miércoles, 6 de julio de 2016

Juan Manuel de Prada y la Decadencia occidental



Decadencia

Afirmábamos hace un par de semanas que progreso material y civilización son conceptos que nada tienen que ver entre sí; y que a veces, incluso, pueden resultar conceptos antípodas, si el progreso material no se subordina a las necesidades de orden moral y espiritual que fundan y sostienen una civilización. Cuando ocurre lo contrario (cuando el progreso se antepone a las necesidades morales y espirituales, llegando a sepultarlas, o manteniéndolas a modo de perifollos retóricos), la decadencia de esa civilización ya ha comenzado. He aquí una verdad infalible que, misteriosamente, los hombres de todas las épocas se obstinan en ignorar, pretendiendo que la civilización que los cobija está inmunizada contra el mal que a otras anteriores las corrompió, hasta aniquilarlas. Se trata, sin duda, del engaño más trágico y reiterado de cuantos recorren, a modo de estribillo aciago, la historia de la Humanidad.

A este engaño contribuye, en gran medida, otro hecho paradójico. Con frecuencia, las civilizaciones que han iniciado su decadencia muestran un aspecto falsamente saludable, como el del comensal que sonríe ahíto un segundo antes de que lo fulmine el infarto. En efecto, casi todas las civilizaciones que han sucumbido lo han hecho en un momento que, aparentemente, era el de su mayor esplendor; un esplendor con pies de barro, sostenido sobre un progreso puramente material, pero muy resultón y aparente, tan resultón y aparente que provoca engreimiento en quien lo padece. Hemos escrito «padece» porque tal esplendor aparente es la enfermedad más nociva de cuantas pueden aquejar a una colectividad humana: a veces se reviste de prosperidad económica, a veces de avances científicos y técnicos, a veces de formas políticas primorosas, a veces de todos estos oropeles juntos, en apoteosis esplendorosa que preludia un aparatoso derrumbamiento. A estas civilizaciones revestidas de esplendores de pacotilla les sucede como a las momias, cuyo aire hierático se puede confundir con un aire mayestático, cuyo aspecto amojamado se puede confundir con sobriedad y nobleza, cuya mirada fija y taladrante nos impide determinar si son jóvenes o viejas (aunque determinar tal cosa carece de importancia, pues ante todo están fiambres).

El progreso material, cuando no está animado por un impulso espiritual, arrastra a la decadencia. Y es una decadencia que nace del hastío, del cansancio, de un malestar sin forma, una gangrena que se va apoderando imperceptible, casi voluptuosamente, de personas e instituciones, un agostamiento paulatino e indoloro que las va enfermando de escepticismo y desesperanza. La etiología de esta enfermedad es muy sencilla, pues es la misma que la de la planta que ha sido arrancada del suelo que le daba sustento. Las civilizaciones siempre se agostan y pudren cuando son arrancadas de la fuente de su alegría y vigor, que en último extremo es religiosa; pero, absurdamente, piensan que podrán suplir esa fuente de alegría y vigor mediante ídolos diversos. El ídolo sucedáneo más socorrido a lo largo de los siglos ha sido el Dinero; en esta fase de la Historia, el Dinero se amalgama con una serie de fetiches políticos muy rimbombantes, todos ellos presentados con traje cívico y solidario, aunque en realidad inventados para satisfacer egoísmos particulares. Pero tales ídolos son alimentos que no nutren, medicinas que no curan, bendiciones que no bendicen; son placebos que, tarde o temprano, revelan su inoperancia ante las necesidades más sinceras y duraderas del ser humano, que son de índole espiritual. Entonces las sociedades, mientras avanza la gangrena del cansancio en sus organismos, se percatan de que tales ídolos son placebos inanes; pero como la fuente de la alegría les ha sido arrebatada, sólo pueden consolarse buscando otro placebo más 'intenso' y 'estimulante' (más destructivo, en realidad). Decía Chesterton que los hombres, una vez que han pecado, buscan siempre pecados más complejos que estimulen sus hastiados sentidos. El pornógrafo hastiado de contemplar imágenes sórdidas protagonizadas por adultos buscará imágenes sórdidas protagonizadas por niños; el drogadicto hastiado de los paraísos artificiales de la marihuana buscará los paraísos artificiales de la heroína; el hombre hastiado de los subsidios rácanos y entretenimientos plebeyos suministrados por la democracia buscará los subsidios más rumbosos del latrocinio y los entretenimientos más excitantes de la anarquía.

La decadencia siempre surge del hastío provocado por un progreso material desembridado de exigencias morales. Ha ocurrido en todos los crepúsculos de la Historia; está ocurriendo también en este, aunque nos neguemos a aceptarlo.

Fuente: http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/juan-manuel-de-prada/20150830/decadencia-8793.html


El mito del progreso

Tal vez no exista quimera más falaz, maligna y destructiva que el mito del Progreso, levadura de todas las ideologías modernas. Según dicha quimera, la Humanidad avanza hacia un porvenir siempre mejor, en alas de avances científicos cada vez más refinados y de logros políticos cada vez más estimulantes; y tales avances y logros irán produciendo, a su vez, un perfeccionamiento de la propia Humanidad, que merced a la conquista de sucesivos derechos podrá entronizarse a sí misma como un dios (resulta, en verdad, desternillante que las masas se resistan a creer en un Dios trino y no tengan problemas en creer en la Humanidad, un dios mogollónico a modo de hidra de infinitas cabezas). En realidad, el progresismo no es más que un grotesco determinismo eufórico que confía (en contra de las evidencias que nos proporciona la observación empírica) que la vocación natural de la naturaleza humana es ascender por sí misma, ignorando que el hecho más cierto e irrefutable de la historia humana es la Caída, de la que el hombre sólo puede levantarse con Dios y ayuda.

Reflexionaba yo sobre estos asuntos hace unas semanas, mientras contemplaba en el cine una película absolutamente mema, séptima de una saga automovilística y adrenalínica, que se ha convertido en una de las más exitosas de la historia del cine. Muy rápida y furiosa, la película estaba llena de estruendos y pirotecnias apabullantes, pero carecía de sentido, de conflicto dramático, de personajes con encarnadura, de pasiones nobles o plebeyas, de sentimientos dignos de tal nombre, del más mínimo atisbo de raciocinio. Mientras contemplaba con hastío y perplejidad semejante bodrio me pregunté si estaba dirigido a seres humanos, o más bien a alguna especie animal fruto de una involución que necesitase para su supervivencia de entretenimientos botarates que no la expongan al riesgo de pensar. Aquí alguien podría objetar que a una película cuyo fin primordial es pastorear multitudes no debe exigírsele conflicto dramático, ni personajes consistentes, ni parecidas exquisiteces; pero lo cierto es que en otras épocas -sin salirnos del negociado cinematográfico- las películas taquilleras que desempeñaban igual labor se titulaban Lo que el viento se llevó o Ben-Hur, que a la vez que pastoreaban multitudes proporcionaban un entretenimiento que no insultaba la inteligencia. Viendo aquella película rápida y furiosa llegue a la conclusión de que era el producto natural de una época en la que el progreso técnico (muy visible en el bodrio) encubre un retroceso espiritual, moral, en definitiva humano.

