lunes, 27 de febrero de 2017

La derrota del neoliberalismo progresista



Cristian Campos

¿Pero de qué os quejáis? Donald Trump es vuestra criatura. Vosotros le allanasteis el camino cuando dividisteis a los ciudadanos en hombres y mujeres. A los hombres y mujeres, en heterosexuales y LGBT. A los LGBT en lesbianas, gays, bisexuales y trans. A los trans, en travestis, transexuales e intersexuales. A todos ellos en cuñados, fachas y gente. A la gente, en imperialista y colonizada. A la colonizada, en machirulos y feministas. A los feministas, en blancos y oprimidos. A los oprimidos, en carnívoros, vegetarianos, veganos, crudiveganos, flexiterianos y omnívoros. A los omnívoros, en privilegiados y minorizados.

Y ahora que habéis convertido al ciudadano en una suma amorfa de identidades microscópicas, en un niñato rencoroso, acobardado y gimoteante definido por alguna estúpida característica irrelevante que le arrincona, le aliena y le aleja del resto de los ciudadanos… ¿os vais a quejar de un tipo de color naranja que apela a los instintos más rencorosos, cobardes y gimoteantes de los blancos heterosexuales cristianos anglosajones de derechas?

¿Vosotros, que aplaudíais a Obama cuando se negaba a mencionar la palabra “islam” en la misma frase que la palabra “terrorismo”, os vais a quejar de un tipo que ha ganado las elecciones por el sorprendente método de llamar terrorismo islámico al terrorismo islámico?

¿Vosotros, que cuando teníais a vuestro alcance la izquierda ilustrada de Christopher Hitchens preferisteis esa mala copia adolescente llamada Owen Jones? ¿Que cuando tuvisteis a vuestro alcance los libros de Owen Jones preferisteis encender la TV y embobaros con ese sucedáneo cañí de una mala copia adolescente de Hitchens llamado Errejón? ¿Que teniendo a Errejón y su “socialdemocracia asumible” habéis preferido la irrelevancia del matonismo esperpéntico de Iglesias? ¿Y vosotros os quejáis de Steve Bannon, Milo Yiannopoulos y Mike Pence? ¡Pero si son genios políticos comparados con Sanders, Corbyn y Hamon!

¿Vosotros, los del leño y los numeritos ridículos en el Congreso, llamáis payaso a Trump? ¿Vosotros, que sólo aparecéis en la prensa para hablar de vosotros, llamáis egocéntrico a Trump? ¿Vosotros, a los que no se os conoce otra actividad que el acuchillamiento de los compañeros de partido, llamáis sectario a Trump?

¿Vosotros, que os manifestáis en Facebook en contra del TTIP, os vais a quejar ahora de quien ha decidido aniquilar el TTIP en la vida real? ¿Los que aplaudís a la comunista alemana Sarah Wagenknecht por sus críticas a la OTAN os vais a quejar ahora de quien pretende desmantelar la OTAN? ¿Los que consideráis Europa como una cárcel capitalista y a Rusia como la gran esperanza blanca os vais a quejar de quien pretende entregar Europa a Rusia?

¿Vosotros, que abogabais por el aislacionismo del brexit, os vais a quejar del cierre de fronteras y los muros de Trump? Ni todos los muros se construyen con ladrillos ni todos los ladrillos sirven para construir muros: algunos los lleváis encima de los hombros.

Vosotros, que habéis defendido mentiras como la de los tres millones de niños españoles hambrientos. O la de las miles de muertes supuestamente provocadas por la “pobreza energética”. O esa visión catastrofista de un país en el que vosotros (siempre hay excepciones a la regla) vivís como auténticos burgueses privilegiados de derechas. ¿Vosotros os vais a quejar de la imagen apocalíptica que da de su país Donald Trump? ¿De los “hechos alternativos” de Kellyanne Conway? ¡Pero si sois los inventores de las noticias falsas!

¿Vosotros, a los que os ha faltado tiempo para colocar en las administraciones a vuestros amantes en cuanto habéis tocado poder, os vais a quejar de los conflictos de intereses de Trump? ¿Vosotros, que le habéis dado la alcaldía a Colau, os vais a quejar del amateurismo de la administración Trump? ¿De su improvisación? ¿De su odio? Se nota que no venís mucho por Barcelona.

