jueves, 29 de diciembre de 2016

La corrección política en el siglo XXI. Funcionamiento y consecuencias



Javier Benegas/Juan M. Blanco

Contaba Camille Paglia un suceso que, aunque parezca extraído de una hilarante comedia televisiva, sucedió en la vida real. Fue en 1991, en la Universidad Estatal de Pensilvania. Una profesora de Cultura inglesa y Estudios de la Mujer se escandalizó por la presencia en el aula del retrato de Francisco de Goya: La maja desnuda. Profundamente indignada, protestó  airadamente porque la presencia de la pintura constituía “acoso sexual” e infringía las leyes federales orientadas a evitar la "hostilidad en los lugares de trabajo”.

La universidad le ofreció primero impartir sus clases en un aula distinta: dijo que no. Después mover el cuadro a un lugar menos visible del aula, incluso cubrirlo cuando ella impartiera sus clases. Tampoco, su postura era inflexible: las imágenes de mujeres desnudas no podían exhibirse, estuviera ella presente o no. Que la pintura fuera un hito de la historia del arte no disculpaba la ofensa de exhibir a una mujer desnuda.

Finalmente, se acordó una solución de compromiso que permitía a la universidad disimular una capitulación bochornosa: se trasladó el cuadro a una sala de usos generales… no sin antes colocar en la entrada un cartel advirtiendo la presencia del ofensivo cuadro; cualquier cosa con tal de salvaguardar a los espíritus sensibles. A pesar de lo rocambolesco del episodio, que mereció la sátira de cierta parte de la prensa, la respuesta del mundo académico fue increíblemente comprensiva con la profesora.

Fuera del mundo universitario, Anthony Browne fue censurado en 2002 por publicar un artículo en el que cuestionaba la causa del fuerte incremento del SIDA en Gran Bretaña. Según Browne, no se debía a la creciente promiscuidad de los jóvenes, tal como sostenían las autoridades, sino a la inmigración de países africanos donde la enfermedad tenía una elevada prevalencia. Pero el gobierno decidió ocultar este hecho porque poner el foco en los inmigrantes podía acarrear una acusación de racismo. Lamentablemente, cerrar los ojos ante la realidad impedía aplicar la política sanitaria correcta. Muchas personas podían morir pero, al menos, lo harían en silencio, sin importunar al gobierno.   

España tampoco se libra de curiosos ejemplos como el de un profesor universitario que, ante la irrupción de un grupo de jabalíes correteando por el campus, bromeó con sus colegas en un chat privado proponiéndoles organizar unas jornadas de caza. El comentario se filtró y ciertas organizaciones estudiantiles exigieron que fuera sancionado por incitar a la violencia contra los animales.

Por último, qué decir del caso de Joan Higgins, de 75 años de edad, propietaria de una modesta tienda de animales que, según la nueva Ley de Bienestar Animal británica, resultó condenada a pagar una multa de 1.000 libras y a un arresto domiciliario de siete semanas por tener una cacatúa estresada y vender un pez de colores a un menor sin instruirle convenientemente sobre cómo cuidarlo.

Estos casos, y otros muchos, muestran que la sociedad occidental ha sido infectada por un terrible virus de puritanismo, intolerancia y censura. Una nueva ideología, la corrección política, se ha impuesto de forma silenciosa pero implacable. Pero ¿qué es exactamente y cuál es su objetivo?

Grupos frente a personas

La corrección política es una ideología que clasifica a la humanidad en colectivos bien diferenciados. Unos serían víctimas (“grupos débiles”) y, por tanto, buenos, siempre en posesión de la razón. Otros, por el contrario, verdugos, (“grupos fuertes”) y, por ello, malvados y mentirosos. Sin embargo, que un acto esté justificado, o no, no depende de su propia naturaleza, sino del colectivo al que pertenezca quien lo cometa. La corrección pretende eliminar cualquier expresión que pudiera ofender, aunque sea de forma no intencionada, a algún grupo calificado como débil... pero permite insultar y ofender a quien forma parte de los malos, de un grupo fuerte.

Resulta muy ilustrativa la experiencia de Star Parker, una activista americana de raza negra que, en su juventud, fue detenida por robar. Su tutor escolar, un profesor de raza blanca, lejos de reprenderla, la eximió: “no debes preocuparse, tú no eres más que una víctima del racismo”. Para la corrección política, los delincuentes son víctimas de la sociedad… si pertenecen a los llamados “grupos débiles”. Como era mujer, negra y pobre, Parker podía cometer cualquier tropelía: siempre estaría justificada.

Sin embargo, más adelante, Star comenzó a cuestionar estos argumentos. Entendió que el victimismo, la queja constante, la transferencia de la responsabilidad a otros creaban un círculo vicioso que debía romper. Así,  decidió abandonar las drogas y reconducir su vida siguiendo el consejo de otra persona: “deja de vivir de ayudas sociales, busca trabajo, esfuérzate y asume tu responsabilidad”. Al principio tuvo que aceptar empleos mal remunerados pero no desistió. Hoy es una figura destacada en la opinión americana, una activista que denuncia la corrección política, y el exceso de ayudas sociales, como principales problemas de la comunidad negra: muchos caen en la trampa de un entorno paternalista que les impide tomar las riendas de su vida. 