La quimera del progresismo se ampara en un espejismo de gran eficacia persuasiva, según el cual el desarrollo alcanzado por la ciencia o la técnica es la muestra más evidente del esplendor de una civilización. En realidad, desarrollo científico y civilización son conceptos que nada tienen que ver entre sí; pues uno se refiere a un ámbito puramente material y el otro a un ámbito espiritual. Que una sociedad disponga de remedios para sanar enfermedades o comunicarse a distancia no significa que sea una sociedad que haya avanzado en la consecución del bien, la verdad o la belleza; incluso podría significar exactamente lo contrario. Lamartine, en su poema La caída del ángel, imaginaba una sociedad en la que florecían de forma prodigiosa todos los refinamientos científicos concebibles; pero esa sociedad, a un intenso progreso científico, unía un manifiesto espíritu de barbarie. Por prejuicio progresista, Lamartine situaba esa sociedad en la prehistoria, aceptando el tópico progresista que pretende que los hombres hemos evolucionado desde la barbarie hasta el refinamiento espiritual. Las llamadas 'distopías', por su parte, juegan a imaginar futuros regidos por la barbarie; pero tal barbarie suele producirse en mundos en los que el progreso científico se ha detenido, o bien en coyunturas políticas dictatoriales. Muy raramente aceptamos la posibilidad de un mundo progresado científicamente, sólidamente democrático, en el que los hombres hayan retrocedido espiritualmente, caminando hacia la barbarie; y la razón por la que no lo aceptamos es porque ese mundo se parece demasiado al nuestro, porque ese mundo tal vez sea ya el nuestro, un mundo rápido y furioso en el que la gente, inmunizada contra la nefasta manía de pensar, ya ni siquiera es capaz de hacer juicios éticos (lo que, según Aristóteles, es el rasgo distintivo del ser humano).

Afirmaba Gracián que «todo móvil instable tiene aumento y declinación». Tal vez los antiguos pecasen de un cierto determinismo aciago; pero si hay algo más equivocado que el determinismo aciago es el determinismo eufórico.

Fuente: http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/por-juan-manuel-de-prada/20150816/mito-progreso-8763.html


El hombre posmoderno

Resulta admirable que alguien como José Miguel Ortí Bordás, quien llegara a ocupar puestos de altísima responsabilidad durante la llamada Transición, haya tenido el arrojo intelectual de escribir libros como Oligarquía y sumisión o, más recientemente, Desafección, posdemocracia, antipolítica (Ediciones Encuentro), en los que se atreve a denunciar las múltiples lacras que se han ido adueñando de la democracia. La lectura de Desafección, posdemocracia, antipolítica se torna en la presente coyuntura necesaria y dilucidadora por su rigor crítico, su impulso regenerador y su patriotismo.
Especialmente brillante se nos antoja el capítulo en el que Ortí Bordás analiza la emergencia de lo que demoniza «posdemocracia», forma política degenerada que no es sino el fruto predilecto de la ponzoñosa posmodernidad. Todas las enseñanzas de la tradición que la modernidad ya se había ocupado de cuestionar, hostigar y alancear se han desmoronado en la posmodernidad, arrojándonos a una orfandad que sólo podemos combatir con una suerte de frivolidad lúdica. Inmersos en el caos y el desconcierto (pero un caos apacible y un desconcierto amuermado), después de renegar de cualquier guía o autoridad (y convencidos de que cada quisque puede constituirse en autoridad de sí mismo), los hombres posmodernos nos hemos amorrado a los mass media, hemos cedido a los reclamos publicitarios, nos hemos dejado halagar por los entretenimientos más fútiles y nos hemos ensimismado en la contemplación de nuestro propio ombligo, mendigos de una juventud que queremos alargar grotescamente en el quirófano o mediante el cultivo de aficiones patéticas. Y, por supuesto, celebramos como grandes conquistas humanas la fragmentación de las ideas, la cultura entendida como mero consumo de baratijas perecederas, el pluralismo de las subculturas, la sumisión a las modas, la celebración idiotizante de cualquier novedad y la exaltación de la propia voluntad, pues el hombre posmoderno, cual chiquilín emberrinchado, se siente autorizado para hacer cualquier cosa con tal de satisfacer sus caprichos y apetencias.

Entretanto, el mundo se ha empequeñecido y a la vez homogeneizado, gracias a los avances tecnológicos y la conversión de los pueblos en masas alienadas (lo que más finamente se denomina «ciudadanía»): todos aspiramos a las mismas cosas, al mismo estilo de vida, a los mismos placebos que mitiguen nuestro sinsentido vital, con el mayor placer y el mínimo esfuerzo. Cualquier aspaviento ideológico o estético, cualquier moda adventicia se convierte en religión de temporada: hoy es un partido populista constituido con saldos y retales de las tertulietas televisivas más casposas, mañana un escritorcillo sin fuste alguno que escribe una crónica de sus excesos juveniles, pasado mañana tal o cual tendencia metrosexual o hipster, según impongan los gurús, porque ya sólo somos zascandiles arrastrados por corrientes globales.

Así florece la posdemocracia. Ortí Bordás la define como una ficción política, una parodia o caricatura, «una situación política supuesta y nominalmente democrática de la que ha sido extraditado el pueblo»; y también como «la gran coartada de la oligarquía». En esta posdemocracia, los poderes oligárquicos pueden hacer lo que libérrimamente desean sin estar sometidos a más voluntad que la suya propia, sabedores de que los nuevos núcleos representativos que surgen del pueblo reducido a masa alienada son informales y efímeros, narcisistas y de fuerzas que se disipan con la rapidez del champán o del trending topic. El hombre posmoderno se ha convertido en un hombre de vidrio, escrutado y fiscalizado por el poder que, para mayor inri, se siente indefenso y desvalido cuando le falta esa fiscalización. Son las ventajas de tratar citamos a Ortí Bordás con «un individuo enamorado de sí mismo, medularmente materialista, anclado en el presente y sin más horizonte vital que el disfrute del bienestar y el ejercicio de lo que considera sus derechos inalienables e ilimitados». Allá donde las raíces son negadas, donde los vínculos se consideran un estorbo y la sociedad desarticulada y hedonista se configura como una suma de egoísmos irresponsables que rechazan la búsqueda del bien común, la posdemocracia halla su caldo de cultivo óptimo. Porque nada es más fácil para el poder que halagar necios intereses particulares, para domesticación de masas incapaces para cualquier compromiso fuerte y común.

«Es muy probable acaba afirmando Ortí Bordás que la posdemocracia sea una dictadura dulce, o una autocracia con urnas». Recomiendo muy encarecidamente la lectura de Desafección, posdemocracia, antipolítica.


Tradición y confianza

En una presentación de mi última novela, un amable asistente me preguntó (aunque yo apenas había tocado este asunto) si existían pruebas que demostrasen que las visiones místicas de Santa Teresa fueron verídicas y no fingidas. La pregunta, al principio, me pareció meramente retórica (pues resulta evidente que no existen 'pruebas' de tal cosa en el sentido material de la palabra), dictada por cierto escepticismo cínico o socarrón; pero el señor que me la había formulado lo había hecho con sincera curiosidad, por lo que me esforcé en darle una respuesta convincente, que ahora trataré de exponer aquí. Por supuesto, mi respuesta entonces (como ahora este artículo) no versaba tan sólo sobre las visiones místicas de Santa Teresa, sino sobre algo mucho más vasto en lo que- pese a su magnitud e importancia- no solemos reparar.