¿Los que lleváis décadas lloriqueando vuestro antiamericanismo por los rincones de vuestro dormitorio vais ahora a quejaros del antieuropeísmo de Trump? ¿Vosotros, los nazis de izquierdas con pañuelo palestino al cuello, los tontos útiles de Hamás y el ISIS, os vais a quejar del antisemitismo de Trump?

Amos anda. Nada más feo que un padre que reniega de su hijo. Ponedle a Donald vuestro apellido de una vez, pagad la puta pensión alimenticia y dejad de disimular, que el niño ha salido clavado a vosotros.

Porque de Trump me puedo quejar yo. Vosotros no deberíais ni asomar por la ventana.

Fuente: http://www.elespanol.com/opinion/columnas/20170131/190360964_13.html



El colapso de la hegemonía globalista

Nancy Fraser

La elección de Donald Trump es una más de una serie de insubordinaciones políticas espectaculares que, en conjunto, apuntan a un colapso de la hegemonía neoliberal. Entre esas insubordinaciones, podemos mencionar, entre otras, el voto del Brexit en el Reino Unido, el rechazo de las reformas de Renzi en Italia, la campaña de Bernie Sanders para la nominación demócrata en los EE.UU. y el apoyo creciente cosechado por el Frente Nacional en Francia. Aun cuando difieren en ideología y objetivos, esos motines electorales comparten un blanco común: rechazan la globalización gran-empresarial, el neoliberalismo y al establishment político que los ha promovido. En todos los casos, los votantes dicen ¡No! a la letal combinación de austeridad, libre comercio, deuda predatoria y trabajo precario y mal pagado que resulta característica del actual capitalismo financiarizado. Sus votos son una respuesta a la crisis estructural de esta forma de capitalismo, crisis que saltó por primera vez a la vista de todos con la casi fusión del orden financiero global en 2008.

EL NEOLIBERALISMO PROGRESISTA ES UNA ALIANZA DE LAS CORRIENTES PRINCIPALES DE LOS NUEVOS MOVIMIENTOS SOCIALES Y SECTORES DE NEGOCIOS DE ALTA GAMA “SIMBÓLICA” Y DE SERVICIOS

Sin embargo, hasta hace poco, la respuesta más común a esta crisis era la protesta social: espectacular y vívida, desde luego, pero de carácter harto efímero. Los sistemas políticos, en cambio, parecían relativamente inmunes, todavía controlados por funcionarios de partido y elites del establishment, al menos en los Estados capitalistas poderosos como los EE.UU., el Reino Unido y Alemania. Pero ahora las ondas electorales de choque reverberan por todo el planeta, incluidas las ciudadelas de las finanzas globales. Quienes votaron por Trump, como quienes votaron por el Brexit o contra las reformas italianas, se han levantado contra sus amos políticos. Burlándose de las direcciones de los partidos, han repudiado el sistema que ha erosionado sus condiciones de vida en los últimos treinta años. Los sorprendente no es que lo hayan hecho, sino que hayan tardado tanto.

No obstante, la victoria de Trump no es solamente una revuelta contra las finanzas globales. Lo que sus votantes rechazaron no fue el neoliberalismo sin más, sino el neoliberalismo progresista. Esto puede sonar como un oxímoron, pero se trata de un alineamiento, aunque perverso, muy real: es la clave para entender los resultados electorales en los EE.UU. y acaso también para comprender la evolución de los acontecimientos en otras partes. En la forma que ha cobrado en los EE.UU., el neoliberalismo progresista es una alianza de las corrientes principales de los nuevos movimientos sociales (feminismo, antirracismo, multiculturalismo y derechos de los LGBTQ), por un lado, y, por el otro, sectores de negocios de alta gama “simbólica” y sectores de servicios (Wall Street, Silicon Valley y Hollywood). En esta alianza, las fuerzas progresistas se han unido efectivamente con las fuerzas del capitalismo cognitivo, especialmente la financiarización. Aunque maldita sea la gracia, lo cierto es que las primeras prestan su carisma a este último. Ideales como la diversidad y el “empoderamiento”, que en principio podrían servir a diferentes propósitos, ahora dan lustre a políticas que han resultado devastadoras para la industria manufacturera y para las vidas de lo que otrora era la clase media.