Antidemocracia

La ideología de la corrección política es contraria a la racionalidad porque no define las verdades por la calidad de los argumentos, o por su objetividad, sino por criterios meramente subjetivos como el colectivo al que favorecen. Debe, para ello, establecer verdades incuestionables conectadas a la emoción, tabúes que no pueden romperse sin un castigo. Por no mencionar el criterio absolutamente arbitrario con el que divide a la sociedad en víctimas y verdugos, en grupos débiles y grupos fuertes.

Hay quienes frivolizan con el fenómeno de la corrección política, argumentando que advertir del peligro es exagerado: ¿cómo puede llamarse inquisición a algo que no ejecuta en la plaza pública?

Pero también es incompatible con la democracia, con la sociedad abierta, porque niega la libertad de pensamiento, expresión y debate, imponiendo un conjunto de prohibiciones, códigos y tabúes lingüísticos. Su excusa es que sólo prohíbe lo que pudiera resultar ofensivo para las "víctimas". Pero la ofensa suele ser subjetiva, no se encuentra en el emisor sino en el receptor. Por ello, la frontera entre lo permitido y lo prohibido es arbitraria y, demasiadas veces, interesada.

Hay quienes frivolizan con el fenómeno de la corrección política, argumentando que advertir del peligro es exagerado: ¿cómo puede llamarse inquisición a algo que no ejecuta en la plaza pública? Y ¿qué hay de malo en evitar las agresiones verbales o ideológicas? Pero esta ideología no tiene nada que ver con la buena educación, con ese acertado consejo que nos daban nuestros mayores de ser respetuosos con los demás. De hecho, es antagónica al respeto porque anima a denigrar, a denostar, a linchar a quienes no se pliegan a sus dictados. Y, al mismo tiempo, muestra una exquisitez tan extrema y exagerada con otros, que prohíbe muchas expresiones que ni por asomo tienen ánimo de injuriar. ¿Acaso Goya tenía intención de ofender cuando pintó la Maja Desnuda?

No hay que tomar la corrección política como una broma o exageración sino como un verdadero peligro para la libertad, la igualdad ante la ley y la responsabilidad individual. Una corriente que desnaturaliza el lenguaje, impide el pensamiento crítico, transforma a muchos en neuróticos tiranos y genera problemas de convivencia donde no los hay. 

Fe, emociones y, sobre todo, dinero

La corrección política surgió en las universidades de Estados Unidos pero se extendió como mancha de aceite al resto de los países occidentales. En nuestro país, el secular vacío intelectual permitió que se contagiara con rapidez, sin apenas oposición. De hecho, hemos adaptado reglas “made in USA” a nuestro propio ideario, como los llamados “micromachismos”, evidente traslación del término de lengua inglesa microaggression ideado en la década de 1970 y que hacía referencia a las conductas racistas o sexistas extremadamente sutiles, casi siempre inconscientes.


En España, la expansión fue primero consentida y después alentada por las élites porque políticos y burócratas cayeron en la cuenta de que podían utilizarla en su favor. Clasificar a la sociedad en rebaños dificulta el control sobre los gobernantes. Además, políticos y partidos podían suplir su mala gestión y ganar notoriedad sumándose a las nuevas “causas sociales”, incluso llegando a ser sus ideólogos. Y por último, la súbita eclosión de "discriminaciones" justificaba una ingeniería social que, como es lógico, lleva aparejada más poder y más gasto. Claro que... una cosa es resolver problemas y otra muy distinta favorecer a unos cuantos grupos de activistas bien organizados. Con demasiada frecuencia, las nuevas medidas no sólo agravan los problemas sino que crean otros nuevos. Y la solución, cómo no, es la creación de más organismos, más observatorios, más burocracia, más presupuesto…

Sea de un modo u otro, en EEUU y en Europa se ha instaurado un nuevo puritanismo que se escandaliza con un inocente retrato dieciochesco, una suerte de religión laica, obligatoria, que no busca soluciones; sólo culpables y víctimas, que supedita las cualidades y la conciencia de cada persona a la pertenencia a un grupo. Pero juzgar a los individuos por el colectivo al que pertenecen, y no por sus hechos y cualidades personales, desemboca finalmente en aquello que la corrección política dice combatir: la injusta discriminación.  

Miedos, traumas y realidad

Error sobre error, la ingeniería social no cambia la naturaleza humana, no puede erradicar la maldad, mucho menos construir un mundo feliz. Más bien suele conseguir lo contrario. De hecho, la corrección política, como herramienta de transformación social, se ha convertido en un factor determinante de la alarmante polarización política que hoy aflora en muchos países. Convierte a muchas personas en personajes dogmáticos, quejumbrosos y neuróticos, que en todas partes ven agresiones, conflictos, agravios contra su propio colectivo. A un martillo todo le parecen clavos.

