martes, 27 de diciembre de 2016

Posverdad. La realidad fugaz y la verdad breve

La mentira política y la distorsión de la realidad

El diccionario Oxford describe la posverdad como “aquella circunstancia en la que los hechos objetivos cuentan menos que las percepciones”. La opinión respetable (tanto la americana como la nuestra) lamenta el triunfo de la posverdad porque Trump ha hecho circular informaciones falsas que sus votantes se ha tragado encantados de la vida. Pero esto hace muchos años que sucede en el bando de lo políticamente correcto y hasta ahora nadie parecía preocuparse. No son pocos los progres que, tanto aquí como en Estados Unidos, hacen oídos sordos a la realidad objetiva, mientras responden a creencias muy discutibles y a prejuicios completamente infundados. Ciertamente, hay extremistas de derecha que niegan, por ejemplo, el cambio climático (Trump entre ellos); pero los fanáticos del naturalismo hace años que propagan mitos sobre la comida, los animales o la salud. Por ejemplo, predican que nos estamos envenenando con la química que acompaña a los alimentos, siendo como es evidente que ahora los humanos vivimos más años que nunca.



Entre nosotros, el concepto posverdad ha suscitado muchas bromas. En esta parte del Mediterráneo, la especialidad es la bromita. Aunque nuestra policía de lo políticamente correcto es tan activa como en el mundo anglosajón, el hecho es que generalmente no tiene necesidad de actuar porque casi nadie se atreve a cuestionar los dogmas que impone. Por miedo a ser tachado de antifeminista o de homófobo, nadie se atreve a discutir la ideología de género. Por miedo a ser tachado de xenófobo, casi nadie se atreve a hablar de los costes de la multiculturalidad. Por miedo a ser descrito como un ricachón egoísta, casi nadie se atreve a defender la propiedad privada, lo que ha causado el predominio, incluso legal, de la filosofía okupa (como sabe bien aquella señora de Mataró que tiene que vivir en un sótano porque no puede vender su vieja fábrica okupada). Aquí sólo discutimos por la nación. Tienes identidad catalana o la tienes española (ni siquiera te dejan matizar el dilema): este es nuestro único campo de ideas.

Ciertamente, hay quien desafía el corsé de lo políticamente correcto. Los humoristas, por ejemplo. Pero generalmente buscan una provocación rentable. Procuran sacar punta de los aspectos más anecdóticos o grotescos de esta ideología, pero no cuestionan ningún aspecto esencial. Al contrario: la ironía omnipresente contribuye a afianzar los valores dominantes: el relativismo y el hedonismo. Si todo es igualmente tonto y trivial –vienen decir nuestros humoristas– al menos pasémoslo bien.
El discurso irónico, al convertirse en obligatorio, se ha convertido en una salsa anodina que hace que todo lo que se escribe o se escucha tenga el mismo sabor. “El sarcasmo, la parodia, el absurdo y la ironía son maneras geniales de quitar la máscara a las cosas para mostrar la realidad desagradable que llevan dentro”, dijo David Foster Wallace en una entrevista. Suicidado en el 2008, es el novelista americano más talentoso y elogiado de los últimos veinte años. El problema de la ironía, venía a decir Wallace, es que, una vez has desacreditado todas las ilusiones y has desencantado todas las posiciones, no te queda más remedio que seguir hablando en tono de broma.

En este contexto dominado por la salsa de una ironía, aparece el concepto posverdad a propósito de las malas artes electorales de Trump. Ciertamente, el presidente electo es un mentiroso compulsivo, ¿pero ahora resulta que la mentira política y las noticias falsas son novedad? ¡Si las ha habido siempre! Más aún: La cultura universitaria americana, tan progresista e influyente, es una abanderada del relativismo. No hay una verdad, sino interpretaciones, decían; pero ahora lamentan que los votantes de Trump se hayan aferrado a sus prejuicios en vez de aplaudir la multiculturalidad y la globalización cosmopolita.