El neoliberalismo progresista se desarrolló en los EE.UU. durante estas tres últimas décadas y fue ratificado por el triunfo electoral de Bill Clinton en 1992. Clinton fue el principal ingeniero y portaestandarte de los Nuevos Demócratas, el equivalente estadounidense del Nuevo Laborismo de Tony Blair. En vez de la coalición del New Deal entre obreros industriales sindicalizados, afroamericanos y clases medias urbanas, Clinton forjó una nueva alianza de empresarios, suburbanitas, nuevos movimientos sociales y juventud: todos proclamando orgullosos su bona fides moderna y progresista, amante de la diversidad, el multiculturalismo y los derechos de las mujeres. Aun cuando la Administración Clinton hizo suyas esas ideas progresistas, cortejó a Wall Street. Pasando el mando de la economía a Goldman Sachs, desreguló el sistema bancario y negoció tratados de libre comercio que aceleraron la desindustrialización. Lo que se perdió por el camino fue el Cinturón del Óxido, otrora bastión de la democracia social del New Deal y ahora la región que ha entregado el Colegio Electoral a Donald Trump. Esa región, junto con nuevos centros industriales en el sur, recibió un duro revés cuando la financiarización más desatada campó a sus anchas en el curso de las pasadas dos décadas. Continuadas por sus sucesores, incluido Barack Obama, las políticas de Clinton degradaron las condiciones de vida de todo el pueblo trabajador, pero especialmente de los empleados en la producción industrial. Para decirlo sumariamente: Clinton tiene una pesada responsabilidad en el debilitamiento de las uniones sindicales, en el declive de los salarios reales, en el aumento de la precariedad laboral y en el auge de las familias con dos ingresos que vino a sustituir al difunto salario familiar.

DURANTE LOS AÑOS EN LOS QUE SE ABRÍA UN CRÁTER TRAS OTRO EN SU INDUSTRIA MANUFACTURERA, EL PAÍS SE ENTRETENÍA CON UNA FARAMALLA DE “DIVERSIDAD”, “EMPODERAMIENTO” Y “NO-DISCRIMINACIÓN”

Como sugiere esto último, al asalto a la seguridad social le dio un barniz de carisma emancipatorio prestado por los nuevos movimientos sociales. Durante todos los años en los que se abría un cráter tras otro en su industria manufacturera, el país estaba animado y entretenido por una faramalla de “diversidad”, “empoderamiento” y “no-discriminación”. Identificando “progreso” con meritocracia en vez de igualdad, con esos términos se equiparaba la “emancipación” con el ascenso de una pequeña élite de mujeres “talentosas”, minorías y gais en la jerarquía empresarial del quien-gana-se-queda-con-todo, en vez de con la abolición de esta última. Esa comprensión liberal-individualista del “progreso” vino gradualmente a reemplazar a la comprensión anticapitalista –más abarcadora, antijerárquica, igualitaria y sensible a la clase social— de la emancipación que había florecido en los años 60 y 70. Cuando la Nueva Izquierda menguó, su crítica estructural de la sociedad capitalista se marchitó, y el esquema mental liberal-individualista tradicional del país se reafirmó a sí mismo al tiempo que se contraían las aspiraciones de los “progresistas” y de los sedicentes izquierdistas. Pero lo que selló el acuerdo fue la coincidencia de esta evolución con el auge del neoliberalismo. Un partido inclinado a liberalizar la economía capitalista encontró su compañero perfecto en un feminismo empresarial centrado en la “voluntad de dirigir” del leaning in o en “romper el techo de cristal”.

El resultado fue un “neoliberalismo progresista”, amalgama de truncados ideales de emancipación y formas letales de financiarización. Fue esa amalgama la que desecharon in toto los votantes de Trump. Prominentes entre los dejados atrás en este bravo mundo cosmopolita eran los obreros industriales, desde luego, pero también ejecutivos, pequeños empresarios y todos quienes dependían de la industria en el Cinturón Oxidado y en el sur, así como las poblaciones rurales devastadas por el desempleo y la droga. Para esas poblaciones, al daño de la desindustrialización se añadió el insulto del moralismo progresista, que se acostumbró a considerarlos culturalmente atrasados. Rechazando la globalización, los votantes de Trump repudiaban también el liberalismo cosmopolita identificado con ella. Algunos –no, desde luego, todos, ni mucho menos— quedaron a un paso muy corto de culpar del empeoramiento de sus condiciones de vida a la corrección política, a las gentes de color, a los inmigrantes y los musulmanes. A sus ojos, las feministas y Wall Street eran aves de un mismo plumaje, perfectamente unidas en la persona de Hillary Clinton.