Sobre la veracidad de las visiones místicas de Santa Teresa no tenemos más 'prueba' que su propio testimonio (recogido en sus libros) y el testimonio de sus colaboradores más estrechos, que a veces presenciaron sus arrobos y los contaron de palabra o por escrito. Por lo tanto, para 'creer' que tales visiones fueron reales, hemos de conceder crédito a dichos testimonios. Aquí el incrédulo sonreirá con irónica suficiencia, antes de advertir que casi todo lo que sabe (o 'cree' saber), casi todos los conocimientos que atesora, se fundan en la misma 'prueba'. Casi nadie ha podido verificar con 'pruebas' que existan otros planetas en el universo, o que el nuestro gire en derredor del sol, pero confiamos en el profesor que -allá en la remota infancia- nos lo enseñó, que seguramente tampoco pudo verificarlo personalmente (pero entendemos que se basó en las afirmaciones de astrónomos veraces). Casi nadie ha podido verificar con 'pruebas' que la naranja tenga vitamina C (y ni siquiera que la vitamina C exista), pero concedemos crédito al médico que nos recomienda tomar un zumo de naranja, porque creemos que su recomendación se funda en estudios de laboratorio que nuestro médico no ha realizado personalmente, sino tan sólo aceptado como fidedignos, porque fueron realizados por científicos que merecen su confianza (y nuestro médico, a su vez, merece la nuestra). Pero ni siquiera hace falta apelar a cuestiones que exijan potentes telescopios o microscopios para la obtención de 'pruebas'; también en nuestra vida cotidiana nos servimos de multitud de conocimientos de los que no tenemos otra 'prueba' que el testimonio de personas merecedoras de nuestra confianza. Así, por ejemplo, la mayoría de nosotros no ha sufrido jamás la picadura de una abeja; pero desde que nuestro padre o abuelo nos dijeron que procurásemos no enfadar a las abejas porque podían picarnos, nos cuidamos mucho de hacerlo, y seguimos haciéndolo hoy igualmente, por la sencilla razón de que reconocíamos y seguimos reconociendo en nuestro padre o abuelo una fuente de autoridad digna de toda confianza (aunque, muy probablemente, tampoco ellos hubiesen sufrido jamás una picadura de abeja).

Casi todo nuestro conocimiento está fundado en la confianza que nos merecen quienes nos lo transmiten; y a esta trama de confianza que entreteje generaciones la llamamos tradición. Es la posesión más preciosa de la que dispone el ser humano; es una posesión que merece nuestra admiración y gratitud, una posesión que debe ser transmitida a quienes nos suceden. Sin esta posesión, no existe posibilidad de conocimiento, ni siquiera de civilización propiamente humana. Mantenerla viva y perpetuamente renovada, cuidarla con mimo es una empresa admirable, tal vez la más admirable de cuantas empresas podemos acometer; y, cuando digo cuidarla con mimo no estoy diciendo mantenerla conservada en formol, sino velar por su crecimiento, regándola con nuestra curiosidad, podándola de adherencias postizas, para poder entregarla a la generación venidera más hermosa aún de lo que nosotros la recibimos. Naturalmente, uno elige a quienes merecen su confianza; pero la vida fundada en la desconfianza es la vida menos civilizada que uno imaginarse pueda, y a la postre una vida raquítica, enferma de solipsismo y paranoias. Si hoy abundan las visiones conspiranoicas de la Historia, el friquismo, las supersticiones estrafalarias, es porque hemos adoptado la desconfianza como instrumento para aproximarnos al mundo; y el mundo sin la empresa común de la tradición, el mundo contemplado sin confianza, acaba tornándose ininteligible, pues las 'pruebas' de las cosas que en él se contienen no suelen estar a nuestro alcance, muy alejadas en el tiempo o en el espacio o, por el contrario, demasiado próximas para verlas con perspectiva.

Fuente: http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/por-juan-manuel-de-prada/20160619/tradicion-confianza-9874.html


Opinión Pública

Recientemente, en su programa televisivo nocturno, al humorista Jimmy Fallon se le ocurrió una broma sumamente aleccionadora e inquietante. Consistía en enviar a la calle a un reportero con un micrófono que, en un tono exultante, se acercaba a los transeúntes, informándoles de que Corea del Norte acababa de realizar una prueba atómica e invitándoles a que celebrasen tal éxito, como si celebrasen el descubrimiento de la penicilina. Y, en efecto, muchos panolis abordados en la calle, ante las muestras de júbilo del reportero, se sumaban como zombis risueños a la celebración y mostraban su dicha ante el acontecimiento. El bromazo de Jimmy Fallon servía, en fin, para demostrarnos cómo se puede inducir en las masas cretinizadas el comportamiento que el manipulador desee; cómo se les puede hacer repetir como loritos las ocurrencias más lastimosas y aberrantes; y cómo, además, se puede lograr que crean orgullosamente que sus acciones y pensamientos inducidos son distintivos, cómo se les puede infundir la creencia irrisoria de que piensan y actúan 'por libre', de que todas las majaderías que salen de su caletre son opiniones libres, cuando en realidad no son más que el regüeldo patético de opiniones preconcebidas que otros les han implantado, a modo de chips.

Y el caso es que a este regüeldo patético es a lo que pomposamente denominamos 'opinión pública', que no es sino sumisión de las masas a las manipulaciones del mundialismo. Naturalmente, para lograr que la llamada sarcásticamente 'opinión pública' exprese las aberraciones que interesan al mundialismo conviene crear previamente lo que Marcuse llamaba «una dimensión única de pensamiento», imponiendo en los cerebros arrasados aquellos criterios que las encuestas nos aseguran que son mayoritarios. Y como las masas (que previamente han sido desarraigadas de los asideros familiares y sociales que antaño les prestaban cobijo en su desvalimiento) tienen auténtico pavor a desafiar el criterio de la mayoría los acatan con entusiasmo, como los panolis del programa de Jimmy Fallon accedían a felicitar alborozados al dictador coreano por el éxito de sus pruebas atómicas. Por supuesto, si el sistema se tropieza con excesivas resistencias en la imposición de la 'opinión pública' que le conviene, de inmediato diseñará 'campañas de concienciación' y otras virguerías de la ingeniería social para erradicar definitivamente de la sociedad 'conductas indeseables', que se presentarán como subsistencias desfasadas de un tiempo felizmente superado. Y es que el engendro de la 'opinión pública' exige incondicional obediencia; pues sólo quien comulga con las ruedas de molino impuestas por la 'opinión pública' se convierte en un ciudadano respetable.

Este empeño en modelar el sentido común popular hasta formar una 'opinión pública' es un producto del despotismo ilustrado del siglo XVIII. Rousseau, en su celebérrimo Contrato social, se refiere sin empacho a la necesidad de conformar la 'opinión pública' de forma inducida: «¿Cómo una multitud ciega, que con frecuencia no sabe lo que quiere porque raramente sabe lo que es bueno para ella, ejecutaría por sí misma una empresa tan grande, tan difícil como un sistema de legislación? La voluntad es siempre recta pero el juicio que la guía no siempre es esclarecido. Hay que hacerle ver los objetos tal cual son... Todos tienen igualmente necesidad de guías: hay que obligar a unos a conformar sus voluntades a su razón; hay que enseñar a otros a reconocer lo que quieren». Al lector avisado no le habrá pasado inadvertido el monstruoso paternalismo del pasaje, el desprecio que Rousseau profesa al pueblo, al que considera una masa amorfa y manipulable a la que se puede cambiar a capricho con tan sólo cambiar lo que piensa. Esta misma idea la reitera en otro pasaje especialmente abyecto del mismo libro: «Así como la declaración de la voluntad general se hace por ley, la declaración de juicio público se hace por la censura; la opinión pública es la especie de ley de la que el censor es el ministro, y que él no hace mas que aplicar a los casos particulares a ejemplo del príncipe. (...) Corregid las opiniones de los hombres y sus costumbres se depurarán por sí mismas».