Aun sin saberlo, podemos estar convirtiendo el mundo en un sufrido espejo de nuestros miedos y traumas personales. Quizá deberíamos tomar ejemplo de Star Parker, cuando decidió que su condición de mujer negra no iba a determinar su vida. Y recordar aquella frase que sintetiza el valor de la sociedad abierta: "Estoy en desacuerdo con tus ideas, pero defiendo tu sagrado derecho a expresarlas".




La censura y la izquierda liberal

Es muy probable que usted, querido lector, pertenezca a una familia de clase media, con más o menos posibles, en la que, desde la más tierna infancia, sus padres, abuelos y familiares le educaron en una serie de convenciones morales, algunas de ellas bastante elementales tales como que no se debía abusar de los demás, que estaba mal pegar o pelearse, menos aún hacerlo con personas manifiestamente más débiles. Incluso, tal vez le enseñaran que la violencia de cualquier tipo, no sólo física, sino también verbal, contrariamente a lo que un crío pueda creer, no te colocaba por encima de los demás sino justo lo contrario: te degradaba.

Era difícil siendo muy joven asumir por completo esas enseñanzas, sobre todo en el colegio, sin el amparo de la familia, rodeado de desafiantes competidores, de locos bajitos que buscaban destacar sobre los demás, erigirse en líderes dominantes o, simplemente, colocarse los primeros en la cadena alimenticia de una selva infantil. En ocasiones se fracasaba porque resultaba imposible reprimir el insulto ante una provocación o no recurrir al uso de la fuerza cuando algún chaval te arreaba un mamporro durante una discusión. Sin embargo, los mayores insistían. Así, perseverando, madurabas y desarrollabas un mayor autocontrol. Ya de adulto, eras tú quien transmitías esas mismas convenciones a tus hijos, que a su vez tenían que asumirlas e intentar salir indemnes de sus infantiles selvas particulares.

Evolución social

Sin embargo, pese a esas convenciones nobles, aquellos eran tiempos diferentes. Tiempos en los que hacer chistes sobre maricas, negros, mujeres, discapacitados físicos o mentales no estaba mal visto. Se admitían porque nos hacían reír y se descontaba que su coste moral no recaía sobre nosotros sino que corría a cuenta de minorías testimoniales. La “ofensa” era inocua, en tanto que afectaba a grupos supuestamente residuales o que no manifestaban de forma contundente su indignación. Obviamente esta circunstancia no ennoblecía la costumbre. De hecho, antes de que aparecieran  grupos organizados que defendieran a las minorías, estas actitudes ya resultaban incómodas para quienes eran educados en contra del abuso, porque podían intuir cierta incoherencia entre esas elevadas convenciones transmitidas en el seno familiar y la trivialización del menosprecio, aunque fuera para pasar el rato. Así, aunque la actitud mayoritaria consistiera en mirar para otro lado, con el tiempo aquellas actitudes fueron cayendo en desuso.

Podríamos decir que el progreso social consiste en desarrollar reglas informales contrarias a cualquier práctica que atente o denigre a los demás. Unas reglas informales que tarde o temprano terminan convirtiéndose en reglas formales. Quizá no a la velocidad que muchos desean, pero la evolución se produce. Sin embargo, lo que hoy entendemos como corrección política (o políticamente correcto) es relativamente reciente. Un fenómeno no tanto surgido de forma espontánea, a través de reglas informales que dimanan de la sociedad, sino dirigido desde las instituciones a exigencia de organizaciones que, se supone, representan a grupos agraviados, discriminados o simplemente vituperados. Esta corrección política ha dado lugar no sólo a legislaciones polémicas, que, esgrimiendo la discriminación positiva, han chocado frontalmente contra el principio de igualdad ante la ley, sino al surgimiento de una policía del lenguaje.

La policía del lenguaje

Hoy, cualquiera con una mínima empatía sabe que no sólo la agresión física hace daño sino que también puede hacerlo la palabra. Por lo tanto, la corrección política, que afecta al uso del leguaje, ha progresado sin apenas resistencia, a una velocidad vertiginosa, demasiado vertiginosa como para no producir efectos adversos. Al fin y al cabo, ¿quién osará oponerse a prohibiciones que persiguen actitudes inmorales? Lamentablemente, las sociedades no son masas uniformes de millones de individuos, capaces todos de avanzar a igual velocidad en el complejo terreno de las convenciones. Hay quienes están encantados con que la progresión sea vertiginosa y quienes necesitan más tiempo para asumir situaciones completamente nuevas que, en no pocos casos, les obligan no ya a luchar contra la costumbre, el hábito, sino a girar 180 grados sobre sí mismos.

Hoy, cualquiera puede meterse en un buen lío por el simple hecho de tener un desliz y usar una expresión inconveniente, quizá anacrónica, aunque sólo sea una frase hecha dentro de una conversación mucho más amplia y, desde luego, sin intención de ofender. Peor aún, se puede sacar de contexto una expresión y que algún desdichado termine siendo linchado socialmente, sin que la turba atienda a razones. De hecho, resulta alarmante la facilidad con la que hoy se adjudican etiquetas como “intolerante”, “machista”, “racista”, “xenófobo”, “homófobo” a cualquiera que, no ya utilice expresiones incorrectas, sino manifieste su desacuerdo o disienta de determinadas iniciativas, leyes o medidas que supuestamente tienen como fin revertir algún tipo de discriminación.