Hace décadas que el academicismo liberal (en el sentido americano del término) ha conseguido imponer la idea de que no hay objetividad posible, ya que todo pasa a través de la percepción del sujeto. Se nos empuja constantemente a cuestionar nuestras creencias, identidades y supuestos. Se dice que no son reales ni verdaderos, que sólo son construcciones sociales. La ideología de género, por ejemplo, se fundamenta en el principio de que nada es natural, ya que todo es cultural, construido, y, por tanto, desconstruible. Hay tantas verdades como puntos de vista, se afirma solemnemente. Desde la escuela francesa, por ejemplo, se promueve la subversión de los valores e identidades tradicionales, considerados causa de todos los males: quien se opone a ello es expulsado del ágora y forzado a alinearse con la extrema derecha. Incluso el candidato Fillon es descrito entre nosotros como un radical por el mero hecho de ser católico. En nuestra televisión pública, se ha llegado a proclamar, en un reportaje informativo, que los niños no son niños aunque tengan pene porque lo que cuenta es la percepción que, antes de la pubertad, estos niños tienen de su identidad. ¿Y ahora resulta que nos escandaliza la posverdad?



La mentira política en la era Trump

“El súbdito ideal del reino totalitario”, escribía Hannah Arendt, “no es el nazi convencido ni el comunista convencido, sino el hombre para el que ya no existe la distinción entre hecho y ficción, ni entre verdadero y falso”. Es una magnífica definición del candidato Donald Trump, que el 9 de noviembre se convirtió en el 45º presidente de Estados Unidos. Nunca un hombre político había borrado hasta tal punto la frontera entre verdadero y falso, entre realidad y ficción. Para Donald Trump, que ha hecho campaña durante 16 meses multiplicando las mentiras, las habladurías y las calumnias, es la capacidad de producir adhesión, de seducir, de engañar lo que confiere validez a la palabra pública. Es el índice de audiencia lo que decide entre lo verdadero y lo falso, entre lo que es real y lo que es ficticio.

LA "TRUMPESFERA" ACTUABA COMO UN AGUJERO NEGRO QUE ABSORBÍA LAS CRÍTICAS Y LAS LLAMADAS AL ORDEN

“Ha mentido de forma estratégica”, ha declarado Tony Schwartz, el escritor en la sombra de Trump. “No le crea ningún escrúpulo de conciencia”. A muchas personas “la verdad se les queda estrecha”, y la indiferencia de Trump hacia la verdad “ha representado, sorprendentemente, una ventaja para él”. Por mucho que los medios de comunicación se esforzaran en contraponer la verificación de los hechos a sus mentiras, la realpolitik a sus quimeras aislacionistas, la moral a sus desvaríos sexistas y racistas, la Trumpesfera actuaba como un agujero negro que absorbía las críticas y las llamadas al orden. Ya pueden los medios de información tacharle de fascista, de neofascista, o compararle con el mismo Hitler, “a la gente le da  igual”, replica él con arrogancia. Una actitud típica de los fascistas. Y vuelve a alimentar con más fuerza la provocación con una nueva observación racista contra los musulmanes, los hispanos, las mujeres y los homosexuales, inflamando una vez más a los medios de comunicación escandalizados.

“En Donald Trump”, escribía Roger Cohen en The New York Times, “hay realmente un candidato fuera de cualquier esquema: es uno que miente en continuación, que insulta, que utiliza un lenguaje impensable hasta ahora. Si se dice: ‘Hay alguien que quiere ser presidente de Estados Unidos y miente constantemente’, y millones de personas dicen: ‘De acuerdo, sí, quizá es algo que no se debe hacer, pero en cualquier caso le voy a votar’, creo que es necesario hacer un análisis profundo”. 

Es evidente que podemos echarle la culpa a la credulidad de los votantes o a la complicidad de los canales televisivos todo noticias –Fox News, MSNBC y CNN-- que gracias a Trump han conseguido récords de audiencia e ingresos publicitarios estimados en varios miles de millones de dólares. ¿Pero cómo romper la espiral que vincula las provocaciones de Trump con los récords de audiencia de las televisiones, y estos récords con el consenso electoral? Las explicaciones no faltan.

EL MUNDO YA NO FUNCIONA ASÍ. NOSOTROS SOMOS AHORA UN IMPERIO Y CUANDO ACTUAMOS CREAMOS NUESTRA REALIDAD

En Estados Unidos se ha acuñado incluso un neologismo para designar esta nueva era de mentira política, la “política de la posverdad”. La confluencia entre movimientos populistas y  redes sociales habría creado un nuevo contexto y un nuevo régimen de verdad caracterizado por la aparición de burbujas informativas independientes entre ellas, torres de información inmunes a los pesos y contrapesos tradicionales que funcionaban como árbitros en el espacio público. Ahora las personas pueden elegir su fuente de información de acuerdo con sus propias opiniones y sus propios prejuicios, en una suerte de inviolabilidad ideológica que es también una forma de autismo informativo. Esto puede explicar una cierta fragmentación de las opiniones públicas, pero no la continua realimentación verbal, o el  histerismo alcanzado en el debate público que hemos constatado en esta campaña. 