La llamada 'opinión pública', como nos enseña Rousseau, no es más que un hábil y refinado engranaje de censuras urdido para legitimar las ingenierías sociales más ominosas. Y al servicio de esta 'opinión pública' están los políticos cipayos, a los que el mundialismo sabe cómo recompensar los servicios prestados. Que suele ser a costa de nuestra sangre y de nuestra alma.

Fuente: http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/por-juan-manuel-de-prada/20160124/opinion-publica-9410.html


Cambio

Cualquier persona con una mínima capacidad de análisis de la Historia descubrirá que el rasgo más característico (constitutivo, en realidad) de nuestra época es el afán de 'cambio'; y también que se trata de un 'cambio' que actúa siempre en la misma dirección. Bastaría analizar, por ejemplo, la evolución política de los treinta o cuarenta últimos años para descubrir, por ejemplo, que los llamados 'conservadores' han hecho propias y defienden con orgullo tesis que hace unas pocas décadas los 'progresistas' apenas se atrevían a defender vergonzantemente. Este fenómeno nos confirma que los conservadores son tan sólo quienes se encargan de conservar y consolidar los 'avances' progresistas; y nos revela un designio muy profundo que, por miedo, no acertamos a explicar; o que explicamos ingenuamente como un «signo de los tiempos» -que repetimos como loritos- exigen «renovarse o morir», adecuarnos a nuevas ideas como quien se adecua a nuevas modas indumentarias.

Pero lo cierto es que lo propio del ser humano no es andar cambiando de ideas a cada poco, o sometiéndolas a un constante proceso evolutivo, más allá de los cambios de percepción que nos procura la experiencia de la vida y la acumulación de sabiduría (y estos cambios de percepción, para la mentalidad moderna, son de naturaleza más bien 'involutiva'). Escribía San Agustín en sus Confesiones que el alma no halla descanso en las cosas que no son firmes; y, sin embargo, el alma del hombre de nuestra época está siendo constantemente hostigada para que abandone las convicciones firmes y se entregue al desasosiego de los pareceres voltarios, como si la ley del pensamiento no fuese la verdad, sino la opinión fluctuante. Aquel «todo fluye» que enunció Heráclito, para referirse a los cambios biológicos y naturales, se ha convertido en un «devenir» que afecta también al pensamiento, sometido a un constante proceso de mutación. Todavía el sentido común le dicta a las gentes sencillas que quien anda cambiando constantemente de ideas, o amoldándolas a la coyuntura, es un 'chaquetero'; pero entre las llamadas 'élites' (que son las oligarquías encargadas de matar el sentido común de las gentes sencillas) este cambio constante es mostrado como la forma suprema de sabiduría y la prueba máxima de «inteligencia emocional». Quien, por el contrario, se mantiene leal a sus convicciones es mostrado como un retrógrado peligroso, un inmovilista al que conviene dejar aparcado en la cuneta, para que no actúe a modo de lastre en los procesos de cambio que se siguen produciendo sin cesar.

Por supuesto, todo cambio tiene una dirección, un 'hacia dónde'; pero nuestra época esconde tal elemento, que en todo caso disfrazará con los oropeles del 'progreso'. Pues lo que a nuestra época le interesa es, ante todo, que las masas avancen en pos de 'nuevos horizontes', sin saber cuál es la meta, sin plantearse siquiera si tal meta es en realidad un precipicio o un vertedero, un cementerio o un patíbulo. Como si una fuerza ciega y mecánica nos estuviese dirigiendo constantemente hacia una suerte de tierra prometida (¿por quién?) donde disfrutaremos de una vida más plena, coronada por el disfrute de nuevos 'derechos'. Por supuesto, tal tierra prometida nunca se alcanza, como ocurría con la tortuga en la paradoja de Zenón de Elea; pero su persecución quimérica permite que los hombres no se adhieran a ninguna convicción definitiva, y así puedan extraviarse más fácilmente.

En cierta ocasión, Chesterton se refirió a un progresismo nefasto que consiste en «alterar el alma humana para que se adapte a sus condiciones, en lugar de alterar las condiciones para que se adapten al alma humana»; y que, en su desalmada labor, siempre se apoya en el mecanismo del precedente: «Como nos hemos metido en un lío, tenemos que meternos en otro aún mayor para adaptarnos; como hemos dado un giro equivocado hace algún tiempo, tenemos que ir hacia delante y no hacia atrás; como hemos extraviado el camino, debemos también extraviar el mapa; y, como no hemos realizado nuestro ideal, debemos olvidarlo». Todo menos arrepentirnos y retroceder, que es una herejía que nuestra época no admite; pues, al arrepentirnos y retroceder, descubriríamos que hay certezas inamovibles, verdades inmutables y palabras perennes. ¡Y hasta podríamos pararnos a escuchar al que dijo: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán»! Y esto es lo que el afán de cambio no puede permitir en modo alguno; pues, al fin y a la postre, toda esta maquinaria que hemos descrito fue concebida para combatir a quien pronunció esas insultantes palabras.

Fuente: http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/por-juan-manuel-de-prada/20160103/cambio-9342.html



La esperanza rusa

Escribía Chesterton que la ortodoxia es la única forma de heterodoxia que nuestra época no admite. Y tenía razón. Durante los ya más de veinte años que llevo polemizando en periódicos he comprobado que el enjambre de disidencias que el mundo cobija y propicia son, en realidad, cebos (¡y placebos!) que se arrojan a las masas para alimentar la demogresca. Liberales y socialdemócratas, conservadores y progresistas, mantienen un rifirrafe banal, una disensión meramente 'procedimental' que encubre un acuerdo en lo fundamental; pues, a la postre, todos ellos postulan un mundo sustentado sobre los mismos cimientos y sostenido por las mismas estructuras, aunque disputen histriónicamente sobre los adornos de la fachada. La única disidencia fundamental que nuestra época no admite es la postulación de un orden cristiano, pues como afirmaba también Chesterton hay en él una dinamita capaz de renovar el mundo en cualquier época. Quien se atreve a postular ese orden cristiano (quien se atreve a ejercer la única disidencia radical que nuestra época no tolera) se tropieza de inmediato con los vituperios mancomunados de liberales, socialdemócratas, conservadores y progresistas, que sirven todos al mismo amo. Algunos ya hemos criado callo (y espolones), de tanto recibir vituperios; y en la tribulación nos consolamos con aquella formidable promesa que se nos lanzó desde una montaña: «Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos».