Lo que hizo posible esa combinación fue la ausencia de cualquier izquierda genuina. A pesar de arrebatos periódicos como Occupy Wall Street, que se rebeló efímero, no ha habido una presencia sostenida de la izquierda en los EEUU desde hace varias décadas. Ni se ha dado aquí una narrativa abarcadora de izquierda que pudiera vincular los legítimos agravios de los votantes de Trump con una crítica efectiva de la financiarización, por un lado, y con la visión antirracista, antisexista y antijerárquica de la emancipación, por el otro. Igualmente devastador resultó que se dejaran languidecer los potenciales vínculos entre el mundo del trabajo y los nuevos movimientos sociales. Divorciados el uno del otro, estos indispensables polos de cualquier izquierda viable se alejaron indefinidamente hasta llegar a parecer antitéticos.

Al menos hasta la notable campaña de Bernie Sanders en las primarias, que bregó por unirlos luego del relativo pinchazo de la consigna “Las Vidas Negras Cuentan”. Haciendo estallar el sentido común neoliberal reinante, la revuelta de Sanders fue, en el lado demócrata, el paralelo de Trump. Así como Trump logró dar el vuelco al establishment republicano, Sanders estuvo a un pelo de derrotar a la sucesora ungida por Obama, cuyos apparatchiks controlaban todos y cada uno de los resortes del poder en el Partido Demócrata. Entre ambos, Sanders y Trump, galvanizaron una enorme mayoría del voto norteamericano. Pero sólo el populismo reaccionario de Trump sobrevivió. Mientras que él consiguió deshacerse fácilmente de sus rivales republicanos, incluidos los predilectos de los grandes donantes de campaña y de los jefes del partido, la insurrección de Sanders  fue frenada eficazmente por un Partido Demócrata mucho menos democrático. En el momento de la elección general, la alternativa de izquierda ya había sido suprimida. La opción que quedaba era un tómalo o déjalo entre el populismo reaccionario y el neoliberalismo progresista: elijan el color que quieran, mientras sea negro. Cuando la sedicente izquierda cerró filas con Hillary, la suerte estaba echada.

Sin embargo, y desde ahora más, este es un dilema que la izquierda debería rechazar. En vez de aceptar los términos en que las clases políticas nos presentan el dilema que opone emancipación a protección social, lo que deberíamos hacer es trabajar para redefinir esos términos partiendo del vasto y creciente fondo de revulsión social contra el presente orden. En vez de ponernos del lado de la financiarización-cum-emancipación contra la protección social, lo que deberíamos hacer es construir una nueva alianza de emancipación y protección social contra la finaciarización. En ese proyecto, que construiría sobre terreno preparado por Sanders, emancipación no significa diversificar la jerarquía empresarial, sino abolirla. Y prosperidad no significa incrementar el valor de las acciones o el beneficio empresarial, sino la base de partida de una buena vida para todos. Esa combinación sigue siendo la única respuesta de principios y ganadora en la presente coyuntura.

En lo que a mí respecta, no derramé ninguna lágrima por la derrota del neoliberalismo progresista. Es verdad: hay mucho que temer de una Administración Trump racista, antiinmigrante y antiecológica. Pero no deberíamos lamentar ni la implosión de la hegemonía neoliberal ni la demolición del clintonismo y su tenaza de hierro sobre el Partido Demócrata. La victoria de Trump significa una derrota de la alianza entre emancipación y financiarización. Pero esta presidencia no ofrece solución alguna a la presente crisis, no trae consigo la promesa de un nuevo régimen ni de una hegemonía segura. A lo que nos enfrentamos más bien es a un interregno, a una situación abierta e inestable en la que los corazones y las mentes están en juego. En esta situación, no sólo hay peligros, también oportunidades: la posibilidad de construir una nueva Nueva Izquierda.

Mucho dependerá en parte de que los progresistas que apoyaron la campaña de Hillary sean capaces de hacer un serio examen de conciencia. Necesitarán librarse del mito, confortable pero falso, de que perdieron contra una “panda deplorable” (racistas, misóginos, islamófobos y homófobos) auxiliados por Vladimir Putin y el FBI. Necesitarán reconocer su propia parte de culpa al sacrificar la protección social, el bienestar material y la dignidad de la clase obrera a una falsa interpretación de la emancipación entendida en términos de meritocracia, diversidad y empoderamiento. Necesitarán pensar a fondo en cómo podemos transformar la economía política del capitalismo financiarizado reviviendo el lema de campaña de Sanders –“Socialismo democrático”— e imaginando qué podría ese lema significar en el siglo XXI. Necesitarán, sobre todo, llegar a la masa de votantes de Trump que no son racistas ni próximos a la ultraderecha, sino víctimas de un “sistema fraudulento” que pueden y deben ser reclutadas para el proyecto antineoliberal de una izquierda rejuvenecida.