Autocensura y silencio

Así, hemos llegado a un punto en el que cada vez son más las personas que prefieren autocensurarse, eludir la discusión, el debate o, simplemente, no manifestar su parecer ante el riesgo de ser señaladas con el dedo y que su reputación se vea comprometida. En vez de propiciar el acuerdo, el intercambio de ideas y pareceres, se incentiva el silencio, la falta de comunicación y el distanciamiento entre las personas.

Los políticos llevan demasiado tiempo jugando al peligroso juega de la polarización, a dividir a la sociedad en facciones, en grupos de intereses de los que se valen para alcanzar el poder

Para que una sociedad evolucione de forma equilibrada es necesario un clima que favorezca el diálogo, donde las personas puedan expresar libremente sus preocupaciones, inquietudes, dudas y, por qué no, desacuerdos. Una sociedad sana tiene que poder debatir sobre cualquier asunto, abiertamente, sin tabúes, desde todas las perspectivas y dentro de un clima de confianza. Pero si la policía de la corrección política anda al acecho, atenta al menor indicio de disidencia, dispuesta a arrojar a la hoguera a cualquier sospechoso de herejía, ese clima es imposible. Así, lejos de lograr la integración, lo que se perpetúa es la exclusión. Si hay un síntoma de la crisis de la política es la incapacidad de los partidos para sumar, para ser realmente inclusivos. Muy al contrario, los políticos llevan demasiado tiempo jugando al peligroso juega de la polarización, a dividir a la sociedad en facciones, en grupos de intereses de los que se valen para alcanzar el poder. Y están determinados a perseverar en el error.

Como muestra, valga un botón. Tras la victoria de Trump, el partido Demócrata se plantea buscar un candidato que movilice el voto afroamericano y latino, porque ahí ha estado la clave del fracaso de Hillary Clinton. Pero lo que puede parecer un acierto en el corto plazo, es un error a largo plazo. En realidad, el fracaso no ha estado en no movilizar a minorías decisivas sino plantear la política como un juego de desequilibrios, en vez de como un gran proyecto, donde todos los ciudadanos, independientemente de su raza, sexo, religión o preferencias, estén y se sientan debidamente representados.



Así actúa la corrección política en la sociedad. Polícía de lo moralmente correcto



Hacia una sociedad infantilizada

En la genial novela de de Philip Roth, La mancha humana, la vida del decano universitario Coleman Silk se desmorona tras interesarse por dos estudiantes que han faltado a todas sus clases, “¿Conoce alguien a estos alumnos? ¿Tienen existencia sólida o se han desvanecido como negro humo?” pregunta en el aula. Desgraciadamente para Coleman, uno de los aludidos resulta ser afroamericano y, cuando llega a sus oídos la pregunta, la interpreta como un ataque racista. Aunque no había ánimo ofensivo en sus palabras, puesto que jamás había visto al estudiante, Silk es acusado de racista, cesado como decano y despedido. Sin otra universidad dispuesta a contratarlo, su economía familiar se deteriora rápidamente. Padece el rechazo de la comunidad, el repudio de amigos y conocidos y, en el colmo de la desdicha, su esposa sufre una apoplejía a causa del estrés y fallece.

Aunque el decano Silk sea un personaje de ficción, Philip Roth refleja las vivencias de infinidad de profesores norteamericanos censurados o expulsados de las universidades porque sus discursos, o siquiera sus apreciaciones, turbaban a un alumnado cada vez más sobreprotegido e infantilizado. Porque no se ajustaban a lo políticamente correcto.

¿Universidades o jardines de infancia?

Hace poco más de dos años, según realtó Judith Shulevitz, estudiantes de la Universidad de Brown organizaron un debate abierto sobre agresiones sexuales. Inmediatamente, otro grupo de alumnos, temeroso de que los intervinientes pudieran exponer ciertas ideas “negativas”, protestó ante la dirección argumentando que la universidad debía ser un “espacio seguro” donde nada avivara los traumas de las víctimas. Las autoridades académicas no cancelaron el acto, pero pusieron a disposición de los asistentes su propio "espacio seguro": una sala contigua donde cualquiera pudiera acudir para recuperarse de algún punto de vista turbador, y, si se sentía con fuerzas, regresar al debate. La estancia estaba equipada con cuadernos para colorear, juegos de plastilina, cojines, música relajante, mantas, galletas, chuches, incluso un video en el que aparecían perritos jugando. También contaba con personal cualificado para atender posibles traumas. Cuando el evento finalizó, dos docenas de personas habían pasado por esta sala, una de las cuales explicó: "me sentía bombardeada por unos  puntos de vista que van en contra de mis creencias más íntimas".