En efecto, todas las trifulcas que las ideologías en liza escenifican son aspavientos que el sistema necesita para mantener distraídas a las masas; y la gasolina que alimenta todas las ideologías (de forma más o menos solapada o explícita) es el odio teológico contra el orden cristiano. Siempre que mis artículos sobre cuestiones políticas han provocado reacciones furibundas he descubierto entre las babas y espumarajos odio teológico, tal vez porque como señalaba Donoso Cortés en toda cuestión política subyace siempre una cuestión teológica. Confesaré, sin embargo, que hubo una ocasión en que creí ingenuamente que esta regla de oro se quebraba. Fue cuando empecé a defender la posición de Rusia en el concierto mundial, cuando empecé a ponderar los esfuerzos restauradores de una nación que había padecido la experiencia abismal del comunismo, cuando empecé a aplaudir que Rusia se erigiese como una muralla contra las pretensiones mundialistas, cuando empecé a mirar con aprecio el esfuerzo ruso por oponerse a la decadencia occidental. Sorprendentemente, los denuestos me llegaban tanto del negociado de derechas como del negociado de izquierdas; aunque he de confesar que los más alucinados procedían de ámbitos neocones, desde los cuales se me acusaba de estar a sueldo de los rusos (¡cree el ladrón que todos son de su condición!), o de concebir el paraíso como un inmenso gulag con un pope confesor del KGB en cada barracón y misa militarizada. Recuerdo que fueron estos improperios tan delirantes los que me pusieron en guardia. «Sin duda pensé entonces, aquí también se respira el perfume azufroso del odio teológico».

Por aquellas mismas fechas andaba yo releyendo Los hermanos Karamazov, la obra maestra de Dostoievski. Y me tropecé entonces con una aseveración que el autor pone en boca de uno de sus personajes, el asceta Paisius: «Ciertas teorías afirman que la Iglesia debe convertirse, regenerándose, en Estado, dejándose absorber por él, después de haber cedido a la ciencia, al espíritu de la época, a la civilización. Si se niega a esto, la Iglesia sólo tendrá un papel insignificante y fiscalizado dentro del Estado, que es lo que ocurre en la Europa de nuestros días. Por el contrario, según las esperanzas rusas, no es la Iglesia la que debe transformarse en Estado, sino que es el Estado el que debe mostrarse digno de ser únicamente una Iglesia y nada más que una Iglesia». Hasta aquel momento, había creído ingenuamente que los denuestos que recibía por defender las posiciones de Rusia me los propinaban por la aversión que Putin provoca tanto en el negociado progre (por sus leyes contra la propaganda homosexualista) como en el negociado neocón (por su oposición al imperialismo yanqui). Pero aquellas palabras de Dostoievski cambiaron por completo mi percepción: entendí, de repente, que la aversión que profesaban a Putin desde los negociados de izquierdas y derechas era una cortina de humo que escondía un odio más profundo. Y ese odio, en su raíz última, era como siempre ocurre de naturaleza religiosa.

Fuente: http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/juan-manuel-de-prada/20151115/esperanza-rusa-9050.html


La libertad de interné

Hace unas semanas, desde una plataforma de interné creada para imbuir en las masas cretinizadas la delirante impresión de que sus peticiones son escuchadas por los poderosos y desatan cambios políticos sustanciales, se solicitaba que una plaza madrileña dedicada al tribuno y filósofo Vázquez de Mella adoptase el nombre de un señor con orgasmos democráticos recientemente fallecido. En unos pocos días, tal solicitud había alcanzado (¡oh sorpresa!) gran repercusión mediática, así como la adhesión de diversas banderías partitocráticas, hermanadas todas en la canonización laica del difunto. Cuando ya el sistema se había pronunciado magnánimamente a favor de esta solicitud, a un particular aguafiestas se le ocurrió proponer, a través de la misma plataforma de interné, que la plaza dedicada a Vázquez de Mella no cambiase de nombre. Por supuesto, tal petición fue de inmediato borrada.

Así funciona la 'libertad' que promueve interné, que no es otra sino el cauce que el sistema brinda a las masas para que se adhieran a sus designios, haciéndoles creer que tales designios son (risum teneatis) iniciativas 'ciudadanas' que se tornan multitudinarias merced a un espontáneo entramado de solidaridades surgidas al calor de las redes sociales. Naturalmente, cuando a algún aguafiestas que aún no ha sido devorado por el cretinismo ambiental se le ocurre impulsar desde interné cualquier iniciativa que no convenga al sistema, su voz será de inmediato acallada, por lo común sofocada por las voces de las masas lacayas que jalean lo que el sistema dispone; y, en algún caso extremo, cuando muy raramente la voz del aguafiestas corre el riesgo de hacerse oír, el sistema se encarga de yugularla por las bravas.

Circula por ahí una idea demente que afirma que interné favorece a los oprimidos frente al opresor; cuando la tozuda realidad nos demuestra implacable que interné fue creado exactamente para lo contrario. Esta idea demente comenzó a divulgarse en 2009, durante un amago revolucionario que floreció en Irán, y en los procesos conocidos cínicamente como 'primavera árabe'. Los medios de cretinización de masas presentaron aquellas operaciones diseñadas por el anglosionismo internacional como estallidos de rebeldía popular que se canalizaban a través de las redes sociales. Pero lo cierto era que, en los días en que estallaron las revueltas en Irán, apenas había sesenta cuentas activas de Twitter en Teherán; y en El Cairo (por citar el país donde florecieron los venenosos almendros de la 'primavera árabe', germen del Estado Islámico), donde a la sazón el sesenta por ciento de la población carecía de luz eléctrica, el número era aún más exiguo. Naturalmente, tanto el amago revolucionario en Irán como las algaradas egipcias eran sórdidas injerencias extranjeras, manejadas por agentes de la CIA y el Mossad; y todo el revuelo que provocaron en las redes sociales era azuzado desde Langley y el Pentágono.

Interné es, hoy por hoy, el principal instrumento del sistema para apacentar a las masas cretinizadas, haciéndoles creer ilusoriamente que fomenta la participación democrática y que fortalece la vida comunitaria, cuando en realidad fue creado para que la herida irrestañable que la destrucción de la vida comunitaria deja en el corazón humano sea anestesiada por un espejismo virtual que no hace sino fomentar la disolución de los vínculos naturales, creando individuos absortos y prendidos de una pantalla, como Narciso estaba absorto y prendido de su fuente, hasta perecer por inanición. Y todo este proceso se logra, además, hipnotizando a las masas con la creencia ilusoria de que interné las hace poderosas (aunque sean más irrelevantes que nunca), inspirándoles una falsa seguridad en sí mismas con tan sólo dejarles retuitear sandeces o consignas sistémicas. Pues el análisis de los llamados trending topics de Twitter nos demuestra que son de dos tipos: o bien memeces y frikadas con que las masas cretinizadas desahogan su infantilismo; o bien cuestiones que al sistema interesa poner sobre el tapete, haciendo creer a las masas que son floraciones incontenibles del anhelo popular.

Así se logra configurar un rebaño que comulga con las ruedas de molino que el Pentágono, la Fundación Rockefeller o cualquier lobby mundialista han decidido colgar de nuestros cuellos, para ahogarnos más fácilmente, mientras repetimos sus consignas como papagayos. Sólo que el rebaño, para más inri, piensa que tales ruedas de molino son medallas que conmemoran su independencia insobornable; y los flotadores que los salvarán, cuando arrecie la tormenta. ¡Cuitados!