En un artículo de The New York Times publicado algunos días antes de las elecciones presidenciales de 2004, Ron Suskind, editorialista de The Wall Street Journal de 1993 a 2000 y, posteriormente, autor de diversos sondeos sobre la comunicación de la Casa Blanca, reveló el contenido de una conversación que había mantenido en el verano de 2002 con un asesor de George W. Bush. 

Dicho asesor, molesto por un artículo que Suskind acababa de publicar en la revista Esquire sobre la exdirectora de comunicación de Bush, Karen Hughes, le agredió inesperadamente: “Me dijo que las personas como yo formaban parte ‘de lo que llamamos comunidad basada en la realidad (o reality-based community): vosotros creéis que las soluciones surgen de vuestro juicioso análisis de la realidad observable’. Yo asentí y murmuré algo sobre los principios de la Ilustración y del empirismo, pero él me interrumpió: “En realidad, el mundo ya no funciona así. Nosotros somos ahora un imperio y cuando actuamos creamos nuestra realidad. Y mientras vosotros estudiáis esa realidad, con la sensatez que tanto os gusta, nosotros volvemos a actuar y creamos otras realidades nuevas, que podréis estudiar a su vez, y es así como funcionan las cosas. Nosotros somos los actores de la historia. […] Y a vosotros, a todos vosotros, no os queda nada más que estudiar lo que nosotros hacemos”.

Estas declaraciones, pronunciadas por un responsable político estadounidense de alto nivel (quizá Karl Rove) pocos meses antes de la guerra en Irak, no son solo cínicas, dignas de un Maquiavelo comunicólogo, sino que parecen más propias de un escenario teatral que de un despacho de la Casa Blanca. Y no solo plantean un problema político o diplomático, sino que hacen patente una nueva concepción de la relación entre política y realidad: los mandatarios de la primera potencia mundial se alejan no solo de la realpolitik, sino también del simple realismo, para convertirse en creadores de su realidad, en dueños de las apariencias, reivindicando lo que podríamos definir como una realpolitik de la ficción.



El artículo de Suskind tuvo un gran impacto. Los editorialistas y los blogueros se adueñaron de la expresión “comunidad basada en la realidad”, que se difundió a través de la red.

“Durante estos últimos tres años”, explica Jay Rosen, profesor de periodismo en la Universidad de Nueva York, “es más, desde el comienzo de la aventura en Irak, los estadounidenses han asistido a clamorosos fracasos de los servicios de inteligencia, a fiascos espectaculares en la prensa, a un descalabro asombroso de los dispositivos públicos de control de la acción del Gobierno, como la desaparición de la vigilancia sobre el Congreso y el cortocircuito del Consejo Nacional de Seguridad, que habían sido instituidos precisamente para evitar esas circunstancias. Al hablar de “derrota del empirismo”, Suskind evidencia la esencia de este proceso, consistente en restringir la deliberación, el control, la indagación de los hechos, la investigación sobre el terreno”.

Ron Suskind observaba que estas prácticas constituían una ruptura con una “larga y venerable tradición” de la prensa independiente y del periodismo de investigación. Denunciaba una campaña “poderosa y diversificada, coordinada a nivel nacional”, cuyo objetivo era el descrédito de la prensa. A un periodista que le preguntaba si pensaba que estos ataques estaban dirigidos a eliminar el periodismo de investigación, Suskind le respondió: ¡Claro que sí! Este es precisamente el objetivo, la desaparición de la comunidad de periodistas honrados en Estados Unidos, ya sean republicanos o demócratas, o miembros de grandes periódicos. […] De esta forma ya no nos quedará nada más que una cultura y un debate público basados en la afirmación en vez de en la verdad, en las opiniones en vez de en los hechos”. 
              
