lunes, 16 de mayo de 2016

El chivo expiatorio de las sociedades humanas

René Girard y el origen de la cultura

Ignorada en los claustros académicos por muchos años, la teoría antropológica de René Girard (Aviñón, 1923) empieza a ser considerada la única explicación convincente sobre los orígenes de la cultura. Michel Serres llama a Girard “el Darwin de las ciencias humanas” porque “propone una dinámica, pone de manifiesto una evolución y suministra una explicación universal”. El concepto central de su teoría es el “deseo mimético”, motor de todo lo malo y todo lo bueno en la cultura, cuya consecuencia directa es el chivo expiatorio o el sacrificio humano como salida a la escalada de violencia desatada por la rivalidad mimética. No es sino hasta los Evangelios y el cristianismo cuando la especie empieza a tomar conciencia de que esa rivalidad es la causa de la violencia homicida, y el sacrificio humano empieza a ser sustituido por rituales incruentos.



Rivalidad mimética es la propensión extrema de los seres humanos a entrar en conflicto con el prójimo al que se toma como modelo, y surge del deseo de apropiarse de sus bienes, pareja o fortuna. Deseo mimético no es sinónimo de apetito fisiológico o sexual. Para que surja tiene que haber un modelo al que se quiere imitar. La violencia consecuente es disparada por la frustración del deseo no consumado; su contexto generalmente es una crisis en la comunidad a causa de hambrunas, catástrofes naturales, epidemias, etc. Esta dinámica empieza con la mutua observación de dos grupos; en cuanto uno de ellos desea apropiarse de un objeto, el otro lo imita. Muy pronto se hallan en presencia de dos deseos en vez de uno, deseos que rivalizan, pues se dirigen al mismo objeto, el cual pasa a un plano secundario en cuanto la violencia aumenta.

La escalada de violencia sólo es frenada por la unánime elección de un chivo expiatorio al que se considera la causa del desorden. El sacrificio del chivo expiatorio pone fin a la crisis por el hecho de que su elección es unánime. Ahora bien, si las rivalidades vuelven a empezar después de cada conclusión sacrificial es porque siempre aparecen nuevos objetos que suscitan nuevos deseos, los cuales provocan a su vez nuevas rivalidades que son calmadas a través de nuevos sacrificios, práctica que puede permanecer indecisa durante mucho tiempo, pero que siempre acaba inclinando la balanza a favor de los dioses.

Cuando el deseo mimético se vuelve oportunista, es decir, cuando pasa a proyectarse sobre cualquier otra cosa que encuentra, las personas a las que atormenta se enfocan paradójicamente sobre modelos y adversarios sustitutivos. La era de los escándalos en la que vivimos constituye justamente un desplazamiento de este tipo. Pero hay que diferenciar a las sociedades actuales de las primitivas. El mundo moderno puede definirse como una serie de crisis miméticas cada vez más intensas, pero no susceptibles de resolución mediante el mecanismo cruento del chivo expiatorio. Sin embargo, cuanto más indiferenciadas se vuelven las personas, más fácil es decidir que cualquiera de ellas es culpable.

El proceso de hominización es darwiniano en el sentido de que la teoría de Darwin presenta a la naturaleza como una máquina hipersacrificial donde la muerte pesa más que la adaptación. Si el hombre es una especie, experimentará pulsiones miméticas y reaccionará a la violencia y a las crisis más o menos de la misma forma que otras especies. En su lenta evolución, el hombre encuentra en el mecanismo victimario un instrumento eficaz para controlar la escalada mimética, que podría expandir la violencia hasta el paroxismo. Canalizar la violencia colectiva y enfocarla en un solo individuo considerado responsable de una determinada crisis social permite a la comunidad reducir el caos al que periódicamente se ve arrastrada. De la ritualización de este “protoacontecimiento” surgirán todos los mecanismos de estructuración social: tabúes, normas e instituciones. Sin el descubrimiento accidental de este mecanismo, los grupos sociales primitivos, dominados por estallidos de múltiples rivalidades miméticas, habrían corrido un grave peligro de autodestrucción.