Fuente: http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/juan-manuel-de-prada/20150719/libertad-interne-8680.html


La manía juvelinista

Allá en los comienzos de mi carrera literaria, recibí muchos desdenes por no allanarme a las corrientes literarias entonces en boga, que a los escritores en edad juvenil demandaban «lenguaje descarnado» (o sea, un léxico párvulo, entre Tarzán y un indio sioux) y «realismo sucio», que es como misteriosamente dio en llamarse al costumbrismo de discoteca. Como yo era escritor barroco y no frecuentaba antros nocturnos, dieron en decir de mí que «nunca había sido joven», también que mi «visión del mundo era propia de un anciano», que «escribía de forma anacrónica» y no sé cuántas majaderías más, por supuesto siempre rociadas con los mismos epítetos archisabidos: que si pedante, que si desfasado, que si antiguo, que si patatín, que si patatán. Pero la dura realidad es que casi todos aquellos modernos tan tremendos que hace veinte años se burlaban de mi estilo viejuno y mis temas apolillados yacen arrumbados en la chatarrería de las modas periclitadas; y los pocos que aún se mantienen en el machito es a costa de hacer literatura sistémica, atufada por toda la morralla ideológica que el sistema exige a sus plumíferos lacayos: feminismo de garrafón, antifranquismo de charanga y pandereta, desmemoria histórica, etcétera.

Es incontable la gente desnortada que se obsesiona con mantener una fachada juvenil, con imitar las modas juveniles, con pretender a toda costa retener una juventud fiambre. A veces esta manía juvenilista desemboca en auténticas tragedias; aunque mucho más frecuente es que depare episodios de un patetismo sonrojante. Da mucha penica esa gente que pierde el decoro en el atuendo por aparentar juventud; o que adopta aficiones impostadas (generalmente gilipollescas) y se adhiere a "tendencias" en boga, temerosa de delatar su verdadera edad si las repudia; o que no sale del quirófano, en su vano afán por «vestir el gusano de confite», que diría Quevedo. Yo he llegado a conocer, incluso, a empresarios (esto es muy frecuente en el mundo editorial) que, en su anhelo desquiciado de complacer a una fantasmagórica clientela juvenil, diseñan estrategias publicitarias o adaptan sus contenidos hasta hacerlos irreconocibles, logrando tan sólo espantar a su clientela real. Y esta manía juvenilista se ha acentuado mucho últimamente, con la apoteosis de las llamadas «nuevas tecnologías» (más viejas, en realidad, que Carracuca), que fuerzan a quienes no quieren quedarse «fuera de juego» a zascandilear mucho en las redes sociales, para ver si a fuerza de aprenderse todos los trending topics de la semana logran aparentar que son unos tíos à la page.

Podríamos pensar que esta manía juvenilista es una tendencia natural en los seres humanos, o al menos en el sector más botarate de los seres humanos, que tiene miedo a envejecer y cree que imitando deplorablemente la conducta juvenil exorciza la muerte; y, sin duda, este miedo actúa en sociedades desnortadas como la nuestra, que han dejado de creer en un infierno ultraterreno para traer el infierno a la Tierra. Pero esta tendencia inevitable en personalidades débiles no basta para explicar la manía juvenilista que se ha extendido a modo de epidemia en nuestra época; que, por lo demás, no se distingue por favorecer demasiado a los jóvenes (aunque los halague de las formas más indecentes y empalagosas), como demuestran las estadísticas del paro. Inevitablemente, hemos de preguntarnos si esta manía juvenilista no será una tendencia inducida por el sistema. Pues está probado que la edad juvenil, bajo su aureola de rebeldía, es la más gregaria de las edades humanas (y no hay más que reparar en el mimetismo con que los jóvenes se adhieren a las modas musicales o indumentarias); o, si se prefiere, la edad humana en la que el ambiente más contribuye a moldear la personalidad, que sin embargo se cree ilusoriamente dueña de sí. Y al sistema le interesa que las masas cretinizadas vivan en este espejismo paradójico: creyéndose por un lado libres hasta la exaltación del capricho, como chiquilines emberrinchados; pero por otro lado dúctiles y fáciles de pastorear, dispuestas a tragarse todos los anzuelos y a asimilar todos los injertos emocionales y clichés ideológicos que el sistema introduzca en sus cerebros (que además confundirán fatuamente con ideas propias e irrenunciables). Pues una sociedad juvenilizada es el paraíso de la ingeniería social; y en ella cualquier disidencia se juzgará de inmediato muy molestamente anacrónica.

Nosotros prometemos mantenernos siempre fieles a nuestro estilo viejuno y a nuestros temas apolillados, que abrigan mucho en invierno. Son las ventajas de no haber sido nunca jóvenes; quiero decir, los jóvenes que al sistema le interesa que seamos.

Fuente: http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/por-juan-manuel-de-prada/20160117/mania-juvenilista-9388.html


Civilización

En una alocución ante el parlamento francés tras los viles atentados yihadistas de París, el presidente François Hollande afirmó: «Francia no está participando en una guerra de civilizaciones, pues estos asesinos no representan a ninguna civilización». La frase fue reproducida en titulares de prensa, glosada enfáticamente en las tertulias de encefalograma plano y suministrada como alfalfa a las masas; pero nadie se atrevió a señalar que se trataba de una falacia lógica de libro, pues emplea una premisa cierta para desembocar en una explicación falsa con la secreta intención de ocultar que la certeza de la premisa se funda en razones muy distintas a las que se enuncian.

Francia, en efecto, no está participando en una guerra de civilizaciones, porque para que se produzca una guerra de este tipo tiene que haber dos civilizaciones en liza; pero la dura verdad es que los asesinos que atentaron en París sí representan una civilización, extremo que no puede afirmarse de Francia. La falacia lógica de Hollande jugaba con la credulidad del oyente, tomando la palabra 'civilización' en el sentido que se ha extendido en Occidente, como sinónimo de 'progreso' democrático. Pero una 'civilización' nada tiene que ver con este concepto de fantasía, inventado con el propósito de engañar a las masas, que de este modo piensan que existe una 'civilización occidental', como existió una 'civilización cristiana'. Pero una civilización es «un conjunto de creencias y valores compartidos que conforman una comunidad»: de ahí que todas las civilizaciones que en el mundo han sido, son y serán hayan sido fundadas por religiones; de ahí que todas las civilizaciones, cuando las religiones que las fundaron se debilitan y oscurecen, se desintegren paulatinamente, hasta claudicar. No es posible conformar una comunidad sin una religión compartida, por la sencilla razón de que cuando no se reconoce una paternidad común, toda unión humana se torna imposible. En la mal llamada 'civilización occidental', que no está fundada sobre una religión sino sobre una apostasía y una posterior idolatría (la del progreso democrático), las uniones son en el mejor de los casos quebradizas, pues se basan en lo que Unamuno llamaba «la liga aparente de los intereses»; y, como los intereses suelen ser egoístas y cambiantes, la demogresca campea por doquier.

Sólo puede haber civilización allá donde hay una religión compartida; y cuando se esfuma el fundente religioso, o cuando tal fundente se hace añicos, la civilización desaparece lentamente, hasta ser sustituida por otra. Así ocurrió, por ejemplo, con Roma, que al perder la fe en sus dioses dejó de cultivar las virtudes que la habían hecho fuerte, para luego entregarse en su decrepitud a un hormiguero de sectas asiáticas devoradoras, del que la salvó el cristianismo. Pero que no haya posibilidad de civilización sin religión no quiere decir que toda forma de civilización sea buena o digna de consideración: ahí tenemos en la Antigüedad a los cartagineses, que fundaron una civilización aberrante e infanticida, venturosamente aniquilada por los romanos; y tenemos, como un turbio río de sombra recorriendo la Historia, la civilización islámica, que desde sus mismos orígenes, se expandió a través de la violencia, lanzando una formidable ofensiva contra una Cristiandad pululante de herejías que detuvo Carlos Martel en Poitiers, para que luego Pelayo iniciara una difícil reconquista de la Hispania visigótica. Y esta civilización islámica siguió dando muestras de su carácter expansivo y violentísimo con los turcos, que tomaron con masacres Constantinopla para ser luego frenados primero en Lepanto y después a las puertas de Viena. Esta civilización islámica es la que ahora vuelve a atacar (después de que la avaricia democrática haya jugado insensatamente a deponer dictadores que la contenían); sólo que enfrente ya no tiene una civilización cristiana dispuesta a hacerle frente, unida en torno a una fe común que actúa a modo de antídoto y reconstituyente, sino que sólo tiene a una multitud apóstata, feble y amorfa de gentes incapacitadas para el sacrificio que piensan ilusamente que defecando cuatro bombitas por control remoto van a conjurar el peligro.