Eso no quiere decir olvidarse de preocupaciones acuciantes sobre el racismo y el sexismo. Pero significa molestarse en mostrar de qué modo esas inveteradas opresiones históricas hallan nuevas expresiones y nuevos fundamentos en el capitalismo financiarizado de nuestros días. Rechazando la idea falsa, de suma cero, que dominó la campaña electoral, deberíamos vincular los daños sufridos por las mujeres y las gentes de color con los experimentados por los muchos que votaron a Trump. Por esa senda, una izquierda revitalizada podría sentar los fundamentos de una nueva y potente coalición comprometida a luchar por todos.

Fuente: http://ctxt.es/es/20170125/Firmas/10572/Neoliberalismo-progresista-democratas-Hillary-Clinton-Nancy-Fraser.htm




La moralina de la izquierda

Esteban Hernández

Era previsible que la llegada de Trump a la presidencia generase hostilidad en buena parte de la población mundial, y especialmente entre la estadounidense, pero no lo era tanto que la resistencia que se está fraguando consiguiera reafirmarle entre sus votantes mucho más que minarle. Un buen ejemplo fueron las manifestaciones que se organizaron 'espontáneamente' para protestar contra su política migratoria en los aeropuertos de varias ciudades de EEUU. Los medios las cubrieron ampliamente, señalándolas como una muestra clara de la falta de aceptación de Trump entre su propio pueblo.

Sin embargo, esta resistencia televisada produce el efecto contrario del pretendido, ya que aumenta las simpatías del votante de Trump por su líder. El trabajador del cinturón industrial piensa de modo automático que dónde estaban esos pijos de ciudad cuando a él le despidieron, que por qué no van a manifestarse a la puerta de la hamburguesería en la que trabaja su hijo por un salario escaso o por qué no presionan para que haya más empleo, o que dónde están cuando cae enfermo y no puede pagar la atención sanitaria. Les percibe como quienes se indignan cuando se ataca a los inmigrantes, pero que no estuvieron al lado de la gente común cuando se les necesitó; son esa misma gente que les tilda de racistas, paletos y retrógrados, pero a los que les da igual que lo estén pasando económicamente mal.
Cómo sacar provecho de tus enemigos

Este es el tipo de sentimientos que Trump ha movilizado, y lo cierto es que una mayoría de demócratas, activistas y medios de comunicación han contribuido a que el nuevo presidente sacara provecho de ellos. No es extraño: se trata de personas que han salido perdiendo con los cambios sociales, productivos y económicos, han visto cómo sus posibilidades de subsistencia se reducían, cómo su futuro se ha esfumado, y cómo sus descendientes tienen todas las papeletas para vivir peor que ellos.

Son la fuerza política por excelencia del presente, y han decidido cambiar el sentido de su voto. Ha ocurrido con el Brexit y con Trump, y Francia es el siguiente paso: está cambiando el rumbo de Occidente. Y hay un malentendido habitual sobre ella, que tiene que ver con identificar estas tensiones culturales y materiales en EEUU como el simple producto del choque entre el mundo urbano y el rural o como una clara cuestión generacional. Por supuesto, son componentes que juegan un papel importante, pero la realidad va más allá de esos factores.

La revuelta electoral

En Francia es obvio, donde hay elementos ligados a la situación material y a la profesión que son decisivos: los votos no vienen solo del interior del país y de su población envejecida, sino de todos los espacios en los que la gente se siente desprotegida y cree que está soportando el peso de la nación sin obtener nada a cambio: ellos son los que se están revolviendo electoralmente. En consecuencia, los barrios obreros, la clase media empobrecida, los autónomos y algunas partes del funcionariado, sectores en que los demócratas en EEUU y la izquierda en Europa conseguían buena parte de sus votos, hoy están depositando su confianza en la derecha populista.