La desviación de la agresividad en los animales es un primer paso en esta evolución, una especie de infrarritual del chivo expiatorio, como lo hacen las ocas estudiadas por Konrad Lorenz. Cuando dos ocas inician una aproximación de mutua hostilidad, la mayoría de las veces su agresión se desvía hacia un tercer objeto, germen del mecanismo del chivo expiatorio. El proceso es complejo, pero no cabe duda de que el grupo animal, la manada y la jauría constituyen una fase previa absolutamente necesaria para el desarrollo total del mecanismo, el cual ha funcionado como un modo de presión evolutiva, un factor de selección natural.

El nacimiento de la cultura suele ser considerado como un punto que se desvanece en el horizonte al pretender alcanzarlo, pero la postura de Girard es que en el origen hay un asesinato colectivo en el que la comunidad entera da muerte a una víctima inocente. La cuestión es cómo se desarrolla la cultura, y la respuesta es que lo hace a través del ritual. Para intentar impedir los episodios imprevisibles y frecuentes de violencia mimética, las culturas organizan momentos de violencia planificada, controlada, ritualizada. Repitiendo sin cesar el mecanismo del chivo expiatorio, el ritual se convirtió en una forma de aprendizaje. Las instituciones han sido creadas con los ladrillos proporcionados por las reconstrucciones ritualizadas del crimen original.

El origen del conocimiento es el mismo que el del orden, es decir, que el de la clasificación simbólica. Para tener un símbolo hace falta una totalidad, la cual es suministrada por la religión; y la religión, como institución, emerge a través del mecanismo victimario. El primer símbolo, el chivo expiatorio, es la fuente de la totalidad que organiza las relaciones sociales de una forma nueva. Luego, gracias al ritual, el sistema se transforma en un proceso de aprendizaje. Obviamente, las sociedades primitivas no repiten los actos para aprender, sino para que no haya más violencia, pero a fin de cuentas viene a ser lo mismo. Se trata de un proceso de aprendizaje cuya raíz se encuentra en una determinada experiencia tomada como modelo.

El mecanismo sacrificial podría explicar también el nacimiento de la domesticación de animales y la agricultura. Contra la interpretación económica y funcional, es lógico que las primeras domesticaciones fueran obra de comunidades humanas que no podían saber a priori qué especies eran domesticables y ni siquiera podían imaginar que la domesticación era posible. Es razonable pensar que las primeras domesticaciones tuvieron fines sacrificiales. Por supuesto que los seres humanos tienen que comer, igual que los animales, pero lo que los hace humanos no es la necesidad, sino la dimensión religiosa. ¿Qué cosa es más esencial que la agricultura? Cabe pensar que cuando los hombres empezaron a enterrar semillas, como lo hacían ya con los cadáveres de sus deudos a la espera de la resurrección, semejante acción se reveló eficaz, ya que se vio que el grano renacía a la vida más tarde.

En algunos lugares en los que no había animales domésticos, como en el México precolombino, tenían lugar matanzas rituales masivas de seres humanos. La sustitución de éstos por los animales es algo que nunca llegó a darse ahí, como lo ha demostrado Davíd Carrasco en City of Sacrifice: The Aztec Empire and the Role of Violence in Civilization. Respecto del carácter ambivalente del sacrificio ritual, Roberto Calasso observa que la palabra náhuatl quechcotona significa cortar la cabeza a alguien y, a la vez, arrancar una espiga con la mano (La ruina de Kash).

Fuente: http://www.letraslibres.com/revista/convivio/el-chivo-expiatorio-y-los-origenes-de-la-cultura



"Veo a Satán caer como el relámpago."

El pensamiento de René Girard lleva años revolucionando el mundo académico. Se dice de él y de su teoría que son como un puercoespín que, de forma sencilla y sin moverse del sitio, se defienden solos y desbaratan muchos lugares comunes del pensamiento dominante.

Girard, tras un pormenorizado estudio del mundo antiguo, se dio cuenta de que existía un mismo modus operandi detrás de todas las religiones arcaicas. Algo tenían en común el azteca con el griego, una misma lógica hacían semejantes los libros védicos con el rito de las danzas de las tribus africanas. El francés puso su atención en tres realidades que hoy son normalmente eludidas en toda discusión: la violencia, lo sagrado y la naturaleza mimética del hombre.