Pero los pueblos que han renegado de su civilización siempre pierden a la larga las guerras contra los pueblos que conservan la suya. Y acaban siendo sus esclavos, porque sus gobernantes sin fe siempre los traicionan, primero dejando que el enemigo se cuele en sus tierras cual caballo multicultural de Troya, después haciendo lo mismo que el cobarde obispo Oppas, cuando el emir Muza entró en Toledo: entregando una lista con las cabezas que hay que cortar.

Fuente: http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/juan-manuel-de-prada/20151129/civilizacion-9090.html


Hombres nuevos I

Si analizásemos los procesos históricos modernos desde la Revolución Francesa hasta nuestros días, descubriríamos una idea motriz común, presentada bajo diversos ropajes. Tal idea (por supuesto demencial, pero expuesta siempre con ardor desmelenado y fatua convicción) postula que se puede romper drástica y radicalmente con el pasado, fundando una nueva época que cristaliza en hombres nuevos, proyectados hacia un futuro esplendente a lomos del progreso. Esta idea, tan optimista como mentecata, de refundación de la Historia y regeneración humana está en la médula del espíritu revolucionario y se resume en la frase del genocida Jean-Baptiste Carrier, que después de encerrar a miles de antirrevolucionarios en barcos que hizo hundir exclamó exultante: «Convertiremos Francia en un cementerio si no podemos regenerarla a nuestro modo». Todos los movimientos políticos de los dos últimos siglos han hecho propio este desiderátum psicopático, cuyos orígenes debemos buscar en Descartes.

En su celebérrimo Discurso del método, Descartes propone una visión mecanicista de la naturaleza que, aplicada a la sociedad, inspiraría esta funesta idea de 'resetear' el mundo, empezando naturalmente por el hombre. Una vez que el mundo es concebido como una suerte de teorema matemático, resulta inevitable que tarde o temprano surja el deseo de fabricar un mundo más perfecto, habitado por hombres que se hayan despojado de las cargas y gravámenes antiguos (¡el odioso pecado original!), para convertirse en una raza de dioses que imponen su sacrosanta voluntad sobre la realidad, remodelándola, negándola, refutándola y, en caso de que tales técnicas se revelen estériles (como suele ocurrir, porque la realidad es muy tozuda), haciendo como si no existiese. Este voluntarismo vesánico (y a la vez irrisorio) daría lugar a una serie de deformaciones racionalistas que ahora no tenemos tiempo de analizar: revisionismos históricos, idealismos filosóficos y constructivismos antropológicos de toda índole, con frecuencia aberrantes y casi siempre desquiciados.

Naturalmente, al mecanicismo cartesiano se sumarían luego otras corrientes de pensamiento que contribuyeron a esta tarea de regeneración humana. El naturalismo de Rousseau propiciaría el advenimiento del primer 'hombre nuevo' con nombre propio, el 'ciudadano', que puede guiarse por su voluntad benéfica e infalible, autónoma y soberana. Las hipótesis de Darwin, por su parte, servirían para soñar con una raza de hombres mejor dotados, tanto en el carácter como en la constitución biológica, capaces de desarrollar un sentido ético (y étnico) superior. Al modernismo religioso, por su parte, no le bastó con que la Redención hubiese beneficiado espiritualmente al hombre caído, sino que imaginó al ser humano en un perenne estado de perfectibilidad que lo llevaría (según la alucinada escatología de Teilhard de Chardin) a fundirse con Dios, en un afrodisiaco punto G (perdón, quería decir punto Omega).

Este mito de la perfectibilidad humana es el motor (con carburante adulterado) de todas las utopías, que resucitaron el sueño de una Edad de Oro, despojada de la grandeza con que se revestía en las viejas mitologías paganas y acondicionada a la vulgaridad con olor a berza cocida y estufa mal purgada de las ideologías, que han ido evolucionando desde las orgullosas proclamas del racionalismo más infatuado al vómito balbuciente y sentimental de la razón hecha trizas (según aquel infalible principio mecánico y biológico que nos enseña que todo lo que sube baja). Sobre los quiméricos 'hombres nuevos' soñados por el comunismo, el fascismo o el nazismo nada diremos, pues ya han sido sobradamente diseccionados y hasta vulgarizados por el cine de Hollywood y los tertulianos más analfabetos. Mucho más interesante se nos antoja la figura del 'hombre nuevo' democrático, que en parte es el hombre-masa de Ortega (un hombre orgulloso de su vulgaridad, engolosinado en su bienestar, que sólo se guía por sus apetitos, mientras cree aseguradas la estabilidad política y la seguridad económica), en parte el hombre unidimensional de Marcuse (dedicado únicamente a producir y consumir e idiotizado por los mass media) y en parte el hombre programado de Skinner (un producto de la ingeniería social cuya conducta y pensamiento están inducidos, incluso determinados por el medioambiente, lo cual lo hace felicísimo).

Sobre este 'hombre nuevo' democrático, que creyéndose más libre que nunca ha llegado al extremo infrahumano de carecer de libre albedrío, hablaremos en nuestro próximo artículo.


Hombres nuevos III

En su obra Echar raíces, Simone Weil escribe: «El arraigo quizá sea la necesidad más importante e ignorada del alma humana. Un ser humano tiene raíces en virtud de su participación real, activa y natural en la existencia de una colectividad que conserva vivos ciertos tesoros del pasado y ciertos presentimientos del futuro. [...] El ser humano tiene necesidad de echar múltiples raíces, tiene la necesidad de recibir la totalidad de su vida moral, intelectual y espiritual de los medios de los que forma parte naturalmente». Para alcanzar la masificación de la que emerge el hombre nuevo democrático, es preciso desarraigar al ser humano, arrancar las raíces que lo nutren de una vida moral, intelectual y espiritual. Debe comenzarse, por supuesto, con el desarraigo espiritual, pues es en su enraizamiento con Dios donde el hombre encuentra explicaciones a su razón de ser en el mundo, a su procedencia y destino final. Una vez logrado este desarraigo espiritual, nada más sencillo que lograr su desarraigo existencial, pues una vida privada de causa y destino es inevitable que acabe pudriéndose, enmarañándose de angustia, entregándose al vacío existencial, flotando en el marasmo del tedio o de la búsqueda desnortada de analgésicos que mitiguen su pudrición, su angustia, su vacío y su tedio.