En otra ocasión, un profesor del Columbia College recomendó la visita a una interesante exposición de arte samurai japonés. Inmediatamente, uno de sus estudiantes protestó airadamente, tachando su sugerencia de políticamente incorrecta porque podía herir la sensibilidad de los alumnos chinos. Obviamente, la objeción era absurda; la invasión de China por el ejército imperial japonés había finalizado setenta años atrás. Sin embargo, para el estudiante el tiempo transcurrido era irrelevante. Siguiendo su lógica, el arte alemán ofendería en Francia, el francés en España por la invasión napoleónica, o el español en Flandes.

Otro caso llamativo es el del ex presidente de la Universidad de Harvard, el economista Larry Summers, que tuvo la desgraciada ocurrencia de defender teorías donde mostraba que el coeficiente de inteligencia de los hombres presenta una dispersión, una varianza mayor que el de las mujeres, planteando como hipótesis que este hecho podía influir en la asignación de puestos de trabajo en las escalas más altas y más bajas. Automáticamente fue acusado de machista y, tras una durísima campaña en su contra, Summers se vio obligado a dimitir en 2006.

Del oscurantismo a la ignorancia

El calvario de todos estos profesores ilustra la plaga de la corrección política, una moda que invade los campus universitarios del mundo desarrollado, constituyendo una asfixiante censura que, en no pocas ocasiones, provoca dramas absurdos perfectamente evitables. Lo peor, con todo, es que condena a la sociedad al oscurantismo, a la ignorancia. Al fin y al cabo, Summers sólo podría haberse ahorrado el calvario falseando las teorías, adaptándolas a la “realidad” de lo políticamente correcto o, sencillamente, renunciando a investigar. Por su parte, el profesor de Columbia debería pensárselo dos veces antes de recomendar exposiciones de arte a sus alumnos puesto que todas, de alguna manera, herirán la sensibilidad de alguien. En cuanto a los estudiantes de la Universidad de Brown, para evitar sobresaltos tendrían que renunciar a organizar debates abiertos.

"La universidad no puede ser un 'espacio seguro'. El que lo busque, que se vaya a casa y abrace a su osito de peluche"

El irresistible avance de la corrección política es una señal muy potente que nos advierte de la infantilización de la sociedad occidental, reflejada con pavorosa nitidez en su universidad, de donde precisamente proviene. Tanto despropósito llevó a Richard Dawkins, profesor de biología evolutiva de la Universidad de Cardiff a advertir a sus estudiantes, con indisimulada indignación: "La universidad no puede ser un 'espacio seguro'. El que lo busque, que se vaya a casa, abrace a su osito de peluche y se ponga el chupete hasta que se encuentre listo para volver. Los estudiantes que se ofenden por escuchar opiniones contraria a las suyas, quizá no estén preparados para venir a la universidad".

La corrección política es producto de ese pensamiento infantil que cree que el monstruo desaparecerá con solo cerrar los ojos. Pero la maduración personal consiste justo en lo contrario, en descubrir que el mundo no es siempre bello ni bueno, en la toma de conciencia de que el mal existe, en llegar a aceptar y encajar la contrariedad, el sufrimiento. Y, por supuesto, en aprender a rebatir los criterios opuestos. En su esfuerzo por hacer sentir a todos los estudiantes cómodos y seguros, a salvo de cualquier potencial shock, las universidades están sacrificando la credibilidad y el rigor del discurso intelectual, remplazando la lógica por la emoción y la razón por la ignorancia. En definitiva, están impidiendo que sus alumnos maduren.

La trampa del “espacio seguro”

Cuando se designa unos espacios universitarios como seguros, implícitamente se está marcando otros como inseguros y, por lo tanto, tarde o temprano habrá que “asegurarlos”, hasta que cualquier opinión desconcertante quede prohibida en todo el campus. Y, si esto es válido para la universidad, ¿por qué no trasladarlo a la sociedad en su conjunto? Así, la represión se extiende como mancha de aceite, prohibiendo palabras, términos, actitudes, estableciendo una siniestra policía del pensamiento.

En la práctica, es la autoridad quien acaba dictaminando lo que es políticamente correcto y lo que no. Y lo hace, naturalmente, a favor del 'establishment' y de los grupos de presión mejor organizados

Desde el punto de vista conceptual, la corrección política es incongruente, cae por su propio peso. Dado que no todo el mundo opina igual ni posee la misma sensibilidad, no es posible separar con rigor lo que es ofensivo de lo que no lo es, establecer una frontera objetiva entre lo políticamente correcto y lo incorrecto. Hay personas que no se ofenden nunca; otras, sin embargo, tienen la sensibilidad a flor de piel. La ofensa no está en el emisor sino en el receptor, Así, en la práctica, es la autoridad quien acaba dictaminando lo que es políticamente correcto y lo que no. Y lo hace, naturalmente, a favor del establishment y de los grupos de presión mejor organizados.

La corrección política es una forma de censura, un intento de suprimir cualquier oposición al sistema. Y es además ineficaz para afrontar las cuestiones que pretende resolver: la injusticia, la discriminación, la maldad. No es más que un recurso típico de mentes superficiales que, ante la dificultad de abordar los problemas, la fatiga que implica transformar el mundo, optan por cambiar simplemente las palabras, por sustituir el cambio real por el lingüístico. 