El esquema podría resumirse así:

Lo propio de lo arcaico es el mito. La naturaleza del hombre es mimética. Toda violencia humana es fruto de una rivalidad mimética. La violencia desencadenada por la rivalidad mimética termina generando una masa exaltada de hombres indiferenciados. El movimiento de la masa violenta culmina en un sacrificio. La víctima del sacrificio hace nacer al mito.

Todo mito está fundamentado, pues, en el asesinato. La función catártica del sacrificio es la que logra reestablecer el orden social alterado por la rivalidad mimética descontrolada. El orden de la sociedad antigua está fundamentado en el sacrificio.

Ahora bien, todo esto, que podría resultarnos ya evidente, no podría saberse de no haber sido por la aparición del cristianismo y esto es lo que quiere argumentar Girard en Veo a Satán caer como el relámpago.

El antropólogo francés muestra cómo, desde la ley mosaica, los textos bíblicos han supuesto una revolución contra el mecanismo victimario propio del resto de religiones antiguas. Por primera vez el asesinato es condenado y la víctima del sacrificio deja de estar divinizada y tiende a humanizarse. Así, la historia de Job, la de José y sus hermanos o los propios salmos van marcando un camino de progresiva desmitificación que culminará con la llegada de Cristo.

La historia de la Pasión marcará el punto de inflexión definitivo contra toda conciencia mítica. El Hijo de Dios muerto a manos de los hombres les revela su propia violencia y les hace responsables ante ella. La ilusión mítica, fundamentada en la ceguera e ignorancia de los hombres, queda desvelada. Aparece así por primera vez la expresión “chivo expiatorio” que hoy usamos con frecuencia para designar a las víctimas inocentes cuyo sacrificio se cree necesario en aras de un orden social. ¿Qué diferencia esencial habrá entre todas las víctimas de los relatos míticos anteriores y la historia de los Evangelios? Cristo revela la violencia en toda su profundidad y además es inocente.


El moderno es un mitómano 

A pesar de inaugurar una nueva era, el cristianismo no acaba definitivamente con los mitos y éstos seguirán resurgiendo a lo largo de la Historia de maneras muy diversas. La renovada ignorancia de nuestros contemporáneos acerca de realidades como la violencia, la dimensión religiosa y la tendencia hacia el apasionamiento mimético del hombre, hacen de todo hombre un mitómano inconsciente.

Los mitos de la modernidad pasarán desapercibidos, observará Girard, por no presentar oficialmente la etiqueta de lo religioso y ser más capaces de ocultar sutilmente el sacrificio del “chivo expiatorio”. La violencia ejercida ya no será, por otro lado, tanto física como psicológica.

En ese sentido, llama poderosamente la atención del autor la moderna preocupación por las víctimas propia de nuestra época humanitarista. La preocupación por la víctima implica la protección de toda persona frente a los mecanismos victimarios. El ejemplo más claro son los derechos humanos que precisamente tienden a universalizar la condición humana equiparándola a la de una víctima a la que hay que proteger de posibles agresiones; cosa que, por otro lado, sucede en ámbitos cada vez más diversos e impensables como la educación, el trabajo, la infancia, el sexo, etc. De este modo, la política está inconscientemente marcada por esa concepción mítica de protección de las víctimas potenciales.

El escamoteo de lo religioso trae, en efecto, su reaparición bajo formas insospechadas. Así, observamos cómo los golpes de pecho de autocensura y lamento por el poco ‘desarrollo’, la miseria mundial y la desverguenza general juegan su contrapartida a la caridad.

La mezcla entre mito y cristianismo motiva el doble rasero de la moral moderna que facilita el que, por ejemplo, un hombre capte con perspicacia cristiana cómo su vecino busca un ‘chivo expiatorio’ sin darse cuenta de los que él mismo utiliza. Se instala así el perpetuo escándalo, la indignación, el resentimiento en la moral del pueblo y una forma de violencia no reconocida cuanto menos consciente parece ser.

Fuente: https://seminariopensamiento.wordpress.com/2014/01/20/veo-a-satan-caer-como-el-relampago-rene-girard/

Curioso. Diferencias entre la Iglesia Católica y Ortodoxa desde la perspectiva de esta última: http://iglesiaortodoxa.org.mx/informacion/2013/05/diferencias-entre-la-iglesia-catolica-ortodoxa-y-la-iglesia-catolica-romana/


Aerials - System of a Down: 



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