Este desarraigo existencial, que es ruptura de los lazos cordiales que nos vinculan a una realidad iluminada desde lo alto, acaba inevitablemente engendrando también desarraigo intelectual, porque la insatisfacción con un mundo que hemos dejado de entender nos obliga a concebir idealismos y utopías que nunca se realizan, agigantando nuestra conciencia de fracaso. Y, a la vez, se produce también el desarraigo moral: una vez rotas las raíces con los mandatos religiosos, el hombre desarraigado se ve obligado a suplirlos con su flaca voluntad; pero ya explicábamos en un artículo anterior que a los hombres nuevos democráticos se les ha dicho que su voluntad soberana se expresa mediante el ejercicio de sus impulsos vitales, por lo que resulta lógico que (salvo unos pocos espíritus privilegiados) se guíen por el interés propio y la satisfacción de sus deseos, apetitos y conveniencias.

Este desarraigo conlleva la progresiva destrucción de los vínculos humanos, empezando por la familia, y hace imposible una comunidad política concordante en los fundamentos que garantizan su supervivencia. Pues lo que caracteriza a los hombres desarraigados es su discordancia en lo fundamental (cada uno profesa un idealismo o utopía distintos), su individualismo orgulloso y egoísta, que los conduciría a la aniquilación (bien porque acabarían a la greña, bien porque se resignarían al aislamiento y la incomunicación), si no fuera porque el poder, muy taimadamente, les ofrece, como garantía última de supervivencia, esa «uniformidad» a la que se refería Tocqueville. Una vez destruida aquella «colectividad que conserva vivos ciertos tesoros del pasado y ciertos presentimientos del futuro» a la que se refería Weil, a estos hombres desarraigados no les queda otra salida sino resignarse a convertirse en masa, en una sociedad de hombres unidimensionales en la que según explicase muy atinadamente Herbert Marcuse todo está estandarizado, uniformizado, pasado por el tamiz del conformismo social; y donde las necesidades de los individuos desarraigados están inducidas por los intereses del poder, que puede obligarlos (¡sin necesidad de ejercer la violencia!) a comprarse un automóvil, o a embrutecerse viendo la televisión, o a aprender el manejo de tal o cual maquinita o programa informático porque, una vez despojado de aquellos vínculos naturales que permitían aflorar las personalidades fuertes, el hombre desarraigado ya no tiene otro medio de afirmar su autonomía (¡su soberana voluntad!) sino realizar vulgares acciones que, sin embargo, el muy memo cree expresión de su irrepetible individualidad, aunque sean las mismas acciones que hacen con levísimas variantes millones de hombres masificados.

 Para lograr que esa masa de hombres nuevos, a la vez que chapotean en su vulgaridad inducida, crean orgullosamente que sus acciones y pensamientos son distintivos, hay que infundirles la creencia irrisoria de que piensan y actúan 'por libre', de que todo lo que sale de su caletre es auténtico y originalísimo, cuando en realidad no es sino una morralla de prejuicios, lugares comunes y opiniones preconcebidas que otros les han implantado, a modo de chips. En un artículo próximo veremos cómo se consigue que ese hombre unidimensional se crea ilusoriamente lleno de ideas propias y originalísimas.


Hombres nuevos V

En la construcción del hombre nuevo democrático no basta con la deificación de los impulsos vitales (deseos y sentimientos). No basta tampoco con alcanzar ese estado de desarraigo que convierte a las personas y a los pueblos en masa amorfa y estandarizada, a la vez que exalta los individualismos más egoístas. Es preciso que el hombre nuevo democrático 'internalice' los paradigmas culturales que el sistema impone, hasta convertirse en un ser pasivo y gregario, sometido a consignas que confunde ilusoriamente con expresiones originales suyas. Para conseguir que la masa acepte como axiomas los sofismas más burdos, se requiere la imposición de métodos de 'control social' que hagan imposible toda oposición, muy semejantes a los anticipados por Aldous Huxley en Un mundo feliz. En esta novela, tal control se lograba mediante un mecanismo repetitivo que hablaba sin interrupción al subconsciente, durante las horas del sueño; en nuestra época se logra a través de la saturación mental lograda a través de los mass media, que llegan a convertir al hombre nuevo democrático en un auténtico jenízaro de las ideologías (negociados de izquierdas y derechas) que sostienen el sistema, de tal modo que abrace las calamidades y desgracias que poco a poco lo convierten en un felpudo como logros que lo elevan a una nueva dignidad.

Este proceso de alienación (que incluye la creación de un neolenguaje que codifica la realidad en unos parámetros 'políticamente correctos') ha sido sagazmente diseccionado por el pensador marxista Herbert Marcuse, quien sin embargo cree grotescamente así lo afirma en Eros y Civilización que «un desarrollo no represivo de la libido» conduciría a una civilización auténticamente libre; cuando lo cierto es que esta liberación de la libido ha sido junto con la entronización del consumismo el método esclavista que el sistema ha elegido para sumergir al hombre nuevo democrático en un marasmo de placentera irresponsabilidad que confunde con la felicidad. Y, en épocas de crisis, cuando los efectos afrodisiacos del consumismo sólo están al alcance de unos pocos, la liberación de la libido (lo que Chesterton llamaba la «religión que, a la vez que exalta la lujuria, prohíbe la fecundidad» y nosotros, menos finamente, derechos de bragueta) se convierte en el 'soma' con el que las masas curan sus penas y olvidan su vida desarraigada y sus sueldos misérrimos, hasta alcanzar ese estado de animalización colectiva que hogaño se denomina socarronamente 'felicidad'.

Para alcanzar este grado de animalización feliz que completa la fabricación del hombre nuevo democrático es fundamental erradicar el libre albedrío. B. F. Skinner, uno de los máximos exponentes del conductismo, llegó a desarrollar técnicas de «condicionamiento operante» (en realidad ingeniería social) que permiten «programar» al hombre, logrando que su conducta se adecue a lo que el «educador» determina a priori. Y hasta llegó a escribir una curiosa y escalofriante novela, Walden Dos, en la que se describe una sociedad utópica científicamente construida que funciona siguiendo al dedillo tales técnicas. El propósito de Skinner es mostrar las ventajas de esta sociedad idílica; pero, involuntariamente, nos ofrece un catálogo de horrores en donde el buenismo (pues Walden Dos es una sociedad de la que han desaparecido los comportamientos agresivos) y la disolución de la familia fundada en lazos de sangre dan paso a una sociedad tecnocrática donde la resolución de todos los problemas es confiada a la ciencia, mientras la educación se encarga de hacer felices a todos y cada uno de los miembros de tal sociedad, convirtiéndolos en individuos con «capacidad de autorregulación» de su conducta que reaccionan siempre de forma previsible, mediante la repetición idiotizante de conductas 'positivas' que exorcice el fantasma de la depresión.

En realidad, tales métodos educativos son los mismos que preconizan los manuales de autoayuda, las terapias de superación personal y demás morrallas euforizantes con las que el sistema trata de tapar las grietas del proceso de fabricación del hombre nuevo democrático, ese pobre y felicísimo pelele que ha sido despojado de su libre albedrío y su autonomía moral. Y todo ello sin violencia, tal como había anticipado Tocqueville: «Es así como cada día el poder convierte en menos útil y en más raro el empleo del libre arbitrio; es así como encierra la acción de la voluntad en un espacio menor. La igualdad prepara a todos los hombres para todas las cosas; los dispone a sufrirlas y a menudo, incluso, a mirarlas como un bien».

Disfrutemos como enanos de las conquistas del hombre nuevo democrático.

Fuente: http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/juan-manuel-prada/index.html



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