Roosevelt fue el primer presidente que utilizó la radio para comunicar con los norteamericanos. Kennedy inauguró la era de la televisión. Cuando Roosevelt pronunciaba un discurso en la radio, “la gente tenía tiempo suficiente para reflexionar, podía compaginar emoción y hechos”, explica el neurocientífico António Damásio. “Hoy, con Internet y la televisión por cable que difunden informaciones las 24 horas del día, estás inmerso en un contexto en el que ya no tienes tiempo para reflexionar. Los electores están guiados por sentimientos puros de simpatía o de aversión, de armonía o de desasosiego que les inspiran los candidatos a los que conocen a través de su relato”. En sociedades hipermediatizadas, atravesadas por flujos de información continuos, la capacidad de estructurar una visión política no con argumentos racionales sino mediante el relato de historias, se ha convertido en la clave de la conquista y del ejercicio del poder. Ya no es la pertinencia lo que da a la palabra pública su eficacia, sino la plausibilidad, la capacidad de movilizar a su favor grandes corrientes de público y de adhesión…

La elección de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos es el punto culminante de esta evolución. Con él, lo que entra en la Casa Blanca es el universo de los programas de telerrealidad (o reality). Más que de construir la realidad, se trata de producir una telerrealidad permanente, un universo disgregado en el que la libertad de expresión se manifiesta constantemente mediante la transgresión. La telerrealidad trumpista es un telecarnaval en el que se escenifica sin descanso la subversión de lo alto y lo bajo, de lo noble y lo trivial, de lo refinado y lo vulgar, así como el rechazo de las normas y de las jerarquías constituidas y la rabia contra la élite. Trump es una representación de la bazofia del lujo que triunfa bajo la enseña de lo vulgar,  lo escatológico y la mofa. Es el vencedor con la semblanza del perdedor. “He maquillado a un cerdo con una barra de labios”, según las palabras de su escritor en la sombra Tony Schwartz.

A los blancos desclasados, que han representado el meollo de su electorado, les propone una revancha simbólica, la restauración de una superioridad blanca turbada por el avance de las minorías en una sociedad cada vez más multicultural, espejo de los medios de comunicación y de los intelectuales. Es contra este espejo contra el que Trump ha encauzado la rabia hacia la élite, desacreditando a los unos para volver a dar crédito a los otros a costa de  decir todo tipo de mentiras. Y lo ha hecho utilizando las recetas de los programas de telerrealidad, que satisfacen esta necesidad de representación, muy conocida clínicamente, y que se nutre de la impotencia del vivir. Lo que Trump ha logrado captar y transformar en capital político es esta necesidad de representación. “Yo fomento las fantasías de la gente. […] La gente quiere creer que una determinada cosa es la más grande, la más excepcional, la más espectacular. Yo llamo a esto hipérbole real. Es una forma inocente de exageración y una forma eficacísima de promoción”. Palabras extraídas de su autobiografía Trump: el arte de la negociación. 





Posverdad y populismo

Un fantasma recorre el mundo: el fantasma de la confusión terminológica. Ya que si algo llama la atención del auge global del populismo, que ha llevado a Donald Trump a la Casa Blanca y tiene a Marine Le Pen enfilando el Elíseo, es la dificultad que encontramos para definirlo con precisión. Pero saber de qué estamos hablando cuando hablamos de populismo es importante; de otro modo, convertiremos en inútil una categoría decisiva para entender la crisis que atraviesan las democracias occidentales. ¡No sea que, aplicando los remedios inapropiados, terminemos por agravarla! Bien por recurrir habitualmente a mecanismos de decisión tan ineficaces como el referéndum, bien por asimilar —por contaminación atmosférica o estrategia deliberada— los elementos del discurso populista. Es así necesario preguntarse por qué tiene lugar este revival tan espectacular como inquietante.

Hay que empezar por aclarar que el populismo no es, como se ha puesto de moda afirmar, la oferta de soluciones sencillas para problemas complejos. Si así fuera, no hay partido político que pudiera sustraerse a semejante acusación. ¿Quién se presentaría a las elecciones prometiendo remedios abstrusos para problemas intratables? Más aún: ¿quién podría ganarlas anunciando subidas de impuestos o reformas dolorosas? En la medida en que la competición electoral requiere persuadir a un público más sentimental que racional, no hay discurso político que no propenda a la simplificación. O sea: a un grado variable de demagogia. Incluso el admirable Obama ganó sus primeras elecciones con un discurso de fuerte contenido afectivo: su Yes we can no podía ser menos impreciso ni más eficaz. Hay, claro, diferencias: no todos los actores políticos son demagógicos por igual. Pero no es ahí donde encontraremos la clave que nos permita distinguir al populismo de sus alternativas.