"Es un error juvenil confundir los nombres con las cosas. Las palabras son sólo signos convencionales para identificar objetos o hechos: son estos últimos los que cuentan"

Lo expresó de forma certera el defensor de los derechos civiles W. E. B. Du Bois en 1928. Tras ser recriminado por un joven exaltado por usar la palabra "negro", Du Bois respondió: "Es un error juvenil confundir los nombres con las cosas. Las palabras son sólo signos convencionales para identificar objetos o hechos: son estos últimos los que cuentan. Hay personas que nos desprecian por ser negros; pero no van a despreciarnos menos por hacernos llamar 'hombres de color' o 'afroamericanos'. No es el nombre... es el hecho". En efecto, ni la discriminación, ni el racismo, ni cualquier otro problema, se resuelven por cambiar los nombres. Como mucho, se logra tranquilizar la mala conciencia de algunos.    

Y el resultado es... Donald Trump

Hay mucha gente en el mundo, demasiada en España, que, al parecer, carece de la madurez emocional o de la capacidad intelectual para escuchar una opinión política que se aparte de sus convicciones sin considerarla un insulto personal. Al poner los sentimientos por encima de los hechos, de las razones, cualquier opinión válida puede ser desactivada tachándola de racista, sexista, discriminatoria. Puede que a estas personas la corrección política les haga sentirse más cómodos, pero a costa de instaurar la cultura del miedo en los demás. Clint Eastwood declaró: "Secretamente, todo el mundo se está hartando de la corrección política, del peloteo. Estamos en una generación de blandengues; todos se la cogen con papel de fumar". Aun así no era plenamente consciente del peligro que se avecinaba: tarde o temprano el virulento efecto péndulo invierte las magnitudes, la gente acaba hastiada de tanta censura, y como reacción... vota a Donald Trump.

Renunciar al libre discurso, al libre pensamiento, para evitar herir la sensibilidad de algunos es peor que estúpido: es peligroso porque pone en cuestión los principios de la democracia. Debemos ser respetuosos con todo el mundo, por supuesto. Pero también expresar con libertad nuestras ideas y argumentos. Si alguien se molesta, se rasga las vestiduras, es muy probable que esté mostrando su talante inmaduro, su carácter infantil e intolerante. Lo advirtió George Orwell en su novela 1984: "La libertad es el derecho de decir a la gente aquello que no quiere oír".




El ridículo de los progresistas

Por Jean Bricmont

Global Research, 13 de noviembre de 2016

CounterPunch, 11 de noviembre de 2016

Traducido por Mariola García Pedrajas

Hillary Clinton llamó a la mitad de los votantes de Trump “morralla”1. En todas las discusiones que he tenido con “liberales”2 estadounidenses, éstos me explicaron que los que apoyaban a Trump eran en su mayoría hombres blancos incultos.

Sin embargo, soy lo suficientemente viejo como para recordar una época en la que todos los partidos de izquierdas, socialistas o comunistas, e incluso el partido Demócrata estadounidense, tenían como base los trabajadores de la “clase trabajadora” o el “hombre corriente”. A nadie se le ocurría indagar si tenían títulos universitarios o investigar si sus opiniones eran o no políticamente correctas en temas de racismo, sexismo o homofobia.

Lo que definía a los trabajadores como sujetos progresistas era su condición de explotados económicamente y no algún tipo de ortodoxia ideológica o pureza moral.

A finales de los años 70 del pasado siglo un gran cambio tuvo lugar dentro de los partidos de izquierdas. Éstos fueron dominados cada vez más por miembros del mundo académico y su ideología cambio radicalmente de la de la izquierda clásica.

Muy lejos de tener como objetivo el establecer alguna forma de socialismo, o meramente de justicia social, la izquierda se convirtió en la campeona de la lucha por la igualdad de oportunidades, contra la discriminación y el prejuicio y – con el avance de la globalización – de la apertura de los mercados.

El más o menos mítico héroe de la izquierda ya no era el proletariado sino el marginal, el emigrante, el extranjero, el disidente o el rebelde – incluso si se trataba de fanáticos religiosos con los que ningún intelectual de izquierdas tendría nada que ver. Uno recuerda a Jean-Jacques Rousseau burlándose de aquellos que pretenden amar a los tártaros para evitar tener que amar a sus vecinos.

Poco a poco se forjó una nueva clase de alianza: el llamado uno por ciento, o de manera más realista el diez por ciento más rico que se beneficia de la globalización, se alía con la intelectualidad de clase media para vender la globalización en el nombre de la “apertura a los otros” y exhibe el espectro del racismo o el sexismo para atraer a minorías y a ciertas feministas (porque aunque las mujeres no son una minoría, ciertas reivindicaciones feministas son similares a las de las minorías).

Pero esta alianza era extremadamente antinatural en términos socioeconómicos, puesto que las principales víctimas de la globalización son los trabajadores menos cualificados, con frecuencia mujeres y miembros de las minorías.

