunidades.

En vez de luchar por las políticas tradicionales del New Deal que tenían como objetivo incrementar los estándares de vida de la mayoría, los Clinton luchan por los derechos de las mujeres y las minorías a “tener éxito” individualmente, a “romper techos de cristal”, avanzar en sus carreras y enriquecerse. Esta “política de la identidad” quebró la solidaridad de la clase trabajadora haciendo que la gente se centrase en la identidad étnica, racial o sexual. Es una forma de política del “divide y vencerás”.

Hillary Clinton busca persuadir a las mujeres de que su ambición es la de todas ellas, y que votándola están votando por ellas mismas y su éxito futuro. Este argumento parece funcionar mejor entre las mujeres de su generación, que se identificaron con Hillary y simpatizaron con el apoyo leal a su marido, a pesar de sus flirteos. Sin embargo, la mayoría de las jóvenes estadounidenses no se han dejado llevar por este argumento y buscan motivos más sólidos a la hora de votar. Las mujeres deberían trabajar juntas por las causas de las mujeres, como el mismo salario por el mismo trabajo, o la disponibilidad de centros infantiles para las mujeres trabajadoras. Pero Hillary es una persona, no una causa.

No hay ninguna prueba de que las mujeres en general se hayan beneficiado en el pasado de tener a una reina o una presidenta. Es más, aunque la elección de Barack Obama hizo felices a los afroamericanos por motivos simbólicos, la situación de la población afroamericana ha ido empeorando.

Mujeres jóvenes, como Tulsi Gabbard o Rosario Dawson, consideran que poner fin a un régimen de guerras y cambios de régimen y proporcionar a todo el mundo una buena educación y sanidad son criterios mucho más significativos a la hora de escoger un candidato.

AF: ¿Por qué las minorías siguen apoyando a Clinton en vez de a Sanders?

DJ: Está cambiando. Hillary Clinton ganó el voto negro en las primarias demócratas en los Estados del sur profundo. Fue a comienzos de la campaña, antes de que Bernie fuese conocido. En el sur profundo, muchos afroamericanos estaban desencantados porque muchos de ellos estaban en prisión o habían estado en prisión, y la mayoría de votantes son mujeres mayores que asisten regularmente a la iglesia, donde escuchan a los predicadores pro-Clinton, no lo que se dice en Internet.

En el norte las cosas son diferentes, y el mensaje de Sanders está consiguiendo extenderse. Lo apoyan la mayor parte de intelectuales afroamericanos y de afromericanos del mundo del entretenimiento. Ésta es la primera elección presidencial donde Internet juega un papel clave. Especialmente la gente joven, que no confía en los medios de comunicación establecidos. Es suficiente leer los comentarios de los lectores estadounidenses en Internet para darse cuenta de que Hillary Clinton está considerada ampliamente como una mentirosa, una hipócrita, una belicista y un instrumento de Wall Street.

AF: ¿Cómo ves la campaña de Bernie Sanders? Es visto como la esperanza de la izquierda, pero tras la presidencia de Obama también hay cierto escepticismo. Algunos comentaristas han señalado su apoyo a intervenciones militares estadounidenses en el pasado.

DJ: A diferencia de Obama, quien prometió un “cambio” vago, Bernie Sanders es muy concreto a la hora de hablar de los cambios que se tienen que hacer en política doméstica. E insiste en que él solo no puede hacerlo. Su insistencia en que se precisa una revolución política para conseguir sus metas está realmente inspirando el movimiento de masas que necesitaría. Es lo suficientemente experimentado y tozudo como para evitar que el partido le secuestre, como ocurrió con Obama.

En cuanto a la política exterior, Sanders se opuso firmemente y de manera razonada a la guerra de 2003 en Irak, pero como la mayor parte de la izquierda, se dejó llevar por los argumentos en favor de las “guerras humanitarias”, como la desastrosa destrucción de Libia.

Pero este tipo de desastres han comenzado a educar a la gente, y puede que hayan servido de lección al propio Sanders. La gente puede aprender. Puede oír, entre quienes le apoyan, a antibelicistas como la congresista Tulsi Gabbard de Hawai, que presentó su dimisión en el Comité Nacional Demócrata para apoyar a Sanders. Hay una contradicción obvia entre el gasto militar y el programa de Sanders para reconstruir EEUU. Sanders ofrece una mayor esperanza porque viene con un movimiento nuevo, joven y entusiasta, mientras que Hillary viene con el complejo militar-industrial y Trump viene consigo mismo.

AF: Actualmente Ud. vive en Francia. ¿Cómo ve la situación en el país? ¿Qué explica el ascenso del Frente Nacional, en paralelo a otras fuerzas de la nueva derecha (o nacional-conservadoras)?

DJ: Los partidos establecidos siguen las mismas políticas impopulares en Europa y en EEUU y eso, naturalmente, lleva a la gente a buscar algo diferente. El control local de los servicios sociales se sacrifica a la necesidad de “atraer inversores”, en otras palabras, a dar al capital financiero la libertad de modelar sociedades dependiendo de sus opciones de inversión. La excusa es que, atrayendo inversores, se crearán empleos, pero esto no ocurre. Puesto que la clave de estas políticas es romper las barreras nacionales para permitir al capital financiero ganar acceso, es normal que la gente acuda a los llamados partidos “nacionalistas” que aseguran querer restaurar la soberanía nacional. Como en Europa sobreviven los fantasmas del nazismo, “soberanía nacional” se confunde con “nacionalismo”, y “nacionalismo” se equipara con guerra. Estas suposiciones hacen que el debate en la izquierda sea imposible y termine favoreciendo a los partidos de derecha, que no sufren de este odio al Estado nacional.

En vez de actuar con horror a la derecha, la izquierda necesita ver las cuestiones que afectan realmente a la gente con claridad.

AF: En el pasado ha criticado a la izquierda (o a una parte considerable de ella) por apoyar las llamadas “intervenciones humanitarias”. ¿Qué opina de la ‘nueva izquierda’ o ‘nueva nueva izquierda’ en países como Grecia o España?

DJ: La propaganda neoliberal dominante justifica la intervención militar por motivos humanitarios, para “proteger” a la gente de “dictadores”. Esta propaganda ha tenido mucho éxito, especialmente en la izquierda, donde con frecuencia se acepta como una versión contemporánea del “internacionalismo” de la vieja izquierda, cuando en realidad es todo lo opuesto: no se trata de las Brigadas Internacionales y su idealismo, combatiendo por una causa progresista, sino del Ejército estadounidense bombardeando países en nombre de alguna minoría que puede acabar demostrándose como un grupo mafioso o terroristas islámicos.

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