Digámoslo ya: es populista quien despliega un discurso antielitista en nombre del pueblo soberano. En otras palabras, quien sostiene que el pueblo virtuoso ha sido víctima de una élite corrupta que ha secuestrado la voluntad popular. Y lo es, en fin, quien se arroga la potestad de determinar quién pertenece a cada una de esas entidades: quién es gente, quién es casta. De ahí que el contenido de esos contenedores de indudable fuerza simbólica no se encuentre prefijado: entre los enemigos del pueblo pueden contarse empresarios, inmigrantes, periodistas; pero bien pueden ser pueblo, como a menudo sucede en el populismo latinoamericano, las minorías indígenas. De hecho, cualquiera puede transitar entre ambas, del pueblo a la élite y viceversa, si abraza el ideario populista. ¡No solo los significados son flotantes cuando hablamos de populismo! Ahí está el caso Espinar para demostrarlo: una conducta dudosa se transforma en “ética” cuando el implicado está en el lado bueno de la divisoria moral.

Pueblo contra élite: tal es el núcleo esencial del populismo, que podemos reconocer en sus principales manifestaciones de ahora mismo, de Podemos al Frente Nacional. Es norma también que la encarnación del movimiento corresponda a un líder carismático que, como ha explicado con brillantez José Luis Villacañas, es investido afectivamente por sus seguidores con cualidades redentoras. A ello hay que añadir rasgos de estilo que no son exclusivos del populismo, pero lo acompañan casi invariablemente: la provocación, la protesta, la polarización. Más que de una ideología en sentido propio, se trata de un estilo político que pueden adoptar por igual actores de izquierda y derecha. Y que se relaciona ambiguamente con una democracia a la que acompaña, como ha escrito Benjamin Arditi, como un espectro: invocar al pueblo en un régimen político que dice asentarse sobre el “gobierno del pueblo” no deja de tener sentido. Es tirando de este hilo como podemos encontrar razones que nos ayudan a explicar su auge contemporáneo.

Hay que reparar, sobre todo, en la creciente distancia que media entre el ciudadano y el gobierno de los asuntos colectivos: aunque elegimos representantes, sentimos que estos se encuentran muy lejos de nosotros. ¡Y es verdad! La tecnocratización del Gobierno responde a una creciente complejidad social que el ciudadano, por lo general poco sofisticado políticamente, apenas comprende o no se esfuerza en comprender: el 43% de los votantes norteamericanos pensaba que el índice de desempleo había subido durante los años de Obama, cuando en realidad ha descendido, y la mitad de los españoles no distingue el PIB del IPC. De manera que las democracias, para ser eficaces, no pueden sino reforzar su dimensión aristocrática en detrimento de la popular. Margaret Canovan lo explica muy bien: “La paradoja es que mientras la democracia, con su mensaje de inclusividad, necesita ser comprensible para las masas, la ideología que trata de salvar la brecha entre la gente y la política distorsiona (no puede sino distorsionar) el modo en que la política democrática, inevitablemente, funciona”. En una crisis, cuando el ciudadano siente que las élites le han fallado, se vuelve contra ellas y reclama —espoleado por el líder populista— recuperar su capacidad de decisión directa. ¡Que vote la gente!

La esfera pública se ha fragmentado en nichos emocionales donde la realidad cuenta poco

Se refuerza así la dimensión plebiscitaria de la democracia, que favorece al líder populista; no digamos si, como sucede con Trump, tratamos con un maestro de la telerrealidad. También contribuyen a ello la crisis de la mediación desencadenada por las nuevas tecnologías y la de los partidos tradicionales. Simultáneamente, las redes sociales intensifican el tribalismo moral y sirven como mecanismos afectivos que expresan identidades antes que razones. Por eso se habla de democracia posfactual: porque la esfera pública se ha fragmentado en nichos emocionales donde la realidad tiene poco que decir. Hasta que la realidad habla, como ha sucedido en Grecia o sucederá en EE UU si Trump aplica políticas proteccionistas. Es interesante constatar también cómo el prestigio cultural del rebelde —el outsider enfrentado al sistema canonizado en el cine, la publicidad y los medios de comunicación— contribuye también al éxito del populista, quien a fin de cuentas vende su producto como una insurrección contra el establishment. La reforma es conformista, la insubordinación es sexy.

¿Tiene futuro el fenómeno populista? No cabe dudarlo, a la vista de un pasado histórico aún no tan lejano. Se da aquí la paradoja de la eficacia: las democracias deben atajar las causas del descontento que hace reaparecer al espectro populista, pero para ello se requieren políticas que ese mismo descontento hace difícil aprobar. Y seguramente las propias democracias liberales hayan de desarrollar su propio repertorio afectivo, para así combatir mejor el de sus enemigos. Pero eso, claro, es más fácil decirlo que lograrlo.


Sunny Afternoon - The Kinks


No hay comentarios:

Publicar un comentario