El sesgo pro-globalización de la izquierda la llevó por mal camino paso a paso. Primero renunció a cualquier esfuerzo de regular la economía, contentándose con reclamar un reparto equitativo de los frutos del crecimiento asegurando la “igualdad de oportunidades”. Pero en el mundo real las desigualdades crecieron mucho más que la economía.

También imaginaron que se podían abolir las leyes internacionales y que una tal “comunidad internacional” – en la práctica los Estados Unidos y sus aliados – mantendría el orden mundial por medios militares. De nuevo, en el mundo real eso creo únicamente caos, refugiados y resistencia a ese orden estadounidense. De hecho, con el paso del tiempo, la propia población estadounidense fue víctima de un extraño desorden, “fatiga de guerra”. Excepto una minoría de ideólogos, apenas nadie en los Estados Unidos quiere soportar los costes de un imperio.

Había que lidiar con las protestas de las víctimas de la globalización. El truco fue usar la ideología de la tolerancia: cualquier objeción a la globalización se etiquetaba como racismo o xenofobia. Los intelectuales se involucraron en “la lucha contra el racismo” con entusiasmo, con un ojo puesto en la preservación de su propia posición social privilegiada, al abrigo de las tormentas económicas de las globalización.

En los Estados Unidos, era suficiente con estigmatizar las opiniones no deseables; en Europa, se las llevaba a los tribunales.

Todo eso tenía que explotar antes o después, lo mismo que el Muro de Berlín se vino abajo cuando la URSS colapsó, y por las mismas razones: una élite autocomplaciente pero bastante incompetente, aislada de las realidades sociales, que afirma hacer lo que es mejor para la gente pero sin consultarla, y la cual al final ni siquiera reparte los beneficios prometidos, acaba provocando una rebelión contra ella misma.

Primero el Brexit, después Trump. Sea lo que sea lo que uno piense de ese individuo, mientras peor sean las cosas que dijeron de él los “liberales” estadounidenses, más se pone de manifiesto la enormidad de la derrota de éstos. Después de años de corrección política y sermones sobre feminismo y antirracismo, ¿qué puede ser más humillante que la elección de alguien que ha sido demonizado por feministas y antirracistas como Trump?

Para los ardientes defensores de la Unión Europea, la globalización y las guerras humanitarias, la victoria de Trump tiene un efecto comparable al de las huelgas de los trabajadores polacos contra el Partido Comunista gobernante: sacaron a la luz el descontento incluso en el proletariado que teóricamente ejercía la dictadura. La elección de Trump muestra la revuelta de la población estadounidense en la ciudadela misma del libre mercado y el imperialismo.

Queda por ver si Trump llevará a cabo los aspectos progresistas de su programa; proteccionismo y paz con Rusia. Esos eran los aspectos que más enfurecieron a la oligarquía, mucho más que sus comentarios groseros y sus contradicciones. Esos son por lo tanto los aspectos que requerirán la mayor inteligencia y determinación para hacerse realidad.

Una izquierda que se atreva a examinar de cerca sus errores pasados debería hacer todo lo que pueda para empujar a Trump en esa dirección, más que alienar a la población aún más subiéndose una vez más a su caballo de superioridad moral y vendiendo su alma a los líderes del Partido Demócrata responsable de su propia derrota3.


Los partidos y políticos progresistas tienen una singular predilección por obcecarse en debatir temas secundarios totalmente periféricos al debate político

Fragmento del artículo....

Estas discusiones y proclamas serían más o menos inofensivas si el TTIP fuera la única obsesión quijotesca de la izquierda en España, pero no es el caso. Los partidos y políticos progresistas tienen una singular predilección por obcecarse en debatir temas secundarios totalmente periféricos al debate político o a las preocupaciones de los ciudadanos, y de hacerlo además abusando de una jerga inescrutable para los legos. Hablo de debates como el artículo 135 de la constitución, el canon digital, los CIE, la visita de Obama a España, las SICAV o la conspiración internacional contra Venezuela. Algunos de ellos son importantes (de esa lista, el canon digital y las SICAV lo son), otros no lo son tanto. Lo importante, sin embargo, es que cada vez que la izquierda dedica su tiempo, energía y entusiasmo a litigarlos electoralmente, muchos votantes dejan de prestarles atención.

El resultado es que tenemos políticos y partidos encantados de haberse conocido hablando entre ellos sobre cosas en las que están todos de acuerdo pero que apenas entiende nadie, mientras Mariano Rajoy hace campañas donde simplemente lee en voz alta la lista de las cinco principales preocupaciones del CIS en medio de un campo de lechugas y gana elecciones. La izquierda se empecina en hablar de temas que son más de identificación tribal propia que problemas ciudadanos concretos, y después se sorprende que nadie los acabe por tomar en serio.

Muchas de las obsesiones de la izquierda son temas importantes. Es necesario modernizar el absurdo sistema de propiedad intelectual en España. Es necesario eliminar agujeros fiscales. Debemos velar para que el TTIP no reduzca la capacidad europea de combatir el cambio climático o limite el uso de medicamentos genéricos. Lo que no es útil, y de forma más crucial, no sirve para ganar elecciones, es pasarse el día persiguiendo cosas brillantes, discutiendo qué significa ser de izquierdas y quejándose sobre la impureza del partido de al lado en su defensa del proletariado. Cuando el PSOE, Podemos e Izquierda Unida se dedican a hacer eso lo único que consiguen es que un señor con barbas les gane en las urnas diciendo cosas como que España tiene que ser un país serio.

Es hora de que la izquierda empiece a entender con qué armas va a la guerra. Todo lo que no sea hablar de las preocupaciones reales de los votantes es perder el tiempo.




"Doblepensar significa la facultad de sostener dos opiniones contradictorias simultáneamente, dos creencias contrarias albergadas a la vez en la mente...". Orwell



Los sorprendentes resultados los dio a conocer el Family Policy Institute of Washington en este vídeo (está en inglés, pero dispone de subtítulos en español: mira la barra inferior de vídeo si no los tienes activados).

La mayoría de los encuestados eran incapaces de afirmar lo evidente: que su interlocutor no era una mujer, ni era china ni medía 1,95 metros.

En las respuestas de los estudiantes salía a relucir hasta qué punto el relativismo y la corrección política están bloqueando su capacidad de afirmar la verdad, un bloqueo que tiene su origen en un cada vez más descarado adoctrinamiento ideológico en las escuelas.

Lo estamos viendo en el caso de España, donde un libro que precisamente denuncia ese adoctrinamiento está sufriendo un acoso inquisitorial.

Se está instalando el miedo a decir la verdad. Ese adoctrinamiento tiene un efecto perverso: quienes sostienen puntos de vista opuestos a los de la corrección política acaban teniendo miedo de manifestarlos por si son señalados y perseguidos.

Y todo ello por la progresiva imposición de una ideología de origen totalitario que sostiene la más que discutible tesis de que los roles de cada sexo son fruto simplemente de imposiciones culturales, y que cada uno puede elegir el sexo al que pertenece, definiéndolo como “género”, de modo que a un hombre le basta con decir que se siente mujer para que se obligue a todo el mundo a reconocerle como tal, incluso amenazando con sanciones al que lo discuta.

El problema de esta ideología es que se contradice a sí misma. Por ejemplo, en España hay una “Ley de Violencia de Género” que establece penas más severas para los hombres que para las mujeres. Basta con la palabra de una mujer, por ejemplo, para que un hombre sea detenido por maltrato.

Pero ¿y qué pasa si el maltratador se declara mujer? ¿Por qué la ley no contempla que todo aquel que afirme ser mujer quedará eximido del trato que la ley contempla para los varones?

¿Lo próximo será elegir raza, edad, estatura o especie?

Por otra parte, y como es lógico, si se puede elegir el sexo y obligar a los demás a afirmar una falsedad, ¿cuánto tardarán en hacer lo mismo con la raza, la edad, la nacionalidad, la estatura o incluso la especie?

Si a una persona le basta con negar su sexo biológico para que el Estado coaccione a toda la sociedad a fin de que nadie lo discuta, ¿qué argumentos racionales darán para negar esa elección a los que niegan su raza, su edad, su estatura, su complexión corporal o incluso su condición humana?

Si uno puede afirmar que es mujer a pesar de haber nacido hombre ¿qué impedirá que alguien diga que se siente un klingon y el Estado multe a todo aquel que lo niegue?

Si uno puede afirmar que es mujer a pesar de haber nacido hombre, y la ley nos obliga a negar lo evidente, ¿qué impedirá que el día de mañana alguien diga que se siente un klingon y el Estado multe a todo aquel que lo niegue?

Para rechazar tal posibilidad ni siquiera sería válido el argumento de que la raza klingon es una invención de una serie televisiva (Star Trek) de ficción. ¿No se basa también en una ficción la ideología de género?

Una sociedad en la que te persiguen por afirmar lo evidente

Los efectos pueden ser desastrosos cuando esta pendiente resbaladiza hacia el disparate pase del sexo a características como la edad o la estatura.

¿Por qué negar el alistamiento en las Fuerzas Armadas a una persona de menos estatura que la exigida, pero que diga sentirse muy alta?

¿Por qué negar el derecho a votar a un niño de 7 años que diga sentirse un adulto de 25?

Y en la misma línea, si un hombre de 70 años dice sentirse un niño de 6, ¿con qué argumentos le impedirán acudir a clases de Primaria junto a escolares de esa edad?

Cuando uno acepta disparates como los que sirven de base a la ideología de género, ha de ser consecuente y aceptar que si elegimos el sexo como quien elige el color de su ropa, ha de poder elegirse todo lo demás.

Y donde hoy hay leyes para obligar a la gente a mentir sobre el sexo de los demás, si seguimos así mañana tendremos leyes para obligarnos a suscribir otras mentiras.


Con la corrección política y con la imposición legal de la ideología de género no estamos logrando una sociedad más libre y tolerante y menos discriminatoria, sino una sociedad menos libre y menos tolerante a la verdad, en la que afirmar lo evidente se convierte en motivo de persecución.

Fuente: http://www.actuall.com/criterio/familia/hombre-blanco-mide-175-asegura-una-mujer-china-195-dirias/

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