Este cambio es producto de una significativa transformación cultural, a la que la derecha ha sabido adaptarse mucho mejor. El discurso que ha empleado cuenta con una doble dirección, que ha ido cambiando a través de las décadas. En 1960, el populismo de derechas de George Wallace identificaba a las élites con Washington, esto es, con los políticos que les sangraban a impuestos y despilfarraban el dinero recaudado para favorecer a las minorías raciales, a los colectivos progres, y a los 'hippies' que odiaban a su propio país. Reagan lo continuó, pero poniendo más énfasis en que los estadounidenses recuperasen su identidad a través de la liberación de un Estado gigantesco que mantenía con sus impuestos exagerados a un montón de vagos improductivos que querían vivir de los subsidios.

La doble amenaza

Ese es también el terreno en el que se mueven Trump y los populismos de derecha actuales: las élites pasan a estar representadas por los políticos de Washington, en el caso estadounidense, y por la burocracia de Bruselas, en el europeo; al mismo tiempo, el viejo odio hacia las minorías improductivas que vivían del erario público se traslada hacia los inmigrantes, quienes reciben los recursos institucionales en detrimento de los ciudadanos nacionales. Esa doble amenaza, interpretada en clave patriótica, tiene una gran capacidad de llegada hoy, en gran medida por las dificultades materiales existentes, en parte por el repliegue en la seguridad laboral que teóricamente supone el impulso proteccionista.

"En lugar de entender qué pasa para que el FN logre el 25% de los votos, la izquierda prefiere ponerse como la punta de lanza y adoptar un lenguaje moral"

Frente a este discurso, la izquierda ha hecho algo improductivo y absurdo: se ha convertido en el guardián moral. Como bien señala Guillermo Fernández, investigador de la Universidad Complutense de Madrid, especializado en comunicación política, y cuya tesis en curso versa sobre la elaboración de la nueva identidad política en el Frente Nacional francés, “en lugar de tratar de entender qué es lo que está pasando para que el FN lograra casi el 25% de los votos, la izquierda prefiere ponerse como la punta de lanza de un (cuasi) inexistente Frente Republicano y adoptar un lenguaje moral: 'No podemos aceptar que venga la barbarie'. Y parece que entonces han cumplido su papel. Nos hemos manifestado, hemos reaccionado. Con qué poquito nos alegramos”.

Reinventaos, cutres

Las revueltas en las calles estadounidenses forman parte de una suerte de avergonzamiento público del monstruo Trump (o de la fiera Le Pen), tan reconfortantes para quienes asisten como contraproducentes para sus propósitos. En el fondo, los votantes entienden mejor el mensaje de la derecha populista, porque se dirige al corazón de sus problemas, aunque sea por un camino torcido.

En Europa, es muy evidente: los progresistas de los partidos socialdemócratas tradicionales les dicen que estos son tiempos de innovación, que hay que prepararse para los nuevos tiempos, que deben reinventarse para aprovechar las enormes posibilidades de la globalización, que han de ser proactivos y pensar en positivo y que así todo les irá bien; al mismo tiempo, cuando gobiernan, aplican políticas de austeridad que les llevan a que su nivel de vida descienda, y que su horizonte vital sea mucho más estrecho.

Los progresistas de los nuevos partidos y la izquierda en general les hablan de horizontalidad, municipalismo, democracia participativa, bicicletas, afectos y cuidados; al mismo tiempo, se vuelcan en la defensa de los emigrantes, los colectivos LGTB, la gente en situación de emergencia energética y las cabalgatas políticamente correctas. Ni unos ni otros puedan alcanzar así ni el corazón ni la cabeza de sus votantes.

Por eso, cuando salen a las calles a protestar contra las políticas de la derecha populista, el posible votante mira a líderes como Trump o Le Pen y piensa que sus oponentes no son más que un montón de modernillos, hijos de clase media alta, que juegan a hacer moralina. Pero que cuando necesitan que estén a su lado, y que les solucionen problemas prácticos, desaparecen. Y, en cierta medida, tienen razón: la izquierda se ha especializado en visualizar los problemas, en utilizar las armas morales, pero mucho menos en llevar a cabo acciones prácticas, reales y efectivas que ayuden a esta gente. No es que los populistas de derechas vayan a hacer mucho más, pero al menos sienten que les comprenden al mismo tiempo que les prometen seguridad. En la Europa de 2017, este elemento va a ser esencial, y la izquierda, incluida su opción populista, no ha terminado de entenderlo. Francia, próxima parada.


Toxicity - System of a Down: